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19 jul. 2010

Aulio Gelio - De la erudición sin encanto ni utilidad.

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Un hombre, amigo mío, que había cultivado las letras con bastante provecho y había pasado entre libros la mayor parte de la vida, me dijo un día: “Quiero contribuir a enriquecer tus Noches”. En seguida me dio un volumen enorme, en el que abundaba, según decía, el saber en todos los ramos. Aquél era el fruto de sus lecturas, extensas, variadas, sabias; de allí podría sacar a mi gusto cosas dignas de la posteridad. Cogí el volumen con alegría y avidez, creyendo haber encontrado el cuerno de la abundancia; y para leer sin testigos me encerré lo más secretamente que pude. ¿Qué encontré allí? ¡Oh Júpiter! ¡Oh prodigio! Cómo se llamaba el primero a quien se dio el nombre de gramático; cuántos Pitágoras e Hipócrates ilustres ha habido; qué descripción hace Homero de la puerta principal de la casa de Ulises; por qué acostado Telémaco al lado de Pisístrato, no le toca con la mano, sino que lo despierta con un puntapié; en qué clase de prisión encerró Euridea a Telémaco; por qué no conoció Homero la rosa y conoció el aceite de rosa. Seguía el catálogo de los nombres de los compañeros de Ulises, arrebatados y destrozados por Scila. Discutíase allí si Ulises había vagado por el mar interior, como creyó Aristarco, o por el mar exterior como sostuvo Crates. Me enteré de cuáles son los versos de Homero que tienen igual número de letras, los que hacen acróstico y aquellos cuyas palabras van creciendo en una sílaba; por qué dijo que las ovejas dan tres corderos por año; si de las cinco divisiones del escudo de Aquiles, la de oro está en el centro o en los bordes. Supe además cuáles eran las comarcas y las ciudades que han cambiado de nombre; que a la Beocia se le lleamó primeramente Eonia, al Egipto Aeria, a Creta Aeria también; que al Atica se le llama (…) y acta en Homero; que Corinto se llamó primeramente Efiro, Macedonia Emacia, Tesalia Emonia, Tiro Sarra, la Tracia Sithón, Sesto Posidonio. El libro contenía además muchísimas noticias tan importantes como éstas. Apresuréme a devolverlo, y dije: “Sabio varón, aprovecha tú miso tu vasto saber; recobra este rico volumen, del que mi pobre libro nada puede recoger; mis Noches, que has querido adornar y enriquecer, se ocupan ante todo de este verso de Homero, que apreciaba Sócrates sobre todas las cosas:

Todo lo que se ha hecho de bueno y de malo en el palacio.”


Transcripción de Noches áticas
Selección y prólogo de José María de Cossío
Traducción del latín Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Austral 1952
Imagen: cortesía Antonio Martín Ortiz

17 ago. 2009

Aulo Gelio - Noches Aticas: Demócrito

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Del motivo porque se privó de la vista el filósofo Demócrito
Elegantes versos de Laberio sobre este asunto



Aulo Gelio
Página de una edición francesa
de Noches áticas (s. XVIII)



En los monumentos históricos griegos se lee que el filósofo Demócrito, aquel venerable anciano tan famoso por su saber, se privó voluntariamente de la vista, creyendo que sus ideas tendrían más precisión y fijeza en la investigación de las causas naturales si no las turbaban los placeres y distracciones que produce ese sentido. Laberio describe en elegantes y expresivos versos, en su Soguero, la ingeniosa manera con que se privó fácilmente del uso de los ojos. Pero Laberio supone otra intención al filósofo; y he aquí con qué acertada relación introduce este rasgo en su obra. El personaje que habla es un rico, económico hasta la avaricia, que deplora el lujo y prodigalidad en un joven.

Citaré sus versos:

Demócrito de Abdera, físico y filósofo, colocó un escudo hacia el Oriente, para que el brillo del bronce paralizase sus ojos. Quiso perder el uso de la vista para no ver a los malos ciudadanos en la prosperidad. Y yo quiero, al fin de mi vida, el brillo del oro resplandeciente me ciegue, para no ver en los placeres a un hijo indigno.



