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3 may. 2007

Lajos Kássak - Arquitectura de la imagen

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¡Abajo el arte!. ¡Viva el arte!. Desde que la primitiva visión cristiana del mundo desapareció, la "solución" de los problemas derivados de la vida humana ha sido tan urgente como ahora: en la era del derrumbamiento del materialismo individual. El hombre nace y el hombre no soporta su vida. Ante nosotros se extienden caminos abiertos, pero no podemos pisarlos, pues carecemos de una meta que nos impulse. Lo que ansiamos conseguir son las cosas exteriores de la vida, las cosas cuya adquisición no es en absoluto imprescindible, que sólo supondrían para nosotros un enriquecimiento material. Y, como seres civilizados que somos, no estamos dispuestos a sacrificarnos por ellas, es decir, a dejar de lado las formas de nuestra informe vida actual, o sea, nuestras realidades sociales. He aquí la raíz que hizo posible la guerra mundial, que condujo al cataclismo ocasionado por el impulso, sin duda violento, de las revoluciones sociales. ¿Quién tiene todavía fe en el futuro como "única santidad" posible?. ¿A quien incita todavía a actuar la "glorificación de la idea"?. Es evidente que sigue escondida en los más profundo de la conciencia del hombre: aquel que se puso como meta la conquista de la tierra no es capaz de conquistar la tierra. Para ser hombres hemos de añorar al superhombre, pues en el camino que nos conduce a él llegaremos inevitablemente a ser hombres. No sabemos convertir nuestra visión del mundo en una forma de vida, más bien la percibimos. La ciencia es una práctica. El arte es visión del mundo. Sólo la creación es vida, y la vida es la materialización de nuestra visión del mundo. El arte es creación significa que es la mayor plenitud vital. Es la meta y también el camino. El arte no ha comenzado jamás y jamás tendrá fin. El arte es una fuerza presente desde siempre como la ética, la revolución, como la plétora de la vida. Por eso no existe un arte antiguo o un arte moderno. Sólo hay arte. Y puesto que el artista no es el dueño, sino el servidor del arte, los productos artísticos de épocas determinadas no nos muestran el rostro del mundo, sino sólo la humanidad que vivía en esa época, un material adecuado o inadecuado para transmitir el arte. Pues el arte es vida, el hombre sólo puede desarrollarse y elevarse en tanto que expresión de esa vida. Así pues, no se puede hacer arte. El artista es como una madre: está preñado de vida. El producto artístico moderno es equiparable a un hombre recién nacido. En determinadas épocas sólo puede nacer un determinado género de hombres, en determinadas épocas sólo pueden surgir productos artísticos determinados. El impulso que mueve interiormente al artista es ese anhelo de expresar el mundo, es decir, a sí mismo, de la forma más íntegra posible. A consecuencia de la eterna mutación del mundo esa meta es inalcanzable, pero el artista vive tan sólo para alcanzar esa meta. Esa es su "tragedia" y eso es lo que lo hace "semejante a los dioses". Cuanto más perfecto es el hombre, tanto más perfecto es su dios. No cabe duda, como los primeros cristianos con su fe colectiva – superando un complejo ya desvanecido cuyas torturas sólo alcanzaron a expresar una o dos dolorosas tragedias – nos hemos aproximado más a una visión del mundo colectiva: percibimos en nosotros mismos la vida cósmica y los problemas de nuestra progresión se resuelven en nosotros mismos. Con nuestra visión del mundo vivimos la propia vida, hemos cerrado el círculo sangriento y el hombre vuelve a ser capaz de expresar el mundo. No para imitarlo, sino para crearlo. El artista actual, en tanto hombre con una visión del mundo, lleva consigo de nuevo la manifestación del arte. No la imagen del mundo, sino la esencia del mundo: Arquitectura. La síntesis del orden puro. En el arte plástico (pero subrayo que lo que existe como una rama y como una especialidad formal del arte existe también en el arte mismo como unidad creadora) los primeros que manifestaron su añoranza por esa nueva síntesis fueron los cubistas, los expresionistas y los artistas Merz. Lo añoraban, pero no lo percibían en su plenitud. De los tres movimientos el que corrió el camino más seguro en esa búsqueda fue el cubismo. Ellos comprendían la disolución del mundo y se buscaban a sí mismos en su arte hasta llegar a la esencia de las cosas, de la construcción; el resultado que obtenían dependía por completo de sus dotes individuales. Sus creaciones no son todavía construcciones formales de una visión del mundo unitaria. Su síntesis no es una síntesis a priori, sino el resultado de una análisis profundo. Sus composiciones no son una materialización de su percepción interior de un devenir inmutable, sino la ilustración de una