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20 jul. 2014

Umberto Eco: Llorando por Ana Karenina

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En 1860, cuando estaba a punto de navegar por el Mediterráneo para seguir la expedición de Garibaldi a Sicilia, Alexandre Dumas padre hizo escala en Marsella y visitó el Château d’If, donde su héroe Edmond Dantès, antes de convertirse en el conde de Montecristo, estuvo encarcelado durante catorce años y fue instruido por su compañero de celda, el abad Faria[18]. Estando allí, Dumas descubrió que a los visitantes les mostraban regularmente lo que se conocía como la «verdadera» celda de Montecristo, y que los guías hablaban constantemente de Dantès, Faria y el resto de personajes de la novela como si hubieran existido de verdad[19]. En contraste con ello, los mismos guías nunca mencionaban que el Château d’If había acogido como prisioneros a algunas figuras históricas importantes, como Honoré Mirabeau.

Así, Dumas comenta en sus memorias: «Crear personajes que matan a los de los historiadores es privilegio de los novelistas. El motivo es que los historiadores evocan a simples fantasmas, mientras que los novelistas crean a personas de carne y hueso»[20].

En cierta ocasión, un amigo me instó a organizar un simposio sobre el siguiente tema: si sabemos que Ana Karenina es un personaje de ficción que no existe en el mundo real, ¿por qué lloramos por su difícil situación?, o, en todo caso, ¿por qué nos conmueven sus desgracias?

Hay probablemente muchos lectores muy cultivados que no derraman lágrimas por el destino de Scarlett O’Hara, pero les conmociona el de Ana Karenina. Sin embargo, he visto a sofisticados intelectuales llorando a mares al final de Cyrano de Bergerac, un hecho que no debería sorprender a nadie, porque cuando una estrategia dramática pretende inducir al público a derramar lágrimas, la gente llora independientemente de su nivel cultural. Esto no constituye un problema estético: las grandes obras de arte pueden no provocar una respuesta emocional, mientras que muchas películas malas y noveluchas lo consiguen[21]. Y recordemos que madame Bovary, un personaje por el que muchos lectores han llorado, solía llorar con las historias de amor que leía.

Le dije a mi amigo que este fenómeno no tenía relevancia ontológica ni lógica, y que solo podía interesar a los psicólogos. Podemos identificarnos con personajes de ficción y con sus hazañas porque, según un acuerdo narrativo, empezamos a vivir en el mundo posible de sus historias como si fuera nuestro propio mundo. Pero esto no sucede solamente cuando leemos ficción.

Muchos de nosotros hemos pensado alguna vez en la posible muerte de un ser querido y nos hemos visto profundamente afectados, si es que no hemos incluso llorado, aun sabiendo que el acontecimiento era imaginado y no real. Esos fenómenos de identificación y proyección son absolutamente normales y (repito) son un asunto para los psicólogos. Si hay ilusiones ópticas en las que vemos una forma determinada más grande que otra aun sabiendo que son exactamente del mismo tamaño, ¿por qué no puede haber asimismo ilusiones emocionales?[22]

También traté de explicar a mi amigo que la capacidad de un personaje ficticio para hacer llorar a la gente depende no solo de sus cualidades, sino también de los hábitos culturales de los lectores, o de la relación entre sus expectativas culturales y la estrategia narrativa. A mediados del siglo XIX, la gente lloraba, sollozaba incluso, por el destino de la Fleur-de-Marie de Eugène Sue, mientras que hoy, los infortunios de la pobre muchacha nos dejan cínicamente indiferentes. En contraste con ello, hace décadas mucha gente se vio conmocionada por el destino de Jenny en Love Story de Erich Segal, tanto la novela como la película.

Con el tiempo, me di cuenta de que no podía despachar el asunto con tanta facilidad. Tuve que admitir que hay una diferencia entre llorar por la muerte imaginaria de un ser querido y llorar por la muerte de Ana Karenina. Es cierto que en ambos casos damos por sentado lo que sucede en un mundo posible: el mundo de nuestra imaginación en el primer caso y el mundo creado por Tolstói en el segundo. Pero si luego nos preguntan si nuestro ser querido ha muerto realmente, podemos decir con gran alivio que no es así; es la forma de alivio que sentimos cuando despertamos de una pesadilla. En cambio, si nos preguntan si Ana Karenina ha muerto, siempre tenemos que responder que sí, ya que el hecho de que Ana se suicidara es cierto en todos los mundos posibles.

Sin embargo, cuando se trata de amor romántico, sufrimos al imaginarnos que la persona que nos ama nos abandona, y algunas personas que han sido realmente abandonadas se ven empujadas al suicidio. Pero no sufrimos demasiado si unos amigos nuestros son abandonados por las personas que les quieren. Simpatizamos con ellos, ciertamente, pero no he oído hablar nunca de alguien que se suicidara porque uno de sus amigos hubiera sido abandonado. De modo que parece extraño que cuando Goethe publicó Las tribulaciones del joven Werther, donde el héroe, Werther, se suicida por su amor de destino enfermizo, muchos jóvenes lectores románticos hicieran lo mismo. El fenómeno fue conocido como «el efecto Werther». ¿Qué podemos pensar cuando la gente se siente solo ligeramente inquieta por la muerte de hambre de millones de individuos reales —incluidos muchos niños— y sienten en cambio una gran angustia personal por la muerte de Ana Karenina? ¿Qué podemos pensar cuando compartimos profundamente el dolor de una persona que sabemos que jamás existió?


Notas

[18] Existió, por cierto, un Faria de verdad, y Dumas se inspiró en ese curioso cura portugués. Pero el Faria de verdad era aficionado al mesmerismo y tenía muy poco que ver con el mentor de Montecristo. Dumas solía sacar algunos de sus personajes de la historia (como hizo con D’Artagnan), pero no esperaba que sus lectores estuvieran familiarizados con los atributos de esos personajes reales.

