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2 jul. 2015

Descarga: Ernest Hemingway - París era una fiesta

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Descarga: Ernest Hemingway - París era una fiesta

Por razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e impresiones no se les ha dado cabida en este libro. Hay secretos, y hay cosas que todo el mundo sabe y de que todo el mundo ha escrito y sin duda volverá a escribir.

No se encontrará mención del Stade Anastasie, donde los boxeadores servían de camareros a las mesas entre árboles, y el ring estaba en el jardín. Ni de los entrenamientos con Larry Gains, ni de los grandes combates a veinte asaltos en el Cirque d'Hiver. Ni de buenos amigos como fueron Charlie Sweeney, Bill Bird y Mike Strater, ni de André Masson ni de Miró. No se dice palabra de nuestros viajes a la Selva Negra, ni de las exploraciones de un día por los bosques que tanto nos gustaban, alrededor de París. Sería estupendo que todo hubiera cabido en el libro, pero por ahora nos quedamos con las ganas.

Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz. sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

23 ene. 2015

Ernest Hemingway: Gato bajo la lluvia (1925)

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Ernest Hemingway: Gato bajo la lluvia (1925)


Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.

Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.

La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana.

El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. 

Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto!

Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se ha ido.

–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.

La mujer se sentó en la cama.

–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.

–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

–¡Caramba! Si estás muy bonita – dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

–¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta.

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.

–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.




Foto: Ernest Hemingway c.1940 © Bettmann-Corbis
Traducción: s-d


15 sept. 2014

Descarga: Ernest Hemingway - El viejo y el mar

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El viejo y el mar es uno de los relatos más bellos que jamás se han escrito. En la cúspide de su maestría, Hemingway alumbró una historia en cuya sencillez vibra una inagotable emoción: en Cuba, un viejo pescador, ya en el crepúsculo de su vida, pobre y sin suerte, cansado de regresar cada día sin pesca, emprende una última y arriesgada travesía. Cuando al fin logre dar con una gran pieza, tendrá que luchar contra ella denodadamente.  Y el regreso a puerto, con el acoso de los elementos y los tiburones, se convierte en una última prueba. Como un rey mendigo, aureolado por su imbatible dignidad, el viejo pescador culmina finalmente su destino.

16 jun. 2014

Ernest Hemingway - Allá en Michigan

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  Jim Gilmore llegó a Hortons Bay procedente de Canadá y compró la herrería al viejo Horton. Era bajo y moreno, con grandes bigotes y manos grandes. Era bueno poniendo herraduras y no tenía mucho aspecto de herrero ni con el delantal de cuero puesto. Vivía encima de la herrería y comía en casa de D. J. Smith.

  Liz Coates trabajaba para los Smith. La señora Smith, una mujer muy corpulenta y de aspecto aseado, decía que Liz era la chica más distinguida que jamás había visto. Liz tenía buenas piernas y siempre llevaba unos delantales a cuadros impecables, y Jim se había fijado en que siempre llevaba el pelo bien arreglado. Le gustaba su cara porque era muy alegre, pero nunca pensaba en ella.

  A Liz le gustaba mucho Jim. Le gustaba su forma de andar cuando venía de la tienda, y a menudo salía a la puerta de la cocina para verlo alejarse por la carretera. Le gustaba su bigote. Le gustaba lo blancos que tenía los dientes cuando sonreía. Le gustaba mucho que no tuviera aspecto de herrero. Le gustaba lo mucho que les gustaba al señor y a la señora Smith. Un día descubrió que le gustaba el vello negro que cubría los brazos de Jim y lo pálidos que eran éstos por encima de la marca de bronceado cuando se lavaba en la palangana fuera de la casa. Le parecía extraño que le gustaran esas cosas.

  Hortons Bay, el pueblo, sólo contaba con cinco casas en la carretera principal entre Boyne City y Charlevoix. Además de la tienda de comestibles y la oficina de correos, que tenía una fachada alta falsa y tal vez un carro enganchado enfrente, estaba la casa de los Smith, la de los Stroud, la de los Dillworth, la de los Horton y la de los Van Hoosen. Las casas estaban construidas en un olmedo y la carretera estaba cubierta de arena. Un poco más arriba estaba la iglesia metodista y más abajo, en la otra dirección, la escuela municipal. La herrería estaba pintada de rojo y quedaba frente a la escuela.

  Una carretera empinada y cubierta de arena descendía la colina hasta la bahía atravesando un bosque maderero. Desde la puerta trasera de la casa de los Smith se alcanzaba a ver más allá de los bosques que descendían hasta el lago, y la bahía al otro lado. Era muy bonito en primavera y verano, la bahía azul brillante, y las pequeñas olas espumosas que solían cubrir la superficie del lago más allá del cabo, creadas por la brisa que llegaba de Charlevoix y del lago Michigan. Desde la puerta trasera de la casa de los Smith Liz veía cómo las barcazas que transportaban minerales flotaban en medio del lago en dirección a Boyne City. Mientras las miraba no parecían moverse, pero si entraba para secar unos platos más y volvía a salir, habían desaparecido al otro lado del cabo.

  Últimamente Liz pensaba a todas horas en Jim Gilmore, aunque él no parecía hacerle mucho caso. Hablaba con D. J. Smith de su negocio, del partido republicano y de James G. Blaine. Por las noches leía The Toledo Blade y el periódico de Grand Rapids bajo la lámpara de la sala de estar, o iba con D. J. Smith a la bahía a pescar con un arpón y una linterna. En otoño Jim, Smith y Charley Wyman metieron en un carro una tienda de campaña, comida, hachas, sus rifles y dos perros, y fueron a las llanuras de pinos que había más allá de Vanderbilt para cazar ciervos. Liz y la señora Smith se pasaron los cuatro días anteriores cocinando para ellos. Liz quería preparar algo especial para que Jim se lo llevara, pero al final no lo hizo porque no se atrevió a pedir a la señora Smith los huevos y la harina, y temía que si los compraba ella, la señora Smith la sorprendiera cocinando. A la señora Smith le habría parecido bien, pero Liz no se atrevió.

  Todo el tiempo que Jim estuvo fuera cazando ciervos, Liz no dejó de pensar en él. Lo pasó fatal en su ausencia. No dormía bien de tanto pensar en él, y al mismo tiempo descubrió que era divertido pensar en él. Si se dejaba llevar por la imaginación era aún mejor. La noche anterior a que volvieran no durmió nada, o mejor dicho, creyó no haber dormido, porque todo se mezclaba en un sueño y no sabía cuándo soñaba que no dormía y cuándo realmente no dormía. Al ver bajar el carro por la carretera se sintió desfallecer. Estaba impaciente por volver a ver a Jim y le parecía que en cuanto él estuviera allí todo iría bien. El carro se detuvo bajo el gran olmo y la señora Smith y Liz salieron a su encuentro. Todos los hombres tenían barba, y en la parte trasera del carro había tres ciervos con sus delgadas patas sobresaliendo rígidas por el borde. La señora Smith besó a D. J. y él la abrazó. Jim dijo «Hola, Liz», y sonrió. Liz no había sabido qué iba a ocurrir cuando Jim volviera, pero estaba segura de que ocurriría algo. No ocurrió nada. Los hombres habían vuelto a casa, eso era todo. Jim tiró de las telas de saco que cubrían los ciervos y Liz los miró. Uno de ellos era un gran macho. Estaba rígido y costó mucho sacarlo del carro.

  —¿Lo mataste tú, Jim? —preguntó.

