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7 may. 2013

Henri Michaux - Ideogramas en China

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Trazos en todas direcciones. En todos los sentidos comas, bucles, ganchos, acentos, al parecer, a cualquier altura, a cualquier nivel; desconcertantes matorrales de acentos.

Arañazos, quiebras, inicios que parecen haber sido detenidos de repente.

Sin cuerpos, sin formas, sin rostros, sin contornos, sin simetría, sin un centro, sin recordar nada conocido.

Sin regla aparente de simplificación, de unificación, de generalización.
Ni sobrios, ni depurados, ni despojados.
Cada cual como diseminado, así es el primer acceso. (1)

Ideogramas sin evocación.

Caracteres variados interminables.
La página que los contiene: un vacío lacerado.
Lacerado por múltiples vidas indefinidas.
Hubo, sin embargo, una época en la que los signos aún hablaban, o casi, alusivos ya, señalando más que cosas, cuerpos o materias, señalando grupos, conjuntos, exponiendo situaciones.

Tránsito.

El gusto por ocultar ha vencido. La reserva, la prudencia ha vencido, la discreción natural, la instintiva tendencia china a borrar sus huellas, a evitar estar al descubierto.


El placer de mantener oculto ha vencido. Así, lo escrito de ahora en adelante cobijado, secreto; secreto entre iniciados.
Secreto difícil, largo, costoso de compartir, secreto para formar parte de una sociedad dentro de una sociedad. Círculo que, durante siglos y siglos, se mantendrá en el poder. Oligarquía de los sutiles.

El placer de abstraer ha vencido.
El pincel permitió dar el paso, el papel facilitó el tránsito.
De lo real original, lo concreto y los signos que le eran próximos, podía uno a partir de entonces cómodamente abstraerse, abstraer, ir rápido, rápido por medio de bruscos trazos que se deslizan sin resistencia sobre el papel, permitiendo otra manera de ser chino.

Abstraerse había vencido.
Ser mandarín (2) había vencido.
Desaparecidos, los arcaicos caracteres que conmovían el corazón.
Desaparecidos, los signos sensibles que colmaban a sus inventores, que maravillaron a sus primeros lectores.
Desaparecida la veneración, la ingenuidad, la poesía primera, la ternura en la sorpresa del original "encuentro", desaparecido el trazado aún "piadoso", el calmado fluir. (Intelectuales ausentes y sus trazaos veloces, aún por venir, sus trazados de intelectuales… de escribas)

Cortados los puentes con el origen…
Primero, modificados con prudencia, en la naciente irreverencia y la alegría de ver que "aquello funcionaba", que uno seguía enterándose…
Arrebatados por la irresistible impudicia de la búsqueda, los inventores –los de un segundo tiempo- aprendieron a separar el signo de su modelo (a tientas deformándolo, sin todavía atreverse a cortar resueltamente lo que liga la forma con el ser, el cordón umbilical del parecido) y así se separaron de sí mismos, habiendo desechado lo sagrado de la primera relación "escrito-objeto" .

La religión en la escritura retrocedía. La irreligión de la escritura comenzaba.
Desaparecidos, los caracteres "sentidos", asomados a la realidad; desaparecidos del uso, de la lengua; no desaparecidos de la piedra de las antiguas tumbas ni de los vasos de bronce de antiguas dinastías, no desparecidos de los huesos adivinatorios.

Más tarde, buscados en todos los lugares del Imperio del Medio, los caracteres de antaño, cuidadosamente reunidos, copiados, fueron interpretados por los letrados. Un inventario, un diccionario de los signos originales vio la luz.

¡Recuperados!
y se recuperaba al mismo tiempo la emoción de las calmadas y serenas y tiernas primeras grafías.

Los caracteres resucitados en su intención primera revivían.
Bajo esta luz, cualquier página escrita, cualquier superficie cubierta de caracteres se volvía hormigueante y rebosante…llena de cosas, de vidas, de todo lo que hay en el mundo…en el mundo de China.

llena de lunas, llena de corazones, llena de puertas
llena de hombres que se inclinan
que se retiran, que se guardan rencor, que hacen las paces
llena de obstáculos
llena de manos derecha, de manos izquierda
de manos que se aprietan que se responden, que
se enlazan para siempre
llena de manos frente a frente,
de manos en guardia, de manos ocupadas
llena de mañanas
llena de puertas
llena de agua cayendo gota a gota de las nubes
llena de barcazas que atraviesan de una orilla a otra
llena de alzamientos de tierra
llena de crisoles
y de arcos y de fugitivos
y llena de calamidades
y llena de ladrones llevándose bajo el brazo los
objetos robados
y llena de codicias
y llena de mallas
y llena también de palabras sinceras y llena de reuniones
y llena de nichos nacidos de pie
y llena de agujeros en la tierra
y de ombligos en el cuerpo
y llena de cráneos
y llena de fosas
y llena de aves de paso,
y llena de recién nacidos -¡cuántos recién nacidos¡-
y llena de metales en las profundidades del suelo
y llena de tierras vírgenes
y de vapores que suben de los herbazales y de los
pantanos
y llena de dragones
llena de demonios vagando por los campos
y llena de todo lo que existe en el universo
tal cual o diferentemente ensamblado
elegido a propósito por el inventor de signos para
estar juntos
escenas para dar qué pensar
escenas de todo tipo
escenas para ofrecer un sentido, para ofrecer varios,
para proponérselos a la mente
para dejarlos emanar
grupos para que resulten ideas
o para que se resuelvan en poesía.


Una parte de tesoro primero seguía perdida. Quedan, sin embargo, suficientes etimologías fiables como para que en numerosos casos un letrado consumado reconozca de paso los orígenes y reciba, en el momento de trazar los caracteres en su forma actual, una inspiración venida de lejos.

Por muy alejado que esté del antiguo, el nuevo carácter puede reanimar el objeto por medio de la palabra.

Está movido a ello. Su grafismo intenta.


Sin ningún otro saber, ése bastaría –gracias a sus sutiles trazos matizados.

El chino, lengua hecha para la caligrafía (3). La que induce, que provoca el trazo inspirado.

El signo presenta, sin forzar, una ocasión de volver a la cosa, al ser que no tiene más que deslizarse dentro, de paso, expresión realmente expresante.

Durante mucho tiempo, los chinos habían, como en otros ámbitos, sucumbido al encanto del parecido: primero del próximo, luego del lejano parecido, después, de la composición con elementos parecidos.

Barrera también. Fue necesario saltarla.

Incluso la del parecido más lejano. Carrera sin retorno.
Parecido definitivamente atrás.

Los chinos estaban destinados a otra cosa.

Abstraer es liberarse, desatascarse.
El destino de los chinos en la escritura era la absoluta ingravidez.
Los caracteres evolucionados convenían más que los caracteres arcaicos a la velocidad, a la agilidad, a la viva gestualidad. Una determinada pintura china de paisaje requiere velocidad, no puede hacerse sino con la misma relajación súbita que la pata del tigre que se abalanza. (Para ello hace falta primero haber estado contenido, concentrado, sin tensión no obstante.) (4)
Asimismo el calígrafo debe recogerse primeo, cargarse de energía para liberarse de ella después, descargarse de ella. De un golpe. (5)

El saber, los "cuatro tesoros" de la cámara de literatura (el pincel, el papel, la tinta, el tintero) es considerable y complejo. Pero luego…

La mano ha de estar vacía a fin de no estorbar el influjo que le será comunicado. Debe estar lista para recibir el impulso más nimio tanto como el más violento. Soporte de efluvios, de influjos.

…En cierto modo semejante al agua, a lo que tiene de más fuerte y de más ligero, de menos perceptible, como lo son sus arrugas, que siempre fueron tema de estudio en China.


Imagen del desapego: el agua que no se apega, lista siempre para volver a irse al instante, agua que, antes de la llegada del budismo incluso, le hablaba al corazón del chino. Agua, vacío de forma.
Yi Tin, Yi Yang, che wei Tao
Un tiempo Yin, un tiempo Yang,
He aquí la vía, he aquí el Tao.

Vía de la escritura.
Ser calígrafo como se es paisajista. Mejorándolo.
Es el calígrafo, en china, la sal de la tierra.
En esta caligrafía –arte del tiempo, expresión del trayecto, de la carrera- lo que suscita la admiración (aparte de la armonía, de la vivacidad, y dominándolas) es la espontaneidad, la cual puede llegar incluso al estallido. Dejar de imitar la naturaleza. Significarla. Por medio de trazos, de impulsos.
Ascesis de lo inmediato, del relámpago.
Tales como son actualmente, alejados de su mimetismo de antaño, los signos chinos tienen la gracia de la impaciencia, la ligereza de la naturaleza, su diversidad, su manera inigualable de saber inclinarse, rebotar, volverse a erguir.
Al igual que la naturaleza, la lengua, en China, propone a la vista y no decide.

Su poca sin taxis que deja adivinar, recrear, que deja sitio a la poesía. De lo múltiple sale la idea.

Caracteres abiertos en varias direcciones.
Equilibrio.

Cualquier lengua es universo paralelo. Ninguna con mayor belleza que la china.

La caligrafía la exalta. Perfecciona la poesía; ella es la expresión que hace válido el poema, que avala al poeta.

Exacto equilibrio de los contrarios, el arte del calígrafo, curso y decurso, es mostrarse al mundo. –Cual un actor chino que saliendo a escena, dice su nombre, su lugar de origen, o que le ha pasado y lo que ha venido a hacer- es rodearse de razones de ser, justificarse. La caligrafía: hacer patente, por la manera de tratar los signos, que se es digno del saber que se posee, que se es realmente un letrado. A partir de ahí le justificarán …o no.


La caligrafía, su papel mediador, y de comunión, y de suspenso.

Una lengua, en Occidente, que habría tenido solamente una parcela de las posibilidades caligráficas de la lengua china, ¿qué habría pasado con ella? Las épocas barrocas que le habrían sucedido, y los hallazgos de os individualistas, las rarezas y extravagancias, excentricidades y originalidades de todo tipo…

La lengua china era capaz de ello. En todos los ámbitos da pie a la originalidad. Cada carácter suministra una tentación.

Si de diversos autores se saca, destacándolo del texto y de su contexto, un carácter, fácilmente reconocible, naturalmente bello y lleno de sentido, la palabra corazón por ejemplo, a pesar de
lo alejados que estén sus rasgos constitutivos de cualquier cosa que recuerde el corazón, éste, por su trazado, volverá a vivir, en todo escritor, una vida particular. Puede observársele, en uno, en otro, en cada uno él mismo y en todas partes diferente. Corazón generoso o valiente, o corazón que quiere embaucar, o corazón cerca del cual se está bien, corazón lleno de una paz profunda, o corazón benevolente y cálido, o corazón que no se problematiza con nada, que sale siempre de apuros, o corazón ligero que no se fijará, o temeroso, o corazón sometido, o bien corazón que con nada despega, o corazón toca-lo-todo, o corazón en espera, corazón que busca la aventura, o corazón seco, o plácido, o al contrario al que nada detiene, o corazón decididamente alerta, perfecto que, incluso sobre una fibrosa hoja de papel de arroz, podrá seguir viviendo durante siglos todavía y dejarse admirar.

A cualquier calígrafo se le ofrece la propiedad del corazón, la vida del corazón. Pero no para la originalidad, a no ser filtrada, y a quien tan sólo le está permitido transparecer.
Está mal visto, es bajo y vulgar exhibirse.

Sólo importa la "justa proporción", el "justo lugar".

Y la página perfecta es aquella que "parece haber sido trazada de un solo trazo"

La China virtuosa, empeñada en la armonía, no habría apreciado lo chusco.

La escritura debe tener una virtud tonificante. Es una conducta.
Mostrar un bello equilibrio, uno que sea ejemplar. Hasta los apasionados a quienes llamaron "locos por la caligrafía", y que perdían en su empeño las ganas de beber y de comer y el sueño y el equilibrio de una vida, cuando volvían a coger el pincel, trazaban caracteres exentos de desequilibrio, llenos, por el contrario, de un soberbio y nuevo equilibrio.
El orden superior es dinámico.
Así la escritura china, salvada a un tiempo del barroco (7) y de la rigidez, trampas de las caligrafías.

China, país en el que se meditaba en los trazados de un calígrafo de la misma manera que en otro país se medita en un mantra, en la substancia, el principio, o en la Esencia.

Caligrafía cerca de la cual, sencillamente, se está como cerca de un árbol, de una roca, de una fuente.


(1) Aquello que, pareciendo garrapatos, fue comparado con trayectos de insectos, con inconsistentes huellas de patas de pájaros en la arena, sigue sirviendo de soporte a la incambiada, siempre legible, comprensible, eficaz lengua china, la más vieja de las lenguas vivas del mundo.
(2) Con lo reducidos, lo deformes que son, estos caracteres ilegibles para cientos de millones de chinos no eran, sin embargo, para ellos, letra muerta. Mantenidos fuera del círculo de los letrados, los campesinos, ciertamente. los miraban sin comprenderlos, pero no sin sentir que les pertenecían a pesar de todo, estos signos ligeros, parientes de los techos curvos, de los dragones y los personajes de teatro; de los dibujos y las nubes también, y generalmente de los paisajes con ramas florecidas y hojas de bambú que habían visto en imágenes y que apreciaban.
(3) Más que caligrafía, arte de la escritura. En las demás lenguas, exceptuando el árabe, la caligrafía, cuando existe, no es sino la expresión o bien de un tipo psicológico, o bien, en las grandes épocas, la expresión de unos modales ideales a menudo religiosos. Hay rigidez, compostura rígida, uniformemente rígida, que hace líneas, no palabras, corsé uniforme de nobleza, de liturgia, de gravedad puritana.
(4) La meditación, el recogimiento ante el paisaje puede durar veinte horas y la pintura sólo unos diez minutos. Pintura que le deja sitio al espacio.
(5) La relajación del tigre, incluso en materia de religión. En el Ch'an, en el Zen, lo que llama la atención es la instantaneidad de la iluminación.
(6) Arrugas profundas, arrugas finas, arrugas del agua que correo que cae en casaca y que vuelve a salir gorgoteando a la superficie. Algunos pintores se han hecho célebres por sus arrugas de agua, y el mismo admirable Wang Wei lo es por haber hallado la arruga "de la lluvia y de la nieve".
(7) Caligrafía salvaje. En el Japón se han tomado últimamente muchas libertades y han hallado nuevos placeres de desmesura en la caligrafía. Esas libertades podrían -¿quién sabe?- emigrar cualquier día al Asia china.

Ideogramas en China (1971), en Escritos sobre pintura
Edit. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos técnicos de Murcia -2000-
Traducción Chantal Maillard , de Idéogrammes en Chine, Fata Morgana 1975
incluido en Affrontements, Gallimard, 1986
Foto: HM en Buenos Aires, ca. 1936/38 por Gisele Freund

17 feb. 2013

Henri Michaux: La India Meridional

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El hindú del sur, de raza drávidia, pequeño, vivaracho, colérico, no corresponde en lo más mínimo a la concepción que el europeo tiene del hindú.

Desde que se llega al Sur, la piel se oscurece, las gentes son casi negras —trajes en relación: desaparece el rosa para dejar lugar al rojo, al verde oscuro, al violeta.

La a, la o, la e abierta, de los idiomas del Norte, desaparecen, todo se empapa en consonantes en el malayalam, o se arquea en consonantes dobles en el tamil (el tamil, idioma más antiguo que el sánscrito, con el que nada tiene en común). Las personas dejan de ser «importantes». Miran con mirada sin intención. Ningún hipnotismo. Ya no son rumiantes. Si disponen de dos minutos, no se ponen en cuclillas. Algunos quedan de pie; otros hasta se echan a andar.

En los templos, los dioses están al frente, sus gopurams son bazares para los dioses, demonios y gigantes. Aquí todos los dioses son medio demonios. Ante ellos, las gentes se echan al suelo, rápidamente, sin gracia alguna. Delante de Ganeska, se dan dos golpes cerca de la oreja. Tienen preferencia Por los dioses de pequeña divinidad; por ejemplo, la diosa de la viruela boba. La religión pierde su belleza, su paz. Ya no tiene una hermosa voz. Son politeístas. A menudo, se convierten al culto católico. (Es la única parte de la India donde se hacen muchos cristianos.)

Gustaban entre otras cosas de la magia de las palabras.(1)

Sólo en una época (la de Sangham), se citan 192 poetas considerables, de los cuales 57 agricultores, 36 mujeres, 29 brahmanes, 17 montañeses, 13 guardabosques, 7 comerciantes, 13 reyes Pandyas, etcétera, un alfarero, un pescador.

* * *

Imposible volver de la India sin dejarse ganar por el comunismo. La cuestión social es tal vez de importancia relativa. Pero el envilecimiento, la falta de dignidad humana que resulta de una sociedad con dos pesas y dos medidas es tal que el hombre queda manchado en todo lo que es, dice y hace, y más que el envilecido, el honrado, los brahmanes y los rajas, y quizá todos nosotros.

* * *

No hay otro país donde, «para entrar en conversación», en un tren en cualquier parte, el nativo hable... de Jesucristo. De tal modo al hindú le es imposible concebir la indiferencia religiosa.

Los más aman sinceramente a Jesús, y lamentan que Él no se haya encarnado entre ellos. Lamentan que no se haya encarnado por segunda y tercera vez. Quisieran saber cómo se encuentra.

Y sin embargo, hasta un ateo europeo se siente herido por la familiaridad con que conversan de Jesucristo.

* * *

Mi compañero bengalí decía gentilmente de las mujeres del Sur: «Entre mil, ni una bonita». Debió decir: entre diez mil, ni una bonita (entre todas y por todo, he visto una).

En cuanto a los hombres, tienen caras obstinadas de herejes. Algunos perfiles y ojos de lagartijas (sobre todo los enfermos se parecen a las lagartijas). Nariz, ojos, boca amontonados, aplastados como por efecto de una maldición o de un cataclismo. Frentes bajas (una cinta frontal, debería decirse) y el cráneo de pelo tupido (afeitado hasta la mitad de la cabeza) contribuye a volverlos monos.

También muchas cabezas borbónicas, pero reducidas, afiebradas, que han perdido su fuerza, y con rodete.

Si uno de ellos pesca el menor dato sobre uno, que uno tiene treinta y dos años, por ejemplo, en seguida da la noticia a toda la vecindad, a todos los viajeros en la estación, a todos los que transitan por la ciudad. Lo interrogan de lejos. Y él responde triunfalmente: «Tiene 32 años. Viene a visitar la India». Y la asombrosa nueva corre como un reguero de pólvora.

Lo miran a uno como en el zoo se mira un recién llegado, un bisonte, un avestruz, una serpiente. La India es un jardín zoológico donde los nativos tienen ocasión de ver, de vez en cuando, ejemplares extranjeros.

Si un europeo es interrogado a su vuelta de la India, no titubea, contesta: «He visto Madrás, he visto esto, he visto aquello.» Pero no, ha sido visto, mucho más de lo que él ha visto.

* * *

Para hablar, el hindú se echa encima. Mezcla su aliento con el de uno. Nunca cree estar bastante cerca. Su gran cabeza de jupiterino y sus ojos desatinados llenan el horizonte.

Seguro así del auditorio, desenvuelve sus frases, declama. Todo eso para decir cosas perfectamente insignificantes. Pero una fuerza extraña lo empuja al discurso, al sermón y un simple dato tiene en seguida una importancia que el Universo debe conocer.

En las aldeas, los hindúes del Sur, si lo ven a uno quieto un momento, se agrupan alrededor, los ojos como ventosas, tan cerca que si uno tose alcanza a dos o tres.

Si uno habla, se acercan más todavía. El hindú del Norte declama, el hindú del Sur chilla. No sólo su canto (el de las poblaciones dravidias del Sur) es exasperado, ni su idioma. Del francés, si lo hablan, se forman en general la siguiente idea: es un idioma de cabeza, que sólo gracias a un gran esfuerzo y en las ansias de la agonía es posible extraer de lo alto del cráneo. Uno quisiera decirles: «Calma, calma, paciencia, ya va a salir». Pero la rabia que los domina los conduce irresistiblemente.

* * *

La lengua tamil está compuesta de palabras con un promedio de seis sílabas. Muchas tienen catorce. Menos de cuatro sílabas, no es palabra, sino un residuo. La lengua inglesa les parece en ruinas. ¿Qué significan todas esas pequeñas burbujas sin objeto, llamadas preposición, artículo, etcétera...?

El tamil es una lengua aglutinante. Se suelda todo lo posible. De tres palabras, una sola.

Así (el proceso real, les prevengo, es un poco más complicado), llega a diez o a catorce sílabas.

Esas palabras se despachan a la carrera. Se toca la primera sílaba y se parte al galope. Una vez concluidas, se puede descansar. Por eso hay una porción de lenguas en la conversación. Pero hay atolondrados (la mayoría) que no se detienen. Se escucha entonces ese mecanismo maravilloso que, con un paso sobrehumano, realiza, sin vacilar, su proeza natural. 

Pronuncian las palabras como en un arrebato.

Una precipitación desgraciada, y de subalterno, que también se percibe en la expresión de sus ojos fijos, aunque afanosos, afanosos de ver, afanosos de ver ¿qué? y destinados visiblemente a un fracaso, aunque no se sepa a cuál.

Cuando cantan, es una estrangulación. No cantan más que para ahorcarse y desde lo alto. Van derecho a las notas más inaccesibles, sin trampolín, se prenden como desesperados, oscilando entre dos o tres más altas, y así se quedan a llorar, y sufrir y ser desgraciados, listos a dejarse cortar en pedazos; pero ¿por qué? De golpe, se paran en seco, detienen como en alto esa loca desesperación, hay dos minutos de silencio, vuelven a subir o mejor dicho se encuentran de golpe allá arriba, más infinitamente desgraciados que nunca. Esas torturas duran a veces más de una hora.

Adoran también una especie de oscilación entre las notas bajas o medias. En una cadencia ya bastante rápida, introducen una cantidad de palabras inverosímiles, que son como una declamación multiplicada por cuatro. Nada mejor se había logrado en materia de movimiento, antes de la locomotora. Y todo eso que no es nada desagradable, termina en un pequeño alarde bastante mediocre, agrio y sin vuelo, muy de opereta.

* * *

Nadie les enseñará rapidez. En el drama que posee una variedad desconocida en Europa, entra todo, los nueve ingredientes. La obra dramática se sucede sin interrupción, en siete horas, a través de doscientas cincuenta escenas, y no sé cuántos cambios de decoración. Todo con un ritmo y gestos apenas indicados y pronto olvidados. El conjunto es divertido y lleno de agilidad.

El cinematógrafo no les ha enseñado nada. Ya, desde antes, iban mucho más rápido. Las réplicas son seguidas, en la sala, con grandes carcajadas, pronto masticadas, tragadas, desaparecidas. Descargas.

Hay dentro una fuerza que fustiga y dice: «Vamos, no arrastre, no redondee.» Se canta, se repite la misma canción en otro tono. Luego la melodía se rompe de pronto, y luego se vuelve a cambiar de tono. Los actores salen sin dejar atmósfera tras ellos. Las escenas pasan rápidamente en el orden cronológico natural muy seguido, y hasta un asno comprendería. Como no hay atmósfera, las interrupciones no cuentan. En el proscenio, un hombre reducido a una extrema miseria, implora la caridad. Un bromista (todos tienen el sentido de lo cómico. Muchas escenas son extraordinariamente estrambóticas), un bromista de la platea le tira un anna (un centavo), en seguida toda la sala se divierte echándole centavos. Eso duró, estoy seguro, ocho o diez minutos; luego siguió la función.

Otra vez, asistía a la última representación de una compañía teatral. Se daba un drama de tendencia moralizadora, movido y de argumento desgarrador.

Bueno, en medio de las respuestas, los espectadores subían al escenario, niños en general, en montón, para ofrecerles collares de flores que el actor se ponía al cuello, en el acto, y naranjas que se metía en los bolsillos, o guardaba en las manos, como podía, y la representación continuaba.

Una costumbre muy incómoda para el europeo. Los papeles de mujeres los representan hombres vestidos de mujer —especies de engendros, a veces con una hermosa voz de falso contralto.

«Estos papeles, me explicaba un espectador, no podrían ser representados por mujeres. Son demasiados difíciles (!). Los jóvenes que usted verá se han ejercitado, desde niños, en feminizarse. Y un; hombre, que se ejercita, va mucho más lejos que una mujer.» 

He aquí, me decía yo, las razones. Pero cuando vi los actores, no me desencantaron demasiado. Tenían realmente una porción de inflexiones femeninas, a cada momento, hasta en los apartes... de aquéllos que las mujeres descuidan, si se puede decir. Pero lo ficticio no vale lo genuino.

Después vi, en Madrás, a Sundarambd, la gran actriz tamil, maravillosa cantante, la única dravidia hermosísima que he visto, y de un gran talento. Parecía tener en el cuerpo, simultáneamente, sangre, aceite y petróleo. Cuando apareció, aplastó a las otras mujeres (que eran hombres). Antes de hacer un gesto (hacía muy pocos), antes de cantar. Tenía la salud femenina, la mujer hecha por las glándulas y por el alma. Las otras eran coquetas, pues el hombre no puede ser una mujer natural. Trataban de ser mujeres. Ella trataba de ser un ser humano. Lo conseguía, sin duda. Pero en ella subsistía ese algo esencialmente peculiar, más turbador, porque no le daba importancia, la feminidad.

* * *

Sería muy extraño que la raza hindú, exenta de dones psíquicos, se hubiera ocupado tanto del ocultismo.

Aunque muchos hindúes, que tienen una cultura europea, hayan perdido sus dones metapsíquicos, un buen número, sobre todo entre los subalternos, no habiendo estudiado nada, han sufrido en menor grado la deformación mental y los han conservado.

Había un empleado de South Indian Railway que curaba las picaduras de serpiente. Cuando alguien había sido picado, un pariente corría a la estación: «¿Dónde está el empleado tal?»

—¡Ah! está en el tren de la línea de...

Se le telegrafía: «Fulano, picado, serpiente». El telegrama corría de estación en estación al encuentro del tren y del hombre.

Se esperaba ansiosamente una respuesta. Al fin llegaba: «He will be all right». Y todos se regocijaban. Y el veneno ya no tenía efecto.

¿Qué hacía el empleado? Y bien, se recogía un instante en un compartimento. «En el nombre de... (un santo cualquiera) que el veneno no suba.» Luego volvía a perforar pasajes de tren.

Cientos de telegramas cambiados, y cientos de venenos hechos agua.

Dones psíquicos análogos se encuentran en todas las castas, en las más nobles y en las más despreciadas, hasta en los barberos y aun en los zapateros.

Se comprende que en un país semejante, las distinciones entre los imbéciles y los no-imbéciles sean poco satisfactorias.

El empleado en cuestión era tal vez un «imbécil» mental, o un amoral, como sucede con frecuencia. Pero, no obstante, utilizaba más completamente los recursos del ser total que sus jefes.

En la India, el espíritu crítico no es lo que cuenta.

¿Pero es lo principal ser un espíritu crítico?(2)

* * *

Cuanto más vida interior se tiene, tanto menos abordable se es.

Así el inglés, así el bengalí.

Cada vez que leo un escrito, a las diez líneas ya estoy interesado. Tiene el bengalí algo de verdadero, de genuinamente verdadero, y que no es ni la santidad, ni la verdad, sino la vida interior.

Cuando se lee un bengalí, no se puede menos que quererlo. Emociona, además es importante. Uno no tiene que rebajarse.


Notas


1. Magia en el sentido primero de la palabra; la lectura del Ramayana de Tulsi Das absuelve de todo pecado.
Ese Tulsi Das, que había escrito el Ramayana y las aventuras de Hanuman y del ejército de los monos, poeta como era, fue encarcelado por un rey.
Meditó en la prisión; de su meditación surgió Hanuman y un ejército de monos que saquearon el palacio y la ciudad, y lo liberaron. Bien, abramos un concurso: ¿Qué poeta europeo podría hacer lo mismo? ¿Quién sería capaz de hacer nacer un ratón para defenderlo? 

2. n. n. Ejemplo poco convincente, que debió impresionarme por lo raro, los hindúes parecen menos inclinados a las curaciones metanaturales que sus semejantes europeos.
En el país que más gusta de lo oculto y de lo maravilloso, donde decenas de operaciones parapsíquicas singulares han sido en todos los tiempos estudiadas y practicadas, ciertos conocimientos, faltos tal vez de discípulos, desaparecen. No hay nada permanente. 
Lo que las multitudes asombradas vieron todavía en el siglo XIX, las proezas de los faquires, no se encuentran ya.
¿Habría en ello progreso, búsqueda de un arado superior?
Lo que pasa a ser lo más célebre, lo más destacable, lo más buscado, es la presencia de ciertos hindúes que, con sólo verlos o acercarse a ellos, dan una especie de sosiego, o más bien de bonanza interior, que no deja que cuidados y preocupaciones se nos aparezcan.
Y algunos Maestros procuran el estado de Samadhi
Múltiples ejercicios de Hathayoga han encontrado también en este siglo disciplinado una nueva y casi universal extensión).




En Un bárbaro en Asia (1930/31)
Traducción Jorge Luis Borges
Barcelona, Tusquets Editores, 2001
Foto: HM en Buenos Aires ca 1936/38 por Gisèle Freund

12 sept. 2011

James Joyce: Arabia

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Manos de James Joyce por Gisele Freund


North Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto a la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias decentes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas. 

El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel, con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era un cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana. 

Cuando llegaron los cortos días de invierno oscurecía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuando nos reuníamos en la calle, ya las casas se habían hecho sombrías. El pedazo de cielo sobre nuestras cabezas era de un color morado moaré y las luces de la calle dirigían hacia allá sus débiles focos. 

El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nuestros cuerpos relucían. 

Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nuestras carreras nos. llevaban por entre los oscuros callejones fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajo la baqueta de las salvajes tribus de las chozas hasta los portillos de los oscuros jardines escurridos en que se levantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorosos establos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a su caballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuando regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las cocinas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando la esquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que entraba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a la puerta llamando a su hermano para el té, desde nuestra oscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo. Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entraba, y si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resignados, caminábamos hasta el quicio de la casa de Mangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado contra la luz que salía por la puerta entreabierta. Su hermano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso, y yo me quedaba junto a la reja a mirarla. Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa. 

Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala delantera para vigilar su puerta. Para que no me viera bajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando salía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasillo, agarraba mis libros y le caía atrás. Procuraba tener siempre a la vista su cuerpo moreno, y cuando llegábamos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba, apretaba yo el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un día tras otro. Nunca había hablado con ella, si exceptuamos esas pocas palabras de ocasión, y, sin embargo, su nombre era como un reclamo para mi sangre alocada. 

Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábados por la tarde, yo "tenía que ir con ella para ayudarla a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por borrachos y baratilleros, entre las maldiciones de los trabajadores, las agudas letanías de los pregoneros que hacían guardia junto a los barriles de mejillas de cerdo, el tono nasal de los cantantes callejeros que entonaban un «oigan-esto-todos» sobre O'Donovan Rossa o una balada sobre los líos de la tierra natal. Tales ruidos confluían en una única sensación de vida para mí: me imaginaba que llevaba mi cáliz a salvo por entre una turba enemiga. Por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría o no a hablarle, y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como dedos que recorrieran mis cuerdas. 

Una noche me fui a la saleta en que había muerto el cura. Era una noche oscura y lluviosa y no se oía un ruido en la casa. Por uno de los vidrios rotos oía la lluvia hostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de agua jugando en sus camas húmedas. Una lámpara distante o una ventana alumbrada resplandecía allá abajo. Agradecí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos parecían desear echar un velo sobre sí mismo, y sintiendo que estaba a punto de perderlos, junté las palmas de mis manos y las apreté tanto que temblaron, y musité: «¡Oh, amor! ¡Oh, amor!», muchas veces. 

Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mí, sus primeras palabras fueron tan confusas que no supe qué responder. Me preguntó si iría a la «Arabia». No recuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feria fabulosa, dijo ella; le encantaría a ella ir. 

—¿Y por qué no vas? —le pregunté. 

Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a un brazalete de plata en su muñeca. No podría ir, dijo, porque había retiro esa semana en el convento. Su hermano y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedé solo recostado a la reja. Se agarró a uno de los hierros inclinando hacia mí la cabeza. La luz de la lámpara frente a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cuello, le iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendiendo, daba sobre su mano en la reja. Caía por un lado de su vestido y cogía el blanco borde de su pollera, que se hacía visible al pararse descuidada. 

—Te vas a divertir —dijo. 

—Si voy —le dije—, te traeré alguna cosa. 

¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sueños, despierto o dormido, después de aquella noche! Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí rabia al estudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aula su imagen se interponía entre la página que quería leer y yo. Las sílabas de la palabra «Arabia» acudían a mí a través del silencio en que mi alma se regalaba para atraparme con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir a la feria el sábado por la noche. Mi tía se quedó sorprendidísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de los masones. Pude contestar muy pocas preguntas en clase. Vi la cara del maestro pasar de la amabilidad a la dureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de holgorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo, y me parecía juego de niños, feo y monótono juego de niños. 

El sábado por la mañana le recordé a mi tío que deseaba ir a la feria por la noche. Estaba atareado con el estante del pasillo buscando el cepillo de su sombrero, y me respondió, agrio: 

—Está bien, muchacho, ya lo sé. 

Como él estaba en el pasillo no podía entrar en la sala y apostarme en la ventana. Dejé la casa de mal humor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire era implacablemente crudo, y el ánimo me abandonó. 

Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no había regresado. Pero todavía era temprano. Me senté frente al reloj por un rato, y cuando su tic-tac empezó a irritarme me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos de arriba, fríos, vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto en cuarto cantando. Desde la ventana del frente vi a mis compañeros jugando en la calle. Sus gritos me llegaban indistintos y apagados, y, recostando mi cabeza contra el frío cristal, miré a la casa a oscuras en que ella vivía. Debí estar allí parado cerca de una hora, sin ver nada más que la figura morena proyectada por mi imaginación, retocada discretamente por la luz de la lámpara en el cuello curvo y en la mano sobre la reja y en el borde del vestido. 

Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré a Mrs. Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina, viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos para una de sus obras pías. Tuve que soportar todos esos chismes de la hora del té. La comelata se prolongó más de una hora, y todavía mi tío no llegaba. Mrs. Mercer se puso en pie para irse: sentía no poder esperar un poco más, pero eran más de las ocho y no le gustaba andar por afuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuando se fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando los puños. Mi tía me dijo: 

—Me temo que tendrás que posponer tu tómbola para otra noche del Señor. 

A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de la calle. Lo oí hablando solo y oí crujir el estante del pasillo cuando recibió el peso de su sobretodo. Sabía interpretar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena le pedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le había olvidado. 

—Ya todo el mundo está en la cama y en su segundo sueño —me dijo. Ni me sonreía. Mi tía le dijo, enérgica: 

—¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo que se vaya? Bastante que lo hiciste esperar. 

Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijo que él creía en ese viejo dicho: «Mucho estudio y poco juego hacen a Juan majadero.» Me preguntó que a dónde iba yo, y cuando se lo dije por segunda vez, me preguntó que si no conocía «Un árabe dice adiós a su corcel». Cuando salía de la cocina se preparaba a recitar a mi tía los primeros versos del poema. 

Apreté el florín bien en la mano mientras iba por Buckingham Street hacia la estación. La vista de las calles llenas de gente de compras y bañadas en luz de gas me hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté en un vagón de tercera de un tren vacío. Después de una demora intolerable, el tren salió lento de la estación y se arrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre el río rutilante. En la estación de Westland Row la multitud se apelotonaba a las puertas del vagón; pero los conductores la rechazaron diciendo que éste era un tren especial a la tómbola. Seguí solo en el vagón vacío. En unos minutos el tren arrimó a una improvisada plataforma de madera. Bajé a la calle y vi en la iluminada esfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente a mí había un edificio que mostraba el mágico nombre. 

No pude encontrar ninguna de las entradas de seis peniques, y, temiendo que hubieran cerrado, pasé rápido por el torniquete, dándole un chelín a un portero de aspecto cansado. Me encontré dentro de un salón cortado a la mitad por una galería. Casi todos los estanquillos estaban cerrados y la mayor parte del salón estaba a oscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesias después del servicio. Caminé hasta el centro de la feria tímidamente. Unas pocas gentes se reunían alrededor de los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante de una cortina, sobre la que aparecían escritas las palabras Café Chantant con lámparas de colores, dos nombres contaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo caían las monedas. 

Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui hacia uno de los estanquillos y examiné los búcaros de porcelana y los juegos de té floreados. A la puerta del estanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóvenes. 

Me di cuenta que tenían acento inglés y escuché vagamente la conversación. 

—¡Oh, nunca dije tal cosa! 

—¡Oh, pero sí! 

— iOh, pero no! 

—¿No fue eso lo que dijo ella? 

 —Sí. Yo la oí. 

—¡Oh, vaya, pero qué… embustero! 

Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si quería comprar algo. Su tono de voz no era alentador; parecía haberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré humildemente los grandes jarrones colocados como mamelucos a los lados de la oscura entrada al estanquillo y murmuré: 

—No, gracias. 

La jovencita cambió de posición uno de los búcaros y regresó a sus amigos. 

Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otra vez la jovencita me echó una mirada por encima del hombro. 

Me quedé un rato junto al estanquillo —aunque sabía que quedarme era inútil— para hacer parecer más real mi interés en la loza. Luego me di vuelta lentamente y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dos peniques junto a mis seis en el bolsillo. Oí una voz gritando desde un extremo de la galería que iban a apagar las luces. La parte superior del salón estaba completamente a oscuras ya. 

Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y puesta en ridículo por la vanidad, y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.



Dublineses
Traducción: Guillermo Cabrera Infante
Madrid, Alianza Editorial, 1991
Fuente foto


26 may. 2008

Fotografías de Gisèle Freund

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Comprometida políticamente desde muy joven, Gisèle Freund hizo de su cámara un arma cargada de futuro. Fotógrafa peculiar y socióloga de la fotografía y las gentes, luchó no sólo por la dignidad de la mujer, sino por la de los seres humanos. Nadie se explica cómo fue capaz de retratar a tantos y tantos escritores y artistas como André Malraux, Bernard Shaw, Walter Benjamin, José Ortega y Gasset, Colette, Diego Rivera, Frida Kahlo, Vladimir Nabokov, André Breton y Paul Valéry, entre otros. También inmortalizó a Juan Domingo Perón y a su esposa, Evita, y fue considerada la retratista oficial del ya fallecido presidente de la República francesa François Miterrand.

Su revolucionario concepto de la fotografía chocó con dificultades de todo tipo, pero siempre salió triunfador. Definió sucinta y expresivamente lo esencial del retrato, su especialidad, en una frase: “No sé por qué los seres humanos se cubren los genitales cuando el rostro es lo más desnudo que tenemos”. Fue una amante entregada y sincera de la disciplina artística que cultivaba, aunque al final de su vida, dominada por un cierto y desolador escepticismo, sentenciara: “La fotografía es la total falsificación de la realidad”.

Fallecida el 31 de marzo de 2000, Gisèle Freund nació el 19 de noviembre de 1908 en el barrio berlinés de Schöneberg. Allí pasó sus primeros años. Allí acabó su bachillerato y por tan sobresaliente motivo su padre le regaló una cámara. Era una mítica Leica, que hacía poco se había comenzado a fabricar en serie.

Sus primeras fotografías impactantes datan de 1932. Las realizó durante las manifestaciones de los demócratas, el primero de mayo en Francfort, contra el incipiente nazismo alemán. Eran tiempos de crisis en todo el mundo. Bien reciente estaba el desplome financiero de la Bolsa de Nueva York y en muchos países de Europa, no sólo en Alemania, surgía la amenaza del fascismo. Gisèle captó esta situación con una sensibilidad y precisión envidiables. Estudiaba Sociología y estaba comprometida políticamente con los defensores de la democracia. En el año 33, Hitler tomó el poder. Cuando iba a ser detenida, alguien la avisó y huyó a París. Sobre este episodio recordaba décadas después: “París parecía un remanso de paz después de las semanas que acababa de vivir. Al parecer nadie tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo en Alemania; nadie sabía nada de la brutalidad del nuevo régimen, de los campos de concentración, las persecuciones...”.

En 1935, conoció a Adrienne Monnier, propietaria de la librería La Maison des Amis des Livres, quien la ayudaría en su carrera. Fue Monnier quien le presentó a la mayoría de los intelectuales, sobre todo escritores, que atrapó en su objetivo. El primero fue Malraux.

Tras ultimar sus estudios en la Sorbona y presentar en 1936 su tesis doctoral, La fotografía en Francia en el siglo XIX, publicada por Monnier, se dedicó casi compulsivamente a inmortalizar a los escritores del momento. En i938 realizó sus primeros trabajos en color. Supo diferenciar entre las fotografías que fueron hechas por encargo, para asegurar su manutención, y las realizadas por mero interés personal, aunque en ningún momento esta distinción afectó a la calidad de sus trabajos. En ocasiones rechazaba lucrativos encargos ante el temor de condicionamientos o exigencias inaceptables. Su ética le impedía el retoque manual, antecedente de la sofisticada digitalización de hoy mediante la que se puede corregir la imagen.

Perseguida por la Gestapo. 1939, sus retratos de James Joyce adquirieron una gran fama. Uno de ellos fue portada de la revista Life, con motivo de la publicación de El despertar de Finnegan. Sin embargo, nuevos tambores de guerra volvieron a atormentar su espíritu pacífico y pacifista. Las tropas alemanas se encontraban cerca de París, y su nombre, subrayado en la lista de perseguidos por la Gestapo. Se refugió en un pueblecito francés del Lot llamado Saint Sozy.

Su frenética actividad fotográfica se tomó un descanso y sólo captó algunas instantáneas de los miembros de la familia que la acogió. Francia vivía momentos de angustia. Gisèle, perseguida por roja y por judía, no era ajena al temor que planeaba por Europa como una voraz ave de rapiña. Así, en 1942 decidió viajar a Argentina invitada por Victoria Ocampo, conocida y reconocida intelectual y fundadora de la revista y editorial Sur. Comienza así su segundo exilio. Allí permanecerá hasta poco después de finalizar la guerra.

Gisèle recordaba, entre nostálgica y divertida, unos años más tarde su llegada. “La primera impresión de un país o una ciudad siempre es decepcionante. Cuando llegué a Buenos Aires por mar, lo primero que vi fueron muelles interminables, hombres descargando camiones, cargueros humeantes... El funcionario de inmigración examinó mi documentación: ‘¿Es usted francesa y artista de profesión?’ y me miraba de un modo muy extraño mientras añadía: ‘¿Qué tipo de artista?’. ‘Fotógrafa, si no le importa’, le respondí. Sin apenas inmutarse, pero con un gesto muy explícito y un tanto malévolo, me espetó: ‘Será mejor cambiar el término; muchas francesas entran en el país como artistas, bueno, usted ya sabe, tienen una profesión, digamos, peculiar’”.

Después del final de la contienda, regresó a Francia para, posteriormente, viajar a Estados Unidos. En i947, se integró en la conocida agencia fotográfica Magnum, del no menos conocido Robert Capa. De esa época data su reportaje sobre Eva Perón que, en 1950, publicó Life y que adquirió una enorme trascendencia. Klaus Honnef, biógrafo de la artista, lo relata así: “En el reportaje dedicado a ella, Evita Perón, esposa del carismático presidente argentino Juan Perón, se descubre a la cámara. La fotógrafa no pretendía formular una denuncia. El ángel de los pobres, como le gustaba ser llamada, se presenta en todo el esplendor de sus joyas, sombreros y vestidos. Así se solaza doblemente en el espejo de la belleza, en contraste con su encuentro semanal con los más desfavorecidos”.

Ese mismo año fue invitada a pronunciar varias conferencias en México. Viajó con la intención de permanecer allí durante dos semanas pero el país y sus gentes ejercieron tal magnetismo sobre ella que su estancia se prolongó hasta 1952. Conoció y trató a artistas de la talla de Diego Rivera, Orozco y Siqueiros y, por supuesto, a Frida Kahlo. Sus fotos de Rivera son ensalzadas por su magnífico colorido y su calidad; en ellas, la imagen del pintor se funde con las figuras y las formas de una de sus pinturas en México ciudad.

Decepción. De vuelta a Estados Unidos habría de sufrir una brutal decepción. Su nombre había aparecido en las listas negras de intelectuales, artistas y actores considerados comunistas por el senador estadounidense McCarthy, que ha pasado a la historia únicamente por esta obsesión anticomunista. Fue el episodio que se conoció como la caza de brujas, localizado fundamentalmente en los estudios cinematográficos de Hollywood. Robert Capa, ante tal circunstancia, y comportándose igual que muchos de los reaccionarios e insolidarios productores y dueños de los grandes estudios, despidió a la fotógrafa. Primó, claro está, el negocio.

Pero Gisèle no se arredró y siguió trabajando. Hizo fotos, publicó libros, pronunció conferencias y llegó a ser la autora del retrato oficial del presidente francés Miterrand en i98i. Recibió premios y galardones; fue admirada y ensalzada. Sus controvertidas opiniones sobre el mundo de la fotografía comenzaban a ser conocidas a través de sus libros y suscitaban críticas, en muchos casos nada benévolas, entre sus colegas. Freund se mostraba escéptica, como dice Honnef, ante la reivindicación de la categoría de arte por parte de la fotografía y creía que, si finalmente había conquistado ese territorio, se debía a una “confusión”.

Su credo se resumía en la siguiente fórmula: “Una fotografía nunca puede decir más de lo que ve el fotógrafo. El verdadero valor de una depende de la habilidad del fotógrafo para seleccionar, entre un cúmulo de detalles que llaman la atención y que confunden a la vez, aquellos que le parecen los más característicos. Los conocimientos técnicos no son decisivos, lo más importante es saber ver”. Murió el 31 de marzo del año 2000; con ella desapareció un concepto ético de la imagen. Sin ella, la historia de la fotografía no hubiera sido como es.

por Ignacio Maldini