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21 jun. 2011

Teophile Gautier - La pipa de opio

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El otro día, encontré a mi amigo Alphonse Karr sentado en su diván, con una vela encendida, aunque era pleno día, y en la mano, un tubo de madera de cerezo provisto de un hongo de porcelana en el que echaba una especie de pasta oscura parecida al lacre; la pasta ardía y chisporroteaba en la chimenea del hongo, y él aspiraba por una pequeña boquilla de ámbar amarillo el humo que al instante se extendía por la habitación con un vago olor a perfume oriental.

Cogí, sin decir nada, el aparato de las manos de mi amigo, y acerqué mis labios a uno de sus extremos; después de varias bocanadas, experimenté una especie de agradable aturdimiento, que se parecía bastante a las sensaciones de la primera borrachera.

Como aquel día no estaba de humor y no tenía tiempo para embriagarme, colgué la pipa de un clavo y bajamos al jardín, a ver las dalias y a jugar un poco con Schutz, dichoso animal que no tiene otra función que la de ser negro sobre una alfombra de verde césped.

Regresé a mi casa, cené y fui al teatro a soportar no sé qué obra. Luego volví y me acosté, porque hay que alcanzar y hacer, mediante la muerte de unas horas, el aprendizaje de la muerte definitiva.

El opio que había fumado, lejos de producir el efecto de somnolencia que esperaba, me sumió en agitaciones nerviosas como si hubiera tomado enormes cantidades de café, y daba vueltas en la cama como una carpa sobre una parrilla o un pollo en un asador, produciendo un perpetuo balanceo de mantas, ante el gran descontento de mi gato que estaba acurrucado en una esquina del edredón.

Por fin el sueño, largo rato esperado, cubrió mis pupilas con su polvo de oro y mis ojos se volvieron cálidos y pesados; me dormí.

Después de una o dos horas completamente inmóviles y negras, tuve un sueño.

Es el siguiente:

Me encontré en casa de mi amigo Alphonse Karr, como por la mañana, en la realidad; estaba sentado en su diván de lampote amarillo, con su pipa y su vela encendida; pero el sol no hacía revolotear en las paredes, como mariposas de mil colores, los reflejos azules, verdes y rojos de las vidrieras.

Cogí la pipa de sus manos, como lo había hecho unas horas antes, y me puse a aspirar lentamente el humo embriagador.

No tardó en apoderarse de mí una sensación de suavidad llena de placidez, y sentí el mismo aturdimiento que había experimentado fumando la pipa verdadera.

Hasta entonces mi sueño se mantenía en los límites más exactos del mundo habitable, y repetía, como un espejo, los actos de la jornada.

Estaba hecho un ovillo en un montón de almohadones, y echaba perezosamente la cabeza hacia atrás para seguir en el aire las espirales azuladas, que se desvanecían en una bruma algodonosa, después de haber girado durante unos minutos.

Mis ojos se dirigían naturalmente hacia el techo, que es de un negro de ébano, con arabescos de oro.

A fuerza de mirarlo con la atención extática que precede a las visiones, me pareció azul, pero de un azul muy oscuro, como uno de los pliegues del manto de la noche.

Así que has mandado que te pinten el techo de azul —dije a Karr, que, impasible y silencioso, se había llevado a la boca otra pipa, y soltaba más humo que el tubo de una estufa en invierno, o que un barco de vapor en cualquier estación.

—En absoluto, muchacho —respondió sacando la nariz de la nube— , pero me da la terrible impresión de que eres tú el que se ha pintado el estómago de rojo de un burdeos más o menos Laffitte.

—¡Ay! No dices la verdad; no he bebido sino un miserable vaso de agua azucarada, donde todas las hormigas de la tierra han venido a apagar su sed: una auténtica escuela de natación de insectos.

—Al parecer el techo estaba aburrido de ser negro y se volvió azul; después de las mujeres, no conozco nada más caprichoso que los techos; es un techo con, imaginación, eso es todo, nada más corriente.

Dicho esto, Karr introdujo de nuevo la nariz en la nube de humo, con la satisfacción de quien ha dado una explicación clara y original.