  —Sí. ¿No es una maravilla? —Jim se lo cargó a la espalda para llevarlo a la caseta donde ahumaban la carne y el pescado.

  Esa noche Charley Wyman se quedó a cenar en casa de los Smith porque era demasiado tarde para volver a Charlevoix. Los hombres se lavaron y esperaron la cena en la sala de estar.

—¿No queda nada en esa garrafa, Jimmy? —preguntó D. J. Smith, y Jim fue al cobertizo donde habían guardado el carro en busca de la garrafa de whisky que se habían llevado a la cacería.

  Era una garrafa de quince litros y todavía se agitaba bastante líquido en el fondo. Jim echó un buen trago mientras regresaba a la casa. Costaba levantar una garrafa tan grande para beber de ella, y se derramó algo de whisky por la pechera de la camisa. Los dos hombres rieron al ver a Jim entrar con la garrafa. D. J. Smith pidió vasos y Liz los trajo. D. J. sirvió tres tragos generosos.

  —Vamos, D. J., éste por el que te miraba —dijo Charley Wyman.

  —Ese maldito macho enorme, Jimmy —dijo D. J.

  —Éste por todos los que dejamos escapar, D. J. —dijo Jim, y se bebió el whisky de un trago.

  —Sabe bien a un hombre.

  —No hay nada como esto en esta época del año para los achaques.

  —¿Qué tal otra, chicos?

  —Hecho, D. J.

  —De un trago, chicos.

  —Éste por el año que viene.

  Jim empezaba a sentirse muy a gusto. Le encantaba el sabor del whisky, su textura. Se alegraba de haber vuelto y tener de nuevo una cama cómoda, comida caliente y la herrería. Se bebió otro vaso. Los hombres fueron a cenar muy animados, pero comportándose de forma respetable. Liz se sentó a la mesa después de servir la comida y cenó con la familia. La cena estaba buena y los hombres comieron muy serios. Después de cenar volvieron a la sala de estar mientras Liz recogía la cocina con la señora Smith. Luego la señora Smith fue al piso de arriba y poco después Smith la siguió. Jim y Charley seguían en la sala de estar. Liz estaba sentada en la cocina junto al fogón, fingiendo que leía un libro y pensando en Jim. No quería irse aún a la cama porque sabía que Jim se marcharía pronto y quería verlo salir para poder llevarse esa imagen a la cama.

  Pensaba en Jim muy concentrada cuando éste salió de pronto. Tenía los ojos brillantes y el pelo un poco alborotado. Liz bajó la vista hacia su libro. Jim se acercó a ella por detrás y se detuvo, y ella lo oyó respirar hasta que, de pronto, la rodeó con los brazos. Ella notó cómo los pechos se le ponían rígidos y turgentes, y los pezones erectos bajo las manos de Jim. Estaba terriblemente asustada, nunca la había tocado nadie, pero pensó: «Por fin ha venido a mí. Ha venido de verdad».

  Se mantuvo rígida porque estaba muy asustada y no sabía qué hacer, y entonces Jim la apretó con fuerza contra la silla y la besó. Fue una sensación tan brusca, intensa y dolorosa que ella creyó no poder soportarla. Sentía a Jim a través del respaldo de la silla y no podía soportarlo, pero de pronto algo dentro de ella cambió, y la sensación se volvió más agradable y más suave. Jim la sujetaba con fuerza contra la silla, pero ahora ella quería.

  —Vamos a dar un paseo —susurró Jim.

  Liz descolgó su abrigo del perchero de la pared de la cocina y salieron. Jim la rodeaba con el brazo, y cada pocos pasos se paraban y se apretaban el uno contra el otro, y Jim la besaba. No había luna y caminaron por la carretera con la arena llegándoles hasta los tobillos, pasando entre los árboles en dirección al embarcadero y el almacén que había en la bahía. El agua lamía los pilares y todo estaba oscuro más allá de la bahía. Hacía frío, pero Liz estaba toda acalorada por estar con Jim. Se sentaron al abrigo del almacén y Jim la atrajo hacia sí. Ella estaba asustada. Una mano de Jim se había deslizado por debajo de su vestido y le acariciaba el pecho; la otra la tenía en el regazo. Ella estaba muy asustada y no sabía qué iba a hacerle Jim, pero se acurrucó contra él. Entonces la mano que le había parecido tan grande en el regazo se levantó y se trasladó hasta su muslo, y empezó a deslizarse hacia arriba.

  —No, Jim —dijo Liz.

  Jim siguió deslizando la mano hacia arriba.

  —No debes, Jim. No.

  Ni Jim ni su mano grande le hicieron caso.

  Los tablones eran duros. Jim le había levantado el vestido y trataba de hacerle algo. Ella estaba asustada, pero quería que él siguiera. Quería, pero tenía miedo.

  —No debes hacerlo, Jim. No debes.

  —Tengo que hacerlo. Voy a hacerlo. Tenemos que hacerlo y lo sabes.

  —No, no debemos, Jim. No tenemos que hacerlo. Esto no está bien. Es tan grande y me duele tanto. Oh, Jim. ¡Oh!

  Los tablones de madera de cicuta del embarcadero eran duros, y estaban fríos y astillados, y Jim pesaba mucho encima de ella y le había hecho daño. Estaba tan incómoda y aplastada que lo empujó. Jim se había quedado dormido. No se movía. Ella salió de debajo de él y se sentó, se estiró la falda y el abrigo, y trató de arreglarse el pelo. Jim dormía con la boca ligeramente abierta. Se inclinó sobre él y le besó en la mejilla. Él siguió durmiendo. Le levantó un poco la cabeza y se la sacudió. Él la dejó caer y tragó saliva. Liz se echó a llorar. Se acercó al borde del embarcadero y miró el agua. De la bahía se levantaba niebla. Tenía frío y se sentía desgraciada, todo parecía haberse desvanecido. Regresó al lado de Jim y volvió a zarandearlo para estar segura.

  —Jim —dijo llorando—. Por favor, Jim.

  Jim se movió y se acurrucó un poco más. Liz se quitó el abrigo y, agachándose, lo tapó con él. Lo arropó con esmero y cuidado. Luego cruzó el embarcadero, subió por la carretera empinada y cubierta de arena, y se fue a la cama. Una fría niebla llegaba de la bahía a través del bosque.


En Antología del cuento americano
Traducción: Aurora Echeverría
Imagen: Robert Capa@International Center of Photo

18 may. 2014

Ernest Hemingway - Un agente del mal

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Lo último que me dijo Ezra cuando dejó la rué Notre-Dame-des-Champs para marcharse a Rapallo fue:

- Oye, Hem, deseo que guardes este tarro de opio, y que se lo des a Dunning sólo en un caso de verdadera necesidad.

Era un gran tarro de cold-cream, y desenroscando el tapón vi que el contenido era oscuro y viscoso y olía a opio muy crudo. Ezra me dijo que lo había comprado a un príncipe indio, en la avenue de 1’Opéra cerca del boulevard des Italiens, y que le había costado muy caro. Yo supuse que procedía del viejo bar del Trou-dans-le-Mur, que durante la guerra y poco después fue un antro de desertores y de traficantes en drogas. Era un bar muy estrecho pintado de rojo por fuera, apenas más que un segmento de pasillo, en la rué des Italiens. En cierta época comunicaba por una puerta trasera con las cloacas de París, y se decía que saliendo por allí uno podía llegar hasta las catacumbas. Dunning era Ralph Cheever Dunning, un poeta que fumaba opio y que se olvidaba de comer. En las temporadas en que fumaba mucho sólo era capaz de beber leche, y entonces escribía en terza rima o tercetos encadenados, lo cual le hacía simpático para Ezra, que además encontraba otras cualidades en su poesía. Se entraba en su casa por el mismo patio a que daba el estudio de Ezra, y Ezra me llamó pidiéndome auxilio, un día en que Dunning se moría, pocas semanas antes de que Ezra dejara París. La nota de Ezra decía: «Dunning se muere. Por favor, ven en seguida.»

