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12 ene. 2015

Descarga: Soren Kierkegaard - El concepto de la angustia

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Publicado por primera vez en 1844, El concepto de la angustia es quizá el libro más conocido del danés Soren Kierkegaard (1813-1855), y en él se articulan algunos de los conceptos en los que se apoya el existencialismo cristiano. La angustia se relaciona con el pecado y con la libertad. Engendrada por la nada, alimentada por la impaciencia, surgida como «realidad de la libertad en cuanto posibilidad», la angustia es «el vértigo de la libertad» y al mismo tiempo un medio de salvación que conduce a la fe, a la verdad que años antes de escribir este libro el autor, en su diario íntimo, confesaba buscar como sentido definitivo de su existencia: «Es preciso encontrar una verdad, y la verdad es para mí hallar la idea por la que esté dispuesto a vivir y morir».

29 dic. 2014

Descarga: Sören Kierkegaard - Diario de un seductor

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Fruto de su tormentosa relación con Regine Olsen y de sus meditaciones sobre el amor, el Diario de un seductor es, con seguridad, la obra que más fama ha reportado a Sören Kierkegaard (1813-1855). Pequeño tributo a la figura del seductor de la novela decimonónica, el «Diario» narra la relación entre Juan, «el seductor» —ducho en las artes del engaño y la manipulación— y la joven e ingenua Cordelia. Sin embargo, más allá de la trama literaria, abundar en la psicología del seductor no es sino un bello recurso que el filósofo danés utilizará para reflexionar sobre el «hombre estético». A saber, el hombre que atrapado por la fuerza de la inmediatez y el goce sensual vaga por la vida víctima de sus instintos y sin poder ver en lo que le rodea nada más que un medio para satisfacer sus apetencias.

12 sept. 2013

Descarga: Soren Kierkegaard - Temor y temblor

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Cuando yo haya muerto bastará mi libro Temor y Temblor para convertirme en un escritor inmortal. Se leerá, se traducirá a otras lenguas, y el espantoso pathos que contiene esta obra hará temblar. Pero en la época en que fue escrita, cuando su autor se escondía tras la apariencia de un flâneur, presentándose como la más perfecta encarnación de la conjunción entre extravagancia, sutileza y frivolidad... nadie podía sospechar la seriedad que encerraba este libro ¡Qué estúpidos! Pues nunca como entonces hubo mayor seriedad en aquella obra: precisamente las apariencias constituían la auténtica expresión del horror. Si quien lo había escrito hubiese dado muestras de comportamiento serio, el horror habría disminuido de grado. Lo espantoso de ese horror reside en el desdoblamiento. Pero una vez muerto se me convertirá en una figura irreal, una figura sombría..., y el libro resultará pavoroso.

5 abr. 2012

Soren Kierkegaard - Panegírico de Abraham

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Soren Kierkegaard


Si no existiera una conciencia eterna en el hombre, si como fundamento de todas las cosas se encontrase sólo una fuerza salvaje y desenfrenada que retorciéndose en oscuras pasiones generase todo, tanto los grandioso como lo insignificante, si un abismo sin fondo, imposible de colmar, se ocultase detrás de todo, ¿qué otra cosa podría ser la existencia sino desesperación? Y si así fuera, si no existiera un vínculo sagrado que mantuviera la unión de la humanidad, si las generaciones se sucediesen unas a otras del mismo modo que renueva el bosque sus hojas, si una generación continuase a la otra del mismo modo que de árbol a árbol continúa un pájaro el canto de otro, si las generaciones pasaran por este mundo como las naves pasan por la mar, como el huracán atraviesa el desierto: actos inconscientes y estériles; si un eterno olvido siempre voraz hiciese presa en todo y no existiese un poder capaz de arrancarle el botín ¡cuan vacía y desconsolada no sería la existencia! Pero no es este el caso, y Dios que creó al hombre y a la mujer, modeló también al héroe y al poeta u orador. El poeta no puede hacer lo que el héroe hace, sólo puede admirarlo, amarlo y regocijarse en él. Y es tan feliz como él y su par, puesto que el héroe es como si fuese lo mejor de su ser, lo que más estima, y aún no siendo él mismo, se regocija de que su amor esté hecho de admiración. El poeta es el genio de la evocación, no puede hacer otra cosa sino recordar lo que ya se hizo y admirarlo; no toma nada de sí mismo, pero custodia con celo lo que se le confió. Sigue siempre el impulso de su corazón, pero en cuanto encuentra lo que buscaba, comienza a peregrinar por las puertas de los demás con sus cantos y sus palabras, para que a todos les sea dado admirar al héroe del mismo modo que él, y para que se puedan sentir tan orgullosos de aquél como él se siente. Esa es su hazaña, ese su acto de humildad, ese el leal cometido que desempeña en la morada del héroe. Y si quiere mantenerse fiel a su amor, habrá de luchar día y noche contra las astucias y artimañas del olvido que trata de burlarlo para arrebatarle su héroe, precisamente cuando, ya cumplida la propia hazaña, se une en vínculo de paridad con éste, quien lo ama con idéntica devoción, porque el poeta es como si fuera lo mejor del ser del héroe, tan débil y a la vez tan persistente como sólo puede serlo un recuerdo. Por eso nunca será olvidado quien de verdad fue grande, y aunque transcurra el tiempo y aunque la nube de la incomprensión oculte la figura de héroe, su devoto amigo sabrá esperar, y cuanto más tiempo transcurra tanto más fiel a el se mantendrá.

¡No! No será olvidado quien fue grande en este mundo, y cada uno de nosotros ha sido grande a su manera, siempre en proporción a la grandeza del objeto de su amor. Pues quien se amó a sí mismo fue grande gracias a su persona, y quién amó a Dios fue, sin embargo, el más grande de todos. Cada uno de nosotros perdurará en el recuerdo, pero siempre en relación a la grandeza de su expectativa: uno alcanzará la grandeza porque esperó lo posible y otro porque esperó lo eterno, pero quien esperó lo imposible, ese es el más grande de todos. Todos perduraremos en el recuerdo, pero cada uno será grande en relación a aquello con que batalló. Y aquel que batalló con el mundo fue grande porque venció al mundo, y el que batalló consigo mismo fue grande porque se venció a sí mismo, pero quien batalló con Dios fue el más grande de todos. En el mundo se lucha de hombre a hombre y uno contra mil, pero quien presentó batalla a Dios fue el más grande de todos. Así fueron los combates de este mundo: hubo quien triunfó de todo gracias a las propias fuerzas y hubo quien prevaleció sobre Dios a causa de la propia debilidad. Hubo quienes, seguros de sí mismos, triunfaron sobre todo, y hubo quien, seguro de la propia fuerza, lo sacrificó todo, pero quien creyó en Dios fue el más grande de todos. Hubo quien fue grande a causa de su fuerza y quien fue grande gracias a su sabiduría y quien fue grande gracias a su esperanza, y quien fue grande gracias a su amor, pero Abraham fue todavía más grande que todos ellos: grande porque poseyó esa energía cuya fuerza es debilidad, grande por su sabiduría, cuyo secreto es locura, grande por la esperanza cuya apariencia es absurda y grande a causa de un amor que es odio a sí mismo.

Por la fe abandonó Abraham el país de sus antepasados y fue extranjero en la tierra que le había sido indicada. Dejaba algo tras él y también se llevaba algo consigo: tras él dejaba su razón, consigo se llevaba su fe; si no hubiera procedido así nunca habría partido, porque habría pensado que todo aquello era absurdo. Por su fe fue extranjero en la tierra que le había sido indicada, donde no encontró nada que le trajese recuerdos queridos, antes bien, la novedad de todas aquellas cosas agobiaba su ánimo con una melancólica nostalgia. ¡Y, sin embargo, era el elegido de Dios, en quien el Señor tenía toda su complacencia! En verdad, habría podido comprender mejor aquello que parecía una burla contra él y su fe en el caso de haber sido un réprobo a quien se le hubiese retirado la gracia divina. También ha habido en el mundo quien ha vivido desterrado del país de sus antepasados, y no ha sido olvidado, como tampoco lo han sido sus tristes lamentos, cuando en su melancolía buscó y encontró lo que había perdido. De Abraham no conservamos canto elegiaco alguno. Humano es lamentarse, humano es llorar con quien llora, pero creer es más grande y contemplar al creyente es más exaltante.

