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12 jul. 2010

Lucio Anneo Floro - "El valor no es más que una vana palabra"

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Inmolado César, no parecía sino que Bruto y Casio arrojaron de Roma otro Tarquino, y sin embargo, la misma libertad que trataron de restablecer pereció con aquel atentado. Consumado el hecho, abandonaron la Curia y se acogieron al Capitolio, temiendo, no sin motivo a los veteranos de César. No faltaba a éstos valor para vengar la muerte de su capitán, pero carecían de un jefe que les dirigiera.


Ante la consideración de que nuevos trastornos pudieran amenazar al Estado, no se pensó en la venganza, y el Cónsul publicó un decreto de anmistía. A pesar de esto, Bruto y Casio, no pudiendo soportar los testimonios de dolor dados por el pueblo ante la muerte de César, marcharon a la Siria y Macedonia, provincias cuyo gobierno les había aquél otorgado. Estas circunstancias hicieron, no que se abandonara, sino que se aplazara la venganza de la muerte de César.

Ordenados los asuntos de la República, no cual debieran, sino del modo que fue posible, y encargado Lépido de la custodia de Roma, Octavio y Antonio marcharon contra Bruto y Casio. Estos reunieron numerosas fuerzas y acamparon en el mismo sitio que fue tan funesto para Cneo Pompeyo. No lo ocultaron las evidentes señales precursoras del desastre que estaban próximos a sufrir. En derredor del campamento, cual sobre segura presa, se cernían las aves de rapiña acostumbradas a saciarse en los cadáveres; y al dirigirse ambos caudillos al campo de batalla, encontráronse con un etíope, señal por demás infausta. Bruto, que a la luz de una lámpara se entregaba como de costumbre durante la noche a las meditaciones, vio levantarse ante sí a un negro fantasma, y habiéndole preguntado quién era, le respondió: "Tu mal Genio", desapareciendo repentinamente de la vista del atónito Bruto.

El vuelo de las aves y las entrañas de las víctimas presagiaron más favorablemente en el campamento de Octavio; pero ningún vaticinio hubo tan notable como aquel en que el médico de Octavio fue advertido en sueños para que sacara de los reales a su caudillo, próximo a caer en manos de los enemigos, como así se verificó.

Empeñada la lucha, se combatió con igual ardor, a pesar de no hallarse presentes ninguno de sus dos jefes: el uno se encontraba enfermo; al otro se lo impedían el temor y el desaliento. Indecisa estuvo la victoria en un principio, y las ventajas fueron iguales por una y otra parte, como lo demuestra el hecho de que fueron tomados los campamentos de Octavio y de Casio.

¡Cuánto más poderosa es la suerte que el valor! y ¡qué verdaderas son las últimas palabras pronunciadas por el moribundo Bruto! El valor no es más que una vana palabra. Un error dio la victoria a Octavio. Observando Casio que el ala derecha de su ejército se replegaba, y que su caballería después de tomar el campamento enemigo regresaba precipitadamente, creyó que huía; entonces se posesionó de una altura, desde cuyo punto el polvo, el estrépito y la proximidad de la noche no le permitieron apreciar el hecho en su realidad, y uniéndose a todo esto la tardanza de un explorador por él enviado, se persuadió de que su causa estaba perdida y entregó la cabeza al filo de la espada de uno de los que lo acompañaban. Faltó el ánimo a Bruto con la muerte de Casio, y fiel a la promesa que ambos se hicieran de no sobrevivir a la derrota, presentó su pecho a la espada de uno de sus compañeros de armas. ¿Quién no se extrañará que hombres tan sabios no pusieran por sí mismos término a su existencia?

Tal vez se persuadirían de que no debían manchar sus manos con el suicidio, y que bastaba desearlo para salvar sus almas encomendando a otros el crimen de su ejecución.



Transcripto de Gestas romanas, Libro Cuarto, Cap.VII
Trad. J. Eloy Díaz Giménez
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1953


Extractamos de la solapa de esta edición:
Lucio Anneo Floro, escritor hispano-romano, nacido posiblemente en la España Tarraconense, floreció en tiempos de Adriano. En las Gestas romanas, la historia de Roma desde Rómulo hasta César Augusto, considera la historia como se considera la vida de un hombre, dividiéndola en períodos que corresponden a las etapas del crecimiento humano -coincidiendo en esto con el concepto histórico senequista, motivo por el cual han querido atribuir las Gestas al mismo Séneca, pero sin que haya dato concreto alguno que fundamente esta versión-.


5 sept. 2008

Lucio Anneo Floro - Rey Epulón

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Después de los Etolios atacó Roma a los Histrios, aliados de aquellos en la última campaña.

El principio de esta guerra fue ventajoso para el enemigo; mas este mismo éxito fue causa de su ruina.

Tomados por los Histrios los reales de Cneo, de tal manera se engolfaron con tan rica presa, que ebrios por el vino y el contento, olvidaron del todo el lugar donde se encontraban. Sorprendidos por Apio Pulcher, devolvieron en medio de torrentes de sangre una victoria mal adquirida. El mismo rey Epulón, tambaleándose sobre el caballo, vagaba de un punto a otro, y sólo cuando recuperó la razón vio con sorpresa que había caído prisionero.