Dunning. tendido en la estera, parecía un esqueleto, y desde luego hubiera acabado muriéndose por falta de alimentos, pero al fin convencí a Ezra de que son pocos los que se mueren hablando en períodos bien redondeados, y de que nunca se había visto a un hombre morir mientras hablaba en tercetos encadenados, y por mi parte yo dudaba de que el propio Dante llegara a tanto. Ezra dijo que Dunning no estaba hablando en tercetos encadenados, y reconocí que posiblemente me sonaba a tercetos encadenados sólo porque yo estaba durmiendo cuando recibí la nota de Ezra. Finalmente, después de una noche pasada con Dunning que esperaba la llegaba de la muerte, dejamos el caso a cargo de un médico, y se llevaron a Dunning a una cura de desintoxicación. Ezra se hizo responsable del pago a la clínica, y movilizó en ayuda de Dunning a no sé cuántos amantes de la poesía. A mí se me confió únicamente la entrega del opio si se producía un momento de verdadera necesidad. Viniendo de Ezra, era una misión sagrada, y mi mayor ambición era la de estar a la altura de las circunstancias y reconocer el estado de verdadera urgencia. Se produjo al fin, cuando un domingo por la mañana la portera de Ezra entró en el patio de la serrería y gritó hacia la abierta ventana donde se me veía estudiando los programas de los hipódromos:

- Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse catégoriquement de descendre.

Que Dunning se hubiera subido al tejado del estudio y se negara categóricamente a bajar, parecía representar un estado de notable urgencia, de modo que me proveí con el tarro de opio y subí por la calle en compañía de la portera, que era una mujer menuda y vehemente, muy agitada por la situación.

- ¿Tiene monsieur lo que se necesita? -preguntó.

- Desde luego -aseguré-. No habrá ninguna dificultad.

- Monsieur Pound piensa en todo -dijo ella-. Es la amabilidad en carne y hueso.

- Sí que lo es -dije-. Y continuamente le echo de menos.

- Esperemos que monsieur Dunning será razonable.

- Tengo lo que hace falta -le aseguré.

Cuando llegamos al patio a que daban los estudios, la portera dijo:

- Ya ha bajado.

- Debe de haber intuido que yo venía -dije.

Subí por la escalera al aire libre que llevaba a la vivienda de Dunning y llamé a la puerta. Me abrió. Estaba demacrado y parecía más alto que de ordinario.

- Ezra me encargó que te diera esto -dije ofreciéndole el tarro-. Dijo que ya comprenderás lo que es.

Tomó el tarro y lo miró. Luego me lo tiró. El tarro me dio en el pecho o en el hombro y rodó escaleras abajo.

- Hijo de puta -dijo él-. Mal parido.

- Ezra dijo que tal vez lo necesitaras -dije.

Replicó disparándome una botella de leche.

- ¿Estás seguro de que no te hace falta? -pregunté.

Arrojó otra botella de leche. Me batí en retirada, y me alcanzó en la espalda con otra botella de leche. Luego cerró la puerta.

Recogí el tarro, que sólo tenía una ligera raja, y me lo guardé en el bolsillo.

- No pareció que le gustara el regalo de monsieur Pound -expliqué a la portera.

- Tal vez ahora estará tranquilo.

- Tal vez ya tenga él una provisión.

- Pobre monsieur Dunning -dijo ella.

Los amantes de la poesía que Ezra había organizado acudieron al fin en auxilio de Dunning. Mi propia intervención y la de la portera no habían sido más que fracasos. El tarro de supuesto opio que se había rajado lo guardé, envuelto en papel de parafina y cuidadosamente atado, en una vieja bota de montar. Cuando, unos años después, Evan Shipman me ayudó a recoger mis cosas de aquel piso que dejaba definitivamente, encontramos el viejo par de botas de montar, pero el tarro no estaba. No sé por qué me bombardearía Dunning con botellas de leche, a no ser que se acordara de mi incredulidad en la noche en que murió por primera vez, o que fuera una innata repugnancia por mi persona. Pero me acuerdo de la intensa felicidad que la frase «Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse categóriquement de descendre» comunicó a Evan Shipman. Vio en ella una virtud simbólica. Yo no sé. Tai vez Dunning me tomó por un agente del mal o de policía. Yo sólo sé que Ezra procuró favorecer a Dunning como favorecía a tanta gente, y siempre deseé que Dunning fuera un poeta tan bueno como Ezra creía. Para ser poeta, disparó una botella de leche con puntería muy buena. Pero Ezra, que era un poeta muy grande, también jugaba muy bien al tenis. Evan Shipman, que era un poeta muy bueno y realmente no sentía ninguna necesidad de que sus poemas se publicaran, decidió que el caso de Dunning debía seguir envuelto en misterio.

- En nuestras vidas no hay bastante verdadero misterio, Hem -me dijo una vez-. En estos tiempos, lo que más falta nos hace son el escritor realmente desprovisto de ambición, y el poema inédito realmente bueno. Claro que está el problema de comer.


En París era una fiesta
Traducción: Gabriel Ferrater
Imagen: © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS


18 mar. 2014

Ernest Hemingway: Colinas como elefantes blancos

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Las colinas que cruzaban el valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombras ni árboles y la estación se hallaba al sol, entre dos líneas de rieles. Pegada al costado de la estación estaba la umbría tibia del edificio y una cortina, hecha de cuentas de bambú en ringleras, colgaba en la puerta abierta del bar, para dejar fuera las moscas. El norteamericano y la chica que lo acompañaba estaban en una mesa a la sombra, afuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona vendría en cuarenta minutos. Se detenía en este empalme dos minutos, para luego seguir hasta Madrid.
—¿Qué beberemos? —preguntó la chica. Se había quitado el sombrero, dejándolo sobre la mesa.
—Hace mucho calor —dijo el hombre. —Bebamos cerveza.
—Dos cervezas —dijo el hombre en dirección a la cortina.
—¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral.
—Sí, grandes.
La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y los vasos de cerveza sobre la mesa y miró al hombre y a la chica. La chica miraba la línea de colinas. Eran blancas al sol y el campo café y seco.
—Parecen elefantes blancos —dijo.
—Nunca vi uno —el hombre bebió de su cerveza.
—No, no habrías podido.
—Podría haber sucedido —dijo el hombre—. El que digas que no habría podido nada prueba.
La chica miró la cortina de cuentas. “Pintaron algo en ella —dijo—. ¿Qué dice?”
—Anís del Toro. Es un licor.
—¿Lo probamos?
El hombre gritó “Oiga” a través de la cortina. La mujer salió del bar.
—Cuatro reales.
—Queremos dos anises del Toro.
—¿Con agua?
—¿Lo quieres con agua?
—No sé —dijo la chica—. ¿Sabe bien con agua?
—No sabe mal.
—¿Los quieren con agua? —preguntó la mujer.
—Sí, con agua.
—Sabe a orozuz —dijo la chica y puso el vaso en la mesa.
—Así ocurre con todo.
—Sí —dijo la chica—, todo sabe a orozuz. En especial las cosas que has esperado por largo tiempo, como el ajenjo.
—Oh, no sigas.
—Tú empezaste —dijo la chica—. Me divertía. La estaba pasando bien.
—Bueno, pues tratemos de pasarla bien.
—De acuerdo. Lo estaba intentando. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue brillante?
—Fue brillante.
—Quise probar este trago nuevo. ¿No es todo lo que hacemos, mirar las cosas y probar tragos nuevos?
—Supongo.
La chica miró hacia las colinas.
—Son colinas adorables —dijo—. En realidad no parecen elefantes blancos. Quise decir el color de sus pieles a través de los árboles.
—¿Tomamos otro trago?
—Bueno.
El tibio viento empujó la cortina de cuentas contra la mesa.
—La cerveza está fría y agradable —dijo al hombre.
—Encantadora —dijo la chica.
—En serio que es una operación terriblemente sencilla, Jig —dijo el hombre—. En serio que ni operación llega a ser.
La chica miró el piso donde se apoyaban las patas de la mesa.
—Sé que no te importará, Jig. En serio que no es nada. Simplemente sirve para que entre el aire. La chica nada dijo.
—Iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Simplemente dejan entrar el aire y entonces todo sucede de modo natural.
—Y después, ¿qué haremos?
—Estaremos bien después. Igual que antes.
—¿Qué te hace creerlo?
—Es lo único que nos molesta. Lo único que nos ha hecho infelices.
La chica miró la cortina de cuentas, extendió la mano y asió dos de las hileras de cuentas.
—Y piensas que entonces, todo estará bien y seremos felices.
—Estoy seguro. No hay por qué tener miedo. Conozco montones de personas que lo han hecho.
—También yo —dijo la chica—. Y después fueron tan felices.
—Bueno —dijo el hombre—, si no quieres no tienes que hacerlo. No te obligaré a hacerlo si no quieres. Pero sé que es completamente sencillo.
—¿Y tú sí lo quieres en serio?
—Creo que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en verdad no quieres hacerlo.
—¿Y si lo hago serás feliz y todo será como antes y me amarás?
—Lo sé. Pero si lo hago ¿volverá a ser agradable cuando diga que las cosas son como elefantes blancos y te gustará?
—Me encantará. Me encanta ya, pero simplemente no puedo pensar en ello. Sabes cómo me pongo cuando algo me preocupa.
—Si lo hago ¿ya no te preocuparás jamás?
—No me preocuparé porque es completamente sencillo.
—Entonces lo haré. Porque no me intereso en mí.
—¿Qué quieres decir?
—No me intereso en mí.
—Bueno, pues yo sí me intereso en ti.
—Oh sí, pero yo no me intereso en mí. Lo haré y entonces todo volverá a estar bien.
—No quiero que lo hagas si te sientes así.
La chica se puso de pie y caminó hasta donde terminaba la estación. Al otro lado había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzó el campo de grano y la chica vio el río entre los árboles.
—Y podríamos tener todo esto —dijo—. Podríamos tenerlo todo y cada día lo volvemos más imposible.
—¿Qué dijiste?
—Dije que podríamos tenerlo todo.
—No, no podemos.
—Podemos tener el mundo entero.
—No, no podemos.
—Podemos ir a cualquier sitio.
—No, no podemos. Ya no es nuestro.
—Lo es.
—No, no lo es. Una vez que te lo quitan, jamás lo recuperas.
—Pero no nos lo han quitado.
—Vamos a esperar y ya veremos.
—Regresa a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.
—No me siento de ningún modo —dijo la chica—.
Simplemente sé cosas.
—No quiero que hagas nada que no quieras hacer...
—Y eso que me conviene —dijo—, ya lo sé. ¿Podemos pedir otra cerveza?
—Bueno. Pero debes darte cuenta...
—Me la doy —dijo la chica—. ¿No podríamos dejar de hablar?
Se sentaron a la mesa y la chica miró hacia las colinas en la parte seca del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.
—Debes darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si no quieres. Estoy por completo dispuesto a que lo tengas si te significa algo.
—Y a ti ¿nada te significa? Podríamos llevarnos bien.
—Claro que me importa. Pero a nadie quiero sino a ti. No quiero a nadie más. Y sé que es completamente sencillo.
—Sí, sabes que es completamente sencillo.
—Te es muy fácil decir eso, pero sí lo sé.
—¿Harías algo por mí ahora?
—Haría cualquier cosa.
—¿Me harías el favor y el favor y el favor y el favor y el favor y el favor de ya no hablar?
Él nada dijo, pero miró las maletas junto a la pared de la estación. Había en ellas etiquetas de todos los hoteles donde pasaron alguna noche.
—Pero no quiero que
jo—, no me importa en lo absoluto.
—Voy a gritar —dijo la chica.
La mujer salió entre las cortinas con dos vasos de cerveza y los puso encima de los húmedos posavasos de fieltro.
—El tren llega en cinco minutos —dijo.
—¿Qué dijo? —preguntó la chica.
—Que el tren llega en cinco minutos.
La chica sonrió abiertamente a la mujer, para darle las gracias.
—Es mejor que lleve las maletas al otro lado de la estación —dijo el hombre. La chica le sonrió.
—Está bien. Luego regresa y terminaremos las cervezas.
Levantó él las dos pesadas maletas y por detrás de la estación las llevó a la otra vía. Miró vía arriba pero no vio el tren. De regreso atravesó el bar, donde bebían quienes esperaban el tren. En el bar bebió un anís y miró a la gente. Todos esperaban el tren sensatamente. Salió a través de la cortina de cuentas. Sentada a la mesa la chica le sonrió.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
—Me siento muy bien —dijo ella—. Nada malo me ocurre. Me siento muy bien.



Escrito en 1927 e incluido en Hombres sin mujer
Antologado y traducido por Federico Patán
Mexico, UNAM, 2010
Foto: Robert Capa © International Center of Photography
USA. Sun Valley, Idaho, 1940/Magnum Photos

24 may. 2013

Ernest Hemingway: Gertrude Stein en "París era una fiesta"

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Miss Stein da enseñanzas (II)