Gracias a su fe le fue prometido a Abraham que en su semilla serían benditos en él todas los linajes de la tierra. Pasaba el tiempo, la posibilidad continuada como tal y Abraham seguía creyendo; pasaba el tiempo, la posibilidad se hizo absurda, pero Abraham continúa en su fe. También hubo en este mundo quien alimentó una esperanza. Transcurrió el tiempo, la tarde dio paso a la noche, pero él no era tan mezquino como para olvidar una esperanza, y por eso, tampoco él será olvidado jamás. Entonces se afligió, pero el dolor no le engañó como había hecho la vida, sino que le asistió cuanto pudo: en la dulzura del dolor fue señor de su defraudada esperanza. Es humano lamentarse, es humano afligirse con quien se aflige, pero es más grande creer y más exaltante contemplar a quien cree. De Abraham no conservamos canto elegiaco alguno. Mientras el tiempo transcurría, no se dedicaba a contar, lleno de melancolía, los días, ni dirigía a Sara miradas escrutadoras para descubrir si iba envejeciendo, ni detuvo la carrera del sol para evitar que Sara siguiese envejeciendo, y junto a ella, su esperanza, ni dedicó a Sara cánticos melancólicos y adormecedores. Abraham fue envejeciendo y Sara quedó expuesta al ridículo en aquel país, y sin embargo era el elegido de Dios y el heredero de la promesa de que todos los linajes de la tierra serían benditos en su semilla. ¿No habría sido preferible no haber sido elegido por Dios? ¿Qué significa, entonces, ser un elegido del Señor? ¿Será, quizá, negarle a la juventud, para una vez soportadas incontables fatigas, poder colmarlo cuando ya se es viejo? Pero Abraham creyó y se asió firmemente a la promesa que le había sido hecha. Si hubiera vacilado habría tenido que renunciar a ella. Y entonces se habría dirigido a Dios en los siguientes términos: «Quizás no es voluntad tuya que así suceda, y por ello renuncio a mi deseo, mi único deseo, en el que había cifrado toda mi felicidad. Mi alma, sincera, no alberga ningún secreto rencor hacia ti por lo que me has negado.» No habría sido olvidado y habría podido salvar a muchos con su ejemplo, pero, con todo, no se habría convertido en el padre de la fe, porque es grande renunciar al propio deseo, pero aún es más grande seguir en lo temporal, cuando ya se ha renunciado a ello. Después llegó la plenitud de su tiempo. Si Abraham no hubiese creído, habría muerto Sara, sin duda, de aflicción, y Abraham entonces, aturdido por la propia congoja, no habría entendido la plenitud, sino que habría sonreído ante ella como un sueño de juventud. Abraham creyó: por eso era joven, pues a quien constantemente espera lo mejor lo envejecerán las decepciones que le deparará la vida, y quien espera siempre lo peor se hará muy pronto viejo: sólo quien cree conserva una eterna juventud. ¡Estimemos, por tanto, esta historia! Pues Sara, siendo de edad avanzada, fue lo bastante joven como para anhelar el regocijo de ser madre, y Abraham, aunque encanecido por la edad, fue lo bastante joven como para desear ser padre. Considerando en su apariencia externa, el portento consistió en el hecho de acontecer conforme a sus esperanzas, pero el sentido profundo del prodigio de la fe lo encontramos en el hecho de que Abraham y Sara pudieran sentirse tan jóvenes como para poder desear, y que la fe les hubiese conservado en su deseo y, en consecuencia, en su juventud. Abraham acepto con fe la plenitud de la promesa y todo sucedió según la promesa y según la fe; pues Moisés hirió la roca con su cayado, pero no creyó.

Hubo entonces júbilo en la casa de Abraham, y Sara se desposó en el día de sus bodas de oro.

Sin embargo, esta alegría no iba a durar largo tiempo: Abraham habría de ser probado de nuevo. Había hecho frente a ese taimado poder que de todo se adueña, a ese enemigo vigilante, siempre insomne, a ese viejo que sobrevive siempre a todo: había luchado contra el tiempo y preservado su fe. Y ahora todo el espanto del combate se acumula en un instante: «Y Dios quiso probar a Abraham y le dijo: Ve y toma a tu hijo, y unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve con él al país de Moriah, y ofrécemelo allí en holocausto en la montaña que yo te indicaré.»

¡Así que todo había sido en vano, y más terrible que si jamás hubiera sucedido! ¿Así pues, el señor se mofaba de Abraham? Prodigioso había sido que lo absurdo llegase a ser realidad, y he aquí que ahora quería aniquilar su obra. Es una locura, pero esta vez Abraham no rió, como lo había hecho él y Sara cuando se les anunció la promesa. Todo había sido en vano. Setenta años de esperanza fiel y la breve alegría de la fe al ver cumplida la promesa. ¿Pero quién es ése que arranca el báculo al anciano? ¿Quién es ése que le exige quebrarlo con sus propias manos? ¿Quién es ése que deja sin consuelo a un hombre de cabeza cana? ¿Quién es ése que le exige consumar personalmente el acto? ¿Es que no hay compasión para el venerable anciano ni para el inocente muchachito? Y, sin embargo, Abraham era el elegido de Dios, y quien le imponía la prueba era el mismo Señor. Ahora todo habría de perderse: el espléndido recuerdo de su linaje, la promesa de la descendencia de Abraham, resultaban ser tan sólo un capricho, un antojo ocasional que el Señor había tenido y que tocaba ahora a Abraham cancelar... Ese magnífico tesoro, tan antiguo en el corazón de Abraham, santificado por sus plegarias, madurado en el combate, esa bendición en boca de Abraham, ese fruto había de serle prematuramente arrancado y perder con ello todo su sentido, pues ¿qué sentido podía encerrar si había de sacrificar a Isaac? El momento triste y a la vez gozoso en que Abraham tendría que decir adiós a todo cuanto le era querido, ese momento en que levantando por última vez su venerable cabeza —resplandeciente su rostro como la misma faz del Señor— concentraría toda su alma en una bendición que habría de llenar la entera existencia de Isaac ¡sí! le tocaría decir adiós a Isaac, pero no de este modo, pues habría de ser él quien permaneciera: la muerte se presentaba a separarlos, pero su presa era Isaac. No le sería concedido al anciano —gozoso aún en su mismo lecho de muerte— posar su diestra sobre Isaac. Y era Dios quien lo sometía a esta prueba. ¡Ay! ¡Ay del mensajero que se hubiera acercado a Abraham con semejante noticia! ¿Quién habría osado ser el emisario de esta aflicción? Pero era Dios mismo el que así probaba a Abraham.

Pero, pese a todo, Abraham creyó en relación a esta vida. Si su fe sólo se hubiese referido a una vida venidera, habría podido desprenderse fácilmente de todo, apresurándose a abandonar un mundo al cual ya no pertenecía. Pero la fe de Abraham no era de esa especie, si es que puede existir una fe semejante, pues en verdad no es fe, sino su más remota posibilidad, capaz de descubrir su objeto en el extremo límite del horizonte, aun cuando este separada de él por un pavoroso abismo donde la desesperación tiene su sede. Pero la fe de Abraham se ejercía en cosas de esta vida, y en consecuencia tenía fe en que había de envejecer en aquel país, respetado por las gentes y bendecido en su descendencia, recordado en Isaac, el más preciado amor en esta vida, a quien abrazaba con tal afecto, que trocaba en pobre expresión el aserto de que cumplía con devoción su deber de padre —amar al hijo— tal como se halla en el texto: «tu unigénito a quien tanto amas». Doce hijos tuvo Jacob y amó sólo a uno; Abraham no tenía sino uno: aquel a quien tanto amaba.

Pero Abraham creyó; no dudó y creyó en lo absurdo. Si hubiese dudado se habría comportado de distinto modo espléndido y grandioso, pues ¿cómo habría podido Abraham realizar un acto que no fuese espléndido y grandioso? Se habría encaminado al monte Moriah, habría preparado la leña, habría encendido la hoguera, y, empuñando el cuchillo habría interpelado así a Dios: «No desdeñes este sacrificio. Sé que no es el más valioso de mis bienes, pues ¿qué vale un viejo en trueque del hijo de la promesa?, pero es lo mejor que puedo darte. Y no permitas que jamás Isaac llegué a saberlo, de modo que pueda encontrar consuelo en su juventud.» Y habría clavado el cuchillo en su propio pecho. El mundo le habría admirado por ello, y su nombre se habría conservado; pero una cosa es ser admirado y otra bien distinta convertirse en la estrella que sirve de norte y salvación al acongojado.

Pero Abraham creyó. No pidió para sí, no trató de enternecer al Señor. Solamente en una ocasión, cuando un justo castigo estaba a punto de caer sobre Sodoma y Gomorra, sólo entonces, Abraham se adelantó al señor con su súplica.

