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15 may. 2013

Kjell Askildsen: El rostro de mi hermana

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Una tarde de noviembre, subiendo las escaleras hasta mi apartamento, en el segundo piso, me percaté de que sobre mi puerta se dibujaba una sombra. Comprendí de inmediato que procedía de alguien que se encontraba entre la puerta y la lamparita de la entrada del desván, y me detuve. Se habían cometido muchos robos en las casas del barrio en los últimos tiempos, también algún que otro atraco, seguramente debido al aumento del desempleo, y tenía razones fundadas para suponer que la persona que estaba inmóvil en la escalera del desván no deseaba ser vista. Por eso me di vuelta, disponiéndome a bajar de nuevo; sé por experiencia que debe evitarse descubrir a quien desea permanecer oculto. Después de haber bajado unos cuantos peldaños, oí pasos detrás de mí y me asusté, hasta que escuché a alguien pronunciar mi nombre. Era Oskar, el marido de mi hermana, y aunque no lo tenía en gran estima, respiré aliviado.

Volví a subir, y como inmediatamente comprendí que no podría evitar invitarlo a entrar, le estreché la mano. Colgamos los abrigos en el perchero de la reducida entrada, luego lo precedí hasta el salón y encendí las dos lámparas de pie. Se quedó plantado en medio de la habitación mirando a su alrededor. Dijo que nunca había estado allí. No, supongo que no, dije. Me preguntó que cuánto tiempo llevaba viviendo allí. Seis años, contesté. Pues sí, eso será, dijo él. Sí, asentí yo. Se quitó las gafas y se restregó un ojo. Lo invité a sentarse, pero se quedó de pie, limpiándose las gafas con un gran pañuelo mientras miraba al infinito, medio a ciegas, con los ojos entornados. Por fin volvió a ponerse las gafas. Pero si tienes teléfono, dijo. Sí, asentí. Pues no apareces en la guía, señaló él. No, contesté. Me senté. Él me miró. Le pregunté si le apetecía un café. No, gracias, contestó, además, iba a irse enseguida. Se sentó frente a mí. Dijo que lo enviaba mi hermana, ella quería que fuera a verla, se había torcido un tobillo y quería hablarme de algo, él no sabía de qué, no se lo había querido decir, aunque, sí, por lo visto tenía algo que ver con la infancia, y cuando él le había dicho que por qué no me escribía, ella se había puesto histérica, había destapado un tubo de cola y lo había vaciado sobre la alfombra. ¿Un tubo de cola de pegar?, pregunté. Sí, contestó, cola para pegar fotos, estaba pegando unas fotos que se habían despegado de las páginas de un viejo álbum. Oskar volvió a quitarse las gafas para restregarse un ojo, luego volvió a sacar el pañuelo y se puso a limpiar los cristales. Voy a llamarla, dije. Sí, asintió él, así al menos sabrá que he estado aquí. Por cierto, prosiguió, si me das tu número de teléfono, podrá llamarte cuando quiera algo, así no tendré que atravesar media ciudad para venir a verte. No quería darle mi número, pero para no ofenderlo, dije que no lo recordaba. Me escrutó a través de sus gruesas lentes, resultaba algo incómodo, suelo mentir sólo como autodefensa, y en esos casos es probable que se me note, al menos tuve la sensación de que ese era exactamente el caso, y añadí que era un número que nunca usaba, pues uno no suele llamarse a sí mismo. No, claro que no, dijo, y lo dijo de un modo que me irritó, pues me sentía como si me hubiera regañado, y salí a coger el tabaco del bolsillo de la gabardina. Por desgracia no tengo otra cosa que ofrecerte que café, dije. Él no contestó. Me senté y encendí un pitillo. Tú sí que tienes suerte, dijo él. ¿Ah sí? Vives aquí completamente solo, señaló. Bueno, objeté, aunque estaba de acuerdo con él. Yo a veces no sé dónde meterme, dijo. No contesté. Me voy, dijo levantándose. Me dio un poco de pena, de modo que dije: ¿No estáis bien? No, contestó. Fue hacia la puerta. Lo seguí. Lo ayudé a ponerse la gabardina. Dijo: Se pondrá muy contenta si la llamas. Dice que eres la única persona que la quiere.

