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26 oct. 2014

Descarga: Lewis Carroll - Alicia anotada (Edición de Martin Gardner)

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Descarga: Lewis Carroll - Alicia anotada (Edición de Martin Gardner)

La presente edición es, sin lugar a dudas, la más importante realizada hasta la fecha, pues a las dos obras maestras de Lewis Carroll —y a las no menos magistrales ilustraciones de Tenniel— han venido a unirse las notas y comentarios de Martin Gardner. El autor de esta edición anotada, columnista de 'Scientific American' durante más de veinte años, matemático y ensayista original, era quizá, por su profesión y aficiones, la persona más apropiada para realizar esta labor, arrojando nueva y definitiva luz sobre un texto complicado pero delicioso. No en vano, Charles Dodgson (esto es, Lewis Carroll) fue también profesor de Lógica y Matemáticas, como el anotador, dejando en sus libros la huella inequívoca de su sutilísimo humor, entretejido de constantes combinaciones y variables imprevistas. A la calidad de los textos, y al meticuloso cuidado con el que ha realizado su traducción Francisco Torres Oliver, viene por último a unirse la magnífica presentación de los textos e ilustraciones. Creemos que el conjunto constituye por todo ello una edición auténticamente imprescindible.

13 ene. 2011

Martin Gardner - La estrella de Belén

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Nacido, pues. Jesús en Belén de Judá en los días del rey Heredes, llegaron del
Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que
acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle.
... y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que se
detuvo al llegar encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron
grandísimo gozo.

Evangelio de san Mateo 2:1-2, 9-10.






Cada vez que se aproximan las Navidades, las iglesias protestantes y católica celebran el nacimiento de Jesús, y en los sermones y escuelas dominicales se menciona con frecuencia la Estrella de Belén. Los aproximadamente cien planetarios de nuestro país dedican sus programas de Navidad a las posibles causas naturales de la Estrella. Según el Evangelio de san Mateo, que es el único que menciona la Estrella, los Magos de Oriente (su número no se especifica, pero la tradición ha querido que sean tres) fueron guiados hacia Occidente por la Estrella, hasta llegar al establo donde se encontraba el recién nacido Jesús, tendido en un pesebre.

Además de en el Evangelio de san Mateo, la visita de los Magos se cuenta con más detalle en el libro apócrifo de Jacobo, un manuscrito del siglo II. Dice la leyenda que lo escribió un medio hermano de Jesús. Según Orígenes, era uno de los hijos que tuvo José en un matrimonio anterior. El capítulo 15, versículo 7, describe la Estrella, diciendo que era tan grande y brillante que dejaba invisibles todas las demás estrellas.

En la posada no había sitio para sus padres (tal vez debería decir sólo «madre», ya que los Evangelios dejan claro que José no era padre del niño).

San Agustín y otros teólogos antiguos daban por sentado que la Estrella era uno de los milagros de Dios, colocada en los cielos para guiar a los Magos hasta Belén. Cuando Copémico, Kepler y Galileo impulsaron el auge de la ciencia empírica, se puso de moda entre los eruditos cristianos buscar causas naturales para sucesos que la Biblia describe claramente como sobrenaturales.

Una de las explicaciones naturalistas de la Estrella más difundidas y duraderas fue propuesta por Kepler, que en un folleto de 1606 sugirió que la Estrella era en realidad una conjunción de Júpiter y Saturno que tuvo lugar en el año 7 a.C. en la constelación de Piscis. No fue el primero en sugerir tal cosa; esta conjetura aparece en anales eclesiásticos ingleses desde una fecha tan antigua como 1285, pero Kepler fue el primero en argumentar con detalle la posibilidad. El nombre de la constelación era una afortunada coincidencia, porque el pez había sido, y todavía es, uno de los símbolos de la iglesia cristiana y sus fieles.

En la actualidad, los estudiosos están de acuerdo en que Jesús nació entre los años 8 y 4 a.C. Mateo sitúa el nacimiento en «los días del rey Heredes». Se sabe que Herodes murió a principios de 4 a.C., luego Jesús tuvo que nacer antes. Por supuesto, se desconoce la fecha exacta, aunque bien pudo coincidir con la conjunción Júpiter-Saturno del año 7 a.C.

Más adelante, Kepler empezó a dudar de su conjetura. Tal como indica el astrónomo Roy K. Marshall en su librito The Star of Bethlehem (publicado en 1949 por el Planetario Morehead, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill), durante todo el período de aproximación de Júpiter y Saturno, los dos planetas nunca llegaron a estar a una distancia menor de dos diámetros de la Luna, tal como se ve en el cielo. En 1846, el astrónomo británico Charles Pritchard llevó a cabo una meticulosa investigación sobre el acontecimiento. Debido a las erráticas trayectorias de los dos planetas, tal como se ven desde la Tierra, hubo tres aproximaciones distintas. Los astrónomos llaman a esto «triple conjunción».

Los dos planetas gigantes se vieron juntos el 29 de mayo, el 1 de octubre y el 5 de diciembre. «Ni siquiera con [...] la extraña percepción de una persona con mala vista — escribió Pritchard— habrían podido verse los planetas como una única estrella.» Marshall añadía: «Sólo unos ojos abismalmente débiles podrían haberlos fusionado.» Existen otras objeciones a la conjetura de Kepler. En el año 66 a.C. hubo una aproximación mucho mayor de los dos mismos planetas. Como dice Arthur C. Clarke en su interesante ensayo «The Star of Bethlehem» («La Estrella de Belén») (capítulo 4 de su recopilación de ensayos Report on Planet Three, 1972), este acontecimiento «tendría que haber hecho llegar a Belén una delegación de magos ¡sesenta años antes!».

Cada una de las tres conjunciones del año 7 a.C. duró sólo  unos días, pero san Mateo afirma que la Estrella guió a los Magos durante todo un viaje que tuvo que durar por lo menos varias semanas. Por último, los dos planetas saldrían y se pondrían como hacen las estrellas y los planetas normales, el Sol y la Luna, pero Mateo describe la Estrella deslizándose lentamente por el firmamento en dirección a Belén. Con el tiempo, Kepler decidió que la Estrella fue creada por Dios entre Júpiter y Saturno cuando éstos se encontraban más próximos.

La conjetura inicial de Kepler tuvo mucha aceptación entre los cristianos del siglo XIX, sobre todo en Alemania, donde la llamada «alta crítica» de la Biblia buscaba causas naturales para los milagros bíblicos. La teoría del año 7 a.C. fue defendida además en incontables biografías populares de Jesús publicadas en los países cristianos. En Inglaterra, el clérigo anglicano Frederic W. Parrar dedicó varias páginas de su Life of Christ (1874) a una discusión erudita sobre la conjunción de 7 a.C. También el norteamericano Samuel J. Andrews, en The Life of Our Lord upon the Earth (1891), se tomaba en serio la teoría de Kepler.

En tiempos recientes, la conjetura del año 7 a.C. ha reaparecido en la larga biografía de Jesús que constituye el último tercio del voluminoso Urantia Book (1955). Esta biblia del movimiento Urantia pretende haber sido escrita en su totalidad por seres «supermortales» que canalizaron el texto a través de miembros del movimiento, para dar a Urantia (la palabra con la que la secta designa a la Tierra) una nueva revelación destinada a sustituir al cristianismo. En la página 1.352 del Urantia Book se nos informa de que la conjunción Júpiter-Saturno del 29 de mayo de 7 a.C. se veía como una única estrella —cosa que sabemos que no fue así—, y esto explica lo que los supermortales llaman la «bella leyenda» que se creó en tomo a la «Estrella». Los supermortales —o «amigos invisibles», como les gusta decir a los urantianos— revelan que Jesús nació a mediodía del 21 de agosto de 7 a.C., una fecha que los urantianos celebran cada año. (Para más datos sobre el extravagante movimiento Urantia, ver mi libro Urantia: The Great Cult Mystery, reeditado en edición de bolsillo por Prometheus Books.) En los últimos años se han considerado otras conjunciones planetarias como posibles explicaciones de la Estrella. Por ejemplo, una espectacular conjunción de Júpiter y Venus que tuvo lugar el 17 de junio de 2 a.C. Los discos de los dos planetas llegaron a superponerse. Este candidato a Estrella de Belén es defendido por James de Young y James Hilton en «Star of Bethlehem» («La Estrella de Belén») (Sky and Telescope, abril de 1973), y también por Roger Sinnott en «Computing the Star of Bethlehem» («Cómo computar la Estrella de Belén») (Sky and Telescope, diciembre de 1986). La última vez que Júpiter y Venus estuvieron tan próximos fue en 1818, y no volverá a ocurrir hasta 2065.

Otro aspirante a Estrella es una explosión de supernova que ocurrió en la primavera de 5 a.C. en la constelación de Capricornio. Este argumento lo defienden el astrónomo británico David H. Clark y dos colaboradores en The Quarterly Joumal ofthe Royal Astronomical Society (diciembre de 1977). Otras especulaciones, demasiado absurdas para tenerlas en cuenta, han

identificado la Estrella con Venus, con cometas, con explosiones de meteoros e incluso con bolas luminosas.

