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23 abr. 2015

Descarga: Rudyard Kipling - Relatos

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Este libro contiene algunos de los relatos más perfectos escritos en lengua inglesa. Su mérito está en la concisión, la sutil manera de contar, la generosidad que permite al lector sentirse más inteligente que el autor. Un gesto discreto, un detalle nimio, una palabra que parece ser casual, revela la verdad sobre un personaje y brinda la clave de la historia. El lector acaba la última página con la agradecida impresión de que algo, quizás innombrable, maravilloso o terrible, le ha sido revelado.

11 oct. 2013

Descarga: Rudyard Kipling - El libro de las tierras vírgenes

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Autor de obras tan famosas como "Kim", "Capitanes intrépidos" o "El hombre que pudo ser rey", Rudyard Kipling (1865-1936), Premio Nobel de Literatura en 1907, supo siempre hacer del relato breve una estructura literaria perfecta. "El libro de las tierras vírgenes" es una recopilación de quince relatos entre los cuales figura la serie que protagoniza Mowgli, y en los que se conjugan de manera admirable su conocimiento de la grandeza y diversidad de la India y una sensibilidad hacia la naturaleza precursora de la de los tiempos actuales.

24 oct. 2011

Rudyard Kipling - Las finanzas de los dioses

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En el Chubára de Dhunni Bhagat la comida vespertina había finalizado y los viejos sacerdotes fuma­ban o pasaban las cuentas de sus rosarios. Un niño pequeño desnudo entró correteando, con la boca abierta de par en par, un ramo de caléndulas en una mano y un trozo de tabaco en la otra. Trató de arrodillarse y hacer una reverencia de respeto a Gobinda, pero estaba tan gordo que se cayó hacia delante, sobre su cabeza afeita­da, pataleando y jadeando, mientras las caléndulas se le caían por un lado y el tabaco por el otro. Gobinda se rió, lo puso de pie y bendijo las caléndulas mientras recibía el tabaco.

–– De parte de mi padre ––dijo el niño––. Tiene la fiebre y no puede venir. ¿Rezarás por él, padre?

–– Seguro, pequeño; pero hay niebla en la tierra y el rocío de la noche está en el aire: no es bueno salir des­nudo en otoño.

–– No tengo ropa ––dijo el niño–– y he estado lle­vando todo el día tortas de estiércol de vaca al bazar. Hacía mucho calor, y estoy muy cansado ––temblaba un poco porque el crepúsculo era fresco.

Gobinda levantó un brazo desde abajo de su amplia y gastada colcha de muchos colores e hizo un nido tentador a su lado. El niño se acurrucó en él y Gobinda llenó de tabaco fresco su propia pipa de agua, hecha de piel con incrustaciones de bronce. Cuando llegué al Chubára, su cabeza afeitada, con un único mechón central, y sus brillantes ojos negros surgían de los pliegues de la colcha como una ardilla que escruta el exterior desde su nido, y Gobinda sonreía mientras el niño jugaba con su barba.

Hubiera dicho algo amable, pero me acordé a tiempo de que si el niño enfermaba más tarde me atribui­rían el mal de ojo, y eso es una maldición horrible.

–– Quédate sentado, sin moverte, Thumbling ––le dije al ver que se disponía a levantarse y echarse a correr––. ¿Dónde está tu pizarra?, ¿cómo es que el maes­tro ha dejado en libertad a un personaje tan travieso, hoy que no hay policía en la calle para protegernos a nosotros los apocados?, ¿en qué pabellón tratas de romperte el pescuezo remontando cometas desde los techos de las casas?

–– No, sahib, no ––dijo el niño, escondiendo la cara en la barba de Gobinda, y moviéndose incómodo­. Hoy había vacación en la escuela, y no me paso el día remontando cometas. Yo juego al crí––i––iquet como todos los demás.

El críquet es el deporte nacional entre los escola­res del Punjab, desde los niños desnudos de las escuelas más pobres que utilizan una vieja lata de petróleo como portería, hasta los estudiantes universitarios que compi­ten por la Copa de la Liga.

–– ¡Tú jugando al críquet! Si no llegas ni a la mitad del bate ––le dije.

El niño asintió con la cabeza, decidido.

–– Sí, yo sí que juego. ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!. Lo se todo.

–– Pero esto no debe hacerte olvidar rezar a los dioses según la costumbre ––dijo Gobinda, que no acaba­ba de aprobar el críquet y las innovaciones occidentales.

–– Yo no olvido ––dijo el niño con voz apagada.

–– Y también respetar a tu maestro, y... ––la voz de Gobinda se suavizó–– abstenerse de tirarles de la barba a los hombres santos, ¿eh, pillín?

La cara del niño estaba ya completamente oculta bajo la gran barba blanca y empezó a lloriquear hasta que Gobinda le calmó como se calma a los niños en todas las partes del mundo, con la promesa de un cuento.

–– No quería asustarte, pequeño tonto. ¡Mírame! ¿Estoy enfadado? ¡Vamos, vamos, vamos! ¿Tendré que llorar yo también y hacer con nuestras lágrimas un gran estanque en el que ambos nos ahoguemos, y entonces tu padre nunca se ponga bien, ya que no te tendrá a ti para que le tires de la barba? Paz, paz, y te hablaré de los dio­ses. ¿Conoces muchos cuentos?

–– Muchos, padre.

–– Pues éste es uno nuevo que no has oído nunca. Hace mucho, mucho tiempo, cuando los dioses camina­ban con los hombres, como lo hacen hoy, aunque noso­tros no tenemos la fe necesaria para verlo, Shiva, el más grande de los dioses, y Parvati, su mujer, paseaban por el jardín de un templo.

–– ¿Qué templo? ¿El del pabellón de Nangdaon? ––dijo el niño.

–– No, muy, muy lejos. Quizá en Trimbak o en Hurdwar, adonde tendrás que peregrinar cuando seas un hombre. Ocurrió que en ese jardín, sentado bajo los azu­faifos, había un mendigo, el cual había adorado a Shiva durante cuarenta años y vivía de las ofrendas de las per­sonas piadosas, y meditaba acerca de la santidad, día y noche.

–– Oh, Padre, ¿eras tú? ––dijo el niño, mirándole con ojos llenos de admiración.

–– No, te he dicho que ocurrió hace tiempo, y además, este mendicante estaba casado.

–– ¿Le pusieron en un caballo con flores en la cabeza y le prohibieron dormir en toda la noche? Eso me hicieron a mí cuando celebraron mi boda ––dijo el niño, que se había casado hacía unos meses.

–– ¿Y qué hiciste? ––dije yo.

–– Lloré, y me insultaron, y entonces le pegué, y lloramos juntos.

–– El mendicante no se comportó así ––dijo Gobinda––, porque era un hombre santo, y muy pobre. Parvati lo vio sentado desnudo junto a las escalinatas del templo por donde todos subían y bajaban y le dijo a Shiva: « ¿Qué pensarán los hombres de los dioses, cuan­do los dioses desprecian de esta manera a los creyentes? Durante cuarenta años ese hombre de allá ha rezado ante nosotros, y sin embargo sólo tiene ante sí unos cuantos granos de arroz y unas cuantas cauris rotas. Los corazo­nes de los hombres se endureceráan ante eso». Y Shiva dijo: «Me ocuparé de ello», y así llamó al templo, que era el templo de su hijo, Ganesh, el de la cabeza de elefante, y dijo: ––Hijo, hay un mendicante que es muy pobre. ¿Qué vas a hacer por él? ». Entonces el gran Ser de cabeza de elefante despertó en la oscuridad y contestó: «En tres días, si está conforme a tu voluntad, tendrá cien mil rupias». Y Shiva y Parvati marcharon.

«Pero había un prestamista en el jardín, escondi­do entre las caléndulas ––el niño miró la bola de flores aplastadas que tenía en sus manos––, sí, entre las calén­dulas amarillas, y oyó hablar a los dioses. Era un hombre avaricioso y de corazón negro, y deseaba las cien mil rupias para sí. Así que fue hasta el mendicante y le dijo: «Oh, hermano, ¿cuánto te dan las personas piadosas dia­riamente?». Y el mendicante dijo: «No lo sabría decir. A veces un poco de arroz, a veces unas pocas legumbres y unas cuantas cauris, mangos en conserva y pescado seco».

