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9 mar. 2015

Descarga: Heinrich Heine - Libro de los Cantares

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Descarga: Heinrich Heine - Libro de los Cantares

Hacer castellano a Heine, en la palabra, no en la idea, es también el propósito de esta obra. Contiene las mejores producciones, en concepto mío, de aquel gran poeta, o por lo menos, las que me son más simpáticas, las que mejor expresan el entusiasmo de su alma soñadora, atormentada ya, pero no abatida, por las decepciones y las dudas, como lo estuvo después. Pocas supresiones he hecho en el texto del Libro de los Cantares, tal como se publicó la primera vez. Sólo he prescindido por completo de los Sonetos, porque en esta composición la forma es obligada, y encerrar en un soneto castellano cada uno de los diez y siete que hay en el libro, me parece difícilísimo sin notable alteración del texto. Los Ensueños están todos en esta traducción; de los Cantares y Romances he sustituido algunos pocos, que perdían su efecto al ser traducidos, por otros agregados en los Apéndices que publicó después el propio Heine. En el Intermezzo y El Regreso, sus obras capitales, no he querido quitar nada, ni aun aquellas composiciones que suprimió el mismo poeta al publicarlas en francés. Para el efecto artístico de la obra, quizás hubiera convenido hacer estas supresiones; para conocer al autor en todas sus fases, vale más dar el texto completo. También está completo el de las poesías del viaje al Harz.

1 oct. 2009

Heinrich Heine – Prólogo a Don Quijote

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Heinrich Heine El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra[1], fue el primer libro que leí tras haber alcanzado una edad juvenil razonable y dominar de alguna forma los rudimentos de la lectura[2]. Aún recuerdo como si fuera hoy aquella edad temprana, cuando una buena mañana me escapé furtivamente de la casa y me fui corriendo al parque del palacio, para poder leer allí el Don Quijote sin ser molestado. Era un hermoso día de verano; en la incipiente y serena luz de la madrugada yacía la primavera floreciente, y escuchaba las alabanzas del ruiseñor y sus dulces zalamerías, y éste entonaba sus cánticos halagadores con tan cadenciosa ternura, con tanto entusiasmo embriagador, que hasta los retoños más escuálidos se abrían, los hierbajos voluptuosos y los escasos rayos de sol se besaban ardientemente, y árboles y flores se estremecían de placer. Pero yo me senté en un banco de piedra musgoso, en la llamada Avenida de los Suspiros, no lejos de la cascada, regocijando mi corazón de niño con las aventuras portentosas del intrépido caballero. En mi simplicidad infantil, todo lo tomé por cierto; y por muy en ridículo que le dejasen los acontecimientos al pobre caballero, pensaba yo que esto tendría que ser así, que el ser escarnecido era algo tan propio de la heroicidad como las heridas del cuerpo, las que tanto me acongojaban, que en mi alma las sentía. Era un niño, y no sabía de la ironía que Dios había creado en el mundo y que el gran poeta había imitado en su pequeño mundo impreso, así que derramé las lágrimas más amargas cuando el noble caballero sólo recibía ingratitud y palos por su hidalguía. Y como quiera que yo, no habituado todavía a la lectura, pronunciaba en voz alta cada palabra, aves y árboles, riachuelo y flores todo lo escuchaban; como esas inocentes criaturas de la Naturaleza, igual que los niños, nada saben de la ironía del mundo, todo lo tomaban igualmente por cierto y lloraban conmigo por los sufrimientos del pobre caballero; hasta un roble viejo y honorable sollozaba, y la catarata sacudía violentamente sus barbas blancas y parecía censurar la perversidad del mundo. Sentíamos que lo heroico del caballero no era menos digno de admiración porque el león, sin ganas de luchar, le diese la espalda[3], y que sus hazañas eran tanto más gloriosas cuanto más débil y escuálido era su cuerpo, cuanto más mohosa fuera la armadura que le protegía y cuanto más miserable fuese el rocín que le llevaba. Despreciábamos a la baja plebe, que engalanada de coloreados mantos de seda, educada dicción y títulos de duques, se mofaba de un hombre que era muy superior en facultades mentales y en sentido del honor. El caballero de Dulcinea alcanzaba escalones cada vez más altos en mi admiración y se hacía cada vez más merecedor de mi amor cuanto más leía en ese libro maravilloso, cosa que ocurrió diariamente en aquel mismo parque, de tal suerte que llegué en el otoño al final de la historia; y nunca olvidaré el día en que leí lo de aquel triste combate, que tan vergonzosamente perdió el caballero.

Era un día nublado, feos nubarrones surcaban el cielo grisáceo, las hojas secas caían dolorosamente de los árboles, gruesas gotas de lágrimas pendían de las últimas flores, las que, tristes y marchitas, dejaban caer sus cabezas moribundas; hacía ya tiempo que habían callado los ruiseñores, por doquier fijaba en mí su mirada la imagen de lo perecedero, y casi se me partió el alma cuando leí que el bravo caballero, molido y aturdido, rodaba por los suelos, y que, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra[4]

¡Ay, aquel reluciente caballero de la Blanca Luna, que derrotó al hombre más valiente e hidalgo del mundo, era un barbero disfrazado[5]!

