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23 abr. 2012

Rafael Alberti: Goya y Picasso

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1953-1960 
Picasso y Goya. Goya y Picasso. 1810: «Los desastres de la guerra». 1937: «Guernica». Dos toros españoles, centrando el ruedo ibérico en un terrible claroscuro, repartiendo cornadas contra los enemigos, levantando un clamor universal, la más grande condena que haya podido pesar sobre ningún tirano. (1968)


Picasso y el pueblo español

Las bombas sobre Guernica, su destrucción por las alas germanas, llevaron a Picasso a penetrar hasta —como diría García Lorca— en «la raíz del grito» del pueblo español. Y sucedió entonces el reencuentro del gran andaluz, del gran pintor ibérico, fuera de su país desde comienzos de siglo, con lo más hondo, desgarrado y terrible de su patria. Así como los milenarios artistas cazadores de Altamira habían estampado sus bisontes, jabalís y ciervos en el duro subsuelo español, así Picasso, con igual grandeza, estampaba a la luz de su siglo toda la España pisoteada, asesinada, convulsa de nuestra guerra. Aquellos dientes feroces, aquellas manos alzadas y caídas como garfios de piedra, prolongadas gargantas, primarios perfiles delirantes, rodeando el espanto de un caballo y bajo la mirada atónita de un toro, revelaron al mundo, más que todos los testimonios fotográficos, todo el tremendo sacrificio de un pueblo en lucha por su libertad e independencia. Y fue entonces también cuando Picasso se reveló a sí mismo lo metidas que tenía sus plantas, aun a pesar de lo distante, en lo profundo terrenal y humano de ese pueblo. Por el dolor, Picasso volvía a él, él, que siempre de ese pueblo había poseído en síntesis todas sus facultades creadoras, toda su pasión y arrebato, su fenomenal arranque taurino. El toro mediterráneo, el toro griego, el minotauro de los mitos, embravecido en los pastos españoles, reaparecía en las arenas trágicas de nuestro ruedo nacional. Venía por su propio instinto, sin responder a llamamiento alguno. Y venía lastimado, tocado en lo más palpitante de su entraña. La lucha era a vida o muerte. Pero Picasso, aun participando de esa momentánea derrota que tantos confabulados enemigos nos infligieron, supo vencer, quedando abiertamente, sencilla y claramente sumado desde entonces a ese destino nuestro de contienda, de batallar diario por nuestra libertad, casi invariable hasta hoy día.

Como Quevedo con su pluma, como Goya con sus buriles y pinceles, Picasso pasa a ser viento del pueblo, ráfaga delatora, acuchilladora de sus opresores. La herencia popular, mordiente, incisiva —la mortal embestida del toro hispano—, se manifiesta en él, de modo poderoso, en esos años. Un pincel es un arma mucho más eficaz que unas bombas lanzadas impunemente desde el cielo. Un lápiz, algo todavía peor que un navajazo tirado al corazón.

Con Guernica, lanza Picasso su respuesta explosiva al criminal atentado que borrara del suelo de los vascos la ciudad cuna de sus libertades. La explosión del pintor todavía repercute. No ha muerto. Ahí sigue —y seguirá— atronando los oídos, haciendo que cada día y cada noche salte en pedazos la conciencia de los provocadores de aquel crimen. En verdad, que no fue Picasso —como cuenta una posible anécdota conocida— quien hizo Guernica, sino los hitlerianos alemanes y sus vendidos españoles. Y lo mismo sucede con las dos trágicas aleluyas que grabadas a la punta seca dedicara al generalísimo, con el título de Sueño y mentira de Franco. En ella el lápiz, el terrible punzón de acero que las trazara, es un cuchillo hincado para siempre en el corazón del desdichado que se las hizo dibujar. Ha sido el mismo Franco —podría también decirse— quien mojando en la sangre inocente de nuestro pueblo esa punta acerada diseñara su propia monstruosidad, mezclada con las víctimas reales de su sueño. Así Picasso renueva la volandera tradición popular de las aleluyas españolas, viejo y gracioso medio de expresión que en sus manos, si hoy acaso insistiera, podría convertirse en otra peligrosísima arma.