–– Eso es bueno ––dijo el niño, chupándose los labios.

Entonces dijo el prestamista: «Porque te he estado observando durante mucho tiempo he aprendido a amar tu paciencia; te daré cinco rupias por todo lo que ganes en los tres próximos días. Sólo hay que firmar una fianza sobre el asunto». Pero el mendicante le dijo: «Tú estás loco. Ni en dos meses recibo el equivalente a cinco rupias», y se lo contó a su mujer aquella noche. Ella, sien­to una mujer, dijo: « ¿Cuándo se ha sabido que un presta­mista haga un mal negocio? El lobo corre a través del grano para cazar al venado gordo. Nuestro destino está en las manos de los dioses. No lo comprometas ni siquie­ra por tres días».

«Y el mendicante volvió al prestamista y le dijo que no estaba dispuesto a vender. Y entonces aquel hom­bre malvado se sentó durante todo el día frente a él, ofre­ciéndole más y más por sus ganancias de aquellos tres días. Primero, diez, cincuenta y cien libras; y después, como no sabía cuándo iban a conceder los dioses sus dávidas, miles de rupias, hasta llegar a la mitad de cien mil. Al llegar a esta suma, la mujer del mendicante cam­bió de opinión, él firmó el documento y le pagaron el dinero en plata, con grandes bueyes blancos que la lleva­ron a carradas. Pero aparte de aquel dinero el mendican­te no recibió nada más de los dioses, y el corazón del prestamista sufría debido a su expectación. Por lo tanto, al mediodía de la tercera jornada, el prestamista se fue al templo a espiar los consejos de los dioses y a aprender de qué forma iba a llegar el dinero. Al tiempo que él decía sus plegarias, una grieta entre las piedras bostezó y al cerrarse le pilló el talón. Entonces oyó a los dioses pase­ando por el templo en la oscuridad de las columnas, y Shiva llamó a su hijo Ganesh, diciendo: «Hijo, ¿qué has hecho respecto a las cien mil rupias del mendicante? », y Ganesh se despertó, porque el prestamista oyó el roce seco de su trompa mientras se estiraba, y contestó: «Padre, la mitad del dinero ya ha sido pagada, y al deu­dor de la otra mitad lo tengo yo aquí bien cogido por el talón».

El niño se partía de risa.

–– ¿Y le pagó el prestamista al mendicante? ––­ dijo.

–– Ciertamente, porque aquel a quien los dioses retienen por el talón, debe pagar hasta el máximo. El dinero se pagó al llegar la noche, todo en plata, en gran­des carros, y así Ganesh cumplió su cometido.

–– ¡Niño! ¡Niño! ¡Niño!

Una mujer llamaba en la oscuridad del atardecer junto a la puerta del patio.

El niño empezó a agitarse.

–– Es mi madre ––dijo.

–– Vete entonces, pequeño ––dijo Gobinda––, pero aguarda un momento.

Desgarró una generosa yarda de su colcha de remiendos, se la puso al niño sobre los hombros y el chi­quillo se fue corriendo.


En Cuentos de la India
Imagen: Philip Burne-Jones 1899 © Bettmann/CORBIS

2 jun. 2011

Rudyard Kipling - La inundación

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El Tweed le dice al Till: «¿Por qué corres tan despacio?» Y el Till responde al Tweed: «Tú corres mucho, y yo no me apresuro; sin embargo, por un hombre que tú ahogas, yo ahogo dos.»


Es imposible pasar el río esta noche, Sahib. Dice que ya fue arrastrada una carreta con una yunta de bueyes, y la ekka que partió media hora antes de la llegada del Sahib no alcanza aún la otra orilla. ¿El Sahib tiene prisa? Llevaré al elefante del vado para que el Sahib se convenza. ¡Oye, tú Mahout, sal del cobertizo! Trae a Ram Pershad, y si el animal se atreve a luchar contra la corriente, nada digo. Los elefantes nunca mienten, y Ram Pershad está, por otra parte, separado de su amigo Kala Nag. El elefante desearía mucho ir a la distante ribera. ¡Bien, mi rey! Avanza hasta la mitad del lecho, Mahoutji, y ya nos contarás lo que te diga el río. ¡Excelente, Ram Pershad! Tú eres la perla de los elefantes. Lánzate al agua. Pica, animal, pica en la cabeza. ¿Crees que el aguijón sirve sólo para pincharte la grasa de la espalda, bastardo? ¡Duro! ¡Duro! ¿Qué son para ti las corrientes, oh mi montaña de carne? ¡Adelante, Ram Pershad!

¡No, Sahib! Es inútil. Ya oye el Sahib los trompetazos que da el elefante. Dice a Kala Nag que es imposible pasar. ¿Lo ve el Sahib? Da la vuelta y mueve la cabeza. No es un insensato. Sabe bien lo que hace el río Barhwi cuando está irritado. ¡Vaya! No eres tonto, chiquillo: ¡salaam, Ram Pershad! Llévalo bajo los árboles, mahout, y dale lo mejor de lo mejor. Te has portado brillantemente. Eres la flor y nata de los colmilludos. Dirige un salaam al Sirkar, y a dormir.

¿Qué se debe hacer? El Sahib tiene que aguardar hasta que baje el río. Mañana temprano, si Dios quiere, o a lo sumo pasado mañana, será posible vadear. ¿Por qué se irrita el Sahib? Yo me llamo su más humilde siervo. Juro ante Dios que yo no soy autor de la avenida. ¿Qué puedo hacer? ––pregunto al Sahib––. Poner a su disposición mi cabaña y todo lo que ella tiene. Ya comienza a llover. Entremos. ¿Decrecerán las aguas por mucho que las injurie el Sahib? Los ingleses de antaño no eran así. Yo creo que el coche de fuego los ha afeminado. En mis tiempos, cuando caminaban noche y día en vehículos tirados por animales, no se impacientaban si un río les impedía seguir adelante o si el coche se les hundía en un barrizal. Era la voluntad de Dios. Pero ahora, el coche de fuego corre, corre, corre sin detenerse, aunque todos los diablos se le cuelguen a la cola. El coche de fuego ha sido perjudicial para el carácter de los ingleses. Después de todo, ¿qué significa un día, y qué significan dos días perdidos? Acaso el Sahib va a sus bodas y a ello se debe que se halle dominado por la locura de la precipitación. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ya soy viejo. Veo muy pocas veces un Sahib. Esta es la causa de que haya olvidado el respeto que se les debe. ¡Perdóneme el Sahib! ¿Está de mal humor?.

¡Sus bodas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! El espíritu de un viejo es como el numah. Este árbol tiene a la vez retoños, flores y hojas secas del pasado. Lo antiguo y lo nuevo, hasta lo que pertenece a la región del olvido, ¡todo se halla junto! Tome el Sahib un asiento en la cama, y beba leche. O si el Sahib lo desea, ¿querría beber mi tabaco? Es bueno. Es tabaco de Nuklao. Mi hijo me lo envía de allá, pues allá tiene su morada. Beba el Sahib, si sabe cómo se maneja el tubo. Veo que el Sahib lo toma a la manera de los musulmanes. ¿En dónde aprendió eso? ¡Sus bodas! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Dice el Sahib que no hay tales bodas? Pero ¿puede creerse que el Sahib diga la verdad a un hombre de mi casta? No me extraña su precipitación. Llevo treinta años de tañer el gong en este vado, y no había visto en ese tiempo a un Sahib con tanta impaciencia. ¡Treinta años, Sahib! Es un período muy largo. Entonces, el vado estaba en el camino de las bunjaras, y en una sola noche vi pasar dos mil bueyes de carga. Pero ha venido el camino de hierro y el coche de fuego que hace bus-bus-bus se desliza por aquel puente con un centenar de jaulas. Es para maravillar; pero eso no quita que el vado se haya convertido en un sitio muy triste, ahora que las bunjaras ya no acampan a la sombra de los árboles.

