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1 jul. 2012

Katzuo Ishiguro: Un artista del mundo flotante (fragmento)

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   Quizá sea un indicio de mi edad cada vez más avanzada el ir vagando de una habitación a otra sin ningún fin concreto. Cuando aquella tarde del segundo día de su visita Setsuko corrió la puerta del recibidor, yo ya debía de llevar un buen rato allí de pie, absorto en mis pensamientos.
   —Lo siento —dijo—. Volveré más tarde.
   Me volví, algo sorprendido, y encontré a mi hija, arrodillada en el umbral de la puerta, con un jarrón lleno de flores y esquejes en la mano.
   —No, no. Entra, por favor —le dije—. No estaba haciendo nada.
   Con la jubilación se tiene más tiempo. Uno de los placeres de estar jubilado es poder marcarse el propio ritmo día a día, con la tranquilidad de no tener que preocuparse más por el trabajo ni los grandes éxitos. De todas formas, tengo que estar volviéndome muy despistado para terminar, habiendo tantas habitaciones como hay, en el recibidor, puesto que toda mi vida he tenido bien claro, porque mi padre siempre me inculcó esa idea, que el recibidor de una casa es un lugar sagrado, un lugar que no hay que marchar con las nimiedades cotidianas, reservado únicamente para recibir a los huéspedes importantes o para inclinarse ante el altar budista. En consecuencia, en nuestra casa el recibidor siempre ha tenido un aire solemne que no tiene en otras. Y yo, aunque nunca haya implantado esta norma como hizo mi padre, siempre he disuadido a mis hijos, mientras fueron pequeños, de que entraran en este cuarto a menos que se les diese permiso.
   Mi respeto por los recibidores puede parecer exagerado, pero debo decir que en la casa donde me crié, en el pueblo de Tsuruoka, a media hora de tren desde aquí, tuve prohibido entrar en el recibidor hasta los doce años. Como esa habitación constituía en muchos aspectos el centro de nuestra casa, sólo a través de los vistazos que conseguía echarle de vez en cuando llegué a formarme una idea de su interior. Años después sorprendí a mis colegas por mi habilidad para plasmar en el lienzo un paisaje que apenas había vislumbrado. Y yo diría que ese talento se lo debo a mi padre, que, sin darse cuenta, entrenó mi ojo de artista durante mis primeros años. En cualquier caso, cuando cumplí los doce años empezaron las «reuniones de negocios», con lo que de pronto tuve ocasión de entrar en la habitación una vez a la semana.
   «Esta noche, Masuji y yo tenemos que hablar de negocios», anunciaba mi padre durante la cena, y sus palabras servían tanto para requerir mi presencia después de la comida como para avisar al resto de la familia de que aquella noche no debían hacer ningún ruido cerca del recibidor.
   Cuando acabábamos de cenar, mi padre desaparecía y, al cabo de unos quince minutos, me llamaba. Lo que yo veía al entrar era una habitación iluminada tan sólo por una vela en medio del suelo. Mi padre estaba sentado en el tatami con las piernas cruzadas, dentro del círculo luminoso que aquélla formaba, y tenía ante sí una cajita de madera, la «caja de negocios», como él la llamaba. Con un gesto me invitaba a sentarme frente a él, dentro del círculo luminoso. El resto de la habitación quedaba totalmente a oscuras. Sólo muy vagamente podía distinguir, a sus espaldas, el altar budista instalado en la pared del fondo o las cortinas que adornaban los nichos. Entonces mi padre empezaba a hablar. De su «caja de negocios» sacaba unos cuadernillos de bastante grosor, abría unos cuantos, y con el dedo me indicaba una serie de cifras en apretadas columnas, hablándome en tono grave y estudiado, y sólo en algún momento interrumpía su discurso para mirarme y solicitar mi aprobación. En esos instantes, yo me apresuraba a decir: «Sí, por supuesto.»
   Como es natural, me resultaba imposible seguir lo que decía mi padre. Cuando hacía sus cuentas empleaba una jerga incomprensible para mí, pues no hacía el menor esfuerzo por ponerse a mi altura. Y tampoco era posible pedirle que me explicara lo que decía: si me permitía entrar en el recibidor, era porque me consideraba lo suficientemente mayor para comprender ese tipo de discursos. A mi sentimiento de vergüenza se sumaba el terror a que en cualquier momento me instara a decir algo más que «Sí, por supuesto», con lo que terminaría mi juego. Sin embargo, pasaron los meses y nunca se dio este caso, aunque yo vivía constantemente atemorizado a la espera de la siguiente «reunión».