Ya va para ocho años que escribí estas líneas para la parte IV de los Cuadros de viaje; describía en ellas la impresión que le había causado a mi espíritu, hace muchísimo tiempo, la lectura del Quijote. ¡Dios del cielo, qué rápidos pasan los años! Me parece que hubiese sido ayer cuando acabé de leer el libro en la Avenida de los Suspiros del parque del palacio de Dusseldorf, y mi corazón aún tiembla de deslumbramiento por las hazañas y padecimientos del gran caballero. ¿Permaneció equilibrada mi alma durante todo ese tiempo, o tras una transmutación maravillosa tornó a los sentimientos de la niñez? Lo último ha de ser el caso, pues recuerdo que en cada lustro de mi vida he leído el Quijote, experimentando los más variados y diversos sentimientos. Cuando alcancé los años mozos y hundí mis manos carentes de experiencia en los rosales de la vida, escalando los más altos picos, para encontrarme más cerca del sol, no soñando en las noches más que con águilas y vírgenes inmaculadas, el Don Quijote me resultaba un libro muy importuno, que solía echar, molesto, a un lado, cuando se interponía en mi camino.

Años más tarde, cuando me hice hombre, me reconcilié en cierta manera con el desdichado campeador de Dulcinea, y comencé a reírme de él. «El tipo es un loco», me decía. Y sin embargo, de una manera extraña, me seguían por todos los viajes de mi vida las imágenes del escuálido caballero y de su gordo escudero; sobre todo, cuando llegué a una triste encrucijada[6]. Recuerdo perfectamente una mañana, encontrándome de viaje hacia Francia, cuando desperté de una duermevela febril; allí vi, envueltas en la niebla mañanera y cabalgando a amos lados de mi coche, a dos figuras que me eran muy conocidas; la una de ellas, a mi derecha, era don Quijote de la Mancha, montado en su Rocinante abstracto; y la otra, a mi izquierda, era Sancho panza sobre su asno positivo. Acabábamos de pasar la frontera francesa. El hidalgo manchego inclinó respetuosamente la cabeza ante la bandera tricolor, que nos saludaba ondeante desde lo alto del poste fronterizo; el buen Sancho saludó con una inclinación algo más fría a los primeros gendarmes franceses, que aparecieron no muy lejos de nosotros; finalmente, ambos amigos se adelantaron al galope, yo los perdí de vista, y sólo de vez en cuando escuchaba los relinchos entusiasmados de Rocinante y los rebuznos afirmativos del burro. Para aquel entonces sustentaba la opinión de que la ridiculez del quijotismo consistía en que el hidalgo caballero había querido revivir un pasado ya largamente muerto, por lo que sus pobres músculos, y en especial sus espaldas, se veían confrontadas con la realidad en dolorosos roces. ¡Ay!, he aprendido desde entonces que no es más que ingrata locura querer introducir el futuro demasiado pronto en el presente, poseyendo en esa lucha contra los poderosos intereses cotidianos tan sólo un rocín escualidísimo, una armadura muy mohosa y un cuerpo muy endeble. Al igual que contra aquellas figuras, también contra esta forma de quijotismo sacude el sabio su cabeza razonante... Y sin embargo, Dulcinea del Toboso sigue siendo la mujer más bella del mundo; aun cuando me encuentre miserablemente revolcado en el suelo, nunca me retractaré de esa afirmación, no puedo actuar de otro modo, ¡aprieta tu lanza, caballero de la Blanca Luna, disfrazado aprendiz de barbero!

¿Qué pensamiento fundamental movía al gran Cervantes al escribir su gran obra? ¿Pretendía la ruina de las novelas de caballería, cuya lectura ejercía una influencia tan grande en la España de Cervantes, que tanto las ordenanzas divinas como las terrenas eran impotentes ante ella? ¿O quería poner en ridículo todas las manifestaciones del entusiasmo humano, en general, y la heroicidad de los caudillos de espada, en particular? Es evidente que deseaba hacer una sátira de las mencionadas novelas, a las que condenaba, mediante el esclarecimiento de sus absurdidades, al hazmerreír general y, por lo tanto, al ocaso. Esto lo logró de la manera más brillante, pues lo que no logran ni las advertencias del canciller ni las amenazas de la cancillería, lo realiza un pobre escritor con su pluma: acaba con ellos de manera tan definitiva, que poco después de la aparición del Quijote se pierde el gusto en toda España por aquellos libros, no volviéndose a imprimir ni uno solo de ellos. Pero la pluma del genio siempre es más grande que él mismo, y sin ser completamente consciente de ello, escribió Cervantes la mayor de las sátiras contra el entusiasmo humano. Nunca él mismo intuyó esto, ese héroe que había pasado la mayor parte de su vida en luchas caballerescas, y que todavía se alegra, en los últimos años de su vida, de haber combatido en la batalla de Lepanto, aun cuando esta gloria le hubiese costado la pérdida de la mano izquierda.

Sobre la persona y las condiciones de vida del poeta que escribió el Don Quijote poco saben contar los biógrafos. No perdemos gran cosa con tal falta de noticias, las que suelen ser recogidas, por lo común, entre las comadres de la vecindad; y éstas tan sólo ven la envoltura, mientras que nosotros, sin embargo, vemos al hombre mismo, su figura auténtica, fiel e incalumniada.

Fue hombre guapo y fornido don Miguel de Cervantes Saavedra. Ancha su frente y grande su corazón. Maravilloso era el hechizo de su mirada. Al igual que hay gentes que miran a través de la tierra y que pueden ver los tesoros o los cadáveres en ésta oculta, así penetraba el ojo del gran poeta en el pecho de los hombres y veía claramente lo que en él se escondía. Para los buenos era su mirada un rayo de sol, que iluminaba alegremente lo le llevaban dentro; para los malos era su mirada una espada que cercenaba cruelmente sus sentimientos. Su mirada penetraba inquisidoramente en el alma de cualquier hombre, hablaba con ella, y si ésta no quería responder, la torturaba, y el alma yacía chorreando sangre por el tormento, mientras que su envoltura corporal daba muestras, quizás, de una distinción arrogante.