[19] Hace años visité la fortaleza y, además de lo que llamaban La celda de Montecristo, vi también el túnel que supuestamente cavó el abad Faria.

[20] Alexandre Dumas, Viva Garibaldi! Une odysée en 1860, París, Fayard, 2002, cap. 4.

[21] Un amable y sensible amigo mío solía decir: «Lloro cada vez que veo una bandera al viento en una película, independientemente de la nacionalidad». En cualquier caso, el hecho de que los seres humanos se emocionen con los personajes ficticios ha dado pie a una vasta bibliografía, tanto en psicología como en narratología. Para una exhaustiva visión de conjunto, véase Margit Sutrop, «Sympathy, Imagination, and the Reader’s Emotional Response to Fiction», en Jürgen Schlaeger y Gesa Stedman, eds., Representations of Emotions, Tubinga, Günter Narr Verlag, 1999, pp. 29-42. Véanse también Margit Sutrop, Fiction and Imagination, Paderborn, Mentís Verlag, 2000, 5.2; Colin Radford, «How Can We Be Moved by the Fate of Ana Karenina?», Proceedings of the Aristotelian Society, 69, suplemento (1975), p. 77; Francis Farrugia, «Syndrome narratif et archétipes romanesques de la sentimentalité: Don Quíchotte, Madame Bovary, un discurs du pape, et autres histories», en Farrugia et al., Emotions et sentiments: Une construction sociale, París, L’Harmattan, 2008.

[22] Véase Gregory Currie, Image and Mind, Cambridge, Cambridge University Press, 1995. La catarsis, tal como la define Aristóteles, es una especie de ilusión emocional: depende de nuestra identificación con los héroes de una tragedia, de manera que sentimos pena y terror al presenciar lo que les pasa.


Título original: Confessions of a Young Novelist
Umberto Eco, 2011
Traducción: Guillem Sans Mora
Foto: Umberto Eco at the College de France 1992 © Martine Franck-Magnum Photos

19 abr. 2013

Patricia Highsmith: Nabuti: calurosa bienvenida a un comité de la ONU

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La naturaleza y la fortuna habían sonreído a la extensa y fértil tierra de Nabuti, en África Occidental. Nabuti tenía ríos, llanuras exuberantes, una costa marítima de más de mil seiscientos kilómetros y en las montañas había cobre. Durante doscientos años Nabuti fue explotada por el hombre blanco, que abrió minas y construyó carreteras, puertos y ferrocarriles para servirlas. Antes de que hubiera transcurrido la primera mitad del siglo XX, Nabuti contaba con unos ocho mil kilómetros de carreteras asfaltadas, los ríos habían sido dragados y sus riberas acondicionadas para permitir el atraque de buques y embarcaciones, se habían instalado sistemas de electricidad y agua y fundado escuelas. La malaria y la bilharciosis estaban vencidas, la sanidad en general había mejorado mucho y la mayoría de los numerosos recién nacidos conseguían sobrevivir.

Nabuti conquistó su independencia en la década de 1950 sin hacer otra cosa que pedirla. La independencia flotaba en el aire a lo ancho y largo de África, como un champán que pudiera inhalarse. Un cuadro de técnicos y funcionarios blancos permaneció en Nabuti durante una temporada para cerciorarse de que todo funcionara bien, de que los nabutianos supieran dirigir los ferrocarriles, reparar las centrales de energía y atender al mantenimiento de toda clase de maquinaria, desde tractores hasta bicicletas; pero durante ese período los blancos no eran populares. Cuanto antes se marcharan, mejor, idea que los blancos captaron en las calles después de que en diversas ocasiones molzalbetes desocupados les escupieran, y de que vanos fuesen atacados y muertos a golpes. Así que se marcharon.

Se celebró entonces una fiesta o festival que duró medio año, mientras cuatro o cinco aspirantes al poder soltaban sus discursos al pueblo, diciéndole cómo pensaban dirigir el país. Todos ellos prometieron mucho. Tenían que perorar en medio del ruido de los tocadiscos tragaperras y los transistores. Hubo una votación trucada, luego una carrera entre los dos principales contendientes, una discusión en torno al recuento de votos y un fornido joven de veinte años y pico llamado Bomo salió victorioso, porque era el jefe de policía y la policía iba armada. La policía, en un principio entrenada por los blancos, sería un buen cuadro para la formación de un ejército nabutiano, habían dicho los administradores coloniales. Y así fue. El cuerpo de policía se convirtió en un ejército en constante crecimiento, y con los millones de dólares que Nabuti recibió para erigirse en estado africano independiente, y los obsequios y préstamos posteriores, la adquisición de vistosos uniformes, fusiles, ametralladoras y tanques no representó ningún problema. Bomo, que jamás en la vida se había despertado a toque de corneta a las seis de la mañana, se nombró a sí mismo General en Jefe del Ejército, además de ser presidente. La fuerza armada, las amenazas armadas eran necesarias porque Bomo tenía el propósito de hacer trabajar a su pueblo. El progreso — para Bomo esta palabra significaba más comodidades, mejores niveles sanitarios, mayores exportaciones de cobre, más coches y televisores —, el progreso tenía que continuar.

Llegaron, invitados por el gobierno, unos cuantos trabajadores blancos del ramo de la construcción, para poner en marcha algunos proyectos: el Palacio de Gobierno de Bomo era uno de ellos; otro, su residencia privada, el Palacio Pequeño; además, unos cuantos edificios muy altos para alojamientos de trabajadores en Goka, la capital, y también una terminal más grande y pistas de aterrizaje más largas en el aeropuerto, porque Bomo pensaba en el turismo. Al principio los jornales eran buenos y atrajeron campesinos a las ciudades. Luego ocurrió lo inevitable: los alimentos básicos empezaron a escasear, y Nabuti tuvo que empezar a importar su sustento, lo cual no representaba una carga terrible porque el arroz, el trigo y la leche en polvo salían casi regalados en virtud del acuerdo suscrito con un organismo de las Naciones Unidas. Lo peor era la situación de las minas de cobre. La indisciplina iba en aumento, no había forma de controlar el absentismo ni las frecuentes borracheras, sobre todo las de cerveza. La demanda constante de jornales más altos dio origen a huelgas parciales o desorganizadas que en dos o tres años hicieron que la producción se redujera al veinte por ciento de lo normal. Si alguna máquina se estropeaba, un airado trabajador afirmaba que no sabía repararla, y puede que fuese verdad.

