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8 ene. 2013

Andre Gide: Teseo (final)

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Confiaba en Fedra ciegamente. Había visto, cada mes, crecer su gracia. Rezumaba virtud. Comoquiera que la arrebatara tan joven de la perniciosa influencia de su familia, temía que en su interior no permanecieran todas las simientes. Evidentemente, tenía algo de su madre y cuando posteriormente trató de excusarse asegurando ser irresponsable y estar predestinada, era menester reconocer que no carecía de cierto fundamento. Pero eso no era todo: creo, asimismo, que desdeñaba demasiado a Afrodita. Los dioses se vengaron y en vano, algún tiempo después, trató de apaciguar a la diosa con un exceso de ofrendas e imploraciones. Pues Fedra era pía, pese a todo. Todos los miembros de su familia eran píos. Aunque, sin duda, era molesto que cada uno de ellos dirigiera sus votos a un dios diferente. Pasifae, a Zeus; Ariadna, a Dionisos; yo veneraba, especialmente, a Palas Atenea y Poseidón, con quien me unía un compromiso secreto y que, para mi infortunio, me respondía de tal modo que no debía suplicar en vano. Mi hijo, el que tuve con la amazona y al que amaba por encima de todo, adoraba a Artemisa, la cazadora. Su comportamiento, como el de ella, era casto, tanto como el mío disoluto a su edad. Recorría las breñas, los bosques, desnudo bajo la luna; rehuía la corte, las asambleas, las sociedades de mujeres, y no se encontraba a gusto más que entre sus perros, persiguiendo hasta la cima de los montes o por los caminos de los valles la huida de los animales salvajes. Solía criar caballos, los conducía hasta la arena de las playas para cabalgar por la orilla del mar. ¡Cómo lo amaba! Hermoso, orgulloso, insumiso; no era a mí, ciertamente, a quien veneraba, ni a las leyes, sino a las convenciones que restringen las afirmaciones y fatigan el valor del hombre. A él deseaba como heredero. Podría dormir tranquilo, una vez confiadas las riendas del Estado a sus manos puras, pues lo sabía inaccesible tanto a las amenazas como a las adulaciones.

Que Fedra se enamoró de él no lo supe hasta más tarde. Habría debido sospecharlo, semejante como era a mí; semejante, quiero decir, a lo que yo era a su edad. Pero me hacía viejo y Fedra continuaba extraordinariamente joven. Tal vez aún me amara, pero como se ama a un padre. No es saludable, lo supe a mi pesar, que exista tal diferencia de edad entre los esposos. Pero no puedo perdonarle no tanto aquella pasión, tan natural como a medias incestuosa, como, sabedora de que no podría saciarla, el haber acusado calumniosamente a mi Hipólito, imputándole la impura llama que la consumía. Padre ciego, marido en exceso confiado, creí sus palabras. ¡Por una vez que me doblegaba a las protestas de una mujer! Sobre mi hijo invoqué la venganza del dios. Y mi plegaria fue atendida. Los hombres, cuando se dirigen a los dioses, no saben que, a menudo, los dioses los satisfacen para su desdicha. Por una voluntad súbita, irracional, apasionada, me vi asesino de mi hijo. Y aún no he hallado consuelo. Que Fedra, poco después, consciente de su fechoría, se inmolara, fue lo correcto. Pero hoy, privado incluso de la amistad de Pirito, me siento solo; y soy viejo.

Edipo, cuando ingresó en Colon, expulsado de Tebas su patria, sin ojos, desgraciado, por miserable que fuera, tenía junto a él, cuando menos, a sus dos hijas, cuya ternura constante aplacaba sus males. Su empresa había naufragado totalmente. Yo salí victorioso. Incluso la duradera bendición que aportan sus restos al país en que reposan no recaerán sobre la ingrata Tebas, sino sobre Atenas.