No; es inútil que el Sahib vea el cielo. La lluvia seguirá durante toda la noche. ¡Atención! Los maderos arrastrados hablan en la corriente. Ya habrían roto los huesos del Sahib si se hubiera empeñado en cruzar. Voy a cerrar la puerta para que no entre la lluvia. Wahi! Ahi! Ugh! Treinta años en el vado del río. Ya soy viejo. ¿En dónde está el aceite de la lámpara?

Pido perdón al Sahib. Por la edad, tengo el sueño más ligero que el de un perro. He visto que el Sahib se dirigía hacia la puerta. Observe si quiere; escuche también. De orilla a orilla, la corriente tiene medio oos; es fácil verlo con la luz de los astros; la profundidad es, por lo menos, de tres metros. El furor de sus ojos no aminorará el caudal de las aguas, ni éstas se aquietarán a fuerza de juramentos. ¿Apostamos a que es más fuerte la voz del río que la voz del Sahib? Un grito más para que el agua se avergüence. ¡Vamos! Lo mejor es acostarse otra vez y dormir. Yo conozco la cólera de Barhwi, cuando ha llovido al pie de las colinas. En una ocasión, crucé el río a nado. Era una noche diez veces más tempestuosa que ésta, y por el favor de Dios me libré de la muerte cuando ya había tocado en sus umbrales.

¿Puedo referirlo? El episodio es interesante. Voy a llenar la pipa. Era yo joven y acababa de venir al vado. También era vigoroso. Tenía tal conocimiento del río, que las bunjaras no vacilaban cuando yo les decía que el vado estaba franco. Trabajaba toda una noche con el agua hasta los hombros, entre un centenar de bueyes aterrorizados, que yo pasaba sin perder uno solo. Después, transportaba a los hombres, que iban temblando de pies a cabeza. Mi remuneración era el mejor animal de la partida: la res del cencerro. ¡Era yo un hombre a quien se honraba! Hoy cae la lluvia, suben las aguas, y yo me encierro en mi cabaña a gemir como un perro. Ya no tengo fuerzas, y el coche de fuego ha hecho inútil el vado. En aquel tiempo se me llamaba el hombre fuerte del Barhwi.

Vea mi rostro el Sahib. ¿No parece de mono? Y mi brazo es como el de una mujer. Pero yo le juro al Sahib que hubo quien amó éste rostro, y que este brazo tuvo a quien estrechar. Hace veinte años pasó todo eso, Sahib. Digo la verdad: hace veinte años.

Venga el Sahib a la puerta, y vea. ¿No distingue una lucecita muy lejana, como de una candileja? Es la luz del templo, en el santuario de Hanuman, que está en el pueblo de Patira. Al Norte, bajo la estrella grande, se halla el pueblo, oculto por una vuelta que da el río. ¿Hay que nadar un poco para llegar allá, Sahib? ¿Se quitaría el Sahib la ropa y probaría sus fuerzas? Pues yo nadé hasta Patira, no una, sino muchas veces. Y eso que hay también muggers en el río.

El amor no sabe de castas. Si así fuera, ¿cómo podría yo, musulmán e hijo de musulmanes, haberme enamorado de una inda viuda de un indo y hermana del jefe de Patira? Pues así pasó. Los de la familia del jefe fueron en peregrinación a Muttra. Ella estaba ya comprometida, y debía casarse. La carreta tenía adornos de plata, y las mujeres iban ocultas por cortinas de seda. El viento apartó las cortinas, y yo la vi. Cuando volvieron de la peregrinación, el muchacho con quien se casó había muerto, y yo la vi de nuevo en la carreta. ¡Los indos son idiotas, Sahib! ¿Qué me importaba a mí que ella fuera inda, yaina, barrendera o leprosa? Yo me habría casado con ella, y habríamos formado nuestro hogar en el vado. ¿No, por ventura, el séptimo de los Nueve Preceptos reza que a un hombre le está prohibido casarse con una idólatra? Pero ¿es verdad eso? ¿Los shiahs y los sunnis dicen de consuno que al musulmán le está vedado el matrimonio con idólatras? Veo que el Sahib es sacerdote, pues sabe mucho de estas cosas. Pero yo le diré algo que ignora. Para el amor, no hay shiah ni sunni; no hay prohibición ni idolatría. Los Nueve Preceptos son nueve hacecillos de leña que la llama del amor consume rápidamente. Pude habérmela llevado, es verdad; pero el jefe habría mandado hombres que me persiguieran y me rompieran la cabeza a estacazos. Yo no temo, digo, no temía entonces a cinco hombres, aún de los más valientes. Pero ¿quién puede luchar contra medio pueblo?.

En vista de esto, y habiéndome puesto de acuerdo con ella, iba yo por las noches a Patira. Nos dábamos cita en las sementeras, sin que nadie lo sospechase. Vea el Sahib hacia allá. Yo tenía que cruzar el río junto a la maleza del recodo, en donde hoy está el puente del camino de hierro, y de allí atravesaba la península hasta llegar a Patira. En noches de gran oscuridad me guiaba yo por la luz del templo. En la maleza que está junto al río hay muchas serpientes. Son karaitis, que duermen en la arena. Otro peligro era el de los hermanos de ella, que me habrían matado al verme en las sementeras. Pero todos ignoraban nuestras citas; todos, salvo ella y yo. La arena movediza de la ribera cubría mis huellas. En los meses de verano era muy fácil ir del vado a patira, y también era fácil hacerlo después de las primeras lluvias, cuando las avenidas no son muy torrenciales. Yo medía mi fuerza con la fuerza de la corriente. Por las noches comía en mi cabaña y bebía en Patira. Ella me había dicho que la pretendía cierto Hirnam Singh, un bandido que vivía en la aldea, río arriba, pero en la misma orilla. Todos los sikhos son perros, y en su locura han rechazado el don generoso de Dios: el tabaco. Yo habría matado a Hirnam Singh si se hubiera acercado a ella, y mi odio era tanto mayor cuanto que él había proferido una amenaza. Sospechaba que ella tenía un amante, y dijo que se pondría en acecho para descubrirlo y denunciarlo al jefe, a menos que ella huyese con él. ¡Los sikhos son unos canallas!

Sabiendo esto, yo llevaba siempre mi navaja muy afilada, y lo habría pasado mal el que me saliera al paso. No había yo visto en mi vida a Hirnam Singh; pero, por las dudas, habría matado a otro en quien advirtiera el deseo de interponérseme y estorbar mis entrevistas.

Estábamos al principio de la estación lluviosa. Yo me disponía a pasar el río, no obstante el aspecto amenazador que presentaba esa noche. Así es el Barhwi, Sahib. Sube un metro en treinta segundos, y entre el momento de encender una lumbre y el de hacer un chapati, lo he visto pasar de la categoría de arroyuelo a la de hermano del Jumna.