Leemos en las Sagradas Escrituras: «Y queriendo Dios probar a Abraham, lo llamó y le dijo: ¡Abraham! ¡Abraham! ¿Dónde estás? Y Abraham respondió: Heme aquí.» Tú, a quien dirijo ahora mi discurso, ¿has hecho otro tanto? Cuando, desde lejos, viste acercarse los fatales infortunios, ¿no dijiste entonces a las montañas «cobijadme» y a las montañas «desplomaos sobre mí»?. O, suponiendo que hubieras demostrado mayor fortaleza, ¿no se habría movido, con todo, tu pie, con lentitud suma, hacia la senda, como quien añora el camino antiguo? Y cuando oíste que se te llamaba, ¿respondiste o permaneciste mudo? Y si respondiste, ¿no fue tu voz sólo un susurro? No así Abraham, quien alegre, animado y confiado alzó la suya para responder: «Heme aquí». Pero, continuemos leyendo: «Se levantó, pues, Abraham muy de mañana, y era aún temprano cuando se puso en camino hacia el lugar designado, en el monte Moriah. Nada había dicho a Sara, nada tampoco a Eleazar, pues ¿quién habría podido comprenderle? ¿Acaso no le había impuesto voto de silencio la naturaleza misma de la prueba? Partió la leña, ató a Isaac, encendió la hoguera y tomó el cuchillo». ¡Tú que me estás escuchando en estos momentos! Muchos fueron los padres que al perder al hijo creyeron perder con él lo que más amaban en este mundo y creyeron también que con él se les desposeía de toda esperanza futura, pero no hubo ninguno, con todo, cuyo hijo fuese hijo de la promesa, en el sentido exacto del término, como Isaac lo era de Abraham. Muchos padres ha habido que perdieron al hijo, pero fue la mano de Dios —la voluntad inamovible e insondable del Todopoderoso— la que se lo arrebató. Pero a Abraham no le ocurrió así: le estaba destinada una prueba más dura, y tanto la suerte de Isaac como el cuchillo estaban en la propia mano de Abraham.

¡Y allí se erguía aquel viejo, a solas con su única esperanza! Pero no dudó, no dirigió a derecha e izquierda miradas angustiadas, no provocó al cielo con sus súplicas. Sabía que el Todopoderoso lo estaba sometiendo a prueba; sabía que aquel sacrificio era el más difícil que se le podía pedir, pero también sabia que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige, y levantó el cuchillo.

¿Quién infundió la fuerza requerida en el brazo de Abraham? ¿Quién mantuvo su brazo derecho en alto, impidiéndole caer y quedar pendiendo laxo junto al costado? Hasta un simple espectador de la escena se habría sentido paralizado. ¿Quien fortaleció el ánimo de Abraham para que sus ojos no se nublasen hasta el punto de no haber podido ver ni a Isaac ni al carnero? Ciego se volvería el simple espectador de la escena. Y, sin embargo, raro es el hombre que se queda paralizado y ciego, y más raro aún el hombre capaz de relatar con justeza lo que allí ocurrió. Todos nosotros lo sabemos: no era sino una prueba.

Si Abraham hubiese dudado en el monte Moriah; si, irresoluto, hubiera mirado en derredor; si, antes de echar mano al cuchillo, hubiera descubierto, por azar, aquel carnero; si Dios le hubiese consentido sacrificárselo en lugar de Isaac, habría vuelto entonces a su hogar, y todo habría continuado del mismo modo que antes: habría tenido a Sara, habría conservado a Isaac... y, sin embargo, ¡qué diferencia! Pues su regreso habría sido una huida y su salvación un hecho fortuito, su recompensa una vergüenza, y su futuro —bien pudiera darse el caso— la condenación. Pues entonces no habría dado testimonio ni de su fe ni de la gracia divina, sino simplemente de cuan espantosa puede ser una subida al monte Moriah. Abraham no habría sido relegado al olvido, ni tampoco el monte Moriah, nombre que se pronunciaría, no como el Ararat, donde se asentó el Arca, sino como se nombra algo terrible, pues habría sido el lugar donde Abraham dudó.

¡Venerable padre Abraham! Cuando regresaste del monte Moriah, no necesitaste de un panegírico que te viniese a consolar por algo perdido, pues ¿no sucedió que lo ganaste todo y pudiste conservar a Isaac? Nunca más te lo volvió a pedir el Señor, y así en tu tienda y a tu mesa pudiste sentarte, dichoso, con él, del mismo modo que haces ahora por toda la eternidad allí arriba en el cielo.

¡Oh, padre Abraham, merecedor de toda veneración! Desde aquel día han transcurrido milenios, pero tú no necesitas de un amigo llegado con demora que venga a arrancar tu recuerdo de las garras del olvido porque en todos los idiomas se te celebra; con todo, recompensas a ese amigo con mayor munificencia que nadie y allá en lo alto lo haces bienaventurado en tu seno, y aquí en la tierra cautivas su mirada y su corazón con el prodigio de tu acto. ¡Venerable padre Abraham! ¡Segundo padre del género humano! Tu que fuiste el primero en sentir y testimoniar esa pasión poderosa que desdeña el peligroso combate contra la furia de los elementos y las fuerzas de la creación, para pelear con Dios; tú, que antes que cualquier otro sentiste en ti esa elevada pasión, limpia y humilde —manifestación sagrada del absurdo divino—; tú, asombro de los gentiles, sé indulgente con quien pretendió contar tus alabanzas si no lo supo hacer adecuadamente. Se expresó con humildad, pues así lo solicitaba su corazón, y habló con brevedad, considerando que ese era el modo adecuado; pero nunca olvidará que hubieron de transcurrir cien años para que tu tuvieses, contra toda esperanza, un hijo de tu vejez, y que hubiste de empuñar el cuchillo antes de poder conservar a Isaac; tampoco olvidará jamás que a tus ciento treinta años nunca habías tratado de ir más allá de la fe.

En Temor y temblor
Traducción: Vicente Simón Merchán
Imagen: Luplau Janssen


19 jul. 2011

Soren Kierkegaard - Maldito azar

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¡Maldito azar! Jamás maldije de ti cuando aparecías y te maldigo ahora en que te ocultas. ¿O se trata de una nueva invención tuya, inconcebible ser, estéril fuente de todo, único superviviente de aquel tiempo en que la necesidad dio a luz la libertad y la libertad fue tan insensata que volvió al seno materno?

¡Maldito azar! ¡Tú, mi único amigo íntimo, único ser al que creía digno de confianza, de mi alianza y de mi enemistad, siempre inestable y siempre igual a ti mismo, siempre incomprensible, eterno enigma!

Tú, al que quiero con toda la simpatía de mi alma, sobre cuya imagen me he formado y he ido perfeccionándome a mí mismo, ¿por qué no te muestras? Yo no mendigo, no te suplico humildemente, para que te manifiestes de una y otra manera, porque en semejante adoración ibas a encontrar una forma de idolatría y no te gusta a ti la idolatría; en cambio, yo te invito a la lucha. ¿Por qué no acudes? ¿O es que se ha aplacado la inquietud del universo, se resolvió acaso el enigma o es que te precipitaste en el abismo de la eternidad? ¡Terrible pensamiento! En tal caso, el mundo del aburrimiento debería detenerse...

¡Maldito azar! Te aguardo. No deseo vencer con máximas ni con lo que los locos llaman carácter. No, yo deseo poetizarte. No deseo ser poeta para los demás; descúbrete y yo seré tu poeta... Luego, podré nutrirme de mi propia poesía, que será mi único alimento.

¿O es que me juzgas indigno? Voy a consagrarme a tu servicio, igual que las bayaderas bailan en honor de su dios. Ligero, con mínima vestimenta, desarmado, renuncio a todo. Nada poseo y nada quiero poseer, a nada amo y por eso nada tengo que perder y así me hice más digno de ti, de ti que tanto te cansaste, en el dilatado tiempo, de robar a los seres humanos aquello que aman, harto de sus cobardes suspiros, de sus rezos interesados. Sorpréndeme, pues estoy preparado...

Pero haz que la vea, muéstrame una posibilidad que ya me parece imposible, indícamela aunque sea entre sombras del Averno, que yo la sacaré hasta aquí arriba; haz, si quieres, que me odie, que me desprecie, que sea indiferente para conmigo, que ame a otro... Yo no temo. Pero agita las aguas estancadas, quiebra la quietud; dejarme morir de inanición de esta manera es algo miserable, que cometes tú al que creía más fuerte que yo...


