Mostrando las entradas con la etiqueta Hesíodo. Mostrar todas las entradas

28 feb. 2007

Hesíodo: Prometeo (Teogonía)

No hay comentarios. :
JAPETO Y SUS HIJOS. PROMETEO

Japeto casó con Climene, la joven Océanida de lindos pies; y ésta, habiendo compartido su lecho nupcial, parió un hijo de ánimo esforzado, llamado Atlante; y luego al demasiado orgulloso Menetio, al versátil y astuto Prometeo, y al imprudente Epimeteo, que fue, desde que nació, una calamidad para los hombres laborioses, por haber admitido por mujer a una doncella creada según los designios de Zeus. Al insolente Menetio, el lúcido Zeus hirióle con el encendido rayo y arrojóle en el Erebo, castigando su maldad y su presuntuoso valor. En cuanto a Atlante, obligado por la necesidad, sostiene infatigablemente con la cabeza y con los brazos el anchuroso cielo, en los confines de la Tierra y frente a las Hespérides de sonora voz. Tal es el destino que le impuso Zeus. Y al astuto Prometeo el dios lo ató al centro de una columna con penosos e indisolubles lazos, y le envió un águila de anchas alas que le royera el hígado inmortal, recreciendo por la noche la parte del hígado que el ave aliabierta devorara en todo el día. Pero Heracles, el fornido hijo de Alcmena, la de lindos pies, abatió al águila y libertó al Japetiónida de tan grave castigo, arrancándolo así de las torturas. Lo hizo no sin que Zeus Olímpico, que reina en las alturas, lo consintiese para que la gloria de Heracles, nacido en Tebas, se acrecentara. Con ese fin honró Zeus a su ilustre hijo, y aunque lleno de cólera, depuso la ira que antes sintiese contra Prometeo, quien había rivalizado en astucia con el prepotente Cronión.

Era en la época en que se ventilaba una querella entre los dioses y los hombres, en Mecona. Prometeo, queriendo engañar a Zeus, les presentó a todos con astuta idea un enorme buey dividido en dos partes: en una de ellas había colocado, dentro de la piel, la carne y los intestinos con la lustrosa manteca, cubierto todo el vientre del propio animal; y en la otra parte estaba, dispuestos hábilmente y con dolosa arte, los blancos huesos ocultos por una porción de luciente grasa. Ante lo cual, el padre de los hombres y de los dioses, dijo: "¡Oh hijo de Japeto, el más ilustre de todos! ¡Con qué desigualdad has hecho, amigo, las partes!"

Así, irónico, habló Zeus, el conocedor de los decretos eternales. Y el taimado Prometeo le respondió con dulce sonrisa, sin olvidar la treta ideada:

"¡Zeus gloriosísimo, el más poderoso de los sempiternos dioses! Escoge, pues, de esas dos partes la que te aconseja el corazón que tienes en el pecho!"

Así dijo, con la más perversa intención. Zeus, el conocedor de los decretos eternales, advirtió y no dejó de adivinar el engaño (1), en su interior maquinaba funestos designios contra los mortales hombres, que luego habían de convertirse en realidad. Entonces quitó con ambas manos la blanca grasa, y su corazón se irritó y la cólera llegó a su alma, al descubrir los albos huesos del buey colocados con arte engañador. Por eso en la Tierra y desde entonces, los hijos de los hombres queman los huesos desnudos de las víctimas sobre altares perfumados. Poseído de gran indignación, amontonó las nubes, exclamando: "¡Ah Japetiónida, que a todos superas en el consejo! ¡Oh amigo, bien veo que no has olvidado el arte pérfido de fingir!"

Estas fueron las palabras que, irritado por la cólera, pronunció Zeus, el conocedor de los decretos eternales; y en lo sucesivo, acordándose siempre del engaño, dejó de proporcionar la fuerza del incansable fuego a los infelices mortales que habitan la Tierra. Mas el noble hijo de Japeto supo burlarle, y le robó la llama del fuego inextinguible, visible a larga distancia, en hueca férula. Con ello irritó más al altisonante Zeus, que pronto vio el resplandor de la llama flamear entre los mortales. Y en seguida trocó por otra plaga contra los hombres la privación del fuego. Siguiendo su consejo, el perínclito Cojo de ambos pies modeló con barro la figura de una púdica doncella: y Atenea, la diosa de los ojos brillantes, atavióla con blanco vestido, púsole un ceñidor y con un tenue velo bordado cubrióle la frente, que era maravilla para los ojos. Después rodeó su cabeza con una diadema de oro, forjada por las propias manos del ilustre Cojo de ambos pies, para complacer los mandatos del padre Zeus. En aquella corona veíase buen número de artísticas figuras de cuantos animales crían el continente y el mar, pues fueron muchas las que Hefestos grabó de modo tan maravilloso, que parecían dotadas de voz y una gracia singular las esmaltaba.

En cuanto el dios hubo hecho, en vez de una obra útil, esta hermosa calamidad, llevóla adonde estaban reunidos los dioses y los hombres. La doncella apareció ufana de los adornos con que la había engalanado la de los brillantes ojos, la hija del prepotente padre. Y puso en admiración a los dioses como a los mortales hombres, la vista del excelso y engañoso artificio contra el cual nada habían de poder los humanos. De ella procede el sexo femenino; en ella tuvo origen el linaje funesto, el conjunto de todas las mujeres, ¡calamidad grandísima!, las cuales viven con los mortales hombres y por nada admiten la pobreza dañosa, y sí tan sólo la abundancia de bienes. Porque así como en las cerradas colmenas las abejas crían zánganos, causantes de malas obras, y mientras aquéllas pasan el día hasta la puesta del sol moviéndose presurosas para formar las blancos y dulces panales, los otros permanecen en el interior y llenan su vientre con el trabajo ajeno; así también Zeus altisonante produjo para los hombres una calamidad, las mujeres, autoras de angustiosas acciones, proporcionándoles, en vez de un bien, este otro mal. Quien rechaza, rehúye la boda y el penoso trato con las mujeres, los cuidados que pueden darle éstas, cuando le llega la vejez maldita no encuentra apoyo en los últimos días; y, aunque no le haya faltado el pan para vivir, llegada la muerte, son los colaterales los que se reparten sus bienes. En cambio, aquel a quien la suerte le llevó al matrimonio y tiene una mujer casta e inteligente, ve que en su vida luchan de continuo el bien y el mal; y si, lejos de eso, tropezó con una mujer de raza perversa, vive con el ánimo y el corazón siempre angustiados, siendo los males que padece incurables.

No es posible, en efecto, burlar la mente de Zeus, ni substraerse a sus designios. Ni siquiera el Japetiónida, el benéfico Prometeo, consiguió librarse de la vehemente cólera de Zeus. No obstante su mucho saber, quedó necesariamente sujeto por fuerte vínculo (2).



Notas

(1) Ello no le impide indignarse, cuando el engaño será puesto al descubierto. No existe, pues, contradicción alguna que pueda hacer sospechoso el texto.

(2) No debe sorprendernos la contradicción manifiesta de lo que se dice aquí en relación a la libertad de Prometeo. Un hecho religioso está al margen del tiempo y, por lo tanto, igual puede considerarse en él que fuera de él. Prometeo ha sido perdonado; pero para el devoto de Zeus, que no deja de pensar en la venganza inevitable de su dios, Prometeo continúa indefinidamente encadenado. Cristo resucita y vuelve al cielo, mas para el espíritu religioso sigue eternamente clavado a la cruz.

Hesíodo, La Teogonía, [Trad. María Josefa Lecluyse y Enrique Palau], Barcelona, 1964

Hesíodo: Los titanes

No hay comentarios. :
Ante todo existió el Caos (1). Después la Tierra, de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, que surge del Tártaro tenebroso en las profundidades; y Eros, el más bello de los dioses inmortales, que quiebra los miembros, y que, tanto a los dioses como a los mortales, doma el corazón y la prudente voluntad.
Del Caos nacieron Erebo y la negra Noche y de la última, que quedó encinta por haber tenido amoroso consorcio con el Erebo, se originaron el Éter y el Día. La Tierra comenzó a parir a un ser de igual extensión que ella, el Cielo Estrellado, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada segura y eterna para los bienaventurados dioses. También puso al mundo las Altas Montañas, gratos albergues de divinales Ninfas, que en ellas viven dentro de los bosques. Dio también a luz, pero sin el deseable amor, al estéril piélago de hinchadas olas, al Ponto; y más tarde, acoplándose con el Cielo, dio origen al Océano, de profundos remolinos, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Japeto (2), a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemosine, a Febe, la de áurea corona, y a la amable Tetis. Posteriormente nació el Taimado Cronos, que fue el más terrible de los hijos del Cielo, y que odió desde el principio a su prolífico padre.
Asimismo de la Tierra nacieron los Cíclopes, de corazón violento, Brontes, Astéropes y Arges, el de ánimo esforzado. Los tres eran semejantes a los dioses, pero con un ojo único en medio de la frente (3). Su vigor, su coraje y sus mañas pusiéronse de manifiesto en todas sus acciones. En el transcurso del tiempo habían de proporcionar el trueno a Zeus y forjarle el rayo.
De la Tierra y el Cielo nacieron aún tres hijos, grandes y fuertes, de nefando nombre: Cotto, Briareo y Gías. ¡Prole orgullosa! Cien brazos tenía cada uno de ellos; cien brazos invencibles que se agitaban desde sus hombros; y, por cima de esos miembros, habíanles crecido cincuenta cabezas a cada uno. Temible era la poderosa fuerza que emergía de su enorme y proporcionada estatura.
Estos son los más feroces de cuantos hijos procrearon la Tierra y el Cielo. Ya desde un principio se atrajeron el odio de su propio padre. Apenas puestos en el mundo, en vez de dejarlos que salieran a la luz, el Cielo los encerró en el medio de la Tierra, gozándose en su mala acción. La vasta Tierra, henchida de ellos, suspiraba interiormente, y al fin ideó una engañosa y pérfida trama. Produjo en seguida una especie de blanquizco acero, con el que construyó una gran falce, y la mostró a sus hijos y con el corazón irritado hablóles de esta suerte, para darles ánimo: "¡Hijos míos y de un ser malvado! Si quisiérais obedecerme, vengaríamos el ultraje criminal de un padre, aunque sea vuestro padre, ya que ha sido él el primero en maquinar acciones infames".
Así se expresó. Sintiéronse todos sobrecogidos por el terror, sin que ninguno osara desplegar los labios, hasta que el grande y taimado Cronos cobró ánimo y respondió a su madre veneranda de esta manera: "¡Madre! Yo prometo llevar a cabo lo que convenga, pues nada me importa nuestro padre de aborrecido nombre. Sí, él fue el primero en obrar indignamente".
Tal dijo, y la vasta Tierra sintió que su corazón se le colmaba de alegría. Acto seguido ocultó a Cronos, poniéndolo en acecho, con la hoz de agudos dientes en la mano, y le descubrió toda la trama. Vino el Cielo, seguido de la Noche, y envolvió a la Tierra, ávido de amor, acercándose a ella y extendiéndose por todas partes. Entonces el hijo, desde el lugar en que se hallaba apostado, agarró a su padre con la mano izquierda, y empuñando con la derecha la grande hoz de afilados dientes, le cortó en un instante las partes pudendas y las arrojó detrás de sí, al azar. Mas no fue un vano despojo lo que soltó su mano. Porque las gotas de sangre que de él se derramaron las recibió la Tierra, la cual parió así en el transcurso de los años a las robustas Furias, a los enormes Gigantes, que vestían lustrosas armaduras y manejaban ingentas lanzas, y a las ninfas llamadas Melias (4) en la Tierra inmensa. Y las partes pudendas, que Cronos cortó con el acero y arrojó desde el continente al undoso ponto, fueron llevados largo tiempo de acá por allá en la inmensa llanura del piélago, hasta que de la carne inmortal salió una blanca espuma (5) y nació de ella una joven que se dirigió primero a la sagrada Citera y luego a Chipre, situada en medio de las olas. Al salir del mar y tomar tierra allí la veneranda hermosa deidad, brotó la hierba doquier que ponía sus tiernas plantas. Dioses y hombres la llamaban Afrofita, porque brotó de la espuma; Citerea, la de hermosa diadema, porque se dirigió a Citera; Ciprigenia, porque nació de Chipre, la isla azotada por las olas, y Filomnedes, por haber surgido de las partes pudendas. Acompañábala Eros y seguíala el hermoso Deseo, cuando, poco a poco después de nacer, se presentó por vez primera al concilio de los dioses. Y, desde un principio, como privilegio sólo a ella otorgado, tiene el honor entre los hombres y entre los inmortales de presidir y regir los paliques de las doncellas, las sonrisas y las fullerías; y, además, los dulces placeres, el amor y la amable tenura.

El gran Cielo, increpando a los hijos que había engendrado, los apodó Titanes porque, según él dijo, "tendieron" demasiado alto la mano para cometer un grave delito que el futuro castigaría.

Hesíodo, La Teogonía, [Trad. María Josefa Lecluyse y Enrique Palau], Barcelona, 1964

Notas

(1) El Caos o "vacío" abierto sin límites. El poeta, con el Caos, representa el espacio que separa el cielo de la tierra, espacio infinito, puesto que, en su sentir, ni una ni otro tienen límite, tanto en su altura como por debajo.
(2) El orden establecido aquí para la cronología de los Titanes no corresponde al que el mismo poeta nos presenta luego para enumerar la descendencia de aquéllos. Cronos, por ejemplo, pasa delante de Japeto, por ser padre de Zeus, y por cuanto el advenimiento de Zeus ha de mencionarse antes que el episodio de Prometeo. Mientras que aquí Cronos es citado el último porque es él, únicamente, quien toma parte activa en el episodio que sigue.
(3) Al parecer, el verso habría de ser "Cíclopes se les llamaba, porque un solo ojo redondo estaba colocado sobre su frente".
(4) Las Melias, o sea las "Ninfas de los fresnos", parecen haber sido las madres de la raza humana en algunas cosmogonías antiguas en las que el hombre nacía del árbol, como en otras surge de la piedra. En "Los trabajos y los días" el poeta nos dice que la raza de plata era hija de los fresnos.
(5) No se trata de la espuma de las olas, sino del esperma del dios mutilado.

Patricia Damiano, entexto