Que de aquel encuentro de nuestros destinos en Colon, aquella suprema confrontación en la encrucijada de ambas carreras, se haya hablado tan poco me sorprende. La considero la cúspide, la coronación de mi gloria. Hasta aquel día lo había sometido todo, todos se habían sometido a mi persona, a excepción de Dédalo, aunque éste era mucho mayor que yo; e incluso él se me sometió. En nadie más salvo en Edipo reconocía una nobleza igual a la mía; sus males no hacían sino magnificarlo a mis ojos. Sin duda, yo había triunfado siempre y en todo lugar; aunque, comparado con Edipo, mis triunfos me parecieron humanos e incluso inferiores. Él había hecho frente a la Esfinge; había enfrentado al Hombre al enigma y había osado oponerlo a los dioses. ¿Cómo?

¿Por qué Edipo había aceptado su derrota? Al arrancarse los ojos, ¿acaso no había contribuido a ello? Había, en aquel espantoso atentado contra sí mismo, algo que no acertaba a comprender. Le expuse mi asombro. Su explicación, debo confesarlo, no me satisfizo en absoluto. O tal vez no la comprendiera bien.

-Cedí a un momento de furia-me confesó-, es cierto, que no podía volver más que contra mi persona. ¿Con quién si no podía haberme ensañado? Ante la inmensidad del horror acusador que acababa de descubrirse en mí, sentí la imperiosa necesidad de protestar. No quería acabar tanto con mis ojos como con el velo, con el decorado contra el que me debatía, con la mentira en que había dejado de creer, y llegar así a la realidad.

»¡Pero no! No pensaba precisamente en nada. Actué por instinto. Me arranqué los ojos para castigarlos por no haber sabido ver una evidencia que, como se ha dicho, habría tenido que cegarme. Pero, a decir verdad, no sé cómo explicártelo... Nadie comprendió el grito que lancé en aquel momento: "¡Oh, oscuridad, mi luz!" Y tú tampoco lo entiendes, lo noto. Lo interpretaron como un lamento; era una constatación. El grito significaba que la oscuridad se me iluminaba de súbito con un resplandor sobrenatural, arrojando luz sobre el mundo de las almas. Significaba, el grito: ¡Oscuridad! ¡Tú, a partir de ahora, serás mi luz! Y al tiempo que el firmamento azulado se me cubría de tinieblas, las estrellas poblaban mi cielo interior.

Se calló y, por unos instantes, quedó sumido en una meditación profunda antes de continuar:

-Desde los días de mi juventud pasé por clarividente. Lo era a mis propios ojos. ¿Acaso no había sido el primero, el único, en saber la respuesta al enigma de la Esfinge? Con todo, desde que mis ojos carnales, por mis propias manos, se han sustraído a las apariencias he empezado, creo, a ver de veras. Sí; al tiempo que el mundo exterior se nublaba para siempre jamás a los ojos del cuerpo, una suerte de nueva mirada se abría en mí, mostrándome las perspectivas infinitas de un mundo interior que el mundo aparente, el único existente para mí hasta aquel momento, me había hecho menospreciar. Y ese mundo insensible, entiéndeme, inasible a los sentidos, es, por fin lo sé, el único cierto. El resto es una ilusión que nos engaña y ofusca nuestra contemplación de lo Divino. «Debemos dejar de ver el mundo para ver a Dios», me dijo un día el sabio ciego Tiresias. En aquel momento no lo comprendí, como tú, ¡oh Teseo!, siento que tampoco me comprendes.

-No voy a negar -le respondí- la importancia de ese mundo intemporal que, gracias a tu ceguera, has descubierto. Pero lo que me resisto a comprender es por qué lo opones al mundo exterior en el que vivimos y actuamos.

-Porque por vez primera -contestó-, gracias al ojo interior que percibe aquello que jamás se me había aparecido, he cobrado conciencia repentina de esto: que había basado mi soberanía humana en un crimen y que todo lo que siguió estaba, por consiguiente, mancillado. No sólo mis decisiones personales, sino las de los dos hijos en que abandoné la corona. Pues renuncié inmediatamente a la peligrosa realeza que mi crimen me había otorgado. Y ya conoces las fechorías a que se han entregado mis vástagos y la ignominia que pesa sobre todo aquello que pueda engendrar la humanidad pecadora, uno de cuyos ilustres ejemplos son mis tristes hijos. Pues, en tanto que fruto de un incesto, sin duda ellos están particularmente maculados. Mas pienso que existe una tara original que alcanza a toda la humanidad, de modo que incluso los mejores están tocados por ella, tienden al mal, a la perdición, y que el hombre no sabrá renunciar a ella sin el divino auxilio que le lave aquella mancha primera y lo indulte.