En Diario de un seductor
Imagen: Boceto de Sören Kierkeggard por Niels Christian Kierkegaard
Royal Library of Denmark



11 may. 2011

Soren Kierkegaard - La definición socrática del pecado

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Pecar es ignorar. Ésta es, como se sabe, la definición socrática que, como todo lo que proviene de Sócrates, sigue siendo siempre una instancia digna de atención. Empero este aspecto ha corrido la misma suerte que otros muchos del socratismo y se ha sentido la necesidad de pasar a otra cosa. ¡Cuántas personas no han sentido la necesidad de superar la ignorancia socrática!... experimentado indudablemente la imposibilidad de mantenerse en ella; ¡pues cuántos serán capaces en cada generación de soportar, incluso un solo mes, esa ignorancia de  todo, de poder expresarla por su vida misma!

Por esto, lejos de hacer a un lado la definición socrática a causa de la dificultad de atenerse a ella, quiero servirme, por el contrario, de ella, con el cristianismo ín mente, para destacar los ángulos del cristianismo, precisamente porque es tan esencialmente griega; de este modo, cualquier otra definición sin el rigor cristiano, es decir que titubee, descubrirá aquí como siempre su propio vacío.

A su vez la falla de la definición socrática es dejar en la vaguedad el sentido preciso de esa ignorancia, su origen, etc. En otros términos, incluso si el pecado es la ignorancia (o lo que el cristianismo más bien llamaría estupidez, lo que en cierto sentido es innegable, ¿puede verse en ella una ignorancia original? Es decir, ¿el estado de alguien que no ha sabido nada y que hasta aquí no haya podido saber nada de la verdad? ¿O es una ignorancia adquirida ulteriormente? Si se contesta por la afirmativa, es preciso que el pecado hunda entonces sus raíces en otra parte que en la ignorancia y debe ser en este caso actividad en el fondo de nosotros, con la cual trabajamos en oscurecer nuestro conocimiento. Pero incluso admitiéndola, ese defecto de la definición socrática, tenaz y resistente, reaparece, pues entonces se puede preguntar uno si el hombre, a punto de oscurecer su conocimiento, tenía plena conciencia de ello. Si no es así, es que su conocimiento ya esta algo oscurecido, incluso antes que lo haya comenzado; y la cuestión se plantea de nuevo. Si, por el contrario, en el momento de oscurecer su conocimiento, tuviera conciencia de ello, entonces el pecado (aunque siempre ignorancia en tanto que resultado) no está en el conocimiento sino en la voluntad, y entonces, la cuestión inevitable se plantea entre sus relaciones recíprocas. Estas relaciones (y aquí se podría continuar preguntando durante días) no son penetradas, en el fondo, por la definición de Sócrates. Ciertamente Sócrates fue un moralista (la antigüedad siempre le ha reivindicado como tal, como inventor de la ética) y el primero en el tiempo, así como es y seguirá siendo el primero en su género; pero comienza por la ignorancia. Intelectualmente, es a la ignorancia que él tiende, al saber nada. Éticamente, entiende por esto algo muy distinto a la ignorancia, y parte de ello. Pero, por el contrario, está claro que Sócrates nada tiene de moralista religioso y mucho menos, en el plano cristiano, de dogmático. He aquí por qué, en el fondo, no entra en toda esta investigación por donde comienza el cristianismo, en ese antecedente en el cual se presupone el pecado y que encuentra su explicación cristiana en el pecado original, dogma: al cual esta búsqueda no hará más que confinar.

En resumen, Sócrates no llega hasta la categoría del pecado, lo que, indudablemente, es un defecto de una definición del pecado. ¿Pero cómo? Si el pecado, en efecto, fuera ignorancia, en el fondo no tendría existencia. Pues admitirlo es creer, como lo hace Sócrates, que nunca se comete una injusticia sabiendo qué es lo justo, o que se la comete sabiendo qué es lo injusto. Si Sócrates, pues, lo ha definido bien, el pecado no tiene existencia. ¡Pero atención! He aquí que está perfectamente en regla desde el punto de vista cristiano, y es incluso profundamente justo y en interés del cristianismo, quod erat demostrandum. Precisamente el concepto, que pone una diferencia radical de naturaleza entre el cristianismo y el paganismo, es el pecado, la doctrina del pecado; también el cristianismo, muy lógicamente, cree que ni el pagano ni el hombre natural saben lo que es el pecado, e incluso que se necesita la Revelación para ilustrar lo que es. Pues contrariamente a un punto de vista superficial, la diferencia de naturaleza entre el paganismo y el cristianismo no proviene de la doctrina de la Redención. No, hay que partir desde mayor profundidad, partir del pecado, de la doctrina del pecado, lo que por otra parte hace el cristianismo. ¡Qué peligrosa objeción, pues, contra este último, si el paganismo diera del pecado una definición cuya justeza debiera reconocer un cristiano!

¿Qué le ha faltado, pues, a Sócrates en su determinación del pecado? La voluntad, el desafío. La intelectualidad griega era demasiado feliz, demasiado ingenua, demasiado estética, demasiado irónica, demasiado bromista... demasiado pecadora para llegar a comprender que alguien con su saber, conociendo lo justo, pudiera hacer lo injusto. El helenismo dicta un imperativo categórico de la inteligencia. Esta es una verdad no desdeñable e incluso es útil destacar en un tiempo como el nuestro, descarriado mucho de trivial ciencia hinchada y estéril, si es cierto que en el de Sócrates y más aún en nuestros días, la humanidad necesita de una ligera dieta de socratismo. Habría que reír y llorar delante de todas esas seguridades de haber comprendido y aprehendido las verdades supremas y delante de esa virtuosidad tan frecuente en desarrollarlas en abstracto, por lo demás en un sentido, con una gran precisión... ¡Sí, riamos y lloremos viendo entonces tanto saber y comprensión carentes de fuerza sobre la vida de los hombres, en los cuales no se traduce nada de lo que han comprendido, sino más bien todo lo contrario! A la vista de semejante discordancia, tan triste como grotesca, uno exclama involuntariamente: ¿pero cómo diablos es posible que hayan comprendido? ¿Y acaso es solamente cierto? Aquí el viejo ironista y moralista responde: no lo creas, amigo mío; no han comprendido, pues si no sus vidas lo expresarían también y sus actos responderían a su saber.

¡Es que hay comprender y comprender! Y quien lo entienda -claro está que no a la manera de la trivial ciencia- es iniciado de súbito en todos los secretos de la ironía. Pues en este equívoco se empecina. Encontrar divertido que un hombre ignore realmente una cosa, es de una comicidad bien baja e indigna de la ironía. ¿Qué hay de cómico en el fondo en el hecho de que las gentes hayan vivido con la idea de que la tierra no giraba, cuando ellas no sabían nada al respecto? Indudablemente nuestra época a su vez hará el mismo efecto al lado de una época más avanzada en física. Aquí la contradicción se encuentra entre dos épocas diferentes, sin coincidencia profunda; por esto su contraste fortuito carece por completo de comicidad. Pero he aquí que alguien que dice el bien... y por consecuencia lo ha comprendido; y cuando luego tiene que hacer, se le ve cometer el mal... ¡Qué comicidad infinita! Y la comicidad infinita de ese otro, emocionado hasta las lágrimas, tanto que con el sudor las lágrimas le caen a chorros, capaz de leer durante horas o de escuchar la descripción de la renuncia a sí mismo, toda la sublimidad de una vida sacrificada a la verdad, y que, un momento después... uno, dos y tres, ¡hace una pirueta!, ¡apenas con los ojos secos y ya se afana sudando, según sus pobres fuerzas, por llevar adelante con éxito una mentira! Y esa comicidad infinita también del discursista que, con acento y gesto de verdad, se emociona, te emociona, te arranca escalofríos con su descripción de la verdad y desafía de cerca a todas las fueras del mal y del infierno con actitud de aplomo, firmeza en la mirada, precisión en el paso, perfectamente admirables y -comicidad infinita- que poco después puede, aun con casi todo su bagaje, levantar campamento como un inútil al más pequeño avatar! Y la comicidad infinita de ver a alguien que comprende toda la verdad, todas las miserias y pequeñeces del mundo, etc... que las comprende, ¡y luego es incapaz de reconocerlas!, pues en el mismo instante casi, ese mismo hombre correrá a inmiscuirse en esas pequeñeces y miserias, para sacar de ellas vanidades y honores, es decir reconocerlas. ¡Oh!, ver a alguien que jura haberse dado cuenta de cómo el Cristo pasaba con los hábitos humildes de un servidor, pobre, despreciado, bajo las burlas y, como dice la Escritura, bajo los escupitajos... y ver a ese hombre acudir volando a esos lugares del mundo, cuidadosamente, donde da tanto gusto estar, metiéndose en el mejor abrigo; verlo huir, con tanto temor como para salvar su vida, su sombra oscilando a derecha e izquierda a la menor corriente de aire, verlo tan feliz, tan celestialmente feliz, tan radiante... sí, para que nada falte al cuadro, llegando de emoción a darle gracias a Dios, tan radiante pues por la estima y la consideración universal! Cuantas veces me he dicho entonces, en mi interior: «¡Sócrates! ¡Sócrates! ¡Sócrates! ¿Es posible que un hombre se haya dado cuenta de aquello que dice haberse dado cuenta?» Así me decía yo, incluso deseando que Sócrates hubiera dicho la verdad. Pues, como a pesar mío, el cristianismo me parecía demasiado severo y mi experiencia aún se niega a hacer de ese hombre un tartufo. Decididamente Sócrates, tú sólo, tú me lo explicas, haciéndolo un farsante, como un buen bocado para los reidores; tú no te asombras, incluso me apruebas que lo utilice como salsa cómica... con la reserva de que pueda o no lograrlo.