Sin embargo sólo me convenció a medias; me costaba creer que los techos tuvieran tanta imaginación y seguí mirando al que tenía sobre mi cabeza, no sin cierto sentimiento de inquietud.

Azuleaba y azuleaba como el mar en el horizonte, y las estrellas empezaban a abrir en él sus párpados de pestañas de oro; sus pestañas, de extrema suavidad, se alargaban hasta llenar la habitación de haces prismáticos.

Varias líneas negras rayaban la azul superficie, y pronto reconocí que eran las vigas de los pisos superiores de la casa, que se había vuelto transparente.

A pesar de lo propicios que son los sueños a admitir como naturales las cosas más extrañas, todo aquello empezó a parecerme un poco turbio y sospechoso, y pensé que si mi compañero Esquiros el Mago estuviera allí, me daría explicaciones más satisfactorias que las de mi amigo Alphonse Karr.

Como si aquel pensamiento hubiera tenido poder de evocación, Esquiros se presentó de repente ante nosotros, como el perro de Fausto que sale de detrás de la estufa.

Tenía la cara muy animada y triunfante el gesto, y dijo, frotándose las manos:

—Veo a los antípodas y he encontrado la mandrágora que habla.

Su aparición me sorprendió, y dije a Karr:

—¡Oh, Karr! ¿Cómo es posible que Esquiros, que no estaba aquí, haya entrado sin que se haya abierto la puerta?

—Nada más sencillo —respondió Karr—. Se entra por las puertas cerradas, es la costumbre; sólo las personas mal educadas pasan por las puertas abiertas. Ya sabes que se dice como insulto: tu oficio es derribar puertas abiertas.

No encontré objeción alguna que hacer ante un razonamiento tan sensato, y quedé convencido de que efectivamente la presencia de Esquiros era absolutamente explicable y lógica.

Sin embargo me miraba de forma extraña, y sus ojos se agrandaban desmesuradamente; eran ardientes y redondos como escudos caldeados en un horno, y su cuerpo se desvanecía y se sumergía en la sombra, de modo que sólo veía de él sus dos pupilas resplandecientes y radiantes.

Redes de fuego y torrentes de efluvios magnéticos parpadeaban y se arremolinaban a mi alrededor, enlazándose cada vez más inextricablemente y apretándose sin parar; hilos refulgentes me llegaban a cada uno de los poros, y se introducían en mi piel más o menos como los cabellos en la cabeza. Me encontraba en un estado de sonambulismo completo. Entonces vi pequeños mechones blancos que atravesaban el espacio azul del techo como copos de lana llevados por el viento, o como el collar de una paloma que se desgrana en el aire.

En vano intenté adivinar lo que era, cuando una voz baja y cortante me susurró al oído:

—¡¡¡Son espíritus!!!

Cayeron las escamas de mis ojos; los vapores blancos cobraron formas más precisas, y descubrí nítidamente una larga fila de rostros velados que seguían la comisa, de derecha a izquierda, con un movimiento de ascensión muy pronunciado, como si un soplo imperioso los elevara y les sirviera de alas.

En un rincón de la habitación, sobre la moldura del techo, estaba sentada una forma de muchacha envuelta en una amplia túnica de muselina.

Sus pies, totalmente desnudos, colgaban lánguidamente cruzados uno sobre otro; eran, no obstante, maravillosos, de una pequeñez y de una transparencia que me recordaron a esos bellos pies de jaspe que se muestran tan blancos y tan puros bajo la falda de mármol negro de la Isis antigua del Museo.

Los demás fantasmas le daban golpecitos en el hombro al pasar, y le decían:

—Vamos a las estrellas, ven con nosotros.

La sombra de los pies de alabastro respondía:

—¡No! No quiero ir a las estrellas; quisiera vivir seis meses más.

Pasó toda la fila, y la sombra se quedó sola, balanceando sus bellos piececitos, y dando golpecitos en la pared con los talones que eran de un tono rosa, pálidos y suaves como el corazón de una campanilla silvestre; aunque su cara estaba tapada por un velo, sentí que era joven, adorable y encantadora, y mi alma se lanzó hacia ella, con los brazos abiertos y las alas desplegadas.