Transcripto de Alo Gelio (n. 130 en Roma), Noches áticas
Trad. del latín: Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952




20 oct. 2008

Aulo Gelio
Del número de convidados que deben reunirse según M. Varrón
De las segundas mesas

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Nada más agradable que el libro de M. Varrón, en las Sátiras menipeas, intitulado Ignoras lo que trae la noche. En él trata del aspecto del festín y del número de convidados que deben reunirse. Quiere que este número comience en la cifra de las Gracias y llegue a las de las Musas, o, en otros términos, debe partir de tres y detenerse en nueve. Deben ser tres convidados al menos, nueve a lo más. "No deben ser numerosos -dice-; la multitud es turbulenta de ordinario. Cierto es que en Roma permanece inmóvil; pero en Atenas nunca es tranquila. En cuanto al festín -dice-, debe reunir cuatro condiciones: será perfecto si los convidados están bien educados, si el paraje es conveniente, el tiempo bien elegido y si la comida se ha preparado cuidadosamente. Que los convidados no sean habladores ni mudos, que la elocuencia reina en el foro y en el senado, el silencio en el gabinete". Añade que las conversaciones deben girar, no sobre cuestiones embrolladas y a propósito para inquietar, sino sobre asuntos placenteros y agradables; que tengan atractivo y sean voluptuosamente útiles; que son necesarias, en fin, conversaciones que den al espíritu mayor gracia y amabilidad. "Obtendrase este resultado -dice- si hablamos de esas cosas que pertenecen a la vida común y de las que nadie se ocupa en el foro o en el movimiento de los negocios, por falta de espacio. El dueño de la casa -añade- puede no ser espléndido: basta con que esté exento de avaricia. No debe leerse todo indiferentemente en una comida: deben preferirse las lecturas que a la vez sean útiles y agradables."


También ha dado lecciones acerca de las segundas mesas: "El postre (bellaria) más dulce es aquel que no lo es; las golosinas son enemigas de la digestión". Podrá no comprenderse al pronto la palabra bellaria, que emplea aquí M. Varrón; con ella designa todo lo que se sirve en las segundas mesas; bellaria fue la traducción de las palabras griegas golosinas y grajeas. En nuestras comedias más antiguas suele darse este nombre a los vinos dulces, llamándoles Liberi bellaria, golosinas de Baco.



Transcripto de Aulo Gelio, Noches áticas
Traducción de latín: Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952










25 sept. 2008

Aulo Gelio - Musonio: Gritos de admiración y elogios ruidosos

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De cómo demostraba el filósofo Musonio que los gritos de admiración y elogios ruidosos son importunos cuando se escuchan las lecciones de un filósofo



Hemos oído referir el siguiente pensamiento del filósofo Musonio. Cuando un filósofo, decía, exhorta, advierte, aconseja, censura o da una lección cualquiera de moral, si sus oyentes le dirigen con toda la fuerza de sus pulmones alabanzas triviales y vulgares; si lanzan gritos; si, arrebatados por las gracias de su estilo, la armonía de sus expresiones, las cadenciosas caídas de sus períodos, se agitan y gesticulan con entusiasmo, quedad persuadidos de que entonces el orador y los oyentes pierden el tiempo, y que no hay allí un filósofo que enseña a las almas, sino un flautista que halaga los oídos. Cuando se escucha a un filósofo cuya palabra es útil y saludable, cuyos discursos son remedio contra el error y el vicio, entonces el ánimo no tiene bastante espacio para lanzarse a estas alabanzas e interminables aplausos. El oyente, sea quien quiera, a menos que haya perdido todo sentimiento moral, callará durante el discurso del filósofo, y se sentirá agitado interiormente por sentimiento de horror, de vergüenza, de arrepentimiento, de alegría y de admiración; su sensibilidad quedará conmovida de diferentes maneras, y los rasgos de sus ojos cambiarán según las diferentes impresiones que el filósofo produzca en su conciencia al tocar a las partes sanas o enfermas de su alma. Por otra parte, decía también Musonio, lo que merece grandes elogios me inspira admiración; y cuando la admiración llega a su grado más alto, no se manifiesta con palabras ni produce otra cosa que el silencio. Así, pues, en Homero, cuando Ulises refiere sus desgracias con tan conmovedora elocuencia, no se ve a sus oyentes agitarse tumultuosamente, gritar y aplaudir con frenesí, sino que, por el contrario, el poeta nos los presenta inmóviles, asombrados, silenciosos, como si la fuerza mágica que encanta sus oídos penetrase hasta su lengua y en cierto modo lo paralizase:

Así habló el héroe, y en el palacio, que envolvía ya la sombra de la noche, todos los asistentes, encantados por aquel discurso, quedaron silenciosos.