¡Sócrates! ¡Sócrates! ¡Sócrates! Triple llamado que bien se podría elevar a diez, si ello sirviera de cierta ayuda. El mundo necesitaría, se cree, de una república; se cree necesitar un nuevo orden social, una nueva religión; ¿pero quién piensa que este mundo perturbado necesita por toda ciencia a un Sócrates? Naturalmente que si alguien y sobre todo si varios pensaran en ello, se lo necesitaría menos. Lo que más falta hace cuando se sufre un descarriamiento, es siempre aquello en lo que menos se piensa y esto es evidente, pues, pensar en eso, sería volverse a encontrar.

Por lo tanto sería necesario a nuestra época, y quizás es esta su única necesidad, una corrección semejante de ética e ironía, pues aparece como la última de sus preocupaciones; en lugar de superar a Sócrates, ya lograríamos un gran beneficio retornando a su diferenciación entre comprender y comprender y en volver a ella no como a una adquisición final surgida para nuestra salvación de nuestra peor miseria, sino como a un punto de vista moral penetrante sobre nuestra vida cotidiana.

La definición socrática se salva pues como sigue: Si alguien no hace lo justo es también culpa de haberlo comprendido; claro está que sólo se lo imagina; si lo afirma se descarría; si lo reitera jurando por todos los diablos, no hace más que alejarse al infinito por medio de los mayores rodeos. Pero es que Sócrates tiene razón. El hombre que hace lo justo no peca, pues, a pesar de todo; y si no lo hace, es a causa de no haberlo comprendido; la verdadera comprensión de lo justo le empujaría rápidamente a hacerlo y más bien sería el eco de su comprensión: ergo, pecar es ignorar.

¿Pero entonces dónde suena a falsa la definición? Su defecto -y el socratismo, aunque incompletamente, se da cuenta de ello y no lo remedia- es la falta de una categoría dialéctica para pasar de la comprensión a la acción. El cristianismo parte de ese pasaje; y a lo largo de esa vía tropieza con el pecado, nos lo muestra en la voluntad, y llega al concepto del desafío; y para entonces tocar en el fondo, se agrega el dogma del pecado original, pues -¡ay!- el secreto de la especulación en cuanto a comprensión, consiste precisamente en no tocar el fondo y en no anudar jamás el hilo, y he aquí cómo -¡oh maravilla! ¬logra coser indefinidamente, es decir, mientras así lo quiere, logra pasar la aguja. El cristianismo, por el contrario, anuda el punto final mediante la paradoja.

En la filosofía de las ideas puras, donde no se considera al individuo real, el paso es de toda necesidad (como en el hegelianismo por lo demás, donde todo se realiza con necesidad), es decir que el pasaje del comprender al obrar no se enreda en ningún obstáculo. Allí está el helenismo (empero no en Sócrates, demasiado moralista para eso). Y ahí está en el fondo asimismo todo el secreto de la filosofía moderna, íntegramente en el cogito ergo sum, en la identidad del pensamiento y del ser; (mientras que el cristiano piensa: «Según vuestra fe, así os sea hecho»' o: a tal fe tal hombre o: creer es ser). La filosofía moderna, como se ve, no es no más ni menos que paganismo. Pero es este su menor defecto; y no está del todo mal principiar con Sócrates. Lo que en ella es realmente todo lo contrario del socratismo, es tomar y haceros tomar ese escamoteo por cristianismo.

En el mundo real, donde se trata del individuo existente, por el contrario, no se evita ese minúsculo pasaje del comprender al obrar, no se lo recorre siempre cito citissime, no es -por hablar alemán a falta de un lenguaje filosófico¬- geschwind wie der Wind. Por el contrario, aquí comienza una aventura bastante larga.

La vida del espíritu no tiene altos (en el fondo tampoco estado, todo es actual); si por lo tanto un hombre, al segundo mismo en que reconoce lo justo no lo hace, he aquí lo que se produce: primero se agota el conocimiento. Luego queda por saber lo que la voluntad piensa del residuo. La voluntad es un agente dialéctico, que a su vez manda toda la naturaleza inferior del hombre. Si ella no admite el producto del conocimiento, sin embargo no se pone necesariamente a hacer lo contrario de lo que ha aprehendido el conocimiento; tales choques son raros; pero ello deja pasar cierto tiempo, se abre un interín, ella dice: hasta mañana se verá. Entre tanto, el conocimiento se oscurece de más en más y las partes bajas de nuestra naturaleza toman siempre mayor predominio; pues hay que hacer el bien -¡ay!¬de inmediato, tan pronto se lo haya reconocido (y es por esto que la especulación pura, el paso del pensamiento al ser es tan fácil, pues allí todo está dado de antemano), mientras que para nuestros instintos inferiores, lo fuerte es arrastrar las cosas, dilaciones que no detesta mucho la voluntad, que cierra a medias los ojos. Y cuando entonces el conocimiento se ha oscurecido bastante, hace mejores migas con la voluntad; al fin es el acuerdo perfecto, pues entonces se pasa al campo de la otra y ratifica muy bien todo lo que ella arregla. De este modo quizá viven multitudes de gentes; trabajan, como insensiblemente, en oscurecer sus juicios éticos y éticoreligiosos, que los empujan hacia decisiones y consecuencias que reprueba la parte inferior de ellas mismas; en su lugar desarrollan en ellas un conocimiento estético y metafísico, que para la ética no es más que diversión.

¿Pero, hasta ahora hemos superado al socratismo? No, pues Sócrates diría que, si todo pasa así, ésta es la prueba de que nuestro hombre no ha comprendido lo justo, pese a todo. O dicho de otra manera, para anunciar que alguien, sabiéndolo, hace lo injusto, el helenismo carece de valentía y adorna este hecho diciendo de él: cuando alguien hace lo injusto, no ha comprendido lo justo.

Sobre esto no hay ninguna duda; y agrego de que no es posible que un hombre pueda ir más allá, pueda completamente solo y por sí mismo decir lo que es el pecado, por la razón de que él está en cuestión; todos sus discursos sobre el pecado no son en realidad más que un adorno, una excusa, una atenuación pecadora. Es por esto que el cristianismo también comienza de otra manera, planteando la necesidad de una revelación de Dios, que instruya al hombre acerca del pecado, mostrándole que no consiste en no comprender lo justo, sino en no querer comprenderlo, en no querer lo justo.

Mediante la distinción entre no poder y no querer comprender, ya Sócrates no aclara nada, en tanto que es el maestro de todos los ironistas cuando opera con su distinción entre comprender y no comprender. Si no se hace lo justo, explica, es por incomprensión, pero el cristianismo se remonta un poco más lejos y dice: por negarse a comprender, que a su vez proviene de la negación de querer lo justo, sucede tal cosa. Y enseña luego que se puede hacer lo injusto (es el verdadero desafío) aunque se comprenda lo justo, o abstenerse de hacer lo justo, aunque se lo comprenda; en resumen, la doctrina cristiana del pecado, ásperamente agresiva contra el hombre, no es más que una acusación sobre la acusación, es la requisitoria que lo divino como ministerio público toma sobre sí para intentar con el hombre.

