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20 jun. 2015

Descarga: Robert Graves y Raphael Patai - Los mitos hebreos

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Mitos hebreos es un análisis académico y, sin embargo, fascinante de los mitos contenidos en el libro del Génesis, el relato bíblico de la creación. Robert Graves, el ilustre autor de Los mitos griegos, y Raphael Patai, el eminente antropólogo judío y estudioso de la Biblia, han analizado conjuntamente a la luz de la antropología y la mitología modernas sesenta y una narraciones sobre fuerzas cósmicas, divinidades, ángeles y demonios, gigantes y héroes del Génesis y otras fuentes antiguas hebreas y arameas.

Graves y Patai muestran un profundo conocimiento de dos tradiciones religiosas distintas, y lo hacen desde la perspectiva de diferentes campos de estudio. Especialistas y profanos disfrutarán de él por igual.

17 abr. 2015

Descarga: Robert Graves - Dioses y héroes de la antigua Grecia

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Robert Graves pone al alcance de todos, jóvenes y mayores, los mitos griegos, imprescindibles para comprender no sólo la civilización griega y aun la romana, sino también para disfrutar en toda su riqueza del arte y la cultura occidentales. Las entretenidas historias protagonizadas por dioses como Zeus, Hera, Hermes o Poseidón, o por héroes como Heracles y Perseo, se trasforman, gracias a la maestría de Graves, en ágiles relatos llenos de sabiduría, en ocasiones hilarantes, en una obra destinada a acercar a los lectores a seres tan fascinantes como el caballo alado Pegaso, la hermosa Andrómeda, el cazador Orión o el centauro Quirón, y deleitarse con narraciones como las de los Siete contra Tebas, Leda y el cisne, Orfeo y Eurídice, o las orejas del rey Midas.

15 dic. 2014

Descarga: Robert Graves - La Diosa Blanca

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Aunque la popularidad de Robert Graves provenga fundamentalmente del prodigioso díptico narrativo formado por «Yo, Claudio» y «Claudio, el Dios y su esposa Mesalina», los trabajos de investigación histórica y los ensayos ocupan un lugar primordial en el conjunto de su obra.

La Diosa Blanca es una Gramática histórica del mito poético que reconstruye el lenguaje mágico de la Europa antigua mediterránea y septentrional, vinculado a ceremonias religiosas populares en honor de la diosa Luna. Los invasores procedentes del Asia Central remodelaron o falsificaron esos viejos mitos procedentes de la época paleolítica, en tanto que los primeros filósofos griegos sustituyeron el antiguo legado por el lenguaje poético racional en honor a Apolo. «La actual es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía: en la que la serpiente, el león y el águila corresponden a la carpa del circo; el buey, el salmón y el jabalí, a la fábrica de conservas; el caballo de carrera y el lebrel, a la pista de apuestas, y el bosquecillo sagrado, al aserradero.»

Sin embargo, «el lenguaje de la verdadera poesía» siempre estará asociado a los viejos mitos.

Este trabajo de Graves acerca de los mitos es complementado posteriormente con otras obras: Los mitos griegos y Los mitos hebreos. Para quien desee profundizar en el estudio de los mitos y su interpretación la obra de referencia es, sin duda, Antropología estructural de Claude Lévi-Strauss. También es importante, y ampliamente citada por Graves, La rama dorada de James Frazer.

7 nov. 2014

Descarga: Robert Graves - Los mitos griegos

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Los mitos griegos es una mitografía, un compendio de mitología griega, elaborada por el poeta y escritor Robert Graves. Fue publicada en 1955 y revisada por el autor en 1960. Sistematizan el amplísimo material de la mitología clásica de acuerdo con un método consistente «en reunir en una narración armoniosa todos los elementos diseminados de cada mito, apoyados por variantes poco conocidas que pueden ayudar a determinar su significado, y en responder a todas las preguntas que van surgiendo en términos antropológicos o históricos»

7 dic. 2010

Robert Graves - Anceo en la huerta de las naranjas

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Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte y le condujeron, con manifiesto desprecio por sus sandalias griegas, su corta túnica manchada por el viaje y su pesada capa de marinero, ante la gran sacerdotisa y gobernadora de Mallorca que vivía en la cueva del Drach, la entrada a los Infiernos más distante de Grecia, de las muchas que existen.

Como en aquellos momentos estaba absorta en cierto trabajo de adivinación, la gran sacerdotisa envió a Anceo al otro lado de la isla para que lo juzgara y dispusiera de él su hija, la ninfa de la sagrada huerta de naranjos en Deia. Fue escoltado a través de la llanura y de las montañas escarpadas por un grupo de hombres desnudos, pertenecientes a la hermandad de la Cabra; pero por orden de la gran sacerdotisa, éstos se abstuvieron de conversar con él durante el camino. No se detuvieron ni un instante en su viaje, a paso ligero, excepto para postrarse ante un enorme monumento de piedra que se hallaba al borde del camino y donde, de niños, habían sido iniciados en los ritos de su hermandad. En tres ocasiones llegaron a la confluencia de tres caminos y las tres veces dieron una gran vuelta para no acercarse al matorral triangular rodeado de piedras. Anceo se alegró al ver cómo se respetaba a la Triple Diosa, a quien están consagrados estos recintos.

Cuando por fin llegó a Deia, muy fatigado y con los pies doloridos, Anceo encontró a la ninfa de las Naranjas sentada muy erguida sobre una piedra, cerca de un manantial caudaloso que brotaba con fuerza de la roca de granito y regaba la huerta. Aquí la montaña, cubierta por una espesura de olivos silvestres y encinas, descendía bruscamente hacia el mar, quinientos pies más abajo, salpicado aquel día hasta la línea del horizonte por pequeñas manchas de bruma que parecían ovejas paciendo.

Cuando la ninfa se dirigió a él, Anceo respondió con reverencia, utilizando la lengua pelasga y manteniendo la mirada fija en el suelo. Todas las sacerdotisas de la Triple Diosa poseen la facultad de echar el mal de ojo que, como bien sabía Anceo, puede convertir el espíritu de unhombre en agua y su cuerpo en piedra, y puede debilitar a cualquier animal que se cruza en sucamino, hasta causarle la muerte. Las serpientcs oraculares que cuidan estas sacerdotisas tienen el mismo poder terrible sobre pájaros, ratones y conejos. Anceo también sabía que no debía decirle nada a la ninfa excepto en respuesta a sus preguntas, y aun entonces hablar con la mayor brevedad y en el tono más humilde posible.

La ninfa mandó retirarse a los hombres-cabra y éstos se apartaron un poco, sentándose todos en fila al borde de una roca hasta que volviera a llamarlos. Eran gentes tranquilas y sencillas, con ojos azules y piernas cortas y musculosas. En lugar de abrigar sus cuerpos con ropas los untaban con el jugo de lentisco mezclado con grasa de cerdo. Cada uno llevaba colgado a un lado del cuerpo un zurrón de piel de cabra lleno de piedras pulidas por el mar; en la mano llevaban una honda, otra enrollada en la cabeza y una más que les servía de taparrabo.

Suponían que pronto la ninfa les ordenaría que acabasen con el forastero, y ya debatíanamistosamente entre sí quién iba a tirar la primera piedra, quién la segunda, y si iban a permitirle salir con ventaja para darle caza montaña abajo o iban a hacerle pedazos cuando se acercara a ellos, apuntando cada uno a una parte distinta de su cuerpo.

La huerta de naranjos contenía cincuenta árboles y rodeaba un santuario de roca habitado poruna serpiente de tamaño descomunal que las otras ninfas, las cincuenta Hespérides, alimentaban diariamente con una fina pasta hecha de harina de cebada y leche de cabra. El santuario estaba consagrado a un antiguo héroe que había traído la naranja a Mallorca desde algún país en las lejanas riberas del océano. Su nombre había quedado olvidado y se referían a él simplemente como «el Benefactor»; la serpiente se llamaba igual que él porque había sido engendrada de su médula y su espíritu le daba vida. La naranja es una fruta redonda y perfumada, desconocida en el resto del mundo civilizado, que al crecer es primero verde, después dorada y tiene una corteza caliente y la pulpa fresca, dulce y firme. Crece en un árbol de tronco liso, con hojas brillantes y ramas espinosas, y madura en pleno invierno, al revés de los demás frutos. No se come cualquier día en Mallorca, sino sólo una vez al año, en el solsticio de invierno, después de la ritual masticación de ladierno y de otras hierbas purgantes; si se come de esta forma la naranja concede una larga vida, pero es un fruto tan sagrado que en cualquier otro momento basta con catarla para que sobrevenga la muerte inmediata, a no ser que la propia ninfa de las Naranjas la administre.

En estas islas, gracias a la naranja, tanto los hombres como las mujeres viven tanto tiempo como desean; por regla general sólo deciden morir cuando se dan cuenta de que están convirtiéndose en una carga para sus amigos por la lentitud de sus movimientos o la insipidez de su conversación. Entonces, por cortesía, se marchan sin despedirse de sus seres queridos ni crear ningún alboroto en la cueva —pues todos viven en cuevas— escabulléndose sin decir nada, y se arrojan de cabeza desde una roca, complaciendo de este modo a la diosa quien aborrece toda queja y dolor innecesarios y premia a estos suicidas con funerales distinguidos y alegres.

