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25 may. 2014

Antonio Gamoneda - La infección es más grande...

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La infección es más grande que la tristeza; lame los parietales torturados, entra en los dormitorios del sudor y el láudano y luego tiembla como un ala fría: es la humedad de los agonizantes.

Viene despacio la paloma impura, viene a los vasos llenos de sombra

y la ceniza capilar se extiende sobre vestigios de mercurio y llanto.

La lente anuncia la mendicidad pero su luz procede del abismo. Ante las córneas abrasadas penden los hilos del silencio. Luego

las desapariciones bajan al corazón.


En El libro del frío
Imagen: Foto de Amando Casado, Antonio Gamoneda posando para el escultor Amancio González

9 ene. 2014

Antonio Gamoneda - El vigilante de la nieve

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El vigilante fue herido por su madre;

Describió con sus manos la forma de la tristeza y acarició cabellos que ya no amaba.

Todas las causas se aniquilaban en sus ojos.


En la ebriedad le rodeaban mujeres, sombra, policía, viento.

Ponía venas en las urces cárdenas, vértigo en la pureza; la flor furiosa de la escarcha era azul en su oído.

Rosas, serpientes y cucharas eran bellas mientras permanecían en sus manos.


Vigilaba la serenidad adherida a las sombras, los círculos donde se depositan flores abrasadas, la inclinación de los sarmientos.

Algunas tardes, su mano incomprensible nos conducía al lugar sin nombre, a la melancolía de las herramientas abandonadas.


Fingía un rostro en el aire (hambre y marfil de los hospitales andaluces); en la extremidad del silencio, él oía la campanilla de los agonizantes. Nos miraba y nosotros sentíamos la desnudez de la existencia. Velozmente, abría todas las puertas y derramaba el vino sobre el hielo del amanecer. Luego, sollozando, nos mostraba las botellas vacías.


Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los pájaros en la canción de la ira: el arroyo claro para la hija dulcemente imbécil: el agua azul para la mujer sin esperanza, la que olía a vértigo y a luz, sola en el albañal entre banderas blancas, fría bajo la sarga y los párpados ya amarillos de amor.


Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza y sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto entre las sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía entrar las sombras en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda.


Venían sombras, animales húmedos que respiraban cerca de su rostro. Vio la grasa fulgir en las lavandas y la dulzura negra en las bodegas terrestres.

Era la festividad: luz y azafrán en las cocinas blancas; lejos, bajo guirnaldas polvorientas, rostros en la tristeza del carburo

y su gemido entre los restos de la música.


El vino era azul en el acero (ah lucidez del viernes) y dentro de sus ojos. Suavemente, distinguía las causas infecciosas: grandes flores inmóviles y la lubricidad, la cinta negra en el silencio de las serpientes.


En su canción había cuerdas sin esperanza: un sol lejano de mujeres ciegas (madres descalzas en el presidio trasparente de la sal).

Sonaba a muerte y a rocío; luego, tañía cañas negras: era el cantor de las heridas. Su memoria ardía en el país del viento, en la blancura de los sanatorios abandonados.


Era veloz sobre la yerba blanca.

Un día sintió alas y se detuvo para escuchar en otra edad. Ciertamente, latían pétalos negros, pero en vano: vio a los duros zorzales alejarse hacia ramas afiladas para el invierno

y volvió a ser veloz sin destino.


Era sagaz en la prisión del frío.

Vio los presagios en la mañana azul: los gavilanes hendían el invierno y los arroyos eran lentos entre las flores de nieve.

Venían cuerpos femeninos y él advertía su fertilidad.

Luego llegaron manos invisibles. Con exacta dulzura, asió la mano de su madre.


En El libro del frío
Imagen: Amando Casado

30 may. 2013

Descarga: Antonio Gamoneda - El libro del frío

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Descarga: Antonio Gamoneda - El libro del frío

Antonio Gamoneda es uno de los poetas fundamentales de la poesía contemporánea. Nacido en Oviedo en 1931 y residente en León desde 1934, entre sus obras figuran Sublevación inmóvil (1960), León de la Mirada (1979), Blues castellano (1982), Descripción de la mentira (1977), Lápidas (1987), Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995) y Arden las pérdidas (2003). A ello se añade el volumen recopilatorio publicado bajo el título de Edad (1989), que obtuvo el Premio Nacional de Poesía del año 1988, y El cuerpo de los símbolos (1997), donde recoge sus textos relacionados con el arte y la poesía. Ha obtenido el Premio Cervantes 2006.

18 sept. 2012

Antonio Gamoneda: Dos poemas de "Lápidas"

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Vi la sombra perseguida

Vi la sombra perseguida por látigos amarillos,
ácidos hasta los bordes del recuerdo,
lienzos ante las puertas de la indignación.
Vi los estigmas del relámpago sobre aguas inmóviles, en extensiones visitadas por presagios;
vi las materias fértiles y otras que viven en tus ojos;
vi los residuos del acero y las grandes ventanas para la contemplación de la injusticia (aquellos
    óvalos donde se esconde la fosforescencia):
era la geometría, era el dolor.

Vi cabezas absortas en las cenizas industriales;
yo vi el cansancio y la ebriedad azul
y tu bondad como una gran mano avanzando hacia mi corazón.
Vi los espejos ante los rostros que se negaron a existir:
era el tiempo, era el mar, la luz, la ira.



Diván de Nueva York

Tú en la tristeza de los urinarios, ante las cánulas de bronce (amor, amor en las iglesias húmedas);
ah, sollozabas en las barberías (en los espejos, los agonizantes estaban dentro de tus ojos):
así es el llanto.
Y aquellas madres amarillas en el hedor de la misericordia:
así es el llanto.
Ah de la obscenidad, ah del acero.

Vi las aguas coléricas, y sábanas, y, en los museos, junto a la dulzura, vi los imanes de la muerte.
Te desnudaron en marfil (ancianas, en los prostíbulos profundos) y te midieron en dolor, oscuro:
así es el llanto, así es el llanto.
Ten piedad de tus labios y de mi espíritu en los almacenes;
ten piedad del alcohol en los dormitorios iluminados.
Veo las delaciones, veo indicios: llagas azules en tu lengua, números negros en tu corazón:
ah de los besos, ah de las penínsulas.

Así es el llanto;
así es el llanto y las serpientes están llorando en Nueva York.

Así es el llanto.



En Antología de textos www.cervantesvirtual.com
Imagen: AG contempla el busto esculpido por Amancio González (Foto Amando Casado)

15 oct. 2011

Antonio Gamoneda: Aún

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Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia.

Ahora siento la pureza de los limites y mi pasión no existiría si dijese su nombre.




Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste de la sosa cáustica.



Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz.

Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.




Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.




La luz se anuncia en los cuchillos y entran mendigos al mercado. El incesante habla rodeado de frutos.

Aún es bello y miserable, dice sílabas exactas, atraviesa el olvido.




Hablan los manantiales en la noche, hablan de los imanes del silencio.

Siento la suavidad de las palabras olvidadas.




Esta hora no existe, esta ciudad no existe, yo no veo estos álamos, su geometría en el rocío.

Sin embargo, éstos son los álamos extinguidos, vértigo de mi infancia.

Ah jardines, ah números.




No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.




Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie regresa de la ciudad lejana; 
sólo el viento sobre las últimas huellas.

Yo soy la senda y el anciano, soy la ciudad y el viento.




Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres
húmedas, tu pensamiento es sólo recuerdo de la ira.

Ves las rosas temibles.

Ah caminante, ah confusión de párpados.




Posa tus labios en las cánulas como hace el dios que llora en tus armarios, el que habla entre uñas amarillas; silba en las cánulas del sufrimiento y, en la pureza de las horas vacías, recuerda la torunda de tu padre, la soledad de las palomas extraviadas en la eternidad.




Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz
sobre las ropas húmedas. Los espejos están vacíos y
en los platos ciega la soledad.

Ah la pureza de los cuchillos abandonados.




La obscenidad entró en mis huesos y, mas tarde,
aquel aceite sigiloso, el que prepara el corazón.

Ahora vendrán los días de las grandes milongas.




Sábana negra en la misericordia:
tu lengua en un idioma ensangrentado.
Sábana aún en la sustancia enferma,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas
ata mis huesos a tus huesos humanos
No mueras más en mí, sal de mi lengua.
Dame la mano para entrar en la nieve.




Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.



Libro del frío, 3
Foto: Mónica Patxot


11 oct. 2010

Antonio Gamoneda - De Exentos III

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La serpiente que silba en el rocío
entra en el corazón de las infantas
y la sombra es ovípara.


                                      Me mira
el animal que calla.


Después, la mano del pastor extiende
vértigo y luz. De las bóvedas verdes
caen hojas aciagas
al fondo de la púrpura.


                                     Me mira
el animal que calla.




Las serpientes se desnudan en la luz y las madres
silban en el oído de los agonizantes. Es
la lógica mortal.
¿Para qué soportar la pureza de las preguntas? Va siendo
preferible
que empiece la inexistencia y
que las serpientes dejen de llorar.





9 jul. 2008

Antonio Gamoneda - Siento el crepúsculo en mis manos en su voz

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Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.

Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.

Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.

Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.

Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.


© Antonio Gamoneda & Tusquets Editores
En Arden las pérdidas
Barcelona, Tusquets Editores, 2004

18 may. 2007

Antonio Gamoneda
De Lápidas

1 comentario :



Todos los animales se reúnen en un gran gemido. Oigo silbar a la vejez.
Tú acaso piensas en desapariciones.
Háblame para que conozca la pureza de las palabras inútiles.