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28 dic. 2014

Descarga: Witold Gombrowicz - Curso de filosofía en seis horas y cuarto

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Descarga: Witold Gombrowicz - Curso de filosofía en seis horas y cuarto

En 1969, ya muy enfermo y obsesionado con la idea de acabar de una vez, pensaba cada vez con mayor frecuencia en el suicidio. Su mujer, Rita, y un joven admirador, Dominique de Roux, hoy un prestigioso ensayista y novelista, le pidieron a Gombrowicz que les diera clases de filosofía con el fin de sumergirle en la única materia que siempre le había apasionado.Aquellos apuntes son los que, reunidos por sus «alumnos», han dado lugar a este Curso de filosofía en seis horas y cuarto, un repaso de los principales sistemas de pensamiento moderno desde Kant y a la vez la afirmación de su propio credo filosófico: el arraigo de una filosofía en la existencia concreta.

6 mar. 2014

Descarga: Witold Gombrowicz - Ferdydurke

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«El supremo anhelo de Ferdydurke es encontrar la forma para la inmadurez. Pero esto es imposible. ( … ) lo que quería conseguir a toda costa era una mayor libertad de palabra en este campo de la cultura, donde el escritor malo no puede decir nada porque es malo y el bueno tampoco puede decir algo porque es bueno (… ) Así que Ferdydurke tiene un doble aspecto: por un lado es un relato y una novela, una descripción y, por otro, un acto de mi lucha personal con la forma.» Witold Gombrowicz.

«Especie de grotesco sueño de un clown, con páginas de irresistible comicidad, con una fuerza de pronto rabelesiana, el reinado al parecer del puro absurdo, ¿cómo adivinar que en el fondo [Ferdydurke] era algo así como una payasada metafísica en que delirantemente estaban en juego los más graves dilemas de la existencia del hombre?» Ernesto Sabato.

25 jun. 2013

Descarga: Witold Gombrowicz - Curso de filosofía en seis horas y cuarto

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En 1969, ya muy enfermo y obsesionado con la idea de acabar de una vez, pensaba cada vez con mayor frecuencia en el suicidio. Su mujer, Rita, y un joven admirador, Dominique de Roux, hoy un prestigioso ensayista y novelista, le pidieron a Gombrowicz que les diera clases de filosofía con el fin de sumergirle en la única materia que siempre le había apasionado.Aquellos apuntes son los que, reunidos por sus «alumnos», han dado lugar a este Curso de filosofía en seis horas y cuarto, un repaso de los principales sistemas de pensamiento moderno desde Kant y a la vez la afirmación de su propio credo filosófico: el arraigo de una filosofía en la existencia concreta.

19 may. 2013

Witold Gombrowicz - El banquete

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Witold Gombrowicz


Las sesiones del Consejo... las sesiones secretas del Consejo se desarrollaban en la oscuridad de la sala de los retratos, cuya autoridad multisecular superaba y anulaba hasta la misma autoridad del Gran Consejo. Desde la altura de los antiguos muros, los crepusculares retratos contemplaban, sordos y mudos, los rostros hieráticos de los dignatarios, quienes, a su vez, contemplaban la vetusta y descarnada figura del Gran Canciller y Ministro de Estado. Aquel anciano seco y poderoso habló secamente, como de costumbre, sin intentar de ningún modo ocultar su profunda alegría, invitó a los ministros y viceministros de Estado a solemnizar el histórico momento, poniéndose de pie. En efecto, después de largas y complicadas gestiones, tendrían lugar las nupcias del Rey con la archiduquesa Renata Adelaida Cristina. Renata Adelaida Cristina se hallaba ya en la Corte, y, al día siguiente, durante el banquete real, los prometidos (que hasta el momento sólo se conocían por fotografías) serían presentados... Aquella excelsa unión acrecentaría y multiplicaría hasta el infinito el prestigio y el poder de la Corona. ¡La Corona! ¡La Corona! Sin embargo, una terrible preocupación, una profunda inquietud, peor todavía, un terror manifiesto se mostraba en los rostros expertos e inteligentes de los ministros y de los viceministros de Estado, y algo informulado y dramático se ocultaba entre sus viejos y fatigados labios.

Inmediatamente después de un voto unánime del Consejo, el Canciller abrió el debate, cuya característica principal fue, sin embargo, el silencio, un silencio sordo y mudo. El Ministro del Interior fue el primero en pedir la palabra, pero cuando le fue concedida, comenzó a callar y no hizo sino callar durante todo el tiempo que duró su intervención... después de lo cual volvió a sentarse. Hizo después uso de la palabra el Ministro de la Corte Real, pero también él no hizo sino levantarse y callar todo lo que tenía que decir y volvió a sentarse. A continuación, muchos ministros pidieron la palabra: se levantaban, callaban, volvían a sentarse, mientras el silencio, el obstinado silencio del Consejo, multiplicado por el silencio de los retratos y el silencio de los muros, se hacía cada vez más poderoso. Las velas agonizaban. El inflexible canciller presidía el silencio. Las horas pasaban.

¿Cuál era la razón de ese silencio? Ninguno de los elevados funcionarios allí presentes hubiera podido, ni siquiera osado, formular un pensamiento, un pensamiento que se imponía con fuerza irresistible, y cuya expresión habría constituido ni más ni menos que un delito de lesa majestad. Y era por eso que todos callaban. En efecto, ¿cómo decir que el Rey... que el Rey era... oh, no... nunca, primero la muerte... que el Rey... ¡oh, no, ay, no!... que el Rey era venal? ¡Que el Rey se dejaba sobornar! Impúdica, insaciable, rapazmente, el Rey era venal... pero de una venalidad como la historia no había conocido otra hasta el momento. Sí, venal y corrupto, eso era el Rey. El Rey se vendía y vendía a puñados su propia Majestad.

De pronto, los dos pesados batientes de la puerta esculpida se abrieron con estruendo para dejar pasar a la persona del Rey. Vestía el uniforme de general de la guardia, con la espada al flanco y un tricornio de gala en la cabeza. Los ministros se inclinaron profundamente ante el monarca, el cual colocó la espada sobre la mesa, se arrellanó en un sillón y contempló a los presentes con mirada astuta.

