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19 may. 2015

Descarga: James Joyce - Ulises. Traducción: J. Salas Subirat

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Descarga: James Joyce - Ulises. Traducción: J. Salas Subirat

Ulises, una de las novelas más famosas del siglo XX, se publicó por vez primera en París en 1922, ya que estuvo prohibida por inmoral tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, países en los que sólo pudo publicarse durante los años treinta. La traducción francesa, en la que intervino el mismo Joyce, es de 1929 y la primera en lengua castellana se publicó en Argentina en 1945.

Se trata de un extensísimo relato que transcurre en Dublín en un solo día, el 16 de junio de 1904, y su personaje principal es el judío Leopold Bloom, cuyas andanzas por la ciudad reproducen el esquema argumental de la Odisea homérica; su Penélope —que aquí no tiene nada de fiel— será Molly Bloom, y el hijo de Ulises, Telémaco, es Stephen Dedalus, el protagonista de la anterior novela de Joyce Retrato del artista adolescente, a quien la reciente muerte de su madre ha confirmado en su sensación de orfandad espiritual.

La estructura del libro es un alarde de virtuosismo: cada episodio posee un estilo diferente y corresponde, además, a una hora del día, a un color, a un pasaje de la Odisea o a un momento de la misa. Ulises constituye una de las empresas literarias más ambiciosas de nuestro siglo y se ha erigido en una de las obras cumbre de la novela contemporánea.

26 feb. 2015

Descarga: James Joyce - Dublineses

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Descarga: James Joyce - Dublineses

Publicado en 1914, Dublineses es uno de los libros de relatos más unitarios y perfectos alumbrados por un autor. Pese a gravitar en su totalidad en torno a Dublín y sus personajes enmarcados en un periodo histórico muy concreto (el que habría de anteceder en breve a la independencia de la católica Irlanda respecto al protestante Reino Unido, y sobre todo Inglaterra), James Joyce (1882-1941) muestra en los quince cuentos que integran la obra una sensibilidad y penetración difícilmente igualables a la hora de captar la naturaleza humana en sus distintas edades y condiciones, así como en el laberinto de las relaciones personales y sociales. La impecable estructura del libro, que parte de las primeras experiencias infantiles para ir recorriendo el arco de la existencia humana, culmina en esa obra maestra que es el relato titulado «Los muertos», sin duda alguna una de las cumbres del género.

24 ene. 2015

James Joyce - Duplicados

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James Joyce © Estate Gisèle Freund / IMEC Images


El timbre sonó rabioso y, cuando Miss Parker se acercó al tubo, una voz con un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa:

- ¡A Farrington que venga acá!

Miss Parker regresó a su máquina, diciéndole a un hombre que escribía en un escritorio:

- Mr Alleyne, que suba a verlo.

El hombre musitó un ¡Maldita sea! y echó atrás su silla para levantarse. Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara colgante, de color vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos, ligeramente botados, tenían los blancos sucios. Levantó la tapa del mostrador y, pasando por entre los clientes, salió de la oficina con paso pesado.

Subió lerdo las escaleras hasta el segundo piso, donde había una puerta con un letrero que decía Mr Alleyne. Aquí se detuvo, bufando de hastío, rabioso, y tocó. Una voz chilló: - -¡Pase!

El hombre entró en la oficina de Mr Alleyne. Simultáneamente, Mr Alleyne, un hombrecito que usaba gafas de aro de oro sobre una cara raída, levantó su cara sobre una pila de documentos. La cara era tan rosada y lampiña que parecía un gran huevo puesto sobre los papeles. Mr Alleyne no perdió un momento:

- ¿Farrington? ¿Qué significa esto? ¿Por qué tengo que quejarme de usted siempre? ¿Puedo preguntarle por qué no ha hecho usted copia del contrato entre Bodley y Kirwan? Le dije bien claro que tenía que estar listo para las cuatro.

- Pero Mr Shelly, señor, dijo, dijo…

- Mr Shelly, señor, dijo… Haga el favor de prestar atención a lo que digo yo y no a lo que Mr Shelly, señor, dice. Siempre tiene usted una excusa para sacarle el cuerpo al trabajo. Déjeme decirle que si el contrato no está listo esta tarde voy a poner el asunto en manos de Mr Crosbie… ¿Me oye usted?

- Sí, señor.

- ¿Me oye usted ahora?… ¡Ah, otro asuntico! Más valía que me dirigiera a la pared y no a usted. Entienda de una vez por todas que usted tiene media hora para almorzar y no hora y media. Me gustaría saber cuántos platos pide usted… ¿Me está atendiendo?

- Sí, señor.

Mr Alleyne hundió su cabeza de nuevo en la pila de papeles. El hombre miró fijo al pulido cráneo que dirigía los negocios de Crosbie & Alleyne, calibrando su fragilidad. Un espasmo de rabia apretó su garganta por unos segundos y después pasó, dejándole una aguda sensación de sed. El hombre reconoció aquella sensación y consideró que debía coger una buena esa noche. Había pasado la mitad del mes y, si terminaba esas copias a tiempo, quizá Mr Alleyne le daría un vale para el cajero. Se quedó mirando fijo a la cabeza sobre la pila de papeles. De pronto, Mr Alleyne comenzó a revolver entre los papeles buscando algo. Luego, como si no hubiera estado consciente de la presencia de aquel hombre hasta entonces, disparó su cabeza hacia arriba otra vez y dijo:

- ¿Qué, se va a quedar parado ahí el día entero? ¡Palabra, Farrington, que toma usted las cosas con calma!

- Estaba esperando a ver si…

- Muy bien, no tiene usted que esperar a ver si. ¡Baje a hacer su trabajo!

El hombre caminó pesadamente hacia la puerta y, al salir de la pieza, oyó cómo Mr Alleyne le gritaba que si el contrato no estaba copiado antes de la noche Mr Crosbie tomaría el asunto entre manos.

Regresó a su buró en la oficina de los bajos y contó las hojas que le faltaban por copiar. Cogió la pluma y la hundió en la tinta, pero siguió mirando estúpidamente las últimas palabras que había escrito: En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar… Caía el crepúsculo: en unos minutos encenderían el gas y entonces sí podría escribir bien. Sintió que debía saciar la sed de su garganta. Se levantó del escritorio y, levantando la tapa del mostrador como la vez anterior, salió de la oficina. Al salir, el oficinista jefe lo miró, interrogativo.

- Está bien, Mr Shelly -dijo el hombre, señalando con un dedo para indicar el objetivo de su salida.

El oficinista jefe miró a la sombrerera y viéndola completa no hizo ningún comentario. Tan pronto como estuvo en el rellano el hombre sacó una gorra de pastor del bolsillo, se la puso y bajó corriendo las desvencijadas escaleras. De la puerta de la calle caminó furtivo por el interior del pasadizo hasta la esquina y de golpe se escurrió en un portal. Estaba ahora en el oscuro y cómodo establecimiento de O'Neill y, llenando el ventanillo que daba al bar con su cara congestionada, del color del vino tinto o de la carne magra, llamó:

- Atiende, Pat, y sé bueno: sírvenos un buen t.c.

El dependiente le trajo un vaso de cerveza negra. Se lo bebió de un trago y pidió una semilla de carvi. Puso su penique sobre el mostrador y, dejando que el dependiente lo buscara a tientas en la oscuridad, dejó el establecimiento tan furtivo como entró.

La oscuridad, acompañada de una niebla espesa, invadía el crepúsculo de febrero y las lámparas de Eustace Street ya estaban encendidas. El hombre se pegó a los edificios hasta que llegó a la puerta de la oficina y se preguntó si acabaría las copias a tiempo. En la escalera un pegajoso perfume dio la bienvenida a su nariz: evidentemente Miss Delacour había venido mientras él estaba en O'Neill's. Arrebujó la gorra en un bolsillo y volvió a entrar en la oficina con aire abstraído.

- Mr Alleyne estaba preguntando por usted -dijo el oficinista jefe con severidad-. ¿Dónde estaba metido?

El hombre miró de reojo a dos clientes de pie ante el mostrador para indicar que su presencia le impedía responder. Como los dos clientes eran hombres el oficinista jefe se permitió una carcajada.

- Yo conozco el juego -le dijo-. Cinco veces al día es un poco demasiado… Bueno, más vale que se agilice y le saque una copia a la correspondencia del caso Delacour para Mr Alleyne.

La forma en que le hablaron en presencia del público, la carrera escalera arriba y la cerveza que había tomado con tanto apuro habían confundido al hombre y al sentarse en su escritorio para hacer lo requerido se dio cuenta de lo inútil que era la tarea de terminar de copiar el contrato antes de las cinco y media. La noche, oscura y húmeda, ya estaba aquí y él deseaba pasarla en los bares, bebiendo con sus amigos, entre el fulgor del gas y tintineo de vasos. Sacó la correspondencia de Delacour y salió de la oficina. Esperaba que Mr Alleyne no se diera cuenta de que faltaban dos cartas.

El camino hasta el despacho de Mr Alleyne estaba colmado de aquel perfume penetrante y húmedo. Miss Delacour era una mujer de mediana edad con aspecto de judía. Venía a menudo a la oficina y se quedaba mucho rato cada vez que venía. Estaba sentada ahora junto al escritorio en su aire embalsamado, alisando con la mano el mango de su sombrilla y asintiendo con la enorme pluma negra de su sombrero. Mr Alleyne había girado la silla para darle el frente, el pie derecho montado sobre la rodilla izquierda. El hombre dejó la correspondencia sobre el escritorio, inclinándose respetuosamente, pero ni Mr Alleyne ni Miss Delacour prestaron atención a su saludo. Mr Alleyne golpeó la correspondencia con un dedo y luego lo sacudió hacia él diciendo: Está bien: puede usted marcharse.