Transcripción de Noches áticas
Trad. de Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952


24 sept. 2008

Aulo Gelio – Noches áticas - Timón

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De cómo, según escritores dignos de fe, Platón compró tres libros del pitagórico Filolao, y Aristóteles algunas obras de Speusipo, en cantidades enormes e increíbles

 

Refieren los antiguos que Platón, a pesar de que solamente poseía caudal muy pequeño, compró en diez mil denarios los tres libros del pitagórico Filolao, asegurando algunos autores que esta cantidad se la dio su amigo Dion de Siracusa. También se refiere que Aristóteles, después de la muerte de Speusipo, pagó tres talentos antiguos por algunos libros compuestos por este filósofo; cantidad que, evaluada en nuestra moneda hace setenta y dos mil sextercios. El satírico Timón, en su poema titulado “Silos”, en el que deja rienda suelta a su malignidad, apostrofa en estos injuriosos términos a Platón, que, como hemos dicho, era muy pobre, por haber comprado muy caro un tratado de filosofía pitagórica, sacando de él, con numerosos plagios, su famoso diálogo del Timón. He aquí los versos de Timón:

Y tú también, Platón, te has visto dominado por el deseo de instruirte, y has comprado por mucho dinero un librito con cuyo auxilio te has puesto a escribir tú mismo.

 

Transcripción de la versión de Francisco Navarro y Calvo

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952

22 sept. 2008

Aulo Gelio - Del origen de las palabras "campos Vaticanos"

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Había oído decir que los campos Vaticanos y el dios que los preside habían tomado su nombre de los oráculos (
vaticinia) que se daban en aquella campiña por inspiración de aquel dios. Pero M. Varrón, en su tratado De las cosas divinas, señala otro origen a este nombre. "De la misma manera -dice- que se dio el nombre de Aio al dios que lo lleva, a causa de una voz divina que se oyó en la parte baja de la vía Nueva, donde se le ha elevado un altar; así se nombró al dios Vaticano, porque preside los primeros sonidos de la voz humana. En efecto, en cuanto los infantes ven la luz, hacen oír en su primer vagido el sonido de la primera sílaba de la palabra vaticano. Por esta razón se llama vagido, vocablo que expresa el primer sonido de la voz naciente".




En Noches áticas
Trad. Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1952





6 sept. 2008

Un error de Cicerón según Aulo Gelio en Noches áticas

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De que M. T. Cicerón, en su libro De la gloria, incurre en error manifiesto con relación a Héctor y Ayax


En el Libro II de De la gloria Cicerón incurre en un error, no grave, pero sí manifiesto, no necesitándose ser erudito para conocerlo, sino que basta haber leído el Libro Séptimo de La Ilíada. Así es que lo que me asombra no es la falta de Cicerón, sino que no la reconociese más adelante; que no corrigiese el error ni él ni Tirón, su liberto, hombre activo, que tanto se interesaba por las obras de su patrono. He aquí lo que se lee en Cicerón: "En el mismo poema, Ayax, a punto de pelear con Héctor, trata de su sepultura para el caso en que el combate le sea funesto, y quiere que, hasta después de muchos siglos, no se pase al lado de su tumba sin decir:

'Aquí yace, arrebatado un día después de muchos años, un guerrero herido por la espada de Héctor. Lo dirán, y mi gloria vivirá siempre'."

No es Ayax quien dice en Homero los versos que Cicerón traduce al latín; Ayax no habla de su tumba; es Héctor quien impone estas condiciones, y lo hace antes de saber si Ayax será quien peleará con él. He aquí sus palabras:

"Esta es la tumba de un guerrero muerto hace mucho tiempo; fue ilustre y cayó bajo los golpes del famoso Héctor. Lo dirán, y mi gloria no perecerá jamás".


Trad. de Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952




29 ago. 2008

Aulo Gelio - Atenta y prudente respuesta de Olimpias a su hijo Alejandro

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He leído en muchas historias de la vida de Alejandro, y muy recientemente en el libro de M. Varron intitulado Orestes o de la locura, una contestación muy amena de Olimpias, esposa de Filipo, a su hijo Alejandro. Este había escrito al frente de sus cartas: "Alejandro, hijo de Júpiter Ammón, a su madre Olimpias, salud". La madre le respondió sobre poco más o menos: "Ruégote, hijo mío, que calles; no vayas a denunciarme a Juno, que descargará su cólera sobre mí, si reconoces que soy su rival". De esta manera aquella prudente y sabia mujer advertía atentamente y con finura a su soberbio hijo que desechase una creencia que le habían imbuido la embriaguez de la victoria, la adulación de los cortesanos y los halagos de la fortuna.


Noches áticas
Traducción del latín de Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952