El Consejo de Ministros se transformó, por efecto mismo de la presencia del Rey, en Consejo de la Corona, y el Consejo de la Corona se preparó a escuchar las declaraciones del Rey. El soberano manifestó en primer lugar su satisfacción ante su próxima boda con la archiduquesa y su confianza absoluta en que su real persona sería capaz de conquistar el amor de la hija del Rey. De ninguna manera dejó de soslayar la gran responsabilidad que pesaba sobre sus hombros... Y mientras decía esas palabras hubo en la voz del Rey algo tan absolutamente venal que el Consejo de la Corona se estremeció en medio del completo silencio que reinaba en la sala.

—No estamos en condiciones de ocultar —dijo el Rey— que para Nosotros la participación en el banquete de mañana constituye una dura prueba... Nos vemos obligados a hacer un serio esfuerzo para que Su Alteza la Archiduquesa reciba la mejor impresión... No obstante, estamos dispuestos a todo por el bien de la Corona, sobre todo si... si... ejem... ejem...

Los reales dedos tamborilearon la mesa, y aquel tamborileo adquirió una significación especial, mientras que la declaración misma del Rey asumía tonos más bien confidenciales. No cabía la sombra de una duda: el corrupto monarca deseaba una gratificación por participar en el banquete. Y, repentinamente, el Rey comenzó a quejarse de que los tiempos eran difíciles, no sabía cómo hacer frente a ciertos compromisos... y se rió... se rió y guiñó confidencialmente un ojo al Canciller... volvió a guiñar el ojo y a reírse, mientras le picaba con un dedo las costillas al anciano.

El anciano observaba al monarca en medio de un silencio profundo, podría uno decir petrificado, mientras éste reía, guiñaba el ojo y le picaba las costillas... y el silencio del anciano iba en aumento con el silencio de los retratos y el silencio de los muros. La risa del Rey se extinguió. En aquel momento el férreo anciano se inclinó ante el Rey e, imitando su gesto, se inclinaron también las cabezas de los ministros y se doblaron las rodillas de los viceministros de Estado. El poder de la reverencia del Consejo fue tremendo por su inesperada aparición en la sala silenciosa. Aquella reverencia golpeó al Rey en el propia pecho, le inmovilizó brazos y piernas, le devolvió la Realeza... al grado de que el pobre Gnulo gimió terriblemente en medio de la sala y trató una vez más de reír... pero la risa volvió a secarse en sus labios... En la inmovilidad de aquel silencio, el Rey se aterrorizó... y su terror fue profundo... pero finalmente logró huir del Consejo y de sí mismo, y su espalda envuelta en el uniforme de gala desapareció en la penumbra de un corredor.

En ese momento se escuchó un grito atroz y venal:

—¡Ya me la pagaréis! ¡Ya me la pagaréis!

Tan pronto como salió el Rey, el Canciller reabrió los debates y el silencio volvió a reinar en la sala del Gran Consejo. El Canciller, inflexible, presidía aquel silencio. Los ministros se levantaban y se sentaban. Las horas pasaban. ¿Qué hacer? ¿Cómo impedir que el Rey, furioso por no haber logrado la cantidad que deseaba, provocara un escándalo en pleno banquete? ¿Cómo defender al rey Gnulo? ¿Qué impresión produciría aquel miserable rey, infame y vergonzoso, sobre una archiduquesa extranjera, hija de emperadores, admitiendo que por un milagro el escándalo pudiera evitarse? Tales eran las dolorosas preguntas que el Consejo no podía formular, que rechazaba y vomitaba en silenciosas convulsiones entre las vetustas paredes del salón. Los ministros se levantaban y se sentaban... Sin embargo, cuando, a eso de las cuatro de la mañana, el Consejo, con voto unánime, ofreció su dimisión, el viejo timonel de la nave del Estado no la aceptó y pronunció las siguientes memorables palabras:

—Señores, es necesario constreñir al Rey en el Rey, encarcelar al Rey en el Rey... Debemos enclaustrar al Rey en el Rey.

Era indudable que la reputación de la Corona sólo podía salvarse de la catástrofe aterrorizando al Rey, llevando hasta sus últimas consecuencias la presión del esplendor, de la magnificencia, del ceremonial y de la Historia. En este espíritu emanaron las directivas del Gran Canciller y por esa misma razón el banquete que tuvo lugar al día siguiente, en la sala de los espejos, revistió todo el esplendor imaginable y rozó, como los golpes de una campana, las esferas sublimes, casi celestiales, de la magnificencia.

La archiduquesa Renata Adelaida Cristina fue introducida en la sala por el Gran Maestro de Ceremonias y Mariscal de la Corte, y tuvo que cerrar los ojos, deslumbrada por la augusta y secular luminosidad de aquel archibanquete. Linajes tan antiguos como la historia se fundían con discreta potencia en el nimbo hierático del clero, y éste a su vez giraba como ebrio en torno al candor de los respetables escotes que se movían con desenvoltura entre las espadas de los generales y los grupos de embajadores... mientras los espejos repetían hasta el infinito aquel esplendor. El murmullo de las conversaciones se dispersaba en la multiplicidad de perfumes. Cuando el rey Gnulo apareció en el salón y entrecerró los párpados cegado por el brillo que emanaba aquella atmósfera fue saludado por una gran exclamación de bienvenida... al mismo tiempo que la inclinación de los presentes le impidió la fuga, y el coro de cortesanos a sus espaldas le obligó a dirigir sus pasos hacia la archiduquesa, la cual, arrugando nerviosamente los encajes de su vestido, no podía dar crédito a sus propios ojos. ¿Así que aquél era el Rey, su futuro marido? ¿Aquel hombrecillo vulgar con cara de comerciante y mirada astuta de vendedor ambulante de fruta? Aquel pequeño comerciante, ¿cómo era posible? ¿Podía ser un gran rey aquél que se le acercaba entre dos vallas de genuflexiones? Cuando el Rey le tomó una mano, se estremeció de disgusto, pero en ese mismo instante el estruendo de los cañones y el repique de las campanas extrajeron de su pecho un suspiro de admiración. El Gran Canciller emitió un suspiro de alivio, multiplicado y repetido por los suspiros de todos los demás miembros del Consejo.