No es, pues, ningún milagro que muchas gentes cobrasen antipatía por ello y que sólo le ayudaran muy miserablemente en su carrera terrenal. Tampoco logró alcanzar nunca ni honores ni bienes, y de sus penosas peregrinaciones no trajo ninguna perla a la casa, sino tan sólo conchas vacías. Se dice que no supo apreciar el valor del dinero, pero yo os aseguro que sabía aquilatar muy bien el valor del dinero, por cuanto no lo tuvo. Pero nunca lo valoró en tan alto grado como su honra. Tuvo deudas, y en una carta compuesta por él, que fue impuesta al poeta por Apolo, decreta el primer parágrafo que cuando un poeta asegura carecer de dinero, hay que creer fielmente en sus palabras y no exigirle que preste juramento. Le gustaban la música, las flores y las mujeres. Pero también en el amor por estas últimas le fue extraordinariamente mal, sobre todo en sus años mozos. ¿Pudo consolarle suficientemente en su juventud la conciencia de su grandeza futura, cuando las melindrosas rosas le herían con sus espinas?

En cierta ocasión, en una alegre tarde de verano, él, todavía un joven mozo, fue a pasear a orillas del Tajo[7] con una hermosa chica de dieciséis años, que se burlaba continuamente de su dulzura. El sol aún no se había puesto, ardía aún con magnificencia exquisita, pero arriba, en el firmamento, ya estaba la luna, diminuta y pálida, como una nubécula blanca.

— ¿Ves? —le dijo el joven poeta a su amada—. ¿Ves allá arriba ese disco pequeño y blanquecino? Este río junto a nosotros, en el que se refleja, parece transportar tan sólo por compasión esa triste imagen en sus turbulentas aguas, y las enfurecidas olas lo arrojan a veces, sarcásticamente, a la orilla. Pero ¡dejemos maldecir al día caduco! En cuanto reinen las tinieblas, aquel pálido disco en las alturas despedirá fuego, con más y más grandeza, iluminará con su luz a todo el río, y las olas, tan despectivamente arrogantes hasta ahora, temblarán ante la presencia de ese astro luminoso y flotarán sensualmente hacia él.

En las obras de los poetas hay que buscar la historia de su vida; aquí encontramos sus confesiones más secretas. Por doquier, pero mucho más en el Quijote que en sus dramas, vemos lo que he apuntado: que Cervantes fue soldado durante mucho tiempo.

Efectivamente, la sentencia romana «¡Vida Significa guerra!» puede serle aplicada doblemente. Como simple soldado, combatió en la mayoría de aquellos salvajes juegos de armas que fueron celebrados en todos los países por el rey Felipe II para gloria de Dios y para diversión propia. Este hecho, el que Cervantes haya dedicado toda su juventud a las grandes luchas del catolicismo, el que haya combatido personalmente por los intereses católicos, deja entrever que sentía esos intereses en lo más profundo de su pecho y refuta así la opinión tan extendida de que sólo el miedo a la Inquisición le impidió exponer sus pensamientos protestantes en el Quijote. No, Cervantes fue un hijo fiel de la Iglesia romana, y no sólo derramó sangre su cuerpo por su bandera amada, sino que sufrió con toda su alma el más penoso de los martirios que imaginarse quepa durante su largo cautiverio entre los infieles.

A la casualidad debemos más detalles sobre la vida de Cervantes en Argelia, y aquí reconocemos en el gran poeta a un héroe igualmente grande. La historia de su cautiverio refuta de la manera más brillante la mentira melódica de aquel acicalado hombre de mundo que convenció al emperador Augusto y a todos los pedantes alemanes de que, al ser poeta, era cobarde como todos los poetas[8]. Pues, ¡no!, el poeta auténtico es también un héroe auténtico, y la paciencia anida en su pecho; la cual, como dicen los españoles, es una doble valentía. No existe espectáculo más excelso que la presencia de aquel hidalgo castellano que le sirvió de esclavo en Argelia a Dali Mamí, de aquel hidalgo que siempre luchó por su liberación, que preparó incansablemente sus atrevidos planes y que, cuando fracasaba en la empresa, antes soportaría la muerte y el tormento que decir una sola sílaba comprometedora sobre sus compañeros. El amo sanguinario de su cuerpo se encuentra desarmado ante tanta virtud y gallardía, el tigre se compadece del león encadenado y tiembla ante el terrible manco, a quien puede enviar, sin embargo, a la muerte con una sola palabra suya.

Bajo el nombre de «el manco» es conocido Cervantes en toda Argelia, y el bey ha de confesar que solo puede dormir tranquilo y saber a salvo su ejército y sus esclavos cuando el manco se halla a buen recaudo.

He dicho que Cervantes no pasó de ser un simple soldado, pero como hasta en esa posición subordinada llegó a distinguirse y su gran jefe, don Juan de Austria, hubo de fijarse en él, recibió, cuando se disponía a regresar a España desde Italia, certificados de alabanza dirigidos al rey en los le se recomendaba muy expresamente su ascenso. Y cuando los corsarios argelinos, que lo apresaron en el mar Mediterráneo, vieron la carta, lo tuvieron por una persona de gran alcurnia y exigieron por lo un elevado rescate, lo que impidió a su familia, pese a sacrificios y esfuerzos, comprar su libertad, quedando así el pobre poeta tanto más tiempo y con tan más grande martirio en el cautiverio. Y de este modo, hasta el reconocimiento de su superioridad se convirtió para él en fuente de infelicidad, por lo que hasta el final de sus días, la diosa Fortuna, esa mujer cruel, se burló de él, ya que no podía perdonarle al genio el haber alcanzado sin su protección honor y gloria.

Pero la infelicidad del genio ¿es siempre solamente la obra de la casualidad ciega o surge necesariamente de su propia naturaleza interna y del contexto que lo rodea? ¿Entra en lucha su alma con la realidad o es la cruda realidad la que emprende un desigual combate con su alma hidalga?

La sociedad es una república. Cuando el individuo aislado trata de elevarse por encima de ella, la mayoría lo rechaza mediante el ridículo y la difamación. A nadie le es permitido ser más virtuoso y más inteligente que los demás. Pero quien destaca, por el poder invencible de su genio, por sobre la medida trivial de la comunidad, ha de sufrir el ostracismo por parte de la comunidad, la que le persigue con el escarnio inclemente y la difamación, obligándole a retirarse a la soledad de sus pensamientos.

Y es que la sociedad es republicana por su esencia. Toda grandeza le es odiosa, tanto la espiritual como la material. Esta última se apoya, por lo común, sobre la primera más de lo que se sospecha comúnmente. A esta opinión tuvimos que llegar poco después de la revolución de julio, cuando el espíritu del republicanismo se manifestó en todas las relaciones sociales. Los laureles de un gran poeta les resultaban tan odiosos a nuestros republicanos como la púrpura de un gran rey. Quisieron acabar también con las diferencias intelectuales entre los hombres, considerando propiedad común burguesa todos los pensamientos que surgían del territorio estatal, por lo que no les quedó más remedio que decretar la igualdad en el estilo. Y de hecho, un estilo pulido fue condenado como algo aristocrático, y muchas veces tuvimos que oír la afirmación de que un demócrata auténtico ha de escribir como el pueblo: llanamente y perfectamente mal. La mayoría de las personas lograron esto con gran facilidad, pero no a cada quien le es dado el escribir mal, sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a la pureza del estilo, y esto conducía inmediatamente a la sentencia: Ese es un aristócrata, un amante de las formas, un amigo de las artes, un enemigo del pueblo.» Con certeza que eran honrados en su opinión, al igual que san Jerónimo, quien consideraba pecado el tener un buen estilo, disciplinándose a conciencia por ello.

Al igual que no encontramos alusiones anticatólicas en el Quijote, tampoco las hay antiabsolutistas. Algunos críticos, que pretenden intuir cosas por el estilo, se hallan equivocados. Cervantes fue hijo de la escuela que hasta idealizaba poéticamente la obediencia incondicional al soberano. Y este soberano fue rey de España en una época en la que Su Majestad brillaba en el mundo entero. El simple soldado se sentía envuelto en los rayos luminosos de aquella majestad y sacrificaba gustosamente su libertad individual por la satisfacción del orgullo nacional castellano.

La grandeza política de España en aquel tiempo no pudo menos que contribuir a elevar y a ampliar el sentir de un escritor. También en el espíritu de un poeta español no se ponía el sol, al igual que en el imperio de Carlos V. Los combates sangrientos contra los moriscos habían terminado, y al igual que después de una tormenta suelen esparcir las flores sus más embriagadores perfumes, así florece siempre la poesía, en su expresión más excelsa, tras una guerra civil. Podemos apreciar el mismo fenómeno en la Inglaterra de la reina Isabel II, y al mismo tiempo que en España, surgía allí un movimiento poético que nos lleva a comparaciones asombrosas. Allí vemos a Shakespeare, y aquí a Cervantes, en lo más glorioso de ese movimiento.

Al igual que los poetas españoles bajo los Austria, tienen también los ingleses bajo Isabel II un cierto aire familiar, y ni Shakespeare ni Cervantes pueden pretender originalidad, tal como hoy la concebimos. No se diferencian en modo alguno de sus contemporáneos por sentimientos y pensamientos especiales, ni por una peculiar fuerza de expresión, sino solamente por su mayor profundidad, por sus cualidades de sensibilidad, ternura y fuerza más desarrolladas. Sus escritos se adentran más en el éter de la poesía.

Pero ambos poetas no eran sólo lo más florido de su tiempo, eran también las raíces del futuro. Y así como hemos de ver en Shakespeare el fundador del posterior arte dramático, mediante la influencia de sus obras, en Alemania y la Francia actual, por ejemplo, así hemos de venerar en Cervantes al fundador de la novela moderna. Y al particular me permito algunas observaciones ligeras.

La novela antigua, la llamada novela de caballerías, surge de la poesía medieval; fue al principio un arreglo en prosa de aquellos poemas épicos cuyos héroes encontramos en los círculos legendarios de Carlomagno y del santo Grial; el argumento estaba siempre basado en aventuras caballerescas. Era la novela de la nobleza, y los personajes que en ella aparecían eran o bien productos fantásticos de la fantasía o caballeros de lanza y espada; por ninguna parte encontramos rastro alguno del pueblo. Cervantes, con su Quijote, derrocó esas novelas de caballería. Pero al escribir una sátira, que acababa con las viejas novelas, nos ofrecía el paradigma de un nuevo arte poético, que llamamos novela moderna. Es así como actúan siempre los grandes poetas; al destruir lo viejo, fundan al mismo tiempo algo nuevo. No niegan nunca sin afirmar algo. Cervantes funda la novela moderna al introducir en la novela de caballerías la descripción fiel de las clases bajas, al mezclar en ella la vida del pueblo. La tendencia a describir la conducta del populacho más bajo y de la hez más despreciable de la sociedad no sólo se encuentra en Cervantes, sino en todos sus literatos contemporáneos; y al igual que entre los poetas, la observamos también entre los pintores de la España de entonces; un Murillo, que le quita al cielo sus colores más sagrados, para pintar a sus hermosas madonas, nos muestra también con el mismo amor los más sucios fenómenos de esta tierra.

Fue quizás la admiración del arte por el arte lo que hizo que ese español ilustre sintiese a veces por la imagen fiel de un niño pordiosero que se quita los piojos el mismo placer que por la reproducción de una virgen excelsa. O fue quizás el acicate del contraste lo que movió a los más altos nobles, a un cortesano refinado como Quevedo o a un ministro poderoso como Mendoza, a escribir sus novelas de pícaros y pordioseros; pretendían quizás salirse de la monotonía del medio en que vivía su clase, valiéndose de la fantasía para trasladarse a esferas de vida totalmente opuestas; necesidad esta que podemos apreciar en más de un escritor alemán, que llena sus novelas con descripciones del alto mundo que sólo coge por héroes a condes y barones. En Cervantes no encontramos todavía esa orientación parcial de describir lo innoble de manera aislada; él mezcla únicamente lo ideal con lo común, lo uno está al servicio del ensombrecimiento o de la iluminación de lo otro, el elemento noble es ahí tan poderoso como el popular. Ese elemento noble, caballeresco y aristocrático desaparece totalmente, sin embargo, en las novelas de los autores ingleses, los primeros en imitar a Cervantes y los que lo han tenido siempre como ejemplo hasta el día de hoy.

Esos novelistas ingleses, desde el gobierno de Richardson, son seres prosaicos; el espíritu puritano de su época se resiste a la descripción cruda de la vida cotidiana del pueblo, y es así que vemos cómo parecen al otro lado del canal esas novelas burguesas que reflejan la vida insípida y mojigata de la burguesía. Esas lecturas lamentables inundaron al público inglés hasta los últimos tiempos, cuando apareció el gran escocés, que le trajo una revolución a la novela, o más bien una restauración. Al igual que Cervantes introdujo el elemento democrático en la novela, en la que hasta entonces sólo predominaba unilateralmente lo caballeresco, Walter Scott le devolvió el elemento aristocrático a la novela, que había desaparecido completamente de ella y en la que sólo llevaba una triste existencia a la prosaica vida pequeñoburguesa. Por un procedimiento contrario restauró Walter Scott en la novela ese hermoso equilibrio que tanto admiramos en el Quijote.

Creo que, al particular, nunca ha sido reconocido el mérito del segundo poeta más grande de Inglaterra. Sus inclinaciones toristas y su predilección por el pasado fueron un bálsamo para la literatura, y las obras maestras de aquel genio, que tan pronto encontraron por doquier tanto resonancia como imitación, arrinconaron los oscuros esquemas de la novela burguesa en los rincones sombríos de las bibliotecas públicas. Es un error el no considerar a Walter Scott como el verdadero fundador de la llamada novela histórica y querer deducir ésta de las iniciativas alemanas. No se tiene en cuenta que lo característico de la novela histórica es precisamente la armonía entre los elementos aristocráticos y democráticos, que Walter Scott estableció de la manera más bella la restauración del elemento aristocrático, perturbado durante el predominio absoluto del democrático, mientras que nuestros románticos alemanes rechazaron completamente en sus novelas el elemento democrático, regresando así por los ridículos senderos de la novela de caballerías, que tanto floreció antes de Cervantes. Nuestro Fouqué, barón de la Motte, no es más que un seguidor de aquellos autores que trajeron al mundo el Amadís de Gaula y otras peripecias aventureras, y he de admirar no sólo el talento, sino también el valor con que este hidalgo, dos siglos después de la aparición del Quijote, escribe sus libros de caballerías. Fue un período extraño en Alemania cuando éstos fueron publicados y encontraron, además, el favor del público. ¿Qué significa en la literatura esa predilección por la caballería andante y por las imágenes de los viejos tiempos feudales? Creo que el pueblo alemán quería despedirse para siempre de la Edad Media, pero, sentimentales como tendemos a serlo, quería hacerlo con un beso. Acercamos por última vez nuestros labios a las viejas piedras cadavéricas. Algunos de nosotros actuaron, evidentemente, de la manera más grotesca. Ludwig Tieck, el jovencito de ese movimiento, desenterró a los muertos de sus tumbas, meció sus sarcófagos como si fuesen cunas y, con vocecilla ridícula e infantil, cantó: ¡duerme, abuelito, duerme!

He llamado a Walter Scott el segundo poeta más grande de Inglaterra, y he calificado de obras maestras sus novelas. Pero sólo quería rendirle el más alto tributo a su genio. En modo alguno puedo comparar sus novelas con la gran obra de Cervantes. Esta le supera en genio épico. Tal como he apuntado, Cervantes fue un poeta católico, y a esta cualidad debe quizás aquella grandeza épica de su calma espiritual, que, como un cielo de cristal, le sirve de bóveda a sus maravillosos escritos; en ninguna parte encontramos una sombra de duda. A ello se añade la serenidad del carácter nacional español. Walter Scott, por lo contrario, pertenece a una confesión que hasta somete a una aguda discusión las cosas divinas; como abogado y como escocés, está acostumbrado a las negociaciones y a la discusión y, al igual que en su espíritu y en su vida, también en sus novelas predomina lo dramático. De ahí que sus obras no puedan ser consideradas nunca como ejemplos puros de esa clase de poesía que llamamos novela. Al español le pertenece la gloria de haber creado la mejor novela del mundo, al igual que hay que concederles a los ingleses el honor de haber realizado en el drama lo más sublime.

Y a los alemanes, ¿qué palma les resta? Pues bien, somos los mejores poetas de la tierra. Ningún pueblo posee poesías tan hermosas como los alemanas. Los pueblos tienen ahora demasiados quehaceres políticos, pero cuando hayan acabado con ellos, vamos a reunimos nosotros, alemanes, británicos, españoles, franceses e italianos, vamos a ir todos juntos al verde bosque, a cantar, y que sea el ruiseñor nuestro juez. Estoy convencido de que en esa competición obtendrá el primer premio el cantar de Wolfgang Goethe.

