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8 ago. 2011

Mahatma Gandhi - La magia de un libro

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La peste negra aumentó mi influencia entre los indos pobres, e incrementó el volumen de mis negocios y mi responsabilidad. Algunas de las nueve relaciones con los europeos se hicieron tan íntimas, que pesaban ya en mis obligaciones morales.

Conocí a Mr. Polak en el restaurante vegetariano, tal como sucedió con Mr. West. Una noche, un hombre joven, que estaba cenando en una mesa un poco alejada de la mía, me hizo llegar su tarjeta, expresándome su deseo de conocerme. Lo invité a mi mesa. 

—Soy subdirector de “The Critic” —dijo—. Cuando leí su carta a la prensa sobre la peste, sentí un fuerte deseo de conocerlo. Estoy contento de tener esta oportunidad.

La simplicidad de Mr. Polak me inclinó hacia él. La misma noche llegamos a conocernos mutuamente. Parecíamos tener puntos de vista muy similares sobre muchos aspectos de la existencia. Le gustaba la vida simple. Tenía una maravillosa facultad de trasladar a la práctica todo lo que interesaba a su intelecto. Algunos de los cambios que introdujo en su vida, no fueron hechos con menos rapidez por ser más radicales.

El “Indian Opinion” se hacía más costoso cada día. El primer informe de Mr. West era alarmante. Escribió: “No espero poder beneficiarme de la ganancia que usted consideraba probable. Temo que incluso pueda haber pérdidas. Hay muchos atrasos por cobrar, pero por ahora no se puede contar con ellos. Aunque todo esto no tiene por qué alarmarlo a usted. Trataré de enderezar las cosas lo mejor que pueda. Me quedo, haya o no ganancia”.

Mr. West podía haber renunciado al no haber ganancia, y yo no lo hubiera acusado de nada. En verdad, tenía derecho a abandonarme por haberle descrito el asunto como algo conveniente sin contar con testimonios suficientes. Pero él nunca dejó oír siquiera un mínima palabra de queja. Sin embargo, creo que este descubrimiento hizo que Mr. West me mirara como a un ingenuo. Simplemente acepté la opinión de Sjt. Madanjit sin comprobarla, y le dije a Mr. West que se podían obtener ganancias.

Comprendí entonces que un hombre público no puede hacer afirmaciones de las cuales no está perfectamente seguro. Antes que nada, una devoción a la verdad se ejerce a través de innumerables precauciones. Hacer creer a un hombre en algo que no ha sido totalmente comprobado, es comprometer la verdad. Y debo confesar, a pesar de lo que afirmo, que aún no he superado mi credulidad, de la cual hago responsable a mi deseo de cumplir con más tareas de las que puedo abarcar. Esta ambición ha sido generalmente fuente de preocupaciones para mis colaboradores más que para mí mismo.

Después de recibir la carta de Mr. West salí para Natal. Mr. Polak ya pertenecía al círculo de mi intimidad. Vino a despedirme a la estación, y me dejó un libro para leer durante el viaje, del que dijo estaba seguro me gustaría. Se trataba de “Unto this last”, de Ruskin.

Era imposible dejar el libro una vez comenzado. Me atrapó. De Johannesburgo a Durban el viaje duraba 24 horas. El tren llegó por la noche. No pude dormir. Decidí cambiar mi vida de acuerdo con las ideas de ese libro.

Se trataba del primer libro de Ruskin que leía. Durante mis días de estudiante, prácticamente no leí otra cosa que libros de texto, y cuando me inicié en la vida activa, contaba con muy poco tiempo para lecturas. Por tanto, no puedo decir que era importante mi conocimiento de los libros. Sin embargo, creo no haber perdido mucho a causa de esto. Por el contrario, las lecturas limitadas me acostumbraron a digerir muy bien lo que leía. De estos libros, el que me llevó a una inmediata transformación en mi vida fue “Unto this last”. Más tarde lo traduje al gujaratí, titulándolo Sarvodaya (“El bienestar de todos”).

Creo que había descubierto algunas de mis profundas convicciones expresadas en este gran libro de Ruskin, y por ello significó tanto para mí, transformando mi vida. Un poeta es el que sabe llamar con voz potente lo bueno que late en el corazón del hombre. Los poetas no influyen todos por igual, porque no todos son percibidos en la misma medida.