El judío ortodoxo Immanuel Velikovsky se esforzó por encontrar causas naturales para los milagros del Antiguo Testamento. Como era de esperar, no tenía mucho interés en hacer lo mismo con los milagros del Nuevo Testamento. Incluso sugirió una explicación naturalista de cómo Josué detuvo el movimiento del Sol y la Luna: en realidad, fue la Tierra la que dejó de rotar. Esto se debió a un gigantesco cometa que surgió de una erupción en Júpiter y pasó cerca de la Tierra antes de estabilizarse y convertirse ¡en Venus! Algunos de los actuales y extravagantes creyentes en la Nueva Era, que están convencidos de la realidad de la PK (psicoquinesis), consideran que Jesús era un poderoso psíquico que utilizaba sus poderes naturales para caminar sobre el agua, multiplicar panes y peces, convertir el agua en vino y realizar otros extraordinarios actos de magia.

Ellen Gouid White, profetisa y cofundadora del Adventismo del Séptimo Día, tenía una explicación mucho más simple —y más sensata— para los grandes milagros de la Biblia. Consideraba que fueron milagros. En The Desire of Ages, su libro sobre la vida de Jesús, explica la Estrella del modo siguiente:

Los Magos habían visto una misteriosa luz en los cielos aquella noche en que la gloria de Dios inundó las colinas de Belén. Al desvanecerse la luz, apareció una luminosa estrella que permaneció en el cielo. No era una estrella fija ni un planeta. [...] Aquella estrella era un lejano batallón de ángeles resplandecientes.

La asociación de la Estrella con los ángeles se remonta a los primeros Padres de la Iglesia. Longfellow, en la tercera sección de su auto «La Navidad» (que forma parte de su libro Cristo: Un misterio), juega con la idea de que la Estrella era sostenida en el cielo por ángeles. Concretamente por siete ángeles: del Sol, de la Luna, de Mercurio, de Venus, de Marte, de Júpiter y de Saturno.

He aquí la estrofa inicial de Longfellow:

Los ángeles de los siete Planetas.
a través de los brillantes campos celestiales.
la estrella natal traemos.
Dejando caer nuestras séptuples virtudes.
como preciosas joyas de la corona.
de Cristo, nuestro Rey recién nacido.

¿Qué opino yo de todo esto? Me resulta difícil comprender que los cristianos conservadores y fundamentalistas, que creen que los milagros de la Biblia ocurrieron de verdad, se molesten en buscar explicaciones naturales para lo que la Biblia describe claramente como fenómenos sobrenaturales de origen divino. El Jehová de las Escrituras posee asombrosos poderes, que le permiten suspender las leyes de la naturaleza y hacer cualquier cosa que desee. ¿Por qué molestarse en buscar causas naturales del gran diluvio con el que Dios ahogó a todos los hombres, mujeres y niños del mundo, junto con sus animales, con la excepción de una familia sin importancia y los pocos animales que llevaban en su arca? En cierta ocasión le pregunté a un adventista del Séptimo Día por qué Dios fue tan cruel al matar a todos aquellos niños inocentes. ¡Me respondió que Dios sabía lo malvados que habrían sido si se les hubiera permitido crecer! En mi no tan humilde opinión, la historia de la Estrella es puro mito, similar a muchas antiguas leyendas sobre la milagrosa aparición de una estrella que anuncia un gran acontecimiento, como el nacimiento de César, de Pitágoras, de Krishna (el salvador hindú) y otros famosos personajes y divinidades. Se dice que Eneas fue guiado por una estrella cuando viajaba rumbo a Occidente desde Troya hasta el lugar donde fundó Roma. (No he sido capaz de encontrar ninguna mención de tal hecho en la Eneida de Virgilio, y le estaría agradecido al lector que me pudiera localizar la referencia.) Muchos estudiosos creen que la leyenda de la Estrella de Belén se inventó para que se cumpliera una profecía del Libro de los Números (24:17): «Le veré, pero no ahora. Le contemplaré, pero no de cerca. Una estrella se alzará de Jacob, y un cetro surgirá de Israel.»

Aunque no creo que la Estrella de Belén existiera, ni que fuera una ilusión provocada por un suceso astronómico natural, la declaración de la señora White me parece más digna de admiración que los fútiles esfuerzos de los cristianos liberales por eliminar de la Biblia todas las alusiones a los poderes milagrosos de Dios. Esto me parece casi tan degradante para la Biblia como los esfuerzos de las ultrafeministas cristianas por expurgar de las Escrituras todas las frases en las que a Dios se llame «Padre» (o cualquier otro término masculino) y a Jesús se le llame «Hijo». Es una tendencia que me resulta aún más ridícula que intentar cambiar la palabra «negro» por «afroamericano» en novelas clásicas como Huckleberry Finn y El negro de Narciso de Joseph Conrad.

¡Dejemos que la Biblia sea la Biblia! No es un libro de ciencia.

No es historia rigurosa. Es un barril de feria lleno de fantasías religiosas escritas por muchos autores. Algunos de sus mitos, como la Estrella de Belén, son muy hermosos. Otros son aburridos y feos.

Algunos expresan elevados ideales, como las parábolas de Jesús.

Otros son moralmente repugnantes. Estoy pensando en la trágica leyenda sobre el impetuoso juramento de Jefté, que le obligó a sacrificar a su hija. (¿Por qué san Pablo habla de Jefté como un hombre de mucha fe?) O en el pasaje en el que el furioso Jehová mata a dos sobrinos de Moisés con sendos rayos, simplemente porque no mezclaron bien el incienso para un sacrificio. ¡A Dios no le gustaba cómo olía el humo! El Dios del Antiguo Testamento es tan hábil como Zeus en el manejo del rayo como arma de castigo.

La Biblia del Rey Jacobo es casi un milagro en sí misma; su estilo poético es mucho más bello y conmovedor que el de cualquiera de las traducciones modernas al inglés o a otras lenguas.

Representa, además, una gran mejora con respecto al estilo frecuentemente tosco de los antiguos autores hebreos y griegos. La Biblia del Rey Jacobo es una obra maestra de la literatura, que más vale dejar inalterada. Es un clásico digno de figurar en una estantería junto a las grandes fantasías de Hornero, Virgilio, Dante, Milton y... sí, incluso el Corán.

Addendum.

En 1999, poco después de escribir este capítulo, dos editoriales universitarias publicaron sendos libros sobre la Estrella: The Star of Bethlehem, de Mark Kidger (Princeton University Press) y The Star of Bethlehem, de Michael Molnar (Rutgers University Press).

Kidger, astrónomo británico, opina que la Estrella era una nova que, según los registros de los astrónomos chinos, brilló en el cielo durante setenta días en 5 a.C. Ocurrió después de una serie de conjunciones que los Magos interpretaron como señales astrológicas de que había nacido el Mesías.

Molnar, astrónomo de Rutgers, argumenta que la Estrella es un mito basado en un evento astrológico: la ocultación de Júpiter por la Luna en la constelación de Aries, el 17 de abril de 6 a.C. Según él, ésta fue la fecha del nacimiento de Jesús. San Mateo describió incorrectamente este suceso astrológico como una estrella que se movía a través del firmamento.

Si Mateo se equivocó de tal manera con respecto a la estrella, ¿cómo podemos estar seguros de que es verdad lo que dice sobre el viaje de unos magos desde Oriente? La conjetura de Molnar me parece tan irrelevante como las demás hipótesis sobre fenómenos celestes que pudieran confundirse con una estrella. Sin duda, la explicación más sencilla del relato de Mateo es que tanto la Estrella como los Magos forman parte de las muchas leyendas evangélicas que carecen de base real.

Dennis J. Cuniff, David Barclay y Don G. Evans me escribieron respondiendo a mi pregunta sobre dónde encontrar la Estrella en la Eneida de Virgilio. El pasaje comienza en la línea 694 del Libro Segundo. Me equivoqué al pensar que la Estrella guió a Eneas hasta el futuro emplazamiento de Roma. Era simplemente una señal en los cielos, producida por Júpiter para hacer saber a Eneas que aprobaba sus planes de fundar una nueva ciudad en Italia. La Estrella, acompañada por un rayo, era un brillante meteoro que cruzó el firmamento dejando una estela de luz y olor a azufre.

Sin embargo, no me equivoqué tanto al decir que había una leyenda sobre una estrella que guió a Eneas en su búsqueda de un lugar donde fundar Roma. William C. Waterhouse, matemático de Penn State, me escribió para decirme que existe un pasaje escrito por el erudito romano Mario Terencio Varro y citado en un comentario a la Eneida escrito en el siglo IV d.C. por un hombre llamado Servio:

Varro dice que esta Estrella Matutina, conocida como la estrella de Venus, fue siempre vista por Eneas hasta llegar a la tierra laurentina; y que en cuanto llegó allí, dejó de ser visible, y eso indicó a Eneas que había llegado a su destino.

Al parecer, esto no se refiere a una estrella de duración limitada, sino al planeta Venus, que, según Varro, parecía guiar a Eneas hacia su destino hasta que se volvió invisible en el firmamento.


En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?


24 jun. 2010

Martin Gardner - Las opiniones religiosas de Stephen Jay Gould y Darwin

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Rocks of Ages («Rocas eternas», pero también, en sentido figurado, «La fe de Cristo») es el ingenioso título del último libro de Stephen Jay Gould, famoso paleontólogo de Harvard y autor de libros de gran éxito comercial. Una de las dos «rocas» del título es la religión. La otra es la ciencia, representada por las rocas llenas de fósiles que demuestran la realidad de la evolución.

El profesor Gould es totalmente contrario a la idea de que la ciencia y la religión son irreconciliables, una postura defendida en dos obras clásicas: The Conflict Between Religión and Science (1877), del científico norteamericano John William Draper, y History ofthe Warfare of Science and Theology (en dos tomos, 1894), del historiador y primer rector de Cornell Andrew Dickson White. Ambos libros, que Gould comenta exhaustivamente, consideran que la ciencia y la religión —en especial, el catolicismo— están enzarzadas en un eterno combate.