Volvió a guardar silencio por unos instantes, como deseoso de sumirse de nuevo en las tinieblas, pero continuó:

-Te sorprende que me haya arrancado los ojos, y yo también me sorprendo. Mas, ese gesto, desconsiderado, cruel, tal vez oculte algo más, una secreta necesidad de acabar con mi fortuna, de revivir mi dolor y cumplir con un heroico destino. Tal vez presintiera vagamente lo que hay de magnánimo y redentor en el sufrimiento, tanto que al héroe le repugna librarse a él. Creo que ahí se afirma su grandeza y que su valor no se realiza totalmente hasta haber sucumbido, forzando así el reconocimiento de las estrellas y desarmando la venganza de los dioses. Sea como fuere, y por deplorables que puedan haber sido mis errores, el estado de felicidad suprasensible que he alcanzado recompensa ampliamente hoy todos los males que he debido sufrir y sin los cuales, no me cabe duda, no habría podido llegar.

-Estimado Edipo -le dije cuando comprendí que había acabado de hablar-, no puedo sino alabarte por esta suerte de sabiduría sobrehumana que profesas. Mas mi pensamiento, en esta senda, no sabría acompañar al tuyo. Soy hijo de esta tierra y creo que el hombre, cualesquiera sean sus orígenes o sus defectos originales, debe jugar las bazas de que dispone. Sin duda supiste valerte de tu infortunio para alcanzar un contacto más íntimo con lo que llamas divino. Asimismo, no dudo que una especie de bendición ha caído sobre tu persona y que se extenderá, tal como dicen los oráculos, a la tierra en que reposes por siempre jamás.

No añadí que lo que deseaba era que aquella tierra fuera la del Ática y me congratulé de que los dioses hubieran sabido llevar Tebas hasta mi persona.

Si comparo mi destino con el de Edipo, puedo sentirme satisfecho. No ha quedado nada por hacer. Atrás queda la ciudad de Atenas. La he amado, más aún que a mi mujer y a mi hijo. Hice de ella mi ciudad. Mi pensamiento, a mi muerte, sabrá habitarla inmortalmente. Y me acerco, por mi propio pie, a la muerte solitaria. He saboreado los bienes de la tierra. Me resulta reconfortante pensar que después de mí, gracias a mí, los hombres se reconocerán más afortunados, mejores y más libres. Mi obra no tiene más sentido que el bien de la humanidad futura. He vivido.



Barcelona, Debolsillo, 2001
Trad. Ferran Esteve
Foto: AG (1869-1951) por Gerald Waving

22 jun. 2011

Herman Hesse - Carta a André Gide

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Enero de 1951.

Mi querido y admirado André Gide:

Su nuevo traductor Lüsberg me ha enviado sus Hojas de otoño; he leído ya la mayor parte de estos recuerdos y meditaciones y no me parecería ahora justo ni delicado dar las gracias al citado señor por su obsequio sin enviarle a usted, por fin, un nuevo saludo de afecto y gratitud.

Hubiese debido hacerlo hace ya mucho tiempo, pero hace otro tanto que vivo sumido en una resignada fatiga y no es este precisamente el estado de ánimo en el cual puede llevarse a cabo la visita a una persona mayor en edad y muy admirada. Pero la fatiga podía continuar hasta el final, y antes de este era mi deseo testimoniarle a usted una vez más mi simpatía y mi gratitud, invariable y aumentadas si cabe en los últimos años.

