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6 abr. 2013

Benjamin Franklin: Sobre la libertad y la necesidad, el placer y el dolor (1725)

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A James Ralph

Muy señor mío:

De acuerdo con su petición, voy a darle noticia de mis creencias presentes sobre el universo. Se las daré con toda sinceridad y si le valen de satisfacción me daré yo también por satisfecho. Sé de antemano que mi planteamiento es susceptible de numerosas objeciones por parte de lectores con menos discernimiento que usted; pero no es en esos lectores en quienes pienso al escribir. Le tengo que prevenir de que tenga cuidado en distinguir las partes hipotéticas de mis razonamientos de las concluyentes. Se podrá dar usted cuenta de lo que tomo como tema de tesis y de simple hipótesis. En conjunto lo someto a su parecer, y tendré en cuenta su estima y criterios para calorar yo mismo mi trabajo.


Sección Primera: Libertad y Necesidad

I. Se dice que existe un primer motor, llamado Dios, autor del Universo.
II. Se le considera poseedor de sabiduría, bondad y poder sumos.

Estas dos premisas vienen a ser coincidentes entre todas las sectas y opiniones y las doy por sentadas como previas a mi argumentación. Lo que viene a continuación, por consiguiente, no es más que una cadena de conclusiones derivadas de ellas que sólo se mantendrán en la medida en que resulten verdaderas o falsas.

III. Es toda bondad, luego no puede hacer más que el bien.
IV. Es todo sabiduría, luego no puede equivocarse.

Lo verdadero de estas proposiciones en relación con las dos primeras es, a mi juicio, evidente; opino que ni la bondad absoluta puede dar lugar a lo malo ni la sabiduría infinita a lo erróneo, o caeríamos en una contradicción que repugnaría al sentido común del hombre.

V. Es todopoderoso; luego no puede existir ni actuar nada en el universo contra o sin su conocimiento; y lo que Él consiente ha de ser bueno, ya que es la bondad misma; luego no existe el Mal.

La eterna cuestión es ¿Unde Malum? Muchos de los pensadores que en el mundo han sido se han sentido perplejos ante esta pregunta. Se admite que existen muchas cosas y actos a los que calificamos de malos: el dolor, la enfermedad, la necesidad, el latrocinio, el crimen, etc. Que en realidad no son ni males ni enfermedades ni defectos en el orden universal, se demostrará en la sección próxima, así como en la presente proposición y en la siguiente. Evidentemente, suponer que algo exista o se haga en contra de la voluntad del Todopoderoso es negarle esa condición de todopoderoso. Son contradicciones indefendibles. Y negar que toda cosa o acción cuya existencia Él consienta han de ser buenas, es negar sus dos atributos de Sabiduría y Bondad.

Los filósofos nos dicen que nada se hace en el universo sino porque Dios lo hace o lo permite. Tal cosa, como es todopoderoso, es cierta, pero ¿por qué esta distinción entre hacer y permitir? En efecto: ellos dan por sentado que hay muchas cosas en el universo que existen de tal modo que no son perfectas, y que se hacen cosas que no debieran hacerse. Tales cosas o acciones no pueden atribuírselas a Dios porque empezamos por atribuirle la Sabiduría y la Bondad. Ahí reside la clave de la palabra permitir. Él permite que se hagan, nos dicen estos filósofos. Pero nosotros razonamos de esta suerte: si Dios permite que se ejecuten acciones es porque o le falta poder o le falta voluntad para impedirlo; si admitimos que le falta poder, negamos que sea Todopoderoso, y si negamos que le falta voluntad de impedirlo, negamos que la acción sea mala o que Él sea la bondad absoluta, porque el mal es esencialmente contradictorio con la suprema Bondad.

Se me dirá tal vez que Dios permite las malas acciones con fines justos y razonables. Pero ésta es una afirmación que se autodestruye, desde el momento en que un Dios infinitamente bueno no puede permitir nunca el menor mal y cualquier cosa que Él permita que exista para fines buenos, por el mero hecho de permitirla, se convierte en buena.

VI. Si una criatura está hecha por Dios, dependerá de Dios, de quien recibirá toda su fuerza, con lo cual esa criatura no podrá hacer nada que sea contrario a la voluntad de Dios, porque Dios es Todopoderoso, sino que tendrá que ser agradable a ella; pero lo que sea agradable a ella, debe de ser bueno, porque Él es bueno. Así, pues, no podrá ninguna criatura hacer nada que no sea bueno.

