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18 may. 2015

Descarga: Aldous Huxley - Las puertas de la percepción - Cielo e infierno

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Las drogas alucinógenas y sus efectos han dado lugar a toda una corriente de arte y literatura en la que aparecen nombres tan insignes como Charlie Parker, William Burroughs, Jimi Hendrix y tantos otros. Este volumen recoge dos ensayos pioneros escritos entre 1954 y 1956 en los que Huxley analiza los cambios objetivos provocados por la ingestión de drogas. No se trata de revelación o de un cielo o un infierno de visiones, sino del descubrimiento de una relación de tradición arcaica y que la droga hace visible: la semejanza o la identidad de la mente humana con la realidad substancial del cosmos.

24 feb. 2015

Descarga: Aldous Huxley - Las puertas de la percepción - Cielo e infierno

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En este libro, tan singular como precursor, Aldous Huxley expresa sus propias experiencias sensoriales bajo la acción de la mescalina, el principio activo del peyotl, denominación mexicana del cacto, venerado como una deidad por los indios de México y del sudeste de los Estados Unidos. A la descripción minuciosa de su experimento una experiencia de la trascendencia del yo expresada magistralmente en la cita de Blake: "Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo se habría de mostrar tal cual es: infinito" siguen las conclusiones filosóficas y sociológicas que Huxley desprende como obligado corolario.

27 ene. 2014

Descarga: Aldous Huxley - La Filosofía Perenne

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Philosophia Perennis: la frase fue acuñada por Leibniz; pero la cosa —la metafísica que reconoce una divina Realidad en el mundo de las cosas, vidas y mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar a la divina Realidad, o aun idéntico a ella; la ética que pone la última finalidad del hombre en el conocimiento de la Base inmanente y trascendente de todo el ser—, la cosa es inmemorial y universal. Pueden hallarse rudimentos de la Filosofía Perenne en las tradiciones de los pueblos primitivos en todas las regiones del mundo, y en sus formas plenamente desarrolladas tiene su lugar en cada una de las religiones superiores. Una versión de este Máximo Factor Común en todas las precedentes y subsiguientes teologías fue por primera vez escrita hace más de veinticinco siglos, y desde entonces el inagotable tema ha sido tratado una y otra vez desde el punto de vista de cada una de las tradiciones religiosas y en todos los principales idiomas de Asia y Europa. En las páginas que siguen he reunido cierto número de estos escritos, escogidos principalmente por su importancia —porque ilustraban eficaz- mente algún punto determinado en el sistema general de la Filosofía Perenne—, pero también por su intrínseca belleza y memorabilidad. Estas selecciones están dispuestas bajo diversos títulos e incrustadas, por decirlo así, en un comentario mío destinado a ilustrar y relacionar, a desarrollar y elucidar.

5 jul. 2011

Aldous Huxley - La idolatría

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Para personas educadas, las clases más primitivas de idolatría han cesado de ser atractivas. Encuentran fácil resistir a la tentación de creer que determinados objetos naturales son dioses o que ciertos símbolos e imágenes son las formas mismas de entidades divinas y como tales deben ser adoradas y aplacadas. Cierto que mucha superstición fetichista perdura todavía en nuestros días. Pero, aunque sobreviva, no se considera respetable. Como la bebida y la prostitución, las formas primitivas de idolatría son toleradas, pero no aprobadas. Su lugar, en la acreditada jerarquía de valores, está entre los más bajos.

¡Cuan distinto es lo que ocurre con las formas de idolatría desarrolladas y más modernas! Éstas han logrado no solamente la supervivencia, sino el más alto grado de respetabilidad. Son recomendadas por hombres de ciencia como un sucedáneo muy al día de la religión auténtica, y por muchos maestros religiosos profesionales son igualadas al culto de Dios. Todo esto puede ser deplorable; pero no tiene nada de sorprendente. Nuestra enseñanza desacredita las formas más primitivas de idolatría; pero al mismo tiempo desacredita o, en el mejor caso, desconoce la Filosofía Perenne y la práctica de la espiritualidad.