Las gentes de nuestra clase se han tornado ahora, según parece, harto escasas, y comienzan a sentirse solitarias; por ello mismo es una dicha y un consuelo saber que en usted alienta aún un defensor y amante de la libertad, de la personalidad, del tesón, de la responsabilidad individual. La mayor parte de nuestros colegas más jóvenes, y por desgracia también algunos de nuestra generación, aspira a otras cosas muy distintas, como es la unificación o igualación, ya sea la romana, la luterana, la comunista u otra cualquiera, y muchos han llevado a cabo ya esta unificación hasta términos que en ocasiones han significado también la autoaniquilación. Ante cada conversión de cualquier camarada de antaño hacia las Iglesias y lo colectivo, ante cada apostasía de un colega que ha caído en la desesperación o en el cansancio sin remedio, demasiado grandes ya para poder seguir siendo un caminante solitario y responsable de sí propio, el mundo se torna para cada uno de nosotros más pobre y más fatigosa la tarea de seguir viviendo. Pienso que a usted le ocurrirá lo mismo.

Acepte usted una vez más los saludos de un viejo individualista a quien no se le ha pasado por la cabeza la idea de enrolarse en una cualquiera de las grandes maquinarias existentes.

Imagen: Martin Hesse


12 mar. 2007

André Gide - Máscaras de Oscar Wilde (Encuentro en París)

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Aporte de Carmen Blazquez en Factor Serpiente, mensaje 8764

Aquellos que no se aproximaron a Wilde hasta los últimos tiempos de su
vida apenas imaginan, a través del ser débil, derrotado, que la cárcel
nos había devuelto, al ser prodigioso que era al principio. Fue en el
91 cuando coincidí con él por primera vez. Wilde poseía entonces lo
que Thackeray llama "el don fundamental de los grandes hombres": el
éxito. Su ademán, su mirada exultaban. Su éxito era tan seguro que
parecía preceder a Wilde y que éste no tenía sino que ir avanzando
tras él. Sus libros asombraban, encantaban. Sus obras teatrales hacían
correr a todo Londres. Era rico, era grande; era hermoso; estaba
colmado de dichas y de honores. Unos lo comparaban a un Baco asiático;
otros a algún emperador romano; y otros aun al mismo Apolo... y la
verdad es que resplandecía.

En cuanto llegó a París, su nombre corrió de boca en boca; sobre él se
contaban anécdotas absurdas: Wilde sólo era todavía alguien que fumaba
cigarrillos con boquilla de oro y que se paseaba por las calles con
una flor de girasol en la mano. Porque, hábil para engatusar a quienes
cimentaban la gloria mundana, Wilde había sabido crear, a modo de
fachada de su auténtica personalidad, un divertido fantasma, que él
interpretaba con ingenio.

Oí hablar de él en casa de Mallarmé: lo pintaban como un conversador
brillante, y yo deseaba conocerlo, aunque sin pensar conseguirlo. Una
feliz casualidad vino en mi ayuda o, mejor dicho, un amigo, a quien yo
había expuesto mi deseo. Wilde fue invitado a cenar. En un
restaurante. Eramos cuatro, pero Wilde fue el único que habló. Wilde
no conversaba: contaba. Durante casi toda la comida no paró de contar.
Contaba despacio, lentamente; su misma voz era maravillosa. Sabía
admirablemente el francés, pero fingía buscar un poco las palabras que
deseaba hacer esperar. Casi no tenía acento, salvo el que le gustaba
conservar y que podía imprimir a las palabras un matiz nuevo y a la
vez exótico. Pronunciaba, voluntariamente, skepticisme por
scepticisme... Los cuentos que aquella noche nos narró
interminablemente eran confusos y no de los mejores de entre los
suyos; Wilde, inseguro de nosotros, nos tanteaba. De su sabiduría o
bien de su locura, jamás ofrecía sino aquello que él suponía podía
gustar al oyente; servía a cada cual el pienso, según su apetito; los
que nada esperaban de él, nada obtenían, salvo un poco de espuma
ligera; y, como ante todo se preocupaba de divertir, muchos de
aquellos que creyeron conocerle sólo conocieron de él al hombre divertido.

Concluida la cena, salimos. Como mis dos amigos caminaran juntos,
Wilde me cogió aparte.