Según creo, las enseñanzas que se desprenden de “Unto this last” son las siguientes:

1. Que el dios individual está implícito en el dios de todos.
2. Que el trabajo del abogado tiene tanto valor como el del barbero en el sentido de que todos tienen derecho a ganarse la vida con su trabajo.
3. Que una vida de trabajo, por ejemplo la vida del labrador o del obrero, es la vida que merece vivirse.

Lo primero lo sabía. Lo segundo llegué a experimentarlo. Lo tercero jamás se me había ocurrido. “Unto this last” me hizo ver con meridiana claridad que lo segundo y lo tercero iban incluidos en lo primero. Terminé el libro preparado para llevar estos principios a la práctica.


En Autobiografía, historia de mis experimentos con la verdad
Traducción: Manuel Currea
Imagen: Walter Bosshard © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS



9 jun. 2011

Mahatma Gandhi: El amor en relación con el mundo animal

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El ahimsa es un principio muy amplio. Nosotros somos mortales desvalidos atrapados en la conflagración del himsa. El refrán de que la vida vive de la vida cobra entonces un profundo significado. Los hombres no pueden vivir un instante sin perpetrar consciente o inconscientemente un himsa menor. El mero hecho de vivir -comer, beber, moverse- implica necesariamente un cierto grado de himsa, de destrucción de vida, aunque ésta sea muy pequeña.

Por ello, un devoto del ahimsa permanecerá fiel a su fe si la compasión es la fuente de la que brotan sus acciones, si evita con todas sus fuerzas la destrucción de las criaturas, incluso de las más diminutas, y trata siempre de salvarlas, luchando incesantemente para liberarse de la espiral mortífera del himsa. Empero, aun cuando aumenten sus autorrestricciones y su compasión, nunca llegará a verse enteramente libre del himsa menor. 

Por otra parte, dado que el ahimsa subyacente es la unidad de la vida, el error de uno no puede sino afectar a todos; en consecuencia, el hombre no puede liberarse enteramente del himsa. En tanto sea un ser social, el devoto no puede dejar de participar en el himsa que entraña la existencia misma de la sociedad.

Autobtografia, 1948, pp. 427-29.


Apoderarse de la vida puede ser un deber. Consideremos esta posición.
Destruimos tanta vida como creemos que es necesario para que el cuerpo subsista. Así, para comer nos apoderamos de vida vegetal y de otras clases- y en bien de nuestra salud destruimos mosquitos e insectos semejantes mediante, el uso de insecticidas, pero al obrar de este modo no nos sentimos culpables de irreligión.

Esto en cuanto al propio yo. En relación con el bien de los demás, es decir, en beneficio de la especie, matamos a las. bestias carnívoras. Los habitantes de un lugar consideran que es su deber matar o hacer matar a los tigres y leones que asuelan su pueblo. En algunos casos, hasta se torna necesario el homicidio. Supongamos que un hombre ataca ciegamente: empuña con furia una espada y mata a cuantos se topan con él. Nadie se atreve a capturarlo vivo. Quienquiera que concluya con este lunático se ganará la gratitud de la comunidad, que lo considerará un hombre bueno.

Desde el punto de vista del ahimsa simplemente es un deber matar a un hombre semejante. En realidad, existe una excepción, si puede llamársela así. Es la del yoguin que puede someter la furia de una persona tan peligrosa, sin matarla. Pero no estamos hablando de seres que casi han llegado a la perfección: tratamos de cuál es el deber de una sociedad de seres humanos comunes sujetos a error.

Quizá haya diferencia de opiniones respecto de la propiedad de mis ejemplos. Pero si no son muy adecuados, se pueden imaginar otros ejemplos mejores. Lo que están encaminados a demostrar es que la abstención de apoderarse de la vida en determinadas circunstancias no es un deber absoluto.

El hecho es que el ahimsa no significa simplemente no-matar. Himsa es causar dolor o matar a
cualquier forma de vida por ira o propositos egoístas o con la intención de dañar. Abstenerse de ello es ahimsa.

