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11 ene. 2015

Descarga Carl Gustav Jung - Recuerdos, sueños, pensamientos

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En la primavera de 1957, al final de su vida, cuando contaba 81 años, C. G. Jung emprendió la tarea de recapitular y poner por escrito sus «Recuerdos, sueños y pensamientos», con la colaboración de su colega y amiga Aniela Jaffé. En esta autobiografía las anécdotas se ponen al servicio exclusivo de su concepción del inconsciente y del hombre en general. No se detiene en recoger encuentros con otras celebridades ni en pronunciar discursos sobre el curso del mundo. Esta obra constituye el memorial analítico en el que el eminente psiquiatra suizo da a conocer sus años de formación, su ambivalente relación con Freud, sus principales viajes y descubrimientos, y la gestación del conocimiento que adquirió a partir de la experiencia de contacto, en ocasiones perturbador, con las imágenes arquetípicas que surgen del fondo del alma.

17 dic. 2014

Descarga: Carl Gustav Jung - Sobre el amor

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Descarga: Carl Gustav Jung - Sobre el amor

«Mi experiencia como médico, al igual que mi propia vida», escribe C. G. Jung, «me han puesto incesantemente ante la pregunta sobre el amor, y nunca fui capaz de dar una respuesta válida». La presente antología de textos extraídos de la rica obra junguiana recoge algunas de las reflexiones más significativas del psicólogo y psiquiatra en torno a «las imprevisibles paradojas del amor» y al conocimiento de que «únicamente en lo opuesto se enciende la vida».

El recorrido a través del Eros («gran vinculador y desligador»), de la relación entre los sexos, el matrimonio, la comunidad y la relación terapéutica, pone de manifiesto la importancia que para la psicoterapia junguiana tiene no sólo la relación de transferencia entre médico y paciente, sino la relación humana. Ocupado en transmitir a sus pacientes «la ficción que cura», Jung hace sobre todo una invitación a «vivir psicológicamente», dedicado como estuvo a fomentar con su trabajo el desarrollo del individuo.

5 ene. 2014

Carl Gustav Jung - Psicología y religión

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El presente texto constituye un abordaje directo de una de las más discutidas hipótesis junguianas, el inconsciente colectivo, a través del estudio de tres problemas interrelacionados: la función religiosa de los inconscientes, y el problema de la psicología práctica y sus relaciones con la religión. La psicología, así entendida, sólo se ocupa del fenómeno de la experiencia religiosa como actividad de la psique humana, es decir, de cómo se manifiestan en la mente del hombre las ideas religiosas, las ideas que éste tiene de Dios, o del hecho de que no tenga ninguna. De este modo, los fenómenos religiosos no se presentan como una sublimación, sino como expresiones de una auténtica y legítima función de la psique. La psique religiosas son confesiones psíquicas que, en último término, obedecen a procesos inconscientes, pues la religión siempre se manifiesta como una relación viviente con las actividades psíquicas que, en último término, obedecen a procesos inconscientes, pues la religión siempre se manifiesta como una relación viviente con las actividades psíquicas de lo inconsciente. A la vez una contribución a la técnica de la asistencia psicológica y una valiosísima aportación al saber contemporáneo, Psicología y religión puede interesar a un amplio abanico de lectores, incluidos el psiquiatra, el psicoanalista, el psicoterapeuta, el estudios de la filosofía y, en general, cualquier lector no especializado preocupado por tales temas.

7 oct. 2013

6.XII.1933: "Ulises" de James Joyce eximido de la acusación de obscenidad

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H. Matisse: Grabado para Ulises (1935)


La extraordinaria sentencia de la corte de distrito de los Estados Unidos 
pronunciada el 6 de diciembre de 1933 por el honorable John M. Woolsey 
levantando la prohibición que pesaba sobre la circulación del libro Ulises


Demandante:
Corte de Distrito de los Estados Unidos Distrito del Sud de Nueva York Estados Unidos de América

Reclamante:
Un libro llamado «Ulises» de Random House, Inc.

Fallo:
A. 110-59

Las cuestiones contradictorias originadas por un decreto de confiscación acompañado por una requisitoria —descrita más abajo— presentada por los Estados Unidos contra el libro Ulises, de James Joyce, comprendidas en las disposiciones de la Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930, título 19 del Código de los Estados Unidos, por ser dicho libro obsceno dentro del significado de esa Sección y, por lo tanto, no permitiéndosele su entrada en los Estados Unidos, sujeto a embargo, decomiso, confiscación y destrucción. Fiscal de los Estados Unidos —señor Samuel C.

Coleman y el señor Nicolás Atlas, consejero —en representación del Ministerio Público de los Estados Unidos, sosteniendo la legalidad de un decreto de confiscación y oponiéndose a un pedido de revocatoria del decreto que prohíbe la circulación.

Los señores Greembaum, Wolff y Ernst —por el señor Morris L. Ernst y el señor Alejandro Lindey como consejero—, apoderados del reclamante Random House, Inc., pidiendo una declaratoria de ilegalidad del decreto que ordena la confiscación del libro Ulises. Woolsey, J.

El pedido de la declaratoria de ilegalidad es acordado y, en consecuencia, la medida del Gobierno decretando el decomiso y la confiscación es denegada.

Por consiguiente, un fallo invalidando ese decreto sin costas puede ser pronunciado en este caso.