Cuando volvimos a París los días eran claros y fríos y de maravilla. La ciudad se había puesto en armonía con el invierno, vendían leña buena en la carbonería de enfrente, y muchos cafés buenos habían puesto braseros fuera, de modo que podíamos sentarnos al calor de las terrazas. Teníamos el piso caliente y alegre. En la chimenea quemábamos boulets, que eran polvo de carbón comprimido en forma de huevo, y por las calles era hermosa la luz de invierno. Ya nos habíamos acostumbrado a los árboles desnudos rayando el cielo, y paseábamos por la gravilla rociada de las sendas del Luxemburgo bajo el viento vivo y claro. Si nos conformábamos con los árboles sin hojas podíamos mirarlos como esculturas, y los vientos de invierno se veían soplar en los estanques y estaba su soplo en los surtidores a la luz límpida. Todas las distancias se nos hacían cortas, ahora que volvíamos de las sierras.
Gracias al cambio de altura, si alguna vez notaba las pendientes de las lomas era con agrado, y era un gusto subir hasta el último piso del hotel donde me encerraba a trabajar, en un cuarto con vistas a todos los tejados y chimeneas de aquel barrio en pendiente. La chimenea del cuarto tenía buen tiro y se estaba caliente y se trabajaba a gusto. Me subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel, y comía las mandarinas menudas y arrojaba mondas y escupía las pipas al fuego, y cuando tenía hambre comía también castañas tostadas. Siempre tenía hambre, de tanto andar y frío y trabajar. En el cuarto guardaba una botella de kirsch que trajimos de la montaña, y echaba un trago de kirsch cuando se acercaba el fin de un cuento o el fin de una jornada de trabajo. Cuando daba por concluido el trabajo de un día, guardaba el cuaderno o los papeles en el cajón de la mesa y si quedaban mandarinas me las metía en el bolsillo. Se hubieran helado por la noche en aquel cuarto.
Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.» De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacteria y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tome la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.
En aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir, desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día siguiente. Así mi subconsciente haría su parte de trabajo y entretanto yo escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte; y aprendería, con suerte, y leería para no pensar en mi trabajo y volverme impotente para rematarlo. Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego estaba libre para pasear por todo París.
Podía elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el museo del Luxemburgo, donde estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu de Paume. Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo, cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía Gertrude Stein, en el 27 de la rué de Fleurus.
Mi mujer y yo visitamos a Miss Stein, y tanto ella como la amiga con quien vivía estuvieron muy cordiales y amistosas, y nos gustó mucho aquel gran estudio con sus cuadros de primera. Era como una de las mejores salas de un museo admirable, con la diferencia de que allí había una gran chimenea y se estaba caliente y cómodo, y nos daban bien de comer y té y holandas naturales de ciruelas rojas o amarillas o de moras silvestres. Eran aguardientes aromáticos e incoloros, que traían en jarras de cristal tallado y servían en copitas minúsculas, y tanto el quetsche como la mirabelle o la framboise sabían a los frutos de que provenían, un sabor transformado en fuego discreto y reservado que al ponerlo en la lengua se soltaba y nos confortaba con su calidez.
Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha. Miss Stein hablaba sin parar y al principio de nuestra amistad no hablaba más que de personas y de lugares.
Su compañera tenía una voz muy agradable, era pequeña y muy morena, peinada como Juana de Arco en los dibujos de Boutet de Monvel, y de nariz muy ganchuda. Estaba haciendo un bordado cuando nuestra primera visita, y siguió con su labor mientras atendía a la comida y la bebida y daba conversación a mi mujer. Su costumbre era sostener un diálogo y escuchar otros dos e intervenir a menudo en un diálogo que no era el suyo. Más adelante me explicó que ella estaba encargada de dar conversación a las esposas. Mi mujer y yo nos dimos cuenta de que a las esposas sólo se las toleraba. Pero Miss Stein y su amiga nos eran simpáticas, aunque la amiga asustaba un poco. Los cuadros y los pasteles y los aguardientes eran de verdadera maravilla. Al parecer también a ellas les éramos simpáticos y nos trataban como si fuéramos niños muy buenos y bien educados y precoces, y tuve la impresión de que nos perdonaban el estar enamorados y casados (con el tiempo, ya nos enmendaríamos), y cuando mi mujer las invitó para el té, aceptaron.
Cuando vinieron a casa pareció que todavía nos cogían más cariño, pero tal vez fuera porque el piso era tan pequeño y nos acercaba mucho más unos a otros. Miss Stein se sentó en la cama que era un somier en el suelo y quiso ver los cuentos que tenía escritos y le gustaron salvo uno que se titulaba «Allá en el Michigan».
- Es bueno -dijo-, eso no se discute. Pero es inaccrochable, no se puede colgar. Quiero decir que es como un pintor que pinta un cuadro y luego cuando hace una exposición no puede colgarlo en público y nadie se lo va a comprar porque tampoco pueden colgarlo en una habitación.
- ¿Pero no piensa usted que tal vez no sea indecente, que uno pretende sólo emplear las palabras que los personajes emplearían en la realidad? ¿Que hacen falta esas palabras para que el cuento suene a verdadero, y no hay más remedio que emplearlas? Son necesarias.
- Es que no se trata de eso -dijo ella-. Uno no debe escribir nada que sea inaccrochable. No se saca nada con hacer eso. Es una acción mala y tonta.
Ella por su parte quería que la publicaran en el Atlantic Monthly, según me dijo, y estaba segura de conseguirlo. Dijo que yo no era bastante buen escritor para aquella revista o para el Saturday Evening Post aunque tal vez tuviera un estilo nuevo de escribir a mi manera, pero lo primero que tenía que meterme en la cabeza era no escribir cuentos que fueran inaccrochables. No se lo discutí ni intenté volver a explicar la intención de mis diálogos. Era asunto mío y me interesaba más escuchar que hablar. Aquella tarde nos enseñó también el modo de comprar cuadros.
- Uno puede comprarse vestidos o cuadros -dijo-. Eso es todo. Hay que ser riquísimo para permitirse ambas cosas a la vez. Dele poca importancia al vestir y no le dé ninguna a la moda, cómprese vestidos cómodos y que duren, y con lo ahorrado en vestir podrá comprar cuadros.
- Pero es que aunque no me compre otro traje en mi vida -dije-, nunca tendré dinero para comprar los Picassos que quisiera.
- No, claro. No está a su alcance. Usted tiene que comprar a pintores de su edad, a chicos de su quinta. Ya les conocerá. Se encontrarán por el barrio. Siempre salen nuevos pintores serios y buenos. Pero lo que importa no son los trajes que usted pueda comprarse. Se tratará siempre de su esposa. Vestir a una mujer es lo que sale caro.
Vi que mi mujer procuraba no mirar a las extrañas ropas de batalla con que Miss Stein se cubría, y que lo lograba. Las dos señoritas nos dejaron sin retirarnos su favor a lo que me pareció, y fuimos invitados a volver al 27 de la rué de Fleurus.
Algún tiempo después yo fui invitado a pasar por el estudio a cualquier hora después de las cinco, todo el invierno. Encontré a Miss Stein en el Luxemburgo. No logro recordar si estaba paseando a su perro, ni siquiera si tenía un perro entonces. Yo me estaba paseando a mí mismo, porque entonces no podíamos mantener ni perro ni gato, y mis únicos gatos conocidos eran los de los cafés o restaurantillos, o los grandes gatos que se hacían admirar en las ventanas de las porterías. Más adelante, a menudo encontré a Miss Stein con su perro en los jardines del Luxemburgo, pero me parece que por entonces todavía no lo tenía.
En todo caso, con perro o sin perro acepté su invitación, y me acostumbré a dejarme caer por el estudio, y ella me servía siempre el eau-de-vie natural, y ponía puntillo en servirme otra copa, y yo miraba los cuadros y charlábamos. Los cuadros me entusiasmaban y la charla era muy buena. Ella hacía el gasto y me hablaba de pintura moderna y de los pintores, más como personas que como pintores, y me hablaba de su propia obra. Me enseñó los muchos tomos que tenía manuscritos y que su compañera iba pasando a máquina. Dedicar cada día cierto tiempo a escribir la hacía feliz, pero a medida que la fui conociendo mejor me di cuenta de que para sostener su felicidad hacía falta que aquella producción diaria, incesante pero variable según su energía, se publicara y tuviera éxito.
La crisis no era todavía aguda cuando la conocí, gracias a que tenía publicados tres relatos perfectamente inteligibles para todo el mundo. Uno de ellos, «Melanctha», era muy bueno, y unas muestras buenas de sus experimentos de estilo se habían publicado en un volumen y las habían elogiado los críticos que eran amigos o conocidos suyos. Ella tenía tanta personalidad que cuando quería ganarse a alguien no había modo de resistirse, y muchos críticos que la visitaron y vieron sus cuadros dieron por buenos escritos suyos que no alcanzaban a comprender, simplemente porque ella les entusiasmaba como persona y porque tenían confianza en su sentido crítico. Por otra parte en cuestiones de ritmo y de emplear palabras en repetición ella había descubierto verdades válidas y valiosas, y sabía comentarlas.
Pero le repugnaba el trabajo peonero de retocar y corregir, y contra la obligación de hacerse entender se sublevó, por mucha que fuera su necesidad de que la publicaran y la aceptaran oficialmente, sobre todo en el libro increíblemente largo que tituló The Making of Americans.
El libro empezaba espléndidamente, marchaba muy bien por un largo trecho con pasajes de brillantez majestuosa, y luego se prolongaba interminablemente con repeticiones que un escritor más concienzudo y menos gandul hubiera tirado a la papelera. Llegué a conocerme la obra muy bien cuando convencí (o la verdad, tal vez obligué) a Ford Madox Ford a publicarla por entregas en The Transatlantic Review, sabiendo que duraría más que la revista. Tuve que corregir en vez de Miss Stein todas las galeradas de la revista, porque ése era trabajo que no la hacía feliz.
Todo eso se escondía todavía en años por venir, una tarde de frío en que pasé frente a la portería y crucé el viejo patio para alcanzar el calor del estudio. Aquella tarde, Miss Stein me dio enseñanza sexual. Habíamos llegado ya a querernos mucho y yo a aprender la lección de que cada cosa que yo no entendiera tenía probablemente su miga. Miss Stein pensaba que en materia sexual yo era un ser primitivo, y debo admitir que me quedaban prejuicios contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. La conocía como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar dispuesto a usarlo cuando se encontraba en compañía de vagabundos, en los días en que la palabra de «lobo» ya tenía un sentido obsceno en América, pero no designaba precisamente, como ahora, a un obseso por las mujeres. Desde mis días en Kansas City, me sabía muchos términos y frases inaccrochables, y sabía lo que ocurre en muchos lugares de aquella ciudad y de Chicago y en los barcos que cruzan los grandes lagos de la frontera. Sometido a interrogatorio por Miss Stein, probé de explicarle que cuando uno era un muchacho y andaba en compañía de hombres, uno tenía que estar dispuesto a matar un hombre, y saber cómo se hace y realmente sentirse capaz de hacerlo, si no quería verse molestado por decirlo con un término accrochable. Si uno se sentía capaz de matar, los demás se daban cuenta pronto y le dejaban a uno en paz, pero siempre había ciertas situaciones a las que uno no debía dejarse llevar ni por la fuerza ni por la trampa. Hubiera podido expresarme con mayor vividez usando un dicho inaccrochable que oí a lobos en los barcos de los lagos: «Que cosan las rajas, yo entro por los ojos.» Pero siempre cuide mi lenguaje ante Miss Stein, aunque un dicho verdadero hubiera podido aclarar o expresar mejor mi prejuicio.
- Sí, Hemingway, sí -decía ella-. Pero usted vivía en un medio de delincuentes y de pervertidos.
No me puse a discutírselo, aunque mi opinión era que yo había vivido en un mundo como los que se dan por ahí, y en el había gentes de toda clase y yo procuré entenderles, aunque a algunos no pude tomarles cariño y por algunos todavía me quedaba odio.
- ¿Y qué me dice usted del viejo de modales exquisitos y apellido ilustre, que en Italia me visitaba en el hospital y me traía botellas de Marsala o de Campari y se portaba perfectamente hasta que un buen día tuve que decirle a la enfermera que nunca más le dejara entrar en mi cuarto? -pregunté.
- Ésos son enfermos que no pueden retenerse, y usted debiera compadecerles.
- ¿Debo compadecer a Fulano? -pregunté, y dije el nombre, pero le da tanto gusto decirlo él mismo que me parece que no hay necesidad de que lo diga yo por él.
- No. Es un vicioso. Es un corruptor y de verdad vicioso.
- Pero dicen que es buen escritor.
- No lo es -dijo ella-. Es un charlatán que corrompe por el placer de corromper, y arrastra a los demás a otras prácticas viciosas. A las drogas, por ejemplo.
- ¿Y el sujeto de Milán a quien debo compadecer no estaba acaso queriendo corromperme?
- Vaya, no diga tonterías. ¿Quién va a corromperle a usted? ¿Quién corrompe a un joven como usted, que bebe alcohol de quemar, con una botella de Marsala? No, hombre, era un viejo desgraciado que no podía gobernarse. Estaba enfermo y no podía retenerse y usted debería compadecerle.
- Ya lo compadecí -dije-. Pero me decepcionó porque sus modales exquisitos me habían impresionado.
Tomé otro sorbo del aguardiente y compadecí al viejo y miré al Picasso que era un desnudo de una chica con una cesta de flores. No era yo quien había iniciado aquella conversación, y me pareció que se ponía peligrosa. Casi nunca había ninguna pausa en una conversación con Miss Stein, pero estábamos en una pausa y ella quería decirme algo y llené mi copa.
- La verdad, Hemingway, en esta cuestión es usted un ignorante -dijo ella-. Sólo ha conocido a delincuentes convictos y a enfermos y viciosos. El punto decisivo es el que el acto que cometen los homosexuales masculinos es feo y repelente, y luego se dan asco a sí mismos. Se emborrachan y se drogan para apagar el asco, pero su acto les repugna y siempre están cambiando de partenaires y nunca logran ser verdaderamente felices.
- Ya veo.
- Entre mujeres es lo contrario. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.
- Ya veo -dije-. ¿Pero qué me dice de Fulana?
- Es una viciosa -sentó Miss Stein-. Es viciosa de verdad, y claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora.
- Ya comprendo.
- ¿Está seguro de que lo comprende?
Se presentaban tantas cosas que comprender en aquellos días, y me sentí aliviado cuando cambiamos de conversación. El parque estaba ya cerrado de modo que tuve que andar por la rué de Vaugirard y dar la vuelta a todo el parque. Daba una sensación de tristeza ver el parque cerrado y cercado y me ponía triste darle la vuelta en vez de atravesarle y tenía prisa por llegar a la rué Cardinal-Lemoine y meterme en casa. Y un día que había empezado tan claro. Al día siguiente habría que trabajar como una bestia. El trabajo lo cura casi todo, pensaba yo entonces y lo pienso ahora. Luego caí en la cuenta de que para dar gusto a Miss Stein yo no tenía que curarme más que de ser joven y querer a mi mujer. No me sentía triste en absoluto cuando llegué a casa, y comuniqué mi reciente sabiduría a mi mujer. Por la noche nos sentimos felices con la sabiduría que ya teníamos y con otras nuevas sabidurías que habíamos adquirido en las montañas.