Esta proposición viene a ser lo mismo que la anterior, aunque más completa, y su conclusión igual de evidente. Aunque una criatura pueda realizar muchas acciones que su prójimo llame malas y que necesariamente ocasionen a su autor sufrimientos (que su prójimo llamará castigos). Esta proposición prueba que esa criatura no puede ejecutar cosas intrínsecamente malas o desagradables a los ojos de Dios, y que las dolorosas consecuencias de sus malas acciones (o las que así se consideran), no son, ni tienen por qué ser, ni castigos ni desgracias, es algo que veremos a continuación.

No obstante, el difunto y erudito autor del libro titulado La religión de la naturaleza (que le envío adjunto) nos ha proporcionado una pauta con la que poder descubrir cuáles de entre nuestras acciones se pueden denominar buenas y cuáles malas. Consiste esa creencia en lo siguiente: «Toda acción realizada de acuerdo con la verdad es buena; y toda acción contraria a la verdad es mala; actuar de acuerdo con la verdad es utilizar y estimar cada cosa como lo que es, etc. Es decir: si A le roba el caballo a B y se marcha con él, no lo usa como lo que es como propiedad de otro, sino como propio, lo que es contrario a la verdad y es por ello malo.» Pero, como dice este mismo caballero (sección I, proposición VI): «Para juzgar correctamente lo que es cada cosa hay que tener en cuenta no sólo lo que es desde un determinado punto de vista, sino desde cualquier otra posición; y hay que tener presente la descripción completa de la cosa en cuestión. En el caso mencionado habría que tener presente que A es un ser naturalmente codicioso, inquieto por la posesión del caballo de B, lo cual le produce una inclinación a tomarlo, más fuerte que su miedo al castigo a que se expone por hacerlo. Esto es la verdad, y A actúa de acuerdo con esa verdad cuando roba el caballo. Además, si se prueba que es verdad que A no controla sus actos, resultaría indiscutible admitir que actúa de acuerdo con la verdad, sin poder hacerlo de otro modo.»

No es que con esto se quiera alentar el robo o defenderlo. Es sólo a título de argumentación y no puede tener ningún efecto perjudicial. El orden y concierto de las cosas no se verá afectado por razonamientos de esta naturaleza, y resultaría en este sentido tan justo y necesario, y tan acorde con la verdad, que a B le repugnara el robo de su caballo y lo castigara, como que A le robara el caballo a B.

VII. Si, por consiguiente, la criatura se encuentra limitada en sus acciones y no puede ejecutar sino aquellas que Dios le permite, no dispondrá de nada que pueda llamarse libertad, libre albedrío o capacidad para hacer o no hacer.

Por libertad se entiende en ocasiones la ausencia de impedimento. En este sentido todas nuestras acciones puede decirse que son consecuencia de nuestra libertad, pero es una libertad del mismo tipo que la de un cuerpo grávido que cae a tierra; tiene libertad de caer, pero, al propio tiempo, no puede evitarlo, careciendo de libertad para permanecer suspendido en el aire.

Vamos a utilizar el mismo argumento en otro sentido. Supongamos que, en la acepción común de la expresión, somos agentes libres. Como el hombre forma parte de esta gran máquina que es el universo, sus acciones corrientes son requisito para que esa máquina siga moviéndose, y entre las cosas pueda elegir unas y rechazar otras, siendo por ello libre. Pero en cada momento concreto siempre habrá algo que es lo óptimo que se puede hacer y, por consiguiente, eso será lo bueno entonces y con respecto a ello todas las demás cosas serán, en aquel momento, malas. Para saber qué es lo óptimo que puede hacerse, y qué es lo que no lo es, es preciso que podamos prever las intrincadas consecuencias de cada una de nuestras acciones respecto del orden universal, tanto presente como futuro. Pero resulta que hay innumerables consecuencias y tan incomprensibles que se escapan al que no es omnisciente. Como esas cosas no las podemos prever, no tenemos más que una posibilidad entre diez mil de acertar, y nos veremos perpetuamente constreñidos a andar en tinieblas, a perturbar el universo, pues cada equivocación que cometa una parte de él será una falta o una mancha en el orden del conjunto del universo. ¿No será, por tanto, necesario que nuestras acciones sean gobernadas y orientadas por una providencia sapientísima? ¡Qué precisas y perfectas son todas las cosas en el mundo de la naturaleza! ¡Qué orden el de cada pieza dentro del conjunto! ¡No se puede descubrir ni el menor fallo! Los que han estudiado los reinos vegetal y animal demuestran que su armonía y su belleza no se pueden superar. ¡Y qué decir de los cuerpos celestes, de las estrellas y los planetas! ¿Es que hemos de admitir que en el orden moral haya de darse una negligencia que no se advierte en el natural? Sería como pensar en un artífice inteligente que hubiera construido curiosa máquina o un reloj, instalando todas sus ruedecillas y engranajes con tal interdependencia que no pudiera funcionar si no es con la mayor regularidad y sin fallos de ninguna de sus piezas, y a pesar de lo cual hubiera dejado que algunas de ellas se moviesen con independencia, ignorantes del general interés del reloj. Las tales piezas, moviéndose a su antojo, trastornarían todo el conjunto, obligando a trabajar incesantemente al operario encargado de repararlo. En este caso, ¿no estaría indicado como remedio quitarle a esa máquina las piezas rebeldes y sustituirlas por otras que se atuviesen al orden general?