Gestas romanas, Libro Segundo, Cap. IX
Trad. J. Eloy Díaz Giménez
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1953

Extractamos de la solapa de esta edición:
Lucio Anneo Floro, escritor hispano-romano, nacido posiblemente en la España Tarraconense, floreció en tiempos de Adriano. En las Gestas romanas, la historia de Roma desde Rómulo hasta César Augusto, considera la historia como se considera la vida de un hombre, dividiéndola en períodos que corresponden a las etapas del crecimiento humano -coincidiendo en esto con el concepto histórico senequista, motivo por el cual han querido atribuir las Gestas al mismo Séneca, pero sin que haya dato concreto alguno que fundamente esta versión-.




18 ago. 2008

Sagunto (Lucio Anneo Floro, Gestas romanas, Cap. V)

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Cuatro años escasos de reposo disfrutaba Roma, terminada la primera guerra púnica, cuando estalló la segunda, menos duradera, pues no pasó de dieciocho años, pero tan funesta por sus grandes desastres, que comparados los daños que por una y otra parte se experimentaron, puede considerarse como vencido el mismo pueblo vencedor.

Montaba en cólera al noble Cartaginés (una vez que se le despojó del predominio marítimo) haber perdido la Sicilia y verse precisado a pagar tributos, él, que hasta entonces estaba acostumbrado a exigirlos.

Aníbal, niño aún, juró a su padre ante el ara de los Dioses vengar a su pueblo, y por cierto que no tardó mucho en cumplir su juramento.

Como pretexto para reanudar la guerra eligió a Sagunto, antigua y opulenta ciudad de España, ilustre sí, pero ejemplo triste de lealtad para con los Romanos. Su independencia estaba garantida por un tratado celebrado entre Cartago y Roma; mas Aníbal, buscando ocasión de nuevos disturbios, la destruyó con sus manos y las de sus mismos pobladores, para que conculcando el convenio le quedara expedito el camino de Italia.

(...)

Fatigados los Saguntinos, después de nueve meses de sitio, por el hambre, por las máquinas de batir y las armas enemigas, convierten la defensa en desesperación, encienden en medio de la plaza una gran pira, y arrojándose en ella con sus familias y riquezas, sucumben al impulso de la espada y el fuego.

Roma pidió que se le entregara a Aníbal, autor de este desastre; mas tratando el Senado cartaginés de excusar el hecho, Fabio, jefe de la embajada, dice a los senadores: "¿Qué indecisión es ésa? En el seno traigo la paz y la guerra. ¿Qué elegís? - ¡La guerra!, exclamaron aquéllos. -Pues tomad la guerra", respondió aquél; y desplegando la toga en medio de la asamblea, declaró la guerra, con gran consternación de los circunstantes, como si realmente la hubiera llevado oculta en su seno.

No bien se había formado en España, por segunda vez, la horrible y desastrosa tempestad de la segunda guerra púnica y se encendió con el fuego de Sagunto el rayo destinado tiempo atrás para herir a los Romanos; cuando arrastrada súbitamente con vertiginoso ímpetu rompió por medio de los Alpes, y desde sus nieves, de fabulosa elevación, se desplomó sobre la Italia como si arrojada hubiera sido por los cielos.

(...)

Tercer rayo del furor de Aníbal fue el lago Trasimeno. Flaminio mandaba las fuerzas romanas. En esta ocasión dio al Cartaginés nueva muestra de su estrategia. Ocultó su caballería a favor de la densa niebla del lago y de los juncos pantanosos, y cayó repentinamente sobre nuestro ejército atacándolo del revés.

No podemos quejarnos de los Dioses: vaticinaron el desastre al temerario caudillo el enjambre de abejas que se posó sobre las banderas, la resistencia que las águilas opusieron a ser arrancadas del suelo y el gran terremoto que se dejó sentir al dar principio a la lucha: tal vez la vehemencia de aquella conmoción terrestre se produjera a impulso del movimiento de los hombres, de los caballos y del choque de las armas.

(...)

Todo se conjuró para aniquilar a aquel desgraciado ejército: el general enemigo, la tierra, el cielo, el día, en una palabra, la naturaleza toda. No satisfecho Aníbal con haber despachado falsos tránsfugas al campo romano, los que no tardaron en atacar por la espalda a nuestros soldados; luego que hubo observado que el campo de batalla era una vasta llanura abrasada por el sol, cubierta de arena y en la que sopla con frecuencia el Euro, que procede del Oriente, colocó de tal manera su hueste, que viéndose precisados los romanos a dar la cara, tuvieron en contra suya todos estos obstáculos. Parecía que Aníbal, manejando a su antojo el cielo, constituía en sus auxiliares al sol, al polvo y al viento.

(...)

Trad. J. Eloy Díaz Jiménez
Trascripto de la segunda edición de Espasa-Calpe
Buenos Aires, 1953