Seguramente tendría el teléfono al alcance de la mano, porque lo cogió de inmediato. Dije quién era. Ay, Otto, cuánto me alegro. Daba la sensación de ser sincera y no parecía histérica, y la conversación que siguió transcurrió en un tono calmado y amistoso. Al cabo de un rato me invitó a ir a verla, y yo acepté. Luego dijo: Porque no te habrás olvidado de nosotros, ¿no? ¿Olvidado de vosotros?, pregunté. No, dijo ella, de nosotros, de ti y de mí. No, dije. ¿Vienes mañana?, preguntó. Vacilé. Sí, contesté. ¿Sobre la una? Sí, asentí.

Al colgar el tubo del teléfono me sentía contento, casi eufórico, una sensación que me invade a menudo cuando he superado alguna dificultad, y me di un homenaje sirviéndome un cuarto de vaso de whisky, algo que no suelo hacer a esa hora del día. Mi euforia duraba, tal vez gracias al whisky, y me permití otro cuarto de vaso. Cerca de las siete y media salí de mi casa y me dirigí al Koryfee, un café que no hace honor a su nombre pero donde a veces me tomo una o dos cervezas.

Allí me encontré con Karl Homann, un hombre de mi edad que vive en el barrio y con quien tengo una relación algo forzada porque en una ocasión me salvó la vida. Por suerte no estaba solo, así que cuando me invitó a sentarme con él, me pareció que podía permitirme buscar una mesa para mí solo. Fui hacia el fondo del local. El hecho de haber tenido el coraje de rechazar su invitación me había alterado de tal manera que no descubrí a Marion, una mujer con quien había tenido una relación no del todo carente de dolor, hasta después de haberme sentado. Estaba sentada tres mesas más allá. Hojeaba un periódico y posiblemente aún no me había visto. Tampoco yo habría tenido necesariamente que verla a ella, y pedí una cerveza mientras esperaba la evolución de los hechos. No obstante, había algo insoportable en esa situación, y forcé que nuestras miradas se cruzaran. Y cuando al rato ella levantó la vista del periódico y me miró, comprendí que me había descubierto hacía tiempo. Le sonreí y levanté mi vaso. Ella levantó el suyo, dobló el periódico y se acercó a mi mesa. Me levanté. Otto, dijo, y me dio un abrazo. Luego añadió: ¿Puedo sentarme? Claro, contesté, pero me iré pronto, voy a casa de mi hermana. Cogió su vaso. Parecía algo alterada. Dijo que estaba encantada de verme, y yo dije que estaba encantado de verla a ella. Dijo que pensaba a menudo en mí. No contesté, aunque yo también pensaba en ella, pero, eso sí, con sentimientos algo contradictorios, en parte debido a su vehemencia sexual, a la que yo no había logrado corresponder, lo que en una ocasión, la última, le había hecho exclamar que un coito no es una misa. Le pregunté, para desviar la conversación, cómo se encontraba, y charlamos tranquilamente hasta que apuré mi vaso y dije que tenía que marcharme. Entonces ella también se iría, dijo. Después, al levantarnos, añadió: Si no hubieras tenido que ir a ver a tu hermana, ¿habrías querido venir a mi casa? Me habría sentido tentado, le contesté. Llámame alguna vez, dijo. Sí, contesté.

Me acompañó hasta la parada del autobús, allí se apretó contra mí, susurrando palabras atrevidas y frívolas que le hubieran causado un dilema mayor a mi cuerpo de no haber llegado el autobús, pero llegó, y ella volvió a decir: Llámame. Sí, contesté.

Me bajé en la siguiente parada, y llevado por la autoestima que la invitación de Marion me había proporcionado —es una mujer hermosa— me dirigí al bar más próximo. Pero sólo llegué hasta la puerta; cuando la abrí y vi la cantidad de gente que había y oí la estruendos a música, me faltó el valor. Es una situación a la que estoy muy acostumbrado, esa aterradora sensación de alienación en un lugar desconocido, así que cerré la puerta y me fui a casa.