Aunque Gould se declara agnóstico y con tendencia al ateísmo, su libro es una apasionada llamada a la tolerancia entre los dos campos. La ciencia y la religión, sostiene Gould, son ejemplos de un principio que él llama NOMA (Non Overlapping Magisterio, magisterios que no se solapan). Existe, efectivamente, un conflicto entre las dos si se entiende la religión en el estrecho sentido de una creencia que exige intervenciones milagrosas de Dios en la historia y se niega a aceptar la abrumadora evidencia a favor de la evolución. Estas supersticiones, que enmarañan los dos magisterios, generan enemistad mutua. Pero si la religión se entiende en un sentido más amplio, bien como un teísmo filosófico libre de supersticiones, bien como un humanismo seglar basado en normas éticas, Gould no ve que haya conflicto alguno entre los dos magisterios. No es que se puedan unificar en un único esquema conceptual, pero pueden florecer una junto a otra, como dos naciones independientes que están en paz una con otra.

La ciencia, nos recuerda Gould, es la búsqueda de los hechos y leyes de la naturaleza. La religión es una búsqueda espiritual del sentido definitivo de la vida y de valores morales que la ciencia es incapaz de aportar. Como decían Kant y Hume, la ciencia nos dice lo que es, no lo que debería ser. «Puestos a utilizar clichés manidos —escribe Gould—, nosotros nos dedicamos a la edad de las rocas y la religión conserva la roca de las edades; nosotros estudiamos cómo van los cielos, y ellos determinan cómo ir al cielo.» No se menciona a John Dewey, pero el tema que trata Gould no está muy lejos, en lo esencial, del librito de Dewey A Common Faith.

Gould incluye abundantes citas de las cartas de Charles Robert Darwin, que, junto con Thomas Henry Huxiey, es uno de sus dos grandes héroes. Esas citas me llevaron a consultar The Life and Letters of Charles Darwin (1887), escrito por su hijo Francis, el botánico. Uno de los capítulos está totalmente dedicado al lento y progresivo desencanto de Darwin con el cristianismo y a su decisión final de declararse agnóstico. El término había sido acuñado por Huxiey, conocido en sus tiempos como «el bulldog de Darwin» por su vigorosa defensa de la selección natural y sus infatigables ataques al tosco fundamentalismo protestante del primer ministro inglés, William Ewart Gladstone.

En su juventud, Darwin creía firmemente que la Biblia era la palabra revelada de Dios. Su padre, anglicano, quería que Charles se hiciera clérigo, y éste pasó tres años en Cambridge preparándose para su ordenación. Aunque fue perdiendo la fe poco a poco, siempre fue tolerante y respetó las creencias de sus amigos y colaboradores cristianos, y en especial de su devota esposa.

Darwin se casó con su prima Emma Wedgwood, que le dio diez hijos. Se amaban intensamente, pero a todo lo largo de su matrimonio, feliz en todos los demás aspectos, los dos sufrieron por sus irreconciliables diferencias religiosas. Janet Browne, en su espléndida biografía Charles Darwin (1995), reproduce una de las cartas de Emma a Charles, escrita antes de casarse, en la que le suplica que renuncie a su manía de «no creer nada hasta que esté demostrado». Darwin dijo que era «una carta preciosa» y escribió en el sobre: «Cuando esté muerto, quiero que sepas cuántas veces la he besado y he llorado sobre ella.» La muerte de su hija Anne intensificó la antipatía de Darwin hacia el cristianismo y ensanchó la brecha religiosa que lo separaba de Emma. Ésta nunca perdió su fe. Cuando se quedó viuda, es posible que siguiera atormentada hasta su muerte (así lo expresa Browne) por la idea de que «no podría reunirse con él en el cielo». Algunos biógrafos han llegado a especular, aunque sin ninguna prueba, que las enfermedades crónicas de Darwin eran consecuencias psicosomáticas de las diferencias religiosas entre él y su amada esposa. La tolerancia religiosa de Darwin es la base del libro de Gould.

Incluso elogia al papa Juan Pablo II por haber declarado en 1996 que la evolución ya no es una simple teoría, sino un hecho bien demostrado que los católicos deben aceptar, siempre que insistan en que Dios infundió almas inmortales en los cuerpos evolucionados de los primeros seres humanos. Gould ve esto como un paso trascendental del magisterio de Roma hacia la aceptación del principio NOMA.

«La naturaleza es amoral —escribe Gould—, no inmoral. [...] Ha existido durante eones antes de que nosotros llegáramos, no sabía que íbamos a venir y le importamos un bledo. [...] La naturaleza no muestra ninguna preferencia estadística ni por lo cálido y amable ni por lo feo y desagradable. La naturaleza, simplemente, es; en toda su complejidad y diversidad, en toda su sublime indiferencia a nuestros deseos. Por lo tanto, no podemos utilizar la naturaleza para nuestra educación moral, ni para responder a ninguna pregunta que entre dentro del magisterio de la religión.» Aunque la ciencia es incapaz de aportar normas éticas o pruebas de la existencia de Dios, tampoco es capaz de descartar la posibilidad de una divinidad o la existencia de imperativos morales basados en una naturaleza humana común. Así es como Gould resume con exactitud la aceptación del principio NOMA por Darwin:

Darwin no utilizó la evolución para promocionar el ateísmo, ni para sostener que el concepto de Dios jamás podrá encajar en la estructura de la naturaleza. Lo que hizo fue argumentar que la realidad objetiva de la naturaleza, leída según el magisterio de la ciencia, no podía resolver, ni siquiera especificar, la existencia o el carácter de Dios, el sentido último de la vida, los fundamentos de la moralidad, ni ninguna otra de las cuestiones que entran dentro del magisterio de la religión, que es un magisterio diferente. Mientras que muchos pensadores occidentales invocaron en su momento un concepto indefendible y con anteojeras de la divinidad para proclamar la imposibilidad de la evolución, Darwin se negó a cometer el mismo error arrogante en sentido contrario y declarar que el hecho de la evolución implica la no existencia de Dios.

Veamos ahora cómo el propio Darwin, con palabras cuidadosamente escogidas, expresó sus opiniones religiosas con gran humildad y sinceridad, en correspondencia citada por su hijo. He aquí un párrafo de una carta de 1860:

Una palabra más sobre las «leyes diseñadas» y los «resultados no intencionados». Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadómente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito Dios planeó que esa golondrina concreta atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado.

En otra carta de 1860, escrita al botánico Asa Gray, Darwin decía lo siguiente:

Con respecto al punto de vista teológico de la cuestión. Esto siempre me resulta doloroso. Me deja perplejo. No tenía ninguna intención de escribir en plan ateo. Pero reconozco que no veo con tanta claridad como ven otros, y como a mí me gustaría ver, pruebas de diseño y benevolencia a todo nuestro alrededor. Me parece que hay demasiado sufrimiento en el mundo. No me puedo convencer de que un Dios benévolo y omnipotente haya creado intencionadamente los ichneumónidos, con la expresa intención de que se alimenten de los cuerpos vivos de las orugas, ni que haya planeado que el gato juegue con los ratones. Y como no creo eso, no veo ninguna necesidad de creer que el ojo fue diseñado expresamente. Por otra parte, tampoco me puedo conformar con contemplar este maravilloso universo, y sobre todo la condición humana, y llegar a la conclusión de que todo es el resultado de la fuerza bruta. Tiendo a considerar que todo es el resultado de leyes diseñadas, y que los detalles, ya fueran buenos o malos, se dejaron en manos de lo que podríamos llamar azar. No es que esta idea me satisfaga en absoluto. Tengo la íntima sensación de que todo este tema es demasiado profundo para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton. Que cada uno espere y crea lo que pueda. Desde luego, estoy de acuerdo contigo en que mis opiniones no son necesariamente ateas. El rayo mata a un hombre, sin importar que sea bueno o malo, debido a la complejísima acción de leyes naturales. Un niño (que después puede salir idiota) nace gracias a la acción de leyes aun más complejas, y no veo ninguna razón para que un hombre u otro animal no se haya formado originalmente por acción de otras leyes, y que todas estas leyes hayan sido diseñadas expresamente por un Creador omnisciente, que preveía todos los sucesos y consecuencias futuros. Pero cuanto más pienso, más aumenta mi perplejidad, como seguramente he demostrado con esta carta.

De una carta de 1873:

Cuáles puedan ser mis opiniones es una cuestión que no le importa a nadie más que a mí. Pero, ya que preguntas, puedo decir que mi juicio fluctúa con frecuencia. [...] En mis fluctuaciones más extremas, no he sido nunca ateo, en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que en general (y cada vez más, a medida que me hago viejo), pero no siempre, la de agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental.

De una carta de 1879:

Es imposible responder brevemente a tu pregunta; y no estoy seguro de poder hacerlo ni aun escribiendo una parrafada bastante larga. Pero puedo decir que, para mí, el principal argumento a favor de la existencia de Dios es la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo, con nuestras personalidades conscientes, surgiera por casualidad; pero nunca he sido capaz de decidir si este argumento tiene algún valor. Me doy cuenta de que si admitimos una primera causa, la mente aún sigue preguntándose de dónde surgió y cómo surgió. Tampoco puedo pasar por alto la dificultad que entraña la inmensa cantidad de sufrimiento que hay en todo el mundo. Además, me siento inclinado a confiar hasta cierto punto en la opinión de los muchos hombres capaces que han creído plenamente en Dios; pero me doy cuenta de que también este argumento es muy pobre. Me parece que lo más seguro es concluir que todo este asunto está fuera del alcance del intelecto humano.