Pero este cristianismo, se dirá, es ininteligible para los hombres. ¡Se trata de comprender! Con el cristianismo, y por lo tanto para escándalo del espíritu, hay que creer. Comprender es el alcance humano, la relación del hombre con el hombre; pero creer es la relación del hombre con lo divino. ¿Cómo explica pues el cristianismo esa incomprensión? Pues, consecuente por completo consigo mismo, de una manera no menos incomprensible, puesto que es la revelación.

Para el cristiano, pues, el pecado yace en la voluntad, no en el conocimiento, y esa corrupción de la voluntad supera a la conciencia del individuo. Es esa la lógica misma; ¡sino a cada individuo le sería necesariamente preciso preguntarse como comenzó el pecado!

Encontramos aquí, por lo tanto, el signo del escándalo. Lo posible del escándalo es que hace falta una revelación de Dios para instruir al hombre sobre la naturaleza del pecado, sobre la profundidad de sus raíces. El hombre natural, el pagano piensa: «¡Sea! Confieso que no he comprendido todo del cielo y de la tierra; si a la fuerza hace falta una revelación que ella nos explique las cosas celestes; pero que haga falta una para explicarnos qué es el pecado, he aquí el peor absurdo. No me presento como la perfección, lejos de ello, pero puesto que sé y estoy pronto a confesar todo lo que me separa de ella, cómo no sabré yo lo qué es el pecado!» A lo cual responde el cristianismo: «Pero, no; he aquí lo que sabes menos: tu distancia de la perfección y qué es el pecado». Es pues una verdad cristiana que el pecado es ignorancia, la ignorancia de su propia naturaleza.

La definición del pecado dada en el capitulo precedente debe pues completarse todavía así: después que una revelación de Dios nos ha explicado su naturaleza, el pecado es, en presencia de Dios, la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo o la desesperación en la que se quiere serlo.


En Tratado de la desesperación


16 nov. 2010

Soren Kierkegaard - Desesperación virtual y desesperación real

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Luplau Janssen - Soren Kierkegaard en su escritorio


¿Es la desesperación una ventaja o un defecto? Una y otra cosa en dialética pura. No reteniendo más que la idea abstracta de ella, sin pensar en casos determinados, debería tomársela como una ventaja enorme. Ser pasible de este mal, nos coloca por encima de la bestia, progreso que nos diferencia mucho mejor que la marcha vertical, signo de nuestra verticalidad infinita, o de lo sublime de nuestra espiritualidad. La superioridad del hombre sobre el animal, está pues en ser pasible de ese mal; la del cristiano sobre el hombre natural, en tener conciencia de la enfermedad, así como su beatitud está en poder ser curado de ella.

De este modo es una ventaja infinita poder desesperar y, sin embargo, la desesperación no es solo la peor de las miserias, sino, también, nuestra perdición. Generalmente la relación de lo posible con lo real se presenta de otra manera, pues si es una ventaja, por ejemplo poder ser lo que se desea, es una ventaja todavía mayor serlo, es decir, que el pasaje de lo visible a lo real es un progreso, una elevación. Por el contrario, con la desesperación se cae de lo virtual a lo real, y el margen infinito de costumbre entre lo virtual y lo real mide aquí la caída. Por lo tanto, es elevarse no estar desesperado. Pero nuestra definición es aún equívoca. Aquí la negación no es la misma que la de no ser cojo, no ser ciego, etc... Pues si no desesperar equivale a la falta absoluta de desesperación, entonces lo progresivo consiste en desesperar. No estar desesperado debe significar la destrucción de la aptitud para estarlo: para que verdaderamente un hombre no lo esté, es preciso que a cada instante aniquile en él la posibilidad de desesperar. En general, la relación de lo virtual con lo real es otra. Dicen bien los filósofos cuando afirman que lo real es lo virtual destruido: sin plena precisión, sin embargo, pues es lo virtual colmado, lo virtual actuante. Aquí, por el contrario, lo real (no estar desesperado), una negación por consecuencia, es lo virtual impotente y destruido, de ordinario lo real confirma lo posible, mientras que aquí le niega.

La desesperación es la discordancia interna de una síntesis, cuya relación se refiere a sí misma. Pero la síntesis no es la discordancia, no es más que lo posible, o también, ella lo implica. Sino, no habría traza de desesperación, y desesperar no sería más que un rasgo humano, inherente a nuestra naturaleza, es decir, que no habría desesperación, sino que sería un accidente para el hombre, un sufrimiento, como una enfermedad que contrae, o como la muerte, nuestro lote común. La desesperación, pues, está en nosotros; pero si no fuéramos una síntesis, no podríamos desesperar, y si esta síntesis al nacer no hubiera recibido de Dios su justeza tampoco podríamos desesperar.

¿De dónde viene, pues, la desesperación? De la relación en la cual la síntesis se refiere a sí misma, pues Dios, haciendo del hombre esa relación, le deja como escapar de su mano, es decir que, desde entonces, la relación tiene que dirigirse. Esta relación es el espíritu, el yo, y allí yace la responsabilidad, de la cual depende siempre toda desesperación, en tanto que existe; por lo tanto depende, a pesar de los discursos y del ingenio de los desesperados para engañarse y engañar a los demás tomándola por una desgracia... como en el caso del vértigo, que la desesperación recuerda en más de un aspecto, aunque siendo diferente de naturaleza, ya que el vértigo es al alma como la desesperación al espíritu, y está lleno de analogías con ella.

Luego, cuando la discordancia, cuando la desesperación está presente, ¿dedúcese sin más que persiste? Absolutamente no; la duración de la discordancia no viene de la discordancia, sino de la relación que se refiere a sí misma. O dicho de otra forma: cada vez que se manifiesta una discordancia, y en tanto que ella existe, es necesario remontarse a la relación. Se dice, por ejemplo, que alguien contrae una enfermedad, pongamos por imprudencia. Luego se declara el mal y, desde ese momento, es una realidad cuyo origen es cada vez más pasado. Sería cruel y monstruoso reprocharle continuamente al enfermo que está a punto de contraer la enfermedad, como teniendo el propósito de disolver de continuo la realidad del mal en su posible. Bien, 'sí; la ha contraído por su culpa, pero sólo una vez ha sido culpa suya. La persistencia del mal no es más que una simple consecuencia de la única vez que lo ha contraído, a la cual no se puede, en todo instante, reducir su progreso; el enfermo ha contraído el mal, pero no se puede decir que todavía lo contrae. Las cosas suceden de otro modo en la desesperación; cada uno de sus instantes reales puede relacionarse con su posibilidad, en cada momento que se desespera se contrae la desesperación; siempre el presente se esfuma en pasado real, a cada instante real de la desesperación, el desesperado lleva todo lo posible pasado como un presente. Esto proviene de que la desesperación es una categoría del espíritu y en el hombre se aplica a su eternidad. Pero esta eternidad no podemos hacerla a un lado por toda la eternidad, ni sobre todo, rechazarla de un solo golpe; a cada instante que estamos sin ella, la hemos rechazado o la rechazamos, pero ella retorna, es decir, que a cada instante que desesperamos, contraemos la desesperación. Pues la desesperación no es una continuación de la discordancia, sino relación orientada hacia sí misma. Y refiriéndose a sí mismo, el hombre ya no puede ser abandonado más que por su yo, lo que, por lo demás, no es más que el hecho, puesto que el yo es el retorno de la relación sí misma.

En Tratado de la desesperación


15 may. 2010

Hermann Hesse - Soren Kierkegaard

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Kierkegaard es uno de esos escritores que irritan a menudo a sus lectores, y estos autores son fecundos a su manera. No se les ama, con nadie se es tan crítico como con ellos. Pero siempre se les vuelve a leer con irritación, y reconociendo que este ser desagradable escribe sobre cosas que a uno le afectan terriblemente. ¡Qué vanidoso, qué nervioso, qué desconfiado, qué miedoso es este Kierkegaard, que decía que «estaba tan vuelto sobre sí mismo como un pronombre reflexivo»! Pero es inútil, sus problemas son los nuestros, aunque su camino no tenga por qué ser el nuestro. No, preferimos no tomar ese camino, no queremos adorar el último fruto de esa vida amarga y miserable, la más árida, seca y, en el fondo, despiadada versión del cristianismo con la que terminó Kierkegaard. Pero sobre el largo, arduo y estéril camino ¡cuánto espíritu ha derrochado este melancólico, cómo brilla la energía y el afán de lucha de su alma combativa eternamente dispuesta, y con qué brillantez conduce sus armas, con qué brillantez e ingenio, y con qué profundo e irónico presentimiento de la inutilidad de todas las luchas! Kierkegaard y su mejor intérprete y paladín alemán, Christof Schrempf, pertenecen a esos espíritus inagotablemente fructíferos para nuestra juventud.

