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31 ene. 2013

Lafcadio Hearn: Junto al Mar del Japón

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I

Este es el decimoquinto día del séptimo mes, y estoy en Hôki.

La blanqueada carretera serpentea a lo largo de la costa de acantilados bajos, la costa del mar del Japón. Siempre a la izquierda, sobre una estrecha franja de tierra pedregosa o un amontonamiento de dunas, está su vasta superficie, formando pliegues azulados en dirección hacia ese pálido horizonte allende el cual Corea se extiende bajo el mismo sol blanco. En ocasiones, por entre repentinas brechas en el borde del acantilado, relampaguea hacia nosotros el movimiento de las olas. Siempre a la derecha, otro mar - un mar silencioso de verdor, que se extiende hasta lejanas y nebulosas cadenas de colinas boscosas tras las cuales se alzan enormes y pálidas cumbres -, una vasta llanura de arrozales sobre cuya superficie se persiguen sin cesar unas a otras silenciosas olas impulsadas por el mismo gran aliento que hoy mueve el mar azul desde Chôsen a Japón.

Aunque durante una semana el cielo ha permanecido despejado, desde hace varios días el mar no ha dejado de encolerizarse cada vez más; y ahora el gruñir de su oleaje se oye desde muy lejos, tierra adentro. Dicen que siempre se enfurruña de este modo mientras dura la Fiesta de los Muertos, los tres días del Bon, que son el trece, catorce y quince del séptimo mes del antiguo calendario. Y durante el decimosexto día, una vez han sido botados los shôryôbune, que son los Barcos de las Almas, nadie osa entrar en él: no es posible entonces alquilar embarcaciones; todos los pescadores se quedan en sus casas. Pues durante ese día el mar es el camino de los muertos, que deben pasar sobre sus aguas en dirección a su misterioso hogar; y así, en esa fecha, el mar recibe el nombre de Hotoke-umi - la Riada de Buda - , la Marea de las Ánimas que Regresan. Y en la noche de ese decimosexto día - esté el mar calmo o encrespado -, toda su superficie resplandece con las pálidas luces que se deslizan hacia la lejanía, los pálidos fuegos de los muertos. Y se oye un murmullo de voces, como el murmullo de una ciudad lejana: el discurso indistinguible de las almas.


II

Sin embargo, puede suceder que alguna nave, rezagada a pesar de sus desesperados esfuerzos por llegar a puerto, se encuentre en alta mar durante la noche del decimosexto día. Entonces los muertos se cernirán sobre la embarcación, extenderán sus largas manos y murmurarán:

- ¡Tago, tago o-kure!... ¡lago o-kure!12

Jamás se les puede negar; sin embargo, antes de darles el cubo, hay que arrancar el fondo. ¡Ay de cuantos estén a bordo si se deja que todo el tago caiga al mar, aunque sea accidentalmente! Pues los muertos lo utilizarían de inmediato para anegar el barco y hundirlo.

Los muertos no son la única fuerza invisible a la que se teme durante la época de la Hotoke-umi. Están también los más poderosos ma, y los kappa 13.

Sin embargo, en cualquier época del año el nadador teme al kappa, el Mono de las Aguas, repulsivo y obsceno, que asciende desde las profundidades para arrastrar a los hombres al fondo y devorar sus entrañas. Sólo sus entrañas.

Es posible que el cadáver de quien ha caído en garras del kappa no sea arrojado a la orilla sino muchos días después. A menos que haya sido durante mucho tiempo golpeado contra las rocas por el fuerte oleaje, o mordisqueado por los peces, no mostrará herida externa alguna. Pero será ligero y estará hueco: sin nada dentro, como un odre vaciado tiempo atrás.


III

En ocasiones, a medida que progresa nuestro viaje, la monotonía del azul ondulante de la izquierda, o la monotonía del verde henchido de la derecha, se ve rota por la gris aparición de un cementerio, un cementerio tan extenso que a nuestros jinrikisha, aun corriendo a toda velocidad, les lleva un cuarto de hora largo rebasar la enorme congregación de sus lápidas perpendiculares. Estas apariciones siempre indican la proximidad de aldeas; las aldeas, sin embargo, resultan ser tan sorprendentemente pequeñas como los cementerios sorprendentemente grandes. Los silenciosos habitantes de los hakaba superan en centenares de miles a la gente de los caseríos a los que pertenecen: diminutos asentamientos de casitas con techumbre de paja que salpican las leguas de costa, resguardados del viento sólo mediante hileras de sombríos pinos. Legiones y legiones de lápidas, una muchedumbre de siniestros testigos del precio del presente para el pasado, y ¡viejas, muy viejas! Centenares de ellas llevan tanto tiempo colocadas que han quedado informes por el simple efecto de la arena de las dunas, y sus inscripciones están totalmente borradas. Es como si atravesaras el lugar de reposo de cuantos vivieron en estas orillas azotadas por el viento desde que esta tierra existe.

Y en todos estos hakaba - puesto que estamos en el Bon - hay faroles nuevos ante las tumbas más recientes, los faroles blancos que se ponen en los sepulcros. Esta noche, los cementerios resplandecerán con luces tan numerosas como las hogueras de una ciudad. También hay, sin embargo, innumerables tumbas ante las que no hay farol alguno, miríadas de las más antiguas, cada una de ellas señal de una familia extinta, o de la cual los descendientes ausentes han olvidado hasta el nombre. Oscuras generaciones cuyas ánimas no tienen nadie que las invite a regresar, ni recuerdos locales que atesorar, tanto tiempo hace que quedaron borradas todas las cosas relativas a sus vidas.


IV

Sucede que muchas de estas aldeas son sólo poblaciones de pescadores, y en ellas se encuentran las viejas casas con techumbre de paja de hombres que zarparon la víspera de alguna tempestad y jamás regresaron. Sin embargo, cada marinero ahogado tiene su tumba en el hakaba vecino, y debajo hay sepultado algo suyo.

¿Qué?

Entre estas gentes del oeste, se conserva siempre algo que en otras tierras es desechado sin pensárselo dos veces: el hozo-no-o, el tallo de una vida, el cordón umbilical del recién nacido. Se lo cubre cuidadosamente con muchos envoltorios; y sobre la cubierta exterior se escriben los nombres del padre, de la madre y de la criatura, junto a la fecha y hora del nacimiento, y se conserva en el o-mamori-bukuro de la familia. La hija, al casarse, lo lleva consigo a su nuevo hogar; el del hijo lo conservan los padres. Lo sepultan con los muertos; y si alguien muere en tierra extranjera, o perece en el mar, es enterrado en sustitución del cuerpo.


V

A propósito de quienes se hunden con sus barcos en el mar, y permanecen allí, imperan en esta lejana costa extrañas creencias, creencias más primitivas, sin duda, que la delicada fe que cuelga faroles blancos ante las tumbas. Algunos sostienen que los ahogados jamás viajan al Meido. Se agitan eternamente en las corrientes; se hinchan en el vaivén de las mareas; siguen con esfuerzo la estela de los juncos; vociferan en el impacto de las rompientes. Son sus blancas manos las que se agitan en la acometida del oleaje; son ellos los que hacen entrechocar los guijarros, o agarran los pies del nadador en el tirón de la resaca. Y los hombres de mar hablan eufemísticamente de los o-baké, los honorables espectros, y grande es el miedo que les inspiran. ¡Por eso tienen gatos a bordo!

Un gato, aseguran, posee el poder de tener a raya a los o-baké. No he podido encontrar a nadie capaz de decirme cómo o por qué. Sólo sé que se considera que los gatos tienen poder sobre los muertos. Si se deja a un gato a solas con un cadáver, ¿acaso el cadáver no se levantará y bailará? Y entre todos los gatos, el mike-neko, o gato de tres colores, es el más apreciado a este respecto por los marineros. Aunque si no pueden encontrar uno - y los gatos de tres colores son raros -, elegirán otro tipo de gato. Casi cada junco dedicado al comercio lleva un gato; y cuando el junco entra en puerto, suele verse al gato asomado a algún ventanuco en el costado del barco, o sentado en el espacio abierto donde se maneja el gran timón; esto es, si el tiempo es bueno y la mar está en calma.