voluntad científica expresada por medios pictóricos. Sus cuadros no son creaciones por sí mismas, sino transposiciones pictóricas (aunque en inexorable contradicción con el "neutralismo" y reconociendo las leyes del plano) de un mundo que se ha abierto paso hasta la conciencia por vía óptica o anímica. Sus formas están ligadas a la corporeidad de objetos vistos o conocidos y con sus colores tratan de llevar el lienzo perspectivas naturales, y con ellas la "imagen" pierde definitivamente su vida pictórica, se torna ilusoria. La teoría cubista del arte puso la primera piedra de los fundamentos del arte de la época "moderna", pero los propios cubistas superaron el impresionismo sólo formalmente. Pintan al hombre, los animales, el violín, etc., descomponiéndolos geométricamente, cuerpos de tres dimensiones en un plano bidimensional. Sus teorías científicas, nacidas de su conocimiento del plano no pudieron ser traducidas a formas creativas ni siquiera por sus artistas más representativos como Léger y Gleizer. En lugar de ofrecer una plasmación psíquica del hombre se dedicaron a creaciones "más monumentales". Pero eso no indica otra cosa que la existencia de un contraste temático, como sería, por ejemplo, la representación del violinista de Picasso. Está claro que en la actualidad nosotros, con la evolución experimentada por nuestra visión del mundo, nos hemos acercado mucho más a la percepción de las máquinas y las grandes ciudades que nuestros predecesores, de temperamento mucho más idílico, pero en lo que se refiere al arte las "recreaciones pictóricas" y simbólicas de esas cosas, no son más que creaciones de segundo orden. En la última instancia habría que preguntarse si eso va mucho más allá que el impresionismo; como mucho podría decirse que uno traspone con la razón y el otro sin ella. Pero el arte es una creación que nace de una estrictas normas internas. El que más lejos llegó de todos los expresionistas fue Kandinsky. Sus formas carecen casi por completo de puntos de apoyo ópticos, él califica su pintura de pintura absoluta. ¿Es realmente la pintura de Kandinsky una pintura absoluta? Sí. Pero, ¿son las imágenes pictóricas de Kandinsky imágenes absolutas? No. El cuadro, en tanto que creación que habita en una superficie plana, no debe sugerir ningún cuerpo extraño (es decir, un cuerpo que no exista en la imagen) y no debe representar nada. Ni siquiera un proceso psíquico. Pero los cuadros de Kandinsky nos cuentan cosas. Si recorremos con la mirada desde sus primeros cuadro-cuentos hasta su composición de 1920 veremos que esos mismos motivos delicados – que en los lienzos de su primer período aparecen bajo la forma de gnomos y reinas de las hadas – resurgen también en sus obras más recientes, ciertamente sin recurrir a las formas analógicas, pero perfectamente identificables. Así pues, el artista no ha creado un nuevo mundo, lo único que ha hecho es abstraer el mundo "real". No cabe duda de que en la actualidad tampoco pinta cuadros, sino sensaciones. Traslada al lienzo cosas que existen ya en otros ámbitos. Ciertamente con una intensidad sugestiva, como un buen actor que confiere una vida "poderosa" a un personaje prescrito de antemano. Y ambas son creaciones de segundo orden. Pero el arte consiste en crear algo de la nada. Y Kurt Schwitters, el pintor Merz, decía en uno de sus artículos: los cuadros Merz son creaciones abstractas. ¿Qué significa abstracto?. No existe nada que sea abstracto. Transformar en alguna otra cosa, de alguna manera, un objeto partiendo de sus características formales esenciales: ese procedimiento es lo que ellos llaman abstracción. Es decir, partir de alguna cosa de alguna manera. Schwitters, como Kandinsky, transforma sensaciones en cuadros. Ambos artistas se diferencian tan sólo en la elección de los materiales necesarios para expresar sus sensaciones. Kandinsky, el pintor absoluto, se expresa mediante colores, Schwitters, sin embargo, traslada sus sensaciones a la pintura a través del material en conjunto (y aquí radica precisamente sus relevancia colectiva, no buscada, frente a Kandinsky). Traslada sus sensaciones. Sus cuadros llevan títulos concretos. Franz Mullers Draht-Fruhling (La primavera-alambre de Franz Muller), Das grosse Ichbild (El gran cuadro-yo), etc. ¿Acaso estos cuadros pueden ser otra cosa que elaboraciones conscientes de cualesquiera recuerdos o descubrimientos del artista? No. Y, ¿qué pueden ofrecernos esos cuadros? La ilusión de un mundo existente, de un mundo que acaso haya existido o de un mundo que quizás exista en el futuro. Pero en el mejor de los casos la ilusión apenas puede equipararse a la creación. Sin embargo, el arte es creación. El hombre irreal vive en la ilusión. La visión del mundo es el sentimiento de seguridad: la mayor de las realidades. El único criterio para medir el