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18 dic. 2012

Stephen Jay Gould: El ombligo de Adán

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La gran hoja de la higuera sirvió a nuestros antecesores artistas como escudo botánico frente a la exhibición indecente de Adán y Eva, nuestros desnudos progenitores en el éxtasis e inocencia primigenios del Edén. No obstante, en multitud de cuadros antiguos, el follaje oculta algo más que los genitales de Adán; aparece un sarmiento de parra que cubre también su ombligo. Si bien era la modestia la que había obligado al ocultamiento de los genitales, era un motivo (misterio) muy diferente el que situaba una planto sobre su abdomen. En un debate teológico aún más portentoso que el famoso dedicado al número de ángeles que cabrían en la punta de un alfiler, muchos bienintencionados hombres de fe se preguntaban si Adán había tenido ombligo. (Después de todo, no había nacido de mujer, y no había ningún motivo para que persistiesen restos de su inexistente cordón umbilical. Y aun así, al ta val un prototipo, ¿no habría hecho Dios que el primer hombre fuera idéntico a los que habrían de venir tras él? En otras palabras, ¿no habría creado Dios con la apariencia de la preexistencia? En ausencia de toda guía defintiva para resolver esta frustrante cuestión, y tratando de no incurrir en las iras de nadie, muchos pintores se limitaron a recubrir el ombligo de Adán.

Pocos siglos más tarde, al ir recogiendo evidencias la naciente ciencia de la geología en favor de la enorme antigüedad de la Tierra, algunos defensores de la literalidad de la Biblia revivieron este antiguo debate aplicándolo, esta vez, a la totalidad del planeta. Los estratos y sus fósiles parecen desde luego representar un registro secuencial de incontables años, pero ¿acaso no crearía Dios su Tierra con la apariencia de la preexistencia? ¿Por qué no habríamos de creer que creó los estratos y los fósiles para ofrecer a la vida moderna un orden armonioso otorgándole un pasado sensato (aunque ilusorio)? Del mismo modo en que Dios creó a Adán con un ombligo, instaló en un mundo prístino la apariencia de una historia ordenada. Así pues, la Tierra podría tener tan sólo unos pocos miles de años de antigüedad, como afirma literalmente el Génesis, y aun así contener el registro de una aparente historia de incalculables eones de duración.

Esta argumentación, tan a menudo citada como modelo de la razón en sus aspectos más perfecta e impagablemente ridículos, fue planteada con toda seriedad y extensión por el naturalista británico Philip Henry Gosse en 1857. Gosse rindió el debido homenaje a su contexto histórico al escoger el título para su obra. La denominó Omphalos (ombligo en griego), en honor de Adán, y le añadió un subtítulo: An Attempt to Untie the Geological Knot (Un intento de desatar el nudo de la geología).

Debido a la espectacular estupidez de Omphalos, tal vez los lectores se pregunten a qué viene este ensayo. He decidido discutir la obra, en primer lugar, porque su autor era un hombre serio y fascinante, no un excéntrico sin remedio o un simple disconforme. Toda pasión honesta es merecedora de nuestra atención, aunque sólo sea por la razón más antigua jamás expuesta: la célebre frase de Terencio «Homo sum: humani nihil a me alienum puto» (Soy humano, y por lo tanto nada humano me es ajeno). Philip Henry Gosse (1810-1888) era el David Attenborough de su tiempo, el mejor narrador popular de la fascinación de la naturaleza de Gran Bretaña. Escribió una docena de libros sobre plantas y animales, dio múltiples conferencias ante auditorios populares y publicó varios trabajos técnicos sobre invertebrados marinos. Era también, en una era entregada a intensas pasiones religiosas como fórmula para expresar las pasiones humanas, imposibles de desahogar por otros métodos, un radical y entregado fundamentalista de la secta de los Hermanos de Plymouth. Aunque su History of the British Sea-Anemones y otras divulgaciones diversas sobre historia natural no sean ya leídas, Gosse conserva una cierta notoriedad como el protagonista de una obra clásica de autoanálisis y confesión personal, victoriana tardía, escrita por su hijo Edmund, en la que se narra la lucha de un joven frente a un aplastante extremismo religioso impuesto por un padre amante y amado: Father and Son