VI

Estas atroces y primitivas creencias no perturban los bellos ritos de la fe budista en la época del Bon; y desde todas estas aldeas el decimosexto día se botan los shôryôbune. En estas costas son de factura más laboriosa y cara que en algunos otros lugares del Japón; pues aunque están hechos sólo de paja entretejida alrededor de un armazón, se trata de preciosos modelos a escala de juncos a los que no les falta detalle. Algunos miden entre tres y cuatro pies. En la vela de papel blanco está escrito el kaimyô o nombre del alma del difunto. A bordo Se coloca un pequeño recipiente lleno de agua dulce, y taza con incienso; y sobre la borda aletean pequeños estandartes de papel que llevan el manji místico, la esvástica sánscrita 14.

La forma del shôryôbune y las costumbres relacionadas con el momento y modo de su botadura difieren mucho según la provincia de que se trate. En la mayoría son botados para los muertos de la familia en general, dondequiera que estén enterrados; y en algunos lugares se los bota sólo de noche, con unos pequeños faroles a bordo. Y me han dicho también que en ciertas aldeas costeras es costumbre lanzar sólo los faroles, en sustitución de los shôryôbune propiamente dichos, faroles de un tipo especial fabricado exclusivamente para ese fin.

En el litoral de Izumo, sin embargo, y en otros lugares a lo largo de la costa occidental, los barcos de las almas son botados sólo para quienes se han ahogado en el mar, y la botadura tiene lugar por la mañana y no durante la noche. Una vez al año, y durante los diez años siguientes al fallecimiento, se bota un shôryôbune; al undécimo año, la ceremonia deja de celebrarse. Varios de los shôryôbune que vi en Inasa eran verdaderamente bonitos, y debieron de costar una suma nada despreciable para unos pobres pescadores. Sin embargo, el carpintero naval que los había hecho dijo que todos los parientes del ahogado contribuyen a la compra de la pequeña embarcación, año tras año.


VII

Cerca de una aldehuela somnolienta llamada Kami-ichi hago una breve pausa para visitar un famoso árbol sagrado. Está en un bosquecillo próximo a la carretera pública, aunque sobre una loma. Cuando entro en el bosquecillo me encuentro en una especie de valle en miniatura rodeado por tres lados de acantilados muy bajos sobre los que crecen unos pinos enormes, de una edad incalculable. Sus enormes raíces retorcidas se han abierto paso a través de la superficie de los acantilados, partiendo las rocas; y sus copas entrelazadas crean en la hondonada un crepúsculo verde. Uno de los pinos proyecta hacia el exterior tres enormes raíces de forma muy singular, cuyos extremos han sido envueltos con largos papeles blancos que llevan plegarias escritas, y con ofrendas de algas. Al parecer, la forma de estas raíces, más que cualquier tradición, es lo que para la fe popular hace que el árbol sea sagrado. Es objeto de un culto especial, y ante él han levantado un pequeño torii que muestra una declaración votiva ingenua y curiosa a más no poder. No puedo atreverme a ofrecer una traducción, aunque, sin duda alguna, posee un especial interés para el antropólogo y el folklorista. El culto al árbol, o al menos al kami que se supone mora en su interior, es la rara supervivencia de un culto fálico probablemente común a las razas más primitivas, y antaño estaba muy extendido en el Japón. De hecho, fue prohibido por el Gobierno hace poco más de una generación. En la vertiente opuesta de la pequeña hondonada, cuidadosamente colocado sobre una gran roca suelta, veo algo igualmente ingenuo y casi igualmente curioso: un kitôja-no-mono o exvoto. Dos figuras de paja unidas, que se inclinan hombro con hombro: un hombre y una mujer de paja. La factura es de una tosquedad infantil; sin embargo, es posible distinguir a la mujer del hombre gracias al ingenioso intento de imitar el tocado femenino con una brizna de paja. Y puesto que el hombre aparece con una coleta - que ahora sólo llevan los ancianos supervivientes de la época feudal -, sospecho que este kitôja-no-mono ha sido elaborado siguiendo un modelo antiguo y estrictamente tradicional. Resulta que este exvoto cuenta su propia historia. Dos enamorados fueron separados por culpa del hombre; quizá los encantos de alguna jôro fueron la tentación que lo llevó a la infidelidad. Entonces la agraviada vino hasta aquí y rogó al kami que disipara el engaño de la pasión y conmoviera el corazón descarriado. El ruego ha sido oído: la pareja se ha reunido; y «ella», por consiguiente, ha elaborado estas dos pintorescas efigies con sus propias manos, y las ha traído ante el kami del pino; muestras de su fe inocente y de su corazón agradecido.


VIII

Cae la noche cuando llegamos al bonito caserío de Hamamura, nuestro último lugar de reposo junto al mar, pues mañana nuestro camino nos lleva tierra adentro. La posada en la que nos alojamos es muy pequeña, pero también muy limpia y acogedora. Y hay un delicioso baño de agua caliente natural, pues el yadoya está situado cerca de un manantial natural. Me dicen que este manantial, tan extrañamente próximo a la playa, abastece también los baños de todas las casas de la aldea.

Ponen a nuestra disposición la mejor habitación; yo, sin embargo, me demoro un rato para examinar un espléndido shôryôbune que, en la playa próxima a la entrada, espera a ser botado mañana. Da la impresión de que lo han terminado no hace mucho pues, dispersos a su alrededor, se ven trocitos de paja, y en la vela no han escrito todavía el kaimyô. Me sorprendo cuando me dicen que pertenece a una viuda pobre y su hijo, que trabajan en el hotel.

Confiaba en ver el bon-odori en Hamamura, pero me llevo un chasco. En todas las aldeas la policía ha prohibido la danza. El miedo al cólera ha dado lugar a estrictas normas sanitarias. En Hamamura se ha ordenado a la gente que para beber, cocinar o lavar utilice sólo el agua caliente de sus manantiales volcánicos.

A la hora de la cena, viene a servirnos una mujer de mediana edad y voz dulcísima. Sus dientes están ennegrecidos y sus cejas afeitadas siguiendo la moda de las mujeres casadas de hace veinte años; su rostro, sin embargo, es agradable, y en su juventud debió de ser de una belleza poco común. Aunque hace de criada, parece que está emparentada con la familia propietaria de la posada, pues la tratan con la consideración debida a los parientes. Nos dice que el shôryôbune será botado en honor a su marido y a su hermano, ambos pescadores de la aldea, que perecieron a la vista de su propio hogar hará unos ocho años. El sacerdote del vecino templo zen acudirá por la mañana para escribir el kaimyô sobre la vela, puesto que nadie de la casa es diestro en escribir caracteres chinos.

Le doy, como es costumbre, una pequeña gratificación y, a través de mi asistente, le hago varias preguntas sobre su historia. Estaba casada con un hombre mucho mayor que ella, con el que era muy feliz; su hermano, un joven de dieciocho años, vivía con ellos. Poseían una buena barca, una pequeña parcela, y ella era diestra con el telar, de modo que se las arreglaban para vivir bien. En verano los pescadores faenan por la noche; cuando toda la flota ha salido, es bonito ver la hilera de antorchas, a dos o tres millas de distancia, como una ristra de estrellas. No salen cuando el tiempo es amenazador, pero en ciertos meses las grandes tormentas (taifu) llegan con tal rapidez que las barcas se ven sorprendidas casi antes de que les dé tiempo a arriar las velas. Inmóvil como el estanque de un templo estaba el mar la noche en que zarparon su marido y su hermano; el taifu se desató antes del alba. Lo que pasó a continuación lo cuenta la mujer con un sencillo patetismo que no puedo reproducir en nuestra más enrevesada lengua.