El hombre regresó a la oficina de abajo y de nuevo se sentó en su escritorio. Miró, resuelto, a la frase incompleta: «En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar…», y pensó que era extraño que las tres últimas palabras empezaran con la misma letra. El oficinista jefe comenzó  apurar a Miss Parker, diciéndole que nunca tendría las cartas mecanografiadas a tiempo para el correo. El hombre atendió al taclequeteo de la máquina por unos minutos y luego se puso a trabajar para acabar la copia.Pero no tenía clara la cabeza y su imaginación se extravió en el resplandor y el bullicio del pub. Era una noche para ponche caliente. Siguió luchando con su copia, pero cuando dieron las cinco en el reloj todavía le quedaban catorce páginas por hacer. ¡Maldición! No acabaría a tiempo. Necesitaba blasfemar en voz alta, descargar el puño con violencia en alguna parte. Estaba tan furioso que escribió «Bernard Bernard» en vez de «Bernard Bodley», y tuvo que empezar una página limpia de nuevo.

Se sentía con fuerza suficiente para demoler la oficina él solo. El cuerpo le pedía hacer algo, salir a regodearse en la violencia. Las indignidades de la vida lo enfurecían… ¿Le pediría al cajero un adelanto a título personal? No, el cajero no serviría de nada, mierda: no le daría el adelanto… Sabía dónde encontrar a los amigos: Leonard y O'Halloran y Chisme Flynn. El barómetro de su naturaleza emotiva indicaba altas presiones violentas. 

Estaba tan abstraído que tuvieron que llamarlo dos veces antes de responder. Mr. Alleyne y Miss Delacour estaban delante del mostrador y todos los empleados se habían vuelto, a la expectativa. El hombre se levantó de su escritorio. Mr. Alleyne comenzó a insultarlo, diciendo que faltaban dos cartas. El hombre respondió que no sabía nada de ellas, que él había hecho una copia fidedigna. Siguieron los insultos: tan agrios y violentos que el hombre apenas podía contener su puño para que no cayera sobre la cabeza del pigmeo que tenía delante.

—No sé nada de esas otras dos cartas —dijo, estúpidamente.

—«No-sé-nada.» Claro que no sabe usted nada —dijo Mr. Alleyne—.Dígame —añadió, buscando con la vista la aprobación de la señora que tenía al lado—, ¿me toma usted por idiota o qué? ¿Cree usted que yo soy un completo idiota?

Los ojos del hombre iban de la cara de la mujer a la cabecita de huevo, y viceversa; y, casi antes de que se diera cuenta de ello, su lengua tuvo un momento feliz:

—No creo, señor —le dijo—, que sea justo que me haga usted a mí esa pregunta.

Se hizo una pausa hasta en la misma respiración de los empleados.Todos estaban sorprendidos (el autor de la salida no menos que sus vecinos), y Miss Delacour, que era una mujer robusta y afable, empezó a reírse. Mr. Alleyne se puso rojo como una langosta y su boca se torció con la vehemencia de un enano. Sacudió el puño en la cara del hombre hasta que pareció vibrar como la palanca de alguna maquinaria eléctrica.

—¡So impertinente! ¡So rufián! ¡Le voy a dar una lección! ¡Va a saber lo que es bueno! ¡Se excusa usted por su impertinencia o queda despedido al instante! ¡O se larga usted, ¿me oye?, o me pide usted perdón!

Se quedó esperando en el portal frente a la oficina para ver si el cajero salía solo. Pasaron todos los empleados y, finalmente, salió el cajero con el oficinista jefe. Era inútil hablarle cuando estaba con el jefe. El hombre se sabía en una posición desventajosa. Se había visto obligado a dar una abyecta disculpa a Mr. Alleyne por su impertinencia, pero sabía la clase de avispero que sería para él la oficina en el futuro. Podía recordar cómo Mr.Alleyne le había hecho la vida imposible a Peakecito para colocar en su lugar a un sobrino. Se sentía feroz, sediento y vengativo: molesto con todos y consigo mismo. Mr. Alleyne no le daría un minuto de descanso; su vida sería un infierno. Había quedado en ridículo, ¿Por qué no se tragaba la lengua? Pero nunca congeniaron, él y Mr. Alleyne, desde el día en que Mr. Alleyne lo oyó burlándose de su acento de Irlanda del Norte para hacerles gracia a Higgins y a Miss Parker: ahí empezó todo. Podría haberle pedido prestado a Higgins, pero nunca tenía nada. Un hombre con dos casas que mantener, cómo iba, claro, a tener…

Sintió que su corpachón dolido echaba de menos la comodidad del pub. La niebla le calaba los huesos, y se preguntó si podría darle un toque a Paten O'Neill's. Pero no podría tumbarle más que un chelín — y  de qué sirve un chelín. Y, sin embargo, tenía que conseguir dinero como fuera: había gastado su último penique en la negra y dentro de un momento sería demasiado tarde para conseguir dinero en otro sitio. De pronto, mientras se palpaba la cadena del reloj, pensó en la casa de préstamos de Terry Kelly, en Fleet Street. ¡Trato hecho! ¿Cómo no se le ocurrió antes?

Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarlo bien esa noche. El dependiente de Terry Kelly dijo: «¡Una corona!» Pero el acreedor insistió en seis chelines; y como suena le dieron seis chelines. Salió alegre de la casa de empeño, formando un cilindro con las monedas en su mano.En Westmoreland Street las aceras estaban llenas de hombres y mujeres jóvenes volviendo del trabajo y de chiquillos andrajosos corriendo de aquí para allá gritando los nombres de los diarios vespertinos. El hombre atravesó la multitud presenciando el espectáculo por lo general con satisfacción llena de orgullo y echando miradas castigadoras a las oficinistas. Tenía la cabeza atiborrada de estruendo de tranvías, de timbres y de frote de troles, y su nariz ya olfateaba las coruscantes emanaciones del ponche. Mientras avanzaba repasaba los términos en que relataría el incidente a los amigos:

Así que lo miré a él en frío, tú sabes, y le clavé los ojos a ella. Luego lo miré a él de nuevo, con calma, tú sabes. «No creo que sea justo que usted me pregunte a mí eso», díjele.

Chisme Flynn estaba sentado en su rincón de siempre en Davy Byrne'sy, cuando oyó el cuento, convidó a Farrington a una media, diciéndole que era la cosa más grande que oyó jamás. Farrington lo convidó a su vez. Al rato vinieron O'Halloran y Paddy Leonard. Hizo de nuevo el cuento.

O'Halloran pagó una ronda de maltas calientes y contó la historia de la respuesta que dio al oficinista jefe cuando trabajaba en la Callan's de Fownes's Street: pero, como su respuesta tenía el estilo que tienen en las églogas los pastores liberales, tuvo que admitir que no era tan ingeniosa como la contestación de Farrington. En esto Farrington les dijo a los amigos que la pulieran, que él convidaba.

¡Y quién vino cuando hacía su catálogo de venenos sino Higgins! Claroque se arrimó al grupo. Los amigos le pidieron que hiciera su versión del cuento, y él la hizo con mucha vivacidad, ya que la visión de cinco whiskys calientes es muy estimulante. El grupo rugió de risa cuando mostró cómo Mr. Alleyne sacudía el puño en la cara de Farrington. Luego, imitó a Farrington, diciendo: «Y allí estaba mi tierra, tan tranquila», mientras Farrington miraba a la compañía con ojos pesados y sucios, sonriendo y aveces chupándose las gotas de licor que se le escurrían por los bigotes.

Cuando terminó la ronda se hizo una pausa. O'Halloran tenía algo, pero ninguno de los otros dos parecía tener dinero, por lo que el grupo tuvo que dejar el establecimiento a pesar suyo. En la esquina de Duke Street, Higgins y Chisme Flynn doblaron a la izquierda, mientras que los otros tres dieron la vuelta rumbo a la ciudad. Lloviznaba sobre las calles frías, y, cuando llegaron a las Oficinas de Lastre, Farrington sugirió la Scotch House. El bar estaba colmado de gente y del escándalo de bocas y de vasos. Los tres hombres se abrieron paso por entre los quejumbrosos cerilleros a la entrada y formaron su grupito en una esquina del mostrador. Empezaron a cambiar cuentos. Leonard les presentó a un tipo joven llamadoWeathers, que era acróbata y artista itinerante del Tívoli. Farrington invitó a todo el mundo. Weathers dijo que tomaría una medida de whisky del país y Apollinaris. Farrington, que tenía noción de las cosas, les preguntó a los amigos si iban a tomar también Apollinaris; pero los amigos le dijeron a Tim que hiciera el de ellos caliente. La conversación giró en torno al teatro. O´Halloran pagó una ronda y luego Farrington pagó otra, con Weathers protestando de que la hospitalidad era demasiado irlandesa. Prometió que los llevaría tras bastidores que él y Leonard irían pero no Farrington, ya que era casado; y los pesados ojos sucios de Farrington miraron socarrones a sus amigos, en prueba de que sabía que era chacota. Weathers hizo que todos bebieran una tinturita por cuenta suya y prometió que los vería algo más tarde en Mulligan´s de Poolbeg Street.

Cuando la Scotch House cerró se dieron una vuelta por Mulligan´s. Fueron al salón de atrás y O’Halloran ordenó grogs para todos. Empezaban a sentirse entonados. Farrington acababa de convidar otra ronda cuando regresó Weathers. Para gran alivio de Farrington esta vez pidió un vaso de negra. Los fondos escaseaban, pero les quedaba todavía para ir tirando. Al rato entraron dos mujeres jóvenes con grandes sombreros y un joven de traje a cuadros y se sentaron en una mesa vecina. Weathers los saludó y les dijo a su grupo que acababan de salir de Tívoli. Los ojos de Farrington se extraviaban a menudo en dirección a una de las mujeres. Había una nota escandalosa en su atuendo. Una inmensa bufanda de muselina azul pavoreal daba vueltas al sombrero para anudarse en un gran lazo por debajo de la barbilla; y llevaba guantes color amarillo chillón, que le llegaban al codo. Farrington miraba, admirado, el rollizo brazo que ella movía a menudo y con mucha gracia; y cuando más tarde, ella le devolvió la mirada, admiró aun más sus grandes ojos pardos. Todavía lo fascinó la expresión oblicua que tenían. Ella lo miró de reojo una o dos veces y cuando el grupose marchaba, rozó su silla y dijo Oh perdón con acento de Londres. La vio salir del salón en espera de que ella mirara hacia atrás, pero se quedó esperando. Maldijo su escasez de dinero y todas las rondas que había tenido que pagar, particularmente los whiskys y las Apollinaris que tuvo que pagarle a Weathers. Si había algo que detestaba era un gorrista. Estaba tan bravo que perdió el rastro de la conversación de sus amigos.