   Por supuesto, ahora ya sé que mi padre no esperaba que yo siguiera sus discursos, aunque no entiendo por qué me hacía pasar semejantes apuros. Quizá su intención fuera inculcarme desde muy joven que su mayor esperanza era que me hiciese cargo de los negocios familiares. O tal vez pensara que como futuro cabeza de familia, tenía derecho a conocer todas las decisiones que podían influir en mi vida cuando fuese adulto. De ese modo, debía de creer mi padre, si heredaba un negocio poco seguro, no tendría motivos para quejarme.
   Recuerdo que una vez, cuando ya tenía quince años, me llamaron al recibidor para hablar de otras cosas. Como siempre, mi padre estaba sentado en el círculo de luz que irradiaba la vela. Pero aquella noche, en lugar de la «caja de negocios», mi padre tenía frente a sí un pesado brasero de barro. Ver el brasero me confundió; era el más grande de la casa y sólo se sacaba para los invitados.
   —¿Los has traído todos? —me preguntó.
   —He hecho lo que usted me dijo.
   Dejé junto a mi padre el montón de pinturas y dibujos que llevaba en los brazos, una pila desordenada de papeles de diferentes tipos y tamaños, la mayoría deformados y arrugados por la pintura.
   Me quedé sentado y en silencio mientras mi padre examinaba mi obra. Miraba cada pintura durante unos instantes y después las dejaba a un lado. Cuando iba casi por la mitad, dijo sin levantar la mirada:
   —Masuji, ¿estás seguro de que esto es todo? ¿No se te habrán olvidado una o dos pinturas?
   Me quedé callado. Mi padre levantó la mirada y me preguntó:
   —¿Y bien?
   —Quizá haya una o dos que no haya traído.
   —¿Sí? Seguramente serán aquellas de las que te sientes más orgulloso. ¿Me equivoco?
   Como se puso a mirar de nuevo las pinturas, no respondí.
   Lo estuve observando unos minutos. En un momento dado acercó una de las pinturas a la llama de la vela y dijo:
   —¿No es éste el sendero que baja de la colina de Nishiyama? Has sabido plasmarlo muy bien. Así es realmente como se ve al bajar de la colina. Te felicito.
   —Gracias.
   —¿Sabes, Masuji? —Mi padre seguía con los ojos puestos en la pintura—. Tu madre me ha dicho algo que me ha sorprendido. Según ella, tienes intención de dedicarte a la pintura profesionalmente.
   Aproveché que no había formulado la frase como una pregunta y no di ninguna respuesta. Pero entonces levantó la mirada y repitió:
   —Según tu madre, tienes intención de dedicarte a la pintura profesionalmente. Está equivocada, claro.
   —Claro —dije en voz alta.
   —Supongo que ha sido un malentendido por su parte.
   —Sin duda.
   —Bien.
   Mi padre siguió estudiando las pinturas. Lo estuve observando en silencio y, al cabo de un rato, dijo sin levantar la mirada:
   —Creo que es tu madre la que anda por ahí fuera. ¿La has oído?
   —No, creo que no he oído a nadie.
   —Me parece que era tu madre. En cuanto la veas pasar, dile que entre.
   Me puse de pie y me dirigí a la puerta. Tal y como había imaginado, el pasillo estaba oscuro y no había nadie. A mis espaldas oí a mi padre:
   —Masuji, ya que vas a buscarla, aprovecha el viaje para traer las pinturas que faltan.
   Quizá fue sólo mi imaginación, pero cuando regresé a la habitación minutos después, acompañado por mi madre, tuve la impresión de que el brasero estaba más cerca de la vela. También creí percibir olor a quemado, pero miré dentro del brasero y no me pareció que se hubiera usado.
   Dejé las pinturas que faltaban junto a las otras y mi padre me dio las gracias sin prestarme mucha atención. Durante un rato siguió tan preocupado por mis pinturas que a mi madre y a mí, que estábamos sentados frente a él, nos ignoró completamente. Por fin suspiró, levantó la mirada y me dijo:
   —Masuji, supongo que no te interesarán mucho los bonzos.
   —¿Los bonzos? Pues no.
   —Sin embargo, conocen muy bien este mundo. Yo tampoco suelo escuchar lo que dicen, pero hay que ser educados con estos hombres santos, aunque a veces den más la impresión de ser mendigos que monjes.
   Hizo una pausa y yo dije:
   —Sí, en efecto.
   Mi padre se volvió entonces hacia mi madre y dijo:
   —Sachiko, ¿te acuerdas de los bonzos que pasaban antes por el pueblo? Hubo uno que estuvo en casa justo después de nacer nuestro hijo. Un anciano delgado, con una sola mano pero muy robusto. ¿Te acuerdas?
   —Sí, por supuesto —dijo mi madre—. Pero no creo que haya que tomarse muy a pecho lo que dicen esos monjes.
   —Pero recuerda —dijo mi padre— que aquel monje captó enseguida el alma de Masuji. Cuando se iba nos advirtió algo, ¿te acuerdas?