En 1876, Darwin escribió una sincera autobiografía, con la intención de que sólo la leyeran su mujer y sus hijos. [ En 1958 se publicó una edición íntegra de la autobiografía de Darwin, editada por su nieta Nora Barlow, que ahora se puede encontrar en rústica (Norton). Las anteriores ediciones de la autobiografía fueron muy censuradas por la familia de Darwin, que procuró sobre todo suprimir las mordaces críticas de Darwin a algunos de sus contemporáneos] Francis, en la biografía de su padre, ofrece una serie de extractos de dicha autobiografía, en los que Darwin describía sus opiniones religiosas. Cito esta sección en su totalidad:

Cuando estaba a bordo del Beagle era muy ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también ellos eran ortodoxos) se rieron a carcajadas de mí por citar la Biblia como una autoridad incontestable en cuestión de moral. Supongo que lo que les divirtió fue la novedad del argumento. Pero a estas alturas, es decir, entre 1836 y 1839, había llegado poco a poco a considerar que el Antiguo Testamento no merecía más confianza que los libros sagrados de los hindúes. Constantemente me venía a la cabeza una pregunta que se negaba a desaparecer: ¿es creíble que si Dios les hiciera ahora una revelación a los hindúes, permitiera que ésta siguiera ligada a la creencia en Visnú, Siva, etc., como está el cristianismo ligado al Antiguo Testamento? A mí, eso me parecía totalmente increíble.

Y así, a base de pensar que para aceptar las pruebas más claras sería imprescindible que una persona cuerda creyera en los milagros en los que se apoya el cristianismo; y que cuanto más sabemos sobre las leyes fijas de la naturaleza, más increíbles resultan los milagros; que los hombres de aquella época eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros; que no se puede demostrar que los Evangelios se escribieran en la época en la que ocurrieron los hechos; que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes, me parecía a mí, para aceptarlos como las inexactitudes habituales en los testigos oculares... a base de reflexiones como éstas, que reconozco que no tienen ninguna novedad ni valor, pero que a mí me influían, poco a poco fui dejando de creer en el cristianismo como revelación divina. El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido como fuego de pastos por grandes extensiones del mundo también tenía cierto peso para mí.

Pero no estaba nada dispuesto a renunciar a mis creencias; de esto estoy seguro, porque recuerdo perfectamente que muy a menudo me inventaba fantasías sobre antiguas cartas cruzadas entre ilustres romanos, o sobre manuscritos descubiertos en Pompeya o en otras partes, que confirmaban de la manera más sorprendente todo lo que estaba escrito en los Evangelios. Pero cada vez me resultaba más difícil, dando rienda suelta a mi imaginación, inventar pruebas que bastaran para convencerme. Esta incredulidad se fue apoderando de mí muy poco a poco, pero al final fue completa.

Creció tan despacio que no sentí ningún malestar.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un período muy posterior de mi vida, voy a ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que acabé llegando. El viejo argumento del diseño de la naturaleza, tal como lo expone Paley, que en otro tiempo me pareció tan concluyente, no sirve ahora que se ha descubierto la ley de la selección natural. Ya no podemos aducir que, por ejemplo, la perfecta articulación de la concha de un bivalvo tiene que haber sido creada por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta hecha por los hombres. No parece que haya más intención en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en la que sopla el viento.

Pero ya he comentado este tema al final de mi libro sobre las Variaciones de los animales y plantas domésticos y, que yo sepa, el argumento que ahí presento no ha sido contestado nunca.

Pero pasando por alto las infinitas y bellísimas adaptaciones que encontramos por todas partes, habría que preguntar dónde está esa organización generalmente benévola del mundo. De hecho, algunos autores están tan impresionados por la cantidad de sufrimiento que hay en el mundo que no sabrían decir, considerando la totalidad de los seres sensibles, si hay más desgracia o felicidad, si el mundo en conjunto es bueno o malo. A mi juicio, la felicidad predomina decididamente, pero esto sería muy difícil de demostrar. Si se acepta como verdadera esta conclusión, concordaría bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de una especie tuvieran que sufrir habitualmente en grado extremo, no se molestarían en propagar su linaje; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, o al menos con cierta frecuencia. Además, algunas otras consideraciones llevan a creer que todos los seres sensibles han sido formados para gozar, como regla general, de la felicidad.

Todo el que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales y mentales de todos los seres vivos (excepto los que no son ni ventajosos ni desventajosos para su poseedor) se han desarrollado por selección natural, o por la supervivencia de los mejor adaptados junto con el uso o el hábito, tendrá que admitir que dichos órganos han sido formados para que sus poseedores puedan competir eficazmente con otros seres vivos, y así aumentar su número. Ahora bien, un animal puede ser inducido a seguir la línea de acción que resulte más beneficiosa para la especie por el sufrimiento —dolor, hambre, sed y miedo— o por el placer, como al comer, beber y propagar la especie; o por ambos medios combinados, como cuando se busca alimento. Pero el dolor o el sufrimiento, del tipo que sean, si continúan durante mucho tiempo, causan depresión y reducen la eficacia de las acciones; sin embargo, es una buena adaptación para que toda criatura se proteja contra males grandes o repentinos. En cambio, las sensaciones agradables pueden continuar durante mucho tiempo sin ningún efecto depresivo; al contrario, estimulan todo el sistema favoreciendo la acción. Así se ha llegado a aceptar que todos o casi todos los seres sensibles se han desarrollado de este modo, por selección natural, y que las sensaciones agradables sirven como guías habituales. Esto lo comprobamos en el placer del esfuerzo —a veces, incluso, de un gran esfuerzo del cuerpo o la mente—, en el placer de nuestras comidas diarias, y sobre todo en el placer derivado de la sociabilidad y de amar a nuestras familias. No me cabe ninguna duda de que la suma de placeres como éstos, que son habituales o muy recurrentes, proporciona a casi todos los seres sensibles una mayor cantidad de felicidad que de sufrimiento, aunque a veces muchos individuos sufren mucho. Este sufrimiento es perfectamente compatible con la creencia en la selección natural, que no es perfecta en su actuación, sino que tan sólo tiende a lograr que cada especie sea lo más eficaz posible en la lucha por la vida con otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.

Nadie discute que hay mucho sufrimiento en el mundo. Algunos han intentado explicarlo con respecto al ser humano, suponiendo que sirve para su perfeccionamiento moral. Pero el número de hombres que hay en el mundo no es nada en comparación con el de todos los demás seres sensibles, y éstos a menudo sufren mucho sin ninguna mejora moral. Este antiquísimo argumento de que la existencia del sufrimiento contradice la existencia de una Primera Causa inteligente me parece bastante sólido; al mismo tiempo, como acabo de decir, la existencia de mucho sufrimiento concuerda con la creencia en que todos los seres orgánicos se han desarrollado por variación y selección natural.

En la actualidad, el argumento más habitual a favor de la existencia de un Dios inteligente se basa en la profunda convicción interior y en los sentimientos que experimenta la mayoría de las personas.

Anteriormente, me dejé guiar por sentimientos como los que acabo de describir (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca muy desarrollado en mí) hacia la firme convicción de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que estando en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, «no es posible dar una idea adecuada de los elevados sentimientos de asombro, admiración y devoción, que llenan y elevan la mente». Recuerdo bien mi convicción de que en el hombre hay más que el mero aliento de su cuerpo. Pero ahora, las escenas más grandiosas no hacen que surjan en mi mente semejantes convicciones y sentimientos. Se podría decir, y con razón, que soy como un hombre que se ha vuelto ciego para los colores, y la creencia universal de los demás en la existencia del rojo hace que mi actual pérdida de percepción no tenga el más mínimo valor como prueba. Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción interna de la existencia de un Dios; pero sabemos que esto dista mucho de ser así. Por lo tanto, no veo que tales convicciones y sentimientos interiores tengan peso alguno como prueba de lo que existe en realidad. El estado mental que antes provocaban en mí las escenas grandiosas, y que estaba íntimamente conectado con la creencia en Dios, no se diferenciaba en nada esencial de lo que se suele llamar la sensación de sublimidad; y por muy difícil que resulte explicar la génesis de esta sensación, mal se puede presentar como argumento a favor de la existencia de Dios, como ocurre con las sensaciones similares, poderosas pero vagas, provocadas por la música.

Con respecto a la inmortalidad, no hay nada que me demuestre [tan claramente] lo fuerte y casi instintiva que es una creencia, como considerar lo que ahora creen casi todos los físicos: que el Sol y todos sus planetas acabarán volviéndose demasiado fríos para sostener vida, a menos que algún cuerpo gigantesco caiga en el Sol y así le dé nueva vida. Como creo que el hombre, en un remoto futuro, será una criatura mucho más perfecta que ahora, me resulta intolerable pensar que él y todos los demás seres sensibles estén condenados a la completa aniquilación después de un progreso tan largo, lento y continuo. A los que admiten plenamente la inmortalidad del alma humana, la destrucción de nuestro mundo no les parecerá tan terrible.