Cuando dejé esta orilla, me dirigí hacia un banco de arena que estaba a quinientos metros y tenía el propósito de tomar allí descanso antes de seguir adelante, comprendiendo que la lucha iba a ser muy brava, pues el río me cogía con ambas manos, tirándome de los talones. Pero ¿qué no hace un enamorado? Las estrellas daban muy poca luz, y a la mitad de la corriente sentí en la boca el cosquilleo del deodar. Esa era señal de grandes aguaceros al pie de las colinas y aún más allá, pues el deodar es un árbol muy robusto y no se desarraiga fácilmente de las laderas. Me apresuré a seguir, ayudado por la corriente; pero antes que pudiera poner el pie en el banco de arena, sentí en mi cuerpo y a mi alrededor algo como la palpitación del río. El islote desapareció y yo me encontré en la cresta de una ola tan ancha como el río. ¿Se ha visto el Sahib llevado por el agua, sin poder hacer uso de sus fuerzas ni de su voluntad? Yo sentí que todo el universo era una sola masa de agua enfurecida, y fui arrebatado como una paja. El hombre es un objeto insignificante en el seno de la corriente. Y yo no podía saber entonces que aquélla era la inundación más extraordinaria, pues todavía se habla de ella como de un acontecimiento memorable. Yo estaba paralizado por el miedo, y me sentí llevado como si fuera un tronco de árbol. Iba tendido de espaldas. A mi alrededor subían los gritos desesperados de animales domésticos y de fieras que la corriente arrastraba en extraña confusión. También oí una voz humana que pedía auxilio. Pero comenzó a desprenderse un aguacero, y ya no percibí en la extensión inmensa de la superficie gris, sino el estruendo de los peñascos dentro del oleaje y el ruido del aguacero sobre mi cabeza. Seguí rodando río abajo, y esforzándome por no perder el aliento. Es duro morir en la juventud. ¿Puede el Sahib ver el puente del camino de hierro? Justamente pasan las luces del correo que va a Peshavar. Calculo que en este momento el puente se hallará a tres metros de la superficie del río. En aquella noche, el agua llegó hasta la reja del puente, y yo di en ella con los pies; pero como había muchas ramas y troncos detenidos, el golpe no me hizo daño. Sentía yo la presión del río, como un hombre débil siente la de un hombre fuerte. Pude afianzarme y subir por una de las cadenas de la superestructura del puente, aunque no sin mucho trabajo. ¡El agua, Sahib, pasaba por encima de la vía y ésta se hallaba a más de veinte centímetros bajo la superficie! Por este dato se podrá apreciar cómo vendría el río. Yo estaba aturdido y casi no veía. Me tendí sobre la reja del puente para tomar aliento.

Pocos minutos después cesó la lluvia, y salieron las estrellas, más brillantes después de la tormenta, que, al parecer, las había limpiado. Vi entonces una extensión ilimitada de agua negra, y que la vía del puente estaba sumergida. Vi también que entre los estribos se habían acumulado grandes troncos y ramas de árboles. A su vez, en éstos se detenían innumerables cuerpos de animales muertos, arrastrados por la corriente. Otros animales que llegaban vivos luchaban para subir a las cadenas. Venían confundidos búfalos y vacas, jabalíes y ciervos, chacales y serpientes. Toda la parte de la izquierda del puente negreaba por la línea de animales detenidos en el obstáculo. La corriente arrebataba a los que por sus dimensiones, o por la posición en que llegaban, podían pasar a través de la jaula del puente.

Volvió a velarse el cielo y la lluvia se desató con fuerza. El río creció todavía más. Yo sentí que el puente se agitaba, como un hombre que, al despertar, se mueve, aún antes de abrir los ojos. No tenía miedo, Sahib. Juro que no tenía miedo, aunque me sentía impotente aún para mover un dedo. Abrigaba la certidumbre de que no moriría antes de ver a mi amada. Pero el frío me calaba, y el puente comenzaba a desprenderse.

El agua se agitó, como cuando va a venir un nuevo golpe de la corriente. El flanco izquierdo del puente se levantó a impulsos de la avenida, y el flanco derecho se sumergió en el agua.  Digo la verdad, Sahib; la verdad de Dios, por estas barbas que llevo! El puente giró, como una lancha de Mirzapore puesta en carena. Así, y no de otro modo.

Yo rodé al agua y detrás de mí se precipitó la onda furiosa del río. Oí su voz y oí el chirrido de la parte central del puente cuando se desprendió de los estribos y se precipitó hasta el fondo. Después no volví a tener noción de lo que pasaba, hasta que me hallé en medio de la corriente. Tendí un brazo para nadar, y mi mano cayó sobre la cabeza enmarañada de un hombre. Aquel hombre estaba muerto, pues nadie sino yo, el Invencible de Barhwi, podía haberse sobrepuesto en aquella lucha. Sin duda, el hombre había muerto dos días antes, pues noté que estaba hinchado y encenagado. Sí; era un cadáver, y pude apoyarme sin el temor de que me hundiera. Yo empecé a reír, afirmándome en la seguridad de que volvería a verla, ya sin el menor peligro. Enredé el pelo del cadáver en mis dedos, pues me sentía completamente agotado, y así juntos, vivo y muerto, bajamos la corriente. Sin aquel auxiliar, yo me habría hundido, pues tenía ya el frío en la médula, y la carne se me había enjutado hasta formar una sola masa rígida. Pero nada teme quien ha sentido toda la fuerza del río, y yo dejé que éste impusiera su capricho. Llegamos finalmente a una corriente lateral que se dirigía hacia la margen derecha, y yo nadé con los pies para incorporarme en esa derivación. Noté que el cadáver giraba en un remolino, y temí que estuviera a punto de hundirme por el choque de alguna rama. Sentí a la vez en las rodillas el contacto de las hojas del tamarisco, y comprendí por esto que habíamos llegado a las inundadas sementeras. Busqué apoyo entonces, y toqué con los pies el caballón de un campo cultivado. El muerto quedó en un montículo, bajo una higuera, y yo salí del agua lleno de alegría.

¿Sabe el Sahib hasta dónde me arrastró el torrente de las aguas desbordadas?. Pues me arrastró hasta la altura que limita por el Oriente el pueblo de Patira. ¡Hasta allí me llevó! Deposité el cadáver sobre el césped, en atención al servicio que me había prestado, y también por si era necesario utilizarlo de nuevo, e imitando tres veces el grito del chacal, me dirigí al lugar de la cita, en un repecho próximo al establo de la casa del jefe. Mi amor estaba allí, llorando con amargura. Temía que la corriente hubiese arrastrado mi cabaña en el vado. Cuando me vio llegar, con el agua hasta el tobillo, creyó que se aparecía un espectro, y habría huido de mí, si no me hubiera apresurado a estrecharla entre mis brazos. Entonces no era yo un espectro; hoy lo parezco por mis años. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Comprende el Sahib estas expresiones de nuestro idioma? En el idioma del Sahib no tienen significado.

Yo refería a mi amada la destrucción del puente, y ella comenzó el relato diciéndome que sólo un hombre como yo podía haberse atrevido a cruzar el desbordado Barhwi, pues era necesario un esfuerzo superior al de cualquiera otro hombre para desafiar ese peligro. Agregué que yo había visto lo que nadie había visto sin perecer. Asidos de las manos, fuimos a la altura en donde estaba el cadáver. La noche había aclarado, y brillaban las estrellas en el cielo. Mi amada ocultó el rostro entre las manos, diciendo:

––¡Es el cuerpo de Hirnam Singh!

Y yo exclamé:

––¡Amor mío! Este cerdo es más útil muerto que vivo.

Ella repuso, entonces:

––Sin duda, puesto que ha salvado la vida más cara para mí; la de mi amado. De todos modos, no debe quedar aquí el cadáver, porque sería una afrenta para mí.

El cadáver, en efecto, estaba a menos de un tiro de escopeta de su casa. Yo lo empujé con ambas manos, diciendo:

––Hirnam Singh, Dios ha pronunciado su sentencia entre los dos, y ha permitido que tu sangre no caiga sobre mi cabeza. Si te agravio privándote del beneficio de la ghar funeraria en que habría de arder tu cuerpo, compóntela con los cuervos del campo.

Y lo eché a la corriente, que se lo llevó. Su espesa barba flotaba sobre la superficie del río, como asoma la cabeza del sacerdote cuando se inclina en el púlpito. Hirnam Singh desapareció para siempre de mi vista.