La ninfa de las Naranjas era alta y hermosa. Llevaba una falda acampanada y con volantes alestilo cretense, de un tejido teñido del color de la naranja con tintura de brezo, y por arriba, como prenda única, llevaba puesto un chaleco verde de manga corta sin abrochar delante, mostrando así la esplendidez y la plenitud de sus senos. Los símbolos de su cargo eran un cinturón formado por innumerables piezas de oro eslabonadas en forma de serpiente con ojos de piedras preciosas, un collar de naranjas verdes secas, y una cofia alta bordada con perlas y coronada con el disco de oro de la luna llena. Había dado a luz a cuatro hermosas niñas, de las cuales la más pequeña la sucedería un día en su cargo, al igual que ella, que era la menor de sus hermanas, sucedería un día a su madre, la gran sacerdotisa en Drach. Estas cuatro niñas, como aún no tenían edad suficiente para ser ninfas, eran doncellas cazadoras, muy diestras en el manejo de la honda y salían con los hombres para darles buena suerte en la caza. La doncella, la ninfa y la madre forman la eterna trinidad en la isla, y la diosa, a quien se venera allí en cada uno de estos aspectos, representados por la luna nueva, la luna llena y la luna menguante, es la deidad soberana. Es ella la que infunde la fertilidad en aquellos árboles y plantas de los que depende la vida humana. ¿No es acaso bien sabido que todo lo verde brota mientras la luna crece y deja de crecer mientras la luna mengua, y que sólo la caliente y rebelde cebolla no obedece sus fases mensuales? Sin embargo, el sol, su hijo varón, que nace y muere cada año, la asiste con sus cálidas emanaciones. Esta era la razón por la que el único hijo varón parido por la ninfa de las Naranjas, puesto que era la encarnación del sol, había sido sacrificado a la diosa, según la costumbre, mezclándose seguidamente los trozos despedidos de su carne con la semilla de la cebada para asegurar una abundante cosecha.

A la ninfa le sorprendió descubrir que la lengua pelasga que hablaba Anceo se parecía mucho a la de las islas. Pero aunque se alegró de poderle interrogar sin verse obligada a recurrir a la pesada tarea de hacer gestos y de trazar dibujos sobre la arcilla con una varita, por otra parte se sintió un poco preocupada al pensar que quizás Anceo había estado conversando con los hombres-cabra sobre asuntos que tanto ella como su madre tenían por norma que ellos desconociesen. Lo primero que le preguntó fue:

—¿Eres cretense?

—No, sagrada ninfa —contestó Anceo—; soy pelasgo, de la isla de Samos en el mar Egeo, y por lo tanto no soy más que primo de los cretenses. Pero mis señores son griegos.

—Eres un viejo y feo despojo humano —dijo ella.

—Perdóname, sagrada ninfa —le contestó—. He llevado una vida muy dura.

Cuando le preguntó por qué lo habían abandonado en la costa de Mallorca, respondió que había sido desterrado de Samos por su obstinada observancia del antiguo ritual de la diosa — pues últimamente los samios habían introducido el nuevo ritual olímpico que ofendía su alma religiosa— y él, sabiendo que en Mallorca se veneraba a la diosa con inocencia primitiva, le había pedido al capitán del barco que lo desembarcara allí.

—Es curioso —observó la ninfa—. Tu historia me recuerda la de un campeón llamado Hércules que visitó nuestra isla hace muchos años cuando mi madre era la ninfa de este huerto. No puedo contarte los pormenores de su historia, porque mi madre no gustaba de hablar de ella durante mi infancia, pero eso sí que me consta: Hércules fue enviado por su señor, el rey Euristeo de Micenas (dondequiera que esté Micenas) a recorrer el mundo para realizar una serie de trabajos que a primera vista parecían imposibles, y todo, según dijo, por su obstinada devoción hacia los antiguos rituales de la diosa. Llegó en canoa y desembarcó en la isla, anunciando con sorprendente osadía que había venido en nombre de la diosa a recoger un cesto de naranjas sagradas de esta huerta. Era un hombre—león y por este motivo llamaba mucho la atención en Mallorca, donde no tenemos ninguna hermandad del León ni entre los hombres ni entre las mujeres, y además estaba dotado de una fuerza colosal y de un prodigioso apetito por la comida, la bebida y los placeres del amor. Mi madre se encaprichó con él y le dio las naranjas generosamente, y además lo honró haciéndole su compañero durante la siembra de primavera. ¿Has oído hablar del tal Hércules?

—En una ocasión fui compañero suyo de navío, si os referís a Hércules de Tirinto —respondió Anceo—. Eso fue cuando navegué a los Establos del Sol, a bordo del famoso Argo, y siento deciros que el muy canalla seguramente engañó a vuestra madre. No tenía ningún derecho a pedirle la fruta en nombre de la diosa, pues la diosa le odiaba.

A la ninfa le divirtió su vehemencia y le aseguró que había quedado satisfecha de sus credenciales y que podía levantar los ojos y mirarle a la cara y hablar con ella con un poquito más de familiaridad, si lo deseaba. Pero tuvo cuidado de no ofrecerle la protección formal de la diosa. Le preguntó a qué hermandad pertenecía y él respondió que era un hombre—delfín.

—Ah —exclamó la ninfa—. Cuando me iniciaron en los ritos de las ninfas por primera vez y me dejé acompañar por hombres en el surco abierto después de la siembra, fue con nueve hombres—delfín. El que elegí como preferido se convirtió en campeón solar, o rey de la guerra, para el año siguiente, según nuestras costumbres. Nuestros delfines forman una hermandad pequeña y muy antigua y se distinguen por su talento musical que supera incluso al de los hombres—foca.

—El delfín responde a la música de forma encantadora —asintió Anceo.

—Sin embargo —continuó la ninfa—, cuando di a luz, no tuve una niña a la que hubiera conservado, sino un niño; y a su debido tiempo mi hijo regresó, despedazado, al surco del cual había salido. La diosa se llevó lo que había dado. Desde entonces no me he atrevido a dejarme acompañar por ningún hombre—delfín, pues considero que esta sociedad me trae mala suerte. A ningún hijo varón de nuestra familia se le permite vivir más allá de la segunda siembra. Anceo tuvo el valor de preguntar:

—¿Es que ninguna ninfa o sacerdotisa (ya que las sacerdotisas tienen tanto poder en esta isla) ha intentado jamás entregarle su propio hijo varón, en secreto, a una madre adoptiva, criando a la hija de esta madre en su lugar, para que ambas criaturas puedan sobrevivir?

—Puede que en tu isla se practiquen trucos de esta clase, Anceo —le respondió severamente la ninfa—, pero en la nuestra no. Aquí ninguna mujer engaña jamás a la Triple Diosa.

—Naturalmente, sagrada ninfa —respondió Anceo—. Nadie puede engañar a la diosa. Pero volvió a preguntar:

—¿No es quizás vuestra costumbre, si una ninfa real siente un afecto fuera de lo común por su hijo varón, sacrificar en su lugar un becerro o un cabrito, envolviéndolo en las ropas del pequeño y poniéndole sandalias en los pies? En mi isla se supone que la diosa cierra los ojos ante tales sustituciones y que luego los campos rinden con la misma abundancia. Es únicamente después de una mala estación, cuando el grano se agosta o no crece, que se sacrifica a un niño en la siguiente siembra. Y aun así, siempre es un niño de padres pobres, no de estirpe real.

La ninfa volvió a responder con el mismo tono severo:
—En nuestra isla no. Aquí ninguna mujer se burla jamás de la Triple Diosa. Por eso prosperamos. Esta es la isla de la inocencia y de la calma.

Anceo asintió diciendo que desde luego era la isla más agradable de los cientos que había visitado en sus viajes, sin exceptuar la suya, Samos, llamada Isla Florida.

—Estoy dispuesta a escuchar tu relato —dijo entonces la ninfa—, si no es aburrido. ¿Cómo es que tus primos, los cretenses, han dejado de visitar estas islas como hacían antaño, en tiempos de mi bisabuela, conversando con nosotros con buenas maneras en un lenguaje que, aunque no era el nuestro, podíamos entender muy bien? ¿Quiénes son estos griegos, tus señores, que vienen en los mismos barcos que en un tiempo usaron los cretenses? Vienen a vender las mismas mercancías —jarrones, aceite de oliva, tinturas, joyas, lino, muelas de esmeril y excelentes armas de bronce—, pero utilizan el carnero en lugar del toro como mascarón de proa y hablan en una lengua ininteligible y regatean con unos modales groseros y amenazantes, y miran impúdicamente a las mujeres y roban cualquier pequeño objeto que encuentran en su camino. No nos gusta nada comerciar con ellos y muchas veces les hacemos marchar con las manos vacías, rompiéndoles los dientes con los tiros de nuestras hondas y abollando sus cascos de metal con piedras grandes.

Anceo explicó que la tierra al norte de Creta, que en un tiempo había sido conocida por Pelasgia, se llamaba ahora Grecia en honor de sus nuevos señores. La habitaba una población notablemente mixta. Los pobladores más antiguos eran los pelasgos terrestres quienes, según se cuenta, habían salido de los dientes desparramados de la serpiente Ofión cuando la Triple Diosa la había despedazado. A estos pobladores se unieron primero los colonos cretenses de Cnosos, luego los colonos henetes de Asia Menor, mezclados con los etíopes de Egipto, cuyo poderoso rey Pélope dio su nombre a la parte sur de estas tierras, el Peloponeso, y construyó ciudades con enormes murallas de piedras y tumbas de mármol blanco en forma de colmena como las chozas africanas; y finalmente los griegos, un pueblo bárbaro dedicado al pastoreo, procedentes del norte, más allá del río Danubio, que bajaron a través de Tesalia en tres invasiones sucesivas y acabaron tomando posesión de todas las fuertes ciudades peloponesas.

Estos griegos gobernaron a las otras gentes de forma insolente y arbitraria. Y por desgracia, sagrada ninfa —dijo Anceo—, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa. La ninfa se preguntó si no habría entendido mal sus palabras.

—Y ¿quién podría ser el dios padre? —preguntó—. ¿Cómo es posible que una tribu adore a un padre? ¿Qué es un padre sino el instrumento que una mujer utiliza de vez en cuando para su placer y para poderse convertir en madre?

Empezó a reír con desdén y exclamó:
—Por el Benefactor, juro que esta historia es la más absurda que jamás he oído. ¡Padres, nada menos! Supongo que estos padres griegos amamantan a sus hijos y siembran la cebada y cabrahígan las higueras y dictan las leyes y, en una palabra, realizan todas las demás tareas de responsabilidad propias de la mujer, ¿no?