Cervantes, Shakespeare y Goethe forman el triunvirato poético que ha realizado lo más elevado en los tres géneros de la expresión literaria: en lo épico, en lo dramático y en lo lírico. Quizás se encuentre el autor de estas líneas especialmente autorizado para poder calificar a nuestro gran compatriota como el poeta que ha alcanzado la perfección suma. Goethe se halla en el centro de esas dos clases de poesía, de esas dos escuelas que han sido denominadas, la una, desgraciadamente, con mi nombre, la otra, con el de Schwabe. Es evidente que ambas tienen sus méritos: fomentaron de manera indirecta el florecimiento de la poesía alemana. La primera provocó una reacción saludable en contra del idealismo unilateral en la poesía alemana, hizo volver al espíritu a la cruda realidad y desarraigó aquel petrarquismo sentimental que siempre nos ha parecido una especie de quijotería lírica. La escuela de Schwabe tuvo una influencia beneficiosa, también, de manera indirecta, en la poesía alemana. Si en el norte de Alemania pudieron aparecer poemas de salud rebosante, esto se le debe quizás a la escuela de Schwabe, la que atrajo hacia sí todos esos lloriqueos enfermizos, tísicos y sentimentaloides de la musa alemana. Stuttgart fue, en cierto modo, la fontanela de la musa alemana.

Al suscribirle a ese gran triunvirato mencionado las mayores realizaciones en el drama, en la novela y en la poesía, estoy muy lejos de censurar las obras de los otros grandes poetas. Nada más absurdo que la pregunta: ¿qué escritor es mayor que otro? La llama es la llama, y su peso no puede ser determinado en libras y onzas. Sólo aquel que tenga mentalidad de tendero querrá medir al genio con su balanza de pesar quesos. No sólo los antiguos, también muchos contemporáneos han producido escritos en los que la llama de la poesía arde con tanta fuerza como en las obras maestras de Shakespeare, Cervantes y Goethe. Y sin embargo, estos tres nombres están unidos entre sí, como si un lazo mágico los sujetara. Un genio común irradia de sus creaciones; de ellas emana una dulzura eterna, como si fuera el aliento de Dios, pues en ellas florece la modestia de la naturaleza. Al igual que a Shakespeare, Goethe nos recuerda continuamente a Cervantes, a quien se asemeja hasta en las particularidades del estilo, en esa prosa placentera, coloreada de la más dulce e inocente ironía. Cervantes y Goethe llegan hasta parecerse en sus defectos: en la ampulosidad del discurso, en aquellos párrafos largos, que encontramos a veces en ellos y que pueden ser comparados al equipaje de una mudanza real.

No son raras las ocasiones en que un solo pensamiento se asienta en un período ancho y extenso, como si viajara en una dorada carroza imperial, arrastrada majestuosamente por seis caballos. Pero ese pensamiento único es siempre algo elevado, por no decir soberano.

Sobre el genio de Cervantes y la influencia de su libro sólo he podido expresarme con algunas alusiones escasas. Sobre el auténtico valor artístico de su novela no me podré extender tampoco aquí, ya que tendría que hablar sobre el lenguaje, lo que significaría adentrarse demasiado en el campo de la estética. Sólo podré llamar aquí muy en general la atención sobre la forma de su novela y las dos figuras que la centran. La forma es la de una descripción de viaje, pues ésta ha sido desde siempre más natural para ese tipo de literatura. Recordemos aquí solamente El asno de oro de Apuleyo, la primera novela de la antigüedad. Los escritores posteriores han tratado de atenuar la monotonía de aquella forma con lo que llamamos «argumento de novela». Mas, debido a la pobreza en inventiva, la mayoría de los novelistas se toman prestados los argumentos unos de otros; al menos se utilizan siempre con pocas modificaciones las tramas de los demás, lo que ocasiona la repetición constante de caracteres, situaciones y peripecias, haciendo así que el público se aburra finalmente de la lectura de novelas. Con el fin de salvarse del aburrimiento de los argumentos novelísticos trillados, se buscó refugio durante un tiempo en las formas antiguas y primitivas de la descripción de viajes. Pero éstas se ven de nuevo completamente relegadas en cuanto un escritor original se presenta con argumentos nuevos y frescos. En la literatura, al igual que en la política, todo se mueve siguiendo la ley de acción y reacción.

Por lo que respecta a esas dos figuras llamadas don Quijote y Sancho Panza, que continuamente se parodian, complementándose, sin embargo, de manera tan maravillosa que las dos forman el auténtico personaje principal de la novela, hemos de decir que dan muestra, en igual medida, tanto del sentido artístico como de la profundidad intelectual del escritor. Mientras que otros autores, en cuyas novelas anda por el mundo el personaje en la piel de una sola persona, tienen que recurrir a los monólogos, las cartas o los diarios para expresar los pensamientos y los sentimientos de sus héroes, Cervantes puede presentarnos en todo momento un diálogo natural; y como quiera que una de las dos figuras parodia siempre el discurso de la otra, la intención del autor destaca de manera tanto más visible. Desde entonces ha sido imitada muchas veces esa figura doble, la que le otorga a la figura de Cervantes esa naturalidad tan artística, y de cuyo carácter, como de un núcleo único, se desarrolla toda la novela, con todo su silvestre follaje, con sus flores aromáticas, sus frutos relucientes, sus monos y sus aves del paraíso, meciéndose en las ramas, al igual que en un gigantesco árbol indio.