Mi amada y yo nos separamos antes que despuntase la aurora, y entonces me encaminé hacia una parte de la espesura que no estaba cubierta por la inundación. La luz del día me reveló toda la extensión de lo que yo había ejecutado en las sombras. Sentí como si los huesos se me desprendiesen de la carne, pues medí con la vista dos kos de aguas rabiosas entre el pueblo de Patira y los árboles de la otra margen. En medio de la corriente, los estribos del puente derruido asomaban como fragmentos de dientes en las encías de un anciano. Sobre la superficie del río no se veía un solo ser con vida; no había pájaros ni barcas; no había sino cadáveres de hombres, bueyes y caballos ahogados. El agua del río estaba más enrojecida que la sangre que mana de las arcillosas laderas. Jamás había visto un río como aquél, ni lo he visto después en todos los años de mi larga vida. ¡Ningún hombre, Sahib, puede contar algo semejante! Aquel día no pude volver a esta ribera. Si me hubieran ofrecido todas las tierras del jefe, no habría aventurado la travesía, que sólo puede emprenderse cuando las sombras de la noche ocultan el peligro. Subí un kos por la margen hasta la casa del herrero, a quien pedí hospitalidad diciéndole que la inundación me había arrebatado de mi cabaña. Siete días permanecí al lado de aquel hombre, hasta que pasó el río una lancha para recogerme. En mi casa no había tejado, ni muros, ni pavimento. Lo único que de ella quedaba era una ligera mancha de barro. Esto dará idea de la extensión que tomó la corriente.

Estaba escrito que yo no muriera ni en mi casa derruida, ni en el corazón del Barhwi, ni en el puente, pues Dios me envió el cadáver de Hirnam Singh, muerto dos días antes, en condiciones que yo desconozco. Hace veinte años que Hirnam Sing está en los infiernos, y el recuerdo de aquella noche ha de ser la flor de su tormento.

¿Oye el Sahib? Ha cambiado la voz del río. Va a dormir antes que amanezca. Falta una hora para que despunte el día. Cuando luzca el sol, volverá otra vez la corriente. ¿Cómo lo sé? ¿He estado por ventura treinta años en este vado sin aprender a interpretar lo que dice la voz del río, como el padre conoce la voz de su hijo? Cada vez habla con menos furor. Juro que no habrá peligro durante una o dos horas. No; de la mañana no respondo. ¡Pronto, Sahib! vaya a llamar a Ram Pershad. No retrocederá. ¿Está el equipaje bien atado y bien cubierto en su lona embreada? ¡Oye, mahout, cabeza de cieno! ¡El elefante para el Sahib! Y di a los del otro lado que nadie pasará después que amanezca.

¿Dinero? No, Sahib. No soy de ésos. No; ni para los dulces de los niños. Mi casa ––¿lo ve el Sahib?–– está vacía. Y yo soy un viejo.

¡Adentro, Ram Pershad! ¡Adentro! ¡Adentro! ¡Adentro! Buen viaje, Sahib.


En Cuentos de la India
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS


25 mar. 2011

Rudyard Kipling - A través del fuego

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El Policía cabalgaba por la selva del Himalaya, bajo los robles cubiertos de musgo, y su ordenanza trotaba tras él.

–– Un feo asunto, Bhere Singh ––dijo el Policía–– ¿Dónde están?

–– Muy feo ––dijo Bhere Singh–– y, en cuanto a ellos, seguro que se están asando en un fuego más vivo que el que nunca hayan producido las ramas de abeto.

–– Esperemos que no ––dijo el Policía––, porque, teniendo en cuenta la diferencia entre las dos razas, es la misma historia que la de Francesca da Rimini, Bhere Singh.

Bhere Singh no sabía nada de Francesca da Rimini, así que siguió su marcha al mismo ritmo, hasta que llegaron al claro del bosque donde los carboneros quemaban su carbón vegetal y donde las llamas moribundas decían crisp, crisp, crisp mientras revoloteaban y susurraban sobre las cenizas blancas. Tuvo que ser un buen fuego, en su momento de mayor esplendor. Uno hombres lo habían visto en Donga Pa desde el otro lado del valle, vacilando y resplandeciendo a través de la noche, y se dijeron que los carboneros de Kodru se estaban emborrachando. Pero se trataba tan sólo de Suket Singh, cipayo del 102.° Regimiento de Infantería Indígena del Punjab, y de Athira, una mujer, ardiendo... ardiendo... ardiendo.

Así es como sucedieron las cosas; y el diario del Policía confirmará mis palabras.

Athira era la mujer de Madu, un carbonero tuerto y de mal carácter. Una semana después del matrimonio, él pegó a Athira con un palo muy pesado. Un mes más tarde, Suket Singh, cipayo, llegó a aquel lugar, buscando la frescura de las montañas, de permiso de su regimiento, y electrizó a los campesinos de Kodru con sus relatos de gloria y de servicio al Gobierno, y del honor en que le tenía a él, Suket Singh, el sahib coronel Bahadur Y Desdémona escuchaba a Otelo como lo han hecho todas las Desdémonas del mundo. Y, al escuchar, amaba.

–– Yo ya tengo una esposa ––dijo Suket Singh––. aunque eso no es problema si lo piensas bien. También tengo que volver a mi regimiento dentro de poco, y no puedo ser desertor, yo que pretendo llegar a ser havildar.

No hay versión himalaya del poema «No podría amarte tanto, mi amor, si al honor no amara más», pero Suket Singh casi consiguió inventar una con sus palabras.

–– No importa ––le decía Athira––: quédate conmigo y, si Madu trata de pegarme, le pegas a él.

–– Muy bien ––dijo Suket Singh; y pegó a Madu severamente, para regocijo de todos los carboneros de Kodru.

–– Ya es suficiente ––dijo Suket Singh, haciendo rodar a Madu por la pendiente––. Ahora tendremos paz.

Pero Madu reptaba de nuevo por la montaña cubierta de hierba y rondaba en torno a su cabaña con ojos airados.

–– No parará hasta matarme ––le decía Athira a Suket Singh––. Tienes que sacarme de aquí.

–– Habrá problemas en el campamento. Mi mujer me arrancará las barbas, pero no importa ––dijo Suket Singh––: te llevaré.

Hubo un problema considerable en el campamento, y a Suket Singh le arrancaron la barba, y la mujer de Suket Singh se fue a vivir con su madre y se llevó a lo niños con ella.

–– No importa ––dijo Athira.

Y Suket Singh dijo:

–– Sí; no importa.

Y así Madu se quedó solo en la cabaña que domina el valle frente al Donga Pa; y desde el comienzo de los tiempos nadie ha tenido simpatía por los maridos tan poco afortunados como Madu.

Así que fue a ver a Juseen Dazé, el brujo que guarda la Cabeza del Mono Hablador.

–– Devuélveme a mi mujer ––dijo Madu.

–– No puedo ––dijo Juseen Dazé–– hasta que consigas que el río Sutlej deje el valle y suba hasta el Donga Pa.

–– Déjate de enigmas ––dijo Madu, y sacudió el hacha por encima de la cabeza de Juseen Dazé.

–– Dales todo tu dinero a los ancianos del pueblo ––dijo Juseen Dazé–– y ellos convocarán un Concejo comunal y el Concejo enviará un mensaje a tu mujer cominándola a volver.

Y Madu, consiguientemente, entregó todos sus bienes terrenales, que ascendían a veintisiete rupias, ocho annas, tres paisás y una cadena de plata, al Concejo de Kodru. Y ocurrió tal y como Jussen Dazé había dicho

Enviaron al hermano de Athira al regimiento de Suket Singh para que hiciera volver a Athira. Suket Singh, para empezar, le pegó y arrastró a lo largo de todo el cuartel, y luego lo entregó al havildar, que le pegó con un cinturón.

–– Vuelve ––gritaba el hermano de Athira.

–– ¿Adónde? ––dijo Athira.

–– Con Madu ––decía él.

–– Nunca ––decía ella.

–– Entonces Jussen Dazé te enviará una maldición y te marchitarás como un árbol descortezado en la primavera ––dijo el hermano de Athira.

Athira lo consultó con la almohada.

A la mañana siguiente tenía reumatismo.

–– Empiezo a marchitarme como un árbol descortezado en la primavera ––dijo––. Es la maldición de Juseen Dazé.

Y realmente empezó a marchitarse, porque el miedo le secó el corazón, y los que creen en las maldiciones mueren de maldiciones. También Suket Singh tenía miedo, porque amaba a Athira más que a su propia vida. Pasaron dos meses, y el hermano de Athira volvió al cuartel y se desgañitaba gritando:

–– ¡Ajá! Te estás marchitando. Vuelve. 