Cuando Paddy Leonard le llamó la atención se enteró de que estaban hablando de pruebas de fortaleza física. Weathers exhibía sus músculos al grupo y se jactaba tanto que los otros dos llamaron a Farrington para que defendiera el honor patrio. Farrington accedió a subirse una manga y mostró sus bíceps a los circunstantes. Se examinaron y comprobaron ambos brazos, y finalmente se acordó que lo que había que hacer era pulsar. Limpiaron la mesa y los dos hombres apoyaron sus codos en ella, enlazando las manos. Cuando Paddy Leonard dijo: «¡Ahora!», cada cual trató de derribar el brazo del otro. Farrington se veía muy serio y decidido.

Empezó la prueba. Después de unos treinta segundos, Weathers bajó el brazo de su contrario poco a poco hasta tocar la mesa. La cara color de vino tinto de Farrington se puso más tinta de humillación y de rabia al haber sido derrotado por aquel mocoso.

—No se debe echar nunca el peso del cuerpo sobre el brazo —dijo—.Hay que jugar limpio.

—¿Quién no jugó limpio? —dijo el otro.

—Vamos de nuevo. Dos de tres.

La prueba comenzó de nuevo. Las venas de la frente se le botaron a Farrington, y la palidez de la piel de Weathers se volvió tez de peonía. Sus manos y brazos temblaban por el esfuerzo. Después de un largo pulseo, Weathers volvió a bajar la mano de su rival, lentamente, hasta tocar la mesa. Hubo un murmullo de aplauso de parte de los espectadores. El dependiente, que estaba de pie detrás de la mesa, movió en asentimiento su roja cabeza hacia el vencedor y dijo con confianza zoqueta:

—¡Vaya! ¡Más vale maña!

—¿Y qué carajo sabes tú de esto? —dijo Farrington furioso, cogiéndola con el hombre—. ¿Qué tienes tú que meter tu jeta en esto?

—¡Sió! ¡Sió! —dijo O'Halloran, observando la violenta expresión de Farrington—. A ponerse con lo suyo, caballeros. Un sorbito y nos vamos.

El hombre, con cara de pocos amigos, esperaba en la esquina del puente de O'Connell el tranvía que lo llevaba a su casa. Estaba lleno de rabia contenida y de resentimiento. Se sentía humillado y con ganas de desquitarse; no estaba siquiera borracho; y no tenía más que dos peniques en el bolsillo. Maldijo a todos y a todo. Estaba liquidado en la oficina, había empeñado el reloj y gastado todo el dinero; y ni siquiera se había emborrachado. Empezó a sentir sed de nuevo y deseó regresar al caldeado pub. Había perdido su reputación de fuerte, derrotado dos veces por un mozalbete. Se le llenó el corazón de rabia, y cuando pensó en la mujer del sombrerón que se rozó con él y le pidió «¡Perdón!», su furia casi lo ahogó.

El tranvía lo dejó en Shelbourne Road y enderezó su corpachón por la sombra del muro de las barracas. Odiaba regresar a casa. Cuando entró por el fondo se encontró con la cocina vacía y el fogón de la cocina casi apagado. Gritó por el hueco de la escalera:

—¡Ada! ¡Ada!

Su esposa era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho. Tenían cinco hijos. Un niño bajó corriendo las escaleras.

—¿Quién es ése? —dijo el hombre, tratando de ver en la oscuridad.

—Yo, papá.

—¿Quién es yo? ¿Charlie?

—No, papá, Tom.

—¿Dónde se metió tu madre?

—Fue a la iglesia.

—Vaya… ¿Me dejó comida?

—Sí, papá, yo…

—Enciende la luz. ¿Qué es esto de dejar la casa a oscuras? ¿Ya están los otros niños en la cama?

El hombre se sentó pesadamente a la mesa mientras el niño encendía la lámpara. Empezó a imitar la voz blanca de su hijo, diciéndose a media: «A la iglesia. ¡A la iglesia, por favor!» Cuando se encendió la lámpara, dio un puñetazo en la mesa y gritó:—¿Y mi comida?

—Yo te la voy… a hacer, papá —dijo el niño.

El hombre saltó furioso, apuntando para el fogón.

—¿En esa candela? ¡Dejaste apagar la candela! ¡Te voy a enseñar por lo más sagrado a no hacerlo de nuevo!

Dio un paso hacia la puerta y sacó un bastón de detrás de ella.

—¡Te voy a enseñar a dejar que se apague la candela! —dijo, subiéndose las mangas para dejar libre el brazo.

El niño gritó: «Ay, papá», y le dio vueltas a la mesa, corriendo y gimoteando. Pero el hombre le cayó detrás y lo agarró por la ropa. El niño miró a todas partes desesperado, pero al ver que no había escape, se hincó de rodillas.

—¡Vamos a ver si vas a dejar apagar la candela otra vez! —dijo el hombre, golpeándolo salvajemente con el bastón—. ¡Vaya, coge, maldito!

El niño soltó un alarido de dolor al sajarle el palo un muslo. Juntó las manos en el aire y su voz tembló de terror.

—¡Ay, papá! —gritaba—. ¡No me pegues, papaíto! Que voy a rezar un padrenuestro por ti… Voy a rezar un avemaria por ti, papacho, si no me pegas… Voy a rezar un padrenuestro…



En Dublineses
Traducción: Guillermo Cabrera Infante
Imagen: © Estate Gisèle Freund / IMEC Images

13 dic. 2014

Descarga: James Joyce - Los muertos

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Descarga: James Joyce - Los muertos

Uno de los máximos exponentes del impulso renovador de la prosa que se dio a principios de siglo y que dejó una impronta indeleble en la literatura posterior es James Joyce (1882-1941), autor de la novela Ulises, uno de los hitos literarios del siglo XX. Incluido en Dublineses —colección de quince relatos centrados en su ciudad natal, Dublín, que tiene como objetivo «denunciar el alma de esa hemiplejía o parálisis que algunos llaman ciudad»—, Los muertos constituye una pequeña obra maestra de la narrativa contemporánea.

1 dic. 2014

Descarga: James Joyce - Poesía completa

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Descarga: James Joyce - Poesía completa

James Joyce, irlandés (1882-1941), es uno de los más importantes escritores del siglo XX y, sin duda, el más importante renovador de las letras de nuestro siglo.

Aunque más conocido por su novela Ulises, su obra poética también ha merecido los elogios de los más exigentes críticos y está reconocida como una de las cumbres de la poesía inglesa.

16 nov. 2014

James Joyce - El Santo Oficio

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James Joyce - El Santo Oficio


Yo mismo me impondré a mí mismo
Este nombre: Catarsis-Purgante.
Yo, que abandoné estilos sórdidos
Para atenerme a la gramática de los poetas,
Difundiendo en la taberna y en el burdel
La ciencia del ingenioso Aristóteles,
No sea que los bardos marren el intento
Debo ser aquí mi propio intérprete:
Por lo cual recibid ahora de mis labios
Sapiencia peripatética.
Para entrar en el cielo, viajar por el infierno,
Ser compasivo o terrible
Se requiere sin la menor duda el amparo
De las indulgencias plenarias.
Ya que cada místico de nacimiento
Es un Dante sin sus prejuicios,
Quien a salvo desde la chimenea, sin dar la cara,
Se expone a una heterodoxia radical,
Como quien halla placer en la mesa
Considerando las incomodidades.
Rigiendo la vida por sentido común
¿Cómo evitar ser vehementes?
Mas no debo ser considerado miembro
De tal compañía de farsantes…
Junto con quien se apresura a mitigar
Las liviandades de sus damas veleidosas
Mientras que ellas lo consuelan cuando gimotea
Con orlas célticas repujadas en oro…
O con quien, sereno todo el día,
En su pieza teatral introduce invectivas…
O con quien su proceder «parece mostrar»
Preferencia por hombres de «buen tono»…
O con quien sirve de andrajoso remiendo
A los millonarios de Hazelpatch
Mas llorando después de la Santa Cuaresma
Confiesa todo su pasado de pagano…
O con quien no se ha de descubrir
Ni ante el whisky ni ante el crucifijo
Si no es para mostrar a todo el mundo cuán mal vestida va
Su eminente nobleza castellana…
O con quien adora a su Mentor querido…
O con quien apura con temor su pinta…
O con quien arrebujado en su lecho
Vio una vez a Jesucristo sin cabeza
Y puso un gran empeño en recuperarnos
Las obras de Esquilo largo tiempo extraviadas.
Mas todos éstos de quienes hablo
Me convierten en la cloaca de su cenáculo.
Para que puedan soñar sus fantasías ideales
Yo evacúo sus inmundas corrientes
Así les puedo prestar tal servicio
Por culpa del cual perdí mi diadema,
Este servicio por el que la Santa Abuela Iglesia
Me dejó cruelmente en la estacada.
Así aligero sus culos timoratos
Cumpliendo con mi oficio de Catarsis.
Mi color escarlata los deja a ellos blancos como la lana:
Gracias a mí purgan sus panzas atestadas.
Para todas estas bien avenidas farsantes
Hago el papel de vicario general
Y a cada doncella turbada y nerviosa
Presto el mismo amable servicio.
Ya que al descubrir sin ninguna sorpresa
Esa hermosura umbría en sus ojos,
El «no me atrevo» de su dulce doncellez
Que responde a mi depravado «quisiera».
Siempre que en público nos encontramos
No parece pensar en tal asunto;
Mas por la noche cuando se acuesta a mi lado
Y percibe mi mano en su entrepierna
Mi dulce bien con su ligero atuendo
Experimenta el tierno ardor que es el deseo.
Pero la Codicia proscribe
Los usos del Leviatán
Y este espíritu sublime por siempre guerrea
Con los incontables siervos de la Codicia
Aunque nunca puedan verse libres
De sus gabelas de desprecio.
A respetable distancia me vuelvo a observar
Los vacilantes andares de esta abigarrada cuadrilla,
De estas almas que odian la reciedumbre del acero
Que la mía adquirió en la escuela del viejo Tomás de Aquino.
Donde ellos se han agachado, han andado a gatas y han rezado,
Yo me yergo, dueño de mi destino, sin temor,
Sin compañeros, sin amigos, en solitario,
Indiferente como una raspa de arenque,
Firme como una cordillera montañosa en donde
Saco a relucir mi cornamenta al aire.
Que así sigan, pues así conviene
Para que se mantenga el equilibrio.
Aunque hasta la tumba forcejeen,
Mi espíritu nunca lo habrán de dominar
Ni lograrán mi alma vincular a las suyas
Hasta que el Mahamanvantara expire:
Y aunque a coces me echen de su puerta
Mi alma los despreciará por los siglos de los siglos.