   —Si por entonces nuestro hijo no era más que un bebé —dijo mi madre en voz baja esperando que yo no la oyera. Mi padre, por el contrario, hablaba demasiado alto sin necesidad, como si se dirigiera a un auditorio.
   —Nos avisó al irse. Nos dijo que Masuji había nacido con buena salud pero con un grave defecto, una debilidad de espíritu que le llevaría a la vagancia y a la hipocresía. ¿Te acuerdas, Sachiko?
   —Sí, pero creo que el monje también dijo muchas cosas buenas de él.
  —Es cierto. También nos dijo que tenía buenas cualidades. Pero ¿recuerdas su advertencia, Sachiko? Según él, para que dominase la parte buena, nosotros, sus padres, debíamos vigilarlo de cerca y combatir cualquier señal de debilidad que diese. De lo contrario, y éstas fueron sus palabras, Masuji no sería más que un inútil.
   —Pero no hay que dar demasiada importancia a las palabras de los monjes —replicó mi madre.
   La observación pareció sorprender a mi padre. Después agachó la cabeza pensativo como si mi madre le hubiese puesto en un aprieto.
   —Yo mismo me resistí a tomar en serio sus palabras —prosiguió mi padre—, pero a medida que Masuji ha ido creciendo, me he visto obligado a darle la razón al anciano. No podemos negar que nuestro hijo tiene un carácter débil. No es lo que se dice una mala persona, pero constantemente hemos tenido que combatir su indolencia, su aversión por las tareas útiles, en definitiva, su falta de voluntad.
   Acto seguido, cogió intencionadamente tres o cuatro de mis pinturas y, con las manos, hizo como si las pesara. Se volvió hacia mí, para decirme:
   —Masuji, tu madre cree que quieres dedicarte a la pintura. Dime, ¿está en lo cierto?
   Bajé la mirada y guardé silencio. A mi madre, que estaba a mi lado, le oí decir, casi susurrando:
   —Aún es pequeño. Seguro que sólo se trata de una distracción.
   Tras un silencio volvió a hablar mi padre:
   —Dime, Masuji, ¿tienes idea de en qué mundo se mueven los artistas?
   Me quedé callado, mirando el suelo.
   —Los artistas —prosiguió mi padre— viven en la pobreza y en la miseria. Se mueven en un mundo lleno de tentaciones y terminan convirtiéndose en unos seres depravados y débiles. ¿Tengo razón, Sachiko?
   —Por supuesto. Aunque también hay artistas que consiguen tener éxito sin caer en esas tentaciones.
  —Sí, claro, siempre hay excepciones —dijo mi padre. Yo seguía con la mirada baja, pero por su voz supe que una vez más se había quedado perplejo—. Y son excepciones porque tienen un carácter muy fuerte y ante todo son muy decididos. Por eso no creo que nuestro hijo sea uno de ellos. Más bien se encuentra en el polo opuesto. Por lo tanto, nuestro deber es protegerlo de tales peligros. Después de todo, nuestro más ferviente deseo es que se convierta en alguien de quien nos sintamos orgullosos, ¿no?
    —Claro —dijo mi madre.
   Levanté la mirada un instante. La vela, que había ardido hasta la mitad, iluminaba con mucha fuerza un lado de la cara de mi padre. Tenía las pinturas encima de las rodillas y vi que con los dedos manoseaba nerviosamente los bordes.
   —Masuji —dijo—. Ahora puedes irte. Quisiera hablar a solas con tu madre.
  Aquella misma noche, un poco más tarde, me topé en la oscuridad con mi madre. Casi estoy seguro de que fue en un pasillo, aunque no lo recuerdo muy bien, como tampoco recuerdo por qué iba yo vagando por la casa a oscuras. Sé que mi intención no era espiar a mis padres, ya que había decidido —de esto sí me acuerdo— desentenderme por completo de lo que pudiese ocurrir en el recibidor después de irme. Como es natural, por aquellos días la iluminación de las casas era muy deficiente, y no resultaba extraño mantener una conversación en la oscuridad. Distinguí ante mí la silueta de mi madre, pero no alcancé a ver su rostro.
   —Huele a quemado en toda la casa —observé.
   —¿A quemado? —Mi madre se quedó en silencio durante un rato y después dijo—: No sé. Debe ser imaginación tuya.
   —Yo he olido a quemado —dije—. Otra vez. Huelo otra vez. ¿Padre sigue en el recibidor?
   —Sí. Está trabajando.
   —Haga lo que haga ahí dentro, no me importa en absoluto.
   Mi madre no pronunció palabra, de modo que añadí:
   —Lo único que padre está encendiendo es mi ambición.
   —Me gusta oírte decir eso, Masuji.
   —No me malinterpretes, madre. No tengo el menor deseo de verme dentro de unos años sentado ahí donde está ahora padre, hablándole a mi hijo de cuentas y dinero. Si acabara de ese modo, ¿se sentiría usted orgullosa de mí?