Apoyando su mano augusta, metafísica y sagrada en la empuñadura de la espada real, el Rey tendió la mano, poderosa y santificante, a la archiduquesa Renata Adelaida Cristina y la condujo a la mesa del banquete. Les siguieron los invitados, que conducían a sus damas en medio del brillo de sus condecoraciones y espadas.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿De dónde procedía aquel sonido apenas perceptible y, sin embargo, traidor que llegaba a los oídos del Gran Canciller y de los otros miembros del Consejo? Tal vez se trataba de una ilusión auditiva, ¿o era más bien como si alguno de los presentes, sí, como si alguno de los presentes se divirtiera en hacer sonar unas monedas... en hacer sonar en sus bolsillos algunas pequeñas monedas de cobre? ¿Qué ocurría? Con mirada severa y glacial, el histórico anciano recorrió toda la asistencia para posarla en uno de los embajadores. Ni un solo músculo se movió en el rostro de éste, representante de una potencia enemiga que, con expresión de ironía en los delgados labios, daba el brazo a la princesa Bisancia, hija del marqués de Friulo... Pero de nuevo se oyó el sonido traidor, apenas perceptible, pero por todos los conceptos peligroso... Y el presagio de una traición, de una infame e innoble traición, de una conjura que se estuviera tramando en la sombra, se apoderó del ánimo histórico y dramático del Gran Canciller. ¿Se trataría de una conjura? ¿Se trataría de una traición?

El inicio del banquete fue anunciado con toques de trompeta, y su orden inapelable obligó a Gnulo a posar su vulgar trasero al borde del sillón real, y tan pronto como se hubo sentado se sentó toda la asamblea. Se sentaron, se sentaron, se sentaron los ministros, los generales, el clero y la corte. El Rey acercó la real mano al tenedor, lo tomó, y se llevó a la boca el primer bocado de carne y, al mismo tiempo, el Gobierno, la Corte, los generales, los sacerdotes se llevaron a la boca el primer bocado, mientras los espejos repetían hasta el infinito ese gesto. Atemorizado, Gnulo dejó de comer... pero entonces toda la Asamblea dejó de comer, y el acto de no comer se volvió aún más poderoso que el de comer... Para interrumpir cuanto antes esa situación, Gnulo se acercó a los labios una copa de vino... e inmediatamente todos levantaron las copas en un brindis estruendoso y mil veces repetido, en un brindis que explotó y permaneció suspendido en el aire... al que Gnulo respondió dejando su copa en el mantel. También los otros bajaron las copas. El Rey entonces volvió a tomar la copa. Y hubo otro brindis estruendoso. Gnulo dejó en la mesa la copa, pero, al ver que todos dejaban las copas, volvió a levantar la suya... y, una vez más, la Asamblea, elevando la copa, elevó hasta las nubes la dignidad del Rey entre el estruendo de las trompetas, el esplendor de los candelabros, los reflejos de los antiguos espejos. El Rey, aterrorizado, bebió otro sorbo.

El sonido traidor... el tintineo ligero, apenas perceptible, característico de las monedas en el bolsillo... llegó una vez más a los oídos del Gran Canciller y de los miembros del Consejo. El ilustre anciano posó nuevamente su mirada inmóvil y escrutadora sobre el rostro convencional del embajador de la potencia enemiga... y una vez más, y con mayor fuerza aún, se oyó el sonido traidor. Era evidente que alguien quería comprometer al Rey y desprestigiar el banquete, que alguien trataba así de instigar la patológica avidez del monarca. El tintineo traidor volvió a oírse, y con tal claridad que también lo oyó Gnulo... la serpiente de la rapacidad apareció en su rostro vulgar de mercachifle.

¡Infamia! ¡Horror! El ánimo del Rey se obstinaba de tal manera en su mezquindad, era de tal modo bellaco y trivial que no se dejaba tentar por las grandes sumas, sino por las pequeñas; la calderilla podía conducirlo hasta el fondo del Averno: ¡Oh, monstruosa paradoja, no era tanto la corrupción la que corroía al Rey, como las propinas! Sí, las propinas ejercían sobre él la misma fascinación irresistible que un hermoso hueso sobre un perro. Toda la sala se paralizó a la espera. Una vez oído aquel sonido tan dulce como tan conocido, el rey Gnulo dejó la copa y, olvidando de golpe todo lo que le rodeaba, en su ilimitada imbecilidad, se relamió suavemente... ¡Suavemente! Eso fue lo que a él le pareció. El que el Rey se relamiera sentó como una bomba a los comensales rojos de vergüenza.

La archiduquesa Renata Adelaida emitió un sofocado gemido de repulsión. La mirada de los miembros del Gobierno, de la Corte, de los generales y de los sacerdotes se dirigió hacia la figura del anciano, quien desde hacía muchos años conducía con sus manos yertas el timón del Estado. ¿Qué hacer? ¿Cómo comportarse?

Entonces vieron salir heroica, lentamente, de los pálidos labios de aquel hombre notable una vieja y estrecha lengua. El Canciller se había lamido los labios. ¡Se había relamido el Canciller del Reino!

Por un instante el Consejo luchó contra el desmayo, pero al final aparecieron las lenguas de los ministros, y después de ellas las de los obispos, las lenguas de las condesas, las de las marquesas... y todos se relamieron de un extremo al otro de la mesa, en medio del misterioso esplendor de los cristales. Los espejos repitieron ese acto hasta el infinito, bañándolo de reflejos glaciales.

El Rey, enfurecido al ver que nada le estaba permitido, ya que todo lo que hacía era de inmediato imitado, empujó violentamente la mesa y se levantó. Pero también se levantó el Gran Canciller y, tras el Gran Canciller, se levantaron todos los demás.