Estaba tan irritada que dio unos golpecitos con el pie sobre una piedra y la cara se le oscureció con el calor de su sangre.

Al advertir su irritación cada uno de los hombres-cabra tomó silenciosamente una piedrecita de su zurrón y la colocó en la tira de cuero de su honda. Pero Anceo respondió en tono apacible y suave, bajando de nuevo la mirada. Comentó que en este mundo había muchas costumbres extrañas y muchas tribus que a los ojos de otros parecían estar dementes.

—Me gustaría mostraros los mosinos de la costa del mar Negro, sagrada ninfa —le dijo—, con sus castillos de madera y sus niños tatuados que son increíblemente gordos y se alimentan de tortas de castañas. Viven junto a las amazonas que son tan raras como ellos... Y en cuanto a los griegos, su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad —pues no les basta el viento para llenar de nueva vida sus matrices, como ocurre con las yeguas ibéricas—, los hombres son, en consecuencia, más importantes que ellas.

—Pero es un razonamiento de locos —exclamó la ninfa—. Es como si pretendieras que esta astilla de pino es más importante que yo misma porque la utilizo para mondarme los dientes. La mujer, y no el hombre, es siempre la principal: ella es el agente, él siempre el instrumento. Ella da las órdenes, él obedece. ¿No es acaso la mujer quien elige al hombre y le vence con la dulzura de su presencia, y le ordena que se acueste boca arriba en el surco y allí, cabalgando sobre él, como sobre un potro salvaje domado a su voluntad toma de él su placer y cuando ha terminado le deja tumbado como un hombre muerto? ¿No es la mujer quien gobierna en la cueva, y si cualquiera de sus amantes la enoja por su malhumor o su pereza le amonesta tres veces consecutivas para que coja todas sus cosas y se marche al alojamiento de su hermandad?

—Con los griegos —dijo Anceo apresuradamente y con voz apagada— la costumbre es exactamente la contraria. Cada hombre elige a la mujer que desea convertir en la madre de su hijo (pues así le llama), la vence con la fuerza de sus deseos y le ordena que se acueste boca arriba en el lugar que más le convenga y entonces, montándose, toma de ella su placer. En la casa es él el amo, y si la mujer le enoja por su forma de importunarle o por su comportamiento obsceno, la golpea con la mano; y si con esto no consigue que cambie su conducta, la manda a casa de su padre con todas las cosas que ha traído consigo y da sus hijos a una esclava para que se los críe. Pero, sagrada ninfa, no os enfadéis, ¡os lo ruego por la diosa! Yo soy pelasgo, detesto a los griegos y sus costumbres y únicamente estoy obedeciendo vuestras instrucciones, como es mi deber, al contestaros a estas preguntas.

La ninfa se contentó con decir que los griegos debían ser las personas más impías y más asquerosas del mundo, peor aún que los monos africanos —si, en efecto, Anceo no se estaba burlando de ella—. Volvió a interrogarle acerca de la siembra de la cebada y la cabrahigadura de las higueras: ¿cómo se las arreglaban los hombres para obtener pan o higos sin la intervención de la diosa?

—Sagrada ninfa —respondió Anceo—: cuando los griegos se instalaron por primera vez en Pelasgia eran un pueblo de pastores, que sólo se alimentaba de carne asada, queso, leche, miel y ensaladas silvestres. Por consiguiente, nada sabían acerca del ritual de la siembra de la cebada ni del cultivo de ninguna fruta.

—Estos griegos dementes —dijo ella, interrumpiéndole—, supongo entonces que bajaron del norte sin sus mujeres, como hacen los zánganos, que son los padres ociosos entre las abejas, cuando se marchan de la colmena y forman una colonia aparte, separados de su abeja reina, y comen inmundicias en lugar de miel, ¿no es así?

—No —dijo Anceo—. Trajeron consigo a sus propias mujeres, pero estas mujeres estaban acostumbradas a lo que a ti te parecerá una forma de vida indecente y vuelta del revés. Cuidaban del ganado, y los hombres las vendían y las compraban como si ellas también fueran ganado.

—Me niego a creer que los hombres puedan comprar o vender mujeres —exclamó la ninfa— . Es evidente que te han informado mal sobre este punto. Pero, dime, ¿continuaron durante mucho tiempo estos sucios griegos con esta forma de vida, una vez instalados en Pelasgia?

—Las primeras dos tribus invasoras, los jonios y los eolios —contestó Anceo—, que llevaban armas de bronce, no tardaron en rendirse ante el poderío de la diosa al ver que ella consentía en adoptar a sus dioses varones como hijos suyos. Renunciaron a muchas de sus bárbaras costumbres y cuando, poco después, les persuadieron de comer el pan cocido por los pelasgos y descubrieron que tenía un sabor agradable y propiedades sagradas, uno de ellos, llamado Triptólemo, le pidió permiso a la diosa para poder sembrar él mismo la cebada, pues estaba convencido de que los hombres podrían hacerlo con casi tanto éxito como las mujeres. Dijo que deseaba, si es que era posible, evitarles a las mujeres un trabajo y una preocupación innecesarios, y la diosa, indulgente, consintió.

La ninfa se rió hasta que las laderas de la montaña devolvieron el eco de su risa, y desde su roca los hombres-cabra corearon sus carcajadas, revolcándose de alegría, aunque no tenían la menor idea de por qué se estaba riendo.

—¡Qué estupenda cosecha debió de recoger este tal Triptólemo! —le dijo a Anceo—. ¡Todo serían amapolas, beleño y cardos!

Anceo tuvo la suficiente prudencia como para no contradecirla. Empezó a hablarle de la tercera tribu de los griegos, los aqueos, cuyas armas eran de hierro, y de su insolente comportamiento ante la diosa y de cómo instituyeron la familia divina del Olimpo; pero observó que ella no le escuchaba y desistió.

—Vamos a ver, Anceo —le dijo en tono burlón—. Dime, ¿cómo se determinan los clanes entre los griegos? Supongo que no me irás a decir que son clanes masculinos en lugar de femeninos y que determinan las generaciones a través de los padres en lugar de las madres, ¿verdad? Anceo asintió lentamente con la cabeza, como si se viera forzado a admitir un absurdo gracias a la astucia del interrogatorio de la ninfa.

—Sí —dijo, desde la llegada de los aqueos de las armas de hierro, que ocurrió hace muchos años, los clanes masculinos han sustituido a los femeninos en la mayor parte de Grecia. Los jonios y los eolios ya habían introducido grandes innovaciones, pero la llegada de los aqueos lo volvió todo del revés. Los jonios y los eolios, ya por aquel entonces, habían aprendido a calcular la descendencia a través de la madre, pero para los aqueos la paternidad era, y sigue siendo, lo único que tienen en cuenta al determinar su genealogía, y últimamente han conseguido que la mayoría de los eolios y algunos jonios adopten su punto de vista.

—No, no, ¡eso es manifiestamente absurdo! —exclamó la ninfa—. Aunque es claro e indiscutible, por ejemplo, que la pequeña Kore es mi hija, ya que la partera la extrajo de mi cuerpo, ¿cómo puede saberse con certeza quién fue el padre? Pues la fecundación no proviene necesariamente del primer hombre a quien yo gozo en nuestras sagradas orgías. Puede provenir del primero o del noveno.

—Los griegos intentan resolver esta incertidumbre —dijo Anceo— haciendo que cada hombre elija lo que llaman una esposa. Una mujer a quien le está prohibido tener por compañero a nadie que no sea él. Entonces, si ella concibe, no puede discutirse la paternidad. La ninfa le miró de hito en hito y le dijo:

—Tienes una respuesta para todo. Pero ¿acaso esperas que me crea que se puede gobernar y guardar hasta tal punto a las mujeres que se les impida disfrutar de cualquier hombre que les apetezca? Imagínate que una mujer joven se convirtiera en la esposa de un hombre viejo, feo y desfigurado como tú. ¿Cómo podría ella consentir jamás en ser su compañera?

Anceo sostuvo su mirada y le respondió:
—Los griegos profesan que pueden controlar así a sus esposas. Pero admito que muchas veces no lo consiguen, y que a veces una mujer tiene relaciones secretas con un hombre de quien no es la esposa. Entonces su esposo se pone celoso e intenta matarlos a los dos, a su esposa y a su amante, y si los dos hombres son reyes, llevan a sus pueblos a la guerra y sobreviene gran derramamiento de sangre.

—Eso no lo pongo en duda —dijo la ninfa—. En primer lugar no deberían decir mentiras, ni luego emprender lo que no son capaces de realizar, dando así lugar a los celos. A menudo me he dado cuenta de que los hombres son absurdamente celosos: es más, después de su falta de honestidad y su charlatanería, diría que es su principal característica. Pero cuéntame, ¿qué les ocurrió a los cretenses?

—Fueron vencidos por Teseo el griego, a quien ayudó a conseguir la victoria un tal Dédalo, famoso artesano e inventor —dijo Anceo.

—¿Qué fue lo que inventó? —preguntó la ninfa.

—Entre otras cosas —contestó Anceo—, construyó toros de metal que bramían artificialmente cuando se encendía un fuego bajo sus vientres; también estatuas de madera de la diosa que parecían de carne y hueso pues las extremidades articuladas podían moverse en cualquier dirección, como si fuese un milagro, y, además, los ojos podían abrirse o cerrarse tirando de un cordón oculto.

—¿Aún vive este Dédalo? —preguntó la ninfa—. Me gustaría conocerlo.

—Por desgracia ya no —contestó Anceo—. Todos estos acontecimientos ocurrieron mucho antes de mis tiempos.

Ella insistió:
—Pero ¿verdad que me podrás decir cómo estaban hechas las articulaciones de las estatuas para que las extremidades pudieran moverse en cualquier dirección?

