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17 ene. 2015

Michel Houellebecq - Te amarás

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Michel Houellebecq - Te amarás



No me gusto. Apenas siento algo de simpatía por mí; y poco y nada de respeto. Es más: no estoy demasiado interesado en mí. Cuando era adolescente, y luego, cuando era un hombre joven, estaba completamente satisfecho conmigo; ya no. La mera idea de contar una anécdota personal me sumerge en un aburrimiento rayano en la catalepsia. Cuando no me queda otra opción que contarla, miento. Paradójicamente, nunca me arrepentí de reproducirme. Incluso se podría decir que amo a mi hijo, y que lo amo más cada vez que reconozco en él los rastros de mis propios defectos. Los veo desplegarse con un determinismo implacable, y me regocijo. Me regocijo sin ninguna modestia al ver repetidas, incluso vueltas permanentes, características personales que carecen de toda peculiaridad rescatable, características por lo general dignas de piedad, cuyo único mérito es ser mías. Es más: ni siquiera son exactamente mías; soy consciente que provienen directamente de ese soberano conchudo: mi padre. Pero nada de eso quita la felicidad que siento. Y esta felicidad es más que mero egoísmo: es más profundo, más indisputable.

Por otro lado, lo que me deprime de mi hijo es verlo desplegar (¿se debe acaso a la influencia de su madre? ¿a los tiempos diferentes en los que vivimos? ¿pura individualidad?) características de una personalidad autónoma, en la que no me puedo reconocer y que me resulta completamente extraña. Lejos de maravillarme por esto, descubro que sólo dejaré en el mundo una imagen tenue e incompleta de mí.

La filosofía occidental no alienta sentimientos de este tipo. Son sentimientos que no dejan margen para la libertad y la individualidad, y aspiran a una repetición tan eterna como idiota. No hay nada original en ellos; son compartidos por la gran mayoría de la humanidad, incluso del reino animal; y no son sino la memoria viva de un instinto biológico arrollador. La filosofía occidental es un entrenamiento largo, paciente y cruel cuyo objetivo es convencernos de que unas pocas ideas malas son correctas. La primera idea es que debemos respetar a otros hombres porque son diferentes a nosotros; la segunda es que tendremos algo que ganar en el momento de nuestra muerte. Hoy, gracias a la tecnología occidental, esta fachada comienza a resquebrajarse. Por supuesto que me clonaré apenas pueda; por supuesto que todos se clonarán apenas puedan. Viajaré a las Bahamas, Nueva Zelanda o las Canarias; pagaré el precio que me pidan (las demandas financieras y morales han contado siempre poco al lado de la demanda de reproducción). Tendré dos o tres clones, igual que ustedes tienen dos o tres hijos. Entre cada nacimiento, dejaré una brecha adecuada (no demasiado ancha, no demasiado angosta). Como el hombre maduro que soy, me comportaré como un padre responsable. Me aseguraré de que mis clones reciban una buena educación. Y después moriré. Moriré sin placer, porque no deseo la muerte. A través de mis clones, habré alcanzado una forma de supervivencia –no completamente satisfactoria, pero superior a la que me hubieran ofrecido los hijos convencionales–. Por el momento, es lo más que la tecnología occidental puede ofrecer.

Mientras escribo, me resulta imposible prever si mis clones nacerán fuera del vientre de una mujer. Lo que aparenta ser, para al neófito, más sencillo (el intercambio nutricional a través de la placenta es a priori menos misterioso que el acto de la fertilización) resultó lo más complicado de replicar. En un futuro en el que la técnica haya progresado lo suficiente, mis futuros chicos, mis clones, pasarán el comienzo de sus existencias en un frasco; y eso me entristece un poco. Me gustan las conchas de mujer, me gusta estar en sus úteros, en la cálida elasticidad de sus vaginas. Comprendo los requerimientos de la técnica; comprendo las razones que llevarán, progresivamente, hacia la gestación in vitro; sólo me permito, en este punto, un ramalazo de nostalgia. ¿Tendrán, ellos, mis queridos pequeños, una debilidad por las conchas? Por su propio bien, eso espero. Existen múltiples fuentes de entretenimiento en el mundo, pero pocos placeres –y pocos de ellos son inofensivos.

Si consiguen desarrollar el frasco, mis clones nacerán sin ombligo. No sé quién fue el primero en utilizar, despectivamente, el término “literatura ombliguista”; pero sí sé que siempre me irritó ese cliché. ¿Qué interés puede haber en una literatura que pretende hablar de la Humanidad excluyendo toda consideración personal? Los seres humanos son mucho más parecidos de lo que pretenden; es más fácil de lo que parece alcanzar lo universal hablando de uno. Y ahí encontramos una segunda paradoja: hablar de uno es una actividad tediosa, incluso repelente; pero escribir sobre uno es, en literatura, lo único que vale la pena hacer, al punto que medimos –en términos tan clásicos como correctos– el valor de un libro de acuerdo a la capacidad del autor para involucrarse personalmente con él. Podrán considerar esto grotesco, incluso enfermizamente inmodesto, pero es así.

Mientras escribo estas líneas, no hago sino mirarme el ombligo, literal y figuradamente. Rara vez pienso en él. Este pliegue de carne porta la marca de un corte, un nudo hecho a las apuradas; es la memoria de las tijeras que, sin debido proceso, me arrojaron al mundo y me dijeron que me cuidara solo. Ustedes tampoco escaparán a esta memoria; ya de grandes, incluso de ancianos, preservarán, intacto, el rastro de ese corte. En cualquier momento, a través de ese hoyo mal cerrado, sus órganos más íntimos podrían desparramarse sobre el mundo. En cualquier momento, podrán yacer muertos como un pez al que matan de una pisada. Recuerden las palabras del poeta: “El cuerpo de Dios se retuerce / ante nuestros ojos / como un pez exhausto / que pisamos hasta matar”.

Pronto estarán allí, oh niños fútiles. Serán como dioses –y no será suficiente–. Vuestros clones podrán no tener ombligo, pero tendrán una literatura ombliguista. Vosotros también seréis ombliguistas. Vuestro ombligo será cubierto de tierra; y la tierra les cubrirá el rostro.


En El mundo como supermercado
Foto: Sophie Bassouls/Corbis

26 oct. 2014

Michel Houellebecq - Jacques Prévert es un imbécil

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Michel Houellebecq Imagen: © Filippov Alexei/ITAR-TASS Photo/Corbis


Jacques Prévert es uno de esos hombres cuyos poemas aprendemos en el colegio. Resulta que amaba las flores, los pájaros, los barrios del viejo París, etc. Pensaba que el amor alcanzaba su plenitud en un ambiente de libertad; en general, estaba más bien a favor de la libertad. Llevaba gorra y fumaba Gauloises; a veces la gente lo confunde con Jean Gabin; por otra parte, fue él quien escribió los guiones de El muelle de las brumas, Las puertas de la noche, etc. También escribió el guión de Los niños del paraíso, considerado su obra maestra. Todas éstas son buenas razones para aborrecer a Jacques Prévert; sobre todo si uno lee los guiones que Antonin Artaud escribió en la misma época y que nunca se rodaron. Es lamentable comprobar que ese repugnante realismo poético, cuyo principal artífice fue Prévert, sigue causando estragos, y que la gente se lo atribuye a Leos Carax como si fuera un halago (del mismo modo que Rohmer sería sin duda un nuevo Guitry, etc.). De hecho, el cine francés nunca se ha recuperado de la llegada del sonoro; acabará enterrado por su culpa, y bien está.

En la posguerra, más o menos en la misma época que Jean-Paul Sartre, Jacques Prévert tuvo un éxito enorme; a uno le impresiona, a su pesar, el optimismo de esa generación. En la actualidad, el pensador más influyente sería más bien Cioran. En aquella época escuchaban a Vian, a Brassens… Enamorados que se besuquean en los bancos públicos, boom de natalidad, construcción masiva de viviendas de protección oficial para alojar a toda aquella gente. Mucho optimismo, mucha fe en el porvenir y un poco de imbecilidad. Es evidente que nos hemos vuelto mucho más inteligentes.

Prévert tuvo menos suerte con los intelectuales. Sin embargo, sus poemas rebosan de esos estúpidos juegos de palabras que gustan tanto en Bobby Lapointe; pero es cierto que la canción es, como suele decirse, un género menor, y que hasta los intelectuales tienen que distraerse. Cuando abordan los textos escritos, su auténtico medio de sustento, se vuelven implacables. Y el «trabajo del texto», en Prévert, siempre es embrionario; escribe con nitidez y verdadera naturalidad, a veces incluso con emoción; no le interesan ni la escritura ni la imposibilidad de escribir; su gran fuente de inspiración es, ante todo, la vida. Así que, con pocas excepciones, se ha salvado de las tesis de tercer ciclo. No obstante, ahora ha entrado en la Pléiade, lo cual constituye una segunda muerte. Ahí está su obra, completa y fijada. Es una magnífica ocasión para preguntarse por qué la poesía de Prévert es tan mediocre, hasta el punto de que uno siente a veces, al leerla, una especie de vergüenza. La explicación clásica (porque su escritura «carece de rigor») es completamente falsa; en realidad, a través de sus juegos de palabras, de su ritmo leve y nítido, Prévert expresa a la perfección su concepción del mundo. La forma es coherente con el fondo, que es lo máximo que se puede exigir de una forma. Por otra parte, cuando un poeta se sumerge hasta ese punto en la vida, en la vida real de su época, juzgarle según criterios meramente estilísticos sería un insulto. Si Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas. Hay chicas bonitas y desnudas, hay burgueses que sangran como cerdos cuando los degüellan. Los niños son de una inmoralidad simpática, los gamberros son seductores y viriles, las chicas bonitas y desnudas entregan su cuerpo a los gamberros; los burgueses son viejos, obesos, impotentes, están condecorados con la Legión de Honor, y sus mujeres son frígidas; los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos. Ya sabemos todo esto; podemos preferir a Baudelaire. O incluso a Karl Marx, que por lo menos no se equivocó de diana al escribir que «el triunfo de la burguesía ha ahogado los estremecimientos sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco y del sentimentalismo barato bajo las aguas heladas del cálculo egoísta». La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Jacques Prévert es un mal poeta, más que nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa. Ya era falsa en su época; ahora deslumbra por su nulidad, hasta el punto de que toda su obra parece derivarse de un tópico gigantesco. A nivel filosófico y político Jacques Prévert es, sobre todo, un libertario; es decir, fundamentalmente, un imbécil.

Ahora chapoteamos desde nuestra más tierna infancia en las «aguas heladas del cálculo egoísta». Podemos acostumbrarnos a ellas, intentar sobrevivir en ellas; podemos también dejarnos llevar por la corriente. Pero resulta imposible imaginar que la liberación de las fuerzas del deseo sea capaz, por sí misma, de provocar un recalentamiento. Una anécdota cuenta que fue Robespierre quien insistió en añadir la palabra «fraternidad» a la divisa de Francia; ahora estamos en condiciones de apreciarla plenamente. Desde luego, Prévert se consideraba partidario de la fraternidad; pero Robespierre no era, ni mucho menos, adversario de la virtud.

Artículo aparecido en el número 22 (julio de 1992) de Letres françaises.


En El mundo como supermercado
Traducción: Encarna Castejón
Imagen: © Filippov Alexei/ITAR-TASS Photo/Corbis

18 ene. 2014

Michel Houellebecq: So long (bilingüe)

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Hay siempre una ciudad, con huellas de poetas
Que entre sus muros han cruzado sus destinos
Agua por todos lados, la memoria murmura
Nombres de gente, nombres de ciudades, olvidos.

Y siempre recomienza la misma vieja historia,
Horizontes deshechos y salas de masaje
Soledad asumida, vecindad respetuosa,
Hay allí, sin embargo, gente que existe y baila.

Son gente de otra especie, personas de otra raza,
Bailamos exaltados una danza cruel
Y, con pocos amigos, poseemos el cielo,
Y la solicitud sin fin de los espacios;

El tiempo, el viejo tiempo, que urde su venganza,
El incierto rumor de la vida que pasa
El silbido del viento, el goteo del agua
Y el cuarto amarillento en que la muerte avanza.


So long

Il y a toujours une ville, des traces de poètes
Qui ont croisé leur destinée entre ses murs
L'eau coule un peu partout, la mémoire murmure
Des noms de ville, des noms de gens, trous dans la tête.

Et c'est toujours la même histoire qui recommence,
Horizons effondrés et salons de massages
Solitude assumée, respect du voisinage,
Il y a pourtant des gens qui existent et qui dansent.

Ce sont des gens d'une autre espèce, d'une autre race,
Nous dansons tout vivants une danse cruelle
Nous avons peu d'amis mais nous avons le ciel,
Et l'infinie sollicitude des espaces;

Le temps, le temps très vieux qui prépare sa vengeance,
L'incertain bruissement de la vie qui s'écoule
Les sifflements du vent, les gouttes d'eau qui roulent
Et la chambre jaunie où notre mort s'avance.



Versión de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
Fuente
Foto: Michel Houellebecq in Los Angeles by Ted Soqui (2005) Corbis

7 jul. 2013

Descarga: Michel Houellebecq - Ampliación del campo de batalla

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Descarga: Michel Houellebecq - Ampliación del campo de batalla

En 1994 apareció en Francia esta primera novela de Michel Houellebecq, con un título más bien disuasorio, publicada por un minúsculo aunque muy prestigioso editor, Maurice Nadeau. A pesar del silencio crítico inicial, la novela se fue convirtiendo en un libro de culto, obtuvo premios (y lectores) y Houellebecq, una voz totalmente nueva en la narrativa contemporánea, se vio catapultado a portavoz de su generación. El narrador de Ampliación del campo de batalla es un ingeniero informático de 30 años, hastiado por su trabajo, que debe vender a sus posibles clientes las delicias de las nuevas tecnologías... Es un antihéroe que ha dejado de luchar, que espía apenas a sus congéneres, que se desliza hacia la depresión; lleva dos años de castidad, se refiere a «las mujeres que me abrían sus órganos» con tanta repugnancia como cuando habla de las egoístas psicoanalizadas... Con la precisión de una autopsia, describe el campo de batalla de la sociedad actual, la sociedad neoliberal, con sus perdedores en el ámbito económico y sexual: la ampliación del campo de batalla a todas las edades de la vida, a todas las clases sociales.

24 may. 2012

Michel Houellebecq - Comedia metropolitana

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Michel Houellebecq Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


La mujer decía que iba a ahorcarse; el hombre llevaba ropa cómoda. El caso es que las mujeres rara vez se ahorcan; siguen siendo fieles a los barbitúricos. «Es lo más»: era lo más. «Hay que evolucionar»: ¿Por qué? Los cojines del asiento, entre ellos y yo, estaban destripados. La pareja bajó en Maisons-Alfort. Un creativo de unos veintisiete años se sentó a mi lado. Enseguida me cayó antipático (quizás por su coleta, o por el bigotito desfasado; puede que también por cierto parecido con Maupassant). Desplegó una carta de varias páginas y empezó a leerla; nos acercábamos a la estación de Liberté. La carta estaba en inglés, y la había escrito una sueca (lo comprobé ese misma noche en mi Larousse ilustrado; sí, Uppsala está en Suecia, es una ciudad de ciento cincuenta y tres mil habitantes con una universidad muy antigua; no parece que haya mucho más que decir sobre el lugar). El creativo leía despacio, su inglés no era muy bueno, no me costó nada reconstruir los detalles del asunto (me di cuenta, fugazmente, de que mi moralidad no tenía arreglo; pero al fin y al cabo el metro es un lugar público, ¿no?). Según parece, se habían conocido el último invierno en Chamrousse (¡a quién se le ocurre, una sueca yendo a esquiar a los Alpes!). El encuentro había cambiado su vida. Ya no podía hacer otra cosa que pensar en él, y tampoco lo intentaba (en ese momento él puso una cara de vanidad insoportable, se recostó un poco más en el asiento, se alisó el bigote). Por las palabras que usaba, se notaba que ella empezaba a tener miedo. Estaba dispuesta a todo para volver a verlo, pensaba en buscar trabajo en Francia, quizás alguien podría darle alojamiento, había posibilidades como chica au pair. Mi vecino frunció el ceño, molesto; sí, cualquier día la vería llegar, sonaba completamente dispuesta a hacer algo así. Ella sabía que él estaba muy ocupado, que tenía muchos negocios entre manos (eso me parecía dudoso; eran las tres de la tarde y el tipo no tenía pinta de llegar tarde a ningún sitio). Entonces él echó una mirada un poco apagada a su alrededor, pero estábamos todavía en la estación de Daumesnil. La carta terminaba con esta frase: «I love you and I don't want to loose you.» [1] Eso me pareció muy hermoso; hay días en que me encantaría escribir así. Firmaba «Your's Ann-Katrin»,[2] y rodeaba la firma de corazoncitos. Era viernes 14 de febrero, día de San Valentín (esta costumbre comercial de origen anglosajón ha sido muy bien acogida en los países nórdicos). Me dije que a veces las mujeres eran realmente valientes.

El tipo bajó en Bastille, y yo también. Por un momento, me entraron ganas de seguirlo (¿iría a un bar de tapas, o qué?), pero tenía cita con Bertrand Leclair en La Quinzaine Littéraire. Mi idea era, dentro del marco de esta crónica, enzarzarme con Bertrand Leclair en una polémica sobre Balzac. Primero porque no entiendo muy bien qué tiene de peyorativo el adjetivo balzaquiano que de vez en cuando le coloca a este o aquel novelista; y además porque estoy un poco harto de las polémicas sobre Céline, autor sobrevalorado. Pero, a fin de cuentas, Bertrand ya no tiene muchas ganas de criticar a Balzac; al contrario, le impresiona su increíble libertad; parece pensar que si ahora hubiese novelistas balzaquianos no sería, forzosamente, una catástrofe. Estamos de acuerdo en que un novelista con tanta fuerza tiene que ser, sin remedio, un tremendo productor de tópicos; que esos tópicos sigan siendo válidos o no en la actualidad es otra cuestión que hay que examinar con mucho cuidado, caso por caso. Fin de la polémica. Vuelvo a pensar en esa pobre Ann-Katrin, que imagino con los rasgos patéticos de Eugénie Grandet (esa impresión de vitalidad anormal que se desprende de todos los personajes de Balzac, ya sean conmovedores u odiosos). Hay personajes que no consigue matar, que resurgen en cada libro (qué pena que no conociera a Bernard Tapie).[3] También hay personajes sublimes, que se graban de inmediato en la memoria; precisamente porque son sublimes, y no obstante reales. ¿Balzac realista? También podríamos decir «romántico». En cualquier caso, no creo que se sintiera fuera de lugar en nuestra época. Después de todo, la vida sigue teniendo verdaderos elementos de melodrama. Sobre todo, la vida de los demás.


[1] «Te amo y no quiero perdierte.» La autora de la carta comete un error ortográfico.(N. de la T.)
[2] «Tuyas, Ann-Katrin.» (Otro error ortográfico).(N. de la T.)
[3] Ex propietario del C. F. Olympique de Marsella, más tarde involucrado en diversos escándalos de financiación. Versión francesa de Jesús Gil.(N. de la T.)


En El mundo como supermercado
Traducción: Encarna Castejón
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


16 dic. 2007

Michel Houellebecq en Buenos Aires

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Dueño de una prosa fría y distante, pero también de una mirada sentimental, de un personaje público provocador, pero de un pensamiento sereno y decimonónico, el escritor francés Michel Houellebecq es, con cinco novelas, quien más ha explorado con fruición, pesar e inteligencia las endemias del mundo occidental poscapitalista: el consumo, el corporativismo, el turismo sexual, la experimentación genética, el terrorismo, la pornografía, la obscenidad hedonista, la saturación de información. La semana pasada, ante un pequeño y repleto auditorio en la Alianza Francesa, el autor dialogó con Alan Pauls sobre su obra y su visión del mundo. A continuación, para todos los que se quedaron afuera o no llegaron, Radar (Página 12) reproduce el texto leído por Pauls y algunos de los mejores pasajes de la charla ofrecida por Houellebecq.



Por Alan Pauls



Michel Houellebecq es uno de esos escritores que ya no tienen currículum sino prontuario. A esta altura del partido no son tanto sus libros los que llaman la atención en lo que los medios dicen de él; son sobre todo sus apariciones públicas, sus escándalos, sus monosílabos, sus exilios, sus performances como poeta-rapper, sus condenas a muerte, sus cambios de editor. Curiosa inflación de la figura de un escritor que si de algo puede jactarse es de haber apostado todo, incluso –o empezando por– su capital personal, a una sola ficha: convertirse en una máquina de describir, un dispositivo a la vez muy viejo y muy nuevo dedicado a relevar, a observar, a registrar... ¿qué, exactamente? No el yo, sin duda, no la subjetividad ni la interioridad humanas, sino la lógica fluida y monstruosa y asordinada que los corroe, los ridiculiza y quizá los extingue: la lógica de un mundo colonizado por el mercado, el mundo poscapitalista.

Es fácil leer la obra de este ex ingeniero agrónomo como una literatura “de agenda”. A lo largo de trece años y cinco novelas (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Lanzarote, Plataforma, La posibilidad de una isla), Houellebecq ha explorado con una puntualidad asombrosa el repertorio de endemias más representativo y espectacular del occidente contemporáneo: el corporativismo, el consumo, el turismo sexual, la clonación, los experimentos biogenéticos, las ingenierías poshumanas, el terrorismo, el milenarismo, las sectas, los desastres naturales, la saturación hedonista, la pedofilia, el poder tecnocientífico, la información... Nada que haya gozado de quince minutos de fama en la primera plana de un diario o un noticiero de televisión puede faltar en una novela de Houellebecq. Gran balzaciano, este panoramista impasible tiene un ojo clínico que no tiene nadie y siempre se empeña en orientarlo hacia un objeto informe, irritante, a la vez ineludible y pedestre, que la literatura sólo toca con pinzas o para reducirlo a un mero decorado. Ese objeto es “la actualidad”, esa compulsiva vidriera de goces donde coexisten en pie de igualdad Steve Jobs y la estrella porno de moda, las vacas locas y David Bisbal, la nueva conjetura sobre el origen del universo y el último grito en atentados fundamentalistas, Philippe Sollers y el lanzamiento de la cámara Sony DSCF-101 con tres millones de pixeles. Enfrentado con la actualidad, Houellebecq actúa como un escáner implacable. Caracteriza universos, cataloga tipos, señala tendencias. Nada de la industria del presente parece escapársele. Pero esa perspicacia luminosa está teñida, como cortada por una especie de sarcasmo amargo, casi tóxico, el tipo de mal gusto que dejan en la boca todos esos saberes que sociólogos, semiólogos y mitólogos acuñaron a fines de los años ‘60 para criticar el capitalismo posindustrial y ahora, cuarenta años más tarde, son bibliografía obligatoria en las sesiones de marketing donde se piensa cómo seguir reproduciéndola.

Ese efecto de resaca histórica es uno de los factores más notables de la ficción de Houellebecq, mucho más, quizá, que el cinismo que reivindican a menudo sus personajes o que los sopapos que sus provocaciones políticas propinan al lector biempensante. Otro factor, que hace un juego perfecto con la resaca, es el tono que esa ficción elige para desplegarse. Es el tono crudo, neutro y como anestesiado de un informante escrupuloso pero exhausto, obligado a informar sobre un estado de cosas que no necesita de él, ni de su informe, ni de su tono, ni de nada que no sea él mismo, la propia compulsión que ese estado de cosas experimenta para seguir, para ir más allá, básicamente más allá de lo humano. Es el tono –para hacernos una rápida idea– de un Albert Camus que permanece en vela, pero ya no tiene una sola gota de energía, lobotomizado por años y años de estadísticas, cálculo de trends, trabajos de campo, sondeos de opinión, compulsas motivacionales. Es el tono de un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea. Mucho más que los temas calientes, las bravuconadas sexuales o la incorrección política, es ese idioma implacable y deshidratado lo que nos corta el aliento en los libros de Houellebecq, del mismo modo en que, en un escritor como Sade, el escándalo viene menos de las aberraciones eróticas que de la prosa distante y gélida que las narra. Hay en efecto algo en esa lengua administrativa de Houellebecq –escritor “frío”, “sin alma”, “desapegado”, como lo describe a menudo la prensa– que recuerda inevitablemente al decir maquínico de Sade, el escritor más candente de la literatura francesa: el mismo talento descriptivo, la misma capacidad de razonar el goce del Mal, la misma impunidad para mimetizarse con posiciones intolerables. La misma adicción a una risa negra, sin fondo. Y la misma arte para reducir un gran fantasma occidental, el sexo, a un manual de instrucciones seco pero eficaz, que cualquier hijo de vecino puede poner en práctica en casa sin dificultades.

Hay mucho sexo en los libros de Houellebecq; quizás el mejor, el sexo menos erótico y más contagioso que pueda rastrearse en la ficción contemporánea. Es un sexo que tiene al menos tres variantes. La primera –sin duda una de las más originales– es problemática, desdichada, siempre insatisfactoria: es un sexo de gente traumatizada o vaciada de deseo. Otra es el sexo eficaz, exitoso, en el que cada órgano y cada deseo buscan y encuentran siempre su lugar; el sexo literal que Houellebecq parece calcar del cine porno como nadie, asordinando siempre el énfasis virtuoso que lo envuelve en la pantalla. La tercera es el sexo extático, el que corona o transgrede la voluntad de eficacia con un plus inclasificable que se vive como un trance (un desvanecimiento, un deseo de muerte). Cada una de esas variantes sexuales implica una cierta economía del tiempo: la primera es la interrupción; la segunda, la continuidad mecánica; la tercera, una especie de abolición abrupta y brutal. De las tres, la segunda es la que mejor responde al mundo pleno y autosuficiente de las novelas de Houellebecq, donde dos ideas como fornicar y vomitar pueden tentar al mismo tiempo, con las mismas chances de ganar, al tipo que mira a una mujer que le sonríe. Las otras dos, la torpe y la mística, brillan siempre como dos anomalías aristocráticas. Una es un síntoma, el rastro tragicómico pero vivo que deja una humanidad en retirada; la otra es sin duda una felicidad, pero una felicidad imposible, siempre condenada al desastre. Ambas encierran, sin embargo, esa energía desesperada y romántica que tarde o temprano termina tajeando como un relámpago el famoso depresionismo houellebecquiano.

Ampliación del campo de batalla cita a Barthes: “De pronto me fue indiferente no ser moderno”. Houellebecq se apropia de esa indiferencia y parece dictaminar: las alternativas al desierto poscapitalista no son, no podrían ser modernas, porque la modernidad es la madre del poscapitalismo; las alternativas sólo podrían ser anacrónicas. Las alternativas son la poesía (que por algún milagro siempre parece sobrevivir al desencanto houellebecquiano), las evidencias de cierto sentido común existencial (“En el fondo uno nace solo, vive solo y muere solo”, reflexiona en algún momento un personaje), la emoción simple, el sentimiento desnudo, el afecto del que prácticamente es imposible decir nada, nada al menos que pueda corromperlo con alguna dosis de inteligencia. Esas son las únicas islas posibles. “He tenido que conocer/ Lo mejor que hay en la vida,/ Dos cuerpos que disfrutan de su felicidad/ Uniéndose y renaciendo sin fin”, dice el último poema de La posibilidad de una isla, el poema que enciende la mecha y empuja a una mujer neohumana a desertar del posmundo en el que vegeta y a buscar una nueva utopía humana.

¿Y si el cínico, el pesimista, el gran desapegado fuera en el fondo un sentimental? ¿Y si la apatía con que las ficciones de Houellebecq constatan la lógica de un presente atroz estuviera siempre acechada por la sombra de un sueño crédulo: el sueño de que “dos cuerpos que disfrutan de su felicidad” rompan el cerco de lo actual y reintroduzcan un poco de tiempo real –un poco de pasado y de futuro–, no sé si en nuestras vidas pero sí, al menos, en nuestras novelas? En su primera novela, Houellebecq ya confesaba el desafío que había asumido al escribir ficción: encontrar la forma novelesca capaz de retratar la indiferencia, el vacío, la nada. La forma más adecuada a una civilización que –salvo las sardinas en lata– ya no concibe nada de larga duración. Las cuatro novelas que publicó prueban que la encontró, pero que al mismo tiempo que esa forma adecuada al mundo encontró también su resistencia y su antídoto: una suerte de neoinocencia, el extraño tipo de entusiasmo y de confianza que –inyectándole tiempo, todo ese tiempo que el mundo ya no tiene– la contradicen y la ponen en peligro.


El mundo en el espejo, por Michel Houellebecq

Cómo me convertí en el mejor

Al principio, durante bastante tiempo, sólo escribí poemas. Creo que si hubiese tenido dinero, podría haber continuado así toda mi vida. Me gustaba mucho, me sentía bien, pero lamentablemente tuve que ponerme a trabajar. Traté de demorar un poco el momento, pero al final tuve que ponerme a trabajar. Y entonces me pareció que mi vida se había terminado. Me di cuenta al mismo tiempo de que en el mundo, la vida que yo llevaba no tenía rastros en ningún libro de mi época. Entonces escribí Ampliación del campo de batalla porque eso faltaba en los libros. No lo veía aparecer para nada.

Es un libro bastante violento, una insolencia real que tuvo un cierto impacto y creo que perdí algo de esa insolencia (lo lamento) al volverme un poco humilde y más armonioso, pero es por cierto un libro insolente. Y creo que puede ser sorprendente, porque la única idea expresada realmente en ese libro, luego de que verifico que algunas personas tienen una vida sexual rica, otros una vida sexual pobre o nula, es que eso no es una cuestión de moral ni nada por el estilo. Hay personas que son seductoras o no, simplemente. No es una idea brillante. Pero incluso eso no estaba dicho en la literatura francesa. Me volví muy fácilmente el mejor escritor francés, pero el nivel de arranque era muy bajo. Si hubiera estado en la época de Balzac nadie se habría fijado en mí, pero de golpe me volví famoso. Me volví célebre y casi casi me consideran un intelectual. Pero insisto: porque el nivel de partida era bajo.


La maté porque era mía (el hombre que amaba a las mujeres)

Ester, en La posibilidad de una isla, me cansó de una manera que ustedes no pueden imaginar. Y tengo bastante mérito porque no la maté a pesar de eso. Cuando un personaje me cansa realmente, lo liquido. Me reprochan que siempre mato a las mujeres, lo que pasa que me cansan más las mujeres. Pero no soy malo, me parece que los personajes me salen bastante bien y, a pesar de que soy un escritor no tan bueno como Dostoievski, que es quien más me ha marcado en mi adolescencia por cierto, junto a Pascal, creo que mis mujeres me salen mejor. Me parece que a él las mujeres no le interesaban demasiado. A mí sí. Y hay que interesarse por esos personajes, porque si no uno no llega a nada.


Somos nuestra clase

Mis libros están más del lado de lo sociológico que de lo psicológico. Verdaderamente, creo que los seres humanos están más explicados por su nivel y su posición social, que por su historia personal. Y eso es muy violento. Si uno le dice a alguien: “Vos pensás tal cosa, pero es normal porque son las ideas típicas de tu ambiente”, la gente lo toma muy mal. Prefieren ser explicados por una neurosis infantil o por sus signos astrales. Pero si uno le dice: “Tenés la opinión típica de un gran burgués”, desprecian la explicación. Pero esa reducción a la sociología es sumamente violenta, de una violencia inusitada. Y explica muchas de las complicaciones que tuve.


Céline hundió Francia

En Francia hay algo que empieza a irritarme bastante: hay una tendencia a volver hacia libros más modestos que no son deprimentes. Hay un retorno a los buenos sentimientos. Yo no soy para nada cínico, soy un romántico, evidentemente. Pero, a pesar de eso, hay que tener en cuenta la parte mala y deprimente.

Desdichadamente si se trata de saber si la literatura norteamericana merece dominar en Francia, globalmente –aparte de algunas excepciones– diría que sí. El nivel no es excepcional, pero me parece que Louis-Ferdinand Céline le causó bastante daño a la literatura francesa. El tenía un estilo, como todo el mundo tiene un estilo, pero se alzó mucho contra las ideas. Eso es normal porque él mismo no tenía ideas, y cuando tuvo ideas eran bastante estúpidas, como el antisemitismo y esas cosas. Además, tiene una forma de escritura que quiere hacerse notar: con puntuaciones visibles, cosas extrañas, y eso hizo bastante mal a la literatura francesa. Hay que decir también que el nivel de los periodistas es bastante malo en Francia. Cuando se les habla de estilo, entienden Céline. Tienen poca cultura.


Otros en vez de Marx

El comienzo del siglo XIX francés es un período bastante brillante. Lo que es bastante normal, porque la Revolución Francesa fue un acontecimiento sin precedentes; todas las bases del antiguo sistema social se vinieron abajo y hubo un esfuerzo intelectual para imaginar lo que podría dar nuevas bases a la sociedad. Ese esfuerzo fue impresionante. Vale la pena leer a Fourier, Comte, Tocqueville. Tocqueville escribe de una manera estupenda, en cambio Auguste Comte y Fourier son, a veces, ilegibles.

Marx llegó un poco después. Y se quedó con las apuestas que habían hecho otros porque tenía fórmulas de choque. No muy profundo, pero con fórmulas de choque. Por ejemplo, “la religión es el opio del pueblo” o “la filosofía sólo se contentó con describir el mundo, hay que transformarlo”. Es un autor más bien de fórmulas de choque. Sería excelente publicitario actualmente. Pero en realidad, la reducción a lo económico no funciona para nada.

Fourier tuvo el mérito de haber planteado problemas de conformación de familias. Comte se planteó la pregunta de si la sociedad podía sobrevivir sin religión, lo que es una buena pregunta. Esos autores merecen una relectura.

En cambio no tengo una gran estima por el siglo XX, en general. El nivel cambió mucho y últimamente estoy bastante contento de haber cambiado de siglo. También hay que reconocer que alguien como Balzac, por ejemplo, tuvo una suerte extraordinaria. Posiblemente sea el novelista mejor dotado que existió. Y llegó en el momento en que la sociedad se transformaba, ahí, delante de sus ojos.

En el mundo actual es mucho menos interesante estar en Francia que en Rusia. Es una sociedad que evoluciona poco. Entonces, bueno, hago lo que puedo en las condiciones en que estoy ubicado. Pero es cierto que algunos otros y yo mismo hemos encontrado la literatura francesa en un estado bastante lamentable. Hay que decirlo así como es.


Botellas

Una vez fui fotografiado por un fotógrafo francés que retrata a muchos escritores, y me dijo: “¿Por qué tantos escritores beben?”. No es para buscar inspiración, por cierto, es por la misma razón que los obreros, porque es un trabajo de fuerza, un esfuerzo, escribir. Yo escribía poemas y no pensaba mucho en todo eso, pero ahora que escribo novelas es cierto, es un trabajo de esfuerzo.


Un estilo cuesta abajo

Trato de escribir de una manera no muy complicada, no más complicada que la frase que estoy tratando de armar. Escribo un poco como se baja una cuesta en bicicleta, digamos. Hay que estar listo para salirse de la ruta en cualquier momento y hacer pequeños movimientos para corregir la trayectoria y no salirse del camino.

En general creo que mis libros no son difíciles de leer, no es una lectura penosa, digamos. En cambio los libros que están concebidos como una subida, como un ascenso, uno generalmente no los termina.


El mundo USAdo

Es interesante hablar de la democracia porque es el producto de marca de los Estados Unidos. Ellos se ven como quienes llevan la democracia a todas partes en el mundo.

En lo que hace al dominio cultural norteamericano hay que admitir que ya el mundo no puede seguir girando sin una lengua universal. El francés, en realidad, es bastante complicado. A veces tiene complicaciones inútiles. No creo que haya un destino del francés como lengua mundial. Tal vez funcionó en el siglo XVIII, porque los nobles en las cortes tenían tiempo libre para dedicarse más al idioma. El español podría haber tenido una buena chance, pero lamentablemente se olvidaron de colonizar países asiáticos que van a volver a convertirse en potencia dominante en el futuro.

Creo que, en general, los Estados Unidos perdieron: no tienen ninguna chance futura frente a India y China, pero su dominio cultural va a seguir existiendo, porque ellos están muy aferrados a eso.

Se podría hablar muy bien del dominio cultural norteamericano, pero el problema es que la mayor parte de los habitantes del mundo van a acostumbrarse a hablar dos idiomas. Uno lo hablarán bien, con toda claridad, el español, el portugués, el checo. Y otro lo hablarán bastante mal y sin placer. He visto chinos que hablan en inglés. Directamente no les interesa para nada, les jode bastante. Lo que les importa es el chino, el inglés lo hablan para salir del paso. Hablan en inglés para el business, para los negocios y basta. Mucha gente es lo suficientemente inteligente para hacer eso.

Pero si el inglés se convirtiera también en lengua de cultura, sería molesto. Porque se volvería a una situación en que la cultura sería súbitamente accesible a una pequeña minoría que habla la lengua de la cultura. Algo parecido a la Edad Media cuando se trataba del latín. Creo que habría que evitar más bien que desaparezcan las culturas en lenguas locales.

¿Cómo hacer esto?

Yo pensé una idea. Una idea un poco extraña. Hay que desarrollar el orgullo. Cuando uno está muy consciente de su propio valor, y consciente de que al lado nuestro los otros no valen gran cosa, como los norteamericanos en este momento, entonces los otros terminan por creer eso. Entonces, hay que desarrollar el orgullo nacional. Claro que esto tiene muchos inconvenientes, porque el orgullo nacional es la causa típica de las guerras. Es una fuerza peligrosa, realmente. Pero estando de visita en Rusia me di cuenta de que era útil eso. Me impresionó mucho.

Allí, un lector me hizo una pregunta bastante extraña. Era un hombre de unos sesenta años. Me preguntó: “¿A usted no le parece que hicimos mal en renunciar a la conquista del espacio?”.

Yo realmente no sabía nada de ese tema y sigo sin saberlo. Pero mi editor me dijo que el que había hecho la pregunta era alguien bastante conocido en Rusia, un ex cosmonauta. Y ahí me di cuenta de que Rusia, en efecto, tiene un nacionalismo y guardó una sensación de haber sido un gran país. Hay una cierta nostalgia de las estrellas de aquellos tiempos en que podía competir. Y esa nostalgia, ese orgullo, puede hacerlos capaces de grandes cosas nuevamente. Por lo tanto, el orgullo nacional no es una fuerza netamente negativa.

Entonces cómo utilizar las fuerzas negativas. Muy poca gente se ha planteado esa pregunta. Charles Fourier, por ejemplo. Muy conocido por sus fantasías sexuales, los falansterios y todas esas cosas. Hay otro tema que le preocupa mucho a Fourier: cómo utilizar las pasiones negativas, o sea la vanidad, el deseo de ser más que los demás, incluso la maldad, la avaricia. Cómo utilizar eso.

Habría que leerlo en detalle, pero tiene soluciones para esos temas. Hay un párrafo bastante divertido: “Cómo utilizar el gusto de los chicos por la mugre”. A veces da la impresión de una cierta locura, pero esto irrumpe de manera agradable entre las personas que imaginan una humanidad modificada y que reconstruyen la sociedad a partir de una humanidad modificada, sin pensar en el modo en que esa modificación tiene que hacerse.

Fourier se dio cuenta de que con el fin de la aristocracia, del Antiguo Régimen por supuesto, lo que iba a modificarse también era el matrimonio por conveniencia. Las uniones matrimoniales, sin preocuparse por los sentimientos. Entonces llegó a la conclusión de que la infidelidad conyugal, que no era un problema en tiempos del Antiguo Régimen, se iba a convertir en una cuestión dramática. Iba a provocar desdichas de gran importancia. Entonces la solución utópica: hay que imaginar que las personas son fieles. Solución de Fourier: no, no es posible.

Lo que observamos actualmente es que las personas se casan a partir de un deseo sexual, básicamente. Entre otras cosas, pero también sexual. Cuando ese deseo desaparece, a la pareja no le va muy bien. Las parejas tienen menos chicos, entonces la humanidad va desapareciendo de a poco, se va achicando.

No es un problema menor. En el fondo los problemas económicos, estratégicos, no pesan mucho de acuerdo con los problemas demográficos. Europa está achicándose demográficamente, para decirlo de una manera simple. Ni más ni menos que eso. Y todo eso porque no fueron resueltas esas cuestiones de moral sexual. Bastante triste, ¿no?

Para esto no tengo solución. Pero habría que leer un poco a Fourier, creo que valdría la pena.



En Página 12, Suplemento Radar


4 dic. 2007

Entrevista a Michel Houellebecq

1 comentario :

El autor de Plataforma, que viene a Buenos Aires para pronunciar una conferencia el próximo miércoles, es hoy el "niño terrible" de la literatura francesa y una celebridad cuyos libros se venden por millones. En este diálogo, expresa el desencanto que le inspira la condición humana

Si Molière hubiera conocido a Michel Houellebecq, seguramente lo habría tomado como fuente de inspiración para crear uno de sus mejores personajes. A los 51 años, el escritor contemporáneo francés más célebre del mundo reconoce que los adjetivos que suelen utilizar sus innumerables detractores para describirlo -provocador, nihilista, islamófobo, misógino, depresivo y, sobre todo, misántropo- son bastante apropiados. Lo suficiente como para transformarlo en inspiración de cualquier buen dramaturgo.

Pero eso no es todo. Después de haber escrito cuatro novelas -traducidas a 36 idiomas- que lo propulsaron a la fama universal y lo convirtieron en millonario, Houellebecq decidió que ahora debía comenzar a definirse como "ex escritor".


-¿Por qué escribió en su blog "cuando era escritor"? ¿Ha decidido dejar de escribir?

-Es que escritor no es una profesión. No veo por qué, cuando uno no escribe, tiene que presentarse como escritor -explicó a adn CULTURA en una entrevista exclusiva, pocas semanas antes de viajar a Buenos Aires.

Dialogar por teléfono con Houellebecq es una de las experiencias más desconcertantes que puede vivir un periodista en su carrera. Michel Houellebecq no habla, susurra; no explica, sugiere; no participa, se somete; no dice la verdad, miente con descaro; no se entusiasma, se aburre mortalmente. Entrevistarlo es simplemente una lotería: imposible hacer esfuerzos para arrancarle una palabra o una idea si el ejercicio le cae en un día de spleen . Y Dios sabe si los tiene.

¿Qué hacer con alguien que atraviesa la vida como una condena? Para él, "el sólo hecho de existir ya es una desgracia" y "el hombre no es más que un adolescente disminuido".

-¿En verdad usted es totalmente insensible a la juventud, a la belleza y a la energía?

-Sí.

-¿Y por qué razón?

-No sé.

-¿Es cierto que, para usted, la muerte justifica la vida?

-Eso es un disparate. ¿De dónde sacó eso?

-De una entrevista que dio hace un tiempo a una revista. Allí decía, además: "Saber morir bien debería ser un objetivo fundamental".

-Condeno con energía esa afirmación. Yo no puedo haber dicho eso.

-Antes de ir más lejos, ¿es verdad que usted es partidario de mentir cada vez que le resulta posible, sobre todo en las entrevistas?

-Yo creo que no hay que dudar en decir cualquier cosa cuando la pregunta es desagradable.

-Pero, en el caso de su biografía, usted también suele cambiar detalles con frecuencia.

-Puede ser.

Michel Thomas -según el registro civil-, es un quincuagenario inexorablemente deprimido que cultiva una relación ambigua, casi autobiográfica, con los personajes de sus novelas, esos antihéroes apagados que tanto se le parecen.

De aspecto más bien común para los cánones franceses de la sofisticación, anti-star por excelencia, Houellebecq se imagina a sí mismo como un icono kitsch posmoderno.

"Con su expresión desencantada y su caminar dubitativo, se parece más a un vagabundo que a un literato mundialmente célebre", escribió el periódico británico The Observer .

Hijo de un guía de alta montaña en la isla de La Reunión y de una pionera de medicinas alternativas que nunca se ocuparon de él, el pequeño Michel creció con sus abuelos en un barrio deprimente de la periferia de París.

Tiene un diploma de ingeniero agrónomo, fue analista-programador informático en la Asamblea Nacional y guarda en los ferrocarriles franceses.

En 1994 publicó su primer libro, Ampliación del campo de batalla , que se llegó a comparar con El extranjero , de Albert Camus. Por entonces ya se había divorciado de su primera mujer, había tenido un hijo, Etienne, y había sido internado en un hospital psiquiátrico, víctima de su primera depresión.

-¿Es verdad que usted no siente una simpatía particular por los psicoanalistas?

-Algo así. Con la excusa de reconstruir el "yo", los psicoanalistas realizan, en realidad, una escandalosa destrucción del ser humano.

Su segunda novela, Las partículas elementales (1998), fue un éxito editorial que vendió 500.000 ejemplares en Francia. Es la historia de Michel y Bruno, dos medio hermanos que crecen entre los años 1960 y 1970 y que terminan sintiéndose traicionados por las falsas promesas de liberación de esa época. Desencantado, Bruno se consagra a la búsqueda de la felación perfecta, mientras que Michel, un científico especialista en la eugenesia, trabaja con éxito en la erradicación del género humano. Ese libro le valió una merecida fama de misógino.

En la trama, Houellebecq mata a sus dos heroínas y hace un retrato feroz de la madre de Michel (¿su propia madre?), adepta del amor libre. En otra novela, uno de sus personajes femeninos es liquidado por terroristas islámicos En pocas palabras, las mujeres no son muy bien tratadas en las novelas de Houellebecq. Algunas de sus heroínas "no disfrutan como se debe del sexo" y otras "son incapaces de conocer el amor".

Houellebecq retomó los temas siniestros de Las partículas elementales en su siguiente libro, Plataforma (2001), donde describe en términos terriblemente crudos el mundo del turismo sexual en Asia. La historia culmina con un atentado islamista donde muere la amante del narrador (que también se llama Michel).

Poco antes de la publicación del libro, después de haber bebido algunas copas de más, Houellebecq desencadenó la ira y las amenazas de la comunidad musulmana de Francia tras declarar en una entrevista: "El Islam es la más boluda ( sic ) y la más asesina de todas las religiones".

El escándalo se produjo en 2001, pocos días antes del atentado terrorista contra las torres gemelas en Nueva York. Para mucha gente, Houellebecq se transformó de inmediato en una especie de profeta cuyas tesis sobre el derrumbe de la civilización occidental parecían imbuidas de un auténtico contenido premonitorio.

-Aunque mucho se ha escrito sobre ese escándalo, no puedo dejar de preguntarle la razón de esa afirmación.

-Yo creo que no vale la pena seguir elaborando sobre esas declaraciones. Mejor lo dejamos así.

-Hablando de religión, en Plataforma usted se burla de la existencia del reino de los cielos.

-¿Y qué otra cosa se puede hacer? ¿Tomárselo en serio?

-Pero, entonces, ¿por qué afirma que una de las personas que más lo irritan es el filósofo ateo Michel Onfray? Finalmente, no hay mucha diferencia entre ustedes dos.

-¡Desde luego que la hay! Onfray no tiene ni una décima parte de mi talento. Es un ignorante verborrágico. Los hombres no esperaron a Onfray para saber que Dios no existe.

-Le recuerdo que usted está por visitar un continente donde más del 90 por ciento de la gente es creyente.

-Pues, se equivocan.

Las amenazas y la presión desatadas por sus afirmaciones sobre el islam consiguieron que Marie-Pierre, su segunda mujer, decidiera abandonarlo. Profundamente afectado, Houellebecq se fue de Francia "a tomar aire por un tiempo".

Esa ausencia terminó siendo permanente. Desde entonces, Houellebecq reside alternativamente en Irlanda y en España, donde escribió su cuarta y última novela, La posibilidad de una isla .

-¿Por qué vivió tanto tiempo en España?

-Tengo tendencia a instalarme en el sitio en que escribo mis libros. La trama de La posibilidad de una isla se desarrolla en la isla canaria de Lanzarote, aunque yo vivía en Andalucía.

Como sus otros libros, esa novela despertó mucho revuelo. También en este caso, su protagonista es un héroe antipático, falócrata y desencantado. Como de costumbre, es difícil saber si el Daniel de la ficción piensa como Houellebecq o es Houellebecq que piensa como el personaje del libro. La novedad en esta última novela son las sectas.

¿Por qué? Porque para el autor las iglesias monoteístas -que, dice, agonizan- están siendo reemplazadas por raelianos y cienciologistas de todo tipo.

En La posibilidad de una isla , Daniel 1, un humorista políticamente incorrecto, lector de Balzac y realizador de filmes improbables, termina en el seno de los "elohimitas", una secta que "venera a unas criaturas extraterrestres, responsables de la creación de la humanidad". Paralelamente, Daniel 24, clon del clon del clon de Daniel, especie de neo-humano que vive en el futuro, sin deseos ni pasión, ve a los últimos hombres sobrevivir en un estado cercano al salvajismo.

-¿Usted cree realmente que la vida es tan terrible?

-Creo que, en la actualidad, los hombres no sirven para nada, excepto para preservar la especie.

-Pero, entonces, ¿en qué categoría coloca usted la creación? ¿Qué es escribir, hacer música, dirigir una película, como acaba de hacerlo usted?

-No sé. Quizás haya en todo eso una dimensión sensual o lúdica.

-Por otra parte, se puede decir que en sus libros da una importancia particular al amor. Hay una frase interesante de un protagonista de una de sus historias que podría ser suya, según la cual, el amor puede resolver los problemas espirituales. "Saber amar es una sabiduría superior".

-No me acuerdo, pero se me parece mucho. En mis libros, los personajes capaces de amar suelen ser bastante bien tratados

Para la salida de ese libro, el autor abandonó a su editor y firmó un contrato sin precedentes de 2,2 millones de dólares con Fayard, que incluyó los derechos de un filme que acaba de realizar él mismo. En el sofisticado mundo de la edición francesa, el gesto de Houellebecq fue comparado con un "vulgar pase futbolístico". El escándalo sirvió para colgarle definitivamente la etiqueta de voraz "marketinero" y para hacerle perder un codiciado Goncourt que ese año, más que nunca, parecía estarle destinado.

La atribución de ese premio a François Weyergans fue un golpe duro. Sobre todo porque Houellebecq está convencido de que La posibilidad de una isla es, sin duda, su mejor novela.

"Creo que es el mejor de mis libros porque es la síntesis de todo lo que he hecho hasta ahora. La tercera parte de esa novela es realmente novedosa. Esa parte permite adivinar la dirección que tomaré a partir de ahora: es casi seguro que, de aquí en más, evolucionaré fuera del mundo", afirma.

-Hablando del mundo. En ese libro escribió que "el mundo es de tamaño medio". ¿Qué quiere decir eso?

-No lo sé. Pero es una linda expresión. Creo que nunca hay que perder de vista la dimensión estética de la escritura.

-¿Aunque lo que uno escribe no quiera decir nada?

-Tal vez.

-Usted también suele afirmar que la literatura es el único arte conceptual.

-¿Y usted no lo cree?

-En realidad imagino que debe de haber muchos plásticos o cineastas que no estarán muy de acuerdo.

-Me da igual.

-Hay otra frase suya que es muy interesante: "Aprender a ser poeta es desaprender a vivir".

-Es verdad. También pienso que la poesía es más importante que la prosa. Porque se acerca mucho más a la categoría platónica de la belleza.

En plena celebridad, un día se le ocurrió consagrarse a la música. En 2000 sacó un primer álbum como cantante de rap, Presencia humana , una experiencia que quedó grabada en la memoria de sus colaboradores como una auténtica pesadilla.

"En las giras desaparecía, se quedaba varado en alguna parte de las autopistas, deprimido, y había que reembolsar a los organizadores de los conciertos. Si llegaba, se olvidaba de cantar cuando comenzaba la música", recuerda el compositor y ex amigo Bertrand Burgalat. Caprichoso, Houellebecq ponía cara de niño abandonado y reclamaba constantemente sumas de dinero que no figuraban en los contratos.

"Yo, que lo conocí en la época en que publicó Ampliación del campo de batalla , tuve la sensación de que, con el éxito de Partículas comenzó a comportarse como si estuviese infantilizado por su entorno", confesó Burgalat.

Por la noche, después de los conciertos, Houellebecq hacía su propio casting para el cortometraje erótico-sáfico La Rivière , que dirigió poco tiempo después.

Para algunos, la vida sexual del escritor no tendría nada que envidiarle al marqués de Sade. Houellebecq tendría una líbido cercana a la patología, presente en toda su obra artística. Otros críticos lo comparan con Howard-Phillips Lovecraft y con Louis-Ferdinand Céline.

"Teniendo en cuenta que el 99 por ciento de la población del planeta padece de neurosis sexual, Michel es exactamente como todo el mundo", afirma su amigo el escritor Philippe Sollers.

Para otros no es tan así.

"Su marketing de la abyección es deliberado. Yo creo que, en el fondo, Houellebecq es realmente racista y misógino", replica Eric Naulleau, autor del libro Socorro, Houellebecq regresa .

Avaro, pesimista, desesperado, cómico, esquizofrénico, alcohólico y fumador compulsivo. Siempre lleva un cigarrillo encendido, que porta -con gesto extravagante- entre el anular y el mayor. Pero, ¿quién es finalmente ese hombre que, a juzgar por su éxito, muchos no dudan en calificar de "Harry Potter francés"?

Como nadie es profeta en su tierra, la pregunta parece ser mucho más pertinente en el extranjero que en su propio país. A fines de octubre, la Universidad de Amsterdam organizó el tercer coloquio internacional sobre "El mundo de Michel Houellebecq". Al término de diez horas de debates y ponencias, los especialistas llegados de todo el planeta parecieron estar de acuerdo en que "al establecer pasarelas sexuales sobre las ideologías derrumbadas, Houellebecq permitió a una generación posar una mirada menos catastrófica sobre un futuro posmoderno francamente poco atractivo".

En 2006, los universitarios reunidos en Edimburgo también disecaron su obra con ahínco de entomólogos. Un eminente profesor de Cambridge examinó con minucia "las peregrinaciones privadas de Houellebecq en los clubes échangistes de París y de Cap d Agde".

En todos esos coloquios, un dilema vuelve como un boomerang : ¿Houellebecq cree en lo que escribe?

Cada vez que le hacen esa pregunta, el escritor se muestra evasivo: "Mi obra no es autobiográfica", repite. Eso no impide que su descripción literaria del hombre coincida con su convicción personal de que la humanidad no tiene futuro.

Más que reaccionario, como lo califican muchos, Michel Houellebecq es definitivamente un pesimista en el más puro concepto de Schopenhauer. Es brillante y mucho más infeliz que sus lectores. A estas alturas, hasta ha dejado de creer que la clonación salvará al mundo, como lo afirmaba en Las partículas elementales .

En el fondo, a su juicio, sólo los perros valen la pena. Desde que se separó de su segunda mujer, su corgi -Clément- se ha convertido en el personaje central de su vida afectiva y hasta literaria: "La bondad, la compasión, la fidelidad, el altruismo permanecen cerca nuestro como misterios impenetrables, contenidos sin embargo en el espacio limitado del envoltorio corporal de un perro", le hace decir a Daniel en La posibilidad de una isla , refiriéndose a su propio perro, Fox.

-¿Usted se da cuenta de que esta entrevista ha sido difícil?

-Probablemente.

-Daría la sensación de que hablar con la prensa le provoca una fatiga existencial.

-No solo con la prensa

-¿Con quién más?

-Con todos. Con el tiempo me he transformado en un auténtico misántropo.


Por Luisa Corradini
Para LA NACION


Fuente:http://tinyurl.com/38q4tf