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24 ene. 2015

Descarga: Patricia Highsmith - Pequeños cuentos misóginos

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Descarga: Patricia Highsmith -  Pequeños cuentos misóginos

Con una misteriosa simplicidad de estilo, Highsmith convierte a los vecinos de al lado en psicópatas sádicos, encerrados entre las vallas blancas de su jardín y el césped recién cortado. En las historias oscuramente satíricas, muchas veces de hilarante mordacidad, que componen Pequeños cuentos misóginos, Highsmith trastoca nuestras nociones convencionales del carácter femenino, revelando el poder devastador de aquellas criaturas que alguna vez nos parecieron familiares -«La bailarina», «La novelista», «La ñoña»- y que se destruyen a sí mismas y a todos los hombres que las rodean. Con frases escuetas y precisas y una feroz ironía, Patricia Highsmith pone de relieve y acentúa los aspectos más ridículos, o más perversos, de los prototipos de mujer que nos presenta, sin distorsionarlos demasiado, para que no se pierda el parecido con la modelo y ésta sea siempre reconocible. Queda claro que la autora no manifiesta la menor parcialidad; tampoco los hombres que aquí aparecen salen mejor parados. 

8 ago. 2014

Patricia Highsmith - La evangelizadora

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Dios le llegó tarde a Diana Redfern, pero le llegó. Diana tenía cuarenta y dos años cuando, caminando por su calle, que estaba empapada por la lluvia, que había cesado recientemente, y sobre la cual caían gotas de los olmos, experimentó un cambio, una revelación. Esta revelación afectaba a su mente, a su cuerpo y también a su alma. Percibió la presencia de la naturaleza y la de un Dios todopoderoso fluyendo a través de ella. En ese mismo momento el sol, que se había abierto paso a través de las nubes, inundó su rostro y su cuerpo y toda la calle, que se llamaba calle del Olmo.

Diana se quedó quieta, con los brazos extendidos, y sin preocuparse de lo que la gente pudiera pensar, dejó caer la bolsa de la compra vacía y se arrodilló en la acera. Luego se alzó y su paso se hizo más ligero y realizó sus tareas sin esfuerzo. De pronto la cena estaba lista y Ben, su marido, y su hija de catorce años, Prunella, estaban sentados a la mesa, iluminada por velas, con un cóctel de gambas ante ellos.

—Ahora, recemos —dijo Diana, para sorpresa de su marido y de su hija.

Soltaron sus tenedorcitos de gambas e inclinaron la cabeza. Había algo imperioso en la voz de Diana.

—Dios está aquí —dijo Diana como conclusión.

Nadie pudo negarlo, ni negar a Diana. Ben le lanzó una mirada de desconcierto a Prunella, ésta se la devolvió y luego empezaron a comer.

Diana se convirtió en seguida en una predicadora laica. Empezó con tés en su casa los martes y jueves, a los que invitaba a los vecinos. Los vecinos eran, en su mayoría, mujeres, pero también pudieron venir algunos hombres retirados.

—¿Sois conscientes de la constante presencia de Dios? —les preguntaba—. Sólo los desdichados que nunca han conocido a Dios pueden dudar de la inmortalidad del hombre y de su vida eterna después de la muerte.

Los vecinos se quedaban callados, primero porque intentaban encontrar algo que responder (el ambiente era de conversación), y luego, porque realmente estaban muy impresionados y preferían dejar hablar a Diana. La asistencia a sus tés aumentó.

Diana comenzó a mantener correspondencia con ancianos, presos y madres solteras cuyos nombres consiguió en la parroquia. Allí el predicador era el Reverendo Martin Cousins. El aprobaba la labor de Diana y habló de ella desde el púlpito como "alguien de los nuestros que está inspirado por Dios".

En el desván, que Diana había despejado en parte y usaba como despacho, permanecía arrodillada en un taburete bajo durante casi dos horas todos los días al amanecer. Los domingos por la mañana, bien temprano para que no le impidiese ir a la iglesia a las once, predicaba en las esquinas, subida a una silla de fórmica que se traía de su cocina.

—No os pido un centavo. A Dios no le interesan las monedas del César. Os pido que os entreguéis a Dios… y os arrodilléis.

Tendía los brazos, cerraba los ojos e inspiraba a bastantes personas para arrodillarse. Algunas personas anotaban su nombre y dirección en el libro mayor que llevaba Diana. Luego ella les escribía con el propósito de sostener su fe.

Diana llevaba ahora una túnica blanca flotante y sandalias, incluso con el peor tiempo. Nunca cogió un resfriado. Diana siempre había tenido los párpados enrojecidos, como si le faltara sueño, aunque dormía mucho, por lo menos antes. Ahora no dormía más de cuatro horas por noche en el desván, donde se quedaba escribiendo hasta bien pasada la medianoche. Se le pusieron los párpados aún más enrojecidos, lo cual hacía que sus ojos parecieran más azules. Cuando fijaba la mirada en un extraño, él o ella temían moverse hasta que Diana hubiese transmitido su mensaje, que parecía un mensaje personal.

—Simplemente estad alerta… ¡y venceréis!

A Ben le resultaba difícil comprender qué pretendía conseguir Diana. Ella no quería ayudantes, aunque trabajaba lo bastante como para agotar a tres o cuatro personas. Su conducta le causaba cierta incomodidad a Ben, que era el encargado de una joyería y relojería en la ciudad de Pawnuk, Minnesota. Pawnuk era una ciudad residencial nueva, compuesta por wasp acomodados que habían huido de una metrópolis cercana. "Más vale tomárselo con calma y ser tolerante—pensaba Ben—. Diana está del lado bueno, de todas maneras."

Prunella se sentía algo atemorizada por su madre y se apartaba siempre que Diana quería pasar junto a ella en una habitación o en el recibidor. Hasta Ben se dirigía ahora a su mujer con una actitud diferente, y a veces tartamudeaba. En cualquier caso, Diana no estaba mucho en casa. Había empezado a hacer viajes en avión a Filadelfia, Nueva York y Boston, las ciudades más necesitadas de salvación, según decía. Si no tenía un auditorio preparado —estaba en contacto por carta y por teléfono con varias Cámaras de Comercio que podían organizarle estas cosas— entraba directamente en las iglesias y las sinagogas y tomaba posesión. Con su túnica blanca y sus sandalias, hiciera el tiempo que hiciera, y su melena rubia flotando, presentaba una figura impresionante cuando avanzaba por el pasillo central con paso largo y subía al púlpito u ocupaba la tribuna. ¿Quién podría o se atrevería a echarla? Predicaba El Verbo.

—¡Hermanos, hermanas! ¡Debéis apartar las telarañas del pasado! ¡Olvidad las viejas frases aprendidas de memoria! ¡Consideraos recién nacidos… a partir de este momento! ¡Hoy es vuestro verdadero nacimiento!
Aunque algunos sacerdotes y rabinos se enojaban, ninguno intentó nunca detenerla. Todas las congregaciones, como los vecinos a los que Diana se dirigía en las aceras de su ciudad, permanecían en silencio y escuchaban. A los seis meses la fama de Diana Redfern se había extendido por todos los Estados Unidos. Los pocos que se burlaban —y eran muy pocos— hacían críticas suaves. Los más indignados eran los de la industria cárnica, porque Diana predicaba el vegetarianismo y sus conversos estaban empezando a hacer mella en los beneficios de los mataderos de Chicago.

Diana planeó una Peregrinación Mundial de Resurrección Humana. Le llovió el dinero, o cayó como el maná; el dinero de extraños, franceses, alemanes, canadienses, gente que solamente había leído cosas respecto a ella pero no la habían visto nunca. Por tanto, los gastos de la peregrinación no constituían ningún problema. En realidad, parte del dinero lo devolvió a los donantes. Ciertamente no era avariciosa, pero pronto resultó evidente que no podría ocuparse de toda su correspondencia (lo más importante) si se dedicaba a devolver las contribuciones, así que las depositó en una cuenta bancaria especial.

Un ama de llaves de media jornada preparaba ahora las comidas en casa de Diana; comidas vegetarianas, claro está. Con frecuencia la casa parecía un hostal para jóvenes y viejos, porque los desconocidos llamaban a la puerta y se quedaban a charlar, y Ben ya no se sorprendía al encontrar familias con tres niños o más que pensaban dormir en los dos sofás del cuarto de estar y en los dormitorios de invitados.

—Todo, todo es posible —le decía Diana a Ben.

Sí, pensaba Ben. Pero nunca hubiera imaginado que su matrimonio llegase a esto: Diana aislada de él, durmiendo en una cama de clavos, más o menos, en el desván, mientras su casa estaba ocupada por extraños. Tenía la sensación de que los acontecimientos avanzaban hacia un clímax con la vuelta al mundo de Diana y que, como los acontecimientos bíblicos, escaparían al control de Ben. Diana se convertiría en algo así como una santa viviente, quizá, y más famosa que ninguna santa lo hubiera sido nunca en vida.

La mañana de su partida para la vuelta al mundo Diana se puso de pie en el alféizar dé la ventana del desván, alzó los brazos hacia el sol naciente y saltó, convencida de que podía volar o, al menos, flotar. Cayó sobre una mesa redonda de hierro pintado de blanco y sobre los ladrillos rojos del patio. Así encontró la pobre Diana su fin terrenal.


En Pequeños cuentos misóginos
Traducción: Maribel de Juan
Imagen: © Alex Gotfryd/CORBIS

9 jun. 2014

Patricia Highsmith - La escritora

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Posee una memoria perfecta. Todo es sexo. Va por su tercer matrimonio y ha dejado tres hijos por el camino, pero ninguno de su actual marido. Grita: "¡Escuchad mi pasado! Es más importante que mi presente. Dejadme que os cuente lo cerdo que era mi último marido (o amante)."

Su pasado es como una comida mal digerida, quizás indigerible, que se le ha quedado sentada en la boca del estómago. Uno desearía que pudiese vomitarla y olvidarla, sencillamente.

Escribe resmas contando cuántas veces ella, o su rival, se metieron en la cama con su marido. Y cómo ella se paseaba arriba y abajo, insomne —negándose virtuosamente el consuelo de una copa—, mientras su marido pasaba la noche con la otra mujer, flagrantemente, etc., y a la mierda lo que pensaran los amigos o los vecinos. Dado que los amigos y los vecinos eran incapaces de pensar o no les interesaba la situación, no importa lo que pensasen. Se diría que éste es el momento para que un novelista emplee su inventiva, para crear un pensamiento y una opinión pública donde no existen, pero la novelista no se molesta en inventar. Todo es tan escueto como una cojonera.

Después de que tres amigas hayan visto y alabado el manuscrito, diciendo que es "real como la vida misma", y de haber cambiado cuatro veces los nombres de los personajes masculinos y femeninos, con considerable detrimento del aspecto del manuscrito, y después de que un amigo (posible amante) haya leído la primera página y se lo haya devuelto diciéndole que lo ha leído entero y le encanta, envía el manuscrito a un editor. Recibe una rápida y cortés negativa.

Comienza a ser más cautelosa, a obtener cartas de presentación de amigos escritores, vagas, indirectas recomendaciones logradas a costa de comidas y cenas regadas con vino. Rechazo tras rechazo, a pesar de todo.

—¡Yo sé que mi historia es importante! —le dice a su marido.

—También lo es la vida del ratón, para él… o, quizás, para ella —contesta él. Es un hombre paciente, pero, con todo esto, está casi al límite de su resistencia.

—¿Qué ratón?

—Hablo con un ratón casi todas las mañanas mientras estoy en la bañera. Creo que su problema es la comida. Son dos. Uno u otro sale del agujero (hay un agujero en el rincón del cuarto de baño) y entonces les traigo algo de la nevera.

—Estás divagando. ¿Qué tiene eso que ver con mi manuscrito?

—Simplemente que a los ratones les preocupa un asunto más importante: la comida. No que tu marido te fuera infiel, o que tú sufrieras por ello, aunque fuese en un escenario tan maravilloso como Capri o Rapallo. Lo cual me sugiere una idea.

—¿Cuál? —pregunta ella, con cierta ansiedad.

Su marido sonríe por primera vez en varios meses. Experimentaba unos segundos de paz. No se oye en la casa el tecleo de la máquina de escribir. Su mujer le está mirando de verdad, esperando oír lo que tiene que decir.

—Adivínalo. Tú eres la que tiene imaginación. No vendré a cenar.

Luego se marcha del piso, llevándose su agenda y —con cierto optimismo— un pijama y un cepillo de dientes.

Ella se acerca a la máquina y se queda mirándola, pensando que quizá podría sacar otra novela de esto, simplemente de esta noche. ¿Debería hacer pedazos la novela por la que había alborotado durante tanto tiempo y empezar la nueva? ¿Quizá esta noche? ¿Ahora mismo? ¿Con quién iba a dormir él?


En Pequeños cuentos misóginos
Traducción: Maribel de Juan
Imagen: © Jacques Pavlovsky/Sygma/Corbis

11 jun. 2013

Patricia Highsmith - La paridora

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Patricia Highsmith - La paridora


Para Elaine, el matrimonio significaba hijos. El matrimonio significaba también otras muchas cosas, naturalmente, tales como crear un hogar, levantar la moral a su marido, ser una alegre compañera, todo eso. Pero sobre todo, hijos… para eso servía el matrimonio, ése era su sentido.

Elaine, cuando se casó con Douglas, se propuso convertirse en la criatura de su imaginación, y al cabo de cuatro meses lo había logrado. La casa deslumbraba por su limpieza y encanto, sus fiestas eran un éxito, y Douglas tuvo un pequeño ascenso en su empresa, la Compañía de Seguros Atenas. Sólo faltaba un detalle: Elaine no estaba embarazada. Una consulta a su médico corrigió este problema, ya que algo estaba desviado; pero pasaron tres meses más y Elaine aún no había concebido. ¿Sería culpa de Douglas? De mala gana, con cierta timidez, Douglas fue a ver al médico y éste declaró que estaba en perfectas condiciones. ¿Qué pasaba, entonces? Unas pruebas más minuciosas revelaron que el óvulo fertilizado (de hecho, al menos un óvulo había sido fertilizado) había viajado hacia arriba en lugar de hacia abajo, en aparente desafío a la fuerza de la gravedad, y en vez de desarrollarse en algún sitio, simplemente se había desvanecido.

—Debería levantarse de la cama y hacer el pino —le dijo a Douglas un bromista de la oficina, después de un par de copas a la hora de comer.

Douglas se rió cortésmente. Pero puede que hubiera algo de verdad en aquello. ¿No había dicho el médico algo semejante? Esa tarde, Douglas le sugirió a Elaine la idea del pino.

A eso de la medianoche, Elaine saltó de la cama y se puso cabeza abajo, los pies contra la pared. Su cara adquirió un tono rosa fuerte. Douglas se alarmó, pero Elaine aguantó como una espartana, hasta que, después de casi diez minutos, acabó derrumbándose.

Así nació su primer hijo, Edward. Edward echó a rodar la bola, y algo menos de un año después llegaron las gemelas. Los padres de Elaine y de Douglas estaban encantados. Ser abuelos era para ellos una alegría tan grande como lo había sido convertirse en padres, y ambos matrimonios dieron una fiesta para celebrarlo. Tanto Douglas como Elaine eran hijos únicos, así que los abuelos se sentían felices de que continuara su descendencia. Elaine ya no tenía que hacer el pino. Diez meses más tarde nació un segundo hijo, Peter. Después vino Philip y luego, Madeleine.

Con ésta había ya seis niños pequeños en la casa, y Elaine y Douglas tuvieron que trasladarse a un apartamento algo mayor, que tenía una habitación más. Se mudaron precipitadamente, sin darse cuenta de que el casero no era muy aficionado a los niños (le habían mentido diciéndole que tenían cuatro), especialmente a los pequeñitos, que berreaban por la noche. Al cabo de seis meses les pidió que se marcharan…, puesto que era evidente que Elaine tendría pronto otro hijo. A estas alturas, Douglas se encontraba en apuros económicos, pero sus padres le regalaron 2.000 dólares y los de Elaine aportaron 3.000 para que dieran la entrada de una casa a quince minutos de coche de la oficina de Douglas.

—Me alegro de que tengamos casa propia, cariño —le dijo a Elaine—. Pero tenemos que controlar hasta el último céntimo si queremos pagar la hipoteca. Yo creo que, al menos durante algún tiempo, no deberíamos tener más hijos. Siete, después de todo…

El pequeño Thomas ya había nacido. Elaine había dicho desde el principio que la planificación familiar sería asunto suyo, no de Douglas.

—Lo comprendo, Douglas. Tienes toda la razón.

Desgraciadamente, Elaine reveló un oscuro día de invierno que estaba embarazada otra vez.

—No me lo puedo explicar. Como sabes, estoy tomando la píldora.

Eso era lo que Douglas había supuesto, ciertamente. Se quedó sin habla durante unos minutos. ¿Cómo se las iban a arreglar? Ya había notado que Elaine estaba embarazada, pero llevaba días tratando de convencerse de que eran sólo imaginaciones suyas, causadas por la preocupación. Los padres de ambos ya les hacían regalos de cumpleaños de cincuenta o cien dólares —y con nueve cumpleaños en la familia, había cumpleaños con mucha frecuencia— y él sabía que no les era posible contribuir con más. Era asombroso cuánto dinero gastaban solamente en zapatos para siete críos. Sin embargo, cuando Douglas vio la beatífica y satisfecha sonrisa de Elaine, apoyada en las almohadas de la cama del hospital, con un niño en un brazo y una niña en el otro, no pudo lamentar estos nacimientos, que hacían el número nueve de sus hijos. Pero sólo llevaban algo más de siete años casados. Y si esto seguía así…

Una mujer de su círculo de amistades comentó:

—¡Oh, Elaine se queda embarazada cada vez que Douglas la mira!

A Douglas no le divirtió el cumplido implícito a su virilidad.

—¡Entonces deberían hacer el amor con la luz apagada! contestó el gracioso de la oficina—. ¡Ja, ja, ja! Está claro que la única razón es que Douglas la está mirando.

—¡Esta noche no la mires ni de refilón, Doug! —gritó alguien, y hubo grandes carcajadas.

Elaine sonrió dulcemente. Ella imaginaba —no, estaba segura— que las otras mujeres la envidiaban. Las mujeres sin hijos, o con un solo hijo, no eran más que bolsas de judías secas, en su opinión. Bolsas de judías verdes secas.

Las cosas fueron de mal en peor, desde el punto de vista de Douglas. Hubo, sí, un intervalo de seis meses durante el cual Elaíne estuvo tomando la píldora y no se quedó embarazada, pero, de pronto, lo estuvo otra vez.

—No puedo entenderlo —le dijo a Douglas y a su médico.

Era verdad que Elaine no podía entenderlo, porque se había olvidado de que había olvidado acordarse de tomar la píldora… fenómeno que el médico había encontrado antes.

El médico no hizo ningún comentario. Sus labios estaban sellados por la ética.

Como si fuese en venganza porque Elaine se hubiera apartado de la fecundidad por algún tiempo, por haber intentado ponerle una tapadera al cuerno de la abundancia, la naturaleza le arrojó quintillizas. Douglas no pudo ni enfrentarse a la perspectiva del hospital y se pasó cuarenta y ocho horas en la cama. Después tuvo una idea: llamaría a algunos periódicos y les pediría una cantidad por entrevistas y también por las fotografías que quisieran hacer a las quintillizas. Dio dolorosos pasos en este sentido, ya que tal explotación era contraria a su carácter. Pero los periódicos no picaron. Muchísima gente tenía quintillizos hoy en día, le dijeron. Los sextillizos podrían interesarles, pero los quintillizos, no. Harían una foto, pero no pagarían nada. La foto sólo sirvió para que recibieran propaganda de las organizaciones de planificación familiar y cartas desagradables, o abiertamente insultantes, de ciudadanos particulares que les decían hasta qué punto contribuían a la polución. Los periódicos habían mencionado que tenían catorce hijos después de unos ocho años de matrimonio.

Puesto que al parecer la píldora no servía, Douglas propuso hacerse algo él. Elaine se mostró radicalmente contraria a ello.

—¡Pero entonces no sería lo mismo! —gritó.

—Querida, todo sería lo mismo. Excepto…

Elaine le interrumpió. No llegaron a ninguna parte.

Tuvieron que mudarse una vez más. La casa era lo bastante grande para dos adultos y catorce niños, pero los gastos añadidos que suponían las quintillizas hacían imposibles los pagos de la hipoteca. Así que Douglas y Elaine y Edward, Susan y Sarah, Peter, Thomas, Philip y Madeleine, los gemelos Ursula y Paul y las quintillizas Louise, Pamela, Helen, Samantha y Brigid se trasladaron a una casa de alquiler… término legal dado a cualquier construcción que albergara a más de dos familias, pero que en el lenguaje común significaba un suburbio; eso es exactamente lo que era. Ahora vivían rodeados de familias que tenían casi tantos hijos como ellos.

Douglas, que a veces se traía trabajo a casa, se taponaba los oídos con algodón y pensaba que se iba a volver loco. "No hay peligro de que me vuelva loco si pienso que me estoy volviendo loco", se decía a sí mismo, intentando animarse. Elaine, después de todo, estaba tomando la píldora otra vez.

Pero se quedó embarazada de nuevo. A estas alturas los abuelos ya no estaban tan encantados. Resultaba evidente que el número de vástagos había hecho descender el nivel de vida de Douglas y Elaine; lo cual era la última cosa que deseaban los abuelos. Douglas vivía en un ardiente resentimiento contra el destino y con una desesperada esperanza de que sucediera algo, algo desconocido y quizá imposible, mientras veía a Elaine engordar día a día. ¿Sería posible que fueran quintillizos otra vez? Aterradora idea. ¿Qué pasaba con la píldora? ¿Era Elaine una excepción a las leyes de la química? Douglas daba vueltas en su cabeza a la ambigua respuesta del médico cuando le hizo esta pregunta. El médico fue tan vago al respecto que Douglas había olvidado no sólo sus palabras, sino hasta el sentido de lo que dijo. De todas formas, ¿quién podía pensar con tanto ruido? Enanitos con pañales tocaban diminutos xilofones y soplaban en una gran variedad de cuernos y silbatos. Edward y Peter se peleaban por montar el caballito. Todas las niñas rompían a llorar por nada, esperando conseguir la atención y el respaldo de su madre. Philip era propenso a los cólicos. Todas las quintillizas estaban echando los dientes simultáneamente.

Esta vez fueron trillizos. ¡Increíble! En tres habitaciones del piso no había más que cunas y una cama individual en cada una, en la que dormían por lo menos dos niños. Si sus edades variaran más, pensaba Douglas, sería un poco más tolerable, pero la mayoría de ellos todavía gateaban por el suelo, y al abrir la puerta del piso uno creía haber entrado en una guardería por equivocación. Pero no. Los diecisiete eran obra suya. Los nuevos trillizos se balanceaban en un ingenioso corralito suspendido del techo, porque no quedaba nada de espacio en el suelo. Se les alimentaba y se les cambiaban los pañales a través de los barrotes, lo cual hacía pensar a Douglas en un zoológico.

Los fines de semana eran un infierno. Sus amigos simplemente no aceptaban ya sus invitaciones. ¿Quién podía reprochárselo? Elaine tenía que pedir a los invitados que hablaran muy bajo, y aun así, algo despertaba siempre a alguno de los pequeños antes de las nueve de la noche, y entonces todos empezaban a berrear, incluso los de siete y ocho años que querían participar en la fiesta. Por lo tanto, su vida social era nula, y más valía así, porque no tenían dinero para fiestas.

—Pero yo me siento realizada, cariño —dijo Elaine, poniendo una mano tranquilizadora en la frente de Douglas, que estaba sentado estudiando unos papeles de la oficina, un domingo por la tarde.

Douglas, sudando a causa de los nervios, estaba trabajando en un rinconcito de lo que llamaban el cuarto de estar. Elaine estaba a medio vestir, lo cual era habitual en ella, porque cuando se estaba vistiendo siempre la interrumpía algún niño para pedir algo, y además Elaine estaba aún criando a los últimos. De repente, a Douglas se le ocurrió algo, se levantó y salió para ir al teléfono más próximo. El y Elaine no tenían teléfono y habían tenido que vender el coche.

Douglas llamó a una clínica y se informó sobre la vasectomía. Le dijeron que había una lista de espera de cuatro meses, si quería que la operación fuese gratuita. Douglas dijo que sí y dio su nombre. Mientras tanto, se imponía la castidad. Tampoco era ningún sacrificio. ¡Dios mío! ¡Diecisiete ya! En la oficina Douglas mantenía la cabeza baja. Hasta las bromas se habían agotado. Sentía que la gente le compadecía y que evitaban el tema de los hijos. Solamente Elaine era feliz. Parecía estar en otro mundo. Incluso había empezado a hablar como los niños. Douglas contaba los días que faltaban para la operación. Se la iba a hacer sin decirle nada a Elaine. Llamó una semana antes para confirmar la fecha y le dijeron que tendría que esperar otros tres meses, porque la persona que le había dado la cita debía haberse equivocado.

Douglas colgó violentamente. El problema no era la abstinencia, era sólo su condenada mala suerte, sólo la lata de esperar otros tres meses. Tenía un miedo irracional a que Elaine se quedara embarazada otra vez por sí misma.

—¡Mírala! —chilló Douglas al vacío—. ¡La imagen de la maternidad cuando apenas puede andar!

Arrebató la muñeca del cochecito de juguete y la arrojó por la ventana.

—¡Doug! ¿Qué te ocurre?

Elaine corrió hacia él con un seno desnudo y el pequeño Charles pegado a él como una lamprea.

Douglas atravesó de un puntapié el costado de una cuna, luego agarró el caballito y lo estrelló contra la pared. De una patada lanzó la casa de muñecas por los aires y cuando cayó la aplastó de un pisotón.

—¡Maaa—mááá!

—¡Paaa—pááá!

—¡Uuu—uuu!

—¡Buu—juuu—uu—juu—u! —partiendo de media docena de gargantas.

Ahora había un espantoso bullicio, por lo menos quince niños estaban gritando, además de Elaine. Los juguetes eran el objetivo de Douglas. Pelotas de todos los tamaños salieron volando a través de los cristales de las ventanas, seguidas de silbatos de plástico y pianitos, coches y teléfonos, luego, osos de peluche, sonajeros, pistolas, espadas de goma y tirachinas, anillos de dentición y rompecabezas. Estrujó dos biberones y se rió con regocijo de lunático mientras la leche salía a chorros por las tetinas. La expresión de Elaine pasó de la sorpresa al horror. Se asomó por una ventana rota y gritó.

Douglas tuvo que ser apartado de una construcción de juguete que estaba destrozando con la pesada base de un tentempié en forma de payaso. Un interno le dio un golpe en el cuello que le dejó inconsciente. Al volver en sí, Douglas se encontró en una celda acolchada. Exigió una vasectomía. Le pusieron una inyección. Cuando se despertó, volvió a vociferar pidiendo una vasectomía. Le concedieron su deseo ese mismo día.

Entonces se sintió mejor, más tranquilo. Estaba lo bastante cuerdo, sin embargo, para darse cuenta de que, por así decirlo, su mente estaba "ida". Era consciente de que no quería hacer nada. No quería ver a ninguno de sus viejos amigos, a todos los cuales sentía que había perdido, en cualquier caso. Tampoco deseaba especialmente seguir viviendo. Vagamente recordaba que era objeto de burla por haber engendrado diecisiete hijos en muchos menos años que ésos. ¿O eran diecinueve? ¿O veintiocho? Había perdido la cuenta.

Elaine vino a verle. ¿Estaba otra vez embarazada? No. Imposible. Era sólo que estaba acostumbrado a verla embarazada. Parecía remota. Ella estaba realizada, recordó Douglas.

—Ponte otra vez cabeza abajo. Invierte el proceso —le dijo Douglas con una sonrisa estúpida.

—Está loco —le dijo Elaine al interno, desesperanzada, y se alejó calmosamente.


En Pequeños cuentos misóginos
Traducción: Maribel de Juan Guyatt
Imagen: © Li Erben/Kipa/Corbis

19 abr. 2013

Patricia Highsmith: Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU

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La naturaleza y la fortuna habían sonreído a la extensa y fértil tierra de Nabuti, en África Occidental. Nabuti tenía ríos, llanuras exuberantes, una costa marítima de más de mil seiscientos kilómetros y en las montañas había cobre. Durante doscientos años Nabuti fue explotada por el hombre blanco, que abrió minas y construyó carreteras, puertos y ferrocarriles para servirlas. Antes de que hubiera transcurrido la primera mitad del siglo XX, Nabuti contaba con unos ocho mil kilómetros de carreteras asfaltadas, los ríos habían sido dragados y sus riberas acondicionadas para permitir el atraque de buques y embarcaciones, se habían instalado sistemas de electricidad y agua y fundado escuelas. La malaria y la bilharciosis estaban vencidas, la sanidad en general había mejorado mucho y la mayoría de los numerosos recién nacidos conseguían sobrevivir.

Nabuti conquistó su independencia en la década de 1950 sin hacer otra cosa que pedirla. La independencia flotaba en el aire a lo ancho y largo de África, como un champán que pudiera inhalarse. Un cuadro de técnicos y funcionarios blancos permaneció en Nabuti durante una temporada para cerciorarse de que todo funcionara bien, de que los nabutianos supieran dirigir los ferrocarriles, reparar las centrales de energía y atender al mantenimiento de toda clase de maquinaria, desde tractores hasta bicicletas; pero durante ese período los blancos no eran populares. Cuanto antes se marcharan, mejor, idea que los blancos captaron en las calles después de que en diversas ocasiones molzalbetes desocupados les escupieran, y de que vanos fuesen atacados y muertos a golpes. Así que se marcharon.

Se celebró entonces una fiesta o festival que duró medio año, mientras cuatro o cinco aspirantes al poder soltaban sus discursos al pueblo, diciéndole cómo pensaban dirigir el país. Todos ellos prometieron mucho. Tenían que perorar en medio del ruido de los tocadiscos tragaperras y los transistores. Hubo una votación trucada, luego una carrera entre los dos principales contendientes, una discusión en torno al recuento de votos y un fornido joven de veinte años y pico llamado Bomo salió victorioso, porque era el jefe de policía y la policía iba armada. La policía, en un principio entrenada por los blancos, sería un buen cuadro para la formación de un ejército nabutiano, habían dicho los administradores coloniales. Y así fue. El cuerpo de policía se convirtió en un ejército en constante crecimiento, y con los millones de dólares que Nabuti recibió para erigirse en estado africano independiente, y los obsequios y préstamos posteriores, la adquisición de vistosos uniformes, fusiles, ametralladoras y tanques no representó ningún problema. Bomo, que jamás en la vida se había despertado a toque de corneta a las seis de la mañana, se nombró a sí mismo General en Jefe del Ejército, además de ser presidente. La fuerza armada, las amenazas armadas eran necesarias porque Bomo tenía el propósito de hacer trabajar a su pueblo. El progreso — para Bomo esta palabra significaba más comodidades, mejores niveles sanitarios, mayores exportaciones de cobre, más coches y televisores —, el progreso tenía que continuar.

Llegaron, invitados por el gobierno, unos cuantos trabajadores blancos del ramo de la construcción, para poner en marcha algunos proyectos: el Palacio de Gobierno de Bomo era uno de ellos; otro, su residencia privada, el Palacio Pequeño; además, unos cuantos edificios muy altos para alojamientos de trabajadores en Goka, la capital, y también una terminal más grande y pistas de aterrizaje más largas en el aeropuerto, porque Bomo pensaba en el turismo. Al principio los jornales eran buenos y atrajeron campesinos a las ciudades. Luego ocurrió lo inevitable: los alimentos básicos empezaron a escasear, y Nabuti tuvo que empezar a importar su sustento, lo cual no representaba una carga terrible porque el arroz, el trigo y la leche en polvo salían casi regalados en virtud del acuerdo suscrito con un organismo de las Naciones Unidas. Lo peor era la situación de las minas de cobre. La indisciplina iba en aumento, no había forma de controlar el absentismo ni las frecuentes borracheras, sobre todo las de cerveza. La demanda constante de jornales más altos dio origen a huelgas parciales o desorganizadas que en dos o tres años hicieron que la producción se redujera al veinte por ciento de lo normal. Si alguna máquina se estropeaba, un airado trabajador afirmaba que no sabía repararla, y puede que fuese verdad.

Nabuti pidió más ayuda económica y la recibió. Bomo era muy consciente de que su pueblo quería frigoríficos, televisores, automóviles particulares e inodoros, más o menos en ese orden. Obtuvo los televisores, millones de ellos, a un coste notablemente bajo, una suma minúscula que se añadiría a la deuda nacional. Gracias a la televisión hubo menos conflictos laborales, aunque cada vez eran más las personas que sencillamente no iban a trabajar y se quedaban en casa viendo la televisión. Quienes tenían el televisor estropeado iban a casa de sus amigos a ver la programación. En la capital, la vida se había transformado en una gran fiesta a base de televisión y cerveza, porque, gracias a la recepción por satélite, las pantallitas mostraban algo veinticuatro horas al día, y a los nabutianos les daba igual que el programa fuera en tal o cual idioma siempre y cuando en la pantalla aparecieran imágenes.

Existían otros problemas: los atascos de tráfico, por ejemplo. La gente no prestaba atención a las luces rojas y verdes, primero con la excusa de que nadie les hacía caso, luego basándose en el hecho (un hecho real) de que, de todos modos, la mayoría de los semáforos no funcionaban. En las principales avenidas de Goka podían verse ríos estancados de coches particulares, camiones y algún que otro tractor, un popular medio de transporte porque podía apartar de su camino cualquier cosa que se le pusiera delante, además de deslizarse por encima de los baches y bocas de cloacas cuyas tapaderas habían desaparecido. Montones de coches se averiaban, a causa de recalentamientos en los atascos, a menudo eran abandonados y en un par de horas despojados de gran número de piezas. No había ningún servicio que retirase estos coches averiados, por lo que sus restos permanecían en el mismo lugar durante mucho tiempo. Barrios de chabolas donde vivían personas sin empleo ni hogar formaban cinturones alrededor de Goka y de otras dos o tres grandes ciudades. En todo momento flotaban sobre Goka el humo de las basuras quemadas y el hedor de las cloacas a cielo abierto, con independencia de la dirección en que soplase el viento. Cuando no había viento, una capa de niebla y humo casi impedía ver la bandera nacional que ondeaba en el Palacio de Gobierno, que tenía seis pisos. El sistema de teléfonos funcionaba lo justo para que algunas personas se empeñaran en usarlo, pese a que generalmente no conseguían hablar con nadie aunque a veces, al marcar, se oía la señal de línea desocupada. A causa de ello, los mensajeros a pie eran muy solicitados. Chicos y también algunas chicas entregaban cartas o, más a menudo, mensajes verbales, paquetes y comestibles, así como artículos del mercado negro, a quienes vivían en los edificios altos y no se movían de allí por razones de seguridad y porque los ascensores no funcionaban. Un puñado de gente tenía dinero en abundancia, pero la mayoría pasaba hambre. La gente adinerada estaba en el ejército o relacionada con él, o tenía que ver con el mercado negro, la prostitución o el tráfico de drogas.

Las finanzas y el comercio casi habían dejado de existir, y Bomo se había dado por vencido, aunque nunca lo reconociera consciente y directamente. Su misión, se decía a sí mismo, consistía en velar por la unidad de su país, permanecer relacionado con los grupos regionales, los hombres fuertes (de su bando) capaces de reprimir los desórdenes y acabar con las pandillas de gamberros que iban de un lado a otro robando a la gente y saqueando comercios, así como presentar dos veces al año un informe a las Naciones Unidas sobre los progresos de la sanidad, y decir que de la falta de progresos agrícolas e industriales eran culpables la sequía, las huelgas y los trastornos causados por los países vecinos al echar sobre Nabuti a sus propios hambrientos parados, que cruzaban la frontera a pesar de que los soldados nabutianos les disparaban con ametralladoras. Estos intrusos se escondían en la selva y luego iban infiltrándose poco a poco en los barrios de chabolas que circundaban las grandes ciudades. Era un asco. Pero la gente de las Naciones Unidas parecía dar crédito a Bomo cuando afirmaba hacer cuanto podía. En cualquier caso, el dinero seguía llegando.

Bomo, metro noventa en su juventud, había engordado con el paso de los años. Ahora, cerca ya de los cincuenta y dos años, tenía una cintura de dos metros y encargaba correajes extra largos para abrocharse el cinturón, si era necesario, en los cuatro o más agujeros vacíos. A su modo de ver, había que prestar atención a este tipo de detalles. Tenía dos docenas de medallas que llevaba cuando pronunciaba sus discursos, varias gorras con abundantes galones de oro, y un uniforme con guerrera de cuello alto, también con muchos galones de oro, para las ocasiones más importantes, tales como las revistas militares. Raramente se ponía el uniforme completo, pues a causa del calor resultaba incómodo. Pero siempre llevaba pantalones de color caqui, sin calzoncillos, y la mayoría de los días una camisa del ejército con el cuello desabrochado y las mangas subidas; y calzaba sandalias sin calcetines. Vestido de esta guisa, cada mañana era conducido en jeep a inspeccionar Goka y sus alrededores. Esta inspección le ocupaba desde la diez de la mañana hasta la una del mediodía, hora de volver al Palacio Pequeño para comer y descansar un poco. Tres soldados viajaban de pie en el jeep, fusil en mano y ojo avizor por si surgían complicaciones y también como demostración de fuerza armada, aunque hacía años que no disparaban un solo tiro. El populacho se encontraba de pie en las esquinas, charlando, o sentado en el bordillo bebiendo café o cerveza. La ronda matutina de Bomo tenía otra finalidad: pasar media hora en casa de dos o tres concubinas, o esposas, como tenía que llamarlas cuando hablaba con diplomáticos extranjeros. Bomo no sabía cuántos hijos tenía, puede que setenta y cinco, quizá cien. El número de hijas no importaba, aunque el país estaba lleno de chicas que decían que Bomo era su padre, tantas que nadie les hacía el menor caso.

Bomo tenía dos hijos favoritos, de madres diferentes. Uno se llamaba Kuo, de unos dieciocho años, y el otro Paulo, de la misma edad, con una diferencia de un par de meses más o menos. Ambos ansiaban suceder a su padre y vivían en el Palacio Pequeño con sus esposas, tres o cuatro para cada uno. Bomo procuraba enfrentarlos mutuamente, instándoles a competir en severidad contra la insurrección y a disparar primero, que era lo necesario para gobernar en Nabuti. Algún día uno de ellos mataría al otro y entonces Bomo sabría que su país caería en las manos más indicadas, es decir, en las del hombre más fuerte.

Cierto día un mensajero trajo a Bomo un sobre lacrado y muy sucio en cuyo dorso aparecía la insignia de las Naciones Unidas. El viejo traductor de Bomo le informó que la carta databa de un mes atrás y que, en esencia, comunicaba que quince miembros del Comité de Ayuda a África de la ONU, acompañados de cinco ayudantes, visitarían Nabuti en tal y cual fecha, ahora a sólo nueve días vista. La carta añadía que el comité no había podido ponerse en contacto telefónico con el Palacio de Gobierno ni con el Palacio Pequeño, y que incluso la carta era la segunda que se mandaba; quien la suscribía esperaba que llegase a destino, y pedía confirmación, si ello era posible, en el Hotel Green Heaven de Gibbu, capital de Gibbi, país limítrofe con la frontera oriental de Nabuti. Las relaciones entre ambos países eran tan malas que Bomo dudaba que cualquier mensaje procedente de su país fuera entregado a su destina —; ario.

Bomo comprendió que no había forma de evitar la visita anunciada. El comité estaba visitando vanos países de la zona en la misma gira, la primera en cinco años. Provocar una guerra civil — cosa que resultaba fácil — empeoraría la imagen de su gobierno, aun ruando entonces se impidiese la visita alegando razones de seguridad.

Bomo mandó llamar a sus dos hijos.

—¡Limpiadlo todo! — dijo Bomo en su lengua materna, y luego utilizo unas cuantas palabras francesas e inglesas —. ¡La basura, las latas de cerveza, la merde, los bidonvilles y los ladrones! ¡Fusiladlos y quemad los cadáveres! ¡Después limpiad las calles y lavad las ventanas! ¡Y el aeropuerto! ¡Hay que limpiar las pistas de aterrizaje!

Kuo y Paulo lo hablaron con sus hombres fuertes del ejército y estos enviaron pelotones para acelerar la quema de basuras, la limpieza y barrido de las calles y cloacas, el fusilamiento de los ciudadanos rebeldes y de los demasiado leprosos o espantosos de ver. Todas las manos de la nación se aplicaron a esta formidable tarea que debía efectuarse en nueve días. Los holgazanes serían fusilados. A las pocas horas, el aire de Goka y de las otras tres grandes ciudades del país se llenó de tiros de fusil, de gritos y de humo, así como del ruido metálico que hacían las carrocerías de automóvil al ser quitadas de las calles a base de empujar. Bomo se ocupó personalmente del Hotel Bomo y del Palacio de Gobierno, adonde había decidido que sería llevado el comité, en ese orden, tras su llegada al Aeropuerto Bomo. Se celebraría un banquete en el salón más espacioso de la planta baja del Palacio de Gobierno, por lo que había que preparar las grandes cocinas situadas en la parte trasera del edificio. El Palacio de Gobierno se había construido tomando el Partenón como modelo para la fachada, a causa del comentario que hiciera un hombre blanco al partir de Nabuti: que habría un «futuro Palacio de Gobierno tan noble como el Partenón». Bomo había encargado su construcción a un arquitecto francés, que se había exasperado, recordaba Bomo, al decirle que quería un edificio de seis plantas, incluyendo las columnas de dos pisos de altura y el frontón todavía más alto donde Bomo pretendía también un balcón. Desde ese balcón Bomo había pronunciado muchos discursos, mas ahora el Palacio de Gobierno no se usaba sino como centro de recreo extraoficial. Esto había empezado con los centinelas jugando a las cartas, finalmente al billar, luego habían llegado los tocadiscos tragaperras y las máquinas expendedoras de bebidas, más y más camastros para dormir y un burdel muy concurrido. En un par de habitaciones del primer piso se guardaban todavía los papeles y fichas con que el país había iniciado su independencia, pero, como nadie pagaba impuestos, ni siquiera por la fuerza, y era imposible obtener recibos correspondientes a la maquinaria y otras partidas que llegaban al país, los empleados lo habían abandonado todo hacía ya mucho tiempo, después de beberse las inmensas bodegas repletas de whisky y vino. La mayoría de las ventanas del palacio tenían los cristales rotos, el sistema eléctrico no funcionaba y los ascensores no iban ni siquiera cuando había electricidad. Bomo convocó a sus mejores electricistas.

—¡Quiero las luces y el aire acondicionado funcionando dentro de veinticuatro horas! — chilló en la escalinata del Palacio de Gobierno a los seis hombres asustados.

Ya había mujeres barriendo, fregando y lavando las paredes interiores, mientras los soldados desalojaban a vagos y prostitutas a punta de bayoneta. Lulu-Fey, una de las esposas de Bomo y su actual favorita, se encontraba practicando su danza del vientre, aprendida con motivo de un viaje con Bomo a Tunizia. No era una danza nativa de Nabuti, pero Bomo le había dicho a Lulu-Fey que a los hombres occidentales les gustaba ver esa danza y que ella debía bailarla después del banquete a modo de sorpresa para sus honrados invitados, y Lulu — Fey pensaba complacer gustosamente su petición. Ya había ayudado a preparar el menú, cuyo plato central sería asado de cerdo y lechoncillo.

Los técnicos de teléfonos, tras dos días de trabajo, consiguieron conectar de nuevo la línea entre el Palacio de Gobierno y el Palacio Pequeño. La primera llamada que recibió Bomo fue del comité de la ONU diciéndole que llevaban semanas intentando comunicarse con él y preguntándole si la fecha propuesta para la visita le parecía bien. Bomo les aseguró que sí.

Los tam-tams sonaban día y noche para inspirar al populacho y hacerle trabajar sin pausa, y por culpa de su sonido, al que se unía el de la música pop que resonaba en los transistores a todo volumen, nadie podía dormir a menos que se desmayara de agotamiento.

Otra buena noticia recibida el Día Dos a última hora de la tarde fue que la electricidad volvía a funcionar en el Palacio de Gobierno y que también funcionaban dos de los cuatro ascensores. Con dos habría suficiente para que el comité subiera a contemplar el paisaje desde la terraza, ya que cada ascensor admitía doce personas. En el Aeropuerto Bomo se habían barrido los miles de latas de cerveza que cubrían el suelo, derribado las barracas de hojalata y cartón y barrido el edificio de control, cuyas ventanas aparecían limpias de suciedad y de restos de cristales rotos. La electricidad no funcionaba en el edificio de control, y ningún avión había aterrizado desde la última visita del comité, hacía ya años, exceptuando el avión particular de Bomo, de hélice y en ese momento fuera de servicio porque le faltaba una pieza. Los mecánicos no sabían qué pieza faltaba, así que Bomo habla encargado otro avión de hélice que aún no había llegado de Norteamérica.

Entonces, durante la noche del Día Dos, uno de los ascensores quedó atascado con veinte personas por lo menos a bordo. Los hombres de la limpieza y algunos soldados habían estado celebrando la vuelta de la electricidad y bebiendo cerveza en abundancia. Habían subido demasiados hombres al ascensor y este se había parado entre los pisos tercero y cuarto. Multitud de hombres y mozalbetes se pasaron toda la noche riendo y dando consejos a voz en grito:

—¡No dejéis de apretar los botones! ¡Ja, ja!

—¡Derribad la puerta a patadas!

—¡Empujad todos hacia un lado!

Los hombres atrapados chillaban diciendo que no había suficiente aire y pidiendo que abriesen a tiro limpio el pozo del ascensor. Del interior del cubículo salían ruidos de discusiones y peleas.

Los mozalbetes aporrearon los botones de subida y bajada en todos los pisos hasta estropearlos.

Al amanecer, las voces de los aprisionados en el ascensor sonaban roncas. Dijeron que estaban muriéndose de tanto sudar. Tres de ellos, al parecer, ya habían muerto, y otros cinco se habían desmayado.

Bomo fue despertado en cuanto alguien se atrevió a despertarle. ¿Qué debían hacer? Bomo se vistió y fue al Palacio de Gobierno, con cara de sentirse furioso pero de dominar la situación. La chusma que se encontraba enfrente del edificio y en la sala inferior le abrió paso. En la planta baja, al ver la puerta cerrada del ascensor, recordó los anuncios sobre cámaras acorazadas que los bancos publicaban en las revistas occidentales. Desde luego, no quería que se causara ningún desperfecto en la puerta del ascensor antes de que llegase el comité. Bomo subió las escaleras calzado con sandalias, con sus pantalones y su camisa de color caqui y una gorra con galones de oro que se había puesto para la emergencia. Cuando los gemidos de dentro del ascensor alcanzaban su punto culminante, Bomo se detuvo y contempló el metal dorado que rodeaba el aparato atascado. ¿Cómo podía abrirse aquello salvo a cañonazos? Doscientos o más súbditos llenaban la escalera, arriba y abajo, y le contemplaban, unos con cara de expectación, otros con cara inexpresiva o de sueño. Sin malgastar un segundo en titubeos visibles, Bomo descendió y la multitud le abrió paso. —¡Los electricistas! — gritó Bomo.

Sólo se presentó uno, un hombre de mediana edad al parecer muy asustado.

—Creemos que algún dispositivo de seguridad ha detenido el ascensor porque iba demasiado lleno, excelencia.

Bomo se levantó la gorra para secarse el sudor que inundaba su frente.

—¿La electricidad funciona? ¿El aire acondicionado funciona?

—Sí, excelencia, pero en el ascensor casi no hay ventilación. La fuerza también es muy débil.

—¡Pues cerrad las condenadas ventanas si el aire acondicionado está puesto! — chilló Bomo —. ¡Maldita sea, aquí dentro hace más calor que fuera! ¡Habéis puesto la cochina calefacción!

Era verdad. Al probar todos los conmutadores para que bajase el ascensor, habían quitado el aire acondicionado y puesto en marcha la calefacción. En efecto, al salir Bomo a la escalinata del palacio, el aire era más fresco, pero también humoso. Una ráfaga de viento empujó una oscura nube de humo de un extremo a otro de la fachada del palacio, sorprendiendo a Bomo, que dio media vuelta y entró de nuevo en el edificio cubriéndose la cara con las manos. En cuanto recuperó la respiración se puso a dar nuevas órdenes. —¡Oficiales! ¡Soldados! ¡Que se den prisa en quemar esa basura! ¡Toda la basura! ¡Mañana por la noche tienen que haberla quemado toda y las hogueras tienen que estar apagadas!

—¡Sí, excelencia! — dijo el oficial que estaba más cerca, saludando antes de llamar a sus colegas y salir corriendo por la puerta.

El electricista, un hombrecillo, se acercó otra vez a Bomo.

—Excelencia, si no logramos que baje el ascensor por medio de la energía eléctrica, ¿podemos perforar la estructura exterior para...?

—¡Ni pensarlo! — chilló Bomo en medio de la barahúnda que armaba la gente en el vestíbulo, hablando y riendo —. ¡No quiero que rompáis el ascensor!

Bomo volvió a bajar las escaleras corriendo, pidiendo a gritos una toalla mojada, mojada con agua limpia. Un par de chicos salieron a todo correr a través de la neblina para cumplir su deseo. En la calle no había coches en movimiento ni coches parados y sólo circulaban unas cuantas bicicletas, además de algunos carritos tirados a mano que transportaban basura, mercancías, cubos y jarras. De uno de ellos se obtuvieron dos paños mojados para Bomo, que en el acto se puso uno sobre la cabeza y la cara sudorosas. La toalla era la camisa de alguien, pero daba igual. La gente chillaba y se movía para esquivar las grandes ráfagas de humo que a veces no dejaban ver más allá de dos metros. Y el hedor era espantoso, hacía pensar en carne quemada, excrementos y plumas de gallina chamuscadas.

El siguiente problema del día consistió en doce o más incendios en la ciudad. Para ello hacían falta brigadas de agua, corredores provistos de cubos. Los soldados hicieron salir a todos los vagos para esta tarea y hubo una especial demanda de chiquillos de pies ligeros. Bomo regresó al Palacio Pequeño; eran casi las dos de la tarde y estaba agotado. Encontró a Lulu — Fey practicando su danza del vientre en la espaciosa sala de estar; al verle, ella se quejó del humo y Bomo respondió que no podía evitarse y duraría hasta que todo estuviera limpio.

La tarde trajo consigo una cacofonía de alaridos y tiros de fusil. Los soldados habían recibido órdenes de demoler los mercados negros que exhibían sin disimulo sus aparatos Sony, sus artículos pornográficos, sus latas de caviar y foie gras, sus botellas de Jack Daniel's y Chivas Regal, y, al tratar de cumplir sus órdenes, habían encontrado resistencia armada. Se habían entablado pequeñas batallas y las ametralladoras del ejército habían entrado en acción a la vez que la tropa confiscaba botellas y se las bebía.

Y a última hora de la tarde surgieron nuevas dificultades: más de la mitad de los veinte hombres atrapados en el ascensor habían muerto de asfixia o luchando a puñetazos unos con otros. Sus mujeres se agrupaban ahora alrededor del pozo del ascensor, tratando de abrirlo a hachazos. Bomo ordenó que las expulsaran o fusilasen, ambas cosas si hacía falta. Sólo uno o dos gemidos débiles salían ahora del ascensor.

Bomo maldijo a los electricistas.

—¡Que se mueran! — chilló, sin estar seguro de que alguien le oyese.

Y se murieron. Al finalizar el quinto día, ningún sonido salía ya del ascensor, pero sí salía un olor, el horrible hedor de la putrefacción, de algo muerto, un olor que no era nuevo para los nabutianos, pero que resultaba insólito que emanase del mejor edificio del país: el Palacio de Gobierno. Bomo ordenó quemar incienso, lo que por desgracia contribuyó a aumentar el humo infernal que penetraba en el edificio pese a que en teoría todas las ventanas estaban cerradas y el aire acondicionado funcionaba.

Hasta el último minuto, al caer la tarde del día anterior a la llegada del Comité de Ayuda a África de la ONU, a las once de la mañana, no pensó Bomo que iban a necesitar limusinas en el aeropuerto. Les echó una bronca descomunal a sus chóferes — doce hombres vestidos con librea — por no haberles dado un repaso a los grandes Mercedes-Benz unos días antes, pero todos los chóferes alegaron que habían estado ocupados combatiendo los incendios. Los Mercedes presentaban muy buen aspecto, pero no funcionaban, ni uno solo, y Bomo tenía veinte. A uno le faltaba una rueda y el carburador; a otro, el parabrisas; a otro, el volante; a otro, incluso la llave para abrir las portezuelas; y a otros les faltaban cosas que nadie sabía cuáles eran. Bomo ordenó a sus mecánicos y chóferes que trabajasen toda la noche si era necesario y que pusieran tres limusinas en condiciones de uso.

No lo consiguieron. Fue Lulu — Fey quien tuvo la brillante idea de hacer que los ciudadanos tirasen de las limusinas por medio de largas cuerdas de vistosos colores. Comentó que resultaría más respetable y Bomo entendió lo que quería decir.

El pequeño reactor del comité de la ONU aterrizó a la hora prevista, pero tropezó con un par de baches en la pista, lo que hizo saltar una de las ruedas y causó desperfectos en la punta de un ala, de modo que, al desembarcar, el comité y sus cinco ayudantes parecían ligeramente conmocionados.

La banda militar de Bomo interpretó el himno nacional nabutiano. Los niños arrojaron flores. El humo seguía rodeando la ciudad y tras unos pocos pasos en tierra firme algunos miembros del comité sacaron pañuelos para taparse la nariz y la boca. Bomo se adelantó para recibirles enfundado en su uniforme más vistoso con el cuello de la guerrera, el correaje y las medallas.

Douglas Hazelwood, jefe del comité, se dio a conocer, sonrió y estrechó efusivamente la mano de Bomo. Lo mismo hicieron los demás. —¡Cuánto humo! — comentó desenfadadamente alguien.

Bomo no supo qué contestar, pero mantuvo su dignidad mientras iba delante del grupo hacia las limusinas, donde niños descalzos les esperaban sosteniendo cuerdas y sogas como caballos tascando el freno. El humo era mucho peor que el día anterior a la misma hora, porque a última hora de la noche Bomo había cometido la equivocación de ordenar que los incendios se apagasen con agua y muchos, en vez de apagarse por completo, seguían ardiendo sin llama. El sol, que normalmente brillaba con toda su intensidad, no era más que una borrosa mancha amarilla en el cielo gris, como ocurría cuando se avecinaba un tifón. Su calor llegaba a tierra, mas no su luz, y la escena parecía desarrollarse en pleno crepúsculo.

Con la banda marchando detrás, las limusinas empezaron a moverse lentamente camino de la capital. El punto de destino era el Hotel Bomo de Nabuti, donde se habían preparado treinta y cinco habitaciones de la planta baja. Bomo había creído que el comité llegaría acompañado de algunas esposas y criados. En todo caso, en el hotel había agua corriente fría aunque no tuviese aire acondicionado. El hotel era de cinco pisos, con ascensores que no funcionaban, mas para la visita del comité los ascensores no hacían falta. Una vez en él, los del comité deshicieron las maletas, se lavaron y volvieron a subir a las limusinas, que habían permanecido esperando bajo el sol y el humo, para ir a un aperitivo en el Palacio Pequeño.

Lulu-Fey iba ataviada con una túnica de algodón hasta los pies descalzos, lucía ajorcas de oro en las muñecas y los tobillos. Era una anfitriona encantadora, pensó Bomo con orgullo, aunque no supiese ni una palabra de inglés. Los caballeros bebieron ginebras rosadas, whisky escocés con agua, zumo de tomate, cualquier cosa que les apeteciera, y en todas las ventanas y puertas abiertas había criados que agitaban abanicos decorativos para impedir que entrase el humo o, cuando menos, para hacerlo circular. Algunos miembros del comité tosieron, pero todos tenían la cara alegre y preguntaron a Bomo cosas no muy complicadas sobre la agricultura, el cobre, las exportaciones y la sanidad. Tenían que visitar las minas de cobre ese mismo día y, como las minas estaban ahora abandonadas, Bomo había preparado un cuento sobre conflictos laborales y huelgas en demanda de aumentos salariales, unos aumentos tan irrazonables, que él, Bomo, no se había doblegado ante las exigencias. Luego, rechazando las limusinas, se dirigieron a pie hacia el Palacio de Gobierno, porque uno del comité recordaba de la última visita que caía cerca, aunque en ese momento el humo les impedía verlo.

Cerdo asado. Aceitunas. Ñames al horno y toda clase de fruta fresca, flores anaranjadas y color púrpura y plata fina. La mesa larga con su mantel de lino blanco mostraba un aspecto bastante espléndido en el salón principal, situado a la derecha de los ascensores según se entraba. Pero el olor era espantoso, e inexplicable. Bomo captó las miradas de desconcierto y alarma que los miembros del comité cruzaron entre si antes de sentarse. Y el humo parecía haberles seguido hasta el mismo salón. Escanciaron champán los mejores criados de Bomo, vestidos con chaqueta blanca y pantalones negros, luego Bomo se puso en pie y brindó por sus invitados. Soltó un discursito de bienvenida y buena voluntad, tras haberlo ensayado una sola vez, aunque no se notó. Bomo parecía sincero cuando dijo:

—Mi país les da la bienvenida a todos ustedes y les agradece a todos las numerosas bendiciones, la maquinaria, el dinero que nos han dado.

Los invitados aplaudieron, tosieron y sonrieron.

Lulu-Fey se encontraba a la izquierda de Bomo, sonriendo también, esperando con impaciencia el momento de hacer su número: la danza del vientre. Sentados en un rincón, los músicos tocaban instrumentos de cuerda y un tambor. Bomo se enfadó al ver que las ventanas estaban abiertas y que los criados trabajaban para dispersar el humo como un rato antes hicieran en el Palacio Pequeño.

Acababa de cortarse y servirse el asado de cerdo y lechoncillo cuando sonaron unos golpes apremiantes en la puerta que daba al vestíbulo. Al abrirla un criado, un hombre cayó de bruces al suelo y una oleada de humo negro entró tras él antes de que el criado pudiera cerrarla de nuevo. El mensaje del hombre caído era que el edificio parecía estar ardiendo, La noticia no fue traducida al inglés en seguida, pero la súbita alarma de los criados y de Bomo intranquilizó a todos. Varios miembros del comité se levantaron con ademanes temerosos.

Bomo se enteró de que algún idiota se las había ingeniado para echar gasolina sobre el tejadillo del ascensor encallado y tirar luego una cerilla encima, con el propósito de incinerar los cadáveres, de acuerdo con la costumbre religiosa nabutiana. Un criado dijo que las responsables eran un par de esposas de los hombres atrapados.

—¡Caretas antigás! — chilló Bomo —. ¡Traedlas de prisa... so pena de muerte!

Los criados salieron corriendo, los soldados de la guardia andaban apresuradamente de un lado para otro, como si también ellos estuvieran ardiendo. Todos tenían que salir y todos lo intentaron, aunque un hombre del comité cayó al suelo y hubo que sacarlo a rastras. Del pozo del ascensor salía humo por multitud de rendijas invisibles, como algo a punto de estallar, a la vez que el olor del humo hacía pensar en el fuego del infierno. Diversas figuras salían disparadas o tambaleándose del Palacio de Gobierno, bajaban su escalinata y se adentraban en una atmósfera gris donde los objetos eran más visibles pero respirar apenas era menos peligroso.

—¡Las caretas antigás, excelencia! — exclamó un teniente.

Unos soldados se acercaban corriendo con los brazos cargados de caretas antigás, que fueron abiertas y encasquetadas rápidamente en la cabeza de los miembros del comité y sus ayudantes.

—¡La boca en el tubo! — gritó Bomo, recordando de pronto instrucciones que había oído mucho tiempo atrás. Se sintió satisfecho de sus hombres por haber traído las caretas tan de prisa. Junto con sus soldados, un par de los cuales ya llevaban careta puesta, Bomo ayudó a abrochar firmemente las caretas alrededor del cuello de los aturdidos hombres del comité, y a guiarles luego hacia la izquierda, camino del Palacio Pequeño, donde el aire parecía más limpio, al menos de momento. Bomo rechazó galantemente una careta y cogió a Lulu — Fey de la mano con gesto protector. La muchacha se tapaba la cara con una servilleta blanca empapada en champán. Los del comité daban traspiés y forcejeaban como si tratasen de quitarse las caretas. Dos hombres se desplomaron. —¡Recogedlos! — gritó Bomo a sus soldados.

El humo giraba. Un soldado con careta cayó al suelo y empezó a retorcerse débilmente.

En el Palacio Pequeño los criados se pusieron a trabajar con los abanicos. Los hombres del comité fueron tendidos en el suelo, boca arriba. Algunos no se movían. Bomo no salía de su asombro.

—¡Más abanicos! — exclamó —. ¡Y toallas mojadas, rápido!

Las toallas eran para quienes no llevaban careta, como él mismo, por ejemplo.

Tras un par de minutos las cosas parecieron mejorar. Ahora el viento les era favorable y por la casa corría un aire más fresco. Pero, de los caballeros del comité y sus ayudantes, sólo dos o tres dieron señales de vida y volvieron a quedar inmóviles, gimiendo.

Kuo, que había interrumpido su misión para asistir al banquete, agitó las manos para quitarse el humo de la cara, se frotó los ojos y dijo:

—Ahora podríamos quitarles las caretas, padre. ¿No te parece?

Se había agachado igual que Bomo, no para ver mejor a los hombres yacentes en el suelo, sino porque el humo tendía a elevarse en la estancia.

Bomo accedió. El y Kuo, ayudados por un par de criados, empezaron a deshebillar las caretas. Un criado soltó un grito de alarma, agudo como el de una mujer.

—¡Hormigas! — chilló en su lengua materna, agitando ambas manos.

—¡Cielo santo! ¡Es verdad! — Kuo se levantó de un salto, batiendo palmas y frotándose el dorso de las manos —. ¡Hormigas grises! ¡De las grandes!

Todo el mundo conocía ese tipo de hormiga gris, que invernaba o veraneaba en los lugares más extraños y si la molestaban salía en enjambres, sedienta de sangre y furiosa. Se habían metido en el filtro de las caretas, una parte circular y lisa que era porosa y al tacto parecía fieltro. Todos los presentes se aplicaron a la tarea de sacar a los hombres del comité del palacio, arrastrándolos por los hombros o los pies, porque el lugar iba a convertirse en un verdadero infierno si las hormigas lo invadían. Querían quitarles las caretas y quemarlas al aire libre. Kuo, que ahora llevaba unos guantes blancos, quitó la primera careta y se encontró con una cara sangrando a causa de las picaduras, y de color azul. Los criados corrían de un lado para otro, arrancando caretas, y Bomo ordeno encender una hoguera en el césped del Palacio Pequeño.

Volvieron a oírse chillidos, de criados y criadas. ¡Servilletas, toallas, todo servía para quitarse de antebrazos, manos y pies descalzos a las hormigas enfurecidas! Al quitar una careta, su usuario aparecía siempre con la cara de color — azul, muerto de asfixia, porque desde el primer momento las hormigas habían bloqueado el paso del aire a través de los filtros.

Por horrible que fuera, Bomo tuvo que ordenar que quemaran los veinte cadáveres. Los colocaron en círculo con los pies hacia fuera, como los rayos de una rueda. ¡No era el momento más apropiado para delicadezas! Primero había que ocuparse de las hormigas, así que rociaron las caretas y las cabezas con queroseno y echaron una cerilla.

Los criados inspeccionaban el jardín, buscando hormigas fugitivas. Lulu-Fey, lanzando gritos agudos cuando las hormigas le picaban los pies desnudos, rociaba el suelo con una lata de insecticida encontrada en la cocina del palacio, describiendo un círculo alrededor de las piernas de los hombres del comité y sus ayudantes.

—¡El piloto! — dijo de pronto Bomo, frunciendo el ceño al recordar que había visto una figura, quizá dos, sentada ante los mandos del avión.

Su hijo Kuo le oyó y alzó un dedo para indicar que le había entendido.

—¡Enviaré un mensaje al aeropuerto!

Habló con uno de los soldados que estaban cerca de él cuidando el fuego, se cruzó la garganta con un dedo y el soldado se fue.

El piloto y el copiloto, norteamericanos los dos, que se habían quedado en el aeropuerto para tratar de reparar, con la ayuda de algunos nabutianos, los desperfectos sufridos por su pequeño reactor, se llevaron una sorpresa cuando vieron aparecer un piquete de cinco soldados armados de fusiles con la bayoneta calada. Los soldados se les aproximaron en actitud agresiva y los decapitaron sin decir palabra.

Así desapareció el Comité de Ayuda a África de las Naciones Unidas, que era una división de... algún otro departamento cargado de buenas intenciones. Todo lo útil que contenía el pequeño reactor extranjero, además del motor y la carrocería, fue despedazado y quemado hasta quedar irreconocible durante la tarde del mismo día en que sus pasajeros encontraron la muerte. Cuando al día siguiente se recibieron llamadas telefónicas preguntando dónde estaban el señor Hazelwood y su comité, la telefonista, cumpliendo órdenes de Bomo, contestó que el avión del comité nunca habla llegado, aunque lo esperaban el día antes a las once de la mañana. Resultó fácil insinuar que Gibbi, el país vecino, siempre dispuesto a causarle problemas a Nabuti, había derribado el avión. De todos modos, el presidente Bomo no tenía ninguna información que dar y lamentaba profundamente que el comité no hubiese podido realizar la visita que el presidente aguardaba con tanta ilusión.


En Catástrofes
Título original: Tales of Natural and Unnatural Catastrophes (1987)
Traducción de Jordi Beltrán
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: PH en Fontainbleau. 1974 © Martine Franck/Magnum Photos 

13 feb. 2013

Patricia Highsmith: Sixto VI, Papa de la zapatilla roja

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El papa Sixto VI dio un fuerte tropezón en la mañana de su partida para América Central y del Sur. Calzado con sandalias, se dirigía a rezar sus plegarias matutinas en una capilla subterránea del Vaticano cuando, al subir los cuatro peldaños de piedra que había subido mil veces antes, el dedo gordo del pie derecho chocó con el peldaño de arriba, y el pontífice habría caído de no ser porque el padre Stephen se adelantó corriendo y le asió firmemente del brazo. Sixto trató de sonreír, el dolor era bastante fuerte, y él y Stephen siguieron su camino hacia la capilla.

A las nueve y treinta, cuando el papa y su séquito subían al reactor del Vaticano, el dedo gordo aparecía enrojecido y palpitante. También presentaba una hinchazón alarmante y Sixto se había cambiado de calzado: ahora llevaba unas zapatillas negras y holgadas en vez de las de color blanco, más ceñidas, que hacían juego con su traje talar de tono claro. Corría el mes de junio y el clima de Roma era cálido y pegajoso. Después de examinar el dedo, el doctor Franco Maggini, médico del papa, recomendó que mientras desayunaba lo tuviese metido en lo que llamó «un astringente caliente», pero el remedio no produjo ninguna mejoría. El dedo presentaba incluso un color amoratado, debido quizá a la contusión sufrida por los capilares.

Pero, antes de entrar en el avión, Sixto se volvió, alzó un brazo y sonrió, como hacía siempre, a los escasos centenares de personas elegidas y cacheadas a conciencia que se encontraban detrás de un cordón de seguridad en el borde de la pista. De la multitud surgieron un leve clamor, vítores, gritos de «¡Santo Sixto!».

—¡Buon´ viaggio!

—¡Benditos seáis! — respondió Sixto VI —. ¡Qué Dios esté con vosotros!

Luego Sixto se instaló en su amplio y cómodo asiento, se abrochó el cinturón de seguridad y aceptó la tacita de té que Giorgio, su camarero, le trajo en una bandeja. La aceptó porque, de no haberlo hecho, Giorgio se hubiese llevado un chasco.

Su Santidad tiene buen aspecto hoy — dijo Giorgio.

¿Lo tenía? Desde el otro lado del pasillo el papa intercambió una sonrisa con Stephen, el joven sacerdote canadiense recientemente ordenado y con quien le gustaba conversar, porque a Stephen le interesaba la política además de la teología. El joven Stephen era conservador.

La política. Este era el motivo del viaje que el papa emprendía ese día, su segundo viaje a América del Sur en nueve meses, aunque esta vez visitaría otros países. Esta vez iría a Ciudad de México, luego a Colombia, seguidamente al pobrísimo Perú, luego a Chile, donde el gobierno iba de uniforme y la gente desaparecía. En todas partes reinaban la agitación, el desconcierto y la infelicidad. Sixto VI era muy consciente de ello, consciente de que era difícil, cuando no imposible, mirar a un hambriento a la cara y decirle «confía en Dios y todo irá bien». Era casi tan malo como la antigua admonición, la frase hecha de otros tiempos: «Soportad vuestras penalidades en esta tierra, y si creéis, viviréis por los siglos de los siglos en el cielo después de morir.» La gente estaba perdiendo la fe en la existencia de un cielo o un infierno, incluso en la existencia de una vida posterior a la muerte.

Los motores empezaron a rugir, el aparato avanzó y Sixto se sintió apretado con fuerza contra el asiento.

Luego despegaron y el papa en seguida alargó la mano hacia la cartera de cuero negro y lustroso que tenía delante, sobre la mesa. Se desabrochó el cinturón, aunque el aparato seguía elevándose. Extrajo la alocución de cinco páginas que debía pronunciar en Ciudad de México al mediodía, hora local, dentro de uno o dos días.

«...la palabra de Dios es infalible — leyó Sixto — y El nos contempla a todos, sin olvidar una sola alma. Mas hoy en día hay entre nosotros elementos que pretenden derribar esta gran estructura de fuerza espiritual, de consuelo y verdad. En su lugar, ofrecen un cristianismo diluido y contaminado, un cristianismo que tienta y atrae a primera vista, pero que es engañoso y hueco... Primero y siempre, fe absoluta y obediencia absoluta...»

Los párpados de Sixto temblaron a causa del dolor del dedo, sus propias palabras se le hicieron abstractas, difíciles de sostener. El día antes, al repasar el discurso en voz alta, grabarlo y escucharlo luego, le había parecido fuerte, sincero y a la vez sencillo. El papa admiraba la sencillez: a menudo dirigía la palabra a gentes analfabetas. Para Sixto sencillez significaba sinceridad, lo que equivalía a decir que un hombre que no fuera honrado y hablara con palabras sencillas no podría ocultar su falta de honradez. Pero se preguntó si debía modificar algunas de las cosas que había escrito. Ciertamente disponía de tiempo para ello, pero resultaba difícil pensar por culpa del dolor en el dedo gordo del pie derecho, ahora tan intenso como un dolor de muelas.

—Santidad... — El doctor Maggini apareció a su lado, inclinándose y sonriendo —. ¿Cómo va el dedo?

—Iba a llamarte, Franco. Es horrible. Sólo me he tomado dos aspirinas, así que ¿y si tomase otra? ¿O algo más fuerte?

—¿Tan malo es? — Franco juntó sus pobladas cejas y se frotó la barbilla. De unos cuarenta y cinco años, tenía un bigote pulcro pero espeso y le gustaba vestir trajes oscuros incluso en verano, en ese momento llevaba un traje ligero de popelín casi negro con una camisa blanca y una corbata azul oscuro —. ¿Puedo verlo otra vez?

El papa se agachó para quitarse la zapatilla; se bajó un poco el calcetín blanco, que le llegaba hasta la rodilla, y el doctor acabó de quitárselo. Stephen se había levantado y en ese momento se encontraba en otra parte del avión, aunque el papa ya le conocía bien y no le hubiese importado que le viese el dedo del pie.

—Ya ves, está más hinchado — dijo el papa —. Y observa ese tono morado. ¿Qué podrá ser?

El doctor miró el dedo y puso cara de preocupación, como si nunca hubiese visto nada parecido.

—No se habrá roto, ¿eh?

—Lo dudo, si sólo fue un tropezón, Santidad.

—¿Tal vez dislocado?

—No. Creo que la carne... y, por supuesto, el hueso sufrieron una fuerte contusión. Las contusiones de hueso llevan tiempo.

—Pero... — El dolor hizo que de pronto el sudor brotase en la frente de Sixto —... la hinchazón me duele tanto. Una incisión no estaría de más. No podría dolerme más de lo que duele ahora.

El doctor meneó la cabeza, pensativo.

—Sí, pero todavía no, Santidad. Una incisión podría traer complicaciones. Quizá convendría hacerle una radiografía en Dallas — Fort Worth.

El doctor siempre hablaba del aeropuerto como si se tratase de una sola ciudad, lo cual molestaba a Sixto.

—¿O Nueva York, que está más cerca?

—Nueva York es para repostar combustible. Santidad, por lo que no se han tomado medidas de segundad. Pararemos en el Kennedy un par de horas solamente. ¿Recordáis, Santidad?

Sixto recordó que así era. Y la puntualidad era obligada, en todo el viaje.

El doctor Maggini dio al papa dos aspirinas de una cajita que llevaba en el bolsillo.

—Yo recomendaría a su Santidad que se echara y tuviese el pie derecho levantado.

Sixto VI se retiró a su compartimento privado, donde había una cama amplia, aunque no tanto como una matrimonial, ducha, lavabo y retrete y una mesa para dos junto a una ventanilla. La cama podía separarse por medio de cortinas, cosa que a Sixto le parecía absurda. ¿Sería por si moría en vuelo? ¿Un poco de intimidad en sus últimos momentos?

Se echó en la cama, con la cabeza apoyada en las almohadas, y volvió a repasar el discurso. Pero, quizá a causa de las aspirinas, le entró sueño y cerró los ojos. Los motores del avión emitían un ronroneo sedante. Le despertó un dolor agudo en el dedo, como si Franco acabase de practicarle una incisión. Pero no. Franco no estaba allí y las palpitaciones de ahora eran como si un martillo golpease un nervio. Sixto parpadeó de dolor, alarmado. Soy mortal, al fin j al cabo, fueron las palabras que le pasaron por la cabeza, pero que era mortal lo había sabido siempre, lo había dicho a menudo en sus discursos. Era sólo un puente humano entre Dios y el hombre, nada más. ¿Y si la septicemia le subía por la pierna? ¿Tendrían que amputársela? Bien estaba. Eso no era mortal. ¿Por qué era tan espantoso el dolor? Sixto estuvo a punto de tocar el timbre para que acudiera Franco, pero retiró la mano. Estaba sufriendo, esto era sufrimiento, ¿y cuántas veces había instado a su grey a soportar toda suerte de sufrimientos? ¡Mal le estaba gimotear por un dedo contusionado!

El papa almorzó con Stephen, el doctor Franco Maggini y el cardenal Ricci. El ambiente era alegre, a pesar de las corteses conmiseraciones que el cardenal expresó acerca del dedo del papa.

«Todo irá bien», con estas palabras quedaba resumida la actitud de los comensales, y el cardenal Ricci incluso las pronunció.

No le hicieron ninguna radiografía en Dallas ni en Fort Worth y el pontífice desistió de quejarse, no fuera a chocar otra vez con la objeción de «falta de medidas de seguridad». Repostaron combustible de nuevo y prosiguieron el viaje hacia Ciudad de México. El papa durmió mal y se concentró en dar un buen espectáculo al día siguiente, según se dijo a sí mismo mentalmente. O sea, en cumplir su cometido a la perfección.

El papa Sixto VI se llamaba en realidad Luciano Emilio Padroni y había nacido en una región pobre de la Toscana. Curiosamente, la pobreza, la tristeza y las muertes habidas en la familia, la estrechez y el afecto que sentía por el padre Basilio en su pueblo le habían encaminado hacia la Iglesia. Después de unas cuantas aventuras juveniles, cuando Luciano tenía diecinueve años y de nuevo a los veintidós, se había acostumbrado a su condición de eclesiástico, que desde entonces abrazaba con mucha firmeza. Luciano creía en Dios y en Cristo. Era un hombre de físico fuerte, aficionado a las excursiones y a esquiar, incluso ahora que rozaba los sesenta. Se ganaba amigos con facilidad, aunque no tenía aptitud para las maquinaciones. Al público parecían gustarle su franqueza y su cara. Ya lo había notado cuando era mucho más joven, pero, a pesar de ello, se había llevado una sorpresa al ser elegido papa hacía sólo unos años, cuando era obispo de una diócesis toscana de poca importancia. De eso hacía ahora seis años. Tenía la impresión de que en aquel entonces el mundo era un lugar más tranquilo, de que las naciones aún no andaban a la greña en todas partes, pero probablemente no era así. El mundo no cambiaba drásticamente, sólo se volvía «más esto o aquello» en algunos aspectos. Ahora eran de nuevo los partidarios del control de la natalidad, que armaban alboroto en los Estados Unidos como años antes hicieran en Irlanda. Obispos y sacerdotes de Norteamérica se habían declarado a favor del control de la natalidad, en sus propias iglesias, y también partidarios de tolerar la homosexualidad y de calificarla de aberración psicológica en vez de vicio. Las relaciones sexuales antes del matrimonio también les parecían aceptables. Y la permanencia en la Iglesia, en plano de igualdad, después de casarse por segunda vez. Al parecer, estas ideas de los liberales procedían de una fuente inagotable y sus defensores no se daban cuenta de que sus nuevos «principios» no contribuían a fortalecer a la Iglesia, sino que la convertían en una vasija defectuosa, agujereada.

Luciano Emilio Padroni soltó un gruñido y se movió nerviosamente, sin poder dormir.

Ahora en México, como en otras partes, privaba la teología liberal, los sacerdotes se vestían como los campesinos, algunos incluso se mostraban dispuestos a empuñar las armas, montaban campañas de agitación pidiendo la redistribución de la tierra y salarios más altos; todo ello era muy preocupante; ¡y no tenía ninguna relación con el significado y la función de la Iglesia Católica Apostólica y Romana en esta tierra!

Luciano había creído que estaba despierto, pero el sol de México le despertó de verdad, dorado y ardiente, entrando por las ventanillas redondas del reactor mientras el papa se duchaba, afeitaba y vestía. Al andar tenía que apoyarse en el talón del pie derecho. Debido a la hinchazón del dedo gordo, la piel mostraba un tono brillante y la uña parecía absurdamente pequeña, como un botón que sujetase una almohada. Y el color rojizo era más intenso.

—¿Y bien... quizá ha llegado el momento de hacer una incisión? — dijo Sixto a Franco mientras desayunaban en el compartimento del primero. El doctor acababa de examinarle el dedo, por lo que el papa tenía el pie desnudo, aunque por lo demás estaba completamente vestido.

Franco volvió a menear la cabeza.

—Si revienta, tenemos penicilina en polvo. Ayer dudaba entre aplicarle una bolsa de hielo o sencillamente elevarlo.

Y me dio sólo un par de aspirinas contra el dolor, pensó el papa. Pero, por cortesía, no dijo nada.

Empezó a bajar la rampa mientras la multitud, contenida por un muro de policías y soldados alineados de tres en fondo, le recibía con aclamaciones. El papa levantó los brazos, sonrió y al llegar a la pista se agachó para besar el suelo. El dedo le dolía tanto que concibió la esperanza de que se le hubiese perforado, pero no bajó la vista para comprobarlo. Llevaba unas zapatillas blancas muy holgadas, calcetines blancos, un traje talar blanco con bordados de oro y un gorrito redondo y blanco en la coronilla.

Una comitiva de motos y limusinas negras llevaron al papa y acompañantes hacia su destino, el estadio deportivo de la Universidad de México. Sixto ya había estado en México, para bendecir una catedral, pero no para pronunciar una alocución. El presidente mexicano iba en la misma limusina que el papa; sonreía, pero se le veía incómodo a causa del calor que le daban el chaqué, el cuello de pajarita y la corbata blanca. Sixto oyó que alguien decía en español que el sistema de aire acondicionado de la limusina no funcionaba.

Guardias, trompetas que desafinaban y un intento de marcha solemne por parte de una banda militar. El calor hubiera vencido a un camello. El pontífice, con el báculo en la mano, subió unos escalones de madera hasta un podio también de madera y se encontró de cara a las masas que llenaban el estadio. El murmullo de miles de voces subió de tono hasta devenir en un rugido. Los que aún no estaban de pie en el estadio ovalado se levantaron de sus sillas plegables, igual que los espectadores que llenaban las gradas, y empezaron a chillar, agitar sombreros de anchas alas, aplaudir y armar ruido de mil maneras. Sixto alzó los brazos para pedir silencio, pero fue en vano. Los mexicanos se figuraron que el gesto era un saludo y correspondieron al mismo. Ocurría así con frecuencia. El papa se quedó esperando con buen humor, o al menos con una expresión de buen humor en la cara. Vio que a menos de diez metros de él un policía en mangas de camisa echaba a un perro pegándole en las costillas con la porra. Muchos espectadores comían tacos, tortillas, mazorcas tostadas y el perro, que parecía un lebrel, trataba de encontrar algo que comer; y el papa observó que no era el único. Dos o tres perros vagabundos, huesos y piel todos ellos, se habían colado en el estadio y eran perseguidos a puntapiés por los policías.

Y el dedo del pie seguía latiendo, como las sienes. Sixto notó el sudor bajando por las patillas y bañando luego las mejillas.

—¡Pueblo mío! — empezó a decir en español —. En el nombre de Dios...

Se lo sabía de memoria en varios idiomas. La brisa ligera levantó las páginas del discurso colocado en una especie de atril, más allá del cual había un círculo de micrófonos negros y aún más allá se encontraban las masas de mexicanos, principalmente hombres en mangas de camisa y sombreros de alas anchas, aunque también había muchas mujeres y niños. Pudo ver que algunos alzaban a sus hijos para poder decir luego: «¡Mi chamaquito (o mi chamaquita) ha visto al papa!» Sixto vio que dos hombres mal vestidos competían por un lugar que quedaba directamente enfrente de él. Una familia parecía tener por lo menos seis niños, empequeñecidos todos por la distancia. Algunas mujeres, la cabeza cubierta con rebozo, se secaban lágrimas de los ojos.

—¡Silencio! — gritó un hombre en el podio.

—¡Que lo echen! — dijo una voz desde abajo, y el pontífice vio que un hombre delgado con pantalones blancos y camiseta, un hombre de mediana edad, era golpeado una vez, dos veces por un policía y luego sacado a rastras, medio inconsciente, por otro policía. El hombre tenía la camiseta rasgada, el torso al aire, y el papa distinguió claramente las costillas, como momentos antes viera las del perro.

—¡Ladrón! — gritó una voz desde alguna parte —, ¡Quería robar dinero! ¡Vergüenza!

—¡Silencio! ¡Vergüenza!

La voz de un hombre llegó hasta el pontífice desde abajo. ¿Querría decir que era una vergüenza que alguien hablase mientras hablaba el papa?

—Pueblo mío — empezó otra vez el papa, hablando sin su discurso escrito —. Tengo un mensaje especial para vosotros. — A menudo había dicho estas palabras en Roma, Varsovia —. Prestad atención a vuestros sacerdotes, vuestros padres en los pueblos... ¡Hombres como el padre Felipe! — Felipe, del estado de Chiapas, era el más «liberal» y perspicuo de todos. El papa oyó un grito sofocado, un grito colectivo, y un solo «¡Ah!» de asombro salido de alguna garganta a sus pies —. Vuestros sacerdotes tienen razón cuando dicen que los ricos son duros de corazón, que vuestros jornales son insuficientes... para la dignidad humana o el sustento de la familia. Y también...

Sixto tuvo que hacer una pausa porque un murmullo circuló entre la multitud como una ráfaga de viento; golpeó el suelo con el pie derecho, con la mano derecha asió el báculo tan fuerte como pudo y apretó la mandíbula.

—Santidad..., ¡vuestro discurso! ¿Estáis bien?

Era Franco, su médico, inclinándose ansiosamente sobre él a su izquierda, con la mano extendida para tocarle el brazo aunque, al parecer, no se atrevía.

De pronto Sixto VI se sintió enfadado con Franco, enfadado de un modo irracional, como un loco, así que no le hizo caso y prosiguió.

—¡Y más! — gritó por los micrófonos —. Como vuestra pobreza es una vergüenza, no para vosotros, sino para los que son más ricos que vosotros..., tenéis todos los derechos, todos los derechos concebibles para tratar de mejorar vuestras circunstancias. Y vosotras, mujeres, vosotras, madres..., no es vuestra obligación, no es el destino que os ha asignado Dios, veros atadas eternamente a la tarea de dar a luz... del mismo modo que el asno, con los ojos vendados, está atado a una noria. Sixto hizo una pausa y observó movimientos de curiosidad en el populacho que tenía delante. Presintió que se avecinaba una tormenta, pero también se dio cuenta de que había logrado transmitir su mensaje. Algunas de las figuras situadas a sus pies alzaron los brazos, como si temiesen gritar aunque lo deseaban. El papa golpeó el suelo con su báculo.

—Mi palabra es la verdad..., ¡mi palabra!

El extremo del báculo golpeó dos veces el suelo de madera. El papa, aun sin bajar la vista, trataba de golpearse el dedo del pie — Una vez más, echando mano de todas sus fuerzas, golpeó con el báculo y esta vez acertó de lleno.

Sintió un dolor agudo y un calor que le invadía todo el cuerpo, luego una sensación de frescor en la frente y sonrió a la multitud.

¡Benditos seáis! — exclamó Sixto VI —. ¡Benditos seáis!

Levantó los brazos, la mano derecha sujetando todavía el báculo. El dedo ya no le dolía y hasta notaba una agradable sensación de frescor en el pie derecho.

¡Santidad! — Stephen acababa de aparecer a su lado vestido con su sotana negra, el cuello blanco, la cara joven y sonriente. Meneó la cabeza con expresión de desconcierto —. ¡Vuestro pie! — dijo, señalando.

La multitud, puesta ahora en pie, gritaba y el ruido impedía oír con claridad. El presidente y sus ayudantes hacían gestos corteses indicando a Sixto VI que bajara del podio. El papa sabía qué era lo que estaba programado a continuación: la visita a cierta plaza del centro de la ciudad llamada el Zócalo.

—¿El padre Felipe está en la ciudad? — preguntó el papa —. ¡Me gustaría que estuviera conmigo hoy!

Tuvo que gritar para hacerse oír y dirigió la pregunta a sus ayudantes, a cualquier persona antes que al presidente, de cuya cooperación no estaba seguro.

—¡Encontraremos a Felipe!

¿De quién era esa afirmación?

La zapatilla derecha del papa aparecía totalmente teñida de rojo por la sangre, y Stephen la señaló con una expresión de alarma en el rostro. El papa hizo un gesto indicando que todo iba bien.

Una limusina condujo al papa, a Stephen, al doctor Maggini y a una o dos personas más, todas del séquito del pontífice, así como al presidente, hacia Ciudad de México. El papa se quitó la zapatilla y se la puso en el regazo. Por la ventanilla entreabierta entraba una brisa cálida y la zapatilla se secó rápidamente, endureciéndose.

—San... Santidad — dijo el presidente de México, tragando saliva nerviosamente —. Debo rogar a Su Santidad que se dirija directamente al aeropuerto. Es una cuestión de seguridad.

Sixto VI ya esperaba algo parecido.

—Se hará la voluntad de Dios. No tengo miedo. El pueblo me espera en la plazuela, ¿no es así?

El presidente asintió con la cabeza, incapaz de llevarle la contraria al papa, se mordió el labio y miró hacia otro lado. El padre Felipe había recibido el mensaje. El papa vio su figura delgada, vestida de negro, antes de que la limusina se detuviese en la plaza. Había gran número de policías y soldados. Felipe era alto y parecía un espantapájaros que se volvía ora hacia un lado ora hacia el otro con los brazos abiertos, resistiéndose en silencio a la policía, que, al parecer, quería llevárselo a otra parte.

—¡Felipe! — gritó el papa al apearse de la limusina. Felipe Sáinz, sacerdote de veinticinco años, había estado dos veces en la cárcel por incitar a la huelga en petición de mejores viviendas para los peones y por exigir a gritos asistencia médica para los trabajadores heridos y alimentos para sus esposas embarazadas. El joven sacerdote puso cara de pasmo cuando Sixto lo abrazó.

Los soldados y policías, boquiabiertos, miraron con cierto temor al gentío que les rodeaba por todas partes. Había ya en la plaza más de mil personas e iban llegando más por las numerosas calles y callejuelas que desembocaban allí. También había un podio o tarima redonda, pero esta era de metal, como un antiguo quiosco de música sin tejadillo. El papa subió los escalones con Felipe. Stephen les siguió.

—¡Vuestro pie, Santidad! — exclamó el padre Felipe. Iba sin afeitar, como de costumbre, el bigote poblado, pantalones oscuros de tipo corriente y sotana; daba la impresión de haber dormido con la ropa puesta.

—El pie me dolía hace una hora, pero ya ha pasado — dijo Sixto, sonriendo. El calcetín blanco del papa también aparecía teñido de rojo, pero estaba seco, como si la hemorragia hubiera cesado.

—Esto...

El papa hizo girar la zapatilla roja y rígida entre los dedos de la mano derecha. En la cara del padre Felipe se pintó una expresión de perplejidad.

—¿Sangre?

La sangre que teñía la zapatilla mostraba ahora una tonalidad oscura, pero el rojo era inconfundiblemente de sangre. Sixto VI colocó la zapatilla en el borde del atril, abrió los brazos, pronunció el saludo de costumbre y una breve bendición, luego cogió la zapatilla, que pesaba igual que siempre a pesar de su color.

—Mi sangre... soy humano como vosotros... y mortal — dijo Sixto.

La multitud contemplaba la escena con ojos fascinados, sorprendidos, desconcertados; muchas personas sonrieron sin saber cómo interpretar las palabras del papa, otras clavaron sus ojos negros en el rostro del pontífice como si mirándole con tanta fijeza, desde tan cerca, pudieran extraer toda la sabiduría que necesitaban para vivir.

Así nació el nombre de «Papa de la Zapatilla Roja». El accidente sufrido en el dedo del pie (que Sixto describió) era, según dijo, prueba de que incluso los que ocupaban altos cargos eran falibles. El dolor causado por el golpe era una señal de error, y el alivio de ese dolor, viendo las cosas tal como eran, representaba la verdad, la realidad. ¡Un dedo del pie lesionado! Era un error que todo el mundo podía comprender.

El papa se colocó a un lado del atril y extendió el pie enfundado en el calcetín rojo, para que pudieran verlo el mayor número de personas posible.

—¡Ha desaparecido el dolor!

El padre Felipe se rió quedamente y sus ojos parecieron despedir chispas.

Al igual que en el estadio, la gente, que daba la impresión de estar un tanto aturdida, tardó un poco en comprender el sentido de lo que decía el papa y por qué el padre Felipe estaba con él. El papa alargó una mano hacia el padre Felipe y este la cogió. El papa no necesitó decir nada más.

El murmullo del gentío se hizo más fuerte. En alguna parte comenzaron a sonar campanas de iglesia, irregularmente, con un sonido alegre. Un mariachi empezó a tocar en una calle cercana, un tanto indeciso al principio, luego más decidido. Pero en la mayoría de las personas se advertía una felicidad solemne, reían y charlaban unas con otras. El papa se mezcló con ellas, acariciando fugazmente la cabeza de niños y bebés.

Unos cuantos policías le seguían. El presidente observaba con inquietud la escena desde el lugar donde estaban aparcadas las limusinas negras. Por lo menos había tres equipos de la televisión filmando lo que ocurría en la plaza.

Estaba previsto un almuerzo de estilo mexicano en la mansión del presidente. Ya eran más de las dos. El papa preguntó al presidente si podía invitar al padre Felipe a almorzar con ellos. ¿O sería una molestia para el presidente? El papa sabía que iba a crear una situación embarazosa, pero esperaba que ello no impidiese la presencia de Felipe, aunque no dijo nada.

El presidente, neutral por necesidad, aspiró hondo antes de contestar, pero el doctor Maggini se le adelantó.

—Santidad, debo tomaros la temperatura cuanto antes. Dado cómo tenéis el pie... y con este calor...

Sixto comprendió que el precavido doctor trataba de preparar una excusa para las palabras que el papa había pronunciado en el estadio y en la plaza. Su Santidad no había hablado en serio todo el rato. Su cerebro estaba trastornado a causa de un acceso de fiebre.

—Puedes tomarme la temperatura, Franco, pero me encuentro bastante bien, muy bien, a decir verdad.

—Santidad..., ¿me permitís que sugiera...? — El presidente intentó encontrar palabras diplomáticas —. La multitud va en aumento. Cuanto antes nos marchemos...

Efectivamente, cada vez había más gente y los soldados y policías se mostraban más activos, dando saltos y blandiendo las porras. Sixto observó que el talante del populacho era alegre, pero los soldados y policías no tardarían en ser insuficientes para controlarlo. El cardenal Ricci consultó con el presidente, que señaló una limusina, y apremiaron al papa a dirigirse hacia ella. Subieron todos excepto el padre Felipe, a quien el papa tuvo que decir adiós con la mano, a través de la ventanilla. Se pusieron en marcha, pero no hacia la mansión del presidente, sino hacia el aeropuerto. Media hora después el papa se encontraba sentado con un termómetro en la boca en su compartimento con aire acondicionado del reactor del Vaticano.

El bueno del doctor Maggini tuvo que reconocer que la temperatura del papa era normal. Un sirviente acababa de bañar el pie derecho del pontífice en una palangana de agua tibia. La piel se había partido en la punta del dedo gordo, pero el color y el tamaño eran casi normales, y ya ni siquiera le sangraba la pequeña herida.

—Es como un pequeño milagro, ¿verdad? — dijo Sixto, mirando al doctor, al cardenal Ricci y a Stephen, que se encontraban junto a él —. ¿Dónde está mi zapatilla roja, Stephen?

—Ah, sí, alguien... — empezó a decir Stephen con cara de sentirse incómodo —. Puede que fuese el padre Felipe, Santidad, aunque estoy seguro de que no pretendía apropiarse de ella, sólo llevarla. Hubo cierta confusión en los últimos minutos.

—Concededme unos momentos en privado, Santidad — susurró el cardenal.

El papa hizo un gesto para que los demás salieran del compartimento.

—Id a comer un poco, amigos míos.

El cardenal Ricci se quedó.

—Quizá Su Santidad se habrá percatado de las consecuencias...

—Sí, sí — dijo Sixto —. Hará falta algún tiempo para que mis palabras lleguen a todo el pueblo..., a sus raíces.

—¡Para que lleguen al pueblo, Santidad! ¿Os gustaría ver la televisión en este momento? Roma emite sin interrupción. Irlanda... Nueva York, París... Es como una explosión. El revuelo durará semanas... más aún... a menos que moderéis vuestras palabras, las alteréis un poco.

—Irlanda... sí, no me cuesta imaginarlo — dijo Sixto —. Y sin duda algunas personas en América se sentirán felices, ¿verdad?

El cardenal miró de reojo hacia la puerta cerrada del compartimento, como temiendo que alguien estuviera escuchando o fuese a entrar de un momento a otro.

—¿Os dais cuenta de dónde estamos, Santidad? En la pista del aeropuerto de Ciudad de México. No podemos proseguir el viaje hacia Bogotá. No dispondrán de lo necesario para protegeros. Ningún país sudamericano puede proporcionarnos seguridad... en estas circunstancias.

El papa se hizo cargo. Eran las personas amigas quienes podían aplastarles, a él y a su séquito, y no los hombres armados que quizá se presentarían más tarde. Sin duda los terratenientes ya estarían preparándose.

—Pero volver ahora al Vaticano — empezó a decir Sixto en tono sereno — parecería una retirada, ¿no es así, mi querido cardenal? Sería como salir corriendo para salvar la vida, ¿no?

—¡Quizá, sí! — respondió prontamente el cardenal —. Si exceptuamos el hecho de que la curia está tan escandalizada como todo el mundo y no se mostrará inclinada a..., bueno, a congratularnos, Santidad. Reconozco que nuestra vida quizá no corra tanto peligro en el Vaticano.

Sixto se dijo que era previsible que la curia se mostrase fría, incluso hostil, pero no se le había ocurrido pensarlo hasta ahora.

—Vamos a almorzar un poco y a ver la televisión. ¿O debo...? — dijo el papa.

Luego se duchó y se puso ropa limpia y cómoda. Les había indicado claramente al cardenal Ricci y a otros miembros de su séquito que deseaba visitar Bogotá, Colombia, aunque tal vez no llegarían a la hora prevista. ¿No podían pasar la noche en la pista del aeropuerto de Ciudad de México? ¿No podían protegerles los soldados mexicanos, si era necesario? Le contestaron con evasivas. El cardenal prometió hablar con las «autoridades» por el radioteléfono.

El papa puso la televisión mientras comía con Stephen y el doctor Maggini en su compartimento. Vio que no tenía que preocuparse por la pérdida de su zapatilla roja.

De la zapatilla con su puntera levemente vuelta hacia arriba, su sencilla abertura para meter el pie, ya habían hecho miles de copias en México, Nueva York, ¡incluso en Roma! La gente fabricaba zapatillas con cartones. El locutor sonrió y tartamudeó un poco mientras hablaba de zapatillas en español. Niños pequeños, personas adultas con la cara sonriente y llorando al mismo tiempo mostraban copias de papel de su zapatilla, pintadas de un vivo color rojo sangre. ¡Todo en menos de cuatro horas!

Sixto captó una mirada de Stephen.

—Ya me figuraba que no te parecería bien, Stephen, siendo, como eres, tan conservador.

—Fue vuestra forma de decirlo — contestó Stephen —, sobre todo en la plazuela. — Se humedeció los labios nerviosamente, aunque estaba comiendo papaya fresca con gusto, como hacía también el papa —. De repente lo comprendí, Santidad. — Stephen miró de reojo al cardenal y al doctor Maggini, que estaban mirando la pantalla del televisor y ponían cara más bien larga —. Podéis contar conmigo — añadió Stephen en voz baja.

—Gracias, querido Stephen. Me propongo ir a Bogotá. A mí me gustaría.

Lo que quería dar a entender era que no deseaba ordenar a nadie, ni al piloto ni a nadie más, que le acompañase porque quizá significaría poner en peligro vidas ajenas.

—Iré con vos — dijo Stephen. Al cabo de un momento, mirando la pantalla del televisor, añadió —: ¡Estas zapatillitas! ¡Por desgracia, Santidad, probablemente mañana ya las habrá de plástico! ¡Ja, ja!

En la pantalla aparecía Irlanda, Londonderry, donde estaban entrevistando a un grupo de mujeres que reían.

—¿Que si nos desconcierta? ¡Vaya que sí! Pero tenía que suceder, ¿no? Nos sentimos felices por...

Una voz empezó a traducirlo al español. Todas las mujeres católicas de Irlanda eran fieles creyentes y estaban agradecidas al papa, dijo una mujer, y aún serían mejores católicas después de lo que había hecho Sixto VI.

—Entre el pueblo de los países latinoamericanos ocurre algo parecido — prosiguió en español el presentador mientras la pantalla mostraba una plaza con catedral al fondo que hubiera podido ser de cualquier ciudad sudamericana. Hombres y mujeres gritaban «¡Arriba Sixto!» mientras los soldados, en su mayor parte tranquilos, contemplaban la escena con expresión benévola, la correa de los fusiles al hombro.

El papa cambió de canal con el mando a distancia en el momento en que le servían su asado de ternera. Daban un programa más serio: un venerable estadista era entrevistado en Roma y en italiano. Sixto le reconoció en seguida, aquel rostro le era ya tan conocido como el de un pariente cercano: Ernesto Cattari, líder de un partido conservador minoritario que nunca hacía buen papel en las elecciones, pero que, a pesar de ello, era importante como símbolo del dinero, de los títulos nobiliarios, de la estabilidad de la Iglesia, del anticomunismo.

—...por consiguiente, todos albergamos la esperanza de que estas curiosas declaraciones hayan sido una aberración. — De entre sus barba recortada y gris surgió una risita —. Quizá fueran fruto del tórrido sol de aquellos parajes... y lo mejor es olvidarlas. Esperamos, huelga decirlo, nuevos comentarios de Su Santidad.

En Roma ya era casi de noche, pensó el papa, y, a decir verdad, el signor Cattari parecía cansado.

Madrid. Ultima hora de la tarde. En la pantalla se veía la fachada de una casa de pisos en lo que el locutor llamó «un barrio obrero bastante pobre». Había mujeres y unos cuantos hombres asomados en casi todas las ventanas, saludando con la mano, sonriendo, chillando «¡Arriba el papa!» y «¡Demos gracias al papa!». En la acera, un hombre de la televisión hablaba, micrófono en mano, con una mujer joven.

—¿A mí me lo pregunta? — dijo la mujer en español —. No encuentro palabras... de momento. Excepto para decir que el discurso del papa Sixto cambiará nuestras vidas... para mejorar, puede estar seguro.

El papa oyó disparos en el exterior, a cierta distancia del aparato, al menos le parecieron disparos, y al mismo tiempo alguien llamó a la puerta. Uno de sus secretarios asomó la cabeza.

—¡Os ruego que me perdonéis, Santidad! Acabamos de recibir una solicitud urgente del presidente... — El secretario tragó saliva —. Dice que debemos abandonar el aeropuerto en seguida. La policía se las ve moradas para contener a la multitud. La gente se dirige a pie hacia el aeropuerto y...

El papa dejó el cuchillo y el tenedor junto al plato.

—¿Han sido esos tiros que acabo de oír? ¿La policía está disparando contra la gente?

—Probablemente son sólo disparos de advertencia, Santidad, pero, según se me ha dado a entender, lo más prudente es partir en seguida para... — Se interrumpió —. El aparato tiene los depósitos llenos y está listo para despegar, Santidad.

—¿Con qué destino?

—Lo mejor sería ir a donde no nos esperen. Podemos pedir autorización durante el vuelo. A Miami, en Florida, por ejemplo.

—Prefiero Bogotá, tal como está programado, aunque nos sobra tiempo. Pregunta si alguien quiere desembarcar. Apearse.

—¿Apearse del avión, Santidad?

—Te das cuenta de que es peligroso — dijo Sixto, con la sensación de decir lo que ya era obvio de por sí, aunque a menudo tenía que hacerlo al hablar con sus ayudantes, que pecaban por exceso de cortesía —. Haz lo que te digo. Pregunta. Sin duda hay tiempo..., unos cuantos minutos, ¿no?

El secretario desapareció.

Los motores del avión se pusieron en marcha, el morro apuntó en otra dirección. El papa desconectó el televisor. Por la ventanilla vio cuatro o cinco figuras masculinas que se alejaban con maletas en la mano. No reconoció a ninguna de ellas, pero tampoco puso mucho empeño en averiguar quiénes eran. Sonrió a Stephen.

—Bogotá. Enviaré un mensaje pidiendo calma..., dignidad..., consideración. Una celebración tranquila de la zapatilla roja.

En efecto, poco después de despegar el papa envió un mensaje en ese sentido, luego cerró los ojos para rezar y meditar en su cómoda silla. Stephen tenía instrucciones de interrumpirle si recibían alguna noticia importante, en cuyo caso el cardenal informaría a Stephen. El papa se sentía agotado, pero era un agotamiento agradable y si se dormía mientras meditaba no pensaba reprochárselo. A veces las grandes ideas se presentaban en semejantes momentos y, además, en las horas siguientes iba a necesitar todas sus fuerzas y todo su ingenio.

Stephen le despertó con un «Santidad» pronunciado quedamente y le entregó un papel doblado.

El papa lo leyó: «Aconsejamos respetuosamente no proseguir hacia Bogotá, sino volver a Roma. Sugerimos respetuosamente dar a conocer cuanto antes rectificación discurso México o pueden producirse serios desórdenes.»

Era un telegrama enviado por varios cardenales de Roma, cuyos nombres, seis o siete, aparecían al pie.

—¿Hay contestación, Santidad? — preguntó Stephen, esperando.

—Sí, gracias, Stephen. Diles: «Bogotá programado. Cumpliré mi obligación.»

El avión repostó combustible en Costa Rica. Para entonces ya eran las once de la noche. El papa vio una pequeña multitud, más o menos el grupo de «curiosos» que cabe ver en cualquier aeropuerto comercial. Era un buen presagio en lo referente al control. Durante la hora anterior la tripulación del reactor había negociado para repostar en San José. Ahora les esperaban en Bogotá, Colombia, sobre las ocho de la mañana. El avión se entretuvo en San José, no había ninguna prisa. Un mecánico dijo con voz entrecortada a uno de los tripulantes que para él era un honor ayudar a que el avión del papa Sixto repostase. El papa oyó sus palabras a través de una puerta abierta.

Antes del amanecer llegó un mensaje de un funcionario del gobierno de Bogotá: «Damos la bienvenida al santísimo Sixto VI a nuestro suelo y haremos cuanto esté en nuestra mano para garantizar su segundad.»

Detonaciones de armas de fuego se mezclaron con el ruido de los motores cuando el reactor aterrizó en el aeropuerto de Bogotá. Un círculo doble de soldados de infantería se hallaba apostado de cara a los edificios principales del aeropuerto. También había reflectores encendidos. El papa vio uno o dos tanques del ejército y vehículos de transporte militares en el borde de la pista. El piloto recibió una llamada telefónica pidiéndole cortésmente que el avión esperase con las puertas cerradas, por motivos de segundad, hasta nuevo aviso.

El papa se duchó y desayunó. Eran poco más de las ocho y media y no tenía la menor prisa. Supuso que a las once ya habría pronunciado su alocución en la escalinata de la catedral capitalina. El día prometía ser muy soleado. El doctor Maggini entró para examinar el dedo del papa. La herida de la piel se estaba cerrando y apenas se notaba ya. Con todo, el doctor le administró de nuevo un poco de penicilina en polvo.

A las once, algo más tarde de lo prometido por teléfono, llegó una guardia armada que escoltaba al presidente de Colombia, un hombre robusto, de unos sesenta años y pelo canoso. Vestía traje blanco y saludó al papa con cortesía, aunque se le notaba tenso cuando descendió del aparato. El papa sonrió, luego se arrodilló para besar el suelo, se levantó y echó a andar sin prisas hacia las limusinas que le esperaban. Estas limusinas tenían el techo de cristal, sin duda a prueba de balas. Stephen, el cardenal Rica y el doctor Maggini iban cerca del pontífice.

—El pueblo está muy excitado — dijo el sudoroso presidente una vez se hubieron acomodado en una limusina.

—Pero también feliz, espero. Siempre es así — replicó el papa en tono benévolo.

Se oyó un rugido de voces humanas al llegar la limusina a unos cien metros de la catedral. Murallas de soldados contenían la multitud mientras los helicópteros describían círculos sobre el lugar armando gran estrépito. ¿Cómo se haría oír por encima del estruendo de los helicópteros?

Al apearse del coche, el papa vio que detrás de los soldados el gentío se apretujaba para avanzar hacia él.

—... ¡Papa!... ¡Sixto!... ¡La zapatilla roía! ¿Dónde está?... — pregunto la gente de buen humor.

Sixto sonrió y alzó ambos brazos.

—¡Benditos seáis! ¡Benditos seáis todos en el nombre del Señor!

Primero poco a poco, luego en un estallido de calor, surgieron las zapatillas rojas. Los niños se sacaban del bolsillo papel rojo doblado. Una hilera de adolescentes desplegó una zapatilla de tela que mediría por lo menos tres metros de largo y la sostuvo a la altura del talle. Todo el mundo reía y charlaba. Algunos soldados que formaban barrera con los brazos entrelazados cayeron por culpa de los empujones y arrastraron a unos cuantos compañeros en su caída. Entonces se oyeron gritos y amenazas en castellano que el papa entendió. Atrás, atrás, o tendremos que sacar las porras.

—¡Habla con nuestros patronos, Sixto! — gritó una voz de hombre.

—¡Habla con nuestros amos!

—¡A mi marido lo mató un soldado, Santidad! Por cultivar...

¿Por cultivar coca? El papa sabía que muchos colombianos la cultivaban para la industria de la cocaína, porque, de no hacerlo, carecerían de dinero suficiente para comer. El problema era demasiado complejo para tratarlo en ese momento.

—¡Pueblo mío! — empezó a decir Sixto en la escalinata de piedra de la catedral. Cesó el griterío, pero siguió oyéndose el estrépito de los helicópteros. El papa se volvió hacia el presidente, pero habló a un hombre que estaba más cerca —. Esos helicópteros...

—¡Lo sentimos! ¡Puede que sean necesarios, Santidad! La seguridad...

—¡Queremos que el papa venga a nuestros campos! ¡Nuestros campos!

Este cántico surgía de una calle lateral y el papa vio unos doscientos hombres y chicos, quizá más, que avanzaban, los de primera fila llevando una zapatilla roja en alto. Algunos soldados hicieron sonar silbatos y otros apuntaron sus fusiles a la gente que avanzaba por la calle lateral.

—¡Atrás! ¡Vamos, atrás! — chillaban los soldados.

Un helicóptero arrojó un bote que se estrelló contra el suelo y despidió una nube de humo blancuzco. La gente protestó a gritos y los soldados respondieron con más gritos. Sixto vio que apuntaban con los fusiles, pero sin disparar todavía, aunque movían los pies como si estuvieran nerviosos.

—¡Hablo primero a las mujeres! — dijo el papa —. ¡Nuestras madres..., nuestras hermanas..., nuestras amadas esposas!

En ese momento los vítores parecían llegar hasta el cielo y las mujeres no eran las únicas que gritaban.

—¡Las mujeres no son esclavas, sino compañeras de los hombres! — gritó e! papa. De nuevo la multitud prorrumpió en chillidos de aprobación y el papa comprendió que no hacía falta pronunciar las palabras «aborto» y «control de natalidad» para que el populacho lo entendiese —. Las mujeres tampoco son esclavas de su cuerpo — prosiguió el papa —. Es mejor no crear una vida... si esta no se desea..., si no se la puede alimentar y alojar decentemente.

¡Olé!

Aplauso y vítores.

El papa presintió que iba a tener poco tiempo para, hablar. El presidente empezaba a dar muestras de impaciencia. Los micrófonos lanzaban las palabras del papa hacia las calles laterales y el pontífice pudo ver más y más gente que avanzaba hacia la catedral.

—¡Yo soy vuestro pastor y os indicaré el camino! — prosiguió con la esperanza de que los que tenía delante le protegieran de la avalancha humana —. ¡Que no haya violencia! ¡Nuestro Salvador nunca recurrió a la violencia! ¡Debemos caminar por su senda, seguir sus pasos! — Resultaba todo un poco abstracto, pensó Sixto, pero la gente respondía, aplaudía con la cara feliz. Al papa le quedaba un último mensaje importante —. ¡Prestad atención a vuestros sacerdotes..., escuchadles, porque os hablan de hombre a hombre!

Esas palabras fueron el detonante. De pronto el lugar pareció una inmensa colmena llena de figuras que giraban y saltaban, de mujeres que alzaban la voz hasta alcanzar notas de soprano, de hombres que lanzaban vítores guturales y derribaban a los soldados a medida que iban avanzando. Sixto vio una débil sonrisa en la cara de un soldado que tenía la nariz ensangrentada.

—Santidad — susurró rápidamente Stephen en el oído del papa —. Viene tanta gente de fuera...

El presidente hizo acopio de valor.

—Os van a aplastar, Santidad, aunque entréis en la catedral. ¡No podremos cerrar las puertas!

Y el papa vio con claridad que el presidente no quería que muriese en su país por falta de seguridad y protección. Cayeron más botes y unas cuantas mujeres prorrumpieron en gritos. La policía empezó a disparar por encima de las cabezas, tratando al menos de detener el avance de la multitud.

—¡Lo mejor será que Su Santidad vuelva al aeropuerto! ¡Temo por vuestra vida!

El presidente parecía temer también por su propia vida.

Desde un helicóptero bajaron un asiento de plástico que parecía un banco de dos plazas y el presidente, por medio de gastos, indio — al papa que se sentase en él.

—Stephen — dijo Sixto, señalando el asiento.

—No, Santidad. ¿Tal vez el presidente? — contestó Stephen.

—¡Hay más helicópteros! — dijo el presidente —. ¡No se preocupen! ¡Vamos, dense prisa!

El papa ocupó el asiento solo, dejando la segunda plaza vacía, y se abrochó el cinturón. Era una buena escena teatral, pensó, casi como una asunción, pero mucho más peligrosa porque él seguía siendo de carne y hueso, mortal, y las balas silbaban en el aire.

—¡A nuestros campos! ¡Nuestros campos! — gritaba un grupo nutrido.

Sixto se volvió poco a poco, sujetó uno de los brazos del asiento con una mano y alzó la otra para saludar al gentío. ¡Qué espectáculo! Rostros vueltos hacia él, sonriendo, mirándole fijamente, como queriendo que la imagen del Papa de la Zapatilla Roja quedase grabada para siempre en su recuerdo. El papa fue izado lentamente hasta entrar en el helicóptero.

—¿Vamos a ir a los campos? ¿Quizá al Re Verde? — preguntó el papa. El Re Verde era una inmensa plantación de coca y café, citada a menudo por la prensa y la televisión porque para obtener empleo en ella los trabajadores tenían que separarse de sus esposas e hijos, de tan grande como era. Decían los rumores que toda la coca que producían allí se destinaba a la elaboración de cocaína. A un agente del gobierno colombiano, un hombre de la brigada antidrogas, lo habían matado a tiros cuando estaba investigando el Re Verde.

—No es seguro... El Re — dijo el tímido y azorado copiloto —. El dueño tiene su propia guardia privada..., un ejército, es verdad, pero...

El pobre hombre no sabía negarse al papa.

—Vayamos allí — dijo el pontífice —. Podéis bajarme del mismo modo que me habéis subido.

El copiloto descolgó un teléfono y pidió refuerzos varias veces.

El papa supuso que la noticia de que se dirigía hacia el Re Verde se propagaría rápidamente. Algún soldado de la oficina con la que hablaba el copiloto se lo diría a otra persona y así sucesivamente, Al cabo de unos minutos, cuando el helicóptero alcanzó los campos del Re Verde, el papa oyó disparos.

—Es peligroso..., señor — dijo el copiloto —. El patrón está disparando contra los..., los trabajadores, porque le están atacando.

—¿Le están atacando?

El papa pudo ver unos cuerpos caídos, quizá seis, entre los bajos edificios blancos que sin duda eran «el cuartel general» y un semi círculo de campesinos que avanzaban hacia allí. De los edificios blancos salían nubecillas de humo; al parecer, soldados o vigilantes disparaban desde las azoteas.

—¿Podéis bajarme en alguna parte de los campos? — pregunto el papa.

Estas fueron las últimas palabras de Sixto VI, exceptuando «¡Paz! ¡Paz entre hermanos... en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!», que pronuncio durante los breves segundos que permaneció en un terreno desigual pero blando, rodeado de campesinos atónitos. Algunos de los jornaleros llevaban palos, otros blandían machetes, aunque tal vez eran para usarlos en sus trabajos. Todos se detuvieron para mirarle, para mirar a aquel hombre, aquel papa al que reconocieron y que acababa de descender de un helicóptero del ejército colombiano como un deus ex machina. Interrumpieron su avance, sí, y uno de los hombres le dijo al papa que su intención era «hablar con los patrones...» sobre sus viviendas, sus jornales.

Pero los patrones tenían fusiles, o los tenían sus vigilantes, y una bala alcanzó la garganta del papa. Vivió uno o dos minutos, rodeado de trabajadores aturdidos que parloteaban sin parar, convertidos en blanco de los hombres que disparaban desde el cuartel general de la compañía. Unos cuantos trabajadores alzaron a Sixto para «llevárselo», para llevárselo a cualquier parte alejada de los edificios principales de donde salían los tiros. Y al circular el rumor de que el papa, el verdadero Papa de la Zapatilla Roja, había sido alcanzado, los campesinos se reagruparon sin hacer caso de las balas y tomaron por asalto los edificios principales, uno de los cuales era una estupenda casa de dos plantas, estilo hacienda, donde el patrón, su familia y los ejecutivos podían trabajar y dormir si hacía falta.

El ataque de los campesinos fue recibido con una lluvia de balas, muchas de ellas disparadas con ametralladoras. Ninguno de los campesinos que se encontraba en campo abierto quedó en pie. Pero algunos de los que estaban en los bordes vivieron para contarlo.

Así empezó la guerra del ejército y los terratenientes contra el pueblo, y no sólo en Bogotá, sino también en Ciudad de México, Chiapas, Lima y en la capital de Chile, Santiago, que Sixto tenía previsto visitar. Stephen regresó a Roma la noche del asesinato del papa. Encontró audiencia: había estado junto a Sixto durante sus últimos días, había tocado la orilla de su traje talar, por así decirlo. Una y otra vez predicó Stephen: «Paz... y discusión de todos los problemas. Dignidad del hombre y también de la mujer.» Pero el padre Stephen no gustó a las autoridades y se le tolero durante un tiempo mínimo (seis horas), y no se le protegió de las multitudes que exageraban sus demostraciones de cariño, exceptuando la protección que le brindaron voluntariamente algunos policías comprensivos. Stephen estaba seguro de que a los líderes de ese país les hubiera encantado que sufriese la misma suerte que el papa, pero supuso que no habían tenido tiempo de prohibir la protección policial. En todo caso, Stephen subió a un avión de la Pan-Am y voló en clase turística, sano y salvo, hacia Miami, Florida. Sabía que despertaba recelo entre algunos eclesiásticos norteamericanos, así como entre algunos sudamericanos, pero tenía la sensación de llevar una vida mágica, de que se libraría de las balas, de que podría edificar su «iglesia» en cualquier esquina, si así lo deseaba, y de que encontraría gente dispuesta a escucharle y creyentes.

Una revolución iba extendiéndose lentamente por el mundo, aunque, por desgracia, causaba también gran número de muertes. En los siguientes ataques que lanzaron, incluso en las Filipinas, los campesinos y los trabajadores eran más numerosos que en la escaramuza de Bogotá, la que le costó la vida al papa, porque habían tenido tiempo de reunir sus fuerzas. Las haciendas, las fábricas, los enclaves residenciales también estaban preparados con gases lacrimógenos, mangueras, altas puertas de acero y ametralladoras, pero los campesinos y los trabajadores superaban numéricamente las balas. En muchas batallas los trabajadores siguieron avanzando por encima de los cadáveres de sus compañeros, entraron en las casas y se apoderaron de ellas. Entonces empezaba «la confrontación», los debates. En general el pueblo se mostraba sereno, consciente de su número y de su poder, y con frecuencia decía que la Iglesia y Dios estaban de su lado.

Hubo reyertas en Irlanda, en Belfast y Londonderry, peleas a puñetazos y leves desórdenes en Manhattan, cuando la gente intentó explicarse un acontecimiento insólito que todo el mundo consideraba una injusticia: el asesinato de un papa que había hablado claramente a favor de la justicia, pidiendo justicia para la humanidad y para el individuo. El papa también había pedido «Paz» en sus últimos momentos, y daba la impresión de que el género humano se odiaba a si mismo por haber matado al papa, por haber permitido que se produjera su muerte. Pero, en apariencia, los motivos de las reyertas y las disputas eran otros, más específicos, los abortistas contra los antiabortistas, por ejemplo.

Sólo unos pocos ricos, muy pocos, que tenían ejércitos privados en América del Sur y otras partes vencieron a los trabajadores, físicamente hablando, y pudieron sonreír y decirse unos a otros, verba i mente o mediante actitudes, que habían hecho «lo indicado» contra los «comunistas fanáticos». Pero el núcleo de la revolución estaba en el núcleo de la Iglesia católica, y eso cambió para siempre. Los trabajadores habían vuelto a su trabajo, sí, pero las condiciones eran mejores ahora, y tenían la confianza que les faltaba a los terratenientes. Por supuesto, los sacerdotes de la teología de la liberación y los que nunca se habían mezclado en esta clase de luchas eran ahora tantos v tan fuertes, que ningún estado se hubiera atrevido a matarlos a tiros, a encarcelarlos o siquiera a cerrarles la boca. Los liberales europeos estaban detrás de ellos, igual que la mayoría de las Naciones Unidas.

Los ecos de los dos discursos de la Zapatilla Roja siguieron haciéndose sentir durante más de un año, como el retumbar de una erupción volcánica. Murieron miles de personas, muchas de ellas en marchas callejeras verdaderamente pacíficas cuya intención fue interpretada erróneamente por policías armados y soldados atemorizados. Algunos afirmaban que el total de muertos superaba los dos millones. La Iglesia católica tuvo que renunciar a sus posturas contrarias al control de la natalidad y el aborto, y lo hizo de forma pasiva, no diciendo nada cuando los sacerdotes hablaban claramente a sus seguidores y cuando la píldora y otros anticonceptivos comenzaron a obtenerse con facilidad en Irlanda, por ejemplo. Los médicos empezaron a practicar abortos a la chita callando, especialmente cuando lo deseaban tanto el marido como la mujer y cuando corrió la voz de que los sacerdotes y obispos locales no protestaban.

Se dijo y confirmó que la asistencia a las iglesias católicas aumentó notablemente en Norteamérica y Francia.

Ahora había un nuevo papa, Juan XXIV, elegido sólo cinco días después de la muerte de Sixto VI. El papa Juan XXIV guardaba silencio, seguía forjando su imagen, al cabo de un año, su imagen de católico tolerante pero a pesar de ello devoto. Mientras tanto, la curia romana, que solía ser rígida, y vanos obispos demostraron su aptitud para las acrobacias y contorsiones metafísicas y lógicas en sus intentos de explicar las afirmaciones del papa Sixto VI, diciendo que se trataban de interpretaciones del dogma antiguo y acreditado además de aberraciones del pensamiento del papa Sixto, las cuales cabía imputar al calor excesivo que el pontífice había tenido que soportar en México y Colombia, así como a una extraña hinchazón del dedo gordo del pie derecho, una hinchazón dolorosa; su médico, el doctor Franco Maggini, podía dar testimonio de ello.

La «moda de la zapatilla roja» no era más que eso, una moda pasajera, dijo L´Osservatore Romano, una moda que pasaría y que no merecía la atención de los hombres entregados al amor divino. Quizá L´Osservatore se dijo que ojalá no hubiese aportado siquiera eso a la publicidad de la zapatilla roja, porque la moda no desapareció, y se fabricaban zapatillas rojas de todos los tamaños, populares y decorativas incluso cuando se les colocaba un anillo y se llevaban colgadas del cuello, o a modo de alfileres de adorno en las blusas de las mujeres, o en las solapas de los hombres. Aunque revolucionaria, la zapatilla roja decía:

—Todavía soy creyente.


En Catástrofes
Título original: Tales of Natural and Unnatural Catastrophes (1987)
Traducción de Jordi Beltrán
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: Patricia Highsmith por Rolf Tietgens (1942)