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17 may. 2010

José Ingenieros - Las canas

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Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio. Arrancarse la primera -¿quién no lo hace?- es como quitar el badajo a la campana que toca el Angelus, pretendiendo con ello prolongar el día.

Las canas visibles corresponden a otras más graves que no vemos: el cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga a la llama y protege a la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.

Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse a sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.

El "genio y figura hasta la sepultura", es una excepción muy rara en los hombres de ingenio excelentes, si son longevos: suele confirmarse cuando mueren a tiempo, anotes de que la fatal opacidad crepuscular empañe los resplandores del espíritu. En general, si mueren tarde, una pausada neblina comienza a velar su mente con los achaques de la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse extraños a sí mismos, supervivencia que los lleva hasta no comprender su propia obra. Les sucede como a un astrónomo que perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado para confirmarlos a simple vista.

La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio, la vejez mediocriza a todo hombre superior; más tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre.

Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija; se organiza y se desorganiza, evoluciona e involuciona, crece y se amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los parpadeos de la llama interior que se apaga.

Cuando el cuerpo se niega a servir todas nuestras intenciones y deseos, o cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse a meditar una intención noble, es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando el cálculo utilitario reemplaza a la alegría juvenil. Quien se pone a mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya no es joven; cuando opina que es preferible tener de más a tener de menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede su posibilidad de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación de los sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes de estudiarla los psicólogos modernos, el propio Cicerón escribió palabras definitivas: "Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado el sitio en que había ocultado su tesoro" (De Senectute, c. 7.). Y debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y encantos de la vejez.

Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del ahorro ha envilecido a generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros en predicarla, pues, como enseñó Maquiavelo, "más daña a los pueblos la avaricia de sus ciudadanos que la rapacidad de sus enemigos".

Esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra a la fe, al amor, a la esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo a oscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse a lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es más miserable cuanto más tiene: para soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la dignidad o al bienestar; ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.

La avaricia como pasión envilecedora, iguala a la envidia. Es la pústula moral de los corazones envejecidos.

En El hombre mediocre

17 oct. 2009

José Ingenieros – Acerca de la locura en Argentina

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José Ingenieros I. La superstición medieval y la locura

Los que hemos estudiado patología mental en los comienzos del siglo XX, auxiliados por  la histología para comprender los procesos fisiopatológicos y por la bioquímica para analizar los elementos causales, difícilmente comprendemos el concepto que hasta hace un siglo se tenía de la locura y los procedimientos terapéuticos que se usaban con la intención de curarla. Las intoxicaciones internas y externas, las aplasias y degeneraciones de tejidos cerebrales, las lesiones anatomopatológicas, las astenias y disociaciones funcionales, en nada se parecen a los castigos divinos, posesiones diabólicas, hechizos, encantamientos, brujerías y otros maleficios que se tenían por causas suficientes de la alienación mental. Ni hay parentesco alguno entre la clinoterapia, la desintoxicación, el trabajo o la psicoterapia, usadas actualmente, y las cárceles, desencantamientos, palizas o sangrías, que eran preferidas en épocas no muy lejanas, y que son todavía practicadas por los pueblos e individuos de cultura inferior.

La evolución de la psiquiatría ha pasado, en general, por las mismas etapas que la historia de la medicina. Primitivamente, el hombre relacionaba las enfermedades con influencias sobrenaturales, no vacilando en atribuirlas a la maldad de seres invisibles o a castigos de dioses vengativos; estas explicaciones ilegítimas, lo mismo que las demás creencias supersticiosas, persistieron en las clases ignorantes mucho después de iniciarse una medicina menos absurda, pues el concepto que el vulgo tenía de la enfermedad no podía emanciparse de los errores que aceptaba respecto de la vida misma.

En vano los hombres de más vasta experiencia intentan acercarse a explicaciones naturales; las viejas quimeras de lo misterioso y lo sobrenatural persisten en las múltiples formas de la intuición vulgar. Cuando los hombres menos ignorantes se desprenden de la inicial mentalidad mística, observan, experimentan, oponen la crítica al dogma, el juicio propio a la rutina, las ciencias se van formando como resultado rectificables y perfectibles; pero este cambio radical de la mentalidad sólo se observa como variación de una minoría ilustrada, persistiendo en las masas como herencia las creencias ancestrales, alimentadas por hábiles sofistas que viven de mantenerlas en la ignorancia y la superstición.

En la ciencia antigua el concepto de la locura alcanzó a salir del período místico y teúrgico, desde Hipócrates, Dioclides y Asclepiades hasta Celso, Galeno, Areteo de Capadocia y Celio Aureliano; durante el desenvolvimiento de la medicina naturalista se había alcanzado la noción clarísima de que las enfermedades mentales tenían por causa alteraciones del organismo y podían curarse obrando sobre el cuerpo. Las escuelas médicas del mundo greco-latino habían renunciado a la psiquiatría mitológica descrita en los cantos homéricos, repetida en los trágicos griegos e imitada por muchos poetas latinos.

El renacimiento místico que acompañó a la extensión del cristianismo detuvo por muchos siglos el progreso de la sabiduría griega, que era, a la vez, ciencia y filosofía. A medida que el primitivo cristianismo se organizó en iglesia dogmática, fue apagándose el espíritu de libre investigación, hasta que la teología se constituyó como único sistema de creencias permitido en el mundo católico, con variantes que no afectaron lo esencial de los dogmas.

Uno de éstos, indispensables para el sistema, fue el dogma de la existencia de un alma racional, inmaterial e inmortal, ajena al cuerpo que la hospedaba y encargada de presidir todas las funciones mentales, reunidas bajo el vago nombre de espíritu. Fue lógico, pues, que las enfermedades mentales se interpretasen como afecciones del espíritu; la locura, como en la mitología homérica, volvió a ser la obra de entes sobrenaturales -dioses o demonios- que se introducían en el cuerpo del hombre para perturbar el alma racional.

En la medicina entera se operó esa regresión del naturalismo al misticismo, aunque menos acentuada que en la patología mental. Poco importaba, en efecto, para las creencias dogmáticas, la noción que se tuviera de la pulmonía o del linfatismo; eran, en cambio, peligrosas, y por consiguiente heréticas, las opiniones que se refirieran a la naturaleza de las funciones del espíritu.

La medicina quedó comprendida en el monopolio de todos los conocimientos, realizado por la Iglesia; los monjes fueron los únicos que pudieron estudiarla y con el tiempo se constituyeron órdenes religiosas especializadas en el ejercicio del arte de curar. Fue ello singularmente nocivo para la asistencia de los alienados: desde que el alma racional era el soplo divino con que Dios había animado el barro en que plasmara el primer hombre, era legítimo que los monjes alienistas miraran las pérdidas de la razón como castigos sobrenaturales y que las especulaciones teológicas primasen sobre el buen sentido naturalista.

En la sociedad feudal los alienados pasaron por víctimas del diablo, poseídos, hechizados, endemoniados o embrujados, con excepción de aquellos cuya locura se ajustaba al ambiente místico y a los dogmas imperantes, en cuyo caso corrían el envidiable albur de ser beatificados, canonizados o santificados. Los demás, reos de herejías, sufrieron penas cada vez más severas.

Cuanto mayor era la superstición, más tentadora tornábase la herejía para los desequilibrados, histéricos y locos; y cuando Lutero puso en peligro la política de la Iglesia Romana, lanzando el grito de la Reforma, recrudeció la intolerancia, aumentaron los herejes y endemoniados, y millares de locos ardían en las hogueras ( 1 ) junto con los cristianos que preferían el Evangelio a la Iglesia, la enseñanza moral de Cristo a la autoridad temporal del Papa.

El Renacimiento -estimulado en las bellas artes y tolerado en las letras- fue una constante batalla en las ciencias y en las filosofías; la persecución dogmática, severa para las ciencias físiconaturales, fue despiadada para las disciplinas psicológicas, por ser éstas las más peligrosas para las supercherías reinantes. La patología mental no tuvo renacimiento hasta la Revolución Francesa; a través de Locke y Condillac se llegó a la psicología naturalista de los Ideólogos, de cuya escuela formaron parte Pinel y Esquirol, revolucionarios de la patología mental.

En este largo paréntesis que interrumpió el progreso de las ciencias médicas, la psiquiatría fue más dañada que las otras. Con relación al concepto y al tratamiento de la locura, el renacimiento místico de la Edad Media representó una regresión atávica a las brujerías de los pueblos primitivos, con sus creencias absurdas y sus mismas prácticas disparatadas. La Europa entera, obsesionada por el terror religioso, vivió en una atmósfera de hechicería y demonofobia, doblemente usufructuaria en lo alto por los frailes y en lo bajo por los brujos, sin que la docta ignorancia de los primeros tuviera más valor psiquiátrico que la ingenua superstición de los segundos.

