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20 may. 2013

Richard Dawkins: El río digital

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Todos los pueblos tienen leyendas épicas sobre sus ancestros tribales y con frecuencia esas leyendas acaban formalizándose en cultos religiosos. El pueblo reverencia e incluso venera a sus antepasados -qué menos, pues son los antepasados reales y no los dioses sobrenaturales los que poseen la clave para comprender la vida-. De todos los organismos que nacen, la mayoría muere antes de convertirse en adultos. De la minoría que sobrevive y se reproduce sólo una minoría todavía más pequeña tendrá, mil generaciones después, descendientes vivos. Esta diminuta minoría de la minoría, esta «élite progenitora», es todo cuanto las generaciones futuras podrán calificar como ancestral. Los ascendientes son escasos, los descendientes comunes.

Todos los organismos que han vivido en algún momento -cada uno de los animales y de las plantas, todas las bacterias y todos los hongos, cada ser reptante y todos los lectores de este libro- pueden volver la vista hacia atrás y hacer orgullosamente la siguiente afirmación: ni uno solo de nuestros ancestros murió durante la infancia. Todos llegaron a ser adultos y todos y cada uno de ellos fueron capaces de encontrar por lo menos un compañero heterosexual y de copular con éxito2. Ni siquiera uno fue derribado por un enemigo, por un virus o por un paso en falso al borde de una sima, antes de traer al mundo al menos un hijo. Miles de coetáneos de nuestros ancestros fracasaron en todos estos aspectos, pero ni un solo y solitario antecesor nuestro fracasó en cualquiera de ellos. Estas afirmaciones resultan abrumadoramente obvias y, sin embargo, de ellas se derivan muchas cosas; algunas curiosas e inesperadas, algunas ilustrativas y otras sorprendentes. Todas estas cuestiones serán el objeto de este libro.

Puesto que todos los organismos heredan todos y cada uno de sus genes de sus ancestros y no de los contemporáneos fracasados de éstos, todos los organismos tienden a poseer genes con éxito; cuentan con lo necesario para convertirse en ancestros -y esto significa sobrevivir y reproducirse- Esta es la razón por la que los organismos tienden a heredar genes propensos a construir una máquina bien diseñada, un cuerpo que funciona activamente como si estuviese luchando por convertirse en ancestro; el motivo de que los pájaros sean tan buenos en lo que al vuelo se refiere, los peces tan buenos nadadores, los monos tan buenos trepando y los virus tan buenos propagándose. Esta es la razón por la que amamos la vida y amamos el sexo y amamos a los niños. El mundo acaba poblado por organismos que tienen lo necesario para convertirse en ancestros debido a que todos nosotros, sin una sola excepción, heredamos nuestros genes de una línea ininterrumpida de ancestros que tuvieron éxito. Esto, sintetizado en una frase, es el darwinismo. Evidentemente, Darwin dijo mucho más que eso, y hoy en día todavía hay más cosas que podemos decir, razón por la cual mi libro no termina aquí.

Hay una manera natural, aunque profundamente perniciosa, de malinterpretar el párrafo anterior. Es tentador pensar que cuando nuestros ancestros tuvieron éxito haciendo cosas, los genes que transmitieron a sus hijos estaban, como consecuencia, mejorados en relación con los que ellos habían recibido de sus padres. Algo de este éxito quedó grabado en sus genes y esta es la razón de que sus descendientes sean tan buenos volando, nadando o cortejando. Falso, ¡totalmente falso! Los genes no mejoran con el uso; sencillamente son traspasados sin cambios, a excepción de algunos y muy escasos errores fortuitos. No es el éxito lo que da lugar a buenos genes, son los buenos genes los que dan lugar al éxito y nada de lo que hace un individuo durante su vida tiene efecto alguno sobre ellos. Aquellos individuos que nacen con buenos genes son los que más posibilidades tienen de crecer y de convertirse en ancestros con éxito; por tanto, los buenos genes tienen más posibilidades que los malos de ser transmitidos hacia el futuro. Cada generación es un filtro, una criba: los buenos tienden a atravesarla hasta la siguiente generación, los malos tienden a terminar en cuerpos que mueren jóvenes o que no se reproducen. Los malos genes pueden atravesar la criba durante una o dos generaciones, quizá porque tengan la suerte de compartir el cuerpo con buenos genes. Pero se necesita algo más que suerte para viajar con éxito a través de un millar de cribas consecutivas, una tras otra. Tras un millar de generaciones sucesivas, es probable que los genes que hayan conseguido atravesar todas ellas sean los buenos.

He mencionado que los genes que sobreviven a lo largo de generaciones serán los que hayan tenido éxito en fabricar ancestros. Esto es cierto, pero existe una aparente excepción que debo tratar antes de que su análisis cause confusión. Algunos individuos son irremediablemente estériles; aun así, están aparentemente diseñados para colaborar en la transmisión de sus genes a las generaciones futuras. Las hormigas, las abejas, las avispas y las termitas obreras son estériles. No trabajan para convertirse en ancestros sino para que sus parientes fértiles, normalmente sus hermanas y hermanos, lo hagan. Aquí hay dos ideas que hay que dejar claras. La primera es que en cualquier clase de animal los hermanos y hermanas tienen una alta probabilidad de compartir copias de los mismos genes. La segunda es que es el entorno y no los genes lo que determina si, por ejemplo una termita, será una reproductora o una obrera estéril. Todas las termitas poseen genes con capacidad para convertirlas en obreras estériles bajo algunas condiciones ambientales y en reproductoras bajo otras. Las reproductoras transmiten duplicados de exactamente los mismos genes que hacen que las obreras estériles les ayuden a hacerlo. Las obreras estériles se dejan la piel bajo la influencia de genes cuyas copias están presentes en los cuerpos de las reproductoras. Las copias obreras de esos genes luchan para ayudar a atravesar la criba transgeneracional a sus propios duplicados reproductivos. Las termitas obreras pueden ser hembras o machos; pero en las abejas, las hormigas y las avispas, las obreras son siempre hembras; por lo demás, el principio es el mismo. Aunque de forma atenuada, este principio también es aplicable a diversas especies de aves, mamíferos y otros animales en las que los hermanos o hermanas mayores proporcionan cierta cantidad de atención a las crías. Para resumir, los genes pueden comprar su salvoconducto para atravesar la criba no sólo ayudando a su propio cuerpo a convertirse en ancestro sino también ayudando al cuerpo de un pariente a hacerlo.

El río del título es un río de ADN y fluye por el tiempo, no por el espacio. Es un río de información, no de huesos y tejidos: un río de instrucciones abstractas para construir cuerpos, no un río de cuerpos sólidos propiamente dichos. La información pasa a través de los cuerpos y los afecta, pero no es afectada por ellos en su camino. El río no sólo no es influenciado por las experiencias y los logros de los sucesivos cuerpos por los que fluye; tampoco influye en él una fuente potencial de contaminación aparentemente mucho más poderosa: el sexo.

En cada una de tus células, la mitad de los genes de tu madre están situados codo con codo con la mitad de los genes de tu padre. Tus genes maternos y tus genes paternos conspiran íntimamente los unos con los otros para hacer de ti la sutil e indivisible amalgama que eres. Pero los genes mismos no se mezclan; sólo sus efectos lo hacen. Los genes tienen individualmente una integridad marmórea. Cuando llega el momento de pasar a la siguiente generación un gen va o no va al cuerpo de un niño. Los genes matemos y los paternos no se mezclan; se combinan de forma independiente. Un gen en concreto que está en ti procede de tu madre o bien de tu padre. Procede también de uno y sólo de uno de tus abuelos; de uno y sólo de uno de tus ocho bisabuelos; y así hacia atrás.

He hablado de un río de genes, pero sería igual de correcto hablar de una banda de buenos amigos marchando a través del tiempo geológico. Todos los genes en una población reproductiva son a largo plazo compañeros unos de otros. A corto plazo se establecen en cuerpos individuales y temporalmente son compañeros íntimos de los otros genes que comparten ese cuerpo. Los genes sobreviven a lo largo del tiempo sólo si son buenos en la construcción de cuerpos que sean eficaces para vivir y reproducirse según el modo de vida particular elegido por la especie. Pero hace falta algo más: para ser un buen superviviente un gen debe ser bueno en el trabajo conjunto con los demás genes de la misma especie -del mismo río-. Para sobrevivir a largo plazo un gen debe ser un buen compañero. Debe hacerlo bien en la compañía de, o en el escenario del resto de, los genes del mismo río. Los genes de otras especies están en un río diferente. No tienen que llevarse bien con ellos -en cualquier caso, no en el mismo sentido- puesto que no comparten los mismos cuerpos.

La característica que define a una especie es que todos sus miembros tienen el mismo río de genes fluyendo por ellos y que todos los genes que forman parte de ella tienen que estar preparados para ser compañeros los unos de los otros. Una nueva especie viene al mundo cuando una especie preexistente se divide en dos. El río de los genes se bifurca en el tiempo. Desde el punto de vista de un gen, la especiación, el origen de nuevas especies, es «el largo adiós». Después de un breve periodo de separación parcial los dos ríos alejan sus caminos para siempre, o hasta que uno u otro se extingue y desaparece entre la arena. Segura, dentro del cauce de cualquiera de los dos ríos, el agua se mezcla y remezcla mediante recombinación sexual, pero jamás se eleva por encima de las orillas para contaminar al otro río. Una vez que las especies se han dividido, los dos conjuntos de genes ya nunca más son compañeros. Nunca más se reúnen en los mismos cuerpos y nunca más es necesario que se lleven bien entre sí. Ya nunca habrá relación alguna entre ellos; y aquí relación significa literalmente relación sexual entre sus vehículos temporales, los cuerpos.

¿Por qué han de separarse las especies? ¿Qué es lo que pone en marcha el largo adiós de sus genes? ¿Qué provoca que un río se divida y que las dos ramas se alejen separadas para no volver a encontrarse jamás? Los detalles son controvertidos pero nadie duda de que el ingrediente más importante es la separación geográfica accidental. El río de los genes fluye en el tiempo, pero la distribución física de los genes tiene lugar en cuerpos sólidos y los cuerpos ocupan un lugar en el espacio. En Norteamérica, una ardilla gris sería capaz de procrear con una ardilla gris inglesa si llegaran a encontrarse; pero es poco probable que lo hagan. Allí, el río de los genes de la ardilla gris está eficazmente separado por cuatro mil kilómetros de océano del río de los genes de la ardilla gris inglesa. Los dos bandos de genes ya no son compañeros en la realidad, aunque presumiblemente todavía serían capaces de actuar como tales si surgiera la oportunidad. Se han dicho adiós para siempre, aunque todavía no es un adiós irreversible. Pero transcurridos unos cuantos miles de años más de separación, es probable que los dos ríos se hayan distanciado tanto que dos ardillas individuales que se encontraran nunca más serían capaces de intercambiar genes. El término «distanciamiento» significa aquí lejanía, pero no en el espacio sino en compatibilidad.

Algo parecido subyace casi con total seguridad a la más antigua separación entre las ardillas rojas y las ardillas grises. No pueden reproducirse entre ellas. Se solapan geográficamente en partes de Europa y, aunque se encuentran y es probable que de vez en cuando se enfrenten por los frutos, no pueden aparearse para producir una prole fértil. Sus ríos genéticos se han distanciado demasiado y esto significa que sus genes ya nunca más están preparados para cooperar unos con otros en los cuerpos. Hace muchas generaciones, los antepasados de las ardillas grises y los de las ardillas rojas eran los mismos individuos. Pero fueron separados geográficamente -quizá por una cadena montañosa, quizá por el agua y con el tiempo por el océano Atlántico- y sus conjuntos genéticos crecieron distanciados. La separación geográfica produjo la falta de compatibilidad. Los buenos compañeros se convirtieron en malos compañeros (o resultarían serlo si fueran puestos a prueba en un encuentro de apareamiento). Los malos compañeros se hicieron todavía peores, hasta que hoy en día no son compañeros en absoluto. Su adiós es definitivo. Los dos ríos están separados y destinados a separarse cada vez más. La misma historia se oculta tras la mucho más temprana separación entre, pongamos, nuestros ancestros y los de los elefantes; o entre los ancestros de las avestruces (que también fueron los nuestros) y los de los escorpiones.

Ahora hay tal vez treinta millones de ramificaciones del río de ADN, puesto que ésta es la estimación del número de especies sobre la Tierra. También se ha calculado que las especies supervivientes representan alrededor de un 1 por 100 de las especies que alguna vez existieron. Esto significaría que ha habido en total cerca de tres mil millones de ramificaciones del río de ADN. Los treinta millones de afluentes actuales están irremisiblemente separados. Muchos de ellos están destinados a secarse hasta desaparecer, puesto que la mayoría de las especies se extinguen. Si remontáramos los treinta millones de ríos (para abreviar, me referiré a las ramificaciones como ríos) hacia atrás en el pasado encontraríamos que uno por uno se juntan con otros ríos. El río de los genes humanos confluye con el de los genes de los chimpancés aproximadamente al mismo tiempo que lo hace con el río de los genes de los gorilas, hace aproximadamente siete millones de años. Unos pocos millones de años más atrás, nuestro río común de los primates es alcanzado por el arroyo de los orangutanes. Todavía más hacia atrás se nos une un río de genes de gibón, un río que se divide a favor de la corriente en unas cuantas especies separadas de gibones y siamangs. A medida que seguimos el cauce hacia atrás en el tiempo, nuestro río genético se une con otros cuyo destino, si los seguimos de nuevo hacia delante, es el de ramificarse en los monos del Viejo Mundo, los monos del Nuevo Mundo y los lémures de Madagascar. Todavía más atrás, nuestro río se une con aquellos que conducen a los demás grupos principales de mamíferos: roedores, felinos, murciélagos y elefantes. Después nos encontramos las corrientes que conducen a las distintas clases de reptiles, aves, anfibios, peces e invertebrados.

Llegamos ahora a un aspecto importante en el que hemos de ser precavidos con la metáfora fluvial. Cuando pensamos en el caudal que conduce a todos los mamíferos -a diferencia de, por ejemplo, el que conduce a la ardilla gris- es tentador imaginar algo de gran escala, estilo Misisipí o Misuri. Después de todo, la rama de los mamíferos está destinada a ramificarse y ramificarse y ramificarse de nuevo hasta que produzca a todos los mamíferos -de la musaraña pigmea hasta el elefante, de los ratones subterráneos hasta los monos en lo alto del dosel arbóreo-. Este río está destinado a alimentar tantos millares de cuencas troncales importantes; ¿qué otra cosa podría ser excepto un enorme y estruendoso torrente? Sin embargo, esta imagen es profundamente errónea. Cuando los ancestros de todos los mamíferos modernos se escindieron de aquellos que no son mamíferos, el acontecimiento no fue más trascendental que cualquier otra especiación. Habría sucedido sin llamar especialmente la atención de cualquier naturalista que hubiese estado por allí. El nuevo afluente del río de los genes habría sido un hilillo de agua que albergaba una especie de pequeñas criaturas nocturnas no mucho más diferentes de sus primos no mamíferos que una ardilla roja de una gris. Sólo en retrospectiva vemos al mamífero ancestral como un mamífero. En aquellos días habría sido únicamente otra especie de «reptil-parecido-a-mamífero», no especialmente distinto de una docena quizá de otros pequeños bocados hocicudos e insectívoros que formaban parte de la dieta de los dinosaurios.

La misma ausencia de drama habría asistido a las separaciones más tempranas entre los ancestros de todos los grandes grupos de animales: los vertebrados, los moluscos, los crustáceos, los insectos, los gusanos segmentados, los gusanos platelmintos, las medusas y demás. Cuando el río que iba a conducir a los moluscos (y a otros) se separó del río que iba a conducir a los vertebrados (y a otros), las dos poblaciones de criaturas (probablemente gusanoides) habrían sido tan parecidas que se habrían podido aparear las unas con las otras. La única razón por la que no lo hicieron es porque habían quedado separadas accidentalmente por alguna barrera geográfica, quizá tierra seca que separaba aguas anteriormente unidas. Nadie habría adivinado que una población estaba destinada a engendrar a los moluscos y otra a los vertebrados. Los dos ríos de ADN eran arroyuelos apenas separados y los dos grupos de animales eran prácticamente indistinguibles.

Los zoólogos saben todo esto, pero a veces lo olvidan cuando contemplan los grupos animales realmente grandes, como los moluscos y los vertebrados. Sienten la tentación de pensar en la división entre los grupos principales como un acontecimiento trascendental, El motivo de que sean tan propensos al error es que han sido educados en la creencia casi reverencial de que cada una de las grandes divisiones del reino animal está dotada de algo profundamente único, algo a lo que aluden con frecuencia utilizando el término alemán Bauplan. Aunque esta palabra sólo significa «proyecto», ha llegado a ser un término técnico reconocido y lo conjugaré como si se tratara de una palabra en nuestra lengua, aunque todavía no haya sido incluida en la edición actual del Oxford English Dictionary (descubrimiento que me ha sorprendido ligeramente). (Puesto que soy menos aficionado a este término que algunos de mis colegas, admito que su ausencia me provoca un pequeño frisson de Schadenfreude3; esas dos palabras extranjeras sí están en el diccionario, luego no existe un prejuicio sistemático contra la importación.) En su acepción técnica, bauplan es frecuentemente traducida como «plan corporal fundamental». La utilización de la palabra «fundamental» (o lo que es lo mismo, recurrir conscientemente a la lengua alemana para indicar trascendencia) es lo que causa el daño. Puede conducir a los zoólogos a cometer serias equivocaciones. Uno de ellos, por ejemplo, ha sugerido que la evolución en el periodo Cámbrico (hace aproximadamente entre seiscientos y quinientos millones de años) debe haber sido un tipo de proceso completamente diferente a la evolución en épocas posteriores. Su razonamiento fue que hoy en día es cuando están apareciendo nuevas especies, mientras que en el periodo Cámbrico estaban apareciendo los grupos principales, tales como los moluscos o los crustáceos. ¡La falacia es flagrante! Incluso criaturas tan radicalmente diferentes las unas de las otras como los moluscos y los crustáceos originalmente sólo eran poblaciones de la misma especie separadas geográficamente. Durante un tiempo podrían haberse reproducido entre ellas si se hubieran encontrado, pero no lo hicieron. Tras millones de años de evolución por separado adquirieron las características que ahora nosotros, con la visión retrospectiva de los zoólogos modernos, reconocemos como las de los moluscos y las de los crustáceos respectivamente. Estas características son dignificadas con el grandioso título de «plan corporal fundamental» o bauplan, pero los principales bauplanes del reino animal divergieron gradualmente a partir de orígenes comunes.

Hay que reconocer que hay un desacuerdo menor, si bien muy aireado, sobre cómo es de gradual o de «saltarina» la evolución. Pero nadie, y quiero decir nadie, piensa que haya sido lo suficientemente saltarina como para inventar un nuevo bauplan en un solo paso. El autor que he mencionado escribía en 1958. Hoy pocos zoólogos adoptarían explícitamente esta postura, pero en ocasiones lo hacen de forma implícita, hablando como si los principales grupos de animales hubieran surgido espontáneamente y perfectamente formados, como Atenea de la cabeza de Zeus, más que a causa de la divergencia de una población ancestral mientras se encontraba en aislamiento geográfico accidental.4

El estudio de la biología molecular ha mostrado en todos los casos que los grandes grupos de animales están mucho más cerca los unos de los otros de lo que solíamos pensar. Podemos tratar el código genético como un diccionario en el cual sesenta y cuatro palabras en un idioma (los sesenta y cuatro posibles tríos de un alfabeto de cuatro letras) corresponden a veintiuna palabras en otro idioma (veinte aminoácidos más un signo de puntuación). La probabilidad de llegar a la misma correspondencia 64:21 dos veces por casualidad es menor que una entre un millón de millones de millones de millones de millones. A pesar de ello, el código genético es, de hecho, literalmente idéntico en todos los animales, plantas o bacterias que se han observado. Todos los seres vivientes terrestres son ciertamente descendientes de un único ancestro. Nadie discutiría esto, pero ahora están apareciendo algunas semejanzas extraordinariamente cercanas entre, por ejemplo, insectos y vertebrados, cuando se examina no sólo el propio código sino secuencias detalladas de información genética. El mecanismo genético responsable del plan corporal segmentado de los insectos es bastante complicado; en los mamíferos se ha encontrado una porción de maquinaria genética asombrosamente similar. Desde el punto de vista molecular, todos los animales son parientes bastante cercanos los unos de los otros, e incluso de las plantas. Hay que ir hasta las bacterias para encontrar a nuestros primos lejanos, y aun entonces el código genético mismo es idéntico al nuestro. La razón por la cual es posible realizar esos cálculos tan precisos sobre el código genético pero no sobre la anatomía de los bauplanes es que el código genético es estrictamente digital, y los dígitos son cosas que puedes contar con precisión. El río de los genes es un río digital y ahora tengo que explicar qué significa este término de ingeniería.

Los ingenieros hacen una importante distinción entre códigos analógicos y digitales. Los tocadiscos y los magnetófonos -y hasta hace poco la mayoría de los teléfonos- utilizan códigos analógicos. Los reproductores de discos compactos, los ordenadores y la mayoría de los sistemas modernos de telefonía utilizan códigos digitales. En un sistema telefónico analógico, ondas fluctuantes y continuas de presión en el aire (sonidos) son convertidas en ondas fluctuantes de voltaje equivalentes en un cable. Un tocadiscos funciona de la misma forma: los surcos ondulados producen una vibración de la aguja, y estos movimientos son convertidos en fluctuaciones correspondientes de voltaje. Al otro extremo de la línea estas ondas de voltaje son transformadas de nuevo, mediante una membrana vibrante en el auricular del teléfono o en los altavoces del tocadiscos, en las correspondientes ondas de presión aérea, de manera que podamos oírlas. El código es simple y directo: fluctuaciones eléctricas en un cable son proporcionales a fluctuaciones de presión en el aire. Todos los posibles voltajes, dentro de ciertos límites, pueden pasar por el cable y las diferencias entre ellos son importantes.

En un teléfono digital sólo pasan por el cable dos voltajes posibles, o algún otro número discreto de voltajes, como 8 ó 256. La información no descansa en los voltajes en sí mismos sino en el patrón de los niveles discretos. Esto se conoce como Modulación por Impulsos Codificados. El voltaje concreto en cualquier momento dado raramente será idéntico a ninguno de los digamos ocho valores nominales, pero el aparato receptor lo redondeará hasta el más cercano de los voltajes designados, de manera que lo que surge al otro extremo de la línea es prácticamente perfecto incluso aunque la transmisión a lo largo de ésta sea pobre. Todo lo que hay que hacer es establecer niveles discretos lo suficientemente separados como para que las fluctuaciones al azar nunca puedan ser malinterpretadas por el instrumento receptor como pertenecientes al nivel erróneo. Esta es la gran virtud de los códigos digitales, el motivo de que los sistemas de audio y vídeo -y la tecnología de la información en general— se estén volviendo gradualmente digitales. Los ordenadores, por supuesto, utilizan códigos digitales para todo cuanto hacen. Por razones de conveniencia, utilizan un código binario; es decir, sólo tiene dos niveles de voltaje en vez de 8 ó 256.

Incluso en un teléfono digital, los sonidos que entran y que abandonan el auricular son todavía fluctuaciones analógicas en la presión del aire. Es la información que viaja de intercambio a intercambio la que es digital. Es necesario establecer algún código para traducir valores analógicos, microsegundo a microsegundo, a secuencias de impulsos discretos -números codificados digitalmente-. Cuando tienes una conversación romántica por teléfono, cada matiz, cada temblor de la voz, cada suspiro apasionado y tono anhelante es transportado a lo largo del cable exclusivamente en forma de números. Los números pueden provocar que te eches a llorar -siempre que sean codificados y descodificados con la suficiente rapidez-. La moderna conmutación electrónica es tan rápida que el tiempo de la línea puede ser dividido en porciones, de la misma forma en la que un maestro del ajedrez puede dividir su tiempo entre veinte partidas en rotación. Mediante esta tecnología se pueden encajar en la misma línea telefónica miles de conversaciones aparentemente simultáneas, aunque segregadas electrónicamente y sin interferencias. Una línea troncal de transmisión de datos -muchas de ellas hoy en día no son cables en absoluto sino haces de radio, transmitidos tanto de cumbre a cumbre como rebotadas de satélites- es un enorme río de dígitos. Pero debido a esta ingeniosa segregación electrónica, es un millar de ríos digitales, los cuales comparten las mismas orillas sólo en un sentido superficial, como las ardillas rojas y las grises, que comparten los mismos árboles pero nunca entremezclan sus genes.

Volviendo al mundo de los ingenieros, las deficiencias de las señales analógicas no importan demasiado mientras no sean copiadas repetidamente. Una grabación en cinta magnetofónica puede tener tan poca distorsión en ella que sea difícil percibirla -a menos que amplifiques el sonido, en cuyo caso amplificas la distorsión e introduces también algo de ruido nuevo-. Pero si grabas una cinta de esa cinta y después haces una grabación de la grabación de la cinta, y así una y otra vez, tras un centenar de «generaciones» todo lo que quedará será un horrible silbido. Algo parecido a esto suponía un problema en la época en la que los teléfonos eran analógicos. Cualquier señal telefónica que viaja por un cable largo se va desvaneciendo y tiene que ser estimulada -reamplificada o «repetida»- aproximadamente cada ciento cincuenta kilómetros. En los tiempos analógicos esto era una pesadilla, porque cada fase de reamplificación aumentaba la proporción de silbido de fondo. Las señales digitales también necesitan estímulo, pero por las razones que hemos visto el estímulo no introduce error alguno; se pueden establecer las cosas de manera que la información se transmita perfectamente, no importa cuántos repetidores intervengan. La distorsión no aumenta incluso tras cientos y cientos de kilómetros.

Cuando era pequeño, mi madre me explicó que nuestras células nerviosas son los cables telefónicos del cuerpo; pero ¿son analógicos o digitales? La respuesta es que son una interesante mezcla de ambos. Una célula nerviosa no es como un cable eléctrico, es un tubo largo y delgado por el que pasan ondas de cambio químico, como un reguero de pólvora chisporroteando a lo largo del suelo; excepto que, a diferencia de un reguero de pólvora, el nervio pronto se recupera y puede chisporrotear de nuevo después de un breve periodo de descanso. La magnitud absoluta de la onda -la temperatura de la pólvora- puede fluctuar a medida que corre a lo largo del nervio, pero es irrelevante. El código la ignora. El impulso químico está o no está presente, como dos niveles de voltaje discretos en un teléfono digital. Hasta aquí el sistema nervioso es digital. Pero los impulsos nerviosos no son forzados a convertirse en bytes5: no se asocian en números de código discretos. En su lugar, la fuerza del mensaje (la potencia del sonido, el brillo de la luz, quizá incluso la intensidad de nuestros sentimientos) es codificada como una tasa de impulsos. Los ingenieros conocen esto como Modulación por Frecuencia de Impulsos, y era popular entre ellos antes de que se adoptara la Modulación por Impulsos Codificados.

Una tasa de impulsos es una cantidad analógica, pero los impulsos mismos son digitales: están o no están ahí, sin medias tintas; y el sistema nervioso obtiene el mismo beneficio de ello que cualquier sistema digital. Debido a la forma en la que funcionan las células nerviosas hay el equivalente a un repetidor amplificador, no cada cien millas sino cada milímetro. es decir, ochocientas estaciones de repetición entre la médula espinal y la punta de un dedo. Si la altura absoluta del impulso nervioso -la onda de pólvora- fuera importante, el mensaje se iría distorsionando, hasta que fuera imposible reconocerlo, a lo largo de la longitud de un brazo humano, por no mencionar el cuello de una jirafa. Cada fase de amplificación introduciría más error aleatorio, como sucede cuando hacemos ochocientas veces una grabación en cinta a partir de una cinta grabada o cuando fotocopias la fotocopia de una fotocopia. Después de ochocientas «generaciones» de fotocopias todo lo que queda es una mancha gris. La codificación digital ofrece la única solución posible al problema de las células nerviosas, y la selección natural la ha adoptado indolentemente. Lo mismo se cumple para los genes.

En mi opinión, Francis Crick y James Watson, los descubridores de la estructura molecular del gen, deberían ser venerados durante tantos siglos como Aristóteles y Platón. Les fueron concedidos sendos premios Nobel en «fisiología o medicina» y esto es correcto pero casi trivial. Hablar de revolución continua es casi una contradicción en los términos; aun así, no sólo la medicina sino nuestra comprensión global de la vida continuarán siendo revolucionadas una y otra vez como resultado directo de los cambios en el pensamiento que aquellos dos jóvenes iniciaron en 1953. Los propios genes y las enfermedades genéticas son sólo la punta del iceberg. Lo verdaderamente revolucionario de la biología molecular en la era post Watson-Crick es que se ha convertido en digital.

Gracias a Watson y Crick sabemos que los genes, en su diminuta estructura interna, son largas cadenas de información digital en estado puro. Es más, son verdaderamente digitales en el poderoso y completo sentido de los ordenadores y los discos compactos, no sólo en el débil sentido del sistema nervioso. El código genético no utiliza un código binario como los ordenadores, tampoco un código de ocho niveles como algunos sistemas telefónicos, sino un código cuaternario con cuatro símbolos. El código máquina de los genes es asombrosamente parecido al de los ordenadores; dejando de lado algunas diferencias en la jerga, las páginas de una revista de biología molecular podrían intercambiarse con las de una revista de ingeniería informática. Esta revolución digital en el mismo núcleo de la vida ha dado, entre otras muchas consecuencias, el golpe letal definitivo al vitalismo -la creencia de que la materia viva es profundamente distinta de la materia inerte—. Hasta 1953 todavía era posible creer que había algo fundamental e irreductiblemente misterioso en un protoplasma viviente. Ya no. Incluso aquellos filósofos que mostraban cierta predisposición a la perspectiva mecanicista de la vida no se habrían atrevido a prever una realización tan absoluta de sus sueños más radicales.

El siguiente argumento de ciencia ficción es verosímil si imaginamos una tecnología que difiere de la actual tan sólo en que está un poco más adelantada. El profesor Jim Crickson 6 ha sido secuestrado por una maligna potencia extranjera y ha sido forzado a trabajar en sus laboratorios biológicos bélicos. Para salvar a la civilización, es de importancia vital que comunique al mundo exterior cierta información de alto secreto, pero todos los canales normales de comunicación le están vedados. Excepto uno. El código de ADN consiste en sesenta y cuatro tripletes -«codones»- suficientes para un alfabeto inglés completo en mayúscula y minúscula más diez números, un carácter de espacio y un punto final. El profesor Crickson recupera un violento virus de la gripe de la estantería del laboratorio y, mediante ingeniería, le introduce en su genoma el texto completo de su mensaje para el mundo exterior en frases en inglés perfectamente construidas. Repite su mensaje una y otra vez en el genoma manipulado, añadiendo una secuencia «bandera» fácilmente reconocible -por ejemplo, los diez primeros números primos-. Después, se infecta a sí mismo con el virus y estornuda en una habitación llena de gente. Una ola de gripe barre el mundo y los laboratorios médicos en tierras lejanas se ponen a trabajar en la secuenciación del genoma del virus en un intento para diseñar una vacuna. Pronto resulta evidente que hay un patrón extraño repetido en el genoma. Alertados por los números primos -que no habrían podido surgir de manera espontánea-, alguien considera la idea de someterlo a técnicas de decodificación. A partir de este punto llevaría poco tiempo leer el texto completo en inglés, estornudado alrededor del mundo, del mensaje del profesor Crickson.

Nuestro sistema genético, que es el sistema universal de toda la vida en el planeta, es digital hasta la médula. Con una precisión de palabra por palabra podrías codificar el Nuevo Testamento al completo en aquellas partes del genoma humano que están ahora llenas de ADN «basura», es decir, ADN no utilizado, al menos de manera ordinaria, por el cuerpo. Cada célula de tu cuerpo contiene el equivalente a cuarenta y seis cintas de datos inmensas que recitan de un tirón caracteres digitales por medio de numerosas cabezas lectoras que trabajan simultáneamente. En cada célula, estas cintas -los cromosomas- contienen la misma información, pero las cabezas lectoras situadas en los diferentes tipos de células buscan diferentes partes de la base de datos para sus propósitos especializados. Esta es la razón por la que las células musculares son diferentes de las células del hígado. No hay ninguna fuerza vital impulsada por el espíritu, ninguna pulsante, convulsiva, pululante y mística gelatina protoplásmica. La vida es sólo bytes y bytes y más bytes de información digital.

Los genes son información pura; información que puede ser codificada, recodificada y descodificada sin degradación alguna o cambio de significado. La información pura puede ser copiada y, puesto que es información digital, la fidelidad de la copia puede ser inmensa. Los caracteres del ADN son transcritos con una precisión que rivaliza con cualquier cosa que los ingenieros modernos puedan hacer. Son copiados a lo largo de generaciones únicamente con los suficientes errores ocasionales como para producir variedad. Entre esta variedad, aquellas combinaciones codificadas que se hagan más numerosas en el mundo serán, obvia y automáticamente, las que cuando sean descodificadas y obedecidas dentro de los cuerpos harán a éstos tomar medidas activas para preservar y propagar esos mismos mensajes de ADN. Nosotros -y con esto quiero decir todos los seres vivos- somos máquinas de supervivencia programadas para propagar la base de datos digital que hizo la programación. El darwinismo es visto ahora como la supervivencia de los supervivientes en el nivel del código digital puro.

Visto en retrospectiva, no podría haber sido de otra manera. Podríamos imaginar un sistema genético analógico, pero ya hemos visto lo que sucede con la información analógica cuando es recopiada durante generaciones sucesivas. Es como el juego de los susurros chinos7. Los sistemas telefónicos reamplificados, las cintas recopiadas, las fotocopias de fotocopias, es decir, las señales analógicas, son tan vulnerables a la degradación acumulativa que no se pueden copiar más allá de un número limitado de generaciones. Los genes, por el contrario, pueden copiarse a sí mismos durante diez millones de generaciones sin degradarse en absoluto, o con poquísima degradación. El darwinismo funciona solamente porque -a excepción de las mutaciones discretas que la selección natural suprime o bien conserva- el proceso de transcripción es perfecto. Sólo un sistema genético digital es capaz de mantener el darwinismo durante eones de tiempo geológico. 1953, el año de la doble hélice, se contemplará en el futuro no sólo como el fin de las visiones místicas y oscurantistas de la vida; los darwinistas lo contemplarán como el año en el que su materia se hizo finalmente digital.

El río de información digital pura, fluyendo majestuosamente a través del tiempo geológico y separándose en tres mil millones de ramificaciones, es una imagen impactante. Pero, ¿dónde deja los rasgos familiares de la vida?, ¿dónde deja a los cuerpos, las manos y pies, los ojos y los cerebros y los bigotes, hojas y troncos y raíces?, ¿dónde nos deja a nosotros y a nuestras partes? Nosotros -los animales, las plantas, los protozoos, los hongos y las bacterias- ¿somos sólo orillas entre las cuales fluyen riachuelos de datos digitales? En un sentido sí. Pero, como he dejado entrever, hay algo más que eso. Los genes no sólo hacen copias de sí mismos que circulan fluyendo durante generaciones. Ellos, en realidad, pasan su vida en los cuerpos e influyen en la forma y en el comportamiento de los sucesivos cuerpos en los que habitan. También los cuerpos son importantes.

El cuerpo de, por ejemplo un oso polar, no sólo es un par de riberas en un arroyuelo digital. También es una máquina de una complejidad del tamaño de un plantígrado. Todos los genes de la población completa de los osos polares son un colectivo -buenos compañeros compitiendo unos con otros a través del tiempo-, Pero no pasan todo este tiempo en compañía del resto de los miembros del colectivo; cambian de socios dentro del conjunto que constituye el colectivo, el cual está definido como el conjunto de genes que pueden encontrarse, potencialmente, con cualquier otro gen del colectivo (pero no con miembros de cualquiera de los treinta millones de otros colectivos del mundo). Los encuentros reales siempre tienen lugar dentro de una célula en el cuerpo de un oso polar. Y ese cuerpo no es un receptáculo pasivo de ADN.

Para empezar, el verdadero número de células (cada una de las cuales es un conjunto completo de genes) supera la imaginación: cerca de novecientos millones de millones para un gran oso macho. Si pusieras en fila todas las células de un solo oso polar, la hilera podría hacer cómodamente el viaje de ida y vuelta de aquí a la luna. Estas células pertenecen a un par de cientos de clases distintas; esencialmente, el mismo par de cientos para todos los mamíferos: células musculares, células nerviosas, células óseas, células epidérmicas, etcétera. Las células de cualquiera de estos tipos están agrupadas formando tejidos: el tejido muscular, el tejido óseo y demás. Todas las clases diferentes de células contienen las instrucciones genéticas necesarias para dar lugar a cualquiera de los tipos de tejidos, pero sólo están activados los genes apropiados para el tejido correspondiente. Esta es la causa de que las células de los diferentes tejidos tengan diferentes formas y tamaños. Más interesante es que los genes que están en funcionamiento en las células de una clase en particular son los responsables de que esas células hagan crecer a sus tejidos con una forma determinada. Los huesos no son masas informes de tejido rígido y duro. Los huesos tienen formas concretas con fustes huecos, bolas y cuencas, espinas y espolones. Las células están programadas, por los genes activados dentro de ellas, para comportarse como si conocieran dónde están en relación con sus células vecinas; de esta manera construyen sus tejidos con la forma de lóbulos de oreja y válvulas cardiacas, lentes oculares y músculos del esfínter.

La complejidad de un organismo como un oso polar tiene muchos estratos. El cuerpo es una colección compleja de órganos conformados con precisión, como los hígados y los riñones y los huesos. Cada órgano es un complejo edificio formado por tejidos particulares cuyos ladrillos de construcción son las células, dispuestas con frecuencia en capas o láminas pero habitualmente también como masas sólidas. A una escala mucho más pequeña, cada célula tiene una estructura interior extremadamente compleja de membranas plegadas. Estas membranas, y el agua que hay entre ellas, son el escenario de intrincadas reacciones químicas de muchísimas clases. Dentro de una factoría química de la ICI o de la Union Carbide puede haber varios cientos de reacciones químicas distintas llevándose a cabo. Estas se mantendrán separadas las unas de las otras mediante las paredes de los matraces, los tubos de ensayo, etc... Dentro de una célula viva podría haber un número similar de reacciones químicas teniendo lugar simultáneamente. Hasta cierto punto, las membranas en una célula son como los útiles de cristal de un laboratorio, pero la analogía no es buena por dos razones. La primera es que aunque muchas de las reacciones químicas suceden entre las membranas, un buen número de ellas lo hace dentro de la sustancia de las propias membranas. La segunda es que hay una manera más importante de mantener las diferentes reacciones separadas: cada reacción es catalizada por su propia enzima especial.

Una enzima es una molécula muy grande cuya forma tridimensional acelera un tipo particular de reacción química proporcionándole una superficie que estimula esa reacción. Puesto que lo importante en las moléculas biológicas es su forma tridimensional, podríamos considerar a la enzima como una gran herramienta mecánica, cuidadosamente afinada para producir una línea completa de moléculas con una forma determinada. De esta manera, cualquier célula individual puede tener en su interior cientos de reacciones químicas sucediendo simultánea y separadamente, sobre la superficie de diferentes moléculas enzimáticas. Las clases concretas de moléculas enzimáticas que están presentes en grandes cantidades determinan qué reacciones químicas en particular suceden dentro de una célula dada. Cada molécula enzimática, incluyendo su crucial forma, se ensambla bajo la influencia determinista de un gen en particular. Para ser más específico: la secuencia exacta de varios cientos de letras de código en el gen determina, mediante un conjunto de reglas que son totalmente conocidas (el código genético), la secuencia de aminoácidos de la molécula enzimática. Cada molécula enzimática es una cadena lineal de aminoácidos y cada cadena lineal de aminoácidos se enrolla espontáneamente formando una estructura tridimensional particular y única, como un nudo, en la cual partes de la cadena forman enlaces cruzados con otras partes de la cadena. La estructura tridimensional exacta del nudo está determinada por la secuencia unidimensional de aminoácidos y, por tanto, por la secuencia unidimensional de letras de código en el gen. Y de esta manera las reacciones químicas que tienen lugar en una célula están determinadas por el tipo de genes que están activados.

¿Qué es entonces lo que determina qué genes están activados en una célula concreta? La respuesta es que son los compuestos químicos que están ya presentes en ella. Aquí tenemos una versión del problema del huevo y la gallina, pero no es insuperable. La solución a la paradoja es realmente muy sencilla en su fundamento, aunque se complica en el detalle. Es la solución que los ingenieros informáticos conocen como «cebado». Cuando en los años sesenta empecé a utilizar computadoras por primera vez había que cargar todos los programas utilizando cinta de papel (las computadoras americanas de la época utilizaban con frecuencia tarjetas perforadas, pero el principio era el mismo). Antes de que pudieras cargar la enorme cinta de un programa serio tenías que cargar un programa más pequeño llamado el cargador de programa inicial. Este programa hacía una sola cosa: decir a la computadora cómo cargar las cintas de papel. Pero -aquí está la paradoja huevo-gallina- ¿cómo se cargaba la propia cinta del cargador de programa inicial? En los ordenadores modernos, el equivalente a esto está integrado en la máquina, pero en aquellos días tenías que comenzar por activar interruptores de palanca siguiendo una secuencia ritual. Esta secuencia decía a la computadora cómo empezar a leer la primera parte de la cinta del cargador de programa inicial. Después, la primera parte de la cinta le daba un poco más de información sobre cómo leer la siguiente porción de la cinta, y así sucesivamente. Para cuando el cargador de programa inicial completo había sido engullido, la máquina sabía cómo leer cualquier cinta de papel y se había convertido en una computadora útil.

En el origen del embrión, una célula sencilla -el óvulo fertilizado- se divide en dos; cada una de las dos se divide para dar cuatro; cada una de las cuatro se divide para dar ocho, y así sucesivamente. Es tal el poder de la división exponencial que sólo son necesarias unas cuantas docenas de generaciones para elevar la cantidad de células hasta los billones. Pero si esto fuera lo único que ocurriera, los billones de células serían todas iguales. ¿Cómo se diferencian (utilizando el término técnico), sin embargo, en células de hígado, células de riñón, células musculares, etc..., cada una con diferentes genes activados y, por tanto, con diferentes enzimas activas? Mediante el cebado, y funciona de la siguiente manera. Aunque el óvulo parezca una esfera, en realidad posee polaridad en su química interna: tiene una parte superior y una inferior, y en muchos casos también una anterior y una posterior (y, por consiguiente, un lado derecho y un izquierdo). Esta polaridad se manifiesta en forma de gradientes (o gradaciones) de compuestos químicos. La concentración de algunos de ellos aumenta de forma constante a medida que te mueves desde la parte anterior a la posterior y otros a medida que te mueves de la parte superior a la inferior. Estos tempranos gradientes son bastante simples, pero son suficientes para constituir la primera fase de una operación de cebado.

Cuando el óvulo se ha dividido, pongamos en treinta y dos células (es decir, después de cinco divisiones) algunas de esas treinta y dos células tendrán más compuestos químicos superiores de la cuenta, y otras más compuestos químicos inferiores de la cuenta. Las células podrían estar también desequilibradas respecto a los compuestos químicos del gradiente posterior y anterior. Estas diferencias son suficientes para causar la activación de diferentes combinaciones de genes en células distintas. Por tanto, en las células de las diferentes partes del embrión temprano habrá distintas combinaciones de enzimas que determinarán la activación de diferentes combinaciones adicionales de genes en células distintas. En consecuencia, dentro del embrión los linajes celulares divergen en vez de permanecer idénticos a sus ancestros clónicos.

Estas divergencias difieren mucho de las divergencias entre especies que hemos mencionado antes. Las divergencias celulares están programadas y son predecibles en detalle, mientras que las divergencias entre especies fueron el resultado fortuito de accidentes geográficos y eran impredecibles. Es más, cuando las especies divergen, los genes mismos divergen en lo que yo he llamado románticamente el largo adiós. Cuando los linajes de células divergen en un embrión, ambas divisiones reciben los mismos genes —todos ellos- Pero células distintas reciben combinaciones distintas de compuestos químicos que activan diferentes combinaciones de genes. Hay también algunos genes que trabajan para activar o desactivar a otros. Y así el cebado continúa, hasta que tenemos el repertorio completo de los diversos tipos de células.

El embrión en desarrollo no sólo se diferencia en un par de cientos de tipos distintos de células. También experimenta elegantes cambios dinámicos en su forma interna y externa. Quizá el más dramático de ellos es uno de los más tempranos: el proceso conocido como gastrulación. El distinguido embriólogo Lewis Wolpert ha llegado tan lejos como para decir: «Realmente, el momento más importante de tu vida no es el nacimiento, el matrimonio o la muerte, sino la gastrulación.» Lo que sucede durante la gastrulación es que una región de la bola hueca de células se repliega hacia dentro para formar una copa con revestimiento interno. Todas las embriologías del reino animal experimentan esencialmente este mismo proceso de gastrulación y es un proceso que constituye la base uniforme sobre la que descansa la diversidad de las embriologías. Aquí he mencionado la gastrulación sólo como un ejemplo, particularmente dramático, del tipo de incansable movimiento papirofléxico de láminas completas de células que se observa con frecuencia en el desarrollo embrionario.

Al final de una exhibición de papiroflexia propia de un virtuoso; tras numerosos replegamientos, torsiones, abultamientos y estrechamientos de capas de células; después de una gran cantidad de crecimiento diferencial, dinámicamente orquestado, de unas regiones del embrión a expensas de otras; después de la diferenciación en cientos de clases química y físicamente especializadas de células; cuando el número total de células ha alcanzado los billones, obtenemos el producto final: un recién nacido. Rectifico, ni siquiera el recién nacido es definitivo, porque el crecimiento global del individuo -de nuevo con unas partes creciendo más rápido que otras- pasando por la etapa adulta hasta la vejez, debería ser visto como una prolongación del mismo proceso embriológico: la embriología global.

Los individuos varían debido a diferencias en los detalles cuantitativos de su embriología global. Una capa de células crece un poco más antes de doblarse sobre sí misma y el resultado ¿qué es?: una nariz aguileña en vez de una nariz chata; los pies planos, que podrían salvar tu vida porque te libran del servicio militar; una conformación particular del omóplato que te predispone a ser un buen lanzador de jabalina (o de granadas de mano o de pelotas de cricket, dependiendo de tus circunstancias). Algunas veces, los cambios individuales en la papiroflexia celular pueden tener trágicas consecuencias, como cuando un bebé nace sin manos y con muñones en vez de brazos. Las diferencias individuales que no se manifiestan en la papiroflexia de las capas celulares, sino de forma puramente química, pueden tener consecuencias igual de importantes: la incapacidad para digerir la leche, la predisposición a la homosexualidad, a la alergia a los cacahuetes o a pensar que el sabor del mango recuerda desagradablemente a la trementina.

El desarrollo embrionario es una exhibición química y física muy complicada. El cambio de los pormenores en cualquier punto de su curso puede tener más adelante notables consecuencias. Esto no es sorprendente si recordamos lo fuertemente cebado que está el proceso. Muchas de las diferencias en la forma en la que los individuos se desarrollan se deben a diferencias en el entorno: carencia de oxígeno o exposición a la talidomida, por ejemplo. Muchas otras son debidas a diferencias en los genes; no sólo a los genes considerados aisladamente, sino a los genes en interacción con otros y en interacción con diferencias ambientales. Un proceso tan complicado y caleidoscópico, y tan intrincada y recíprocamente cebado como el desarrollo embrionario, es a la vez robusto y sensible. Es robusto en el sentido de que, para producir un bebé vivo, combate muchos cambios potenciales con tantas probabilidades en contra que a veces parecen casi abrumadoras. Al mismo tiempo, es sensible a los cambios, puesto que no hay dos individuos, ni siquiera dos gemelos idénticos, que sean literalmente idénticos en todos sus rasgos.

Y ahora vayamos a la idea a la que todo esto nos ha estado conduciendo. En la medida en la que las diferencias entre los individuos son debidas a los genes (que puede ser en una medida mayor o menor), la selección natural puede favorecer algunas peculiaridades de la papiroflexia embriológica o de la química embriológica y desfavorecer otras. En la medida en la que tu brazo lanzador está condicionado genéticamente, la selección natural puede favorecerlo o no. Si ser capaz de lanzar bien afecta, por poco que sea, a la probabilidad de que un individuo sobreviva lo suficiente como para tener hijos, los genes que influyen sobre la habilidad de lanzamiento tendrán, en esa medida, una mayor probabilidad de pasar triunfantes a la siguiente generación. Cualquier individuo puede morir por razones que no tienen nada que ver con su habilidad para lanzar. Pero un gen que tiende a hacer a los individuos mejores lanzadores cuando está presente habitará muchos cuerpos, tanto buenos como malos, durante muchas generaciones. Desde el punto de vista del gen en particular, las otras causas de la muerte serán despreciables. En la perspectiva del gen sólo existe el panorama del río de ADN fluyendo a través de las generaciones, albergado sólo temporalmente en cuerpos particulares y compartiendo sólo temporalmente un cuerpo con genes compañeros que podrían o no tener éxito.

A largo plazo, el río se llena de genes que son buenos de cara a la supervivencia por motivos distintos: porque mejoran ligeramente la capacidad para lanzar una jabalina, porque mejoran ligeramente la capacidad para detectar el veneno mediante el gusto, o cualquier otra cosa. Los genes que, como media, son peores de cara a la supervivencia (porque tienden a causar visión astigmática en los sucesivos cuerpos que habitan, que como consecuencia tienen menos éxito en el lanzamiento de jabalina; o porque hacen a sus sucesivos cuerpos menos atractivos y, por tanto, con menos posibilidades de aparearse) tenderán a desaparecer del río de los genes. Para todo esto recuerda la idea a la que llegamos antes: los genes que sobreviven en el río serán los que son buenos supervivientes en el entorno típico de la especie; y quizá el aspecto más importante de este entorno típico sean los demás genes de la especie; aquellos otros genes con los que es probable que un gen que tenga que compartir el cuerpo, los que nadan a través del tiempo geológico en el mismo río.


Notas

2 Para ser exactos, hay excepciones: algunos animales, como los áfidos, se reproducen sin relaciones sexuales. Técnicas como la fertilización artificial hacen posible que los humanos modernos tengamos hijos sin copular, e incluso —ya que los óvulos para la fertilización in vitro pueden tomarse de un feto hembra- sin alcanzar la edad adulta. Pero para la mayoría de los propósitos la fuerza de mi idea no disminuye.
3 «Estremecimiento de malicia»; el término francés frisson significa estremecimiento y la palabra alemana Schadenfreude se traduciría como «alegría por la tristeza ajena». (N. de la T.)
4 Los lectores podrían estar interesados en tener estas ideas en cuenta cuando consulten la vida maravillosa, la bella narración de Stephen J. Gould sobre la fauna cámbrica del esquisto de Burgess.
5 Palabra que proviene de binary digits y que significa símbolos o dígitos 9 binarios; también es una medida de la cantidad de información que contiene un mensaje. (N. de la T.)
6 Posiblemente, una contracción en honor a Watson y Crick. (N. de la T.)
7 Juego en el que una frase es transmitida por un círculo de niños, que la susurran en el oído de su compañero de la derecha. Para cuando llega al niño del que partió ha sido convertida en una frase sin sentido e ininteligible. (N. de la T.)


El río del Edén, Cap. I
Título Original: River out of Eden
Traductor: Victoria Laporta Gonzalo
© 1995, Richard Dawkins
© 2000, Editorial Debate, Madrid
Foto: © David Hurn/Magnum Photos

27 abr. 2013

Julian Barnes: Los ojos de Emma Bovary

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Permítanme que les diga que odio a los críticos. Y no por los motivos normales: que son creadores fracasados (generalmente no lo son; puede que sean críticos fracasados, pero esto es otra cuestión); o que son por naturaleza criticones, celosos y vanidosos (generalmente no lo son; en todo caso, se les podría acusar más bien de un exceso de generosidad; de sobrevalorar obras de segunda fila a fin de que la finura de sus propias distinciones parezca así más extraordinaria). No, el motivo por el que yo odio a los críticos -bueno, a veces- es que escriben frases como ésta:

Flaubert no construye sus personajes, como hacía Balzac, por medio de una descripción exterior, objetiva; de hecho, presta tan poca atención a su apariencia que en una ocasión dice que los ojos de Emma son pardos (14); en otra muy negros (15); y en otra azules (16).

Esta precisa y descorazonadora acusación fue redactada por la ya fallecida doctora Enid Starkie, Reader Emeritus de Literatura francesa en la Universidad de Oxford, que también es autora de la más exhaustiva de las biografías británicas de Flaubert. Los números que aparecen en el texto citado corresponden a las notas a pie de página con las que alancea al novelista con el número del capítulo y del versículo.

Una vez pude escuchar una conferencia de la doctora Starkie, y me alegra estar en condiciones de informar que su acento francés era atroz; una de esas pronunciaciones tan rebosantes de la confianza propia de los colegios para señoritas como absolutamente carentes de oído, que vacilaba entre la corrección más rutinaria y el error más risible, muchas veces en la misma palabra. Naturalmente, esta circunstancia no reducía su capacidad para dar clases en la Universidad de Oxford, pues hasta hace muy poco tiempo en esa institución gustaban de tratar los idiomas modernos como si se tratase de lenguas muertas: de este modo parecían más respetables y más parecidos a la lejana perfección del latín y el griego. A pesar de esto, me pareció curioso que una persona que se ganaba la vida enseñando literatura francesa fuese tan calamitosamente incapaz de conseguir que las palabras básicas de ese idioma sonaran tal como suenan cuando los sujetos acerca de los que hablaba ella, los héroes de su conferencia (y también sus oficiales pagadores, podríamos decir), las pronunciaron por vez primera.

Se podría pensar que todo esto no es más que una barata venganza contra una crítica ya fallecida, a la que sólo se puede acusar de haber señalado que Flaubert no tenía una idea muy exacta de cómo eran los ojos de Emma Bovary. Pero hay que tener en cuenta que yo no acepto el precepto que dice de mortuis nil nisi bonum (al fin y al cabo, hablo en mi condición de médico); y no es fácil subestimar la irritación que puede ocasionarte un crítico cuando te dice una cosa así. La irritación no iba dirigida contra la doctora Starkie, al menos al principio -pues ella no hacía otra cosa, como suele decirse, que cumplir con su deber-, sino contra Flaubert. ¿Así que aquel genio tan concienzudo no era ni siquiera capaz de conseguir que los ojos de su personaje más famoso fueran siempre del mismo color? Ja. Pero luego, incapaz de permanecer mucho tiempo enfadado con él, desvías tus sentimientos hacia el crítico.

Tengo que reconocer que ninguna de las veces que he leído Madame Bovary me había fijado en los irisados ojos de la protagonista. ¿Debería haberlo hecho? ¿Se hubieran fijado ustedes? ¿Estaba yo demasiado pendiente quizá de otras cosas que le pasaban por alto a la doctara Starkie (aunque de momento no se me ocurre cuáles podrían ser)? Digámoslo de otra manera: ¿existe en algún lugar un lector perfecto, un lector total? ¿Contiene la lectura que la doctora Starkie hace de Madame Bovary todas las reacciones que yo he tenido al leer el libro y, además, muchísimas otras, con lo cual en cierto sentido podría afirmarse que mi lectura es inútil? Bueno, espero que no sea así. Mi lectura puede ser inútil desde el punto de vista de la historia de la crítica literaria; pero no es inútil desde el punto de vista del placer. Soy incapaz de demostrar que los lectores profanos disfrutan los libros más que los críticos profesionales; pero sí puedo decir cuál es la ventaja que tenemos en relación con ellos. Nosotros podemos olvidar. La doctora Starkie y los que son como ella sufren la maldición de la memoria: jamás se borrarán de sus cerebros los libros acerca de los cuales dan clases y escriben. Para ellos se convierten en parte de la familia. Quizás sea éste el motivo por el cual algunos críticos acaban adquiriendo un tono ligeramente paternalista en relación con sus sujetos. Se comportan como si Flaubert, o Milton, Wordsworth fuesen una de esas aburridas abuelas que están siempre sentadas en la mecedora y huelen a polvo rancio, que sólo están interesadas en el pasado, y que hace muchos años que no dicen nada nuevo. Naturalmente, la casa es de ellas, todo el mundo la ocupa sin pagar el alquiler; pero aun así, verdad es que ya es…, bueno, que ya sería…, hora ¿no?

Mientras que el lector corriente pero apasionado puede olvidar; puede irse, serle infiel con otros autores, regresar y sentirse otra vez en éxtasis. La domesticidad no tiene por qué entorpecer esa relación; ésta puede ser esporádica, pero cada que ocurre alcanza una gran intensidad. No se presenta nunca ese rencor cotidiano que surge cuando la gente vive bovinamente amontonada. Jamás me he encontrado a mí mismo recordándole a Flaubert, con la voz cansada, que tendría que colgar el felpudo del baño o usar el cepillo del inodoro. Que es exactamente lo que la doctora Starkie hace, aun sin quererlo. Vean ustedes, los escritores no son perfectos, me dan ganas de llorar; son tan imperfectos como los esposos y las esposas. Sólo hay una regla que se cumple siempre: por perfectos que parezcan, no lo son. A mí no se me ocurrió jamás pensar que mi esposa fuera perfecta. La amé, pero no me engañé a mí mismo… Pero dejaré este asunto para otro momento.

En lugar de eso recordaré otra conferencia a la que acudí una vez, hace ya muchos años, en el Festival Literario de Cheltenham. La pronunció un catedrático de Cambridge, Christopher Ricks, y fue una actuación muy reluciente. Su calva era reluciente; sus zapatos negros estaban relucientes; y su conferencia fue relucientísima. El tema que desarrolló fue el de las equivocaciones literarias y su importancia. Yevtushenko, por ejemplo, metió la pata en uno de sus poemas sobre el ruiseñor norteamericano. Pushkin se confundió al mencionar el uniforme militar que solía llevarse en los bailes.

John Wain se equivocó en relación con el piloto de Hiroshima. Nabokov se equivocó -esto sí que es sorprendente- por no entender correctamente la fonética del nombre Lolita. Hubo otros ejemplos: Coleridge, Yeats y Browning fueron algunos de los que habían sido atrapados confundiendo una cosa por otra, o incluso no sabiendo qué era aquello que mencionaban.

Hay dos ejemplos que me sorprendieron especialmente. El primero fue un notable descubrimiento acerca de El señor de las moscas. En la famosa escena donde las gafas de Piggy son utilizadas para inventar de nuevo el fuego, William Golding demostró su desconocimiento de las leyes de la óptica. De hecho, parece haberlas entendido del revés. Piggy es corto de vista; y las gafas que teóricamente debían haberle recetado para esta afección jamás podrían servir para hacer que surgiera una llama. Tanto poniéndolas de un lado como del contrario, no habrían podido hacer que convergiesen los rayos solares.

El segundo ejemplo estaba relacionado con «La carga de la brigada ligera».

«Y hacia el valle de la Muerte / Cabalgaron los seiscientos.» Tennyson escribió este poema muy poco después de haber leído una información publicada por The Times en la que estaba la frase que contenía «esa metedura de pata».

También confió en un relato anterior que mencionaba «607 sables».

Subsecuentemente, sin embargo, el número de los participantes en lo que Camille Rousset llamó ce terrible et sanglant steeplechase fue corregido oficialmente. Fueron, exactamente, 673. «Y hacia el valle de la Muerte / Cabalgaron los seiscientos setenta y tres». En cierto sentido, al verso le falta ritmo. A lo mejor se podría haber redondeado la cifra y hablar de setecientos: seguiría sin ser del todo exacto, pero lo sería un poco más, ¿no? Tennyson consideró la cuestión y decidió dejar el poema tal como lo había escrito: «Creo que métricamente queda mucho mejor seiscientos que setecientos, de modo que lo conservaré tal como está.»

A mí me parece que eso de no haber puesto «673» o «700» o «aprox. 700» en lugar de «600» no es suficiente como para merecer el calificativo de «Equivocación». En cuanto a lo flojo que estaba William Golding de óptica, habría que clasificarlo más bien como error. Pero la pregunta que sigue es: ¿cuál es su importancia? Hasta donde yo recuerdo, la conferencia del doctor Rick argumentaba que en aquellos casos en los que los datos mencionados por las obras literarias son poco dignos de confianza, resulta mucho más difícil utilizar estratagemas tales como la ironía o la fantasía. Si no sabes qué es verdad o qué se supone que es verdad, el valor de lo que no es verdad o de lo que se supone que es verdad, queda bastante reducido. A mí me parece que éste es un argumento muy sensato; pero me pregunto a cuántos casos de equivocaciones literarias puede aplicarse. En el caso de las gafas de Piggy, yo diría que, a) muy pocas personas, aparte de los oculistas, ópticos y catedráticos de Literatura Inglesa que usan gafas, deben de haberlo notado; y b) que cuando lo notan hacen detonar el error, de la misma manera que se hace estallar una bomba por medio de una explosión controlada. Es más, esta detonación (que ocurre en una plana remota, y ante un perro como único testigo) no afecta a las demás partes de la novela.

Las equivocaciones como la de Golding son «equivocaciones externas», disparidades entre lo que el libro afirma y lo que nosotros sabemos que ocurre en la realidad; a menudo sólo indican cierta falta de conocimientos técnicos específicos por parte del autor. Es un pecado perdonable. ¿Qué ocurre, sin embargo, con los «errores internos», es decir, cuando el escritor afirma dos cosas incompatibles en el seno de su propia creación? Los ojos de Emma son pardos, los ojos de Emma son azules. Por desgracia, esto sólo se puede atribuir a la simple incompetencia, a los malos hábitos literarios. El otro día leí una primera novela muy elogiada en la que el narrador -que es una persona sexualmente inexperimentada y también un gran aficionado a la literatura francesa- ensaya cómicamente un infalible método para besar a una chica sin ser rechazado: «Con una fuerza lenta, sensual, irresistible, atraer hacia sí a la chica sin dejar de mirarla a los ojos, como si acabaras de recibir un ejemplar de la primera edición, la censurada, de Madame Bovary

Me pareció que estaba muy bien escrito, y que tenía incluso cierta gracia. Lo malo es que no existe ninguna «primera edición, la censurada, de Madame Bovary». La novela, y yo hubiera dicho que todo el mundo estaba más o menos enterado, apareció por primera vez por entregas en la Revue de Paris; luego fue acusada de obscenidad; y sólo tras la absolución fue publicada en forma de libro. Supongo que el joven novelista (no me parece justo mencionar su nombre) pensaba en «la primera edición, la censurada, de Les Fleurs du mal». Seguro que para la segunda edición corregirá este detalle; suponiendo que haya una segunda edición.

Ojos pardos, ojos azules. ¿Importa? No pregunto si tiene importancia que el escritor se contradiga, sino si importa de qué color son los ojos. Compadezco a los novelistas que tienen que mencionar el color de los ojos de las mujeres: hay muy poco de donde elegir, y sea cual sea la coloración finalmente elegida, siempre tendrá connotaciones triviales. Sus ojos son azules: inocencia y honestidad. Sus ojos son negros: pasión y profundidad, Sus ojos son verdes: rebeldía y celos. Sus ojos son castaños: mujer de fiar y de mucha sensatez.

Sus ojos son violeta: la novela es de Raymond Chandler. ¿Cómo se puede escapar de todo esto sin abrir una mochila entera de paréntesis explicando el carácter de la dama? Sus ojos eran de color fangoso; sus ojos cambiaban de tono según cuáles fueran las lentes de contacto que llevara puestas; él no la miraba nunca a los ojos. Bueno, que cada cual elija lo que más le convenga.

Los ojos de mi mujer eran de color azul verdoso, lo cual complica la historia.

De manera que sospecho que el escritor, en sus momentos de intimidad y franqueza, probablemente acabe reconociendo que no vale la pena tomarse la molestia de describir los ojos. Imagina lentamente la personalidad de la protagonista, la va moldeando, y luego -esto es probablemente lo último que hace- mete un par de ojos de cristal en esas cuencas vacías. ¿Ojos? Oh, sí, lo mejor será que tenga ojos, reflexiona el escritor, con cansada cortesía.

Bouvard y Pécuchet, durante sus investigaciones sobre literatura, se dan cuenta de que les pierden el respeto a los escritores que cometen errores. A mí me sorprende mucho más comprobar lo escasos que son los errores cometidos por los escritores. ¿De modo que el obispo de Liège muere quince años antes de lo debido? Bien, pero, ¿invalida esto Quentin Durward? No es más que una molestia trivial, un objeto arrojado a los críticos. Yo veo al novelista agarrado a la barandilla de popa de un transbordador del Canal de la Mancha, tirando migas de su emparedado a las gaviotas que flotan en el aire.

Estaba sentado demasiado lejos de ella para saber de qué color eran los ojos de Enid Starkie; lo único que recuerdo es que iba vestida como un marinero, que caminaba como un defensa de rugby, y que su acento francés era francamente atroz. Pero les diré otra cosa. La Reader Emeritus de Literatura Francesa en la Universidad de Oxford y Honorary Fellow del Somerville College, «famosa por sus estudios acerca de la vida y la obra de escritores como Baudelaire, Rimbaud, Gautier, Eliot y Gide» (cito la solapa de su libro; primera edición, naturalmente), que dedicó dos gruesos libros y muchos años de su vida al autor de Madame Bovary, eligió para el frontispicio de su primer volumen un retrato de «Gustave Flaubert, obra de un pintor desconocido». Es lo primero que vemos; es, si ustedes quieren, el momento en el que la doctora Starkie nos presenta a Flaubert. El único problema es que no es él. Es un retrato de Louis Bouilhet, como podrá confirmar cualquiera que esté medianamente enterado, empezando por la gardienne de Croisset. Y bien, ¿qué podemos hacer al respecto, después de habernos reído un buen rato?

Es posible que todavía piensen ustedes que lo único que estoy haciendo es vengarme de una erudita que ya ha fallecido y que por lo tanto no puede defenderse por sí misma. Bueno, es posible que sea así. Pero, por otro lado, quis cusfodiet ipsos custodes? Y les diré otra cosa. Acabo de releer Madame Bovary.

En una ocasión dice que Emma tiene los ojos pardos (14); en otra, que los tiene muy negros (15); y en otra, que azules (16). Y la moraleja que puede sacarse de todo esto es, supongo, que jamás hay que temer a las notas a pie de página.

A continuación citaré las seis menciones que hace Flaubert de los ojos de Emma Bovary a lo largo del libro. Es evidente que el tema tiene cierta importancia para el novelista: 1 (La primera aparición de Emma): «Lo mejor que tenía eran los ojos: aunque eran pardos, parecían negros por causa de las pestañas…» 2 (Descrita por su enamorado esposo, durante la primera época del matrimonio): «Desde tan cerca, sus ojos le parecían más grandes, sobre todo cuando, al despertar, abría los párpados varias veces seguidas; negros en la sombra y de un azul oscuro a plena luz, tenían como capas de colores sucesivos, unas capas que, más espesas en el fondo, iban siéndolo menos hacia la superficie del esmalte.» 3 (En un baile, a la luz de los candelabros):

«Sus ojos negros parecían más negros.» 4 (En su primer encuentro con Léon): «Clavando en él sus grandes ojos negros muy abiertos.» 5 (En un interior, tal como aparece ante Rodolphe cuando éste la examina por primera vez): «Sus ojos negros.» 6 (Emma, en un interior, al atardecer, mirándose a un espejo; acaba de ser seducida por Rodolphe): «Nunca había tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos.» ¿Qué fue lo que decía la erudita? «Flaubert no construye sus personajes, tal como hacía Balzac, por medio de una descripción exterior, objetiva; de hecho, presta tan poca atención a su apariencia que…» Sería interesante comparar el tiempo que se pasó Flaubert esforzándose por conseguir que su heroína tuviera los ojos raros y difíciles de una adúltera trágica, con el que dedicó la doctora Enid Starkie a dejarle en ridículo.

Y un último detalle, sólo para asegurarnos del todo. Nuestra fuente más antigua de conocimiento sobre Flaubert es el libro Souvenirs littéraires de Maxime du Camp (Hachette, París 1882-83, 2 vols.): un texto rebosante de chismorreos y pedanterías, con datos que tienden a la autojustificación de su autor muy poco dignos de confianza, y, sin embargo, esencial desde punto de vista histórico. En la página 306 del primer volumen, Remington amp; Co., Londres, 1893 (no se menciona el nombre del traductor) Du Camp describe detalladamente a la mujer la que se basó Flaubert para el personaje de Madame Bovary. Era, nos cuenta Du Camp, la segunda esposa de un médico de Bon-Lecours, una población cercana a Rouen:

Esta segunda esposa no era guapa; más bien bajita, con el cabello rubio deslucido, y la cara muy pecosa. Era pretenciosa y despreciaba a su marido, a quien consideraba un tonto. Redondita y pálida, tenía muy bien cubierta su pequeña osamenta, y tanto en su porte como en su actitud se notaban los movimientos flexibles y ondulantes de las anguilas. Su voz, a la que su acento de la Baja Normandía confería un tono vulgar, tenía acentos acariciadores, en sus ojos, de color incierto, verdes, grises o azules según la luz, había siempre una expresión suplicante.

Parece que la doctora Starkie se mantuvo serenamente ignorante de este revelador fragmento. En conjunto, me parece una muestra de negligencia académica en relación con un escritor que, de uno u otro modo, le pagó buena parte de sus facturas del gas. El asunto, sencillamente, me saca de quicio. ¿Entiende ahora el lector por qué odio a los críticos? Podría tratar de describir la expresión que asoma a mis ojos en este momento; pero la rabia los ha descolorido.


El loro de Flaubert (1984), 6 
Traducción de Antonio Mauri 
Barcelona, Anagrama, 1994 
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Foto: Julian Barnes © David Hurn/Magnum Photos