Nabuti pidió más ayuda económica y la recibió. Bomo era muy consciente de que su pueblo quería frigoríficos, televisores, automóviles particulares e inodoros, más o menos en ese orden. Obtuvo los televisores, millones de ellos, a un coste notablemente bajo, una suma minúscula que se añadiría a la deuda nacional. Gracias a la televisión hubo menos conflictos laborales, aunque cada vez eran más las personas que sencillamente no iban a trabajar y se quedaban en casa viendo la televisión. Quienes tenían el televisor estropeado iban a casa de sus amigos a ver la programación. En la capital, la vida se había transformado en una gran fiesta a base de televisión y cerveza, porque, gracias a la recepción por satélite, las pantallitas mostraban algo veinticuatro horas al día, y a los nabutianos les daba igual que el programa fuera en tal o cual idioma siempre y cuando en la pantalla aparecieran imágenes.

Existían otros problemas: los atascos de tráfico, por ejemplo. La gente no prestaba atención a las luces rojas y verdes, primero con la excusa de que nadie les hacía caso, luego basándose en el hecho (un hecho real) de que, de todos modos, la mayoría de los semáforos no funcionaban. En las principales avenidas de Goka podían verse ríos estancados de coches particulares, camiones y algún que otro tractor, un popular medio de transporte porque podía apartar de su camino cualquier cosa que se le pusiera delante, además de deslizarse por encima de los baches y bocas de cloacas cuyas tapaderas habían desaparecido. Montones de coches se averiaban, a causa de recalentamientos en los atascos, a menudo eran abandonados y en un par de horas despojados de gran número de piezas. No había ningún servicio que retirase estos coches averiados, por lo que sus restos permanecían en el mismo lugar durante mucho tiempo. Barrios de chabolas donde vivían personas sin empleo ni hogar formaban cinturones alrededor de Goka y de otras dos o tres grandes ciudades. En todo momento flotaban sobre Goka el humo de las basuras quemadas y el hedor de las cloacas a cielo abierto, con independencia de la dirección en que soplase el viento. Cuando no había viento, una capa de niebla y humo casi impedía ver la bandera nacional que ondeaba en el Palacio de Gobierno, que tenía seis pisos. El sistema de teléfonos funcionaba lo justo para que algunas personas se empeñaran en usarlo, pese a que generalmente no conseguían hablar con nadie aunque a veces, al marcar, se oía la señal de línea desocupada. A causa de ello, los mensajeros a pie eran muy solicitados. Chicos y también algunas chicas entregaban cartas o, más a menudo, mensajes verbales, paquetes y comestibles, así como artículos del mercado negro, a quienes vivían en los edificios altos y no se movían de allí por razones de seguridad y porque los ascensores no funcionaban. Un puñado de gente tenía dinero en abundancia, pero la mayoría pasaba hambre. La gente adinerada estaba en el ejército o relacionada con él, o tenía que ver con el mercado negro, la prostitución o el tráfico de drogas.

Las finanzas y el comercio casi habían dejado de existir, y Bomo se había dado por vencido, aunque nunca lo reconociera consciente y directamente. Su misión, se decía a sí mismo, consistía en velar por la unidad de su país, permanecer relacionado con los grupos regionales, los hombres fuertes (de su bando) capaces de reprimir los desórdenes y acabar con las pandillas de gamberros que iban de un lado a otro robando a la gente y saqueando comercios, así como presentar dos veces al año un informe a las Naciones Unidas sobre los progresos de la sanidad, y decir que de la falta de progresos agrícolas e industriales eran culpables la sequía, las huelgas y los trastornos causados por los países vecinos al echar sobre Nabuti a sus propios hambrientos parados, que cruzaban la frontera a pesar de que los soldados nabutianos les disparaban con ametralladoras. Estos intrusos se escondían en la selva y luego iban infiltrándose poco a poco en los barrios de chabolas que circundaban las grandes ciudades. Era un asco. Pero la gente de las Naciones Unidas parecía dar crédito a Bomo cuando afirmaba hacer cuanto podía. En cualquier caso, el dinero seguía llegando.

Bomo, metro noventa en su juventud, había engordado con el paso de los años. Ahora, cerca ya de los cincuenta y dos años, tenía una cintura de dos metros y encargaba correajes extra largos para abrocharse el cinturón, si era necesario, en los cuatro o más agujeros vacíos. A su modo de ver, había que prestar atención a este tipo de detalles. Tenía dos docenas de medallas que llevaba cuando pronunciaba sus discursos, varias gorras con abundantes galones de oro, y un uniforme con guerrera de cuello alto, también con muchos galones de oro, para las ocasiones más importantes, tales como las revistas militares. Raramente se ponía el uniforme completo, pues a causa del calor resultaba incómodo. Pero siempre llevaba pantalones de color caqui, sin calzoncillos, y la mayoría de los días una camisa del ejército con el cuello desabrochado y las mangas subidas; y calzaba sandalias sin calcetines. Vestido de esta guisa, cada mañana era conducido en jeep a inspeccionar Goka y sus alrededores. Esta inspección le ocupaba desde la diez de la mañana hasta la una del mediodía, hora de volver al Palacio Pequeño para comer y descansar un poco. Tres soldados viajaban de pie en el jeep, fusil en mano y ojo avizor por si surgían complicaciones y también como demostración de fuerza armada, aunque hacía años que no disparaban un solo tiro. El populacho se encontraba de pie en las esquinas, charlando, o sentado en el bordillo bebiendo café o cerveza. La ronda matutina de Bomo tenía otra finalidad: pasar media hora en casa de dos o tres concubinas, o esposas, como tenía que llamarlas cuando hablaba con diplomáticos extranjeros. Bomo no sabía cuántos hijos tenía, puede que setenta y cinco, quizá cien. El número de hijas no importaba, aunque el país estaba lleno de chicas que decían que Bomo era su padre, tantas que nadie les hacía el menor caso.