Aquella noche me desperté de un sueño que tal vez estuviera influido por esa autoestima que me había proporcionado Marion. Era un sueño de gran contenido erótico, y al contrario de lo que solía ocurrir en esa clase de sueños, en los que el rostro de la mujer —o de las mujeres— es desconocido o incluso se ha borrado, las facciones de aquella mujer aparecieron de repente muy nítidas, sin que eso hiciera disminuir mi deseo. Era el rostro de mi hermana.

Abrió la puerta antes de que me diera tiempo de llamar al timbre. Se apoyaba en dos muletas. Te vi llegar, dijo. Entiendo, dije. Me abrazó y se le cayó una muleta. Me agaché a recogerla. Deja que me apoye, dijo, rodeándome el hombro con el brazo. Lo hice, es decir, ella se apoyó en mí. Fue a pata coja junto a mí hasta el salón y se colocó junto a una mesa baja ya preparada. Cuando volví a entrar tras haber colgado mi gabardina, comimos sándwiches y hablamos de su pie. Miré a escondidas la alfombra, pero no vi ni rastro de pegamento para fotos.

Después de hablar un rato de todo y de nada, ella dijo: Te pareces cada vez más a papá. Como pensaba que ella sabía qué clase de relación había mantenido con él, me lo tomé un poco a mal, pero no dije nada. Me levanté a buscar un cenicero. ¿Adónde vas?, preguntó. A buscar un cenicero, contesté. Me indicó dónde podía encontrar uno, y fui a la cocina. Cuando volví a entrar me dijo que había pensado mucho en mí últimamente, en nosotros, que era una pena que no nos viéramos más a menudo ella y yo, que tan unidos habíamos estado el uno al otro. Bueno, dije, cada uno va forjando su propia vida. ¿Nunca me echas de menos?, preguntó. Claro que sí, contesté. Deberías saber lo sola que me siento muchas veces, dijo. Sí, asentí. Tú también estás solo, señaló ella, lo sé, te conozco. Ha pasado mucho tiempo desde que me conocías, dije. No has cambiado, dijo. Sí, contesté. ¿En qué sentido?, preguntó. No contesté. Luego dije: Acabas de decir que me parezco cada vez más a papá. ¿Qué has querido decir con eso? Es por tu forma de sonreír, dijo ella, y, además, mueves la parte superior de tu cuerpo exactamente como lo hacía él. ¿Ah sí? ¿Eso hago? No lo recordaba. Qué extraño. Supongo que no lo miraba tanto como tú, dije. ¿Qué quieres decir?, preguntó. Lo que he dicho, contesté. A mí no me gustaba mirarlo. Había algo repugnante en él. Oh, Dios mío, dijo ella. Permanecimos callados un rato; entonces me di cuenta de que estaba moviendo la parte superior de mi cuerpo, así que me enderecé y me recliné en el sillón. Por fin, ella dijo: Hay una botella de jerez en la parte de abajo de la rinconera. Hazme el favor de ir a por ella. Y trae dos vasos, si te apetece a ti también. Camino de la rinconera decidí coger sólo uno, pero enseguida cambié de idea. Le serví mucho a ella y poco a mí. Eso no me lo habías contado nunca, dijo ella. No, dije, vamos a hablar de otra cosa. Salud. Salud, contestó. Vacié el vaso. Te has servido muy poco, comentó. No bebo a mediodía, dije. Yo tampoco, señaló ella. Me serví más jerez. No sabía de qué hablar. Miré el reloj. No mires el reloj, dijo. ¿Dónde está Oskar?, pregunté. En casa de su madre. Va todos los sábados. Nunca vuelve antes de las cinco, así que puedes relajarte. Estoy relajado, contesté. Ya lo creo. Qué bien, dijo ella, ¿me sirves un poco más de jerez? Se lo serví, pero no tanto como la vez anterior. Más, dijo. Le llené el vaso. Salud, dijo. Vacié mi vaso. Sírvete, dijo. Recordé lo que ella le había dicho a Oskar, que yo era el único que la quería, y con una repentina y casi triunfante sensación de libertad, me