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7 mar. 2007

Palabra nudo (Menchu Gutiérrez)

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BABELIA - 27-08-2005

Hay palabras que cuesta pronunciar, palabras devastadoras para quien las pronuncia o las escucha, y que, movidas por la emoción, forman un nudo en la garganta. Y hay palabras también que, en sí mismas, constituyen un nudo; palabras que se adelgazan y estiran, para estrangularse después en un sello hecho de sonido y significado.

La palabra nudo se hechiza a sí misma. Tiene el poder de poner a dormir y de despertar, de dar y quitar, de invertir la corriente del río. Es una palabra mágica.

Amarrada su embarcación por falta de viento, el marinero finlandés acudía a pedir la ayuda del brujo. Para que pudiera hacerse a la mar, éste entregaba al marinero tres nudos. Si se abría el primero, comenzaba a soplar una suave brisa, ese regalo que la sabia tradición marinera llama "la flor del viento"; si el segundo, un aire que hinchaba con fuerza las velas; de abrir el tercero, el aire se transformaba en viento huracanado. En el nudo estaba apresada la que podría llamarse semilla del viento.

En el nudo, recinto cerrado, puede guardarse lo que es peligroso y lo que tiene la capacidad de curar. Lo que se quiere, se oculta o se teme. Hecho de posibilidades, vida en estado latente, el nudo es un cruce en el tiempo.

Existe una especie de cactus, el peyote, que, junto al maíz, los ciervos y las águilas, la religión de los indios huicholes mexicanos venera como a una deidad. Antiguamente, para obtener esta planta, de la cual dependían sus cosechas, la salud y el bienestar de la comunidad, los hombres de la tribu huichol debían realizar un largo viaje. Todos los miembros de la tribu participaban en multitud de rituales y de tareas de purificación destinadas a colaborar en el éxito de la empresa. La mujer no sólo debía permanecer casta durante ese periodo, sino eliminar toda huella de pecado, cualquier perturbación que pudiera alterar el curso de la misión, en la que en realidad todos estaban embarcados. Pocos días después de iniciarse el viaje, cada mujer rastreaba en su memoria el recuerdo de todos los hombres a los que había amado desde su infancia; tomaba una cuerda y por cada uno de sus enamorados, lo que es igual a decir por cada uno de sus deseos, hacía un nudo. Con la cuerda llena de nudos, la mujer se dirigía al templo y, tras pronunciar en voz alta los nombres de cada uno de ellos, la arrojaba al fuego del altar. En un alto en el camino, también los hombres construían hogueras, y en lo que equivale a un acto de confesión, repasaban sus faltas. Para quedar limpios y ser merecedores de esta planta, los hombres nombraban sus pecados y los trasladaban, convertidos en nudos, a una cuerda que después arrojaban al fuego.

Palabra anudada: quizá las vocales tiran de un extremo de la cuerda y las consonantes del otro, desgarrando las sílabas; tiran con fuerza hasta ahogar en el nudo el sonido y el significado que un día se encerró en él. Un año o un siglo más tarde, deshecho el nudo de silencio, la palabra puede volver a formarse.

El nudo convoca la idea de tiempo; de pasado traído al presente. Al quemar el nudo, el pasado, el hito del tiempo, desaparece.

Porque habla de un eterno presente el signo matemático del infinito es un nudo perfecto; igual que el "nudo sin fin" budista, emblema de longevidad y de alianza con la vida, un nudo que no tiene punto de comienzo ni punto final, "nudo magnífico" que representa el corazón de Buda y su conocimiento ilimitado y permanente.

La palabra nudo es también un gran secreto, y como todos los secretos, al concentrarse, aumenta de forma ilimitada su poder. El nudo se deshace en la ceremonia, en el acto mágico. Mientras vive en forma de nudo, la palabra se lleva guardada; quizá escrita y colgada al cuello como un amuleto bajo la ropa, o incluso escrita en la piel.

La primera referencia a la palabra mágica "Abracadabra" aparece en un tratado médico del reinado del emperador Séptimo Severo. Es posible que la palabra sea corrupción de la voz sagrada gnóstica "Abraxas", que a su vez derivaría de otra antigua palabra sagrada, dirigida a Dios y que rogaba: "No me hagas daño". Otros, remontan el origen de "Abraxas" al pitagórico, Basílides de Alejandría, para quien esta voz, que nombra la divinidad, estaba dotada de trescientas sesenta y cinco virtudes. Por eso quizá "Abracadabra", antes de convertirse en contraseña de iniciados y sociedades secretas, tuvo poderes curativos, y repetida cierto número de veces, curaba las fiebres. "Abraxas", el nombre de Dios, es el nudo por excelencia, que, pronunciado, obra el milagro de la sanación.

La poesía entiende muy bien por qué en el recinto cerrado de la palabra nudo, anillo perfecto, se concentra el poder mágico.

Recordemos el final del Mago Merlín. Cuando en el bosque de Broceliande, Merlín conoce a la bella Niniane, se enamora locamente de ella. Niniane hace prometer al mago que éste le enseñará la totalidad de su arte. Enséñame, le pide, a mantener encadenado a mí a un hombre, sin necesidad de grilletes, ni de levantar muros a su alrededor; enséñame a atarlo a mí con palabras mágicas. A sabiendas de que él mismo puede convertirse en víctima del encantamiento, Merlín sucumbe al deseo de Niniane y le entrega todo su saber. Podría decirse que le enseña a hacer un nudo, un nudo de amor del que es imposible escapar. Un día, Niniane describe nueve círculos de pasos alrededor de Merlín y nueve veces susurra las palabras mágicas, quedando Merlín en su interior, eternamente prisionero.

El poeta que indaga con palabras en el poder de la palabra, está clavado ante la puerta de su cueva interior y busca su llave sonora. Atento a su respiración, cree poseer la mitad de la palabra y espera la llegada de la otra mitad.

Consumada la palabra, aparece el mago, álter ego del poeta, y la sella.

El nudo queda formado.


En El país, gracias a Adamar

Patricia Damiano, entexto