Pero sería injusto ver ese fenómeno como una imitación sumisa, pues era de lo más natural el introducir esas dos figuras como don Quijote y Sancho Panza; de las cuales, la una, la poética, se lanza en pos de aventuras, mientras que la otra, ora por apego ora por egoísmo, corre detrás de la primera, bajo el sol y bajo la lluvia, al igual que observamos frecuentemente en la vida real. Para reconocer por doquier en sus diversos enmascaramientos a esa pareja, tanto en el arte como en la vida, hay que tener presente sólo lo esencial, la signatura espiritual, y no lo casual de sus apariencias exteriores. Podría dar numerosísimos ejemplos. ¿No encontramos acaso a don Quijote y a Sancho Panza tanto en las figuras del don Juan y Leporelo como en la persona de lord Byron y en su criado Fletcher? ¿No reconocemos esos dos mismos tipos y sus relaciones mutuas en las figuras del caballero de Waldsee y de su bufón Larifari[9], al igual que en las de más de un escritor y su librero, el cual, si bien advierte las locuras de su autor, lo acompaña, sin embargo, fielmente por sus senderos ideales para sacar de ello ventajas reales? Y el señor editor Sancho[10], aun cuando sólo gane a veces puñetazos en ese negocio, se mantiene gordo y robusto, mientras que el hidalgo caballero adelgaza cada día más y más.

Pero no solamente entre hombres, también entre mujeres he encontrado con frecuencia los tipos de don Quijote y su escudero. Recuerdo precisamente una hermosa inglesa, una rubia soñadora, que se había escapado con su amiga de un pensionado para señoritas en Londres, y que deseaba recorrer el ancho mundo en busca de un corazón masculino tan puro como lo había soñado en noches dulces de luna clara. La amiga, una morenita regordeta, se esperaba de esa empresa la captura de un hombre, que aunque no se apartase mucho de lo ideal, fuese al menos de buena presencia. La veo todavía ante mí, con sus ojos azules sedientos de amor, con su figura esbelta, mirando desde la playa de Brighton, por encima del mar embravecido, hacia las costas francesas... Su amiga se dedicaba a partir avellanas, se regocijaba con el dulce fruto y tiraba las cáscaras al agua.

Pero ni en las obras maestras de otros escritores ni en la misma naturaleza nos encontramos esos dos tipos tan bien caracterizados en sus relaciones mutuas como en Cervantes. Cada rasgo en el carácter y en la presencia del uno se corresponde aquí con un rasgo opuesto —y sin embargo, análogo— en el otro. Aquí todo detalle tiene una significación parodística. Sí, hasta entre Rocinante y el asno de Sancho existe el mismo paralelismo irónico que hay entre el caballero y su escudero; y también ambos animales son, en cierto modo, portadores simbólicos de las mismas ideas. Al igual que en sus formas de pensar, amo y criado manifiestan también en su habla las contradicciones más asombrosas, y aquí no puedo menos de apuntar las dificultades que tuvo que superar el traductor para verter al alemán esa manera de hablar prosaica, basta y baja del buen Sancho. Con su proverbial locución populachera, y no muy decente a veces, el buen Sancho nos recuerda completamente al bufón del rey Salomón, a Marculfo, quien opone igualmente al idealismo patético el caudal de experiencias del pueblo, expresándolo en refranes cortos. Don Quijote, por el contrario, habla el idioma de la educación, de las clases altas, y también en la grandeza del período bien equilibrado representa al ilustre hidalgo. La construcción de su discurso es a veces demasiado rebuscada, y el habla del caballero se asemeja a una arrogante dama de la corte que llevase un amplio vestido de seda con una larga y crujiente cola. Pero las gracias, vestidas de pajes, sostienen sonrientes una punta de esa cola: los períodos largos concluyen siempre con los giros más graciosos.

El carácter del habla de don Quijote y Sancho Panza lo resumiremos con las siguientes palabras: el primero, cuando habla, parece encontrarse siempre montado en su alto caballo; el otro habla como si estuviese sobre su asno bajito.

Sólo me resta referirme a las ilustraciones con las que la casa editora ha adornado esta nueva traducción del Don Quijote que prologo. Esta edición es el primer libro de literatura que sale a la luz en Alemania engalanado de tal manera. En Inglaterra, y también en Francia, ese tipo de ilustraciones son algo cotidiano y gozan de una aceptación rayana en el entusiasmo. La escrupulosidad y la meticulosidad alemanas harán surgir seguramente la pregunta: ¿están esas ilustraciones al servicio del arte auténtico? Creo que no. Si bien muestran cómo la mano ingeniosa y creadora de un pintor puede aprehender y expresar las figuras de un escritor, si bien ofrecen también una pausa agradable en el posible cansancio provocado por la lectura, son, sin embargo, una muestra más de cómo el arte, derribado del pedestal de su independencia, es degradado a la categoría de sirvienta del lujo. Y aquí se da para los artistas no sólo la oportunidad y la seducción, sino también la obligación de tocar tan sólo muy levemente a su objeto, sin agotar sus posibilidades en modo alguno. Los grabados en madera de los libros antiguos tenían otros fines y no pueden ser comparados con esas ilustraciones.

Las ilustraciones de la presente edición han sido grabadas en madera por los mejores artistas de Inglaterra y Francia según los dibujos de Tony Johannot. Tal como nos garantiza ya el nombre de Tony Johannot, se caracterizan tanto por su elegancia como por la precisión en la interpretación y el dibujo. Pese a la ligereza en el tratamiento del tema, se aprecia cómo el artista ha captado el genio del poeta. Muy ingeniosas y fantásticas son las cabeceras y los colofones; es evidente que el artista ha tenido una profunda intención poética en los adornos de carácter morisco, pues por doquier en el Quijote vemos brillar los recuerdos de la animada época mora, como si viniesen de un fondo lejano y hermoso. Tony Johannot, uno de los artistas más importantes de París, es alemán de nacimiento.