En España, durante los siglos de la conquista y del coloniaje americano, reinaban oficialmente las ideas medievales sobre la locura y su represión; es justo recordar -el genio es siempre excepcional- que Cervantes tuvo un concepto naturalista de la locura y que en repetidas ocasiones explica la de Don Quijote por habérsele a éste enfermado el cerebro. Mas no era el admirable manco el encargado de curar a los que perdían la razón, sino los religiosos y los curanderos, aquéllos entre la gente de pro y éstos en las masas incultas, además de los barberos y herradores, incipientes clínicos que aplicaban sanguijuelas, sangraban o ponían lavativas, y de los componedores de huesos, incipientes cirujanos. Algunos, más pretenciosos, se llamaban algebristas, sugiriendo que no eran legos en matemáticas, tal como los reputados físicos de las escuelas árabes.

A medida que se establecieron estudios serios de medicina para laicos, quitando el monopolio a las Ordenes religiosas, muchos pobres inteligentes se dedicaron a esta profesión, ya que el arte de curar era mal mirado por los caballeros, como todo lo que significaba trabajar para vivir; el escrúpulo era más explicable en España, pues allí la medicina había sido cultivada con empeño por árabes y judíos, sobresalientes en este arte.

Cuando hubo físicos profesionales, autorizados para curar después de estudios metódicos, no varió la situación de los alienados. Estos médicos no sabían ni querían entender de locura y de locos, pues como físicos no gustaban de entrometerse en afecciones del espíritu, fronterizas de la herejía y reservarlas a la competencia de los frailes.

Tales eran las ideas corrientes en España acerca de los alienados y del arte de curarlos, durante los tres siglos del coloniaje americano, Y no puede sorprender que en las colonias menos incultas -Méjico, Perú, Nueva Granada- la situación fuera la misma que en la metrópoli.

No basta comprender las costumbres y las creencias reinantes en España acerca de la locura para formar juicio de la situación en que estuvieron los alienados en las colonias americanas; limitándonos, en particular, al territorio que constituye actualmente la República Argentina, forzoso es considerar otros elementos étnicos cuya importancia es apenas concebible en nuestros días.

En la formación de las sociedades coloniales pre-argentinas se mezclaron tres tipos raciales heterogéneos, resultando de ello la paulatina organización de dos sociedades distintas; la Tucumana y la Rioplatense. En la primera formaban los indígenas la casi totalidad de la población, hallándose los blancos europeos en proporción centesimal; en la segunda fue más escaso el elemento indígena y muy abundante la proporción de negros africanos, a punto de que a fines del siglo XVIII los blancos y criollos constituían un tercio de la población avecindado en pueblos, contándose por dos tercios los negros y mulatos. En Córdoba, límite natural de ambas sociedades, la mestización africana predominaba en la ciudad y la indígena en la campaña adyacente.

 

II. Locos y brujos en las razas indígenas

En el territorio que constituye hoy la República Argentina, vivían antes de la inmigración española tres grandes grupos de razas indígenas; el del Nordeste (guaranítico), el del Noroeste (quechua) y del Sudoeste (araucanos). Los estudios de folklore comparado tienden a demostrar cierta analogía en sus ideas médicas, comunes a casi todos los pueblos primitivos; lo que más variaba en los indígenas americanos era la farmacopea, de acuerdo con la heterogeneidad de la flora y de la fauna. En cuanto a la locura y su tratamiento, a la analogía entre quichuas, guaraníticos y araucanos, fue muy acentuada; en los tres grupos era atribuida a causas sobrenaturales y curada mediante prácticas de hechicería.

Por ser más importante, además de existir copiosa información, conviene detenerse en particular sobre el grupo quechua, que formó casi totalmente la sociedad tucumana. ¿Cuál era el concepto de la locura y de su tratamiento entre los indígenas del Noroeste argentino? Los datos que poseemos se deben a cronistas coloniales del Perú, ampliados y corregidos por modernos alienistas limeños; el grupo indígena quicio-argentino era, en efecto, una variedad de las razas peruanas. El vocabulario quechua posee numerosos términos que denominan las diversas formas de locura, distinguiendo perfectamente la susceptible de la expansiva, la melancólica de la furiosa, la espantadiza de la impulsiva, la embriaguez alcohólica, el desmayo, el delirio, la disparataría. Con palabras especiales se designan al demente, al bebo, al estúpido, al mentecato, al necio, al tonto, al torpe, al trastornado y al bonzo. En el Ollanta, drama pseudo-incásico, el protagonista da muestras de delirio o locura, que un siervo suyo interpreta como hechizamiento del demonio; análoga explicación de la locura ofrecen muchas supersticiones y leyendas, bastante parecidas a las de los pueblos guaraníticos, así como la letra de muchos yaravís y algunas piezas de cerámica. ( 2 )

En todos los pueblos del grupo quechua persisten hasta nuestros días las supersticiones relativas a las yaguas o enfermedades congénitas atribuidas a influjos de la madre sobre el feto, reveladas por semejanzas licantrópicas y curadas mediante sortilegios. El uso de la chicha producía entre los indios las diversas formas de locura alcohólica. No eran desconocidas la histeria y la epilepsia, relacionadas generalmente con las prácticas de adivinación y brujería. Las afecciones mentales solían curarse bailando al enfermo, ceremonia colectiva en que el paciente tomaba parte cuando su estado lo permitía; esta práctica era común en la Europa medieval y la conocieron también los indígenas guaraníticos y araucanos, lo mismo que los negros importados de África. Muchas veces estas ceremonias producían epidemias coreográficas o saltatorias, en cuyo tratamiento intervenían los indios brujos con variadísimas hechicerías de carácter netamente religioso. Eran conocidos los delirios febriles, cuya asistencia compartían los brujos con los simples curanderos, siendo característico que estos últimos, casi siempre herbolarios, no usaran las artes sobrenaturales, reservadas a los primeros. La coca, la belladona y el chamico, muy usados, producían con frecuencia trastornos mentales de origen tóxico. No eran desconocidas las consecuencias de la avariosis ni las psicopatías sexuales.

Los hechiceros tenían un carácter marcadamente sacerdotal, correspondiente al concepto que de la religión se forman los pueblos primitivos. En todo grupo de indios existía algún brujo, mezcla de adivino y santón, una de cuyas funciones principales consistía en curar los padecimientos psíquicos, causados por sortilegios o por fuerzas sobrenaturales. Entre los pueblos de origen quechua formaban una casta o gremio especial: las facultades se transmitían de padres a hijos, pero solían admitirse al misterioso ministerio ciertos indios nacidos en circunstancias extraordinarias. Entre éstos eran preferidos los hijos del trueno, ya fuese que sus madres hubiesen sido fecundadas por el trueno mismo o que el alumbramiento se efectuara en momentos de fuerte tronar. Para entrar en éxtasis durante las ceremonias usaban la belladona y el chamico (u otra Datura), junto con otras yerbas que hacían soñar agradablemente o delirar. ( 3 ) En estas costumbres se encuentra la explicación psicológica de ciertas leyendas que hasta nuestros días persisten en poblaciones indígenas del Noroeste argentino.

Muchos mentecatos eran conducidos a la corte de los Incas, donde servían de bufones. Los locos furiosos eran fuertemente amarrados y se les sometía a copiosas sudaciones, para expulsar los malos humores, al mismo tiempo que con bailes, exorcismos y conjuros se expulsaban los malos espíritus. Para algunos delirios febriles se usaban baños, entendiéndose que el agua ayudaba a las oraciones.

Había talismanes de piedra y de metal, pájaros con virtudes sobrenaturales y plantas preferidas para los altares de los hechiceros; ese arsenal servía a los brujos para el tratamiento de los que se creían víctimas de daños o maleficios. Los retardados mentales eran abandonados, si no servían para el servicio doméstico; en ciertas regiones abundaban. ( 4 )

Merece especial mención la frecuencia y la analogía de los delirios licantrópicos en los pueblos indígenas que habitaron esta parte de América (Uturuncos, Capiangos, Yagaureté-abá, formas todas del de indio-tigre); están reflejados abundantemente en las leyendas quichuas, guaraníticas y araucanas. ( 5 )

El contacto con los españoles no suprimió la brujería entre los indígenas. En vano lucharon contra ella los obispos y gobernadores, muchas veces con severidad sobrada; ( 6 ) lo único que ocurrió fue la desfiguración de las supersticiones indígenas por la nomenclatura del santoral católico, llegando con frecuencia a contagiarse de ella no pocos españoles.

Justo es advertir que en los últimos restos de las razas indígenas, progresivamente desplazadas por la sociedad euro-argentina, persisten leyendas y supersticiones que fueron corrientes en las campañas, durante la época colonial.

Los calchaquíes atribuyen las más de las enfermedades a movimientos del padrejón (en el hombre) y de la madre (en la mujer); uno y otra son órganos que creen llevar suspendidos en el interior del cuerpo, entre el pecho y el vientre. Todas las perturbaciones mentales las atribuyen a que el padrejón o la madre se han subido a la cabeza.

Su natural desconfiado los aparta de tomar medicinas; prefieren llamar a sus brujas curanderas, que llaman médicas. La superstición más curiosa es la que se refiere a las causas y tratamientos de la locura.

Cuando un indio se halla en estado de agitación, de confusión mental, o de coma, a causa de abusos alcohólicos, la médica diagnostica que al enfermo se le ha ido el Esperito (espíritu) suposición que suele generalizarse a todo síntoma psicopático. Creen en la existencia de un espíritu o alma, que en circunstancias especiales tiene la facultad de desprenderse del cuerpo. Suponen que esa facultad está más desarrollada en los niños, lo que origina prácticas singularísimas. Muchas madres, para evitar que los niños pierdan el espíritu, los fumigan quemando las basuras que recogen en los cuatro ángulos de su habitación, rezando antes un Credo; otras, más previsoras, hacen recorrer todas las tardes por otras chinas, los lugares por donde han pasado sus hijos, con el objeto de llamar a gritos los respectivos espíritus, por el nombre de sus dueños, con lo que creen posible reconducir al redil algún espíritu andariego o rezagado. Las personas de cierta edad, cuando duermen sin soñar, suelen creer que se les ha alejado el espíritu.

Cuando un enfermo presenta perturbaciones mentales, se encarga a una médica el cuidado de encontrar el espíritu que se le ha extraviado.

La ceremonia, muy interesante, ha de efectuarse de noche o al oscurecer; empieza la médica por averiguar el lugar por donde el enfermo ha andado, que ha de ser, sin duda, un cerro, pues en éste debe hallarse lo que le ha asustado (la visión de la Pacha Mama, por ejemplo).

En seguida, y antes de dirigirse al punto indicado, pone una vela encendida debajo de un virque o tinajón de barro, en la puerta de la habitación del enfermo, y lleva, si éste es hombre, su faja, y si es mujer, un rebozo. Luego, y acompañada de dos hombres, contratados para el caso, que por sus mismas funciones tienen el nombre de gritadores y llevan hachones encendidos o tizones ardiendo, marcha la médica hacia el lugar donde presume encontrar el espíritu calavera.

A él llegado, liba en honor de la Pacha Mama y entierra chicha, comida y coca y llicta, pronunciando una oración indio-cristina para pedir a la Pacha Mama que libre el espíritu retenido por ella.

Después, revoleando sus tizones en el aire, los gritadores llaman al espíritu, pronunciando a grandes voces el nombre del enfermo, al mismo tiempo que, dándose vuelta todos, acompañan, sin mirar hacia atrás, a la médica que arrastra por el suelo la faja o el rebozo hasta llegar a la casa del enfermo en cuya habitación penetran. Retira la médica la vela del tinajón y con ella en la mano, después de haber colocado debajo de la cama del enfermo la prenda arrastrada, da vueltas alrededor de aquél, rezando un número conveniente de Credos. Coloca asimismo debajo de la almohada la vela apagada y se retiran los presentes de la habitación dejando solo al paciente hasta el día siguiente, para que pueda, sin ser molestado, retornar el espíritu a su cuerpo.

En tal superstición los calchaquíes no identifican el espíritu con el alma, puesto que puede alejarse continuando vivo el individuo; para su modo de pensar es una segunda alma, un doble. ( 7 )

Entre las leyendas que aún persisten en la región guaranítica, merece mencionarse la del fabuloso Curupí, ser fálico que suele producir la locura en las mujeres que lo miran.

"El Curupí es un personaje de cara overa, fortacho y para algunos petiso. Anda por el monte, casi siempre a la hora de la siesta; según otros, camina en cuatro pies y se caracteriza por el exagerado desarrollo de su órgano viril que le permite enlazar con él a las personas que quiere llevar consigo; cortándole el miembro el Curupí se vuelve inofensivo y se salva la persona enlazada. Persigue generalmente a las mujeres que a esas horas van al monte a buscar leña, y que a su sola vista se vuelven locas". ( 8 )

Una de las más difundidas supersticiones gauchas se refiere al Basilisco, causante de maleficios, daños y pérdida de la razón, atribuidas a ese animal, que suponen nacido de huevos hueros, puestos por gallinas viejas.

Le atribuyen la forma de una pequeña víbora, con un solo ojo en la frente, cuya mirada produce encantamiento de las personas; creen que al salir del huevo trata de penetrar en los ranchos, para ocultarse en las paredes o en el techo, ejerciendo desde allí su misteriosa fascinación.

"Al basilisco se le inculpa la producción del daño; esta enfermedad, bastante común en las mujeres, no es sino una forma de histeria, a veces complicada con epilepsia". El procedimiento curativo del daño causado por el famoso basilisco, es el siguiente: "La enferma, ya diagnosticada la dolencia por alguna comadre o médica rural, manda comprobar, si, (cosa imposible en una mujer), no tiene un espejo, con el cual se coloca de espaldas a la nidada, presunta cuna del basilisco y se queda durante un par de horas diarias mirándola por el espejo. Tratamiento que se continúa por el espacio de los días necesarios para la curación. La razón de mirar la nidada, es la de romper la presión de la mirada del basilisco, que es posible que aún esté allí.

"He dicho antes que hasta se curan, y ello ocurre en muchos casos, porque las dos horas diarias de sesión proporcionan a la paciente, sin que la aperciba, un tratamiento auto-hipnótico que, unido a la fe en el remedio, da una suma importante de factores de curación". ( 9 )

Testimonio de esa promiscuación indo-católica de supersticiones, nos ofrece un proceso por brujería, sustanciado en la ciudad de Tucumán, en el siglo XVII lleno de curiosas particularidades sobre encantamientos y desencantamientos. ( 10 ) En 1688, la nueva Tucumán comenzaba a formarse; aunque habían transcurrido cuatro años de su traslado, la vieja población no había desaparecido. Celoso el Cabildo de realizar algunas obras de utilidad común, compelió por auto a los vecinos del pueblo viejo, para que ayudaran a los del nuevo; entre aquéllos se contaba el encomendero capitán don Diego Bazán, quien no pudo continuar sus trabajos por padecer una extraña enfermedad, atribuida a encantamiento, que, entre otros síntomas, se manifestaba por hinchazón del muslo izquierdo. Viose precisado don Diego a regresar a su encomienda y allí quedó postrado casi dos años, observándose que los remedios sólo contribuían a agravar su enfermedad; pronto en la ciudad vieja comenzó a formarse opinión de que el capitán no padecía enfermedad natural, sino hechizamiento, señalándose como autora del encanto a Luisa González, india, que tenía fama de bruja.

Al fin, acordaron los españoles enviar emisarios al pueblo de Aconquija, morada de un indio Pablo, adivino famoso en toda la región, quien vino a confirmar las sospechas. Con esta autorizada prueba la población entró en gran alboroto. La india bruja fue presa y amenazada; el doctor Pedro Martínez de la Serna, Provisor y Vicario General del Obispado, personaje de campanillas para el lugar, fue suplicado para que deshiciera el hechizo, consintiendo de inmediato a efectuarlo, exorcizando al enfermo.

Por ignorarse la naturaleza del encanto no tuvieron resultado alguno los exorcismos del supersticioso clérigo; y como se prolongase la enfermedad, la madre de la víctima se decidió a querellarse criminalmente contra la india bruja, a fin de que se descubriera y desatase el encanto que en tan mal punto tenía el capitán. Expresaba que la india "con poco temor de Dios y de su santa ley -como bárbara y maldita... ha hechizado a mi hijo... por ser famosa en el arte de hechizar, que esta Voz es común y notoria en todos estos distritos"; agregaba que el mal era "un prodigio tan grande, y todos concuerdan en que es cosa de naturaleza maleficiosa", pidiendo el condigno castigo contra la bruja, "que de esa manera declarará la fuerza del encanto y con que se puede desatar, para que quede libre de tan peligroso trance como el de la muerte de un hijo".

El juez eclesiástico practicó las urgentes diligencias del caso, disponiendo presentase testigos la querellante, pero al mismo tiempo decretó que el indio Pablo no saliese del lugar, bajo pena de cien azotes, entregándolo a la custodia del sargento mayor Francisco de la Rocha, a quien responsabilizó bajo pena de excomunión mayor y multa de cien pesos.

El testigo Pedro de la Rocha declaró que habiendo llegado al pueblo de Escaba, con el franciscano Tomás de Lizondo, el día en que se festejaba a Santa Rosa, llamaron al citado Padre, del pueblo de Eldete, porque estaba muy enferma una india, cuyo nombre no recuerda; "y queriendo el padre, le contó la enferma, que Luisa González la avía hechizado con un poco de vino que le avía dado en una tasa, y que dentro del vino avía un torrelito de hilo; y que queriéndolo sacar la india, le dixo Luisa González que no lo sacase, y volviéndolo la india empezó a desatinar, dando voces", etc.; además, estando el declarante con el franciscano, llegó el vecino Pedro de Canda, "y le mostró al padre unas iervas, las que le dijo Pedro de Canda, le avía dado a vever a la India y con ellas avía echado un sapo"...

El testimonio pareció probante. El juez eclesiástico expidió de inmediato un auto al sargento mayor Nicolás Marcial de Olea, para que prendiera a la bruja y la asegurase en la cárcel pública, bajo pena de excomunión mayor; el sargento mayor cumplió lo ordenado e hizo poner un par de grillos a la india, dejándola en casa del capitán Urquiola, por ser insegura la cárcel y correr gran riesgo de que fugase.

El Provisor del Obispado hizo comparecer al adivino Pablo, cuyo dictamen auténtico se esperaba con ansiedad. El brujo -que en este caso servía de "contrabrujo"- hizo algunas declaraciones interesantes. "Respondió que es adivino, y que suele saver de las cosas ocultas, y que las cosas que se pierden o hurtan las suele saver hallar con su saver, y que suele conocer cuando alguna persona está hechizada". Preguntado sobre el origen de su arte: "Respondió que ninguna persona le a enseñado y que desde muy niño ha tenido esta siensia, y que entiende que nació desde el vientre de su madre con esta gracia, y que oió decir a los suios, que antes de nacer habló en el vientre de su madre; y por esto le decían que era adivino, y que en su pueblo y nación (siendo muchacho este declarante), le preguntaban sus caciques por los hechiceros que avía, y este claramente los conocía y declaraba, y que los caciques ajusticiaban a los hechiceros, y que esto es público entre los suios". Preguntado en qué indicios o señas conocía a los hechiceros o hechizados, contestó "que en el tacto de las manos, y que reconoce el intento de ellos, y no supo contestar formalmente los indicios o señas en que conoce la sobre dicho". Agregó que aun sin verles las manos, conocía desde lejos a los hechiceros ausentes; que en su pueblo todos conocían sus aptitudes "y que saben que no hubo otro en su nación que reviviese esta siensia"; que teme a los hechiceros, pues en una ocasión fue hechizado, curándose a sí mismo; que cura con raíces y otras cosas, que con instinto reconoce que son provechosas para los hechizos. Y, para terminar, afirmó saber que Luisa González había muerto a varios con sus hechizos y que era la autora del hechizamiento de don Diego Bazán, agregando que le bastaría ir a casa de la india para conocer y descubrir el hechizo y encanto de que era víctima el capitán.

El mismo Previsor, atento a las últimas declaraciones, se dispuso a participar en el descubrimiento. Salió una comitiva para Aconquija y "llegados a un arrollo, el adivino mandó al primero que se adelantase y echase toda la gente que avía en el rancho de la hechicera Luisa González; que llegando los demás el adivino entró en el rancho y comenzó a buscar el encanto, dando golpes con una caña a la tierra, y "que dentro del espacio de un credo, poco más o menos, sonó güeco", debajo de la cama de la india, y entonces dijo el adivino: "aquí está; busquen un trapo con que cogerlo", y que "en presencia y a vista de los declarantes, clavó la tierra y dentro de ella sacó un sapo, que estaba atado en el muzlo, y lo metió dentro de una guaica o bolsa, que hallaron en la puerta del rancho, la cual cogió Antonio Godoy y la trajo a este sitio viejo, hasta que se descubrió y sacó el sapo en presencia de su merced el señor Provisor". Trasladada la causa al pueblo nuevo, el indio adivino Pablo, después de referir lo ocurrido, "en presencia de mucha gente, así españoles como indios, desató la talega y echó en tierra el sapo atado, y que aviéndole preguntado el señor Provisor que se haría con aquel sapo para desencantar a don Diego Bazán y que no peligrase, respondió que se desatase el sapo i se quemasen los hilos con que estaba atado, y que en la corriente del río echasen el sapo, y que con eso mejoraría el doliente, y que el señor Provisor le mandó desatar a este declarante el sapo, para lo cual pidió unas tijeras y con trabajo le cortó las liaduras y se ejecutó en la forma referida. Y desde entonces reconoció mejoría el doliente, y que esto se prueba con berlo, que está sano y bueno, sin otro medicamento, como es público i notorio".

Ante semejantes sucesos, la causa quedó en estado de sustanciar y fallar. El alcalde mandó traer la bruja a la nueva ciudad, con las mayores precauciones, sujeta con grillos y pesadas cadenas. Al cogérsele confesión, la acusada expresó que el adivino Pablo le había levantado falso testimonio. Le preguntaron "si alguna bes a hablado con el diablo", y respondió que no, pues "continuamente a serbido al Santo San Juan". Explicó la repentina curación de don Diego, porque "Dios le habrá dado salud por los ruegos que a la virgen santísima a hecho en el tiempo que a estado presa"; y en cuanto al descubrimiento del sapo por el adivino, "dijo que el indio Pablo dio a entender que lo sacaba de su casa, y que lo llevaría consigo en la guayaca, para hacer la apariencia de que se halláse culpada".

Tan justas y cristianas explicaciones no aplacaron el afán de castigo, aumentado en la querellante por la circunstancia de que don Diego, repentinamente, se halló "sano, robusto y colorado", como no se consiguiera en dos años de variadas medicinas. Se le acusó de ser "hechicera y por arte diabólica matadora de gentes", recordando que cuando dio vino a la india de Eldete, ésta "empezó a rabiar y a aserce pedazos las carnes a mordiscones", y que don Diego curó a raíz de haberse arrojado en la corriente el sapo que le tenía encantado; luego se halló libre de los dolores y en particular del muslo donde estaba atado el sapo y en el mismo lado del doliente, causa suficiente porque debe ser castigada según derecho, condenándola a muerte y fuego, como persona que tiene pacto con el demonio".

Su defensor de oficio, el capitán Salas, arguyó que "es constante no aver adivino, ni se deve creer tal cosa", y que en cuanto a la mejoría de don Diego: "es constante que aprensión causa efecto, que al mal que le es debido el agua sirve de medicina; pudo aver mejorado por aber hecho aprensión de que estaba encantado y al ver aquella demostración que el indio tenido por adivino hizo con el sapo, quitándole las liaduras". Con estas y otras razones parecía el Alcalde dispuesto a absolver a la hechicera y ordenó que ella se ratificase en su confesión. Pero los padecimientos sufridos habían hecho flaquear su fe en la verdad, sugiriéndole la idea de mentir de acuerdo con la superstición reinante; dijo, en efecto, que otro indio había efectuado los encantamientos y había colocado los hechizos en su casa, por venganza.

Ante este embrollo inesperado el alcalde se decidió a darle "los tormentos que el derecho dispone", para saber la verdad. La hizo comparecer y "puesto el burro en que se le han de dar los tormentos", la conminó a que confesara el delito, "y que no permita ser desconyuntada en el potro". La mujer negó. Le dijo el Alcalde que "corriese por su cuenta cualquier quebradura de guesos o otro cualquier daño que le sobrevenga". Nueva negativa. "E visto por mi el Alcalde su rebeldía la mandé desnudar y tender en el potro, y aviendo templado los cordeles la bolví a requerir que confesase la verdad, y dijo que no sabía nada". Mandó dar la primera vuelta al potro y repitió la intimación; negativa. Mandó dar la segunda vuelta; y la tercera; la cuarta. Negativa. "Y en este estado, por aver reconocido estar los cordeles podridos y no hacer efecto, mandé suspender las demás vueltas por dárseles el día y ora que convenga y que reservo en mí". Un recurso del defensor obtuvo esa suspensión del procedimiento, que se renovó algunos días después, esperando que confesase. Se dio al potro la quinta vuelta, sin resultado; "mandele dar otra vuelta y abiéndole preguntado lo antecedente por su intérprete, dijo que todo lo que han acumulado es mentira y que si muere en los tormentos morirá inocente. Mandele dar otra vuelta le pregunté cómo avía hechizado a Diego Bazán y a la india María, y por qué causa; dijo que no era hechicera ni había encantado a nadie, y que su casa la había dejado limpia. Y visto por mi el Alcalde su confesión, la mandé soltar del potro".

Difícil es comprender quiénes eran más supersticiosos, si los indios o los españoles. Lo que pasaba en Tucumán con los quichuas, repetíase en las Misiones con los guaraníes y en las Pampas con los araucanos, habiendo persistido hasta hace poco tiempo las mismas leyendas y supersticiones.

 

III. Locos y brujos en la raza negra

Si en el Tucumán predominó en la población el elemento indígena quichua, en Buenos Aires ( 11 ) y Córdoba ( 12 ) fue marcado el predominio del elemento africano, hasta que las guerras de la Independencia y civiles, lo agotaron, o poco menos. ( 13 ) Al revés de las regiones mineras y agrícolas, en que los negros eran inhumanamente tratados por los explotadores españoles, los negros de Buenos Aires y demás núcleos urbanos del Río de la Plata, soportaban una benévola esclavitud, y con el tiempo los más pasaron de hecho a la vida libre. Eran ocupados en el servicio doméstico y participaban de la vida sencilla de las contadas familias decentes, que en 1770 no llegarían a 300. Como los negros se reproducían más de lo necesario para las ocupaciones domésticas, su amos los fueron ocupando en tareas afines, formándose clientelas fuera de la casa patronal, libres y con hogar propio. Quinteros, cocheros, mandaderos, albañiles, panaderos, carniceros, peones, lavanderas, dulceras, amas de cría, eran negros libres de hecho, aunque hijos de esclavos y más o menos clientes de los amos de sus abuelos.

Muchos funcionarios españoles, y de los que por más distinguidos se tenían, no desdeñaban poner pulperías y otros comercios bajos, haciéndolos atender por sus esclavos; causa fue ello de varios bandos del Cabildo (1642), encaminados a suprimir esta desleal competencia. Más común era dejar que los esclavos se conchabasen donde pudieran, sin otra obligación que la de entregar a su dueño una suma fija por semana; los más hábiles en algún arte u oficio, conseguían reunir el total de su propio precio y compraban la libertad. Aunque obligados a practicar la religión católica en reemplazo de sus idolatrías africanas, nunca abandonaban totalmente sus ritos y supersticiones originarias. Cada convento, tenía para su servicio interno una ranchería con 50 ó 100 esclavos y una cofradía especial, de que formaban parte los negros esclavos y libres de la ciudad. En las rancherías y cofradías, el culto católico estaba corrompido por remembranzas africanas; pero, hecho más significativo, los negros fueron agrupándose en naciones, para celebrar clandestinamente ciertas prácticas y fiestas religiosas que la Iglesia perseguía.

Por la tolerancia creciente de sus amos, llegaron a "formar rancho aparte" en la ciudad, no sólo individual, sino colectivamente; los mulatos -despreciados por los blancos y los criollos- convivían con ellos, mientras su grado de "blanqueo" no les permitía disimular al originario color, y es sabido que algunos criollos se plegaban a sus costumbres, se "anegraban", como solía decirse, generalmente atraídos por la picante voluptuosidad de las jóvenes mulatas.

Esta masa de la población tenía muy poca confianza en la medicina de los frailes, siendo al fin proverbial su desafectación a los Padres Barbones como se llamaban a los Betlemitas; es notorio que estos sentimientos hostiles fueron oportunamente estimulados por los Franciscanos y por otras órdenes religiosas, que trataban a los Betlemitas como aliados de los Jesuitas, y temían perder prestigio si los Barbones se tornaban médicos de sus "cofradías". De tal manera, mientras cada español o criollo se hacía curar por el fraile de su convento predilecto, los negros constituían la clientela de los hechiceros de cada "nación", que conservaban cierto carácter sacerdotal, aunque sus creencias originarias estaban ya corrompidas por la adición de imágenes, dogmas y prácticas católicas. Estos hechiceros, en rigor, eran verdaderos "brujos", pues reunían funciones de sacerdotes, curanderos, adivinos, encantadores y desencantadores. Aunque las autoridades civiles y religiosas estaban alertas, era imposible desterrar las reuniones de brujería, dado su crecidísimo número, el espíritu de cuerpo que los hacía defenderse de los blancos, las venganzas inexorables contra los delatores y alguna protección, que siempre conseguían en la menuda politiquería municipal, más acentuada cuando se formaron batallones de negros y mulatos, a principios del siglo XIX.

Barrios enteros estaban poblados de gente de color, conservando sus denominaciones, sus ritos, sus costumbres y sus lenguas africanas. ( 14 )

En cada grupo o "nación", había uno o más brujos, médicos exclusivos de sus "connacionales". Es de observar que este ambiente de superstición africana nunca se tornó criminal contra los blancos, como ocurre hasta nuestros días en el Brasil y Cuba, donde llegan los brujos a exigir la sangre de los niños blancos para curar daños que suponen hechos a los negros; debe ello atribuirse, como lo hemos dicho, a que los negros rioplatenses vivieron vinculados a los hogares de los blancos, no siendo utilizados en explotaciones industriales, agrícolas o mineras, como en otros puntos del continente.

Es importante detenernos en esta categoría de la primitiva población. No sólo daba ella los "alienistas" para su raza, sino que sus mismas costumbres y prácticas rituales contribuían a producir la locura y crisis hístero-epileptiformes. Solían reunirse, en efecto, a "bailar el santo", ceremonia místico-brujeril que precedía a las invocaciones, profecías o curaciones. Al son de tamboriles y otros instrumentos africanos se hacían ofrendas en especies ante un altar afro-católico, en que se mezclaban estampas, santos, útiles de cocina, sartas de cuentas de vidrio, caracoles, comestibles, bebidas, armas, patas de gallo, cuernos de animales, plumas, etc.; el sacerdote o brujo hacía invocaciones en la lengua africana que a veces eran repetidas o coreadas por la concurrencia, hasta que algunas de las negras presentes se ponía a bailar, agitándose cada vez más, hasta caer presa de un ataque hístero-epileptiforme, seguido de un sopor cataleptóideo, que, según la protagonista, duraba pocos minutos o varias horas. Ya el "santo" (nombre colectivo del altar o particular de alguna imagen), estaba "bailado"; entonces el brujo operaba con palabras y con las manos sobre el enfermo, si estaba allí, o le enviaba algún talismán o amuleto, por medio de sus parientes, si su enfermedad impedía traerlo. Las mujeres que "bailaban el santo" solían enloquecerse, si ya no lo estaban a medias; eran, por lo general, las más ardorosas de temperamento y livianas de costumbres, siendo creencia general entre los negros que "tenían gancho" para hacerse desear de los blancos, según podía inferirse del hecho que solían tener hijos blanqueados. En Méjico, Lima y Nueva Granada hubo muchos procesos de la Inquisición por brujería; en Brasil y Cuba todavía hay algunos, pues esas prácticas persistieron junto con la esclavitud hasta hace pocos años. En Buenos Aires alcanzaron los negros su mayor auge durante la tiranía de Rosas, quien los protegía para usarlos en el espionaje de los blancos; después han desaparecido esas ceremonias, junto con los negros, siendo tal vez uno de los últimos "bailes del santo" el que hemos presenciado en la adolescencia, por el año 1893. ( 15 )

Aunque los negros brujos tenían una clientela distinta de los religiosos católicos, solía perseguírseles, porque no faltaban damas adineradas que creían en sus artes, prefiriendo el brujo de color, al sacerdote de sus creencias. Había así una sorda rivalidad, complicada al aparecer curanderos portugueses, antes del virreinato, y que sólo disminuyó cuando la medicina oficial del Estado sustituyó a los frailes, para seguir luchando inútilmente contra el curanderismo.

La mestización espiritual afro-católica fue mucho más intensa que la hispano- indígena; dioses y diablos, ángeles y vírgenes, se anegraron al vivir entre negros; y demostraron buen tacto las autoridades eclesiásticas al inventar algunos santos negros, estimulando así el celo de las cofradías. "En su traslación a América, junto con las demás personalidades del culto católico, Satanás sufrió cambios notables y una evidente degeneración física y moral. El contacto del Diablo europeo con los fetiches indios y negros, produjo los resultados de toda mezcla con razas inferiores: la descendencia raquítica, simiesca, con todos los defectos de la raza noble, acentuados por la sangre villana. Nadie reconocería a Mandinga, Cozorizo o Moncarrón, al formidable enemigo de Dios, el clásico espíritu que niega". ( 16 ) Contra todo este asunto de diablos, encantamientos, hechizos y brujerías, estaba siempre en actividad la autoridad eclesiástica, apoyada por la seglar. De sus procedimientos dan expresiva idea numerosas crónicas coloniales. ( 17 )

No se han hecho en el país estudios especiales sobre la locura y la brujería entre los negros, porque ellos ralearon mucho antes de que hubiera alienistas; ( 18 ) quedan, sin embargo, datos valiosos sobre su importancia en la sociedad colonial rioplatense. ( 19 )

 

IV. Primitiva asistencia de los alienados

En la historia de las grandes ciudades coloniales -Méjico, Lima- existe un verdadero anecdotario psiquiátrico. En las más viejas "crónicas" y en las más recientes "tradiciones" aparece con frecuencia algún loco de pro, conquistador, fraile, dama, virrey u obispo; todas las historias de la Inquisición en América contienen procesos por hechicería, posesión diabólica, daños, encantamientos, maleficios, demonolatría, iniciados los más en el tormento y no pocos resueltos en la hoguera. ( 20 )

Algo de ello se conoció en el Tucumán; nada en el Río de la Plata sin que esto pueda atribuirse más que a la insignificancia de sus aldeas.

La población "decente" de las ciudades coloniales -pequeña minoría de españoles y criollos- estaba distribuida en varias "clientelas" de monasterios, que se las disputaban unos a otros, sin disimulo; en algunas ciudades americanas hubo escándalos y revueltas, en que frailes de algunos conventos salieron a pelear cuchillo en mano contra los otros, seguidos en la vía pública por sus cofradías respectivas.

Cada Orden administraba con sus consejos los bienes morales y materiales de sus clientes; para que nada escapara a su contralor, casi todos tenían uno o más Padres curanderos, que eran los únicos admitidos a dar drogas a los enfermos, mientras otros se ocupaban de atender a las donaciones y testamentos. Todo estaba muy bien organizado, hasta que se presentaron las órdenes hospitalarias; cuando lograron establecerse, sólo pudieron curar a indigentes, lo que aumentó sus virtuosos merecimientos.

En la primera época la asistencia de los alienados blancos se efectuaba en las celdas de los conventos; los indios y negros que se enloquecían eran secuestrados en las cárceles de los Cabildos, si antes no los ejecutaba la Inquisición. Sólo en época posterior se formaron loqueros en los hospitales, siendo muy raro que en ellos se recluyeran españoles. ( 21 ) La relativa escasez de población de los núcleos urbanos hacía innecesaria la fundación de Casas de Orates; durante la época colonial no sabemos que hubiera ninguna en toda América. No existiendo hospicios, ¿qué destino tenían los alienados?

Si bien se observa, pueden dividirse en tres grupos: los furiosos, los deprimidos y los tranquilos. Esa era, prácticamente, la clasificación que hacían los frailes y los cabildantes, a los fines de la asistencia.

Los varones furiosos, previa consulta al Padre, si eran blancos, y al Hechicero, si eran negros eran conducidos a la cárcel, donde se les retenía por simple disposición municipal "amansándolos" con ayunos, palos y duchas se les tenía en calabozos abiertos, con rejas, en vez de puertas y ventanas se les ponía cepos y si aun así no se lograba "amansarlos", eran atados con una cadena no más larga de una vara, fija en lo bajo de la pared y cuyo extremo se sujetaba en el cepo o en un solo pie. Este temperamento adoptábase con todos los furiosos "de cualquier condición social, pues no había otro. En general, pasado el período de agitación, que duraría una semana o un mes, las familias los llevaban a su domicilio, para seguir la cura con el Padre o con el Brujo. Si la agitación se prolongaba, el loco seguía encadenado hasta "amansarse" o morir; algunos pasaron años encadenados en los calabozos. Tenemos noticia de que ciertas personas adineradas hacían construir calabozos - hemos visto uno en San Isidro, cien años después- para el loco furioso en los fondos de la casa o en alguna quinta de los alrededores de la ciudad, donde no incomodaran ni fueran vistos.

Las mujeres furiosas, si eran bancas, eran recluidas en los conventos de que eran clientes; si eran negras, o mulatas, rara vez lograban tal favor, pasando al calabozo de la policía, donde recibían el mismo trato que los hombres. En ciertos conventos de monjas había calabozos para mujeres agitadas, análogos a los del Cabildo los hubo, como veremos, hasta muy entrado el siglo XIX, y en ellos se encerraba también a alguna monja que se enloquecía.

En todos los calabozos para agitados -conventuales, policiales o privados- el trato era el mismo. A través de una reja se les daba comida y a veces se extraían los excrementos, tal como se hace ahora con las fieras en los jardines zoológicos, aunque con menos higiene y confort.

Los deprimidos, varones o mujeres, eran asistidos en su domicilio, por un Padre o por un Brujo, según fuese su color. Ciertos conventos tenían alguna habitación habilitada como enfermería general ocurriendo lo mismo en los de monjas. Cuando la enfermedad se hacía crónica y el enfermo pasaba al estado demencial, su familia lo asilaba en una habitación separada de las otras o lo enviaba a una quinta tratándose de personas ricas, era de práctica que tuviese como enfermero un fraile o monja de edad avanzada, elegido entre los menos ú tiles en los conventos. Las familias ponían mucho empeño en ocultar a sus relaciones la existencia de un "bobo", "opa", "mentecato", y cuando les era forzoso referirse a él, le llamaban "el mudo", "el tullido", etc.; la ocultación era a veces tan perfecta que sólo en casos de dividir herencias venía a descubrirse que existían más herederos que los conocidos. Los tranquilos representaban tres grupos igualmente inofensivos: los "maniáticos", los "zonzos" y los "graciosos". Los primeros eran delirantes parciales, que acababan por vivir bien adaptados a un medio sencillo y tolerante; los segundos hacían vida familiar. Los "graciosos" alegraban la vida urbana y se les trataba en todas partes con simpatía; los Incas habían tenido bufones y siguieron teniéndolos los virreyes, gobernadores y obispos, y más tarde los mandones de toda América. En algunas familias adineradas se acostumbraba tener uno o dos locos parlanchines, para alegrar la mesa, divertir a las relaciones y entretener a los niños.

Esta situación no se modificó mucho con el establecimiento de los primeros hospitales. Pasaron muchos, muchísimos años, antes de establecerse la costumbre de hospitalizar a los alienados. En Buenos Aires, durante el virreinato, se formaron loqueros en los hospitales generales, donde se recluían juntos algunos de los "crónicos, locos, inválidos y mendigos", que de tiempo en tiempo mandaban recoger las autoridades municipales.

 

V. Locura y responsabilidad penal

No poseemos dato alguno de que en territorio argentino durante la época colonial, se hicieron peritajes médico-legales, para determinar la responsabilidad de los alienados ante la justicia. A fines del siglo XVII, en la misma Europa, el hecho era excepcional. Hubo, sin embargo, en América algún caso de peritaje psiquiátrico y merece consignarse, por sus conclusiones, uno de los más famosos. ( 22 )

El año de 1778 se cometió un crimen en San Juan del Murciélago distante como cinco kilómetros de la actual ciudad de San José de Costa Rica; don Felipe Fernández dio muerte a su mujer, con un instrumento cortante, el día 4 de septiembre, al finalizar las bodas de sus tres hijas, que se casaron simultáneamente y con el consentimiento de sus padres, en cuya casa se hicieron todos los festejos. Del proceso aparece que el uxoricida, ya sesentón, había padecido de demencia hacía 8 años y que le daban accesos lunáticos, llegando a veces hasta el extremo de celar a su mujer con sus propios hijos, después de treinta años de matrimonio.

El procesado no da los motivos que causaron su determinación; antes bien, el victimario se dolía de lo ocurrido y entregó sus armas a uno de sus yernos y a otro amigo, para que del producto de la venta se dijesen algunas misas a su finada esposa; por otra parte, su principal anhelo, después del hecho era confesarse, para lo cual iba en camino de Cartago. Hubo la feliz idea de nombrar por defensor del reo, a un médico residente en la dicha ciudad, donde había de seguirse la tramitación de la causa, pues los letrados de entonces no le hallaban atadero, porque el detenido pasaba, generalmente, por hombre cuerdo, activo y de negocios.