Hay otra fuente de convicción en la existencia de Dios, relacionada con la razón  y no con los sentimientos, que me parece que tiene mucho más peso. Se deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de mirar hacia el pasado remoto y el futuro lejano, como el resultado del azar ciego o de la necesidad. Cuando pienso en eso, me siento inclinado a buscar una Primera Causa, poseedora de una mente inteligente en cierto modo análoga a la del hombre; y merezco que me llamen teísta. Por lo que yo recuerdo, esta conclusión estaba firmemente arraigada en mi mente en la época en que escribí El origen de las especies; y desde entonces se ha ido debilitando muy poco a poco, con muchas fluctuaciones. Pero entonces surge la duda: ¿se puede uno fiar de la mente humana, que, tal como yo creo plenamente, se ha desarrollado a partir de una mente tan inferior como la que poseen los animales más inferiores, cuando saca unas conclusiones tan grandiosas?.

No pretendo arrojar la más mínima luz sobre estos abstrusos problemas. El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros; y yo, por lo menos, me conformo con seguir siendo agnóstico.

Cuando Bertrand Russell fue encarcelado por oponerse a la entrada de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial, el alcaide de la prisión le preguntó cuál era su religión. Russell le respondió «agnóstico». Después de pedirle que lo deletreara, el alcaide suspiró y dijo: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todos adoramos al mismo Dios.» «Aquel comentario — dice Russell en su autobiografía— me mantuvo animado durante aproximadamente una semana.»

En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?

22 jul. 2009

Martin Gardner – La teoría posfreudiana de los sueños

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Los sueños poseen un ingenio y una energía infernales para buscar lo inadecuado; ni el artista más omnisciente y hábil se tomó nunca tantas molestias ni logró tanto éxito en su búsqueda de la palabra correcta, o de la acción exacta que resultara significativa, como este señor nocturno de la confusión, que siempre encuentra exactamente la palabra más inadecuada o la acción más insensata.

G. K. CHESTERTON, en The Coloured Lands.

 

Las teorías sobre los sueños de Sigmund Freud y Cari Jung eran especulaciones subjetivas, casi sin ningún apoyo empírico. Hasta 1952 no se produjo ningún avance significativo en la investigación de los sueños en el laboratorio. Aquél fue el año en que Eugene Aserinsky, estudiante posgraduado de psicología en la Universidad de Chicago, descubrió por casualidad el REM, el movimiento rápido de los ojos que acompaña al sueño profundo con ensoñaciones.

Aserinsky había aplicado electrodos cerca de los ojos de su hijo Armond, de 10 años, mientras éste dormía. Le sorprendió observar que el electroencefalógrafo trazaba rayas muy amplias en el papel de gráficos. Mediante posteriores estudios, Aserinsky y el difunto Nathaniel Kleitman, director del programa de investigación del sueño de la universidad, hicieron el gran descubrimiento de que los períodos de movimientos REM eran señales de sueños vividos, en contraste con los sueños inconsistentes de los períodos NREM (sin movimientos rápidos de los ojos). Kleitman falleció en 1999, a los 104 años de edad.

Pronto se hizo evidente que el sueño REM se da a intervalos a lo largo de toda la noche, generalmente de cuatro a seis veces, cada una de las cuales dura entre diez minutos y una hora. Los sujetos que creían que nunca o casi nunca soñaban se sorprendieron al comprobar que tenían vivos recuerdos de sus sueños cuando se les despertaba durante un período REM. Salieron a la luz nuevos hechos. Las pesadillas y el sonambulismo sólo se dan durante el sueño NREM. La creencia en que un sueño «largo» podía durar sólo unos pocos segundos resultó ser un mito. La clase de alimentos que se han comido durante el día no influye en los sueños REM. Las grabaciones que se hacen sonar durante el sueño no influyen en el aprendizaje, aunque todavía se asegura falsamente que sí en los anuncios de cintas de audio e incluso en algunas revistas populares de divulgación científica.

Docenas de laboratorios en todo el mundo se lanzaron a la investigación intensiva del sueño REM. Se descubrió que casi todos los mamíferos sometidos a prueba hasta ahora tienen períodos de sueño REM (incluyendo a los murciélagos, los topos y las ballenas), con la curiosa excepción del equidna australiano. Los reptiles carecen de sueño REM, pero las aves parecen tener intervalos REM que duran unos cuantos segundos, cuando, meten la cabeza bajo las alas. Los perros y gatos tienen sueños REM muy evidentes. Se pueden levantar los párpados de un gato dormido y ver cómo se mueven los globos oculares hacia adelante y hacia atrás.

Sin duda, el sueño REM cumple alguna función útil. De no ser así, ¿por qué lo habría inventado la evolución? Pero cuál es exactamente esa función sigue siendo un enigma. Un argumento plausible es que durante la noche, cuando es difícil cazar y buscar alimento, los mamíferos aprovechan para descansar el cuerpo y la mente hasta que salga el sol. Algunos mamíferos incluso hibernan durante los inviernos fríos. Sin embargo, esto arroja poca luz sobre la función de los sueños.

La revolución informática y la opinión compartida por muchos investigadores de IA (inteligencia artificial) de que el cerebro no es más que un ordenador orgánico, condujeron inevitablemente a teorías de los sueños inspiradas en los ordenadores. Uno de los primeros artículos en los que se proponía una de estas teorías fue «Dreaming: An Analogy from Computers» («Soñar: Analogía con las computadoras»), publicado en New Scientist (vol. 24, 1964, pp. 577-579). Sus autores eran dos científicos británicos: el psicólogo Christopher Riche Evans y el experto en ordenadores Edgar Arthur Newman. En 1993 se publicó la obra postuma de Evans, Landscapes of the Night: How and Why We Dream. Su libro de 1973 Culis ofUnreason incluye un vigoroso ataque a la Cienciología.

La teoría de Evans-Newman es que el cerebro, igual que un ordenador, se va atiborrando de información inútil. Así como hay que limpiar de vez en cuando la memoria del ordenador para quitarle toda la basura inservible, nuestro cerebro necesita también fregados periódicos. Los sueños son los procesos que utiliza el cerebro durmiente para pasar a la memoria a largo plazo la información que vale la pena conservar, y borrar de la memoria a corto plazo las trivialidades que, de otro modo, obstruirían las rutas neurales.

¿Para qué recordar cosas como el color de los calcetines que nos pusimos ayer, o la comida que comimos, o todo lo que dijimos en conversaciones intrascendentes?.

Mientras los impulsos eléctricos recorren el cerebro para eliminar esta basura, las pulsaciones activan neuronas adyacentes, conjurando patrones prácticamente al azar. Nuestro cerebro subconsciente hace lo que puede por colocar estas imágenes en algún contexto mínimamente coherente, pero como las imágenes surgen al azar, la historia soñada presenta extravagancias sin sentido y transiciones bruscas, como las escenas de los dos libros de Alicia de Lewis Carroll. Durante una hora o dos cada noche nos volvemos locos inofensivos.

Freud creía que los sueños son símbolos que expresan, en forma muy disfrazada, los deseos reprimidos del subconsciente, casi todos de tipo sexual y originados en la infancia. En su opinión, si estos deseos no estuvieran disfrazados, nuestro escandalizado superego, con sus imperativos morales, nos despertaría.

Cari Jung no estaba de acuerdo con la insistencia de Freud en los deseos sexuales reprimidos, que a él le parecía exagerada. En su opinión, los sueños reflejan «arquetipos»: huellas de memoria heredadas de nuestro pasado evolutivo. Los sueños de volar y de caer, por ejemplo, son recuerdos genéticos de antepasados que saltaban por las ramas de los árboles y de vez en cuando se caían al suelo.

 

Es maravilloso soñar

que caes aterrorizado.

desde un alto acantilado donde chillan las águilas,.

y aterrizas suavemente en una roca plumosa.

 

escribió el poeta Martín Tupper en unas coplas en ocho estrofas tituladas «Sueños». Los sueños terroríficos en los que somos perseguidos reflejan los tiempos en que nuestros antepasados huían de las fieras. Para Jung, los sueños no ocultan, sino que revelan estos antiguos recuerdos, enterrados en lo que él llamaba «el subconsciente colectivo» de la humanidad.

A Evans y Newman no les convencen ni Freud ni Jung. Los sueños, según ellos, carecen de sentido, aunque por supuesto están influidos por nuestras esperanzas y temores, y por circunstancias de la noche, como sonidos, olores, temperatura, corrientes de aire, molestias corporales, etc. Nuestro cerebro filtra y anula los ruidos a los que estamos acostumbrados, como la lluvia, el zumbido del aire acondicionado o el sonido de un televisor encendido; pero los sonidos bruscos e importantes, como el llanto de un bebé, un trueno o el timbre del teléfono, nos despiertan o se incorporan al sueño. Si tenemos sed, podemos soñar que bebemos; si tenemos hambre, que comemos. Si tenemos la vejiga llena, podemos soñar que orinamos. Si nos rocían la cara con agua, podemos soñar que nos estamos duchando.

Así como resulta difícil borrar datos no deseados de un ordenador mientras éste está trabajando en un problema, nos volveríamos locos si el borrado de basura de nuestra memoria ocurriera mientras estamos despiertos y ocupados en el procesamiento de nuevas entradas sensoriales. Según Evans y Newman, no es que los sueños abran espacio de almacenamiento, sino que despejan rutas para permitir un acceso más fácil y directo a los recuerdos importantes. Si no se eliminaran periódicamente los datos inútiles que llenan el ordenador, éste perdería rapidez y eficiencia, y hasta podrían estropearse los programas. De manera similar, si nos privaran del sueño REM, desarrollaríamos trastornos de conducta y problemas mentales hasta que se nos permitiera soñar de nuevo.

