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18 mar. 2012

Ryszard Kapuscinski - Un concierto de Louis Armstrong

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Jartum, Aba, 1960

Al salir del aeropuerto de Jartum dije al taxista: «Victoria Hotel», pero éste, sin decir palabra, sin una explicación o justificación, me llevó a un hotel que se llamaba Grand.

—Siempre es así —me explicó un libanés que conocí allí—, cuando viene a Sudán un blanco piensan que es inglés, y un inglés, por supuesto, no se aloja sino en el Grand. Pero no es un mal lugar de encuentro: todo el mundo va allí.

El taxista, mientras sacaba del portaequipajes mi maleta, dibujó con el brazo libre un semicírculo para enseñarme la vista de la que disfrutaría y dijo con orgullo: «Blue Nile!» Miré hacia abajo, hacia el río: tenía un color gris esmeralda y la corriente impetuosa, y era muy ancho. La terraza del hotel, larga y sombreada, daba precisamente al Nilo, del que la separaba un amplio bulevar a lo largo del cual crecían viejas y frondosas higueras.

En la habitación en la que me introdujo el portero susurraba un ventilador fijado al techo cuyas aspas, sin embargo, en vez de refrescar sólo removían un aire que quemaba como agua hirviendo. Hace mucho calor aquí, pensé, y decidí salir a la calle. No sabía lo que hacía, pues apenas hube recorrido varios cientos de metros, me di cuenta de que me había metido en una trampa. Del cielo caía plomo incandescente que me clavó en el asfalto. La cabeza me estallaba y se me cortaba el aliento. Sentí que no podía seguir, pero al mismo tiempo era consciente de que no tendría fuerza suficiente para regresar al hotel. Presa del pánico, pensé que si no me ocultaba enseguida bajo una sombra el sol me mataría. Empecé a mirar febrilmente a mi alrededor y constaté que lo único que se movía por aquel barrio era yo mismo, que todo a la redonda aparecía muerto, clausurado, exánime. No había ni un alma, ni hombre ni animal.

¡Dios mío!, ¿qué hacer?

El sol me golpeaba la cabeza como un martillo de herrero, y yo, acusando todos y cada uno de sus martillazos. El hotel estaba demasiado lejos y a mi alrededor no se veía ningún edificio, zaguán o techo, cualquier cosa que me brindase salvación. Lo más cercano resultó un mango. En cuanto lo vi me dirigí, casi a rastras, hacia él.

Alcancé el tronco y me dejé caer en el suelo, en la sombra. En momentos como aquél, la sombra se convierte en algo material, el cuerpo la recibe de la misma manera que los labios sedientos reciben un trago de agua. Proporciona alivio, calma la sed.


Por la tarde las sombras se alargan, crecen, empiezan a solaparse y luego oscurecen para, finalmente, vestirse de negro: cae la noche. La gente se anima, vuelve a sentir el deseo de vivir, se saluda, habla, da claras muestras de satisfacción por haber sobrevivido al cataclismo, es decir, a uno más de esos días concebidos por el infierno. La ciudad se vuelve bulliciosa, en las calles aparecen los coches, se llenan las tiendas y los bares.

Espero en Jartum a dos periodistas checos. Está previsto que los tres viajemos al Congo, que está inmerso en el fragor de una guerra civil. Estoy nervioso porque los checos, que ya deberían haber llegado en avión desde El Cairo, siguen sin aparecer. Durante el día no hay manera de caminar por la ciudad. Tampoco resulta fácil aguantar en la habitación: hace demasiado calor. Y en la terraza no puedo permanecer durante mucho rato porque a cada momento se me acerca alguien para preguntar: ¿quién soy? ¿De dónde soy? ¿Cómo me llamo? ¿Para qué he venido? ¿Quiero montar un negocio? ¿Comprar una plantación? Si no, ¿adónde viajaré después? ¿Estoy solo? ¿Tengo familia? ¿Cuántos hijos? ¿A qué se dedican? ¿Había visitado Sudán antes? ¿Qué tal Jartum? ¿Me gusta? ¿Y el Nilo? ¿Y el hotel? ¿Y mi habitación?

Las preguntas no tienen fin. Durante los primeros días cortésmente las contesto. A lo mejor me las hacen por cortesía. ¿Quién sabe si esa amable curiosidad no está inscrita en la tradición local? Aunque también puede ser que sean hombres de la policía: más vale no irritarlos. Los interrogadores en cuestión no suelen aparecer más que una vez, al día siguiente aparecen otros, los primeros me pasan a los segundos, como el testigo en la carrera de relevos.

Aunque dos de ellos —van siempre juntos— son más asiduos. Muy simpáticos. Son estudiantes, así que tienen ahora mucho tiempo libre porque el jefe de la junta militar gobernante, el general Abboud, ha cerrado la universidad, nido de todo descontento y de toda rebeldía.


Un buen día, mientras miran a su alrededor con suma cautela, me dicen que les dé unas libras, que comprarán hachís y que iremos a fumárnoslo fuera de la ciudad, en el desierto.

¿Cómo actuar ante un ofrecimiento así?

Nunca he fumado hachís, siento curiosidad por saber qué efectos produce. Por otro lado, ¿y si estos dos son agentes de la policía que quieren encerrarme para luego exigir un rescate o deportarme? Y, además, en el comienzo de un viaje que se presenta tan fascinante. No las tengo todas conmigo pero escojo hachís y les doy el dinero.

A primera hora de la tarde vienen en un Land Rover descubierto, lleno de abolladuras. Tiene un solo faro, pero tan potente como un proyector antiaéreo. Este único faro disipa la oscuridad del trópico, impenetrable como una pared negra que se abre por unos instantes para dejar entrar el coche pero que enseguida, en cuanto éste pasa, se cierra a cal y canto; si no nos zarandease en los baches, se podría pensar que el vehículo está inmóvil, metido en un lugar cerrado.

Viajamos así durante más o menos una hora, el asfalto, malejo y roído todo él, se había acabado hacía tiempo y ahora el camino de tierra atravesaba el desierto, de vez en cuando aparecían junto a él unas rocas gigantes que parecían vaciadas en bronce. Junto a una de ellas giramos bruscamente a un lado y el conductor, después de recorrer aún unos metros, de repente detuvo el coche. Habíamos llegado a un talud en cuyo fondo brillaba en plata el Nilo, iluminado por la luna. El paisaje, pues, estaba reducido a su mínima expresión: el desierto, el río y la luna, que en aquel momento sustituían el mundo entero.