En lugar de faramalla al pie y la divinidad inmanente y trascendente en la cima, erige, como objetos de admiración, fe y veneración, un panteón de ideas e ideales estrictamente humanos. En los círculos académicos y entre los hombres que fueron sometidos a la educación superior, hay pocos fetichistas y pocos devotos contemplativos; pero los devotos entusiastas de alguna forma de idolatría política y social abundan tanto como las zarzamoras. Harto significativo es el hecho, que he observado en las bibliotecas universitarias, de que los libros sobre religión espiritual fuesen pedidos con mucho menor frecuencia que en las bibliotecas públicas, visitadas principalmente por hombres y mujeres que no habían gozado las ventajas, o sufrido los inconvenientes, de una enseñanza académica prolongada.

Las muchas variedades de idolatría superior pueden clasificarse en tres secciones principales: tecnológica, política y moral. La idolatría tecnológica es la más ingenua y primitiva de las tres; pues sus fieles, como los de la idolatría inferior, creen que su redención y liberación dependen de objetos materiales —mecanismos en este caso. La idolatría tecnológica es la religión cuyas doctrinas son promulgadas, explícitamente o por inferencia, en las páginas anunciadoras de nuestros diarios y revistas; la fuente, puede añadirse, de donde millones de hombres, mujeres y niños de los países capitalistas sacan la filosofía de la vida por la que se rigen corrientemente. También en la Rusia soviética fue predicada esforzadamente la idolatría tecnológica, que se convirtió, durante los años de industrialización de ese país, en una especie de religión del Estado. Tan entusiasta es la moderna fe en los ídolos tecnológicos que (pese a todas las lecciones de la guerra mecanizada) es imposible descubrir en el pensamiento popular de nuestro tiempo ningún rastro de la antigua doctrina, profundamente realista, de la húbris y la ineludible némesis. Hay una creencia muy difundida en que. por lo que a mecanismos se refiere, podemos obtener algo por nada; podemos gozar todas las ventajas de una tecnología complicada, desproporcionada y en progreso constante, sin tener que pagar por ellas con compensadoras desventajas.

Sólo un poco menos ingenuos son los idólatras políticos. Éstos han sustituido el culto de los mecanismos redentores por el de redentoras organizaciones sociales y económicas. Impóngase la clase adecuada de organizaciones a los seres humanos, y todos sus problemas, desde el pecado y la desventura al nacionalismo y la guerra, desaparecerán automáticamente. La mayoría de idólatras políticos son también idólatras tecnológicos —y ello a pesar de que las dos seudorreligiones son, en último término, incompatibles, puesto que el progreso tecnológico, al paso actual, quita sentido a todo proyecto político, por ingenioso que sea, en cuestión, no de generaciones, sino de años y a veces hasta de meses. Además, el ser humano es, infortunadamente, una criatura dotada de libre albedrío; y si, por alguna razón, los individuos no se deciden a hacerla funcionar, ni la mejor organización producirá los resultados que de ella se pretendan.

Los idólatras morales son realistas en cuanto ven que los mecanismos y organizaciones no bastan para garantizar el triunfo de la virtud y el aumento de la felicidad, y que los individuos que componen las sociedades y usan las máquinas son los arbitros que finalmente determinan si ha de haber decencia en las relaciones personales, y orden o desorden en la sociedad. Los utensilios materiales y los medios de organización son indispensables, y un  instrumento bueno es preferible a uno malo. Pero en manos torpes o malignas el mejor instrumento es inútil o un medio para el mal.

Los moralistas dejan de ser realistas y cometen idolatría en cuanto rinden culto, no a Dios, sino a sus propios ideales éticos; en cuanto tratan la virtud como un fin en sí misma y no como la condición necesaria para el conocimiento y amor de Dios —conocimiento y amor sin los cuales esa virtud no llegará nunca a ser perfecta ni aun socialmente eficaz.

Lo que sigue es un fragmento de una notabilísima carta escrita en 1836 por Thomas Arnold a su antiguo alumno y futuro biógrafo A. R Stanley. "El fanatismo es idolatría; y lleva en sí el mal moral de la idolatría; esto es, un fanático adora algo que es creación de su propio deseo, y así aun su abnegación en apoyo de ese algo es sólo una abnegación aparente, pues, en el hecho, es hacer que las partes de su naturaleza o su mente que menos estima ofrezcan sacrificio a las que estima más. La falta moral, según yo lo veo, es la idolatría —el ensalzar alguna idea de las más afines a nuestra propia mente y colocarla en el lugar de Cristo, el único que no puede ser convertido en ídolo ni inspirar idolatría, porque en Él se combinan todas las ideas de perfección y en Él se muestran en su justa armonía y combinación. En mi propia mente, según su tendencia natural —esto es, considerando mi mente en lo que de mejor tiene— la verdad y la justicia serían los ídolos que yo seguiría; y serían ídolos, porque no suministrarían todo el alimento que la mente necesita, y mientras fuesen adoradas, la reverencia, la humildad y la ternura serían muy probablemente olvidadas. Pero Cristo comprende a la vez la verdad y la justicia y asimismo todas estas otras cualidades... La angostura mental tiende a la perversidad, porque no extiende su vigilancia a todas las partes de nuestra naturaleza moral, y la negligencia fomenta la perversidad en las partes de tal modo descuidadas." 