Los sueños no sirven para mantenernos dormidos, como creía Freud, sino al revés: dormimos para poder soñar.

A principios de los años ochenta, Francis Crick, ganador del premio Nobel por su participación en el descubrimiento de la estructura helicoidal del ADN, y el matemático Graeme Mitchison propusieron una teoría de los sueños similar en algunos aspectos a la conjetura de Evans-Newman. Sus especulaciones se presentaron bajo el título de «The Function of Deep Sieep» («La función del sueño profundo») en Nature (vol. 304, 14 de julio de 1983, pp. 111- 114). En lugar de quedar atascado el cerebro por recuerdos inservibles, es su neocórtex el que queda obstruido por conexiones neurales accidentales.[El neocórtex es una parte muy evolucionada de la corteza —la capa exterior de la materia gris— que empezó a evolucionar con los mamíferos. Se cree que es en esta zona donde se almacenan definitivamente los recuerdos y donde tiene lugar el razonamiento].

Los miles de millones de neuronas del cerebro están interconectadas en una red inconcebiblemente compleja, la estructura más complicada que se conoce en el universo. Cuando se almacenan recuerdos normales, el proceso tiende a reforzar conexiones neurales inútiles. Crick y Mitchison las llaman «recuerdos parásitos». El propósito del sueño REM es amortiguar estas conexiones sinápticas accidentales y así borrar recuerdos espurios. Naturalmente, este proceso aleatorio fabrica escenas extravagantes y sin sentido.

Los bebés experimentan el doble de sueño REM que los adultos, e incluso los fetos manifiestan movimientos rápidos de los ojos en el vientre de la madre. Si verdaderamente están soñando, esto parece contradecir la teoría de Freud. Según Crick y Mitchison, los bebés sueñan para mantener sus cerebros lo más libres posible de conexiones neuronales indeseables, que podrían interferir con la formación eficiente de recuerdos. La falta de REM en el equidna se explica por el tamaño extraordinariamente grande de su neocórtex. Una red neural de ordenadores, si es muy grande, puede acomodar conexiones neurales espurias sin sobrecargarse; lo mismo le ocurre al hiperdesarrollado neocórtex del equidna.

A los freudianos les parece útil recordar y analizar los sueños.

Crick y Mitchison sugieren algo muy distinto: «Soñamos para poder olvidar», escribieron en Nature. Esforzarse por recordar los sueños puede llegar a ser dañino. «Tal vez no se debería animar a nadie a que intente recordar sus sueños, porque recordarlos puede ayudar a mantener patrones de pensamiento que sería mejor olvidar. Son precisamente esos patrones los que el organismo está intentando amortiguar.» [Ver el artículo de Theodore Meinechuk sobre la teoría de Crick, «The Dream Machine» («La máquina de soñar»), en Psychology Today, noviembre de 1983.] En los últimos años se han propuesto otras muchas conjeturas sobre los sueños, pero el mejor y más influyente de los libros recientes sobre el tema es, con diferencia, The Dreaming Brain (1989) de J. Alian Hobson, profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard. Sus opiniones, basadas en el sentido común, son, como las de la mayoría de los investigadores actuales del sueño, claramente antifreudianas.

Hobson coincide con las dos teorías que acabamos de comentar en que los sueños no tienen ningún significado oculto o «contenido latente», dicho en la terminología de Freud. Sólo tienen «contenido manifiesto». A Hobson le gusta decir, haciéndose eco de Jung, que son «transparentes». En lugar de borrar recuerdos triviales o de debilitar conexiones neurales accidentales e inservibles, el cerebro está simplemente utilizando su energía eléctrica para activar neuronas más o menos al azar mientras dormimos.

Naturalmente, cuando hace esto, sus imágenes están influidas por los acontecimientos recientes (lo que los psicoanalistas llaman «residuos del día»), por recuerdos antiguos, por las circunstancias del dormitorio, por los estados corporales y por los deseos y temores intensos.

Puesto que los sueños no ocultan deseos subconscientes, no se puede aprender nada sobre ellos mediante pruebas de libre asociación ni tratando de interpretar los estrafalarios símbolos freudianos. Los sueños son sólo lo que parecen. Si usted sueña que pierde un tren o un avión, es porque ha experimentado estos desafortunados sucesos. Si sueña que tiene un encuentro amistoso con un pariente o con otra persona, es porque le gusta esa persona. Si sueña con un encuentro hostil, es porque la persona le disgusta o le da miedo. Si sueña que vuela, es porque a menudo se imagina lo agradable que sería deslizarse a través del aire, y esto puede estar reforzado por recuerdos de bucear bajo el agua, saltar, patinar, descender en trineo, etc.

Se dice que Freud afirmó que en algunos sueños un cigarro puede no ser más que un cigarro. Para Hobson, un cigarro soñado es siempre un cigarro. Una vez tuve un sueño muy claro, en el que me encontraba en una habitación desconocida donde había un cigarro humeando en un cenicero. Consciente de que estaba soñando, decidí experimentar para ver si, además de las vividas imágenes (podía ver complicados diseños en el empapelado de las paredes), mi sueño podía incluir olores. Cogí el cigarro y me lo acerqué a la nariz. El resultado fue un olor a tabaco quemándose, tan fuerte que me desperté. El cigarro de mi sueño era sólo un cigarro.

Hobson recuerda un sueño muy realista en el que, durante una visita al Museo de Bellas Artes de Bostón, vio y oyó a Mozart tocando un concierto de piano. Se fijó en que Mozart estaba muy gordo. Un analista freudiano podría haber llegado a la conclusión de que Mozart era una imagen paterna, y que su obesidad simbolizaba el deseo subconsciente de Hobson de matar a su padre para quedarse con su madre para él solo. Hobson dice que el concierto era uno que él conocía muy bien. Suele escuchar a Mozart mientras conduce, y visita con frecuencia el Museo de Bellas Artes. Su propia barriga estaba empezando a aumentar de volumen. El sueño no tenía ningún contenido latente. Tal como lo explica Hobson, «Mozart es Mozart». Otros libros de Hobson son Sieep (1989) y The Chemistry of Conscious States (1994).

Aunque pasamos una tercera parte de nuestra vida dormidos, todavía no está claro por qué esto es necesario para nuestra salud.

Sabemos que el sueño restaura el cuerpo y de algún modo repara la enmarañada trama de las preocupaciones, como decía el Macbeth de Shakespeare. Ha habido que descartar la antigua idea de que los sueños permiten «descansar» a las neuronas, porque ahora sabemos que las neuronas están tan activas durante el sueño como cuando estamos despiertos. Hobson conjetura que se podría retomar la teoría del descanso si suponemos que los sueños hacen descansar a los neurotransmisores fatigados del cerebro, que efectivamente reducen mucho su actividad durante el sueño REM. Otra conjetura de Hobson es que tal vez la evolución desarrolló los sueños como una forma de entretenimiento, ya que la mayoría de los sueños son agradables y divertidos; sería como leer un relato de fantasía o ver películas fantásticas.

En estas tres teorías, la naturaleza extravagante de los sueños se explica por la activación al azar de neuronas y por los esfuerzos del cerebro por conectar escenas sin sentido en una historia más o menos coherente. (Éste no es lugar para comentar los sueños lúcidos o extracorpóreos, en los que uno es consciente de que está dormido y tiene un mínimo de libre albedrío para controlar los episodios. Ver el libro de Susan Blackmore Beyond the Body: Investigations of Out-of-the-Body Experiences, Londres, Heinemann, 1982.) Ahora que la teoría de los sueños de Freud se está evaporando rápidamente como un mal sueño, ¿qué teoría de los sueños tenemos? Aunque se están descubriendo muchas cosas y se proponen muchas teorías rivales, sigue siendo un misterio cómo y por qué soñamos. Lo más sorprendente es que las especulaciones actuales no son muy diferentes de las de Platón y Aristóteles.

 

Addendum.

Cuando dije que las pesadillas sólo ocurren durante el sueño NREM, estaba utilizando la palabra con su antiguo significado: un sueño tan horrible que el soñador grita, presa del pánico. Varios lectores me escribieron para decirme que a esos sueños se les llama ahora «terrores nocturnos». Se considera que una pesadilla es simplemente un mal sueño muy vivido, y esto desde luego puede darse en el sueño REM.

Antony Flew y D. F. Hughes escribieron para indicarme, acertadamente, que la evolución elimina las mutaciones perjudiciales, pero a menudo deja en paz las mutaciones inofensivas, aunque no tengan valor de supervivencia.

En 1999, la MIT Press publicó The Paradox of Sieep: The Story of Dreaming, del científico francés Michel Jouvet. Jouvet llama «sueño paradójico» al sueño REM; es paradójico porque nadie sabe con certeza por qué soñamos. Está claro que el sueño es imprescindible para la salud, pero parece que a las personas se las puede privar del sueño REM durante largos períodos sin efectos adversos. Jouvet se incluye en el bando de los que consideran que el sueño es el método que usa el cerebro para reprogramarse y borrar los recuerdos no necesarios.

Al leer una reseña de este libro en American Scientist (septiembre/octubre de 1999) —no he leído el libro—, me enteré de un hecho sorprendente. Los delfines se ahogan si no respiran aire continuamente. Si un delfín se quedara completamente dormido, no podría subir cada poco rato a la superficie para respirar. ¿Cómo resuelven el problema de dormir y soñar? ¡Teniendo dormido sólo un lado del cerebro, mientras el otro lado permanece despierto para asegurar que obtiene el aire necesario!.