- Todas las barcas habían vuelto menos la de mi marido; es que mi marido y mi hermano habían ido más lejos que los otros, de modo que no pudieron volver tan rápidamente. Y todo el mundo miraba y esperaba. Y a cada momento parecía que las olas se hacían más altas y el viento más terrible; y las otras barcas tuvieron que ser arrastradas muy hacia dentro para que no se perdieran. Entonces, vimos de pronto la barca de mi marido que venía muy, muy deprisa. ¡Nos alegramos mucho! Se acercó tanto que pude ver el rostro de mí marido y el rostro de mi hermano. Pero de pronto una gran ola la golpeó en el costado y la hundió en el agua, y ya no volvió a salir. Y entonces vimos a mi marido y a mi hermano nadando; pero sólo podíamos verlos cuando las olas los levantaban. Las olas eran altas como colinas, y la cabeza de mi marido y la cabeza de mi hermano se elevaban más y más, y después se hundían, y cada vez que se levantaban hasta lo más alto de la ola y podíamos verlos, gritaban «¡Tasukete! ¡Tasukete15. Los hombres fuertes, sin embargo, tenían miedo; ¡el mar estaba tan encrespado!; ¡yo no era más que una mujer! Entonces ya no pudimos ver a mi hermano. Mi marido era viejo, pero muy fuerte; y nadó durante mucho tiempo, hasta llegar tan cerca que pude ver que su rostro era el rostro de alguien aterrorizado, y gritaba «¡Tasukete!». Pero nadie podía ayudarlo; y también él terminó por hundirse. Y aun así pude ver su rostro antes de que se hundiera.

»Y después, durante mucho tiempo, solía ver su rostro tal como lo vi entonces, de modo que no podía descansar, sólo podía llorar. Y recé y recé a los budas y a los kami-sama para no soñar ese sueño. Ahora nunca lo tengo; pero todavía puedo ver su rostro, incluso ahora mientras hablo... En aquella época mi hijo no era más que un niño pequeño.

No sin sollozos puede la mujer terminar su sencillo relato. Entonces, con una repentina inclinación de cabeza en dirección al esterado, y secándose las lágrimas con la manga, pide humildemente perdón por esta pequeña exhibición de emoción, y ríe, la risa queda y suave de rigor en la cortesía japonesa. Esto, debo confesar, me conmueve más que la historia misma. En el momento oportuno, mi asistente japonés cambia con delicadeza de tema e inicia una charla ligera sobre nuestro viaje y el interés del danna-sama en las viejas costumbres y leyendas de la costa. Y consigue entretenerla con un relato somero de nuestros vagabundeos por Izumo.

Ella pregunta adonde vamos. Mi asistente responde que, probablemente, hasta Tottori.

- ¡Aa! ¡Tottori! ¿Sô degozarimasu ka?... Bueno, pues hay una vieja historia... la historia del futón de Tottori. Aunque quizá el danna-sama sepa esa historia...

Pues no, el danna-sama no la sabe, y ruega encarecidamente que se la cuenten. Y la historia es anotada, más o menos como la escuché de labios de mi intérprete.


IX

Hace muchos años, un yadoya muy pequeño de Tottori recibió su primer huésped, un mercader ambulante. Fue recibido con desusada gentileza, pues el propietario deseaba una buena reputación para su pequeña posada. Era una posada nueva, pero como su dueño era pobre la mayor parte de sus dógu - muebles y enseres - habían sido adquiridos en la furuteya 16. Sin embargo, todo estaba limpio, y el lugar era cómodo y bonito. El huésped comió con gran apetito y bebió en abundancia buen sake caliente, tras lo cual le prepararon la cama en el blando suelo, y el hombre se echó a dormir.


(Debo aquí interrumpir el relato por unos instantes, para decir unas palabras sobre las camas japonesas. En una casa japonesa, a menos que esté enfermo uno de sus inquilinos, nunca verás de día una cama, aunque visites todas las habitaciones y mires en todos los rincones. De hecho, no existen camas en el sentido occidental del término. Lo que los japoneses llaman cama no tiene armazón, ni muelles ni colchón, ni sábanas ni mantas. Consiste sólo en gruesos edredones, rellenos, o más bien acolchados con algodón, que se llaman futones. Sobre el tatami (las esteras del suelo) se colocan varios futones, y varios más se utilizan a modo de mantas. Los ricos pueden descansar sobre cinco o seis edredones, y taparse con otros tantos si les apetece, mientras que los pobres deben conformarse con dos o tres. Y, por supuesto, hay futones de muchos tipos, desde el futón de algodón del criado, que no es mayor que la alfombrilla que en Occidente se coloca ante la chimenea, y no mucho más grueso, hasta el pesado y espléndido futón de seda, de ocho pies de largo y siete de ancho, que sólo los kanemochi pueden permitirse. También está el yogi, un edredón de gran tamaño, confeccionado con anchas mangas, como un kimono, que resulta muy cómodo cuando hace mucho frío. Durante el día, todo esto está cuidadosamente doblado y guardado en nichos practicados en la pared y cerrados con fusuma, bonitas puertas correderas cubiertas con papel opaco, normalmente decoradas con delicados dibujos. Allí se guardan también esas curiosas almohadas de madera inventadas para evitar que el tocado japonés se deshaga durante el sueño.

La almohada posee cierto carácter sagrado; sin embargo, no he podido averiguar el origen y la naturaleza precisos de las creencias sobre esta almohada. Sólo sé esto: que tocarla con el pie es considerado algo muy malo; y que si es golpeada o desplazada de este modo, aunque sea accidentalmente, la torpeza debe expiarse levantando la almohada hasta la frente con las manos, y devolviéndola respetuosamente a su posición original, con la palabra go-men, que significa «ruego se me perdone».)

Ahora bien, por regla general uno suele dormir como un tronco después de haber bebido sake en abundancia, en especial si la noche es fresca y la cama muy cómoda. Sin embargo, cuando el huésped no llevaba dormido mucho rato, le despertaron unas voces que se oían en su habitación, voces de niños, que siempre se hacían las mismas preguntas:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

La presencia de niños en la habitación podía molestar al huésped, pero no sorprenderle, pues en estos hoteles japoneses no hay puertas, sólo paneles correderos que separan una estancia de otra. Creyó así que, en la oscuridad, algún niño había entrado en su cuarto por error. El huésped soltó un suave reproche. Durante un instante, no hubo más que silencio; entonces, cerca de su oído, una vocecita dulce y lastimera preguntó:

- ¿Ani-San samukarô? [Hermano mayor, ¿es que hace frío?]

Y otra dulce voz contestaba, en tono acariciador:

- ¿Omae samukarô? [No, ¿es que tienes frío?]

Se levantó, volvió a encender la vela del andón 17, y miró por toda la habitación. No había nadie. Todos los shôji estaban cerrados. Examinó los armarios; estaban todos vacíos. Intrigado, volvió a tumbarse, sin apagar la luz; y al momento las voces volvieron a hablar, lastimeras, cerca de su almohada:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

Entonces, por primera vez, sintió que le atravesaba un escalofrío, que no se debía a la gelidez de la noche. Una y otra vez escuchó aquello, y en cada ocasión sentía más miedo. Pues sabía que las voces estaban «¡dentro del futón!». Era la cubierta de la cama la que así exclamaba.

Apresuradamente juntó sus escasas pertenencias, bajó las escaleras, despertó al amo y le dijo lo que pasaba. El amo, muy enfadado, replicó:

- Para complacer al honorable huésped todo se ha hecho, la verdad es; pero al haber bebido el honorable huésped demasiado augusto sake, malos sueños ha visto.

Sin embargo, el huésped insistió en saldar de inmediato su cuenta y buscar alojamiento en otro sitio.