I — La práctica seguida en este asunto está de acuerdo con la tesis sostenida por mí en el caso de: Estados Unidos v. Un libro intitulado «Anti-Concepción», 51 F. (2°) 525 y es como sigue:

Después que la cuestión quedara debidamente planteada y abierta la causa, se llegó a un acuerdo entre el Fiscal de los Estados Unidos y los apoderados del reclamante, proveyendo:

1) Que el libro Ulises, en su integridad literaria y tal como ha sido escrito, informa la materia de este juicio y ha sido incorporado al proceso.
2) Que los litigantes desistieron de su derecho a un juicio por jurado.
3) Que cada litigante se reserva el derecho de formular las peticiones a su favor que creyera justas.
4) Que sobre las cuestiones contradictorias la Corte decidirá toda cuestión de hecho y derecho y pronunciará un latido general sobre el mismo.
5) Que sobre la decisión de tales impedimentos, el decreto de la Corte podrá ser incoado como una sentencia pronunciada en juicio. Me parece que un procedimiento de esta clase es altamente apropiado a resoluciones sobre confiscación de libros como el que nos ocupa. Es un procedimiento especialmente ventajoso en el presente caso, pues en virtud de la extensión del libro Ulises y la dificultad que ofrece su lectura, un juicio por jurado hubiera sido un método en extremo desacertado, por no decir imposible de llevar a cabo.

II — He leído Ulises una vez en su totalidad y varias veces los pasajes de los cuales el Gobierno se queja en forma particular. De hecho, durante muchas semanas he dedicado mi tiempo libre a la consideración del fallo que mi deber me exigía en este asunto. Ulises no es un libro fácil de leer o comprender. Pero se ha escrito mucho sobre él y para acercarse con propiedad a su consideración es conveniente leer cierto número de libros que ahora se han convertido en sus satélites. El estudio de Ulises es, en consecuencia, una, pesada tarea.

III — La reputación de Ulises en el mundo literario justificaba, empero, mi decisión de emplear todo el tiempo que fuera necesario para compenetrarme a mi entera satisfacción de la intención con que el libro fue escrito, pues, desde luego, en todos los casos en que un libro es tachado de obsceno, primero se debe determinar si la intención del autor al escribirlo fue lo que comúnmente se llama pornografía; es decir, escribir con el propósito de explotar la obscenidad. Si se llega a la conclusión de que el libro es pornográfico, habrá terminado la consulta y el decomiso deberá hacerse. Pero en Ulises, a pesar de su franqueza inusitada, no encuentro en ningún lugar el propósito equívoco del sensualista. Sostengo, por consiguiente, que no es pornográfico.

IV — Al escribir Ulises, Joyce trató de hacer un experimento serio en un género literario nuevo, si no enteramente inédito. Toma a personas de la más modesta clase media, que viven en Dublín en 1904 y trata no solamente de describir lo que hicieron cierto día, a comienzos del mes de junio, mientras iban y venían por la ciudad empeñadas en sus ocupaciones habituales, sino que también trata de contar lo que muchas de ellas pensaron entretanto. Joyce ha intentado —con éxito asombroso, según creo— mostrar cómo la pantalla de la conciencia, con sus impresiones calidoscópicas siempre fugaces, lleva, cual si fuese un palimpsesto plástico, no solamente lo que queda de las cosas que suceden a su alrededor en el foco de observación de una persona, sino también los residuos de impresiones pasadas que quedan en una zona de penumbra y que surgen por asociación de ideas desde las profundidades del subconsciente. Luego muestra cómo cada una de esas impresiones influye en la vida y en la conducta del personaje que está describiendo. Lo que él trata de conseguir no difiere del resultado de una doble exposición sobre una película cinematográfica o, si ello es posible, de una exposición múltiple que diera un primer plano claro sobre un fondo visible pero algo borroso, y fuera de foco en grados constantemente variables.

Tener que explicar con palabras un efecto que evidentemente se presta más para una técnica gráfica, es causa principalísima, según creo, de la obscuridad con que tropieza el lector de Ulises. Y también justifica otro aspecto del libro que debo, además, considerar, o sea la sinceridad de Joyce y su honesto esfuerzo para mostrar con exactitud cómo operan las mentes de sus personajes.

Si Joyce no intentara ser honesto desarrollando la técnica que ha adoptado en Ulises, el resultado sería psicológicamente falso e infiel, por lo tanto, a la técnica elegida. Tal actitud sería artísticamente imperdonable. Y es porque Joyce se ha mantenida leal a su técnica y no ha intentado evadirse de sus necesarias implicaciones, sino que ha tratado honestamente de contar con plenitud lo que sus personajes piensan, que ha sido objeto de tantos ataques y que la finalidad por él perseguida ha sido tan a menudo mal entendida y mal interpretada. Pues su propósito de realizar sincera y lealmente el móvil propuesto le exigió usar incidentalmente ciertas palabras que en general son consideradas sucias y lo ha llevado a veces a lo que muchos consideran una preocupación demasiado acentuadamente sexual en los pensamientos de sus personajes. Las palabras tildadas de sucias son viejos términos sajones, conocidos por casi todos los hombres y, me arriesgo a decir, por muchas mujeres, y son las palabras que emplearía natural y habitualmente, creo yo, la clase de gente cuya vida física y mental Joyce está tratando de describir. Respecto a la reaparición insistente del tema del sexo en la mente de los personajes, no se debe olvidar que éstos actúan en un ambiente céltico y en plena temporada primaveral.

Que a uno le agrade o no una técnica como la que usa Joyce, es cuestión de gusto y sobre la cual toda discusión es inútil. Pero pretender someter esa técnica a los puntos de vista de otras técnicas me parece punto menos que absurdo. 

Por consiguiente, sostengo que Ulises un libro sincero y honesto, y pienso que las críticas quedan enteramente compensadas por su razonada exposición.

V — Además, Ulises un asombroso tour de force si se considera el éxito que ha obtenido, en principio, con un objeto tan difícil como el que Joyce se había propuesto. Como ya he dicho, Ulises no es un libro de fácil lectura. Es brillante y aburrido, inteligible y oscuro alternativamente. En muchos pasajes me resulta desagradable; pero, aunque contiene —como ya he mencionado— muchas palabras consideradas vulgarmente sucias, no he hallado nada que denote complacencia en tal suciedad. Cada palabra del libro contribuye como un trozo de mosaico al detalle del cuadro que Joyce está tratando de ofrecer a sus lectores.

Si uno no desea asociarse con gente como la que Joyce pinta, es asunto que queda librado al criterio personal. Para evitar contactos indirectos como esos personajes, uno puede no desear la lectura de Ulises; eso es bastante comprensible. Pero si un verdadero artista de la palabra, como Joyce lo es indudablemente, intenta trazar una imagen real de la clase media más baja de una ciudad europea, ¿debe ser legalmente imposible para el público norteamericano ver esa imagen?

Para contestar a esta pregunta no es suficiente llegar a la conclusión, como lo he hecho más arriba, de que Joyce no escribió Ulises con lo que vulgarmente se llama «intención pornográfica». Debo esforzarme por aplicar un criterio más objetivo a su libro a fin de determinar su efecto, prescindiendo de la intención con que fue escrito.

VI — La ley en la cual el decreto está comprendido, solamente pena, en lo que nos concierne, la introducción en los Estados Unidos de cualquier libro obsceno proveniente de cualquier país extranjero. (Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930. Título 19, Código de los Estados Unidos, pág. 1305.) No esgrime contra los libros la amenaza de los adjetivos condenatorios que generalmente se hallan en leyes que tratan asuntos de esta índole. Se requiere de mí, por lo tanto, únicamente que determine si Ulises es obsceno dentro de la definición legal de dicha palabra.

El significado de la palabra «obsceno», como la definen legalmente las Cortes, es: Tendiente a excitar los impulsos sexuales o a inducir a pensamientos sexualmente impuros y sensuales. Dunlop v. Estados Unidos, 165 U. S. 486, 501; Estados Unidos v. Un libro intitulado Amor conyugal, 48 F. (2°) 821, 824; Estados Unidos v. Un libro intitulado Anti-Concepción, 51 F. (2°) 525, 528; y compárese Dysart v. Estados Unidos, 272 U. S. 622, 657; Swearingen v. Estados Unidos, 161 U. S. 446, 450; Estados Unidos v. Dennett, 39 F. (29) 564, 568 (C. C.A. 2); El Pueblo v.

Wendling, 258 N. Y. 451, 453. Si un determinado libro tendiera a excitar tales impulsos y pensamientos, tendría que ser probado por la Corte, en cuanto a su efecto, en una persona de instintos sexuales normales —lo que los franceses llaman l’homme moyen sensuel—, que desempeña en esta rama de investigaciones legales el mismo papel de reactivo hipotético que el «hombre razonable» en la Ley de Agravios y «el hombre entendido en arte» respecto a cuestiones de invención en la Ley de Patentes.

El riesgo involucrado en el uso de tales reactivos surge de la tendencia inherente del examinador de hechos, por imparcial que intente ser, de subordinar demasiado su reactivo a su propia idiosincrasia. Aquí he intentado evitar esto en lo posible y hacer mi reactivo más objetivo de lo que hubiese podido ser de otra manera, adoptando el siguiente proceder:

Después de haber tomado mi decisión acerca de ese aspecto de Ulises que ahora se considera, confronté mis impresiones con las de dos amigos míos, que en mi opinión reunían los requisitos arriba mencionados para mi reactivo.

Estos asesores literarios —como bien podría llamarlos— fueron visitados separadamente y ninguno sabía que yo había consultado al otro. Son ellos hombres cuya opinión sobre la literatura y la vida valoro muy altamente. Los dos habían leído Ulises y, desde luego, estaban completamente desvinculados de esta causa.

Sin hacer saber a ninguno de mis asesores cuál era mi decisión, di a cada uno la definición legal de «obsceno» y le pregunté si en su opinión Ulises era «obsceno» dentro de esa definición.

Me interesó comprobar que ambos estaban de acuerdo con mi opinión: Que Ulises, leído en su integridad, como un libro debe ser leído en una prueba como ésta, no tendía a excitar impulsos sexuales o pensamientos sensuales, sino que su efecto sobre ellos era solamente el de un comentario algo trágico y muy poderoso sobre la vida íntima de hombres y mujeres.

La ley concierne únicamente a personas normales. Un ensayo tal como el que he descrito, es, por lo tanto, la única prueba apropiada de «obscenidad» en el caso de un libro como Ulises, que es un intento sincero y serio de crear un nuevo método literario para la observación y descripción de la humanidad.

Me doy perfecta cuenta de que, debido a alguna de sus escenas, Ulises es un trago más bien fuerte para ser gustado por algunas personas sensibles, aunque normales; pero mi opinión, madurada tras larga reflexión, es que mientras en muchos pasajes el efecto que Ulises produce sobre el lector es indudablemente algo emético, en ninguna parte tiende a ser un afrodisíaco.

Por lo tanto, Ulises puede ser admitido en los Estados Unidos.

Jorris M. Woosley
Juez de Distrito de los EE.UU.
6 de diciembre de 1933


Advertencia

El Juez John M. Woolsey ha eximido a Ulises de la acusación de obscenidad, emitiendo una opinión que promete convertirse en un acontecimiento de importancia en la historia de la lucha por la libre expresión. La obra maestra de James Joyce, por cuya circulación la gente ha sido tildada de criminal, puede ahora entrar libremente en este país.

Sería difícil sobreestimar la importancia de la decisión del juez Woolsey. Durante décadas los censores han luchado por mutilar la literatura. Han tratado de exaltar las sensibilidades de los melindrosos como un criterio para la sociedad, han procurado reducir el material de lectura de los adultos al nivel; de los adolescentes y personas subnormales, y han fomentado evasiones y santurronerías.

El caso de Ulises marca un punto decisivo. Es un golpe para los censores. La necesidad de hipocresía y circunloquios en literatura ha sido eliminada. Los escritores no necesitan más buscar refugio en eufemismos. Pueden ahora describir las funciones humanas sin temor a la ley.

El caso de Ulises tiene una triple significación. La definición y el concepto de obscenidad nos han molestado durante mucho tiempo. El juez Woolsey nos ha dado una fórmula que es lúcida, racional y práctica. Al proceder así, no solamente ha definido un concepto laberíntico de la ley, sino que ha sentado una opinión que lo eleva al nivel del antiguo juez de la Corte Suprema Oliver Wendell Holmes como maestro de la prosa jurídica. Su servicio a la causa de las letras libres no ha sido de menor importancia. Pero tal vez su mayor servicio ha sido para la sociedad. El precedente que ha establecido, hará mucho para liberar el pábulo mental del público, de los censores que se han esforzado por convertirlo en un hecho definido.

La primera semana de diciembre de 1933 pasará a la historia por dos revocaciones: la de prohibición y la de compulsión legal por remilgos en la literatura. No es inconcebible que estas dos hayan estado íntimamente ligadas en un reciente pasado, y que las represiones sexuales encontraran desahogo en la intemperancia. Sea como fuere, podemos ahora conocer libremente el contenido de las botellas y de los libros.

Puede ser que, en el futuro, la derogación del tabú sexual en las letras resulte de la mayor importancia. Tal vez la intolerancia que cerró nuestras destilerías fue la intolerancia que decretó que las funciones humanas básicas debían ser tratadas en los libros en forma furtiva. Felizmente, ambas cosas fueron ahora repudiadas.

El caso Ulises es la culminación de una prolongada y porfiada lucha contra los censores, que data de la victoria sobre la New York Vice Society en el caso Mademoiselle de Maupin, en 1922, y en los casos de The Well of Loneliness, el caso Dennet, los casos de los libros del Dr. Stopes, el caso Casanova’s Homecoming, el caso Frankie and Johnnie y el caso de God’s Little Acre, de Erskine Caldwell, que han servido para liberalizar la ley de la obscenidad. La victoria de Ulises contribuye a la saludable marcha de nuestros tribunales.

Desde el caso de Ulises debe de aquí en adelante ser imposible a los censores sustentar legalmente un ataque contra ningún libro de integridad artística, por franco y crudo que resulte. Hemos recorrido un largo trecho desde los días de Bowdler y Mrs. Grundy y Comstock. Podemos regocijarnos del resultado.

Jorris L. Ernst
Nueva York, diciembre 11, 1933


Incluido en Carl Gustav Jung: Quién es "Ulises" (1930)
Edición: Santiago Rueda (1944), Luis A. Hernández R. (2013)
Traducción: Santiago Rueda
Imagen: Grabado de Henri Matisse (1935) para Ulises de James Joyce

9 sept. 2011

Martin Freud - Papá odiaba las bicicletas...

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Papá odiaba las bicicletas, no sé por qué, pero le disgustaban, aunque amigos como el viejo profesor Kassowitz eran entusiastas ciclistas; éste con frecuencia se llevaba a toda su familia en largas excursiones de ciclismo. Los herederos de estos entusiastas son los ágiles jóvenes y muchachas ciclistas que se ven hoy en las grandes ciudades deslizándose velozmente mientras desafían a la muerte entre el tránsito motorizado. En aquellos tiempos los vehículos a motor eran aún raros y la bicicleta, que podía desafiar la distancia y el tiempo, tenía la cualidad casi mágica de dejar atrás al caballo de montar o de tiro. Los caminos no eran como los de ahora y los arriesgados ciclistas tenían muchas dificultades (y muchos chichones) mientras se abrían paso, pero la afición era real y para papá afectaba a todas las clases. Las motocicletas pronto parecieron lograr el rechazo de papá. Pese a su disgusto por las bicicletas, no llegó a prohibir a sus hijos que practicasen el nuevo deporte y a todos se nos equipó con buenos y nuevos modelos. Esto no impidió que expresase sus sentimientos cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. 

Recuerdo cuando hizo un viaje de reconocimiento para encontrar un nuevo lugar de vacaciones para la familia. El lugar era Mondsee en el Salzkammergut. De allí envió a casa un poema diciendo que el Mondsee no convenía, y el motivo del verso era el gran número de ciclistas, que la hacía insegura para los niños. El poema de papá no se presta a la traducción, principalmente por la acrobacia con el idioma alemán que parecía deleitarle. Decía que había que detestar a los ciclistas por el polvo que levantaban y la cantidad de niños que derribaban (Weil sie den Staub linieren un die Kinder ueberfuehren). 

Su insistencia en el derribar de los niños fue tal vez desdichada porque no pasó mucho hasta que su hijo mayor atropelló a un niño y fue arrestado, siendo conducido a la más cercana estación de policía. 

El resultado fue que regresé a casa muy tarde, después que mis hermanos y hermanas se habían acostado, pero mis padres formaban una audiencia interesada. En mi relato destaqué repetidamente lo bien dispuesto y hasta amable que había sido el oficial de policía, y mamá, que hacía muchas preguntas, lo apreció. Por el contrario, papá, que había escuchado en silencio, terminó la reunión observando con frialdad: "Sin duda ese oficial de policía es un ciclista". 

Lo que Ernest Jones en su biografía de mi padre denomina "la emergencia del aislamiento" no fue un cambio bienvenido por nosotros. Creo que preferíamos el aislamiento de papá. Él no sólo era generoso con su dinero sino también con su tiempo, aunque realmente no disponía de mucho para ofrecer. Trabajaba diez horas por día en análisis, aparte de escribir trabajos y su correspondencia. 

Naturalmente, eran muy ligeros los contactos de sus hijos con los sabios que venían a visitarlo para discutir sus teorías. A los visitantes generalmente se les invitaba a quedarse a comer y casi siempre notamos que les interesaba poco el alimento que les servían y tal vez menos mamá y nosotros. Sin embargo siempre se esforzaban por mantener una conversación cortés con ella y nosotros, casi siempre sobre teatro o deportes, porque el tiempo no era un tema útil como lo es en Inglaterra para esas oportunidades. No obstante se advertía fácilmente que lo que deseaban era que terminase la reunión social y volver con papá a su estudio para hablar más del psicoanálisis. Jung era una excepción. Nunca hacía el menor intento de hablar con mamá o con nosotros sino que continuaba el debate interrumpido por el llamado a la mesa. En estas ocasiones hablaba él solo, y papá lo escuchaba con no disimulado deleite. Entendíamos poco de aquello pero para mí como para papá era fascinante su manera de describir un caso. Recuerdo ahora el caso de un hombre que después de ser tímido y estar inhibido durante los dos primeros tercios de su vida, en la segunda parte de su edad madura desarrolló una personalidad dominante, y la historia de otro, un esquizofrénico, cuyo dibujo revelaba sorprendente vitalidad y excelencia. 

Los casos no tenían gran importancia por sí. Debatidos por Jung se convertían en cuadros claros. 

Aquellos de mis lectores que han estudiado psicología moderna aprendieron mucho sobre Jung —probablemente tanto como de Freud—, pero para otros su nombre puede carecer de significado. Jung tenía un cargo directivo en la más famosa clínica psiquiátrica de Suiza y era un científico de gran reputación. Creo que sus características más importantes eran su vitalidad, su vivacidad, su capacidad de proyectar su personalidad y de controlar a quienes lo escuchaban. 

Jung tenía una presencia imponente. Era muy alto y de anchas espaldas, erguido parecía más un soldado que un hombre de ciencia y médico. Tenía una cabeza teutona con un prominente mentón, pequeño bigote, ojos azules, delgado, cabello cortado al rape. Sólo lo vi una vez. Cuando después actué mucho en los círculos psicoanalíticos ya había abandonado a los partidarios de Freud; no puedo decir de que haya reparado en mí. 

Mi hermana Matilde me dijo que una vez cuando hacía compras en Viena con Jung y su familia, se ordenó atención a los soldados que bordeaban la calle. El emperador iba a pasar. Con un rápido "Perdónenme por favor" Jung corrió para unirse a la multitud con tanto entusiasmo como un muchacho. 

Uno de los muy pocos psicoanalistas que demostraron interés por los hijos de su anfitrión en Bergasse era el doctor Sandor Ferenczy, de Budapest. Gozaba del especial favor de papá. Hombre vivaz, ingenioso y muy afectuoso, no tuvo la menor dificultad en lograr mi devota amistad, no afectada por el hecho de que yo sabía que él asumía el papel de mentor en el deseo de ayudarme en mi tránsito de la adolescencia a la madurez. 

No conocí al doctor Adler, a quien los biógrafos, así como aquellos que escriben sobre psicoanálisis, asociaron con tanta frecuencia a mi padre. 

Sabíamos de las reuniones de los miércoles a la noche en la sala del departamento de Bergasse donde grandes mentes dirigidas por papá se esforzaban por hacer afluir el conocimiento sospechado, pero aun fugitivo y no registrado con la precisión que demanda la ciencia. Oíamos cuando llegaban, pero raras veces los veíamos. La inevitable curiosidad de muchacho me llevó a inspeccionar la disposición de la sala antes que llegasen los invitados. Junto a cada silla alrededor de la mesa había siempre un cenicero de la colección de papá, algunos de jade chino. Comprendía la necesidad de esta multiplicidad de ceniceros una noche cuando al volver de un baile miré a la sala de la que acababan de salir los visitantes. El ambiente estaba todavía cargado de humo y me pareció maravilloso que seres humanos pudiesen haber vivido allí unas horas y que se pudiese hablar sin inconvenientes en esa humareda. No pude comprender nunca cómo lo soportaba papá y menos que le agradase, y sin embargo así era. Es posible que para alguno sus visitantes la atmósfera cargada de humo fuese ordalía, pero lo consideraban un bajo precio por el alto privilegio de un estrecho contacto personal con un gran maestro. 

Raras veces vi al doctor Fliess, el mejor amigo de papá durante dieciséis años, y no puedo recordar detalles personales de él. Su retrato, aun después de finalizar aquella gran amistad, siempre quedó en un lugar de honor en el estudio de mi padre. Otra amistad, la del doctor Breuer, había terminado mucho antes de que yo tuviese uso de razón, pero las relaciones con su familia quedaron cordiales y aun tengo unas fotos que muestran a los hijos de Freud y los nietos de Josef Breuer jugando en las vacaciones de verano en Altaussee. Por rara coincidencia un nieto de Josef Breuer y uno de Sigmund Freud (mi hijo), ambos oficiales británicos en la N° 1 Special Force, se arrojaron en paracaídas del mismo aeroplano en territorio enemigo durante los últimos meses de la guerra y ambos sobrevivieron.


En Sigmund Freud, mi padre
Imagen: © Bettmann/CORBIS


17 may. 2011

Carl Gustav Jung - Los pueblos indios

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Necesitamos siempre un punto de vista al margen de las cosas para emplear eficazmente la palanca de la crítica. Ello es especialmente válido para las cuestiones psicológicas en las cuales somos más parcialmente subjetivos que en cualquier otra ciencia. Por ejemplo, ¿cómo podremos hacernos cargo de las características nacionales si nunca tenemos ocasión de contemplar nuestra nación desde fuera? Contemplar desde fuera significa ver desde el punto de vista de otra nación. Para ello es necesario adquirir un conocimiento suficiente del alma colectiva ajena, y en este proceso de asimilación se enfrenta uno con todas aquellas incompatibilidades que constituyen el prejuicio nacional y la idiosincrasia nacional. Todo lo que a mí me irrita, en otro puede convertirse en conocimiento de mí mismo. Comprendo a Inglaterra sólo cuando yo como suizo no encajo con ella. Europa, nuestro mayor problema, sólo la comprendo si veo, como europeo, que yo no encajo en el mundo. Gracias a mi trato con muchos americanos y a mis viajes hacia América y a través de ella se debe mucho de mi comprensión y crítica de la naturaleza de europeo, y me parece que no hay nada más provechoso para un europeo que contemplar a Europa desde lo alto de un rascacielos. Por primera vez contemplé el espectáculo europeo desde el Sahara, rodeado de una civilización que es a la nuestra algo así como la antigüedad romana es a la época moderna. Luego en América comprendí hasta qué punto estaba yo preso todavía en la consciencia de la cultura del hombre blanco. Entonces creció en mí el deseo de proseguir de este modo la comparación histórica descendiendo a un nivel cultural aún más profundo.

Mi siguiente viaje lo realicé en compañía de algunos amigos americanos. Visité a los indios de Nuevo México, y concretamente a los pueblos indios constructores de ciudades. Por cierto, que «ciudades» es decir demasiado, pues en realidad son aldeas nada más, pero sus casas apiñadas y construidas una sobre otras sugirieron la palabra «ciudad», así como su idioma y todas sus costumbres. Allí tuve por primera vez la suerte de hablar con un no europeo, es decir,
con un hombre no blanco. Era un cacique del pueblo Tao, un hombre inteligente de entre cuarenta y cincuenta años. Se llamaba Ochwiä Biano (Lago de montaña). Pude hablar con él de un modo como raramente he hablado con un europeo. Evidentemente estaba preso en su mundo, como un europeo lo está en el suyo, pero ¡en qué mundo! Si se habla con un europeo, uno encalla siempre en lo conocido desde tiempo inmemorial y, sin embargo, nunca comprendido; en cambio allí uno navega por mares profundos y exóticos. En ello no se sabe qué es lo más fascinante, si la visita desde la otra orilla o el descubrimiento de nuevos accesos a lo remotamente conocido y casi olvidado. 

«Mira», decía Ochwiä Biano, «lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos».

Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos.

Me respondió: «Dicen que piensan con la cabeza.»

«¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú?», le pregunté.

«Nosotros pensamos aquí», dijo señalando su corazón. Quedé sumido en largas reflexiones. Por vez primera en mi vida me pareció que alguien me había trazado un retrato del auténtico hombre blanco. Era como si hasta entonces sólo hubiera recibido impresiones teñidas de sentimentalismo. Este indio había acertado nuestro punto vulnerable y señalado algo para lo que somos ciegos. Sentí nacer en mí como una niebla difusa, algo desconocido y, sin embargo, entrañablemente íntimo. Y de esta nebulosa iban surgiendo, imagen tras imagen, primero legiones romanas, tal como irrumpieron en las ciudades de la Galia, las facciones angulosas de Julio César, Escipión el Africano, Pompeyo. Vi la nobleza romana en el mar del Norte y a orillas del Nilo blanco. Entonces vi a Agustín cómo predicaba el credo cristiano a los británicos a punta de lanzas romanas, y la gloriosa misión de Carlomagno entre los gentiles; luego las bandas criminales y devastadoras del ejército de cruzados y con una íntima punzada vi claramente la futilidad del tradicional romanticismo de las cruzadas. A continuación venían Colón, Cortés y los demás conquistadores que con el fuego y la espada, la tortura y hasta con el cristianismo aterrorizaron a estos pueblos remotos, que soñaban apaciblemente al sol, su padre. Vi también la despoblación de Oceanía mediante las ropas infectadas de escarlatina, el aguardiente y la sífilis.

Con esto tuve ya bastante. Lo que describimos como colonización, misiones, difusión de la civilización, etc., presenta también otro rostro, un rostro de ave de rapiña que acecha con cruel avidez el lejano botín, un rostro digno de una ralea de piratas y salteadores. Todas las águilas y demás animales de rapiña que adornan nuestros escudos de armas me parecieron exponentes psicológicos adecuados a nuestra verdadera naturaleza.

Todavía algo más de lo que me dijo Ochwiä Biano se me grabó en la memoria. Lo que me dijo me parece tan unido a la atmósfera ambiente, que mi descripción sería incompleta si de ello no mencionara nada. Nuestra conversación tuvo lugar en el tejado del quinto piso del edificio principal. Desde allí se veían figuras en otros tejados envueltas en sus sarapes de lana abismados en la contemplación del sol errante que todos los días se elevaba en un cielo puro. A nuestro alrededor se agrupaban las humildes casas cuadradas construidas con ladrillos secados al aire (adobes) con las típicas escaleras de mano que conducían desde el suelo al techo o de techo en techo a los pisos superiores. (En los primitivos tiempos de inseguridad la entrada acostumbraba a estar en el techo.) Ante nosotros se extendía la ondulante meseta del Tao (aproximadamente a 2.300 metros sobre el nivel del mar) hasta el horizonte donde se elevaban algunas cumbres cónicas (antiguos volcanes) hasta los 4.000 metros. Detrás de nosotros, frente a las casas, corría un río claro, y en la otra orilla había un segundo «pueblo», con sus casas de adobes rojas edificadas una detrás de otra en dirección al centro de la población, y que anticipaban curiosamente la perspectiva de una gran urbe americana con sus rascacielos en el centro. Quizás a una media hora, aguas arriba, se alzaba una enorme montaña aislada, la montaña que no tiene nombre. La leyenda dice que los días en que la montaña está oculta por las nubes, los hombres desaparecen aguas arriba en cumplimiento de
misteriosos ritos.

El pueblo indio es extremadamente reservado e impenetrable por completo en lo que respecta a su religión. Del ejercicio de su culto hace intencionadamente un misterio. Es algo tan celosamente guardado que abandoné sin esperanzas el camino de la pregunta directa. Nunca anteriormente había notado aún tal atmósfera de misterio, pues las religiones de los actuales pueblos civilizados son todas accesibles; sus sacramentos hace ya mucho tiempo que han dejado de ser misteriosos. Pero aquí el aire estaba saturado de misterio, lo que era consciente para todos, pero inaccesible a los blancos. Esta extraña situación me recordó a Eleusis, cuyo secreto era conocido por una nación y, sin embargo, nunca fue revelado. Comprendí lo que sintió un Pausanias o un Herodoto cuando escribían «...no me está permitido citar el nombre de aquel Dios». Sin embargo, no lo sentí como un secreto insidioso, sino como un secreto vital, cuya revelación comportaba peligro tanto para el individuo como para la colectividad. El guardar el secreto da al «pueblo» orgullo y fuerza de resistencia frente al predominio del blanco. Le da unidad y firmeza y se siente como certeza que los «pueblos» existirán como colectividad independiente mientras sus misterios no sean desvelados.

Me resultó asombroso ver cómo varía la expresión del indio cuando habla de sus concepciones religiosas. En la vida corriente demuestra el indio un notable autodominio y dignidad, hasta una indiferencia casi apática. Si, por el contrario, habla de cuestiones que tienen relación con sus misterios, experimenta una súbita emoción que no puede ocultar, hecho que contribuía mucho a mi curiosidad. Tal como ya dije, tuve que abandonar por inútil el interrogatorio directo. Pero si quería saber algo esencial hacía observaciones de tanteo y me fijaba en el rostro de mi interlocutor en los para mí bien conocidos gestos emotivos. Si yo había acertado en lo esencial, el indio callaba o daba una respuesta evasiva, pero con todos los signos de una profunda emoción, con frecuencia se le saltaban las lágrimas de los ojos. Sus concepciones no son para él teoría alguna (que debería ser de naturaleza muy especial para poder provocar lágrimas), sino hechos de significado tan grande y conmovedor como las realidades externas que les corresponden.

Cuando estaba sentado en el tejado con Ochwiä Biano y al elevarse el sol cada vez más alto y con luz deslumbrante, dijo, señalando al sol: «¿No es nuestro padre el que por allí va? ¿Cómo se puede decir otra cosa? ¿Cómo puede haber otro Dios? Nada puede existir sin el sol», su excitación, visible ya, aumentó aún más, meditó unas palabras y por fin exclamó: «¿Qué quiere hacer un hombre solo en las montañas? No puede ni siquiera encender el fuego sin él.»

Le pregunté si no creía que el sol fuese una bola de fuego creada por un dios invisible. Mi pregunta ni siquiera le produjo asombro, y menos aún enojo. Nada en absoluto pareció reaccionar en él, a pesar de que era evidente que mi pregunta no le parecía tonta. Le dejó completamente frío. Tuve la sensación de estar ante una pared infranqueable. La única respuesta que obtuve fue: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo.»

A pesar de que nadie puede sustraerse a la poderosa impresión del sol, me resultó una experiencia nueva que me afectó profundamente ver a estos hombres maduros y dignos bajo una emoción que no podían ocultar cuando hablaban del sol.

En otra ocasión me hallaba junto al río y miraba hacia la montaña que se elevaba todavía casi 2.000 metros sobre la meseta. Pensaba concretamente que tal era el techo del continente americano y la gente aquí vivía en la presencia del sol, como los hombres que, envueltos en su serape, se hallan en los más elevados techos del «pueblo», taciturnos y absortos en sí mismos, en presencia del sol. Entonces se oyó una voz profunda que vibraba de secreta emoción detrás de mi oído izquierdo: «¿No crees que toda vida viene de la montaña?» Un anciano indio se había aproximado, calzado con silenciosos mocasines, y me planteaba esta pregunta —que no sé hasta dónde abarcaba. Una ojeada al río que surgía de la montaña me mostró la imagen externa que corroboraba esta concepción. Evidentemente aquí toda vida provenía de la montaña, pues donde hay agua, hay vida. Nada era más evidente. Sentí en su pregunta una emoción vinculada a la palabra «montaña» y pensé en el rumor de los ritos secretos que se celebraban en la montaña. Le respondí: «Todo el mundo puede ver que dices la verdad.»

Desgraciadamente se interrumpió pronto la conversación y no pude obtener una idea más profunda del simbolismo del agua y de la montaña.

Observé que los pueblos indios tan a disgusto como hablaban de algo que afectaba a su religión, hablaban con gran solicitud y viveza de sus relaciones con los yanquis. «¿Por qué», dijo Mountain Lake, «no nos dejan los yanquis en paz? ¿Por qué quieren prohibir nuestras danzas? ¿Por qué no quieren permitir a nuestros jóvenes dejar la escuela cuando nosotros queremos llevarles a la Kiwa (templo) e instruirles en religión? ¡Pero si nosotros no hacemos nada en contra de los yanquis!». Tras una larga pausa, prosiguió: «Los yanquis quieren prohibir nuestra religión. ¿Por qué no pueden dejarnos en paz? Lo que nosotros hacemos, lo hacemos no sólo por nosotros, sino también para los yanquis. Sí, lo hacemos para todo el mundo. Pues es bueno para todos.»

Observé en su excitación que evidentemente se refería a algo muy importante de su religión. Por ello le pregunté: «¿Creéis que lo que hacéis en vuestra religión es bueno para todo el mundo?» Respondió apasionadamente: «Naturalmente, ¿si no lo hiciéramos, qué sería del mundo?» Y con un gesto lleno de significado señaló el interlocutor al sol.

Sentí que llegábamos a un terreno muy espinoso que lindaba con los misterios de la raza. «Nosotros somos un pueblo», dijo, «que vive en el techo del mundo, somos los hijos del padre sol, y con nuestra religión ayudamos diariamente a nuestro padre a recorrer el cielo. No lo hacemos sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Si no pudiéramos ejercer más nuestra religión, no saldría el sol ya más en diez años. Entonces sería siempre de noche».

Entonces comprendí en qué consistía la «dignidad», la serena naturalidad del individuo: es el hijo del sol, su vida tiene un sentido cosmológico, ayuda a su padre y mantenedor de toda vida en su salida y ocaso diarios. Comparemos con ello nuestra automotivación, nuestro sentido de vida que nos formula la razón, y con ello no podemos menos que sentirnos impresionados por nuestra miseria. Por mera envidia tenemos que reírnos de la ingenuidad de los indios y mostrarnos orgullosos de nuestra inteligencia para no descubrir cuán empobrecidos y rebajados estamos. El saber no nos enriquece sino que nos aleja cada vez más del mundo místico, en el cual tuvimos una vez nuestra verdadera patria.

Desprendámonos por un instante de todo racionalismo europeo y sumerjámonos en la clara atmósfera de aquellas aisladas mesetas, que por una parte dan a las extensas praderas continentales y por la otra al silencioso océano, prescindamos de nuestra consciencia del mundo y cambiémosla por un aparentemente infinito horizonte vinculado a una inconsciencia del mundo y comenzaremos a comprender el punto de vista del pueblo indio. «Toda vida viene de la montaña» es algo directamente convincente para él. Del mismo modo es profundamente consciente de que vive en el techo de un mundo infinito, inmediato al caos. Él, ante todo, posee el oído de la divinidad y sus cultos alcanzarán lo antes posible el lejano sol. El carácter sagrado de la montaña, la aparición de Jehová en el Sinaí, la inspiración que Nietzsche experimentó en Engadina, se encuentran en la misma línea. La idea, que nos parece absurda, de que una ceremonia litúrgica pueda influir mágicamente en el sol, no resulta menos irracional al contemplarla de cerca, pero tiene para nosotros un significado más íntimo de lo que pueda parecer en un principio. Nuestra religión cristiana, como todas las demás, está imbuida por la idea de que mediante una ceremonia especial o un tipo determinado de acto se pueda influir en Dios, por ejemplo, mediante ritos u oraciones o mediante una moral del agrado de Dios.

Frente a la influencia de Dios sobre los hombres está el culto litúrgico del hombre como respuesta y repercusión y quizás no sólo esto, sino también como «influencia» activa, como imperativo mágico. El hecho de que el hombre se sienta capaz de responder satisfactoriamente a la poderosa influencia de Dios y ejercer a su vez una contrainfluencia esencial en el mismo Dios es una sensación de orgullo que eleva al individuo a la categoría de factor metafísico. «Dios y nosotros» — incluso cuando no es más que un sous-entendu inconsciente—, en un plano equivalente se basa aquella serenidad envidiable. Un hombre tal está, en el pleno sentido de la palabra, en su lugar.


En Recuerdos, sueños, pensamientos
Imagen: © Bettmann/CORBIS


1 jul. 2007

Carl Jung a James Joyce
Pero allí donde usted nada, ella se ahoga

1 comentario :


Joyce mantuvo otra relación con el psicoanálisis, o mejor dicho con un psicoanalista, y en esa relación personal, en una anécdota, se sintetiza un elemento clave de la tensión entre psicoanálisis y literatura. Joyce estaba muy atento a la voz de las mujeres. Él escuchaba a las mujeres que tenía cerca: escuchaba a Nora, que era su mujer, una mujer extraordinaria; escuchándola, escribió muchas de las mejores páginas del Ulises, y los monólogos de Molly Bloom tienen mucho que ver con las cartas que le había escrito Nora en distintos momentos de su vida (…) Joyce estaba muy atento a la voz femenina, a la voz secreta de las mujeres a las que amaba. Sabía oir. Él, que escribió “Ulises”, no temía oir ahí, junto a él, el canto siniestro y seductor de las sirenas. Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucía Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucía terminó psicótica, murió internada en una clínica suiza en 1962. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucía era escribir. Joyce la impulsaba a escribir, leía sus textos, y Lucía escribía, pero a la vez se colocaba cada vez en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung. Estaban viviendo en Suiza y Jung, que había escrito un texto sobre el Ulises y que por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce, tenía ahí su clínica. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija, y le dijo a Jung: “Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo”, porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico (…) es totalmente fragmentado, onírico, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: “Pero allí donde usted nada, ella se ahoga”.

Ricardo Piglia, Formas breves. Ed. Temas en el margen, 1999
Fuente: Saber y poder
http://hrcorvalan.wordpress.com/2007/02/24/joyce-lucia-y-jung/