VIII. Si no existe en realidad el libre albedrío en las criaturas, no existirían tampoco ni el mérito ni el demérito en ellas.
IX. Y, en consecuencia, todas las criaturas habrían de recibir de su creador idéntica estimación.

Parece que estas conclusiones se siguen necesariamente de lo anterior, pues no existe ninguna razón, en realidad, para que el Creador otorgara su estima en grado diverso a unas u otras partes de su obra, si ha usado de la misma Sabiduría y Bondad para crearlas, y todo vicio o defecto quedan automáticamente excluidos por su voluntad como contrarios a su naturaleza. El argumento entonces quedaría reducido a lo siguiente: Cuando el Creador concibió al universo, o su intención fue que todas las cosas existentes se ordenaran de la misma suerte en que están ahora, o su voluntad fue que lo estuviesen de otra manera. Decir que las quiso de otra manera es admitir que han contradicho su voluntad y roto el orden que él impuso, cosa incompatible con su Poder. Por consiguiente, habremos de concluir que todas las cosas existen hoy de una manera grata a su Voluntad y que, en consecuencia, todas son igualmente buenas y por ello igualmente estimadas por Él.

A continuación procederé a demostrar que, al ser todas las obras del Creador igualmente estimadas por Él, todas son igualmente utilizadas, como es justo que lo sean.


Sección II

A continuación haré un breve sumario de todo lo anterior.

1. Se da por sentado que Dios, Creador y Regulador del universo, es infinitamente sabio, bueno y poderoso.
2. Como consecuencia de Su infinita Sabiduría y Bondad, se admite que cuanto haga debe ser infinitamente sabio y bueno.
3. A menos de que algo o alguien se interpusiera en sus designios, lo cual es imposible porque Él es todopoderoso.
4. Consecuentemente con Su infinito Poder, se afirma que nada puede existir ni hacerse en el universo sin Su Voluntad, y que eso ha de ser necesariamente bueno.
5. Por eso el mal queda excluido, y con él, todo mérito o demérito; y, de la misma forma, se descarta toda preferencia de Dios por una parte de la creación.

Este es el resumen de la primera parte.

Pues bien, las nociones usuales sobre la justicia nos dirán que si todas las cosas creadas son igualmente agradables al Creador, deben ser usadas de la misma manera por Él. Y que lo son se deduce del argumento anterior. No obstante, vamos a confirmarlo demostrando cómo se usan por igual.

1. Una criatura dotada de vida y conocimiento capaz de sufrir intranquilidad y dolor.
2. Ese dolor produce deseos de liberarse de él en proporción a su intensidad.
3. Satisfacer ese deseo produce un placer de igual intensidad.
4. Por lo que el placer es equivalente al dolor.

De estas premisas se desprende:

1. Que todas las criaturas experimentan tanto placer como dolor.
2. Que la vida no es preferible a la insensibilidad, ya que placer y dolor se destruyen entre sí; que al ser al que se le sustraen diez grados de dolor de diez grados de placer no le queda nada, con lo que viene a estar en igualdad con el ser que sea insensible.
3. La primera parte demuestra que todas las cosas deben ser utilizadas por igual porque el Creador las estima por igual. Y esta segunda parte demuestra que son estimadas por igual porque son usadas por igual.
4. Como toda acción es consecuencia de la insatisfacción, la distinción entre vicio y virtud queda descartada...
5. No cabe pensar en un estado de mayor felicidad que el presente, porque placer y dolor son inseparable...

Me doy cuenta de que la doctrina que aquí expongo no encontraría, caso de publicarse, mas que una acogida indiferente, ya que la humanidad propende a dejarse halagar. Todo lo que satisface a nuestro orgullo y tiende a exaltar a nuestra especie sobre el resto de la creación nos lo solemos creer más fácilmente, mientras que las verdades que son desagradables se rechazan con la mayor indignación. «¿Qué?, se dirá, ¿es que nos vamos a comparar con los animales innobles del campo, con lo más bajo de la creación? No, eso no se puede admitir» Pero, si utilizamos el sentido común aunque sea sólo un poco, los gansos seguirán siendo gansos por mucho que pensemos que son cisnes, y la verdad no tiene más que un camino por mucho que a veces resulte desagradable o nos mortifique.