La sombra comprendió mi turbación por intuición o simpatía, y dijo con voz dulce y cristalina como una armónica:

—Si tienes valor para ir a besar en la boca a la que yo fui, y cuyo cuerpo está tendido en la ciudad negra, viviré seis meses más, y mi segunda vida será para ti.

Me levanté y me hice esta pregunta:

Si era o no el juguete de alguna ilusión, y si todo lo que ocurría no era más que una pesadilla.

Era un último reflejo de la lámpara de la razón sofocado por el sueño.

Pregunté a mis dos amigos lo que pensaban de todo aquello.

El imperturbable Karr pretendió que la aventura era muy corriente, que había habido muchas de la misma especie, y que yo era enormemente ingenuo si me sorprendía por tan poco.

Esquiros lo explicó todo mediante el magnetismo. —Bueno, está bien, iré; pero estoy en zapatillas... No importa —dijo Esquiros—, tengo el presentimiento de que hay un carruaje en la puerta.

Salí y vi, efectivamente, un cabriolé de dos caballos que parecía esperar. Subí a él.

No había cochero. Los caballos se conducían a sí mismos; eran negros y galopaban tan furiosamente, que sus grupas bajaban y subían como olas, y una lluvia de chispas brillaba tras ellos.

Primero tomaron la calle de La-Tour-d'Auvergne, luego la calle Bellefond, después la calle Lafayette y, a partir de ahí, otras calles cuyos nombres ignoro.

A medida que el carruaje avanzaba, los objetos cobraban a mi alrededor formas extrañas: eran casas fantasmales, acurrucadas al borde del camino como viejas hilanderas, cercas de tablas, farolas que parecían auténticas horcas; pronto las casas desaparecieron totalmente, y el carruaje avanzaba por pleno campo.

Atravesábamos una llanura lúgubre y sombría; el cielo estaba muy bajo, plomizo, y una interminable procesión de delgados arbolitos corría, en sentido contrario al carruaje, a ambos lados del camino; era como un ejército derrotado de palos de escoba.

Nada había tan siniestro como aquella grisácea inmensidad que la escuálida silueta de los árboles rayaba de trazos negros: ni una estrella brillaba, ningún punto de luz abría la pálida profundidad de aquella semioscuridad.

Por fin, llegamos a una ciudad, desconocida para mí, cuyas casas, de una arquitectura singular, vagamente vislumbrada en las tinieblas, me parecieron de una pequeñez tal que era imposible que estuvieran habitadas; el carruaje, aunque mucho más ancho que las calles que atravesaba, no aminoró su marcha; las casas se apartaban a derecha e izquierda como peatones asustados, y dejaban el camino libre.

Después de muchas vueltas, sentí que el carruaje desaparecía y los caballos se desvanecían: había llegado.

Una luz rojiza se filtraba a través de los intersticios de una puerta de bronce que no estaba cerrada; la empujé y me encontré en una sala cuyo suelo era de mármol blanco y negro y cuyo techo era una bóveda de piedra; una lámpara antigua, colocada sobre un zócalo de mármol violeta, iluminaba con luz macilenta una figura acostada, que al principio tomé por una estatua como las que duermen, con las manos juntas y un lebrel a los pies, en las catedrales góticas; pero pronto reconocí que era una mujer real.

Era de una palidez exangüe, que sólo sabría comparar con el tono de la cera virgen amarillenta; tenía las manos, sin brillo y blancas como hostias, cruzadas sobre el corazón; sus ojos estaban cerrados, y sus pestañas se alargaban hasta las mejillas; todo en ella estaba muerto: sólo la boca, fresca como una granada en flor, resplandecía de vida magnífica y purpúrea, y sonreía ligeramente como si tuviera un sueño feliz.

Me incliné sobre ella, posé mi boca en la suya y le di el beso que debía hacerla revivir.

Sus labios húmedos y tibios, como si el aliento acabara apenas de abandonarlos, palpitaron bajo los míos, y me devolvieron el beso con un ardor y una vivacidad increíbles.