Un final bastante extraño (XIII)

El modo como acabaron las relaciones con Gertrude Stein fue bastante extraño. Nos habíamos hecho muy amigos y yo le había hecho varios favores en cosas prácticas, tales como lograr que su largo libro empezara a publicarse por entregas en la revista de Ford, y ayudar en la dactilografía del manuscrito y la corrección de las pruebas, y empezábamos a ser amigos más íntimos de lo que yo podía sensatamente desear. Nunca se saca gran cosa de que un hombre sea amigo de una mujer célebre, aunque puede ser agradable antes de que se tuerza hacia la suerte o la desgracia, y por lo regular todavía se saca menos cuando se trata de escritoras realmente ambiciosas.
Una vez me excusé por haber pasado cierto tiempo sin visitar el 27 de la rué de Fleurus, alegando que no sabía si era probable que Miss Stein se encontrara en casa, y entonces ella me dijo:
- Pero hombre, Hemingway, aquí está usted en su casa. Lo digo con toda sinceridad, créame. Entre siempre que quiera, y la doncella -la mencionó por su nombre, pero lo he olvidado- le atenderá, y usted se instala a sus anchas hasta que yo llegue.
No abusé del ofrecimiento, pero a veces me dejaba caer por allí y la doncella me servía una copa, y yo miraba los cuadros y si Miss Stein no aparecía daba las gracias a la doncella y dejaba una nota y me iba. Cuando Miss Stein y una compañera se disponían para un viaje al sur de Francia en el coche de Miss Stein, ella me pidió que la visitara cierta tarde para despedirnos. Nos había invitado a que Hadley y yo fuéramos a verla al lugar de sus vacaciones, quedándonos en un hotel, pero nosotros teníamos otros planes y otros lugares adonde queríamos ir. Naturalmente, no se dice esto con franqueza, sino que a uno le gustaría mucho ir con los amigos y hará todo lo posible, y a última hora no hay manera. Empecé a dominar el sistema para no obedecer a las invitaciones. Tuve que aprenderlo. Mucho después, Picasso me dijo que cuando los ricos le invitaban él aceptaba siempre porque así se ponían tan contentos, pero luego salía un obstáculo y no había manera. De todos modos no lo decía por Miss Stein, sino por gente muy distinta.
Hacía un hermoso tiempo de primavera cuando bajé para mis adioses desde la plaza de l’Observatoire, atravesando el Petit-Luxembourg. Los castaños de Indias estaban en flor, y había muchos niños jugando en las sendas de gravilla mientras sus niñeras se sentaban en los bancos, y vi a muchas palomas torcaces en los árboles y además oía a otras que eran invisibles.
La doncella abrió la puerta sin que yo tocara el timbre, y me dijo que entrara y esperara. Miss Stein llegaría de un momento a otro. Era antes de mediodía, pero la chica me sirvió una copa de aguardiente, la puso en mi mano y me guiñó el ojo con alegría. El incoloro alcohol me sabía bien en la lengua, y lo tenía todavía en la boca cuando oí a alguien que hablaba dirigiéndose a Miss Stein, y nunca he oído a nadie dirigirse en tal forma a otra persona. A nadie, nunca, en ninguna parte.
Luego me alcanzó la voz de Miss Stein, defendiéndose y suplicando. Decía:
- Esto no, cielo. No hagas esto. No, por favor, no hagas esto. Haré todo lo que me pidas, pero no, cielo, esto no, por favor. No lo hagas. No, cielo, por favor, no.
Tragué la bebida y dejé la copa en la mesa y salí disparado hacia la puerta. La doncella meneó el índice apuntándome y murmuró:
- No se marche. Estará con usted en seguida.
- Tengo que irme -dije.
Procuré no oír nada más mientras me alejaba, pero la cosa continuaba y el único modo de no oír era no estar allí. No era agradable oír a una, y las respuestas de la otra eran peores.
Ya en el patio, pedí a la doncella:
- Por favor, diga que nos encontramos en el patio. Que yo no pude entretenerme, porque un amigo ha caído enfermo. Desee a la señora buen viaje de mi parte. Ya escribiré.
- Entendido, monsieur. Qué lástima que tenga usted tanta prisa.
- Sí -dije-. Qué lástima.
Y así acabó todo para mí, de un modo bastante estúpido, aunque seguí haciendo pequeños recados, aparecí cuando se me requería, llevé a gentes que eran deseadas, y esperé mi despido, junto con la mayoría de los hombres amigos, cuando llegó la época en que nuevas amistades se introdujeron. Daba pena ver nuevos cuadros sin valor colgados al lado de los grandes cuadros, pero a mí ya no me importaba. No me importaba un comino. Ella se peleó con todos los que la queríamos excepto con Juan Gris, y con éste no pudo pelearse porque se había muerto. Además me parece que a él no le hubiera importado porque ya nada le importaba según se ve por sus últimos cuadros.
Finalmente, ella se peleó también con los nuevos amigos, pero nosotros ya no seguíamos las fluctuaciones de la situación. Llegó a parecerse a un emperador romano, lo cual está muy bien si a uno le gusta que las mujeres se parezcan a emperadores romanos. Pero Picasso la había retratado, y yo me acordaba muy bien de ella cuando se parecía a una mujer friulana.
Por fin, todo el mundo, o casi lodo el mundo, se reconcilió con ella para no parecer pedante o resentido. Pero yo nunca pude reconciliarme de verdad, no pude reconciliarme ni de corazón ni de cabeza. Esto, que la cabeza no sea capaz de reconciliarse, es lo peor que pueda pasar. Pero aquel caso era más complicado todavía.


En París era una fiesta (1921-1926)
E. Hemingway, Cuba, 1960
Traducción: Gabriel Ferrater
Foto: Gertude Stein at home in Paris, by Alvin Langdon Coburn, 1914

8 may. 2013

Ernest Hemingway - Ezra Pound y el Bel Esprit

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Ernest Hemingway @Torre Johnson-Magnum Photos


Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.

Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada.

Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.

Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.

Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las bloqueaba en la palma de mi guante derecho.

Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.

Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.

Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.

—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca — dije a mi mujer.

—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.

Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.

—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.

De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para todo el mundo.

Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mi. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmenle perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.


En París era una fiesta
Traducción: Gabriel Ferrater
Imagen: Torre Johnson-Magnum Photos

9 may. 2011

Ernest Hemingway - Un canario como regalo

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El tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.

-Lo compré en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.

Hacía mucho calor en el tren y en el coche-salón. No entraba ni un soplo de brisa por la ventanilla abierta. La dama norteamericana bajó la persiana de madera y ya no pudo verse más el mar, ni siquiera de vez en cuando. Al otro lado estaban los vidrios, luego el corredor, detrás una ventanilla abierta y fuera de ella árboles polvorientos, un camino asfaltado y extensos viñedos rodeados de grises colinas.

Al llegar a Marsella veíamos el humo de muchas chimeneas. El tren disminuyó la velocidad y entró en una vía, entre las muchas que llevaban a la estación. Se detuvo veinte minutos en Marsella y la dama norteamericana compró un ejemplar de The Daily Mail y media botella de agua mineral Evian. Paseó un poco a lo largo del andén de la estación, pero sin alejarse mucho de los escalones del vagón, debido a que en Cannes, donde el tren se detuvo doce minutos, partió de pronto sin advertencia alguna, y ella pudo subir justamente a tiempo. La dama norteamericana era un poco sorda y temió que se dieran las habituales señales de partida del convoy y ella no pudiera oírlas.

El tren partió y no sólo podían verse las playas de maniobras y el humo de las grandes chimeneas, sino también, hacia atrás, la propia ciudad de Marsella y el puerto, con sus colinas grises en el fondo y los últimos destellos del sol en el mar. Mientras oscurecía, el tren pasó cerca de una granja incendiada. Había automóviles detenidos en el camino y desde dentro del edificio de la granja se sacaban al campo ropas de cama y otras cosas. Había mucha gente contemplando cómo ardía la casa. Era ya de noche cuando el tren llegó a Aviñón. La gente dejó el convoy. En los quioscos, los franceses que volvían a París compraban los periódicos del día. En el andén había soldados negros. Llevaban uniforme castaño, eran altos y sus rostros brillaban bajo la luz eléctrica. El tren dejó Aviñón y los negros quedaron allí, de pie. Un sargento blanco, de baja estatura, estaba con ellos.