Bomo tenía dos hijos favoritos, de madres diferentes. Uno se llamaba Kuo, de unos dieciocho años, y el otro Paulo, de la misma edad, con una diferencia de un par de meses más o menos. Ambos ansiaban suceder a su padre y vivían en el Palacio Pequeño con sus esposas, tres o cuatro para cada uno. Bomo procuraba enfrentarlos mutuamente, instándoles a competir en severidad contra la insurrección y a disparar primero, que era lo necesario para gobernar en Nabuti. Algún día uno de ellos mataría al otro y entonces Bomo sabría que su país caería en las manos más indicadas, es decir, en las del hombre más fuerte.

Cierto día un mensajero trajo a Bomo un sobre lacrado y muy sucio en cuyo dorso aparecía la insignia de las Naciones Unidas. El viejo traductor de Bomo le informó que la carta databa de un mes atrás y que, en esencia, comunicaba que quince miembros del Comité de Ayuda a África de la ONU, acompañados de cinco ayudantes, visitarían Nabuti en tal y cual fecha, ahora a sólo nueve días vista. La carta añadía que el comité no había podido ponerse en contacto telefónico con el Palacio de Gobierno ni con el Palacio Pequeño, y que incluso la carta era la segunda que se mandaba; quien la suscribía esperaba que llegase a destino, y pedía confirmación, si ello era posible, en el Hotel Green Heaven de Gibbu, capital de Gibbi, país limítrofe con la frontera oriental de Nabuti. Las relaciones entre ambos países eran tan malas que Bomo dudaba que cualquier mensaje procedente de su país fuera entregado a su destina —; ario.

Bomo comprendió que no había forma de evitar la visita anunciada. El comité estaba visitando vanos países de la zona en la misma gira, la primera en cinco años. Provocar una guerra civil — cosa que resultaba fácil — empeoraría la imagen de su gobierno, aun ruando entonces se impidiese la visita alegando razones de seguridad.

Bomo mandó llamar a sus dos hijos.

—¡Limpiadlo todo! — dijo Bomo en su lengua materna, y luego utilizo unas cuantas palabras francesas e inglesas —. ¡La basura, las latas de cerveza, la merde, los bidonvilles y los ladrones! ¡Fusiladlos y quemad los cadáveres! ¡Después limpiad las calles y lavad las ventanas! ¡Y el aeropuerto! ¡Hay que limpiar las pistas de aterrizaje!

Kuo y Paulo lo hablaron con sus hombres fuertes del ejército y estos enviaron pelotones para acelerar la quema de basuras, la limpieza y barrido de las calles y cloacas, el fusilamiento de los ciudadanos rebeldes y de los demasiado leprosos o espantosos de ver. Todas las manos de la nación se aplicaron a esta formidable tarea que debía efectuarse en nueve días. Los holgazanes serían fusilados. A las pocas horas, el aire de Goka y de las otras tres grandes ciudades del país se llenó de tiros de fusil, de gritos y de humo, así como del ruido metálico que hacían las carrocerías de automóvil al ser quitadas de las calles a base de empujar. Bomo se ocupó personalmente del Hotel Bomo y del Palacio de Gobierno, adonde había decidido que sería llevado el comité, en ese orden, tras su llegada al Aeropuerto Bomo. Se celebraría un banquete en el salón más espacioso de la planta baja del Palacio de Gobierno, por lo que había que preparar las grandes cocinas situadas en la parte trasera del edificio. El Palacio de Gobierno se había construido tomando el Partenón como modelo para la fachada, a causa del comentario que hiciera un hombre blanco al partir de Nabuti: que habría un «futuro Palacio de Gobierno tan noble como el Partenón». Bomo había encargado su construcción a un arquitecto francés, que se había exasperado, recordaba Bomo, al decirle que quería un edificio de seis plantas, incluyendo las columnas de dos pisos de altura y el frontón todavía más alto donde Bomo pretendía también un balcón. Desde ese balcón Bomo había pronunciado muchos discursos, mas ahora el Palacio de Gobierno no se usaba sino como centro de recreo extraoficial. Esto había empezado con los centinelas jugando a las cartas, finalmente al billar, luego habían llegado los tocadiscos tragaperras y las máquinas expendedoras de bebidas, más y más camastros para dormir y un burdel muy concurrido. En un par de habitaciones del primer piso se guardaban todavía los papeles y fichas con que el país había iniciado su independencia, pero, como nadie pagaba impuestos, ni siquiera por la fuerza, y era imposible obtener recibos correspondientes a la maquinaria y otras partidas que llegaban al país, los empleados lo habían abandonado todo hacía ya mucho tiempo, después de beberse las inmensas bodegas repletas de whisky y vino. La mayoría de las ventanas del palacio tenían los cristales rotos, el sistema eléctrico no funcionaba y los ascensores no iban ni siquiera cuando había electricidad. Bomo convocó a sus mejores electricistas.

—¡Quiero las luces y el aire acondicionado funcionando dentro de veinticuatro horas! — chilló en la escalinata del Palacio de Gobierno a los seis hombres asustados.