valor del artista es su visión del mundo. El artista que tiene una visión del mundo es capaz de crear lo que sea. Crear es una buena acción constructiva. Construcción es arquitectura. El cuadro absoluto es la arquitectura de la imagen. Aunque las revoluciones materialistas no hubieran aportado nada mas al menos habrían aportado al hombre que piensa la certidumbre de que limitándose a organizaciones que sirven al mantenimiento del poder, limitándose a una revolución meramente económica, no puede resolverse el problema de la vida actual. El orden social capitalista no sólo dispone del militarismo y de la burocracia conservadora adecuada para asesinar al padre, sino también de una fértil fuerza moral y por eso los alborotos de los oprimidos siempre parecen carentes de fuerza. Y es que, desgraciadamente, su hambre, al contrario de lo que sucede con algunos otros frutos vitales más humanos de los capitalistas, siempre podrá ser saciada con un pedazo de pan algo más grande. La revolución que había de liberar al mundo estalla y se extingue precipitándose sobre un mendrugo de pan, como una simple revuelta. Se extingue porque carece de una visión del mundo que la sostenga. Las masas no se han levantado porque no puedan soportar la vida actual, sino porque se le ha prometido el mejor de los mundos. Pero para que la humanidad sea capaz de redimirse alguna vez hace falta no el anhelo de una vida mejor, sino, sobre todo, que no soporten más su vida presente…¡No ha de haber camino de vuelta! Pero, en general, eso sólo es posible si antes o, mejor aún, al mismo tiempo, se ha producido una liberación psíquica. Y es un error pensar que el hombre es seriamente capaz de hacer algo para el "futuro". Vivimos y queremos vivir. Todo lo que está más allá de esta verdad no es más que fraseología revolucionaria o contrarrevolucionaria. Pero fraseología al fin de cuentas. Y la forma en que deseamos vivir depende de nuestra riqueza de sentimientos. Sólo el arte es capaz de elevar el grado de exigencia y la capacidad revolucionaria de nuestros sentimientos. El arte no nos ordena nada, pero es lo que más potencia nuestra capacidad. El arte nos transforma, y nosotros somos entonces capaces de transformar nuestro entorno. Y como ha ocurrido hasta ahora, también en la actualidad y a pesar del torbellino que agita el mundo actual, el arte ha llegado muy cerca del punto a partir del cual tomará forma la nueva imagen del mundo. La ciencia práctica se inclina para servir a la reacción, el arte, por su parte, llegó a sí mismo mediante la arquitectura, es decir, llegó a la esencia del mundo. Hoy en día vemos claramente que el arte es arte; nada más y nada menos. Y no está al servicio de tendenciosos intereses de clase o de partido, sino que él en si mismo es una tendencia de la vida. Del mismo modo, la arquitectura de la imagen no es una "forma de representación" del dios todopoderoso, de la fatídica guerra o del amor idílico, sino una fuerza que se manifiesta ante sí mismo. La arquitectura de la imagen no se asemeja a nada, no cuenta nada, no empieza nada y no acaba nada. Sencillamente está ahí. Del mismo modo que las ciudades imposibles de cercar, que los mares que los barcos recorren, que el bosque tentador o que la creación más cercana a él: la Biblia. Podemos acercarnos a él por cualquier sitio y sentir el todo en cualquier punto. Sencillamente está ahí porque tenía que estar por efecto de su propia fuerza. Y en su existencia es inexorable. Forma parte del carácter de las escuelas artísticas modernas que, como sus predecesoras, aspiran a imitar la realidad. Por ejemplo, refiriéndonos a los cuadros expresionistas, si se desea que impresionara a los espectadores había que buscar un ambiente adecuado, lo más "positivo" posible. Si la imagen era trasladada a un ambiente "malo" desfallecía como una flor cortada, sus colores empalidecían o adquirían excesivo color, sus formas se diluían. El "experto" afirmaba que la imagen no soportaba ese entorno. En el caso de la arquitectura de la imagen ocurre justamente lo contrario. Crece en un ambiente enraizado en una fuerza que habita en su interior y lo que la rodea no manda sobre ella. Sino que soporta su peso. Quien haya acabado amando la arquitectura de la imagen ha de rechazar cualquier clase de forma de vida pequeño burguesa y, consecuentemente, también su propio yo pequeño burgués. La arquitectura de la imagen no crea ilusiones, sino que es realista, no es abstracta, sino naturalista en sentido estricto. Especialmente cuando aparece junto a esa pintura imitativa bautizada como "naturalismo" como una naturaleza imitativa de la que no se distingue en nada: ni de los árboles, ni de los hombres, las montañas u otros "milagros de la naturaleza". Así pues, la arquitectura de la imagen ya no es un cuadro en el sentido académico del término. Es un activo compañero de nuestra vida, símbolo del universo con el que deseamos fundirnos o combatir por nuestra vida. Es un enriquecimiento o algo que nos fuerza a enriquecernos. Por encima de la salsa de colores y de la cabellera de líneas del estudio emergía ante nuestros ojos la arquitectura pictórica como una unidad compuesta por tres elementos: simplicidad, seguridad y verdad. Surgía como representante de la época y nos permitía reconocer el plano – como un espacio real y aprovechable – y las formas de una fe vital colectiva. Hasta este momento el artista se había plantado ante su lienzo lleno de inspiración y el más feliz de todos ellos era aquel que se sentía capaz de asumir el influjo del mundo de tal forma que conseguía trabajosamente introducir y fingir para sí mismo y también para el público una "perspectiva" engañosa. Sabemos muy bien que cuando pintamos un cuadro no perforamos ningún túnel ni construimos casa alguna. Pero construimos un cuadro. La arquitectura pictórica no construye dentro del plano, sino a partir del plano. Se limita sencillamente a partir del plano en cuanto que fundamento predeterminado, no abre perspectivas hacia adentro, lo cual no pasaría de ser una mera ilusión, sino que entra con sus sucesivas capas de colores y de formas en el espacio real y así es como el cuadro alcanza una eterna posibilidad de vida pictórica: la perspectiva natural. La arquitectura de la imagen, así pues, tiene en cuenta, al igual que la arquitectura en general, las leyes de la gravitación y de la física. La perspectiva que nace entre las formas y los colores no procede de la aparente construcción sucesiva de los cuerpos representados, sino de la propia corporeidad de los colores y superficies formales realmente presentes en el cuadro. Por eso es por lo que esos colores y formas respiran vida, viven su auténtica vida real, por contraposición a lo que ocurre con la decoración hecha de formas y colores, que es como los buenos críticos acabarán llamando alguna vez a esta clase de arte. Decorar es llenar la superficie, construir imágenes es construir en el plano. Por eso, nuestros cuadros no son como si, sino que, sencillamente, son. Actúan directamente sobre nosotros y ese efecto no es el que producirían al ver hablar, dibujarse o moverse un retrato copiado, o un paisaje o una construcción de las más modernas ilusiones mecánicas. Y por eso nuestro arte es una creación primaria y nosotros, iguales a nosotros mismos en cada construcción, partimos de nuestro propio territorio, del plano, como punto de partida hacia el espacio, y del mismo modo ya no estamos al servicio de nada, sino que pretendemos transformar el mundo a nuestra imagen y semejanza. Y no por medio de la táctica, como los políticos, y no por medio de la técnica, como chupatintas o un galeote del pincel. Pues para el arte no se necesita técnica, la técnica es rutina y la rutina es reptar por la superficie. Es decir, lo contrario del arte. La arquitectura pictórica derriba todas las escuelas incluso nuestra propia escuela. La arquitectura pictórica no se ata a ningún material ni a ningún medio determinado: al igual que el arte Merz considera válidos todos los materiales y medios para expresarse. La arquitectura pictórica no hace psicología. La arquitectura pictórica no quiere nada. La arquitectura pictórica lo quiere todo. La arquitectura pictórica se ha liberado de los brazos del "arte" y ha superado al dadá. La arquitectura pictórica piensa que ella es el comienzo de un nuevo mundo. La arquitectura pictórica no quiere crecer dentro de una habitación. La arquitectura pictórica quiere ser la habitación misma, ¡quiere ser incluso tu vida personal!. La arquitectura pictórica es tan simple como la suela de una bota, y sin embargo, es el punto de partida de la perfección. La arquitectura pictórica es enemiga de toda clase de arte, pues sólo de ella nacerá el arte. La arquitectura pictórica: 2x2=4. La arquitectura pictórica es el alfa. La arquitectura pictórica ha asesinado los quejumbrosos zigzags y el abigarramiento idílico. La arquitectura pictórica piensa que también la línea recta es una espiral infinita. La arquitectura pictórica ha traducido el espectro cromático al blanco y al negro. La arquitectura pictórica se considera el cenit del hombre. La arquitectura pictórica no quiere morir colgada en una pared. La arquitectura pictórica es una ciudad de calibre americano, una torre acristalada, un sanatorio para enfermos de los pulmones y quiere ser también una fiesta popular. La arquitectura pictórica es arte, el arte es creación y la creación lo es todo.


MA, VII, n° 4, Viena, Marzo 1922
Extraído del cat. de exp. Lajos Kassák y la vanguardia húngara. IVAM, Centre Julio González, Valencia, España, 14 de Julio – 28 de Septiembre de 1999, págs. 88 - 93
Fuente: www.ddooss.org