-Escucha usted con los ojos -me dijo con cierta brusquedad-; he aquí
por qué voy a contarle esta historia. Cuando murió Narciso; las flores
de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua
para llorarle. "¡Oh!", les respondió el río, "aun cuando todas mis
gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para
llorar yo mismo a Narciso: yo le amaba". "¡Oh!", prosiguieron las
flores de los campos, "¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso".
"¿Era hermoso?", dijo el río. "¿Y quién mejor que tú para saberlo?",
dijeron las flores. "Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo,
contemplaba en tus aguas su belleza..." Wilde se detuvo un instante...

-"Si yo le amaba", respondió el río, "es porque, cuando se inclinaba
sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas".

Después Wilde, pavoneándose con una singular carcajada, añadió:

-Esta historia se llama El discípulo.

Habíamos llegado ante su puerta y le dejamos. Me invitó a verle de
nuevo. Aquel año y el año siguiente le vi con frecuencia y en todas
partes.

Ante los demás, ya lo he dicho, Wilde mostraba una máscara engañosa,
hecha para asombrar, divertir o, a veces, para exasperar. Jamás
escuchaba y apenas prestaba atención a un pensamiento que no fuera el
suyo. A partir del momento en que no brillaba él solo, se eclipsaba.
Unicamente se le reencontraba estando a solas con él.

Pero, apenas a solas, comenzaba:

-¿Qué ha hecho usted desde ayer?

Y, como entonces mi vida transcurría sin sorpresas, el relato que yo
pudiera hacer no presentaba ningún interés. Yo repetía dócilmente
hechos nimios, observando, mientras hablaba, ensombrecerse la frente
de Wilde.

-¿Verdaderamente es eso lo que ha hecho usted?

-Sí, respondía yo.

-¡Y lo que dice es cierto!

-Sí, muy cierto.

-Pues, entonces, ¿a qué repetirlo? Dese usted cuenta: no es en
absoluto interesante. Comprenda que existen dos mundos: el que existe
sin que se hable de él, y que llamamos mundo real porque no hay
necesidad alguna de hablar de él para verlo. Y el otro, el mundo del
arte; de éste es del que hay que hablar, porque de lo contrario no
existiría.

"Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba
historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las
noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el
día, se reunían a su alrededor y le decían: "Vamos, cuenta, ¿qué has
visto hoy?" El explicaba: "He visto en el bosque a un fauno que tenía
la flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos". "Sigue
contando, ¿qué más has visto?, decían los hombres. "Al llegar a la
orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que
peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro". Y los hombres le
apreciaban porque les contaba historias.

"Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a
la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que,
al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro.
Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un
fauno que tañía la flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche,
cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:
"Vamos, cuenta: ¿qué has visto?" El respondió: "No he visto nada".

Wilde se calló un momento, dejando que el cuento me hiciera su efecto;
después continuó:

-No me gustan sus labios: son rectos, como los de alguien que jamás ha
mentido. Quiero enseñarle a mentir, para que sus labios se vuelvan
bellos y sinuosos como los de una máscara antigua.

"¿Sabe usted qué es lo que hace a la obra de arte y qué es lo que hace
a la obra de la naturaleza? ¿Sabe usted en qué consiste la diferencia?
Porque, al fin y al cabo, la flor del narciso es tan bella como una
obra de arte... y lo que las distingue no puede ser la belleza. ¿Sabe
usted qué es lo que las distingue? La obra de arte es siempre única.
La naturaleza, que no hace nada perdurable, se repite siempre, a fin
de que nada de lo que ella hace se pierda. Hay muchas flores de
narciso; he ahí por qué cada una de ellas puede vivir sólo un día. Y
cada vez que la naturaleza inventa una forma nueva, la repite
enseguida. Un monstruo marino en un mar sabe que en otro mar hay otro
monstruo marino: su semejante. Cuando, en la historia, Dios crea un
Nerón, un Borgia o un Napoleón, pone otro junto a él, poco importa que
no se le conozca, lo importante es que uno prospere, porque Dios
inventa al hombre, y el hombre inventa la obra de arte."

En La insignia, 23 de noviembre de 2000