–– Volveré ––dijo Athira.

–– Di más bien que volveremos ––dijo Suket Singh.

–– Sí, pero ¿cuándo? ––dijo el hermano de Athira.

–– Un día cualquiera muy temprano por la mañana ––dijo Suket Singh; y a paso lento fue en busca del sahib coronel Bahadur para solicitar una semana de permiso.

–– Me estoy marchitando como un árbol descortezado en la primavera ––––se quejaba Athira.

–– Pronto estarás mejor ––decía Suket Singh; y le contó lo que guardaba en su corazón y los dos rieron dulcemente, porque se amaban.

Pero Athira empezó a encontrarse mejor desde aquel momento.

Se fueron juntos, en tren y en tercera clase, como mandaban las normas, y luego en un carro hasta las colinas, y a pie hasta las grandes montañas. Athira olía el aroma de los pinos de sus montañas, las montañas húmedas del Himalaya.

–– Qué bueno es estar vivo ––decía Athira.

–– ¡Ja! ––dijo Suket Singh––, ¿dónde está la carretera de Kodru y dónde está la casa del guardabosques...?

–– Me costo cuarenta rupias hace dos años ––––le dijo el guardabosques, enseñándole la escopeta.

–– Aquí tienes veinte dijo Suket Singh––, y me tienes que dar las mejores balas.

–– Es muy bueno estar vivo ––dijo Athira melancólica, husmeando el aroma de la tierra húmeda bajo los pinos; y esperaron hasta que hubo caído la noche en la carretera de Kodru y en el Donga Pa.

Madu había apilado la leña seca para la hoguera de carbón del día siguiente, en un claro junto a su cabaña.

–– Que cortés por parte de Madu el ahorrarnos este cuidado ––dijo Suket Singh al tropezar con la pila de leña, que tenía doce pies cuadrados y una altura de cuatro ––. Debemos esperar hasta que salga la luna.

Cuando salió la luna, Athira se arrodilló en la pira.

–– Si fuera un Snider de los que utiliza el Gobierno... ––dijo Suket Singh, pesaroso, mirando de reojo el cañón amarrado con alambre del rifle del guardabosques.

–– Sé rápido ––dijo Athira; y Suket Singh fue rápido, pero Athira ya no lo fue más. Entonces él encendió la pira en las cuatro esquinas y subió a ella, a la vez que volvía a cargar el arma.

Las pequeñas llamas empezaron a asomarse entre los grandes leños, por encima de las hojas secas.

–– El Gobierno debería enseñarnos a darle al gatillo con los dedos de los pies ––dijo Suket Singh, lúgubre, a la luna.

Aquella fue la última observación pública del cipayo Suket Singh.

Un día, por la mañana temprano, Madu llegó a la pira, gritó amargamente y corrió a buscar al policía que estaba de servicio en el distrito.

–– Ese hombre de baja casta ha destruido cuatro rupias de leña de quemar carbón ––jadeaba Madu––. También ha matado a mi mujer, y ha dejado una carta que no sé leer, atada a la rama de un pino.

Con la grafía rígida y formal que enseñaban en la escuela del regimiento, el cipayo Suket Singh había escrito:

«Que nos quemen juntos, si es que algo queda de nosotros, porque hemos realizado las plegarias necesarias. También hemos maldecido a Madu y Malak, el hermano de Athira, ambos hombres malvados. Comunicad mi devoción al sahib coronel Bahadur».

El Policía se quedó mirando largo rato y con curiosidad la cama nupcial de cenizas blancas y rojas en la que reposaba, negro opaco, el cañón de la escopeta del guardabosques. Hincó su talón calzado con espuela distraídamente en un leño medio chamuscado, y unas chispas castañetearon volando hacia arriba.

–– Una gente muy extraordinaria ––dijo el Policía.

–– Jim, jinn, uyu ––decían las llamas.

El Policía consignó los hechos escuetos de aquel caso, porque el Gobierno del Punjab no aprueba el romanticismo, en su diario.

–– Pero ¿quién me va a pagar a mí esas cuatro rupias? ––dijo Madu.


En Cuentos de la India


3 jun. 2010

Rudyard Kipling - El teatro japonés y la historia del Gato del Trueno.

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El teatro japonés y la historia del Gato del Trueno. Tratándose también de los sitios tranquilos y del hombre muerto en la calle.


Y fuimos al teatro, a través del lodo y de mucha llu­via. Dentro, la oscuridad era casi completa, porque el azul oscuro de los vestidos de los espectadores absor­bía la escasa luz de las lámparas de queroseno. No había sitio donde tenerse en pie, salvo al lado del po­licía japonés que, por causa de la moral y del Lord Canciller, disponía de un rincón en la galería y de cua­tro sillas para él solo. Su estatura casi alcanzaba los cinco pies, [1] y Napoleón en Santa Helena no pudo cru­zarse de brazos con mayor dramatismo. Después de refunfuñar un poco (me temo que estábamos subvir­tiendo los principios de la Constitución) consintió en cedernos una silla, obteniendo a cambio un cigarro birmano que, tengo razones sobradas para creerlo, debió hacer estallar su pequeña cabeza. Una platea con cincuenta filas de cincuenta personas trabadas por una cadena de niños, y una galería que quizá podía conte­ner a mil doscientas personas más, constituían el lo­cal. El edificio era una delicada pieza de ebanistería, como todas las casas; el techo, el suelo, las vigas, las columnas, las arcadas y las particiones eran de made­ra pura y, en la sala, una de cada dos personas fuma­ban frágiles pipas y sacudían la ceniza cada dos minutos. Entonces deseé huir; la muerte en un Auto de Fe no estaba incluida en el precio del viaje; pero no había escapatoria por la única y pequeña puerta donde vendían pescado seco en los entreactos.

-Cierto, no es precisamente seguro -dijo el pro­fesor, mientras las cerillas centelleaban y chisporro­teaban a nuestro alrededor y abajo-. Pero si esas luces sueltas en el escenario prenden fuego a esa cortina, o si usted ve que empieza a arder esa galería de madera de cerillas, derribaré de un puntapié la pared del pues­to de refrescos y nos iremos.

Tras esas palabras reconfortantes empezó el dra­ma. El telón cayó, lo recogieron y se lo llevaron, y tres caballeros y una dama abrieron la danza con un diálogo que se desarrolló en tonos que iban desde el gor­goteo hasta los susurros chillones. Si quieren saber cómo vestían, miren el abanico japonés que tengan más cerca. Los japoneses auténticos, claro está, son como los hombres y las mujeres, pero los japoneses de escenario, con sus brocados rígidos, son, punto por punto, igual que los japoneses dibujados. Cuando los cuatro se sentaron, corrió entre ellos un muchachito y les arregló las ropas, tirando de un cinto por aquí y desarrugando una falda por allá. Los vestidos eran tan fastuosos como incomprensible el argumento. Pero llamaremos a la obra «El Gato del Trueno, o El Saco de Huesos de Arlequín y la Anciana Asombrosa, o El Rábano Mastodóntico, o El Tejón Superfluo y las Luces Oscilantes».

Salió a escena un hombre con dos espadas vestido de brocados negros y dorados e imitó el modo de an­dar de un oscuro actor llamado Henry Irving; [2] y ante eso, sin saber que la cosa iba en serio, me reí fuerte­mente, hasta que el policía japonés me miró seve­ramente. Después el hombre de las dos espadas cortejó a la dama de abanico japonés, y los demás personajes comentaron su proceder, como un coro griego, hasta que algo (quizá un acento mal puesto) creó problemas, y el hombre de las dos espadas libró un combate bur­lesco contra un espléndido ser bermellón mientras la orquesta tocaba en pleno (una guitarra y algo que cas­tañeteaba, pero que no eran unas castañuelas). El muchachito les quitó las armas cuando hubieron ba­tallado lo suficiente y, dándose cuenta de que a la obra le faltaba luz, tomó un bambú de diez pies con una simple candela en la punta y sostuvo aquel artilugio a cosa de un pie de la cara del hombre de las dos espa­das, siguiendo todos sus movimientos con la mirada inquieta de un niño al que se deja jugar con una má­quina de escribir. Luego la muchacha de abanico ja­ponés se rindió a las solicitaciones del hombre de las dos espadas y, con una espeluznante risotada, se trans­formó en una vieja repulsiva; un muchacho le quitó el cabello, pero ella misma hizo el resto. En aquel terri­ble momento un Gato del Trueno, de color dorado, que es un gato salido de una nube, corrió sobre alambres desde el gallinero hasta el centro de la galería, y un muchacho dotado de una cola de tejón se burló del hombre de las dos espadas. Entonces supe que el hom­bre de las dos espadas había ofendido a un gato y a un tejón y estaba a punto de pasar un muy mal rato a consecuencia de ello, dado que esos dos animales, jun­to con el zorro, siguen hoy siendo hechiceros malig­nos. Siguieron cosas espantosas, y el decorado fue cambiando cada cinco minutos. El efecto más bonito fue el que se logró mediante una doble hilera de can­delas colgadas de cordeles detrás de una gasa verde al fondo del escenario, que se balanceaban en movimien­tos opuestos. Eso, aparte de aportar una fuerte suge­rencia de lo sobrenatural, hizo que uno de los espectadores se marease.

Pero el hombre de las dos espadas era mucho más desdichado que yo. El perverso Gato del Trueno arro­jó sobre él tales encantamientos que renuncié a esforzarme por averiguar qué era lo que pretendía hacer con él. Pasó a ser un mofletudo Rey de las Ratas de baja comedia, al que ayudaban otras ratas, y se comió un rábano mágico, en una pantomima que le hacía a uno partirse de risa, convirtiéndose de nuevo en un hombre. Luego le quitaron todos los huesos (otra ju­gada del Gato del Trueno) y se desmoronó en una masa horrenda, iluminado por el muchacho de la candela; y no se recobró hasta que alguien habló con un loro mágico y un robusto bribonazo peludo y varios culíes hubieran andado sobre él. Luego fue una muchacha, pero, al amparo de una sombrilla, recuperó su forma propia; y entonces cayó el telón, y los espectadores corrieron por el escenario y circularon por todas par­tes. A un muchachito se le metió en la cabeza que po­día cruzar todo el escenario dando volteretas. Puso manos a la obra con mucha seriedad, ante un público despreocupado, pero cayó de lado entre un remolino de piernas gordezuelas. A nadie le importó, y el ur­bano público de la galería era incapaz de compren­der por qué el Profesor y yo nos moríamos de risa mientras el muchacho, con un zueco a modo de espa­da, imitaba los contoneos del hombre de las dos es­padas. Los actores se mudaron delante del público, y cualquiera que quisiera podía ayudar a cambiar los de­corados. ¿Por qué no iba a divertirse un niño a su ma­nera?

Al poco rato nos fuimos. El Gato del Trueno seguía aplicando su malevolencia contra el hombre de las dos espadas, pero todo se arreglaría al día siguiente. Quedaba mucho por hacer, pero al final triunfaría la Jus­ticia. Así nos lo dijo el hombre que vendía pescado en salmuera.

-Una buena escuela para un actor joven -dijo el Profesor-. Aquí vería en qué se convierten de modo natural las excentricidades cuando se las deja a su aire. Hay ahí todos los trucos y todas las maneras del teatro inglés, agrandados en treinta diámetros, pero perfectamente identificables. ¿Cómo piensa usted des­cribir eso?

-La ópera cómica japonesa del futuro todavía no ha sido escrita -contesté, grandilocuente-. Todavía no ha sido escrita, a pesar del Mikado. El tejón aún no se ha mostrado en el escenario inglés, y nunca se ha utilizado en él la máscara artística como accesorio legítimo del drama. Imagínese «El Gato del Trueno» como título de una ópera tragicómica. Empecemos con un gato doméstico poseedor de poderes mágicos que vive en la casa de un comerciante de té de Londres que le da puntapiés. Reflexione...

-Es muy tarde -fue la gélida respuesta-. Maña­na iremos a escribir óperas en el templo que queda cerca de aquí.

El día siguiente trajo una fina llovizna. El sol, dicho sea de paso, ha estado oculto durante más de tres se­manas. Nos condujeron al que debía ser el templo prin­cipal de Kobe y lo designaron con un nombre que no recuerdo. Es exasperante encontrarse delante de alta­res de una fe que se desconoce por completo. Hay ri­tos y ceremonias del credo hindú sobre los que todo el mundo ha leído alguna cosa y que muchos han pre­senciado, pero, ¿cómo rezan, aquí, esos que contem­plan al Buda, y qué culto se rinde en los altares sintoístas? Los libros dicen una cosa; los ojos, otra.

El templo parecía ser también un monasterio y un sitio donde reinaba una gran paz perturbada tan sólo por el parloteo de docenas de niños. Estaba retirado del camino, detrás de un macizo muro, en forma de una masa irregular de tejados acentuadamente incli­nados, trabados fantásticamente en la cima, de color verde cobrizo allí donde la barda había madurado por el roce del tiempo y negro-gris mate en los alinea­mientos de tejas. Bajo los aleros, un hombre que creía en su Dios y, por ello, podía realizar un buen trabajo, había labrado su corazón en la madera hasta hacerla flo­recer y expandirse en ondulaciones o rizarse en tor­bellinos de llamas vivas. En las afueras de Lahore se encuentra un laberíntico amontonamiento de tumbas y de galerías de claustro llamado Chubara de Chajju Bhagat, construido no se sabe cuándo y que está ca­yendo en ruinas sin que nadie lo impida. Aunque ese templo era grande e inmaculadamente limpio tanto por dentro como por fuera, el silencio y la quietud del lugar eran como los de los patios del lejano Punjab. Los sacerdotes habían hecho numerosos jardines en los ángulos de los muros; jardines de quizá cuarenta pies de largo por veinte de ancho, cada uno de los cua­les, aun siendo diferente del contiguo, tenía un peque­ño estanque con peces de colores, una o dos linternas de piedra, montecillos de rocas, piedras planas con inscripciones grabadas y un cerezo o un melocotone­ro en flor. Diversos caminos empedrados cruzaban el patio y conectaban los edificios entre sí. En un recinto inter­no, donde se encontraba el más bonito de los jardines, había una tabla dorada de diez o doce pies de altura en la cual se recortaba, en un alto relieve de bronce martillado, la figura de una diosa de ropaje flo­tante. El espacio entre los caminos empedrados esta­ba aquí y allí sembrado de guijarros blancos como la nieve, y se había escrito, con guijarros blancos sobre rojo: «¡Cuánta felicidad!» Uno podía tomarse la cosa como quisiera; con un suspiro de satisfacción o con una interrogación desesperada.

El templo mismo, al que se llegaba por un puente de madera, estaba casi totalmente a oscuras, pero ha­bía la luz suficiente para que se vieran un centenar de atenuados esplendores, marrón y oro, de pantallas de seda devotamente pintadas. Si han visto alguna vez un altar budista donde el Señor de la Ley permanece sen­tado entre campanas doradas, viejos bronces, jarrones de flores y banderas de tapicería, empezarán a enten­der por qué la Iglesia Católica Romana prosperó tan poderosamente, en otro tiempo, en este país, y por qué prosperará en todas las tierras donde encuentre un complicado ritual ya existente. La gente amante del arte tendrá un Dios que habrá de ser propiciado con objetos bonitos; eso es tan seguro como que una raza criada entre rocas y pantanos y nubes borrascosas pondrá el altar de su deidad en la tormenta y la con­vertirá en el severo receptor del sacrificio del espíritu humano rebelde. ¿Recuerdan la historia del pueblo malo de Iquique? El hombre que me la contó me con­tó también otra, la del Pueblo Bueno de Alguna Otra Parte. También estos últimos eran sudamericanos sen­cillos sin nada que ponerse, que acababan de cantar misa a su manera en honor a su Dios en presencia de un padre jesuita de quijada azulada. En un momento crítico, alguien olvidó el ritual, o quizá un mono irrum­pió en la santidad de aquel altar en el bosque y robó la única prenda de vestir del oficiante. De un modo u otro, ocurrió algo absurdo, y el Pueblo Bueno es­talló en carcajadas y durante un rato se dedicó a di­vertirse.