Uno de los sudaneses sacó de su bolsa una de esas botellas pequeñas y planas de White Horse, empezada ya, que dio de sí un par de tragos por barba. Después lió con mucho cuidado dos gruesos canutos y pasó uno a su compañero y otro a mí. A la luz de la cerilla vi su rostro oscuro, surgido de repente de la noche, sus blancos dientes y sus ojos brillantes con los que me miraba de una manera especial, como si se plantease algún dilema. Tal vez me ha dado un veneno, pensé, aunque no sé si lo pensé, vaya, no sé si tan siquiera era capaz de pensar en nada porque ya me encontraba en un mundo distinto, uno en que mi cuerpo había perdido todo su peso, en realidad nada tenía peso y todo estaba en movimiento. Era un movimiento suave, blando, ondulante. Un balanceo acariciador. Nada se precipitaba ni estallaba con violencia. Todo era paz y silencio. Un toque agradable. Un sueño.

Lo más extraordinario fue el estado de ingravidez. Pero no era esa ingravidez torpe y patosa que vemos en los astronautas, sino una ágil, desenvuelta y alada ingravidez.

No recuerdo cómo levanté el vuelo pero recuerdo perfectamente cómo floté por una bóveda celeste que era oscura, pero la suya era una oscuridad clara, incluso luminosa; cómo fluí entre esferas de muchos colores que se separaban, giraban, llenaban todo el espacio y se asemejaban a esos aros livianos que accionaban los niños para que diesen vueltas: los hula-hoop.

Cuando floto de esa manera, lo que mayor alegría me produce es el sentimiento de liberación del peso de mi propio cuerpo, de la resistencia que éste opone a cada momento, de su tozuda e implacable oposición con la que nos topamos a cada paso. Resulta que tu cuerpo no necesariamente tiene que ser tu adversario, sino que también puede ser tu amigo, aunque sólo sea por unos instantes y en circunstancias tan extraordinarias.


Veo ante mí el capó del Land Rover y, con el rabillo del ojo, el espejo retrovisor hecho añicos. El horizonte es de color rosa intenso y la arena del desierto, gris grafito. A esta hora de la madrugada el Nilo es azul claroscuro. Sentado en un coche descubierto, tirito de frío. Tengo escalofríos. A esta hora del día, el desierto es tan gélido como Siberia, el frío penetra hasta la médula de los huesos.

Pero cuando entramos de vuelta en la ciudad, sale el sol y enseguida hace calor. Un dolor de cabeza insoportable. Lo único que se desea es dormir. Dormir. Sólo dormir. No moverse. No estar. No ser. No vivir.


Dos días después vinieron al hotel los dos sudaneses para preguntarme cómo me encontraba. ¿Que cómo me encuentro? Ay, queridos amigos, conque cómo me encuentro. Pues eso, ¿cómo te encuentras?, porque viene Armstrong y mañana en el estadio da un concierto.

Sané inmediatamente.


El estadio estaba fuera de la ciudad, lejos, pequeño, plano, con una capacidad para cinco mil personas a lo sumo. Y, sin embargo, sólo la mitad de los asientos estaba ocupada. En medio del césped había una tarima, bastante mal iluminada, pero como nos sentábamos cerca de ella, veíamos bien a Armstrong y su pequeña orquesta. Hacía una tarde bochornosa y asfixiante, y cuando Armstrong subió al estrado ya estaba empapado de sudor porque, además, llevaba puesta una americana y, en el cuello, una pajarita. Saludó a todos levantando un brazo en el que exhibía su dorada trompeta y, dirigiéndose a un micrófono malejo y chasqueante, dijo que se alegraba de poder tocar en Jartum, que no sólo se alegraba sino que se sentía feliz, tras lo cual soltó una de sus carcajadas, sonora, desenfadada y contagiosa. Era una risa que invitaba a otras risas, pero el estadio guardaba un circunspecto silencio, no muy seguro de cómo debía comportarse. Sonaron la percusión y el contrabajo y Armstrong empezó por una canción muy adecuada al lugar y el momento: Sleepy Time Down South. En realidad resulta difícil decir cuándo oyó uno por primera vez la voz de Armstrong, pero hay en ella algo que hace pensar que se la conoce desde siempre, y cuando empieza a cantar todo el mundo dice, sinceramente convencido de su condición de experto: ¡Sí, señor, es él, Satchmo!

Sí, señor, era él, Satchmo. Cantó Hello Dolly, this is Louis, Dolly, cantó What a Wonderful World y Moon River, cantó I touch your lips and all at once the sparks go flying, those devil lips, pero el público siguió guardando silencio, no hubo aplausos. ¿No habrían entendido las letras? ¿Demasiado erotismo expresado sin subterfugios para el gusto musulmán?

Después de cada canción, e incluso durante la interpretación de las piezas, Armstrong se secaba la cara con un gran pañuelo blanco. Aquellos pañuelos se los pasaba un hombre que parecía viajar con él por África tan sólo con este propósito. Más tarde vi que tenía una bolsa llena de ellos, casi un centenar.


Una vez acabado el concierto, la gente enseguida se dispersó, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Yo estaba pasmado. Había oído que los conciertos de Armstrong causaban sensación, furor, éxtasis. Ninguno de esos arrebatos se produjo en el estadio de Jartum, a pesar de que Armstrong había interpretado muchas canciones de los esclavos africanos del sur estadounidense, de Alabama y Luisiana, de la que provenía él mismo. Sin embargo, aquella África americana del pasado y la africana del presente pertenecían ya a mundos diferentes que no tenían una lengua en común, que no podían comprenderse ni crear una comunidad emocional.

Los sudaneses me llevaron al hotel. Nos sentamos en la terraza para tomar una limonada. Al cabo de un rato un coche trajo a Armstrong. Se sentó con visible alivio en una silla, en realidad se desplomó sobre ella. Era un hombre fornido, de hombros anchos, algo caídos. Un camarero le sirvió un zumo de naranja. Él se lo bebió de un trago, y después otro vaso y uno más. Sentado en silencio y con la cabeza agachada, se le veía cansado. Tenía por aquel entonces sesenta años y estaba enfermo —cosa que yo ignoraba— del corazón. El Armstrong del concierto y el de después eran dos hombres completamente diferentes: el primero, alegre, animado, vital, tenía una voz poderosísima y sacaba de su trompeta una escala de sonidos increíble; el segundo, lento y torpe, agotado y sin fuerzas, exhibía un rostro apagado y surcado por profundas arrugas.


Quien abandona las seguras murallas de Jartum para internarse en el desierto debe recordar que allí lo amenazan trampas peligrosas. Las tormentas de arena no paran de cambiar la configuración del terreno, desplazando a cada momento los puntos de referencia, y si el viajero pierde el rumbo a consecuencia de esos caprichos arbitrarios de la naturaleza, morirá. El desierto es misterioso y puede inspirar miedo. Nadie se aventura allí en solitario, aunque sólo sea, aparte de todo lo demás, porque nadie es capaz de acarrear suficiente agua para poder recorrer la distancia entre un pozo y el siguiente.

En su viaje a través de Egipto, Heródoto, sabedor de que alrededor no hay más que Sáhara, precavidamente no se aleja del río, siempre está cerca del Nilo. Desierto significa fuego del sol, y el fuego es un animal salvaje que puede devorarlo todo: Los egipcios tienen creído que el fuego es un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y sofocado de tanto comer muere de hartura juntamente con lo que acaba de devorar. Y, como ejemplo, aduce el relato de una expedición. Cuando el rey de los persas Cambises, una vez conquistado Egipto, marcha hacia el sur para ocupar Etiopía, manda parte de su tropa a guerrear contra los amonios, un pueblo que habita en los oasis del Sáhara. El ejército en cuestión, después de partir de Tebas, al cabo de siete días de marcha llega a la ciudad de Oasis. A partir de allí su rastro se pierde: pero lo que después sucedió ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios ni dio vuelta atrás desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales; llegando ya a la mitad del camino entre su ciudad y la referida Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego un viento Noto tan vehemente e impetuoso que, levantando la arena y arremolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella tempestad, con que el ejército desapareció.


Llegaron los checos —Dusan y Jarda— y enseguida tomamos rumbo al Congo. La primera población en el lado congoleño era Aba, una aldea junto al camino. Aparecía a la sombra de una gran pared verde, y la pared no era sino el comienzo de una selva que surgía allí tan repentinamente como una montaña abrupta en medio de una llanura.

Había en Aba una gasolinera y algunas tiendas. Proyectaban sobre ellas su sombra unos soportales de madera podrida bajo los cuales había varios hombres sentados, inactivos, inmóviles. Resucitaron sólo cuando nos detuvimos para preguntarles qué nos esperaba en el interior del país y dónde podíamos cambiar libras por francos, la moneda local.

Eran griegos, formaban una de esas colonias, parecidas a cientos de otras, que desde los tiempos de Heródoto estaban diseminadas por todo el planeta. Por lo visto, ese tipo de asentamientos había sobrevivido hasta la época actual.

Como llevaba en la bolsa de mano mi ejemplar de Heródoto, cuando partíamos se lo enseñé a uno de los griegos que nos decían adiós. Vio el nombre en la portada y esbozó una sonrisa, pero sonreía de una manera tal que no supe si mostraba su orgullo o más bien impotencia porque no sabía en absoluto de quién se trataba.


En Viajes Con Herodoto
Traducción: Agata Orzeszek



4 feb. 2008

Kapuscinski, Ryszard - La globalizacion del mal

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Vivimos en un mundo muy complejo, lleno de diferencias, con muchos niveles y planos. Por eso, para responder a la pregunta de si el mundo de hoy es distinto al que existía antes del 11 de septiembre, primero tenemos que definir el punto de partida de nuestro análisis de la realidad. Yo parto de la perspectiva que tiene el reportero, un testigo de los conflictos y transformaciones culturales que se pueden observar viajando por el mundo.

Si admitimos que la realidad que nos rodea puede ser representada por una pirámide, veremos que en su base, en el punto más bajo, allí donde está el plano de las relaciones entre los seres humanos, de la vida cotidiana, nada o muy poco ha cambiado. No cabe la menor duda de que el 11 de septiembre fue un día trágico para las personas que murieron aplastadas por los escombros de las Torres Gemelas, para sus familiares y amigos más cercanos, pero lo cierto es que la humanidad sigue levantándose cada día, como lo hacía antes del ataque, para trabajar, educar a los niños, planear las vacaciones, gozar de las alegrías, sufrir enfermedades y, en definitiva, para morir. La prosaica vida cotidiana siempre se impone y triunfa. Los temores e inquietudes que sentían los hombres antes del 11 de septiembre siguen presentes en sus vidas. No hay indicios de que, en el futuro más cercano y en ese nivel de la vida, se producirá algún cambio fundamental. La historia nos confirma que las grandes crisis que ya azotaron a la humanidad en el pasado demostraron su extraordinaria resistencia.

Muchos han afirmado que en el nivel más bajo de nuestra pirámide aumentaría la animosidad de los europeos y norteamericanos hacia los árabes y que entre los musulmanes también crecería la hostilidad hacia los ciudadanos occidentales. Muchos han previsto la intensificación de los conflictos entre las dos civilizaciones, pero nada de eso ha sucedido. En Occidente, los ataques contra los musulmanes han sido esporádicos y de mínima significación. Al mismo tiempo, yo no he sentido cambio alguno en el tratamiento que me otorgan en los países árabes que visito.

Donde sí se han producido cambios importantes es en los niveles superiores de nuestra pirámide. En primer lugar, los sucesos del 11 de septiembre demostraron que la distancia ya no basta de por sí para garantizar la seguridad. Descubrimos con horror que la distancia ya no nos pone a salvo. Hoy podemos ser blancos y víctimas de ataques terroristas todos y en cualquier punto del planeta. En una palabra, después del 11 de septiembre ya no nos sentimos seguros, cuando vivimos lejos del enemigo en potencia; ya no nos sentimos particularmente protegidos por el océano que nos separa de él.

En segundo lugar, el 11 de septiembre demostró que en nuestro globo ya no hay santuarios. Y no sólo se trata de que todos puedan ser atacados por todos, de que cualquier país pueda atacar a otro. Ese peligro ya existía mucho antes. La novedad del 11 de septiembre consiste en que demostró que en el mundo hay fuerzas que no representan los intereses de un determinado Estado, pero que, a pesar de ello, constituyen un enorme peligro incluso para los más potentes. Hasta ahora, el pensamiento estratégico se basaba en el supuesto de que las guerras se libraban entre Estados. Hoy, los estrategas tienen que remodelar con urgencia sus ideas, porque a los Estados se enfrentan fuerzas difíciles de situar. Ha cambiado la imagen del enemigo, porque ya no viste un uniforme concreto, lo cual dificulta su identificación, pero también porque puede hacer mucho daño, aunque no tiene tanques ni cañones. Es muy difícil combatir a un enemigo imposible de situar y con planes imposibles de conocer. Antes, cuando teníamos buenas relaciones con un Estado, podíamos tener casi la absoluta seguridad de que no sería un peligro para nosotros. Hoy podemos tener magníficos contactos políticos, económicos y culturales con un país y ser víctimas de un ataque lanzado desde su territorio. Esto se debe a que han aparecido fuerzas que no se someten a ningún centro de poder, que no representan los intereses de Estados concretos, pero que están en condiciones de aprovechar el territorio o la infraestructura de un país para atacar a otro. Esa situación nos confirma que ya somos testigos de la globalización del mal. Consiguen voz y voto -con sus actos- organizaciones y fuerzas que actúan al margen de las estructuras de los Estados nacionales. Y ese proceso no concierne solamente al terrorismo. Se relaciona también con el narcotráfico, la compra y venta de armas y otras fechorías. Eso significa que ha aparecido un ente internacional totalmente nuevo, aún no definido del todo, que escapa a las formas que tenían hasta ahora los sujetos de la vida internacional.
 

Fortalecimiento del Estado

Un tercer cambio generado por el 11 de septiembre es el fortalecimiento de la idea del Estado, algo paradójico, porque el terrorismo siempre busca su debilitamiento. La globalización neoliberal también debilitó mucho el papel del Estado, porque promovió las corporaciones supranacionales, el flujo ilimitado de los capitales y la creación de mercados financieros mundiales. Como consecuencia, el Estado fue en gran medida marginado. Esa consecuencia la sufrió también Estados Unidos, país en el que había una oposición cada vez más potente ante una posición demasiado fuerte del poder estatal. '¿Para qué queremos un Gobierno tan potente? ¿Para qué pagamos impuestos tan altos?', preguntaban muchos norteamericanos. Sin embargo, el 11 de septiembre demostró que, en el mundo contemporáneo, las sociedades pueden sentirse seguras y protegidas solamente dentro de los Estados. Sólo el Estado puede garantizar la correspondiente protección a la sociedad. El ataque contra Estados Unidos demostró que el hombre y la sociedad no pueden funcionar sin el Estado.

Desde el 11 de septiembre -y éste es otro cambio importante-, la globalización se valora de otra manera. Hasta ahora prevalecía la opinión de que era una bendición para la humanidad, algo que nos ayudaría a resolver todos los problemas. Mientras tanto, nos topamos, por sorpresa, con otros rostros muy distintos de la globalización, que es un proceso lleno de contradicciones internas, un proceso que puede generar fenómenos negativos.

George Soros, una gran figura de las finanzas mundiales, advierte en On Globalization que ese proceso genera también grandes amenazas. Soros advierte que crece la dominación de dos grandes instituciones financieras, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que ya imponen sus concepciones a los Estados nacionales debilitando su posición.

Los sucesos del 11 de septiembre nos obligaron a percibir el mundo con más serenidad y ecuanimidad. Pudieron convertirse, incluso, en el punto de partida para un análisis serio y profundo de la situación en nuestro planeta. Lamentablemente, lo único que se supo hacer fue dar una respuesta militar a los terroristas. Nos dejamos embaucar por algunos políticos que sostienen que, si no fuese por el terrorismo, viviríamos en el mejor de los mundos. Pero la verdad es que, como dijo un comentarista norteamericano, 'el derrumbamiento de las Torres Gemelas fue el fin de las vacaciones que tomamos de la historia'. El fin de la guerra fría se caracterizó por la euforia que sentíamos tras el fracaso del comunismo. Parecía que todos los problemas habían terminado. Mientras tanto, aunque el ataque contra EE.UU. demostró que la euforia era prematura, nosotros no supimos abordar con seriedad lo que puede depararnos el futuro. Desaprovechamos la oportunidad que se nos presentó para tratar con seriedad los problemas que acarrea la globalización.

Yo creo que el terrorismo, tanto el individual como el que practicaron y practican distintas organizaciones, jamás fue una gran amenaza para el mundo. Algo muy distinto es el terrorismo de Estado que practicaron y practican los regímenes totalitarios. La mayoría de las sociedades del mundo no se sienten amenazadas por el terrorismo. Claro que en la historia de muchos países el terrorismo dejó huellas, pero se trata de actos de importancia secundaria. El problema que ahora enfrentamos consiste en la dimensión global del terrorismo. Ésa es una novedad, porque antes siempre fue practicado por organizaciones marginales.

Hoy, lo que puede sobrecogernos es que un país tan potente como EE.UU. fue golpeado de manera dolorosa por una pequeña organización. Todos coinciden en que el gran éxito de Al Qaeda, una organización integrada apenas por varios miles de militantes, consistió en que supo aprovechar para sus propios fines el gran liberalismo que impera en EE.UU. y que se basa en la confianza mutua. Por ejemplo, allí bastaba dar el número de nuestra cuenta bancaria para disipar todas las dudas y ser tratado con la máxima confianza.

Yo estuve en Estados Unidos antes del 11 de septiembre. Aterricé en el aeropuerto Kennedy de Nueva York. Tenía que coger allí el avión de Washington. Estuve media hora buscando el lugar en que debía embarcar. Recorrí el aeropuerto de cabo a rabo y me pareció que, de haber tenido malas intenciones, hubiese podido hacer cualquier cosa, porque nadie se interesó por mí. Antes de llegar a Estados Unidos, di prácticamente la vuelta al mundo y en todas partes me controlaron el equipaje, cosa que no ocurrió en Nueva York.

Nos queda el consuelo de que los terroristas ya no podrán repetir un ataque como el del 11 de septiembre, porque la vigilancia ahora es muy grande. Los norteamericanos se han dado cuenta de que incluso un control mínimo en sus aeropuertos hubiese frustrado el ataque contra Nueva York y Washington. Por eso creo que después del 11 de septiembre, para aumentar la seguridad, no hacían falta las medidas típicas de un régimen policial. Hubiese bastado un control apenas algo mayor.

En EE.UU. todos saben que la gran eficacia del sistema norteamericano radica en la libertad que garantiza. Toda limitación de esa libertad, por ejemplo, mediante el control estricto de las personas y mercancías en la frontera, sería un freno para el desarrollo. ¿Cuántos barcos de los miles y miles que atracan en los puertos de Estados Unidos pueden ser controlados? Apenas un pequeño porcentaje, porque, si quisiéramos controlarlos todos de manera minuciosa, provocaríamos la paralización de la economía. Todas las limitaciones de la libertad y de la democracia causan efectos muy negativos sobre el funcionamiento del capitalismo. El terrorismo podría ser erradicado completamente en veinticuatro horas, pero a condición de que implantásemos un régimen totalitario, y eso no estamos dispuestos a hacerlo, porque sabemos que destruiríamos la sociedad cívica y la democracia.


Libertad y eficacia

El conflicto entre la libertad y la eficacia de los sistemas estatales es, hoy por hoy, el problema más importante no sólo para EE.UU., sino también para el mundo entero. Ése es, a mi modo de ver, uno de los retos más serios que se plantean ante la humanidad en el siglo XXI. Hay que definir las proporciones óptimas entre la seguridad por un lado y la libertad y el bienestar por otro, es decir, resolver un problema que todavía no ha sido planteado con toda la claridad que merece. En el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, la libertad y la democracia no estaban en peligro. Hoy sí lo están, porque la globalización conduce hacia dos fenómenos sumamente peligrosos. El primero es la privatización de la violencia. La democracia y el capitalismo se desarrollaron en los tiempos en los que la aplicación de la violencia estaba monopolizada por el Estado. La violencia tenía uniformes, armas y carnés. El Estado era el único con derecho a hacer uso de la violencia. Hoy, cualquiera puede tener un arma, y hay cientos o miles de ejércitos privados. Hay que hacerse, pues, la pregunta: ¿cómo proteger en esas condiciones los mecanismos de la democracia? No sabemos responder a esa pregunta. Ahora bien, eso no significa que en EE.UU. no se analice el asunto. Por el contrario, ese país es uno de los centros de discusiones y análisis más serios sobre los fenómenos que aquí nos ocupan. Es en las universidades norteamericanas donde surgen los análisis más acertados sobre los fenómenos que tienen lugar en el mundo. Es también en EE.UU. donde encontraremos los mejores y más críticos análisis sobre EE.UU.. Y no es casual que sus adversarios más radicales aprovechen con frecuencia los argumentos formulados por los pensadores norteamericanos.

El gran problema radica en que en Estados Unidos hay un gran abismo entre el pensamiento universitario y las concepciones de los círculos políticos. Cuando se conoce la vida de las universidades, uno se siente admirado por el nivel y la gran clase de las discusiones que se organizan en sus aulas. Lamentablemente, los políticos son totalmente impermeables a las ideas y argumentos de sus colegas profesores y científicos. Y ésa es otra prueba más de la complejidad que tienen la sociedad norteamericana y su sistema estatal.

Sea como fuere, hay que reconocer que son las ideas formuladas en las escuelas superiores norteamericanas las que dictan hoy al mundo los temas de las principales discusiones y polémicas sobre el presente y el futuro. Todos los grandes debates de los últimos decenios concernieron a concepciones de gran importancia surgidas en EE.UU., generadas por el pensamiento norteamericano. Un ejemplo muy útil es la tesis que formuló Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. A principios de la década de los años noventa proclamó que el fin del comunismo significaba el fin de los conflictos. De esa circunstancia, el pensador norteamericano sacó la conclusión de que, por consiguiente, la democracia liberal triunfaría en todas partes en tanto que régimen ideal que desean todos los humanos. Seis años después, Samuel Huntington formuló su concepción sobre la confrontación entre las civilizaciones. Entonces se propagó la idea de que todos los conflictos existentes se debían a las diferencias entre las civilizaciones. La última gran idea fue formulada por Robert Kagan, autor de la afirmación de que los grandes aliados, Estados Unidos y Europa, se separan. Y es muy probable que esa circunstancia sea el cambio más importante promovido por los sucesos del 11 de septiembre.

En el pasado hablamos de un mundo dividido en Norte y Sur y luego en ricos y pobres. Hace no muy poco se describía el mundo con la frase 'The West and the Rest' (Occidente y los demás). Hoy se reemplaza la palabra West con el término America: 'The America and the Rest'. Y Kagan hace referencia a ese nuevo paradigma en nuestro pensamiento sobre el mundo.

Kagan afirma que ya no existe la noción occidente, que se ha producido una ruptura en el Atlántico. La guerra fría unió durante 50 años las dos orillas del océano. Hoy, cuando ya no existe el enemigo común, EE.UU. y Europa no quieren seguir caminando por la misma senda. Por el contrario, tienen dos visiones distintas del mundo y, por consiguiente, el abismo sólo puede ensancharse y profundizarse. La grieta apareció el 11 de septiembre, porque desde aquel día, la Administración norteamericana considera que en el resto del mundo imperan el desorden y la anarquía, es decir, un peligro mortal. Es esa concepción sobre el mundo la que induce a EE.UU. a concentrarse en la lucha. Washington cree que el caos puede ser controlado solamente con las armas. Y de ahí las enormes cuotas que gasta EE.UU. en armas, mucho más de lo que gastan todos los demás miembros de la Alianza Atlántica. Mientras tanto, Europa, que no olvida la experiencia de la II Guerra Mundial y de los regímenes totalitarios, promueve otra visión del mundo, kantiana, la visión de un mundo de paz eterna. Europa ve su visión civilizadora en el intercambio de ideas, en el mantenimiento de negociaciones y en la búsqueda de compromisos. Cuando las concepciones son tan distintas, tan dispares, es inútil pensar que EE.UU. y Europa conseguirán un punto de encuentro.

Observamos una creciente marginación de las organizaciones internacionales. Prueba de ello es la ONU, que ya no desempeña el importante papel que tenía en el pasado. Ha perdido su autoridad incluso el Consejo de Seguridad, porque se dedica a aprobar resoluciones que nadie cumple.

En esa situación no puede extrañar que en EE.UU. todos coincidan en que deben comportarse en el mundo como el sheriff que impone el orden. Por eso, la discusión no se desarrolla en torno a si debe desempeñar o no ese papel, sino a cómo debe hacerlo. Ciertos círculos norteamericanos consideran que EE.UU. puede cumplir esa misión en solitario, por su cuenta y responsabilidad, mientras que otros creen que hay que conseguir aliados. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld suele decir: 'Podemos arreglarnos solos'. El secretario de Estado Colin Powell es más prudente: 'Queremos montar una coalición'.


Líderes y potencia

Para saber qué camino elegirá en definitiva EE.UU., tenemos que analizar lo que dicen sus líderes. Parece que confían plenamente en la potencia de su país y de sus fuerzas armadas, con las que nadie puede competir. Están convencidos de que únicamente EE.UU. puede realizar cualquier operación militar, en cualquier momento y en cualquier punto del planeta. Ese sentimiento de fuerza ilimitada que anima a los líderes norteamericanos no siempre va acompañado del conocimiento necesario sobre el mundo y sus complejos procesos. Por eso, los que preparan la guerra contra Irak tienen la seguridad de que alcanzarán un gran éxito. Más objetivos parecen ser los militares norteamericanos. Fueron sus analistas los que previeron en la década de los años noventa el aumento de los conflictos. Fueron los expertos del Pentágono los que indicaron que el enfrentamiento entre los ricos y los pobres, así como la falta de perspectivas, acumularían enormes capas de frustración, ira y agresión que se convertirían en fuentes de trastornos muy difíciles de controlar.

Pero no hay que perder la esperanza. En primer lugar, el hombre está dotado de un potente instinto de autoconservación y, en segundo lugar, las sociedades, por lo general, suelen rechazar las soluciones extremistas, radicales, y optar por los caminos de la prudencia y la moderación. Los extremistas pueden conseguir respaldo, pero sólo en el ámbito local y por poco tiempo. Cuando el hombre llega a un lugar en el que poco antes se combatió, donde aún se ven las huellas de los enfrentamientos, lo primero que suele hacer es limpiar el terreno, restablecer el orden. Los hombres, por lo regular ancianos, porque los jóvenes murieron en los choques, retiran los escombros, cierran con cartones las ventanas sin cristales y encienden el fuego. Las mujeres, mientras tanto, barren y cocinan. Todos juntos restablecen la normalidad, y ésa es la gran fuerza de la humanidad.

 

7 mar. 2007

Ryszard Kapuscinski - El encuentro con el Otro

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El periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski reflexiona sobre los modos en que las distintas culturas establecieron contacto a lo largo de la historia y sobre los desafíos que enfrenta la alteridad


Desde siempre, el encuentro con el Otro ha sido una experiencia universal y fundamental para nuestra especie.

Según dicen los arqueólogos, los primeros grupos humanos eran pequeñas familias o tribus de treinta a cincuenta individuos. De haber sido más numerosas, su nomadismo habría perdido rapidez y eficiencia. De haber sido más reducidas, la autodefensa eficaz y la lucha por la supervivencia les habrían resultado más difíciles.

He aquí, pues, a nuestra pequeña familia o tribu vagando en busca de alimento. De pronto, se topa con otra familia o tribu y descubre que hay otras personas en el mundo. ¡Qué paso significativo en la historia mundial! ¡Qué descubrimiento trascendental! Hasta entonces, los miembros de estos grupos primordiales, que deambulaban en compañía de treinta o cincuenta parientes, habían podido vivir en el convencimiento de que conocían a toda la población mundial. Resultó que no era así: ¡también habitaban el mundo otros seres similares a ellos, otras personas! Pero ¿cómo actuar frente a semejante revelación? ¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar?

¿Debían arremeter contra esas otras personas? ¿Mostrarse indiferentes y seguir su camino? ¿O, más bien, tratar de llegar a conocerlas y comprenderlas?

Hoy afrontamos la misma opción que enfrentaron nuestros antepasados hace miles de años. Una opción no menos intensa, fundamental y categórica que entonces. ¿Cómo debemos comportarnos con el Otro? ¿Cuál debería ser nuestra actitud hacia él? Ella podría desembocar en un duelo, un conflicto o una guerra. Todos los archivos contienen pruebas o testimonios de estos acontecimientos. Y el mundo está jalonado de innumerables ruinas y campos de batalla.

Todo esto demuestra el fracaso del hombre: no supo o no quiso llegar a un entendimiento con el Otro. La literatura de todas las épocas y países ha tomado esta situación de debilidad y tragedia como tema central de mil maneras distintas.

Sin embargo, también podría darse el caso de que, en vez de atacar y combatir, esta familia o tribu primordial decida defenderse del Otro separándose y aislándose. Con el tiempo, esta actitud deriva en cosas tales como las torres y puertas de Babilonia, la Gran Muralla china, el limes romano y las pétreas murallas incaicas.

Afortunadamente, en todo nuestro planeta hay pruebas abundantes, aunque dispersas, de una experiencia humana distinta: la cooperación. Me refiero a los restos de puertos, ágoras, santuarios, plazas del mercado; a los edificios, todavía visibles, de antiguas academias y universidades; a los vestigios de rutas comerciales como el Camino de la Seda, la Ruta del Ambar y la de las caravanas que atravesaban el Sahara.

En todos estos lugares, las personas se reunían para intercambiar ideas y mercancías. Allí hacían sus transacciones y negocios, concertaban pactos y alianzas, descubrían metas y valores compartidos. "El Otro" dejó de ser sinónimo de algo extraño y hostil, peligroso y letalmente maligno. Descubrieron que cada uno llevaba dentro un fragmento del Otro, creyeron en esto y vivieron tranquilas.

Al toparse con el Otro, la gente tuvo, pues, tres alternativas: hacer la guerra, construir un muro a su alrededor o entablar un diálogo.

A lo largo de la historia, la humanidad nunca ha cesado de oscilar entre estas alternativas. Ha optado por tal o cual de ellas, según los tiempos y culturas cambiantes. Salta a la vista que, en esto, la humanidad es voluble, no siempre se siente segura, no siempre pisa suelo firme. Es difícil justificar la guerra. Creo que en ellas todos pierden invariablemente porque las guerras son desastrosas para el hombre. Ponen de manifiesto su incapacidad para comprender, para ponerse en el lugar del Otro, para actuar con sensatez y benevolencia. Por lo común, en tales casos, el encuentro con el Otro termina trágicamente en una catástrofe de sangre y muerte.

En la época contemporánea, la idea que nos llevó a aislarnos del Otro, a rodearnos de grandes murallas y anchos fosos, recibió el nombre de apartheid. Equivocadamente, circunscribimos este concepto a las políticas del régimen blanco sudafricano, hoy difunto. El apartheid ya se practicaba en los tiempos más remotos. Dicho en términos sencillos, sus partidarios proclamaban: "Cada uno es libre de vivir como le plazca, siempre y cuando esté lo más lejos posible de mí si no pertenece a mi raza, religión o cultura". ¡Como si eso fuera todo!

En realidad, contemplamos una doctrina de la desigualdad estructural de la raza humana. Los mitos de muchas tribus y pueblos incluyen la convicción de que sólo ellos son humanos, es decir, "nosotros", los miembros de nuestro clan o comunidad. Los demás, todos los demás, son subhumanos o ni siquiera eso. Una antigua creencia china lo expresa de manera excelente: el extranjero era visto como un engendro del diablo o, en el mejor de los casos, una víctima del destino que no había logrado nacer en China. Esta creencia presentaba al Otro como un perro, una rata o un reptil. El apartheid era, y sigue siendo, una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia el Otro, hacia el extranjero.