Sí, Picasso ha entrado en nuestro pueblo, es ya corriente y voz de su sangre. Por el dolor y por la ira, volvió a él, se vio en él, y con él, en todos los demás pueblos del mundo.

Ahora, bajo la claridad sin sombra del pueblo español, comprendemos como nunca lo que al pintor corresponde de su temerario ímpetu, de su constante audacia creadora. No podrán quizás entenderse de pronto algunos de sus gritos, algunas de sus extrañas invenciones. Pero es que Picasso, como el pueblo de España especialmente, se expresa con frecuencia de modo elemental. Grita, sufre, se convulsiona sin sentido aparente, llenando su pintada verdad de una primitiva y hasta salvaje grandeza. Porque el dolor, el llanto o la risa, en el momento de fluir de la fuente humana, no se vierten en la forma que quisiéramos, sino que brotan con desorden, desproporción, desmedida de todos los sentidos. Y así Picasso en las más sorprendentes obras de estos últimos años. Y en su Guernica, sobre todo.

Si por la guerra española pasó el pintor a revivir en su sangre la del pueblo que le infiltró todo su poderoso genio creativo, por la paz ha llegado al amor, a la también incesante batalla por la armonía entre los hombres, por el bien más hermoso que puede desear la Humanidad entera. Una paloma, ese frágil y hoy perseguido símbolo, han soltado las manos de Picasso a los cuatro vientos de la Tierra. No han de ser siempre monstruos ni raras revelaciones lo que amasen los dedos de este pintor humano y primigenio. Su prodigiosa juventud, en los umbrales de la más bella ancianía, se remonta de nuevo y toma altura sobre las blancas alas mensajeras. El rostro de la paz está contento de sentirlas volar sobre su cabeza. Picasso también lo está. Ellas velan por el trabajo de los hombres. ¿Quién más que él, obrero, artesano, descubridor incansable, oidor de todas las horas, puede desear su vigilancia, su fecundo vuelo luminoso? Sí, de Picasso, mano de obra siempre plena, tenía también que escaparse este símbolo. Hoy, en la paz alegre de Vallauris, él le ha alzado su templo, que es una casa de trabajo, en donde junto a su mujer y sus niños hace surgir, nuevo mágico prodigioso, el arte más antiguo, el de más hondas raíces en las manos del pueblo: la cerámica. Ahí se le suman al pintor, junto a las de otros países, las más preciosas tradiciones alfareras de España: Alcora, Manises, Triana, Talavera... Un verdadero mar de platos, de «cacharros» que van desde las más puras formas clásicas hasta las más increíbles, picassianas. Y de los óvalos chispeantes, de las panzas y extrañas protuberancias policromas de las terracotas saltan los temas españoles —¡fauna y flora tan caras a nuestros rústicos ceramistas!— enlazados a los de las azules mitologías mediterráneas. Y no falta, al lado del búho de la sabiduría, que desde el fondo oval de otro plato nos mire, perfilada, con su ojo pequeñito, la paloma.

Algún día, tal vez hoy no lejano, cuando el pueblo español conozca profundamente la obra de este hombre, la amará, claro y generoso, de la misma manera que él ha sabido amar la suya. Hasta ahora, para nuestro pueblo, Picasso es sólo un hombre, un símbolo fraternal en su largo y doloroso camino de lucha. Nunca en la propia patria de Picasso se ha visto una exposición que revele su ciclópea grandeza. La monarquía ni siquiera lo despreció, pues lo ignoraba. El franquismo, aunque lo ignora mucho más, le teme. Tuvo que llegar la República, y con ella la guerra, para que el nombre de Picasso fuera registrado con todos los honores como el de uno de los hijos más ilustres de España. Mejor que haya sido así. La honra de conocerlo y amarlo estaba reservada para el pueblo. De él salió, como el Arcipreste de Hita, como Cervantes, como Lope, como Quevedo, como Goya, como Machado, como García Lorca, pleno el pulmón de vientos creadores. Y a nuestro pueblo volverá, porque hoy Picasso, como nunca, es esa misma tierra y aire que adoramos, el amor, la alegría, el trabajo sin pausa, la vida bella y armoniosa.

(España y la Paz, México, 1953)


Goya, aguafuerte de España

I

La obra de Goya es como ese ruedo inmenso de nuestras plazas de toros cuando a las tres de la tarde, en plena canícula, se le ve dividido, de manera violenta, en dos mitades: de una, cegadora, irresistible, la luz; de otra, morada y profunda, casi tirando a negro, la sombra. Claroscuro candente. Aguafuerte de España. Y si este pozo redondo, si esta casi circunferencia de rojiza arena, partida, la llenamos de sangre y de bramidos desgarrados, si la cruzamos de imprevistos relámpagos de plata y oro, de zigzagueantes y perfiladas descargas de colores; si la ceñimos, además, de una marea incontenible de clamores humanos, rota de cuando en cuando por silencios que alcanzan, comprimidos, ese más hondo y angustioso que llamamos de muerte —un silencio de muerte—, comprenderemos aún mejor, de modo más exacto, esta semejanza.

Yo no pretendo aquí describir nada de la técnica, de la significación pictórica de Goya, ya estudiadas por tantos. Intento únicamente referirme a lo que se desprende, para mí, de la profunda vida española de su obra, su casi vertiginosa y tan actual vida escénica. Ver y escuchar. Porque en toda la obra de Goya, más que en la de ningún otro pintor, no sólo vemos, sino que también oímos. Y más precisamente en sus grabados, sus agitados dibujos y aguafuertes. Extraña cosa este pintor, al que hace tiempo le pregunté en un poema que le dedicara:

¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino,
corniveleto,
rojo y zaino?



Gayumbo extraño, animal fino, es decir, toro raro, sin par, el propio Goya, pero suelto y ornado por banderillas de lujo encintadas de sangre, en mitad de esa plaza de lidia, nuestro ancho «ruedo ibérico», que diría Valle-Inclán, éste, más que toro, un barbudo cabrío, pero también de empuje desgarrado y goyesco. Pues ese toro que es nuestro pintor, reparte sus cornadas a diestro y siniestro, malherido de pena y desastre de España, llenos los ojos en su angustia, en sus bascas de muerte, de esa clara visión de lo real que de la propia vida dicen sufrir de un golpe los agonizantes. Y viene y va de la luz a la sombra, y vuelve y se revuelve, estallante de sol, ya hendido de penumbra, de oscuridad reveladora, hasta alegre y sarcástico en su espantosa acometida. Toro aguijoneado por ácidos mordientes, chorreando de sangres que coagulan en negro, pero que se estremecen con trallas de relámpagos. Claroscuro candente. Aguafuerte de España.

Y ya definida plaza de toros, para él, toda nuestra Península, no hay espacio, así sea el que puede llenar un solo hombre, en donde él no clave sus mortales agujas. Así, arremete de pronto contra el viento y lo sacude en la acerada noche madrileña, alzándoles las faldas a las jóvenes para mirarles, centrándolas en una rara luz, las torneadas pantorrillas. Tuerce por callejones y placetas, por arrabales de su invención, donde se da de boca con mujerzuelas de la vida, improvisadas elegantes, a quienes las madres pordioseras piden por caridad una limosna, viéndose rechazadas por las hijas, que ya no las conocen o lo fingen, avergonzadas de los sucios harapos. Después, nuevo diablo cojuelo, abre ventanas con los cuernos o descorre tabiques, dejando al descubierto las más inusitadas escenas. He aquí la casa de los burros, los literatos pedantones, los sabihondos de todos los tiempos, escribiendo —o leyendo— tras las enormes antiparras, o bien, dobladas de atención las asnales orejas, escuchando, como tantos y tantas que no entienden de nada, la música, ejecutada o dirigida por el primer mono que llega. Más allá, en otro cuarto, está el mono verdadero que pinta, el que retrata al burro, haciéndole el retrato que cierta no lejana jerga llamaba «psicológico», permitiendo al modelo la semejanza pura de la más pura desemejanza. El mono, por más detalle, es zurdo, y el asno se siente satisfecho del cuadro, donde ha salido con peluca y una expresión de berza o repollo.

Levanta Goya otra pared y... «¡Qué pico de oro!», exclama una asamblea —¿de políticos, de académicos?—en un estado papanatesco de éxtasis ante la perorata de un solemne y ploripondesco papagayo, que se refiere, con seguridad, a la pureza del idioma, al veto o cabida de tal o cual vocablo en la nueva edición del diccionario de la lengua. ¿Habrá querido Goya, siempre tan adivinador, aludir en este grabado a ciertos académicos de la actual Real Academia de Madrid?

Vuela el toro baturro por sobre nubes y tejados, yendo a caer, cosa que le gustaba sobremanera, en un convento, dejando al aire el claro refectorio y la repleta oscuridad de la jerónima bodega. «Están calientes», farfullan unos frailes engullidores de sopa, reventantes de grasa y de ardorosos apetitos, nada disimulados bajo la parda estameña de los hábitos, mientras fray Juan, fray Pedro y fray Antonio, en el sanctasanctórum de los vinos, llenos los vasos hasta el borde, mojan bizcochos y mendrugos en la púrpura ardiente del tintorro. «Nadie nos ha visto», murmuran, relamiéndose, sin contar, claro es, con el feroz ojo de Goya que los miraba en la penumbra.

¿Y los espejos? Recula el toro fascinado ante esas aguas fieles, reproductoras inclementes de todo cuanto a ellas se asome. ¿Qué le gustó meter en sus estáticas profundidades? De preferencia, a viejas destrozonas, no escarmentadas presumidas, pergaminos parasitarios, desafiando hasta la muerte, con su espantosa fealdad, el impasible azogue luminoso. Goya no perdonó ni a su amiga la reina María Luisa de Parma la devolución exacta, por el espejo, de toda su real y estaférmica persona. ¿Qué pasaría —pienso yo ahora— si a cierto empapuzado espadonísimo que los españoles padecemos se le ocurriese asomarse a uno de estos endiablados charcos de aguas tirantes que tanto incitan al pintor? Puede ser que el azogue no aguantase visión tan marcialísima y saltase, asustado, en mil pedazos.

De los espejos, salta y penetra, como pudiera hacerlo también hoy, por las rejas más gruesas y tupidas, a los oscuros calabozos de las cárceles, en donde hacinadas y exhaustas de fatiga se ven unas pobres mujeres, rendidas por el sueño. Y es la piedad del propio Goya quien aconseja ante cuadro español de actualidad tan permanente: «No hay que despertarlas, tal vez el sueño es la única felicidad de los desdichados.»

¡Qué no habrá recorrido este toro de fuego, iluminando todo en su carrera de dramáticas sombras, sacándole relieve a una terrible realidad, aún no difunta en nuestra patria! El casi nada imaginó. Como un potente ojo de cíclope, fue descubriendo lo que nadie veía, pero que sin embargo estaba allí en espera tan sólo de que su rauda mano lo dejase rayado para siempre en los cobres del tiempo.

¡Oh luz de enfermería!
Ruedo tuerto de la alegría.
Aspavientos de la agonía.


¡Ji, ji, ji! Es el reverso de las sombras: una sonrisa, y hasta una larga risa que se abre, como los labios rajados de sandía, por ferias populares, tendidos tauromáquicos, cortesanos salones, alamedas nocturnas, tabladillos escénicos...

Tirana, más que tirana;
tirana y andar, andar,
que tengo mi corazón
que no puedo suspirar.
Tiranilla mía, tirana y andar,
que no puedo suspirar: ¡ay, ay!

Sí, sí. Es el anverso de la duquesa con reverso, como dije también en mi poema dedicado al pintor. Aquí el toro goyesco se ríe, sin vergüenza y erótico, abrazado con cómicas, tonadilleras, manólas, aristócratas; mezclado con toreros, majos, rufianes, gente de patillas y navaja, que más que en los grabados ha de exaltar en su pintura, en sus cartones para la Real Fábrica de Tapices, bañándolos a todos de tan feliz y acuarelada transparencia, que ha de lograr —pongo por ejemplo— que la Maja vestida nos dé la sensación de estarlo menos que la otra maja que nos dejó desprovista de ropa.

II

...Pero cuando más el pintor se hallaba requebrando en la Pradera, en San Antonio, a la moza de cántaro, o embozado y secreto por las umbrías galantes; cuando del barandal de los balcones presenciaba, entre blondas de encajes y abanicos, el desfile real, la procesión o la estridente murga carnavalesca, un clarín de batalia raya los aires españoles, y el pueblo madrileño, enardecido, se lanza en mitad de la Puerta del Sol, ya a cuerpo limpio o con el primer filo que encuentra, contra los mamelucos a caballo, la guardia egipcia de Nápoles, mandada por el mariscal Murat. Un heroico clamor va a escribir en el cielo de aquella primavera una fecha simbólica: 2 de mayo de 1808. Goya estaba en Madrid, centrando el ruedo de ese día. Su negro toro, bajas las astas afiladas, escarba la enrojecida arena, y se dispone, torvo, para la gran arremetida, esa honda cornada que se entierra en la carne y que ciega de sangre los ojos y la cara de la res, enfureciéndola, fortificándola aún más para el combate. Ahora sí que está España en claroscuro, sí que el pintor va a verla como nunca, va a sentirla como jamás en aguafuerte.

Pero hay alguien que parece estar solo en medio de las calles, haciendo frente, de manera espontánea, a aquella oleada inmensa de soldados franceses, surgida, así, de pronto, como del fondo de las piedras. Ese alguien es el pueblo. ¿Pero está solo realmente? El no lo sabe aún. Lo que sí sabe de verdad en aquellos momentos es que su rey lo ha abandonado, que las autoridades han huido, que el ejército no combate y que en aquella lucha gigantesca él es tan sólo el verdadero dueño de la patria. Pero su ejemplo cunde, su cólera arrebata, vuela como pólvora, haciendo que a la lucha se sumen los mejores, todas aquellas gentes no dispuestas a dejar nuestro suelo en manos extrañas. Y al lado de la manóla y el chispero, de la lavandera del Manzanares, del vendedor de agua por el Salón del Prado, de la moza de cántaro, del mozo de muías, del botero, del arriero, del herrador, del mendigo, de esa llamada tantas veces por labios despectivos la canalla, la chusma, el populacho, descienden —sin temor a rozarse con sus modestos trajes y su augusta pobreza—, junto al hombre de alcurnia, la dama de abolengo, el sacerdote humilde, el militar anónimo, descienden, digo, las más esclarecidas inteligencias, no sólo de las letras y las artes, sino de todos los campos que formaban entonces la cultura española. Goya, naturalmente, es el primero que ha bajado a la calle, el primero que ha corrido en su ayuda; Goya, el afrancesado, como entonces se motejaba a los amigos del pensamiento progresista de Francia, llevando entre sus manos no un arcabuz ni un sable, sino un arma peor, de golpe más mortífero: una punta de acero —¡qué inofensiva cosa tan pequeña!—, con la que ha de grabar eso que él bautizó Los desastres de la guerra, hoy la más dura acusación de los tiempos modernos contra las guerras de conquista.

Y como lo hizo Goya, es decir, la Pintura, también la Poesía combatió junto al pueblo, alimentando con sus altas candelas —como volviera a hacerlo más de un siglo después, en 1936— aquel mar de heroísmo. Al «¡No pasarán!» lanzado aquel día de mayo de 1808 por el pueblo español a la cabeza de los invasores, al rostro de los ejércitos, en todas partes victoriosos, de Napoleón, la voz de los poetas liberales, mayores y menores, de los líricos patriotas, prestó su acento heroico, reforzándolo, afirmando con esto su dura resistencia, su firme voluntad inexpugnable. Y a la de don Manuel José Quintana, que militó en la Junta de Resistencia, que azotó en versos desbocados al tirano Godoy, que había exaltado en versos sonantes a los héroes marinos de Trafalgar, se unió la voz del sacerdote salmantino Juan Nicasio Gallego, primer cantor del 2 de mayo, y luego, a lo largo ya de toda la guerra de Independencia, la de poetas como Alvarez de Cienfuegos —condenado a muerte por Murat y después en rehén llevado a Francia—, Francisco Sánchez Barbero, Cristóbal de Beña, José Somoza, el duque de Rivas, once veces herido en diferentes campos de batalla. Este clima de lucha, esta cargada atmósfera de poesía civil y épica, este constante ejemplo de hombres de letras, de artistas como Goya, fieles a España y a su pueblo en uno de los momentos más graves de su historia, fueron madurando el camino, haciendo los peldaños que habría de escalar algo más tarde otro poeta liberal, el romántico revolucionario de las barricadas de París en 1830, el de más fiera musa cívica y aleteante patriotismo, José de Espronceda, nacido en aquel mismo año del 2 de mayo madrileño, y luego cantor, el más consistente y fervoroso, de aquella gran fecha.

Los que el rápido Volga ensangrentaron;
los que humillaron a sus pies naciones,
y sobre las pirámides pasaron
al galope veloz de sus bridones,
a eterna lucha, a sin igual batalla,
Madrid provoca en su encendida ira;
su pueblo inerme allí, entre la metralla
y entre los sables, combatiendo gira.



Cosa no sólo de mirar, sino de oír, la obra toda de Goya, dije ya antes. ¿Qué vimos, qué escuchamos todavía en ella los españoles de 1936, ese pueblo magnífico que respondió a la insurrección militar del 18 de julio —van a cumplirse ahora los veinticuatro años— con la toma del Cuartel de la Montaña y la rápida conquista de numerosas provincias sublevadas? El ejemplo inmortal de su «2 de mayo», la fiereza y la gracia de todo un pueblo, registradas en sus tremendos grabados y dibujos. Y como en 1808, también la lealtad de todos los auténticos poetas de España —sin ahora nombrar a otros insignes hombres de nuestra cultura— fue página radiante de aquellos años duros, pero maravillosos. Y para que a nuestro pueblo no faltase en su lucha un poderoso aliento, semejante al de Goya, otro pintor, Pablo Picasso, el más grande de nuestro tiempo, de lejos, pero metido dentro de su sangre, lo ayuda, y acompaña y deja, como el genial acusador de Los fusilamientos, su clamante Guernica, delator así mismo de la barbarie nazi en nuestro suelo, y su Sueño y mentira de Franco, una sarcástica y sonámbula mofa del generalísimo ferrolano del mismo nombre.

Goya. Picasso. Claroscuro candente. Aguafuerte de España.
(1960)


En Rafael Alberti, Relatos y prosa 
Barcelona, Bruguera, 1980
Foto: Rafael Alberti en 1981 por Isabel Steva Hernandez (Corbis)

6 nov. 2007

Francisco de Goya - Lluvia de toros

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