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12 jun. 2015

Descarga: Sigmund Freud - La interpretación de los sueños

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Descarga: Sigmund Freud - La interpretación de los sueños

Ninguna teoría acerca del funcionamiento y estructura de la mente ha ejercido tanta influencia ni ha adquirido un estatus tan preponderante como la doctrina psicoanalítica, cuyas categorías y explicaciones no tardaron en convertirse en núcleo de un modo radicalmente nuevo de entender la realidad psíquica que ha marcado de forma notable el siglo XX. La teoría de interpretación de los sueños de Freud representa las primeras teorías de este con relación a la naturaleza de la psicología de sueños inconscientes, la importancia de las experiencias de la infancia, el lenguaje "hieroglífico" de los sueños y el método que el llama "psicoanálisis".

En esta obra Freud utiliza sus propios sueños como ejemplos para demostrar su teoría sobre la psicología de los sueños. Freud distingue entre el contenido del sueño "manifiesto" o el sueño experimentado al nivel de la superficie, y los "pensamientos de sueño latentes", no conscientes que se expresan a través del lenguaje especial de los sueños.

9 sept. 2011

Martin Freud - Papá odiaba las bicicletas...

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Papá odiaba las bicicletas, no sé por qué, pero le disgustaban, aunque amigos como el viejo profesor Kassowitz eran entusiastas ciclistas; éste con frecuencia se llevaba a toda su familia en largas excursiones de ciclismo. Los herederos de estos entusiastas son los ágiles jóvenes y muchachas ciclistas que se ven hoy en las grandes ciudades deslizándose velozmente mientras desafían a la muerte entre el tránsito motorizado. En aquellos tiempos los vehículos a motor eran aún raros y la bicicleta, que podía desafiar la distancia y el tiempo, tenía la cualidad casi mágica de dejar atrás al caballo de montar o de tiro. Los caminos no eran como los de ahora y los arriesgados ciclistas tenían muchas dificultades (y muchos chichones) mientras se abrían paso, pero la afición era real y para papá afectaba a todas las clases. Las motocicletas pronto parecieron lograr el rechazo de papá. Pese a su disgusto por las bicicletas, no llegó a prohibir a sus hijos que practicasen el nuevo deporte y a todos se nos equipó con buenos y nuevos modelos. Esto no impidió que expresase sus sentimientos cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. 

Recuerdo cuando hizo un viaje de reconocimiento para encontrar un nuevo lugar de vacaciones para la familia. El lugar era Mondsee en el Salzkammergut. De allí envió a casa un poema diciendo que el Mondsee no convenía, y el motivo del verso era el gran número de ciclistas, que la hacía insegura para los niños. El poema de papá no se presta a la traducción, principalmente por la acrobacia con el idioma alemán que parecía deleitarle. Decía que había que detestar a los ciclistas por el polvo que levantaban y la cantidad de niños que derribaban (Weil sie den Staub linieren un die Kinder ueberfuehren). 

Su insistencia en el derribar de los niños fue tal vez desdichada porque no pasó mucho hasta que su hijo mayor atropelló a un niño y fue arrestado, siendo conducido a la más cercana estación de policía. 

El resultado fue que regresé a casa muy tarde, después que mis hermanos y hermanas se habían acostado, pero mis padres formaban una audiencia interesada. En mi relato destaqué repetidamente lo bien dispuesto y hasta amable que había sido el oficial de policía, y mamá, que hacía muchas preguntas, lo apreció. Por el contrario, papá, que había escuchado en silencio, terminó la reunión observando con frialdad: "Sin duda ese oficial de policía es un ciclista". 

Lo que Ernest Jones en su biografía de mi padre denomina "la emergencia del aislamiento" no fue un cambio bienvenido por nosotros. Creo que preferíamos el aislamiento de papá. Él no sólo era generoso con su dinero sino también con su tiempo, aunque realmente no disponía de mucho para ofrecer. Trabajaba diez horas por día en análisis, aparte de escribir trabajos y su correspondencia. 

Naturalmente, eran muy ligeros los contactos de sus hijos con los sabios que venían a visitarlo para discutir sus teorías. A los visitantes generalmente se les invitaba a quedarse a comer y casi siempre notamos que les interesaba poco el alimento que les servían y tal vez menos mamá y nosotros. Sin embargo siempre se esforzaban por mantener una conversación cortés con ella y nosotros, casi siempre sobre teatro o deportes, porque el tiempo no era un tema útil como lo es en Inglaterra para esas oportunidades. No obstante se advertía fácilmente que lo que deseaban era que terminase la reunión social y volver con papá a su estudio para hablar más del psicoanálisis. Jung era una excepción. Nunca hacía el menor intento de hablar con mamá o con nosotros sino que continuaba el debate interrumpido por el llamado a la mesa. En estas ocasiones hablaba él solo, y papá lo escuchaba con no disimulado deleite. Entendíamos poco de aquello pero para mí como para papá era fascinante su manera de describir un caso. Recuerdo ahora el caso de un hombre que después de ser tímido y estar inhibido durante los dos primeros tercios de su vida, en la segunda parte de su edad madura desarrolló una personalidad dominante, y la historia de otro, un esquizofrénico, cuyo dibujo revelaba sorprendente vitalidad y excelencia. 

Los casos no tenían gran importancia por sí. Debatidos por Jung se convertían en cuadros claros. 

Aquellos de mis lectores que han estudiado psicología moderna aprendieron mucho sobre Jung —probablemente tanto como de Freud—, pero para otros su nombre puede carecer de significado. Jung tenía un cargo directivo en la más famosa clínica psiquiátrica de Suiza y era un científico de gran reputación. Creo que sus características más importantes eran su vitalidad, su vivacidad, su capacidad de proyectar su personalidad y de controlar a quienes lo escuchaban. 

Jung tenía una presencia imponente. Era muy alto y de anchas espaldas, erguido parecía más un soldado que un hombre de ciencia y médico. Tenía una cabeza teutona con un prominente mentón, pequeño bigote, ojos azules, delgado, cabello cortado al rape. Sólo lo vi una vez. Cuando después actué mucho en los círculos psicoanalíticos ya había abandonado a los partidarios de Freud; no puedo decir de que haya reparado en mí. 

Mi hermana Matilde me dijo que una vez cuando hacía compras en Viena con Jung y su familia, se ordenó atención a los soldados que bordeaban la calle. El emperador iba a pasar. Con un rápido "Perdónenme por favor" Jung corrió para unirse a la multitud con tanto entusiasmo como un muchacho. 

Uno de los muy pocos psicoanalistas que demostraron interés por los hijos de su anfitrión en Bergasse era el doctor Sandor Ferenczy, de Budapest. Gozaba del especial favor de papá. Hombre vivaz, ingenioso y muy afectuoso, no tuvo la menor dificultad en lograr mi devota amistad, no afectada por el hecho de que yo sabía que él asumía el papel de mentor en el deseo de ayudarme en mi tránsito de la adolescencia a la madurez. 

No conocí al doctor Adler, a quien los biógrafos, así como aquellos que escriben sobre psicoanálisis, asociaron con tanta frecuencia a mi padre. 

Sabíamos de las reuniones de los miércoles a la noche en la sala del departamento de Bergasse donde grandes mentes dirigidas por papá se esforzaban por hacer afluir el conocimiento sospechado, pero aun fugitivo y no registrado con la precisión que demanda la ciencia. Oíamos cuando llegaban, pero raras veces los veíamos. La inevitable curiosidad de muchacho me llevó a inspeccionar la disposición de la sala antes que llegasen los invitados. Junto a cada silla alrededor de la mesa había siempre un cenicero de la colección de papá, algunos de jade chino. Comprendía la necesidad de esta multiplicidad de ceniceros una noche cuando al volver de un baile miré a la sala de la que acababan de salir los visitantes. El ambiente estaba todavía cargado de humo y me pareció maravilloso que seres humanos pudiesen haber vivido allí unas horas y que se pudiese hablar sin inconvenientes en esa humareda. No pude comprender nunca cómo lo soportaba papá y menos que le agradase, y sin embargo así era. Es posible que para alguno sus visitantes la atmósfera cargada de humo fuese ordalía, pero lo consideraban un bajo precio por el alto privilegio de un estrecho contacto personal con un gran maestro. 

Raras veces vi al doctor Fliess, el mejor amigo de papá durante dieciséis años, y no puedo recordar detalles personales de él. Su retrato, aun después de finalizar aquella gran amistad, siempre quedó en un lugar de honor en el estudio de mi padre. Otra amistad, la del doctor Breuer, había terminado mucho antes de que yo tuviese uso de razón, pero las relaciones con su familia quedaron cordiales y aun tengo unas fotos que muestran a los hijos de Freud y los nietos de Josef Breuer jugando en las vacaciones de verano en Altaussee. Por rara coincidencia un nieto de Josef Breuer y uno de Sigmund Freud (mi hijo), ambos oficiales británicos en la N° 1 Special Force, se arrojaron en paracaídas del mismo aeroplano en territorio enemigo durante los últimos meses de la guerra y ambos sobrevivieron.


En Sigmund Freud, mi padre
Imagen: © Bettmann/CORBIS


17 abr. 2007

Freud

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