(1919)


El concepto del elegido

Cuantas veces me ha asombrado durante la guerra el silencio de los cristianos. El Papa exhortaba amablemente desde su segura lejanía, pero las iglesias nacionales respaldaban afanosamente la guerra, no exhortaban, no advertían, no se avergonzaban, y en la criminal literatura bélica ocupan un amplio espacio los consejeros consistoriales y los curas. Posteriormente descubrí no obstante, a un cristiano que sí había opuesto resistencia. Se trata de Theodor Haecker en su apasionado epílogo a esta edición de algunos escritos de Kierkegaard. En él, un espíritu radical que sufre hasta el paroxismo bajo la increíble locura de la época, da en el año 1917 un testimonio, formula una acusación y crítica de nuestro Estado, de nuestra cultura, de nuestro espíritu, tomando a Kierkegaard como punto de partida. Una acusación llena de fuerza, despiadada como sólo es posible al hombre religioso y consecuente. No sabía yo que había aún cristianos; en las declaraciones de los profesores y clérigos sobre la guerra había leído el reconocimiento cansado de que existen cristianos de nombre, pero pocos creyentes, pocos incondicionales. Aquí tenemos a uno y su escrito, a pesar de algunos rencores y nerviosismos, resulta liberador y profético. Le deseo muchos lectores especialmente jóvenes. Y no sólo al epílogo de Haecker, sino a todo el libro que reúne tres escritos esenciales de Kierkegaard, entre ellos el muy actual. «¿Debe dejarse matar una persona por la verdad?» Yo no quisiera convertir a Kierkegaard o a Haeckel en líderes de nuestra juventud, yo estoy en otro terreno y no me parece importante saber qué fe tiene un hombre, sino saber que tiene una fe, que conoce la pasión del espíritu, que está dispuesto a defender su fe, su conciencia frente a todo el mundo, frente a la mayoría y la autoridad, y sobre todo esto este bello, grave y nada fácil libro dice cosas fundamentales. Tiene fe, tiene conciencia, tiene pasión profunda —llamas que parecen apagadas en nuestro mundo gris y tibio.

(1919)

Escritos sobre literatura
Traducción de Genoveva y Anton Dieterich
Alianza

24 jun. 2007

Kierkegaard y el escándalo

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Por primera vez se publica en castellano El Instante (Editorial Trotta), la compilación de los números de la revista homónima, íntegramente escrita por el filósofo danés. En esos textos, combatió ferozmente la hipocresía de la religión oficial.



"En un pasaje de su República Platón dice, como se sabe, que sólo se puede llegar rectamente a algo cuando acceden al gobierno los que no tienen deseo de ello. Su idea es que, suponiendo que haya idoneidad, el no deseo de gobernar es una buena garantía de que se gobernará verdadera y competentemente, mientras que quien sólo tiene afán de gobernar se convierte con demasiada facilidad o bien en alguien que malversa su poder para tiranizar o bien en alguien a quien el deseo de gobernar coloca en una oculta relación de dependencia respecto de aquellos sobre quienes tiene que gobernar, de modo tal que su gobierno en realidad se convierte en una ilusión."

Con esta alusión al poder y a una verdad política cuya actualidad no requiere comentarios comienza El Instante nº 1, el primer número de la revista que Søren Kierkegaard publicó entre mayo y septiembre de 1855, momento en que lo sorprendieron la enfermedad y la muerte, cuando aún no había concluido el décimo número. Los números de esa revista constituyen hoy un libro, traducido por primera vez al español, directamente del danés, por Andrés Albertsen (pastor de la Iglesia Dinamarquesa de Buenos Aires), en colaboración con el equipo de la "Biblioteca Kierkegaard", y publicado por la editorial Trotta (Madrid), que emprendió la tarea de editar la inmensa obra del rebelde de Copenhague, "autor religioso" por elección (y él diría, por elección de Dios) y filósofo a pesar de sí. También a pesar de sí, "con idoneidad contra el deseo" -escribe, haciéndole eco a la cita de Platón-, tuvo que abandonar la tarea de escritor en la que "podía esperar horas, días, semanas para encontrar la expresión exacta a la que quería llegar" y se sintió obligado a actuar "en el instante", en estos textos urgidos donde despliega una crítica militante -y feroz- destinada a combatir públicamente la hipocresía del establishment oficial de la iglesia y de los cristianos "domingueros".

¿Por qué se sintió obligado a actuar "en el instante"? Es una historia tan intensa como su vida. Søren Aabye Kierkegaard nació el 5 de mayo de 1813 y fue el séptimo hijo de Michael Pedersen Kierkegaard (un gran comerciante en telas de Copenhague) y de Anne Lund. De constitución frágil (tenía una pierna más larga que la otra, rasgo que le valdría más de una caricatura en medio de los escándalos que supo sembrar), se destacaba de pequeño por su ingenio, por la agudeza de su lengua y por su inteligencia, y dio en ser el preferido del padre, con quien no tendría siempre una relación fácil y de quien heredaría -según sus palabras- tres disposiciones básicas: la imaginación, la dialéctica y la melancolía religiosa. El padre conocía la filosofía racionalista y la teología popular del siglo XVIII, y se reunía en su casa con el pastor y teólogo luterano Jacob P. Mynster, primer educador de Søren e involuntario inspirador, años más tarde, de El Instante . Matriculado en teología en la Universidad de Copenhague en 1830, Søren terminó sus estudios en 1840, dos años después de la muerte de su padre (ya había visto morir a cinco de sus hermanos y a su madre), y en 1841 defendió brillantemente su tesis de doctorado sobre El concepto de ironía constantemente remitido a Sócrates .

Poco después rompió su noviazgo con Regina Olsen, de quien se había enamorado en 1837 (cuando ella no había cumplido aún quince años y él le llevaba diez) y con quien se había comprometido en 1840. Subrepticiamente, le devolvió en 1841 el anillo de compromiso con una carta de ruptura, que a pesar de los ruegos de Regina fue definitiva . No es difícil imaginar que un hecho de ese tenor podía ser escandaloso en la Dinamarca de esa época. Más asombroso es que en un coloquio en ocasión del 150º aniversario de Kierkegaard, organizado en París en 1964 por la Unesco, un filósofo como Jean Hyppolite se mostrara "irritado" por la actitud de Kierkegaard frente a Regina, lo cual indica hasta qué punto la vida y la obra del autor danés son inextricables. Se puede decir que Regina fue su "musa inspiradora" -no dejó de amarla nunca y siempre estuvo al tanto de su vida-, o también que las nociones que estaban generándose en el autor danés se pusieron "en acto" en el instante de la ruptura, que era un instante de decisión. O lo uno o lo otro: o bien contraía matrimonio con Regina, o bien respondía al llamado de transformarse en un autor religioso, y en tal caso Regina había sido un "señuelo", escribe en su Diario , que le había tendido Dios.

"Parecería casi que fueran necesarias dos individualidades en un hombre para que sea un hombre completo", escribe también en su Diario . Y fueron necesarias dos individualidades para que él llegara a ser un autor completo. Una de ellas adoptó en cada obra el nombre y el punto de vista de uno o más autores pseudónimos y debutó en 1843, con O lo uno o lo otro ("publicado" por Víctor Eremita, que a su vez "reproduce" los manuscritos de un joven esteta, A; el conocido "Diario de un seductor", atribuido a un tal Johannes, y las cartas que un personaje más anclado en lo ético le escribe al joven A) y la publicación simultánea, ocho meses más tarde, de Temor y temblor (firmado por el poeta Johannes de Silentio) y La repetición (firmado por el ironista Constantino Constantius). La estrategia de la pseudonimia, que dio lugar a una verdadera "comedia de autores" y al despliegue de una escritura pluriestilística (donde los relatos enmarcados, los diálogos, las cartas, las efusiones líricas y el discurso especulativo se responden en contrapunto) formaba parte del "método de comunicación indirecta" concebido por el danés, que afirmaba que la verdad no podía decirse a través de la comunicación directa y apostaba al equívoco, al malentendido, a la ironía y al humor para que su lector, su "contemporáneo", reflexionara en busca de su propia verdad, de su propia "subjetividad".

