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26 jun. 2011

Dashiell Hammett - Sombra en la noche

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Un sedan con los faros apagados estaba parado en el arcén, más arriba del puente de Piney Falls. Cuando lo adelanté, una chica asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—Por favor.

Aunque su tono era apremiante, no contenía la suficiente energía como para volverlo desesperado o perentorio.

Frené y puse la marcha atrás. Mientras hacía esta maniobra, un tipo se apeó del coche. A pesar de la débil luz vi que se trataba de un joven corpulento. Señaló en la dirección que yo llevaba y dijo:

—Amigo, sigue tu camino.

—Por favor, ¿quieres llevarme a la ciudad? —preguntó la chica. Tuve la sensación de que intentaba abrir la portezuela del sedan. El sombrero le cubría un ojo.

—Encantado —respondí.

El joven que estaba en la carretera dio un paso hacia mí, repitió el ademán y ordenó:

—Eh, tú, esfúmate.

Bajé del coche. El hombre de la carretera echó a andar hacia mí, cuando del interior del sedan surgió una voz masculina áspera y admonitoria..

—Tranquilo, Tony, tranquilo. Es Jack Bye.

La portezuela del sedan se abrió y la chica se apeó de un salto.

—¡Ah! —exclamó Tony e, inseguro, arrastró los pies por la carretera. Al ver que la chica se dirigía a mi coche, gritó indignado— ¡Oye, no puedes largarte con...!

La chica ya estaba en mi dos plazas, y murmuró:

—Buenas noches.

Tony me hizo frente, meneó testarudamente la cabeza y empezó a decir:

—Que me cuelguen antes de permitir que...

Lo sacudí. Fue un buen golpe porque le di duro, pero estoy convencido de que podría haberse levantado si hubiese querido. Le concedí unos segundos y pregunté al tipo del sedan, al que seguía sin ver:

—¿Te parece bien?

—Tony se recuperará —respondió deprisa—. Lo cuidaré.

—Muy amable de tu parte.

Subí a mi coche y me senté junto a la chica. Empezaba a llover y comprendí que no me libraría de calarme hasta los huesos. En dirección a la ciudad nos adelantó un cupé en el que viajaban un hombre y una mujer. Cruzamos el puente detrás de ellos.

—Has sido realmente amable —declaró la chica—. La verdad es que no corría el menor peligro, pero fue..., fue muy desagradable.

—No son peligrosos, pero pueden volverse... muy desagradables —coincidí.

—¿Los conoces?

—No.

—Pues ellos te conocen a ti. Son Tony Forrest y Fred Barnes —no dije nada. La chica añadió: 

Te tienen miedo.

—Soy un desesperado. 

La chica rió.

—Y esta noche has sido muy amable. No me habría largado sola con ninguno, aunque pensé que con los dos... —se subió el cuello del abrigo—. Me estoy mojando.

Volví a parar y busqué la cortinilla correspondiente al lado del acompañante.

—De modo que te llamas Jack Bye —dijo mientras colocaba la cortinilla.

—Y tú eres Helen Warner.

—¿Cómo lo sabes? —se acomodó el sombrero.

—Te tengo vista —terminé de colocar la cortinilla y volví a montar en mi dos plazas.

—¿Sabías quién era cuando te llamé? —preguntó en cuanto volvimos a rodar por la carretera.

—Sí.

—Hice mal en salir con ellos en esas condiciones.

—Estás temblando.

—Hace frío.

Añadí que, lamentablemente, mi petaca estaba vacía.

Habíamos entrado en el extremo oeste de Heilman Avenue. Según el reloj de la fachada de la joyería de la esquina de Laurel Street eran las diez y cuatro. Un policía con impermeable negro estaba recostado contra el reloj. Yo no sabía lo suficiente sobre perfumes como para distinguir el que llevaba la chica.

—Estoy aterida —declaró—. ¿Por qué no paramos en algún sitio a tomar una copa?

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Mi tono debió de desconcertarla, pues giró rápidamente la cabeza para mirarme bajo la tenue luz.

—Me encantaría, a menos que tengas prisa —respondió.

—Voy bien de tiempo. Podemos ir a Mack’s. Sólo queda a tres o cuatro calles pero... es un local para negros.

La chica rió.

—Lo único que espero es que no me envenenen.

—No lo harán. ¿Estás segura de que quieres ir?

—No tengo la menor duda —exageró sus temblores—. Estoy helada, y es temprano.

Toots Mack nos abrió la puerta. Por la amabilidad con que inclinó su cabeza negra, calva y redonda, y por el modo en que nos dio las buenas noches, supe que lamentaba que no hubiésemos ido a otro bar, pero sus sentimientos me traían sin cuidado. Dije con demasiada exaltación:

—Hola, Toots. ¿Cómo te trata la noche?

Sólo había unos pocos parroquianos. Ocupamos una mesa en el rincón más alejado del piano. Súbitamente la chica clavó la mirada en mí, y sus ojos tan azules se tomaron muy redondos.

—En el coche me pareció que veías —comenté.

—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —me interrumpió y se sentó.

—¿Ésta? —me toqué la mejilla con la mano—. Fue hace un par de años, en una pelotera. Deberías ver la que tengo en el pecho.

—Algún día iremos a nadar —añadió alegremente—. Siéntate de una vez y no hagas que espere más esa copa.

—¿Estás segura...?

Se puso a tararear y siguió el ritmo tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Quiero una copa, quiero una copa, quiero una copa —su boca pequeña, de labios llenos, se curvaba hacia arriba, sin ensancharse, cada vez que sonreía.

Pedimos nuestros tragos. Hablamos demasiado rápido. Hicimos chistes y reímos aunque no tuvieran gracia. Hicimos preguntas —entre ellas, el nombre del perfume que llevaba— y prestamos demasiada o ninguna atención a las respuestas. Cuando creía que no lo veíamos, Toots nos miraba severamente desde detrás de la barra. Todo era bastante malo.

Tomamos otra copa y propuse:

—Bueno, vámonos.

La chica estuvo bien, pues no se mostró impaciente por irse ni por quedarse. Las puntas de su cabello rubio ceniza se curvaban alrededor del ala del sombrero, a la altura de la nuca.

Al llegar a la puerta dije:

—Mira, en la esquina hay una parada de taxis. Supongo que no te molestará que no te acompañe a casa.

Me cogió del brazo.

—Claro que me molesta. Por favor... —la acera estaba mal iluminada. Su rostro parecía el de una niña. Apartó la mano de mi brazo—. Pero si prefieres....

—Creo que lo prefiero.

La chica añadió lentamente:

—Jack Bye, me caes bien y te agradezco mucho que...

—Está bien, no te preocupes —la interrumpí, nos dimos la mano y yo volví a entrar en el despacho clandestino de bebidas.

Toots seguía detrás de la barra. Se acercó y dijo, meneando la cabeza con pesar:

—No deberías hacerme estas cosas.

—Lo sé y lo lamento.

—No deberías hacértelas a ti mismo —acotó con la misma tristeza—. Chico, no estamos en Harlem, y si el viejo juez Warner se entera de que su hija sale contigo y viene aquí, puede ponemos las cosas difíciles a los dos. Me gustas, pero debes recordar que por muy clara que sea tu piel, o por mucho que hayas ido a la universidad, no dejas de ser negro.

—¿Y qué coño crees que quiero ser? —repliqué—. ¿Un chino?


1924

Imagen: © John Springer Collection/CORBIS