En Science News (8 de noviembre de 1997) y Discover (marzo de 1998) se comunicaba otro asombroso descubrimiento: el ornitorrinco, un mamífero primitivo que pone huevos como el equidna, pasa hasta ocho horas diarias en sueño REM. Esto es más de seis veces la cantidad de sueño REM de los humanos. El descubrimiento era sorprendente porque el equidna no sueña nada, a pesar de que su estructura cerebral y la del ornitorrinco son casi idénticas. El neurólogo Jerome Siegel, de la Universidad de California, que llevó a cabo la investigación sobre el ornitorrinco junto con unos colegas de Australia, dice que este animalito es «el campeón del sueño REM». Lo que no está nada claro es qué tiene que ver esto con la evolución del sueño REM y los sueños.

El libro de J. Alian Hobson Sieep, magníficamente ilustrado, se publicó en 1989, editado por W. H. Freeman. La obra se centra en el sueño fisiológico y sus trastornos, pero contiene un capítulo sobre los sueños que resume las diversas teorías actuales.

Éste no es lugar para una bibliografía de los numerosos libros sobre los sueños publicados en las últimas décadas, pero hay dos libros recientes que vale la pena citar: el de David Fouikes, Children Dreaming and the Development of Consciousness (1999), y el de Owen Flanagan Dreaming Souis: Sieep, Dreams and the Evolution ofthe Conscious Mind (2000).

 

Martin Gardner, ¿Tenían ombligo Adán y Eva?

 

 

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2 jul. 2009

Martin Gardner - El gran misterio del huevo en equilibrio

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Martin Gardner No cabe la menor duda de que la mente puede ejercer fuertes influencias, totalmente subconscientes, sobre tareas en las que intervienen las manos. Es el secreto del tablero Ouija. Es el secreto de la brusca inclinación de las varillas radiestésicas cuando el radiestesista cruza sobre ciertos puntos del terreno. Antes, en las tiendas de baratijas se vendía un artículo llamado «indicador del sexo». Consistía simplemente en una pequeña pesa atada al extremo de un cordel. Se puede hacer uno en un santiamén. Se sujeta el extremo libre del cordel, dejando que la pesa cuelgue. Si se sostiene la pesa sobre la mano de un hombre, oscila de delante atrás en línea recta. Si se sitúa sobre la mano de una mujer, oscila en una órbita elíptica. Por supuesto, esto sólo funciona si la persona que sostiene el cordel sabe qué esperar. Los movimientos subconscientes de la mano hacen que el artefacto cumpla las expectativas.

Hace poco hubo un escándalo basado en el efecto del tablero Ouija: se aseguraba que algunos niños autistas, ayudados por un «facilitador», eran capaces de escribir a máquina largos documentos, muy por encima de la capacidad del niño para comunicarse hablando. Mediante ingeniosas pruebas, se demostró que el facilitador guía subconscientemente las manos del niño autista mientras éste pulsa las teclas. Incluso se han dado casos de niños autistas que, en manos de facilitadores neuróticos, han mecanografiado falsas acusaciones de espantosos abusos sexuales perpetrados por sus amantes padres.

Durante más de un siglo, los magos han localizado objetos escondidos valiéndose de lo que en el oficio se llama «lectura muscular». Una persona que sabe dónde está escondido el objeto agarra la muñeca del mago. Las presiones subconscientes de la mano del voluntario guían al mago hasta el lugar correcto. (Debo añadir que algunos magos, no queriendo correr riesgos con un espectador poco cooperativo, tienen un colaborador entre el público que envía señales electrónicas mediante un interruptor de lengüeta oculto en un zapato. Un pequeño receptor adosado al cuerpo del mago produce pulsaciones que le indican hacia dónde ir.) Uno de los ejemplos más divertidos de control de la mente sobre el cuerpo es el antiguo ritual chino de poner huevos frescos de gallina en posición vertical sobre el extremo ancho, el primer día de primavera. La idea de que la posición del Sol o de los planetas en ciertos días puede influir en las fuerzas gravitatorias que actúan sobre el huevo es tan ridícula que los físicos se ríen de esta hipótesis. Sin embargo, personas inteligentes que no saben nada de ciencia y tienen tendencia a las creencias paranormales creen de verdad que en ciertas épocas del año es más fácil poner en equilibrio un huevo que en otras épocas.

Este ritual del equilibramiento de huevos parece remontarse a la antigua China. Según la tradición, en el día de Li Chun (el primer día de primavera; el nombre significa «comienza la primavera») a los huevos les resulta más fácil equilibrarse sobre una superficie lisa que en los demás días del año. Esta leyenda aparece recogida en antiguos libros chinos de fecha incierta, como El caleidoscopio secreto y Saber lo que saben los cielos.

La leyenda llegó a Estados Unidos en 1945, cuando la revista Ufe publicó en su número del 19 de marzo un artículo de Annalee Jacoby que describía el ritual. Al igual que nuestro día de Acción de Gracias, Li Chun es una fecha variable. Suele caer en el 4 ó 5 de febrero. En 1945 fue el 4 de febrero, vigésimo segundo día del duodécimo mes lunar chino. Algunos años no tienen Li Chun. Se les llama años lunares «ciegos», porque son incapaces de «ver» el primer día de primavera. Otros años lunares pueden tener dos Li Chuns consecutivos.

Según el artículo de Ufe, la mayoría de la población de Chungking se dedicaba a equilibrar huevos el día de Li Chun. Por toda la ciudad se podían ver huevos frescos, con la cascara intacta, de pie sobre el pavimento, las mesas y otras superficies. Corresponsales de la United Press enviaron reportajes acerca de esta manía.

Se dice que Albert Einstein comentó que no creía que la fecha influyera en modo alguno en el equilibrio de los huevos. Chungking estaba dividida en creyentes y escépticos. Alguien propuso equilibrar un gran número de huevos formando las palabras «Einstein está chiflado», pero todo quedó en nada.

Por razones que reflejan la ignorancia científica de la masa, combinada con su afición a los milagros, la idea de que los huevos frescos son más fáciles de equilibrar el primer día de primavera causó sensación en Estados Unidos. Sin embargo, aquí el primer día de primavera coincide con el equinoccio vernal, cuando el Sol cruza el ecuador y el día y la noche tienen igual duración.

Esto ocurre hacia el 21 de marzo, más de un mes después del primer día de la primavera china. Pero esta discrepancia no preocupó a los creyentes norteamericanos.

El artículo de Ufe desencadenó una pequeña epidemia de equilibramiento de huevos, no sólo en Li Chun sino en el equinoccio vernal. La manía alcanzó su momento culminante casi cuarenta años después, en 1983 y en Manhattan. Según un reportaje de tres páginas publicado en The New Yorker (4 de abril de 1983), una creyente llamada Donna Henes organizó su sexta ceremonia anual de equilibramiento de huevos en el parque Ralph J. Bunche, donde se cruzan la Primera Avenida y la calle 42, enfrente del edificio de las Naciones Unidas. El 20 de marzo, el Sol cruzó el ecuador exactamente veintiún minutos antes de la medianoche. En aquel instante, según creía Henes, los huevos se equilibrarían fácilmente sobre su extremo ancho.

Henes era entonces una artista de 37 años muy comprometida con campañas a favor de la paz mundial. Con su ritual de equilibramiento de huevos pretendía promover la armonía internacional. El acto se inició disparando 52 bengalas de emergencia, una por cada semana del año. Cuando las bengalas se apagaron, Henes distribuyó 360 huevos frescos donados por los Productores de Huevos de la Costa de Jersey, que tenía preparados en un cesto de colada. ¿Por qué 360? Porque, según explicó Henes, la circunferencia de la Tierra tiene 360 grados.

«La primera vez que hice esto —le dijo Henes al New Yorker—, creía que había que utilizar huevos ecológicos. Pero resultó que no es preciso.» Dijo que no tenía ni idea de por qué los huevos se equilibraban el día del equinoccio. «Lo hacen, y eso es todo. Algunos amigos me han dicho que incluso se pueden utilizar huevos sacados del frigorífico. Ni siquiera tienen que estar a la temperatura ambiente.» Varios centenares de pacifistas se congregaron para el ritual de 1983. Según The New Yorker, la música corría a cargo de «dos ocarinas, dos saxofones, un cascabel, una armónica, cuatro silbatos y una pandereta». En las verjas de hierro que rodeaban el parque se ataron mensajes de paz escritos en cientos de cintas de color naranja. Las frases eran del tipo «¡Amistad mundial! ¡La queremos ahora!», «El universo se extiende ante nosotros, inefablemente profundo» y «Si la paz viene a la Tierra, Donna será uno de los principales responsables».

Durante varios minutos, antes del equinoccio, Henes cantó un lema pacifista; a continuación, equilibró cuidadosamente un huevo sobre la base de hormigón de una escultura abstracta titulada Forma de Paz Uno. Por todo el pequeño parque se equilibraron huevos sobre el pavimento e incluso sobre la verja de hierro. Un hombre puso en pie un huevo sobre la línea divisoria de la Primera Avenida, y allí quedó el huevo hasta que fue aplastado por un taxi a cuadros. Henes se movía entre la multitud, estampando en los huevos con un sello de goma las palabras «Este huevo se mantuvo en pie, 20/3/83».