El médico que receta remedios amargos causa dolor, pero no obra con himsa. Si dejara de prescribir medicinas amargas cuando es necesario, no cumpliría con su deber de ahimsa. El cirujano que por miedo a causar dolor a su paciente vacilara en amputar un miembro gangrenado, sería culpable de himsa. Quien se abstuviera de matar a un asesino que está por matar a su guardia (y no pudiera, impedirlo de otra manera) no ganaría en mérito sino que cometería un pecado; su práctica no sería la del ahimsa sino la de un himsa, resultante de un necio sentido del ahimsa.

Analicemos ahora la raíz del ahimsa: el desprendimiento extremo. El desprendimiento implica la carencia total de miramientos respecto del propio cuerpo. Un sabio observó que el hombre mata innúmeras criaturas, grandes y pequeñas y que lo único que estima es su propio cuerpo, y se sintió impresionado por su ignorancia. Se compadeció de quien así olvida su alma inmortal -encerrada en su cuerpo perecedero- por pensar en un efímero placer físico antes que en la felicidad eterna del espíritu. Dedujo de esto que el deber era la autoaniquilación completa. Comprendió que si el hombre desea realizarse, es decir, realizar la Verdad, puede hacerlo únicamente si se desprende completamente de su cuerpo, esto es, si hace que los demás seres se sientan a salvo de él. Tal es el camino del ahimsa. 

Aprehender esta verdad es comprender que el pecado de himsa no consiste meramente en apoderarse de la vida sino en apoderarse de la vida en beneficio de nuestro cuerpo perecedero. Por ello, la destrucción que implica el proceso de comer, beber, etc., es egoísta y, en consecuencia; es himsa. No obstante, el hombre lo considera inevitable y se conforma. Pero la destrucción de los cuerpos de las criaturas torturadas en pro de su paz no puede considerarse himsa y tampoco puede ser considerada himsa la destrucción causada con el propósito de proteger a quienes nos defienden.

Esta línea de razonamiento es propensa a que se la use de la manera más torcida. Pero eso no se debe a que el razonamiento es defectuoso sino a la flaqueza humana por aferrarse a cualquier pretexto que le sirva para engañarse a sí misma y satisfacer su amor propio y su egoísmo. Pero ese peligro no debe dispensarnos de definir la verdadera naturaleza del ahimsa. Así, lo precedente nos lleva a los siguientes resultados:

(a) Es imposible mantener el propio cuerpo sin destruir en cierta medida a otros cuerpos. 

(b) Todas tienen :que destruir en parte la vida 
  1. para mantener su propio 
  2. cuerpo;
  3. para proteger a quienes se encuentren bajo su cuidado; o
  4. algunas veces en bien de aquéllos mismos a quienes se les quita la vida.

(c) El (1) y el (2) del punto (b) implican himsa en mayor o menor grado. El (3) no implica himsa y
por lo tanto es ahimsa. En el (2) y el (3) el himsa es inevitable.

(d) . Un ahimsaismo progresivo se someterá al himsa contenido en los apartados (1) y (2) en la menor medida posible y solo cuando sea inevitable, es decir, tras reflexionar plena y maduramente y cuando ya estén agotados todos los recursos para evitarlos.

Young India, 4-11-'28, pp. 384-85


Himsa es causar dolor, desear el mal o apoderarse de la vida de cualquier ser viviente por ira o, con fines egoístas. Por otro lado, si después de un claro y calmo juicio se decide matar o causar dolor a un ser viviente en vistas a su bien físico y espiritual y con intención pura y desinteresada, esto puede convertirse en la forma más pura de ahimsa. Cada caso debe juzgarse individualmente. y por sí mismo. La prueba final de su violencia o su no-violencia ha de
encontrarse : finalmente en la intención sobre la que descansa el acto.

Young India, 4-10'28, p. 331


Aun cuando sea cierto que la actitud mental es la prueba definitiva del ahimsa, no es la única prueba que existe. Matar a un ser o a una cosa viviente, excepto si se lo hace en su propio interés, es himsa, aunque el motivo sea noble en extremo. Por lo demás, el hombre que abriga mala voluntad hacia su prójimo no es menos culpable de himsa porque el miedo a la sociedad o la falta de oportunidades lo incapaciten para trasladar a la acción su mala voluntad.

Por tal razón, es necesario tener en cuenta tanto la intención como el acto para decidir finalmente si un acto o abstención dados pueden ser clasificados de ahimsa.