A la noche siguiente vino otro huésped que pidió posada por esa noche. A hora avanzada, el amo fue despertado por su cliente con la misma historia. Y este huésped, cosa rara, no había tomado sake alguno. Sospechando una conjura de envidiosos para arruinar su negocio, el amo repuso, airadamente:

- Para complacerte a ti todas las cosas honorables se han hecho; sin embargo, malhadadas e irritantes palabras pronunciaste. Y que mi posada, mi medio-de-vida es, eso también tú lo sabes. Por tanto, que cosas así se hablen, ¡derecho-no-hay-ninguno!

Ante esto, el huésped se encolerizó, y dijo a voces cosas mucho peores; y los dos se separaron de mala manera.

Sin embargo, una vez el huésped se hubo marchado, el amo, pensando que todo aquello era muy extraño, subió hasta la habitación vacía para examinar el futón. Y mientras estaba allí oyó las voces, y descubrió que los huéspedes no le habían dicho más que la verdad. Era uno de los futones, sólo uno, el que hablaba. El resto permanecía en silencio. Llevó el futón a su cuarto y se tapó con él durante el resto de la noche. Y las voces siguieron hasta la hora del alba:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

De modo que no pudo pegar ojo.

El caso es que al romper el día se levantó y fue en busca del dueño de la furuteya en la que había adquirido el futón. El comerciante no sabía nada. Había comprado el futón en una tienda más pequeña, y el dueño de dicha tienda se lo había comprado a un comerciante más pobre todavía que habitaba en el suburbio más alejado de la ciudad. Y el posadero fue de uno a otro, preguntando. Se averiguó finalmente que el futón había pertenecido a una familia pobre, y había sido comprado al amo de una casita en la que dicha familia había vivido, en los aledaños de la ciudad. Y la historia del futón era la siguiente:

El alquiler de la casita era sólo de sesenta sen al mes, pero incluso esto era muchísimo para aquella gente pobre. El padre sólo podía ganar dos o tres yenes al mes, y la madre estaba enferma y no le era posible trabajar; y había dos niños, uno de seis años y otro de ocho. Y eran forasteros en Tottori.

Un día de invierno, el padre enfermó; tras una semana de sufrimiento, murió y fue enterrado. Entonces la madre, que llevaba largo tiempo enferma, le siguió, y los niños se quedaron solos. No conocían a nadie a quien pudieran pedir ayuda; y para sobrevivir comenzaron a vender todo lo vendible.

No era gran cosa: las ropas del padre y la madre muertos, y la mayor parte de la suya propia; varios edredones de algodón, y unos pobres y escasos enseres domésticos: hibachi, cuencos, vasos y otras menudencias. Cada día vendían algo, hasta que no les quedó más que un futón. Y llegó un día en que no tuvieron nada que comer; y el alquiler quedó sin pagar.

Había llegado el terrible Dai-kan, la estación de mayor frío; y la nieve se había acumulado demasiado ese día como para permitirles alejarse mucho de la casita. Así que no pudieron sino tumbarse bajo su único futón, y tiritar juntos, compadeciéndose el uno del otro a su manera infantil:

- ¿Ani-San samukarô?

- ¿Omae samukarô?

No tenían fuego, ni nada con que encenderlo; y llegó la oscuridad, y el viento gélido entraba chillando en la casita.

El viento les asustaba, pero más les asustó el casero, quien los hizo levantarse de mala manera para exigirles el alquiler. Era un hombre duro, de rostro malvado. Y al ver que nadie había allí para pagarle, echó a los niños a la nieve, les arrebató el futón y cerró la casa con llave.

No tenían más que un delgado kimono cada uno, pues toda su ropa había sido vendida para comprar comida; y no tenían adonde ir. No lejos de allí había un templo de Kannon, pero la nieve era demasiado alta como para que pudieran llegar a él. De modo que cuando el casero se hubo ido, se acercaron a escondidas a la parte trasera de la casa. Allí les invadió la somnolencia del frío, y se durmieron, abrazándose el uno al otro en busca de calor. Y mientras dormían, los dioses los taparon con un futón nuevo, de un blanco espectral, y muy bello. Y ya no volvieron a sentir frío. Durante muchos días durmieron allí; entonces alguien los encontró y les prepararon un lecho en la hakaba del templo de Kan-non, la de los mil brazos.

Y el posadero, al enterarse de esto, entregó el futón a los sacerdotes del templo, e hizo que se recitara el kyô por aquellas dos almas menudas. Y a partir de ese momento, el futón dejó de hablar.


X

Una leyenda evoca otra; y muchas y extrañas son las que escucho esta noche. La más notable es un relato del que mi asistente se acuerda de pronto, una leyenda de Izumo.

Una vez, en una aldea de Izumo llamada Mochida-no-ura, vivió un labrador tan pobre que temía tener hijos. Y cada vez que su esposa le daba un criatura, él la arrojaba al río, y fingía que había nacido muerta. En unas ocasiones era un varón, en otras una niña; pero la criatura era siempre arrojada de noche al río. De este modo fueron asesinadas seis.

Sin embargo, con el paso de los años, el labrador prosperó. Había podido comprar tierra y ahorrar dinero. Y por fin su esposa le dio a su séptimo hijo, un niño.

Entonces el hombre dijo:

- Ahora podemos mantener a un niño, y necesitaremos a un hijo que nos ayude cuando seamos viejos. Y este niño es hermoso. Así que lo criaremos.

Y la criatura prosperó; y cada día el duro labrador se maravillaba de su propio corazón, pues cada día sabía que amaba más a su hijo.

Una noche de verano, salió a su huerto con el niño en brazos. El pequeño tenía cinco meses.

Y la noche era tan bella, con su gran luna, que el labrador exclamó:

- ¡Aa! ¡Kon ya medzurashii e yo da! [¡Ah! ¡Esta noche, una noche verdadera y maravillosamente hermosa es! ]

Entonces el niño, mirando a su padre a la cara y con las palabras de un hombre, dijo:

- ¡Pero padre!, la «última» vez que me arrojaste al río la noche era idéntica a ésta, y la luna tenía el mismo aspecto, ¿verdad?18 Y a partir de entonces el niño fue como todos los niños de su edad, y no dijo una palabra.

El labrador se hizo monje.


XI

Después de la cena y el baño, siento demasiado calor como para dormir y salgo solo para visitar la hakaba de la aldea, un cementerio alargado que se extiende sobre una colina de arena, o más bien una prodigiosa duna cuya cúspide está cubierta por una delgada capa de tierra, aunque por sus flancos, que están deshaciéndose, revela la historia de su creación merced a antiguas mareas, mareas mucho más poderosas que las de hoy.

Para llegar al cementerio, avanzo con dificultad a través de las dunas con la arena llegándome hasta las rodillas. Es una cálida noche de luna, con una brisa intensa. Hay muchos faroles bon (bondôrô), aunque el viento marino ha apagado la mayoría de ellos; sólo unos cuantos, aquí y allá, todavía despiden un suave resplandor blanco, bonitos cajones de madera en forma de santuario, con aperturas de trazado simbólico cubiertas con papel blanco. No hay más visitante que yo, pues ya es tarde. Sin embargo, hoy se ha hecho aquí mucho trabajo fruto del cariño, pues en todos los jarrones de bambú se han colocado flores o ramilletes nuevos, también se han llenado las pilas con agua fresca, y limpiado y embellecido los monumentos. Y en el rincón más alejado del cementerio, encuentro, colocada ante una tumba muy humilde, una bonita bandeja de mesa zen o lacada, cubierta con platos y cuencos que contienen una perfecta y exquisita colación japonesa. Hay también un par de palillos nuevos, y una tacita de té; algunos de los platos están todavía tibios. El trabajo de una mujer afectuosa; las huellas de sus pequeñas sandalias se ven frescas en el sendero.


XII

Dice un proverbio popular irlandés que es posible recordar cualquier sueño siempre que el soñador, tras despertar, se abstenga de rascarse la cabeza en su esfuerzo por recordarlo. Sin embargo, si olvida esta precaución, jamás volverá a venirle el sueño a la memoria: lo mismo le daría intentar cambiar la forma de los bucles de un anillo de humo. De hecho, novecientos noventa y nueve sueños de cada mil se evaporan inevitablemente. Hay, sin embargo, ciertos sueños poco frecuentes que llegan cuando la fantasía se ha visto extrañamente impresionada por experiencias poco comunes - sueños que suelen producirse especialmente en tiempo de viaje - que permanecen en el recuerdo, imaginados con toda la vividez de los acontecimientos reales.

De este tipo era el sueño que tuve en Hamamura, después de haber visto las cosas sobre las que he escrito antes.

Un lugar amplio y pavimentado - quizás el pensamiento del patio de un templo - teñido por un sol suave; y ante mí una mujer, ni joven ni vieja, sentada en la base de un gran pedestal gris que sostenía no recuerdo qué, pues sólo podía mirar el rostro de la mujer. Por unos instantes pensé que la recordaba: era una mujer de Izumo; entonces me pareció una criatura extraña. Sus labios se movían, pero sus ojos permanecían cerrados, y yo no podía hacer otra cosa que mirarla.

Y con una voz que parecía llegarme levemente a través de una distancia de años, la mujer inició una salmodia queda y lastimera; y mientras escuchaba me venían vagos recuerdos de una canción de cuna celta. Y mientras cantaba, la mujer se soltaba con una mano sus largos cabellos negros, hasta que éstos caían hechos espirales sobre las piedras. Y, una vez caídos, ya no eran negros, sino azules, de un pálido azul celeste, y se movían sinuosamente, arrastrándose veloces de un lado a otro, en ondas azules. Y entonces, de pronto, me daba cuenta de que las ondas estaban lejos, muy lejos, y de que la mujer había desaparecido. Sólo estaba el mar, cuyas olas azules se extendían hasta las lindes del cielo, con lentos y prolongados relampagueos de espuma silenciosa.

Y al despertar, oí en la noche el murmullo del verdadero mar, el discurso inmenso y ronco de la Hotoke-umi, «la Marea de las Animas que Regresan».


Notas

12 «Acceded honorablemente [a darnos] un cubo.»

13 El kappa no es propiamente un duende marino, sino fluvial, y ronda por el mar sólo cerca de las desembocaduras de los ríos. Aproximadamente a una milla y media de Matsue, en la aldea de Kawachi-mura, junto al río llamado Kawachi, se alza un pequeño templo llamado Kawako-no-miya, o el Miya de los Kappa. (En Izumo, entre el vulgo, no se utiliza la palabra kappa, sino kawako o El Niño del Río.) En este pequeño santuario, se conserva un documento que, se dice, fue firmado por un kappa. Se cuenta que, antiguamente, el kappa que moraba en el Kawachi solía atrapar y matar a muchos habitantes de la aldea y muchos animales domésticos. Un día, sin embargo, mientras intentaba hacerse con un caballo que había entrado en el río para abrevar, la cabeza del kappa quedó de algún modo atrapada bajo la cincha del animal, y el aterrorizado caballo, tras salir precipitadamente del agua, arrastró al kappa hasta un campo. Una vez allí, el amo del caballo y varios campesinos agarraron al kappa y lo ataron. Todos los aldeanos se congregaron para ver al monstruo, quien bajó la cabeza hasta el suelo y de un modo audible pidió clemencia. Los campesinos querían matar de inmediato al duende, pero el amo del caballo, que daba la casualidad de que era el jefe del mura, dijo:
- Sería mejor hacerle jurar que jamás volverá a tocar ni a persona ni a animal perteneciente a Kawachi-mura. Se preparó un juramento escrito, que le fue leído al kappa. Cuentan que, aunque no sabía escribir, pudo firmar el papel metiendo la mano en tinta y estampando sus huellas al pie del documento. Acordado esto y llevado a la práctica, el kappa fue liberado. Desde ese momento, ningún habitante o animal de Kawachi-mura volvió a ser asaltado por el duende.

14 Se trata de un símbolo budista.

15 «¡Socorro! ¡Socorro!»

16 Furuteya, la tienda del que comercia con género de segunda mano furute.

17 Andón, un farol de papel de peculiar factura utilizado como luz nocturna. Algunas formas de andón son de notable belleza.

18 ¡Otosan! Washi wo shimai ni shitesashita toki mo, chôdo kon ya no yona tsuki yo data-ne?; dialecto de Izumo.


En En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón (1904)
Traducción: José Manuel de Prada Samper
Barcelona, El acantilado Ediciones, 2002
Foto: Lafcadio Hearn o Koizumi Yakumo en 1889 por Frederick Gutekunst

7 dic. 2012

Lafcadio Hearn - En el mercado de los muertos

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Lafcadio Hearn © Bettmann/CORBIS


I

Son un poco más de las cinco de la tarde. A través de la puerta abierta de mi pequeño estudio la brisa creciente del atardecer comienza a agitar los papeles de mi escritorio, y el fuego blanco del sol japonés está adquiriendo ese tono ámbar pálido que indica que el calor del día ha terminado. No hay en el cielo una sola nube, ni siquiera una de esas bellas formaciones blancas y fibrosas, como fantasmas de pelusa de seda, que normalmente nadan en este cielo, el más etéreo de los cielos terrenales, incluso en el tiempo más seco.

Una sombra repentina aparece en mi puerta. Akira, el joven estudiante budista, está en el umbral liberando sus pies blancos de las correas de sus sandalias, como preparación para su entrada, y sonriendo como el dios Jizô.

- ¡Ah!, komban, Akira.

- Esta noche - dice Akira mientras se sienta en el suelo en la postura de Buda sobre el loto - , tendrá lugar el Bon-ichi. ¿Te gustaría verlo?

- Oh, Akira, me gustaría ver todas las cosas de este país. Pero dime, te lo ruego, ¿a qué se parece el Bon-ichi?

- El Bon-ichi - responde Akira - es un mercado en el que se vende todo lo necesario para la Fiesta de los Muertos; y la Fiesta de los Muertos comenzará mañana: se embellecerán todos los altares de los templos y todas las aras domésticas de los buenos budistas.

- Entonces quiero ver el Bon-ichi, Akira, y también me gustaría ver un altar budista, un altar doméstico.

- Sí, ¿vendrás a mi habitación? - pregunta Akira - . No está lejos, en la calle de los Ancianos, más allá de la calle del Río Pedregoso, y cerca de la calle Eterna. Hay allí un butsuma, un altar doméstico, y por el camino te hablaré del Bonku.

Así que, por primera vez, oigo hablar de estas cosas, sobre las que ahora me dispongo a escribir.

II

Del 13 al 15 de julio se celebra la Fiesta de los Muertos, el Bommatsuri o Bonku, llamado por algunos europeos Fiesta de los Faroles. Sin embargo, en muchos lugares se celebran anualmente dos fiestas de este tipo; pues quienes todavía siguen el antiguo cómputo lunar del tiempo sostienen que el Bommatsuri debería caer en los días 13, 14 y 15 del séptimo mes del calendario antiguo, que corresponde a un periodo posterior del año.

A primeras horas de la mañana del día 13, se extienden sobre todos los altares budistas esteras nuevas de la más pura paja de arroz tejidas especialmente para la festividad, y también sobre todos los butsuma o butsudan, el pequeño altar ante el cual se ofrecen las oraciones matinales y vespertinas en todos los hogares creyentes. Los altares de templos y casas también se decoran con hermosos adornos de papel de colores, y con flores y brotes de ciertas plantas ahuecadas, siempre con verdaderas flores de loto, cuando es posible obtenerlas, si no con lotos de papel y ramas recién cortadas de shikimi (anís) y misohagi (lespedeza). Entonces se coloca sobre al altar una mesita lacada - llamada zen - como las que se utilizan habitualmente en Japón para servir la comida, y sobre ella se ponen las ofrendas. Sin embargo, en los altares más pequeños de las casas japonesas lo más frecuente es que las ofrendas se coloquen sencillamente sobre la estera de arroz, envueltas en hojas frescas de loto.

Estas ofrendas consisten en los alimentos llamados somen, parecidos a nuestros fideos; gozen, que es arroz hervido, dango, una especie de pequeña albóndiga; berenjenas, y frutos del tiempo, a menudo uri y saikwa, rodajas de melón y sandía, y ciruelas y melocotones. A menudo se añaden pasteles y otras exquisiteces. En ocasiones la ofrenda consiste sólo en o-sho-jin-gu (honorable comida cruda); más a menudo es o-rio-gu (honorable comida hervida); aunque, naturalmente, jamás incluye pescado, carnes o vino. Al espectral huésped se le da agua clara, con la que, mediante una rama de misohagi, se rocía ocasionalmente el altar del templo, o el interior del altar doméstico; cada hora se sirve té a los invisibles visitantes, y todo se presenta primorosamente en pequeños platos, vasos y cuencos, como si se tratara de huéspedes vivos, con hashi (palillos) puestos junto a la ofrenda. De este modo, durante tres días, se agasaja a los muertos.

Al ocaso, se encienden antorchas de pino, clavadas en el suelo delante de cada casa, para guiar a los espíritus visitantes. En ocasiones, también, durante la primera noche del Bommatsuri, se prenden hogueras de bienvenida (mukaebi) a lo largo de la orilla del mar, lago o río junto al que se encuentra la aldea o ciudad, ni más ni menos que ciento ocho hogueras, número éste que tiene algún tipo de significado místico en la filosofía del budismo. Cada noche, en las entradas de las casas se cuelgan unos adorables faroles, los faroles de la Fiesta de los Muertos, faroles de formas y colores especiales, bellamente pintados con evocaciones de paisajes y formas de flores, y siempre decorados con un peculiar fleco de serpentinas de papel.

Igualmente, esa misma noche, quienes tienen amigos muertos acuden a los cementerios y hacen allí ofrendas, y rezan, queman incienso y vierten agua para las ánimas. Se ponen flores en los jarrones de bambú colocados junto a cada haka, y se encienden y cuelgan faroles delante de las tumbas, aunque estos faroles no llevan dibujos.

A la puesta del sol del día 15, en los templos sólo se hacen las ofrendas llamadas segaki. Entonces se alimenta a las ánimas del Círculo de Penitencia, llamado Gakidô, el lugar de los espíritus hambrientos; entonces, los sacerdotes alimentan también a aquellas ánimas que no tienen entre los vivos otros amigos que velen por ellos. Estas ofrendas son muy, muy pequeñas, como las que se hacen a los dioses.

III

Pues bien, me dice Akira, el origen de las ofrendas segaki, tal como se cuenta en el libro sagrado Busetsuuran-bongyo es el siguiente:

Dai-Mokenren, el gran discípulo de Buda, obtuvo el mérito de los Seis Poderes Sobrenaturales. Y en virtud de ellos le fue dado ver el alma de su madre en el Gakidô, el mundo de los espíritus condenados a sufrir hambre como expiación por faltas cometidas en una vida anterior. Mokenren vio que su madre sufría mucho; su dolor la hacía lamentarse terriblemente, y Mokenren llenó un cuenco con la comida más selecta y se lo mandó. El vio cómo ella intentaba comer; pero cada vez que trataba de llevarse la comida a los labios, ésta se convertía en fuego y brasas ardientes, de modo que no podía comer. Entonces Mokenren preguntó al Maestro qué podía hacer para aliviar el dolor de su madre. Y el Maestro respondió:

- Durante el decimoquinto día del séptimo mes, alimenta a las ánimas de los grandes sacerdotes de todos los países.

Y Mokenren, una vez lo hubo hecho, vio que su madre se había visto liberada del estado de gaki y bailaba de contento. Éste es también el origen de las danzas llamadas bon-odori, que se bailan en todo el Japón durante la Fiesta de los Muertos.

En la tercera y última noche tiene lugar una ceremonia de misteriosa belleza, más conmovedora que las ofrendas segaki, más extraña que el bon-odori: la ceremonia de la despedida. Todo cuanto pueden hacer los vivos para complacer a los muertos se ha hecho; el tiempo asignado por los poderes de los mundos invisibles a los espectrales visitantes casi ha terminado, y sus amigos deben hacerlos regresar.

Todo está listo para ellos. En cada hogar pequeñas barcas hechas de paja de cebada prietamente tejida han sido abastecidas de comida selecta, de pequeños faroles y de mensajes escritos de fe y amor. Rara vez tienen estas barcas más de dos pies de longitud; los muertos, sin embargo, necesitan poco espacio. Y las frágiles embarcaciones se botan en el canal, el lago, el mar o el río, cada cual con su farol en miniatura brillando en la proa e incienso humeando en la popa. Y si la noche es buena, su travesía es larga. Por arroyos, ríos y canales, las flotas espectrales avanzan con su pálida luz hacia el mar; y hasta el horizonte, el mar todo centellea con las luces de los muertos, y el viento marino trae la fragancia de su incienso.

Mas, ¡ay!, actualmente en los grandes puertos de mar está prohibido botar los shôryôbune, las barcas de las ánimas bienaventuradas.

IV

Tan angosta es la calle de los Ancianos, que si extiendes los brazos puedes tocar a un mismo tiempo los letreros de tela estampada de las tiendecitas de ambos lados. Y estas casitas en forma de arca parecen de verdad casas de muñecas; aquella en la que vive Akira es incluso más pequeña que el resto, pues no tiene ni tienda ni segundo piso en miniatura. Está cerrada a cal y canto. Akira descorre el amado de madera que constituye la puerta, y después los paneles con láminas de papel que hay detrás; y así abierta, la diminuta estructura, con su trabajo de carpintería sin pintar y sus separaciones de papel pintadas, se parece un poco a una gran pajarera. Sin embargo, el esterado de juncos del suelo elevado es reciente, despide un olor dulce y está inmaculado; y mientras nos descalzamos para subirnos encima, veo que todo lo que hay allí dentro es pulcro, curioso y bonito.

- La mujer ha salido - dice Akira, al tiempo que coloca el brasero (hibachi) en medio del suelo, y extiende a su lado una esterilla para que me acuclille en ella.

- Pero ¿qué es esto, Akira? - pregunto señalando una delgada tabla que, atada a una cinta, cuelga de la pared; una tabla cortada del centro de una rama de tal modo que se ha dejado la corteza de los bordes. Sobre ella, exquisitamente pintadas, hay dos columnas de signos misteriosos.

- Oh, eso es un calendario - responde Akira - . En el lado de la derecha están los nombres de los meses que tienen treinta y un días; a la izquierda, los nombres de los que tienen menos. Bueno, pues aquí tienes un altar doméstico.

En la hornacina que es parte indispensable de la estructura de los cuartos de huéspedes japoneses, hay un armarito de factura local pintado con figuras de aves en vuelo; y sobre este armarito está el butsuma. Es un altar pequeño, lacado y dorado, con puertecitas que imitan las de la entrada al recinto de un templo; se trata de un altar muy pintoresco, muy destartalado (una de las puertas ha perdido sus goznes), pero que no deja de ser un objeto exquisito a pesar de la laca agrietada y el dorado desvaído. Akira lo abre con una especie de sonrisa compasiva; y yo miro el interior en busca de la imagen. No la hay; sólo una tablilla de madera que lleva adherida una tira de papel blanco, con caracteres japoneses - el nombre de una niña muy pequeña, muerta -, un jarrón con flores marchitas, un diminuto grabado de Kannon, la diosa de la compasión, y un pebetero lleno de cenizas de incienso.

- Mañana - dice Akira -, la mujer decorará esto, y hará las ofrendas de comida para la pequeña.

Colgada del techo, en el otro extremo de la habitación y delante del altar, hay una maravillosa y simpática máscara, graciosa y de tez sonrosada; es el rostro de una muchacha regordeta y risueña, con dos misteriosos lunares en la frente, el rostro de Otafaku. Da vueltas y más vueltas movida por la suave corriente de aire que entra por el shôji abierto; y cada vez que esos divertidos ojos negros, entrecerrados por la risa, me miran, no puedo evitar sonreír. Y colgados más alto todavía, veo pequeños emblemas sintoístas de papel (gohei), un sombrero en miniatura en forma de mitra que imita los que se llevan en las danzas sagradas, un emblema en cartón de la gema mágica (Niô-i hôjiu) que los dioses llevan en las manos, una muñequita japonesa, un pequeño molinillo que se pone a dar vueltas con el más mínimo soplo de aire, y otros juguetes indescriptibles, en su mayoría simbólicos, como los que se venden los días festivos en los patios de los templos: los juguetes de la niña muerta.

- ¡Komban! - exclama a nuestras espaldas una voz dulcísima.

Allí está la madre, sonriendo, como si estuviera encantada del interés del desconocido por su butsuma; es una mujer de mediana edad, de la más humilde condición, no muy atractiva, pero con una cara llena de bondad. Le devolvemos su saludo vespertino; y mientras yo me siento sobre la esterilla puesta ante el hibachi, Akira le susurra algo, e inmediatamente una pequeña tetera es puesta a hervir sobre un hornillo de carbón. Es probable que vayamos a tomar algo de té.

Mientras Akira se sienta frente a mí, al otro lado del hibachi, le pregunto:

- ¿Qué nombre es el que vi en la tablilla?

- El nombre que viste - responde - , no era el nombre verdadero. El nombre real está escrito en el otro lado. Después del fallecimiento, el sacerdote da otro nombre. Un muchacho muerto se llama Ryochi Dôji; una muchacha, Mioyo Dônyo.

Mientras hablamos, la mujer se acerca al pequeño altar, lo abre, reordena los objetos que hay dentro, enciende la diminuta lámpara, y con las manos juntas y la cabeza gacha comienza a orar. Parece no sentirse en absoluto violenta por nuestra presencia y nuestra charla, como quien está acostumbrado a hacer lo que es bello y correcto sin importarle lo que diga la gente; reza con esa franqueza valiente y sincera que es patrimonio exclusivo de los pobres de este mundo, esas almas sencillas que nunca tienen un secreto que ocultar, ni a los suyos ni al cielo, y sobre quienes Rushkin dijo noblemente: «Ellos son los más santos entre nosotros.» Ignoro qué palabras murmura su corazón: sólo oigo a veces ese quedo sonido sibilante, producido al aspirar con suavidad por entre los labios, que entre este tipo de personas índica el deseo más humilde de complacer.

Mientras observo este pequeño y tierno rito, tomo conciencia de algo que se agita oscuramente en el misterio de mi propia vida, que me resulta familiar de un modo vago e indefinible, como un recuerdo ancestral, como el renacer de una sensación olvidada hace dos mil años. Parece estar mezclado, de alguna extraña manera, con mi somero conocimiento de un mundo más antiguo, cuyos dioses domésticos eran también los muertos queridos; y hay en este lugar una misteriosa dulzura, como una presencia invisible de lares.

A continuación, terminada su breve plegaria, la mujer vuelve a su hornillo en miniatura. Habla y ríe con Akira; prepara el té, lo vierte en diminutas tazas y nos lo sirve, arrodillándose en esa actitud tan llena de gracia - pintoresca, tradicional - que durante seiscientos años ha sido la actitud de la mujer japonesa sirviendo té. En verdad, una parte considerable de la vida de la mujer japonesa transcurre de este modo, sirviendo tacitas de té. Incluso como fantasma, aparece en los grabados populares ofreciéndole a alguien tazas espectrales de té espectral. De todas las ilustraciones japonesas de fantasmas, no conozco ninguna más patética que aquella en la que el espectro de una mujer, humildemente arrodillada, ¡ofrece una tacita de té a su arrepentido asesino, al que está acosando!

- Vayamos ahora al Bon-ichi - dice Akira, levantándose - ; ella tendrá que ir pronto, y ya está oscureciendo. ¡Sayonara!

De hecho, cuando abandonamos la casita es casi de noche: las estrellas despuntan en la franja de cielo que asoma sobre la calle; sin embargo, hace una noche deliciosa para pasear, con una brisa tibia que sopla a intervalos y produce extensas sacudidas a lo largo de las millas de colgaduras que anuncian las tiendas. El mercado está en la callejuela situada en las lindes de la ciudad, justo al pie de la colina donde se levanta el gran templo budista de Zoto-Kuin, en el Motomachi, a sólo diez manzanas de distancia.

V

La curiosa callejuela es un largo resplandor de luces, luces de los faroles que alumbran letreros, luces de antorchas y lámparas que iluminan extrañas hileras de puestecitos y casetas situados en el espacio que queda frente a los escaparates de cada lado, formando dos líneas de fuegos multicolor que convergen en la lejanía. Entre estas líneas se desplaza un denso gentío que llena la noche con un chacoloteo de geta y que ahoga incluso la marea de voces murmurantes y las exclamaciones del comerciante.

Sin embargo, ¡qué movimiento tan suave!, no hay empujones, ni malos modos; todo el mundo, incluso los más débiles y pequeños, tiene oportunidad de verlo todo; y hay muchas cosas que ver.

- ¡Hasu-no-hana!'... ¡Hasu-no-ha!

Aquí están los vendedores de flores de loto para las tumbas y los altares, de hojas de la misma planta con las que envolver la comida de las ánimas queridas. Las hojas, dobladas en fajos, se amontonan sobre mesas diminutas; las flores de loto, capullos y flores entremezclados, se ofrecen erguidas en ramos inmensos, sostenidos por armazones ligeros de bambú.

- ¡Ogara!... ¡Ogara-ya!

Haces de largas varillas descortezadas. Se trata de palitos de cáñamo. El extremo más delgado puede romperse para hacer hashi para las ánimas; el resto debe consumirse en las mukaebi. En rigor, todos estos palitos deberían hacerse de madera de pino; pero el pino es muy escaso y caro para la gente pobre de este distrito, de modo que en su lugar se utiliza ogara.

- ¡Kawarake!... ¡Kawarake-ya!

Los platos de las ánimas: pequeñas fuentes poco profundas, de barro rojo sin vidriar; alfarería primigenia torneada de un modo que ahora sólo existe para los muertos, alfarería cuyas formas siguen una tradición más antigua que la religión de Buda.

- ¿Ya-bondoro-wa-irimasenka?

Los faroles, los faroles bon, que iluminarán los pasos de las ánimas en el camino de regreso. Todos son bellos. Los hay hexagonales, como los faroles de los grandes santuarios; algunos tienen forma de estrella, y otros son como grandes huevos luminosos. Están decorados con exquisitas pinturas de flores de loto, y en los bordes llevan serpentinas de papel de bien escogidos colores, o quizás anchas cintas de papel en las que se han recortado bonitas evocaciones de capullos de loto. Y aquí hay faroles de un blanco inmaculado, redondos como lunas; son para los cementerios.

- ¡O-kazari! ¡O-kazari-ya!

Los vendedores de todos los artículos de decoración para la Fiesta de los Muertos.

- ¡Komo-demo!... ¡Nandemo!

Aquí tenemos esteras blancas, recién hechas, de paja de arroz para los butsumas y los altares; y aquí están los warauma, caballitos hechos con briznas de paja, para que los monten los muertos; y los waraushi, pequeños bueyes de paja que harán para ellos su espectral tarea. Todo honorablemente barato. ¡O-yasui! Aquí están también las ramas de shikimi para los altares, y ramilletes de misohagi con los cuales rociar de agua las ofrendas segaki.

- ¡O-kazari-mono-wa-irimasenka!

Exquisitas borlas hechas con ristras de granos de arroz, de color blanco y escarlata, como si de los más exquisitos abalorios se tratara; y maravillosos adornos de papel para el butsuma; y varillas de incienso (senko) de todas clases, desde las más corrientes, a un par de centavos el manojo, hasta las carísimas, a un yen, largas, ligeras, de color chocolate, frágiles bastoncillos, como el grafito de los lápices, cada manojo atado por fajas de papel dorado y de colores. Coges una, prendes un extremo y colocas el otro erguido sobre un recipiente que contiene cenizas blandas; seguirá humeando, llenando el aire de fragancia, hasta que se consuma del todo.

- ¡Hotaru-ni-kirigisu!... ¡O-kodomo-shu-no-onagusa-mi!... ¡Oyasuku-makemasu!

¡Eh! ¿Qué es todo esto? Una pequeña caseta, con la forma de la garita de un centinela, hecha toda ella de listones, cubierta de papel ajedrezado de color rojo y blanco; y de esta frágil estructura sale un chirrido agudo como el ruido del vapor al escaparse.

- Oh, eso no son más que insectos - dice Akira, riéndose -; no tiene nada que ver con el Bonku.

Insectos, ¡sí!, ¡en jaulas! El chirrido lo hacen decenas de grandes grillos verdes, cada uno de los cuales está recluido, en solitario, dentro de una pequeña jaula de bambú.

- Se los alimenta con berenjena y cáscara de melón - prosigue Akira -, y se los vende a los niños para que jueguen con ellos.

Y hay también bellas jaulitas repletas de luciérnagas, jaulas cubiertas con mosquitera marrón, sobre cada una de las cuales un pincel japonés ha realizado, con colores brillantes, un dibujo sencillo pero muy bonito. Un grillo, con su jaula, dos centavos. Quince luciérnagas, con su jaula, cinco centavos.

Aquí, en una esquina de la calle, tras una mesa baja de madera, se acuclilla un muchacho ataviado con una túnica azul que vende cajas de madera aproximadamente del tamaño de las cajas de cerillas, con bisagras de papel rojo. Sobre la mesa, junto a las pilas de estas cajitas, hay unos platos llanos repletos de agua clara, en los que flotan extraordinarias formas delgadas y planas, formas de flores, árboles, pájaros, animales, hombres y mujeres. Abre una caja; sólo cuesta dos centavos. Dentro, envueltos en papel de seda, hay manojos de bastoncillos pálidos, como cerillas redondas, con el extremo rosado. Echa uno dentro del agua y, al instante, se desenrolla y expande hasta adoptar la forma de una flor de loto. Otro se transforma en pez. Un tercero se convierte en barca. Un cuarto adopta la forma de un búho. Un quinto deviene una planta de té, cubierta de hojas y flores... Tan delicadas son estas cosas que, una vez sumergidas, no es posible manipularlas sin romperlas. Están hechas de algas marinas.

- ¡Tsukuri hana!... ¿Tsukuri-hana-wa-irimasenka?

Son los vendedores de flores artificiales, maravillosos crisantemos y plantas de loto de papel, imitaciones de capullos, hojas y flores, trabajadas de un modo tan ingenioso que no es posible a simple vista detectar el bello engaño. Nada más justo que el que estas flores cuesten mucho más que sus modelos vivos.

VI

Al otro extremo de la radiante calle, muy por encima de la aglomeración, del clamor y de las mil hogueras de los comerciantes, el gran templo Shingon descuella sobre su colina, destacándose contra la noche estrellada de un modo misterioso, como un sueño, extrañamente iluminado por hileras de faroles de papel que cuelgan de todos sus curvos aleros; y el flujo del gentío me lleva hasta allí. De su amplia entrada, sobre una masa oscura y en movimiento que sé son las cabezas de la muchedumbre de fieles, surge una ancha franja de luz amarilla; y antes de llegar a los escalones custodiados por leones, oigo el repicar continuo del gong del templo, cada uno de cuyos golpes señala una ofrenda y una oración. Sin duda, una cascada de dinero está cayendo en la gran arca de las limosnas; pues esta noche es la Fiesta de Yakushi-Nyorai, el Médico de Almas. Llevado por fin hasta los peldaños, puedo detenerme un instante, a pesar de la presión de la muchedumbre, ante el puesto de un vendedor de faroles que vende los faroles más perfectos que haya visto nunca. Cada uno es un gigantesco loto de papel, confeccionado con tanta perfección en todos sus detalles que parece una flor viviente, recién cortada; los pétalos son en la base de un color carmesí que en las puntas palidece hasta la blancura; el cáliz es una imitación impecable de la naturaleza, y bajo él pende un bello fleco de recortes de papel, coloreados con los tonos de la flor, verde bajo el cáliz, blanco en el centro, carmesí en los extremos. En el corazón de la flor hay una microscópica lámpara de aceite de barro cocido; cuando se enciende, toda la flor deviene luminosa, diáfana, un loto de fuego blanco y carmesí. Hay un delgado y dorado aro de madera por el que colgarla, y el precio es de ¡cuatro centavos! ¿Cómo puede alguien permitirse hacer cosas así por cuatro centavos, incluso en este país donde todo es asombrosamente barato?

Akira está intentando decirme algo sobre el hyaku-hachi-no-mukaebi, las Ciento Ocho Hogueras, que se prenderán mañana por la noche, y que guardan cierta relación figurada con los Ciento Ocho Deseos Estúpidos; sin embargo, no puedo oírlo a causa del chacoloteo de los geta y los komageta, los zuecos y las sandalias de madera de los fieles que ascienden hasta el santuario de Yakushi-Nyorai. Las sandalias ligeras de paja de los hombres más pobres, las zôri y las waraji, no hacen ruido; el gran chacoloteo lo producen realmente los delicados pies de las mujeres y las muchachas, que guardan cuidadosamente el equilibrio sobre sus ruidosos geta. Y la mayor parte de estos piececitos están cubiertos por tabi inmaculados, blancos como el loto. En su mayor parte, estos pies blancos pertenecen a pequeñas madres de azules túnicas, madres sonrientes que, con plácidos y bellos bebés a la espalda, ascienden pacientemente la colina en dirección a Buda.

Y mientras, por entre la luz coloreada de los faroles, avanzo con estas gentes plácidas y ruidosas y ascendiendo los grandes escalones de piedra, entre otros despliegues de lotos, entre otros setos de flores de papel, mis pensamientos vuelven de pronto al pequeño altar roto en el cuarto de la pobre mujer, con los humildes juguetes colgados ante él, y la máscara risueña y volteante de Otafuku. Veo los ojillos felices y graciosos, oblicuos y con sombras de seda, como los del propio Otafuku, que solían mirar aquellos juguetes, juguetes en los que los lozanos sentidos infantiles encontraban una fascinación que apenas puedo vagamente atisbar, un gozo hereditario, ancestral. Veo a la tierna criaturita mientras la llevan, como sin duda la llevaron muchas veces, por entre una muchedumbre pacífica como ésta, en una noche igual de templada y luminosa, oteando desde los hombros de la madre, aferrándose suavemente a su cuello con sus manitas.

La madre está aquí, en algún lugar, entre esta muchedumbre. Esta noche volverá a sentir el leve contacto de las manitas, mas no volverá la cabeza para mirar y reírse, como en otros tiempos.


En En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón
Traducción: José Manuel de Prada Samper
Imagen: © Bettmann/CORBIS