El Gran Canciller, en efecto, no tenía ya ninguna duda tras tomar la decisión cuya increíble audacia pulverizó todas las conveniencias sociales. Al comprender que no podría ocultar a Renata Adelaida Cristina la verdadera naturaleza del Rey, el Gran Canciller decidió lanzar abiertamente a todos los invitados al banquete en una lucha por la salvación de la Corona. No quedaba otro remedio... los invitados debían repetir inexorablemente no sólo aquellos actos del Rey que se prestaran a la emulación, sino precisamente todos los que no admitían imitación. Sólo de esa manera podían convertir sus gestos en archigestos, y esa violencia sobre la persona del Rey se convirtió en algo necesario e indispensable. Por la misma razón, cuando el enfurecido Gnulo golpeó la mesa con el puño, rompiendo dos platos, el Canciller, sin la más mínima duda, rompió dos platos y todos los demás rompieron dos platos como si se tratara de honrar a Dios. ¡Y sonaron las trompetas! ¡Los invitados estaban a punto de ganar al Rey! El Rey, encadenado, volvió a dejarse caer en la silla y permaneció en ella en silencio, mientras los invitados permanecían a la expectativa de cualquier gesto suyo. Algo increíble, algo fantástico nacía y moría entre las exhalaciones de esa intensa convivencia.

El Rey se puso de pie. Todos los invitados se pusieron de pie. El Rey dio unos pasos, los comensales también. El Rey comenzó a deambular, los comensales comenzaron a deambular. Y, en aquel deambular, en ese caminar monótono e interminable, se alcanzaron alturas tan grandiosas del archideambular que Gnulo, repentinamente mareado, lanzó un alarido y, con los ojos inyectados de sangre, se derrumbó sobre la archiduquesa y, sin saber qué hacer, comenzó a estrangularla lentamente ante la Corte entera.

Sin dudarlo un instante, el timonel del Estado se dejó caer sobre la primera dama que encontró a mano y comenzó a estrangularla. Los otros invitados siguieron su ejemplo. Y el archiestrangulamiento repetido por multitud de espejos se liberaba de todos los infinitos y crecía, crecía, crecía... hasta que la estrangulación cesó... ¡Y de esa manera el banquete rompió los últimos lazos que lo unían con el mundo normal y se liberaba de cualquier control humano!

La archiduquesa cayó al suelo... muerta. Cayeron también muchas damas estranguladas. La inmovilidad, una horrorosa inmovilidad multiplicada por los espejos, absolutamente silenciosa, comenzó a crecer y a crecer...

Crecía. Crecía sin tregua y se multiplicaba en los océanos de la quietud, entre las inmensidades del silencio, y reinaba, la archiinmovilidad en persona, la quintaesencia de lo inmóvil que, al descender a la Tierra, se imponía y reinaba...

Fue entonces cuando el Rey se dio a la fuga.

Gesticulando, presa de un pánico indecible, con las dos manos en el culo, el Rey comenzó a huir, corrió hacia la puerta, con la obsesión de dejar tras de sí, muy atrás, todo aquel archirreino. Los invitados advirtieron que el Rey, su Rey, escapaba... ¡Un instante más, y el Rey habría huido! Observaban todo lo que estaba ocurriendo con estupefacción, pues ellos no tenían derecho a detener a un rey... al Rey. ¿Quién podía atreverse a hacer uso de la fuerza para detener al Rey?

—¡Sigámosle! —gritó el anciano—. ¡Sigámosle! ¡Tras él!

El aire frío de la noche golpeó las mejillas de los dignatarios, mientras corrían por la explanada del castillo. El Rey huía por la carretera, le seguía muy cerca el Gran Canciller, y todos los invitados corrían a sus talones. Y entonces el archigenio de aquel estadista se reveló una vez más en todo su archipoder... en efecto, la ignominiosa huida  del rey se transformó en una carga de infantería, y ya no se sabía si el rey huía, o si el rey dirigía el asalto. ¡Oh, las aladas colas de los embajadores, las túnicas violeta o escarlata de los prelados, las chaquetas negras de los ministros, las ropas de etiqueta de los grandes señores, oh, qué galope, qué archigalope de tantos dignatarios! Los ojos de la plebe jamás habían visto nada semejante. ¡Los magnates, los latifundistas, los descendientes de las estirpes más gloriosas galopaban junto a los oficiales del Estado Mayor, cuyo galope se unía al de los ministros todopoderosos, al de los mariscales y chambelanes, y al galope desenfrenado de algunas grandes damas de la Corte! ¡Oh, qué carrera, qué archicarrera de mariscales, de chambelanes, la carrera de los ministros, el galope de los embajadores en medio de la noche tenebrosa, bajo las luces de las lámparas, bajo la bóveda del cielo! Los cañones del castillo dispararon. ¡Y el Rey se lanzó a la carga!

Y archicargando a la cabeza de su archiescuadrón, el archirrey archicargó en las tinieblas de la noche.

1946


En Bakakaï
Traducción: Bakakaï
Imagen: gombrowicz.net


23 oct. 2011

Gombrowicz Witold - Marx

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Lunes, 12 de mayo

Marx conoció a Hegel en su juventud, pero a los diecinueve años afirmaba en una carta a su padre que Hegel no le satisfacía.

¿Por qué?

Lo que alejó a Marx de Hegel fue el elemento abstracto, la lógica abstracta.

Es cierto que tomó prestado mucho de Hegel, pero revolucionó el sentido mismo de la filosofía.

Dijo que el problema del filósofo no es comprender el mundo sino cambiarlo.

El hombre está en relación con el mundo exterior.  Tiene necesidad de dominar la naturaleza y ése es su verdadero problema, el resto es puro ringorrango.

Marx afirmaba que la filosofía no debe ser aristocrática, es decir, hecha por hombres al margen de la vida común, sino que debe estar hecha a la medida del hombre medio, del hombre que tiene necesidades y vive en sociedad.

Se puede proceder, decía Marx, a una revisión del pensamiento y de los valores desde arriba hacia abajo.  Lo que proviene de arriba es forzosamente un lujo, un ornamento.  Pero lo que proviene de abajo es la realidad.  Por tanto, hay que ir desde la conciencia inferior a la superior.

De Hegel tomó la idea del devenir en un proceso dialéctico (tesis, antítesis, síntesis).

Siguiendo a Hegel: la idea de la historia que se realiza precisamente a través de antinomias y que es propia del hombre, puesto que os recuerdo que para Hegel la naturaleza es siempre la misma, se repite.  Los planetas giran siempre de la misma forma y la evolución de las especies inferiores, insectos, animales, es extremadamente lenta e invisible.

¿Cómo se presenta el mundo según Marx?

El primer aspecto es su materialismo.  El marxismo es la negación de la religión.  Considera la religión como un producto de los hombres para huir ante el peligro.  Y es un instrumento de la clase superior para dominar a la clase inferior.

El materialismo constituye la negación del idealismo, de toda metafísica, de todo recurso a las ideas.  Para el marxismo, no hay más que la realidad brutal y concreta de la vida.

Segundo aspecto: el marxismo se define por la célebre fórmula: el ser condiciona a la conciencia.

Para un filósofo clásico, la conciencia era algo primario, elemental.  Todo era para la conciencia y nada podía condicionaría.

Marx procede a una nueva reducción de la razón humana.  Se trata de una reducción sociológica del pensamiento.

Las sucesivas reducciones han sido:

1.° reducción [falta una palabra]
2.° reducción antropológica
3.° reducción fenomenológica (Husserl)
4.° reducción sociológica (Marx)
5.° Nietzsche, quien reduce la filosofía a la vida.

Para comprender la evolución del pensamiento conviene conocer estas reducciones.

La reducción sociológica significa que la conciencia está condicionada por la existencia.  Esto significa hacer de la conciencia un instrumento de la vida, que se ha desarrollado gradualmente a partir de la especie más baja mediante un proceso de adaptación, de desarrollo dialéctico, en fin, por un proceso natural, como todo.

Esto significa que la conciencia está en función de nuestras necesidades, de nuestra relación con la naturaleza.  Pero como el hombre no depende solamente de la naturaleza sino también, y sobre todo, de la sociedad, de las condiciones históricas producidas por esta sociedad, la conciencia está formada por dicha sociedad.  Por tanto, la conciencia es ante todo función de la historia humana.

El tercer aspecto: la necesidad crea el valor.  Si os encontráis por ejemplo en el desierto del Sahara, un vaso de agua puede significar para vosotros algo decisivo, pero si estáis en Vence, con el agua del Foux, entonces pierde su valor.

Esta tesis me parece absolutamente justa.

Observaréis que, por ejemplo, está en la base de mi crítica de la pintura y es también contraria a toda anarquía, a todo nihilismo y, en fin, a teorías arbitrarias , existencialistas, según las cuales no es la causa encarnada en una necesidad la que crea el valor, sino los objetivos que se propone el hombre en total libertad.

Por ejemplo, según Sartre, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte.  Para el marxismo, un ser vivo está obligado a elegir la vida y no puede hablarse aquí de libre elección.

La HISTORIA según la interpretación marxista.

La historia de la humanidad proviene de la necesidad de dominar técnicamente la naturaleza.

Ahora bien, la creciente conciencia de la humanidad le ha permitido organizar una sociedad y un Estado que son ante todo un sistema de producción de bienes.

En esta organización, un hombre debe estar sometido al otro de suerte que es a través de la explotación de un hombre por otro como se llega a la acumulación de bienes.  El hombre que forma parte de un grupo está sometido a la ley del grupo que quiere la fuerza, y esta fuerza es la consecuencia de la explotación del hombre por el hombre.  Por ejemplo, el ejército que obedece a un solo hombre a través de los generales, etcétera, o los esclavos, o, en fin, las castas, los diferentes grados en los sistemas feudales, las clases.

Es el hombre quien obliga al hombre a trabajar.

Llegamos así a la noción de base, tan cara a los marxistas.

Esta base es la masa de los explotados.  La clase dominante forma la superestructura que crea la filosofía, la religión, la ley; la que, en una palabra, organiza la conciencia.  Precisamente, todo esto sirve de forma disimulada para mantener la explotación.

La religión, por ejemplo, establece que la autoridad proviene de Dios y los desgraciados de este mundo encontrarán el Paraíso.  El sentido profundo y único de la religión es simplemente el de transferir la justicia al otro mundo.

El cristianismo, que comenzó como una revolución de esclavos en Roma, tuvo sin embargo un elemento metafísico: Dios.  Pero a través de la Iglesia se convirtió en un instrumento de explotación.

Cuando contemplamos la moral reinante, vemos que se trata sobre todo de mantener el derecho a la propiedad y de imponer la moral burguesa al proletariado.

La esencia de la filosofía radica en una actitud contemplativo.  No quiere transformar el mundo. Huye hacia la metafísica.  Es, finalmente, la razón separada de su base, una superestructura que trata de ocultar sus dependencias.  Busca valores absolutos y no se ocupa de las necesidades.  Nuestra ley es un sistema que busca la consolidación del derecho a la propiedad y la explotación.  Podéis ver que el marxismo demuestra la mistificación, de igual modo que el freudismo o Nietzsche.  Esta consiste en demostrar que detrás de nuestros sentimientos «nobles» se ocultan complejos, bajezas y, en fin, la suciedad de la vida.  Uno de los grandes méritos de Nietzsche, quien procedió a una crítica extremadamente perspicaz de las actitudes puras, es haber demostrado que nuestro pensamiento está hecho de la misma materia que el resto de las cosas.

Todo esto nos lleva a descubrir, por decirlo así, la primera naturaleza del hombre.  La segunda es una naturaleza deformada por los hombres, por las necesidades de este sistema de explotación llamado sociedad, y cuyo objetivo es el de producir bienes sirviéndose de los demás hombres.  Estamos en un sistema económico que deforma nuestra conciencia.

Habéis visto cómo la religión, la moral, la filosofía y la ley están hechas para mistificar y para mantener al esclavo en su esclavitud.

Con ello llegamos a la famosa teoría de la plusvalía.

Los capitalistas, es decir, los miembros de la clase superior, compran el trabajo como si fuera una mercancía, por tanto, al mejor precio posible.  Este mejor precio representa solamente aquello de lo que el obrero tiene necesidad para alimentarse y para engendrar hijos.

La Plusvalía se forma, pues, porque el obrero produce mucho más que lo que se le paga; el resto va a parar al capitalismo.

El obrero produce siempre más que lo que se le paga.

Esto es la plusvalía.  El trabajo del obrero está sometido, como todas las mercancías, a la famosa ley económica de Adam Smith según la cual, si la oferta es mayor que la demanda, el valor de la mercancía baja.

Esta es la ley que explica el proceso de la devaluación.  Para frenar la devaluación hay que aumentar la oferta, es decir, la producción.

Si se devalúa la moneda, cada vez hacen falta más pesetas.  Como la Plusvalía va al bolsillo del capitalista, pues bien, los obreros, al ser pobres, tienen que ofrecer su trabajo a precios cada vez más bajos.  Así es como se produce la devaluación del trabajo y el aumento del capital, que es una fuerza anónima, al margen de lo humano: lo que produce la famosa alienación.

El hombre alienado, es decir, que no puede ser él mismo, está obligado a servir de máquina en lugar de llevar una vida normal.

Esta teoría es hermosa, pero en mi opinión no es aplicable al capitalista.

El capital sirve para crear otras riquezas, pero esta explotación del hombre por el hombre no se lleva a cabo precisamente para la felicidad del individuo.  El capitalismo no aprovecha únicamente al capitalista, pues si éste pretende devorar su dinero, no puede comprarse más de cien sombreros, un yate, etcétera, al año.  El resto de su dinero, ¿adónde va a parar?  A otras fábricas, otras industrias, etcétera, y de esta forma la pujanza técnica de la humanidad se hace cada vez mayor.  Esta explotación del hombre por el hombre es una necesidad fundamental del progreso humano, que resulta extremadamente difícil para el individuo.

Y ahora, pasemos a los «caramelos», es decir, a la  Revolución.

El capitalismo tiene esta particularidad: el gran capital devora al más pequeño y se concentra en un grupo muy reducido de hombres.  Marx preveía que a causa de esta evolución del capital, por una parte se formaría un reducido grupo de millonarios y, por otra, una masa enorme de proletarios que (frase incompleta).

Y de esta forma se producirá la revolución proletaria, que es una necesidad inevitable.

¿Adónde ha llegado el marxismo en 1969?

La gran crisis del marxismo proviene sencillamente del hecho de que -la situación en el Este lo ha demostrado- se trabaja mal y se produce muy poco. ¿Por qué?  La vida es ruda; si no se obliga a los hombres a trabajar, naturalmente no trabajarán.

La paradoja, y es una paradoja que salta de tal manera a la vista que hace falta toda la mala fe . de cierta izquierda para no darse cuenta, quiere que el único país del mundo que casi ha liquidado al proletariado, salvo entre los negros, sean los gloriosos Estados Unidos, es decir los capitalistas.  Los socialistas, en cambio, están en bancarrota por todas partes por la sencilla razón de que nadie tiene interés ni en producir ni en obligar a los demás a hacerlo, puesto que no hay ningún interés en juego.

Hoy en día la única esperanza de los comunistas es que el comunismo vaya mejor en los países altamente desarrollados, lo que no es más que un cuento, ya que basta que hable cinco minutos con mi masajista para ver que esto es del todo imposible, pues el hombre se hace aún más egoísta en una sociedad rica que en una sociedad pobre.

Los chinos. ¡Puro estalinismo!  Cada chino, en los reportajes sobre China, grita como un soldado.  Es de pánico.

La producción china ha aumentado a ojos vistas, ¡pero en absoluto como se pensaba!  Los últimos años han representado un gran desencanto.

El marxismo da esperanzas a los desposeídos.

El pensamiento marxista ha servido sobre todo para desenmascarar (frase incompleta), pero en general todo el pensamiento filosófico es utópico y no conduce a nada.

A mi juicio, la cuestión marxista ha sido absolutamente mal planteada, porque lo ha sido desde el punto de vista moral de la «justicia».  Pero el verdadero problema no es moral, es económico.  La prioridad es aumentar la riqueza; la distribución de las riquezas es algo secundario.

Se plantea la cuestión desde el punto de vista moral porque, naturalmente, es más fácil, y ello permite pronunciar hermosas frases.

Vemos por ejemplo que en Occidente el sistema capitalista ha conseguido aumentar enormemente la producción, sobre todo gracias a la técnica, de suerte que el nivel de vida de todo el mundo ha aumentado, mientras que con las frases más bonitas no se llega a nada de nada.  La producción baja.  Todo queda al mismo nivel y todo se adormece en la burocracia y el anonimato.

Hay algo elemental: si permitís desplegar a los hombres toda su energía y su inteligencia, uno dominará a la fuerza al otro, uno será superior al otro.  Pero de este modo, obtendréis. una enorme cantidad de energía, mientras que si queréis la igualdad entre los hombres , entonces, naturalmente, tendréis que frenar esta posibilidad de superioridad.

¿El porvenir del marxismo?

Supongo que dentro de veinte o treinta años el marxismo será puesto de patitas en la calle.

Si la clase superior sigue siendo tan estúpida y ciega como es ahora, y si abandona el poder a las masas, hay que prepararse para un periodo de regresión que durará hasta la producción de una nueva clase superior fuerte.  Pero si la derecha aguanta firme y no se deja imponer esta «mala conciencia» que caracteriza justamente a los marxistas, pues bien, el asunto puede resolverse con un enorme progreso galopante de la técnica que, según mis cálculos aproximados, puede transformar de forma radical el mundo en el plazo de veinte o treinta años.  Tendremos alitas para volar...

El fascismo es una revolución a contrapelo.

El gran defecto de la clase superior es el de ser esencialmente una clase de consumidores.  Por consiguiente, está habituada a las comodidades, se vuelve perezosa, delicada, y degenera.  Pero ahora la clase superior está compuesta cada vez más por ingenieros, productores, científicos e intelectuales; por fin personas que trabajan.

Noto un abuso del lenguaje de la izquierda, que ha hecho del fascismo algo terrorífico.  Así, la palabra «trabajador» no significa un médico que trabaja duramente de la mañana a la noche, sino que significa un barrendero de la calle que trabaja cinco minutos y después mira la pared, etcétera.  Veis que hasta el lenguaje ha sido falsificado.

Los izquierdistas son imperialistas.  Hay una cosa que no comprenden: que son aristócratas, y lo primero que hará la revolución será liquidarlos, como hicieron en Polonia.

Según el marxismo, nos encontramos ante una humanidad deformada.  La explotación es la fuente de la fuerza.  Nuestra conciencia está deformada porque se ha adaptado a un sistema de explotación que no quiere confesar.

El marxismo es una tentativa de desmitificación.

En un sentido filosófico, el marxismo no propone una idea precisa del mundo, sino sólo una liberación de la conciencia para que pueda reaccionar de una forma auténtica y no deformada ante el mundo y el hombre.


En Curso de filosofía en seis horas y cuarto
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


16 dic. 2010

Witold Gombrowicz - Hegel

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Sábado, 3 de mayo



Biografía aburrida.  Siglo xix.  Profesor en Berlín.
Kant

Fichte:   filosofía del Estado y de la ley.
Schelling:          naturaleza artística." Su filosofía está muy influida por la estética y el arte.  Hegel lo atacó violentamente.
La tesis fundamental de Hegel: lo que es racional es real, lo que es real es racional.
No es tan difícil.  La idea principal es que el sujeto es correlativo (dependiente) del objeto, que uno no puede existir sin el otro.
Imaginad que no existe más que una cosa. Si no hay conciencia, esta cosa no existe.  Sobre esta base formula Hegel su teoría de lo real.
El mundo es una cosa; es conocido en la medida en que es asimilado por la razón, por una conciencia racional.  Hegel da una imagen grandiosa de este proceso.
Supongamos que entro en una catedral.  Al principio no veo más que la entrada, fragmentos de muros, detalles arquitectónicos que no se explican por sí mismos.  En fin, veo la catedral de un modo fragmentario.  Sigo adelante.  A medida que avanzo, veo cada vez más aspectos de la catedral y por fin llego al otro extremo y la veo entera.  Descubro el sentido de cada fragmento.  La catedral ha penetrado en MI RAZÓN. Este es precisamente el proceso de nuestro desarrollo en el mundo.  Cada día comprendemos mejor el mundo, nos damos mejor cuenta de la razón de cada fenómeno.  Por tanto, el mundo existe para nosotros un poco más cada vez.  Llegará un momento, el momento final de nuestra historia y del género humano, en que el mundo será plenamente asimilado.  Ese día desaparecerán el tiempo y el espacio, y la conjunción del objeto con el sujeto se transformará en un absoluto.  Fuera del tiempo y del espacio.  Ya no habrá movimiento.  Entonces, ¡zas!, el ABSOLUTO.
Como veis, semejantes sistemas metafísicos tienen una estructura bastante fantástica.  Incluso cuando los sistemas se vienen abajo sirven para comprender un poco mejor la realidad y el mundo.  Esta idea del progreso de la razón en Hegel se realiza a través de un sistema dialéctico que hoy en día es de la mayor importancia y que se formula poco más o menos así.
Cada tesis encuentra su antítesis en un grado más alto.  Esta síntesis aparece de nuevo como tesis y encuentra su antinomia, etcétera.  Por tanto, es una ley de desarrollo basada en la contradicción.  Según Hegel, nuestra mente se halla fundada en esta contradicción porque es imperfecta, porque conoce la realidad tan sólo parcialmente.  Por tanto, sus juicios son imperfectos.
Hegel descubre esta contradicción en la base misma de la mente: por ejemplo, cuando decimos todo tenemos que admitir lo singular.  Cuando imaginamos una cosa negra hay que pensar también en otro color porque la idea misma del color es una oposición entre éste y el resto de los colores.  Esta misma oposición se encuentra en el desarrollo histórico del Estado.
Por ejemplo, una dictadura provoca una revolución y una revolución reencuentra su síntesis en un sistema que no corresponde ni a la dictadura ni a la revolución; un sistema, pues, de poder limitado que, a su vez, se ve corregido por un sistema, por ejemplo, oligárquico.
Asimismo, cuando pensáis todo, estáis obligados a pensar nada, y así es como se avanza, paso a paso, en esta catedral.
La filosofía de Hegel es una filosofía del devenir, lo que constituye un gran paso adelante, este proceso del devenir no aparece en las filosofías anteriores.  No es sólo un movimiento, sino un progreso, puesto que este proceso dialéctico nos sitúa siempre en un escalón superior, hasta el logro final de la razón, y este proceso, en Hegel, está naturalmente fundado en el progreso de la razón, es decir, de la ciencia.  Lo que le lleva a conceder la mayor importancia a la historia.
Para Hegel la naturaleza no es creadora.  No avanza.  El sol, por ejemplo, sale y se pone siempre de la misma manera.  Ahora bien, lo creador es el devenir humano, que se expresa sobre todo en la historia.  Ya pueden observarse los grandes abismos que se abren para la mente entre lo que llamamos ahora lo sincrónico y lo diacrónico.
Este abismo forma parte de las grandes contradicciones que siguen caracterizando a la mente humana, como, Por ejemplo, la de objeto-sujeto o la teoría del continuo einsteiniano, la teoría de los cuantos de Planck, la forma de concebir el electrón, o la teoría corpuscular Y ondulatoria de la luz.  La mente humana aparece en esta perspectiva como algo formado por dos elementos diferentes que no se reencuentran jamás.
El hombre es precisamente esta abertura.
Otra fórmula de Hegel que os dará idea de su lenguaje un tanto complicado: el hombre es el principio a través del cual la razón del mundo llega a la conciencia de sí misma.
Echemos ahora un somero vistazo a la lógica de Hegel.  Esta se presenta, grosso modo, así:
Afirmo que no existe ninguna cosa, pero, dado que lo afirmo, entonces, al menos, existe mi afirmación.  Por tanto, el ser existe (en oposición a la cosa).  Pero puesto que el ser en sí no significa nada, al decir ser, debo decir que alguna cosa es.  Llego, por este camino, a reconocer que la categoría del ser puede ser pensada solamente con la del no-ser; lo que ya os dije al hablar de la antinomia de la mente.  Pero quiero mostrar simplemente cuál es el punto de partida de esta lógica.
La diferencia entre la lógica tradicional y la de Hegel es ésta: según la lógica tradicional, todo lo que es es idéntico a sí mismo y nada se contradice.  Es sencillamente el famoso principio de identidad, según el cual, A equivale a A.
Ahora bien, en Hegel nada es idéntico a sí Mismo y todo se contradice. (La imperfección de la razón que avanza: hasta que no haya visto enteramente la catedral, el sentido es imperfecto.  A igual a A no se realiza aquí.)
Esto conduce a lo que he anunciado al comienzo: la base de la realidad es el pensamiento.  Basta comparar el mundo hegeliano con el mundo de Aristóteles o el de santo Tomás para comprender que el hegeliano es la verdad en marcha, el lugar donde la humanidad forma sus leyes y el hombre se convierte en un peldaño de la historia.
La importancia que Hegel concedió a la historia ha contribuido ciertamente al triunfo del pensamiento de Hegel.
Para daros una idea de este pensamiento en sus detalles, y que os mostrará hasta qué punto mis resúmenes están lejos de contener todas estas cosas, quisiera hablaros de un libro importante de Hegel: la Fenomenología del espíritu, segundo tomo.
El capítulo sexto (para mostrar el camino de su pensamiento).  El espíritu verdadero, la eticidad, se divide en: el mundo ético, el mundo humano y divino y el hombre y la mujer.
Esto se subdivide en:
1.° La nación y la familia.  La ley del día y la ley de la noche, que a su vez se subdivide en:
A.    La ley humana
B.    La ley divina
C.    Los derechos del individuo.
2.° El movimiento, en ambas leyes (siempre devenir):
A.    Gobierno-guerras-potencia negativa
B.    (Muy importante.) La relación ética entre el hombre y la mujer en el sentido de hermano y hermana.
C.  La influencia recíproca de la ley divina y humana.
3.° El mundo ético como infinitud, por tanto, totalidad.
El análisis hegeliano de estos temas consiste siempre en descubrir y definir el movimiento dialéctico al que están sometidos. Esto le lleva a resultados verdaderamente sorprendentes, a pasajes famosos como el de la dialéctica del amo y del esclavo.
Aún no he hablado de un tema extraordinariamente importante en Hegel, el del Estado y los pueblos (naciones).
Para Hegel la realidad del Estado es superior a la del individuo.  Para él el Estado es la encarnación del Espíritu en el mundo.  He aquí algunas definiciones que nos permiten comprender su concepción del Estado.
(El Estado es la realidad de la idea moral.  Es el espíritu moral en tanto que querer -voluntad-, evidente para sí misma y sustancial, que piensa por si misma y sabe y realiza lo que sabe en tanto que saber.)
Esta horrible frase muestra el sentido más profundo de la idea hegeliana que, de manera muy superficial, puede expresarse así: para la filosofía anterior, el hombre estaba sometido a una ley moral instituida por Dios o, como en Kant, sometido a un imperativo moral.  Es decir: el hombre avanza, pero la ley ya existe.  Ahora bien, en Hegel todo se mueve.  El hombre, al avanzar, labra su propia ley, y no hay ninguna ley fija fuera de la constituida por el proceso dialéctico.  En Hegel no solamente el hombre sino las leyes están en marcha, porque son imperfectas.
Otras dos definiciones del Estado en Hegel.
1.° El Estado es la realización del querer individual.
2.° El Estado es el espíritu que se expande convirtiéndose en la forma y la organización del mundo.  Analiza a continuación las diversas formas de gobierno.  Y lo somete al-proceso dialéctico: el gobierno capitalista provoca una dictadura contraria, la del proletariado.  La dictadura del proletariado lleva a una forma superior que podrá reunir los aspectos buenos de cada forma precedente, etcétera.

Tesis-antítesis-síntesis.

Comprenderéis con qué gula se lanzaron los comunistas sobre esta idea.  Para ellos, la revolución conduce a una dictadura del proletariado, pero después se llega al Estado ideal, donde la fuerza no tendrá nada que hacer.
Hegel debe su gloria en primer lugar a Marx, y en segundo lugar a los marxistas.
La guerra, para Hegel, es también un proceso dialéctico donde lo inmoral lleva a lo moral.
El Estado se transforma, al fin, en la encarnación de la divinidad.

Hegel / Kierkegaard
Ataque de Kierkegaard

Es el último gran sistema metafísico que ha tenido lugar.  Según la ley dialéctica de puro estilo hegeliano, la tesis reencuentra su antítesis, y Kierkegaard es la antítesis.
Kierkegaard fue un pastor danés, gran admirador de Hegel.  De repente, le declara la guerra y se produce uno de los momentos más dramáticos de la cultura.
El ataque de Kierkegaard contra Hegel se resume así:
Hegel es absolutamente irreprochable en su teoría, pero esta teoría no vale nada.
¿Por qué?
Porque es abstracta, mientras que la existen(es la primera vez que aparece esta palabra) es concreta.
En Hegel no hay más que abstracciones y conceptos; por ejemplo, he visto mil caballos que tienen todos algo en común, y formulo entonces el concepto de una cosa: caballo, animal de cuatro patas, etcétera.  Pero resulta que justamente este caballo nunca ha existido, puesto que cada caballo concreto tiene su color.  De suerte que el concepto, con el que la filosofía clásica actúa desde los tiempos antiguos, como en Demócrito o Aristóteles, como desde santo Tomás hasta Spinoza, Kant y Hegel, está en el vacío.
La filosofía clásica dice: el hombre.
La abstracción no corresponde a la realidad.  Es, por decirlo así, del otro mundo.
Aquí es donde el pensamiento encuentra su contradicción interior más violenta.
Y es la base, por usar el lenguaje hegeliano, de una antítesis que nos lleva directamente a la existencia.
El existencialismo aspira a ser sobre todo una filosofía de lo concreto.  Pero se trata de un sueño; con la realidad concreta no pueden hacerse razonamientos.  Los razonamientos usan siempre conceptos, etcétera.  El existencialismo es, por tanto, un pensamiento trágico pues no puede bastarse a sí mismo, tiene que ser una filosofía concreta y abstracta al mismo tiempo.
La filosofía de Kierkegaard es una reacción contra la de Hegel.
A partir de Husserl el existencialismo se hace posible, puesto que el método fenomenológico de Husserl consiste en las investigaciones de la verdad entendida como esencia.
Es una descripción de nuestra conciencia, una suerte de aplicación al yo del método aristotélico.  Pero, mientras que la filosofía de Aristóteles es una clasificación del mundo, el método fenomenológico de Husserl consiste en la depuración y la clasificación de los fenómenos de nuestra conciencia.

En Curso de filosofía en seis horas y cuarto
Imagen © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis