Mostrando las entradas con la etiqueta Hernandez Francisco. Mostrar todas las entradas

5 ene. 2010

Francisco Hernández - De las mujeres y concubinas de Moctezuma

No hay comentarios. :

 

 

Muchos eran los palacios reales de Moctezuma, emperador de los mexicanos, dentro y fuera de la ciudad en el época en que los españoles penetraron en estas comarcas. En algunos de ellos se había educado; otro los habitaba cuando ya poseía la dignidad real, por ostentación y grandeza.

 

Moctezuma

 

El palacio en que más se deleitaba, llamado Tépac, era soberbio; tenía abiertas a la plaza y a las vías públicas tenía veinte puertas, sobre las que estaba esculpida un águila destrozando un tigre con las uñas, que era la insignia real, pintada también en las banderas. Se extendía por tres patios amplísimos y hermosos, principalmente uno de ellos, al cual una fuente de agua dulce hacía más ameno; y tenía el palacio cien atrios y cien baños.  Los pavimentos de lasa salas eran de madera muy firma y muy hermosa, de abeto, de cedro, de ciprés, de pino y de palma. Las pareces brillaban con jaspe, mármol, pórfido y con una piedra reluciente negra y blanca surcada de líneas rojas. En las habitaciones lucían imágenes y figuras pintadas y en los pisos había esteras y tapetes, y alfombras de algodón, de pluma y entretejidas también de pelo de liebre. Los lechos se hacían de numerosas mantas superpuestas. A muy pocos hombres, y éstos designados para estos menesteres, se les permitía pasar la noche en esas casas reservadas tan sólo  a las mujeres, de las cuales, mil o más habitaban en ellas o, según dicen otros, tres mil, si se cuentan las esclavas y las criadas. Porque Moctezuma para su uso tomaba de entre las hijas de los señores aquellas que le placían más, y las otras eran repartidas y concedidas como mujeres a los señores, a sus criados y a sus amigos. Por lo que, dicen que aconteciera alguna vez que fueran encontradas ciento cincuenta de las concubinas de Moctezuma embarazadas al mismo tiempo; las cuales por persuasión de los demonios, y puesto que a los hijos  no pertenecería la herencia, en gran parte se esforzaban en abortar; a pesar de que algunas viejas añosas hicieran las veces de guardias eunucos y tuvieran a su cuidado por encargo del rey, la castidad de las mujeres y la seguridad de los fetos.

 

Antigüedades de la Nueva España

Libro Primero, capítulo II

.