Aquí hay una laguna en mi sueño, y no sé cómo volví de la ciudad negra; probablemente a caballo sobre una nube o sobre un murciélago gigantesco. Pero recuerdo perfectamente que me encontré con Karr en una casa que no es ni la suya ni la mía, ni ninguna de las que conozco.

Sin embargo todos los detalles interiores, todo el mobiliario, me resultaban enormemente familiares; veo claramente la chimenea de estilo Luis XVI, el biombo rameado, la lámpara de pantalla verde y las estanterías llenas de libros a ambos lados de la chimenea.

Yo ocupaba un enorme butacón de orejas, y Karr, con los pies apoyados en la chimenea y sentado a mi lado, escuchaba con gesto triste y resignado el relato de mi expedición que yo mismo consideraba un sueño.

De repente se oyó un violento campanillazo, y vinieron a anunciarme que una dama deseaba hablar conmigo.

—Haga pasar a la dama —respondí—, un poco emocionado y presintiendo lo que iba a ocurrir.

Una mujer vestida de blanco y con los hombros cubiertos con una esclavina negra, entró con paso decidido, y fue a colocarse en la penumbra luminosa proyectada por la lámpara.

Por un fenómeno muy singular, vi pasar por su rostro tres fisonomías diferentes: por un instante se pareció a Malibran, luego a M..., más tarde a la que decía que no quería morir, y cuya última frase fue: «Dame un ramo de violetas».

Pero aquellos parecidos se disiparon en seguida como una sombra en un espejo, los rasgos de la cara se fijaron y se condensaron, y reconocí a la muerta que había besado en la ciudad negra.

Su atuendo era extremadamente sencillo, y no llevaba otro adorno que una diadema de oro en sus cabellos, de color castaño oscuro, que caían en racimos de ébano a ambos lados de sus mejillas lisas y aterciopeladas.

Dos manchitas rosas coloreaban sus pómulos y sus ojos brillaban como globos de plata bruñida; poseía una belleza de camafeo antiguo y al parecido se añadía la delicada transparencia de su piel.

Estaba de pie ante mí y me rogó, petición bastante extraña, que le dijera su nombre.

Le contesté sin vacilar que se llamaba Carlotta, lo que era verdad; después me contó que había sido cantante y que había muerto tan joven, que ignoraba los placeres de la existencia, y que antes de ir a sumergirse para siempre en la inmóvil eternidad, quería gozar de la belleza del mundo, embriagarse de voluptuosidad y hundirse en el océano de las dichas terrestres; que sentía una sed inextinguible de vida y de amor.

Y, mientras decía todo aquello con una elocuencia expresiva y una poesía que no está en mi poder transmitir, enlazó sus brazos como si fueran un chal alrededor de mi cuello, e introdujo sus manos delicadas en los rizos de mi pelo.

Hablaba en versos de maravillosa belleza, como no lo harían los más grandes poetas vivos, y cuando el verso no bastaba para expresar su pensamiento, le añadía las alas de la música, y eran trinos, collares de notas más puras que las perlas más perfectas, sostenidos, sonidos emitidos muy por encima de los límites humanos, todo lo que el alma y la mente pueden soñar de más tierno, de más adorablemente bello, de más amoroso, de más ardiente, de más inefable.

«Vivir seis meses, seis meses más», era el estribillo de todas sus cantilenas.

Yo veía muy claramente lo que iba a decir, antes de que el pensamiento llegara de su cabeza o de su corazón hasta sus labios, y yo mismo acababa el verso o el canto empezados; tenía para ella la misma transparencia, y leía en mí de corrido.

No sé dónde se hubieran detenido aquellos éxtasis que ya no moderaba la presencia de Karr, cuando sentí que algo peludo y áspero me pasaba por la cara; abrí los ojos y vi a mi gato que frotaba sus bigotes con los míos a modo de saludo matinal, porque el alba dejaba pasar a través de las cortinas una luz vacilante.

Así fue como acabó mi sueño de opio, que no me dejó otra huella que una vaga melancolía, consecuencia normal de esta clase de alucinaciones.


En Narraciones breves
Imagen: © Bettmann/CORBIS