Young India, 18-10-'28, p. 352


Soy dolorosamente consciente del hecho de que mi deseo de continuar viviendo en el cuerpo me compromete a un himsa constante; por ello, me estoy volviendo progresivamente indiferente a éste, mi cuerpo físico. Por ejemplo, sé que en el acto de respirar destruyo innumerables gérmenes invisibles que flotan en el aire. No obstante, no dejo de respirar.

El consumo de vegetales implica himsa, pero me doy cuenta que no puedo prescindir de ellos. Del mismo modo, hay himsa en el uso de antisépticos y, sin embargo, no puedo resolverme a descartar el uso de desinfectantes como el querosén, etc., para librarme de las molestias de los mosquitos e insectos semejantes. Soporto bien que en el ashram haya que matar a las serpientes cuando es imposible atraparlas y sacarlas de en medio para que no dañen.

Incluso tolero el uso de la picana para manejar al buey del ashram. Por lo tanto, hay un sin fin de actos de himsa que llevo a cabo directa o indirectamente.

Ahora me enfrento con el problema de los monos. Le aseguro al lector que no me corre prisa por tomar la decisión extrema de matarlos. En realidad, no estoy en absoluto seguro . de que finalmente pueda resolverme a matarlos. De momento, los amigos me ayudan brindándome útiles sugerencias, cuya puesta en práctica soluciona el problema, al menos temporariamente, de manera tal que no nos vemos en la obligación inmediata de exterminarlos.

Sin embargo, no puedo prometer que nunca voy a matar a los monos, aunque destruyan todas las cosechas del ashram. Si de resultas de esta humilde confesión mía, los amigos deciden darme por perdido, lo sentiré mucho, pero nada me inducirá a tratar de ocultar mis imperfecciones en la práctica del ahimsa. Todo lo que digo es que trato sin cesar de comprender las implicancias de los grandes ideales como el ahimsa y de practicarlos en pensamiento, palabra y acto, -creo incluso que con bastante éxito. Pero también sé que me queda un largo trecho que recorrer hasta llegar a esos ideales.

Young India, 1-11-'28, p. 381


La regla de no matar reptiles venenosos ha sido practicada casi enteramente en Fénix*, la Granja Tolstoy** y Sabarmati***. En cada uno de estos lugares tuvimos que establecernos en tierras baldías.

Sin embargo, no hubo pérdidas de vidas ocasionadas por picaduras de víbora. Veo, con los ojos de la fe, que en esta circunstancia ha intervenido la mano del Dios de la Piedad. No dejemos que nadie sutilice sobre esto diciendo que Dios nunca es parcial y que no tiene tiempo de intervenir en los aburridos asuntos humanos. No tengo otro lenguaje para expresar el meollo del asunto que describir esta rotunda experiencia mía. La lengua humana es imperfecta
para describir los caminos de Dios. Percibo claramente el hecho de que sean indescriptibles e inescrutables.

Pero si el hombre se toma el atrevimiento de describirlos, no tiene mejor medio para hacerlo que su propia voz inarticulada. Aunque sea una superstición, suscribo el creer que la inmunidad a todo perjuicio por veinticinco años -no obstante la práctica medianamente regular del no-matar no es un accidente fortuito sino una gracia de Dios.

Autobiografía, 1948, pp. 524-25.

Mi ahimsa es algo propio. No puedo aceptar en su totalidad la doctrina de no-matar a los animales. No siento que tenga que salvar la` vida de esos animales que devoran o dañan al hombre. Considero equivocado ayudar al aumento de su progenie. Por lo tanto, no voy a alimentar a las hormigas, monos o perros. Nunca he de sacrificar la vida de un hombre para salvar la de esos animales.

Al pensar sobre esto, he llegado a la conclusión de que es perdonable suprimir a los monos cuando se convierten en una amenaza para el bienestar del hombre. Matarlos se vuelve un deber. Se puede argumentar que esta regla también puede aplicarse a los seres humanos. No se puede hacerlo, por malos que sean, porque son similares a nosotros. A diferencia del animal,. Dios le ha dado al hombre la facultad de razonar.

Harijan, 5-5-’46, p. 123



Notas

*    Ashrams fundados por Gandiji en Africa de Sur.
**   Idem
***  Un ashram fundado por Gandhijien Gujarat, India.


En Mi religión, 26, A ("El no matar a los animales")
Editor: Bharatan Kumarappa
Vía www.elaleph.com - 2000