En Poesía completa
Traducción: José Antonio Álvarez Amorós
Imagen: © Berenice Abbott / Commerce Graphics Ltd, Inc.




The Holy Office


Myself unto myself will give
This name, Katharsis-Purgative.
I, who dishevelled ways forsook
To hold the poets' grammar-book,
Bringing to tavern and to brothel
The mind of witty Aristotle,
Lest bards in the attempt should err
Must here be my interpreter:
Wherefore receive now from my lip
Peripatetic scholarship.
To enter heaven, travel hell,
Be piteous or terrible
One positively needs the ease
Of plenary indulgences.
For every true-born mysticist
A Dante is, unprejudiced,
Who safe at ingle-nook, by proxy,
Hazards extremes of heterodoxy,
Like him who finds joy at a table
Pondering the uncomfortable.
Ruling one's life by common sense
How can one fail to be intense?
But I must not accounted be
One of that mumming company –
With him who hies him to appease
His giddy dames' frivolities
While they console him when he whinges
With gold-embroidered Celtic fringes –
Or him who sober all the day
Mixes a naggin in his play –
Or him whose conduct 'seems to own'
His preference for a man of 'tone' –
Or him who plays the ragged patch
To millionaires in Hazelpatch
But weeping after holy fast
Confesses all his pagan past –
Or him who will his hat unfix
Neither to malt nor crucifix
But show to all that poor-dressed be
His high Castilian courtesy –
Or him who loves his Master dear –
Or him who drinks his pint in fear –
Or him who once when snug abed
Saw Jesus Christ without his head
And tried so hard to win for us
The long-lost works of Aeschylus.
But all these men of whom I speak
Make me the sewer of their clique.
That they may dream their dreamy dreams
I carry off their filthy streams
For I can do those things for them
Through which I lost my diadem,
Those things for which Grandmother Church
Left me severely in the lurch.
Thus I relieve their timid arses,
Perform my office of Katharsis.
My scarlet leaves them white as wool:
Through me they purge a bellyful.
To sister mummers one and all
I act as vicar-general
And for each maiden, shy and nervous,
I do a similar kind of service.
For I detect without surprise
That shadowy beauty in her eyes,
The 'dare not' of sweet maidenhood
That answers my corruptive 'would',
Whenever publicly we meet
She never seems to think of it;
At night when close in bed she lies
And feels my hand between her thighs
My little love in light attire
Knows the soft flame that is desire.
But Mammon places under ban
The uses of Leviathan
And that high spirit ever wars
On Mammon's countless servitors
Nor can they ever be exempt
From his taxation of contempt.
So distantly I turn to view
The shamblings of that motley crew,
Those souls that hate the strength that mine has
Steeled in the school of old Aquinas.
Where they have crouched and crawled and prayed
I stand, the self-doomed, unafraid,
Unfellowed, friendless and alone,
Indifferent as the herring-bone,
Firm as the mountain-ridges where
I flash my antlers on the air.
Let them continue as is meet
To adequate the balance-sheet.
Though they may labour to the grave
My spirit shall they never have
Nor make my soul with theirs as one
Till the Mahamanvantara be done:
And though they spurn me from their door
My soul shall spurn them evermore.


23 oct. 2014

Descarga: James Joyce - Ulises (traducción de Jose María Valverde)

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Descarga: James Joyce - Ulises (traducción de Jose María Valverde)

La obra monumental de James Joyce. Ulises es el relato de un día en la vida de tres personajes: Leopold Bloom, su mujer Molly y el joven Stephen Dedalus. Un viaje de un día, una Odisea inversa, en la que los temas tópicamente homéricos se invierten y subvierten a través de un grupo decididamente antiheroico cuya tragedia raya la comicidad. Relato paródico de la épica de la condición humana y de Dublín y sus buenas costumbres cuya estructura, desbordantemente vanguardista, avisa a cada rato de su dificultad y exige la máxima dedicación. Ulises es un libro altisonante, soez y erudito donde los haya que ofrece una literatura distinta, extraña, ocasionalmente molesta y sin duda excepcional.

9 ago. 2014

James Joyce - No llores por mí

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James Joyce - No llores por mí


En la cruda velada mañana de primavera flotan tenues olores de mañana parisiense: anís, aserrín húmedo, masa caliente de pan: y mientras cruzo el Pont Saint Michel las andariegas aguas azulacero enfrían mi corazón. Trepan y lamen la isla que ha habitado el hombre desde la edad de piedra… Atezada tenebrosidad en la vasta iglesia de gárgolas. Hace frío como en aquella mañana: quia frigus erat. Sobre las gradas del altar levantado, desnudos como el cuerpo del Señor, los clérigos yacen postrados en rezos débiles. La voz de un lector invisible se levanta, entonando la lección de Hosea. Haec dicit Dominus: in tribulatione sua mane consurgent ad me. Venite et revertamur ad Dominum… Ella está junto a mí helada y pálida, vestida con las sombras de la nave oscura de pecado, su codo delgado tocando mi brazo. Su carne recuerda el estremecimiento de aquella mañana cruda velada de niebla; antorchas rápidas, ojos crueles. Su alma está apenada, tiembla y lloraría. No llores por mí, ¡oh hija de Jerusalén!


En Giacomo Joyce
Traducción: Alfredo Matilla
Imagen: litografía de James Joyce, 1932, por © Wyndham Lewis


21 jun. 2014

James Joyce - Ha caído, penetrante, la tristeza

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Me la encuentro al salir de la casa de Ralli, mientras ambos le damos limosna a un pordiosero ciego. Contesta mi apresurado saludo rotando y desviando sus ojos negros de basilisco. E col suo vedere attosca l’uomo quando lo vede. Agradézcote la cita, messer Brunetto.

Extienden bajo mis pies alfombras para el hijo del hombre. Esperan mi paso. Ella está en la sombra amarilla del zaguán, una capa a cuadros escudando sus hombros caídos del frío: y mientras me detengo sorprendido y miro a mi alrededor ella me saluda glacial y sube la escalera clavándome oblicuamente, por un instante, desde sus perezosos ojos, un chorro de ponzoña líquida.

Una delicada y ajada cobertera verde-claro cubre el diván. Una estrecha habitación parisiense. Aquí estuvo reclinado el peluquero, pero ya no. Besé su media y el borde de su falda polvorienta negra-moho. Es la otra. Ella. Gogarty vino ayer a que lo presentara. Debido a Ulises. Símbolo de la conciencia intelectual… Entonces, ¿Irlanda? ¿Y el marido? Andando de arriba a abajo por el pasillo en sus alpargatas o jugando al ajedrez contra sí mismo. ¿Por qué nos han dejado aquí? Aquí estuvo reclinado el peluquero, pero ya no, apreté mi cabeza contra las rodillas nudosas de ella… Símbolo intelectual de mi raza. ¡Escucha! Ha caído, penetrante, la tristeza. ¡Escucha!

—No creo que tales actividades mentales o físicas puedan considerarse enfermizas—

Ella habla. Una voz débil desde más allá de las frías estrellas. Voz sabia. ¡Di más! ¡Oh, dilo otra vez; hazme sabio! Nunca había oído esta voz. Ella se enrosca hacia mí por el diván arrugado. No puedo moverme ni hablar. Acercamiento enroscado de carne nacida-de-las-estrellas. Adulterio de la razón. No. Iré. Iré.

—¡James, amado!—

Blandos labios mamantes besan mi axila izquierda: un beso sinuoso en millares de venas. ¡Estoy ardiendo! ¡Me encojo como una hoja en llamas! Desde mi axila derecha brota un colmillo de fuego. Una serpiente centelleante me ha besado: una helada serpientenoche. ¡Estoy perdido!

—¡Nora!—


En Giacomo Joyce, 1914
Traducción: Alfredo Matilla
Imagen: James Joyce por Jacques-Emile Blanche

26 abr. 2014

Descarga: James Joyce - Retrato del artista adolescente

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Novela con una fuerte carga autobiográfica, publicada periódicamente entre 1914 y 1915 y finalmente como libro en 1916. El protagonista, Stephen Dedalus, alter ego de Joyce, relata episodios de su vida a través de evocaciones azarosas de su pensamiento que le llevan a topar una y otra vez con el catolicismo, el pecado, el sacrificio, la penitencia y lo socialmente adecuado. Obra de expiación y exorcismo personal de Joyce es también la consolidación definitiva en el desarrollo de un personaje, Stephen Dedalus, fundamental en Ulises.

