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7 feb. 2013

Walter Kaufmann: Los dioses en La Ilíada

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El mayor obstáculo para una lectura razonable de la Ilíada ha sido frecuentemente la imposibilidad de comprender el papel que desempeñan los dioses en las obras de Homero. Se cree que los dioses son sobrenaturales y que Homero era politeísta. Incluso Lattimore, en su aguda introducción a su traducción poética de la Ilíada, habla repetidamente de ayuda sobrenatural. Pero este concepto está fuera de lugar en Homero; implica un anacronismo, una referencia a una visión del mundo totalmente extraña a la suya y reduce la comprensión de la experiencia de vida expresada en la Ilíada.

El poema contiene muchas referencias a los dioses que son fácilmente traducibles a un lenguaje “naturalista”. He aquí algunos de los ejemplos más sorprendentes: “Así rezó Agamenón, pero Zeus no estaba preparado para garantizarle lo que él quería. Aceptó su ofrenda, pero a cambio le mandó más tribulaciones”. En otras palabras: el becerro de cinco años que ofreció Agamenón no sirvió para nada; pero es más bello decir: Pero aceptó su ofrenda y multiplicó sus tribulaciones.

Y en vez de decir que “no podía ser”, Homero dice “Pero Zeus no podía garantizarle”. Y donde nosotros diríamos “debía estar loco”, Homero dice: “Pero Zeus, hijo de Cronos [debió de enloquecer], enloqueció a Glauco, puesto que cambió a Diomedes una armadura por otra de bronce, y cien becerros cuyo valor no sobrepasaba al de nueve”.

En el canto XI, Diomedes llega casi a matar a Héctor y le dice: “Tú, vil perro, [...] otra vez más te ha protegido Apolo [...] pero vamos a encontrarnos de nuevo y entonces acabaré contigo si es que también puedo lograr la ayuda de algún dios. Por el momento probaré mi suerte contra el resto”.

La última frase está más literalmente por Lattimore, aunque incorrecta gramaticalmente: “Por el momento voy a perseguir a quien pueda adelantar de los otros”. Homero no menciona la palabra “suerte”; cuando quiere hablar de lo que nosotros llamaríamos suerte, él habla de los dioses, tal como se ha visto en este pasaje.

Lo que Diomedes le dice a Héctor es algo así: “¡Que dios te ayude cuando encuentre a un dios que me proteja!” O bien: “La suerte te ha protegido otra vez, ¡perro! pero llegará el día en que me proteja a mí, y entonces, que los dioses se apiaden de ti!”. O bien: “No siempre prevalece el mejor en el combate, puesto que suerte toma parte en él, pero si algún día nos encontramos frente a frente en igualdad de condiciones, perro maldito, no te salvará la suerte, y morirás a mis manos”.

Al final del canto VII, los aqueos y los troyanos pasan la noche divirtiéndose, “pero durante toda la noche Zeus, el Pensador, maquinando maldades contra ellos, estuvo lanzando rayos y truenos ignominiosamente. Ellos palidecieron de miedo y derramaron vino en el suelo. Nadie osaba beber sin haber hecho antes una libación [...]”. Se trataba de una tempestad experimentada como un augurio aterrador.

En el comienzo del mismo canto se nos ofrece una imagen más completa: “Todos se sentaron y Agamenón hizo que los soldados aqueos hiciesen otro tanto. Atenea y Apolo, del arco de plata, también se sentaron en la misma posición que los buitres, en la alta encina sagrada para Zeus, el escudado. Todos se deleitaban viendo a los guerreros troyanos y aqueos cuyas densas filas aparecían erizadas de escudos, cascos y lanzas, como el viento del oeste posándose sobre el mar que hace encrespar y ennegrecer las olas” [133: VII. 54 ss].

La gran importancia de estos fragmentos y de muchos otros que acá no se transcriben es evidente. No tiene sentido preguntarse por lo que “realmente” pasó. Naturalmente otro poeta podría haber contado la historia de otro modo, dejando fuera a los dioses. Es posible que Shakespeare hubiese conservado el meteoro para sugerir que el universo estaba revuelto y que hubiese escrito un diálogo en el cual Pándaro resistiera al principio la sugerencia de Laodoco, o quizás un monólogo donde el arquero sopesara los pro y los contra. Un poeta contemporáneo hubiera podido sentir la necesidad de motivar el importante acto de Pándaro únicamente recordando momentos de su infancia. Homero está más cerca de Camus y de Sartre y deja al hombre actuar de una manera básicamente irracional y disparatada, sin argüir el hecho de que si conociéramos suficientes datos, descubriríamos que la acción fue necesaria y, en cierto sentido, racional. La última cosa que Homero hubiese sentido, como muchos de nuestros contemporáneos, es que el capricho sólo es posible en asuntos de menor importancia y completamente imposible cuando se trata de grandes acciones tales como disparar a un presidente o la resolución de echar una bomba atómica, o bien la decisión de bombardear Vietnam del Norte. Homero considera el elemento imprevisible, irracional y caprichoso relacionado precisamente con hechos y decisiones que comportan crueles sufrimientos y muertes horrorosas para muchísima gente.

Referente a los dioses, el aspecto más importante de Homero es que la creencia está fuera de toda consideración. Por esta razón, el contraste entre el politeísmo de Homero y el monoteísmo judío o cristiano es completamente falso. Veinte siglos de cristianismo han dejado una profunda huella en el pensamiento occidental, y ello hace difícil comprender la noción de que la creencia no entra en una persistente charla sobre los dioses. En consecuencia, hay que explorar esta idea con más detalle.

Incluso en la Biblia, la creencia no ocupa el papel central desempeñado, por ejemplo, en el Evangelio según San Juan. Y en el judaísmo tradicional, la creencia no se ha considerado como algo tan crucial así como lo es en la cristiandad tradicional. Los primeros cristianos descubrieron su identidad en lo que creían. Eran cristianos los que creían que Cristo resucitó de entre los muertos al tercer día; que resucitó para que “quienes creyeran en él tuvieran vida eterna”, y “que quien cree en Él no se condena, mientras que quien no cree ya está condenado porque no ha creído en el nombre del Hijo de Dios”. Y no eran cristianos quienes no creían en todo eso. No se era cristiano por nacimiento, tal como se era judío o griego; uno se convertía en cristiano en virtud de sus creencias.

En cierta manera, desde luego, todo eso cambió con el paso del tiempo: los niños nacidos de padres cristianos eran automáticamente cristianos; pero el énfasis en la creencia permaneció inalterable en las Sagradas Escrituras, y nadie podía ser plenamente cristiano sin testimoniar su propia creencia en Jesucristo. Y el contenido preciso de las creencias requeridas fue definiéndose progresivamente a través de los Concilios de la Iglesia.

En el judaísmo tradicional, era una forma de vida la que desempeñaba un papel semejante al atribuido a la fe en el cristianismo tradicional. La ceremonia de la confirmación a los trece años significaba que el muchacho se convertía en hijo de la Ley y se comprometía a observarla.

La diferencia más relevante entre judaísmo y cristianismo estuvo históricamente condicionada: las Escrituras Hebreas pertenecían, en su mayor parte, a los tiempos pre-helénicos, mientras que las escrituras del Nuevo Testamento, no sólo estaban escritas en griego, sino que fueron muy influidas por el helenismo. La opinión general en las tierras conquistadas primero por Alejandro y luego por los romanos estaba muy lejos de la sensibilidad homérica. El corte decisivo, preparado ya por los últimos presocráticos y los sofistas, se sitúa entre Sófocles y Platón. Las tragedias de Sófocles representan el aria del cisne del viejo orden, y los Diálogos de Platón, el comienzo de la nueva era. El siglo V fue todavía el siglo de la tragedia y la poesía. El siglo IV ya no conoció poetas como Píndaro y Esquilo, Sófocles y Eurípides: es el siglo de la filosofía, la edad de Platón y de Aristóteles.

Efectivamente, los fundadores del estoicismo, epicureísmo y escepticismo nacieron todos durante el siglo IV y murieron entre los años 270 y 274 a. J.C. Luego vinieron los filósofos de escuela y los eruditos. Cuando se empezó a escribir el Nuevo Testamento, Esquilo era tan remoto como lo es hoy Dante para nosotros. Era una época que vio la coexistencia de la tolerancia, la superstición y el fanatismo; pero todo estaba muy lejos de Homero y su poesía era extraña a todo el mundo. Cualquier intento de asimilar Homero a esta época se derrumba de antemano por su propio peso.

En casi todos los sentidos, Homero está más cerca del Génesis que de San Juan. Y también se suele leer el Génesis como si perteneciera a una época en la cual ya no se escribía este tipo de poesía. La preocupación por la creencia pertenece a una edad más tardía de la religión. En el primer capítulo del Génesis no se pretende que deba creerse todo literalmente, ni tampoco que aquellos que dudan serán condenados. Este tipo de poesía es anterior a toda pregunta sobre significado preciso, sobre el cuándo y el cómo; apareció siglos antes que los métodos socráticos, mucho antes de la rivalidad de Heráclito con los poetas. Al igual que la Ilíada es un monumento de la edad libre de este fundamentalismo contra el cual reaccionó Platón, mientras era víctima de su curiosa manera de leer.

No es éste el lugar para tratar del Antiguo y el Nuevo Testamento, del judaísmo y el cristianismo. Lo mejor será citar a un filólogo de lenguas clásicas que nos habla de los dioses griegos. Tenemos que recordar que los antiguos griegos no formaban parte de ninguna nación coherente, sino de grupos de pueblos que se empujaron unos a otros durante siglos, asentándose en una parte para volverse a asentar en otra y haciendo continuamente nuevos contactos con nuevos vecinos [...] Casi siempre la divinidad más antigua era una diosa, en cuyo caso resultaba natural hacerla esposa del nuevo dios. Si la primera divinidad era un dios en lugar de una diosa, como ocurriera a Jacinto, podría ser que suplantara a su hijo, lo cual implica la existencia de una madre, alguna ninfa local o una diosa. Todo ello era muy natural e inocente. Pero algo debió ocurrir en muchos de los numerosos valles e islas donde estaban asentados los griegos. Los dioses locales que habían suplantado a sus hijos fueron identificándose con dos personas: Zeus y Apolo. Parecía que éstos tenían una enorme progenie a través de un gran número de bellas diosas, ninfas o mujeres mortales. Estos amoríos divinos fueron el resultado fortuito, y no la intención, de los mitos. Y la razón por la cual ello no ofendía ningún sentimiento religioso, era el hecho de saber que sólo se trataba de una explicación. No era algo educativo, dogmático, autoritario, sino simplemente lo que “se decía” [...] A pesar de que hubiese adquirido el peso de la tradición, era una explicación que se podía tomar o dejar. Lo esencial era honrar al dios en los ritos; nada obligaba a nadie a creer en la historia de los dioses.

Esto todavía no explica si se nos confronta con lo sobrenatural cuando se menciona a los dioses. Pero toda la antítesis de natural y sobrenatural pertenece a una corriente posthomérica. Al igual que otros tipos de dualismo, éste tampoco se encuentra en la Ilíada. Hermann Fränkel ha señalado que “no hay ninguna división de la persona entre y ”. “La palabra psyche es únicamente usada para designar el alma de los muertos, y la palabra soma, que en la Grecia posthomérica significa cuerpo, en Homero designa “cadáver”: el hombre homérico se dividía en cuerpo y alma solamente cuando se hacía referencia a un cuerpo desvanecido. en ningún caso se aducía esta dualidad respecto de un cuerpo vivo. Tampoco él se consideraba como una dualidad sino como una identidad única”. Bruno Snell señala el mismo aspecto, añadiendo que Aristarco (un sabio alejandrino que murió en el año 157 a.J.C., a la edad de setenta y dos años) fue el primero en llamar la atención sobre el hecho de que Homero designada, con la palabra soma, únicamente el cuerpo sin vida; y añade, además, que “la distinción entre cuerpo y alma representa un descubrimiento” y que “el primer escritor que caracterizó el nuevo concepto de alma fue Heráclito, el cual llamó el alma de un hombre con vida, psyche.”

Puede parecer que nos hemos alejado de lo sobrenatural, pero la doctrina de los dos mundos depende de la distinción entre cuerpo y alma. El mundo visible se considera subordinado a otro más real a partir del momento en que se considera que nuestro cuerpo no es la esencia de nosotros mismos. Y cuando el cuerpo (soma) se convierte en la tumba del alma (sema), se empieza a buscar la verdadera morada del alma más allá de este mundo. De esta forma el alma es la fuente de lo sobrenatural. Y cuando un hombre no se siente dividido consigo mismo, tampoco tiene ninguna noción de lo sobrenatural. Lo sobrenatural es una proyección del hombre al sentirse alienado de la naturaleza.

Todos los grandes maestros de la doctrina de los dos mundos dan testimonio de ello: los Upanishads distinguen el verdadero yo, el Atman, del cuerpo, y la verdadera realidad, Brama, de la naturaleza. Platón fue un dualista en ambos niveles, y Kant, por su parte, también requería un yo numinoso y trans-empírico así como otro mundo. A diferencia de ellos, Homero no requería ni una cosa ni otra.

“No hay ningún sentimiento dividido en Homero” nos dice Snell. Nos comenta, luego de un ejemplo: “Al igual que en muchos otros pasajes, cada vez que Homero se refiere a la intervención de un dios, el acontecimiento no tiene nada de sobrenatural o diferente de lo natural [...] Siempre que un hombre alcanza algo más de lo que su actitud previa o lo que otros esperaban que lograra, Homero lo relaciona, como si intentara suplir una explicación, con la intervención de un dios”.

Hemos visto, pues, que muchos pasajes donde se mencionan a los dioses, pueden ser fácilmente traducidos en prosa o verso naturalista. Hay otros pasajes donde esta operación no resulta tan fácil, pero tampoco éstos establecen ninguna presencia de lo sobrenatural en Homero. En este aspecto, Snell fue demasiado lejos: “Según las nociones que sobre los dioses tenía la Grecia clásica, éstos están sujetos a las leyes del cosmos, y, en Homero, los dioses siempre actúan en estricto acuerdo con la naturaleza. [...] No sería exagerado decir que lo sobrenatural, en Homero, siempre se comporta con mayor regularidad, e incluso es posible formular leyes precisas que controlan la interferencia de los dioses en los quehaceres humanos. En Homero, cada nuevo cambio de dirección en los acontecimientos está originado por un dios”. Eso, si es cierto, es sólo la mitad de lo que habría que decir.

Comparemos en primer lugar a Homero con el Génesis, y luego con la mentalidad científica moderna. Comparado con el Dios que nos describe la historia de la creación en la Biblia, los dioses de Homero no son en modo alguno sobrenaturales, sino parte de la naturaleza; se parecen más a los hombres que al Dios bíblico. Éste está fuera del mundo que Él creó. No hay nada en el mundo que sea divino o que merezca adoración; únicamente el hombre comparte el espíritu de Dios, pero la distancia entre Dios y el hombre es absoluta, e incluso Abraham que se permite desafiar la justicia divina no es más que “polvo y ceniza”. No ha habido jamás hombre alguno que haya sido elevado al rango de los dioses; tampoco han semidioses o seres intermedios como, por ejemplo, Prometeo. Por el contrario, los dioses de Homero están en el mundo; la naturaleza está llena de seres divinos que merecen adoración. Zeus engendró varios hijos con mujeres mortales, y la distinción entre hombres y dioses es vaga e incierta. Una vez, como favor especial, Atenea permitió a Diomedes “distinguir entre hombres y dioses”.

Y por lo que se refiere a la mentalidad científica moderna, todos estamos acostumbrados a considerar el universo como algo que se parece a un reloj. Los deístas insistían en que, en un principio, Dios debía de haber fabricado un reloj y que le había dado cuerda, pero no pensaron que, según esta imagen, Dios era necesario para mantenerlo en marcha. A través de esta imagen es muy fácil darse cuenta de lo que se entiende por intervención sobrenatural: se supone que todos los acontecimientos naturales son predecibles y están determinados, y que la intervención natural tiene lugar cuando estos acontecimientos se suspenden o interrumpen mediante algún hecho milagroso. Hay otra noción de milagro que significa simplemente acontecimiento maravilloso. La palabra alemana para milagro es Wunder, y retiene el viejo significado de maravilloso, encantador. Pero las maravillas no son necesariamente sobrenaturales. Homero está lleno de ellas y, sin embargo, buscar algún elemento sobrenatural en la Ilíada no es más que un anacronismo, como lo sería atribuirle una concepción mecanicista de la naturaleza y del universo. Su mundo abunda en prodigios y es, para decirlo en una sola palabra, poético.

El politeísmo sugiere la creencia en muchos dioses y está en oposición con monoteísmo que significa la creencia en un solo dios. Y Homero difiere del monoteísmo en dos aspectos. En primer lugar, confrontado con la realidad de un culto dado a muchos dioses, nunca se opone a esta diversidad con alguna polémica; al contrario: hace de ello un uso poético. Y en segundo lugar, la creencia está fuera de sus textos.

El lenguaje politeísta es muy adecuado para describir guerras. Ningún otro poeta ha sido capaz de mostrarnos tan perfectamente la confusión de una guerra, con sus cambios de fortuna y propósitos conflictivos.


Transcripción de Tragedia y filosofía 
Barcelona, Seix Barral, 1978
Traducción S. Oliva
Fuente foto

6 nov. 2007

Homero - Versos heroicos

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Atribuidos a Homero, no se encuentran en la Ilíada, ni en la Odisea, ni en los Himnos, ni en los Fragmentos conocidos de Los Cíclicos


30 ...como cuando les llega la agradable primavera a los bueyes de retorcidos cuernos, que la alta hierba aparece gratísima para ellos...

31 Gusta de escucharle, sabedor, en su mente, de prudentes pensamientos.

32 Los mortales le llaman Eros, volátil (alado) y los inmortales Pteros (que tiene o da alas) por la necesidad de ir con alas.

33 La fama llegó al ejército...

34 La herida se cerraba en torno de la sangre...

35 Héctor yacía en el suelo, desvanecido...

36 Infundióle vigor en el ánimo y excitóle el valor y el ánimo y aguda picazón en las narices y... hirvió la sangre.

37 Insuflóle en el pecho la fuerza del prepotente Zeus para comprender...

38 Entonces simultáneamente Zeus quitóle del pecho la inteligencia...

39 ...y otra cosa, pensamiento e inteligencia irreprensible en el pecho...

40 ...entonces cuando los robustos jóvenes desmiembran a Deméter.

41 Gritó el que tenía las riendas de la nave de azulada proa...

42 Los tizones ardían y el gran Hefesto se levantó.

43 ...después que lo dispuso el sabio artífice.


En Homero, Margites - Batracomiomaquia - Epigramas - Fragmentos
Introducción y notas: Caries Miralles, 1990
Traducción: Herederos de Lluís Segalà

10 abr. 2007

Homero - Epigramas

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III. A Midas


Soy una virgen de bronce y yazgo sobre el sepulcro de Midas. Mientras el agua mane, y los altos árboles reverdezcan, y salga el sol y alumbre, y haga lo propio la brillante luna, y los ríos se llenen, y el mar bañe la costa; permaneciendo en este mismo sitio, sobre su llorada tumba, anunciaré a los caminantes que aquí está sepultado Midas.


VI. Al Testórida


Oh Testórida, aunque las cosas oscuras para los mortales son en gran número, nada les resulta a los hombres tan difícil de conocer como su propia muerte.


VI. A Posidón


¡Óyeme, vigorosísimo Posidón, batidor de la tierra, que en el espacioso y divino Helicón ejerces tu imperio! Concede próspero viento y feliz vuelta a los marineros que son pilotos y capitanes de esta nave. Concédeme también que, al llegar al pie del escarpado Mimante, encuentre hombres venerables y justos, y pueda vengarme del varón que, engañando mi mente, ha ofendido a Zeus y a la hospitalaria mesa.


X. A un pino


Cualquier otro árbol, oh pino, produce mejor fruto que tú en las cumbres del ventoso Ida, de muchos valles. Allí los terrestres hombres hallarán el hierro de Ares, cuando los varones cebrenios lo ocupen.


XIV. El horno o el vaso de arcilla


Si me lo recompensáis, cantaré, oh alfareros. Ven acá, Atenea, y con tu manto protege este horno, para que tomen color los vasos y los barreños todos y se cuezan hermosamente y alcancen elevado precio al ser vendidos en gran cantidad así en la plaza como en las calles, y les procuren a los alfareros buena ganancia y también a mí para cantar en su honor.

Pero si, entregándoos a la imprudencia, forjáis mentiras, convocaré enseguida contra el horno a sus destructores: a Síntribe, a Esmárago, a Ásbeto, a Sabactes y a Osmódano, el que más daño causará a vuestra arte. ¡Destruye el pórtico y la casa, pegándoles fuego! ¡Tambaléese todo el horno, mientras los alfareros profieran grandes gemidos! ¡Cruja el horno como las mandíbulas de un caballo y desmenuce todos los cacharros! Ven acá, hija del Sol, Circe conocedora de muchos venenos: ¡échales tus crueles venenos y hazlos perecer a ellos y sus obras! Ven acá, Quirón, y trae muchos Centauros, así los que se escaparon de las manos de Heracles como los que perecieron: golpea de la peor manera estas cosas, derrúmbese el horno y vean aquéllos, sollozando, sus malas opciones; yo me alegraré al contemplar el arte de esos genios malos. Y a quien se inclinare sobre el horno, séale quemado el rostro por el fuego, para que todos aprendan a obrar rectamente.


Himnos (trad. Luis Segalà), Barcelona, 1990

7 mar. 2007

Los secretos del viejo Homero

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Desde hace siglos asistimos a diversos debates y "cuestiones" en torno de la figura de Homero y de sus poemas épicos, que fundan la literatura occidental. ¿Puede haber novedades? Pues sí. Aquí se repasan los descubrimientos arquelógicos que confirman la historicidad de la guerra de Troya y las deducciones históricas y filológicas sobre cuándo y cómo se escribieron la Ilíada y la Odisea.

Por Ivana Costa



Quizás esperar hoy noticias frescas de Homero suene absurdamente ingenuo y a la vez demasiado pretencioso. ¿Acaso no ha dicho Homero ya la más importante noticia: que Aquiles abandonó el combate en Troya y hundió a los ejércitos aqueos en una serie de tragedias y derrotas? Esto es lo único que había que saber para dar comienzo a la Ilíada, es decir: a la épica griega y, así, a toda la literatura de Occidente. Y por otra parte, cuántas veces corrimos a escuchar "la última conclusión" sobre las muchas cuestiones homéricas en debate para terminar encontrando, al final de la exposición, el viejo cuento de que "el debate sigue abierto" y que solucionarlo "excede el marco de este trabajo".

Sin embargo, una cantidad de investigadores del enigma homérico se han pronunciado en estos años para alentar algunas certezas en relación con las historias que narraba el viejo rapsoda pero también para modificar nuestra visión de la Ilíada y la Odisea, del contexto en el que surgieron y, sobre todo, del significado que tienen para el nacimiento y desarrollo de la cultura literaria occidental.

Vayamos por partes. Después de cuatro siglos de discusiones, se puede afirmar que la guerra de Troya que cuenta la Ilíada y que sirve de marco a la Odisea no es únicamente una contienda mítica, sino casi seguramente histórica, según han mostrado las excavaciones que realizó el arqueólogo Manfred Korfmann durante 17 años en lo que fue la antigua ciudad de Ilion, en la actual Turquía. Segundo: el geólogo John Underhill y el filólogo James Diggle aseguran que el final del viaje que cuenta la Odisea, el regreso de Ulises desde Troya a su patria, se puede identificar geográficamente con precisión, si bien sismos y maremotos convirtieron a la legendaria isla de Itaca en la actual península de Paliki.

En tercer lugar, las obras de Homero —demos por cierto ahora que el poeta existió con ese nombre, cosa que algunos filólogos rechazaron sobre bases firmes— no son tan, tan antiguas como los mismos antiguos quisieron creer. El español Juan Signes Cordoñer dice que fueron escritas en el siglo VI a.C. y no, como se pensó tradicionalmente, en el siglo VIII a.C.; y que, por lo tanto, no es cierto que la épica y la lírica arcaicas (Hesíodo, Alceo, Estesícoro) dependan formal, temática o estilísticamente de Homero; más bien, es al revés.

Pero lo más grave no es que Homero ya no tiene prioridad cronológica alguna, o que no es original (su saga retoma mitologías milenarias): lo realmente grave es que tampoco es griego ni occidental. Los estudios del lingüista alemán Frank Starke sobre las lenguas anatolias de la época arcaica no sólo demuestran la presencia de elementos morfológicos y sintácticos de lengua anatolia en los poemas homéricos, sino que revelan que Homero calcó temas y motivos anatólicos; en fin, que el centro alrededor del cual gira toda la Ilíada, la cólera de Aquiles —reflejada en el mito de Meleagro— se inspira en el arcaico mito anatólico del "dios desaparecido". En pocas palabras: Starke sostiene que la epopeya que funda la cultura literaria de Occidente está copiada de mitos de Oriente.

La invención de Homero

La desproporción entre la suerte literaria (y toda la tradición crítica) que arrastran la Ilíada y la Odisea desde la antigüedad y la tiniebla en la que se encuentra la biografía de su autor, Homero, es un desafío permanente a las que, se supone, son las leyes de la circulación de las obras de arte en el mercado cultural. Desde hace siglos se viene discutiendo si Homero fue un poeta, si fueron dos, o varios, o si nunca existió. El británico Martin West, autoridad mundial en literatura griega arcaica y autor de una reciente edición crítica de la Ilíada, escribió en 1999 un artículo que cifra en su título, "La invención de Homero", todo el problema. La clave, de hecho, está en la ambigüedad del "de" (que puede interpretarse como un genitivo objetivo o subjetivo): la preposición "de" ¿indica que la Antigüedad inventó a Homero o que Homero inventó toda una tradición poética que hoy asociamos con su nombre?

Para West, las dos cosas son verdad: Homero es el inventor de "nuestra Ilíada", sin embargo, las fuentes tardías que dan testimonio de la biografía arcaica del poeta son sumamente dudosas; de modo que, en buena medida, Homero es también invento de sus sucesores, los que Píndaro, Isócrates, Platón y Estrabón mencionaban como los "homéridas". Así se hacían llamar algunos cultivadores de la tradición épica, que aparecen en el Ion (530d), el Fedro (252b) y la República (599e) de Platón; se trata de una especie de "gremio de poetas" —para usar la expresión de Walter Burkert— que habría inventado el nombre de Homero, a partir de *homo y de la raíz *ar del verbo ararísko, "ajustar". Según esta etimología, propuesta por Gregory Nagy, Homero significaría algo así como "el que ajusta en uno", algo que coincide con la imagen de los poetas como "cosedores de cantos" que unen viejos cuentos tradicionales en una poesía nueva.

En definitiva, un poeta, a quien sus seguidores y difusores llamaron Homero, compuso la Ilíada y la Odisea; pero ¿compuso estos monumentales poemas en forma oral o escrita, tal como los conocemos, con 16 mil y 13 mil hexámetros? Y, más allá del problema complejo de la edición y transmisión de los versos a lo largo de la historia, ¿cuándo llegaron a plasmarse por escrito? Juan Signes Cordoñer, que enseña filología griega en Valladolid, considera que la escritura homérica no está tan ligada a los tiempos arcaicos y dice que, más bien, está bastante próxima a la época clásica. En un volumen que se publicó a fines de 2004, Signes pasa revista a las últimas investigaciones sobre la historia del uso del alfabeto en Grecia y sobre la relación entre literatura oral y literatura escrita; sus conclusiones derriban muchas ideas heredadas sobre la formación de nuestra tradición cultural.

Dice Signes que no es cierto, como siempre se ha dicho, que el alfabeto surgió en Grecia para notar la literatura épica. (Esto es un golpe a la idea de que Occidente no vio nacer a la escritura alfabética por necesidades comerciales sino para codificar versos extraordinariamente bellos.) No está probado que hubiera motivos literarios o comerciales para el surgimiento del alfabeto, que fue tomado de los fenicios; y aún considerando que los poemas homéricos sean el primer testimonio de escritura alfabética, no hay por qué suponer que pertenecen al siglo VIII a.C.; por el contrario, Signes aporta, a los ya existentes, una cantidad de argumentos para mostrar que es mejor situar la escritura de los poemas de Homero en el siglo VI a.C., precisamente durante la tiranía de Pisístrato, en Atenas.

Según el filólogo español, en el siglo VIII a.C. no estaban dadas las condiciones técnicas para poner por escrito una obra épica monumental como la homérica por dos razones: "no había mecanismos de difusión que hicieran rentable esta copia, ya que no había comercio de libros, ni los aedos bastaban para garantizar una transmisión escrita de los textos o tenían interés en la misma". Aquí se suponen tres cosas bastante discutibles sobre la literatura escrita en tiempos arcaicos. En primer lugar, que ésta debía tener alguna relación ventajosa de "rentabilidad" (¡ah! ¡el viejo oficio de rechazar originales!). En segundo lugar, que precisaba del mercado librero (Joachin Lacatz, célebre especialista en Homero y Troya, objetó el punto: en la Edad Media tampoco había mercado librero pero las copias circulaban profusamente). Y, en tercer lugar, supone Signes que la literatura escrita sólo aparecía allí donde una cantidad considerable de ciudadanos podía leerla. Pero ¿por qué, si se trata de volver más comprensible la transición desde la cultura oral hacia una cultura escrita, vamos a suponer que la transcripción de la literatura épica ya tiene que implicar un público lector (y encima mayoritario)? ¿Esa escritura no podría tener, supongamos, un carácter ritual, fundado, por ejemplo, en cierto sentido de la recuperación de la conciencia histórica? ¿Y si los homéridas, que arbitraban en querellas entre rapsodas, eran los encargados de velar por esa saga?

En el túnel del tiempo

En una didáctica y exquisita introducción a Platón, Conrado Eggers Lan distinguió los tres momentos que abarca la poesía homérica: el periodo evocado en los poemas, el de la antigua Micenas, entre los siglos XV y XIV a.C.; el periodo de composición de los "principales temas", entre los siglos XIII y IX a.C.; y el periodo de composición oral y escrita, probablemente la primera en el siglo VIII a.C., y la segunda, en el siglo VI a.C. Es decir, que Homero cuenta algo que ocurrió mil años antes de que él naciera, y lo hace a partir de narraciones forjadas varios siglos años antes de que él naciera. Compuesto el poema en forma oral hacia el siglo VIII a.C., alguien, tal vez Homero, escribió la saga en el siglo VI a.C.

Estos saltos temporales —que no explican de por sí la preciosa tensión entre mito e historia, entre ficción y realidad, entre pasado y presente que inunda la Ilíada y la Odisea— son fundamentales, sin embargo, para comprender el contexto en el que se produce y se da sentido al poema. Homero habla a los suyos acerca de guerreros, reyes conquistadores y formas del heroísmo que ya no existen. Su tiempo está atravesado por cambios revolucionarios en la economía (los productos jonios comienzan a ser comercializados, por tanto la era de la piratería y la guerra de conquista deja paso a una etapa de florecimiento comercial), y desde luego, la revolución atraviesa la organización política y social de los griegos. De ahí que la referencia a ciertas prácticas pertenecientes a la desaparecida cultura micénica, así como la presencia de herramientas ya caducas —armas de bronce, por ejemplo— deba tener una explicación: no son reflejos del presente sino huellas del pasado que el poeta recupera con algún sentido. Hoy se interpreta la introducción de elementos micénicos en la Ilíada y la Odisea no como gestos de continuidad cultural con ese mundo extinguido sino como una singular mirada del propio pasado: como un intento de los griegos por forjar una conciencia histórica.

La arqueóloga Barbara Patzek demostró en Homero y Micenas, en 1992, cómo ese marco de expansión económica y cultural del siglo VIII a.C. llevó a los griegos a buscar en sus raíces señas de identidad; búsqueda que se manifestó en el culto a las reliquias del pasado y, especialmente, en la aparición de un culto a los héroes vinculado a las antiguas ruinas micénicas. (Los arqueólogos encuentran por primera vez este tipo de cultos en Grecia a partir del siglo VIII a.C.). La Ilíada y la Odisea, ejes de esta construcción de una memoria, también inventan una singular relación con lo divino: por cierto, los dioses homéricos "no son dioses surgidos del culto ni de especulaciones sacerdotales sino que han nacido en la poesía junto con los héroes aqueos".

Arte y conciencia de clase

En este panorama, entonces, la respuesta a la pregunta ¿a quién le canta Homero? es crucial para interpretar los poemas. Aquí, las investigaciones más recientes, como las de Signes y como William Thalmann —cuya perspectiva sigue el filólogo español— tienden a ver un Homero bastante más chato y miope de lo que percibieron las generaciones de helenistas precedentes. Para Signes o Thalmann, "el epos homérico refleja una polarización simplista entre aristócratas y esclavos; su visión idealizada de la sociedad aristocrática, además, le impedía dar cuenta de la situación de las clases medias". Hace 50 años se manejaban interpretaciones más sutiles, menos lineales, de la poesía épica; capaces de percibir, en medio del arrebato de heroísmo guerrero, un encuentro desgarrador con la muerte y ciertos límites a la voracidad de los dioses. Walter Kranz señalaba cómo, si bien los "poetas homéricos" cantan para una nobleza militar de capa caída, cuya gloria se va hundiendo en el pasado, no pueden ni quieren dejar de imprimir a su poesía el sello de su propia clase. "Y al acentuar los rasgos horrorosos de la guerra, al señalar límites para los caprichos humanos y divinos, al presentar la negatividad de la muerte en toda su crudeza —escribió Eggers Lan—, Homero actuó como portavoz de esa nueva sociedad".

En 1940, atormentada por los horrores de otra guerra, Simone Weil escribió "La Ilíada o el poema de la fuerza", donde enfatizaba cómo todo allí se subordina a la fuerza, que todo lo doblega y destruye, que todo lo vuelve amargo. Weil se preguntaba incluso si los que cantan en la Ilíada no son los propios aqueos, conquistados por los dorios poco después de la victoria en Troya, exiliados, vencidos. Reeditado, el texto de Weil se valora hoy sobre todo por sus marcas históricas, ya que su mirada deja de lado un elemento estético que es central para la Ilíada (y que a Homero no se le escapó). La narración épica, por su violencia espectacular, no es, como cree Weil, puro reflejo del dolor sino el llamado a un placer de irresistible atracción. La industria del espectáculo y cierta literatura de género bien han sabido aprovecharlo.

La expulsión de los poetas

Para establecer la escritura de la Ilíada y la Odisea en Atenas, en la segunda mitad del siglo VI a.C., durante la tiranía de Pisístrato, se esgrimen hoy interesantes argumentos de carácter político. Tradicionalmente esta hipótesis se rechazó por una razón evidente: si los poemas homéricos se hubieran escrito en Atenas ¿cómo justificar la ausencia casi total de referencias a los héroes atenienses en ellos? Para Signes, esta ausencia confirma la tesis. El razonamiento es un poco complicado pero vale la pena seguirlo.

Heródoto, el primer autor griego que cita la Ilíada y la Odisea en su obra, cuenta que Clístenes, tirano de Sición, que estaba en guerra con Argos, habría prohibido a los rapsodos competir en su patria, "a causa de los poemas homéricos, porque en todos ellos se celebraba constantemente a Argos y los argivos". Como Clístenes gobernó Sición entre el 600 y el 570 a.C., se suele concluir, razonablemente, que para entonces la Ilíada ya estaba escrita (pero podría estar compuesta oralmente, no por escrito). Por su parte, Pisístrato gobernó Atenas entre 565 a.C. y 527 a.C. Los pisistrátidas lo hicieron hasta 510 a.C. La tiranía, que promovió la escritura, también impulsó la copia del texto monumental de Homero, como parte de una política cultural que apuntalara su liderazgo en la hélade. Pero para evitar una futura expulsión de los poetas, la edición tenía que suprimir toda mención a héroes atenienses, sobre todo a Teseo y los teseidas, dada la importancia que esta mitología tenía "como fuerza ideológica aglutinadora de la aristocracia opuesta a Pisístrato". A la vez, para "identificar la Ilíada y la Odisea con su programa ideológico, Pisístrato hizo que los aedos destacaran no sólo el papel de Néstor y los nelidas, de los que el tirano se hacía descender, sino el de Atenea, la diosa que Pisístrato buscó como patrona de su política frente al culto heroico de la aristocracia".

El "presente hitita"

El lingüista Frank Starke, de la Universidad de Tubinga, afirma que la poesía homérica no sólo encontró el motivo de su cantar en Asia, en el recuerdo de una Troya dorada. También absorbió huellas morfológicas, sintácticas y fonológicas de las lenguas anatólicas que se hablaban allí y se nutrió de su mitología, que está en el centro mismo de la Ilíada. Starke, que vino el año pasado, invitado por el Instituto de Historia Antigua Oriental de la UBA, mostró que el mito de Meleagro, que aparece en el canto 9 de la Ilíada para ilustrar las trágicas consecuencias de la cólera de Aquiles y de su alejamiento de la batalla, está tomado del mito anatólico del dios desaparecido. Según el relato oriental, del siglo XVI a.C., el dios de los frutos del campo y los animales se retira encolerizado —las fuentes no indican por qué— con perjuicios para los dioses y los hombres. En la Ilíada, para convencer a Aquiles de que regrese, Fénix, "el viejo conductor de carros", le habla amorosamente y le cuenta la historia de Meleagro, el hijo de Eneo, que en medio de la lucha entre etolos y curetes se va de la batalla, en cólera contra su madre (que lo ha maldecido), y causa toda clase de pérdidas a los etolos. Luego regresa, para evitar la derrota de los suyos. En el mito anatolio, la cólera se aplaca con un ritual, la quema de un leño, que entre los griegos también aparece ligado a la historia de Meleagro. Pero a diferencia del mito original, la historia de Meleagro no tiene final feliz. Claro que eso ya no es anatolio. Eso ya es cosa de nuestra literatura occidental. (¿Occidental?).


Revista Ñ
Buenos Aires, 2006

28 feb. 2007

Homero, Epigrama XIV

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El horno y el vaso de arcilla


Si me lo recompensáis, cantaré, oh alfareros. Ven acá, Atenea, y con tu manto protege este horno, para que tomen color los vasos y los barreños todos y se cuezan hermosamente y alcancen elevado precio al ser vendidos en gran cantidad así en la plaza como en las calles, y les procuren a los alfareros buena ganancia y también a mí para cantar en su honor.

Pero si, entregándoos a la imprudencia, forjáis mentiras, convocaré enseguida contra el horno a sus destructores: a Síntribe, a Esmárago, a Ásbeto, a Sabactes y a Osmódano, el que más daño causará a vuestra arte. ¡Destruye el pórtico y la casa, pegándoles fuego! ¡Tambaléese todo el horno, mientras los alfareros profieran grandes gemidos! ¡Cruja el horno como las mandíbulas de un caballo y desmenuce todos los cacharros! Ven acá, hija del Sol, Circe conocedora de muchos venenos: ¡échales tus crueles venenos y hazlos perecer a ellos y sus obras! Ven acá, Quirón, y trae muchos Centauros, así los que se escaparon de las manos de Heracles como los que perecieron: golpea de la peor manera estas cosas, derrúmbese el horno y vean aquéllos, sollozando, sus malas opciones; yo me alegraré al contemplar el arte de esos genios malos. Y a quien se inclinare sobre el horno, séale quemado el rostro por el fuego, para que todos aprendan a obrar rectamente.


Homero, Himnos y epigramas , Trad. Luis Segalà, Barcelona, 1990

Patricia Damiano, entexto

Homero: Himno a Apolo

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1 Me acordaré y nunca me he de olvidar de Apolo, el que hiere de lejos, a quien temen los mismos dioses cuando anda por la morada de Zeus; pues tan pronto como se acerca y tiende el glorioso arco, todos se apresuran a levantarse de sus sitiales. Leto es la única que permanece junto a Zeus, que se huelga con el rayo: ella desarma el arco y cierra la aljaba; con sus mismas manos quita de las robustas espaldas el arco y lo cuelga del áureo clavo en la columna de su padre; y en seguida lleva a su hijo a un trono para que él tome asiento. El padre, acogiendo a su hijo amado, le da néctar de áurea copa; se sientan enseguida los demás númenes, y alégrase la veneranda Leto por haber dado a luz un hijo que lleva el arco y es vigoroso.
14 Salve, la bienaventurada Leto, ya que diste a luz hijos preclaros: al soberano Apolo y a Ártemis, que se complace en las flechas (a ésta en Ortigia y a aquél en la áspera Delos), reclinada en la gran montaña y en la colina cintia, muy cerca de la palmera y junto a la corriente del Inopo.
19 ¿Cómo te celebraré a ti, que eres digno de ser celebrado por todos conceptos? Por ti, pues, oh Febo, en todas partes han sido fijadas las leyes del canto, así en el continente, criador de terneras, como en las islas. Te placen las atalayas todas, y la punta de las cimas de las altas montañas, y los ríos que corren hacia el mar, y los promontorios que hacia éste se inclinan, y los puertos del mismo. ¿Cantaré cómo primeramente Leto te dio a luz a ti, reclinada en el monte Cinto, en una isla áspera, en Delos cercada por el mar? A uno y a otro lado, la ola sombría saltaba sobre la tierra, empujada por vientos de estridente soplo. Salido de allí, reinas ahora sobre cuantos mortales contiene Creta, y el pueblo de Atenas, y la isla Egina, y Eubea célebre por sus naves, y Egas, e Iresias, y la marítima Pepareto, y el tracio Atos, y las cumbres más altas del Pelión, y la tracia Samos, y las umbrías montañas del Isa, y Esciro, y Focea, y el excelso monte de Autócane, y la bien construida Imbros, y Lemnos de escarpada costa, y la divina Lesbos sede de Mácar Eolión, y Quíos la más fértil de las islas del mar, y el escabroso Mimante, y las cumbres más altas de Córico, y la espléndida Claros, y el alto monte de Eságea, y Samos abundante en agua, y las altas cumbres de Mícale, y Mileto, y Cos, ciudad de los méropes, y la excelsa Cnido, y la ventosa Cárpato, y Naxos, y Paros, y la peñascosa Renea: a tantos lugares se dirigió Leto, al sentir los dolores del parto del que hiere de lejos, por si alguna de dichas tierras quería labrar un albergue para su hijo. Pero todas se echaban a temblar y experimentaban un gran terror; y ninguna, por fértil que fuese, se atrevió a recibir a Febo, hasta que la veneranda Leto subió a Delos y la interrogó, dirigiéndole estas aladas palabras:
51 -¡Oh Delos! ¡Ojalá quisieras ser la morada de mi hijo, de Febo Apolo, y labrarle dentro de ti un rico templo! Pues ningún otro se te acercará jamás, lo cual no se te oculta; y no me figuro que hayas de ser rica en bueyes ni en ovejas, ni producir uvas, ni criar innumerables plantas. Si poseyeres el templo de Apolo, el que hiere de lejos, todos los hombres te traerán hecatombes, reuniéndose aquí; y siempre se elevará en el aire un inmenso vapor de grasa quemada; y mantendrás a los que te conserven libre de ajenas manos, ya que tu suelo no es productivo.
61 Así habló. Alegróse Delos y, respondiéndole, dijo:
62 -¡Oh, Leto, hija gloriosísima de Ceo el grande! Gustosa recibiría tu prole, el soberano que hiere de lejos; pues en verdad que tengo pésima fama entre los hombres, y de esta suerte llegaría a verme muy honrada. Pero me horroriza, oh Leto, este oráculo que no te ocultaré. Dicen que Apolo ha de ser presuntuoso en extremo y ha de ejercer una gran primacía entre los inmortales y también entre los mortales hombres de la fértil tierra. Por esto temo mucho en mi mente y en mi corazón que, en cuanto vea por vez primera la luz del sol, despreciará esta isla porque es de áspero suelo; y, trabucándola con sus pies, la sumergirá en el piélago del mar. Allí, la gran ola me bañará siempre y abundantemente la cabeza; él se irá a otra tierra que le guste, para erigirse un templo y bosques abundantes en árboles; y los pólipos harán en mí sus madrigueras y las negras focas sus moradas, descuidadamente, por la falta de hombres. Mas, si te atrevieras, oh diosa, a asegurarme con un gran juramento que primeramente se construirá aquí el hermosísimo templo para que sea un oráculo para los hombres y que después [...] sobre todos los hombres, puesto que será muy celebrado.
83 Así dijo. Y Leto prestó el gran juramento de los dioses:
84 -Sépalo ahora la tierra y desde arriba el anchuroso cielo y el agua corriente de la Estix -que es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados dioses-: en verdad que siempre estarán aquí el perfumado altar y el bosque de Febo, y éste te honrará más que a ninguna.
89 Luego que juró y hubo acabado el juramento, Delos se alegró mucho por el próximo nacimiento del soberano que hiere de lejos, y Leto estuvo nueve días y nueve noches atormentada por desesperantes dolores de parto. Las diosas más ilustres se hallaban todas dentro de la isla -Dione, Rea, Temis, Icnea, la ruidosa Anfitrite y otras inmortales- a excepción de Hera, de níveos brazos, que se hallaba en el palacio de Zeus, el que amontona las nubes: La única que nada sabía era Ilitia, que preside los dolores de parto pues se hallaba en la cumbre del Olimpo, debajo de doradas nubes, por la astucia de Hera, la de níveos brazos, que la retenía por celos; porque Leto, la de hermosas trenzas, había de dar a luz un hijo irreprensible y fuerte.
102 Las diosas enviaron a Iris, desde la isla de hermosas moradas, para que les trajera a Ilitia, a la cual prometían un gran collar de nueve codos cerrado con hilos de oro; y encargaron a aquélla que la llamara a escondidas de Hera, la de níveos brazos: no fuera que con sus palabras la disuadiera de venir. Así que lo oyó la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, echó a correr y anduvo velozmente el espacio intermedio. Y en cuanto llegó a la mansión de los dioses, el excelso Olimpo, enseguida llamó a Ilitia afuera del palacio y le dijo todas aquellas aladas palabras, como se lo habían mandado las que poseen olímpicas moradas. Persuadióle el ánimo que tenía en su pecho y ambas partieron, semejantes en el paso a tímidas palomas. Cuando Ilitia, que preside los dolores del parto, hubo entrado en Delos, a Leto le llegó el parto y se dispuso a parir. Echó los brazos alrededor de una palmera, hincó las rodillas en el ameno prado y sonrió la tierra debajo: Apolo salió a la luz, y todas las diosas gritaron.
120 Entonces, oh Febo, que hieres de lejos, las diosas te lavaron casta y puramente con agua cristalina; y te fajaron con un lienzo blanco, fino y nuevo, que ciñeron con un cordón de oro. Pero la madre no amamantó a Apolo; sino que Temis, con sus manos inmortales, le propinó néctar y agradable ambrosía; y Leto se alegró por haber dado a luz un hijo que lleva arco y es belicoso.
127 Mas cuando hubiste comido el divinal manjar, oh Febo, el cordón de oro no te ciñó a ti todavía palpitante, ni las ataduras te sujetaron; pues todos los lazos cayeron. Y al punto Febo Apolo habló así entre las diosas.
131 -Tenga yo la cítara amiga y el curvado arco, y con mis oráculos revelaré a los hombres la verdadera voluntad de Zeus.
133 Habiendo hablado así, echó a andar por la tierra de anchos caminos Febo intonso, que hiere de lejos. Todas las inmortales se admiraron. Y toda Delos estaba cargada de oro y contemplaba con júbilo la prole de Zeus y de Leto, porque el dios la había preferido a las demás islas y al continente para poner en ella su morada, y la había amado más en su corazón; y floreció como cuando la cima de un monte se cubre de silvestres flores.
140 Y tú, que llevas el arco de plata, soberano Apolo, que hieres de lejos, ora subes al escarpado Cinto, ora vagas por las islas y por entre los hombres. Tienes muchos templos y bosques poblados de árboles, y te son agradables todas las atalayas y las puntas extremas de los altos montes y los ríos que corren hacia el mar; pero es en Delos donde más se regocija tu corazón, oh Febo, que allí se reúnen en tu honor los jonios de rozagantes vestiduras juntamente con sus hijos y sus venerables esposas. Ellos, acordándose de ti, te deleitan con el pugilato, la danza y el canto, cada vez que celebran sus juegos. Dijera que los jonios son inmortales y se libran siempre de la vejez, quien se encontrara allí cuando aquéllos están reunidos; pues advertiría la gracia de todos y regocijaría su ánimo contemplando los hombres y las mujeres de bella cintura, y las naves veloces, y las muchas riquezas que tienen. Hay, fuera de esto, una gran maravilla, cuya gloria jamás se extinguirá: las doncellas de Delos, servidoras del que hiere de lejos, las cuales celebran primeramente a Apolo y luego, recordando a Leto y a Ártemis, que se huelga con las flechas, cantan el himno de los antiguos hombres y mujeres, y dejan encantado al humanal linaje. Saben imitar las voces y el repique de los crótalos de todos los hombres, y cada uno creería que es él quien habla: de tal suerte son aptas para el hermoso canto.
165 Mas, ea -y Apolo y Ártemis no sean propicios-, salud a todas vosotras. Y en adelante, acordáos de mí cuando algunos de los hombres terrestres venga como huésped infortunado y os pregunte: "¡Oh doncellas! ¿Cuál es para vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis más?" Respondedle enseguida, hablándole de mí: "Un varón ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos prevalecerán en lo futuro". Y nosotros llevaremos vuestra fama sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades populosas de los hombres; y éstos le creerán porque es verdad. Mas yo no cesaré de celebrar al que lleva el arco de plata, a Apolo, el que hiere de lejos, a quien dio a luz Leto, la de hermosa cabellera.
179 Oh rey, posees la Licia, y la amable Meonia, y Mileto, la encantadora ciudad marítima; y, asimismo, reinas con gran poder en Delos, rodeada por el mar. El hijo de la ilustre Leto se encamina a la peñascosa Pito, pulsando la hueca cítara y llevando divinales y perfumadas vestiduras; y la cítara, herida por el plectro, suena deliciosamente. Allí desampara la tierra y, rápido como el pensamiento, se va al Olimpo, a la morada de Zeus, donde están reunidos los demás dioses; y enseguida los inmortales sólo se cuidan de la cítara y del canto. Las Musas todas, alternando con su hermosa voz, celebran los presentes inmortales de los dioses y cuantos infortunios padecen los hombres: los cuales, debajo del poder de los inmortales númenes, viven insensata y desaconsejadamente, y no pueden hallar medicina contra la muerte ni defensa contra la vejez. Las Gracias, de hermosas trenzas, las alegres Horas, Harmonía, Hebe y Afrodita, hija de Zeus, bailan cogidas de las manos; y entre ellas canta una diosa ni fea ni humilde, sino de grandioso aspecto y belleza admirable, Ártemis, la que se huelga con las flechas, que se crió juntamente con Apolo. También entre ellas Ares y el vigilante Argifontes juegan; y Febo Apolo tañe la cítara, andando gentil y majestuosamente, y brilla en torno suyo un resplandor al cual se juntan los rápidos y deslumbrantes movimientos de sus pies y de su túnica bien tejida. Y Leto, de doradas trenzas, y el próvido Zeus se regocijan en su gran corazón, al contemplar cómo su hijo juega con los inmortales dioses.
207 ¿Cómo te celebraré a ti, que eres digno de ser celebrado por todos conceptos? ¿Te cantaré entre los pretendientes, enamorado, al ir a pretender la doncella Azántide con el deiforme Isquis Elatiónida, de hermosos corceles? ¿O cuando luchabas con Forbante, del linaje de Tríopo, o con Ereuteo? ¿O con Leucipo y la mujer de Leucipo, tú a pie y éste en carro? Y en verdad que Tríopo no se quedó atrás. ¿O diré acaso cómo anduviste por la tierra, buscando por primera vez un oráculo para los hombres, oh Apolo, que hieres de lejos?
216 Desde el Olimpo bajaste primeramente a la Pieria, atravesaste el arenoso Lecto y los enianes y perrebos; enseguida llegaste a Yaolcos, subiste a Ceneo de Eubea, gloriosa por sus naves, y te detuviste en la llanura Lelanto, pero no le fue grata a tu corazón para erigir allí un templo y bosques poblados de árboles. Desde allí atravesaste Euripo, oh Apolo, que hieres de lejos, y subsiste a la verde divinal montaña; pero enseguida la dejaste, dirigiéndote a Micaleso y a la hermosa Teumeso. Y entraste en el suelo de Tebas cubierto de bosque; pues ninguno de los mortales habitaba aún la sagrada Tebas, ni había entonces sendas ni caminos en la llanura tebana, fértil en trigo, sino que la selva la ocupaba toda. Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hieres de lejos, y llegaste a Onquesto, espléndido bosque de Posidón. Cuando se llega a este bosque, el potro recién domado que tira de un hermoso carro, resuella a pesar de la carga, pues el conductor -por diestro que sea- salta del carro y anda a pie el camino; y los potros arrastran con estrépito los carros vacíos, libres del imperio del auriga. Y si los conductores llevan el carro adentro del bosque poblado de árboles, atienden solícitos a los caballos y dejan el vehículo inclinado -tal fue la costumbre que se siguió desde un principio-; ruegan luego al rey, y el hado del dios guarda entonces el carro. Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hieres de lejos, hasta alcanzar el Cefiso, de hermosa corriente; el cual, a partir de Lilea, esparce sus aguas que manan bellamente. Después de atravesarlo y de pasar por Ocálea, la de muchas torres, llegaste, oh tú que hieres de lejos, a la herbosa Haliasto. Allí te dirigiste a Telfusa -pues aquel favorable lugar te fue grato para erigir un templo y bosques poblados de árboles- y, deteniéndote muy cerca de aquélla, le hablaste con estas palabras:
247 -¡Telfusa! Aquí me propongo a construir un hermosísimo templo, que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán siempre perfectas hecatombes -así los que poseen el pingüe Peloponeso, como los que viven en Europa y en las islas bañadas por el mar- cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que verdaderamente esté decidido, dando oráculos en el opulento templo.
254 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy largos, seguidos; y Telfusa, al verlo, se irritó en su corazón y profirió estas palabras:
257 -Febo soberano, que hieres de lejos, haré alguna advertencia a tu espíritu, ya que deseas construir un hermosísimo templo que sea oráculo de los hombres, los cuales te traerán constantemente perfectas hecatombes. Te diré, pues, una cosa que fijarás en tu memoria: aquí te molestará siempre el ruido de las veloces yeguas y de los mulos que se abrevan en mis sagradas fuentes, y los hombres preferirían ver en este sitio carros bien construidos y percibir el estrépito de corceles de ágiles pies, que no un templo grande y con muchas riquezas. Pero, si quieres dejarte persuadir -ya que eres, oh soberano, más poderoso y más excelente que yo, y tu fuerza es muy grande-, constrúyelo a Crisa, debajo de la garganta del Parnaso. Allá bi los hermosos carros te molestarán, ni el estrépito de los corceles de ágiles pies se alzará en torno del ara bien construida. Y las ilustres familias de los hombres ofrezcan dones al Ie-Peán; y tú, con espíritu regocijado, acepta los hermosos sacrificios de los hombres limítrofes.
275 Diciendo así, persuadió el espíritu del que hiere de lejos, con el fin de que la gloria sobre la tierra fuese no para él, sino para la misma Telfusa.
277 Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hiere de lejos, y llegaste a la ciudad de los flegias, hombres violentos; los cuales no se cuidan de Zeus y viven sobre la tierra en un hermoso valle, cerca del lago Cefíside. Desde allí, lanzándote con ímpetu, subiste rápidamente la cordillera y llegaste a Crisa al pie del nevado Parnaso, monte vuelto hacia el céfiro; de la parte superior, del cual cuelga una roca y por debajo se extiende un valle cóncavo y escabroso. El soberano Febo Apolo decidió construir allí un agradable templo y dijo estas palabras:
287 -Aquí me propongo construir un hermosísimo templo, que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán siempre perfectas hecatombes- así los que poseen el pingüe Peloponeso, como los que viven en Europa y en las islas bañadas por el mar- cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que verdaderamente está decidido, dando oráculos en el opulento templo.
294 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy largos, seguidos; sobre ellos pusieron el lapídeo umbral Trofonio y Agamedes, hijos de Ergino, caros a los inmortales dioses; y a su alrededor innumerables familias de hombres construyeron el templo con piedras labradas, para que siempre fuese digno de ser cantado. Cerca de allí había una fuente de hermoso raudal, donde el soberano hijo de Zeus mató con su robusto arco una dragona muy gorda y grande, monstruo feroz que causaba en aquella tierra muchos daños a los hombres, y no sólo a ellos, sino también a las reses de gráciles piernas; pues era una sangrienta calamidad. Ella fue la que alimentó en otro tiempo al terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de los mortales, después de recibirlo de Hera, la del trono de oro; pues ésta lo había dado a luz, irritada contra el padre Zeus, porque el Crónida engendró en su cabeza la gloriosa Atenea. Así que lo supo se irritó la veneranda Hera y habló de esta suerte ante los dioses reunidos:
311 -Sabed por mí, todos los dioses y todas las diosas, que Zeus, que amontona las nubes, ha empezado a menospreciarme, él antes que nadie, después que me hizo su mujer entendida en cosas honestas: ahora, sin contar conmigo, ha dado a luz a Atenea, la de los ojos de lechuza, que se distingue entre todos los bienaventurados inmortales; mientras que se ha quedado endeble, entre todos los dioses, este hijo mío, Hefesto, de pies deformes, a quien di a luz yo misma, y, cogiéndolo con mis manos, lo arrojé y tiré al anchuroso ponto; pero la hija de Nereo, Tetis, la de argénteos pies, lo acogió y cuidó entre sus hermanas. ¡Ojalá hubiese obsequiado a los dioses con otro favor! Mas tú, cruel y artero, ¿qué nuevo propósito maquinarás ahora ? ¿Cómo te atreviste a dar a luz sólo a Atenea, la de ojos de lechuza? ¿No la hubiera parido yo? ¡Y, no obstante, yo era tenida por diosa tuya, entre los inmortales que poseen el anchuroso cielo! Guárdate de que yo no medite algún mal contra ti en lo sucesivo: ahora me ingeniaré para que nazca un hijo mío, que se distinga entre los inmortales dioses, sin que yo manche tu lecho y el mío, ni me acueste en tu cama; pues, aunque apartada de ti, permaneceré entre los inmortales dioses.
331 Diciendo así, se alejó de los dioses, enojada en su corazón. Acto continuo se puso a rogar Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, golpeando la tierra con su mano inclinada, dijo estas palabras:
334 -Oídme ahora, oh tierra y anchuroso cielo que estás arriba, y dioses Titanes que habitáis debajo de la tierra, junto al gran Tártaro, y de los cuales proceden hombres y dioses: ahora oídme, vosotros todos, y dadme un hijo, sin intervención de Zeus, que en modo alguno le sea inferior en fuerza, sino que le supere tanto como el largovidente Zeus supera a Cronos.
340 Diciendo así, azotó el suelo con su mano robusta y se movió la vivificante tierra; y ella, al notarlo, alegróse en su corazón, pues creyó que se cumpliría lo que había pedido. Desde entonces y por espacio de un año cumplido, ni una sola vez se acostó en la cama del próvido Zeus, ni se sentó en la silla artísticamente adornada, en que se sentaba antes para meditar juiciosos intentos; sino que, quedándose en sus templos frecuentados por muchos suplicantes, se deleitaba con los sacrificios Hera veneranda, la de ojos de novilla. Mas después que pasaron días y meses y, transcurrido el año, volvieron a sucederse las estaciones, Hera dio a luz un hijo que no se parecía ni a los dioses ni a los hombres: el terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de los mortales. Hera veneranda, la de los ojos de novilla, lo cogió enseguida y, llevándoselo, entregó el monstruo al monstruo; la dragona lo recibió, y Tifaón causaba muchos males a las gloriosas familias de los hombres. Mas aquel que se encontraba con la dragona había dado con el día fatal; hasta que el soberano Apolo, el que hiere de lejos, le arrojó un fuerte dardo y quedó tendida, desgarrada por graves dolores, muy anhelante, revolcándose por el suelo. Entonces oyéronse una serie grande, inmensa, de chillidos; y la dragona daba muchas vueltas acá y acullá, dentro del bosque, hasta que por fin perdió la vida, exhalando un vaho sanguinolento. Y Febo Apolo, gloriándose, dijo:
363 -Ahora púdrete ahí, sobre el suelo que alimenta a los hombres, y ya no serás funesta causa de perdición para los vivos, que comen fruto de la fertilísima tierra y traerán acá fertilísimas hecatombes; pues no te librarán de la muerte ni Tifoeo ni la Quimera de odioso nombre, sino que te pudrirán aquí mismo la oscura tierra y el resplandeciente Hiperión.
370 Así dijo gloriándose; y a ella la oscuridad le cubrió los ojos. Allí la pudrió la sagrada fuerza del sol, y por esto aquel lugar es llamado Pito, y sus habitantes dan al rey el sobrenombre de Pitio, porque allí mismo la fuerza del penetrante sol pudrió al monstruo.
375 Entonces Febo Apolo comprendió en su espíritu que la fuente de hermoso raudal le había engañado. E, irritándose, se fue hacia Telfusa, la encontró enseguida, y. deteniéndose muy cerca de ella, le dijo estas palabras:
379 -¡Telfusa! No hubieras debido, después de haber engañado mi mente, dejar correr tu agua de hermoso raudal por ese agradable lugar que posees. Aquí resplandecerá también mi gloria y no la de ti sola.
382 Dijo. Y el soberano Apolo, el que hiere de lejos, haciendo resbalar una cumbre con las prominencias de sus rocas, ocultó las corrientes y erigió un altar en un bosque cubierto de árboles muy cercano a la fuente de hermoso raudal; y allí todos ruegan al soberano, dándole el sobrenombre de Telfusio, porque oprobió las corrientes de la sagrada Telfusa.
388 Luego Febo Apolo meditó en su ánimo qué hombres llevaría como iniciados en sus ritos para que fueran sus sacerdotes en la pedregosa Pito; y mientras revolvía estas cosas, vio en el oscuro ponto una nave veloz en que iban muchos excelentes hombres, cretenses de la minoia Cnoso, los cuales ofrecen sacrificios al soberano y anuncian cuantas decisiones revela Apolo, el de la espada de oro, dando oráculos desde el laurel en los valles del Parnaso. Estos, para atender a sus negocios y para lucrarse, navegaban en una negra nave hacia Pilos y los hombres nacidos en Pilos; mas Febo Apolo les salió al encuentro en el ponto y, habiendo tomado la figura de un delfín, saltó a la nave veloz y en ella se echó como un monstruos grande y horrendo. Ninguno de los marineros lo había notado ni advertido [...] la sacudía por todas partes y agitaba los maderos de la naves. Y ellos, temerosos, estaban sentados silenciosamente dentro de la nave, y ni soltaban los aparejos de la negra nave ni desataban la vela de la nave de azulada proa; sino que, como en un principio la habían puesto con las correas de piel de buey, así navegaban; y el impetuoso noto empujaba por la popa la rápida nave. Primeramente navegaron a lo largo de Malea y de la tierra lacónica y llegaron a Helos, ciudad marítima, y a Ténaro, lugar del Sol que alegra a los mortales donde pacen los rebaños de largas crines de este soberano, y es sitio ameno. Allí quisieron detener la nave y, desembarcando, contemplar el gran prodigio y ver con sus ojos si el monstruo se quedaría sobre la cubierta de la cóncava nave o se lanzaría nuevamente a las olas del mar abundante en peces; pero la nace bien construida no obedecía al timón, y fue recorriendo el camino a lo largo y más allá del pingüe Peloponeso, pues el soberano Apolo, el que hiere de lejos, la dirigía fácilmente con su soplo; y así, prosiguiendo su rumbo, llegó a Arena, y a la agradable Argífea, y a Trío vado del Alfeo, y a la bien edificada Epi, y a la arenosa Pilos y a los hombres nacidos en Pilos; pasó a lo largo de Crunos y Calcis, a lo largo de Dima, y a lo largo de la Elide, donde dominan los epeos; y cuando, animada por el viento favorable de Zeus, llegó a Feras, les aparecieron por debajo de las nubes el alto monte de Ítaca, Duliquio, Same y la selvosa Zacinto. Mas, así que hubo pasado a lo largo de todo el Peloponeso y a se veía el inmenso golfo de Crisa con que el pingüe Peloponeso termina, sopló por la voluntad de Zeus un recio viento, el sereno Céfiro, lanzándose impetuoso desde el éter para que la nave, corriendo, acabara de atravesar el agua salobre del mar. Entonces navegaron hacia atrás, hacia la Aurora y el Sol, guiándoles el soberano Apolo, hijo de Zeus, y llegaron al puerto de Crisa, la que se ve de lejos y está cubierta de viña; y la nave surcadora del ponto rozó las arenas.
440 Entonces se lanzó de la nave el soberano Apolo, el que hiere de lejos, semejante a un astro en medio del día -de él salían abundantes chispas y su resplandor llegaba al cielo-, y enseguida penetró en el templo por entre los preciosos trípodes. Allí el dios encendió una llama, mostrando sus armas, y el resplandor ocupaba toda Crisa: las esposas de los criseos y sus hijas de hermosa cintura gritaron por la impetuosa entrada de Febo, y a cada una le entró un gran temor. De allí saltó nuevamente, rápido como el pensamiento, para volar a la nave; semejante a un hombre joven y fuerte que acaba de salir a la juventud y lleva cubiertos por la cabellera sus anchurosos hombros. Y hablando así a los marineros, díjoles estas aladas palabras:
425 -¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegásteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el mar, a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras? ¿Por qué estáis pasmados de esta manera y ni saltáis a tierra, ni dejáis los aparejos de la negra nave? Que ésta es la costumbre de los hombres industriosos, cuando en una negra nave llegan del ponto a la ciudad, rendidos de cansancio, y enseguida el deseo de una agradable comida se apodera de su corazón.
462 Así dijo, y les infundió audacia en el pecho. Y el capitán de los cretenses, respondiéndole, dijo a su vez:

464 -¡Oh, forastero! Puesto que en nada te pareces a los mortales ni por tu cuerpo ni por tu natural, sino solamente a los inmortales dioses, ¡salve y regocíjate mucho y que los dioses te colmen de bienes! Y ahora dime la verdad sobre esto, para que yo la sepa: ¿Cuál es este pueblo? ¿Cuál esta tierra? ¿Qué mortales han nacido aquí? Con otro intento navegábamos por el gran abismo del mar hacia Pilos desde Creta, donde nos gloriamos de tener nuestro linaje; y, aunque deseosos de volver a la patria, contra nuestra voluntad hemos venido aquí en la negra nave por otro camino, por otros derroteros, pues alguno de los inmortales nos ha traído sin que nosotros lo quisiéramos.
474 Díjoles en respuesta Apolo, el que hiere de lejos:
475 -¡Forasteros! Antes habitábais Cnoso, poblada de muchos árboles; pero ahora ya no volveréis a vuestras amables ciudades y hermosas moradas, ni a vuestras queridas esposas, sino que guardaréis mi rico templo honrado por muchos hombres: yo soy hijo de Zeus y me glorio de ser Apolo, y os he traído aquí por el gran abismo del mar no meditando ningún mal contra vosotros, sino para que guardéis aquí mi rico templo, muy honrado por todos los hombres, y conozcáis las decisiones de los inmortales, por cuya voluntad seréis también honrados siempre, constantemente, todos los días. Mas, ea, obedeced muy prestamente lo que voy a decir: amainad primeramente las velas, desatando las cuerdas, arrastrad a tierra firme la veloz nave, sacad las riquezas y los aparejos de la nave bien proporcionada, y erigiendo un ara en la orilla del mar, encended fuego, quemad la blanca harina y rogad después, poniéndoos alrededor del altar. Como en el oscuro ponto salté primeramente a la veloz nave, parecido a un delfín, invocadme llamándome delfinio; y el mismo altar, igualmente delfinio, será siempre famoso. Cenad después junto a la veloz nave negra y ofreced libaciones a los bienaventurados dioses que poseen el Olimpo. Y cuando hubiereis satisfecho el deseo de la dulce comida, venid conmigo y cantad Ie-Peán hasta que lleguéis al sitio donde guardaréis el rico templo.
502 Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Primeramente amainaron las velas, desataron el correaje y abatieron por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía; luego saltaron a la orilla del mar, arrastraron la veloz nave desde el mar a tierra firme y la pusieron en alto, sobre la arena sosteniéndola con grandes maderos; y, finalmente, erigieron un ara en la orilla del mar: entonces encendieron fuego, quemaron la blanca harina y rogaron, como se les había mandado, poniéndose alrededor del altar. Tomaron luego la cena junto a la veloz nave negra y ofrecieron libaciones a los bienaventurados dioses que poseen el Olimpo. Mas cuando hubieron satisfecho el deseo de la dulce comida, echaron a andar; precedíales el soberano Apolo, hijo de Zeus, con la cítara en la mano, tañéndola deliciosamente y andando bella y majestuosamente; y los cretenses le seguían a Pito, golpeando el suelo y cantando el Ie-Peán, de la suerte que se cantan los peanes de los cretenses a quienes la Musa inspiró en el pecho el canto melodioso. Incansables, subieron con sus pies la colina y pronto llegaron al Parnaso y a un sitio agradable donde habían de habitar honrados por muchos hombres: en conduciéndolos allí, Apolo les mostró el recinto sagrado y el templo opulento. Conmovióseles el corazón en el pecho a los cretenses y su capitán dijo así, interrogando al dios:
526 -¡Oh, rey! Puesto que nos han llevado lejos de los amigos y de la patria tierra -así indudablemente le plugo a tu ánimo-, ¿cómo viviremos ahora? Te invitamos a meditarlo. Pues esta agradable tierra ni es vinífera ni de hermosos prados, de suerte que de ella vivamos cómodamente y alternemos con los hombres.
531 Sonriendo les contestó Apolo, hijo de Zeus.
532 -Hombres necios, desdichadísimos, que estáis ávidos de inquietudes, de graves pesares y de angustias en vuestro corazón: os diré unas gratas palabras que grabaréis en vuestra mente. Teniendo cada uno de vosotros un cuchillo en la diestra, degollad continuamente ovejas y tendréis en abundancia cuanto me traigan las gloriosas familias de los hombres; custodiad el templo y recibid las familias de los hombres que aquí se reúnan, y sobre todo cumplid mi voluntad.
[...] sea que fuere una vana palabra o alguna obra,. o una injuria, como es costumbre entre los mortales hombres [...] luego tendréis por señores a otros hombres por los cuales estaréis fatalmente subyugados todos los días. Todas las cosas te han sido reveladas: guárdalas en tu mente.
545 Y así, salve, Hijo de Zeus y de Leto; y yo me acordaré de ti y de otro canto.


HOMERO, Himnos , Trad. Luis Segalà, Barcelona, 1990

Patricia Damiano, entexto