El segundo motivo por el que me interesé en Omphalos invoca el mismo tema que rodea a tantos de estos ensayos acerca de las rarezas de la naturaleza: las excepciones sí confirman la regla (confirman en el sentido de que ponen a prueba o comprueban, no en el sentido de que verifican). Si deseamos averiguar qué es lo que hace la gente normal, un disidente cuidadoso puede enseñarnos más que diez mil ciudadanos irreprochables. Una vez que compredamos por qué Omphalos resulta tan inaceptable (y no es, dicho sea de paso, por las razones habitualmente citadas), comprenderemos mejor de qué modo funcionan la ciencia y la lógica útiles. En cualquier caso, como ejercicio acerca de la antropología del conocimiento, Omphalos carece de contrincante, ya que su sorprendente rareza surgió de la mente de un estólido inglés, cuyo carácter y entorno cultural podemos comprender como algo próximo a nosotros, mientras que los exóticos sistemas de otras culturas nos resultan terra incognita, tanto por su contenido como por su contexto.

Para comprender Omphalos debemos empezar con una paradoja. El razonamiento de que los estratos y los fósiles fueron creados todos al mismo tiempo que la Tierra, y no representan más que una ilusión de tiempo transcurrido, resultaría más fácil de apreciar si su autor hubiera sido un teólogo de poltrona sin el más mínimo afecto por los trabajos de la Naturaleza. ¿Cómo podía un naturalista entusiasta que había pasado días (qué digo días, meses) en expediciones geológicas y que había estudiado fósiles hora tras hora, aprendiendo el modo de distinguirlos y sus nombres, contentarse con la perspectiva de que todos aquellos objetos de su dedicada pasión no fueran más que ficciones, con que no hubieran existido jamás, con que fueran, al fin y al cabo, tan sólo una gran broma perpetrada contra todos nosotros por el Señor de Todas las Cosas?

Philip Henry Gosse era el mejor naturalista descriptivo de su época. Su hijo escribe de él: «Como coleccionista de datos y recopilador de observaciones, no tuvo rival en su tiempo». El problema estriba en la caricatura habitual de Omphalos como una visión en la que Dios, al crear la Tierra, había mentido consciente y elaboradamente, bien para poner a prueba nuestra fe o simplemente por algún inescrutable capricho de un humor arcano. Gosse, tan ferozmente comprometido tanto con sus fósiles como con su Dios, planteó una interpretación opuesta que nos obligaba a todos a estudiar la geología con diligencia y a respetar todos los datos por ella ofrecidos a pesar de que carecían de existencia en el tiempo real. Una vez que comprendamos cómo pudo un empirista destacado abrazar el razonamiento expuesto en Omphalos («creación con apariencia de preexistencia»), entonces, y sólo entonces, podremos comprender sus falacias más profundas.

Gosse iniciaba su argumentación con una premisa central, pero dudosa: todos los procesos naturales, declaraba, se mueven ininterrumpidamente en círculo: del huevo a la gallina y de ésta al huevo, de la encina a la bellota y de ésta a la encina.

Este es, pues, el orden de toda la naturaleza orgánica. Una vez que nos encontramos en cualquier punto de su curso, nos vemos corriendo en un surco circular, tan interminable como el girar de un caballo ciego en torno a un molino ... ¿En los molinos anteriores a la mecanización, los caballos llevaban orejeras o, triste es decirlo, eran literalmente cegados para que aceptaran recorrer un trazado circular y no intentaran seguir en línea recta como tienden a hacer los caballos que se basan en referencias visuales. Esta no es una ley que se aplique a una especie en particular, sino a todas: impregna todas las clases de animales, todas las clases de plantas, desde la majestuosa palmera hasta el protococos, desde la mónada hasta el hombre: la vida de todo ser orgánico gira en un círculo incesante, al cual nadie sabe cómo asignar un comienzo ... La vaca es una consecuencia tan inevitable del embrión, como el embrión lo es de la vaca.

Cuando Dios crea, y a Gosse no le cabía la más mínima duda de que todas las especies habían aparecido por fiat divino sin evolución subsiguiente, debe romper (o «irrumpir», como escribía Gosse) por algún lugar este círculo ideal. Sea donde sea donde penetre Dios en los círculos (o «ponga su oblea de creación», como afirmaba Gosse en su metáfora), su producto inicial deberá llevar trazas de fases anteriores dentro del círculo, aunque esas fases no hubieran tenido existencia en tiempo real. Si Dios decide crear a los seres humanos en forma de adultos, su pelo y sus uñas (por no hablar de sus ombligos) son prueba de un crecimiento anterior que jamás tuvo lugar. Incluso si decide crearnos como un simple óvulo fertilizado, esta forma inicial implica un útero materno fantasmal y dos padres inexistentes de los que obtener el fruto de la herencia.

La creación no puede ser más que una serie de irrupciones en el interior de los círculos ... Suponiendo que la irrupción hubiera tenido lugar en cualquier parte del ciclo que nos plazca escoger, y variando esta condición indefinidamente a voluntad, no podemos eludir la conclusión de que cada organismo quedó marcado desde el primer momento con el registro de un ser anterior. Pero dado que la creación y la historia previa resultan inconsistentes entre sí, y dado que la mera idea de la creación excluye la idea de la preexistencia de un organismo, o de parte alguna de él, de ahí se sigue que tales registros son falsos, en la medida en la que testimonian el paso del tiempo.

Gosse inventó entonces una terminología para contrastar las dos partes del círculo antes y después de un acto de creación. Etiquetó como «procrónicas», o exteriores al tiempo, aquellas apariencias de preexistencia, introducidas de hecho por Dios en el momento de la creación, pero que parecían marcar etapas anteriores del círculo de la vida. Los eventos subsiguientes a la creación, y que se desplegaron en tiempo real, recibieron el nombre de «diacrónicos». El ombligo de Adán era procrónico; los novecientos treinta años de su vida sobre la Tierra, diacrónicos.

Gosse dedicaba alrededor de 300 páginas, casi el 90 por 100 de su libro, a una simple lista de ejemplos en favor del siguiente fragmento de su argumentación completa: si las especies surgen por creación repentina en cualquier punto de su ciclo vital, su forma inicial debe presentar apariencias ilusorias (pro-crónicas) de preexistencia. Permítanme escoger tan sólo una de entre sus numerosas ilustraciones, tanto para caracterizar su estilo de argumentación como para ofrecerles un ejemplo de su prosa gloriosamente recargada. Si Dios creó a los vertebrados como adultos, decía Gosse, sus dientes implican un pasado procrónico en cuanto a los modelos de desgaste y sustitución.

Gosse nos sirve de guía en un imaginario recorrido por la vida tan sólo una hora después de su creación en la Tierra salvaje. Hace una pausa en una playa y otea las distantes olas:

Veo a lo lejos un ... terrorífico tirano del mar ... es el siniestro tiburón. Cuán sigilosamente se desliza por las aguas ... Veamos cómo es su boca ...¿No es esto acaso una temible colección de cuchillos y lancetas? ¿No es este un caso de instrumentos quirúrgicos capaces de hacer que uno se estremezca? ¿Qué representaría para esta hilera de escalpelos triangulares la amputación de una pierna?

No obstante, los dientes crecen en espirales, uno detrás de otro, cada uno de ellos a la espera de su turno cuando los anteriores se desgasten por el uso y se desprendan:

De esto se sigue, por consiguiente, que los dientes que hoy vemos erectos y amenazadores son los sucesores de otros anteriores que ya han desaparecido y que estuvieron anteriormente en un estado durmiente como aquellos que vemos detrás de ellos ... De este modo, nos vemos obligados por los fenómenos a inferir una prolongada existencia anterior en este animal que, en realidad, ha sido creado hace menos de una hora.

En el caso de que intentemos aducir que los dientes actualmente en uso son los primeros miembros de su espiral, lo que no implicaría para nada la existencia de predecesores, Gosse responde que su grado de desgaste indica un pasado procrónico. En el caso de que propongamos que esos dientes inicales podrían estar intactos en un tiburón recién creado, Gosse pasa a otro ejemplo:

Vayámonos a un río más ancho. Aquí se refocila y abunda el gigantesco hipopótamo. ¿Qué podemos decir de su dentición?

'I'odos los hipopótamos adultos modernos poseen caninos e incisivos muy desgastados y biselados, con claros signos de utilización activa durante toda una larga vida. Aun así, ¿no podríamos, al igual que hemos hecho con el tiburón, aducir que un hipopótamo recién creado podría tener unos dientes afilados y prístinos? Gosse argumenta, correctamente, que ningún hipopótamo podría funcionar correctamente con los dientes en tal estado. Un hipopótamo adulto recién creado deberá tener dientes desgastados como evidencia de su pasado procrónico:

Las pulimentadas superficies de los dientes, desgastadas por su acción mutua, suministran una llamativa evidencia del paso del tiempo. Posiblemente alguien objete ... «¿Qué derecho tiene usted a asumir que esos dientes se desgastaron en el momento de su creación, en el supuesto de que el animal hubiera sido creado en estado adulto? ¿Acaso no podrían haber estado intactos?» A lo que yo respondo, imposible: los dientes le habrían resultado totalmente inútiles al hipopótamo, excepto en su estado de desgaste. Más aún, los caninos sin desgastar le habrían impedido cerrar las mandíbulas, obligándole a mantener la boca abierta de par en par hasta que se hubiera producido el necesario desgaste; mucho antes de lo cual, por supuesto, habría muerto de hambre...


Dibujo de Gosse (1857) del cráneo de un hipopótamo 
en el que se muestran los bordes biselados de los dientes 
(producto del tiempo y el desgaste) necesarios para su función.


El grado de desgaste no es más que una cuestión de tiempo... ¡Qué prueba tan indiscutible de una acción pasada, y aun así, en el caso del individuo creado, cuán ilusoria!

Así podríamos seguir durante toda la eternidad (de hecho, casi ocurre así en el libro), pero permítanme tan sólo otro ejemplo dental. Gosse, siguiendo su recorrido hacia arriba en la trayectoria topográfica de su viaje imaginario, llega a un bosque tierra adentro y se encuentra con Babirussa, el famoso jabalí asiático de enormes caninos superiores que crecen hacia adelante arqueándose hacia atrás, llegando casi a perforar el cráneo:

En los macizos de este bosque de mirísticas que hay a nuestro lado hay una baribusa; examinémosla. Héla aquí, casi sumergida en este tibio estanque. Amable cerdo de colmillos circulares, ¿abriría usted la hermosa boca, por favor?

El jabalí, creado por Dios hacía tan sólo una hora, obedece, exhibiendo así sus desgastados molares y, en especial, los caninos curvos, producto de un prolongado y continuo crecimiento.

Esta parte de la argumentación de Gosse me resulta perfectamente satisfactoria como solución, dentro de los límites de sus supuestos previos, de aquel dilema clásico del pensamiento (comparable en su importancia con el de los ángeles en la punta de un alfiler y con el ombligo de Adán): «¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?». La respuesta de Gosse es: «Cualquiera de ellos, al gusto de Dios, con trazas procrónicas del otro». Pero los razonamientos tienen el valor que tienen sus premisas, y las estupideces inspiradas de Gosse fracasan porque un presupuesto alternativo, hoy aceptado como indudablemente correcto, convierte en irrelevante la cuestión; a saber, la propia evolución. Los círculos de Gosse no giran eternamente; cada ciclo vital llene unos antecesores que se remontan a unos productos inorgánicos en un océano primigenio. Si los organismos surgieron por actos de creación ab nihilo, habrá que respetar los argumentos de Gosse acerca de las trazas pro-crónicas. Pero si los organismos evolucionaron hasta su estado actual, Omphalos se convierte en una gigantesca irrelevancia. Gosse comprendió perfectamente la existencia de esta amenaza y decidió hacerle frente rechazándola con violencia. Aceptaba que la evolución desacreditaba su sistema, pero sólo un idiota aceptaría un caso tan evidente de insensatez e idolatría (Gosse escribió Omphalos dos años antes que Darwin publicara El origen de las Especies).



Un cráneo de Babirussa dibujado por Gosse (1857) 
en el que se aprecia el tiempo implícito en el desgaste de los molares 
y el crecimiento de los caninos curvos.


Si alguien decide mantener, como hacen muchos, que las especies alcanzaron gradualmente su actual madurez a partir de formas más humildes ... bienvenidas sean sus hipótesis, pero yo no tengo nada que ver con esto. En estas páginas no lo tocaremos siquiera.

Pero Gosse se enfrentó entonces a su segunda y más grave dificultad: el razonamiento procrónico puede funcionar en el caso de los organismos y sus ciclos biológicos, pero ¿cómo puede aplicarse a la totalidad de la Tierra y su registro fósil? Porque lo que pretendía Gosse con su Omphalos era escribir un tratado para reconciliar a la Tierra con la cronología bíblica, «un intento de desatar el nudo de la geología». Sus afirmaciones acerca de las partes procrónicas en los organismos sólo tienen el objeto de servir como respaldo colateral a la argumentación geológica, que es la fundamental. Y las afirmaciones sobre geología de Gosse fallan precisamente porque descansan sobre una muy dudosa analogía con lo que él reconocía (a la vista del espacio que le concedía) que era una argumentación mucho más poderosa referida a los organismos modernos.

Gosse intentó, valientemente, plantear para toda la Tierra las mismas dos premisas que hacían que su razonamiento procrónico resultara aplicable a los organismos. Pero un mundo reticente se rebeló ante un razonamiento tan forzado, y Omphalos se vino abajo por su propia carencia de lógica, por su propio peso. Gosse empezaba intentando demostrar que todos los procesos geológicos, al igual que los ciclos biológicos orgánicos, se mueven en círculo:

El problema que debe resolverse antes de que podamos determinar con alguna certidumbre la cuestión de la analogía entre el globo y el organismo es, pues, la siguiente: ¿Es un ciclo la historia vital del globo? Si lo es (y hay muchas razones para suponerlo así), estoy seguro de que el procronismo debe haber resultado evidente en su creación, dado que no existe ningún punto en un círculo que no implique la existencia de puntos anteriores.

Pero Gosse jamás consiguió documentar ese carácter cíclico en la geología, y sus razonamientos perecieron ahogados en un mar de retórica y alusiones bíblicas tomadas del Eclesiastés: «Los ríos van todos al mar, y la mar no se llena; allá de donde vinieron tornan de nuevo, para volver a correr».

En segundo lugar, para hacer procrónicos a los fósiles, Gosse tuvo que establecer una analogía tan repleta de agujeros que haría estremecerse al más ardiente de los evaluadores de mentes: el embrión es al adulto lo que el fósil es al organismo moderno. Podremos admitir que las gallinas requieren la existencia previa de los huevos, pero ¿por qué tendría que estar necesariamente ligado un reptil moderno (en especial para un antievolucionista como Gosse) a un dinosaurio precedente como parte de un ciclo cósmico? Sin duda, una serpiente pitón no implica de modo ineluctable el enterramiento de un Triceratops en estratos procrónicos.

Con este epítome del argumento de Gosse, podemos resolver la paradoja planteada al comienzo. Gosse podía aceptar los fósiles y estratos como ilusorios, y aun así, defender su estudio porque no contemplaba la parte procrónica de un ciclo como algo menos «real» o informativo que su segmento diacrónico convencional. Dios decretó dos clases de existencia: una construida toda de una vez, con la apariencia del tiempo transcurrido, la otra como una progresión secuencial. Ambas engranan armoniosamente, formando círculos que, en su orden y majestuosidad, nos dan una visión de los pensamientos y planes de Dios.

La parte procrónica no es ni una broma ni una prueba de fe; representa la obediencia por parte de Dios a su propia lógica, dada su decisión de ordenar en círculos la creación. Como pensamientos en la mente de Dios, solidificados en la piedra por creación ab nihilo, los estratos y los fósiles son tan verdaderos como si registraran el paso del tiempo convencional. El geólogo debería estudiarlos con la misma atención y celo, ya que aprendemos a conocer los caminos de Dios tanto de sus objetos procrónicos como de sus objetos diacrónicos. La escala temporal geológica no es menos significativa como vara de medir que como mapa de los pensamientos de Dios.
La aceptación de los principios presentados en este volumen ... no afectaría, ni en el más mínimo grado, al estudio científico de la geología. El carácter y el orden de los estratos ... las faunas y floras sucesivas, y todos los demás fenómenos, seguirían siendo hechos. Seguirían siendo, como lo son ahora, temas legítimos para su examen e investigación ... Podríamos seguir hablando de la duración inconcebiblemente larga de los procesos en cuestión, siempre y cuando entendamos por esto un tipo ideal y no real: que esta duración era una proyección en la mente de Dios y no tuvo una existencia real.

Así pues, Gosse ofrecía Omphalos a los científicos en activo como una solución útil para los conflictos religiosos, no como un desafío a sus métodos, o a la relevancia de su información. Su hijo Edmund narró las grandes esperanzas que Gosse tenía puestas en Omphalos:

Jamás salió a la luz un libro con mayores expectativas de éxito que este curioso, obstinado y fanático volumen. Mi padre vivía enfebrecido por el suspense, esperando una tremenda explosión. Aquel «Omphalos» de su creación, pensaba, habría de poner fin a la agitación de la especulación científica, poner a la geología en brazos de las Escrituras, y hacer que el león pastara junto a la oveja.

Por el contrario, los lectores recibieron Omphalos con incredulidad, ridiculizándolo o, lo que es peor, con un silencio anonadado. Edmund Gosse continuaba:

Lo ofrecía, con gesto resplandeciente, por igual a los ateos que a los crisianos. La suya habría de ser la panacea universal; aquél habría de ser el sistema terapéutico intelectual que no podía por menos que sanar todas las aflicciones de la época. Pero, ¡ay de mí!, tanto los ateos como los cristianos lo vieron y se echaron a reír, y lo arrojaron a la basura.

Aunque Gosse se reconciliara con un Dios capaz de crear un pasado ilusorio tan minuciosamente detallado, esta idea resultaba anatema para la mayor parte de sus compatriotas. Los británicos son un pueblo práctico y empírico, «una nación de tenderos», por utilizar la famosa frase de Adam Smith; tienden a respetar los hechos de la naturaleza tal y como se les presentan, y raramente son proclives a los complejos sistemas de interpretación no obvia tan populares en gran parte del pensamiento del continente. El reverendo Charles Kingsley, un líder intelectual de incuestionable devoción tanto hacia Dios como hacia la ciencia, habló por muchos al afirmar que no podía «abandonar la dolorosa y lenta conclusión a la que he llegado tras veinticinco años de estudios y creer que Dios haya escrito en las rocas una enorme y superflua mentira».

Este ha sido el modo en que se ha tratado el razonamiento de Omphalos desde entonces. Gosse no lo inventó, y desde su época unos cuantos creacionistas han intentado revivirlo de tanto en tanto. Pero jamás ha recibido una buena acogida ni se ha hecho popular porque viola nuestra noción intuitiva de la benevolencia divina como algo libre de todo comportamiento retorcido; ya que si bien Gosse veía un resplandor divino en la idea del procronismo, la mayor parte de la gente no puede evitar la sensación visceral de que tiene un regusto a juego sucio. Nuestros modernos creacionistas norteamericanos la rechazan con vehemencia, por imputar un carácter moral un tanto dudoso al propio Dios y, en su lugar, optan por la idea aún más ridícula de que los kilómetros y kilómetros de estratos fosilíferos son todos ellos producto del Diluvio Universal y pueden, por consiguiente, introducirse en la escala temporal literal del Génesis.

Pero ¿qué es lo que está tan irremediablemente equivocado en Omphalos? Sólo (y tal vez paradójicamente) esto: que no podemos idear ningún mecanismo para comprobar si está equivocado... o en lo cierto, por otra parte. Omphalos es el ejemplo clásico de lo que es una idea totalmente incomprobable, ya que el mundo tendrá el mismo aspecto sean los estratos y los fósiles procrónicos o producto de una larga historia. Cuando comprendamos que hay que rechazar esta obra por este absurdo metodológico, y no por ninguna imprecisión demostrable en los hechos presentados en ella, comprenderemos la ciencia como un mecanismo del conocimiento, y Omphalos habrá desempeñado su papel como acicate intelectual.

La ciencia es un procedimiento para poner a prueba y rechazar hipótesis, no un compendio de conocimientos ciertos. En su terreno existen afirmaciones que pueden ser incorrectas (como falsas proposiciones, sin duda, pero como proposiciones que cumplen el requisito metodológico fundamental de ser comprobables). Pero las teorías que, por principipio, no pueden ser puestas a prueba, no forman parte de la ciencia. La ciencia es hacer cosas, no una cogitación inteligente; rechazamos Omphalos por su inutilidad, no porque esté equivocado.

El profundo error de Gosse yace en su incapacidad de apreciar esta característica esencial del razonamiento científico. Fue él quien clavó los clavos de su propio ataúd al subrayar continuamente que Omphalos no cambiaba nada en la práctica, que el mundo tendría exactamente el mismo aspecto con un pasado procrónico que con un pasado diacrónico. (Gosse pensaba que esto haría que sus razonamientos resultaran aceptables para los geólogos convencionales; jamás se dio cuenta de que lo que haría sería que rechazarían todo su modelo como irrelevante.) «No se me ocurre —escribía— nada que haga necesario rechazar ni una sola de las conclusiones hoy aceptadas, a excepción de la de la cronología real.»

Gosse hacía hincapié en que no podíamos saber dónde había situado Dios su oblea de creación en el círculo cósmico porque los objetos procrónicos, creados ab nihilo, tienen exactamente el mismo aspecto que los productos del tiempo real. A aquellos que argumentaban que los coprolitos (excrementos fósiles) prueban la existencia de animales activos, que se alimentaban, en un pasado geológico real, Gosse les replicaba que igual que Dios podía crear adultos con heces en sus intestinos, también podía poner heces petrificadas en los estratos de su creación. (No estoy poniendo este ejemplo por su efecto cómico; aparece en la página 535 de Omphalos.) Así pues, con estas palabras, Gosse selló su destino situándose fuera del mundo de la ciencia:

Una vez más repito aquí que no existe diferencia imaginable alguna para distinguir entre el desarrollo procrónico y el diacrónico. Todos y cada uno de los argumentos por medio de los cuales el fisiólogo puede demostrar que aquella vaca fue alguna vez un feto en el útero de su madre, se aplicarán con igual fuerza a demostrar que la vaca recién creada fue un embrión, algunos años antes de su creación ... No hay, ni puede haber, nada en los fenómenos que indique un lugar de comienzo en un punto dado, o en cualquier otro punto, o, de hecho, en punto alguno. El comienzo, como hecho, es algo que debo aprehender a partir de los testimonios; carezco de medio alguno para inferirlo a partir de los fenómenos observables.

Gosse quedó emocionalmente aplastado por el fracaso de Omphalos. Durante las largas veladas del invierno de su descontento, en el frío de enero de 1858, se quedaba sentado junto al fuego con su hijo de ocho años, intentando alejar amargos pensamientos discutiendo siniestros detalles de asesinatos del pasado y el presente. El joven Edmund oyó la historia de mistress Mannnig, que enterró a su víctima en cal viva y fue ahorcada vestida de satén negro; la de Burke y Hare, los profanadores de tumbas escoceses; y la del «misterio del morral», un saco de partes humanas pulcramente destazadas que apareció colgado de un pilar del puente de Waterloo. Probablemente este tema no fuera el más adecuado para un muchacho impresionable (según los recuerdos del propio Edmund, se sentía «casi petrificado de horror») y, aun así, me consuela un tanto que Philip Henry Gosse, sacudido por el dolor del rechazo de su incomparable teoría pudiera refugiarse en algo tan inequívocamente objetivo, tan absolutamente concreto.


Post scriptum

Tras escribir este ensayo descubrí que uno de mis escritores favoritos, Jorge Luis Borges, había escrito un fascinante comentario breve acerca de Omphalos («La creación y P. H. Gosse», en Otras inquisiciones, 1937-1952, Alianza Editorial, Madrid, 1989). Borges comienza citando varias referencias literarias a la ausencia de ombligo en nuestros primeros padres. Sir Thomas Browne, como metáfora del pecado original, escribe en Religio Medici (1642), «El hombre sin ombligo vive aún en mí»; y James Joyce, en el primer capítulo de Ulysses (¿es que hay algo que no pueda encontrarse en este libro increíble?) afirma: «Eva, desnuda Eva. No tenía ombligo». Aprecié de un modo especial el hermoso resumen y la conclusión final de Borges (aunque estoy en desacuerdo con él en el segundo punto): «Me gustaría subrayar dos virtudes de la olvidada tesis de Gosse. En primer lugar, su monstruosa elegancia. Segundo: su involuntaria reducción de una creatio ab nihilo al absurdo, su demostración indirecta de que el universo es eterno, como pensaban los Vedas, Heráclito, Spinoza y los atomistas».



En La sonrisa del flamenco (1985)
Título original: The flamingo's smile
Traductor: Joandomènec Ros
Barcelona, Crítica, 2008
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