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14 may. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Escritos políticos 1914 / 1962 (dos volúmenes)

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Los escritos políticos de Hesse constituyen el exacto reflejo de sus textos poéticos, por muy apolíticos que éstos puedan parecer. Unos y otros manifiestan, en efecto, la exacerbada independencia espiritual que Hesse supo conservar frente a las presiones de partidos políticos y camarillas diversas, y pese a las airadas tomas de posición que los dramáticos hechos de su tiempo conllevaron. Los Escritos políticos —que ha seleccionado y anotado Volker Michels, y prologado Robert Jungk— representan, pues, mucho más que protesta e indignación, «mucho más que el gusto de ceder a un ocasional acceso de furia». Y explican el aislamiento de Hesse a partir de la Primera Guerra Mundial, aislamiento que fue una consciente renuncia a vender la independencia de juicio, a someterla a la fingida solidaridad de las generalizaciones partidistas.

5 mar. 2015

Descarga: Hermann Hesse - Cuentos maravillosos

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Descarga: Hermann Hesse - Cuentos maravillosos

Además de publicar novelas tan inolvidables como Siddharta o El lobo estepario, Hermann Hesse cultivó durante toda su vida el género del cuento en sus más diversas variantes, y siempre con una agudeza y una sensibilidad a la que es difícil encontrar término de comparación. «Cuentos maravillosos» reúne una de las vetas exploradas por Hesse en su narrativa breve, la de unos relatos en los que la magia y lo maravilloso, que se revelan como formas de amor, cobran un papel decisivo y nos remiten a la infancia.

Nos encontramos con narraciones para pensar, para valorar sentimientos, ideas y vicisitudes, expresados con un lenguaje altamente ennoblecido, cuasi místico y muy ilustrado.

Cuentos maravillosos es sin duda la mejor y más importante antología de cuentos publicada en vida del autor, y su compilación está regida tanto por criterios cualitativos como estrictamente formales y temáticos que la dotan de unidad y coherencia.

20 sept. 2013

Mario Vargas Llosa - Las metamorfosis del lobo estepario

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Mario Vargas Llosa - Las metamorfosis del lobo estepario


Leí El lobo estepario por primera vez cuando era casi un niño, porque un amigo mayor, devoto de Hesse, me lo puso en las manos y me urgió a hacerlo. Me costó mucho esfuerzo y estoy seguro de no haber sido capaz de entrar en las complejas interioridades del libro. Ni ésta ni ninguna de las otras novelas de Hermann Hesse figuraron entre mis libros de cabecera, en mis años universitarios; mis preferencias iban hacia historias donde se reflexionaba menos y se actuaba más, hacia novelas en las que las ideas eran el sustrato, no el sustituto, de la acción.

A mediados de los sesenta hubo en todo el Occidente un redescubrimiento de Hermann Hesse. Eran los tiempos de la revolución psicodélica y de los flower children, de la sociedad tolerante y la evaporación de los tabúes sexuales, del espiritualismo salvaje y la religión pacifista. Al autor de Der Steppenwolf, que acababa de morir en Suiza —el 9 de agosto de 1962— le sucedió entonces lo más gratificante que puede sucederle a un escritor: ser adoptado por los jóvenes rebeldes de medio mundo y convertido en su mentor. Yo veía todo aquello prácticamente al otro lado de mi ventana —vivía entonces en Londres, y en el corazón del swing, Earl's Court— entretenido por el espectáculo, aunque con cierto escepticismo sobre los alcances de una revolución que se proponía mejorar el mundo a soplidos de marihuana, visiones de ácido lisérgico y música de los Beatles. Pero el culto de los jóvenes novísimos por el autor suizo-alemán me intrigó y volví a leerlo.

Era verdad, tenían todo el derecho del mundo a entronizar a Hesse como su precursor y su gurú. El ermitaño de Montagnola —en cuya puerta, al parecer, atajaba a los visitantes un cartel del sabio chino Meng Hsich proclamando que un hombre tiene derecho a estar a solas con la muerte sin que lo importunen los extraños— los había precedido en su condena del materialismo de la vida moderna y su rechazo de la sociedad industrial; en su fascinación por el Oriente y sus religiones contemplativas y esotéricas; en su amor a la Naturaleza; en la nostalgia de una vida elemental; en la pasión por la música y la creencia en que los estupefacientes podían enriquecer el conocimiento del mundo y la sociabilidad de la gente.

Tal vez El lobo estepario no sea la novela que represente mejor, en la obra de Hesse, aquellos rasgos que la conectaron tan íntimamente con el sentir de los jóvenes inconformes de Europa occidental y de Estados Unidos en los sesenta porque en ella, por ejemplo, no aparece el orientalismo que impregna otros de sus libros. Pero se trata de la novela que muestra mejor la densa singularidad del mundo que creó a lo largo de su vasta vida (tenía ochenta y cinco cuando murió) y de esa extensa obra en la que, salvo el teatro, cultivó todos los géneros (incluido el epistolar).

Apareció en 1927 y la fecha es importante porque el sombrío fulgor de sus páginas refleja muy bien la atmósfera de esos países europeos que acababan de salir del apocalipsis de la primera guerra mundial y se alistaban a repetir la catástrofe. Se trata de un libro expresionista, que recuerda por momentos la disolución y los excesos de esas caricaturas feroces contra los burgueses que pintaba por aquellos años, en Berlín, George Grosz, y también las pesadillas y delirios —el triunfo de lo irracional— que, a partir de esa década, la de la proliferación de los ismos, inundarían toda la literatura.

Como no se trata de una novela que finja el realismo, sino de una ficción que describe un mundo simbólico, donde las reflexiones, las visiones y las impresiones son lo verdaderamente importante y los hechos objetivos meros pretextos o apariencias, es difícil resumirla sin omitir algo y esencial de su contenido. Su estructura es muy simple: dos cajas chinas. Un narrador innominado escribe un prefacio introduciendo el manuscrito del lobo estepario, Harry Haller, un cincuentón con el cráneo rasurado que fue pensionista por unos meses en casa de su tía, en la que dejó ese texto que es el tronco de su novela. Dentro del manuscrito de Harry Haller surge otro, una suerte de rama, supuestamente transcrito también: el Tractat del Lobo Estepario, que misteriosamente le alcanza a aquél, en la calle, un individuo anónimo.

La novela no transcurre en un mismo nivel de realidad. Comienza en uno objetivo, «realista», y termina en lo fantástico, en una suerte de happening en el curso del cual Harry Haller tiene ocasión de dialogar con uno de aquellos espíritus inmarcesibles a los que tiene por modelos: Mozart (antes lo había hecho con Goethe). A lo largo de la historia hay, pues, varias mudas cualitativas en las que la narración salta de lo objetivo a lo subjetivo o, para permanecer dentro de lo literario, del realismo al género fantástico.

Pero la racionalidad no se altera en estas mudanzas. Por el contrario: los tres narradores de la novela —el que introduce el libro, Harry Haller y el autor del Tractat— son racionalistas a ultranza, encarnizados espectadores y averiguadores de sí mismos. Y es esta aptitud, o, acaso, maldición —no poder dejar de pensar, no escapar nunca a esa perpetua introspección en la que vive— lo que, sin duda, ha convertido a Harry Haller en un lobo estepario. Con esta fórmula, Hesse creó un prototipo al que se pliegan innumerables individuos de nuestro tiempo: solitarios acérrimos, confinados en alguna forma de neurastenia que dificulta o anula su posibilidad de comunicarse con los demás, su vida es un exilio en el que rumian su amargura y su cólera contra un mundo que no aceptan y del que se sienten también rechazados.

Sin embargo, curiosamente, esta novela que se ha convertido en una biblia del incomprendido y del soberbio, del que se siente superior o simplemente divorciado de su sociedad y de su tiempo, o del adolescente en el difícil trance de entrar en la edad adulta, no fue escrita con el propósito de reivindicar semejante condición. Más bien, para mostrar su vanidad y criticarla. Con El lobo estepario, Hesse hacía una autocrítica. Había en él, como lo revela su correspondencia, una predisposición a transmutarse en lobo salvaje y, como a su personaje, también lo tentó el suicidio (cuando era todavía un niño). Pero, en su caso, ese perfil arisco y auto-destructivo de su personalidad estuvo siempre compensado por otro, el de un idealista, amante de las cosas sencillas, del orden natural, empeñado en cultivar su espíritu y alcanzar, a través del conocimiento de sí mismo, la paz interior.

Lo que fue el anverso y el reverso de la personalidad de Hermann Hesse son, en la biografía de Harry Haller, dos instancias de un proceso. En el transcurrir de la ficción, El lobo estepario va perdiendo sus colmillos y sus garras, desaparecen sus arrebatos sanguinarios contra esa humanidad a la que desea «una muerte violenta y digna» y va aprendiendo, gracias a su descenso a los abismos de la bohemia, el desarreglo de los sentidos y su encuentro con los inmortales, a aceptar la vida también en lo que tiene de más liviano y trivial. Cabe suponer que, al reanudar su existencia, luego de la fantasmagoría final en el teatro mágico, Harry Haller seguirá el mandato de Mozart: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír.»

«Casi todas las obras en prosa que he escrito son biografías del alma —afirmó Hesse en uno de sus textos autobiográficos—; ninguna de ellas se ocupa de historias, complicaciones ni tensiones. Por el contrario, todas ellas son básicamente un discurso en el que una persona singular —aquella figura mítica— es observada en sus relaciones con el mundo y con su propio yo.» Es una afirmación certera. El lobo estepario narra un conflicto espiritual, un drama cuyo asiento no es el mundo exterior sino el alma del protagonista.

¿Quién es Harry Haller? Aunque su vida anterior apenas es mencionada, algunos datos transpiran de sus reflexiones que permiten reconstruirla. Fue un estudioso de religiones y mitologías antiguas, cuyos libros lo hicieron conocido; su pacifismo y sus ideas hostiles al nacionalismo le ganan ataques y vituperios de la prensa reaccionaria; sus convicciones políticas equidistan por igual de «los ideales americano y bolchevique» que «simplifican la vida de una forma pueril». Estuvo casado pero su mujer lo abandonó; tuvo una amante, a la que no ve casi nunca. Sus únicos entusiasmos, ahora, son la música —sobre todo Mozart— y los libros. Ha llegado a la mitad de la vida y está, al comenzar su manuscrito, al borde de la desesperación, tanto que lo ronda la idea de poner fin a sus días con una navaja de afeitar.

¿Cuáles son las razones de la incompatibilidad entre El lobo estepario y el mundo? Que éste ha tomado un rumbo para él inaceptable. Las cosas, que objeta son incontables: la prédica guerrerista y el materialismo rampante; la mentalidad conformista y el espíritu práctico de los burgueses; el filisteísmo que domina la cultura y las máquinas y productos manufacturados de la sociedad industrial en los que presiente un riesgo de esclavización para el hombre. En el mundo que lo rodea, Harry Haller ve destruidos o encanallados todos esos principios e ideales que animaron antes su vida: la búsqueda de la perfección moral e intelectual, las proezas artísticas, las realizaciones de aquellos seres superiores a los que llama «los inmortales». Cuando mira en torno, Harry Haller sólo ve estupidez, vulgaridad y enajenación.

Pero cuando contempla el interior de sí mismo, el espectáculo no es más estimulante: un pozo de desesperanza y de exasperación, una incapacidad radical para interesarse por nada de lo que colma la vida de los demás. Quien rescata a Harry Haller de esta crisis existencial y metafísica no es un filósofo ni un sacerdote sino una alegre cortesana, Armanda, a la que encuentra en una taberna, en una de sus incesantes correrías nocturnas. Ella, con mano firme y sabias coqueterías le hace descubrir —o, tal vez redescubrir— los encantos de lo banal y los olvidos dichosos que brinda la sensualidad. El lobo estepario aprende a bailar los bailes de moda, a frecuentar las salas de fiesta, a gustar del jazz y vive un enredo sexual triangular con Armanda y su amiga María. Conducido por ellas asiste a ese baile de máscaras en el que, transformado el mundo real en mágico, en pura fantasía, vivirá la ilusión y podrá dialogar con los inmortales. Así descubre que estos grandes creadores de sabiduría y de belleza no dieron la espalda a la vida sino que construyeron sus mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia.

Por una de esas paradojas que abundan en la historia de la literatura, esta novela que fue escrita con la intención de promover la vida, de mostrar la ceguera de quienes, como Harry Haller, prisionero del intelecto y de la abstracción, pierden el sentido de lo cotidiano, el don de la comunicación y de la sociabilidad, el goce de los sentidos, ha quedado entronizada como un manual para ermitaños y hoscos. A él siguen acudiendo, como a un texto religioso, los insatisfechos y los desesperados de este mundo que, además, se sienten escépticos sobre la realidad de cualquier otro. Este tipo de hombre, que Hesse radiografió magistralmente, es un producto de nuestro tiempo y de nuestra cultura. No se dio nunca antes y esperemos que no se dé tampoco en el futuro, en la hipótesis de que la historia humana tenga un porvenir.

¿Es esta desnaturalización que ha operado la lectura que dieron sus lectores a este libro, algo que debamos lamentar? De ningún modo. Lo ocurrido con El lobo estepario debe más bien aleccionarnos sobre esta verdad incómoda de la literatura: un novelista nunca sabe para quien trabaja. Ni el más racional y deliberado de ellos —y Hesse no lo era—, ni aquel que revisa el detalle hasta la manía y pule con encarnizamiento sus palabras, puede evitar que sus historias, una vez emancipadas de él, adoptadas por un público, adquieran una significación, generen una mitología o entreguen un mensaje que él no previo ni, acaso, aprobaría. Ocurre que un novelista puede extraviarse y ser manejado extrañamente por aquellas fuerzas que pone en marcha al escribir. Como, en la soledad de la creación, no sólo vuelca su lucidez sino también los fantasmas de su espíritu, éstos, a veces, desarreglan lo que su voluntad quiere arreglar, contradicen o matizan sus ideas, y establecen órdenes secretos distintos al orden que él pretendió imponer a su historia. Bajo su apariencia racional, toda novela domicilia materiales que proceden de los fondos más secretos de la personalidad del autor. A ese envolvimiento total del creador en el acto de inventar, debe la buena literatura su perennidad: porque los demonios que acosan a los seres humanos suelen ser más perdurables que los otros accidentes de sus biografías. Fraguando una fábula que él quiso amuleto contra el pesimismo y la angustia de un mundo que salía de una tragedia y vivía la inminencia de otra, Hermann Hesse anticipó un retrato con el que iban a identificarse los jóvenes inconformes de la sociedad afluente de medio siglo después. 

Londres, febrero de 1987


En La verdad de las mentiras, ensayos sobre literatura
Imagen: Richard Franck Smith-Sygma-Corbis

1 abr. 2013

Hermann Hesse: La infancia del mago

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No fui educado únicamente por mis padres y maestros, sino también por fuerzas superiores, más ocultas y misteriosas, entre ellas el dios Pan, que bajo la forma de un pequeño ídolo danzante indio estaba en el armario de vitrinas de mi pueblo. Esta divinidad y aun otras se ocuparon de mis años de infancia, y mucho antes de que supiese leer y escribir me llenaron de imágenes e ideas ancestrales de Oriente, de tal manera que más tarde cada encuentro con los modos indios y chinos era como un reencuentro, como una vuelta a los orígenes. Y sin embargo soy europeo, he nacido incluso bajo el signo activo de Sagitario y he practicado toda mi vida las virtudes occidentales de la vehemencia, de la codicia y de la curiosidad insaciable. Afortunadamente aprendí, como la mayoría de los niños, las cosas más imprescindibles para la vida ya antes de los años del colegio, aleccionado por los manzanos, por la lluvia y el sol, el río y los bosques, las abejas y los escarabajos, enseñado por el dios Pan y el ídolo danzante de la cámara de tesoros del abuelo. Conocía el mundo, trataba sin miedo con los animales y las estrellas, me movía a mis anchas en las huertas y entre los peces del agua y sabía cantar un buen número de canciones. También sabía hacer magia, aunque por desgracia lo olvidé pronto y tuve que aprenderlo de nuevo cuando ya era mayor y disponía de toda la sabiduría legendaria de la infancia. A esto se añadieron las ciencias del colegio, que aprendí con facilidad y que me gustaban. La escuela, sabiamente, no se ocupaba de esas disciplinas serias que son imprescindibles para la vida, sino principalmente de entretenimientos bonitos y divertidos, que me solían solazar, y de conocimientos de los cuales algunos me han sido files toda la vida; así sé, aún hoy, muchas palabras, frases y versos hermosos y chistosos del latín, y el número de habitantes de muchas ciudades de todos los continentes, naturalmente no la cifra actual, sino la de los años ochenta.

Hasta los trece años no pensé nunca seriamente lo que sería un día de mí, ni el oficio que podía aprender. Como todos los muchachos amaba y envidiaba algunos oficios: el de cazador, ganchero, carretero, equilibrista, explorador del polo norte. Pero lo que hubiera preferido ser es mago. Esta era la tendencia más profunda y entrañable de mis impulsos, un cierto descontento hacia lo que se llamaba la «realidad» y que, a veces, me parecía una convención ridícula de los mayores; no tardó en ser corriente en mí un cierto rechazo entre temeroso y despreciativo de esa realidad y el deseo ardiente de encantarla, transformarla y potenciarla. En mi infancia el deseo de hacer magia estaba dirigido a objetivos externos, infantiles: me hubiese gustado hacer crecer manzanas en invierno y llenar mi bolsa de oro y plata por encanto, soñaba con paralizar a mis enemigos por arte de magia, avergonzarles luego con mi magnanimidad y ser proclamado vencedor y rey; quería descubrir tesoros enterrados, resucitar muertos y hacerme invisible. Sobre todo el hacerse invisible era un arte que yo apreciaba y deseaba intensamente. Este deseo y el deseo de todos los poderes mágicos me acompañó a lo largo de toda la vida bajo distintas formas que a menudo yo no reconocía inmediatamente. Así, más tarde, cuando ya era adulto y ejercía la profesión de escritor, sucedió que muchas veces intenté desaparecer detrás de mis obras, rebautizarme y ocultarme tras nombres caprichosos y significativos; es curioso que mis compañeros de profesión me hayan reprochado con frecuencia esos intentos y los hayan interpretado mal. si miro hacia atrás, veo que toda mi vida ha estado bajo el signo del deseo de poder mágico; la manera que fueron cambiando con el tiempo las metas de mis deseos mágicos, cómo los sustraje progresivamente del mundo externo, absorbiéndoles dentro de mí, cómo aspiré poco a poco, no a cambiar las cosas, sino a mí mismo, cómo traté de sustituir la torpe invisibilidad de la capa mágica por la invisibilidad del sabio, que reconociendo siempre permanece escondido —éste sería el verdadero contenido de la historia de mi vida.

Yo era un muchacho feliz y alegre, jugaba con el hermoso mundo de colores, en todas partes estaba a gusto, tanto entre los animales y las plantas como en la selva de mi fantasía y mis sueños, contento de mis fuerzas y facultades, más dichoso que consumido por mis fogosos deseos. Sin yo saberlo, practicaba por entonces algunas artes mágicas con más perfección que nunca después. Fácilmente conquistaba amor, fácilmente adquiría influencia sobre los demás, fácilmente me encontraba en el papel de jefe, del solicitado o del misterioso. Durante años mantuve a compañeros y pariente más jóvenes en la respetuosa convicción de mi real poder mágico, de mi poder sobre los duendes, de mis derechos a tesoros ocultos y coronas. Durante mucho tiempo viví en el paraíso, aunque mis padres me hicieron conocer muy pronto la serpiente. Mucho tiempo duró mi sueño infantil, el mundo me pertenecía, todo era presente, todo estaba dispuesto a mi alrededor para el juego hermoso. Si alguna vez surgían en mí la insatisfacción y la añoranza, si alguna vez se cubría de sombras y de dudas ese alegre mundo, casi siempre hallaba con facilidad el camino a ese otro mundo más libre y sin obstáculos de las fantasías, y al volver me encontraba el mundo externo otra vez dulce y amable. Mucho tiempo viví en el paraíso.

Había un cobertizo en el pequeño jardín de mi padre donde tenía conejos y un cuervo amaestrado. Allí pasaba horas interminables, largas como siglos, en el calor y el placer de propietario, los conejos olían a vida, a hierba y luche, sangre y procreación; y el ojo negro y duro del cuervo relucía la lámpara de la vida eterna. En el mismo lugar pasaba otros ratos interminables, al atardecer, a la luz del un cabo de vela, junto a los animales calientes y adormilados, solo o con algún compañero, urdiendo planes para desenterrar inmensos tesoros, para obtener la raíz Alraun, para caballerescas y victoriosas campañas a través del mundo necesitado, en las que condenarían a los ladrones, consolaría a los desdichados, liberaría a los prisioneros, reduciría a cenizas los castillos de los caballeros dedicados a la rapiña, mandaría crucificar a los traidores, perdonaría a los vasallos rebeldes, conquistaría a las princesas y entendería el lenguaje de los animales.

En la gran biblioteca de mi abuelo había un libro, enorme y pesado, en el que hojeaba y leía a menudo. Había en este libro inagotable antiguas y extrañas ilustraciones, que unas veces surgían luminosas y tentadoras nada más abrir y hojear las páginas, otras las buscaba y no las encontraba, habían desaparecido como por encanto, como si nunca hubiesen existido. Contenía este libro una historia infinitamente hermosa y comprensible que yo solía leer. Tampoco la encontraba siempre, la hora tenía que ser propicia, de vez en cuando desaparecía por completo y permanecía oculta, a menudo parecía haber cambiado de lugar y domicilio; unas veces, al leerla, era extrañamente amable y casi comprensible, otras era oscura y hermética como la puerta del desván, detrás de la cual se oían al anochecer las risas ahogadas y los suspiros de los espíritus. Todo estaba lleno de realidad y todo estaba lleno de magia, ambas florecían plácidamente, una junto a otra, ambas me pertenecían.

Tampoco el ídolo danzante de la India, el que estaba en la vitrina llena de tesoros de mi abuelo, era siempre el mismo, no tenía siempre la misma cara ni bailaba a todas horas la misma danza. A veces era un ídolo, una figura extraña y divertida como las que se suelen hacer y adorar en países extraños e incomprensibles por otros pueblos también extraños e incomprensibles. En otros momentos era una obra de magia, llena de significado y profundamente inquietante, ávida de sacrificios, maligna, severa, imprevisible, burlona, parecía incitarme, por ejemplo a que me riera de él para vengarse luego de mí. Era capaz de mover los ojos aunque estaba hecho de metal amarillo; a veces bizqueaba. En otros momentos volvía a ser sólo símbolo, no era ni bonito ni feo, no era malo ni bueno, ni ridículo ni terrible, sino simplemente antiguo e inimaginable como una runa, como una mancha de musgo sobre la roca, como el dibujo de un guijarro, y detrás de su forma, detrás de su rostro e imagen, vivía Dios, moraba lo infinito, que siempre yo entonces, muchacho, veneraba con la misma fuerza que más tarde cuando lo llamaba Siva, Vinsú, Dios, Vida, Brahma, Atmán, Tao o Madre Eterna. Era padre, madre, mujer y hombre, sol y luna. Y cerca del ídolo en la vitrina y en otros armarios del abuelo había colocadas y colgadas muchas otras cosas e instrumentos, collares de perlas de madera como rosarios, rollos de palma cubiertos de antigua escritura india, tortugas talladas en esteatita verde, pequeños dioses de madera, de cristal, de cuarzo, de barro, mantos bordados de seda y de hilo, vasos y platos de cobre amarillo y todo aquello venía de la India y de Ceilán, la isla paradisíaca de los helechos gigantes y las costas de palmeras y de los suaves cingaleses con ojos de ciervo, venía del Siam de Birmania, y todo olía a mar, a especias, a lejanía, a canela y sándalo, todo había pasado por manos oscuras y amarillas, humedecido por la lluvia tropical y el agua del Ganges, resecado por el sol ecuatorial, cubierto por la sombra de la selva. Y todas estas cosas pertenecían al abuelo, y él, el viejo, venerable y poderoso con amplia barba blanca, omnisciente, más poderoso que mi padre y mi madre, estaba en posesión de otras cosas y otros poderes mucho mayores, suyo era no sólo el dios y juguete indio, sino todos los objetos tallados y pintados, consagrados con hechizos, el cuenco de coco y el arca de sándalo, la sala y la biblioteca, él era también un mago, un iniciado, un sabio. Entendía todas las lenguas humanas, más de treinta, quizá también la de los dioses, quizá también la de las estrellas, sabía escribir y hablar pali y sánscrito, sabía cantar canciones canaresas, bengalíes, indostánicas y cingalesas, conocía las oraciones de los mahometanos y de los budistas, aunque era cristiano y creía en la Santísima Trinidad, había estado muchos años y décadas en países orientales, calientes y peligrosos, había viajado en barcas y en carros de bueyes, a caballo y en mulas, nadie sabía como él que nuestra ciudad y nuestro país eran sólo una parte muy pequeña de la tierra, que mil millones de seres tenían otras creencias, otras costumbres, otras lenguas, otro color de piel, otros dioses, otras virtudes y otros vicios. Yo le quería, admiraba y temía, de él esperaba todo, le creía capaz de todo, de él y de su dios Pan disfrazado de ídolo aprendía sin cesar. Este hombre, el padre de mi madre, estaba metido en un bosque de misterios, como lo estaba su rostro en el blanco bosque de la barba, sus ojos irradiaban tristeza universal o serene sabiduría, según las circunstancias, sabiduría solitaria y picardía divina. Personas de muchos países le conocían, admiraban y visitaban, hablaban con él en inglés, francés, indio, italiano, malayo y volvían a irse después de largas conversaciones, sin dejar rastro, quizá eran sus amigos, quizá sus enviados, quizá sus criados y encargados. Sabía que de él, el insondable, procedía el misterio que rodeaba a mi madre, el aire misterioso y ancestral, y también ella había estado mucho tiempo en la India, también ella hablaba y cantaba en malajalam y canarés e intercambiaba con su anciano padre palabras y frases en lenguas mágicas y extrañas; como él, poseía también a veces la sonrisa de la lejanía, la sonrisa velada de la sabiduría.

Mi padre era distinto. El estaba solo. No pertenecía ni al mundo de ídolo y del abuelo, ni al mundo cotidiano de la ciudad, estaba al margen, solo, un ser que sufría y buscaba, culto y bondadoso, sincero y lleno de entusiasmo al servicio de la verdad, pero muy lejos de aquella sonrisa, noble y sensible, aunque clara, sin aquel misterio. Nunca le abandonó la bondad, ni la sabiduría, pero nunca desapareció en aquella nube mágica del abuelo, nunca se perdió su rostro en aquella candidez y divinidad, cuyo juego a veces tristeza, a veces fina burla, y a veces como una máscara divina ensimismada. Mi padre no hablaba con mi madre en lenguas indias, sino en inglés y en alemán puro, claro, bello y con un ligero acento báltico. Con esta lengua me atraía, ganaba y enseñaba, de ven en cuando le amulaba lleno de admiración y entusiasmo, aunque sabía que mis raíces crecían profundas en el suelo de la madre, en ese mundo de ojos negros y de misterio. Mi madre estaba llena de música, mi padre no, él no sabía cantar.

Junto a mí crecieron mis hermanas y dos hermanos mayores, altos, envidiados y admirados. Alrededor de nosotros estaba la ciudad, vieja y corcovada, y alrededor de ella las montañas cubiertas de bosques, severas y algo sombrías, por medio discurría un río hermoso, sinuoso y vacilante, y yo amaba todas estas cosas y las llamaba patria y en el bosque y el río conocía exactamente las plantas y el suelo, las piedras y cuevas, las aves, las ardillas, el zorro y el pez. Todo ello me pertenecía, era mío, era mi patria —pero además existían la vitrina y la biblioteca, y la burla bondadosa en el rostro omnisciente del abuelo, y la mirada cálida y oscura de mi madre y las tortugas y los ídolos, las canciones y las frases indias, y aquellas cosas me hablaban de un mundo más amplio, de una patria más grande, de un origen más antiguo, de un contexto más grande. Y arriba en su gran jaula de alambre nuestro papagayo rojo y gris, viejo y sabio, con su cara inteligente y su pico afilado; cantaba y hablaba y procedía, también él, de un país lejano, desconocido, gorjeaba idiomas de la selva y olía a ecuador. Muchos mundos, muchos continentes extendían sus brazos y sus rayos, y se encontraban y cruzaban en nuestra casa. Y la casa era grande y antigua, con muchas habitaciones vacías, con sótanos y grandes pasillos en los que resonaban los pasos, y que olían a piedra y frescura, y desvanes interminables llenos de leña y fruta, y corrientes de aire y vacío oscuro. Muchos mundos cruzaban sus rayos en esta casa. Aquí se rezaba y se leía la Biblia, se estudiaba y se aprendía la filología india, se hacía mucha y buna música, se conocía a Buda y Lao Tse, venían visitas de numerosos países con el perfume de tierras lejanas y extranjeras en las ropas, con extrañas maletas de cuero y mimbre y con el sonido de lenguas extrañas, allí se daba de comer a los pobres y se celebraban fiestas, la ciencia y la fábula vivían muy juntas. Había también una abuela a la que teníamos un poco de miedo y a quien no conocíamos bien porque no hablaba alemán y leía una Biblia francesa. La vida de aquella casa era compleja y no siempre comprensible, en ella la luz jugaba en múltiples colores, la vida sonaba rica y polifónica. La casa era bonita y me gustaba, pero más bonito todavía era el mundo de mis ilusiones, más ricas mis fantasías. La realidad nunca me bastaba, me hacía falta la magia.

La magia moraba familiarmente en nuestra casa y en nuestra vida. Además de los armarios del abuelo, estaban los de mi madre, llenos de tejidos asiáticos, vestidos y velos, también era mágica la mirada bizca del ídolo, lleno de misterio el olor de algunas habitaciones antiguas y rincones de la escalera. Y dentro de mí se correspondían muchas cosas en este mundo exterior. Había objetos y relaciones que sólo existían en mí y para mí solo. Nada tan misterioso, tan poco comunicable, tan lejos de la verdad cotidiana como ellas, y sin embargo nada era más real. La misma caprichosa aparición y desaparición de las ilustraciones e historias de aquel enorme libro era así, y las transformaciones en el rostro de las cosas, que yo veía suceder a cada instante. ¡Qué aspecto tan distinto tenían la puerta de la casa, la casita del jardín y la calle según fuese una tarde de domingo o la mañana de un lunes! ¡Qué distintos eran el reloj de pared y la imagen de Cristo del cuarto de estar el día que reinaba allí el espíritu del abuelo o el de mi padre, y cómo se transformaba todo en las horas en que ningún espíritu extraño excepto el mío daba a las cosas su sello, cuando mi alma jugaba con ellas y les daba nuevos nombres y significados! En esos momentos una silla o un taburete familiares, una sombre cerca de la estufa, los titulares de un periódico, podían volverse bonitos o feos y malignos, significativos o banales, despertar nostalgia o intimidar, ser ridículos o tristes. ¡Qué pocas cosas eran firmes, estables y perdurables! ¡Todo vivía, sufría transformaciones, deseaba transformarse, estaba al acecho de la disolución y el renacimiento! Pero de todos los fenómenos mágicos el más importante y fantástico era el «hombrecillo». No sé cuándo le vi por primera vez, creo que siempre existió, que vino conmigo al mundo. El hombrecillo era un ser diminuto, gris como una sombra, un espíritu o duende, ángel o demonio, que a veces aparecía y caminaba delante de mí, cuando estaba dormido y cuando estaba despierto, y al que tenía que obedecer que mi padre, más que a mi madre, más que a la razón, con frecuencia incluso más que al miedo. Cuando se me aparecía solo existía él, e hiciese lo que hiciese yo le tenía que imitar: aparecía en las situaciones de peligro. Cuando me perseguía un perro o un compañero más fuerte, lleno de ira, y mi situación era precaria, entonces, en el momento más difícil, aparecía el hombrecillo, corría delante de mí, me enseñaba el camino, me traía la salvación. Me indicaba la tabla suelta en la valla del jardín, por la que encontraba una salida en el último minuto angustioso, me enseñaba lo que debía hacer en cada instante: dejarme caer, dar la vuelta, echar a correr, chillar, estar callado. Mi quitaba de la mano algo que iba a comer, me conducía al lugar donde encontraba mis cosas perdidas. Había épocas en las que lo veía todos los días. Otras en las que no aparecía. Estas épocas no eran buenas, entonces todo era anodino y confuso, no sucedía nada, no progresaba nada.

Una vez en la plaza del mercado corría el hombrecillo delante de mí, y yo le seguí; se fue corriendo a la enorme fuente del mercado en cuya pileta de piedra, más profunda que un hombre, caían los cuatro chorros de agua; trepó ágil por la pared de piedra hasta el borde, y yo detrás, y cuando saltó con un movimiento rápido a las aguas profundas, salté yo también, no había otra alternativa, y estuve a punto de ahogarme. Pero no me ahogué porque me sacaron, precisamente fue una hermosa vecina joven a la que apenas conocía y con la que establecí entonces una bonita relación de amistad y bromas que me hizo feliz durante mucho tiempo.

Una vez me pidió mi padre explicaciones por una de mis fechorías. Me disculpé como pude, sufriendo una vez más que fuera tan difícil hacerse entender por los mayores. Hubo algunas lágrimas y un pequeño castigo y al final mi padre me regaló, para que no olvidase aquella hora, una bonita agenda de bolsillo. Algo avergonzado y descontento por lo que había pasado me alejé y pasé por el puente del río; de repente iba delante de mí el hombrecillo, saltó al pretil y me ordenó con un ademán que tirase el regalo de mi padre al río. Lo hice inmediatamente, la duda y la vacilación no existían cuando estaba presente, sólo cuando él faltaba, cuando no aparecía y me dejaba empantanado. Me acuerdo de un día que paseaba con mis padres y apareció el hombrecillo; se cruzó al lado izquierdo de la calle, y yo detrás, y cada vez que mi padre me ordenaba que cruzase al otro lado, el hombrecillo se negaba a acompañarme, seguía obstinado por la izquierda y yo tenía que volver cada vez rápidamente a su lado. Mi padre terminó por cansarse y me dejó finalmente que caminase por donde quisiera, estaba ofendido, y más tarde, en casa, me preguntó por qué había tenido que desobedecer y caminar a toda costa por el otro lado de la calle. En esos casos me daba mucho apuro, incluso verdadera angustia, porque nada era más imposible que contar a nadie una sola palabra sobre el hombrecillo. Nada habría sido más prohibido, malo y pecaminoso que traicionarle, nombrarle y hablar de él. Ni siquiera debía pensar en él, llamarle o desear que apareciese. Si aparecía todo estaba bien y le seguía. Si no estaba, era como si nunca hubiese existido. El hombrecillo no tenía nombre. Pero lo más imposible del mundo era no seguirle cuando aparecía. A donde él iba yo le seguía, incluso al agua, incluso al fuego. No es que él me ordenase o aconsejase una cosa u otra. No, él hacía simplemente esto o aquello y yo le imitaba. Dejar de imitar algo que él hacía era tan imposible como que mi sombra no siguiese mis movimientos. Quizá yo era sólo la sombra o el reflejo de él o él del mío; quizá yo hacía aquello que creía imitar antes que él o al mismo tiempo que él. Por desgracia él no siempre estaba, y cuando faltaba mis actos carecían de naturalidad y necesidad, todo podía ser distinto, existía para cada paso la posibilidad realizarlo o no, de dudar y reflexionar. Los pasos afortunados, alegres y felices de mi vida de entonces los realicé todos sin reflexionar. El reino de la libertad es quizá también el reino de las ilusiones. ¡Qué bonita era mi amistad con la alegre vecina que me sacó de la fuente! Era muy animada, joven, guapa y tonta, de una necedad adorable, casi genial. Me dejaba que le contase historias de ladrones y de brujas, tan pronto me creía demasiado como no se creía nada y me tenía por uno de los sabios de Oriente, con lo que yo estaba absolutamente de acuerdo. Me admiraba mucho. Cuando le contaba algo divertido, se reía a carcajadas y con gran entusiasmo, mucho antes de que hubiese comprendido el chiste. Se lo reproché y le pregunté: «Escucha, Frau Anna, ¿cómo puedes reírte de un chiste si no lo has comprendido en absoluto? Eso es muy estúpido y además ofensivo para mí. O bien entiendes mis chistes y te ríes o no los comprendes, y entonces no hace falta que te rías y hagas como si los hubieses comprendido.» Ella siguió riendo. «Desde luego —exclamó—, eres el muchacho más inteligente que nunca he visto, eres extraordinario. Un día serás profesor o ministro o médico. La risa, sabes, no hay que tomarla a mal. Me río simplemente porque me das alegrías y porque eres la persona más divertida que existe. Pero ahora explícame el chiste.» Yo se lo expliqué detenidamente, me hizo aún algunas preguntas, por fin lo comprendió de verdad, y si antes se había reído con ganas y mucho, ahora se reía de verdad, se reía loca y desenfrenadamente, contagiándome a mí. ¡Cuántas veces hemos reído juntos, cómo me mimaba y admiraba, qué fascinada estaba conmigo! Había trabalenguas difíciles que yo tenía que recitarle tres veces seguidas muy deprisa, por ejemplo: «Wiener Wäscher waschen weisse Wäsche» [Lavanderos vieneses lavan ropa blanca], o la historia de «Kottbuser Postkutschkasten» [La diligencia de Kottbus]. También ella tenía que probar, yo insistía, pero se reía antes, no decía ni tres palabras ni quería hacerlo y cada frase comenzada terminaba en nuevas risas. Frau Anna era la persona más divertida que he conocido. Yo, con mi inteligencia de muchacho, la consideraba infinitamente tonta, y quizá también lo era, pero era un ser feliz y a veces tiendo a creer que las personas felices son sabias en el fondo, aunque puedan parecer tontas. ¿Qué hay más necio y que haga más infeliz que la inteligencia?

Pasaron los años y mis relaciones con Frau Anna se había ya adormecido, yo era un muchachote que iba al colegio y sucumbía ya a las tentaciones, las penas y los peligros de la inteligencia, cuando volví a necesitarla un día, otra vez fue el hombrecillo quien me condujo hasta ella. Desde hacía algún tiempo estaba yo desesperadamente preocupado con la cuestión de la diferencia de los sexos y con el origen de los niños, el problema era cada vez más acuciante y atormentador y un día me dolía y quemaba tanto que preferí no vivir antes que dejar sin resolver aquel angustioso enigma. Salvaje y obstinado iba a la vuelta del colegio por la plaza del mercado, con la mirada en el suelo, desdichado y sombrío, cuando de pronto volvió a aparecer el hombrecillo. Sus visitas se habían hecho cada vez más raras, hacía tiempo que me era infiel —o yo a él—, y ahora de repente le volví a ver, pequeño y ligero corría por el suelo delante de mí, visible por un momento, y se metió en casa de Frau Anna. Había desaparecido, pero ya le había seguido a esa casa, y sabía para qué; Frau Anna dio un grito cuando irrumpí inesperadamente en su habitación, porque estaba precisamente desvistiéndose, pero no pudo deshacerse de mía y pronto supe casi todo lo que necesitaba saber con tanta urgencia. Aquello se habría convertido en un amorío si yo no hubiese sido tan joven.

Esta mujer, divertida y tonta, se diferenciaba de la mayoría de los adultos en que, aunque tonta, era natural y espontánea, siempre inmediata, nunca mentirosa, ni apurada. La mayoría de los adultos eran distintos. Había excepciones, mi madre, síntesis de lo vivo, de lo misteriosamente eficaz, y mi padre, modelo de justicia e inteligencia, y el abuelo que caso no era ya un ser humano, oculto, universal, sonriente, inagotable. Sin embargo, casi todos los adultos eran sobre todo dioses de barro, aunque había que temerles y respetarles. ¡Qué ridículos eran con su torpe manera de actuar, cuando hablaban con los niños! ¡Qué falso sonaba su tono, qué falsa su sonrisa! ¡Cómo se tomaban en serio a sí mismos y sus preocupaciones y negocios, con qué exagerada seriedad sujetaban debajo del brazo sus herramientas, sus carpetas, sus libros cuando cruzaban la calle, cómo esperaban ser reconocidos, saludados y admirados! Los domingos venía a veces gente a casa de mis padres a «hacer una visita», hombres con sombreros de copa entre manos torpes, enfundadas en rígidos guantes de cabritilla, hombres importantes, llenos de dignidad, violentos de tanta dignidad, abogados e inspectores con sus mujeres algo asustadas y oprimidas. Estaban sentados tiesos en sus sillas, a todo había que invitarles, ayudarles en todo, a quitarse el abrigo, a entrar, a sentarse, a preguntar y contestar, a irse. Tomar este mundo pequeño burgués tan en serio como lo exigía no me resultaba difícil, porque mis padres no formaban parte de él y también lo encontraban ridículo. Pero también me parecían casi todo los adultos bastante extraños y ridículos aunque no hiciesen teatro y no llevasen guantes ni hicieran visitas. ¡Cuánto tono se daban con su trabajo, con sus oficios y sus cargos, qué grandes y sagrados se crían! Cuando un carretero, un guardia o un empedrador interceptaba la calle había que respetarlo, era natural apartarse y hacer sitio o incluso echar una mano. Paro los niños con sus trabajos y sus juegos no eran importantes, se les apartaba a un lado y se les chillaba. ¿Es que hacían cosas menos justas, menos buenas, menos importantes que los mayores? ¡Oh, no! Al contrario, pero los mayores eran poderosos, daban órdenes y gobernaban. Y sin embargo tenían, igual que nosotros, los niños, sus juegos, jugaban a los bomberos, a los soldados, acudían a clubs y tabernas, pero todo con ese aire de importancia y de legitimidad, como si todo tuviese que ser así y no hubiese nada más hermoso y sagrado.

Reconozco que también había gente inteligente entre ellos, incluso entre los profesores. Pero, ¿no era ya extraño y sospechoso que entre todas esas personas «mayores», que al fin y al cabo habían sido todas hacía poco tiempo niños, se encontrasen tan pocas que no hubiesen olvidado por completo lo que es un niño, como vive, trabaja, juega, piensa, lo que le gusta y disgusta? ¡Eran pocos, muy pocos los que aún lo sabían! No sólo había tiranos y brutos que eran malos y desagradables con los niños, que les echaban de todas partes, que les miraban con recelo y odio, que a veces tenían al parecer algo así como miedo de ellos. No, tampoco los otros, los que tenían buenas intenciones, los que a veces se dignaban a un diálogo con los niños, tampoco esos sabían ya lo que era importante, y cuando querían tratar con nosotros tenían que descender penosamente y con gran apuro al nivel de los niños, pero no al de los de verdad, sino de inventadas y estúpidas caricaturas de niños.

Todos los adultos, casi todos, vivían en otro mundo, respiraban otra clase de aire que nosotros los niños. A menudo no eran más inteligentes que nosotros y muchas veces sólo nos aventajaban en ese misterioso poder. Eran más fuertes y si no obedecíamos voluntariamente nos podían obligar y pegar. Pero ese poder, ¿era una verdadera superioridad? ¿Acaso no era cualquier buey o elefante mucho más fuerte que un adulto? Pero ellos tenían el poder, ellos mandaban, su mundo y su moda se consideraban los adecuados. Sin embargo —y eso me resultaba particularmente extraño y a veces hasta aterrador— había muchos adultos que parecían envidiarnos a nosotros los niños. A veces lo expresaban de una manera ingenua y sincera cuando decían con suspiro: «Ay, qué suerte tenéis los niños». Si no mentían —y a veces yo sentía al oírles que no mentían— entonces los adultos, los poderosos, los dignos y los que daban órdenes no eran más felices que nosotros, que teníamos que obedecer y dar muestras de respeto. En el álbum de música que yo estudiaba había una canción con el asombroso estribillo: «¡Qué dicha, qué dicha ser un niño!» Eso era un misterio. ¡Había algo que poseíamos nosotros, los niños, que no tenían los mayores, ellos no eran sólo más grandes y fuertes, sino en cierto sentido más pobres que nosotros! ¡Y ellos, a los que con frecuencia envidiábamos por su estatura, su dignidad, su aparente libertad y naturalidad, sus barbas y sus pantalones largos, ellos nos envidiaban a veces a nosotros, los pequeños, en las canciones que cantaban!

De momento yo era, a pesar de todo, feliz. Había muchas cosas en el mundo que hubiese querido ver distintas, especialmente el colegio; pero sin embargo era feliz. Aunque en todas partes se me aseguraba e inculcaba que el hombre no estaba en el mundo sólo para su placer y que la verdadera felicidad se le concedía en el más allá únicamente al que había sido puesto a prueba y había demostrado su valía, eso se desprendía de muchos refranes y versos que tuve que aprender y que con frecuencia me parecían muy bonitos y conmovedores. Sin embargo, estas cosas, que también preocupaban mucho a mi padre, no me inquietaban demasiado, y si alguna vez me iba mal, estaba enfermo o tenía deseos no satisfechos, si reñía o era rebelde con mis padres, raramente me refugiaba en Dios, porque tenía otros caminos secretos que me conducían de nuevo a la claridad.

Cuando fracasaban los juegos habituales, cuando el tren, la tienda y el libro de cuentos se agotaban y me aburrían, inventaba muchas veces otros nuevos. Y aunque no fuese otra cosa que cerrar los ojos en la cama por la noche y perderme en la visión fantástica de los círculos que aparecían ante mí, ¡cómo volvía a surgir entonces la dicha y el misterio, cómo se llenaba el mundo de presagios y promesas!

Los primeros años de colegio pasaron sin cambiarme mucho. Aprendí por experiencia que la confianza y la sinceridad pueden ocasionarnos daños y con algunos profesores indiferentes adquirí lo imprescindible en el arte de mentir y fingir; a partir de entonces me abría paso. Pero lentamente se marchitó también en mí la primera flor, lentamente aprendí también yo, sin darme cuenta, aquella falsa cantinela de la vida, esa sumisión a la «realidad», a las leyes de los adultos, esa adaptación al mundo «como es, al fin y al cabo». Hace tiempo que sé por qué en los libros de canciones de los adultos hay estrofas como esta: «Oh, qué dicha ser aún niño», y también para mí hubo muchas horas en que envidiaba a los que aún eran niños.

Cuando al cumplir los doce años se planteó si debía aprender griego dije inmediatamente que sí, porque me parecía imprescindible llegar con el tiempo a ser tan sabio como mi padre o incluso con mi abuelo. Pero a partir de ese día hubo un plan en mi vida; debía estudiar y hacerme sacerdote o filólogo, porque para estos estudios había becas. También el abuelo había andado en su día ese camino.

Al parecer la cosa no era nada grave. Sólo que ahora tenía de repente un futuro, en mi camino había ahora un indicador, cada día y cada mes me acercaba más a la meta fijada, todo señalaba en aquella dirección, todo se alejaba más y más del juego y del carácter inmediato de los días vividos hasta aquel momento, no carentes de sentido pero sí de meta y futuro. La vida de los adultos me había apresado por un rizo primero o por un dedo, pero pronto me atraparía y retendría del todo, la vida que perseguía metas, la vida de los números, la vida del orden y de los cargos, de la profesión y de los exámenes; pronto me llegaría también a mí la hora, pronto sería yo también estudiante, candidato, sacerdote, profesor, haría visitas con un sombrero de copa, llevaría guantes de cuero, no comprendería ya a los niños, quizá les envidiaría. Dentro de mi corazón yo no deseaba todo aquello, yo no quería abandonar mi mundo, que era tan bueno y delicioso. Al pensar en el futuro veía yo, sin embargo, una meta muy secreta. Había algo que deseaba ardientemente, y era convertirme en mago.

Aquel deseo y sueño me fueron files durante mucho tiempo. Pero empezaron a perder su poder omnímodo, tenían enemigos, se les oponían otras cosas, reales, serias, que no se podían negar. Poco a poco fue marchitándose la flor, poco a poco me vino el encuentro del infinito algo finito, el mundo real, el mundo de los adultos. Poco a poco el deseo de ser mago, aunque seguía deseándolo ardientemente, perdió ante mí mismo su valor, se fue convirtiendo en algo infantil a mis propios ojos. Ya había algo en lo que había dejado de ser niño. El mundo de lo posible, infinito y con mil facetas, quedaba acotado, dividido en campos, cortado por vallas. Lentamente la selva de mis días se transformaba, se petrificaba el paraíso a mi alrededor. Dejé de ser lo que era, príncipe y rey en el país de lo posible, no me hice mago, me puse a aprender griego, en dos años comenzaría con el hebreo, en seis años sería estudiante.

Imperceptiblemente se llevó a cabo la estrangulación, inadvertidamente se fue esfumando en torno mío la magia. La historia maravillosa del libro de mi abuelo seguía siendo hermosa, pero estaba en una página cuyo número yo conocía, y ahí estaba, hoy y mañana y a cada hora, ya no había milagros. El dios danzante de la India sonreía indiferente y era de bronce, pocas veces me paraba a contemplarlo, nunca le volví a ver bizquear. Y —lo que era más grave— cada vez veía con menos frecuencia al hombrecillo gris. Por todas partes me rodeaba el desencanto, lo que antes era ancho, ahora era estrecho, lo valioso, ahora mísero.

Sin embargo yo sólo sentía aquel proceso ocultamente, bajo la piel, aún era alegre y dominante, aprendía a nadar y a patinar sobre hielo, era el primero en griego y aparentemente todo iba a la perfección. Sólo que todo tenía un color más pálido, un sonido algo más hueco, me aburría ir a casa de Frau Anna, y en todas mis vivencias había algo que en silencio se echaba a perder, algo que no se notaba, algo que no se echaba de menos, pero que había desaparecido y faltaba. Y cuando ahora quería sentirme pleno y ardiente, necesitaba estímulos más fuertes, tenía que sacudirme y tomar carrerilla. Tomé gusto a las comidas picantes, hurtaba a menudo y a veces robaba unas monedas para concederme un placer especial, porque si no no había aliciente ni belleza. También comenzaron a atraerme las chicas; fue poco después de que volviera a aparecer el hombrecillo y me llevara una vez más a visitar a Frau Ann.


En Obstinación: Escritos autobiográficos
Título original: Eigensinn - Autobiographische Schriften
Traductor: Anton Dietrich
Madrid, Alianza Editorial, 1995
Foto: © STR/Keystone/Corbis

29 nov. 2012

Hermann Hesse - Lectura en la cama

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Hermann Hesse © STR/Keystone/Corbis


Cuando uno vive en un hotel más de tres o cuatro semanas, tiene siempre que contar con alguna molestia tarde o temprano. O bien se celebra en casa una boda que dura todo el día y toda la noche con música y cánticos, y que termina por la mañana con grupos de borrachos melancólicos por los pasillos. O bien tu vecino de la izquierda hace una tentativa de suicidio con gas y las emanaciones llegan hasta tu cuarto. O se pega un tiro, que al fin y al cabo es más decente, pero lo hace a unas horas del día en que los huéspedes del hotel suelen esperar de sus vecinos un comportamiento más tranquilo. A veces revienta una cañería de agua y tienes que ponerte a salvo nadando, o un día a las seis de la mañana colocan las escaleras delante de tu ventana y sube una horda de hombres encargados de reparar el tejado.

Como hacía ya tres semanas que vivía sin molestias en mi viejo Heiligenhof en Baden, podía contar con que pronto se produciría algún trastorno. Esta vez fue uno de los más inofensivos: se rompió algo en la calefacción y tuvimos que pasar frío un día entero. Soporté heroicamente la mañana, primero salí a pasear un poco, luego comencé a trabajar enfundado en una bata caliente, alegrándome cada vez que el rumor o silbido de los fríos serpentines de la calefacción parecían anunciar el renacer de la vida. Pero las cosas no iban tan rápidas, y en el curso de la tarde, cuando ya se me habían enfriado las manos y los pies, desistí de mi empeño y me di por vencido. Me desnudé y me metí en la cama. Y ya que se había roto el orden de las cosas y cometido una especie de exceso al meterme en pleno día entre las sábanas, hice otra cosa que no suelo hacer normalmente.

Mis conocidos y los críticos de mis obras opinan casi todos que soy un hombre de principios. Por algunas observaciones y pasajes ocasionales de mis libros deducen estas personas tan poco sagaces que llevo una vida intolerablemente libre, cómoda y desordenada. Porque por la mañana me gusta levantarme tarde, porque ante las dificultades de la vida me permito de vez en cuando una botella de vino, porque no recibo ni hago visitas y por menudencias semejantes deducen estos malos observadores que soy un hombre blando, cómodo, caótico, que cede a todos los caprichos, no emprende nada y lleva una vida inmoral y libertina. Pero sólo dicen estas cosas porque les irrita y les parece insolente que no reniegue de mis costumbres y vicios ni los oculte. Si yo fingiera ante el mundo, lo que sería fácil, una conducta ordenada, burguesa, si pegara una etiqueta de agua de colonia en la botella de vino, en lugar de decir a mis visitas que me molestan, les mintiese pretendiendo que no estoy en casa, en una palabra, si engañara y mintiera, mi fama sería óptima y pronto me concederían el título de doctor honoris causa.

Pero la realidad es que cuanto menos tolero las normas burguesas, con tanto más rigor sigo mis propios principios. Son principios que considero excelentes y que ninguno de mis críticos sería capaz de seguir ni siquiera durante un mes. Uno de ellos es no leer ningún periódico —pero no por soberbia de literato ni por la creencia equivocada de que los diarios son peor literatura que lo que el alemán de hoy llama «poesía», sino simplemente porque no me interesan ni la política ni el deporte ni los asuntos financieros y porque desde hacer años me resulta insoportable ver día a día, impotente, cómo el mundo corre hacia nuevas guerras.

Las pocas veces al año que rompo durante media hora la costumbre de no mirar los periódicos siento además el placer de una sensación nueva, iguala que me ocurre con el cine, al que apenas voy una vez al año, y con un horror secreto. Aquel día aciago, refugiado en la cama y por desgracia desprovisto de otra lectura, leí dos periódicos. Uno de ellos, de Zurich, era bastante reciente, de hacía sólo cuatro o cinco días, y lo tenía porque en ese número había publicado un poema mío. El otro tenía una semana más y tampoco me había costado nada, porque había llegado a mis manos en forma de papel de envolver. Comencé a leer aquellos dos periódicos con curiosidad e interés, es decir, sólo aquellas páginas cuyo idioma me resultaba comprensible. De los temas cuya exposición precisa de un idioma críptico especial tuve que prescindir: el deporte, la política y la bolsa. Quedaban por lo tanto las noticias pequeñas y el folletón. Y una vez más comprendí con todos mis sentidos por qué la gente lee periódicos. Fascinado por la tupida red de las noticias comprendí el encanto de la actitud irresponsable del espectador, y durante una hora me identifiqué en el alma con todos esos ancianos que vegetan durante años y que no pueden morirse porque están abonados a la radio y esperan de hora en hora alguna novedad.

Los poetas son en general gente de poca fantasía y por eso me quedé extasiado y sorprendido ante todas aquellas noticias, de las que apenas hubiese sido capaz de inventar una sola. Leí cosas muy extrañas, sobre las que tendré que pensar durante días y noches. Muy pocas de la que se daban en estos periódicos me dejaron frío: que se siguiese luchando enérgicamente y sin éxito contra el cáncer me extrañó tan poco como la noticia de una nueva fundación americana contra el exterminio del darwinismo. Pero en cambio leí tres o cuatro veces atentamente una noticia de una ciudad suiza, donde un joven había sido condenado a una multa de cien francos por matar accidentalmente a su madre. A este desdichado le había ocurrido la desgracia de que al manipular en presencia de su madre un arma de fuego ésta se le disparó matando a la madre. El caso es triste, pero no inverosímil; noticias más graves e inquietantes aparecen en cualquier periódico. Pero me da vergüenza reconocer la cantidad de tiempo derrochado en calcular la multa. Una persona mata a su madre de un tiro. Si lo hace intencionadamente es un asesino, y tal como es este mundo no se le pondrá en manos de un sabio Sarastro, que le haga ver la estupidez de su asesinato y trate de convertirle en un ser humano, sino que se le encerrará durante un buen período de tiempo, o, en los países donde gobiernan aún los buenos y antiguos príncipes bárbaros, se le cortará su insensata cabeza para que haya orden. Pero en este caso el asesino no es tal, es un pobre hombre al que le ha sucedido algo extraordinariamente triste. ¿En virtud de qué baremos, en virtud de qué valoración de la vida humana o de la eficacia pedagógica de la multa ha decidido el tribunal que esta vida destruida involuntariamente vale la cantidad de cien francos? En ningún momento me he permitido dudar de la honradez y buena voluntad del juez, estoy convencido de que se esforzó mucho en hallar una sentencia justa y que su sentido común y el sentido estricto de las leyes le provocaron graves conflictos. Pero ¿hay una persona en el mundo que pueda leer la noticia de esa sentencia con comprensión o incluso con satisfacción?

En el folletón encontré una noticia que se refería a uno de mis colegas. De «fuentes bien informadas» se nos comunicaba que el gran escritor M. estaba actualmente en S. para firmar contratos sobre la versión cinematográfica de su última novela, y que además el señor M. había manifestado que su próxima obra trataría de un problema no menos importante e interesante, pero que difícilmente podría terminar esa gran obra antes de dos años. Esta noticia me ocupó también mucho tiempo. ¿Con qué constancia, con qué cuidado y con qué primor tiene que hacer a diario su trabajo este colega para poder hacer tales predicciones! Pero ¿por qué las hace? ¿Acaso no podría saltarle durante el trabajo un problema diferente y obligarse a cambiar? ¿No podría sufrir una avería su máquina de escribir o enfermar su secretaria? Y entonces ¿para qué habría servido anticiparse? ¿Cómo queda el autor si tiene que reconocer a los dos años que no ha terminado? ¿O qué sucede si la versión cinematográfica de su novela le proporciona tanto dinero, que empieza a vivir como un rico? Entonces no se terminará su próxima novela, ni ninguna otra novela suya, a no ser que su secretaria siga escribiendo con su nombre.

Por otra noticia del periódico me entero de que un zepelín está a punto de volver de América bajo el mando del doctor Eckener. Es decir que antes ha tenido que volar hasta allí. ¡Una bonita proeza! La noticia me alegra. ¡Y cuántos años hacía que no pensaba en el doctor Eckener, bajo cuyo mando hice mi primer vuelo en zepelín por encima del lago Constanza y el Alberg hace dieciocho años! Le recuerdo como un hombre fuerte más bien parco en palabras, con una cara firma y enérgica de capitán, cuyo nombre y rostro me quedaron grabados en la memoria, aunque sólo intercambié con él algunas palabras. Y ahora resulta que después de tantos años de vicisitudes sigue en su trabajo y ha volado por fin hasta América, y ni la guerra, la inflación, ni las vicisitudes personales le han impedido hacer su servicio e imponer su carácter. Lo recuerdo aún perfectamente cuando me dijo, en el año 1910, algunas palabras amables (me tomó probablemente por un periodista) y subió a su cabina de mando. En la guerra no fue general, ni banquero durante la inflación, sigue siendo constructor de naves y capital, ha sido fiel a su causa. En medio de tantas novedades como me han asaltado desde ambos periódicos, la noticia es tranquilizadora.

Pero ya basta. He pasado toda una tarde con ellos. La calefacción sigue fría, voy a tratar de dormir un poco.

(1929)


En Obstinación: Escritos autobiograficos
Traductor: Anton Dietrich
Imagen: © STR/Keystone/Corbis

10 ago. 2011

Herman Hesse - Temas chinos

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 Lo que pueden decirnos los sabios de la antigua China es quizás más de lo que piensa alguno de nosotros; sin embargo, lo esencial encuentra cabida en pocos libros. De éstos, algunos de los más importantes, seguramente los más importantes en términos absolutos, están ya a nuestro alcance.

 El sabio chino más famoso es desde hace tiempo Confucio, y con razón, en cuanto que de todos los pensadores ejerció la influencia más fuerte sobre la vida y la historia de su país. En total nos lo figuramos correctamente, cuando lo imaginamos totalmente «chino», es decir, formalista hasta la pedantería, pero no hacemos justicia a los chinos cuando de acuerdo con este juicio consideramos el espíritu chino rígido, no filosófico y externo, pues en contra de ese juicio existen en Confucio suficientes pruebas. Pocos saben todavía que en China existieron grandes filósofos y éticos cuyo conocimiento no es para nosotros menos valioso que el de los griegos, el de Buda y Jesús. No hay que olvidar que el sabio más grande de China no fue nunca del todo popular en su propia patria y que al lado de Confucio, su contemporáneo algo más joven, siempre quedó en la sombra. Me refiero a Laotsé, cuya enseñanza nos ha quedado recogida en el libro Tao-te-king. Su enseñanza del Tao, el principio de todo ser, podría sernos indiferente como sistema filosófico, o a lo sumo atraer a aficionados interesados, si no poseyese una ética tan fuerte, personal, grande y hermosa que su último adaptador alemán (por cierto un profesor de teología), establece entre Laotsé y Jesús un paralelismo directo. Sobre nosotros, profanos, este chino desde luego no podrá de momento ejercer una influencia tan poderosa, ya que su obra habla para nosotros un lenguaje extraño, difícil que sólo podemos llegar a conocer con aplicación y verdadero esfuerzo. No se trata aquí de una curiosidad ni de una rareza literario-etnológica, sino de uno de los libros más serios y profundos de toda la Antigüedad.

 Los «diálogos» nos hacen accesible a Confucio. De los pensadores chinos posteriores podemos leer a uno de los más originales y expresivos ahora también, al menos en una selección, en alemán: «Reden und Gleichnisse des Tschuang-Tse» («Discursos y parábolas de Chuang Tse»).

 Chuang Tse es trescientos años posterior a Laotsé, y Grill compara su relación con aquél a la de Platón con Sócrates. No quiero hacer aquí comentarios inteligentes sobre los libros chinos o sobre el trabajo de sus traductores; sólo quería decir que estos libros extraños me han transmitido, a mí que del antiguo Oriente sólo he conocido como profano las filosofías budistas y afines al budismo, valores completamente nuevos. Asia oriental tuvo entre Buda y Cristo una filosofía que nunca se convirtió en religión popular, cuya ética activa, hermosamente viva está mucho más cerca de la cristiana que de la budista hindú.

 A veces he lamentado que veamos tan pocos frutos del trabajo de nuestros orientalistas académicos. Aquí sólo hay algunos y es de desear que puedan actuar y seguir creciendo. Su conocimiento no tiene por qué conducirnos por caminos desconocidos, sino constituir una alegre confirmación de lo que apreciamos desde hace tiempo como nuestro mejor bien.

 (1911)



El filósofo chino Laotsé, desconocido a lo largo de dos mil años en Europa, ha sido traducido en los últimos quince años a todas las lenguas de Europa, y su Tao-te-king se ha convertido en un libro de moda. En Alemania ha sido Richard Wilhelm quien con sus traducciones e introducciones ha dado a conocer la literatura clásica y la sabiduría chinas en una medida hasta ahora desconocida. Y mientras China es políticamente débil y está desgarrada y aparece ante las potencias occidentales casi únicamente como un inmenso y rico territorio a explotar y a tratar con la máxima cautela, la antigua sabiduría china, el antiguo arte chino no sólo penetran en los museos y las bibliotecas de Occidente, sino también en los corazones de la juventud intelectual. Sobre la juventud estudiosa de Alemania, trastornada por la guerra. Ningún otro espíritu, excepto Dostoievski, ha influido tanto en los últimos diez años como Laotsé. El hecho de que este movimiento se desarrolle dentro de un círculo bastante minoritario no le resta importancia; la minoría captada por él es precisamente la que importa: la parte más dotada, más consciente y más responsable de la juventud estudiosa.

 Lo chino es tan opuesto a nuestros ideales de cultura occidental, que deberíamos alegrarnos de poseer en la otra mitad del globo un polo opuesto tan firme y venerable. Sería necio desear que con el tiempo el mundo entero fuese cultivado a la manera europea o a la manera china; pero deberíamos sentir por ese espíritu extraño ese respeto sin el que nada se puede aprender ni asimilar, y deberíamos contar al Extremo Oriente al menos tanto entre nuestros maestros como lo hemos hecho (piénsese en Goethe) desde hace tiempo con el Oriente asiático occidental. Y cuando leemos los diálogos de Confucio tan sugestivos y tan chispeantes de sabiduría, no debemos contemplarlos como una olvidada curiosidad de tiempos remotos, sino tener en cuenta que la doctrina de Confucio no sólo ha conservado y apoyado este gigantesco imperio durante dos mil años, sino que aún hoy los descendientes de Confucio viven en China, llevan su nombre y lo conocen con orgullo; a su lado hasta la nobleza más antigua y cultivada de Europa resulta infantilmente joven. Laotsé no debe sustituirnos al Nuevo Testamento, pero sí mostrarnos que algo similar se produjo también bajo otro cielo y en tiempos anteriores, y esto debe fortalecer nuestra fe en que la humanidad, dividida en razas y culturas extrañas y hostiles entre sí, es, a pesar de todo, una unidad y posee unas posibilidades, unos ideales y unas metas comunes.

 Sigue dominando entre nosotros en círculos muy amplios, pese a este reciente entusiasmo por China, la opinión de que el alma china es en el fondo completamente extraña a la nuestra. Que sus virtudes, sobre todo su paciencia incansable y su laboriosidad callada y tenaz, son en realidad de naturaleza pasiva, y que sus vicios, sobre todo la famosa crueldad china, nos son en el fondo ajenos y totalmente incomprensibles. En realidad son prejuicios tontos. El chino puede ser cruel, como puede serlo el occidental, y puede ser piadoso y altruista como puede serlo también en ocasiones, el europeo. Cuando extraemos de la historia ejemplos de crueldad china, deberíamos colocar al lado aquellas historias en las que China y su heroísmo nos tienen que parecer tan ejemplares como los relatos heroicos y nobles de la Biblia o de la Antigüedad clásica, habituales en nuestros colegios.

 (1926)

Laotsé: «Tao-te-king»

 ...Comparado con la idea que tiene el europeo medio de la filosofía china, Laotsé resulta a un observador superficial poco chino en su vivacidad. El traductor lo compara comprensiblemente con Jesús, y en todo caso no hay entre los pensadores más conocidos del Extremo Oriente ninguno cuyos ideales éticos estén más cerca y sean más afines a nosotros, los arios occidentales, que los de Laotsé. Al lado de la filosofía de la India, apartada del mundo, a menudo sutilmente profunda, tan estudiada de nuevo entre nosotros últimamente, esta sabiduría china resulta absolutamente práctica y sencilla y al lado de los desvarios decadentes del acrobatismo mental de Occidente puede tenerse la impresión bochornosa de que este chino ancestral conoció mejor los valores elementales y trabajó en el desarrollo de la humanidad de una manera más eficaz, que tantos occidentales privados de instinto en su anárquica filosofía especializada. Quisiera presentar como muestra los últimos párrafos del Tao-te-king en la versión alemana de Richard Wilhelm:

 «Las palabras sinceras no son bonitas,
 las palabras bonitas no son sinceras,
 la eficacia no convence,
 la convicción no es eficaz,
 El sabio no es erudito,
 el erudito no es sabio.
 El elegido no acumula bienes.
 Cuanto más hace por otros, más posee.
 Cuanto más da a otros, más tiene.
 El sentido del cielo es bendecir sin perjudicar,
 el sentido de los elegidos es obrar sin pelear.»

 (1910)



Confucio

 ...La lectura no es fácil y constantemente tenemos la sensación de respirar un aire extraño, de una naturaleza y una composición distinta a las que necesitamos para vivir. A pesar de todo no me arrepiento de los días dedicados a estos diálogos. Aunque el espíritu chino nos impresione como la contemplación de algo procedente de un astro desconocido, es reconfortante y es un excelente ejercicio asomarse a él más que de una manera superficial. Pues eso nos obliga a contemplar también nuestra propia cultura indivualista, no como algo incuestionable, sino en comparación con su contrario. Y no sólo eso, en el lector surge a veces por unos instantes la idea de la posibilidad de una síntesis entre ambos mundos. Pues como núcleo más profundo del ser del gran extraño Confucio descubrimos las mismas propiedades que conocemos desde hace tiempo en los grandes hombres de la historia occidental. Sentimos como naturales cosas que al principio nos parecieron errores grotescos y nos resultan encantadoras, incluso hermosas, cosas que al principio nos parecían espantosamente áridas. Y nosotros los individualistas envidiamos a este mundo chino por la seguridad y grandeza de su pedagogía y sistemática, a las que sólo podemos oponer nuestro arte y nuestra quizás mayor modestia ante la naturaleza extrahumana.

 Concluyo mi recomendación profana de esta sabiduría oriental con algunos aforismos escogidos de los «diálogos».

 Ser desconocido y conocer. No me preocupa que los hombres no me conozcan. Me preocupa no conocer a los hombres.

 La estrella polar. El que domina gracias a su ser, es como la estrella polar que permanece en su lugar y todas las estrellas giran a su alrededor. 

Etapas de la evolución del maestro. El maestro dijo: tenía quince años y mi voluntad era aprender, a los treinta estaba firme, a los cuarenta ya no tenía dudas, a los cincuenta conocía la ley del cielo, a los sesenta estaba abierto mi oído, a los setenta podía seguir los deseos de mi corazón sin rebasar la medida.

 (1909)



Cuentos populares chinos

 Cuanto más necesaria nos parece una confrontación profunda con Asia oriental, cuanto más se hace actual, desde un punto de vista puramente político, la necesidad de una comprensión del Oriente, más importante es conocer a los pueblos de Asia oriental a través de su propio pensamiento y de su esencia, y para ello no hay otro camino que el arte y la literatura. Los cuentos populares juegan aquí un papel importante porque ahí está, junto con el teatro, la verdadera fuente del alimento espiritual del pueblo. Lo que leo en estos cuentos coincide por completo con la impresión que me hicieron los chinos de Singapur. Encontramos mucha ingenuidad, candidez y juego, una gran sensibilidad para lo estético, una acentuación del elemento poético, una alegría por el detalle, junto a una cierta indiferencia por la construcción narrativa (excepto en los cuentos artísticos); dominan la creencia en los espíritus y otras ideas animistas, raramente triunfa el poder personal sobre estas fuerzas demoníacas. Frente a la amenaza y al primitivismo de tales ideas se opone un sistema de dominio político moral de la vida, una autoridad de las costumbres, una disciplina de la cortesía, una santidad de la autoridad social construida sobre la familia que admiramos llenos de respeto.

 (1914)



Lírica china

 ...Hasta hoy la esencia y el sentido de la lírica china son para Occidente igual de extraños que la esencia y el sentido de la pintura china. La riqueza de matices con una paleta reducidísima, la perfección de la caligrafía, el empeño sagrado de expresar lo sublime con el mínimo de medios exteriores, el juego infinitamente delicado de las alusiones, evocaciones y relaciones, en fin ese fabuloso arte de insinuar, de dejar adivinar, de ahorrar y retener, todo eso resulta extraño al europeo actual; para disfrutar estas artes hay que ejercitar primero los oídos, los ojos y las puntas de los dedos y acostumbrarse a los matices más finos.

 (1922)



Li Bu We: «Primavera y otoño»

 Li Bu We no fue uno de los grandes pensadores chinos, entre los literatos chinos goza de una fama regular, fue ministro e intrigante político hace ya casi dos mil años, y no escribió él mismo su gran obra «Primavera y otoño», sino que dejó que la escribiesen los eruditos que él protegía. A nosotros no debe molestarnos esto y estamos muy agradecidos de que Richard Wilhelm haya traducido esta obra al alemán. Toda la sabiduría de la China clásica, cuyas fuentes auténticas se perdieron en gran parte en las quemas de libros, ha encontrado cabida, junto con un gran número de relatos y anécdotas, en esta compilación. Su lectura es un gran placer. Paso buenas horas con este libro sabio y querido. El hecho de que actualmente su sabiduría se haya perdido para el mundo y que sólo exista en los libros, me molesta tan poco como el hecho de que esta sabiduría se encuentre en una contradicción tan total con las ideologías, tan poco sabias y tan fanáticas, de nuestro tiempo (ya sean americano-burguesas o ruso-bolcheviques). El tiempo pasa y la sabiduría permanece. Cambia sus formas y ritos, pero descansa en todos los tiempos sobre el mismo fundamento: sobre la ordenación del hombre en la naturaleza, en el ritmo cósmico. Los tiempos intranquilos podrán perseguir una y otra vez la emancipación del hombre de estos órdenes, esta liberación aparente conduce siempre a la esclavitud, como también hoy el hombre actual muy emancipado es un esclavo sin voluntad del dinero y de la máquina. Del mismo modo que uno vuelve del asfalto iluminado y multicolor de la gran ciudad al bosque, o de la música alegre y excitante de las grandes salas, a la música del mar con la sensación de gratitud y de retorno, vuelvo siempre de todas las aventuras fugaces y emocionantes de la vida y del espíritu a estas sabidurías antiguas, inagotables. En cada regreso no han envejecido, permanecen tranquilas y nos esperan y siempre son nuevas y relucientes como el sol cada día, mientras la guerra, el baile de moda, el automóvil de ayer han envejecido y aparecen hoy tan marchitos y ridículos.

 (1929)


«I Ching»

 Hay libros que no se pueden leer, libros de lo sagrado y la sabiduría, en cuya compañía y atmósfera se puede vivir durante años sin leerlos nunca como se leen otros libros. Algunas partes de la Biblia pertenecen a estos libros y el Tao-te-king. Basta una frase de estos libros para llenarse durante mucho tiempo, para estar ocupado y empapado durante mucho tiempo. Se los tiene a mano o se los lleva en el bolsillo cuando se va al bosque, y nunca se leen durante horas enteras, sino que cada vez se extrae sólo una frase, una línea, para meditar, para erigir junto a todas las bagatelas del día, también las de la restante lectura, una y otra vez la medida de lo grande y sagrado.

 Considero que es una suerte que a estos pocos libros se haya añadido uno nuevo. Es naturalmente, igual que los otros, un libro de edad remota, de miles de años, pero hasta ahora no existía el intento de una traducción alemana. Se llama «I Ching», el libro de las transformaciones, y es un antiquísimo libro de sabiduría y magia de los chinos. Podemos utilizarlo como libro de oráculos para obtener consejo en situaciones difíciles de la vida. También podemos amarlo y utilizarlo «únicamente» por su sabiduría. En este libro que nunca podré entender más que de una manera intuitiva y por algunos instantes, hay construido un sistema de analogías para todo el mundo, basado en ocho propiedades o imágenes de las cuales las dos primeras son el cielo y la tierra, el padre y la madre, la fuerza y la entrega. Estas ocho propiedades que están expresadas cada una por un signo sencillo, establecen combinaciones entre sí y dan lugar a 64 posibilidades, sobre las que se basa el oráculo. Preguntas al oráculo y obtienes por ejemplo la frase: «Verdad interior: cerdos y peces. ¡Salve! Es favorable atravesar el gran agua. Favorable es la perseverancia.» Sobre esto puedes meditar. Además existen comentarios.

 Este libro de las transformaciones se encuentra desde hace medio año en mi dormitorio y nunca he leído más de una página seguida. Cuando se contempla una de las combinaciones de signos, se sumerge uno en Kian, lo creativo, en Sun, lo dulce: no es leer, tampoco es pensar, es como mirar el agua que corre o las nubes que pasan. Allí está escrito todo lo que se puede pensar y vivir.

 (1925)


BI-YAEN-LU: «Escrito del maestro Yuan-Wu de la roca de esmeralda»

 El zen chino, esa forma orientada totalmente a la praxis, a la disciplina del alma, que el budismo llegado a China desde la India adoptó allí, es en realidad, por su esencia y al contrario que el zen indio, completamente hostil a la literatura, la especulación, la dogmática y la escolástica. Se podría decir que el budismo indio y chino se relacionan entre sí como el sánscrito y el chino. Allí una lengua de tipo indogermano, instrumento de un pensamiento abstracto diferenciador, erudito, también de una escolástica floreciente, aquí en Oriente, sin embargo, una lengua de fuerza expresiva, suelta, que renuncia a la mayoría de las sutilezas y argucias gramaticales que nos son familiares, una lengua generosa, ambigua, cuyas palabras son más bien imágenes o ademanes que palabras en nuestro sentido. A pesar de todo también el zen ha desarrollado una especie de literatura y en este año 1960 uno de sus libros más venerables (de momento sólo un tercio de su totalidad) ha sido publicado, en una versión alemana que ha costado a su autor Wilhelm Gundert más de una docena de años. El libro «BI-YAEN-LU, el escrito del maestro Yuan-Wu de la roca de esmeralda», fue escrito a principios del siglo XII y es una colección de cien anécdotas y sentencias de importantes maestros del zen, junto con himnos y comentarios dedicados a ellos. De los cien «ejemplos» la traducción de Gundert ofrece los primeros treinta y tres.

 Esta singularísima obra es algo así como una «summa» zen-budista, pero no en el sentido de una dogmática, sino en el de un manual de ejercicios espirituales. A través de sentencias de maestros y patriarcas famosos se enseña a los novicios y monjes de qué manera éste o aquél de sus predecesores alcanzó la meta, es decir, la iluminación, el descubrimiento de la realidad, que no debe imaginarse como algo estático sino como el destello de una chispa entre dos polos, el polo samsara, el mundo visible, pleno, multicolor, y el polo nirvana, el vacío y la liberación absolutos. En la mayoría de estos ejemplos de la praxis de los maestros, un alumno hace una pregunta que el lector occidental puede comprender a menudo, mientras que la respuesta del maestro nos coloca ante un sinnúmero de enigmas y que por cierto a menudo no consiste en palabras sino en un ademán o una acción, y muchas veces esa acción es una bofetada o un palo. Estos ejemplos, recopilados de la tradición de varios siglos hacia el año 1100, constituyen hoy todavía, ochocientos años después, un medio de enseñanza clásico de los maestros del zen. Que los podamos leer ahora en alemán ya es mucho, pues cada ejemplo invita al ensimismamiento asombrado.

 No es un libro que se pueda «leer» sin más; hay que avanzar a tientas en su espesura, palmo a palmo, volver a menudo atrás, y en algunas de esas vueltas el texto nos muestra de repente un rostro completamente distinto. Es una obra muy extraña, complicada, difícilmente accesible. Es una nuez con una cascara triple, cuádruple, bastante dura. El contemporáneo medio, normal dirá quizás que la antigua India, la antigua China, el nirvana y el zen son asuntos concluidos, y que la vuelta a ellos, es decir, la traducción y el estudio de esta obra de la Edad Media del Extremo Oriente, es inútil, es una búsqueda de tesoros histórica, o un juego romántico.

 A eso se podría responder primero que el zen existe y se practica hoy todavía en el Japón como entre nosotros el cristianismo, que además la doctrina de Shakyamuni, en sus distintas formas orientales, no sólo fascina a Schopenhauer y a sus discípulos, sino que también se ha ganado el interés del Occidente actual, que las conferencias y los libros de los budistas zen actuales, en primer lugar los de Suzuki, encuentran en Europa y América la máxima atención, que desgraciadamente ya existe incluso algo parecido a una moda zen.

 (1960)



Wang Chi Chong (?): «Kin Ping Meh, o la fantástica historia de Hsi Men y sus seis mujeres».

 Aquí no nos encontramos con la China sagrada de los sabios y héroes, sino que esta antigua novela popular pinta con un gusto rudo escenas de la vida cotidiana china. Los pasajes obscenos son numerosos, no son más graciosos que los de los libros populares de otros pueblos. En cambio esta gran novela, popular durante muchos siglos en China, es un libro rico y variado del pueblo y de su vida doméstica.

 (1931)



Pu Ssung-Ling: «Historias chinas de fantasmas»

 En este libro sumamente extraño no se trata ni de un juego poético erudito, ni de una de las aportaciones intrascendentes usuales al llamado folklore, sino del descubrimiento de un mundo de cuentos que no conocíamos todavía y que después del Chi-King y las parábolas de Chuang-Tse, es lo más valioso que he conocido de la literatura china.

 El autor que dio su forma a estas extrañas historias ancestrales, fue Pu Ssung-Ling, un pobre estudiante y sabio fracasado del siglo XVII y es una lástima que no tengamos más cosas de él, porque sus leyendas de fantasmas están contadas tan homogéneamente y en un tono tan hermoso, que se pueden comparar perfectamente con los cuentos y más aún con las «Leyendas alemanas» de los hermanos Grimm. Son historias populares de aparecidos que, igual que sus hermanas europeas, tratan de espíritus de difuntos y demonios, de sueños y visiones. Sólo que el mundo del día y de los hombres no se opone al mundo de la noche y de lo demoníaco de una manera absoluta, los espíritus se mueven como en los cuentos de Hoffmann a la luz del día y en medio de los quehaceres cotidianos, cruzan los caminos de los hombres y establecen constantemente relaciones estrechas con ellos que no se basan en el temor y el espanto, sino en el afecto y en la vecindad más amable.

 Del mismo modo que el amado y hermoso cuerpo de una muchacha es animado misteriosamente y devuelto al amor, imágenes, animales, objetos, e incluso sueños y poemas se convierten en bellos y finos seres espirituales que penetran todas las partes de la vida del hombre y se mueven con gracia y nobleza entre los vivos.

 Al estudiante sin talento acude el espíritu de un juez fallecido con el que aquél fue amable y le enseña la sabiduría. En el jardín del ermitaño las flores se convierten en mujeres hermosas y transfiguran su vida. Una constelación del cielo se enamora de un ser humano y desciende a la tierra para probar la felicidad y el dolor. Seres humanos son transformados en aves, y encantadores espíritus hacen comida de tierra, vestidos de hojas. Y todo sucede como debe suceder en las historias de fantasmas, de manera confusa y pesada como en los sueños; también el gusto chino por lo grotesco hace a veces piruetas ilógicas, pero en total no hay nada necio en ello, existe una relación entre las cosas y un desplazamiento de lo posible exactamente como en el sueño, y el espíritu del conjunto desemboca, de una manera que a nosotros extranjeros podría avergonzar, en la justicia y la bondad, no en la maldad y la crueldad salvaje, como en tantas de nuestras historias.

 Sucede todo delicada y gentilmente: «Vio a una dama joven con su criada. Acababa de romper una rama de ciruelo en flor y su rostro sonriente era irresistible. La miró fijamente sin tener en cuenta el decoro; y cuando habían pasado, ella dijo a su criada: «Ese joven tiene ojos ardientes como un ladrón.» Cuando prosiguieron su camino riendo y parloteando, ella dejó caer la flor; Wang la recogió del suelo y se quedó desconsolado como si su alma le hubiese abandonado. Entonces volvió a casa en un estado de ánimo muy melancólico; y después de haber colocado la flor debajo de su almohada se acostó. —Quién iba a pensar que esa muchacha hermosa era un espíritu, «una raposa». Pero lo es, y más tarde es conquistada por Wang e ilumina su vida con su risa alegre.

 «La manga del sacerdote» trata de un sacerdote mágico, y desde que vi en Singapur al famoso mago chino Han Peng Chien ejercer sonriente su arte, me puedo imaginar perfectamente a este sacerdote que hace subir a su manga a la gente, allí creen encontrarse en una casa grande y escriben versos de amor en la pared que luego, cuando despiertos del sueño deambulan en la vida cotidiana, encuentran con asombro escritas con letras minúsculas, pero claras en el interior de la manga. Más bello, quizá el más bello, sin embargo «El sueño». En él un hombre se acuesta un rato por la tarde y de repente se le aparece un señor con un vestido de color miel que le comunica la invitación de su príncipe. El hombre lo acompaña, llega al palacio del príncipe, bebe vino, oye música y disfruta los manjares, ve y ama a la hija del príncipe, se convierte en su esposo y se halla en plena felicidad cuando un terrible monstruo amenaza con destruir toda la corte. Todo el mundo huye pero él quiere quedarse junto a su amada y debido al tumulto y al susto mortal se despierta y vuelve a estar tumbado en el banco donde hacía, tiempo inmemorial se había tumbado a descansar. Pero en el oído siente un zumbido cuyo sonido le es extrañamente conocido del sueño, y cuando mira son abejas que le rodean, y cuando sigue observando ve que es todo un enjambre de abejas que huyendo de una serpiente que se introdujo en su colmena, ha acudido a él suplicando ayuda. Acoge a las abejas y con ello no hace más que dar las gracias por todo lo hermoso que ha vivido con ellas, pues su corte era la de su sueño, su rey era su anfitrión y el monstruo era la serpiente. En esta historia el sueño y la realidad están entretejidos tan delicada, tan dúctil y simbólicamente como se entrelazan en un bordado de templo las imágenes mágicas y los signos.

 (1912)



Es uno de los libros de cuentos más bonitos del mundo, ingenuo y natural como Grimm y extraordinario y fantástico como los dibujos y bronces grotescos que se encuentran en China. Estas historias respiran horror y dulce encanto en una unión tan íntima, mezclan el sueño y la vida, lo demoníaco y lo cotidiano de una manera tan estrecha e ingenua que sólo sabría compararlas con sueños hermosos. Tal como nos sucede en los sueños, pasan ante nosotros espíritus y difuntos, figuras de la realidad y la fe, deambula lo posible y lo deseado, lo dulce y lo espantoso de la mano en la callada luz crepuscular, algunas cosas se esfuman en la oscuridad, otras se potencian en la expresión hasta el símbolo. Quisiera tener todas las noches esos sueños y quisiera conseguir todos los años un nuevo libro como éste. Pero son raros.

 (1912)



Panorama sobre el Lejano Oriente

 Los dos pueblos de «color» de los que más he aprendido, y a los que tengo el mayor respeto, son los indios y los chinos. Ambos han creado una cultura espiritual y artística que, superior a la nuestra en edad, es igual en contenido y belleza.

 Sitúo el apogeo del pensamiento hindú aproximadamente en la misma época que el europeo, los siglos entre Homero y Sócrates. En aquella época se elaboraron en la India y Grecia los pensamientos hasta ahora más elevados sobre el mundo y el hombre, y se desarrollaron en grandiosos sistemas filosóficos y religiosos, que posteriormente no han conocido un enriquecimiento sustancial, pero que seguramente tampoco lo necesitaban, pues hoy perduran con toda su vitalidad ayudando a cientos de millones de seres humanos a vivir la vida. A la alta filosofía de la India antigua se contrapone una mitología muy polifacética, rica en profundidad y humor, un mundo popular de dioses y demonios y una cosmología de la más exuberante plasticidad, que subsiste floreciente tanto en la literatura como en la escultura, pero también en la fe popular. Sin embargo, de este mundo ardiente y colorido surgió también la gran figura venerable del Buda que supera renunciando, y el budismo, tanto en su forma original como en la forma chino-japonesa del zen, demuestra hoy no sólo en su patria, sino también en todo el Occidente, América incluida, ser una religión de la más alta moral y de gran atractivo. Desde hace casi doscientos años el pensamiento occidental ha sido influenciado a menudo y con fuerza por el espíritu hindú. Su último gran testigo es Schopenhauer.

 Si el espíritu hindú es predominantemente anímico y religioso, la búsqueda de los pensadores chinos se dirige sobre todo a la vida práctica, al Estado y la familia. Para la mayoría de los sabios chinos, como para Hesíodo y Platón, lo principal es saber qué se requiere para gobernar bien y con éxito para el bien de todos. Las virtudes de la serenidad, de la cortesía, de la paciencia, de la impasibilidad se aprecian tanto como en la escuela estoica. Pero al mismo tiempo existen también pensadores metafísicos y elementales, en primer lugar Laotsé y su discípulo poético Chuang-Tse, y tras penetrar la doctrina de Buda, China desarrolla lentamente una forma sumamente original, extremadamente eficaz de la disciplina budista, el zen, que igual que la forma hindú del budismo ejerce en el Occidente actual una influencia notable. Que la espiritualidad china está acompañada de un arte plástico muy desarrollado y refinado, lo sabe todo el mundo.

 El mundo actual ha cambiado todo en la superficie y ha destruido muchísimo. Los chinos, en otro tiempo el pueblo más pacífico y rico en manifestaciones antimilitaristas de la tierra, se han convertido hoy en la nación más temida e implacable. Han invadido y conquistado de manera bárbara el Tibet sagrado, junto a la India el pueblo más religioso, y amenazan constantemente la India y otros países vecinos. Nosotros sólo podemos constatarlo. Si comparamos, por ejemplo, la Francia o Inglaterra políticas del siglo XVII con las actuales, se demuestra que el aspecto político de una nación puede transformarse enormemente en pocos siglos sin que eso signifique un cambio en el núcleo del carácter nacional Tenemos que desear que también en el pueblo chino se conserven por encima de estos tiempos de confusión, muchos de sus maravillosos rasgos y talento.

 (1959)

En Escritos sobre literatura
Traducción de Genoveva y Anton Dieterich
Imagen: © Bettmann/CORBIS