20 oct. 2013

James Joyce - Perdona esta pluma horrible y este papel tan feo (carta a Nora Barnacle)

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29 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road

Querida Nora, acabo de terminar mi almuerzo; no tenía apetito. Cuando estaba por la mitad me di cuenta de que estaba comiendo con los dedos. Me sentí mal como la otra noche. Estoy muy angustiado. Perdona esta pluma horrible y este papel tan feo.

Anoche debo haberte apenado por lo que dije, pero seguramente será bueno que conozcas cómo pienso sobre gran parte de las cosas. Mi razón rechaza la totalidad del actual orden social, así como el cristianismo-hogar, las virtudes reconocidas, clases en la vida y doctrinas religiosas. ¿Cómo podría atraerme la idea del hogar? Mi hogar fue simplemente uno de clase media arruinado por los hábitos derrochadores que he heredado. A mi madre la mataron lentamente, pienso, los malos tratos que le daba mi padre, los años de sufrimiento y la cínica franqueza de mi proceder. Cuando miré su cara, en el ataúd, una cara gris y consumida por el cáncer, comprendí que estaba viendo la cara de una víctima, y maldije el sistema que la había hecho su víctima. En la familia éramos diecisiete. Mis hermanos y hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano es capaz de comprenderme.

Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en ella contrariando los impulsos de mi naturaleza. Cuando era estudiante hice contra ella una guerra secreta y decliné aceptar las posiciones que se me ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo, pero conservé mi orgullo. Ahora mantengo a través de una guerra abierta lo que escribo, digo y hago. No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo. Empecé a estudiar medicina tres veces, una vez leyes, una vez música. Hace una semana me estaba preparando para salir como actor ambulante. No pude poner mucho ánimo en el plan, porque tú tironeabas en sentido contrario. Las dificultades actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio.

Anoche, cuando te fuiste, deambulé hacia Grafton St., donde permanecí fumando largo tiempo apoyado en un farol. La calle estaba llena de una animación en la que vertí un torrente de mi juventud. Mientras permanecía allí recordé unas frases que escribí hace algunos años cuando vivía en París, las frases son, “Pasan de a dos y de a tres entre la animación del bulevar, paseando como gente desocupada en un lugar iluminado para ellas. Están en la pastelería charlando, comiendo dulces o sentadas silenciosamente en la mesa de una terraza; o descendiendo de carruajes con un revuelo de vestidos, suave como la voz del adúltero. Pasan con una brisa de perfumes. Bajo los perfumes sus cuerpos tienen un cálido olor húmedo”.

Mientras me estaba repitiendo esto me di cuenta de que la vida aún me esperaba, si es que decidía entrar en ella. Quizás. no podría embriagarme como lo había hecho alguna vez, pero aún estaba allí y, ahora que soy más juicioso y me controlo más, era inofensiva. No haría preguntas, no esperaría nada de mí, excepto unos momentos de mi vida, dejando libre el resto y me prometería el placer a cambio. Pensé en todo esto y lo rechacé sin remordimiento. Era inútil para mí; no podría darme lo que yo esperaba.

Creo que has malinterpretado algunos pasajes de una carta que te escribí, y he observado cierta reserva en tu actitud, como si el recuerdo de aquella noche te turbara. Sin embargo, yo lo considero como una especie de sacramento, y su recuerdo me llena de una asombrosa alegría. Quizás no comprendas enseguida por qué motivo te respeto tanto por ello, pues no conoces aún mucho sobre mi manera de pensar. Pero al mismo tiempo fue un sacramento que me dejó un gusto final de pena y abatimiento, pena porque vi en ti una extraordinaria y melancólica ternura que había tomado este sacramento como un compromiso; y abatimiento porque comprendí que, a tus ojos, yo era inferior a una convención de nuestra sociedad actual.

Anoche te hablé sarcásticamente, pero hablaba del mundo, no de ti. Soy enemigo de la bajeza y esclavitud de la gente, no de ti. ¿No puedes advertir la sencillez que hay detrás de todos mis disfraces? Todos llevamos una máscara. Cierta gente que sabe que estamos muy unidos suele increparme. Los escucho con calma, desdeñando responderles, pero su última palabra agobia mi corazón como a un pájaro la tormenta.

No es agradable para mí tener que ir ahora a la cama recordando la última mirada de tus ojos, una mirada de cansada indiferencia, y la tortura de tu voz la otra noche. Creo que ningún ser humano ha estado nunca tan cerca de mi alma como tú lo estás, y, sin embargo, aún puedes interpretar mis palabras con lastimosa descortesía (“Sé de lo que está hablando ahora”, dices) Cuando era más joven tuve un amigo a quien me di por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó.

No he dicho ni una palabra de lo que quería decir, pero escribir con esta maldita pluma es un trabajo duro. No sé qué pensarás de esta carta. Por favor, escríbeme Nora querida, ¿lo harás?, te respeto mucho, créeme, pero quiero algo más que tus caricias. Me has dejado de nuevo con una duda angustiosa.

J.A.J.


En Cartas a Nora Barnacle
Traducción de Felipe Rua Nova

7 oct. 2013

6.XII.1933: "Ulises" de James Joyce eximido de la acusación de obscenidad

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H. Matisse: Grabado para Ulises (1935)


La extraordinaria sentencia de la corte de distrito de los Estados Unidos 
pronunciada el 6 de diciembre de 1933 por el honorable John M. Woolsey 
levantando la prohibición que pesaba sobre la circulación del libro Ulises


Demandante:
Corte de Distrito de los Estados Unidos Distrito del Sud de Nueva York Estados Unidos de América

Reclamante:
Un libro llamado «Ulises» de Random House, Inc.

Fallo:
A. 110-59

Las cuestiones contradictorias originadas por un decreto de confiscación acompañado por una requisitoria —descrita más abajo— presentada por los Estados Unidos contra el libro Ulises, de James Joyce, comprendidas en las disposiciones de la Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930, título 19 del Código de los Estados Unidos, por ser dicho libro obsceno dentro del significado de esa Sección y, por lo tanto, no permitiéndosele su entrada en los Estados Unidos, sujeto a embargo, decomiso, confiscación y destrucción. Fiscal de los Estados Unidos —señor Samuel C.

Coleman y el señor Nicolás Atlas, consejero —en representación del Ministerio Público de los Estados Unidos, sosteniendo la legalidad de un decreto de confiscación y oponiéndose a un pedido de revocatoria del decreto que prohíbe la circulación.

Los señores Greembaum, Wolff y Ernst —por el señor Morris L. Ernst y el señor Alejandro Lindey como consejero—, apoderados del reclamante Random House, Inc., pidiendo una declaratoria de ilegalidad del decreto que ordena la confiscación del libro Ulises. Woolsey, J.

El pedido de la declaratoria de ilegalidad es acordado y, en consecuencia, la medida del Gobierno decretando el decomiso y la confiscación es denegada.

Por consiguiente, un fallo invalidando ese decreto sin costas puede ser pronunciado en este caso.

I — La práctica seguida en este asunto está de acuerdo con la tesis sostenida por mí en el caso de: Estados Unidos v. Un libro intitulado «Anti-Concepción», 51 F. (2°) 525 y es como sigue:

Después que la cuestión quedara debidamente planteada y abierta la causa, se llegó a un acuerdo entre el Fiscal de los Estados Unidos y los apoderados del reclamante, proveyendo:

1) Que el libro Ulises, en su integridad literaria y tal como ha sido escrito, informa la materia de este juicio y ha sido incorporado al proceso.
2) Que los litigantes desistieron de su derecho a un juicio por jurado.
3) Que cada litigante se reserva el derecho de formular las peticiones a su favor que creyera justas.
4) Que sobre las cuestiones contradictorias la Corte decidirá toda cuestión de hecho y derecho y pronunciará un latido general sobre el mismo.
5) Que sobre la decisión de tales impedimentos, el decreto de la Corte podrá ser incoado como una sentencia pronunciada en juicio. Me parece que un procedimiento de esta clase es altamente apropiado a resoluciones sobre confiscación de libros como el que nos ocupa. Es un procedimiento especialmente ventajoso en el presente caso, pues en virtud de la extensión del libro Ulises y la dificultad que ofrece su lectura, un juicio por jurado hubiera sido un método en extremo desacertado, por no decir imposible de llevar a cabo.

II — He leído Ulises una vez en su totalidad y varias veces los pasajes de los cuales el Gobierno se queja en forma particular. De hecho, durante muchas semanas he dedicado mi tiempo libre a la consideración del fallo que mi deber me exigía en este asunto. Ulises no es un libro fácil de leer o comprender. Pero se ha escrito mucho sobre él y para acercarse con propiedad a su consideración es conveniente leer cierto número de libros que ahora se han convertido en sus satélites. El estudio de Ulises es, en consecuencia, una, pesada tarea.

III — La reputación de Ulises en el mundo literario justificaba, empero, mi decisión de emplear todo el tiempo que fuera necesario para compenetrarme a mi entera satisfacción de la intención con que el libro fue escrito, pues, desde luego, en todos los casos en que un libro es tachado de obsceno, primero se debe determinar si la intención del autor al escribirlo fue lo que comúnmente se llama pornografía; es decir, escribir con el propósito de explotar la obscenidad. Si se llega a la conclusión de que el libro es pornográfico, habrá terminado la consulta y el decomiso deberá hacerse. Pero en Ulises, a pesar de su franqueza inusitada, no encuentro en ningún lugar el propósito equívoco del sensualista. Sostengo, por consiguiente, que no es pornográfico.