"Ser escritor: eso sí que me agrada. Si tuviera que ser sincero, debería decir que estuve enamorado del producir, pero con una aclaración: a mi modo", escribe Kierkegaard en El Instante . Y el modo de producir de su primera individualidad de autor, que "presta" su pluma a los pseudónimos, ese modo tan alejado del discurso sistemático hegeliano que es uno de sus blancos de ataque, lo transformó, a pesar de sí, en filósofo (o en "filósofo-artista", como Nietzsche). Basta con decir que en su obra pseudónima se acuña la noción de "existencia" y muchas otras nociones que retomarían Jaspers, G. Marcel, Sartre y, por supuesto, Heidegger. Y que, más allá de las "filosofías de la existencia", insiste si se lo echa por la puerta (como el socrático tábano sobre el noble caballo) para volver a entrar por la ventana. Deleuze retoma la categoría de la "repetición" kierkegaardiana en Diferencia y repetición y ejemplifica la noción de "personajes conceptuales" (en ¿Qué es la filosofía? ) con el Don Juan mozartiano de O lo uno o lo otro . Derrida vuelve a Temor y temblor (centrado en el "sacrificio de Abraham") en Dar la muerte y la "Antígona" de Kierkegaard (fragmento de O lo uno o lo otro que circula hoy, como pequeño libro, en nuestro medio) es esencial en Antígonas , de Steiner. La "angustia" y la "repetición" son nociones que Jacques Lacan revé expresamente en Kierkegaard y Alain Badiou le da una nueva vuelta de tuerca a su noción de alternativa ("o lo uno o lo otro") en Lógicas de los mundos , segunda parte de El ser y el acontecimiento que será publicada próximamente en español.

Los ejemplos podrían multiplicarse, como se multiplicaron, simultáneamente, la obra pseudónima del danés ( El concepto de la angustia , Migajas filosóficas , Posdata a las " Migajas filosóficas" , entre otros títulos) y su obra autónima. Esa es su segunda individualidad de autor, y ambas se desarrollaron tan prolíficamente que él calificaba su producción de "demoníaca" (el personaje "demoníaco" por excelencia es, en su obra, Fausto, con el que más de una vez se identificó en su Diario ). Además de su tesis doctoral y de sus escritos en periódicos y revistas, la obra firmada por Søren Kierkegaard está compuesta esencialmente por una cantidad apabullante de Discursos edificantes (sólo en 1843, año en que debutó su obra pseudónima, publicó nueve), que tienen por eje el Nuevo Testamento , y los textos que conforman El Instante , que fueron precedidos por un escándalo. No era el primer escándalo protagonizado por el danés. En 1945, descontento por una crítica al texto pseudónimo Etapas en el camino de la vida publicada en el periódico El corsario , había escrito un mordaz artículo de denuncia contra ese medio, que no tardó en atacarlo caricaturizándolo y presentándolo como objeto de mofa, con apodos como "el profesor o lo uno o lo otro" (apodo que recordará en El Instante ) o "el filósofo de los pantalones desiguales", frases que los niños -hasta entonces, sus interlocutores preferidos- le repetían por la calle.

Todos los protagonistas del incidente sufrieron sus consecuencias, especialmente Kierkegaard, que pensó en dejar de escribir pero dedujo, luego, que el escándalo lo señalaba como excepcional y debía luchar con más brío, contra la Iglesia establecida, en sus Discursos... Para él, el escándalo era una categoría existencial y religiosa (el "escándalo de la cruz"), como lo eran la paradoja (el Dios-Hombre, esa "pasión del pensamiento") o la contemporaneidad (no la histórica, sino la que se deriva de ser "contemporáneo" en Cristo), y sólo existiendo intensamente se podía pensar en las categorías existenciales, por lo cual el escándalo "en acto" lo conectaba con el escándalo infinito. En cuanto a sus Discursos... , escritos para ser leídos, buscaban ser tan inquietantes como el mensaje cristiano, en contraposición con los sermones "tranquilizantes" de los pastores, a los que calificaba de "funcionarios del Estado". Incluso al pastor Mynster, su "primer educador", que fue el conductor espiritual de Dinamarca durante medio siglo y murió el 30 de enero de 1854. Quien aspiraba a su sucesión, Hans L. Martensen, pronunció entonces el elogio fúnebre en el que calificaba a Mynster de "testigo de la verdad". ¿Cómo llamar "testigo de la verdad" a quien, tan alejado del mensaje del Nuevo Testamento, había vivido cómodamente y recibido honores en su brillante carrera?

Eso es, a grandes trazos, lo que Kierkegaard planteaba en un artículo publicado en el periódico F 153(unknown) drelandet , en diciembre de 1854, cuando ya había asumido sus funciones Martensen, que no tardó en responder. Tampoco Kierkegaard, que escribió prontamente otros veinte artículos, en el mismo medio y con el mismo tono provocador. El escándalo lo llamaba y, para desenmascarar la hipocresía de la iglesia establecida y "limpiar el aire", se sintió obligado -con idoneidad contra el deseo- a fundar su revista y "actuar en el instante". Cabe recordar que el "instante" es también una categoría existencial ("El instante es el equívoco en que el tiempo y la eternidad se tocan", escribe Vigilius Haufniensis, autor pseudónimo de El concepto de la angustia ) y añadir que, cuando Kierkegaard titula su revista El Instante , al final del primer número, aclara: "Sin embargo, no quiero que sea efímero, como tampoco ha sido efímero lo que he querido hasta ahora. No, fue y es algo eterno: del lado de los ideales contra las ilusiones". Del lado de los ideales del cristianismo y contra las ilusiones de una "cristiandad" que, como el Estado, es proporcional a las cifras, mientras que "el cristianismo es inversamente proporcional a las cifras, y cuando todos se han hecho cristianos, el concepto ´cristiano ha muerto".

Nietzsche anunciaría la "muerte de Dios" en los términos "sagrados demasiado sagrados" de Zaratustra , Kierkegaard denuncia el "crimen" de la cristiandad en términos "profanos demasiado profanos", teñidos de irreverencia, ironía y humor. Que a una entidad "tan razonable como el Estado" se le ocurra que lo humano puede proteger lo divino implicaría que "el Dios de los cielos carece totalmente de inteligencia, en especial de la alta inteligencia del Estado; es un pobre tipo de pocas luces de la vieja escuela con la ingenuidad suficiente como para pensar que cuando se quiere coser hay que hacer un nudo en el hilo". En cuanto a los pastores, funcionarios de tal entidad, necesitan "pescar" muchos cristianos (por ventajas pecuniarias, por poder) desde niños, lo cual "no cuesta nada; consigamos los niños, entonces les echamos a cada uno un chorrito de agua en la cabeza - y ya es cristiano" (para Kierkegaard, no se nace ni se "es" cristiano: "devenir cristiano" es la tarea de toda la existencia). También necesitan muchos discípulos, cuando Cristo -arremete- "era mucho más prudente. Por eso en tres años y medio consiguió once - mientras que un apóstol en un día, aproximadamente en una hora, consiguió tres mil discípulos de Cristo". La propagación (hay que "ganar" cristianos, algo que la historia se encargó de demostrar), la expansión y el poder vacían el mensaje del Nuevo Testamento, cuya dificultad reside en haber presentado todo "a gran escala" (incluso los equívocos y los extravíos) y en no haber previsto la "mediocridad, la estupidez" de la multitudinaria "cristiandad".

Huelga decir que esta crítica militante a la hipocresía religiosa va más allá del contexto en el que Kierkegaard combatía; más allá, también, de la religión, ya que no es difícil advertir que la hipocresía, la propagación, la expansión y el poder "vacían" la política de todo contenido, como el "deseo" de gobernar al que se refiere Platón y que abre El Instante . En ese combate dejó la vida Kierkegaard, que se murió "pataleando" -valga la irreverencia- el 11 de noviembre de 1855, un mes y algunos días después de su internación, período en que no quiso recibir a ningún miembro de la iglesia establecida, ni siquiera a su hermano mayor, que había abrazado la carrera de pastor. Sí recibió a su sobrino y a su amigo de toda la vida, Emil Bøsen, que tomó nota de sus últimos momentos y de su pedido de que se pusiera en su tumba la inscripción "Fue el Unico" (o el Individuo, o el Singular, según las traducciones). "No hay, en los mil ochocientos años de cristiandad, nada análogo, nada equivalente a mi tarea", escribe en El Instante , donde también dice ser el único en no llamarse "cristiano", ya que un cristiano es "aún más raro que un genio". Muchas anotaciones de su Diario permiten deducir que sí se consideraba un genio. En eco, en El Instante :

"Los genios son como los truenos: van contra el viento, asustan a los hombres, limpian el aire./ Lo establecido ha inventado numerosos pararrayos./ Y resulta. Sí, vaya si resulta; y resulta que la próxima tormenta será aún más seria."

Por María del Carmen Rodríguez
Fuente: La Nación