Como muestra de análisis psicológico, este fragmento epistolar es admirable. Su único defecto es por omisión; pues olvida tomar en cuenta esas afluencias, del orden eterno al temporal, que se llaman gracia o inspiración. Gracia e inspiración son dadas cuando, y en cuanto, un ser humano abandona su obstinación y se entrega, momento a momento, mediante constante recogimiento y desapego, a la voluntad de Dios. Así como hay gracias animales y espirituales, cuya fuente es la divina Naturaleza de las Cosas, existen seudogracias humanas —tales como, por ejemplo, los accesos de fuerza y virtud que siguen a la consagración a alguna forma de idolatría política o moral. Distinguir la verdadera gracia de la falsa es a menudo difícil; pero, a medida que el tiempo y las circunstancias revelan toda la magnitud de sus consecuencias en el alma, se hace posible la distinción aun a observadores que no tengan dotes especiales de penetración. Cuando la gracia es auténticamente "sobrenatural", la mejora en un aspecto de la personalidad total no se paga con una atrofia o deterioro en otro aspecto. La virtud acompañada y completada por el amor y conocimiento de Dios es algo completamente diferente de la "rectitud de los escribas y fariseos", que, para Jesucristo, figuraba entre los peores males morales. Dureza, fanatismo, falta de caridad y orgullo espiritual —he aquí los ordinarios productos secundarios de un curso de estoico mejoramiento de sí mismo por medio del esfuerzo personal sin asistencia o secundado tan sólo por las seudogracias concedidas cuando el individuo se consagra a la consecución de un fin que no es su verdadero fin, cuando la meta no es Dios, sino meramente una aumentada proyección de sus propias ideas favoritas o excelencias morales. El culto idólatra de los valores éticos por ellos mismos se opone a su propio objeto, no sólo porque, según dice Arnold, hay falta de desarrollo de conjunto, sino también y sobre todo, porque aun las formas más altas de la idolatría moral son eclipsadoras de Dios y por ende garantizan al idólatra contra el iluminador y libertador conocimiento de la Realidad.


En La Filosofía Perenne
Imagen: © Bettmann/CORBIS


19 may. 2011

Aldous Huxley - Lo milagroso

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Las revelaciones son la aberración de la fe; son una diversión que echa a perder la simplicidad en la relación con Dios, que embaraza al alma y hace que se desvíe de su derechura en la relación con Dios. Distraen al alma y la ocupan con cosas que no son Dios. Iluminaciones y audiciones especiales, profecías y lo demás son señales de debilidad en un alma que no puede soportar los asaltos de la tentación o de la ansiedad acerca del porvenir y del juicio de Dios. Las profecías son también señales de curiosidad de criatura en un alma para quien Dios es indulgente y a quien, como el padre al hijo importuno, da unos dulces triviales para satisfacer su apetito.

J. J. Olier


El menor grado de gracia santificadora es superior a un milagro, que es sobrenatural tan sólo en razón a su causa, por su modo de producirse (quoad modum), no por su realidad íntima; la vida devuelta a un cadáver es sólo la vida natural, baja ciertamente en comparación con la de la gracia.

R. Garrigou-Lagrange


¿Puedes andar sobre el agua? No hiciste más que lo que hace una paja. ¿Puedes volar por el aire? No hiciste más que lo que hace una moscarda. Vence a tu corazón; entonces quizá llegarás a ser alguien.

Ansari de Herat



Los estados anormales del cuerpo, que a menudo acompañan el advertimiento inmediato de la divina Base, no son, por supuesto, partes esenciales de esa experiencia. En realidad, muchos místicos deploraban tales cosas como signo, no de divina gracia, sino de debilidad corporal. Levitar, caer en éxtasis, perder el uso de los sentidos —todo ello es, según las palabras de Condren, "recibir los efectos de Dios de modo muy animal y carnal".

Una onza de gracia santificadora —solía decir San Francisco de Sales— vale más que un quintal de esas gracias que los teólogos llaman "gratuitas", entre las cuales figura el don de obrar milagros. Es posible recibir tales dones y hallarse, no obstante, en pecado mortal; y no son necesarios para la salvación.

Jean Pierre Camus


Los sufíes consideraban a los milagros como "velos" puestos entre el alma y Dios. Los maestros de la espiritualidad hindú instan a sus discípulos a no prestar atención a los siddhis, o poderes psíquicos, que pueden sobrevenirles sin buscarlos, como producto secundario de la contemplación. El cultivo de tales facultades advierten, distrae al alma de la Realidad y erige obstáculos infranqueables en el camino del esclarecimiento y la liberación. Parecida actitud toman los mejores maestros budistas, y en una de las escrituras palis hay una anécdota que registra el seco comentario del Buda sobre una prodigiosa proeza de levitación realizada por uno de sus discípulos. "Esto —dijo— no conducirá a la conversión de los no conversos, ni será provechoso para los conversos." Luego continuó hablando de la liberación. Como no saben nada de espiritualidad y consideran el mundo material y sus hipótesis acerca de éste como cosas de importancia suprema, los racionalistas están ansiosos de convencerse y de convencer a otros de que no ocurren ni pueden ocurrir milagros. Como han tenido experiencia de la vida espiritual y de sus productos secundarios, los expositores de la Filosofía Perenne están convencidos de que ocurren milagros, pero los consideran como cosas de poca importancia, y ésta principalmente negativa y antiespiritual. Los milagros que actualmente tienen más demanda y de los que hay suministro más seguido, son los de la curación psíquica. En el Evangelio se indica claramente en qué circunstancias y hasta qué punto debería usarse la facultad de la curación psíquica: "¿Es más fácil decir al enfermo de parálisis: Tus pecados son perdonados o decirle: Levántate, deshaz tu cama y anda?" El que pueda "perdonar pecados" puede usar sin peligro el don de curación. Pero el perdón de los pecados sólo es posible, en plenitud, a aquellos que "hablan con autoridad", por ser abnegados cauces del Espíritu divino.

Ante estos santos teocéntricos, el ser humano ordinario, no regenerado, reacciona con una mezcla de amor y pavor —anhelando, aproximarse a ellos y al mismo tiempo obligado por su santidad misma a decirles: "Apártate de mí, que soy pecador." Tal santidad santifica hasta el punto de obtener perdón los pecados de los que se acercan a ella, y se les permite empezar de nuevo, arrostrar las consecuencias de sus culpas pasadas (pues, por supuesto, quedan las consecuencias) con espíritu nuevo que hace posible para ellos la neutralización del mal o su conversión en un bien positivo. Una clase menos perfecta de perdón puede ser otorgada por aquellos que, sin ser de suyo destacadamente santos, hablan con la delegada autoridad de una institución que el pecador cree ser de algún modo cauce de gracia sobrenatural. En este caso el contacto entre el alma no regenerada y el Espíritu divino no es directo, sino mediato, a través de la imaginación del pecador.

Los que son santos en virtud de ser abnegados cauces del Espíritu pueden practicar la curación psíquica sin ningún peligro; pues sabrán cuáles de los enfermos están dispuestos a aceptar el perdón junto con el mero milagro de una cura corporal. Los que no son santos, pero pueden perdonar pecados por pertenecer a una institución que se cree ser cauce de gracia, pueden también practicar la curación con harta confianza de que no harán más daño que bien. Pero, infortunadamente, la maña de la curación psíquica parece ser innata en ciertas personas, mientras que otras pueden adquirirla sin adquirir el menor grado de santidad. ("Es posible recibir tales gracias y hallarse, no obstante, en pecado mortal.") Tales personas usarán de su maña, sin distinción, sea para lucirse o por ganancia. A menudo hacen curas espectaculares, mas, careciendo de la facultad de perdonar pecados y aun de comprender los correlativos psicológicos, condiciones o causas de los síntomas que tan milagrosamente disiparon, dejan un alma vacía, barrida y compuesta para la venida de otros siete demonios peores que los primeros.

En La Filosofía Perenne
Traducción: C. A. Jordana
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS