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4 abr. 2015

Christopher Hitchens - La religión como pecado original

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Christopher Hitchens - La religión como pecado original


En realidad, hay aspectos en los que la religión no solo es amoral, sino positivamente inmoral. Y estos delitos y faltas no deben buscarse en la conducta de sus fieles (que a veces puede ser ejemplar), sino en sus preceptos originales.

Estos delitos son los siguientes:

Presentar una imagen falsa del mundo para los ingenuos y los crédulos.

La doctrina del sacrificio de sangre.

La doctrina de la expiación.

La doctrina de la recompensa y/o el castigo eternos.

La imposición de tareas y normas imposibles.

Ya nos hemos ocupado del primer aspecto. Se sabe desde hace mucho tiempo que todos los mitos de creación de todos los pueblos son falsos, y que recientemente han sido sustituidos por explicaciones infinitamente superiores y más majestuosas. A su lista de disculpas, la religión debería añadir sencillamente una disculpa por endilgar parches artificiales y mitos populares a las personas confiadas y por tardar tanto tiempo en reconocer que lo habían hecho. Se percibe cierta reticencia para hacer este reconocimiento, puesto que podría hacer estallar la visión del mundo religiosa en su conjunto; pero cuanto más se demore, más abyecta será la negación.

Sacrificios de sangre
  
Antes de que apareciera el monoteísmo, los altares de la sociedad primitiva apestaban a sangre, gran parte de ella humana y alguna incluso infantil. La sed de ella, al menos en su variante animal, todavía nos acompaña. Los judíos devotos intentan criar actualmente la «vaca roja» pura e inmaculada que se menciona en el capítulo 19 del libro de Números, la cual, si se sacrifica de nuevo siguiendo el ritual preciso y meticuloso, provocará el regreso de los sacrificios humanos en el Tercer Templo y acelerará el fin de los tiempos y la llegada del Mesías. Tal vez esto parezca sencillamente absurdo, pero mientras escribo estas palabras un grupo de agricultores cristianos obsesionados con esta idea trata de ayudar a sus colegas fundamentalistas empleando técnicas de cría especiales (prestadas o robadas de la ciencia moderna) para criar una bestial «Vaca Roja» en Nebraska. Mientras tanto, en Israel los judíos fanáticos de la Biblia también intentan criar en una «burbuja» pura y libre de contaminación un niño que cuando alcance la mayoría de edad tendrá el privilegio de degollar a esa vaca. En condiciones ideales, esto debería llevarse a cabo en la Explanada de las Mezquitas, la inoportuna sede de los santos lugares musulmanes; pero, en todo caso, el auténtico lugar en el que supuestamente Abraham blandió el cuchillo sobre el cuerpo vivo de su propio hijo. En el mundo cristiano y musulmán se producen otros degollamientos y destripamientos sacramentales a diario, ya sea para celebrar la Pascua o la fiesta del Eid.

Esta última, que alaba la disposición de Abraham para realizar el sacrificio humano de su hijo, es común a todos los monoteísmos y proviene de sus antepasados primitivos. No hay forma de suavizar el evidente sentido de esta escalofriante historia. El preludio tiene que ver con una serie de vilezas y decepciones, desde la seducción de Lot por parte de sus hijas hasta el matrimonio de Abraham con su hermanastra, el nacimiento de Isaac de Sara cuando Abraham tenía cien años y muchos otros delitos y faltas toscos e increíbles. Afligido tal vez por los remordimientos, pero en todo caso creyendo seguir los dictados de dios, Abraham se aviene a asesinar a su hijo. Recoge las astillas, tiende al muchacho atado sobre ellas (mostrando así que conocía el procedimiento) y toma el cuchillo para matar al chico como a un animal. En el último instante posible, su mano se detiene; no ha sido dios, según parece, sino un ángel, y desde las nubes se le alaba por demostrar su inquebrantable disposición para asesinar a un inocente con el fin de expiar sus pecados. En recompensa a su fidelidad, se le augura una larga posteridad en la abundancia.

No mucho después de esto (aunque la narración del Génesis no resulta muy ilustrativa en lo tocante al tiempo) fallecía su esposa Sara a la edad de ciento veintisiete años, y su respetuoso marido encuentra una sepultura para ella en una cueva de la ciudad de Hebrón. Habiéndola sobrevivido hasta alcanzar la excelente edad de ciento setenta y cinco años, y tras haber engendrado mientras tanto a otros seis hijos, Abraham es enterrado finalmente en la misma cueva. Hasta el día de hoy, las personas religiosas se matan entre sí y matan a los hijos de los demás por el derecho a la propiedad exclusiva de este agujero ilocalizable e imposible de identificar en una montaña.

Durante la revuelta árabe de 1929 hubo una terrible matanza en la que fueron asesinados sesenta y siete judíos residentes en Hebrón. Muchos de ellos eran lubavitchers, que consideran que todos los no judíos son inferiores desde el punto de vista racial, y que se habían trasladado a Hebrón porque creían en el mito del Génesis, si bien esto no es excusa para el pogromo. La ciudad, que hasta 1967 se encontraba al otro lado de la frontera de Israel, fue tomada aquel año a bombo y platillo por las fuerzas israelíes e incorporada al territorio de Cisjordania. Los colonos judíos bajo la dirección de un rabino particularmente violento y repelente llamado Moshe Levinger empezaron a «regresar» y a construir en lo alto de la ciudad una fortificación llamada Kiryat Arba, así como algunos asentamientos más reducidos en su interior. Entre los habitantes principalmente árabes, los musulmanes siguieron afirmando que el meritorio Abraham se había mostrado dispuesto a asesinar de verdad a su hijo, pero tan solo por su religión, y no por la de los judíos. Esto es lo que significa «sumisión». Cuando visité aquel lugar descubrí que la supuesta gruta de los Patriarcas o cueva de Machpela contaba con accesos independientes y lugares de oración separados para los dos grupos en liza que reclamaban el derecho a conmemorar esta atrocidad en su propio nombre.

Poco antes de mi llegada se había cometido otra atrocidad. Un fanático doctor israelí llamado Baruch Goldstein había entrado en la cueva y, tras descolgarse el arma automática que se le había permitido portar la descargó sobre la congregación musulmana. Mató a veintisiete feligreses e hirió a otros muchos antes de ser aplastado y morir apaleado. Resultaba que muchas personas ya sabían que el doctor Goldstein era peligroso. Mientras sirvió como médico en el ejército israelí había anunciado que no trataría a pacientes no judíos, como los árabes israelíes, sobre todo en sabbat. Según parece, muchos tribunales religiosos israelíes han confirmado que al negarse a hacerlo estaba obedeciendo la ley rabínica; de manera que un modo sencillo de descubrir a un asesino inhumano era apreciar que le guiaba un respeto sincero y literal a las instrucciones divinas. Desde entonces, los judíos más obstinadamente observantes han levantado santuarios en su nombre; y de los rabinos que condenaron su acción no todos lo hicieron en términos inequívocos. La maldición de Abraham continúa envenenando Hebrón, pero el mandato divino de realizar sacrificios de sangre envenena toda nuestra civilización.

Expiación

Los sacrificios humanos anteriores, como los de los aztecas u otras ceremonias que nos repugnan, eran habituales en el mundo antiguo y adoptaban la forma de asesinato propiciatorio. Se suponía que la ofrenda de una virgen, de un niño o de un prisionero aplacaba a los dioses; una vez más, no es muy buena publicidad de las cualidades morales de la religión. El «martirio» o sacrificio deliberado de uno mismo puede considerarse bajo un prisma ligeramente distinto, si bien en la India los británicos lo castigaban tanto por razones imperiales como cristianas cuando lo practicaban los hinduistas en forma de suttee o «suicidio» insinuado con persistencia a las viudas. Los «mártires» que en un acto de exaltación religiosa desean matar a otros además de a sí mismos reciben una consideración muy distinta: el islam se opone abiertamente al suicidio per se, pero parece no poder decidir si debe condenar o recomendar la acción de un shahid valiente.

De todos modos, la idea de expiación vicaria como las que tanto perturbaron incluso a C. S. Lewis representa un refinamiento adicional de la antigua superstición. De nuevo nos encontramos a un padre manifestando su amor por someter a un hijo a la muerte mediante tormento, pero en esta ocasión el padre no trata de impresionar a dios. Es dios, y trata de impresionar a los seres humanos. Formúlese usted la pregunta: ¿qué moral subyace a lo siguiente? Me hablan de un sacrificio humano que tuvo lugar hace dos mil años, sin que fuera mi deseo y en unas circunstancias tan horrendas que, en caso de haber estado presente y haber podido ejercer alguna influencia, me habría sentido obligado a tratar de impedirlo. Como consecuencia de este crimen, mis múltiples pecados son perdonados y puedo esperar gozar de vida eterna.

De momento pasemos por alto todas las contradicciones entre las narraciones del episodio original y supongamos que es esencialmente cierto. ¿Qué consecuencias tiene? No son tan tranquilizadoras como aparentan ser a primera vista. Para empezar, para poder obtener el beneficio de esta maravillosa ofrenda tengo que aceptar que soy responsable de los azotes, las burlas y la crucifixión, algo en lo que no tuve arte ni parte, y aceptar que cada vez que declino esta responsabilidad, o que peco de palabra u obra, incremento la agonía del mismo. Además, se me exige que crea que la agonía era necesaria con el fin de compensar un delito anterior en el que tampoco tomé parte: el pecado de Adán. Es inútil objetar que Adán parece haber sido creado con una insatisfacción y curiosidad insaciables y que después se le prohíbe saciarlas: todo esto se dispuso mucho antes de que el propio Jesús hubiera nacido. Por consiguiente, mi culpa en el asunto se considera «original» e ineludible. No obstante, se me asigna en todo caso una voluntad libre con la que rechazar la oferta de la redención vicaria. Sin embargo, en caso de que haga valer esta opción debo afrontar una eternidad de tormentos mucho más atroces que cualquiera de los sufridos en el Calvario, o que cualquiera de aquellos otros con los que se amenazó a los primeros que escucharon los Diez Mandamientos.

El relato no se vuelve más fácil de seguir por el hecho de descubrir necesariamente que Jesús deseaba y tenía que morir, o que acudió a Jerusalén en Pascua con el fin de hacerlo, o que todos los que participaron en su asesinato estaban haciendo la voluntad de dios sin saberlo y cumpliendo antiguas profecías. (En ausencia de la versión gnóstica, esto convierte en algo lamentablemente inexplicable que Judas, que se supone que llevó a cabo el acto curiosamente redundante de identificar a un predicador muy famoso ante aquellos que llevaban buscándolo mucho tiempo, sufriera semejante oprobio. Sin él, no habría habido ningún «Viernes Santo», que es como los cristianos lo llaman con ingenuidad incluso cuando no tienen un ánimo vengativo.)

Hay una acusación (presente solo en uno de los cuatro evangelios) de que los judíos que condenaron a Jesús pidieron que su sangre recayera «sobre sus cabezas» durante las futuras generaciones. No es un problema que afecte solo a los judíos o a los católicos preocupados por la historia del antisemitismo cristiano. Supongamos que el sanedrín judío hubiera hecho realmente ese llamamiento, como Maimónides pensaba que hizo y debía hacer. ¿Cómo podría mantenerse de algún modo vinculado a las futuras generaciones? Recordemos que el Vaticano no afirmó que fueran algunos judíos los que mataron a Cristo, sino que quienes habían ordenado su muerte fueron los judíos y que el pueblo judío en su conjunto era portador de una responsabilidad colectiva. Parece estrafalario que la Iglesia no consiguiera abandonar la acusación de «deicidio» judío generalizado hasta hace muy poco. Pero la clave de su reticencia puede encontrarse con facilidad. Si se reconoce que los descendientes de los judíos no están implicados, resulta muy duro sostener que cualquier otra persona que no estuviera allí presente tampoco estaba implicada. Como suele suceder, una grieta en el tejido amenaza con romper toda la tela (o en convertirla en algo tejido y fabricado sencillamente por el hombre, como la vergüenza del sudario de Turín). En resumen: la colectivización de la culpa es intrínsecamente inmoral, como la religión se ha visto obligada a reconocer de vez en cuando.

El castigo eterno y las tareas imposibles

Cuando era niño, el episodio del huerto de Getsemaní del Evangelio me atraía mucho porque su «irrupción» en la acción y su llanto humano hacía que me preguntara si algo de aquel fabuloso drama podía ser al fin y al cabo cierto. Jesús pregunta de hecho. «¿ Tengo que seguir con esto?». Es una pregunta impresionante e inolvidable y hace mucho que decidí que de buena gana apostaría mi alma por la idea de que la única respuesta correcta a ella es «no». No podemos esperar, como si fuéramos campesinos atemorizados de la Antigüedad, cargar todos nuestros delitos en un chivo inocente y después arrojar al desventurado animal al desierto. Hay una expresión cotidiana bastante sensata que trata con desprecio la idea de ser un «chivo expiatorio». Y la religión nos convierte de forma muy acusada en chivos expiatorios. Yo pago tus deudas, amor mío, si tú has sido imprudente; y si yo fuera un héroe como Sidney Cartón en Historia de dos ciudades podría incluso cumplir tu condena u ocupar tu lugar en el patíbulo. Ningún hombre experimenta amor tan grande. Pero no puedo absolverte de tus responsabilidades. Sería inmoral por mi parte ofrecerlo e inmoral por tu parte aceptarlo. Y si se nos hace esa misma oferta desde otra época y otro mundo, a través de intermediarios y acompañada de incentivos, pierde toda su grandeza y se degrada en fantasias ilusorias o, peor aún, en una combinación de chantaje y soborno.

Blaise Pascal, cuya teología no carece de cierta sordidez, dejó incómodamente patente que todo esto era una degeneración absoluta rayana en el mero regateo. Su famosa «apuesta» lo plantea de forma un tanto charlatana: ¿qué tiene uno que perder? Si uno cree en él y se equivoca, ¿qué más da? En una ocasión escribí una réplica a este astuto texto de cobertura de apuestas que adoptaba dos formas. La primera era una versión de la hipotética respuesta de Bertrand Russell a una pregunta también hipotética: ¿qué diría usted si muriera y fuera llevado ante su Creador? ¿Cuál sería su respuesta? «Yo diría, ¡Oh Dios!, no nos diste suficientes pruebas». Mi respuesta: Imponderable señor, en virtud de parte de la fama que se te atribuye, no de toda, supongo que preferirías a un no creyente honrado y convencido antes que el fingimiento hipócrita e interesado de una fe falsa o los humeantes tributos de unos altares sangrientos. Pero no estaría tan seguro.

Pascal me recuerda a los hipócritas y los impostores que abundan en la racionalización talmúdica judía. No realices ningún trabajo el sabbat, pero paga a algún otro para que lo haga. Si uno obedece la letra de la ley, ¿a quién le importa? El Dalai Lama nos dice que se puede visitar a una prostituta siempre que sea otro el que la pague. Los musulmanes chiíes ofrecen «matrimonios temporales» vendiendo a los hombres la autorización para tomar una esposa durante una o dos horas profesando los votos habituales para después divorciarse de ella cuando han terminado. La mitad de los espléndidos edificios de Roma jamás se habrían erigido si la venta de indulgencias no hubiera sido tan lucrativa: la propia basilica de San Pedro se financió mediante una única ofrenda especial de este tipo. El actual Papa, el otrora Joseph Ratzinger, atrajo hace poco a los jóvenes católicos a un festival ofreciendo a quienes asistieran cierta «remisión del pecado».

Este patético espectáculo moral no sería necesario si las reglas originales fueran tales que se pudieran obedecer. Pero a los edictos totalitarios que comienzan con la revelación emanada de una autoridad absoluta, se imponen mediante el miedo y se fundan en un pecado que habría sido cometido hace mucho tiempo, se suman normas que a menudo son inmorales e imposibles al mismo tiempo. El principio esencial del totalitarismo consiste en promulgar leyes que sean imposibles de obedecer. La tiranía resultante es aún más impresionante si puede imponerse mediante una casta o partido privilegiado que vigila con mucho celo la detección del error. A lo largo de su historia la mayor parte de la humanidad ha vivido bajo una u otra modalidad de esta estupefaciente dictadura y una gran parte de ella todavía continúa viviendo así. Permítaseme aportar unos cuantos ejemplos de reglas que deben pero no pueden obedecerse.

El mandamiento del Sinaí que prohibía a las personas pensar siquiera en codiciar bienes constituye el primer indicio. El Nuevo Testamento vuelve a hacerse eco de él en el mandamiento que afirma que un hombre que piensa en una mujer de forma incorrecta ya ha cometido realmente adulterio. Y es casi igualado por la actual prohibición musulmana, y anteriormente cristiana, que impide prestar dinero obteniendo un interés. Todos ellos, en sus diferentes formas, tratan de imponer restricciones imposibles sobre la iniciativa humana. Solo pueden cumplirse de una de dos maneras posibles. La primera es mediante el azote y la mortificación continuos de la carne acompañados por una incesante lucha con los pensamientos «impuros», que se hacen realidad en cuanto son nombrados, o incluso imaginados. De ello se derivan confesiones histéricas de culpa, falsos propósitos de enmienda y sonoras y violentas denuncias de otros pecadores y reincidentes: un estado policial espiritual. La segunda solución es la hipocresía organizada, donde se rebautiza a los alimentos prohibidos con el nombre de otra cosa, o donde una donación a las autoridades religiosas sirve para alquilar un reservado, o donde la ostentación de la ortodoxia servirá para comprar algo de tiempo, o donde el dinero se puede ingresar en una cuenta y después recuperarse en otra, tal vez con un ligero incremento porcentual y de forma no usurera. A esto podríamos denominarlo «república bananera espiritual». Muchas teocracias, desde la Roma medieval hasta la actual Arabia Saudí wahabí, han conseguido ser al mismo tiempo estados policiales espirituales y repúblicas bananeras espirituales.

Esta objeción sirve incluso para algunos de los preceptos más nobles y fundamentales. La orden «Ama a tu prójimo» es dulce y sin embargo severa: es un recordatorio de nuestras obligaciones para con los demás. La orden «ama a tu prójimo como a ti mismo» es demasiado radical y demasiado enérgica para poder obedecerla, como también lo es la instrucción muy difícil de interpretar de amar a los demás «como yo os he amado». La constitución de los seres humanos impide que se preocupen por los demás tanto como por ellos mismos: eso sencillamente no se puede hacer (como cualquier «creador» inteligente habría comprendido muy bien tras estudiar su propio diseño). Instar a los seres humanos a ser sobrehumanos so pena de muerte y tortura es instar a una terrible autodegradación y al reiterado e inevitable fracaso a la hora de respetar las reglas. ¡Menuda mueca burlona, además, en el rostro de quienes aceptan los donativos en efectivo que se hacen para sustituirlo! La denominada Regla de Oro, a veces identificada innecesariamente con una leyenda popular sobre el rabino Hillel de Babilonia, simplemente nos anima a tratar a los demás como hubiéramos deseado que nos trataran ellos. Este precepto sobrio y racional que podemos enseñar a cualquier niño con su innato sentido de la justicia (y que es anterior a todas las «bienaventuranzas» y parábolas de Jesús) queda perfectamente al alcance de cualquier ateo y cuando se infringe no exige masoquismo e histeria, ni sadismo e histeria. Se aprende de forma gradual, integrada en la lenta y dolorosa evolución de la especie y, una vez captado, jamás se olvida. Bastará la conciencia ordinaria sin necesidad de que lo respalde ninguna cólera celestial.

Por lo que se refiere a las normas más fundamentales, solo es preciso consultar una vez más el argumento del diseño. La gente desea enriquecerse y prosperar, y aunque pueden muy bien prestar o incluso regalar dinero a algún amigo o pariente que lo necesite y no pedir a cambio nada más que se lo devuelvan en algún momento o que les den las gracias, no adelantarán dinero a un absoluto desconocido sin esperar algún interés a cambio. Por una bonita casualidad, la codicia y la avaricia son los acicates del desarrollo económico. Nadie que haya estudiado este tema desde David Ricardo hasta Karl Marx o Adam Smith ha dejado de ser consciente de este hecho. «No es la benevolencia» del panadero, señalaba Smith con su sagaz estilo escocés, la que nos procura el pan nuestro de cada día, sino su propio interés por cocerlo y venderlo. En cualquier caso, podemos optar por ser altruistas (lo que quiera que esto signifique), pero por definición no se nos puede obligar a ser altruistas. Tal vez fuéramos mejores mamíferos si no estuviéramos «hechos» así, pero nada puede ser sin duda más absurdo que tener un «creador» que luego te prohíbe el instinto que él mismo instiló en ti.

«Libre albedrío», responden los casuistas. Tampoco hay que obedecer las leyes que prohíben el asesinato o el robo. Bueno, uno puede estar genéticamente programado para hacer gala de determinadas dosis de agresividad, odio y gula, y no obstante también lo bastante evolucionado para tener cautela antes de dejarse llevar por cualquier impulso. Si nos entregáramos siempre a todos y cada uno de nuestros instintos más básicos, la civilización habría sido imposible y no existiría escritura con la que proseguir esta discusión. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que un ser humano, hombre o mujer, de pie o tumbado, ve que su mano llega justo hasta los genitales. Resulta útil sin duda para protegerse de agresores primitivos una vez que nuestros antepasados decidieron asumir el riesgo de ponerse en pie y exponer sus vísceras a las agresiones, y es al mismo tiempo un privilegio y una provocación negada a la mayoría de los cuadrúpedos (algunos de los cuales pueden compensarlo aproximando el hocico al mismo lugar al que nosotros podemos llegar con los dedos y las palmas de las manos). Ahora bien: ¿quién concibió la regla de que esta fácil aposición entre lo manual y lo genital estuviera prohibida, incluso como pensamiento? Por decirlo más claramente, ¿quién ordenó que se debe tocar (por otros motivos que no tengan nada que ver con el sexo ni la reproducción) pero también que no se debe? Ni siquiera parece haber aquí ninguna auténtica autoridad de las escrituras, y sin embargo casi todas las religiones han convertido esta prohibición en algo casi absoluto.

Podríamos escribir todo un libro dedicado únicamente a la grotesca historia de la religión y el sexo y al sagrado pánico al acto procreador y a los impulsos y necesidades asociados a él, desde la emisión de semen hasta la efusión de sangre menstrual. Pero un modo adecuado de condensar toda esta fascinante historia puede ser formular una única pregunta provocativa.



En Dios no es bueno

19 jul. 2014

Christopher Hitchens - Una coda sobre la cuestión del suicidio

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A lo largo de las últimas cuatro décadas, me he sumergido intermitentemente en deprimentes intentos de imaginar o «meterme» en el estado de ánimo de mi madre cuando decidió que no merecía la pena vivir el resto de su vida. Hay una literatura considerable sobre el tema y me he esforzado en escudriñarla, pero toda me ha parecido demasiado pesada, general y sociológica como para servir de mucha ayuda. Además, la escritura sobre el suicidio en nuestra época se ha producido generalmente mucho después de que el propio acto dejara de ser considerado ipso facto inmoral o merecedor de una ronda extra de dolor y castigo post mórtem en la eternidad. Yo mismo me quedé bastante atónito, cuando trataba con el capellán anglicano del cementerio protestante de Atenas (que era el único lugar de descanso acorde con los deseos de mi madre), al descubrir que esa época no había terminado del todo. El reverendo, con rostro de cordero, no quería hacer su trabajo. Farfulló algo sobre la dificultad de enterrar a los suicidas en suelo sagrado, y puede que tuviera algo que decir acerca de que mi madre hubiera cometido adulterio… En todo caso, extendí algo de dinero hacia él y se volvió mohínamente obediente como suele hacer el clero. Aunque tuvo suerte, porque yo no podía sentir más antipatía y desprecio por su enfermiza religión de lo que ya sentía. Si hubiera sido un protestante genuino de cualquier convicción, habría aprendido pronto cuál es el tacto de una bota estampada en su marchito trasero. (Al salir, a través de los circundantes recintos ortodoxos, me detuve para dejar unos claveles rojos en la enorme pila de tributos que había sobre la tumba del gran Giorgos Seferis, poeta nacional griego y enemigo de toda superstición, cuyo funeral en 1971 había propiciado una silenciosa manifestación masiva contra la junta.

En un grado extraordinario, la moderna escritura sobre el suicidio asume como punto de partida la muerte de Sylvia Plath. Cuando leí por primera vez La campana de cristal, la frase que más me impactó era la que utilizaba para describir la ciudad de su padre. Otto Plath había nacido en Grabow, un lugar aburrido en lo que solía llamarse «el corredor polaco». La mujer enferma de angustia que era su hija describió el lugar como «una aldea maníaco-depresiva en el negro corazón de Prusia». Su poema «Papi» debe de ser el veredicto más estricto de una hija a un progenitor masculino desde la última reunión de la casa de Atreo, e incluye la opinión especialmente perturbadora de que, a causa del maltrato paterno, «toda mujer ama a un fascista […] la bota en la cara».[5]

Los antepasados de mi madre procedían de una localidad pequeña y definitivamente bastante angustiada de la Prusia germano-polaca, y su padre había hecho sufrir a su madre terriblemente antes de desmaterializarse en la niebla de la guerra, pero Yvonne no era una de esas personas que, después de que otros les hagan daño, hacen el «daño a cambio». Más bien esperaba que recayera sobre ella la tarea de proteger a otros frente a ese dolor. No creo, por llamativa que sea la imagen, que toda una «aldea» pueda ser maníaco-depresiva. Sin embargo, puedo perdonar a la Plath su metáfora posiblemente subconsciente porque la mayor parte de lo que aprendí sobre el trastorno bipolar lo aprendí de Hamlet.

«Desde hace un tiempo —nos cuenta el príncipe de Dinamarca—, no sé la razón, he perdido la alegría.» Todo el que vive ha experimentado en ocasiones esa sensación, pero los versos que la acompañan son la mejor definición de la tristeza que se ha hecho nunca. («Cansado de vivir, con miedo a morir» es la segunda mejor condensación, y aparece en «Old Man River».) ¿Quién continuaría con el infinito tedio y la potencial desgracia si no pensara que la extinción es todavía menos deseable o que —como se dice en otro de los volubles monólogos de Hamlet— «el Dios eterno» no ha «dictado su ley contra el suicidio»?

Según el estudio de Giles Romilly Fedden, hay catorce suicidios en ocho obras de Shakespeare, entre los cuales se incluyen los deliberados y en apariencia nobles finales de Romeo, Julieta y Otelo. Es interesante que solo Ofelia, cuya muerte por mano propia no es estrictamente intencionada, sea objeto de la condena del clero. Mi indiferencia hacia la religión y mi rechazo a dar crédito a todo parloteo sobre una vida después de la muerte me han privado, por desgracia, de la sincera satisfacción que disfruta Laertes, hermano de Ofelia, cuando planta cara al clérigo moralista y dice:

Y a ti, cura brutal, te digo:
ángel intercesor será mi hermana mientras tú aúlles
en los infiernos.

Memorable, sin duda, pero demasiado dependiente de la maldad y estupidez del dualismo cielo/infierno, y de poca utilidad para mí a la hora de entender cómo una persona considerada, afectuosa y alegre como Yvonne, que gozaba de una salud razonable, quería dejarlo todo. Pensé que podría tener algo que ver con lo que los especialistas llaman «anhedonia», o la repentina incapacidad de obtener placer de nada, especialmente de lo placentero. Al Álvarez, en su arduo y exigente estudio del tema, El dios salvaje, vuelve a menudo al suicidio de Cesare Pavese, que se quitó la vida en la aparente plenitud de sus facultades. «El año antes de morir entregó dos de sus mejores novelas. […] Un mes antes del final, recibió el Premio Strega, el mayor homenaje que puede obtener un escritor italiano. “Nunca he estado tan vivo como ahora», escribió, «nunca he sido tan joven.” Unos días después estaba muerto. Quizá la propia dulzura de sus poderes creativos hiciera que su depresión innata fuera más difícil de soportar.»

Eso es casi lo mismo que me dijo William Styron en una cena grasienta en Hartford, Connecticut, sobre un momento dorado en París en el que esperaba recibir un enorme premio en metálico, una medalla y una insignia por sus logros literarios y una cena estupenda a la que estaban invitados todos sus amigos. «Miré anhelante desde el vestíbulo a la calle. Y digo anhelante de verdad. Pensé: si pudiera lanzarme a través de esas pesadas puertas giratorias podría meterme bajo las ruedas de ese autobús misericordioso. Y entonces la agonía podría terminar».[6]

Pero mi pobre Yvonne nunca había sufrido un exceso de recompensas y reconocimiento, del tipo que a veces hace que la gente honrada se sienta avergonzada o incluso indigna. Sin embargo, lo que había hecho era enamorarse, algo por lo que suspiraba desde hacía mucho, e incluso entonces había descubierto que en parte era demasiado tarde para eso. En teoría tenía todo lo que podría haber deseado: un hombre encantador que la adoraba; un intervalo en el que sus hijos habían crecido y no necesitaba guardar un nido; una perspectiva de ociosidad y un marido que no querría vengarse. Muchas mujeres inglesas de su clase y su época se habrían considerado afortunadas en su situación. Pero en la práctica estaba al borde de la menopausia, había cambiado un marido servicial, ahorrador y devoto por un hombre imprevisor y voluble, para acabar descubriendo que «voluble» significaba en realidad… maníaco-depresivo. Quizá mi madre no necesitaba ni deseaba morir, pero necesitaba y deseaba a alguien que necesitaba y deseaba morir. Eso va más allá de la anhedonia.

Casos como el de mi madre también se apartan del amplio panorama que trazó Émile Durkheim sobre el lugar del suicidio en sociedades alienadas, desarraigadas e impersonales. Siempre he admirado a Durkheim por señalar que el pueblo judío inventó su propia religión (en oposición a la opinión absurda y totalitaria de que fue justo al revés), pero su categorización del suicidio no incluye el nicho del tamaño de Yvonne que llevo tanto tiempo intentando identificar y localizar. Clasificó la acción bajo las tres cabeceras de egoísta, altruista y anómico.

El «egoísta» tiene un título confuso, porque en realidad se refiere al suicidio como reacción a la fragmentación o atomización social: a períodos en que las viejas certezas o solidaridades se descomponen y la gente siente pánico, inseguridad y soledad. (Así, un corolario sería el hecho observable de que la tasa de suicidios cae en tiempos de guerra, cuando la gente se agrupa en torno a una bandera y también ve las propias pequeñas miserias en mejor proporción.) El «altruista» tiene asimismo una connotación que remite a los tiempos de guerra, porque denota la disposición a entregar la propia vida por el bien de un colectivo mayor, o posiblemente un colectivo menor como la familia o —el capitán Oates en la expedición condenada al fracaso de Scott— el grupo. Albert Camus aportó un bello resumen de este fenómeno al decir: «Lo que se llama razón para vivir también es una excelente razón para morir». Álvarez extiende los tropos de Durkheim para incluir fanatismos tribales y religiosos, como los pilotos kamikazes o los hindúes que estaban extáticamente dispuestos a arrojarse bajo las ruedas del Juggernaut impulsado por la divinidad. El suicidio «anómico», finalmente, es el resultado de un cambio súbito y estridente en la posición social de una persona. «Un divorcio doloroso o una muerte en la familia» se encuentran entre los ejemplos que Álvarez presenta como típicos.

Resulta interesante que esta taxonomía parece no decir nada sobre el «tipo» de gente que tiende al suicidio. Por experiencia diría que quizá existe ese tipo de personas, y que puede ser peligrosamente frívolo decir que quienes intentan suicidarse solo piden «ayuda». Sé de algunos que, tras una o incluso varias «tentativas» desganadas, pusieron fin a su vida de forma decidida. Pero, siguiendo cualquier medida imaginaria, Yvonne no pertenecía al «tipo». Aborrecía la auto-compasión y sospechaba de todo lo que era demasiado ostentoso o efusivo. Sin embargo, también había encontrado a alguien que tal vez era bipolar o pertenecía en otros sentidos al «tipo», y sin duda había sufrido una pérdida desgarradora, brusca y súbita de la posición social y seguridad (y respetabilidad) que siempre habían sido muy importantes para ella. Si a esto se une el miedo corrosivo a perder el atractivo… en todo caso, para mí, una lacerante separación matrimonial había llevado indirectamente a «una muerte en la familia».

Las categorías de Durkheim parecen casi demasiado grandiosas para el suicidio (cómo nos gustaría a todos que nuestras muertes poseyeran algo de sentido). El egoísta no lo cubre todo; ni tampoco lo hizo el altruista cuando leí sobre él; para mi oído marxista, la «anomia» solía ser lo que los meros individuos tenían en vez de lo que, con una mejor comprensión de su posición de clase, habrían reconocido como alienación. Yvonne era «anómica» entonces, pero también tenía un toque de altruista. De las dos notas que dejó, una (que, con perdón, no pienso citar) era para mí. La otra era para quien tuviera que cargar con la responsabilidad de encontrarla, o más bien encontrarlos. También me sentí bastante deshecho por la segunda nota: esencialmente, se disculpaba por el desorden y la incomodidad. Oh, mami, tan típico tuyo. En su comunicación privada daba la impresión de pensar que eso era lo mejor para todos, y que era en cierto modo un pequeño sacrificio que a largo plazo acabaría beneficiando a todos los que la adoraban. Se equivocó.

Para el anómico, es casi seguro que Pavese aportó el mejor texto al observar con bastante sequedad que «a nadie le falta una razón lo bastante buena para el suicidio». Y Álvarez proporciona a los suicidas el epitafio más amable, escribiendo que, al convertir la muerte en una elección consciente, «una suerte de libertad mínima —la libertad de morir de la manera que uno decide y en el momento que uno elige— es rescatada del naufragio de todas esas necesidades no deseadas».

Una vez hablé en una reunión en memoria de un suicida altruista: el estudiante checo Jan Palach, que se prendió fuego en la plaza Wenceslas de Praga para desafiar a los rusos que invadían su país. Pero desde entonces he tenido muchas oportunidades de sentir náuseas ante la mera idea del «martirio». Las mismas religiones monoteístas que condenan el suicidio individual tienen una tendencia a exaltar y elogiar en exceso a quienes se matan a sí mismos (y a otros) con un himno o una oración en los labios. Como casi todos los demás autores, Álvarez malinterpreta la Masada: dice que «cientos de judíos se suicidaron» allí «en vez de someterse a las legiones romanas». En realidad, unos fanáticos religiosos que habían sido expulsados incluso de otras comunidades judías asesinaron primero a sus propias familias y después se echaron a suertes el elevado deber de asesinarse unos a otros. Solo los últimos tuvieron que matarse a sí mismos.

Así, con la mente dividida una vez más, a menudo quiero estar de acuerdo con Augie March, el personaje de Saúl Bellow. Cuando sus mayores lo reprenden y le ordenan que se conforme y «acepte los datos de la experiencia», responde: «Nunca puede estar bien ofrecerse a morir, y, si eso es lo que te ofrecen los datos de la experiencia, entonces debes seguir adelante sin ellos». Sin embargo, mi siguiente tema es un hombre que durante mucho tiempo se ganó la vida enfrentándose a la muerte y que habría estado perfectamente dispuesto a ofrecerse a morir por una causa que consideraba (y que era) más grande que él.


Notas

[5] La escuela feminista ha mirado a menudo con clara desaprobación a su marido, Ted Hughes. Me resulta difícil imaginarlo maltratando a Sylvia físicamente, pero no hay duda de que podía mostrarse fabulosamente falto de sensibilidad. Una vez fui a tomar unas copas con él en el apartamento de mi amigo y editor Ben Sonnenberg, que por entonces estaba casi paralizado por completo a causa de la esclerosis múltiple. Hughes habló de forma monótona durante un tiempo lacerantemente largo sobre los poderes de un curandero de la aldea (quizá algo maníaco-depresiva) de Devonshire donde vivía. Al parecer, el chamán era inefablemente bueno con los lisiados. El encomio siguió y siguió. Yo no podía mirar a los ojos a Ben, pero desde su silla de ruedas preguntó por fin con loable ligereza: «¿Qué tal es con los enfermos de esclerosis múltiple». «Oh, no es nada malo», contestó Hughes, antes de retomar alegremente su relato, con la información de que ese chalado también podía curar a los animales de granja.


[6] En esa cena nos atendía un joven de rostro granujiento, cabello descuidado y conducta espantosamente pegajosa. Al devolver la tarjeta de crédito de Bill comentó que el nombre era casi el mismo que el de un escritor famoso. Bill no dijo nada. Atonalmente, el joven continuó: «Se llama William Styron». Dejé el asunto a Bill, que de nuevo esperó hasta que el chico dijo con naturalidad: «Bueno, el libro de ese tío me salvó la vida». En ese momento, Bill lo invitó a sentarse, y quedó finalmente convencido de que estaba en la misma mesa que el autor de Esa visible oscuridad. Parecía la escena de una transformación. Con voz entrecortada, nos contó cómo había buscado y encontrado la ayuda que necesitaba. «¿Esto te pasa mucho?», le pregunté más tarde a Styron. «Todo el tiempo. Hasta me llama la policía y me pide que me ponga y hable con el tío que quiere saltar.» 


En Hitch 22 - Confesiones y contradicciones
Título original: HITCH-22: A memoir
Christopher Hitchens, 2010
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón
Foto: Christopher Hitchens, Washington 2011 © Brooks Kraft / Corbis

29 jun. 2013

Chirstopher Hitchens - Las aseveraciones metafísicas de la religión son falsas

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Chirstopher Hitchens - Las aseveraciones metafísicas de la religión son falsas


Soy hombre de un solo libro.
Tomás de Aquino

Sacrificamos el intelecto a Dios.
Ignacio de Loyola

La razón es la ramera del diablo, que no sabe hacer más que calumniar y perjudicar cualquier cosa que Dios diga o haga.
Martín Lutero

Contemplando las estrellas, sé muy bien que, por ellas, me puedo ir al infierno.
W. H. Auden, «El más entregado»


Antes he señalado que jamás volveríamos a tener que enfrentarnos a la imponente fe de un Tomás de Aquino o un Maimónides (en comparación con la fe ciega de las sectas milenaristas o absolutistas, de las que según parece disponemos de un suministro infinita e ilimitadamente renovable). Se debe a una sencilla razón. Una fe de ese tipo, de las que pueden aguantar en pie al menos un rato en una confrontación con la razón, es hoy día a todas luces imposible. Los primeros padres de la fe (se aseguraron de que no hubiera madres) vivieron en una época de una ignorancia y temor abismales. En su Guía de perplejos, Maimónides no incluía a aquellos a quienes calificaba de indignos de merecer el esfuerzo: a los pueblos «turcos», negros y nómadas cuya «naturaleza es como la de las bestias privadas de habla». Tomás de Aquino creía a medias en la astrología y estaba convencido de que en el interior de cada espermatozoide individual estaba contenido el núcleo completamente formado de un ser humano (no es que conociera ese término como lo conocemos nosotros). No podemos hacer más que lamentarnos por las deprimentes y absurdas lecturas sobre continencia sexual que nos podríamos haber ahorrado si este disparate hubiera sido desenmascarado antes de lo que lo fue. Agustín era un cuentista egocéntrico y un ignorante obsesionado con la tierra: estaba convencido, con cierto sentimiento de culpabilidad, de que a dios le preocupaba su banal hurto en un insignificante peral, y bastante convencido también, mediante un solipsismo análogo, de que el sol giraba alrededor de la tierra. asimismo inventó la absurda y cruel idea de que las almas de los niños no bautizados eran enviadas al «limbo». ¿Quién puede imaginarse la angustia que esta «teoría» morbosa ha supuesto para millones de padres católicos durante años hasta que, en nuestros días, la Iglesia la ha revisado con bochorno y únicamente de forma parcial? Lutero estaba aterrorizado por los demonios y creía que los enfermos mentales eran obra del diablo. Los propios discípulos de Mahoma dicen que este pensaba, igual que Jesús, que por el desierto merodeaban djinns o espíritus malignos.

Debemos afirmarlo con rotundidad. La religión proviene de un período de la prehistoria de la humanidad en el que nadie, ni siquiera el poderoso Demócrito, que concluyó que toda la materia estaba compuesta de átomos, tenía la menor idea de lo que sucedía. Proviene de la vociferante y atemorizada infancia de nuestra especie, y es una tentativa pueril de hacer frente a nuestra ineludible exigencia de conocimiento (así como de comodidad, tranquilidad y demás necesidades infantiles). Hoy día, el menos culto de mis hijos sabe mucho más sobre la naturaleza que cualquiera de los fundadores de la religión, y nos gustaría pensar que esta es la razón por la que a estos niños parece interesarles tan poco enviar al infierno a seres humanos iguales (si bien esta relación no puede demostrarse por completo).

Todos los intentos de reconciliar la fe con la ciencia y la razón están llamados a fracasar y a quedar en ridículo precisamente por tales razones. Sin ir más lejos, he leído que una conferencia ecuménica de cristianos desea dar muestras de su amplitud de miras e invita a asistir a ella a algunos físicos. Pero me veo obligado a recordar lo que sé: que este tipo de iglesias no habría existido en primera instancia si a la humanidad no le hubiera asustado el clima, la oscuridad, las epidemias, los eclipses y toda la variedad de fenómenos que en la actualidad pueden explicarse con facilidad. Ni tampoco si la humanidad no se hubiera visto obligada, so pena de sufrir unas consecuencias extremadamente angustiosas, a pagar los exorbitantes diezmos y tributos con los que se levantaron los imponentes edificios religiosos.

Es cierto que los científicos han sido religiosos a veces, o supersticiosos en cierta medida. Sir Isaac Newton, por ejemplo, era un espiritualista y alquimista de una especie singularmente irrisoria. Fred Hoyle, un ex agnóstico que se encaprichó con la idea del «diseño», fue el astrónomo que acuñó la expresión «big bang». (Esta expresión bobalicona se le ocurrió por casualidad, para intentar desacreditar lo que hoy día es la teoría aceptada sobre los orígenes del universo. Este fue uno de esos comentarios mordaces que, por así decirlo, le salieron por la culata a quien los profirió puesto que, al igual que los términos «conservador», «impresionista» y «sufragista», fueron adoptados por aquellos a quienes iban dirigidos como un insulto.) Stephen Hawking no es creyente, y cuando fue invitado a Roma para conocer al ya fallecido papa Juan Pablo II pidió que le mostraran las actas del juicio contra Galileo. Pero sí habla sin avergonzarse de la posibilidad de que la física «conozca la mente de Dios»; lo que ahora resulta una metáfora bastante inofensiva, como cuando, por ejemplo, los Beach Boys cantan, o yo mismo digo, «God only knows...» («Solo Dios sabe...»).

Antes de que Charles Darwin revolucionara toda la concepción sobre nuestros propios orígenes y Albert Einstein hiciera lo mismo sobre los orígenes del cosmos, muchos científicos, filósofos y matemáticos adoptaban lo que podría calificarse como la postura por defecto y profesaban una u otra versión del «deísmo», que sostenía que el orden y la predictibilidad del universo parecían presuponer la existencia de un creador, aunque no fuera necesariamente un creador que interviniera de forma activa en los asuntos humanos. Se trataba de una concesión lógica y racional hacia su tiempo y fue particularmente influyente entre los intelectuales de Filadelfia y Virginia, como Benjamín Franklin y Thomas Jefferson, que consiguieron dominar un momento de crisis y utilizarlo para consagrar los valores de la Ilustración en los documentos fundacionales de los Estados Unidos de América.

Sin embargo, como dijo san Pablo de un modo inolvidable, cuando se es un niño, se habla y se piensa como un niño. Pero cuando uno se vuelve adulto, nos deshacemos de los objetos infantiles. No hay demasiadas posibilidades de determinar el momento exacto en que los eruditos dejaron de hacer girar la moneda sobre el canto para decidir entre un creador y un largo y complejo proceso, ni cuándo dejaron de tratar de marginar a la herejía «deísta», pero la humanidad comenzó a crecer un poco en las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del siglo XIX. (Charles Darwin nació en 1809, el mismo día que Abraham Lincoln, y no cabe duda de cuál de ellos ha demostrado ser mayor «emancipador».) Si uno tuviera que emular la estupidez del arzobispo Ussher y tratar de proponer la fecha exacta en que esa moneda conceptual se decantó con firmeza por uno de sus lados, sería el momento en que Pierre-Simon Laplace fue invitado a conocer a Napoleón Bonaparte.

Laplace (1749-1827) fue el brillante científico francés que llevó la obra de Newton un paso más allá y demostró mediante el cálculo matemático cómo el comportamiento del sistema solar respondía al de unos cuerpos que giraban de forma sistemática en el vacío. Cuando, con posterioridad, dirigió su atención hacia las estrellas y las nebulosas, postuló la idea de un colapso e implosión gravitacional, o lo que hoy día denominamos con jovialidad un «agujero negro». Expuso todo esto en un libro en cinco volúmenes titulado en inglés Celestial Mechanics y, al igual que a muchos otros hombres de su tiempo, también le intrigó el orrery, una maqueta planetaria que representaba el sistema solar visto, por primera vez, desde fuera.Estos son hoy día asuntos trillados, pero en aquel entonces fueron revolucionarios, y el emperador pidió que le presentaran a Laplace con el fin de que le entregara una colección de sus obras o (según las versiones) un ejemplar del orrery. Personalmente sospecho que el sepulturero de la Revolución francesa quería más el juguete que los libros; era un hombre que siempre tenía prisa y se las había arreglado para que la Iglesia bautizara su dictadura con una corona. En cualquier caso, y a su modo infantil, exigente e imperioso, quiso saber por qué en los psicodélicos cálculos de Laplace no aparecía la figura de dios. Y así nació la réplica impasible, altanera y meditada «Je n'ai pas besoin de cette hypothése». Laplace acabaría siendo marqués y tal vez dijera en tono más modesto algo así como «Funciona bastante bien sin esa idea, alteza». Pero simplemente afirmó que no lo necesitaba...

Y nosotros tampoco. La decadencia, caída y descrédito del culto a dios no se inicia en ningún momento dramático, como el histriónico y contradictorio anuncio de Nietzsche de que dios había muerto. Nietzsche no tenía más razones para saberlo, ni para suponer que dios hubiera vivido alguna vez, que un sacerdote o un brujo para afirmar que conoce la voluntad de dios. Más bien, el fin del culto a dios se manifiesta en el momento, al que se llega de forma bastante más gradual, en el que se convierte en algo opcional, o en una más entre muchas posibles creencias. Se debe recalcar siempre que durante la mayor parte de la existencia de la humanidad no existió realmente esta «opción». Gracias a muchos fragmentos de textos y confesiones quemadas o mutiladas, sabemos que siempre hubo seres humanos escépticos. Pero desde los tiempos de Sócrates, que fue condenado a muerte por propagar el malsano escepticismo, se consideraba poco aconsejable imitar su ejemplo. Y a miles de millones de personas a lo largo de todos los tiempos la cuestión sencillamente no se les planteaba. Los incondicionales del Barón Samedi de Haití gozaban del mismo monopolio, basado en la misma coerción brutal, que los de Calvino en Ginebra o Massachusetts; he escogido estos ejemplos porque corresponden a un pasado no muy lejano de la historia de la humanidad. Muchas religiones se aproximan a nosotros hoy día con una sonrisita obsequiosa y la mano tendida, como un comerciante lisonjero en un bazar. Ofrecen consuelo, solidaridad y apoyo compitiendo en el mercado. Pero tenemos derecho a recordar la brutalidad con que se han comportado cuando eran fuertes y realizaban una oferta que la gente no tenía posibilidad de rechazar. Y si por casualidad olvidamos cómo debió de haber sido aquello, basta con dirigir la vista a los países y sociedades en los que el clero tiene todavía poder para imponer sus condiciones. En las sociedades actuales todavía pueden verse los patéticos vestigios de ello en los esfuerzos que realiza la religión para controlar la educación, o para quedar exentos de impuestos, o para aprobar leyes que impidan que la gente insulte a su divinidad omnipotente y omnisciente, o incluso a su profeta.

Desde nuestra nueva condición mediocre y semilaica, incluso las personas religiosas referirán con bochorno la época en que los teólogos disputaban con un fervor fanático acerca de proposiciones fútiles: medir la longitud de las alas de los ángeles, por ejemplo, o debatir cuántas de estas criaturas mitológicas podrían danzar en la cabeza de un alfiler. Por supuesto, resulta aterrador recordar cuántas personas fueron torturadas y asesinadas y cuántas fuentes de conocimiento fueron arrojadas a las llamas por contener argumentos falaces sobre la Trinidad, los hadices musulmanes o el advenimiento de un falso Mesías. Pero es mejor que no incurramos en el relativismo, o en lo que E.R Thompson denominó «la enorme condescendencia de la posteridad»

1. Los obsesos escolásticos de la Edad Media hacían lo que podían con una información lamentablemente limitada, un miedo siempre presente a la muerte y al Juicio Final, una esperanza de vida muy baja y una sociedad de analfabetos. Al vivir bajo un auténtico estado de terror a las consecuencias de incurrir en el error, emplearon sus mentes hasta el máximo grado posible entonces y desarrollaron imponentes sistemas de lógica y dialéctica. No es culpa de hombres como Pedro Abelardo que tuvieran que trabajar con fragmentos de Aristóteles, muchos de cuyos escritos se perdieron cuando el emperador cristiano Justiniano cerró las escuelas de filosofía, pero que se preservaron traducidos al árabe en Bagdad y luego se propagaron desde allí hasta llegar a una Europa cristiana sumida en la ignorancia a través de la Andalucía judía y musulmana. Cuando se apropiaron del material y reconocieron a regañadientes que antes del supuesto advenimiento de Jesús habían existido discusiones inteligentes sobre ética y moral, se esforzaron al máximo para cuadrar el círculo: no tenemos gran cosa que aprender de lo que pensaban, sino mucho que trabajar para enterarnos de cómo pensaban.

Un filósofo y teólogo medieval cuyas palabras siguen siendo elocuentes con el paso de los siglos es Guillermo de Ockham. Conocido también como Guillermo de Ockham (u Occam) y llamado así según parece por el nombre de su aldea natal de Surrey, en Inglaterra, que todavía lleva ese nombre, nació en una fecha que desconocemos y murió en Munich en 1349, seguramente sumido en la desesperación y el miedo y muy probablemente a causa de la horrenda peste negra. Era franciscano (en otras palabras, discípulo del mamífero mencionado antes del que se decía que predicaba a las aves) y eso le exigía acercarse de forma radical a la pobreza, lo cual le supuso problemas con el papado de Aviñón en 1324. La disputa entre el papado y el emperador en torno a la división de poderes secular y eclesiástica es hoy día irrelevante para nosotros (puesto que en última instancia ambas partes «perdieron»), pero Ockham se vio obligado a buscar incluso la protección del emperador ante las mañas del Papa en este mundo. Enfrentado a las acusaciones de herejía y a la amenaza de excomunión, tuvo la fortaleza de responder diciendo que el hereje era el Papa. En todo caso, y dado que siempre respondía circunscribiéndose al limitado marco de las referencias cristianas, incluso las autoridades cristianas más ortodoxas reconocen que fue un pensador original y valiente.

Le interesaban, por ejemplo, las estrellas. Sabía mucho menos sobre las nebulosas de lo que sabemos nosotros, o incluso Laplace. De hecho, no sabía nada en absoluto de ellas. Pero las utilizó para formular una interesante especulación. Suponiendo que dios pueda hacernos sentir la presencia de una entidad inexistente, y suponiendo además que no necesite complicarse de este modo si puede producir en nosotros el mismo efecto mediante la presencia real de dicha entidad, si quisiera, dios siempre podría hacernos creer en la existencia de las estrellas sin que estuvieran realmente presentes. «Todo efecto que Dios causa por la mediación de una causa secundaria puede producirlo inmediatamente por sí mismo.» No obstante, esto no significa que debamos creer en cosas absurdas, puesto que «Dios no puede causar en nosotros un conocimiento tal que por él se vea evidentemente que una cosa está presente aunque esté ausente, porque ello implica contradicción». Antes de que empiece a impacientarse presuponiendo la descomunal tautología que se avecina, como sucede con tanta teología y teodicea, pensemos en lo que el padre Copleston, el eminente jesuíta, tiene que decir al respecto:. Si Dios hubiese aniquilado las estrellas, todavía podría causar en nosotros el acto de ver lo que había sido visto alguna vez, siempre que el acto sea considerado subjetivamente, e igualmente Dios nos podría dar una visión de lo que será el futuro. Uno u otro acto serían una aprehensión inmediata, en el primer caso de lo que ha sido, y, en el segundo, de lo que será .

Resulta verdaderamente asombroso, y no solo para su tiempo. Desde la época de Ockham nos ha costado varios centenares de años llegar a constatar que cuando miramos las estrellas a menudo estamos viendo luz procedente de unos cuerpos lejanos que hace mucho tiempo han dejado de existir. No importa especialmente que el derecho a observar a través de un telescopio y a especular acerca del resultado de ello fuera obstaculizado por la Iglesia: no es culpa de Ockham y no existe ninguna ley general que obligue a la Iglesia a ser tan necia. Y avanzando desde el insondable pasado interestelar que nos envía luz recorriendo unas distancias abrumadoras para nuestros cerebros, hemos acabado dándonos cuenta de que también sabemos algo sobre el futuro de nuestro sistema, incluida su velocidad de expansión y cierta noción de su definitivo final. Sin embargo, y esto es fundamental, ahora podemos hacerlo mientras nos deshacemos de la idea de dios (o incluso, si usted insiste, conservándola). Pero en cualquier caso, la teoría funciona sin esa suposición. Se puede creer en un agente divino si se desea, pero da exactamente igual, y entre los astrónomos y los físicos la fe se ha convertido en algo privado y bastante poco común.

Fue Ockham en realidad quien preparó nuestra mente para esta (según él) inoportuna conclusión. Concibió un «principio de economía», popularmente conocido como «la navaja de Ockham», cuya eficacia se basaba en deshacerse de las suposiciones innecesarias y aceptar la primera explicación o causa suficiente. No se deben multiplicar los entes sin necesidad. Este principio puede desarrollarse más. «Todo lo que se explica usando algo distinto del acto del entendimiento —escribió—, puede explicarse sin usar tal cosa distinta.» No tenía miedo de seguir su razonamiento allá donde pudiera conducirlo y anticipó la aparición de la auténtica ciencia cuando aceptó que era posible conocer la naturaleza de las cosas «creadas» sin hacer referencia alguna a su «creador». De hecho, Ockham afirmó en rigor que no se puede demostrar que dios, si se le define como un ser que posee las cualidades de la supremacía, la perfección, la singularidad y la infinitud, exista en absoluto. Sin embargo, cuando uno se propone detectar la primera causa de la existencia del mundo puede optar por llamarla «dios», aun cuando no sepa con exactitud la naturaleza exacta de esa primera causa. Y hasta la idea de primera causa presenta sus escollos, porque una causa requerirá a su vez otra. «Es difícil o imposible —escribió— probar frente a los filósofos que no puede haber un regreso infinito en la serie de causas de la misma especie, o que una pueda existir sin la otra.» Por consiguiente, el postulado de un diseñador o creador únicamente plantea la pregunta sin respuesta de quién diseñó al diseñador o creó al creador. La religión, la teología y la teodicea (ahora soy yo quien habla y no Ockham) han fracasado sistemáticamente en la tentativa de superar esta objeción. El propio Ockham tuvo que replegarse hacia la desesperada posición de que la existencia de dios solo se puede «demostrar» mediante la fe.

Como lo formuló complaciente o irritantemente, según se prefiera, el «padre de la Iglesia» Tertuliano, Credo quia absurdum, «Creo porque es absurdo». Es imposible discrepar de forma relevante de semejante opinión. Si debemos tener fe para creer algo o en algo, entonces la probabilidad de que ese algo tenga visos de certeza o de valor disminuye considerablemente. La mucho más esforzada labor de investigar, poner a prueba y demostrar algo es infinitamente más gratificante y nos ha plantado cara con hallazgos mucho más «milagrosos» y «trascendentes» que cualquier teología.

En realidad, el «acto de fe» (por asignarle el memorable nombre con que Soren Kierkegaard lo obsequió) es una impostura. Como él mismo señaló, no es un «acto» que se pueda ejecutar de una vez por todas y de manera definitiva. Es un acto que tiene que seguir realizándose una y otra vez, pese a la creciente acumulación de evidencias en contra. En efecto, este esfuerzo resulta excesivo para la mente humana y conduce a engaños y obsesiones. La religión comprende a la perfección que el «acto» está sujeto a una merma de beneficios tremenda, lo cual es el motivo por el que en realidad no suele basarse en absoluto en la «fe», sino que por el contrario corroe la fe e insulta a la razón ofreciendo evidencias y aportando «pruebas» amañadas. Algunas de estas pruebas y evidencias son el argumento del diseño, las revelaciones, los castigos y los milagros. Ahora que el monopolio de la religión se ha quebrado, está al alcance del ser humano considerar que estas evidencias y pruebas son las invenciones de la mentalidad débil que en realidad son.


En Dios no es bueno
Traducción: Ricardo García Pérez
Imagen: Angela Gorgas

18 ago. 2012

Christopher Hitchens - Breve digresión sobre el cerdo, o por qué el cielo detesta el jamón

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Christopher Hitchens © William Coupon/Corbis


Todas las religiones tienden a contener algún mandamiento o prohibición en relación con la dieta, ya se trate del actualmente caduco mandamiento católico de comer pescado los viernes, de la adoración por parte de los hinduistas de la vaca como animal sagrado e invulnerable (el gobierno de la India llegó incluso a ofrecerse a importar y proteger a todo el ganado destinado al matadero como consecuencia de la epidemia de encefalopatía bovina o «enfermedad de las vacas locas» que asoló Europa en la década de 1990), o de la negativa de otros cultos orientales a consumir cualquier tipo de carne animal o a hacer daño a cualquier otra criatura, ya se trate de una rata o una pulga. Pero el fetichismo más antiguo y persistente es el odio, e incluso el miedo, al cerdo. Apareció en la primitiva Judea y durante siglos fue una de las maneras (la otra era la circuncisión) mediante las que se diferenciaba a los judíos.

Aun cuando la sura 5.60 del Corán condena expresamente a los judíos, pero también a los demás infieles, por haberse convertido en monos y cerdos (un motivo temático muy destacado en la predicación musulmana salafista reciente), y el Corán califica la carne de cerdo de impura o incluso de «abominable», los musulmanes parecen no percibir ninguna ironía en la adopción de este tabú exclusivamente judío. El auténtico horror al puerco se manifiesta en todo el mundo islámico. Un buen ejemplo de ello sería la prohibición permanente de la novela Rebelión en la granja, de George Orwell, una de las fábulas más exquisitas y valiosas de la modernidad, de cuya lectura se priva a los escolares musulmanes. He examinado con detenimiento algunas de las prohibiciones expresas redactadas por los ministros de educación árabes, que son tan estúpidos que son incapaces de percibir el papel maligno y dictatorial que desempeñan los cerdos en la historia.

De hecho, a Orwell le disgustaban los cerdos como consecuencia de su fracaso como pequeño granjero, y muchas personas que han tenido que trabajar con estos difíciles animales en granjas comparten este rechazo. Amontonados en pocilgas, los cerdos suelen actuar de forma canallesca, por así decirlo, y mantener ruidosas y desagradables peleas. En algunos casos han devorado a sus propias crías e incluso sus propios excrementos, mientras que su tendencia a exhibir cierta galantería indiscriminada y pródiga suele resultar desagradable a las personas más sensibles. Pero con frecuencia se ha informado de que, si se deja que los cerdos sigan sus inclinaciones naturales y se les asegura el suficiente espacio, se mantendrán muy limpios, construirán pequeñas enramadas, criarán familia y entablarán cierta interacción social con otros cerdos. Estas criaturas también hacen gala de muchos signos de inteligencia, y se ha estudiado que la proporción determinante (entre el peso del cerebro y el peso corporal) es casi tan elevada en ellos como en los delfines. El cerdo tiene mucha capacidad para adaptarse a su entorno, como atestiguan los verracos asilvestrados y los «cerdos salvajes» en contraposición a los gorrinos de crianza y los juguetones cochinillos más cercanos a nuestra experiencia de la especie. Pero esa pezuña partida, las manos del cerdo, se convirtieron en un símbolo diabólico para los temerosos, y me atrevería a decir que resulta fácil conjeturar qué fue primero, si el diablo o el cerdo. Sería absurdo preguntarse cómo el diseñador de todas las cosas concibió una criatura tan versátil y a continuación ordenó al mamífero superior, también de su creación, que lo evitara por completo si no quería contrariarle eternamente. Pero hay muchos mamíferos, inteligentes para otras cosas, a los que afecta la creencia de que el cielo detesta el jamón.

Espero que en este momento usted ya habrá imaginado lo que en cualquier caso sabemos: que esta selecta bestia es uno de nuestros primos más cercanos. Comparte gran parte de nuestro ADN, y recientemente los trasplantes a seres humanos de piel, válvulas cardíacas y riñones procedentes de cerdos han tenido una buena aceptación. Si existiera un nuevo doctor Moreau capaz de corromper los recientes avances de la clonación y crear un ser híbrido, algo que espero de todo corazón que no suceda, el miedo más generalizado sería el derivado de que el resultado más probable fuera el «hombre-cerdo». Mientras tanto, casi todo el cerdo es útil: desde su nutritiva y exquisita carne hasta su piel curtida para elaborar cuero o sus pelos para fabricar pinceles. En La jungla, la novela gráfica de Upton Sinclair sobre la actividad del matadero de Chicago, resulta angustioso leer cómo se cuelga a los cerdos de unos ganchos desde donde chillan cuando se les corta el pescuezo. Hasta los nervios de los trabajadores más acostumbrados a ello resultan afectados por la experiencia. Esos chillidos tienen algo...

Si lo llevamos un poco más lejos, podríamos observar que cuando se consigue que los rabinos y los imanes dejen en paz a los niños, estos se acercan mucho a los cerdos, sobre todo a los más pequeños; y que a los bomberos por regla general no les gusta comer cerdo asado ni crujiente. En Nueva Guinea y en otros lugares el término antiguo en lengua vernácula que se emplea para referirse a un ser humano asado significa «cerdo grande»: jamás he tenido la pertinente experiencia degustativa, pero parece que, cuando se nos ingiere, tenemos un sabor muy parecido al del cerdo.

Esto contribuye a reducir al absurdo las habituales explicaciones «seculares» de la prohibición judía original. Se afirma que la prohibición era al principio racional, puesto que la carne de cerdo en los climas cálidos puede volverse maloliente y alimentar a las larvas de la triquinosis. Esta objeción, que tal vez sí pueda aplicarse en el caso del marisco, no autorizado por las normas kosher, es absurda al analizar las condiciones reales. En primer lugar, la triquinosis se da en todos los climas, y de hecho en los climas fríos con mayor frecuencia que en los cálidos, y en segundo lugar, los arqueólogos pueden diferenciar fácilmente los asentamientos judíos de la Antigüedad de las tierras de Canaán por la ausencia de huesos de cerdo en sus basureros, en contraposición a su presencia en los depósitos de residuos de otro tipo de comunidades. Dicho de otro modo, los no judíos no enfermaban ni morían por comer cerdo. (Aparte de cualquier otra consideración, si hubieran muerto por ese motivo no habría habido necesidad alguna de que el dios de Moisés exhortara a su matanza a quienes no comían cerdo.)

Por consiguiente, debe de haber otra solución para este acertijo. Reivindico la mía propia porque es original, aunque tal vez no hubiera dado con ella sin la ayuda de sir James Frazer y del gran Ibn Warraq. Según muchas autoridades de la Antigüedad, la actitud de los primeros semitas hacia el cerdo era tanto de veneración como de repugnancia. Comer carne de cerdo se consideraba algo especial, incluso un privilegio con ciertos rasgos rituales. (Esta demencial confusión de lo sagrado y lo profano puede encontrarse en todos los cultos y en todas las épocas.) La atracción y repulsión simultáneas procedían de una raíz antropomórfica: el aspecto del cerdo, su sabor, sus chillidos agónicos y su evidente inteligencia recordaban demasiado desagradablemente al ser humano. La porcofobia y la porcofilia se originaron tal vez en la noche de los tiempos de los sacrificios humanos e incluso del canibalismo, del que los textos «sagrados» suelen hacer algo más que una insinuación. Nada que sea optativo, desde la homosexualidad hasta el adulterio, se castiga jamás a menos que quienes lo prohíben (y exigen castigos furibundos) sientan un deseo reprimido de participar. Como escribió Shakespeare en El rey Lear, el policía que azota a la prostituta tiene una necesidad imperiosa de utilizarla para la misma ofensa por la que él se aplica con el látigo.

La porcofilia también puede utilizarse para fines opresores y represivos. En la España medieval, donde se obligaba a los judíos y musulmanes a convertirse al cristianismo so pena de tormento y muerte, las autoridades religiosas sospechaban con bastante razón que muchas de las conversiones no eran sinceras. De hecho, la Inquisición nació en parte del santo pavor de que asistieran falsos fieles a misa, donde, por supuesto, e incluso con más asco aún, fingían comer y beber carne y sangre humana en la persona del propio Cristo. Entre las costumbres que nacieron como consecuencia de ello se encontraba la de ofrecer, tanto en los acontecimientos más formales como en los informales, una bandeja con productos de charcutería. Quienes han tenido la suerte de visitar España, o algún buen restaurante español, estarán familiarizados con este gesto de hospitalidad: literalmente, decenas de piezas de cerdo curado de diferente modo y cortado en lonchas de distinta forma. Pero el lúgubre origen de esta costumbre reside en la lucha permanente por descubrir la herejía y de mantenerse atento sin pausa a las delatoras manifestaciones de repugnancia. En las manos de los primeros fanáticos cristianos, hasta al apetecible jamón ibérico podía ser llamado a ejercer como una modalidad de tortura.

Hoy día, la estulticia de la Antigüedad vuelve a cernirse sobre nosotros. En Europa, los fanáticos musulmanes están exigiendo que se aparte de la inocente mirada de sus hijos a los tres cerditos, a la cerdita Peggy, a Piglet, de Winnie-the-Pooh, y a otros personajes y mascotas tradicionales. Tal vez los amargos cretinos de la yihad no hayan leído lo suficiente a Wodehouse para conocer a la emperatriz de Blandings y al gusto infinitamente renovado que experimenta el conde de Emsworth con las espléndidas páginas del incomparable autor de The Care of the Pig, el señor Whifle pero si llegan hasta ese extremo habrá problemas. En un arboreto de la Inglaterra conservadora y de clase media, una estatua de un jabalí macho ya ha sufrido en sus carnes el vandalismo islámico descerebrado.

A pequeña escala, este fetiche en apariencia trivial muestra cómo la religión, la fe y la superstición distorsionan nuestra imagen del mundo en su conjunto. El cerdo está tan próximo a nosotros, y ha sido tan accesible en tantos aspectos, que en la actualidad los humanistas están llevando a cabo una intensa campaña en contra de que se críe en granjas industriales, recluido, apartado de sus crías y obligado a vivir entre sus propias inmundicias. Dejando a un lado las demás consideraciones, la blanda y sonrosada carne resultante es un tanto repugnante. Pero esta es una decisión que podemos tomar bajo la clara luz de la razón y la compasión, considerándolos criaturas y parientes iguales, y no como consecuencia de hechizos procedentes de las fogatas de la Edad del Hierro en las que se ensalzaban ofensas mucho peores en el nombre de dios. «Cabeza de cerdo en un palo», dice el excitado pero tenaz Ralph ante el rostro del ídolo que zumba y supura (primero, asesinado y, después, adorado) erigido por unos colegiales crueles y atemorizados en El señor de las moscas. «Cabeza de cerdo en un palo.» Y tenía más razón de lo que hubiera imaginado; y era mucho más sensato que sus mayores, y más también que los jóvenes delincuentes que le rodeaban.



En Dios no es bueno
Traducción: Ricardo García Pérez
Imagen: © William Coupon/Corbis


17 dic. 2011

Christopher Hitchens: El Corán se nutre de los mitos judíos y cristianos

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Dado que los actos y las «sentencias» de Moisés, Abraham y Jesús están tan poco fundados y son tan inconsistentes, además de amenudo inmorales, debemos mostrar idéntico espíritu indagador con lo que muchos creen que es la última revelación: la del profeta Mahoma y su Corán o «recitación». Aquí encontramos de nuevo en acción al ángel (o arcángel) Gabriel dictando suras o versículos a una persona con escasos estudios o ninguno. Aparecen de nuevo episodios de una inundación similar a la de Noé y mandamientos contra la idolatría. Aquí los judíos son de nuevo los primeros depositarios del mensaje y los primeros en escucharlo y despreciarlo. Y aquí también hay un vasto y dudoso anecdotario sobre las recopilaciones de actos y sentencias verdaderos del profeta, en esta ocasión conocidos como hadices.

El islam es ahora mismo el más interesante y el menos interesante de los monoteísmos del mundo. Se asienta sobre sus primitivos predecesores judío y cristiano, escogiendo un fragmento de aquí y un trozo de allá y, por tanto, si aquéllos se vienen abajo, éste en parte también. Su narración fundacional tiene lugar igualmente en el marco de un espacio asombrosamente reducido y refiere hechos acerca de unas disputas locales extremadamente tediosas. Ninguno de estos documentos originales puede contrastarse con ningún texto hebreo, griego o latino. Casi toda la tradición es oral y toda ella en árabe. De hecho, muchas autoridades coinciden en que el Corán solo es initeligible en dicha lengua, que a su vez está sujeta a infinidad de inflexiones idiomáticas y regionales. Esto nos situaría, en apariencia, ante la absurda y potencialmente peligrosa conclusión de que dios era monolingüe. Ante mí hay un libro, Introducing Mohammed, escrito por dos musulmanes británicos empalagosos hasta el extremo que confían en presentar a Occidente una versión amable del islam. Pese a que su texto es halagador y selectivo, insisten en que "como el Corán es literalmente la Palabra de Dios, solo es verdaderamente el Corán en su texto revelado original. Una traducción no puede ser nunca el Corán, esa inimitable sinfonía, "el auténtico sonido que conmueve a hombres y mujeres". Una traducción solo puede ser una tentativa de evocar del modo más escueto el significado de las palabras contenidas en el Corán. Esta es la razón por la que los musulmanes, sea cual sea su lengua materna, recitan siempre el Corán en el árabe original"(1). A continuación los autores hacen algún comentario muy poco amable sobre la traducción al inglés de N. J. Dawood publicada por Penguin, que me lleva a alegrarme por haber utilizado siempre la versión de Pickthall; pero no me convence en igual medida de que si deseo convertirme a otra religión deba dominar otra lengua. Soy tristemente consciente de que en mi país natal existe una hermosa tradición poética inaccesible para mí porque jamás dominaré la maravillosa lengua conocida como gaélico. Aun cuando dios sea o fuera árabe (una suposición imprudente), ¿cómo esperaba «revelarse» a través de una persona analfabeta que, a su vez, no podía estar seguro de transmitir aquellas palabras inalteradas (y además inalterables)?

Esta cuestión puede parecer secundaria, pero no lo es. Para los musulmanes, el anuncio de la divinidad a una persona iletrada y de extrema humildad tiene un poco el mismo valor que el modesto receptáculo de la Virgen María para los cristianos. También posee el idéntico y valioso mérito de ser absolutamente imposible de verificar o refutar. Como debemos suponer que María hablaba arameo y Mahoma árabe, supongo que podemos dar por hecho que dios es en realidad multilingüe y puede hablar la lengua que quiera. (En ambos casos escogió utilizar al arcángel Gabriel como mediador para transmitir su mensaje.) Sin embargo, sigue siendo asombroso el hecho de que todas las religiones se hayan resistido sin paliativos a cualquier tentativa de traducir sus textos sagrados a lenguas que en palabras del devocionario de Cranmer "comprenda el pueblo"). Jamás habría habido Reforma protestante de no haber sido por la prolongada lucha para que la Biblia se convirtiera en "la Vulgata" y el monopolio sacerdotal quedara, por tanto, roto. Hombres devotos como Wycliffe, Coverdal o Tyndale ardieron vivos incluso por acometer las primeras traducciones. La Iglesia católica jamás se ha recuperado de su abandono del desconcertante ritual latino y la corriente protestante dominante ha sufrido muchísimo a la hora de presentar sus propias biblias con un lenguaje más cotidiano. Algunas sectas místicas judías continúan insistiendo en el hebreo y realizan juegos de palabras cabalisticos hasta con los espacios blancos entre letras, pero también la mayoría de los judíos han abandonado los presuntos rituales inalterables. El hechizo de la clase clerical se ha roto. Solo el islam no ha sido objeto de ninguna reforma y, hasta la fecha, todas las versiones del Corán en lenguas vernáculas deben editarse todavía con el texto paralelo en árabe. Esto debería levantar sospechas incluso en la mente menos despierta.

Las posteriores conquistas musulmanas, asombrosas por su rapidez, alcance y resolución, han dado pábulo a la idea de que estos ensalmos en árabe deben de haber tenido algo que ver con ellas. Pero si se concede valor probatorio a esta pobre victoria terrenal, se debe conceder también a los miembros de la tribu de Josué bañados en sangre o a los cruzados y conquistadores cristianos. Hay una objeción adicional. Todas las religiones se ocupan de silenciar o ejecutar a aquellos que las ponen en duda (y me inclino a considerar que esta recurrente tendencia es un indicio de su debilidad, más que de su fuerza). Sin embargo, ha pasado ya algún tiempo desde que el judaísmo y el cristianismo recurrieran abiertamente a la tortura y la censura. El islam no solo ernpezó condenando a los escépticos al fuego eterno, sino que todavía se arroga el derecho a hacerlo en casi todos sus dominios y aún predica que dichos dominios pueden y deben ensancharse mediante la guerra. Jamás, en ninguna época, ha habido un intento de poner en cuestión o siquiera investigar las afirmaciones del islam que no haya sido recibido con la máxima dureza y rauda represión. De manera provisional, pues, tenemos derecho a concluir que la aparente unidad y seguridad de un credo es una máscara para ocultar una inseguridad muy profunda y seguramente justificable. Como es natural, no hace falta decir que hay y siempre ha habido sanguinarias enemistades entre diferentes escuelas del islam, lo cual se ha traducido en acusaciones de herejía y profanación y en terribles actos de violencia estrictamente entre musulmanes.

He hecho el máximo esfuerzo posible con esta religión, que para mí es tan extraña como para los muchos millones de personas que siempre dudarán de que dios confiara a un no lector (a través de un intermediario) la exigente demanda de «leer». Como ya he dicho, hace mucho tiempo adquirí un ejemplar de la traducción del Corán de Marmaduke Yickthall, a la que fuentes experimentadas de los ulemas, o autoridades religiosas islárnicas, han acreditado como la que más se acerca a una versión aceptable en inglés. He asistido a innumerables reuniones, desde plegarias de los viernes en Teherán hasta otras en mezquitas de Damasco, Jerusalén, Doha, Estambul y Washington D. C., y puedo atestiguar que "la recitación" en árabe tiene ciertamente la aparente capacidad de despertar dicha y también furia entre quienes la escuchan. (Asimismo he asistido a plegarias en Malasia, Indonesia y Bosnia en las que, entre los musulmanes hablantes del árabe, hay cierto resentimiento ante el privilegio que concede a los árabes, a la lengua árabe y a los movimientos y regímenes árabes una religión que pretende ser universal.) He recibido en mi propia casa a Sayed Husein Jomeini, nieto del ayatolá y clérigo de la ciudad santa de Qum, y le dejé cuidadosamente mi ejemplar del Corán. Él lo besó, lo comentó extensamente y con veneración y, para enseñarme, escribió en la solapa posterior los versículos que él consideraba que rebatían la reivindicación hecha por su abuelo de que era la máxima autoridad religiosa de este mundo, así como los que echaban por tierra la petición de arrebatar la vida a Salman Rushdie. ¿Quién soy yo para arbitrar en semejante disputa? No obstante, estoy por otros motivos bastante familiarizado con la idea de que un mismo texto puede dar lugar a diferentes mandamientos en distintas personas. No hay ninguna necesidad de exagerar la dificultad de comprensión de las supuestas honduras del islam. Si uno comprende las falacias de una religión «revelada», comprende las de todas.

En veinte años de discusiones a menudo acaloradas en Washington. D. C. solo he sido amenazado en una ocasión con violencia real. Fue cuando acudí a cenar con algunos funcionarios y partidarios de la Casa Blanca de Clinton. Uno de los presentes, que entonces era un famoso recaudador de fondos y especialista en sondeos, me preguntó por mi reciente viaje a Oriente Próximo. Quería conocer mi opinión sobre por qué los musulmanes eran tan «rematada y condenadamente fundamentalistas». Derroché mi repertorio completo de explicaciones añadiendo que solía olvidarse que el islam era un credo relativamente joven y que todavía se encontraba al calor de su seguridad en sí mismo. La crisis de confianza en sí mismo que había asolado al cristianismo occidental no acompañaba a los musulmanes. Añadí que, por ejemplo, aunque había muy pocas o ninguna evidencia histórica de la vida de Jesús, la figura del profeta Mahoma era en contraposición a ella la de una persona con una historia fácil de determinar. El hombre cambió de color con una rapidez que no tenía parangón. Después de gritarme que Jesús había supuesto más para mucha más gente de la que yo pudiera imaginar y que no había palabras para decir lo repugnante que yo era por hablar con tanta indiferencia, cogió impulso con la pierna y pretendió darme una patada que únicamente el decoro (podemos imaginarnos que su cristianismo) evitó que aterrizara en mi espinilla. A continuación le pidió a su esposa que le acompañara porque se marchaban.

Ahora creo que le debo una disculpa o, al menos, media. Aunque sabemos casi con total seguridad que existió una persona llamada Mahoma en un intervalo del espacio y el tiempo bastante reducido, tenemos el mismo problema que en todos los casos anteriores. Las narraciones que refieren sus hechos y sus palabras se recopilaron muchos años después y están inevitablemente corrompidas hasta la incoherencia a causa del interés partidario, las habladurías y el analfabetismo.

La historia resulta bastante familiar aun cuando sea nueva para el lector. Algunos habitantes de La Meca del siglo VII seguían una tradición abrahámica y creían incluso que su santuario, la Kaaba, había sido erigido por Abraham. Se dice que el propio templo fue pervertido por la idolatría (la mayoría de su mobiliario original quedó destruido por fundamentalistas de época posterior, sobre todo por los wahabíes). Mahoma, el hi,jo de Abdallah, acabó siendo uno de esos hunafa"* que "se apartó" en busca de consuelo en otro lugar. (El libro de Isaías también insta a los verdaderos creyentes a "alejarse" y mantenerse apartados de los impíos.) Habiéndose retirado a una cueva del desierto en el monte Hira durante el mes del calor o ramadán, estaba «dormido o en trance» (cito la traducción de Pickthall) cuando oyó una voz que le exhortaba a leer. Él replicó en dos ocasiones que no sabía leer y fue instado a hacerlo una tercera vez. Finalmente, al preguntar qué debía leer, se le volvió a ordenar lo mismo en nombre de un dios que "ha creado al hombre de un coágulo". Cuando el ángel Gabriel (que así se identificó) le dijo a Mahoma que él iba a ser el mensajero de Alá y se hubo marchado, Mahoma confió lo sucedido a su esposa Jadiya. A su regreso a La Meca ella le llevó a ver a su primo, un anciano llamado Waraqa ibn Naufal, "que conocía las escrituras de los judíos y los cristianos". Este bigotudo veterano afirmó que el enviado divino que visitó en una ocasión a Moisés había vuelto al monte Hira. A partir de entonces, Mahoma adoptó el modesto título de "siervo de Ala", cuya última palabra significaba simplemente "dios" en árabe.

Las únicas personas que al principio se tomaron el máximo interés por la afirmación de Mahoma fueron los codiciosos guardianes del templo de La Meca, que lo consideraron una amenaza para su negocio de peregrinación, y los estudiosos judíos de Yathrib, una ciudad que se encuentra a trescientos kilómetros de distancia, quienes llevaban proclamando algún tiempo el advenimiento del Mesías. El primer grupo se volvió más amenazante y el segundo más amigable, como consecuencia de lo cual Mahoma realizó la travesía o Hégira a Yathrib, que en la actualidad se conoce como Medina. La fecha de la huida marca el comienzo de la era musulmana. Pero, al igual que sucede con la llegada del nazareno a la Palestina judía, que comenzó con tantos y tan alentadores augurios celestiales, aquello iba a terminar muy mal al descubrir los judíos árabes que debían hacer frente a otra decepción más, cuando no en realidad a otro impostor.

Según Karen Armstrong, una de las analistas del islam más comprensiva (por no decir apologista), los árabes de la época estaban dolidos porque habían quedado abandonados al margen de la historia. Dios se había aparecido a los cristianos y a los judíos, "pero no había enviado a los árabes ningún profeta ni escritura alguna en su propia lengua". Así pues, aunque ella no lo formula de este modo, hacía mucho tiempo que se había cumplido el plazo para que alguien fuera objeto de una revelación local. Y, tras haberla recibido, Mahoma no estaba muy dispuesto a permitir que los fieles de otros credos la tildaran de ser una revelación de segunda mano. El registro de su trayectoria en el siglo VII, igual que los libros del Antiguo Testamento, se convierten enseguida en un relato de enconadas disputas entre unos cuantos cientos, o a veces unos cuantos miles, de aldeanos y vecinos ignorantes sobre los que se suponía que el dedo de dios establecía y determinaba el resultado de unas disputas provincianas. Al igual que las sangrías primigenias del Sinaí y de Canaán, de las que tampoco tenemos testimonio firme a través de alguna otra fuente independiente, millones de personas han quedado arrebatadas desde entonces por la naturaleza presuntamente providencial de estas desagradables peleas.

Se plantean algunas preguntas acerca de si el islam es una religión absolutamente independiente. En un principio cumplió con una necesidad que los árabes tenían de poseer un credo diferenciado o especial, y se ha identificado para siempre con su lengua y con sus imponentes conquistas posteriores que, si bien no son tan asombrosas como las del joven Alejandro de Macedonia, transmitieron sin duda la idea de venir respaldadas por una voluntad divina que se perdía en   los confines de los Balcanes y el mar Mediterráneo. Pero cuando analizamos el islam, no es mucho más que un conjunto de plagios bastante evidente y mal estructurado que se sirve de libros y tradiciones anteriores a medida que la ocasión parece exigírselo. Por tanto, lejos de haber "nacido bajo la nítida luz de la historia", como manifestó Ernest Renan con tanta generosidad, los orígenes del islam son igual de turbios y aproximados que los de aquellas otras religiones de las que tomó prestados sus elementos. Realiza afirmaciones grandilocuentes sobre sí mismo, invoca en sus fieles la máxima de la sumisión postrada o «rendición» y, por si fuera poco, exige la deferencia y el respeto de los escépticos. No hay en sus enseñanzas nada, absolutamente nada, que pueda siquiera aproximarse a justificar semejante arrogancia y presunción.

El profeta murió aproximadamente en el año 632 de nuestro calendario. El primer relato de su vida quedó fijado por Ibn Ishaq nada menos que ciento veinte años después, cuyo texto original se perdió y solo puede consultarse en su nueva redacción, obra de Ibn Hisham, que murió en el año 834. A estas habladurías y oscuridad se suma el hecho de que no hay ningún relato aceptado por todos de cómo los discípulos del profeta confeccionaron el Corán, ni de cómo sus diferente sentencias (algunas de ellas anotadas por secretarios) llegaron a codificarse. Y este ya famoso problema se complica más (aún más que en el caso cristiano) por el asunto de su sucesión. A diferencia de Jesús, del que según se cuenta regresó a la tierra muy poco después de morir y al que (con el debido respeto a Dan Brown) no se le conocen descendientes, Mahoma fue un general, un político y (aunque a diferencia de Alejandro de Macedonia, sí fue un padre prolífico) no dejó ninguna instrucción acerca de quién debía asumir su sucesión. Las disputas sobre el liderazgo comenzaron casi tan pronto como murió, y así el islam sufrió su primer cisma importante, entre suníes y chiíes, antes incluso de que se hubiera asentado como sistema general. No tenemos por qué tomar partido en el cisma más allá de señalar que al menos una de las escuelas de interpretación debe de estar bastante equivocada. Y la identificación inicial del islam con un califato terrenal, repleto de aspirantes en liza a dicho cargo, la dejaron marcada desde sus mismos comienzos como una religión construida por el ser humano.

Algunas autoridades musulmanas afirman que durante el primer califato de Abu Bakr, inmediatamente posterior a la muerte de Mahoma, cundió la preocupación por si se olvidaban sus palabras, transmitidas de forma oral. Habían muerto en batalla tantos soldados musulmanes que el número de los que habían guardado en su memoria el Corán a buen recaudo se había vuelto alarmantemente pequeño. Se decidió por tanto reunir a todos los testigos vivos, junto con los «pedazos de papel, piedras, hojas de palma, omóplatos, costillas y trozos de cuero» sobre los que se habían garabateado las sentencias, y entregárselas a Zaid ibn Thabit, uno de los primeros secretarios del profeta, para que realizara una recopilación fidedigna. Una vez hecho esto, los creyentes pudieron disponer de algo parecido a una versión autorizada.

Si todo esto fuera cierto, el Corán dataría de una época bastante próxima a la de la propia vida de Mahoma. Pero descubrimos enseguida que no hay certidumbre ni consenso algunos sobre la veracidad de esta historia. Algunos dicen que fue Alí, el cuarto califa y fundador del chiísmo, y no el primero, a quien se le ocurrió la idea. Otros muchos, la mayoría suní, aseveran que quien concretó la decisión fue el califa Uthman, que gobernó desde el año 644 hasta el 656. Informado por uno de sus generales de que había soldados de diferentes provincias combatiendo por versiones discrepantes del Corán, Uthman ordenó a Zaid ibn Thabit que reuniera los diversos textos, los unificara y los transcribiera para componer uno solo. Una vez finalizada esta labor, Uthman ordenó que se enviaran copias normalizadas a Kufa, Basora, Damasco y otros lugares, dejando  el ejemplar maestro en Medina. Uthman desempeñó así la función canónica que habían llevado a cabo Ireneo y el obispo Atanasio de Alejandría en la normalización, purga y censura de la Biblia cristiana. Se repasó la lista y entonces algunos textos fueron declarados sagrados y libres de error, mientras que otros se volvieron «apócrifos». Superando al propio Atanasio, Uthman ordenó que todas las ediciones anteriores y rivales fueran destruidas.

Aun suponiendo que esta versión de los hechos fuera correcta, lo que significaría que no existía ninguna posibilidad de que los especialistas determinaran jamás lo que realmente sucedió en la época de Mahorna o siquiera disputaran acerca de ellos, la tentativa de Uthman de abolir la discrepancia fue vana. La lengua árabe escrita tiene dos rasgos que dificultan que un extranjero la aprenda: emplea puntos para diferenciar consonantes como la «b» y la «t» y en su forma original no disponía de ningún signo o símbolo para las vocales breves, que se podían representar mediante diferentes guiones o marcas muy similares a las comas. Estas variaciones favorecieron que se hicieran lecturas sumamente distintas incluso de la versión de Uthman. La escritura árabe no se normalizó a su vez hasta la segunda mitad del siglo IX y, entretanto, un Corán sin puntos y curiosamente sin vocales arrojaba explicaciones radicalmente distintas de sí mismo, cosa que todavía sucede. Tal vez esto no importara en el caso de la Ilíada, pero recordemos que se supone que estamos hablando de la inalterable (y definitiva) palabra de dios. Es evidente que existe cierta relación entre la pura debilidad de esta afirmación y la certeza absolutamente fanática con la que se expone. Por poner un ejemplo que difícilmente puede considerarse insignificante, las palabras árabes escritas en el exterior de la mezquita de la Cúpula de la Roca de Jerusalén son diferentes de todas las versiones de las mismas que aparecen en el Corán.

La situación es aún menos firme y más deplorable cuando llegamos a los hadices, esa vasta literatura secundaria generada de forma oral que supuestamente transmite las sentencias y acciones de Mahoma, la historia de la recopilación del Corán y las sentencias de "los acompañantes del profeta". Para que se considere auténtico, cada hadiz debe estar apoyado a su vez por una isnad o cadena supuestamente fiable de testimonios. Muchos musulmanes permiten que su actitud hacia la vida cotidiana quede determinada por estas anécdotas: alusiones a que los perros son impuros, por ejemplo, con el único fundamento de que se dice que Mahoma así lo consideraba. (Mi episodio favorito dice lo contrario: se cuenta que el profeta cortó una manga larga de su túnica para no molestar a un gato que dormía sobre ella. En territorio musulmán a los gatos no se les ha prodigado en general el trato atroz que sí les impusieron los cristianos, quienes solían considerarlos parientes satánicos de las brujas.)

Como era de esperar, las seis recopilaciones autorizadas de hadices, que acumulan rumor tras rumor desenrollando la larga bobina de isnad ("A supo de ello por B, que se lo había escuchado a C, que se enteró de ello por D"), fueron reunidas siglos después de los acontecimientos que pretenden describir. Uno de los seis compiladores más famosos, al-Bujari, murió 238 años después de la muerte de Mahoma. Los musulmanes consideran inusualmente fiable y honesto a al-Bujari, quien parece haberse ganado su fama a pulso, por cuanto dictaminó que de los trescientos mil testimonios que acumuló a lo largo de toda una vida dedicada al proyecto, doscientos mil de ellos carecían por entero de valor y de respaldo. Una posterior eliminación de tradiciones dudosas e isnad cuestionables redujo su grandiosa suma a diez mil hadices. Uno es libre de creer, si así lo decide, que de esta masa informe de testimonios iletrados y medio olvidados el devoto al-Bujari consiguiera seleccionar más de doscientos años después solo las isnad puras y no corrompidas que superaran el escrutinio.

Tal vez algunas de estas candidatas a la autenticidad fueran más fáciles de tamizar que otras. El erudito húngaro Ignaz Goldziher, por citar un estudio reciente de Reza Aslan, fue uno de los primeros en demostrar que muchos de los hadices no eran más que "versículos de la Torá y de los evangelios, fragmentos de sentencias rabínicas, antiguas máximas persas, pasajes de la filosofía griega, proverbios indios e incluso una reproducción literal, casi palabra por palabra, del Padrenuestro". En los hadices pueden encontrarse grandes fragmentos de citas bíblicas más o menos literales, incluida la parábola de los trabajadores a quienes se contrata en el último momento y el mandamiento de "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha", ejemplo este último de que este retazo de pseudoprofundidad sin sentido está presente en dos conjuntos de escrituras reveladas. Aslan apunta que en el siglo IX, cuando los juristas niusulmanes estaban tratando de formular y codificar la ley islánlica mediante el proceso conocido como ijtihad, fueron obligados a clasificar muchos hadices en las siguientes categorías: "mentiras proferidas para obtener ventajas materiales y mentiras proferidas para obtener ventajas ideológicas". Con bastante acierto, el islam reniega efectivamente de la idea de ser un nuevo credo, y menos aún que suponga una cancelación de los anteriores, y utiliza las profecías del Antiguo Testamento y de los evangelios del Nuevo Testamento como una muleta o fondo perpetuo sobre el que apoyarse o del que extraer elementos. A cambio de su modestia y su falta de originalidad, lo único que pide es ser aceptado como la revelación absoluta y definitiva.

Como podría esperarse, presenta muchas contradicciones internas. Suele decirse que afirma que "no hay apremio en la religión" y que se muestra tranquilizadoramente comprensivo con el hecho de que los fieles de otros cultos sean las gentes "del libro" o los "seguidores de una revelación anterior". La idea de ser «tolerado» por un musulmán me resulta tan repulsiva como las demás condescendencias mediante las que los cristianos católicos y protestantes acordaron «tolerarse» entre sí o hacer extensible la «tolerancia» a los judíos. El mundo cristiano fue tan nauseabundo en este aspecto y durante tanto tiempo que muchos judíos prefirieron vivir bajo el régimen otomano y someterse a pagar tributos especiales o sufrir otras distinciones similares. Sin embargo, la actual referencia coránica a la benévola tolerancia del islam tiene sus reservas, porque algunos de esos mismos "pueblos" y "seguidores" pueden «ser proclives a obrar mal». Y basta un conocimiento superficial del Corán y de los hadices para descubrir otros imperativos, como el siguiente:

Nadie que muera y encuentre el bien de Alá (en el más allá) desearía regresar a este mundo aunque le concedieran el mundo entero y todo lo que contiene, salvo el mártir, a quien, percibiendo la superioridad del martirio, le gustaría regresar al mundo y volver a morir.

O:

Dios no perdona que se le asocie; perdona, prescindiendo de esto, a quien quiere. Quien asocia a Dios comete un pecado enorme.

He seleccionado el primero de estos dos violentos fragmentos (entre todo un tesauro de otros muchos desagradables) porque invalida completamente lo que se cuenta que Sócrates dijo en La apología de Platón (a la que me referiré más adelante). Y he seleccionado el segundo porque es un préstamo manifiesto y vil de los "Diez Mandamientos". La probabilidad de que algo de esta retórica de fabricación humana esté "libre de error", por no hablar de que sea "definitiva" queda desacreditada de forma concluyente no solo por sus innumerables contradicciones e incoherencias, sino también por el famoso episodio de los supuestos "versos satánicos" del Corán, a partir de los cuales Salman Rushdie elaboraría con posterioridad un proyecto literario. En esta muy debatida ocasión, Mahoma trataba de conciliar a algunos destacados politeístas de La Meca y experimentó a su debido tiempo una "revelación" que les permitía al fin y al cabo continuar rindiendo culto a alguna de las deidades locales tradicionales. Más adelante le pareció que tal vez no fuera adecuado y que tal vez se dejó "orientar" inadvertidamente por Satán, que por alguna razón había decidido suavizar momentáneamente su costumbre de combatir a los monoteístas en su propio terreno. (Mahoma no solo creía fervientemente en el propio demonio, sino también en otros demonios menores del desierto, o djinns.) Algunas de sus esposas señalaron incluso que el profeta había sido capaz de experimentar una «revelación» que parecía ajustarse a sus necesidades a corto plazo, y a veces se burlaban de él por ello. Más adelante se nos dice, sin que se citen fuentes que debamos creer, que cuando experimentaba revelaciones en público a veces había que sujetarlo por los dolores que sufría y que le zumbaban con fuerza los oídos. Le caían de repente gotas de sudor, incluso en los días más fríos. Algunos críticos cristianos despiadados han señalado que era epiléptico (si bien no aciertan a percibir esos mismos síntomas en el ataque sufrido por Pablo en el camino a Damasco), pero no tenemos necesidad de especular en esa dirección. Basta con reformular la ineludible pregunta de David Hume. ¿Qué es más probable: que un hombre sea utilizado como medio de transmisión de dios para difundir algunas revelaciones ya conocidas o que profiera revelaciones ya conocidas y crea o afirme recibir órdenes de dios para hacerlo? Por lo que respecta a los dolores y los zumbidos, o al sudor, únicamente podemos lamentar el aparente hecho de que la cornunicación directa con dios no constituya una experiencia de serenidad, belleza y lucidez.

La existencia física de Mahoma, pese a los débiles testimonios de los hadices, es al mismo tiempo una fuente de fortaleza y de debilidad para el islam. Parece situarlo adecuadamente en el mundo y nos facilita descripciones físicas plausibles del hombre en sí; pero también torna mundano, material y burdo el conjunto de la historia. Podemos estremecernos un poco ante los esponsales de este mamífero con una niña de nueve años y ante el entusiasta interés que mostraba por los placeres de la mesa y por el reparto de los botines tras sus muchas batallas e innumerables matanzas. Por encima de todo (y en esto reside la trampa que el cristianismo ha evitado en buena medida otorgando a su profeta un cuerpo humano pero una naturaleza no humana), fue bendecido con numerosos descendientes y de ese modo convirtió a su posteridad religiosa en rehén de su posteridad física. Nada es más humano y falible que el principio dinástico o hereditario, y el islam se ha visto sacudido desde sus orígenes por las disputas entre príncipes y pretendientes, todos los cuales afirmaban portar la importante gota de sangre original. Si sumáramos el total de todos aquellos que afirmaban descender del fundador, tal vez su número superaría el de los clavos sagrados y las astillas que pasaron a componer la cruz de tres mil metros de longitud en la que evidentemente, a juzgar por el número de reliquias con forma de astilla, Jesús sufrió tormento. Al igual que sucede con el linaje de las isnad, se puede establecer una relación de parentesco directa con el profeta por casualidad si uno conoce y puede pagar al imán local adecuado.

De igual manera, los musulmanes todavía tributan cierto homenaje a esos mismos "versos satánicos" y transitan la senda pagana politeísta abierta mucho antes de que naciera su profeta. Todos los años, en la hajj, o peregrinación anual, podemos verlos dar vueltas en torno al santuario de la Kaaba, de forma cúbica, situado en el centro de La Meca y cuidándose de hacerlo siete veces ("siguiendo la dirección del sol en torno a la tierra", como forrnula de un modo curioso y sin duda multicultural Karen Armstrong), para después besar la piedra negra incrustada en el muro de la Kaaba (2). Este posible meteorito, que sin duda impresionó a los palurdos la primera vez que cayó a la tierra ("Los dioses deben estar locos: no, digamos que dios está loco"), es un primer paso en el camino hacia otros ritos propiciatorios preislámicos durante los cuales los guijarros deben arrojarse en actitud desafiante hacia una piedra que representa el mal. Los sacrificios animales completan la imagen. Al igual que muchos otros lugares importantes del islam (no todos), La Meca está cerrada para los escépticos, lo cual contradice de algún modo su reivindicación de universalidad.

Suele decirse que el islam se diferencia de los demás monoteísmos por no haber sufrido ninguna «reforma». Esto es al mismo tiempo correcto e incorrecto. Hay versiones del islam (sobre todo la sufí, sumamente detestada por los ortodoxos) que son en esencia espirituales más que literales y que han recogido ciertos elementos de otros cultos. Y como el islam ha evitado incurrir en el error de poseer un papado absoluto capaz de emitir edictos vinculantes (de ahí la proliferación de fatwas contradictorias promulgadas por autoridades rivales), no se puede decir a sus fieles que dejen de creer en lo que en otro tiempo sostenían como un dogma. Esto podría ser lo bueno, pero prevalece el hecho de que la afirmación central del islam, la de ser inmejorable y definitiva, es al mismo tiempo absurda e inmutable. Sus muchas sectas enfrentadas y discrepantes, desde la ismaelí hasta la ahmadí, coinciden todas ellas en el sostenimiento permanente de esta afirmación.

Para los judíos y los cristianos, la "Reforma" ha supuesto una mínima disposición a reconsiderar los textos sagrados como si fueran algo que pueda someterse al escrutinio literario y textual (como valientemente propuso, por su parte, Salman Rushdie). Hoy día se reconoce que el número de posibles «Biblias» es enorme y sabemos por ejemplo que el solenme término cristiano «Jehová» es una traducción incorrecta de los espacios entre letras del hebreo «Yahweh», que no se leen. Pero el escolasticismo coránico no ha llevado nunca a cabo un proyecto comparable. No se ha realizado ningún intento riguroso de catalogar las discrepancias entre sus diferentes ediciones y manuscritos, y hasta los esfuerzos más vacilantes de hacerlo han sido acogidos con una ira casi inquisitorial. Un caso pertinente es la obra de Christoph Luxenburg The Syriac-Aramaic Version of the Koran, publicada en Berlín en 2000. Luxenburg propone sin ambages que, lejos de ser un mamotreto monolingüe, el Corán se comprende mejor cuando se reconoce que muchos de sus vocablos son siríacos y arameos en lugar de árabes. (El ejemplo más famoso que él aporta tiene que ver con las recompensas del «mártir» en el paraíso: si se vuelve a traducir y a redactar, esta ofrenda celestial consiste en uvas pasas blancas en lugar de vírgenes.) Esta es la misma lengua y la misma región de la que surgió gran parte del judaísmo y el cristianismo: no puede haber duda de que una investigación sin restricciones conduciría a la disipación de mucho oscurantismo. Pero en el preciso instante en que el islam debía estar sumándose a sus predecesores para someterse a reinterpretaciones, existe un consenso «débil» entre casi todas las personas religiosas según el cual, debido al supuesto respeto que debemos a los fieles, este es el momento adecuado de permitir que el islam reivindique sus demandas tal como se formularon. Una vez más, la fe contribuye a asfixiar la libre investigación y las consecuencias emancipadoras que esta podría comportar.



* Plural de hanif, en árabe, "monoteísta" o adorador del dios único. (N del T.)

l. Sobre por qué los musulmanes deben recitar el Corán en el árabe original, véase Ziauddin Sardar y Zafar Abbas Malik, Introducing Mohammed, Toteni Books, 1994, p. 47.

2. La cita de Karen Artnstrong procede de su obra Islam: A Short History, Modern Library, Nueva York, 2000, p. 10 (hay trad. cast.: El islam, trad. de J. Francisco Ramos, Mondadori, Barcelona, 2002).


 
En Dios no es bueno. Alegato contra la religión (Cap. 9)
Trad. Ricardo García Pérez
Barcelona, Mondadori, 2008