—Sin duda debían girar en un hueco esférico —dijo él, doblando su puño derecho y girándolo en el hueco formado por los dedos de la mano izquierda para que comprendiera en seguida lo que quería decir—. Pues Dédalo inventó la articulación esférica. En todo caso, gracias a un invento de Dédalo quedó destruida la flota de los cretenses, y por esto ya no son ellos quienes visitan vuestra isla, sino únicamente los griegos y algún que otro pelasgo, tracio o frigio.

—La madre de mi madre me contó —dijo la ninfa— que, aunque los cretenses adoraban a la diosa con casi tanta reverencia como nosotros, su religión difería de la nuestra en muchos aspectos. Por ejemplo, la gran sacerdotisa no elegía a un campeón solar sólo para un año. El hombre que ella elegía reinaba algunas veces durante nueve años o más, negándose a dimitir de su cargo porque alegaba que la experiencia trae consigo la sagacidad. Le llamaban el sacerdote de Minos, o el rey Toro, pues la hermandad del Toro se había convertido en la hermandad suprema de aquella isla. Los hombres-ciervo, los hombres-caballo y los hombrescarnero jamás se atrevieron a luchar por obtener el trono de la guerra, y la gran sacerdotisa solamente se dejaba acompañar por hombres-toro. Aquí mi madre y yo distribuimos nuestros favores por un igual entre todas las hermandades. No es prudente dejar que una sola hermandad obtenga la supremacía, ni dejar gue un rey reine más de dos o tres años a lo sumo; los hombres se dejan llevar fácilmente por la insolencia si no se les mantiene en el lugar que les corresponde, y entonces se creen ser casi iguales a las mujeres. Con la insolencia se destruyen a sí mismos y para colmo hacen enojar a las mujeres. Sin duda alguna esto fue lo que debió de ocurrir en Creta.

Mientras aún conversaban, hizo una señal secreta a los hombres-cabra para que se llevaran a Anceo fuera de su vista y después le dieran caza hasta matarlo con sus hondas. Pues decidió que a un hombre que podía contar historias tan perturbadoras e indecentes no se le podía permitir seguir con vida en la isla, ni siquiera un momento más, ahora que ya le había contado lo que quería saber sobre la forma de articular las estatuas de madera. Temía el daño que podría ocasionar si inquietaba las mentes de los hombres. Además era un viejo encorvado, calvo y feo, un exiliado, y un hombre—delfín que no le traería buena suerte a la huerta. Los hombres-cabra se postraron en reverencia ante la ninfa de las Naranjas y luego, incorporándose, obedecieron sus órdenes con alegría. La persecución no fue larga.


En Cuadro relatos
Versión de Lucía Graves

Foto: Robert Graves en Londres, 1972
Hulton-Deutsch Collection
Corbis




21 abr. 2008

Esteban Peicovich: Gente bastante inquieta - Conversaciones

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En septiembre del año pasado Esteban Peicovich nos trajo su Gente bastante inquieta, un registro a su estilo de conversaciones con Robert Graves, Antonio Gala, Sixto Palavecino, Cristóbal Colón, Corín Tellado, Jorge Luis Borges, Miguel Rep, Anthony Burgess, Josefina Manresa, Juan Andralis, José Plaja, Helvio Botada y Juan Perón.


Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2001


Reza la contratapa: La entrevista periodística no es más que la ceremonia de una conversación anunciada. Se inicia contra natura, mantiene cierto grado de teatralidad y discurre contra reloj. Se diferencia de la confesión en que no imparte anestesia, y de la clínica, en que no libera de culpa.
Esta ceremonia establece que dos desconocidos se reúnan y mantengan un diálogo íntimo que debe hacerse público. Uno despliega su estrategia de merodeo, acoso y caza. El otro, su manejo del silencio y la administración de sus juicios.
Pero hay más. Y tal vez sea lo único importante. Este curioso diálogo, esta conversación de dos, está pensada para tres. Tanto quien pregunta, como quien responde, son conscientes de que en todo instante, los acompaña, invisible, un tercer interlocutor, anónimo y múltiple.
De partida, el entrevistado es un personaje en busca de autor. Y el periodista, un escritor ante su página en blanco. Juntos, deben
hacer una noticia. Esto es, crear una realidad. Paradoja que Beatriz Sarlo resuelve con una sola frase: "Como ningún otro género, la entrevista construye su fuente".
Y siendo así, ¿de dónde, sino de la literatura, le brota el agua a esta fuente?



Transcribimos de su blog El palabrero un acercamiento breve al encuentro que mantuvo con Robert Graves y que en el libro se titula El último gran dios blanco:

En sus Memorias (“Adiós a todo eso”) Robert Graves recuerda haber sido alzado en brazos para observar el paso de la reina Victoria en la celebración de sus bodas de diamante, en 1897. Eso fue en Wimbledon, donde Graves nació en 1895. En el ahora de esta fotografía va de mi brazo por Mallorca, a sus 83, y con mayor fragilidad que la de aquel bebé decimonónico del primer recuerdo. Es que sobre el último Graves cayó la sombra de la amnesia. O la mudez que es toda amnesia. Y la confusión.Por instantes escapará de ella, su mano apretará mi brazo y con temblada voz, mientras mira a lo alto, me dirá:

–Sol. Sol. Sol.

Me instalo en el tiempo presente de esta foto. “Sol” es la palabra (en inglés) que más repite. Su cuerpo no tiene autonomía. Tampoco la tuvo los cuatro días que pasó agónico sobre una pila de cadáveres en una trinchera de Francia, en 1915. Un camillero que oyó el quejido lo rescató. Tras año de hospital y dada la belleza de su rostro y talla de dos metros, fue elegido para posar como modelo de la estatua al Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial. Ya era un joven poeta reconocido. De aquel a éste (que a su pedido estoy paseando entre olivas, naranjales y vides que el plantó) hay la obra de un genio. Autor de “La diosa blanca”, “Yo, Claudio”, Graves escribió 140 obras. En ellas resaltan algunos de los mejores poemas de amor de la literatura inglesa. Fue, en el siglo 20, el último poeta isabelino. Un inglés “mediterráneo” que en 1950, polémico e incorrecto, huyó de la niebla y el acartonamiento londinense para asentarse en Mallorca. En Deyá, aldea en donde también tuvo su casa Cortázar y cercana a Valldemossa donde Chopín y Jorge Sand se amaron a los gritos.

En Mallorca sólo nievan los almendros. Seis millones de almendros que cada primavera echan sobre la isla una alfombra de nubes. O de nieve (según sea el humor de quien los mire). Arribé al cortijo de los Graves con emoción parecida a la que de niño sentía durante la misa. Iba al encuentro de un dios de carne y hueso al que amaba desde que lo leí. Su mujer Lucía me telefonéo a Madrid diciendo que estaba recuperado y que podía visitarlo. Era la entrevista soñada. La sumaría al ramo donde cohabitan Borges, Odysseus Elytis, Anthony Burgess…. Pero el misterio hizo de las suyas. No bien presentado, Graves se aferró a mi brazo y no me soltó durante horas. Con señas (traducidas por Lucía) pidió salir a mostrarme su obra natural. Olivos (de darle 200 litros de aceite), uvas (grandes como ciruelas) y buganvillas de diez colores pasteles. Y lo que me mostró con más entusiasmo: un caminito de piedra de 300 metros que descendía hasta el mar y una precisa roca. Desde ella (y hasta los 70 años, según Lucía) se zambullía un Graves sano, y desnudo, desde 3 metros de altura. Y en mitad de este trayecto, un milagro griego. Un anfiteatro para cien espectadores al cual cada julio (durante veinte años) acudían sus amigos: los Redgrave, Olivier y Vivien Leigh, John Gielgud, Alec Guiness, Peter Ustinov y otros, a celebrar el cumpleaños del poeta. Graves los esperaba con poema dramático nuevo. Y así, vestidos con túnicas y salidos del tiempo, el grupo huía de la incómoda realidad para vivir en la Atenas que imaginaban propia. (Y con razón). Lo que no imaginaba yo era que mi entrevista acabaría en naufragio. Alterado por la visita, Graves entró en sombra verbal (o lucidez sublime, según) y ya no fue posible diálogo alguno. Salvo algún intercambio del inicio, cada vez que abría la boca para una pregunta el Gran Dios Blanco Graves elevaba su mano derecha, estrechaba mi izquierda y decía, como en trance: “Sun, sun, sun”. Así hasta el final de la tarde en que me despidió con un beso en la mejilla y diciéndole al oído a su mujer: “Que vuelva otra vez”. Esta es la foto de esa entrevista. La que más quiero de las 2000 hechas. Tiene el sol de Graves. No se apaga nunca.

20 may. 2007

Robert Graves - Entrevista de Peter Buckman y William Fifield

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En Nexos 38, febrero de 1981


Robert Graves nació en Londres en 1895, hijo de padres con ascendencia anglo-irlandesa y alemana, y asistió a la escuela de Charterhouse antes de entrar, en Francia, a la Royal Welch de Fusileros, en la Primera Guerra Mundial. Sirvió ahí hasta que lo hirieron en 1917. Al término de la guerra, asistió a Oxford; en 1926 empezó un breve período como profesor de inglés en la Universidad Egipcia de El Cairo. Escrito durante este tiempo, Adiós a todo eso (1929), un registro de sus experiencias durante la guerra, tuvo tanto éxito comercial que le permitió a Graves instalarse en Deyá, Mallorca, y seguir escribiendo. Excepto por ausencias durante la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, Graves ha vivido ahí desde entonces.

La primera colección de poemas de Graves fue Poems 1914-1927 (1927). Sus poemas fueron reunidos otra vez en 1938 y 1961. Desde entonces ha publicado New Poems (1963), Poems 1965-68 (1969) y Poems About Love (1969). Sin embargo, Graves ha sacado de su prosa para vivir, incluyendo un número considerable de novelas históricas como Yo, Claudio (1934), Wife to Mr. Milton (1943), The Golden Fleece (1944), King Jesus (1946), y La hija de Homero (1955). Graves es también el autor de varios libros de crítica literaria, incluyendo A Survey of Modernist Poetry (1927), La Diosa Blanca (1948) y Oxford Addresses on Poetry (1962).Ganó el premio Russell Loines de poesía en 1958 y la medalla de oro de la asociación nacional de poesía de América en 1960. En 1961 se le dio el Profesorado de Poesía en Oxford, donde trabajó hasta 1966, cuando regresó a Mallorca.
Esta entrevista con Graves fue tomada del libro Writers at Work, Fourth Series, editado por Penguin. Forma parte de la serie que los editores de The Paris Review comenzaron en los cincuenta. Con el título El oficio de escritor, la editorial Era publicó en español una selección de las mismas. Sobre los editores y entrevistadores del Paris Review hay una formidable crónica de Gay Talese: "En busca de Hemingway", publicada en español por Grijalbo en un libro que esta editorial tituló Fama y oscuridad. Los entrevistadores de Graves son Peter Buckman y William Fifield.


Vestido con pantalones de pana, suéter de marino, chamarra negra (piel de caballo), y con una bufanda colgándole hasta la cintura, Robert Graves forjaba sus propios cigarros y fumaba uno tras otro a lo largo de la entrevista. Sostenidos de un listón que se le enredaba con frecuencia en el pelo, de su cuello colgaba un par de anteojos para leer. Alto, desgarbado, Robert Graves ha sido siempre, en lo físico, un hombre fuerte, pero a consecuencia de un accidente de alpinismo durante sus días escolares no puede girar la cabeza, y de ahí que utilice un portalibros para leer —fijándolo estratégicamente enfrente de él, sobre el escritorio, mientras conversa. Sobre el escritorio hay latas de puros holandeses, botes de tabaco, canicas, lápices, y payasos de porcelana. Sobre el piso hay un dibujo aprisionado en las esquinas. Al lado de la chimenea, un estante con las obras de T.E. Lawrence; encima de ella, figurillas griegas, romanas, orientales y africanas.

Gertrude Stein fue la primera que le habló a Robert Graves sobre Mallorca. Exceptuando los años de la guerra civil, ha vivido en Deyá desde 1929. El y Laura Riding construyeron la casa de piedra que ahora ocupa Graves y vivieron juntos en ella hasta 1936. Hay una huerta con quince especies distintas de árboles frutales, un extenso plantío de verduras, y un prado estilo inglés con pasto de Bermudas.

Robert Graves ha escrito más de cien libros, además de un número considerable de trabajos anónimos, que consistían en reescribir textos de varios amigos. Su obra en prosa más importante es La Diosa Blanca, una historia del mito poético: "el lenguaje del mito poético... era un lenguaje mágico enlazado con las ceremonias religiosas populares en honor de la Diosa de la Luna, o Musa... y éste sigue siendo el lenguaje de la poesía `verdadera'... en el sentido de que es el original improbable, no un sustituto sintetizado". El poeta verdadero rinde culto a La Diosa Blanca, o diosa de la creación; la devoción absoluta y constante hacia ella es el único camino del poeta. El poeta "se enamora, absolutamente, y su amor verdadero es la encarnación de la Musa". La Musa actual de Graves es cincuenta y dos años más joven, que él —"pero tenemos la misma edad... Estoy en el tope de mi ciclo frenético porque las buenas cosas le están ocurriendo a ella justamente ahora". Ella es una bailarina de danza clásica en una ciudad alejada de Mallorca.

Muchas veces, en las diferentes sesiones que permitieron la entrevista, Graves se dedicaba a ordenar la mesa, corregir un manuscrito, checar referencias, cortarse las uñas con un enorme par de tijeras, recolectar zanahorias, cantar canciones folclóricas y preparar frijoles. No es un hombre que se esté quieto fácilmente.

Graves: ¿Notan algo extraño en este cuarto?

—No.

Graves: Bueno, pues todo está hecho a mano, con una excepción: este desagradable archivero triple de plástico que me regalaron. Voy a ponerlo aquí dos o tres semanas, por cortesía, y luego lo desaparezco. Casi todo lo demás está hecho a mano. Ah, sí, los libros han sido impresos con máquinas, pero muchos de ellos también han sido impresos a mano —de hecho yo mismo imprimí algunos—. Aparte de las instalaciones de luz eléctrica, todo lo demás está hecho a mano; hoy día muy poca gente vive en casas donde todo esté hecho a mano.

—¿Incide esto directamente en su trabajo creativo?

Graves: Sí: para pensar con claridad es preferible que todo lo que te rodea esté hecho a mano.

—Usted escribió una vez que "el poeta-Musa debe morir por la Diosa como el Rey Sagrado lo hizo cuando fue una víctima divina". A pesar de todo usted ha sobrevivido; ¿aún sostendría lo anterior?

Graves: Sí. Lo que ocurre con más frecuencia es que la Musa siente ya imposible sostener el amor de un poeta y se une por elección propia con un poeta postizo, aunque sepa que no es el verdadero poeta. Escoge a alguien con quien pueda jugar el papel de madre. Di todo el cuadro de eso en un poema que se llama "El impostor". El proceso vuelve a empezar cada vez que el amor muere, algo tan doloroso como la muerte real. Siempre hay un asesino alrededor, siempre hay un personaje "impostor". El rey o el poeta representan el crecimiento, el rival o doble representan la sequía.

—Pero seguramente los muchos años de servicio a la Musa tienen su recompensa.

Graves: Con el tiempo la recompensa va siendo encontrar a alguien que no sea "asesina". No quiero hablar sobre eso porque no quiero tentar a mi suerte.

—Por definición, su búsqueda de la Musa será siempre insatisfactoria. ¿Qué es lo que ella le ha dado?

Graves: Me ha traído cada vez más cerca hacia el centro del fuego, por así decir.

—Sus poemas, sobre todo sus poemas de amor, se vuelven cada vez más intensos conforme usted sigue escribiendo. ¿Se debe a la edad o a la experiencia?

Graves: Uno llega al corazón del asunto mediante una serie de experiencias que se dan todas con el mismo molde, pero vertidas con dolores distintos.

—En otras palabras, uno no aprende nada nuevo, sino que obtiene un entendimiento más profundo.

Graves: Sí, eso es. Un entendimiento de lo que son las ordalías del poeta. Los poemas de amor deben ser lanzados dependiendo de la luna. Las lunas varían. Si uno ama a una Musa-mujer diferente uno obtendrá un poema diferente.

—¿Qué puede decirnos sobre ese simple apetito, la concupiscencia, que usted ha atacado?

Graves: La concupiscencia encierra una pérdida de virtud, en el sentido de poder físico. La concupiscencia está apropiándose de algo que le pertenece a alguien más. Quiero decir que el acto amoroso es una metáfora de la compañía espiritual, y si tú llevas a cabo el acto amoroso con alguien que significa poco para ti, estás apropiándote de algo que pertenece a la persona que amas o podrías amar. El acto amoroso pertenece a dos personas, en el mismo sentido en que un secreto puede compartirse. Los abrazos y los besos son permisibles, pero en cuanto empiezas a sobrepasarte con lo que podría llamarse el mandalote —yo inventé la palabra, del griego; viene de mandalós (que es como el tornillo con el que aseguras el socket) y significa el beso-lingual o, por definición de diccionario, "un beso erótico y lujurioso"—; en fin, uno debería reservar tales familiaridades sólo para las personas que realmente ama. Con varias amigas yo me entiendo en términos de simples abrazos-y-besos. Eso está bien. Pero la promiscuidad no es, al parecer, para los poetas, aunque yo no se la niegue ni la envidie a cualquier hombre que no sea poeta.

—¿Puede dar alegría la experiencia de la Musa?

Graves: Realmente no. ¿Pero qué diferencia hace? La alegría y el dolor alternan siempre. La Musa sirve como un foco orientador y como un desafío. Ella provee felicidad (happiness). Aquí estoy usando la lengua inglesa con la mayor precisión que puedo: hap, happening, suceso. Ella da el hap; provee el suceso. La tranquilidad no tiene utilidad poética. (El primero que usó y sintió la palabra Musa en el sentido de Diosa Blanca fue Ben Jonson, luego decayó al ser identificada con la débil auto-inspiración de los jóvenes). Después de tener la experiencia de la Musa intranquila uno puede ser desplazado hacia la Diosa Negra, —porque el color negro es posible en el Oriente y representa sabiduría. ¿Puede una Musa Blanca volverse una Musa Negra, o deben estar separadas? Eso es difícil de responder...

—Todas ellas tienen una edad determinada...

Graves: Como regla la Musa viene de un padre que ha dejado a su madre cuando ella era joven; para ella, por tanto, el encanto patriarcal está roto, y odia el patriarcado. Puede llegar a ser muy inteligente, pero a la edad de catorce o quince años todavía está muy reprimida emocionalmente.
—¿Cómo reacciona la Musa hacia el poeta?

Graves: De algún modo, para un poeta reconocido resulta embarazoso escribir poemas a una muchacha. Ella puede quedarse resentida por haber entrado a formar parte de la historia literaria. En Francia es distinto. Muchas mujeres quieren ser conocidas como la última muchacha que durmió con Víctor Hugo... Me opongo por completo a la historia literaria. A veces ahí está la razón de que un "gran poema", de los que aparecen en todas las antologías, sea malo. Por lo general resulta interesante examinar su historia.

—¿Quiere usted decir que es un poema fabricado con el fin de que sea un acontecimiento?

Graves: Sí.

La Diosa Blanca es un manual y un refugio en el que todas las preguntas pueden ser respondidas. ¿Cree usted necesario dar una definición última del nivel en que están esos libros en relación con usted?

Graves: La Diosa Blanca y The Nazarene Gospel Restored son dos casos extraños. Escribí el primero para definir el elemento no-judío en el cristianismo, especialmente el elemento céltico. Y escribí el segundo, con la ayuda del fallecido Joshua Pedro, para llevar el mito griego y romano aparte de lo que era puramente un acontecimiento judío. Lo extraño del resultado es que hay una Sociedad Cristiana Primitiva que alguien fundó en Cambridge y que está basada en el Nazarene Gospel; y comenzaron a aparecer, en los estados de Nueva York y California, varias religiones alrededor de la Diosa Blanca. Según me dicen, fuera del Establishment (donde los hippies detienen a los policías en la calle y les dicen: "Lo adoro, oficial"), hoy día soy un héroe del culto al-amor-y-las-flores. También recibo muchas cartas donde algunas brujas me participan la celebración de un aquelarre y me solicitan ungüento para volar, recetas mágicas, e información esotérica.

—En el "Colophon to Love Respelt" habla usted de que el campo de batalla ha sido abandonado. ¿Quién ganó?

Graves: Quise decir que ya no tenía caso seguir escribiendo poemas sobre el tema... La secuencia histórica de los poemas de un hombre guarda una semejanza general al orden en que fueron escritos. No obstante, con frecuencia uno escribe un poema mucho tiempo antes, o mucho tiempo después, de que ocurra una cosa. La autobiografía no se corresponde exactamente con la secuencia poética.

—¿Le ha ocurrido que tiene, por ejemplo, una idea para hacer un poema, y luego la vida se apropia de el un la realiza?

Graves: O alternativamente: uno omitió, alguna vez, registrar una experiencia poética determinada, y ésta ocurre después. Las palabras ya están fijas en el almacén de la memoria. El poema está ahí, en su origen, pero en el séptimo nivel de la conciencia, y asciende gradualmente a través de cada repaso o repetición. La relectura descarga el estado hipnótico original, pero la expresión se amplía.

—¿Se amplía en qué sentido?

Graves: Por ejemplo, mediante los sueños nocturnos, que son el modo real en que la mente primitiva interpreta los sucesos del día previo. Así con un poema. Un poema ya está presente desde la concepción, desde el primer germen que cruza por la mente —debe ser desenterrado, debe exhumarse. Hay un elemento de intemporalidad. El otro día el científico que encabeza las investigaciones atómicas en Australia estuvo de acuerdo conmigo en que el tiempo realmente no existe. El poema terminado ya está antes de ser escrito y de que uno lo corrija. El poema final sólo dicta lo que está bien y lo que falla.

—¿Por qué usted no escribió poemas de guerra, de su experiencia en las trincheras en la Primera Guerra Mundial como lo hizo su amigo Sassoon, y como Owen?

Graves: Los hice. Pero los destruí. Eran periodísticos. Sassoon y Wilfred Owen eran homosexuales; aunque Sassoon quería pensar que no lo era. Para ellos, ver hombres asesinados eran tan horrible como para usted o para mí ver campos regados con cadáveres de mujeres.

—Sus poemas parten de cosas completamente personales. ¿Nunca ha sido reticente en lo que revela?

Graves: Uno dice más cosas a los amigos, sólo que no las entrega a la imprenta.

—Pero su público...

Graves
: Nunca uses la palabra "público". La sola idea del público, a menos de que un poeta esté escribiendo por dinero, me parece errónea. Los poetas no tienen "público". Le están hablando todo el tiempo a una sola persona. Lo que está mal en alguien como Evtushenko es que les habla a miles de personas a la vez. Todos los que son considerados "grandes artistas" estaban tratando de hablarle a demasiada gente; Y de algún modo, no le estaban hablando a nadie.

—¿De ahí sus opiniones sobre los poetas ingleses, que usted criticó seriamente cuando tenía su lugar como profesor de poesía en Oxford?

Graves: Hay quince poetas ingleses —estoy hablando con precisión— registrados en la historia de la literatura inglesa que eran poetas verdaderos y que no estaban jugando a serlo.

—¿Le importaría mencionarlos?

Graves: No sería cortés.

—¿Qué tienen en común?
Graves: Su fuente es primitiva. Se ubica en lo pre-racional.

—Cuando trabaja en un poema, ¿de algún modo siente usted que se encuentra siempre a su nivel?

Graves: Lo que sucede es esto: un hipnotista te dice: "mira este anillo" y quedas hipnotizado por mirar el anillo; si vuelve a sacar el anillo en cualquier ocasión posterior, vuelves a caer bajo su influencia. De modo que, si estás escribiendo un poema y regresas a él al día siguiente, siempre vuelves a hipnotizarte de inmediato y te encuentras de nuevo en el nivel anterior.

—¿Tiene que ver la circunstancia externa? ¿Este cuarto?

Graves: No, no es el entorno. El entorno puede ayudar. Pero todo está en el impulso real, que eres tú mismo. Ese es el anillo hipnótico.

—¿Y qué ocurre si usted "no cae otra vez bajo el influjo"?

Graves: Justo ayer me sucedió. No puedes forzarlo intelectualmente. Echas a perder el poema. Lo enredas. Cuando ya trabajaste en el verdadero nivel poético, las conexiones que va estableciendo cada simple palabra con la otra están muy lejos del arreglo intelectual. Una computadora no podría hacerlo. No es mero sonido y sentido con lo que debes entenderte, sino la proveniencia de las palabras, los ritmos cruzados, la interrelación de todos los significados —un completo microcosmos. Nunca lo obtienes de inmediato; pero sí puedes obtenerlo casi de inmediato, el poema se aísla a sí mismo a tiempo. Así es como viajan los verdaderos poemas.

—Uno siente que su poesía se ha vuelto más y más urgente, sobre todo en los últimos textos amorosos.

Graves: No olvides que yo soy un producto de la era victoriana; tuve que librarme de muchísimo. Mi sistema poético concuerda con el irlandés del siglo VIII D.C., que Roma no tocó para nada y que con el tiempo cruzó hasta Gales. ¿De dónde vino? Del Oriente. La correspondencia con la poesía sufí es inmensa. Eso habla de mi interés por Omar Khayám —un poeta muy noble y tan mal trabajado por Fitzgerald. —Por lo demás, uno gradualmente deja de tomar en cuenta a los críticos.

—¿Quién hizo que usted viniera a las Islas Baleares?

Graves: Gertrude Stein.

—¿Qué piensa usted de ella?

Graves: Ella tenía ojo. Solía decir que había sido la única mujer en la vida de Picasso, que ella lo había formado. Tal vez era cierto; las otras mujeres sólo estuvieron cerca o alrededor de él.

—El poema que me acaba de mostrar, "Lo por decir", parece recapitular muchas cosas.

Graves: Incluso Lo por decir, en el cual trabajo ahora, que es sobre la necesidad de volver a los orígenes y trata a la revisión obsesiva como una enfermedad de la edad, lleva diez revisiones hasta ahora. Sí. Lo por decir hay que decirlo.

—Este inmenso, abrupto cambio. La última poesía...

Graves: Sí, eso me vino cuando escribía La Diosa Blanca (escribí ese libro en seis semanas. Me tomó diez años revisarlo. Y casi tripliqué su extensión). Súbitamente estaba yo respondiendo viejas preguntas galesas e irlandesas que nunca habían encontrado respuesta, y yo no sabía cómo ni por qué. Eso me aterró. Creí volverme loco. Pero aquellas soluciones no han sido refutadas. Alguien me envió un artículo sobre el árbol del alfabeto irlandés, y la nota al pie se refería a Graves, pero no a mí: ¡era mi abuelo! Y yo no tenía noticia de que él hubiese estudiado esas cosas. Creo en la herencia de conocimientos y destrezas, herencia de la memoria. Ahora han descubierto que si un caracol se come a otro adquiere la memoria del segundo caracol.

—¿Cómo reunió tantos detalles en sus conclusiones?

Graves: No lo hice. Lo sabía al comenzar y entonces corroboré.

—Ciertamente usted escribe poesía "de musa" y manifiesta gran desprecio por lo apolíneo, que supongo es el materia lógico y utilitario, pero ¿acaso sus novelas no son apolíneas?

Graves: Mi escritura en prosa ha estado siempre en la línea de mi pensamiento. En el fondo siempre estuve yo. por ejemplo, They Hanged My Saintly Billy pretendía mostrar cómo fue realmente la Inglaterra victoriana: cuán corrupta y criminal, en contraste con la versión generalmente aceptada. Con todo, tenía una pareja de personajes buenos, además de los malos.

—Usted escribe novelas cuando algún problema histórico lo estimula. A partir de ahí ¿qué hace usted?

Graves: No lo sé. Algunas personas tienen ciertos talentos como un amigo mío que puede balancear un vaso en su dedo y hacerlo girar con sólo fijar en él la vista. Yo tengo el don de ponerme ocasionalmente en el pasado y ver qué está sucediendo. Así es como deben escribirse las novelas históricas. También tengo una excelente memoria para las cosas que quiero recordar, y ninguna para recordar lo que no quiero recordar. Wife to Mr. Milton —mi mejor novela— comenzó cuando mi mujer y yo hacíamos la cama en 1943 y yo dije de pronto: "¿Sabes? Milton debió ser un tricomaniaco" —refiriéndome al fetichismo por el pelo. La observación surgió de pronto de mi boca. Descubrí la frecuente que era su imaginería tricomaniaca. Así que leí todo lo que pude en contra sobre él y estudié la historia de sus matrimonios. Yo siempre odié a Milton, desde niño, y quería encontrar el motivo. Lo encontré: sus celos. Están presentes en todos sus poemas... Marie Powell tenía una larga cabellera con la que él no podía competir.

—Creo que usted describe precisamente eso en la novela cuando cabalgan en el brezal...

Graves: El tenía la enfermedad del maestro de escuela, estreñimiento.

—¿Lo dice literalmente?

Graves: ¡Sí! ¡Por supuesto que lo digo literalmente! Conocemos todos los indicios que dejó sobre eso. Bueno, yo siempre me olí algo y entonces todo se me hizo evidente de una vez, escribí Wife to Mr. Milton. Encontré una gran cantidad de cosas acerca de él, quién sabe cómo, que nunca han sido refutadas.

—¿Cuánto tiempo le llevó escribir Yo, Claudio?

Graves: Yo, Claudio y Claudio el dios me llevaron ocho meses... Necesitaba terminar pronto el trabajo porque tenía una deuda de 4,000 libras. Me aproximé tanto al personaje que me acusaron de haber hecho investigaciones que nunca realicé.

—¿Dictó usted la obra?

Graves: No. Tengo una mecanógrafa pero no dicté. Si usted emplea sólo las fuentes principales, y conoce el período, un libro se escribe solo.

—¿Cuántas horas al día le tomó el trabajo?

Graves: No lo sé. Deben haber sido siete u ocho. La historia llegó a tener 250,000 palabras. Había hipotecado la casa y quería perderla.

—¿Por qué eligió la novela histórica?

Graves: Bien, por aquello que anoté en mi diario uno o años antes: que los historiadores romanos —Tácito, Suetonio y Dión Casio, pero sobre todo Tácito— habían tratado obviamente mal a Claudio, y que algún día yo tendría que escribir un libro acerca de él. Si no lo hubiera hecho, no estaría usted bebiendo en esta casa.

—¿Qué tenía usted en mente al terminar Claudio el dios? Hay un cambio distintivo en Claudio. Uno se pregunta qué ganaba usted como novelista.

Graves
: Yo no creía estar escribiendo una novela. Trataba de encontrar la verdad acerca de Claudio. Y había cierta confluencia entre Claudio y yo mismo. Descubrí que yo era capaz de saber muchas cosas que sucedieron sin tener bases, excepto que yo sabía que eso era cierto. Es cuestión de reconstruir una personalidad.

—No existen muchas fuentes directas, aunque él escribió copiosamente.

Graves: Está su discurso a los Edonios, su carta a los alejandrinos y varios registros de lo que dijo en Suetonio y otras partes. Ahora sabemos exactamente qué enfermedad padecía: la enfermedad de Little. Todo el cuadro es tan sólido que uno siente conocerlo en persona, si simpatiza con él. Pobre hombre —sólo ahora, al fin, la gente comienza a olvidar esa mala imagen que le dieron los historiadores de su tiempo. Ahora es considerado uno de los pocos buenos emperadores entre Julio César y Vespasiano.

—Al final, no obstante, se decepcionó.

Graves: Vio que no podía hacer nada. Tuvo que rendirse.

—Se desintegró y casi se convirtió en otro Calígula o Tiberio.

Graves: Bueno, veamos: Calígula nació malo. Tiberio fue un hombre maravilloso, pero lo presionaron demasiado y él previno al senado de lo que iba a suceder. Previó un severo quebrantamiento sicológico. Si uno siempre ha sido extremadamente limpio —siempre se ha lavado los dientes y hecho la cama— y llega a un punto intolerable de stress, uno se quebranta y desarrolla lo que se conoce como comportamiento paradójico: desarregla la cama, hace las peores cosas. Tiberio fue notable por su castidad y sus virtudes viriles, hasta que se vino abajo. Ahora siento la mayor simpatía posible por Tiberio.

—¿No estaba usted convirtiendo a Livio en la novela en el manipulador de la verdad para conseguir cierto efecto?

Graves
: Es una especie de hábito familiar. Mi tío abuelo fue Leopold von Ranke, llamado el "padre de la historia moderna". Mi madre me lo mostró como el primer historiador en la historia que decidió decir la verdad.

—¿Eso instigó su pesquisa, las ideas establecidas que, para consternación de muchos, usted trastornó?

Graves: Ya ve, hay gente que no puede dejar de creer ciertas cosas. De pronto se enfrenta a algún hecho extraño, como por ejemplo que Dios, en el Sagrario de lo Sagrado, tuvo una esposa. Mi amigo Raphael Patai ha trabajado sobre esto en su Diosa hebrea. Es más de lo que ellos pueden soportar, pero deben admitirlo.

—¿Que Dios tuvo una esposa? ¿En verdad quiere decir eso?

Graves
: De veras eso dice él. Está en el Talmud. Por supuesto los judíos lo han ocultado siempre. Al principio El era Uno, pero luego vino la división. Debe haber siempre un punto focal. Dios era una deidad masculina y el punto focal era obviamente una mujer. El no pudo hacer lo que hizo sin uno.

—¿Cuántos libros ha publicado?
Graves: Ciento veintiuno, pero muchos son recopilaciones. Además he escrito libros para otras personas.

—¿Por qué lo ha hecho?

Graves: Porque tienen algo que decir y no pueden escribirlo.

—¿Ha dejado de escribir ficción?

Graves: Puede volver a ocurrir. Lo dudo, pero no sé. Uno nunca sabe.

—Después de escribir The Reader Over Your Shoulder con Alan Hodge en 1942 —su manual para escritores de prosa en inglés— usted dice que su propio estilo cambió completamente. ¿Por qué, o más bien, cómo?

Graves: Quien piense sobre la lengua inglesa e intente descubrir sus principios, y además, aniquile a otros escritores mostrándoles lo mal que escriben, no puede evitar escribir mal él mismo. En 1959 reescribí completamente Adiós a todo eso —cada frase— pero nadie se enteró. Algunos dijeron "Qué buen libro es éste, después de todo, qué bien ha perdurado". No había perdurado en absoluto. Se trata de una obra enteramente nueva. Uno de esos análisis de estilo por computadora tal vez no podría decidir que mis novelas históricas fueron escritas por la misma mano. Son completamente distintas en vocabulario, sintaxis y nivel lingüístico.

—Considerando su vista producción y las revisiones ¿cuanto tiempo pasa escribiendo? ¿Escribe todo a mano?

Graves: Sí. Ahora bien, Nazarene Gospel Restored me tomó dos años. Son ochocientas páginas de escritura cerrada. Si he escrito aproximadamente dos libros al año durante cincuenta años. No es mucho. No tengo otra cosa que hacer. Este año llevo seis.

—¿Considera que puede recordar la vasta investigación que ha reunido?

Graves: Sé dónde buscar.

—¿No es una dificultad vivir tan lejos de las bibliotecas?

Graves: Nunca he trabajado en bibliotecas.

—¿Dónde consigue toda esa información?

Graves: No sé. Llega. No soy un erudito. En términos generales ni siquiera soy particularmente ilustrado.Simplemente estoy bien informado en ciertas áreas de mi interés.

—Usted debe conocer las fechas... la pronunciación de las palabras galesas.

Graves: Conseguí un diccionario galés. He reunido una gran biblioteca de clásicos.
—¿Diría usted que las ideas medulares llegan primero y luego investiga?

Graves: Uno tiene una visión global del asunto, y luego nada más corrobora. La causa no necesariamente determina el efecto; bien puede el efecto originar la causa —una vez que se tiene todo el asunto bajo control.

—¿Qué hace usted exactamente?

Graves: Reviso el manuscrito hasta que ya no puedo leerlo más, y consigo alguien que me lo mecanografíe. Entonces reviso la versión mecanografiada. Luego se vuelve a mecanografiar. Sigue un tercer mecanografiado, que es el último. Para entonces no debe quedar nada que ofenda la vista.

—¿Esto es para la prosa?

Graves: Sí. Pero eso no evita que en diez años se lea mal. Uno no sabe lo que puede ocurrir con el tiempo.

—¿Y la poesía?

Graves
: En ocasiones, uno sabe: "Esto está bien, esta es una cosa que sirve". Siente que hay ciertos poemas que deben ser escritos. Uno no sabe qué son, pero los siente: este es uno, este es otro. Como la relación entre las joyas y su matriz de cuarzo (quijo). Las joyas vienen de su matriz, luego hay una matriz para probarlo. Muchos poemas parecen más matriz que Joyas.

—¿Qué quiere decir exactamente?

Graves: La matriz de cuarzo es parcialmente una joya. Y muchos poemas son así. Son los que el público disfruta más: los que no son completamente joyas.

—¿Es porque esos poemas son una transición entre las vivencias generales y su vivencia personal?

Graves: Algo así.

—¿Más accesibles?

Graves: Sí.

—¿Sigue experimentando con alucinógenos?

Graves: Tuve dos viajes con hongos mexicanos por ahí de 1954. Ninguno desde entonces. Y nunca con LSD. Primero que nada porque es peligroso y en segundo lugar porque el ergot, con lo que se fabrica el LSD, es una sustancia enemiga de la humanidad. El ergot es un minúsculo hongo negro que crece en el centeno, o crecía por lo menos en la Edad Media y los pueblos que comían pan de centeno tenían visiones maniacas, particularmente los alemanes. Dicen que el ergot afecta los genes y que puede deformar a la siguiente generación. Se me ocurre que esta podría ser una explicación del fenómeno del nazismo, una forma de histeria masiva. Los alemanes comían centeno, a diferencia de los ingleses que comían trigo. El LSD me recuerda a los visones que escapan de las granjas y se crían en el bosque y se vuelven peligrosos y destructivos. El LSD se ha escapado de las fábricas de drogas y se hace ahora en los laboratorios de los colegios.

—Usted dijo haber tenido una visión de conocimiento total a la edad de doce años...

Graves: Probablemente usted tuvo una visión similar y la ha olvidado. No necesita ser la visión de nada especial, en tanto que se trata sólo de una probada (foretaste) del Paraíso. Blake tuvo una. Todos los poetas y los pintores que tienen esa "cosa" extra en sus obras parecen haber tenido esa visión y nunca permitieron que la educación se las destruyera. Esto es lo que importa.

—Acaba usted de terminar una nueva traducción del Rubayat de Omar Khayám. ¿Por qué escogió el Rubayat y no la obra de un poeta sufí más puro como Rumi o Sahadi?

Graves: Fui invitado a participar en la traducción de Omar Ali Cha, cuya familia es la poseedora del manuscrito original, desde el año 1153 D. de C. Por eso. Estaba en el hospital, muy contento de que ese trabajo me apartara de la rutina del lugar. El poema original de Khayám fue escrito en celebración del amor de Dios y sazonado con sátiras de los musulmanes puritanos de la época. Fitzgerald se equivocó en todo: creyó que Khayám era en realidad un borracho y descreído, no un hombre que satirizaba a los incrédulos. sorprendente a cuántos millones ha engañado Fitzgerald. La mayoría odiarán ser desengañados.

—Usted ha dicho que los críticos que escriben sobre su visión del Rubayat no aciertan a comprenderlo porque no son sufís.

Graves: Como le dije, no puedo asumir el crédito por el trabajo. Trabajé sobre una versión literal hecha por Omar Ali Cha, que es un sufí. No sólo eso, sino que su familia desciende en línea directa del Profeta —y ellos alegan que Mahoma era un sufí y les entregó a ellos el secreto de su doctrina.

—Me parece que su versión de Khayám es más clara y penetrante intelectualmente mientras que la de Fitzgerald...

Graves: Mire, Fitzgerald era uno de esos irlandeses de la época en que la gente se avergonzaba de ser irlandesa y lo mantenía en silencio. Y se volvió con el tiempo una especie inglés diletante. Rompió con la tradición poética de Irlanda que es una de las más poderosas del mundo. Yo diría que la más intensa, después de la persa.

—¿Habla usted de la tradición poética irlandesa original?

Graves: ¡Sólo hay una!

—Usted me explicó alguna vez que esa era originalmente sufí.

Graves: Antes de que fuera griega milesia sobreimpuesta a la cultura libia arcaica del año 2500 A. de C. Los milesios vinieron a Irlanda a través de España y trajeron con ellos la tradición de Ogham —la cual es una forma temprana de alfabeto que nos remite a los días en que las letras se originaban en la observación del vuelo de las cigüeñas, y así. Pero Irlanda siempre permaneció en contacto con la Antioquía de lengua griega, no con Roma, lo cual fue importante.

—Lo importante es que Ogham fuera preclásico?

Graves: Exacto. Anterior a Platón. Antes de que los griegos se desviaran. Como usted sabe, los judíos tienen un dicho: "De las diez medidas de la locura los griegos tienen nueve". Estaban bien en todo hasta por ahí del siglo sexto antes de Cristo. Por la época de Alejandro el Grande ya se habían hecho pedazos.

—¿En qué sentido?

Graves: Quisieron desacreditar el mito. Trataron de sustituirlo con lo que hoy llamaríamos conceptos científicos. Trataron de dar una explicación literal. Sócrates bromea con los mitos y Horacio se burla de ellos. Puesto en el camino, Sócrates podía aclarar el mito de tal modo que le arrebataba todo su sentido. Simplemente no tenían lugar para el pensamiento poético. La lógica opera en un muy alto nivel de la conciencia. El académico nunca duerme lógicamente, siempre está en vigilia. Y al hacerlo se priva del sueño. Así pierde todo el secreto, ve usted. El sueño tiene siete niveles, el más alto de los cuales es el trance poético: ahí tiene usted acceso a la conciencia sin perder contacto con el sueño... con los fragmentos mayores del sueño... su propia memoria... la imaginería pictórica como la conoce el niño y como fue conocida por el hombre primitivo. Ningún poema vale la pena si no tiene origen en un trance poético, del cual se puede despertar como de un sueño. En realidad es la misma cosa.

—¿Pero de dónde viene el trance?

Graves: De ti mismo, bajo la dirección del tú que te rebasa y que está formado por tu relación con la persona a la que estás adherido todo el tiempo. Si todos fueran realmente observadores, podrían tomar un poema y trazar el retrato de la persona a que está dirigido.

—¿Cómo se siente frente a los honores y los premios? ¿Si se le ofreciera un premio nacional como poeta lo aceptaría?

Graves: No respondo a preguntas montadas en conjeturas. No quiero ningunos honores, pero no me importaría gran cosa recibir distinciones por haber escrito novelas que se venden en el extranjero y ganar dinero para Inglaterra. Escribir poemas es distinto. Obtener un premio por ser poeta sería absurdo. Pero el gobierno trata de ablandar y atraer a escritores conocidos hacia el establishment; eso lo hace sentirse ilustrado... Rechazo los doctorados porque sugieren que uno ha pasado una prueba académica. Aceptar, la cátedra de poesía en Oxford fue distinto: es una elección libre.

—En su última conferencia en Oxford, la más violenta, dijo usted que no había cánones poéticos establecidos. No son frecuentes en usted las generalizaciones de este tipo. ¿Cree usted que la poesía "pop" es contradictoria con la dedicación a la Musa?
Graves: Lo que dije, creo, es que no había cánones establecidos de versificación. Las genuinas canciones folclóricas son bienvenidas, pero ¿por qué habrían de serlo esas canciones de protesta? Hay muy pocos ahora, si alguno, que vaya realmente a la raíz del asunto. Cada vez menos, en realidad, desde la muerte de Cummings y Frost.

—¿Y qué hay de sus propias influencias poéticas, aparte del poeta Tudor Skelton y Laura Riding?

Graves: "Influencia" es un término muy vago. Suena como si uno estuviera siendo dominado por alguien más. Hasta donde sé, nunca escribí nada en el estilo de Laura Riding. Más que a versificar, lo que aprendí de ella fue una actitud general ante las cosas.

—¿Es eso lo que usted obtuvo de las sucesivas encarnaciones de la Musa?
Graves: Sí, pero en la forma de advertencias más que como instrucciones.

—¿Puedo preguntarle sobre la forma en que trabaja? ¿Tiene usted alguna rutina?

Graves: Ninguna. Sólo admito un cierto sentido de prioridades entre las cosas. Esta mañana, por ejemplo, me levanté a las siete. Me sentí atraído por el cenicero donde quemo papeles inútiles y rescaté las monedas y otros objetos que estaban ahí por error. Luego puse las cenizas en la pila del abono. Después regué el huerto de zanahorias, de modo que puede sacar algo de ellas. Luego revisé mi pieza de los "monstruos"...

—Usted escribe a mano, en una especie de atril...

Graves: Es porque tengo roto el cuello. Cuando el doctor le preguntaba cómo, no podía contestarle hasta el otro día que lo recordé. Estaba escalando el Snowdon en 1913. Estaba amarrado en una barranca cuando el líder de la operación zafó una gran piedra: me golpeó en la cabeza y perdí el sentido. El otro día tuve casi exactamente la misma experiencia entonces recordé la ocasión. Ahora mi cuello está... bueno, escribí un poema sobre el asunto: Cuello roto.

—¿La mayor parte de sus ingresos proviene de las novelas?

Graves
: No lo sé. Nunca estudio la procedencia de mis regalías.

—Usted ha dicho que sólo lee para obtener información. ¿Qué lee y cuándo?

Graves: Antes leía de noche; ahora voy directo a la cama. No por placer. El otro día tuve que revisar The Nazarene Gospel Restored para su publicación en Hungría, lo cual significó muchísima investigación.

—Usted ha dicho: "No preveo ningún cambio para bien en el mundo sino hasta que todo empeore". Bueno, ya ha empeorado. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Graves: Los poetas no pueden hacer marchas de protesta cosas por el estilo. Creo que es contra las reglas y que no tiene caso. Si la humanidad quiere una buena explosión final obtendrá sin duda. Pero uno no debe protestar contra nada a menos que su protesta tenga un efecto. Las manifestaciones no lo tienen. Uno debe permanecer silencioso o ir directo a la cabeza. Una vez esta aldea estuvo sin electricidad por tres meses porque el sistema se había averiado y la compañía local temía poner una torre en la tierra de un viejo miembro de la nobleza, cuyo hijo era capitán general. El viejo decía que el lugar estaba consagrado a Santa Catalina Tomás, la patrona de la isla. Fui a Madrid a ver al ministro de Información de Turismo y le dije: "Los hoteles de Mallorca estarán vacíos este verano por falta de electricidad". El ministro amablemente le informó a nuestro gobernador civil que la torre debía ser instalada sin reparar en los sentimientos de la santa. Pero es distinto si uno no puede ir directo a la cabeza. Lamenté la guerra de Vietnam, pero las manifestaciones no la detuvieron y no había ninguna persona que pudiera, sola, controlar la situación como lo hizo con la nuestra el ministro de información de Madrid.

—¿Le molesta eso?

Graves: La civilización ha ido cada vez más y más allá del llamado hombre "natural", el que utiliza todas sus facultades percepción, invención, improvisación. Está condenada a terminar en la quiebra de la sociedad y la reducción de la raza humana hasta un tamaño manejable. Así son las cosas siempre han sido así. Mi esperanza es que permanezcan intocadas unas cuantas reservaciones culturales. Lugares adecuados podrían ser ciertas islas del Pacífico y algunos trechos de Siberia y Australia, de modo que cuando el lío de hoy termine, la carrera del hombre pueda restaurarse desde estos centros.

—¿Quién estará en las reservaciones? ¿Quién decidirá?

Graves
: La gente que ya está ahí. Podrían ser los melanesios por ejemplo y los paleosiberianos.

—¿Su vida aquí en Deyá, al lado de lo que usted llama la moderna civilización mecanárquica, lo ha conducido gradualmente a la maestría poética?

Graves: Alguna vez viví aquí por seis años sin moverme, sin salir. Fue entre 1930 y 1936. No fui ni siquiera a Barcelona. Aparte de eso, para mí siempre ha sido importante viajar. Uno tiene que salir porque no puede vivir totalmente sobre sí mismo o sumergido en la tradición del pasado. Uno debe percatarse de cómo es realmente la sórdida vida urbana.

—¿Pero recoge muchas menos cosas por ósmosis que si fuera T. S Eliot en el banco?

Graves: Obviamente sí.

—Usted está constantemente revisando sus poemas, ¿Por qué?

Graves: De tiempo en tiempo caigo en la cuenta de que ciertos poemas fueron escritos por las razones equivocadas y me veo obligado a quitarlos; me provocan un sentimiento de enfermedad. Sólo deben quedar los pocos poemas necesarios. No tienen nada misterioso: si uno es poeta, tarde o temprano sabe cuáles son. Aunque, desde luego, el poema perfecto es imposible. Si pudiera escribirse, el mundo terminaría.


Fuente: DDOOSS