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6 jun. 2007

Una carta de Arlt a Güiraldes

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La carta está originalmente publicada en: Desde el aula

Un año antes de publicar El juguete rabioso y comenzar una frondosa carrera periodística que lo llevaría de los policiales a las aguafuertes, un joven Roberto Arlt le escribía a Ricardo Güiraldes una carta iniciática en la que le agradece la aceptación de los dos fragmentos de El juguete... que había dado a conocer. Dramática, llena de expectativas y búsqueda de empatía con sus mayores, en pleno auge de Florida y Boedo, la carta que se da a conocer recién ahora es un enternecedor autorretrato del artista en formación.



POR GUILLERMO TOSCANO Y JORGE WARLEY

En el momento de escribir la carta que aquí se reproduce, hace ochenta años, Roberto Godofredo Arlt estaba por cumplir dos décadas y media de vida, hacía tres años que se había casado con Carmen Antinucci, dos que había nacido su hija Carmen Electra y menos que se había mudado al barrio de Villa del Parque. Su única publicación de cierta importancia, al menos desde la mirada “documental” del presente, había sido Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, originalmente aparecida en Tribuna Libre en enero de 1920 y que hoy puede leerse en la edición de sus Obras completas lanzada en 1991 por la editorial Planeta.

Un año más tarde, en 1926, no sólo aparecerá su novela El juguete rabioso sino que el joven Arlt ingresará de pleno en el vértigo del periodismo y, de a poco, en su madurez como escritor que se desparramará sobre la década siguiente. Ese año comienza a colaborar con Don Goyo, la revista que dirigía Conrado Nalé Roxlo, además de Mundo Argentino, El Hogar y Claridad; un año más tarde, en 1927, se enrolará en las filas del diario Crítica como cronista policial.

Agreguemos algunos datos más al contexto general en que la carta debe ser leída. Cuando Arlt la escribe, la revista clásica de la vanguardia argentina, el quincenario Martín Fierro, alcanzaba el primer año de su segunda época; mientras que Proa, con la dirección de Brandán Caraffa, Jorge Luis Borges, Pablo Rojas Paz y Ricardo Güiraldes todavía no cumplía los doce meses, también de su segunda época. En su manuscrito, Arlt hace referencia a Evar Méndez, el periodista y escritor nacido en 1888 y muerto en 1955, el poeta de Las horas alucinadas, pero, fundamentalmente, tal vez para su desgracia, quien siempre será recordado por ser el fundador y promotor de la mencionada Martín Fierro.

Por supuesto, el destinatario de la carta, Ricardo Güiraldes, quien abriera a su manera las puertas de las experiencias de la vanguardia criolla con su poemario El cencerro de cristal (1915) cuando contaba con 29 años, estaba ya cercano a su muerte, ocurrida en 1927, e incluso atravesaba, a juzgar por los testimonios recogidos por diversos historiadores, por un período de cierta decepción que lo llevaría a alejarse de Proa, la “revista de renovación literaria”, según su slogan. No obstante, en una coincidencia ya histórica y suficientemente explotada por los críticos, en 1926, junto con la primera novela de Arlt, Güiraldes publica con el sello de Proa su Don Segundo Sombra, y seguiría hasta el final mostrándose abierto y generoso con los creadores más jóvenes, quizá repitiendo el gesto que él mismo buscó y encontró en Leopoldo Lugones para su Cencerro...

Otra de las figuras mencionadas es Atilio Chiappori (1880-1947), destacada figura intelectual de la época, quien había sido miembro del staff de las revistas Ideas y Nosotros, además de publicar varios libros de novelas y cuentos (se podrían destacar los relatos de Borderland, de 1907), y también ensayos, como La belleza invisible, de 1919, y Recuerdos de la vida literaria y artística, de 1944.

Como se puede especular a partir de notar simplemente las diferencias de edad y generacionales, la de Arlt es casi una “carta de iniciación”; muestra al joven artista que busca el reconocimiento y la empatía con figuras consagradas de la vida intelectual criolla (en primer lugar el destinatario, claro). El único “par” que aparece mencionado es Raúl González Tuñón (era más joven que Arlt, nació en 1905), quien también en 1926 daría a conocer su obra inicial, El violín del diablo.

En 1925, Roberto Arlt publica, como adelanto de la que había imaginado como su primera gran obra, la novela La vida puerca, dos capítulos. Uno de manera fragmentaria, “El rengo”; el otro se titulaba “El poeta parroquial” y sería suprimido cuando el texto llegue a la imprenta. Las historias cuentan que el relato había sido rechazado anteriormente por Elías Castelnuovo, y que sería rebautizado a partir de la aceptación de una sugerencia del propio Güiraldes como El juguete rabioso. Este es, evidentemente, el libro al que la carta se refiere y de cuya buena recepción por parte de los “lectores amigos” Arlt se congratula.

Una observación final sobre el estilo (tal vez el término suene exagerado) de la carta. Pareciera que Arlt busca empatizar con su destinatario a partir de lo que imagina, a tientas, como un “lenguaje literario”, que abreva en fórmulas y metáforas que quizás él imaginó en la estela modernista o simbolista, pero que más bien rozan el cliché; lo mismo puede decirse de algunos de los “temas” tratados que respiran un aire metafísico o existencial, y que, de alguna manera, dibujan el contorno de la excepcionalidad de las figuras intelectuales que pueden darles digno tratamiento.

Esta carta se da a conocer (primero a través del sitio desdeelaula.blogspot.com) gracias a la gentileza de la señora Lidia C. de Lecot, viuda de Alberto Gregorio Lecot, autor de un libro sobre Güiraldes, En “La Porteña” y con sus recuerdos, que contiene una gran cantidad de textos poco conocidos del autor de Don Segundo Sombra. Los autores de la nota agradecen, además, a los integrantes del Club de Lectura que funciona en la Biblioteca Guido y Spano, donde esta carta fue por primera vez conocida y comentada.

La carta

Estimado amigo mío:

Me ha dado Ud. tal espectáculo de bondad que todavía no se ha acabado en mí la necesidad de pensar en Ud., de reproducirme el hecho de su generosidad.
Amigo Güiraldes, esto es doloroso y esto es bello como una pena. Ojalá que nunca terminara. Tímida tribulación, que con su carita salitrosa de lágrimas va hablando despacio y uno se estaría mil años escuchándola. ¡Si Ud. supiera! ¿Por qué nos hacen padecer gozosamente los espectáculos de bondad? Qué sé yo en qué piensa Ud. mientras escribo esto. Pero hay otro en Ud. que está detenido mientras yo escribo, y me escucha con el rostro serio, y yo sé que en él han sucedido cosas de las cuales no sabré jamás, pero su silencio se hace atencioso.
Y de pronto, Ud. y yo hablamos, pero nuestros espíritus están atentos a algo que viene por los agrios caminos de la noche... y es la Angustia para uno de los dos...
Ay, cómo madura la violenta pena, y hace más temblorosa la voz del árbol que canta, y más pálido el rostro del árbol que piensa.
Y la he sentido terriblemente la otra noche en la avenida Quintana.
Fue cuando su esposa con gesto de tormento se apoyó en su brazo. En la oscuridad, bajo el sombrero, se veía el rostro ennitidecido de sufrimiento. Sus zapatos blancos se movían en las baldosas mojadas. Y de pronto me pareció que Uds. estaban solos en el mundo, que no conocían a nadie y que, a pesar del viento de la noche, tenían que caminar hacia adelante, por la avenida, toda una eternidad.
Todavía me digo:
Aunque duerman, está allí su pena.
Silenciosa.
Está allí su pena, qué importa que duerman, ni los papeles pintados les espantará la pena.
El sol se hará alegre en las cortinas de las ventanas y en la cornisa de las fachadas, pero en los muros de sus habitaciones lujosas babosean los caracoles... y es inútil que duerman... bien sabía esperar la pena.
Y todo esto lo veía en la superficie de los platos durante el banquete ofrecido a Evar Méndez. Y me decía, cuando pedían dijera un discurso: Si tiene pena no hablará. Y tenía miedo de que lo hiciera porque otra cosa debía de estar inmóvil en Ud. Y no lo ha hecho porque gracias a Dios tres palabras no son nada. Y también me decía:
¿Se irá temprano? Y ni que lo hizo.


-/-

Cantan las ranas en los yuyales, mi señora arregla ciertas cosas, pero esta mañana digo: ¿Pero entonces es Verdaderamente bueno ese hombre? Y nos mirábamos como si aún no pudiéramos desentrañar el sentido exacto de esas siete palabras. Yo me había pasado toda la noche con el señor Chiappori.
Cuando llegué a casa llovía, le conté a mi señora lo que habláramos con Ud. pero no sabíamos qué decirnos. Y sin embargo era preciso decir algo.
¿Pero entonces es Verdaderamente bueno ese hombre? Querido amigo, sonríase Ud. lo que quiera... pero es cordial esta pena gratuita.
Fíjese... a instantes tengo la sensación de que estoy frente a una muralla de aire... Ud. está al otro lado, pero yo puedo cruzarla cuando quiera. Además, éste es un sueño para mí.
¿Quién soy –me repito– para merecer las bondades de esta gente? Y pienso en Tuñón el muy flaco, recuerdo todo el amor con que me incliné sobre las páginas de mi libro y forzosamente necesito decir algo, algo aunque no tenga el menor sentido.
Y si reitero la pregunta, y me digo: Es a mi libro el que han aplaudido, y es por mi libro todo esto, se me renueva la pena de ser. E insisto.
¿Quién soy yo? Porque se hace esto para mí y, créame, quisiera ser más insignificante y más grande, y tener todos los poderes mágicos de la tierra para despertar en Ud. todas mis penurias pasadas y mi gozo presente. Y sólo así Ud. podría comprenderlo.
Amigo Güiraldes. ¡Qué cosa terrible es la bondad! Es como si a uno lo señalaran en la frente con un sello ignominioso. Irá entre las gentes, pero sabe que está bien amarrado, bien ligado por un hilo invisible al que lo marcó.
Y lo peor es creer que el otro no es consciente de su bondad, y lo peor es saber que el otro cree que es lo más natural esa bondad, cuando debiera arrodillarse frente a su espíritu que con esa belleza no le pertenece.
Amigo Güiraldes, qué omnipotente es esto. Sentir.


Roberto Arlt
30 de marzo de 1925

En http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2519-2005-09-18.html