El médico comienza la defensa de su cliente haciendo constar, por las declaraciones de testigos que, lejos de huir de la justicia, se encaminó a Cartago para entregarse: "Viniendo como venía a pie, como lo vieron varias personas en una choza del camino, de rodillas, rezando, y con otras demostraciones de quietud y sosiego donde lo halló en el camino la dicha Real Justicia, y lo prendió, bien ajeno de la depravada malicia que se le arguye, pues si la hubiera tenido, hubiera tirado prontamente a pasar la jurisdicción, caminando de noche y ocultándose de día, como lo hacen los delincuentes prófugos que cometen su culpa, de lo que se saca por consecuencia, que fue, sin duda, al hecho movido de algún violento impulso fuera de tino, el que le acometió y ajeno totalmente de sus sentidos cometió este error sin saber lo qué hacía; y en haberse apartado de su casa y andarse alrededor de ella no arguye malicia, pues vemos esto mismo aún en los locos furiosos, que hacen un daño y corren y huyen de allí; todo lo antedicho se comprueba con no haber tenido mi parte contra su esposa antes del hecho, la más leve riña ni disgusto, ni motivo alguno que manifestara encono, o malicia en manera alguna; antes sí portándose con ella con los extremados amores que acostumbraba, pues estaban en el casamiento y bodas de tres hijas que casaron aquel día con todo gusto de sus padres, y todo era regocijo y festín que duró hasta el siguiente día, y en la misma paz y unión de su consorte, se sentaron juntos a tomar chocolate, despedida que fue toda gente, a donde evidentemente fue arrebatado de aquel vapor hipocóndrico, que treinta años ha padece, y ejecutó impensadamente y de improviso aquel hecho diabólico como un valioso acto primo, el que después de recapacitado, arrepentido y pesaroso, llora continuamente en aquella prisión en que se halla, incesante, amarguísimas lágrimas. "Y porque dije arriba que fue arrebatado de aquel vapor hipocondríaco que treinta años ha que padece, y este es el asunto que movió esta desgracia capaz de mover este accidente otras semejantes y aun peores cada día, como lo estamos mirando, aquel pernicioso accidente que padece continuamente, que en España llamamos Padrejón, en la Nueva España le dicen Tilte, y en todo este reino es Cuajar y en las mujeres sofocación uterina (Histerica pasio) que pone a los que lo padecen en tales apretados lances que muchos se han quitado a sí mismos la vida; pruébolo con lo que en esta misma ciudad ha sucedido, ahora reciente, que no ha mucho tiempo, con dos señoras que padecían de él, que la una amaneció ahorcada en su cama y la otra se degolló con un cuchillo toda la garganta y como sucedió con Nicolás Monge, vecino de esta antedicha ciudad, que fue el que padecía gravemente este accidente, que lo ponía en términos de rabiar, y una noche le cogió con tal violencia, que a la madrugada se levantó del lado de su mujer, salió a su huerta, se echó un lazo al pescuezo y lo hallaron a la mañana siguiente ahorcado de un guayabo; Cayetano Corrillo acabó sus días dando vueltas a su casa de noche y de día en paños menores y destocado, y todos estos sujetos juntos, con otro caballero de la villa de Nicaragua, con el mismo accidente que padecía en gran manera, al que varias veces cogieron de noche con un tizón en la mano dando fuego a las casas de paja cercanas a la suya; éste repartió todo su caudal entre sus parientes, y después, para recuperarlo, le costó un triunfo volverlo a recoger y ninguno de ellos era loco de atar, ni tiraban piedras, arremetían ni disparaban como se ve en los orates rematados; todos éstos han hecho estas cosas cuasi en su juicio y al parecer como racionales, recibiendo con cortesía sus visitas y parlando con ellas sin hacer daño a nadie, ni despedazarse, por lo cual hay mucha diferencia entre la locura y este accidente, pues en éste, como tiene su origen en los hipocondrios a impulsos ya de la melancolía natural, ya del atrabilis de que se ceba o fomenta, en levantándose estas flatulencias hipocondríacas a ocupar el corazón, cerebro y cabeza, aquí quisieran estos enfermos no haber nacido por no padecer la violenta furia de accidentes que se fraguan cuando suben a estas partes dejándolos privados de todo racional discurso y ajenos cuasi de los sentidos que les mueven con violencia a ejecutar los ante dichos errores que han cometido. Dejando aparte infinitos que lo padecen, que se hacen encerrar por tres, seis y ocho días para que no les visiten, manteniéndose en aquella modorra insufrible, teniéndola por alivio de sus males, pues toman tedio y hasta aborrecimiento a las gentes, de cuya comunicación se apartan, sin comer ni dormir y a estos tales dan nombre de locos sin serlo; también les llaman lunáticos; en estando con este accidente dicen que están con luna, y los que no lo padecen huyen de ellos diciendo que tienen mal genio y que son insufribles. Y sin embargo de todo lo dicho, tuvo también gran parte en este exceso cometido por mi parte el extremado amor que a su esposa tuvo, pues no queda duda que en treinta años de casado se hallaba siempre como el primer día, como dicen allá, todo extremo es locura; y aunque parece cosa imposible u opuesta que del mencionado amor resulte tan grave daño, todavía parece que las experiencias nos lo dan a conocer en algunos sujetos, pues vide en una ocasión, visitando a don Antonio Marín, un extremo de amor local, pues había criado como hombre de gusto una cotorra para su diversión la que quería como a caso de mucha importancia, y como el animalejo comenzaba a pronunciar aquel día, lo nombró por su nombre y de esto tuvo tan repentino regocijo que la besaba y abrazaba y tiraba por alto, de que cayó en el suelo, y cayó sobre ella y la reventó a patadas. También en esta ciudad, no hace muchos días visitando un amigo a otro le cayó en gracia un cristal que sobre su mesa tenía, en el que gustaba de beber y tratándoselo de comprar lo ajustaron en cuatro pesos, sacólos prontamente el amigo y lo pagó, y ahí no más reventó el vaso contra el suelo, haciéndolo mil pedazos; todo esto prueba en bastante forma que pudo tener gran parte en esta desgracia tan inmoderado extremo, y más en estos sujetos que frecuentemente padecen las flatulencias hipocondríacas, como arriba, pues tanta dificultad hay para vivir en un almacén de pólvora, que en la mayor seguridad revienta. Y porque ya he traído por ejemplar, como tan experimentado de este accidente, todas las ruinas que ha causado y causa cada día, ¿qué admiración causa que mi parte, ajeno de sus facultades, hubiera ejecutado esta desgracia? ofuscado de las malas noches, ruidos o zarabandas, muchas luces, gran concurso, repetidos tragos de aguardiente y mistelas que lo alteran más, que se hallaría arrebatado y fuera de tino, y confuso, de manera que él mismo se hubiera quitado la vida, como sucedió a los ante dichos, por lo cual no se debe atribuir a mal genio iracundo y soberbio, como asienta el Fiscal en su citado escrito, lo que es accidente inculpable, pues ninguno lo quisiera padecer y su Divina Magestad lo da a quien es servido; y sólo Dios que lo da y el que lo padece pueden juzgar la gravedad de sus perniciosos efectos. Ya que los doctos médicos no aciertan a desterrarlo de los pobres enfermos, por cuyo todo y más favorable que hacer pueda a beneficio de mi parte, pido a Usía rendidamente y al señor Licenciado, en cuyo parecer se haya de sentenciar esta causa, se compadezcan de este infeliz, libertándole de la vida, y dándole en pena de su desgracia un destierro perpetuo a un hospital, donde le curen por Dios tan grave accidente, a donde acabe sus días sirviendo a Dios y a sus pobres, respecto a ser mayor de sesenta años, y que ya en esta ciudad no tiene cosa que le tire, pues acabó en un día con toda su familia, casando tres hijas y matando a su mujer, pues es cierto que el corazón contrito y humillado no lo desprecia Dios; cuyo todo es de hacer aplicándole como le pido, ruego y suplico, con piedad y misericordia, según el piadoso, católico y noble corazón de V. S.; que en ello será Dios Nuestro Señor satisfecho, y el Rey Nuestro Señor servido y obedecido, pues hombre muerto no le sirve; y escarmentada la vindicta pública, para la enmienda en lo sucesivo. Por todo lo que a Usía pido y suplico me haya respondido al traslado proveído y mande hacer como pido. Juro en forma no proceder de malicia y lo necesario, etc. - Félix Joaquín Meneses. - Cartago y Septiembre dos de mil setecientos setenta y nueve."

Las autoridades condenaron al anciano a sufrir deportación de seis años en el Castillo de San Juan de Nicaragua; la Real Audiencia de Guatemala conmutó esa pena en reclusión, por igual tiempo, en el Hospital de San Juan de Dios, de Granada, donde seguramente pasó el procesado los últimos días de su vida.

Habría ligereza en deducir, de este caso aislado, que la locura tuvo alguna significación legal en los tiempos coloniales, sólo por tratarse de un español, y hombre de negocios, se comprende que la Real Audiencia sustituyera la prisión en Castillo por la internación en un Hospital. Los más de los alienados delincuentes tenían que vérselas con el Santo Oficio en las grandes ciudades y daban en las cárceles de los Cabildos en las aldeas; a nadie se le ocurría pensar que la locura fuera eximente de pena, siendo análogo el régimen de reclusión a que estaban sometidos el loco y el cuerdo.

 

Notas

1. "Sería interminable -dice el Dr. Giné- la enumeración de los casos en que las llamas pusieron término a la vida de los enfermos de la mente acusados de brujería o hechizo; las monjas del convento de Kendorp, en Alemania, fueron poseídas del demonio; atribuyóse el hechizo a la cocinera, y ésta, con su madre, fueron quemadas vivas. Hubo un juez en la Pequeña Lorena que se gloriaba de haber hecho quemar, en diez y seis años, más de 800 brujas; en Génova solamente, en diez y seis meses, fueron condenadas a ese suplicio más de 500 mujeres; en 1435 Juana de Arco subió a la hoguera, y entonces gran número de visionarios creyeron oír la voz del Demonio, que mandaba devorar las criaturas no bautizadas, no extinguiéndose el furor epidémico hasta que ha sido asolado un extenso territorio; en 1554 hubo en Roma 84 endemoniados, y atribuido el maleficio a los judíos, para librarse de la pena capital tuvieron éstos que pagar una fuerte multa."

2. Ver Hermilio Valdizán: La alienación mental entre los primitivos peruanos, Lima,

1905.

3. "La circunstancia de las pretendidas migraciones aéreas de los brujos peruanos, el hecho de asegurarse que ellos tomaban la forma que les venía en gana y realizaban viajes a distancias inverosímiles, hace sospechar que los brujos peruanos emplearon la belladona en la confección de las unturas misteriosas de que se hallaban repletas las ollas que poseían. Si las migraciones de los brujos peruanos fueron efectivamente leyenda entre los antiguos habitantes del Perú, si dichas migraciones no entraron a formar parte de la leyenda popular a la llegada de los españoles al Perú, es de creerse que los brujos peruanos emplearon, como los brujos de todos los países, esa misma atropa belladona que emplearon los sirios para disipar sus penas y para evitar la impresión dolorosa de los sueños tristes." Valdizán, obra citada.

