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20 oct. 2010

Felicitas Hoppe - El picnic de los peluqueros

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Todos los años por mayo vienen los peluqueros. Nos gustaría ondear banderolas como hacen ellos y llevar batas blancas con el mismo orgullo. Admiramos sus manos largas y firmes, y los ojos se nos van hacia los cestos grandes que llevan colgados del brazo y que tanto prometen, llenos de huevos y conejos blancos, vino y pastas.

Nunca llueve cuando vienen los peluqueros. No necesitan mirar hacia arriba para saber que el cielo está azul y que el sol se les refleja en la calva. Estiran sus mantas mullidas formando una especie de red, justo al lado del lago, a la sombra de los árboles de nuestro parque municipal. Nunca tienen prisa, y permanecen tendidos sobre la hierba, como los estudiantes en verano, con los brazos cruzados bajo la nuca, los ojos entreabiertos. No sabemos qué se oculta bajo esos párpados; no abren libros ni dejan notas escritas en las papeleras. Acechamos acostados entre los arbustos y escuchamos con atención su respiración ingenua hasta que finalmente uno de ellos se levanta para matar el primer conejo.

Entre las actividades del peluquero se cuentan lavar, cortar, peinar, cepillar, clarear, teñir, poner mechas, aplicar cuidados capilares, rizar, alisar cabellos al viento, afeitar, hacer manicuras, pedicuras, confeccionar pelucas y extensiones. El conejo aprecia todo esto en la mano lampiña del peluquero; nosotros, espías temblorosos entre la vegetación del mes de mayo, también lo sabemos, pero cuando la tijera emite un destello, cerramos bien los ojos y presionamos las manos contra orejas y cabeza, como si aún no hubiésemos entendido la forma en que todo se reproduce. En ese momento el peluquero se ríe y nos saluda con la mano y estrella un huevo en la sartén.

Nosotros sin embargo no formábamos parte de todo esto. –No trae suerte comer con calvos – decía nuestra abuela, al tiempo que arrugaba la nariz, como si una desgracia flotase en el aire. Nos cortaba el pelo a su manera con unas tijeras desafiladas, a diestro y siniestro, ¡a quien le iba a interesar estar guapo con el tiempo que hacía! Tapó las ventanas con paños tupidos cuando los peluqueros pasaron por delante de casa, y tapió la puerta con tablas. Pero conseguimos escapar por el sótano y oíamos como berreaba detrás de nosotros mientras nos lanzábamos calle abajo. No podíamos esperar, queríamos estar guapos, queríamos sentarnos en mantas mullidas y comer en una mesa de verdad, con un mantel blanco sin manchas ni restos de comida, pues los peluqueros chupaban con sus labios brillantes toda la carne de los huesos hasta dejarlos relucientes como dientes bien pulidos. Después los lanzaban por encima del hombro hacia atrás, al lago, describiendo un arco elevado. Y fue así como entramos, jadeantes, a su servicio.

Al anochecer portamos con orgullo los cestos llenos de botellas vacías, si bien vacilamos ligeramente al pasar por delante de la casa de nuestra abuela; tenía la puerta tapiada y las ventanas tapadas, pero podíamos verla claramente de pie, detrás de las telas, con los puños apretados en señal de despedida.

Aprendimos el oficio a conciencia y rápidamente. Durante el verano lavamos batas y las planchamos con pesadas placas de hierro hasta no dejar ni una arruga. Cuando cayeron las hojas, empezamos a cortar y peinar, a teñir y clarear hasta que finalmente se nos cayeron los pelos de las manos que se nos pusieron así suaves y firmes como las de un maestro. Por la mañana comprobábamos si nuestras uñas mostraban rastros del trabajo, pues en el negocio sólo una mano limpia es garantía de éxito.

En Picknick der Friseure
Traducción de Patricia Buján Otero
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