IV — Al escribir Ulises, Joyce trató de hacer un experimento serio en un género literario nuevo, si no enteramente inédito. Toma a personas de la más modesta clase media, que viven en Dublín en 1904 y trata no solamente de describir lo que hicieron cierto día, a comienzos del mes de junio, mientras iban y venían por la ciudad empeñadas en sus ocupaciones habituales, sino que también trata de contar lo que muchas de ellas pensaron entretanto. Joyce ha intentado —con éxito asombroso, según creo— mostrar cómo la pantalla de la conciencia, con sus impresiones calidoscópicas siempre fugaces, lleva, cual si fuese un palimpsesto plástico, no solamente lo que queda de las cosas que suceden a su alrededor en el foco de observación de una persona, sino también los residuos de impresiones pasadas que quedan en una zona de penumbra y que surgen por asociación de ideas desde las profundidades del subconsciente. Luego muestra cómo cada una de esas impresiones influye en la vida y en la conducta del personaje que está describiendo. Lo que él trata de conseguir no difiere del resultado de una doble exposición sobre una película cinematográfica o, si ello es posible, de una exposición múltiple que diera un primer plano claro sobre un fondo visible pero algo borroso, y fuera de foco en grados constantemente variables.

Tener que explicar con palabras un efecto que evidentemente se presta más para una técnica gráfica, es causa principalísima, según creo, de la obscuridad con que tropieza el lector de Ulises. Y también justifica otro aspecto del libro que debo, además, considerar, o sea la sinceridad de Joyce y su honesto esfuerzo para mostrar con exactitud cómo operan las mentes de sus personajes.

Si Joyce no intentara ser honesto desarrollando la técnica que ha adoptado en Ulises, el resultado sería psicológicamente falso e infiel, por lo tanto, a la técnica elegida. Tal actitud sería artísticamente imperdonable. Y es porque Joyce se ha mantenida leal a su técnica y no ha intentado evadirse de sus necesarias implicaciones, sino que ha tratado honestamente de contar con plenitud lo que sus personajes piensan, que ha sido objeto de tantos ataques y que la finalidad por él perseguida ha sido tan a menudo mal entendida y mal interpretada. Pues su propósito de realizar sincera y lealmente el móvil propuesto le exigió usar incidentalmente ciertas palabras que en general son consideradas sucias y lo ha llevado a veces a lo que muchos consideran una preocupación demasiado acentuadamente sexual en los pensamientos de sus personajes. Las palabras tildadas de sucias son viejos términos sajones, conocidos por casi todos los hombres y, me arriesgo a decir, por muchas mujeres, y son las palabras que emplearía natural y habitualmente, creo yo, la clase de gente cuya vida física y mental Joyce está tratando de describir. Respecto a la reaparición insistente del tema del sexo en la mente de los personajes, no se debe olvidar que éstos actúan en un ambiente céltico y en plena temporada primaveral.

Que a uno le agrade o no una técnica como la que usa Joyce, es cuestión de gusto y sobre la cual toda discusión es inútil. Pero pretender someter esa técnica a los puntos de vista de otras técnicas me parece punto menos que absurdo. 

Por consiguiente, sostengo que Ulises un libro sincero y honesto, y pienso que las críticas quedan enteramente compensadas por su razonada exposición.

V — Además, Ulises un asombroso tour de force si se considera el éxito que ha obtenido, en principio, con un objeto tan difícil como el que Joyce se había propuesto. Como ya he dicho, Ulises no es un libro de fácil lectura. Es brillante y aburrido, inteligible y oscuro alternativamente. En muchos pasajes me resulta desagradable; pero, aunque contiene —como ya he mencionado— muchas palabras consideradas vulgarmente sucias, no he hallado nada que denote complacencia en tal suciedad. Cada palabra del libro contribuye como un trozo de mosaico al detalle del cuadro que Joyce está tratando de ofrecer a sus lectores.

Si uno no desea asociarse con gente como la que Joyce pinta, es asunto que queda librado al criterio personal. Para evitar contactos indirectos como esos personajes, uno puede no desear la lectura de Ulises; eso es bastante comprensible. Pero si un verdadero artista de la palabra, como Joyce lo es indudablemente, intenta trazar una imagen real de la clase media más baja de una ciudad europea, ¿debe ser legalmente imposible para el público norteamericano ver esa imagen?

Para contestar a esta pregunta no es suficiente llegar a la conclusión, como lo he hecho más arriba, de que Joyce no escribió Ulises con lo que vulgarmente se llama «intención pornográfica». Debo esforzarme por aplicar un criterio más objetivo a su libro a fin de determinar su efecto, prescindiendo de la intención con que fue escrito.

VI — La ley en la cual el decreto está comprendido, solamente pena, en lo que nos concierne, la introducción en los Estados Unidos de cualquier libro obsceno proveniente de cualquier país extranjero. (Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930. Título 19, Código de los Estados Unidos, pág. 1305.) No esgrime contra los libros la amenaza de los adjetivos condenatorios que generalmente se hallan en leyes que tratan asuntos de esta índole. Se requiere de mí, por lo tanto, únicamente que determine si Ulises es obsceno dentro de la definición legal de dicha palabra.

El significado de la palabra «obsceno», como la definen legalmente las Cortes, es: Tendiente a excitar los impulsos sexuales o a inducir a pensamientos sexualmente impuros y sensuales. Dunlop v. Estados Unidos, 165 U. S. 486, 501; Estados Unidos v. Un libro intitulado Amor conyugal, 48 F. (2°) 821, 824; Estados Unidos v. Un libro intitulado Anti-Concepción, 51 F. (2°) 525, 528; y compárese Dysart v. Estados Unidos, 272 U. S. 622, 657; Swearingen v. Estados Unidos, 161 U. S. 446, 450; Estados Unidos v. Dennett, 39 F. (29) 564, 568 (C. C.A. 2); El Pueblo v.

Wendling, 258 N. Y. 451, 453. Si un determinado libro tendiera a excitar tales impulsos y pensamientos, tendría que ser probado por la Corte, en cuanto a su efecto, en una persona de instintos sexuales normales —lo que los franceses llaman l’homme moyen sensuel—, que desempeña en esta rama de investigaciones legales el mismo papel de reactivo hipotético que el «hombre razonable» en la Ley de Agravios y «el hombre entendido en arte» respecto a cuestiones de invención en la Ley de Patentes.

El riesgo involucrado en el uso de tales reactivos surge de la tendencia inherente del examinador de hechos, por imparcial que intente ser, de subordinar demasiado su reactivo a su propia idiosincrasia. Aquí he intentado evitar esto en lo posible y hacer mi reactivo más objetivo de lo que hubiese podido ser de otra manera, adoptando el siguiente proceder:

Después de haber tomado mi decisión acerca de ese aspecto de Ulises que ahora se considera, confronté mis impresiones con las de dos amigos míos, que en mi opinión reunían los requisitos arriba mencionados para mi reactivo.

Estos asesores literarios —como bien podría llamarlos— fueron visitados separadamente y ninguno sabía que yo había consultado al otro. Son ellos hombres cuya opinión sobre la literatura y la vida valoro muy altamente. Los dos habían leído Ulises y, desde luego, estaban completamente desvinculados de esta causa.

Sin hacer saber a ninguno de mis asesores cuál era mi decisión, di a cada uno la definición legal de «obsceno» y le pregunté si en su opinión Ulises era «obsceno» dentro de esa definición.

Me interesó comprobar que ambos estaban de acuerdo con mi opinión: Que Ulises, leído en su integridad, como un libro debe ser leído en una prueba como ésta, no tendía a excitar impulsos sexuales o pensamientos sensuales, sino que su efecto sobre ellos era solamente el de un comentario algo trágico y muy poderoso sobre la vida íntima de hombres y mujeres.

La ley concierne únicamente a personas normales. Un ensayo tal como el que he descrito, es, por lo tanto, la única prueba apropiada de «obscenidad» en el caso de un libro como Ulises, que es un intento sincero y serio de crear un nuevo método literario para la observación y descripción de la humanidad.

Me doy perfecta cuenta de que, debido a alguna de sus escenas, Ulises es un trago más bien fuerte para ser gustado por algunas personas sensibles, aunque normales; pero mi opinión, madurada tras larga reflexión, es que mientras en muchos pasajes el efecto que Ulises produce sobre el lector es indudablemente algo emético, en ninguna parte tiende a ser un afrodisíaco.

Por lo tanto, Ulises puede ser admitido en los Estados Unidos.

Jorris M. Woosley
Juez de Distrito de los EE.UU.
6 de diciembre de 1933


Advertencia

El Juez John M. Woolsey ha eximido a Ulises de la acusación de obscenidad, emitiendo una opinión que promete convertirse en un acontecimiento de importancia en la historia de la lucha por la libre expresión. La obra maestra de James Joyce, por cuya circulación la gente ha sido tildada de criminal, puede ahora entrar libremente en este país.

Sería difícil sobreestimar la importancia de la decisión del juez Woolsey. Durante décadas los censores han luchado por mutilar la literatura. Han tratado de exaltar las sensibilidades de los melindrosos como un criterio para la sociedad, han procurado reducir el material de lectura de los adultos al nivel; de los adolescentes y personas subnormales, y han fomentado evasiones y santurronerías.

El caso de Ulises marca un punto decisivo. Es un golpe para los censores. La necesidad de hipocresía y circunloquios en literatura ha sido eliminada. Los escritores no necesitan más buscar refugio en eufemismos. Pueden ahora describir las funciones humanas sin temor a la ley.

El caso de Ulises tiene una triple significación. La definición y el concepto de obscenidad nos han molestado durante mucho tiempo. El juez Woolsey nos ha dado una fórmula que es lúcida, racional y práctica. Al proceder así, no solamente ha definido un concepto laberíntico de la ley, sino que ha sentado una opinión que lo eleva al nivel del antiguo juez de la Corte Suprema Oliver Wendell Holmes como maestro de la prosa jurídica. Su servicio a la causa de las letras libres no ha sido de menor importancia. Pero tal vez su mayor servicio ha sido para la sociedad. El precedente que ha establecido, hará mucho para liberar el pábulo mental del público, de los censores que se han esforzado por convertirlo en un hecho definido.

La primera semana de diciembre de 1933 pasará a la historia por dos revocaciones: la de prohibición y la de compulsión legal por remilgos en la literatura. No es inconcebible que estas dos hayan estado íntimamente ligadas en un reciente pasado, y que las represiones sexuales encontraran desahogo en la intemperancia. Sea como fuere, podemos ahora conocer libremente el contenido de las botellas y de los libros.

Puede ser que, en el futuro, la derogación del tabú sexual en las letras resulte de la mayor importancia. Tal vez la intolerancia que cerró nuestras destilerías fue la intolerancia que decretó que las funciones humanas básicas debían ser tratadas en los libros en forma furtiva. Felizmente, ambas cosas fueron ahora repudiadas.

El caso Ulises es la culminación de una prolongada y porfiada lucha contra los censores, que data de la victoria sobre la New York Vice Society en el caso Mademoiselle de Maupin, en 1922, y en los casos de The Well of Loneliness, el caso Dennet, los casos de los libros del Dr. Stopes, el caso Casanova’s Homecoming, el caso Frankie and Johnnie y el caso de God’s Little Acre, de Erskine Caldwell, que han servido para liberalizar la ley de la obscenidad. La victoria de Ulises contribuye a la saludable marcha de nuestros tribunales.

Desde el caso de Ulises debe de aquí en adelante ser imposible a los censores sustentar legalmente un ataque contra ningún libro de integridad artística, por franco y crudo que resulte. Hemos recorrido un largo trecho desde los días de Bowdler y Mrs. Grundy y Comstock. Podemos regocijarnos del resultado.

Jorris L. Ernst
Nueva York, diciembre 11, 1933


Incluido en Carl Gustav Jung: Quién es "Ulises" (1930)
Edición: Santiago Rueda (1944), Luis A. Hernández R. (2013)
Traducción: Santiago Rueda
Imagen: Grabado de Henri Matisse (1935) para Ulises de James Joyce

19 mar. 2013

Carlos Gamerro: El "Ulises" de Joyce en la literatura argentina

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El 16 de junio de 2004 se cumplieron cien años de Bloomsday, probablemente el día más famoso, y ciertamente el más largo, de la literatura. El 16 de junio de 1904 transcurre el Ulises de Joyce, día que recorremos hora por hora —por momentos, minuto a minuto— siguiendo las andanzas del protagonista, Leopold Bloom, y de otros dos personajes centrales, Stephen Dedalus y Molly Bloom. Se ha hecho costumbre celebrarlo en Dublín, donde transcurre la novela, recreando el día en sus mínimos detalles, lo cual implica, entre otras cosas, desayunar riñón de cerdo a las ocho de la mañana, concurrir al pub Davy Byrne's a la una y a las tres atravesar la ciudad en carruaje. En otras latitudes se sostienen maratones de lectura, para comprobar, ente otras cosas, si es cierto que la novela transcurre en tiempo real, o sea, si las 24 horas de su acción requieren de 24 horas de lectura corrida. Pero nosotros, en la Argentina, tenemos algo adicional que festejar. El Ulises es, con toda probabilidad, la novela extranjera que más ha influido en nuestra narrativa, y por momentos se siente tan nuestra como si la hubiéramos escrito aquí. De hecho, no hemos dejado de hacerlo.

El Ulises se publica en París en 1922, y su recorrido por nuestra literatura comienza, como era de esperarse, por Borges, quien ya en 1925 temerariamente afirma "soy el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce" (el año anterior había intentado lo que bien puede ser la primera versión española del texto, una versión aporteñada del final del monólogo de Molly Bloom). Borges dice acercarse al Ulises con "la vaga intensidad que hubo en los viajadores antiguos al descubrir tierra que era nueva a su asombro errante", y se apura a anticipar la respuesta a la pregunta que indefectiblemente se le hace a todo lector de esta novela infinita: "¿La leíste toda?". Borges contesta que no, pero que aun así sabe lo que es, de la misma manera en que puede decir que conoce una ciudad sin haber recorrido cada una de sus calles. La respuesta de Borges, más que una boutade, es la perspicaz exposición de un método: el Ulises efectivamente debe leerse como se camina una ciudad, inventando recorridos, volviendo a veces sobre las mismas calles, ignorando otras por completo. De manera análoga, un escritor no puede ser influido por todo el Ulises, sino por alguno de sus capítulos, o alguno de sus aspectos.

Borges no imita los estilos y las técnicas de Joyce, pero ese Borges de veinticinco años queda fascinado por la magnitud de la empresa joyceana, por la concepción de un libro total: el libro de arena, la biblioteca de Babel, el poema "La tierra" que Carlos Argentino Daneri intenta escribir en "El Aleph" surgen de la fascinación de Borges con la novela de Joyce, que (como los poemas totales de Dante o Whitman, como el Polyolbion de Michael Drayton) sugiere la posibilidad de poner toda la realidad en un libro. En sus últimos años, seguía siendo lo que más lo atraía: "Se entiende que el Ulises es una especie de microcosmos, ¿no? y abarca el mundo... aunque desde luego es bastante extenso, no creo que nadie lo haya leído. Mucha gente lo ha analizado. Ahora, en cuanto a leer el libro desde el principio hasta el fin, no sé si alguien lo ha hecho", dijo en alguna de sus conversaciones con Osvaldo Ferrari. Lo propio de Borges, especialmente cuando se enfrenta con magnitudes inabarcables como el universo o la eternidad, es la condensación. Procede por metáfora o metonimia, nunca por acumulación. En el Ulises Joyce expande los hechos de un día a 700 páginas, en "El inmortal" Borges comprime los de 2800 años en diez. Frente a la ambición de Daneri, "Borges" (el personaje Borges de "El Aleph") da cuenta del aleph en un párrafo, cuya eficacia radica en sugerir la vastedad del aleph y lo imposible de la empresa de ponerlo en palabras. Joyce, en cambio, si bien con más talento, hubiera procedido como Daneri. "Su tesonero examen de las minucias más irreducibles que forman la conciencia obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas. Si Shakespeare —según su propia metáfora— puso en la vuelta de un reloj de arena las proezas de los años, Joyce invierte el procedimiento y despliega la única jornada de su héroe sobre muchas jornadas del lector."

Joyce y Borges tenían estilos casi contrapuestos (si es que puede atribuirse un estilo a Joyce), los que Borges denominaría, en su Evaristo Carriego, el "estilo de la realidad", "propio de la novela", minucioso, incesante, omnívoro —el joyceano por excelencia— y el que Borges cultivaría, el "del recuerdo", que tiende a la simplificación y a la economía de los hechos y del lenguaje. "La noche nos agrada porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo", agrega en "Nueva refutación del tiempo", y "La noche que en el sur lo velaron" contiene las líneas "la noche / que de la mayor congoja nos libra / la prolijidad de lo real". Lo que Borges denomina "el estilo de la realidad" es por supuesto el estilo de la percepción, que define la estética de la novela realista y alcanza su paroxismo en el nouveau roman. Frente a la descripción sistemática y orgánicamente trabada que intenta quien tiene o simula tener el modelo antes sus ojos, lo propio de la memoria —memoria de la cual el olvido no es su opuesto sino un mecanismo fundamental, el componente creativo por excelencia— es "la perduración de rasgos aislados". Salvo, por supuesto, que uno sea Funes: su memoria carece de olvido y lo haría incapaz de escribir cuentos. Esta lógica borgeana excluye, por supuesto, a Proust, para quien los recuerdos son más vívidos y minuciosos —y sobre todo más intensos, vibrantes de intensidad casi visionaria— que lo que se tiene ante los ojos. "Funes el memorioso" puede, de hecho, ser leído como la broma de Borges sobre Proust (escritor del que raramente habla).

Lo que sí acerca a Borges y Joyce es su colocación literaria: ambos escritores de países occidentales periféricos, coloniales o neocoloniales, supieron a partir de la limitación crear literaturas que abarcaran toda la cultura, tanto la propia como la del amo, cuya lengua ambos redefinieron: Joyce enseñándoles a los ingleses cómo escribir en inglés, Borges haciendo lo propio con los españoles.

Si Borges se define, en parte, por ser el primer lector del Ulises, Roberto Arlt se define como aquel que no puede leerlo. Encolerizado escribe, en 1931, en el prólogo a Los lanzallamas: "Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, esas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes. Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día en que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados".

Hubo un tiempo feliz en que la opción Borges/Arlt se proponía como el Escila-Caribdis de la literatura, argentina (hoy en día, con menor suerte aún, se la intenta reemplazar por la opción Borges/Walsh). Lo que está claro es que ya entre 1925 y 1931 el Ulises divide las aguas en la literatura argentina: están quienes pueden leerlo y quienes no. "Soy el primero en leer el Ulises", se ufana Borges. "Voy a ser el último en leer el Ulises", se define con igual orgullo Arlt, "y eso me hace quien soy". En palabras de Renzi, personaje de Piglia en Respiración artificial: "Arlt se zafa de la tradición del bilingüismo; está afuera de eso, Arlt lee traducciones. Si en todo el XIX y hasta Borges se encuentra la paradoja de una escritura nacional construida a partir de una escisión entre el español y el idioma en que se lee, que es siempre un idioma extranjero... Arlt no sufre ese desdoblamiento... Es el primero, por otro lado, que defiende la lectura de traducciones. Fíjate lo que dice sobre Joyce en el Prólogo a Los lanzallamas y vas a ver".

Se dijo en un primer momento, y se sigue diciendo hoy, con tres versiones distintas sólo en español, que el Ulises es literalmente intraducible. Quizá por eso varios autores en distintas partes del mundo (Alfred Döblin con Berlín Alexanderplatz, Luis Martín-Santos con Tiempo de silencio, Virginia Woolf con Mrs. Dalloway, el Ulises femenino) encararon, en lo que puede concebirse como una traducción radical, la tarea de reescribirlo situando su acción en sus propios mundos. Leopoldo Marechal, en su Adán Buenosayres, acometería la ambiciosa tarea de escribir el Ulises argentino: Adán Buenosayres sigue minuciosa, casi programáticamente, al Ulises, sobre todo en su sistemático uso de los paralelos homéricos, que hacia el final ceden paso a los dantescos. Borges siempre afirmaba sorprenderse del entusiasmo de la crítica por los paralelos homéricos del Ulises, y aprovechó su cuento "Pierre Menard autor del Quijote" para tomarlos en solfa: "...uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a don Quijote en Wall Street". A Marechal fue éste uno de los aspectos que más le interesó, y en su obra aparecen, prolijamente el escudo de Aquiles, Polifemo, Circe, las sirenas y el descenso a los infiernos.

También comparte con Joyce la ambición de recuperar para la novela la tradición épica, con la salvedad —aclara Marechal— de que él, católico confeso, apunta a recuperar el espíritu de la epopeya, mientras que Joyce, católico renegado y enemigo de toda metafísica que nos aleje de la vida en su plenitud terrena, habría quedado fascinado —y perdido— por lo que Marechal inmejorablemente denominó, en su "James Joyce y su gran aventura novelística", el "demonio de la letra": "Por otra parte, en la epopeya, como en toda forma clásica, los medios de expresión están subordinados al fin, y la 'letra' no arrebata jamás su primer plano al 'espíritu'. Joyce, cuya inclinación a la letra ya he señalado, concluye por dar a los medios de expresión una preeminencia tal, que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el juego libre de los vocablos terminan por hacernos perder la visión de la escena, de los personajes y de la obra misma. No se ha detenido ahí, ciertamente, porque hay un 'demonio de la letra' y es un diablo temible. A juzgar por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció a Joyce definitivamente".

Adán Buenosayres, comenzado a principios del 30, se publicaría en 1948. Tres años antes había llegado el momento profetizado por Arlt: en 1945, apenas tres años después de su muerte, se publica la primera traducción del Ulises al español, realizada, claro está, en nuestro país, por el casi desconocido J. Salas Subirat. A esta seguirían dos, ambas hechas en España. La versión local es sin duda la más prolífica en errores, pero también en aciertos, y cuando consideramos que nuestro compatriota no dispuso del vastísimo aparato crítico que sí pudieron aprovechar sus sucesores, su empresa y sus logros bien pueden calificarse de épicos, constituyendo, además, un melancólico testimonio del tiempo aquel en que Buenos Aires podía considerarse la capital de la cultura hispánica.

Gran parte de la literatura latinoamericana de los 60 toma a Faulkner como modelo, en parte porque pertenece, como él, al área Caribe, y la fórmula faulkneriana de combinar literatura regionalista y rural con procedimientos modernistas de vanguardia es, sin más, la fórmula del boom, desde Méjico al Uruguay. En la literatura argentina, en cambio, en el siglo xx el foco pasa decisivamente del campo a la ciudad, ciudad que es además una metrópoli cosmopolita, marcada por la inmigración europea. Joyce, que acomete él sólo la tarea de convertir la bucólica irlandesa —la literatura del "revival céltico" de Yeats y sus seguidores— en una literatura moderna y urbana, ha sido por eso, más que Faulkner, nuestro modelo. Incluso los pueblos, sobre todo los de la pampa gringa, que son los representados con mayor frecuencia en nuestra narrativa (Walsh, Puig, Haroldo Conti, Osvaldo Soriano, César Aira) se caracterizan más por su aspiración a la cultura de Buenos Aires que por una cultura tradicional propia, como evidencia el Coronel Vallejos de Manuel Puig.

Puig confesaba no haber leído el Ulises completo, afirmando que le bastaba con saber que cada capítulo estaba escrito con una técnica, estilo y lenguaje diferentes. Ya en su primera novela, La traición de Rita Hayworth, se suceden algunos puramente dialogados, otros en monólogo interior y formas escritas "bajas" (la carta, la composición escolar, el diario íntimo de señoritas, el anónimo). Boquitas pintadas parece surgida entera del capítulo pop del Ulises, "Nausica" (aquel monólogo interior de una adolescente cuya sensibilidad, lenguaje y alma fueron formadas por las revistas femeninas), y The Buenos Aires Affaire la más programáticamente joyceana de todas. Si Borges es quien incorpora el componente culto, o propiamente modernista, de Joyce, Puig es quien mejor lee la veta posmoderna del Ulises, su sensibilidad camp y pop hacia lo kitsch, lo cursi, y los productos de la cultura de masas (que son anatema para la literatura borgeana).

La obra de Rodolfo Walsh, que las lecturas simplificadoras todavía en boga harían pasar únicamente por la militancia y la denuncia, tiene a Joyce presente todo el tiempo. De familia irlandesa, en un país donde dicha comunidad ha mantenido con ferocidad su cohesión a través de lengua, religión y tradiciones, y educado al igual que Joyce en un internado irlandés y católico, Walsh no podía escapar al influjo de su casi compatriota, aunque en su caso es más bien el de Dublineses y sobre todo El retrato del artista adolescente, del cual sus "cuentos de irlandeses" parecen desprendimientos. Walsh tendía, como Borges, a la economía verbal, y la desmesura del Ulises pudo parecerle ajena y hasta hostil; sin embargo, sus cuentos de la pampa, como "Cartas" y "Fotos", constituyen (la ajustada observación es de Ricardo Piglia) pequeños universos joyceanos, condensados Ulises rurales. Joyce, que se convierte en escritor al liberarse del doble yugo de la Iglesia católica y el imperativo de servir a la revolución irlandesa, es hostil a toda idea de compromiso ideológico o político. La obra de Joyce no excluye lo político (de hecho está saturada de política, desde el cuento "Día de la hiedra en el comité", la cena navideña del Retrato y, de principio al fin, el Ulises y el Finnegans Wake). Pero hace justamente eso: lo incluye. La misión de la literatura es nada menos que la de "forjar la conciencia increada de la raza" y así política y religión se subordinan a ella. En el capítulo 5 del Retrato, Stephen Dedalus expone su teoría estética: "Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren esos sentimientos, pornográficas o didácticas, no son, por lo tanto, artes puras. La emoción estética es por consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión". La respuesta de Walsh aparece en su cuento."Fotos":

Cosas para decirle a M.:
El goce estético es estático.
Integritas. Consonantia. Claritas.
Aristóteles. Croce. Joyce.
Mauricio:
Me cago en Croce.
No, viejo, si ya caigo. El arte es para ustedes.
Si lo puede hacer cualquiera, ya no es arte.

Quien habla en primer lugar es Jacinto Tolosa, hijo de un estanciero y aspirante a poeta y abogado. Mauricio, su amigo, es un vago, simpático y entrador, hijo de un comerciante y apasionado —pero inseguro— fotógrafo, y el primero está usando a Joyce para convencer al segundo de que la fotografía no es arte. Walsh veía claramente las implicancias de la estética joyceana: la experiencia estética se basta —como la religiosa— a sí misma, no hace falta, para justificar al arte, invocar su supuesta utilidad social o individual. Las artes cinéticas —didácticas, moralizantes, políticas o pornográficas— nos exigen una conducta, nos llevan hacia fuera de la obra, a algún tipo de acción: hacer la revolución, por ejemplo, o masturbarnos. Para Joyce, la literatura modifica —crea— la conciencia, da forma al alma: es tan profundamente política que no puede subordinarse a la política: la idea del compromiso es antitética a su arte. Yeats quería escribir poemas capaces de acompañar a los hombres al cadalso, Joyce escribió cuentos y novelas para inmunizar a los hombres contra la estúpida tentación de subir sus peldaños.

En Juan José Saer el influjo de Joyce aparece en principio como menos obvio, salvo quizás en el día, progresivamente ampliado, de su novela El limonero real. Pero su particular estilo resulta de la conjunción aparentemente imposible, de la inundación verbal y narrativa de Faulkner (discípulo de Joyce al fin) con el apego clínico a la minucia del objetivismo francés de Robbe-Grillet y otros —y cabe recordar que todo el objetivismo francés cabe en el capítulo 17 del Ulises, "Ítaca". El interés de Saer en el Ulises, de todos modos, está bien evidenciado en sus artículos críticos, como el titulado "J. Salas Subirat" recogido en Trabajos: "El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial imprecisa le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los dieciocho y los treinta años en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación del 50 o del 60 aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas".

La lista se completa, por ahora, con dos novelas de Ricardo Piglia: Respiración artificial —que se propone la ímproba tarea de elegir entre Joyce y Kafka, diciendo una cosa y haciendo la otra— y La ciudad ausente, fascinada por igual con la proteica mutabilidad verbal del Finnegans Wake y la hija esquizofrénica de Joyce, Lucia. Y con Luis Gusmán, quien en En el corazón de junio explora los sutiles, y quizás imaginarios, vínculos entre el 16 de junio más famoso de la literatura irlandesa, Bloomsday, y el más famoso de la historia argentina, Bombsday, el 16 de junio de 1955, siguiendo los pasos de, entre otros personajes, J. R. Wilcock, que tradujo fragmentos del Finnegans Wake al italiano.

Tenemos, como se ve, muchas razones para festejar este centenario. Porque el Ulises, además del deleite —más bien el éxtasis— estético que su lectura produce, suele inducir en su lector el insensato anhelo de percibir, pensar y sentir cada instante de cada día de su vida con la intensidad y la atención con que lo hacen Bloom, Stephen y Molly. O, para concluir donde empezamos, con Borges, esta vez en las palabras de su poema "James Joyce":

Entre el alba y la noche está la historia
universal. Desde la noche veo
a mis pies los caminos del hebreo,
Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.
Dame, Señor, coraje y alegría
para escalar la cumbre de este día.


En El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos
Buenos Aires, Norma, 2006
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Foto: Geraint Lewis