The Papers of Benjamin Franklin (Ed. de Labaree, I, 57-72)
En Autobiografía y otros escritos
Edición: Luis López Guerra (1982)
Imagen: Benjamin Franklin por Jean-Antoine Houdon/Foto Barney Burstein/Corbis

20 ago. 2012

Benjamin Franklin - Dos inventos

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Benjamin Franklin © Bettmann/CORBIS


Instrucciones para la construcción de pararrayos (1753)

Dios ha permitido en su magnanimidad para con la humanidad que por fin se descubriese el sistema de defender las viviendas contra las calamidades de los rayos. El método para lograrlo consiste en lo siguiente: Se coloca una varilla pequeña de hierro (puede valer la varilla que se utiliza para la fabricación de clavos), de tal largo que un extremo se clave en la tierra húmeda unos tres o cuatro pies, y el otro sobresalga de seis a ocho pies sobre la parte más alta del edificio. En la parte alta de la varilla se conecta como un pie de alambre de latón del calibre del tamaño de las agujas corrientes de calceta, y se afila su parte superior. La varilla se fija al edificio con unas cuantas grapas. Si se trata de un granero o una casa grande, puede ponerse una varilla con su terminación aguzada en cada una de las esquinas del edificio uniéndolas con un cable que vaya por el caballete del tejado. El edificio dotado con tal artilugio no será dañado por el rayo, que será atraído por las varillas puntiagudas y bajará a tierra por los cables, sin causar perjuicio alguno. También las embarcaciones con esas varillas aguzadas en el remate de sus mástiles y con un cable que termine en uno de los obenques hasta el agua, se librará de los daños de los rayos.



Descripción de un aparato para coger libros de los anaqueles

Enero de 1786

Las personas de edad encuentran incómodo tener que instalar una escalera de mano para coger libros de las estanterías de las bibliotecas, bien por la propia torpeza de sus años o porque sufran de vértigo o simplemente por resentirse de las articulaciones. Sin hablar, claro, de lo molesto que es tener que cambiar de sitio la escalera para alcanzar libros que estén en otra sección de la biblioteca.

Para evitarles esos trabajos, así como la molestia de tener que llevar la escalera de un lado a otro, he construido el siguiente utensilio que llamo brazo extensible.

El brazo es una vara de pino de una pulgada de grueso y ocho pies de largo… El índice y el pulgar están hechos de dos piececitas de madera de fresno de pulgada y media de ancho y de un cuarto de pulgada de grosor. Se fijan con tornillos a ambos lados del extremo de la vara; el índice sobresale una pulgada y media más que el pulgar. Esas piececitas se van haciendo más delgadas hacia su extremo para que puedan introducirse entre los lomos de los libros fácilmente. Van taladrados con unos agujeros minúsculos, accionados por un cordel del tamaño de un cañón dé pluma de ganso, que lleva un lazo en su extremo. Ese cordel, que pasa por los agujeros de los «dedos», recorre la vara hasta el otro extremo y lleva una serie de mandos equidistantes unas cuatro pulgadas.

Se utiliza este instrumento sujetándolo con una mano y accionando la cuerda e introduciendo «los dedos» del extremo superior a los lados del libro que se desee coger, abriéndolos más o menos según el grosor del tomo, y, una vez sujeto, se afianza la cuerda que enlaza esas agarraderas por detrás del libro, como en un lazo, y se retira, sin más. Según se saca hay que darle al aparato un cuarto de vuelta de giro para que el libro baje horizontal y no caiga. Los nudos sirven para que no se deslice la cuerda y se mantenga la tensión, que sólo se interrumpe cuando se coge el libro.

Todo nuevo instrumento requiere cierta práctica antes de utilizarse con toda eficacia, pero en éste la práctica es mínima.

Construido con las medidas que se ha indicado, funciona satisfactoriamente con libros en tamaños duodécimo y octavo. Los libros tamaño cuarto y folio resultan demasiado pesados, lo cual no es un gran problema, pues por lo general suelen colocarse en las estanterías inferiores de la biblioteca, pudiendo cogerse directamente.

Para colocar de nuevo el libro en su sitio, se realiza la misma operación, sólo que en sentido contrario.


En Autobiografía y otros escritos
Edición: Luis López Guerra
Imagen: © Bettmann/CORBIS