¡Qué diferente fue la imagen del Otro cuando prevalecieron las religiones antropomórficas, la creencia de que los dioses podían tomar la forma humana y actuar como personas! Por entonces, nadie podía decir si el caminante, viajero o forastero que venía hacia él era una persona o un dios con aspecto humano. Esa incertidumbre, esa ambivalencia fascinante, fue una de las raíces de la cultura hospitalaria que ordenaba prodigar atenciones al forastero, a ese ser en última instancia incognoscible.

Cyprian Norwid se refiere a esto cuando, en su introducción a la Odisea, analiza las fuentes de la hospitalidad que encuentra Ulises en su viaje de regreso a Itaca. "Allí, ante cada mendigo y caminante extranjero -observa Norwid- la primera sospecha era si no lo enviaría Dios. [...] Nadie podría haber sido recibido como huésped si la primera pregunta hubiera sido: ?¿Quién es este forastero?´. Pero las preguntas humanas sólo venían después, una vez respetada la divinidad que había en él. Llamaban a eso `hospitalidad´ y, por la misma razón, la incluían entre las virtudes y las prácticas piadosas. Para los griegos de Homero, nadie era `el último entre los hombres´: [el forastero] siempre era el primero, es decir, divino."

En esta interpretación griega de la cultura de que habla Norwid, las cosas revelan un nuevo significado favorable a las personas. Las puertas no están solamente para cerrarse contra el Otro; también pueden abrirse a él e invitarlo a entrar. El camino no tiene que estar necesariamente al servicio de tropas hostiles; también puede ser la vía por la que venga hacia nosotros algún dios vestido de peregrino. Gracias a esta interpretación, el mundo que habitamos empieza a ser no sólo más rico y diverso, sino también más benévolo. Un mundo en el que deseamos encontrarnos con el Otro.

Emmanuel Lévinas dice que el encuentro con el Otro es un "acontecimiento" o incluso un "acontecimiento fundamental", la experiencia más importante, la que llega hasta los horizontes más lejanos. Como es sabido, Lévinas fue un filósofo del diálogo, junto con Martin Buber, Ferdinand Ebner y Gabriel Marcel (más tarde, el grupo incluiría a Jozef Tischner). Ellos desarrollaron la idea del Otro como una entidad única e irrepetible, contrapuesta -de manera más o menos directa- a dos fenómenos del siglo XX: el nacimiento de las masas, que abolió el estado de separación del individuo, y la expansión de ideologías totalitarias destructivas.

Estos filósofos, para quienes el valor supremo era el individuo humano (yo, tú, el Otro), intentaron salvarlo de su obliteración por obra de las masas y el totalitarismo. Por eso fomentaron el concepto del "Otro" para subrayar las diferencias entre los individuos, entre sus características no intercambiables e irreemplazables.

Fue un movimiento increíblemente importante que rescató y elevó al ser humano y al Otro. Lévinas propuso que no sólo debemos dialogar cara a cara con el Otro: también debemos "responsabilizarnos" por él. En cuanto a las relaciones con el Otro, con los demás, los filósofos del diálogo rechazaron la guerra porque conducía al aniquilamiento. Criticaron las actitudes de indiferencia o encastillamiento y, en cambio, proclamaron la necesidad -o aun el deber ético- de acercarnos y abrirnos al Otro, de tratarlo con benevolencia.

Dentro del círculo preciso de estas ideas y convicciones, una actitud similar de indagación y reflexión surge y se desarrolla en el gran trabajo de investigación de un hombre que estudió y se doctoró en filosofía en la Universidad Jagielloniana, y fue miembro de la Academia de Ciencias polaca: Bronislaw Malinowski.

Su problema fue cómo abordar al Otro. No como una entidad exclusivamente hipotética y abstracta, sino como una persona de carne y hueso, perteneciente a otra raza, con creencias y valores diferentes de los nuestros y con unas costumbres y cultura propias.

Cabe señalar que el concepto del Otro suele definirse desde el punto de vista del hombre blanco, del europeo. Pero hoy día, cuando cruzo a pie una aldea montañesa de Etiopía, los niños me siguen en alegre tropel y me gritan: "¡Ferenchi, ferenchi!" ("extranjero, otro"). Este es un ejemplo del desmantelamiento de la jerarquía del mundo y sus culturas. Los otros, en verdad, son tales, pero, para estos otros, el Otro soy yo.

En este sentido, todos estamos en el mismo bote. Todos los habitantes de nuestro planeta son el Otro para los Otros, Yo para Ellos y Ellos para Mí.

En tiempos de Malinowski y en los siglos anteriores, el hombre blanco, el europeo, emigró de su continente casi exclusivamente para lucrar: para conquistar nuevas tierras, capturar esclavos, traficar o misionar. A veces, estas expediciones fueron increíblemente sangrientas, como la conquista y colonización de América, Africa, Asia y Oceanía.

Malinowski partió hacia las islas del Pacífico con un objetivo distinto: aprender acerca del Otro. Conocer las costumbres, el lenguaje y el estilo de vida de su prójimo. Quería verlos y sentirlos personalmente, experimentarlos para, luego, poder hablar de ellos. Tal empeño quizá parezca obvio, pero resultó revolucionario y puso el mundo patas arriba.

Desnudó una debilidad o, tal vez, una mera característica que aparece en todas las sociedades, aunque en diversos grados: les cuesta comprender a otras culturas. Lo mismo ocurre con los individuos que pertenecen a determinada cultura y, por ende, son sus partícipes y portadores. Tras su llegada a las islas Trobriand para hacer investigaciones de campo, Malinowski declaró que los blancos con varios años de residencia en el lugar no sólo desconocían por completo a los aborígenes y su cultura: de hecho, la idea que tenían de ellos era totalmente errónea, teñida de desprecio y arrogancia.

Malinowski levantó su tienda en medio de una aldea y convivió con los naturales, como si quisiera fastidiar a los colonos y sus costumbres. Su experiencia no resultó fácil. En A Diary in the Strict Sense of the Term, menciona constantemente sus problemas, enojos, desesperación y depresión.

Liberarse de la propia cultura cuesta muy caro. Por eso es tan importante tener una identidad propia, distinta, y una idea aproximada de nuestra fuerza, valor y madurez. Sólo entonces podremos encarar confiadamente otra cultura. De lo contrario, nos recluiremos, temerosos, en nuestro escondite y nos aislaremos de los otros. Tanto más, por cuanto el Otro es un espejo en el que atisbamos o nos observan, que desenmascara y desnuda, y que preferiríamos evitar.