Ya había mujeres barriendo, fregando y lavando las paredes interiores, mientras los soldados desalojaban a vagos y prostitutas a punta de bayoneta. Lulu-Fey, una de las esposas de Bomo y su actual favorita, se encontraba practicando su danza del vientre, aprendida con motivo de un viaje con Bomo a Tunizia. No era una danza nativa de Nabuti, pero Bomo le había dicho a Lulu-Fey que a los hombres occidentales les gustaba ver esa danza y que ella debía bailarla después del banquete a modo de sorpresa para sus honrados invitados, y Lulu — Fey pensaba complacer gustosamente su petición. Ya había ayudado a preparar el menú, cuyo plato central sería asado de cerdo y lechoncillo.

Los técnicos de teléfonos, tras dos días de trabajo, consiguieron conectar de nuevo la línea entre el Palacio de Gobierno y el Palacio Pequeño. La primera llamada que recibió Bomo fue del comité de la ONU diciéndole que llevaban semanas intentando comunicarse con él y preguntándole si la fecha propuesta para la visita le parecía bien. Bomo les aseguró que sí.

Los tam-tams sonaban día y noche para inspirar al populacho y hacerle trabajar sin pausa, y por culpa de su sonido, al que se unía el de la música pop que resonaba en los transistores a todo volumen, nadie podía dormir a menos que se desmayara de agotamiento.

Otra buena noticia recibida el Día Dos a última hora de la tarde fue que la electricidad volvía a funcionar en el Palacio de Gobierno y que también funcionaban dos de los cuatro ascensores. Con dos habría suficiente para que el comité subiera a contemplar el paisaje desde la terraza, ya que cada ascensor admitía doce personas. En el Aeropuerto Bomo se habían barrido los miles de latas de cerveza que cubrían el suelo, derribado las barracas de hojalata y cartón y barrido el edificio de control, cuyas ventanas aparecían limpias de suciedad y de restos de cristales rotos. La electricidad no funcionaba en el edificio de control, y ningún avión había aterrizado desde la última visita del comité, hacía ya años, exceptuando el avión particular de Bomo, de hélice y en ese momento fuera de servicio porque le faltaba una pieza. Los mecánicos no sabían qué pieza faltaba, así que Bomo habla encargado otro avión de hélice que aún no había llegado de Norteamérica.

Entonces, durante la noche del Día Dos, uno de los ascensores quedó atascado con veinte personas por lo menos a bordo. Los hombres de la limpieza y algunos soldados habían estado celebrando la vuelta de la electricidad y bebiendo cerveza en abundancia. Habían subido demasiados hombres al ascensor y este se había parado entre los pisos tercero y cuarto. Multitud de hombres y mozalbetes se pasaron toda la noche riendo y dando consejos a voz en grito:

—¡No dejéis de apretar los botones! ¡Ja, ja!

—¡Derribad la puerta a patadas!

—¡Empujad todos hacia un lado!

Los hombres atrapados chillaban diciendo que no había suficiente aire y pidiendo que abriesen a tiro limpio el pozo del ascensor. Del interior del cubículo salían ruidos de discusiones y peleas.

Los mozalbetes aporrearon los botones de subida y bajada en todos los pisos hasta estropearlos.

Al amanecer, las voces de los aprisionados en el ascensor sonaban roncas. Dijeron que estaban muriéndose de tanto sudar. Tres de ellos, al parecer, ya habían muerto, y otros cinco se habían desmayado.

Bomo fue despertado en cuanto alguien se atrevió a despertarle. ¿Qué debían hacer? Bomo se vistió y fue al Palacio de Gobierno, con cara de sentirse furioso pero de dominar la situación. La chusma que se encontraba enfrente del edificio y en la sala inferior le abrió paso. En la planta baja, al ver la puerta cerrada del ascensor, recordó los anuncios sobre cámaras acorazadas que los bancos publicaban en las revistas occidentales. Desde luego, no quería que se causara ningún desperfecto en la puerta del ascensor antes de que llegase el comité. Bomo subió las escaleras calzado con sandalias, con sus pantalones y su camisa de color caqui y una gorra con galones de oro que se había puesto para la emergencia. Cuando los gemidos de dentro del ascensor alcanzaban su punto culminante, Bomo se detuvo y contempló el metal dorado que rodeaba el aparato atascado. ¿Cómo podía abrirse aquello salvo a cañonazos? Doscientos o más súbditos llenaban la escalera, arriba y abajo, y le contemplaban, unos con cara de expectación, otros con cara inexpresiva o de sueño. Sin malgastar un segundo en titubeos visibles, Bomo descendió y la multitud le abrió paso. —¡Los electricistas! — gritó Bomo.

Sólo se presentó uno, un hombre de mediana edad al parecer muy asustado.

—Creemos que algún dispositivo de seguridad ha detenido el ascensor porque iba demasiado lleno, excelencia.

Bomo se levantó la gorra para secarse el sudor que inundaba su frente.

—¿La electricidad funciona? ¿El aire acondicionado funciona?

—Sí, excelencia, pero en el ascensor casi no hay ventilación. La fuerza también es muy débil.

—¡Pues cerrad las condenadas ventanas si el aire acondicionado está puesto! — chilló Bomo —. ¡Maldita sea, aquí dentro hace más calor que fuera! ¡Habéis puesto la cochina calefacción!

Era verdad. Al probar todos los conmutadores para que bajase el ascensor, habían quitado el aire acondicionado y puesto en marcha la calefacción. En efecto, al salir Bomo a la escalinata del palacio, el aire era más fresco, pero también humoso. Una ráfaga de viento empujó una oscura nube de humo de un extremo a otro de la fachada del palacio, sorprendiendo a Bomo, que dio media vuelta y entró de nuevo en el edificio cubriéndose la cara con las manos. En cuanto recuperó la respiración se puso a dar nuevas órdenes. —¡Oficiales! ¡Soldados! ¡Que se den prisa en quemar esa basura! ¡Toda la basura! ¡Mañana por la noche tienen que haberla quemado toda y las hogueras tienen que estar apagadas!

—¡Sí, excelencia! — dijo el oficial que estaba más cerca, saludando antes de llamar a sus colegas y salir corriendo por la puerta.

El electricista, un hombrecillo, se acercó otra vez a Bomo.

—Excelencia, si no logramos que baje el ascensor por medio de la energía eléctrica, ¿podemos perforar la estructura exterior para...?

—¡Ni pensarlo! — chilló Bomo en medio de la barahúnda que armaba la gente en el vestíbulo, hablando y riendo —. ¡No quiero que rompáis el ascensor!

Bomo volvió a bajar las escaleras corriendo, pidiendo a gritos una toalla mojada, mojada con agua limpia. Un par de chicos salieron a todo correr a través de la neblina para cumplir su deseo. En la calle no había coches en movimiento ni coches parados y sólo circulaban unas cuantas bicicletas, además de algunos carritos tirados a mano que transportaban basura, mercancías, cubos y jarras. De uno de ellos se obtuvieron dos paños mojados para Bomo, que en el acto se puso uno sobre la cabeza y la cara sudorosas. La toalla era la camisa de alguien, pero daba igual. La gente chillaba y se movía para esquivar las grandes ráfagas de humo que a veces no dejaban ver más allá de dos metros. Y el hedor era espantoso, hacía pensar en carne quemada, excrementos y plumas de gallina chamuscadas.

El siguiente problema del día consistió en doce o más incendios en la ciudad. Para ello hacían falta brigadas de agua, corredores provistos de cubos. Los soldados hicieron salir a todos los vagos para esta tarea y hubo una especial demanda de chiquillos de pies ligeros. Bomo regresó al Palacio Pequeño; eran casi las dos de la tarde y estaba agotado. Encontró a Lulu — Fey practicando su danza del vientre en la espaciosa sala de estar; al verle, ella se quejó del humo y Bomo respondió que no podía evitarse y duraría hasta que todo estuviera limpio.

La tarde trajo consigo una cacofonía de alaridos y tiros de fusil. Los soldados habían recibido órdenes de demoler los mercados negros que exhibían sin disimulo sus aparatos Sony, sus artículos pornográficos, sus latas de caviar y foie gras, sus botellas de Jack Daniel's y Chivas Regal, y, al tratar de cumplir sus órdenes, habían encontrado resistencia armada. Se habían entablado pequeñas batallas y las ametralladoras del ejército habían entrado en acción a la vez que la tropa confiscaba botellas y se las bebía.

Y a última hora de la tarde surgieron nuevas dificultades: más de la mitad de los veinte hombres atrapados en el ascensor habían muerto de asfixia o luchando a puñetazos unos con otros. Sus mujeres se agrupaban ahora alrededor del pozo del ascensor, tratando de abrirlo a hachazos. Bomo ordenó que las expulsaran o fusilasen, ambas cosas si hacía falta. Sólo uno o dos gemidos débiles salían ahora del ascensor.

Bomo maldijo a los electricistas.

—¡Que se mueran! — chilló, sin estar seguro de que alguien le oyese.

Y se murieron. Al finalizar el quinto día, ningún sonido salía ya del ascensor, pero sí salía un olor, el horrible hedor de la putrefacción, de algo muerto, un olor que no era nuevo para los nabutianos, pero que resultaba insólito que emanase del mejor edificio del país: el Palacio de Gobierno. Bomo ordenó quemar incienso, lo que por desgracia contribuyó a aumentar el humo infernal que penetraba en el edificio pese a que en teoría todas las ventanas estaban cerradas y el aire acondicionado funcionaba.

Hasta el último minuto, al caer la tarde del día anterior a la llegada del Comité de Ayuda a África de la ONU, a las once de la mañana, no pensó Bomo que iban a necesitar limusinas en el aeropuerto. Les echó una bronca descomunal a sus chóferes — doce hombres vestidos con librea — por no haberles dado un repaso a los grandes Mercedes-Benz unos días antes, pero todos los chóferes alegaron que habían estado ocupados combatiendo los incendios. Los Mercedes presentaban muy buen aspecto, pero no funcionaban, ni uno solo, y Bomo tenía veinte. A uno le faltaba una rueda y el carburador; a otro, el parabrisas; a otro, el volante; a otro, incluso la llave para abrir las portezuelas; y a otros les faltaban cosas que nadie sabía cuáles eran. Bomo ordenó a sus mecánicos y chóferes que trabajasen toda la noche si era necesario y que pusieran tres limusinas en condiciones de uso.

No lo consiguieron. Fue Lulu — Fey quien tuvo la brillante idea de hacer que los ciudadanos tirasen de las limusinas por medio de largas cuerdas de vistosos colores. Comentó que resultaría más respetable y Bomo entendió lo que quería decir.

El pequeño reactor del comité de la ONU aterrizó a la hora prevista, pero tropezó con un par de baches en la pista, lo que hizo saltar una de las ruedas y causó desperfectos en la punta de un ala, de modo que, al desembarcar, el comité y sus cinco ayudantes parecían ligeramente conmocionados.

La banda militar de Bomo interpretó el himno nacional nabutiano. Los niños arrojaron flores. El humo seguía rodeando la ciudad y tras unos pocos pasos en tierra firme algunos miembros del comité sacaron pañuelos para taparse la nariz y la boca. Bomo se adelantó para recibirles enfundado en su uniforme más vistoso con el cuello de la guerrera, el correaje y las medallas.

Douglas Hazelwood, jefe del comité, se dio a conocer, sonrió y estrechó efusivamente la mano de Bomo. Lo mismo hicieron los demás. —¡Cuánto humo! — comentó desenfadadamente alguien.

Bomo no supo qué contestar, pero mantuvo su dignidad mientras iba delante del grupo hacia las limusinas, donde niños descalzos les esperaban sosteniendo cuerdas y sogas como caballos tascando el freno. El humo era mucho peor que el día anterior a la misma hora, porque a última hora de la noche Bomo había cometido la equivocación de ordenar que los incendios se apagasen con agua y muchos, en vez de apagarse por completo, seguían ardiendo sin llama. El sol, que normalmente brillaba con toda su intensidad, no era más que una borrosa mancha amarilla en el cielo gris, como ocurría cuando se avecinaba un tifón. Su calor llegaba a tierra, mas no su luz, y la escena parecía desarrollarse en pleno crepúsculo.

Con la banda marchando detrás, las limusinas empezaron a moverse lentamente camino de la capital. El punto de destino era el Hotel Bomo de Nabuti, donde se habían preparado treinta y cinco habitaciones de la planta baja. Bomo había creído que el comité llegaría acompañado de algunas esposas y criados. En todo caso, en el hotel había agua corriente fría aunque no tuviese aire acondicionado. El hotel era de cinco pisos, con ascensores que no funcionaban, mas para la visita del comité los ascensores no hacían falta. Una vez en él, los del comité deshicieron las maletas, se lavaron y volvieron a subir a las limusinas, que habían permanecido esperando bajo el sol y el humo, para ir a un aperitivo en el Palacio Pequeño.

Lulu-Fey iba ataviada con una túnica de algodón hasta los pies descalzos, lucía ajorcas de oro en las muñecas y los tobillos. Era una anfitriona encantadora, pensó Bomo con orgullo, aunque no supiese ni una palabra de inglés. Los caballeros bebieron ginebras rosadas, whisky escocés con agua, zumo de tomate, cualquier cosa que les apeteciera, y en todas las ventanas y puertas abiertas había criados que agitaban abanicos decorativos para impedir que entrase el humo o, cuando menos, para hacerlo circular. Algunos miembros del comité tosieron, pero todos tenían la cara alegre y preguntaron a Bomo cosas no muy complicadas sobre la agricultura, el cobre, las exportaciones y la sanidad. Tenían que visitar las minas de cobre ese mismo día y, como las minas estaban ahora abandonadas, Bomo había preparado un cuento sobre conflictos laborales y huelgas en demanda de aumentos salariales, unos aumentos tan irrazonables, que él, Bomo, no se había doblegado ante las exigencias. Luego, rechazando las limusinas, se dirigieron a pie hacia el Palacio de Gobierno, porque uno del comité recordaba de la última visita que caía cerca, aunque en ese momento el humo les impedía verlo.

Cerdo asado. Aceitunas. Ñames al horno y toda clase de fruta fresca, flores anaranjadas y color púrpura y plata fina. La mesa larga con su mantel de lino blanco mostraba un aspecto bastante espléndido en el salón principal, situado a la derecha de los ascensores según se entraba. Pero el olor era espantoso, e inexplicable. Bomo captó las miradas de desconcierto y alarma que los miembros del comité cruzaron entre si antes de sentarse. Y el humo parecía haberles seguido hasta el mismo salón. Escanciaron champán los mejores criados de Bomo, vestidos con chaqueta blanca y pantalones negros, luego Bomo se puso en pie y brindó por sus invitados. Soltó un discursito de bienvenida y buena voluntad, tras haberlo ensayado una sola vez, aunque no se notó. Bomo parecía sincero cuando dijo:

—Mi país les da la bienvenida a todos ustedes y les agradece a todos las numerosas bendiciones, la maquinaria, el dinero que nos han dado.

Los invitados aplaudieron, tosieron y sonrieron.

Lulu-Fey se encontraba a la izquierda de Bomo, sonriendo también, esperando con impaciencia el momento de hacer su número: la danza del vientre. Sentados en un rincón, los músicos tocaban instrumentos de cuerda y un tambor. Bomo se enfadó al ver que las ventanas estaban abiertas y que los criados trabajaban para dispersar el humo como un rato antes hicieran en el Palacio Pequeño.

Acababa de cortarse y servirse el asado de cerdo y lechoncillo cuando sonaron unos golpes apremiantes en la puerta que daba al vestíbulo. Al abrirla un criado, un hombre cayó de bruces al suelo y una oleada de humo negro entró tras él antes de que el criado pudiera cerrarla de nuevo. El mensaje del hombre caído era que el edificio parecía estar ardiendo, La noticia no fue traducida al inglés en seguida, pero la súbita alarma de los criados y de Bomo intranquilizó a todos. Varios miembros del comité se levantaron con ademanes temerosos.

Bomo se enteró de que algún idiota se las había ingeniado para echar gasolina sobre el tejadillo del ascensor encallado y tirar luego una cerilla encima, con el propósito de incinerar los cadáveres, de acuerdo con la costumbre religiosa nabutiana. Un criado dijo que las responsables eran un par de esposas de los hombres atrapados.

—¡Caretas antigás! — chilló Bomo —. ¡Traedlas de prisa... so pena de muerte!

Los criados salieron corriendo, los soldados de la guardia andaban apresuradamente de un lado para otro, como si también ellos estuvieran ardiendo. Todos tenían que salir y todos lo intentaron, aunque un hombre del comité cayó al suelo y hubo que sacarlo a rastras. Del pozo del ascensor salía humo por multitud de rendijas invisibles, como algo a punto de estallar, a la vez que el olor del humo hacía pensar en el fuego del infierno. Diversas figuras salían disparadas o tambaleándose del Palacio de Gobierno, bajaban su escalinata y se adentraban en una atmósfera gris donde los objetos eran más visibles pero respirar apenas era menos peligroso.

—¡Las caretas antigás, excelencia! — exclamó un teniente.

Unos soldados se acercaban corriendo con los brazos cargados de caretas antigás, que fueron abiertas y encasquetadas rápidamente en la cabeza de los miembros del comité y sus ayudantes.

—¡La boca en el tubo! — gritó Bomo, recordando de pronto instrucciones que había oído mucho tiempo atrás. Se sintió satisfecho de sus hombres por haber traído las caretas tan de prisa. Junto con sus soldados, un par de los cuales ya llevaban careta puesta, Bomo ayudó a abrochar firmemente las caretas alrededor del cuello de los aturdidos hombres del comité, y a guiarles luego hacia la izquierda, camino del Palacio Pequeño, donde el aire parecía más limpio, al menos de momento. Bomo rechazó galantemente una careta y cogió a Lulu — Fey de la mano con gesto protector. La muchacha se tapaba la cara con una servilleta blanca empapada en champán. Los del comité daban traspiés y forcejeaban como si tratasen de quitarse las caretas. Dos hombres se desplomaron. —¡Recogedlos! — gritó Bomo a sus soldados.

El humo giraba. Un soldado con careta cayó al suelo y empezó a retorcerse débilmente.

En el Palacio Pequeño los criados se pusieron a trabajar con los abanicos. Los hombres del comité fueron tendidos en el suelo, boca arriba. Algunos no se movían. Bomo no salía de su asombro.

—¡Más abanicos! — exclamó —. ¡Y toallas mojadas, rápido!

Las toallas eran para quienes no llevaban careta, como él mismo, por ejemplo.

Tras un par de minutos las cosas parecieron mejorar. Ahora el viento les era favorable y por la casa corría un aire más fresco. Pero, de los caballeros del comité y sus ayudantes, sólo dos o tres dieron señales de vida y volvieron a quedar inmóviles, gimiendo.

Kuo, que había interrumpido su misión para asistir al banquete, agitó las manos para quitarse el humo de la cara, se frotó los ojos y dijo:

—Ahora podríamos quitarles las caretas, padre. ¿No te parece?

Se había agachado igual que Bomo, no para ver mejor a los hombres yacentes en el suelo, sino porque el humo tendía a elevarse en la estancia.

Bomo accedió. El y Kuo, ayudados por un par de criados, empezaron a deshebillar las caretas. Un criado soltó un grito de alarma, agudo como el de una mujer.

—¡Hormigas! — chilló en su lengua materna, agitando ambas manos.

—¡Cielo santo! ¡Es verdad! — Kuo se levantó de un salto, batiendo palmas y frotándose el dorso de las manos —. ¡Hormigas grises! ¡De las grandes!

Todo el mundo conocía ese tipo de hormiga gris, que invernaba o veraneaba en los lugares más extraños y si la molestaban salía en enjambres, sedienta de sangre y furiosa. Se habían metido en el filtro de las caretas, una parte circular y lisa que era porosa y al tacto parecía fieltro. Todos los presentes se aplicaron a la tarea de sacar a los hombres del comité del palacio, arrastrándolos por los hombros o los pies, porque el lugar iba a convertirse en un verdadero infierno si las hormigas lo invadían. Querían quitarles las caretas y quemarlas al aire libre. Kuo, que ahora llevaba unos guantes blancos, quitó la primera careta y se encontró con una cara sangrando a causa de las picaduras, y de color azul. Los criados corrían de un lado para otro, arrancando caretas, y Bomo ordeno encender una hoguera en el césped del Palacio Pequeño.

Volvieron a oírse chillidos, de criados y criadas. ¡Servilletas, toallas, todo servía para quitarse de antebrazos, manos y pies descalzos a las hormigas enfurecidas! Al quitar una careta, su usuario aparecía siempre con la cara de color — azul, muerto de asfixia, porque desde el primer momento las hormigas habían bloqueado el paso del aire a través de los filtros.

Por horrible que fuera, Bomo tuvo que ordenar que quemaran los veinte cadáveres. Los colocaron en círculo con los pies hacia fuera, como los rayos de una rueda. ¡No era el momento más apropiado para delicadezas! Primero había que ocuparse de las hormigas, así que rociaron las caretas y las cabezas con queroseno y echaron una cerilla.

Los criados inspeccionaban el jardín, buscando hormigas fugitivas. Lulu-Fey, lanzando gritos agudos cuando las hormigas le picaban los pies desnudos, rociaba el suelo con una lata de insecticida encontrada en la cocina del palacio, describiendo un círculo alrededor de las piernas de los hombres del comité y sus ayudantes.

—¡El piloto! — dijo de pronto Bomo, frunciendo el ceño al recordar que había visto una figura, quizá dos, sentada ante los mandos del avión.

Su hijo Kuo le oyó y alzó un dedo para indicar que le había entendido.

—¡Enviaré un mensaje al aeropuerto!

Habló con uno de los soldados que estaban cerca de él cuidando el fuego, se cruzó la garganta con un dedo y el soldado se fue.

El piloto y el copiloto, norteamericanos los dos, que se habían quedado en el aeropuerto para tratar de reparar, con la ayuda de algunos nabutianos, los desperfectos sufridos por su pequeño reactor, se llevaron una sorpresa cuando vieron aparecer un piquete de cinco soldados armados de fusiles con la bayoneta calada. Los soldados se les aproximaron en actitud agresiva y los decapitaron sin decir palabra.

Así desapareció el Comité de Ayuda a África de las Naciones Unidas, que era una división de... algún otro departamento cargado de buenas intenciones. Todo lo útil que contenía el pequeño reactor extranjero, además del motor y la carrocería, fue despedazado y quemado hasta quedar irreconocible durante la tarde del mismo día en que sus pasajeros encontraron la muerte. Cuando al día siguiente se recibieron llamadas telefónicas preguntando dónde estaban el señor Hazelwood y su comité, la telefonista, cumpliendo órdenes de Bomo, contestó que el avión del comité nunca habla llegado, aunque lo esperaban el día antes a las once de la mañana. Resultó fácil insinuar que Gibbi, el país vecino, siempre dispuesto a causarle problemas a Nabuti, había derribado el avión. De todos modos, el presidente Bomo no tenía ninguna información que dar y lamentaba profundamente que el comité no hubiese podido realizar la visita que el presidente aguardaba con tanta ilusión.


En Catástrofes
Título original: Tales of Natural and Unnatural Catastrophes (1987)
Traducción de Jordi Beltrán
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: PH en Fontainbleau. 1974 © Martine Franck/Magnum Photos