llené el vaso. Me miró, sus ojos resplandecían. Me miras mucho, dijo. Sí, asentí. ¿Te acuerdas de que solía llamarte hermano mayor? Asentí. Y tú me llamabas hermana, añadió. Cogí el vaso y bebí. Ella hizo lo mismo. Lo recordaba. ¿Tienes novia ahora?, preguntó. No, contesté. ¿Ninguna es lo bastante buena para ti? No te burles de mí, dije. No me burlo de ti, objetó. Prefiero vivir solo, dije. Eso no te impide tener novia, señaló. No contesté. Eres hombre, dijo. No contesté. Me levanté y fui al servicio. Puse el tapón en el lavabo y abrí el grifo del agua fría. Metí las manos y las mantuve allí hasta que empezaron a dolerme; luego me las sequé y volví al salón. Me senté y dije lo que había ensayado: Prefiero a las mujeres que no exigen nada, que dan, reciben y se van. Ella no dijo nada. Me encendí un cigarrillo. Y tú dices que no estas solo, señaló ella, y luego añadió: Hermano mayor. La miré: tenía el rostro medio vuelto y los labios ligeramente abiertos; no había ni un sonido en la habitación, ni ninguno que entrara de afuera; el silencio duró mucho. Imagínate que..., dijo. ¿Qué?, pregunté. Nada, dijo ella. Sí, dije yo. Pero Otto, no sabes lo que... ¿Qué crees que estoy pensando? Estuve a punto de decirlo, en ese instante tenía dentro un coraje casi lo suficientemente grande. En lugar de eso, dije: ¿Cómo iba a saberlo? Ella cogió el vaso y me lo acercó. Está vacío, indicó. Dime cuándo quieres que pare, dije. No, dijo. Llené el vaso. Estamos bebiendo mucho para ser personas que no beben, comenté. Hay excepciones, dijo ella. Sí, contesté, hay excepciones para casi todo. ¿Te parece?, preguntó sin mirarme. Sí, contesté. Se oyó la puerta de la calle. Oh no, dijo ella. Me levanté. Fue un movimiento reflejo. No te vayas, dijo ella. Me senté. Oskar apareció en la puerta, apoyado en la muleta de mi hermana. Se detuvo. Noté por su gesto que no sabía que yo estaba allí. Hola, Oskar, saludé. Hola, contestó él. Miró a mi hermana y dijo: Tu muleta estaba en el suelo, cerca de la puerta. Ya lo sabía, señaló ella. Entonces perdona, dijo él, dejando caer la muleta. ¿Por qué has hecho eso?, preguntó ella. Él no contestó, y empujó la muleta hacia la pared con la punta del zapato, luego se fue a la cocina, cerrando la puerta tras de sí. No te vayas, por favor, rogó ella. Sí, me voy, dije. Hazlo por mí, dijo ella. No lo soporto, objeté. Oskar volvió al salón y me miró de pasada. No sabía que estuvieras aquí, dijo. Me iré enseguida, indiqué. Por mí no lo hagas, dijo. No, dije yo. Él atravesó la habitación y salió por la otra puerta. Miré a mi hermana; ella me miró directamente a la cara, y dijo: Eres un cobarde, había olvidado que eras tan cobarde. Me levanté. Sí, vete, dijo, vete. Me acerqué a ella. ¿Qué has dicho?, pregunté. Que eres un cobarde, contestó. Le di una bofetada. No fuerte. No, no creo que la abofeteara con mucha fuerza. Y sin embargo, gritó. Al instante oí a Oskar abrir la puerta; seguro que estaba escuchando detrás. Yo no me volví. No oí ningún paso. Miré a la pared. Sólo oía mi propia respiración. Entonces mi hermana dijo: Otto se va enseguida. Oskar no contestó. Oí cerrarse la puerta. Miré a mi hermana, nuestras miradas se cruzaron; había en ella algo que no entendía, algo suave. Vi que quería decirme algo. Bajé la mirada. Perdóname, hermano mayor, dijo ella. No contesté. Vete ya, añadió, pero llámame, ¿de acuerdo? Sí, contesté. Luego me di vuelta y me marché.



En Cuentos reunidos
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Buenos Aires, Ediciones Lengua de Trapo SL, 2010
Foto:  Ivar Johannessen