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29 oct. 2013

Marguerite Duras: Théodora

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Creía haber quemado la novela Théodora
La encontré en los armarios azules, inacabada, inacabable. 
Las Nouvelles Littéraires me han pedido un artículo sobre 
los hoteles, he dado un extracto de Théodora.

Cuando T. volvió, era tarde, la mayoría de los clientes del hotel estaban acostados. Encontró a Jean en la escalera. Este encuentro no parecía haberle complacido. Jean dijo buenas noches a T. y lo miró alejarse, sorprendido de todos modos por su frialdad. T. sabía de dónde venía Jean. Jean venía del piso de arriba, el cuarto del hotel donde dormía el ama de llaves de Bernard y Mane. Volvía a bajar a su habitación. En el tercer piso, se encontraban las habitaciones de Bernard y Marie, y las de los tres otros niños de la familia Braun. Debajo de ellos, en el segundo piso, estaban Madame Mort y Monsieur Théo, en habitaciones opuestas, separadas respecto al eje del descansillo.

Era en este mismo segundo piso, donde estaba la habitación de Jean. Las demás habitaciones del hotel estaban ocupadas por parejas con niños. Éstas se acostaban antes que los demás, los de las de estos pisos medios. Había, alrededor de éstos, espectadores cuya curiosidad variaba según su temperamento, su edad, su cansancio, su grado de cariño mútuo y su estado de salud. T. vivía en el cuarto piso del hotel. En ese último piso del hotel, vivía también Mademoiselle Koppel, momentáneamente decían, tenía que cambiar de habitación más adelante, en otoño.

A T. le costaba —esto desde hacía algún tiempo— subir los últimos pisos del hotel. El corazón, quizás, o el asma nocturna. Por lo menos creía, que eran estos motivos, los que le hacían experimentar un malestar al subir a su habitación. Algunas noches creía que no, que había otro, era la escalera. Era fea, creía, y las alfombras marrones que la recubrían estaban usadas por zonas. Este desgaste aparecía precisamente por la noche, en el silencio del hotel, bajo la luz tamizada de los pasillos y de los rellanos. Armonizaba, se confundía incluso, con el cansancio de T. cuando volvía. Del mismo modo, las paredes gris—azul estaban sucias, manchadas de huellas de dedos de niños, y estas manchas se hacían más visibles de la noche, para T., por el hecho mismo de la despoblación de la noche y la lentitud con la que él andaba a esta hora hacia su sueño. El corazón sin duda. O la guerra. Ésta acababa de terminar. Se hablaba de poner un ascensor el año siguiente. La guerra. O el amor de Théodora. Era en Europa, un hotel de los Alpes centrales situado en un valle cerrado, muy tranquilo. Había sido ocupado por las tropas alemanas. Luego, había sido recuperado. Luego, a continuación, había sido destinado a los deportados convalecientes. Y después, inmediatamente, desde hacía dos años, los propietarios lo habían recuperado, y se iba a pasar las vacaciones. T. oyó su aliento en el silencio del pasillo ante la alineación de puertas de las habitaciones. Iba mejor. Quizá sobreviviría a este amor.

Ella había vuelto. Estaba tendida desnuda sobre la cama. Es así, cuando Théodora está triste, se desnuda, no puede soportar nada encima, y se tiende. Completamente desnuda, tendida, bajo la mala luz de la habitación del hotel.

—Hemos hecho muy bien en no salir, ahora todo está claro, —dice Théodora.

De pie, es menos visible quizá, pero cuando Théodora está echada, la belleza reina sobre el cuerpo de Théodora.

—Tengo calor —dice dulcemente Théodora y añade—: Uno se aburre en este hotel.

T. se sienta en el borde de la cama y mira a Théodora. Empieza a acariciarle la pierna. Théodora lo llena de un sueño potente e informe. Desde hace dos años, este final, esta agonía y esta calma en el mundo.

—Quizá voy a vivir, dice T.

—Esto no importa, —dice Théodora. Y añade—: Estoy acostumbrada a ti.

Théodora empieza a cerrar los ojos bajo las caricias que le prodiga T. Son caricias progresivamente licenciosas. T. se queda así sentado junto a la extensión del cuerpo de Théodora. La mira. La toca. Y la acaricia.
«He acariciado el cuerpo desnudo de Théodora —escribe T.—, le hablaba, y ella no me contestaba. Parecía dormitar.»

—Hay ocasiones, en que pienso todavía en la guerra —dice Théodora—. Estoy acostumbrada a ti. Tengo ganas de quedarme aquí contigo, en este hotel. Hay ocasiones, en que pienso en mi vida, en nada más.

He seguido acariciando el cuerpo desnudo de Théodora. He dicho:

—Tenemos que cambiar. Que dejarnos. Que ir hacia otro amor.

—No empieces —ha dicho Théodora.

Théodora ha cerrado los ojos, bajo las caricias que yo le prodigaba. Eran caricias aún progresivamente licenciosas. Veía que la tristeza de Théodora se trasmudaba insensiblemente bajo mi mano en un adormecerse de su pensamiento. Sin duda esta tristeza se volvía cada vez más irremediable, cada vez más inmóvil. En la cual, todo su cuerpo estaba inmerso.

—Estoy bien —dijo Théodora.

Me desnudé a mi vez, despacio, sin despertar a Théodora. Me tendí a su lado. Tomé su cabeza contra mi pecho. Alguien pasó por el pasillo delante de la habitación. Théodora hablaba en su sueño, con frases entrecortadas en una lengua desconocida.

Les Nouvelles Littéraires © 1979


En Outside (1957-1979)
Traducción Clara Janés
Barcelona 1986
Foto: Margueritte Duras at home,1965 © Bruno Barbey/Magnum Photos

13 abr. 2008

Clara Janés - Nupcial

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Ven a la desaparición
del poema,
al punto central
del círculo del aire.
(…)
Se encierra a sí mismo
el cuarzo cristalino del amor,
en su perfección, mudo.
Oh cantor
del ser mínimo,
en tu no estar
aroma irrevocable.
El camino que se abre
ante nosotros
afirma
lo posible
de la imposibilidad que somos.
Ven a la desaparición del poema,
porque es vana la luz de las antorchas
en la calígine incesante,
en el letargo previo
al nuevo nacimiento.



Fractales
Pre-textos Poesía, Valencia, abril de 2005, pág. 50

En Juan Domínguez Prieto, Antología viva y confidente de la inspiración -Los poetas del silencio- (Edición cronológica de textos)
Madrid, adamaRamada ediciones, 2006, pág. 179
www.adamaramada.org


23 ago. 2007

Clara Janés, Sueño de agua

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19 jun. 2007

Clara Janés - Texto de Vilanos

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Hoy las palabras carecen de sentido,
se estrellan como pájaros
contra el cristal de la forma.



adamaRamada ediciones, 2004