Es significativo que un libro tan rico en escenas pintorescas como lo es el Don Quijote no haya encontrado todavía un pintor que haya sacado de él motivos para una serie de obras de arte puro. ¿Es el espíritu del libro acaso tan etéreo y tan fantástico, que el colorido polvo de las pinturas se disuelve bajo las manos del artista? No lo creo. El Quijote, por muy etéreo y fantástico que sea, está enraigado en la realidad cruda y terrena, como no podía menos de serlo un libro tan popular. ¿Se trata entonces de que detrás de las figuras presentadas por el autor hay ideas mucho más profundas, que el pintor o el escultor no pueden reproducir, por lo que sólo nos ofrecen el aspecto externo, por muy hermoso que éste sea, pero no el sentido profundo de las mismas? Esta es, probablemente, la razón. Muchos artistas han tratado de hacer dibujos sobre el tema del Don Quijote. Las obras inglesas, españolas y francesas que he visto hasta ahora sobre este tema eran infames. En lo que respecta a los artistas alemanes, he de recordar aquí a nuestro gran Daniel Chodowiecki, quien realizó toda una serie de dibujos sobre el tema del Don Quijote, los que fueron grabados en madera por Berger para la traducción de Bertuchsche. Hay cosas muy buenas entre ellos. El concepto falso y teatralmente convencional que tenía el artista, al igual que sus contemporáneos, del vestuario español, le ha perjudicado mucho. Pero se aprecia en todos sus dibujos que Chodowiecki ha entendido perfectamente el Don Quijote. Esto me alegró mucho precisamente en ese artista, tanto por él como por Cervantes. Pues siempre me resulta agradable cuando dos de mis amigos se quieren al igual que me alegra el ver cómo dos de mis enemigos se pelean. En la época de Chodowiecki, como período de una literatura en formación, que necesitaba todavía del entusiasmo y tenía que rechazar la sátira, no se daban precisamente las condiciones favorables para la comprensión del Don Quijote; y he ahí una nueva muestra del genio de Cervantes: sus figuras fueron entendidas y tuvieron resonancia; al igual que habla en favor de Chodowiecki el que comprendiese figuras como las de don Quijote y Sancho Panza, él, quien quizás más que cualquier otro artista fue un hijo de su época, en la que echó raíces, a la que perteneció totalmente, siendo llevado por ella, entendido y reconocido.

De las nuevas ilustraciones del Don Quijote menciono con placer algunos dibujos de Decamps, el más original de todos los pintores franceses actuales. Pero sólo un alemán puede entender completamente el Quijote; cosa que sentí en estos días, con el alma alborozada, cuando vi en el escaparate de una tienda, en el boulevard Montmartre, un dibujo del hidalgo manchego en su gabinete de trabajo, realizado por Adolf Schrödter[11], un gran maestro de la pintura.

Escrito en París, en el carnaval de 1837

Der sinnreiche Junker Don

Quixote von La Mancha


[1] Heine escribe "Miguel Cervantes de Saavedra"; no hemos recogido el error para no irritar visualmente al lector. La edición, de traductor anónimo, la única que se publicó en vida de Heine, llevaba por título: Der sinnreiche Junker Don Quixote von La Mancha. Von Miguel Cervantes de Saavedra. Aus dem Spanischen übersetzt; mit dem Leben von Miguel Cervantes nach Viardot, und eine Einleitung von Heinrich Heine. Tomo I, casa editora Verlag der Classiker, Stuttgart, 1837. Esta traducción, publicada curiosamente con un prólogo de Turgueniev, la edita desde 1908, última edición: 1979, la Insel Verlag de Francfort del Meno. Comparada con la de Ludwig Tieck, es francamente mala. La de Tieck, publicada en 1789 y 1801, es la utilizada por Heine en sus citas del Quijote.

[2] Heine comienza a leer el Quijote, traducido por Tiek, en abril de 1810; o sea: a la edad de trece años. Ya Fritz Mende advirtió el carácter autobiográfico de este prólogo, que puede ser considerado como parte de sus memorias.

[3] Quijote, II, 17, donde el león "volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote (...)".

[4] Quijote, II, 64.

[5] No hemos puesto las comillas que pone Heine desde el comienzo hasta aquí porque, aun cuando es cita, presta variaciones con respecto a lo escrito por él en el capítulo XVI de Die Stadt Lucca.

[6] Heine alude a su paso por la frontera francesa, a comienzos de mayo de 1831; fecha en que comienza su exilio, y que ha tenido que ser tan dolorosa para el poeta, que éste no vuelve a recordarla en ninguna de sus obras.

[7] El lector puede leer aquí "río Elba" en vez de "Tajo". Mucho se le ha criticado a Heine su poco apego a la verdad. Nosotros hablaríamos de licencia poética. En una de sus primeras poesías se refiere también a un paseo por las murallas de Salamanca, y nos está contando algo que le sucedió en Gotinga. Téngase presente que todo este prólogo tiene carácter autobiográfico.

[8] Refiriéndose Heine a Horacio, a aquella célebre parte de las Odas (II, 7, estrofa 3: Tecum Philippos et celerem fugam / Sensi relicta non bene parmula), en que los críticos han querido ver la justificación de la cobardía del poeta en lo militar. Queda claro, sin embargo, en sus Epístolas, que Horacio ve en la reconciliación la misión del poeta.

[9] Figuras de una pieza musical de gran éxito en su tiempo: Das Donauweibchen (1792), con texto de Karl Friedrich Hensler (1759-1825) y música de Ferdinad Kauer (1751-1831).

[10] Es alusión directa al editor Julius Campe. Heine está escribiendo esta introducción, por la que recibe la suma de mil francos, para el editor Adolf Fritz Hvass (1811-1867), de quien espera un contrato para la edición de sus obras completas. Fracasan estas negociaciones, y a comienzos de abril de ese mismo año (1837) firma precisamente con Campe el contrato, vendiéndole por veinte mil francos los derechos de sus obras durante once años.

[11] Adolf Schrödter (1805-1875) fue un pintor nacido precisamente en Dusseldorf.

 

 

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