Es interesante señalar que mientras en su Europa natal se libraba la Segunda Guerra Mundial, el joven antropólogo se concentraba en investigar la cultura de intercambio, contactos y rituales comunes entre los habitantes de las Trobriand -a quienes dedicaría su excelente libro Los argonautas del Pacífico Occidental- y a formular su tesis "para juzgar algo, hay que estar allí", tan raramente observada pese a su importancia.

Propuso otra tesis increíblemente audaz para su época: no hay culturas superiores o inferiores, sólo hay culturas diferentes, con diversos modos de satisfacer las necesidades y expectativas de sus integrantes. Para él, una persona diferente, de una raza y cultura diferentes, es una persona cuya conducta se caracteriza por la dignidad y el respeto de los valores que reconoce, de su tradición y sus costumbres.

Malinowski inició su obra en el momento en que nacían las masas; nosotros vivimos el período de transición de esa sociedad de masas a una nueva sociedad planetaria. Hay muchos factores subyacentes: la revolución electrónica, el desarrollo sin precedentes de todas las formas de comunicación, los grandes progresos en el transporte y el movimiento. Y la consiguiente transformación, todavía en curso, de la cultura, en el sentido lato del término, y de la conciencia de sí misma que tiene la generación más joven.

¿Cómo alterará esto las relaciones entre nosotros, que tenemos una sola cultura, y los pueblos que tienen otra u otras? ¿Cómo influirá en la relación Yo-Otro dentro de mi cultura y más allá de ella? Es muy difícil dar una respuesta inequívoca y concluyente porque el proceso está en curso y nosotros, inmersos en él, no tenemos la menor posibilidad de tomar esa distancia que favorece la reflexión.

Lévinas consideró la relación Yo-Otro dentro de los límites de una civilización única, racial e históricamente homogénea. Malinowski estudió las tribus melanesias cuando todavía se hallaban en su estado prístino, cuando aún no habían sido violadas por el influjo de la tecnología, la organización y los mercados occidentales.

Hoy, esta posibilidad es cada vez menos frecuente. Las culturas se vuelven cada vez más híbridas y heterogéneas. Hace poco, vi algo asombroso en Dubai. Una muchacha, sin duda musulmana, caminaba por la playa. Vestía blusa y jeans muy ceñidos, pero llevaba la cabeza, y sólo la cabeza, tan herméticamente envuelta que ni siquiera se le veían los ojos.

Hoy, escuelas enteras de crítica filosófica, antropológica y literaria se ocupan, sobre todo, de la hibridación y la vinculación. Este proceso cultural está en marcha especialmente en aquellas regiones en que las fronteras de los estados también deslindan culturas diferentes (por ejemplo, la frontera entre Estados Unidos y México) y en las megalópolis cuyas poblaciones representan las más diversas culturas y razas (como San Pablo, Nueva York o Singapur). Decimos que el mundo se ha vuelto multiétnico y multicultural, no porque haya más comunidades y culturas de ese tipo que antes, sino más bien porque expresan con mayor energía y arrogancia, y en voz más alta, su exigencia de ser aceptadas, reconocidas y admitidas en la mesa redonda de las naciones.

Sin embargo, el verdadero desafío de nuestro tiempo, el encuentro con el nuevo Otro, deriva igualmente de un contexto histórico más amplio. En la segunda mitad del siglo XX, dos tercios de la humanidad se liberaron de la dependencia colonial para convertirse en ciudadanos de sus propios estados que, nominalmente al menos, eran independientes. En forma gradual, estos pueblos comienzan a redescubrir su pasado, sus mitos y leyendas, sus raíces, sus sentimientos de identidad y, por supuesto, el orgullo que eso genera. Empiezan a percatarse de que son los amos de su propia casa y los capitanes de su destino. Y miran con aborrecimiento cualquier tentativa de reducirlos a cosas, a figurantes, a víctimas y objetos pasivos de una dominación.

Por siglos, nuestro planeta estuvo habitado por un pequeño grupo de gente libre y grandes multitudes esclavizadas. Ahora, lo colman cada vez más naciones y sociedades con un sentimiento creciente de su valor e importancia individuales. A menudo, este proceso ocurre en medio de enormes dificultades, conflictos, dramas y pérdidas.

Quizás estemos avanzando hacia un mundo tan absolutamente nuevo y cambiado, que nuestra experiencia histórica no bastará para comprenderlo y movernos en él. En todo caso, el mundo en el que entramos es el Planeta de las Grandes Oportunidades. Pero éstas no son incondicionales; más bien, están abiertas únicamente a quienes tomen en serio su trabajo y, así, demuestren que se toman en serio a sí mismos. Este es un mundo con muchas ofertas potenciales, pero también con muchas exigencias, y en el que, a menudo, los atajos fáciles no llevan a ninguna parte.

Nos toparemos constantemente con el nuevo Otro que, poco a poco, irá emergiendo del caos y el tumulto actuales. Este nuevo Otro podría surgir del encuentro de dos corrientes contradictorias que modelan la cultura del mundo contemporáneo: la globalización de nuestra realidad y la conservación de nuestra diversidad y singularidad. Tal vez, el Otro sea el hijo y heredero de estas dos corrientes.

Deberíamos buscar el diálogo y el entendimiento con el nuevo Otro. Los años vividos entre pueblos remotos me enseñaron que la bondad hacia el prójimo es la única actitud que puede tocar el punto sensible, humano, del Otro. ¿Quién será este nuevo Otro? ¿Cómo será nuestro encuentro con él? ¿Qué diremos y en qué idioma? ¿Podremos escucharnos mutuamente? ¿Podremos comprendernos?

Me pregunto si tanto nosotros como el Otro desearemos apelar (y aquí cito a Conrad) a aquello que "habla a nuestra capacidad de deleite y asombro; a la sensación de misterio que rodea nuestra vida; a nuestro sentimiento de piedad, belleza y dolor; al sentimiento latente de confraternidad con toda la Creación. Y a la convicción, sutil pero invencible, de una solidaridad que entrelaza la soledad de innumerables corazones: la solidaridad en los sueños, la alegría, la pena, las ambiciones, las ilusiones, la esperanza, el miedo. La que une a los hombres y a toda la humanidad: los muertos a los vivos y los vivos a los que habrán de nacer".

Por Ryszard Kapuscinski
Cracovia, 2005

El autor es periodista y escritor; entre sus libros, figuran El emperador y El sha. Esta nota se basa en su conferencia de apertura del período lectivo de verano en la Universidad Jagielloniana de Cracovia.

© Ryszard Kapuscinski/Nobel Laureates Plus y La Nación
(Traducción: Zoraida J. Valcárcel)