4. En la actualidad no son raros entre la población sin mestizar del extremo Norte argentino.

5. Las que aún persisten están corrompidas por la infiltración de elementos cristianos y africanos; la mestización espiritual fue tan copiosa como la física. Ver: Pedro Lautaro Ferrer: Historia General de la Medicina en Chile, Talca, 1904; Adán Quiroga: Calchaquí, Lib. II; Mansilla: Una excursión a los indios Ranqueles; Ambrosetti: Supersticiones y Leyendas; etc.

6. "La religiosidad del gobernador, que lo llevó a estimular por todos los medios el aumento de clérigos y de frailes y el progreso de las iglesias y de los conventos, lo impulsó además contra la idolatría de los judíos y sus prácticas supersticiosas y bárbaras. Los últimos años del siglo XVI vieron en Tucumán el espantoso espectáculo de los autos de fe, desconocidos en esta parte de América.

"No los precedieron los sombríos y tortuosos trámites de la inquisición; ni hubo calesa, ni sambenito, ni coroza llameante. Ramírez de Velasco se limitó a hacer prender a los brujos y hechiceros que infectaban los pueblos indios y a quemarlos públicamente. En una carta que dirigió al rey en 1536, y que he visto original en el Archivo de Indias, se dice con la mayor simplicidad que envió a un juez para que se informara sobre el asunto y le trajese a los culpables. Llegaron más de cuarenta, confesaron sus crímenes y sus malas artes y los hizo quemar vivos. 'Ha sido justicia muy acertada, añade, porque escarmentaron los que quedaban encubiertos.'

"Las víctimas del horrible castigo eran ancianos de más de sesenta años. Uno de ellos pasaba de ochenta.

"Por lo demás no era la hoguera un suplicio raro para el tremendo gobernador. Lo aplicó también sistemáticamente a los españoles y a los indios convictos del delito nefando." - Ricardo Jaimes Freire: El Tucumán del Siglo XVI, pág. 74 y sig.

7. Ambrosetti: Ob. cit., 153 y siguientes.

8. Ambrosetti: Ob. cit., pág. 99.

9. Ambrosetti: Ob. cit.

10. Julio López Mañan: Justicia criminal tucumana en el siglo XVII; suplicio de una bruja, en Archivos de Psiquiatría y Criminología. Año III, pág. 602 (1904).

11. En 1770, sobre 22.000 habitantes, había aproximadamente:

Blancos españoles............1.500

Blancos extranjeros............ 500 ...2.000

Criollos mestizos...............7.000....7.000

Negros...........................5.000

Mulatos y cuarterones.....13.000

Totales.........................22.000

Se llega a ese promedio, comparando varios datos y censos del siglo XVIII.

12. En 1770 el censo de Córdoba da las siguientes cifras. (ver F. Garzón Maceda, La medicina en Córdoba, vol. II, pág. 200), sobre 7.261 habitantes que formaban la doctoral ciudad:

Blancos españoles (y criollos) 2.334

Blancos religiosos....................285

Blancos colegiales.....................63...2.682

Mestizos................................522.....522

Negros esclavos....................2.077

Negros y mulatos libres...........1.980..4.057

Total.............................................7.261

13. En los ejércitos de la Independencia y de las guerras civiles, la "tropa" era casi toda de color o mestiza; los blancos formaban la oficialidad. Fue esta la causa principal de la enorme disminución de los negros varones en las primeras décadas del siglo XX, lo que favoreció la mestización de las negras con blancos, aumentando después relativamente el número de mulatos y cuarterones cada vez más "ablancados".

14. A fines de la época de Rosas, la gente "decente" y los extranjeros vivían entre las actuales calles de Independencia, Tacuarí, Suipacha y Lavalle. Al sur de San Telmo, al oeste de la Concepción, Monserrat y La Piedad, y al norte de San Nicolás y las Catalinas, casi toda la población suburbana era de negros y mulatos.

15. Debimos este favor a una cocinera negra que sirvió algunos años en nuestra casa, "ablancándose" mucho sus ideas por hallarse entre personas exentas de toda superstición religiosa. Poco antes de la revolución de 1893, nos ofreció llevarnos a ver algo que "no había visto ningún blanco". Fuimos a un edificio bajo que aún existe en la Avenida Alvear, donde solían reunirse negros a bailar, y nos encerró desde la tarde en una habitación contigua a la que sirvió por la noche para "bailar el santo". Desde allí oímos todo y vimos algo de la ceremonia que hemos descrito, la que tenía por objeto curar a un negro loco, "perseguido por los mandingas". Posteriormente nos refirió que al enfermo lo habían llevado a la Convalescencia, pues "El Tata" no lo había curado, agregando despectivamente que los bailes del santo eran "cosas de negros".

16. Juan A. García: Memorias de un sacristán, palabras preliminares.

17. Ver: Anastasio Alfaros: Arqueología Criminal Americana; etc.

18. En el Brasil se han hecho estudios de mérito, especialmente por Nina Rodríguez, de Bahía. En Cuba, el libro de Fernando Ortiz: Los negros brujos, La Habana, 1916, e Israel Castellanos: La brujería y el ñañiguismo desde el punto de vista médico legal, Habana, 1916.

19. Sobre la vida y costumbres de los negros, desde la época colonial hasta la de Rosas, ver: Rafael Trelles: Obras varias; José A. Wilde: Buenos Aires, desde setenta años atrás; V. F. López: Historia Argentina; Juan A. García: Obras varias; Manuel Bilbao: Buenos Aires; José M. Ramos Mejía: Rosas y su tiempo; etc.

20. Comentando muchos casos curiosos referidos por Ricardo Palma, dice Emilio Valdizán, en Locos de la Colonia, pág. 118: "se asiste al pintoresco desfile de los más variados personajes con los cuales hubo de hacer el temido Tribunal del Santo Oficio. Hay entre las víctimas de la Inquisición un buen número de charlatanes, que decían haber celebrado pacto con el demonio y que hacían pública exposición de los más extraños prodigios, solamente con objeto de explotar la credulidad de las muchedumbres, cuya ignorancia las llevaba a no poner en tela de juicio nada que tuviera sabor de misterio o de sobrenatural. Sujetos que se habían especializado en sacar el demonio de los cuerpos de las mujeres, para dar mayor sello de verdad a sus pretendidas relaciones con el espíritu de las tinieblas, debían poner término a sus maniobras de charlatanes con la prohibición de visita de lugares sagrados que aseguraba la participación demoníaca en la curación practicada. Mujeres que tenían en la venta de sus caricias la única renta de vida, sabían que aumentaba el número de los admiradores en sabiéndose que ellas habían recibido del Enemigo unas hierbas para ser de todos amada y muy ciegamente. La ignorancia era fiel compañera de la curiosidad y entre ambas daban cómo vivir a los explotadores de la pública candorosidad. A este mismo grupo pertenecen aquellos brujos que daban hierbas para el amor, de los cuales nos hemos ocupado en anterior capítulo.

"Otros sujetos declararon en tormento sus relaciones con el demonio y no necesitamos mucho para demostrar el ningún valor de tales declaraciones. Fueron de naturaleza tal las torturas de la Inquisición que es de sorprender no hayan sido delatados bajo la acción de la tortura más torpes delitos que aquellos que fueron declarados. Muchos de los torturados esperaban los primeros intensos dolores para hacer sus declaraciones; muchos por el contrario, no llegaban a esperar aquellas rudezas de dolor y declaraban cuanto los torturadores pretendían que ellos declarasen. Y fueron pocos los que, por serenidad de espíritu o por enfermedad que les había disminuido su sensibilidad, negaron los delitos de que venían acusados.

"Y era tanto el temor de las denuncias y tanto el de las torturas, que sujetos hubo que se anticiparon a la malevolencia de sus enemigos y se denunciaron a sí mismos: tomóles declaración el Tribunal y castigóles sin hacerles merced alguna. Y muchos de estos sujetos que se acusaban a sí mismos como grandísimos pecadores, o como hombres de natural malísimo, sólo fueron desventurados delirantes, verdaderos enfermos a quienes en nuestros tiempos se llevaría a un manicomio y no, como entonces, se hizo, a una hoguera".

21. Refiere el Padre Meléndez que en Lima "cayó malo Juan de Villa, y se entendió que le habían hecho mal, porque perdió totalmente el juicio y dio un furioso, tanto que no pudiendo tenerle en su casa doña Agustina de Córdoba, que le había criado, le llevó a la loquería del Hospital de San Andrés para que allí le curasen". La enfermedad de Villa duró siete meses y cada día lejos de mejorar empeoraba "con que era necesario tenerle en un cepo y atadas las manos, porque hacía pedazos los vestidos". "Era tal la agitación del infeliz que sólo su esposa cuidaba de él, dábale de comer y limpiábale, para todo lo cual habíanle dado a ella las llaves de la celda en que su marido se hallaba encerrado."

22. Proceso publicado por Anastasio Alfaro, en Archivos de Psiquiatría y Criminología, Buenos Aires, 1902 (vol. I, página 718).

 

La locura en Argentina

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