   —Sí, Masuji. Es imposible que ahora comprendas lo que significa una vida como la de tu padre.
   —Yo no me sentiría orgulloso de mí mismo. La ambición de la que he hablado me impulsa a querer llegar más lejos.
   Mi madre se quedó callada durante un rato y después dijo:
   —Cuando somos jóvenes, no le vemos sentido a muchas cosas, pero conforme pasan los años, son esas cosas las que nos parecen importantes.
   En lugar de contestar, creo que dije:
  —Antes me horrorizaban las «reuniones» de padre. Pero desde hace algún tiempo sólo me producen aburrimiento. Repugnancia incluso. Después de todo, ¿qué son esas reuniones a las que tengo el privilegio de asistir? Contar monedas con avaricia, una hora tras otra. Si yo acabara de ese modo, nunca me lo perdonaría. —Hice una pausa para ver si mi madre decía algo. Durante unos instantes tuve la sensación de que se había alejado en silencio mientras yo hablaba y me había dejado solo. Pero después la oí moverse y entonces repetí—: Lo que padre esté haciendo en el recibidor no me importa en absoluto. Lo único que enciende es mi ambición.
   En fin, veo que me estoy desviando del tema. Mi propósito no era otro que relatarles la conversación que tuve con Setsuko el mes pasado, cuando entró en el recibidor para cambiar las flores.
   Recuerdo que Setsuko se había sentado ante el altar budista y había empezado a quitar las flores más marchitas que lo decoraban. Yo, sentado detrás de ella, observaba el cuidado con que sacudía cada tallo antes de depositarlo en sus rodillas. Nuestra conversación era alegre, pero en un momento dado dijo, sin apartar la mirada de las flores:
   —Discúlpeme por lo que le voy a decir, padre, aunque sin duda también usted lo habrá pensado.
   —¿De qué se trata, Setsuko?
   —Si se lo comento, es porque no creo que la boda de Noriko plantee ya graves problemas.
   Setsuko había empezado a poner las flores frescas traídas momentos antes en los jarrones que rodeaban el altar. Colocaba las flores de una en una y con mucho cuidado, haciendo una pausa entre flor y flor para ver el efecto.
   —Sólo quería decir —prosiguió— que una vez que se empiece a hablar en serio en la boda, debería usted tomar algunas precauciones.
   —¿Precauciones? Eso ya lo sé. Vamos a ser muy prudentes. Pero ¿qué quieres decir en realidad?
   —Discúlpeme, me estaba refiriendo a las averiguaciones.
  —Pero claro. Seremos muy minuciosos, te lo aseguro. Contrataremos al mismo indagador que el año pasado. Recordarás que cumplió muy bien su tarea.
Setsuko cambió un tallo de sitio con mucho cuidado.
   —Discúlpeme, pero es posible que no me esté expresando con claridad. En realidad, me refería a sus averiguaciones.
   —Lo siento, pero no sé qué quieres decirme. ¿Acaso piensas que tenemos algo que ocultar? Setsuko se rió nerviosa.
   —Debe usted perdonarme, padre. Ya sabe que nunca he tenido facilidad de expresión. Suichi siempre está reprendiéndome porque me expreso mal. El no tiene ningún problema. Debería fijarme más y tomarle como ejemplo.
   —Si te expresas muy bien; lo que no entiendo es qué quieres decir.
   Setsuko, de pronto, interrumpió su tarea.
   —Imposible, hay demasiado viento —dijo suspirando, y volvió a ocuparse de las flores—. Por lo visto, al viento no le gusta cómo las he puesto. —Durante unos instantes volvió a quedarse pensativa y después añadió—: Perdóneme, padre. Si Suichi se viese en esta situación, se expresaría mucho mejor. Pero claro, no es el caso. Sólo quería decirle que quizá sería prudente que tomase usted algunas precauciones. Para evitar que haya malentendidos. Noriko va a cumplir ya veintiséis años y no podemos permitirnos que sufra otra decepción como la del año pasado.
   —¿Qué malentendidos?
   —Sí, referentes al pasado. Pero vamos, seguro que ya ha pensado usted en todo y hará lo que esté en su mano; no sé por qué se lo digo.
   Setsuko volvió a sentarse, contempló su obra y, con una sonrisa en los labios, me comentó:
  —Estas cosas no se me dan bien —dijo señalando las flores.
  —Eso no es verdad. Te ha quedado muy bien. Miró el altar no demasiado satisfecha y dejó entrever una sonrisa.


Título Original: An artist of the floating world
Traductor: Angel Luis Hernández Francés
©1986, Ishiguro Kazuo Ishiguro
©1998, Anagrama
Foto: Katzuo Ishiguro por Mark Gerson (NPG)