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14 jul. 2013

André du Bouchet (1924-2001): Dos poemas (bilingüe)

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En plena tierra

En plena tierra
las abras aradas que llevan aire y frutos
resaca
trigo de tormenta
seco
el cubo quema
tengo que luchar contra mi propio ruido
la fuerza del llano
que braceo
y que crece
de golpe un árbol ríe
como la ruta que mis pasos inflaman
como el poniente duramente colgado
como el motor rojo del viento
que desnudé.


En pleine terre

En pleine terre
les portes labourées portant air et fruits
ressac
blé d’orage
sec
le moyeu brûle
je dois lutter contre mon propre bruit
la force de la plaine
que je brasse
et qui grandit
tout à coup un arbre rit
comme la route que mes pas enflamment
comme le couchant durement branché
comme le moteur rouge du vent
que j’ai mis à nu


Dans la chaleur vacante (1961)
Versión Jorge Fondebrider
Gallimard, Collection Poésie, 1991
En Poesía francesa contemporánea 1940/1997
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1997


Pintura

más allá de la puerta, yo
estoy — y abierto, en lo que yo he abierto.

               donde el color
no ha sido sino espina del color, sin duda participa menos del color
mismo que a través de este color
               otra vez de una espina, y
penetra como ella, fría y anterior al color.

               su penetración
es lo que de la identidad perdida
               como la puerta un poco más allá
de pie cuando se abre quedará en relieve.

               todo el resto de la persona
sigue en un plazo fijado.

               ojo y la
mano — ante sí, abre una extensión en la que el resto de la persona
ha desaparecido.

               Lo impersonal
escindido.

ojo que toca —como espina— el punto sensible donde
otra vez has huido.

              el futuro —regresando a
sí mismo, deslumbra.

              pero eres tú, color, si te reconoces en la
identidad perdida, tú mismo como se posa ciegamente una mirada allí
donde se posó la mano ciega.



Peinture

            après la porte, je
suis — et ouvert, dans ce que j'ai ouvert.

            où la couleur
n'a été qu'écharde de la couleur, sans doute tient-elle moins de la couleur
même qu'à travers cette couleur
           d'une écharde encore, et
comme elle perce, froide et d'avant la couleur.

          sa percée,
c'est ce qui de l'identité perdue
          comme la porte un peu plus loin
debout quand elle s'ouvre fera saillie.

          tout le reste de la personne
à échéance suit.

          oeil et la
main - en avant de soi, ouvre une étendue où le reste de la peersonne
a disparu.

          l'impersonne
scindé

          oeil touchant — comme écharde — le point
sensible où de nouveau tu as fui.

          le futur — de retour sur
soi, éblouit.

mais c'est toi, couleur, si tu te reconnais dans
l'identité perdue, toi-même comme un regard aveuglément se pose où la
main aveugle s'est posée.


Traducción de Enrique Moreno Castillo


Retrato de Andre Du Bouchet por Alberto Giacometti
Foto: Claude Gaspari


13 nov. 2011

Edmond Jabés: Canción para el seno crucificado de una monja

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Se les había prohibido a las flores la entrada al convento. Nada se puede contra una rosa. Una monja la cultivaba en secreto. Pero, ¿dónde, cómo? Cuando se le desgarró el vestido, la hermana Ana sangraba. Se le deshojaron los senos. Ella rezaba desnuda, con sus labios muertos. Y dos palomas, sus manos juntas. "Hermana, mi hermana Ana, ¿no ves nada venir?" "Veo -respondió la tierra- una rosa hasta el techo" porque, -¿acaso no lo adivinaron?- para ahogar el escándalo, se había enterrado a la pecadora en sandalias.





De Chansons pour le repas de l'ogre (1943-1945)
Poesía francesa contemporánea 1940-1997
Versiones Jorge Fondebrider
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1997
Foto



19 oct. 2011

Publio Ovidio Nasón - Licaón

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La mala fama de la época había tocado mis oídos;
deseándola falsa me deslizo de la cumbre del Olimpo
y, aunque dios, bajo imagen humana, recorro la tierra.
Gran demora sería contar cuánta maldad ha sido hallada
en todas partes: menor que la verdad fue la mala fama misma.
Yo había atravesado el Ménalos, terrible por sus guaridas de fieras,
y junto con el Cilene los pinares del helado Liceo;
aquí las sedes e inhóspitas moradas del tirano Arcadio
arrastrando a la noche los últimos crepúsculos, entero.
Di la señal de que había llegado un dios, y la gente había empezado
a rezar; ríese primero Licaón de las piadosas súplicas,
dice después: "experimentaré con prueba clara si éste es dios
o mortal; y no sea dudosa la verdad".
Se dispone a perderme a la noche, preso del sueño,
con imprevista muerte: complácele esta prueba de la verdad.
Y no queda con ello satisfecho: de un rehén enviado
desde el pueblo de los Colosos cortóle el cuello con la espada.
y así sus miembros medio muertos en parte los ablandó
con agua hirviente, en parte los tostó con fuego colocado debajo.
Tan pronto puso esto sobre las mesas, yo con mi llama vengadora
derribé los penates dignos de su amo sobre su morada.
Aterrorizado, el mismo huyó, y habiendo alcanzado las soledades del campo
ulula y en vano intenta hablar; desde lo íntimo de sí mismo
su boca acumula la rabia y su habitual avidez de matanza
la emplea contra ganados y aún ahora se goza en la sangre.
En pelos transfórmase su vestimenta, en patas sus brazos:
se hace lobo y conserva vestigios de su antigua forma.
Su canicie es la misma, la misma la violencia de su rostro,
bríllanle los mismos ojos y es la misma su imagen de fiereza.
Cayó una sola casa, mas no una sola casa
fue digna de perecer; por donde se extiende la tierra, reina fiera la Erinis.
Diríase que se han juramentado para el crimen; sufran todos de inmediato
los castigos que han merecido padecer: así firme está mi sentencia.[1]




[1] Ovidio; Metamorfosis, Libro I (traducción, prólogo y notas de Alfredo J. Schroeder), Buenos Aires, Ediciones Biblos, sin mención de fecha.
En Jorge Fondebrider, Licantropía (Buenos Aires, 2004)
Imagen: Escultura de Ettore Ferrari