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18 jun. 2013

Raymond Carver: Vándalos

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Carol y Robert Noris eran viejos amigos de Joanne, la mujer de Nick. La habían conocido tiempo atrás, mucho antes que Nick. Cuando aún estaba casada con Bill Daly. En aquella época, los cuatro —Carol y Robert, Joanne y Bill— eran recién casados y estudiaban el último curso de bellas artes en la Universidad de Seattle. Vivían juntos, en una casa grande de Capitol Hill, y compartían el alquiler y el cuarto de baño. Comían juntos muchas veces y se quedaban charlando y bebiendo vino hasta altas horas de la noche. Se pasaban los trabajos y los examinaban y evaluaban conjuntamente. Y el último año que vivieron juntos en la casa —antes de que Nick apareciese en escena— incluso compraron a medias un velero barato con el que navegaron en verano por el lago Washington.
—Pasamos ratos buenos y malos, tuvimos nuestros altibajos —dijo Robert por segunda vez aquella mañana, riendo y mirando a los que estaban sentados en torno a la mesa.
Era un domingo por la mañana, y estaban en la cocina de Nick y Joanne, en Aberdeen, comiendo salmón ahumado, huevos revueltos y queso fresco untado en panecillos redondos. Era el salmón que Nick había pescado el verano anterior y que luego mandó embalar al vacío para congelarlo. Le gustó que Joanne contara a Carol y a Robert que lo había pescado él. Incluso sabía —decía saber— lo que había pesado el salmón.
—Éste pesaba casi ocho kilos —dijo, y Nick, encantado, soltó una carcajada.
Nick lo había sacado del congelador la noche anterior, después de que Carol llamara a Joanne para decirle que pasaría por la ciudad con Robert y su hija Jenny y se acercarían a verlos.
—¿Podemos levantarnos? —dijo Jenny—. Queremos ir a patinar.
—Tenemos los patines en el coche —dijo Megan, la amiga de Jenny.
—Llevad vuestros platos al fregadero —dijo Robert—. Luego podéis ir a patinar. Pero no vayáis muy lejos, quedaos por el barrio. Y tened cuidado.
—¿No pasará nada? —dijo Carol.
—Pues claro que no —dijo Joanne—. ¿Qué va a pasar? Ojalá tuviera yo un monopatín. Me iría con ellas.
—Pero en su mayoría fueron ratos buenos —dijo Robert, hablando de su época de estudiantes—. ¿Verdad? —añadió, sonriendo y mirando a Joanne a los ojos.
Joanne asintió con la cabeza.
—Sí, qué tiempos aquéllos —dijo Carol.
Nick tuvo la sensación de que Joanne quería preguntarles algo acerca de Bill Daly. Pero no lo hizo. Sonrió, mantuvo la sonrisa un momento más del necesario y luego preguntó si alguien quería más café.
—Yo sí, gracias —dijo Robert.
—No —dijo Carol, poniendo la mano sobre su taza.
Nick sacudió la cabeza.
—Bueno, háblame de la pesca del salmón —dijo Robert.
—No hay mucho que decir —repuso Nick—. Hay que levantarse temprano y salir al mar. Si no sopla el viento, no llueve, hay peces y tienes bien puesto el aparejo, puede que cojas algo. Lo más probable, si hay suerte, es que de cada cuatro que piquen te lleves uno a casa. Algunos dedican a eso la vida entera. Yo voy a pescar un poco en los meses de verano, y ya está.
—¿Sales a pescar en barco? —le preguntó Robert.
Lo dijo de improviso, como sin pensarlo. Nick vio que en realidad no le interesaba, pero se sintió obligado a contestar, ya que había sido él quien sacó el tema.
—Tengo un barco —dijo Nick—. Lo dejo atracado en el puerto deportivo.
Robert asintió despacio con la cabeza. Joanne le sirvió café, y él la miró sonriendo.
—Gracias, cariño —le dijo.
Nick y Joanne veían a Carol y Robert cada seis meses más o menos: a decir verdad, más a menudo de lo que le hubiera gustado a Nick. No es que no le cayeran bien; le parecían simpáticos. En realidad los apreciaba más que a los otros amigos de Joanne que conocía. Le gustaba el amargo sentido del humor de Robert, y la manera que tenía de contar una historia, haciendo que pareciese más divertida de lo que seguramente era en realidad. También le gustaba Carol. Era una mujer bonita, siempre de buen humor, que a veces pintaba cuadros con pintura acrílica: les había regalado uno y Nick y Joan lo colgaron en su dormitorio. Carol siempre era amable con Nick, nunca se había mostrado desagradable con él. Pero a veces, cuando Robert y Joanne se ponían a recordar el pasado, Nick se sorprendía mirando a Carol, que, sentada al otro lado de la habitación, mantenía su mirada, sonreía y luego movía un poco la cabeza, como si aquellas conversaciones sobre el pasado careciesen de sentido.
Sin embargo, cuando estaban todos juntos, Nick no podía evitar la sensación de que lo juzgaban en silencio, y de que Robert, incluso Carol, le seguían culpando por haber roto el matrimonio de Joanne con Bill, acabando así con la feliz existencia de las dos parejas.
Se veían en Aberdeen dos veces al año, una a principios y otra a finales de verano. Robert y Carol pasaban por allí con su hija de diez años, Jenny, de camino a la selva tropical de la península de Olympic, donde se alojaban en un hotel de un lugar llamado Playa Ágata, en cuyos parajes Jenny llenaba de ágatas un bolso de cuero para llevárselas a Seattle y pulirlas.
Nunca se quedaban a pasar la noche en casa de Nick y Joanne; Nick pensó que, en primer lugar, nunca los habían invitado a quedarse, aunque estaba seguro de que a Joanne le habría encantado si él se lo hubiese sugerido. Pero no lo había hecho. Siempre que iban a verlos, llegaban a la hora de desayunar o, si no, poco antes de comer. Carol siempre les llamaba con suficiente antelación, para que estuviesen preparados. Eran puntuales, y Nick lo apreciaba.
A Nick les caían bien, pero en cierto modo siempre estaba incómodo en su presencia. Nunca, ni una sola vez, habían hablado de Bill Daly delante de él, ni siquiera mencionaban su nombre. Sin embargo, cuando los cuatro estaban juntos, Nick tenía la sensación de que Daly no se encontraba muy lejos de sus pensamientos. Nick le había quitado la mujer a Bill, y ahora aquellos viejos amigos de Daly estaban en casa del hombre que se había comportado con tan cruel falta de consideración, complicándoles la vida a todos durante una buena temporada. ¿No era una especie de traición que Robert y Carol fuesen amigos del causante de todo aquello? ¿Que compartiesen el pan con aquel individuo, en su misma casa, y vieran cómo pasaba cariñosamente el brazo por los hombros de la que antes había sido la mujer de su amigo?
—No os vayáis lejos, cariño —le dijo Carol a Jenny cuando las niñas salían de la cocina—. Nos vamos a ir pronto.
—No iremos lejos —dijo Jenny—. Patinaremos ahí delante.
—A ver si es verdad —dijo Robert. Miró el reloj—: Nos iremos enseguida, niñas.
La puerta se cerró detrás de las niñas, y los adultos volvieron a una cuestión que habían mencionado poco antes: el terrorismo. Robert era profesor de arte en un instituto de Seattle, y Carol trabajaba en una boutique cerca de Pike Place Market. Ninguno de sus conocidos tenía intención de ir a Europa o a Oriente Próximo aquel verano. De hecho, varios amigos suyos habían anulado las vacaciones que pensaban pasar en Italia y Grecia.
—Primero conoce Norteamérica, ése es mi lema —dijo Robert.
Prosiguió hablando de su madre y su padrastro, que acababan de pasar dos semanas en Roma. Les perdieron el equipaje y tardaron tres días en encontrarlo, ése fue el primer incidente. Luego, la segunda noche, mientras paseaban por via Veneto camino de un restaurante que no estaba lejos de su hotel —patrullaban la calle agentes uniformados con metralletas—, un ladrón en bicicleta le robó el bolso a su madre de un tirón. Dos días después alquilaron un coche, se fueron a cincuenta kilómetros de Roma y, cuando estaban visitando un museo, les rajaron un neumático y les robaron el capó.
—No se llevaron la batería ni nada, ¿entendéis? —dijo Robert—. Querían el capó. ¿Os lo podéis imaginar?
—¿Para qué querrían el capó? —preguntó Joanne.
—Quién sabe —dijo Robert—. Pero en cualquier caso, desde que empezamos a bombardear, a los turistas se les están poniendo feas las cosas por allí. ¿Qué pensáis vosotros de los bombardeos? Creo que con eso sólo se consigue que los norteamericanos se lleven la peor parte. Ahora pueden atacar a cualquiera.
Nick removió el café y dio un sorbo antes de responder:
—Yo ya no estoy seguro de nada. En serio que no. No hago más que ver en mi cabeza todos esos cadáveres tendidos en un charco de sangre en medio de un aeropuerto. No sé. —Removió de nuevo el café—: Por aquí dicen algunos que, ya que nos habíamos puesto, a lo mejor teníamos que haber soltado unas cuantas bombas más. Y un tío incluso me ha dicho que no deberían haberse parado, que tenían que haber dejado aquel sitio como un aparcamiento. Yo no sé lo que deberían haber hecho. Pero sí creo que teníamos que hacer algo.
—Bueno, eso es un poco radical, ¿no? —dijo Robert—. ¿Como un aparcamiento? ¿Te refieres a tirar una bomba atómica?
—He dicho que no sabía lo que deberían haber hecho. Pero había que reaccionar de algún modo.
—Diplomacia —dijo Robert—. Sanciones económicas. Que lo sintieran en el bolsillo. Verías como luego andaban más derechos que una vela.
—¿Queréis que haga más café? —dijo Joanne—. Sólo tardaré un momento. ¿Quién quiere melón?
Echó su silla hacia atrás y se levantó de la mesa.
—A mí no me cabe nada más —dijo Carol.
—A mí tampoco. Estoy lleno —dijo Robert. Parecía que deseaba seguir con la conversación, pero entonces cambió de tema—: Algún día iré de pesca contigo, Nick. ¿Cuándo es la mejor época?
—Harás bien. A ver si es verdad —dijo Nick—. Ven cuando te apetezca y quédate el tiempo que quieras. Julio es el mejor mes. Pero agosto tampoco está mal. Incluso las dos primeras semanas de septiembre.
Empezó a decir algo sobre lo estupendo que era pescar por la noche, cuando casi todos los barcos volvían a puerto. Un día, dijo, pescó un salmón enorme a la luz de la luna.
Robert pareció pensarlo un momento. Bebió un sorbo de café.
—Lo haré. Vendré este verano; en julio, si te parece bien.
—Estupendo —dijo Nick.
—¿Qué equipo tengo que traer? —dijo Robert, interesado.
—Con que vengas tú, ya está. Tengo todo lo necesario.
—Te puedes llevar mi caña —dijo Joanne.
—Pero entonces tú te quedarás sin pescar —dijo Robert.
Y con eso se acabó la conversación sobre la pesca.
Nick comprendió que la perspectiva de pasar con Robert unas horas interminables en un barco los ponía a los dos igualmente incómodos. No, francamente no veía más futuro a su relación que la de sentarse en aquella cómoda cocina dos veces al año, para charlar un poco mientras desayunaban y tomaban café. Juntos pasaban un rato bastante agradable, y no hacía falta nada más. Simplemente no cabía imaginar otra cosa. Últimamente incluso se había negado a hacer algún que otro viaje a Seattle con Joanne, porque sabía que ella acabaría queriendo pasar a tomar café por casa de Robert y Carol. Siempre ponía una excusa y se quedaba en casa. Decía que tenía mucho trabajo en la serrería que regentaba. En una ocasión, Joanne había dormido en casa de Robert y Carol, y cuando volvió, Nick tuvo la impresión de que estuvo distante y pensativa durante unos días. Le preguntó por la visita y ella le dijo que lo había pasado estupendamente y que después de cenar se quedaron charlando hasta muy tarde. Sospechaba que habían hablado de Bill Daly; en realidad estaba seguro, y esa idea le sacaba de quicio. Pero ¿qué más daba que hubieran hablado de Bill Daly? Ahora Joanne era su mujer. Hubo una época en que habría matado por ella. La seguía queriendo, y ella a él, pero ya no sentía aquella obsesión. No, ya no mataría por ella, y le costaba comprender que hubiera podido albergar un sentimiento así. No merecía la pena matar a nadie, ni por ella ni por nadie.
Joanne se levantó y empezó a quitar los platos de la mesa.
—Deja que te ayude —dijo Carol.
Nick rodeó con el brazo la cintura de Joanne y la apretó contra sí, como vagamente avergonzado de lo que había estado pensando. Joanne se quedó quieta, sin apartarse de la silla de Nick. Dejó que la abrazara. Luego se ruborizó levemente y se apartó un poco. Nick la soltó.
Se abrió la puerta y las dos niñas, Jenny y Megan, entraron como una tromba en la cocina con los monopatines en la mano.
—Hay fuego en la calle —dijo Jenny.
—Está ardiendo una casa —dijo Megan.
—¿Fuego? —dijo Carol—. Si de verdad hay fuego, no os acerquéis.
—Yo no he oído a los bomberos —dijo Joanne—. ¿Y vosotros?
—Yo tampoco —dijo Robert—. Iros a jugar, niñas. No tardaremos mucho en marcharnos.
Nick se acercó a la ventana y miró a la calle, pero no parecía que pasara nada fuera de lo corriente. La idea de una casa incendiándose a las once de la mañana de aquel día claro y soleado era incomprensible. Además, no había habido alarmas, ni habían pasado coches llenos de mirones, ni habían sonado las campanas, ni se habían oído sirenas ni chirriar de frenos. Nick pensó que debía de formar parte de un juego que las niñas habían inventado.
—Ha sido un desayuno fabuloso —dijo Carol—. Me ha encantado. Me dan ganas de tumbarme a dormir.
—¿Por qué no te echas un poco? —le dijo Joanne—. Arriba tenemos una habitación de invitados. Dejad que las niñas vayan a jugar mientras os echáis una siesta antes de marcharos.
—Pues claro —dijo Nick—. ¿Por qué no?
—Bueno, Carol sólo lo decía en broma —dijo Robert, mirando a su mujer—. Nunca se nos ocurriría hacer algo así. ¿Verdad, Carol?
—Ah, no, desde luego que no —dijo Carol, riendo—. Pero todo estaba muy bueno, como siempre. Un brunch de champán sólo que sin champán.
—Mejor aún —dijo Nick.
Nick había dejado de beber seis años atrás, después de que lo detuvieron por conducir en estado de embriaguez. Fue con alguien a una reunión de Alcohólicos Anónimos, se dio cuenta de que aquello era lo más conveniente para él y empezó a ir todas las noches, en ocasiones dos veces por noche, durante dos meses, hasta que las ganas de beber se le quitaron de tal modo, como decía él, que parecía que nunca las había tenido. Pero incluso ahora, que no bebía, seguía yendo de cuando en cuando a alguna reunión.
—Y, hablando de beber —dijo Robert—, ¿te acuerdas de Harry Schuster, Jo? El doctor Harry Schuster, hoy especialista en trasplantes de médula espinal, no me preguntes cómo, pero ¿te acuerdas de aquella fiesta de Navidad en la que se peleó con su mujer?
—Marilyn —dijo Joanne—. Marilyn Schuster. Hacía mucho que no pensaba en ella.
—Marilyn, eso es —dijo Robert—. Porque creía que Marilyn había bebido demasiado y se estaba quedando con...
Hizo una pausa hasta que Joanne completó la frase.
—Bill.
—Exacto, con Bill —dijo Robert—. El caso es que primero tuvieron unas palabras y luego ella tiró las llaves de su coche al suelo del salón y le dijo: «Pues entonces conduce tú, ya que eres tan prudente y estás tan sobrio». Así que, como habían ido en dos coches, porque Harry trabajaba como interno en el hospital, él salió, cogió el coche de su mujer, lo aparcó dos manzanas más allá y luego volvió por su coche, lo aparcó a dos manzanas, volvió andando por el coche de ella, lo condujo dos manzanas, volvió andando por su coche, lo llevó un poco más allá y volvió por el coche de ella y lo adelantó otras dos manzanas, y así sucesivamente.
Todos se echaron a reír. Incluso Nick. Tenía gracia. En sus tiempos Nick había oído montones de historias de borrachos, pero ninguna con aquella chispa tan especial.
—Bueno, para no extenderme demasiado, como suele decirse, Harry llevó así los dos coches a su casa. Tardó dos o tres horas en recorrer siete kilómetros. Y cuando llegó, se encontró con Marilyn, sentada a la mesa con una copa en la mano. «Feliz Navidad», le dijo al verlo entrar por la puerta, y entonces Harry la dejó plantada.
Carol emitió un silbido.
—Todo el mundo sabía que aquellos dos no iban a ninguna parte. Llevaban una vida bastante alocada. Al año siguiente acudieron los dos a la misma fiesta de Navidad, sólo que con diferente pareja.
—Con todas las veces que he conducido borracho —dijo Nick, sacudiendo la cabeza—, y sólo me han cogido una vez.
—Tuviste suerte —dijo Joanne.
—Los demás tuvieron suerte —dijo Robert—. Los otros conductores que se cruzaron contigo en la carretera sí tuvieron suerte.
—Con pasar una noche en el calabozo tuve suficiente —dijo Nick—. Dejé de beber para siempre. En realidad, me metieron en lo que llamaban celda de desintoxicación. A la mañana siguiente vino el médico, el doctor Forester, y nos examinó a uno detrás de otro en un cuarto pequeño. Te miraba los ojos con una linterna, mandaba extender las manos con las palmas hacia arriba, tomaba el pulso y auscultaba el corazón. Luego pronunciaba un sermón sobre la bebida y por último te comunicaba la hora en que iban a soltarte. Dijo que podía marcharme aquella misma mañana, a las once. «¿No podría irme más pronto, doctor?», le pregunté. «¿Por qué tiene tanta prisa?», quiso saber. «A esa hora tengo que estar en la iglesia. Me caso a las once».
—¿Y qué te contestó? —preguntó Carol.
—Me contestó: «Venga, lárguese de aquí. Pero que no se le olvide lo que le ha pasado, ¿eh?». Y no lo he olvidado. Dejé de beber. Ni siquiera bebí una copa por la tarde en el banquete de boda. Ni una gota. Para mí, se había acabado. Menudo susto me había llevado. A veces hace falta algo así, una verdadera sacudida en el sistema nervioso, para que cambien las cosas.
—A mi hermano pequeño casi lo mató un conductor borracho —dijo Robert—. Todavía está lleno de hierros y anda con un aparato ortopédico.
—¿Quién quiere café, por última vez? —preguntó Joanne.
—Sí, un poco, gracias —dije Carol, añadiendo—: Tenemos que ir a buscar a las niñas y ponernos en marcha.
Nick miró hacia la ventana y vio que pasaban coches por la calle y peatones que se apresuraban por la acera. Recordó lo que Jenny y su amiga habían dicho sobre un incendio, pero, por amor de Dios, si hubiera fuego también habría sirenas y coches de bomberos, ¿no? Hizo ademán de levantarse de la mesa, pero se quedó sentado.
—Es curioso —dijo—. Recuerdo que una vez, cuando bebía, caí en eso que llaman coma etílico y al perder el conocimiento me di con la cabeza contra una mesita. Por suerte en aquel momento me encontraba en la consulta del médico. Me desperté en una camilla, y Peggy, la mujer con quien estaba casado entonces, estaba inclinada sobre mí junto al médico y la enfermera. Peggy repetía mi nombre. Tenía toda la cabeza vendada, como un turbante. El médico me advirtió que había caído en coma, y que no sería la última vez si continuaba bebiendo. Le contesté que había comprendido el mensaje. Pero sólo lo dije por decir. Entonces no tenía intención de dejarlo. Me dije que habían sido los nervios, el agobio, lo que me había hecho perder el conocimiento, y lo mismo le dije a mi mujer.
»Pero aquella noche dábamos una fiesta, Peggy y yo. Era algo que llevábamos dos semanas planeando, y no podíamos anularlo así como así sin decepcionar a todo el mundo. ¿Os dais cuenta? Así que nos decidimos a dar la fiesta y vino todo el mundo y yo todavía con la venda en la cabeza. Me pasé la noche con un vaso de vodka en la mano. Le conté a todo el mundo que me había dado un golpe con la puerta del coche.
—¿Cuánto tiempo seguiste bebiendo después? —preguntó Carol.
—Pues bastante. Un año o así. Hasta que me detuvieron aquella noche.
—Ya no bebía cuando lo conocí —intervino Joanne, ruborizándose, como si hubiera dicho algo que no debiera haber dicho.
Nick le puso una mano en el cuello y le acarició la nuca. Le cogió un mechón de pelo y lo enrolló entre los dedos. Por la calle pasaba gente por delante de la ventana. La mayoría de los viandantes iba en mangas de camisa o en blusa. Un hombre llevaba a hombros a una niña pequeña.
—Dejé de beber un año antes de conocer a Joanne —dijo Nick, como explicándoles algo que debían saber.
—Cuéntales lo de tu hermano, cariño —le sugirió Joanne.
Nick no dijo nada al principio. Dejó de acariciar el pelo de Joanne y retiró la mano de su nuca.
—¿Qué le pasó? —preguntó Robert, inclinándose hacia adelante.
Nick sacudió la cabeza.
—Sí, ¿qué le pasó? —dijo Carol—. Nos lo puedes contar, Nick. Es decir, si quieres.
—¿Cómo hemos venido a parar a esto, de todos modos? —dijo Nick.
—Tú has sido quien ha empezado a hablar del tema —le dijo Joanne.
—Bueno, mirad, lo que pasó fue que yo intentaba dejar de beber y pensé que no lo conseguiría quedándome en casa, pero no quería ir a ningún sitio de ésos, ya sabéis, a una clínica o a un centro de rehabilitación, y mi hermano tenía una casa a la que sólo iba en verano y, como estábamos en octubre, pues le llamé y le pregunté si podía pasar un par de semanas allí para tratar de recuperarme. Al principio me dijo que sí. Me puse a hacer la maleta pensando en lo contento que estaba de tener familia, en la suerte de tener un hermano que iba a ayudarme. Pero enseguida sonó el teléfono y era mi hermano, y me dijo que había hablado con su mujer, que lo sentía, que no sabía cómo decírmelo, me dijo, pero que su mujer tenía miedo de que acabara prendiendo fuego a la casa. Dijo que me podía caer con un cigarrillo encendido entre los dedos, o dejar el fogón encendido. En cualquier caso les daba miedo de que prendiera fuego a la casa y que lo sentía mucho pero que no me la podía prestar. Así que le dije muy bien, vale, y deshice la maleta.
—¡Vaya! —exclamó Carol—. Tu propio hermano te hizo eso. Te dejó tirado. Tu propio hermano.
—No sé lo que habría hecho yo en su lugar —observó Nick.
—Sí que lo sabes —le dijo Joanne.
—Bueno, supongo que sí. Le habría prestado la casa, claro. Qué coño, ¿qué es una casa? Una casa se puede asegurar.
—Es increíble, desde luego —comentó Robert—. ¿Cómo te llevas con tu hermano ahora?
—Pues de ninguna manera, siento decirlo. Hace tiempo me pidió dinero prestado y me lo devolvió cuando dijo que lo haría. Pero hace cinco años que no nos vemos. Y más tiempo aún que no veo a su mujer.
—¿De dónde sale toda esa gente? —dijo Joanne, levantándose de la mesa y acercándose a la ventana.
—Las niñas han dicho que había fuego —dijo Nick.
—Tonterías —dijo Joanne, apartando los visillos—. No puede haber fuego. ¿Dónde?
—Algo pasa —dijo Robert.
Nick se dirigió a la puerta y abrió. Un coche que pasaba por la calle frenó y se detuvo junto a la casa. Otro aparcó en la acera de enfrente. Por la acera pasaban pequeños grupos de peatones. Nick salió al jardín y los demás —Joanne, Carol y Robert— le siguieron. Al fondo de la calle, Nick vio el humo, la gente arremolinada y dos coches de bomberos y uno de policía aparcados en el cruce. Los bomberos dirigían mangueras hacia la estructura de una casa: la de Carpenter, según vio Nick enseguida. Un humo negro se escapaba de los muros y del tejado brotaban llamas.
—Dios mío, es cierto, hay fuego —dijo Nick—. Las niñas tenían razón.
—¿Por qué no hemos oído nada? —preguntó Joanne—. ¿Habéis oído vosotros algo? Yo no he oído nada.
—Será mejor que vayamos a buscar a las niñas, Robert —dijo Carol—. No vaya a ser que se metan en medio o se acerquen demasiado. Puede pasarles algo.
Echaron a andar los cuatro por la acera. Llegaron a la altura de un grupo de gente que avanzaba sin prisa y siguieron a su paso. Nick pensó que bien podían ir todos de excursión. Pero no quitaban la vista de la casa incendiada ni de los bomberos que lanzaban agua sobre el tejado, donde seguían brotando llamas. Otro grupo de bomberos sujetaba una manguera y lanzaba un gran chorro de agua por una ventana de la fachada delantera. Un bombero que llevaba un casco con correas, un impermeable largo y botas negras hasta la rodilla se dirigía con un hacha en la mano hacia la parte trasera de la casa.
Llegaron a donde se agolpaba la multitud de mirones. El coche patrulla estaba aparcado en medio de la calle y se oían los distorsionados sonidos de la radio, mezclados con el crepitar de las llamas que se abrían paso entre los muros de la casa. Entonces Nick vio a las dos niñas, en la primera fila de la muchedumbre, con los monopatines en la mano.
—Ahí están —le dijo a Robert—. Allí, ¿las ves?
Se abrieron paso entre la muchedumbre, disculpándose, hasta donde estaban las niñas.
—Os lo hemos dicho, ¿lo veis? —dijo Jenny.
Megan permanecía quieta, con el monopatín en una mano y el pulgar de la otra metido en la boca.
—¿Sabe usted lo que ha pasado? —preguntó Nick a la mujer que estaba a su lado. Llevaba un sombrero de paja y fumaba un cigarrillo.
—Vándalos —contestó—. Bueno, eso es lo que me han dicho.
—Merecen que los maten en cuanto los cojan, la verdad —dijo el hombre que estaba junto a la mujer—. O por lo menos que los encierren para siempre. Los dueños se han ido de viaje a México y ni siquiera saben que ya no tendrán casa cuando vuelvan. No han podido ponerse en contacto con ellos. Pobre gente. ¿Se dan cuenta? Volver a casa para encontrarse con un montón de cenizas.
—¡Que se derrumba! —gritó el bombero del hacha—. ¡Atrás! No había nadie cerca de él, ni de la casa. Pero los mirones retrocedieron y Nick sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—¡Santo cielo! —exclamó alguien entre la multitud.
—¡Fijaos en eso! —dijo otra voz.
Nick se acercó a Joanne, que tenía la vista fija en las llamas. Tenía húmedo el pelo sobre la frente. La rodeó con el brazo. Y entonces se dio cuenta de que la había abrazado así por lo menos tres veces aquella mañana.
Nick volvió un poco la cabeza y se sorprendió al ver que Robert le estaba mirando a él en vez de a la casa. Robert tenía el rostro encendido y una expresión severa, como si todo lo que había sucedido —incendio provocado, cárcel, traición y adulterio, la inversión del orden establecido— fuese culpa de Nick y se le pudiese atribuir toda la responsabilidad. Con el brazo en torno a la cintura de Joanne, Nick sostuvo su mirada hasta que, ya sin rubor en las mejillas, Robert bajó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, ya no miraba a Nick. Se acercó a su mujer, como para protegerla.
Nick y Joanne, abrazados, siguieron mirando el incendio, pero mientras Joanne le daba distraídas palmaditas en el hombro Nick volvió a tener una impresión que últimamente le asaltaba con cierta frecuencia: la sensación de que no sabía lo que su mujer estaba pensando.
—¿En qué piensas? —le preguntó.
—Estaba pensando en Bill.
Siguió abrazándola. Ella permaneció en silencio unos momentos y, al cabo, dijo:
—Pienso en él de vez en cuando, ¿sabes? Al fin y al cabo fue el primer hombre al que quise.
Él siguió abrazándola. Joanne apoyó la cabeza en su hombro y siguió mirando a la casa en llamas.



En Si me necesitas, llámame
Relatos póstumos editados por la esposa de RC, poeta y ensayista Tess Gallegher 
Título Original: Call if you need me (Comp. 2000)
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
©2004, Anagrama
Foto: Raymond Carver & Tess Gallegher © Marion Ettlinger/Corbis