El reportero del New Yorker estaba impresionado. Ninguno de los físicos consultados por la revista había oído hablar del equilibramiento de huevos en el equinoccio, y a ninguno se le ocurría una razón para que se equilibraran. El mago James Randi le aseguró a la revista que los huevos se equilibraban con igual facilidad cualquier otro día, pero el reportero del New Yorker no se lo creyó. Dos días después, el periodista llevó una docena de huevos al parque Ralph J. Bunche y lo intentó durante veinte minutos, sin conseguir poner en pie ni un solo huevo.

Este autoengaño no es difícil de entender. Si uno está convencido de que un huevo se equilibrará con más facilidad un día concreto, lo intentará con más ahínco, será más paciente y tendrá un pulso más firme. Si uno no cree que los huevos se equilibran los demás días, esta convicción se transmitirá subconscientemente a las manos. Es el antiguo fenómeno del tablero Ouija. Incluso The New Yorker admitía esta posibilidad: El problema puede haber consistido en que no queríamos que el huevo quedara en equilibrio, en que deseábamos que Donna Henes tuviera razón. Una cosa que nos dijo poco después del equinoccio sigue dándonos vueltas en la cabeza: «Cuando cojo un huevo en ese momento preciso, siento como si el universo entero estuviera en la palma de mi mano. Y cuando se queda en equilibrio, cuando se queda ahí, resulta muy relajante. Me siento muy protegida. Es como si todo el universo funcionara bien.»

Que un huevo se quede en equilibrio o no depende de muchas condiciones, además de la firmeza de las manos. Los principales factores son la rugosidad del extremo del huevo y la rugosidad de la superficie sobre la que se coloca el huevo. Una superficie de hormigón, por ejemplo, es tan irregular que no resulta difícil encontrar un punto en el que se pueda equilibrar cualquier huevo.

Además, debido a las ligeras irregularidades de la propia cascara del huevo, a veces se puede poner vertical incluso sobre una mesa lisa. Sin embargo, si se lija el extremo del huevo hasta dejarlo perfectamente pulido, resulta imposible equilibrarlo sobre cristal o fórmica.

La ceremonia de equilibramiento de huevos de Donna Henes se repitió muchos años más. En 1984, cinco mil personas participaron en el acontecimiento, que tuvo lugar en la plaza del Worid Trade Center. Scott Morris, en su columna mensual de Omni (marzo de 1987), cubrió el décimo ritual anual de Henes. «No sé por qué funciona —le dijo Henes a Morris—, pero funciona. Tal vez se deba a que durante el período que rodea al momento exacto del equinoccio, el Sol se encuentra directamente encima del ecuador y la Tierra está en equilibrio con el universo.» Nadie le preguntó a Henes por qué sale tan bien en China el 4 y el 5 de febrero. Los fanáticos de la astrología encuentran dificultades similares para explicar por qué la astrología funciona tan bien en China e India, donde no se parece en nada a la astrología occidental. ¡No es posible que las tres astrologías sean correctas! Algunos creyentes aseguran que los huevos se equilibran también, con igual facilidad, en el equinoccio de otoño, hacia el 23 de septiembre, pero el equinoccio vernal sigue siendo la fecha más popular. No sé si aún se sigue celebrando un rito anual en Manhattan. El informe más reciente que he podido encontrar en el New York Times era de 1988. Un editorial del 19 de marzo llevaba el título «Es primavera, vaya a poner en pie un huevo». Al día siguiente, el Times decía que docenas de personas pensaban reunirse el 21 de marzo ante el Worid Trade Center para empezar a poner en pie huevos en el momento exacto en que comenzara el equinoccio. En el Times del 21 de marzo aparecía una fotografía del acto.

Robert Novick, físico de la Universidad de Columbia, aparecía citado, diciendo que las fuerzas gravitatorias son demasiado débiles para ejercer alguna influencia sobre los huevos. Morris me ha dicho que Henes se ha mudado a San Francisco. Le escribí una carta, pero no me ha respondido.

Los magos tienen un sistema para equilibrar huevos sobre superficies duras y blancas, pero con trampa. Se hace un montoncito de sal, se equilibra el huevo sobre el montoncito — se puede hacer incluso por el extremo delgado— y se sopla con cuidado la sal. Quedan unos pocos granos indetectables que mantienen el huevo en pie.

La historia de Cristóbal Colón poniendo en pie un huevo fue contada por primera vez por Girolamo Benzoni en su Historia del Nuevo Mundo (1565). Se dice que Colón asistió a una fiesta en la que alguien le dijo que, aunque él no hubiera descubierto las Indias, algún español las habría descubierto tarde o temprano. Colón pidió un huevo y desafió a todos los presentes a ponerlo en equilibrio. Cuando todos hubieron fracasado, él equilibró el huevo aplastando un extremo. Con ello quería decir que cuando una cosa está ya hecha, resulta fácil ver cómo se hace.

Quince años antes, Giorgio Vasari había contado una historia similar en su libro Vidas de los más eminentes pintores, escultores y arquitectos (1550). El arquitecto italiano Filippo Brunelleschi había diseñado una cúpula para una catedral de Florencia llamada Santa María del Fiore. Las autoridades de la ciudad exigieron ver la maqueta, pero él se negó. En cambio, retó a un grupo de arquitectos a poner en pie un huevo. Aquel que lo consiguiera, les dijo, podría encargarse de construir la cúpula. Después de que todos fallaran, demostró cómo se podía hacer, dando un golpe con el huevo sobre una mesa de mármol para aplanar un extremo. «Los arquitectos protestaron, diciendo que ellos podrían haber hecho lo mismo, pero Filippo respondió que también habrían podido construir la cúpula si hubieran visto su maqueta. Y así se decidió que sería él el encargado de realizar la obra.» Cuando por fin se construyó la iglesia, años antes de que Colón emprendiera su viaje, la cúpula tenía forma de medio huevo, ligeramente aplanada por arriba.

Hay un rompecabezas mecánico popular que es un huevo que sólo se puede equilibrar si descubres su secreto. Jerry Slocum, de Beverly Hills (California), que posee la mayor colección del mundo de rompecabezas mecánicos, me proporcionó una historia de los huevos equilibrables. Me envió diecisiete páginas de antiguos catálogos en los que se anunciaban estos huevos, empezando por el «Huevo de Colón» de Montgomery Ward, de 1894. También envió las primeras páginas de dieciocho patentes estadounidenses —la primera, de 1891— para equilibrar huevos. Sus mecanismos interiores varían mucho. Los hay con pesas que deben manipularse, con mercurio que hay que hacer pasar por tubos, y con bolas de acero que hay que hacer rodar en trayectorias espirales hasta el centro del huevo, o guiar a través de un laberinto.

El «Profesor Hoffmann», en Puzzles Old and New (Londres, 1893), describe un Huevo de Colón que contiene un cono hueco con un agujero en lo alto. El rompecabezas se resuelve haciendo rodar una bola por un surco ascendente hasta que cae dentro del cono y se asienta en la base. Se puede ver una fotografía de este huevo en la edición del libro de Hoffmann publicada de manera particular por L. E. Hordem (Londres, 1993), profusamente ilustrada con fotografías de rompecabezas de la colección de Hordem.

El coleccionista de rompecabezas Robert Darling, de Johnson City (Tennessee), me dio un curioso huevo que se vende actualmente en Alemania, fabricado por una empresa llamada Pussycat. Sólo se mantiene en equilibrio si se sujeta con el extremo delgado hacia arriba durante veinticinco segundos y después se invierte rápidamente. Entonces se equilibra sobre el extremo delgado durante quince segundos, y después cae.

Por último, debo mencionar el célebre superhuevo de Piet Hein, que se comenta en el capítulo 18 de mi libro Mathematical Carnival* (1977, Random House). Se equilibra perfectamente sobre cualquier extremo, sin ningún truco.

 

Addendum.

Monty Vierra me escribió desde Taiwán diciendo que allí también se ponen en pie huevos, no el primer día de primavera, sino el quinto día del quinto mes lunar, llamado duan wu jie, que viene a caer en alguna fecha de nuestro mes de junio.

Donna Henes, que se anuncia como «chamán y ceremonialista urbana», sigue organizando rituales de equilibramiento de huevos en Manhattan cada primavera. Además, mantiene una actividad incansable en los círculos de la Nueva Era desde su Mamma Donna's Tea Garden and Healing Haven, PO Box 380403, Exotic Brookiyn, NY 11238-0403. Dicha tienda vende una gran variedad de «instrumentos rituales multiculturales y artículos ceremoniales, incluyendo tés mezclados especialmente». Por 75 dólares la hora, cualquiera puede tener una consulta privada con Mamma Donna (un mínimo de dos horas para la primera cita).

El libro de Henes Celestial Auspicious Occasions: Seasons, Cycles and Celebrations se publicó en 1996, editado por Perigee.

En 1998, Henes empezó a publicar un informativo trimestral titulado Always in Season: Living in Sync with the Cycles. En febrero de 1998, Henes organizó una expedición a la isla antillana de Antigua para ver el último eclipse total de Sol de este siglo en el hemisferio occidental. El precio era 729 dólares por persona. Según un anuncio que recibí, habría tambores, danzas y cánticos en la playa. La astróloga Geraldine Hannon estaría disponible para ofrecer información, y la psíquica Patricia Einstein hablaría sobre los efectos de los eclipses sobre «el subconsciente creativo, el mito y el símbolo».

 

¿Tenían ombligo Adán y Eva? III, 5

Traducción de Juan Manuel Ibeas

Editorial Debate

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