-Pero, ¿qué dirá vuestro Dios? -preguntó el je­suita, escandalizado por tanta ligereza.

-¡Oh! Él lo sabe todo -le contestaron-. Sabe que nos olvidamos, y que no podemos prestar atención, y que lo hacemos todo mal, pero es muy sabio y muy fuerte.

-Bien, pero eso no os excusa.

-Claro que sí. Se tumba y ríe -dijo el Pueblo Bueno de Alguna Otra Parte; y se pusieron a arrojarse puñados de flores unos a otros.

Ya no recuerdo con qué guarda relación exacta­mente esta anécdota. Pero volvamos al templo. Ocul­ta al fondo, detrás de una masa de magnificencia jaspeada, había una hilera de figuras muy familiares, con coronas de oro en la cabeza. Uno no espera en­contrar, tan lejos en dirección este, a Krisna, el ladrón de manteca, y a Kali, la apaleadora de su marido. [3]

-¿Quiénes son ésos?

-Son otros dioses -dijo un joven sacerdote, que ahogaba una risa despectiva cada vez que se le pre­guntaba por su propio credo-. Son muy viejos. Vinieron de la India en otros tiempos. Creo que son dioses indios, y no sé por qué están aquí.

Odio a la gente que se avergüenza de su propia fe. Había una historia relacionada con aquellos dioses, pero el sacerdote no quiso contármela, de modo que le dirigí un resoplido despectivo y seguí mi camino. Dicho camino me condujo directamente del templo al monasterio, hecho en su totalidad de pantallas deli­cadas, suelos pulidos y techos de madera marrón. Sal­vo por mis pisadas sobre las tablas no había ningún sonido en aquel sitio, hasta que oí a alguien respirar pesadamente detrás de una pantalla. El sacerdote hizo deslizarse hacia atrás lo que me había parecido una pared maciza, y descubrimos a un sacerdote muy vie­jo medio dormido sobre su calentador de manos de carbón. Así era el cuadro: el sacerdote con un vestido verde oliva, con la cabeza pelada, de plata pura, incli­nada delante de una pantalla deslizante de papel acei­tado blanco que dejaba pasar una luz plateada. A su derecha, una abollada bandeja de laca negra contenía la tinta india y los pinceles con que fingía trabajar. A la derecha de éstos, una mesa de bambú amarillo pálido sostenía un jarrón de porcelana estriada de ver­de oliva con una ramita de pino casi negra. Allí no había flores. El sacerdote era demasiado viejo. Detrás del sombrío cuadro se erguía un suntuoso altarcillo budista, oro y bermellón.

-Cada día hace una nueva pintura para esa peque­ña pantalla -dijo el sacerdote joven, señalando pri­mero a su anciano colega y después una pequeña tabla en blanco en la pared. El anciano se rió lastimosa­mente, se frotó la cabeza y me tendió su pintura de aquel día. Representaba una inundación en un terre­no rocoso; dos hombres, en un bote, auxiliaban a otros dos que estaban subidos a un árbol medio sumergido en el agua. Incluso yo estaba en condiciones de ase­gurar que el artista había perdido su poder. Debía ha­ber dibujado bien en la plenitud de la edad, porque una de las figuras del bote, inclinada sobre la borda, tenía acción y determinación; pero todo lo demás era confuso, y los trazos se habían desviado mientras la mano temblorosa erraba sobre el papel. No tuve tiem­po de desear al artista una vejez placentera y una muerte dulce en la gran paz que lo envolvía, ya que el joven me alejó del altar y me mostró un segundo al­tar, más pequeño, encarado a estantes y más estantes llenos de tablillas de oro y laca cubiertas de caracte­res japoneses.

-Son tablillas en memoria de los muertos -dijo, con una risita ahogada-. De vez en cuando el sacer­dote reza aquí... por los muertos, ¿comprende?

-Perfectamente. En el país de donde vengo llaman a eso misas. Quiero irme y pensar en cosas. Pero us­ted no debería reírse cuando habla de sus creencias.

-¡Ja, ja! -profirió el joven sacerdote; y huí por los oscuros pasillos pulidos con pantallas marchitas a ambos lados, y llegué al patio principal, que daba a la calle, mientras el Profesor intentaba captar la fachada del templo con su cámara fotográfica.

Pasó una procesión, en columna de a cuatro, ca­minando pesadamente por el fango pastoso. No reían, lo cual me pareció extraño hasta que vi y oí a un grupo de mujeres vestidas de blanco que precedían a un pequeño palanquín de madera transportado so­bre los hombros por cuatro portadores y sospechosa­mente liviano. Cantaban una canción a media voz, una canción quejumbrosa, llorosa, que yo sólo había oído una vez, muy lejos al norte de la india, de labios de un nativo que había sido desgarrado por un oso; no tenía ninguna esperanza de salvación, y cantaba su propio canto fúnebre mientras sus amigos lo transpor­taban.

-Haber, él, muerto -dijo el culí de mi rickshaw-. Fu-nie-ral.

Ya me había dado cuenta. Hombres, mujeres y ni­ños invadían las calles y, cuando el canto fúnebre se extinguía, lo reemprendían. Las personas de medio luto se limitaban a llevar trozos de tela blanca en el hombro. Los parientes más cercanos del difunto ves­tían de blanco de pies a cabeza. « ¡Aho! ¡Ahaa! ¡Aho! », gemían, muy suavemente por temor a romper la ca­dencia de la lluvia; y desaparecieron. Todos salvo una mujer incapaz de sostener el paso de la procesión y que, por ello, avanzaba sola, canturreando, triste y suavemente, para sí misma: « ¡Aho! ¡Ahaa! ¡Aho! », su­surraba.

Los niños del patio estaban arracimados alrede­dor de la cámara del Profesor. Pero un niño tenía so­bre su inocente cabeza una muy mala enfermedad cutánea; tan mala que ninguno de los demás quería jugar con él; y permanecía en un rincón, sollozando y sollozando como si fuese a partírsele el corazón. ¡Po­bre pequeño Gehazi!


[1] Metro y medio.

[2] Henry Irving (1838-1905) era, desde mediados de los años 1870, el actor más famoso en todos los países de lengua inglesa. Uno de sus más fervientes admiradores, que cuando Kipling escri­be esto servía a Irving como secretario, era Bram Stoker, el autor de Drácula.

[3] Entre las muchas figuras divinas del hinduismo, Kipling elige mencionar a las dos directamente asociadas al color negro de piel, y les atribuye comportamientos delictivos y desordenados; luego él (Kipling) se indignará porque otro (un joven sacerdote) no respeta a esas dos deidades negras y perturbadoras. Esa actitud ambigua de Kipling es todavía más reveladora de su vivencia in­quieta y conflictiva de la negritud si se tiene presente la ambiva­lencia de significados de Krisna y Kali: Krisna («el Negro») tiene rasgos de trickster realiza diversos actos creativos mediante trave­suras, imprudencias o excesos con los que compromete, subvierte o transgrede el orden establecido, pero con ello lo reorienta, lo perfecciona o lo reestructura; ( Kali la Negra») es la forma o ma­nifestación más popular de Parvati, la Hija del Himalaya; Kali, maligna y benéfica, ambas cosas en el grado extremo, objeto de violentas agitaciones emocionales entre sus devotos, suele ser re­presentada como una mujer negra a la vez seductora y terrible: bellísima y desnuda, adornada con un collar de calaveras y un cin­to de manos cortadas, sosteniendo la cabeza de un gigante que ella misma ha decapitado, y (éste es el detalle que Kipling finge tomar­se a la ligera) pisoteando a su consorte, el dios Siva.


En Vi aje al Japón