Dentro del coche-cama el camarero había bajado las tres literas de la pared y ya estaban preparadas para dormir. La dama norteamericana no durmió durante la noche porque el tren era un rápido que iba a gran velocidad y ella temía durante la noche. La cama de la dama norteamericana era la que estaba más cerca de la ventanilla. El canario de Palermo, con una manta extendida sobre la jaula, estaba fuera del camarote, en el corredor que llevaba al lavabo. Fuera del compartimiento había una luz azulada. Durante toda la noche el tren viajó muy velozmente y la dama norteamericana se despertaba esperando un accidente.

Por la mañana, el tren se hallaba cerca de París y después que la dama norteamericana salió del lavabo, muy norteamericana, muy saludable y muy de edad mediana, a pesar de no haber dormido, quitó la manta de la jaula y la colgó al sol, volviendo al vagón restaurante para desayunar. Cuando volvió al coche-cama las literas habían sido levantadas de nuevo y transformadas en asientos, el canario estaba acicalándose las plumas al sol, que entraba por la ventanilla abierta, y el tren estaba mucho más cerca de París.

-Ama el sol -dijo la dama norteamericana-. Ahora, dentro de un momento, cantará.

El canario siguió arreglándose las plumas y espulgándose.

-Siempre me han gustado los pájaros -dijo la dama norteamericana-. Lo llevo a casa para mi niña. Ahí está... ahora canta.

El canario pió y las plumas de la garganta permanecieron inmóviles. Bajó el pico y comenzó a espulgarse de nuevo. El tren cruzó un río y pasó a través de un bosque muy cuidado. El tren pasó por muchos de los pueblos de las afueras de París. Había tranvías en los pueblos y grandes cartelones de propaganda de la Belle Jardiniere, Dubonnet y Pernod, en los muros y paredes cerca de los cuales pasaba el tren. Todos los lugares por donde éste pasaba tenían el aspecto de no haberse despertado todavía. Durante unos minutos no escuché a la dama norteamericana, que estaba hablándole a mi esposa.

-¿Su esposo es también norteamericano? -preguntó la dama.

-Sí -dijo mi mujer-. Ambos somos norteamericanos.

-Creí que eran ingleses.

-¡Oh, no!

-Será tal vez porque llevo tirantes. -Había empezado a decir «tiradores», pero cambié la palabra al salir de mi boca, para mantener mi lenguaje de acuerdo con mi aspecto de inglés. La dama norteamericana no me oyó. Realmente era completamente sorda; leía en los labios y yo no la había mirado al hablar. Miraba afuera, por la ventanilla. Continuó hablando con mi esposa.

-Me alegro de que sean norteamericanos. Los hombres norteamericanos son los mejores maridos -estaba diciendo la dama norteamericana-. Por eso dejamos el continente, ¿sabe usted? Mi hija se enamoró de un hombre en Vevey -se detuvo-. Estaban locos, sencillamente -se detuvo de nuevo-. La saqué de allí, por supuesto.

-¿Logró soportarlo? -preguntó mi mujer.

-No lo creo -dijo la dama norteamericana-. No quería comer nada y no dormía. Me empeñé en consolarla, pero parece no tener interés por nada. No le importa nada, pero yo no podía dejarla casar con un extranjero. -Hizo una pausa-. Alguien, un buen amigo mío, me dijo una vez: «Ningún extranjero puede ser un buen marido para una norteamericana».

-No -dijo mí esposa-; supongo que no.

La dama norteamericana admiró el abrigo de viaje de mi esposa y luego supimos que la dama norteamericana había adquirido sus propias ropas durante veinte años en la misma maison de couture de la rue Saint Honoré. Tenían sus medidas y una vendeuse que la conocía y sabía sus gustos, elegía sus vestidos y los enviaba a los Estados Unidos. Las ropas llegaban a una oficina de correos cercana al lugar donde ella vivía, en la ciudad de Nueva York, y los derechos de importación no eran nunca exorbitantes, porque abrían las cajas allí mismo, en la sucursal de correos, para revisarlas y siempre eran sencillas, sin encajes doradas ni adornos que hicieran aparecer los vestidos como muy caros. Antes de la vendeuse actual, llamada Théresé, había otra llamada Amélie. En total sólo trabajaron esas dos en los últimos veinte afros. La couturière era siempre la misma. Los precios, sin embargo, habían aumentado. Ahora tenían también las medidas de su hija. Ya era bastante crecida y no existía muchas probabilidades de que cambiaran con el tiempo.

El tren estaba ahora llegando a París. Las fortificaciones habían sido derribadas, pero la hierba no había crecido. Había muchos vagones en las vías: coches restaurante de madera oscura y coches-cama, que partirían para Italia a las cinco de esa misma tarde, si ese tren sale todavía a las cinco; los coches tenían carteles que decían: París-Roma; otros de dos pisos, que iban y volvían de los suburbios y en los que, a ciertas horas, los asientos de amibos pisos estaban llenos de gente y pasaban cerca de las blancas paredes y de las ventanas de las casas. Nadie se había desayunado todavía.

-Los norteamericanos son los mejores maridos -decía la dama norteamericana a mi esposa.Yo estaba bajando las maletas-. Los hombres norteamericanos son los únicos con quienes una se puede casar en todo el mundo.

-¿Cuánto tiempo hace que dejó usted Vevey? -preguntó mi mujer.

-Hará dos años este otoño. A ella le llevo este canario.

-¿El hombre de quien estaba enamorada su hija era suizo?

-Sí -dijo la dama norteamericana-. Era de una familia muy buena de Vevey. Estudiaba ingeniería. Se conocieron en Vevey, solían dar largos paseos juntos.

-Conozco Vevey -dijo mi esposa-. Pasamos allí nuestra luna de miel.

-¿Sí? ¡Debe haber sido maravilloso! Yo no tenía, por supuesto, la menor idea de que se había enamorado de él.

-Es un lugar muy bonito -dijo mi esposa.

-Sí -dijo la dama norteamericana-. ¿Verdad que es magnifico? ¿Dónde se alojaron ustedes?

-En el Trois Couronnes.

-Es un gran hotel -dijo la dama norteamericana.

-Sí -replico mi esposa-. Teníamos una habitación preciosa y en otoño el lugar era adorable.

-¿Estaban ustedes allí en otoño?

-Sí -dijo mi esposa.

Pasábamos en ese momento al lado de tres vagones que habían sufrido algún accidente. Estaban hechos astillas y con los techos hundidos.

-Miren -dije-. Debe haber sido un accidente.

La dama norteamericana miró y vio el último vagón.

-Toda la noche tuve miedo de que ocurriera alguna cosa así -dijo-. A veces tengo horribles presentimientos. Nunca más viajaré en un rapide por la noche. Debe haber otros trenes cómodos que no viajen con tanta rapidez.

El tren entró en la oscuridad de la Gare du Lyon y se detuvo. Los mozos se acercaron a las ventanillas. Pronto nos encontramos en la turbia largura de los andenes y la dama norteamericana se puso en manos de uno de los tres hombres de la Cook, que dijo:

-Un momento, señora, buscaré su nombre.

El mozo trajo un baúl y lo colocó junto al equipaje. Ambos nos despedimos de la dama norteamericana, cuyo nombre había encontrado el empleado de la Agencia Cook en una de las hojas escritas a máquina, que sacó de entre un manojo de éstas y que volvió a poner en su bolsillo.

Seguimos al mozo con el baúl, a lo largo del prolongado andén de cemento que corría al lado del tren. Al final había una puerta de hierro y un hombre nos tomó los billetes.

Volvíamos a París para establecernos en residencias separadas.


Imagen: © Bettmann/CORBIS