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20 jun. 2014

Macedonio Fernández - Una novela para nervios sólidos

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Se estaba produciendo una lluvia de día domingo con completa equivocación porque estábamos en martes, día de semana seco por excelencia. Pero con todo esto no estaba sucediendo nada: la orden de huelga de sucesos se cumplía.

Sin contrariar este revuelto estado de cosas empujé hacia atrás con un movimiento decidido la silla que ocupaba, y luego de este ruido oficinesco y autoritario de 2.° jefe burocrático que tiene temblándole veinte bostezantes sobresaltados, le retiré la percha al sombrero y en las mangas de éste introduje ambos brazos, di cuerda al almanaque, arranqué la hojita del día al reloj y eché carbón a la heladera, aumenté hielo a la estufa, añadí al termómetro colgado todos los termómetros que tenía guardados para combatir el frío que empezaba, y como pasada alcanzablemente un lento tranvía di el salto hacia la vereda y caí cómodamente sentado en mi buen sillón de escritorio.

Por cierto que había mucho que pensar; los días transcurrían de un tiempo a esta parte y, sin embargo, no se aclaraba el misterio (todos ignorábamos que hubiera uno) en el puente proyectado. Primero: se nos hizo conocer un dibujo del puente tal y como estaban de adelantados sus trabajos antes de que nadie hubiera pensado en hacerlo existir; segundo: dibujo de cómo era el puente cuando alguien pensó en él; tercero: fotografía de transeúnte del puente; cuarto: ya está el primer tramo empezado. En suma: que el puente ya estaba concluido, sólo que había que hacerlo llegar a la otra orilla porque por una módica equivocación había sido dirigida su colocación de una orilla a la misma orilla.

Ahora bien, ¿por qué en el meditado discurso que el Ministro le tosió al puente por hallarse medio resfriado aquél, o éste, no estoy muy seguro, se acusó de ingratitud para con el Gobierno?

Sabido es cuánto ha sufrido la humanidad por ingratitudes de puentes. Pero en éste, ¿dónde estaba la ingratitud? En la otra orilla no puede ser, porque el puente no apuntaba hacia la otra orilla y en verdad el arduo problema del momento era torcer el río de modo que pasase por debajo del puente. Esto era lo menos que se podía molestar, y esperar, de un río que no se había tomado trabajo ninguno en el asunto puente.


En Manera de una psique sin cuerpo
Imagen s/d

21 mar. 2014

Macedonio Fernández - Elena Bellamuerte

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No eres, Muerte, quien por misterio
pueda mi mente hacer pálida
cual eres ¡si he visto
posar en ti sin sombra el mirar de una niña!
De aquélla que te llamó a su partida
y partiendo sin ti, contigo me dejó
sin temer por mí. Quiso decirme
la que por ahínco de amor se hizo engañosa:
«Mírala bien a la llamada y dejada
obra de ella no llevo en mí alguna
ni enojela,
su cetro en mí no ha usado
su paso no me sigue
ni llevo su palor ni de sus ropas hilos
sino luz de mi primer día,
y las alzadas vestes
que madre midió en primavera
y en estío ya son cortas;
ni asido a mí llevo dolor
pues ¡mírame! que antes es gozo de niña
que al seguro y ternura
de mirada de madre juega
y por extremar juego y de amor certeza
—ve que así hago contigo y lo digo a tus lágrimas—
a sus ojos se oculta.

Segura
de su susto curar con pronta vuelta».
Si he visto cómo echaste
la caída de tu vuelo ¡tan frío!
a posarse al corazón de la amorosa
y cual lo alzaste al pronto
de tanta dulzura en cortesía
porque amor defendía
de muerte allí.

¡Oh! Elena, oh niña
por haber más amor ida
mi primer conocerte fue tardío
y como sólo de todo amor se aman
quienes jugaron antes de amar
y antes de hora de amor se miraron, niños
—y esto sabías, este grave saber
tu ardiente alma guardaba;
grave pensar de amor todo conoce—
así en tiernísimo
invento de pasión quisiste esta partida
porque en tan honda hora
mi mente torpe de varón niña te viera.
Fue tu partir así suave triunfando
como se aquieta ola que vuelve
de la ribera al seno vasto
cual si fuera la fría frente amada un hondo de mar.
En tu frente un fin de ola se durmió
por caricia y como en fantasía
de serte compañía
y de mostrar que allí
ausencia o Sueño pero no muerte había;
que no busca un morir
almohada en otra muerte
pero sí sueño en sueño;
niño se aduerme en madre.

Y te dormiste en inocente victoria.
¿Te dormiste? Palabras no lo dicen.
Fue sólo un dulce querer dormir
fue sólo un dulce querer partir
pero un ardiente querer atarse
pero un ardiente querer atarme.
¿Dónde te busco, alma afanosa,
alga ganosa, buscadora alma?
Por donde vaya mi seguimiento
—alma sin cansancio seguidora—
mi palabra ate alcance.
La que fue entendida
entendida en su irse
en ardiente intriga a un esperante.

Y si así no es ¡no cortes Hombre mi palabra!
Y si así no es, es porque es mucho más.

Criatura de porfía de amor
que al tiempo destejió
que llamó así su primer día,
se hizo obedecida a su porfía;
y se envolvió la frente
y embebió su cabeza
y prendió a sus cabellos
la luz de su primer sagrado día
dócil al sagrado capricho
de hora última de mujer
en el terrenal ejercicio.

Y me decía
su sonreír en hora tanta:
«Déjame jugar, sonreír. Es un instante
en que tu ser se azore.
Llévome de partida
tu comprenderme. Voyme entendida,
torpeza de amor de hombre ya no será de ti».

Niña y maestra de muerte
fingida en santo juego de un único, ardiente destino.
Fingimiento enloquecedor
que por palabra tuvo
lágrimas brotando.

Cual cae en seriedad y grave pulsa
pecho de doncella turbado
por cercanía de amor
y pónese en valentía y pensamiento
de la prueba fortísima
quedó aquél para sólo quien
fue entendida, oculta, y mostrárase de nuevo
la Amorosa.

Yo sabía muerte pero aquel partir no.
Muerte es beldad y me quedó aprendida
por juego de niña que a sonreída muerte
echó la cabeza inventora
por ingenios de amor mucho luchada.

¡Oh, qué juego de niña quisiste!
Niña del fingido morir
con más lágrimas visto que el más cierto.
Tanta lucha sudorosa hizo la abrumada cabeza
cuando la caíste a dormir tu «muerte»
en la almohada
—del Despertar Mañana—.
Ojos y alma tan dueños del mañana
que sin amargarse en lágrimas
todo lloro movieron.
Tanta certeza florecida en el ser de una niña
secos tuvo sus ojos. todo en torno lloraba.
Oh niña del Despertar Mañana
que en luz de su primer día se hizo oculta
con sumisión de Luz, Tiempo y Muerte
en enamorada diligencia
de servir al sacro fingimiento
del más hondo capricho en levísimo juego,
de último humano querer de la ya hoy no humana.


Muerte es Beldad.
Mas muerte entusiasta
partir sin muerte en luz de un primer día
es Divinidad.


Grave y gracioso artificio
de muerte sonreída.
¡Oh, cual juego de niña
lograste, Elena, niña vencedora!
a alturas de Dios fingidora
en hora última de mujer.


Mi ser perdido en cortesía
de gallardía tanta,
de alma a todo amor alzada.
¡Cuándo será que a todo amor alzado
servido su vivir, a su boca chocada y rota última copa
pruebe otra vez, la eterna Vez del alma
el mirar de quien hoy sólo el ser de Esperada tiene
cual sólo de Esperado tengo el ser!




Fuente foto sin data 


1 mar. 2013

Macedonio Fernández - Brindis a Leopoldo Marechal

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Macedonio Fernández


El principio del discurso es su parte más difícil y desconfío de los que empiezan por él.

El presente es trémulo porque es viejo; fracasan los que en él hagan cualquier cosa; en cambio, dejado para otro día, fue el método de celebridad y poder de todos los expectantes y silenciosos. Nada empecemos hoy, que el porvenir está lleno de cosas hechas, tan preferibles, y debe estar muy cerca ahora, después de tanto Pasado.

Explicaré mi arrepentimiento de cuanta cosa empecé antes del porvenir: tres o cuatro brindis marrados -que yo calculaba me dieran más aplausos en unos minutos que todos los aplausos de llamar al mozo que ha oído un mozo de bar en treinta años de atencioso servicio, aunque se le añadan (esto es propina) los aplausos de matar polillas mientras vuelan y los aplausos para ahuyentar gallinas de un jardín- me hicieron abusar del pensamiento, hasta descubrir que esos cuatro discursos no sólo comenzaban sino que presentaban el principio de la mala ubicación, delante de todo, antes que el público se acostumbrara. (Brindis a los que se reconoció, sin embargo, el mérito de un estilo tan continuado, o personal, mío, digamos, que podían oírse de espaldas por los que se iban retirando, y continuarse indefinidamente mientras alguien no encontrara su sombrero.)

Corrigiendo estas contrariedades, en ocasiones posteriores, rogué al público continuar atendiendo hasta oír el principio de mi discurso, lo que lo ilusionó alegremente. En fin, en un reciente ensayo lo suprimí del todo y en la emoción de ensayar me olvidé de todo lo demás y me senté. La concurrencia, enamorada de la intención que me supuso de inaugurar la nueva era del concluir de comer sin dificultades, aparentó no haber oído que yo no había dicho nada y declarando que nada confuso tenía mi brindis, ni preocupante o flojo o desigual o que no se entendiera del todo, aplaudió como para dar ocupación a todos los mozos de bar no llamados en un mundo de bares abstemios y vegetarianos. No soy tan impresionable como el habitante que se resbaló del mundo, cual si le hubieran hablado de cáscaras de bananas, cuando le dijeron de golpe que la tierra era redonda; mas me siento triunfante por haber concluido no sólo con mi carrera de orador que no para, sino con la de orador confuso, en la que entreveía un porvenir claro y sin trabajo ninguno, porque me era innata la facultad. He nacido con las "líneas ligadas", en casa de una telefonista, frente al abonado "equivocado", e inventé el brindis "que no funciona", ovacionado final de mi carrera de inventor, que me compensa de haber llegado tarde a este mundo y con el candor de creer que vendería millones de mis aparatos para postergar rifas, cuando ya nacen hoy con dos delanteras de aplazamiento y la de cuarta postergación está adelantadísima ya en taller de Alemania, haciéndose en el mismo molde donde se moldeó la intención que tiene Alemania de pagar la indemnización de guerra de 1914.

Querido gran poeta Leopoldo Marechal: lamento haber contado cosas tan malas del presente y de que hay que apagarlo, con ventaja segura, cuando nada declara más a un poeta, y es en vos un signo constante, que la certeza e interlocución con el Hoy, único modo místico y estético del tiempo. El hoy ha sido lleno para todos y es por una degradación de espíritu, cuyo manantial no logro descubrir, que por una parte la inclinación histórica y por otra la ideología banal del Progreso, dos perversidades de difícil explicación, nos hacen suponer más plenitud del Hoy de los que nacerán ulteriormente, y una pobreza del Hoy que poseyeron los hombres del pasado.

Vuestra poesía, entre nuestras numerosas empresas estéticas de hoy, palpitación de una busca ardiente y penetrante de Arte que me exalta, me pone más que ninguna ante la evidencia del goce espiritual y la oscuridad, en mí, de su teoría. Aunque cada vez se me paraliza más la interrogante estética, creo que en vos se decide, aunque no se colme todavía, la inquietud profunda y el operar continuo de las almas artistas de Buenos Aires.

Perdonadme, Marechal, la pobreza imperdonable de estas vaguedades en mi posición mental ante la belleza que realizáis, que no excluyen, aunque no decoran, la certeza del placer que generasteis para nosotros*.

*En "Museo de la Novela de la Eterna" aparece una carta del Presidente de la novela al poeta Ricardo Nardal, es decir Leopoldo Marechal


En Papeles de Recienvenido

28 ago. 2012

Macedonio Fernández - Tantalia

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El mundo es de inspiración tantálica


Primer momento: El cuidador de una plantita.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Ocurre que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin sospechar tales cavilaciones pero movida por una aprensión vaga del empobrecimiento afectivo en él, le envía por regalo una plantita de trébol.

Él resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con entusiasmo durante un tiempo y cada vez más se percata de la infinidad de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la seguridad de la vida por un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe, sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y su vivir o el de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol fuera el símbolo del vivir del amor.

Empiezan a temer que la plantita muera y muera así, uno u otro, y lo que es más: el amor, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la identidad reconocible de esta plantita para que, eludiendo el mal presagio de matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven, entonces, de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto trebolar.

Segundo momento: Identidad de una mata de trébol.

Pero la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en Él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero con algún pulso de zozobra en Ella, sin embargo, Él se inclinó y cogió otra mata de trébol.

—¿Qué hacés?

—Nada.

Ambos se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al principio obsequio de amor.

Tercer momento: El torturador de un trébol.

“Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas...

“Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Si su Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible.

“Elegida entre millares, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!

“Durante tres días, sesenta, setenta horas el viento del verano estuvo constante oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una dirección a una pequeña variante de acento y dirección; y la puerta de mi habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o columpiándome en la silla de hamaca.

“Parece entonces que yo me dije: esto es la Eternidad. Parece que fue por esto que veía yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer, crueldad, bondad, que hubo nacido el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.

“Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transporté al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer, y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el Cosmos también me ha creado a mí!

“Yo niego la Muerte, no hay la Muerte aún como ocultación de un ser para otro, cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible, Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la muerte y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el Cosmos, que la Fe puede mover montañas; creo yo aunque nadie otro creyera.

“No puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé, ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin matarla.

“Como por sobre ascuas tendrá que decir que la colocaba todos los días próxima e intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar... El mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos embarazos interpuestos y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración tantálica: despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o mejor: la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: tienta y niega. Mi consigna interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimiento sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla; me vencía de repulsión mi propia obra; (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso). El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse. ¡Vergüenza!

“¡Elegida entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh!, tu Dolor ha de saltar el mundo. Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia de atormentar.”

Cuarto momento: El amigo.

Vemos a su amigo Luis entrar a su habitación; y en el centro de ésta detenerse, pálido y hurgando todo en torno con la mirada, agitado.

—Venía a sacarte de aquí para distracción. Pero me he sentido aquí amenazado con un sufrir súbito. ¿Es que aumenta tu malestar?

Él, sentado como pasaba las horas espiando a la plantita reseca y helada entre él y la ventana, separada de la lluvia y del rayo de sol que unos días u otros podían regarla o calentarla, contestó:

—Como siempre.

Agitándose, Luis gritó:

—¿Pero quién sufre aquí? ¡Qué destrozarse, qué agonizar! Me voy a respirar.

Él, avergonzado, rojo de rubor, quedó retorciéndose. Exclamaba, mirando por donde partía Luis: Feliz de él, feliz, feliz.

Quinto momento: Nuevo sonreír.

La fórmula radical, íntima, de lo que él estaba haciendo miserablemente, era la ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual. Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer eslabón de lo viviente más frágil, por el mayor poder y dotación de lo viviente. ¡El hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había advenido el Hombre!

La irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento del mayor poder en una alevosía a un mínimo existir.

Su pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía inteligible y posible una sustitución del Todo-Ser por la Todo-Nada. Él, como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada; opción o reemplazo o “empujamiento afuera” del Ser por la Nada. Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieran en su posibilidad de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si es, es causalístico, y así su cesación, su no ser es causable, aunque el resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría... Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro, un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa de un Mundo de Ser a un Mundo de No-Ser.

Vendría un día el Salvador-de-Ser...

(Yo lo digo comentando, teorizando lo que él hizo, pero no soy Él)

Pero Ella vino un día:

—Dime, ¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz ¿Eso es lo que yo oí?

¡Y entonces: Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente, como antes! Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse, que hinchaba su corazón, que había querido hacer estallar el mundo, y al serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de pequeña raíz arrancada, ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su plenitud de amor... Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda la vida de Él.

Yo lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que nuestro creer en esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su “bendición” ya protegido de males. Toda mujer cree que lo que reza con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues.

Yo lo creo.

No me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos, con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es.

Concebido está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero la milagrosa re-creación de amor concebida al par por el autor, batallará quizá con aquélla o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y re-creaciones más que un continuo.

Los he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.

5 may. 2012

Macedonio Fernández - Versión genérica en palabras de la verbalización correspondiente al estado de "espera en la esquina" de lo que no llegó

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Macedonio Fernández


Cuando el Diablo estaba haciéndoles lados del revés a las cosas; desconcertando la concordancia entre los ojales de la camisa y los del puño a colocar; enseñándoles a los techos a lloverse y al llavero a quedarse en el pantalón que uno se cambió; dando uñas a las suegras sin yerno; creando la permanente gota de lluvia del baño qué cae en nuestro cuello cuando nos inclinamos sobre la bañadera para lavar las manos; haciendo que los trompos no quieran bailar sino delante de nosotros de modo que cuando al lanzarlos se enreda el hilo en la púa del trompo nos da en la frente; haciendo enredos incontables con el hilo desovillado para el barrilete, con el cordón de la línea de pescar y la lana de tejer; poniendo el sol bajo y de frente a los que se dedican a la pesca; editando esos diarios de ochenta páginas esgrimiendo los cuales con gran bulla, enarbolándole las hojas, no encontramos dos que se sigan y detrás de ellos la familia no nos encuentra para llamarnos a almorzar; inventando los guantes y los laderos de la cama que no sirven más que para su lado; ese grillo que se entra en la pieza y cuyo gotero de canto nos olvidamos cerrar al acostarnos, y esa canilla que quedó abierta y parece que el agua no cesará de extenderse en toda la casa; esa cabeza de fósforo que estalló entre nuestra uña y nuestra yema; la corbata que no corre dentro del cuello doblado mientras nuestra novia ha llegado y está sola con nuestro primo en el vestíbulo; esa algazara de gatos en el techo que no nos deja oír una trifulca de perros en la vereda; la llave que se quedó entrampada en la cerradura; el chico ahijado que viene a visitarnos cuando no había quedado en la casa más que la joven mucama; los dos sobres listos con dirección puesta para las cartas que metemos en el sobre que no es.

Cuando el Diablo hizo llegar al otro lado los agujeros de mantel...

Cuando el Diablo...


En Continuación de la nada


20 oct. 2011

Macedonio Fernández - El arte de vivir

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Cuando el individuo es feliz o pasablemente feliz, la insinuación de un "arte de vivir", de un conjunto de principios, reglas e indicaciones más o menos sólidas, conducentes a favorecer la obtención de un bienestar moderado y a evitar algunos dolores, excita su sonrisa.

Mas como eludir el dolor y alcanzar el placer son la exclusiva preocupación del ser vivo, ese mismo hombre temblará y palidecerá ante la perspectiva de un insignificante sufrimiento o llenará su casa de gritos y amenazas porque ha encontrado la sopa fría, y siempre que cualquier circunstancia retire de su alcance alguno de los manjares de su bienestar cotidiano.

Esto es común a Rockefeller y a su portero, a Napoleón y a su más oscuro soldado, a Spencer y a su criada; deliberadamente invierto todas las jerarquías dominantes porque en esta materia no las hay; para el placer y para el dolor todas las unidades humanas son iguales, y el santo se enojará porque le estorban ser todo lo santo que desea y palidecerá ante una tentación, es decir, temblará ante el dolor, porque una tentación importa para él la inminencia de un dolor moral, de una derrota de su voluntad.

El disimulo puede cultivarse y también puede darse color de indignación a lo que es siempre la misma moneda corriente de la cólera. Nuestros goces y nuestros sufrimientos podrán revestir la forma más egoísta o altruista; siempre eludir dolor y obtener placer serán el modo único de respirar la Vida, propio de todo ser vivo.

El cultivo del Valor puede ser llevado a amplitudes admirables, pero no alterará ese doble movimiento esencial de toda "vida" y, además, comportará el sacrificio o abandono de otros poderes de la personalidad.

Del mismo modo, la milagrosa trasposición merced a la cual el individuo rompe la ilusión del "yo", profana el egoísmo natural, y hace suyos el placer y el dolor de otro ser, no modifica su criterio hedónico, como no invierte su manera de respirar. La "madre", consumada perfección de esta suprema gracia del "yo", de ese bellísimo movimiento de trasposición que es la agilidad más exquisita del "individuo", del mundo cerrado de la conciencia individual, la madre sólo estará conforme con su estado cuando se sienta feliz y estará y se manifestará descontenta mientras falte algo a su felicidad, aunque el significado de esa dicha o de esa desdicha sea textualmente éste: mi hijo es feliz, o mi hijo sufre.

Y, por tanto, la madre, el héroe, el santo, el asceta, actúan con respecto al Placer y Dolor exactamente como el más simple individuo humano o animal, y cuando el dolor invade sus existencias caen en las mismas supersticiones y temores, buscando amuletos y refugios ya en las religiones, ya en los moralismos, ya en tal o cual sistema higiénico, sociológico, psicológico, cultura de la voluntad, "conciencia tranquila", etcétera.

Entonces, pues, en este asunto que a todos preocupa por igual ¿será posible hallar reglas generales e indicaciones especiales que beneficien en alguna proporción el estado humano?

Es, quizá, verdad que una regla general para la vida en conjunto y en todas las posibilidades y situaciones no podría formularse. No existe ninguna observancia, ninguna conducta, probablemente, que en toda circunstancia y ni siquiera en la mayoría de las circunstancias presente más ventajas que inconvenientes, descontando desde ya que ninguna regla carecerá de múltiples inconvenientes.

Pero existen circunstancias y situaciones más frecuentes que otras y es por ello que vamos a intentar una exploración.

Toda regla supone una privación, una abstención o una labor y es, desde luego, contraria a nuestra repugnancia para todo dolor inmediato.

La privación o esfuerzo que esa observancia supone es un dolor cierto; en cambio el placer próximo o remoto que de ese esfuerzo nos resultará nunca es cierto porque pertenece al futuro y nuestra existencia puede cesar antes de recoger el fruto; además, porque puede haber error parcial o total de en regla; también, porque aún siendo exacta la regla puede estar mal o incompletamente expresada, o ser mal interpretada por nosotros, o porque existen muchas reglas que son benéficas si se cumplen todos los requisitos que ellas exigen y faltando uno cualquiera de ellos, sus ventajas se truecan en perjuicio.

Además ningún precepto puede ser muy bueno, porque nada en la vida lo es. Nuestra contextura psicológica y la infinidad de las contingencias del Mundo imponen que en cualquier condición y momento, individual o histórico, los bienes y los males se compensen, de tal modo que la existencia humana o animal en general no es mejor ni peor que la no-existencia. A esto se agrega que dentro de una vida individual, por ley de relativismo psicológico, nadie puede gozar mucho más de lo que ha sufrido ni puede sufrir mucho sino a condición de haber gozado mucho.

Dentro de tal relatividad la eficacia de cualquier regla eudemónica tiene que ser muy circunscripta; y, además, es posible asegurar los buenos efectos más o menos inmediatos de algunas conductas y preceptos, pero los efectos distantes, por las circunstancias mencionadas, o por otras, pueden llegar a ser grandemente desfavorables al bienestar, sobre todo en virtud del relativismo hedónico. Así el hombre que para combatir una dispepsia se ha señalado un régimen frugalísimo habrá logrado su bienestar al cabo de muchos tanteos, errores y privaciones; mas si repentinamente las circunstancias cambian y se ve obligado a salir a campaña militar o a vivir viajando por necesidad, su estómago habituado a una labor ligera le hará casi intolerable o sencillamente intolerable la existencia y los esfuerzos realizados por frugalizarse no sólo no tendrán recompensa sino que le habrán creado una condición directamente contraria a su felicidad.

De igual modo, el buen fumador que, por no carecer de dinero ni de salud, ha podido disfrutar a su gusto de la grata compañía del habano durante ocho, diez, quince años (lo que no es poca dicha) si inopinadamente, por prescripción médica o por carencia de dinero, o por pérdida de la libertad o por encontrarse desprovisto de cigarros en un largo viaje, se ve privado de su goce habitual, sufrirá en una semana hasta enloquecerse o llorar (como lo he observado muchas veces y aún en hombres que hacían un culto del valor). Es decir, que su miseria y sufrimiento será tanto mayor cuanto más holgada y libremente haya gozado, antes, de su placer; o, lo que es lo mismo, que si su goce hubiera sido antes estorbado por pobreza o prisiones o enfermedades, su dolor ahora sería menos intenso y prolongado.

Y esto es así de todas las condiciones y venturas; de los goces de la amistad, del amor, del cariño fraternal, de la lectura, de la ciencia, de la música, etc., y por ello puede enunciarse que ni la belleza, ni la fuerza, ni la riqueza, ni el poder intelectual, ni la aptitud al cariño, ni la aptitud al odio, ni la gloria, ni el valor, ni la salud, son '"bienes" no digo absolutos, ni siquiera son condiciones o circunstancias que puedan llamarse "más buenas que malas". En otro capítulo trato de demostrar esta verdad, que algunos hallarán demasiado amplia y considerarán objetable, particularmente en lo que atañe a la salud y al valor, que a todos parecen oro sin mezcla.

En consecuencia, las reglas que yo acierte a formular no tenderán sistemáticamente a la obtención de ninguno de estos llamados "bienes" y por ello mi primera advertencia al lector será que no envidie ninguna condición ni ningún carácter, y, en segundo término, que sepa, si actualmente sufre, que a él le está reservada tanta felicidad como a cualquier mortal, sin necesidad de que llegue a alcanzar la gloria, la riqueza, la valentía o la ciencia que otros poseen; que tenga siempre presente que sufrir ahora es estar sembrando la semilla del placer futuro.

Todo hombre llega a la felicidad ineludiblemente, cualesquiera que sean sus defectos de carácter (para la dicha y la desdicha ninguna forma de carácter es cualidad o defecto sino que es las dos cosas alternativamente y según las circunstancias), su condición y sus fracasos. Unas veces llegará a ella por realización de sus deseos y otras por destrucción de ellos a fuerza de fracasos, pero llegará a ella indefectible y plenamente con tal de que su existencia se prolongue unos años más y sin otro requisito que éste. De idéntico modo tornará a vivir miserablemente después que haya saboreado algunos años dichosos y también por la sola razón de que gozar es crear las condiciones necesarias para el sufrimiento ulterior, es sembrar dolor futuro.

Olvidé enumerar entre los comúnmente llamados "bienes" el buen humor o carácter alegre y lo he olvidado en mis páginas porque la Realidad lo ha olvidado entre sus "casos" o "creaciones". El carácter alegre no existe; colocadlo en la condición o situación opuesta a aquella en que lo habéis visto alegre y observaréis cuan poco alegre llega a ser. Las personas llamadas "alegres" son generalmente temperamentos cariñosos y cordiales que en la sociedad de sus semejantes se sienten dichosos como el pez en el agua; en la soledad son grandes desdichados por la misma razón que el pez fuera del agua, pero como, naturalmente, no cabe observarlos sino rara vez en la soledad, dado que el observador les haría compañía, dejan siempre la impresión dominante de un inagotable buen humor.

La relatividad, pues, dice a todos: "alegraos si sufrís", "entristeceos puesto que gozáis", en vista de que el porvenir del dolor es el placer y el porvenir del placer es el dolor.

Indicaremos, asimismo, que la felicidad llega sólo cuando el individuo ha adquirido a fuerza de esfuerzos de trabajo o de esfuerzos de privación de satisfacciones, una abundantísima actividad o una gran frugalidad en todos los deseos afectivos o sensuales y, en fin, que no siempre se es desgraciado cuando uno cree serlo, ni es imposible que seamos felices sin que nos hayamos apercibido de ello; aunque tal cosa no ocurrirá a las personas que constantemente reflexionan sobre su existencia, ocurre con frecuencia que hombres estudiosos e inteligentes observan tan poco su vida interior que emiten con respecto a los períodos de su vida juicios eudemónicos muy inexactos.

La existencia es dura para todos y no puede ser de otra manera; lo único que alcanza a determinar una diferencia considerable entre una existencia y otra con respecto a su balance final de goces y sufrimientos, es la oportunidad o inoportunidad con que llega la muerte. Es una gran ventaja morir cuando se ha disfrutado de todo el período bueno subsiguiente a uno malo; y es el colmo del infortunio que se extinga la existencia cuando se iniciaba el buen período. Vivir poco o mucho nada significa, pues la vida en sí no es un bien, y ningún destino más envidiable que el de quien muere antes de los veinte años.

Casi siempre el brillo de la vida empieza a palidecer desde los catorce o quince años; aunque bajo otros puntos de vista carecen de toda belleza ética y estética la niñez y la adolescencia, la existencia donde el Dolor no ha invadido todavía, es lo cierto que esa parte es la más deseable de nuestro pobre destino y que importa un inestimable beneficio que ella cese a esa altura.

Pero la intensidad de la dicha puede ser tan completa a los cincuenta años como a los quince y muchos jóvenes a los veinte años son ya profundamente desgraciados.

El Mundo no es una morada hecha "a la medida" para el hombre o para el ser vivo: la "vida" en general y la "vida humana" son accidentes que han brotado, persisten y pueden desaparecer en cualquier momento, y la ilusión de la adaptación progresiva de la Vida al Mundo, es una esperanza pueril que se desvanece con sólo detener un instante nuestro pensamiento en esta consideración: que si la "vida" evoluciona en el seno de la Realidad tendiendo a adaptarse a ella, a su vez la Realidad Total paralelamente y con entero olvido de la "Vida" evoluciona también, de tal manera que cuando la primera cree haber dado un paso de adaptación, la Realidad, por las modificaciones graduales o no graduales que constituyen su evolución(1) propia, se ha alejado y la Vida descubre que se ha adaptado a lo que era y ya no es, que se ha adaptado al Pasado sin provecho alguno.

Es infantil creer que la Vida se mueve en el seno de una Realidad inmóvil. La especie "diamante" o la especie "agua", del mundo inorgánico, es un tipo en marcha como la especie "eucaliptus" o la especie "hombre", del orgánico, y cuando la especie "hombre" cree haberse adaptado a las condiciones de aprovechamiento de la especie "agua", ésta ha modificado su constitución y requiere una diferente adaptación que a su vez llega y se encuentra con un nuevo distanciamiento.(2)

Pero, por otra parte, tampoco el mundo es un infierno, como nos lo notifica Schopenhauer. El Placer no es negativo, es real, tan real como el Dolor. Lo que ha dado pábulo a tal afirmación en descrédito del Placer (aunque lo mismo acontece con el Dolor) es aquel rasgo singular de nuestra facultad afectiva, merced al cual la certidumbre de ... (se interrumpe el texto).



1. Empleo el término "evolución" aunque no creo que sea cosa tan segura su gradualidad; el aforismo "natura no marcha a saltos'' puede ser cierto y puede no serlo; lo único que es cierto es que el deseo humano quisiera que así fuera, como en muchos otros casos.

2. Me consta que mi tecnicismo es muy pobre en ciencias naturales y me duele porque no ignoro que en el mundo de los libros y de la ciencia hay que presentarse, como en sociedad, con el frac del tecnicismo y la verbología clasificante, aunque el pensamiento no parezca expuesto a naufragio por excesiva carga de "ideas".


En  "Teorías", Obras Completas vol. III; editorial. Corregidor, 3ra. Edición, 1997.


4 jun. 2011

Macedonio Fernández - El mundo es un Almismo

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El campo fenomenal que llamamos Mundo, Ser, Realidad, Experiencia, es uno solo y por tanto indenominable: el de "lo sentido" le llamaremos todavía, ni externo ni interno, ni psíquico ni material. Nada que no ocurra para mí, en mi sensibilidad, no ocurre de ningún modo ni en campos psíquicos (otras almas supuestas), ni en el campo supuesto material; la manzana que no veo, toco, huelo, saboreo, no existe; y cuando existe, es decir, cuando la toco, etc., sólo existe la sensación táctil, térmica, etc., que yo siento; es decir, que "se siente" meramente, que "es" estrictamente, pues no habiendo más ser que lo sentido, esta modalidad es indenominable, no es modalidad, es "indecible", porque nombrar es separar, discernir de otra cosa, y no hay "otra cosa" de lo sentido. Las inadecuaciones verbales en que acabo de incurrir e incurriré y que en todas las lecturas de metafísica tropezamos, es una dolencia de la comunicación de ideas, no de su gestión mental, pues en primer término la palabra es instrumento de comunicación y no de pensamiento; se piensa con percepciones e imágenes, se comunica esto con palabras, es decir, se suscitan estas mismas imágenes en otro; en segundo término, en su único uso posible, la comunicación puede usarse con inadecuación para aludir y refutarlas, a otras inadecuaciones verbales que hay ya en la mente del lector o interlocutor. No hay ninguna imagen o percepción propia, exclusiva, como contenido de la palabra materia, y de las palabras tiempo, espacio, yo, substancia, noúmeno. Eso es lo que quiero decir cuando los niego; niego como contenido privativo de esas palabras ninguna imagen; pero no necesito negarlos en sí —sino sólo como contenido de tal o cual palabra— porque la existencia, el ser, no es negable, dado que de nada puedo hablar o pensar si no es existencia, estado, y no es existencia lo que nunca estuvo en mi sensibilidad como imagen o afección. Tal ocurre al Yo, Materia, Tiempo y Espacio. El Yo, Materia, Tiempo, Espacio, son los faltantes en el Mundo: el genio gramatical puede sustantivarlos así con un vocablo que precisamente los niega como substancias y como fenómenos.

Las imágenes de un sueño son tan nítidas y vivas como las de vigilia o de supuesta causa externa; el interés y emociones y agitación fisiológica percibida por un tercero son iguales a las de la vigilia. Nadie insiste en las alegadas diferencias de estas calidades. Quedarían dos diferencias, quizá, a examinar: que el ensueño se regiría por la ley de asociación de las ideas, y que las escenas de un sueño no tienen efectos ni sobre las de la realidad ni sobre las de otros ensueños.

Pero ante todo declárese que si se reconoce la evidencia de que las imágenes de un ensueño tienen nitidez y vivacidad igual a las del vivir, si además tienen relaciones del tipo espacial, de sucesión temporal y duración iguales, y luego que provocan estados emocionales (y fisiológicos: esto ya es calificación externa que aquí está en tela de juicio); si se nota, además, que los estados de la vigilia son, en su mayor porción, más débiles y menos emocionantes que los del ensueño (que casi siempre son acompañados de angustias, terrores o alegrías profundas, en tanto que el cotidiano vivir es en su casi totalidad lánguido y débil, inimportante) y, en fin, que las emociones y aun actitudes del ensueño se perciben en sus efectos en la vigilia (si bien no así las imágenes: los leones, las monedas, las bellas mujeres del ensueño se desvanecen con él), toda la gravedad de una diferencia como la que suponemos entre realidad y ensueño desaparece. Mejor dicho, basta la igual vivacidad de las imágenes y emociones del ensueño frente a las de la realidad para que nuestra vida pudiera, sin ceder en importancia y seriedad, ser toda hecha de ensueño.


En No toda es vigilia la de los ojos abiertos


4 jun. 2008

Fernando Sorrentino - Siete conversaciones con Borges: Macedonio Fernández

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F.S.: ¿Cuándo, dónde y cómo conoció a Macedonio Fernández?

J.L.B.: Macedonio Fernández era muy amigo de mi padre. Se habían propuesto fundar una colonia anarquista en el Paraguay. Mi padre se casó el año 98 y no participó en la colonia. De modo que Macedonio Fernández pertenece a mis primeros recuerdos. Cuando volvimos de Europa, en 1920 ó 21, en el puerto estaba Macedonio Fernández esperándonos.

F.S.: ¿Y cómo era él?

J.L.B.: Era un hombre gris, un hombre de muy pocas palabras, un hombre modesto. Vivía en casas de pensión del barrio de los Tribunales o del barrio de Balvanera —el Once—, donde había nacido. Era abogado. Fumaba, mateaba, pensaba, escribía con mucha facilidad y sin darle ninguna importancia a su obra literaria. Y era el conversador más admirable que yo he conocido.

F.S.: Y como literato, ¿considera importante su obra?

J.L.B.: No puedo decirlo. Porque, cuando yo lo leo, lo leo con la voz de Macedonio, y hasta poniéndome la cara de Macedonio. No sé si, leído por quienes no lo conocieron, queda algo. Por ejemplo, Bioy Casares —que, para mí, es uno de los primeros escritores argentinos— me dijo que él nunca había encontrado nada bueno en Macedonio. Pero es porque no lo había conocido: si lo hubiera conocido, lo habría entendido. Macedonio tenía la mala costumbre de inventar neologismos inútiles. Por ejemplo, en lugar de decir que la poesía es una de las bellas artes, decía la poesía es belarte. Luego, nos aconsejaba a los escritores que firmáramos nuestros libros: Fulano de Tal, Artista de Buenos Aires. Y boberías como ésas, ¿no? Además, como él creía mucho en Buenos Aires, pensaba que el hecho de que alguien fuera popular era una prueba de que valía, porque “¿cómo iba a equivocarse Buenos Aires?”. Parece un argumento muy raro, pero él realmente creía en eso. Por ejemplo: yo le dije que lo había visto representar a Parravicini y que me parecía muy malo. Macedonio nunca lo había visto, pero el hecho de que fuera popular le bastaba. “¿Cómo no va a ser bueno un artista que es popular? ¿Cómo va a equivocarse Buenos Aires?”. Y hasta recuerdo esta frase. Macedonio me dijo: “¿Has visto lo que significa el saber que lo van a leer a uno en Buenos Aires? ¡Ahora hasta los gallegos son inteligentes! Mirá a Unamuno: lo último que ha publicado no es malo, pero, ¿por qué? Porque sabía que iban a leerlo en Buenos Aires”. Una frase absurda: ¿cómo una persona va a escribir mejor o peor porque piense en quién va a leerlo?


En Fernando Sorentino, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges
Buenos Aires, Editorial Losada, 2007, págs. 34-36
Foto: Borges por Bioy Casares


4 abr. 2008

Macedonio Fernández
Oh Eterna, en tu boca ya no se diga más: soy pasajera

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Suspensa has quedado, plácido el respiro
que murmura el quieto existir,
plácido un mirar a lo lejos, y un pensar descansando
que al interesarse por momentos quedamente
sin agitación ni demandas a la vida,
influencia la blanca mano del cariño
que sobre la mía posaste, como por una brisa,
y así voy sabiendo los pasos nuevos de tu pensar.

Conociendo en la tibia opresión de tu palma los andares de tu alma,
bebiendo contigo el aire que respiras,
que recién latió con la voz en que decías:
soy pasajera.
En las lindes de mi mirada, abajo la blancura de la mano,
en alto el arder igual de la negra pupila, que no
miro en adivinarla complacido.

Lo que dijiste, y el callar sin mirarme de ahora, tan precioso de una espera
graciosa y segura de la respuesta que sabes...
Mi mente quedó buscando enamorada con todas sus fuerzas
por darte la inmensa, eterna.
Ese callar, Eterna, en boca que fiada en amor
sutilmente sonríe, ese callar gentil como es clara
la luz de tu sonreír que sólo yo descubro,
quisiera guardarlo.
Y en mi eterna memoria he de tenerlo eterno como el
muy rico decir que tuvo nuestro amor.
Ese callar...
Ese callar que apretaste voluntaria en los labios
tan cerca de mi
contemplación dichosa,
provocándome.
A los ojos de amante que en mí hay contra
lo efímero
y, en todo mi pensar, contra las muertes.
Quita ese callar con que, en el seguro de amor, juegas
y finges la no esperanza mientra cierta esperas
la respuesta que sabes tengo inocultable
para todas las ficciones del cesar, del partir
que llamamos morir.

Tan cerca venturoso mirando tu garganta
y el vivir de tu pecho con murmurio del respiro que lo visita.
Se va y vuelve, lo conmueve y se pierde
en la significación inmensa de las bocas entreabiertas.
El aire que bebemos,
el son del latido
y la oscilación de los pechos unísonos del mar.

Eterna, que amé
aunque no esperé ser amado
y hoy ¡cuán modestamente, cual si nada dieras
cual si no alumbrara a tus prodigiosas palabras
la magnificencia de una creación de Vida!
me diste el comienzo más real de la mía,
más prístino, más inaugural que un nacer
en tus palabras "Sí, yo también te amo".

Sí, colmo quien tiembla,
como quien tiembla feliz de un sueño hermoso
y, dolorido, del despertar que se lo quite
y, empero, es la realidad que lo espera
y el despertar lo que guarda su dicha,
así estoy trémulo,
sin recibir la ofrenda, sin creerla,
sin recibirla en la íntima, segura alegría de mi ser,
sin darle mi fe,
el presente del amor tuyo, que con tantos ruegos llamé antes,
de ese amor que tantas veces los ensueños me dieron
y el despertar me despojó.

Aunque pudiera
que hoy lo real es más venturoso que todo ensueño,
seas tú quien me lo diga otra vez, me llame, me despierte;
que aún fáltame denuedo
para correr la cortina de la mañana, del despertar,
y a trueque de lo cual alejar este ensueño.



En Museo de la novela de la eterna, Cap. XV
Selección, prólogo y cronología: César Fernández Moreno
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1982, pág. 337 y ss.


Sobre este poema véase

Consuelo-Eterna, pasión erótica y metafísica de Macedonio
de Ana Camblong en Nadja Nº 6 "El cuerpo de las pasiones". Marzo 2003]


26 jun. 2007

Borges y Macedonio: un incidente de 1928

1 comentario :

(Carlos García , Hamburg: carlos.garcia-hamburg@t-online.de)

Dado el ostensible parentesco entre algunos aspectos de las obras de Borges y de Macedonio Fernández, llama la atención la falta de estudios que se ocupen en detalle del tema, o siquiera del aspecto "biográfico" de esa relación. (Desecho, al hablar así, los insuficientes trabajos que se constriñen a repetir anécdotas más o menos apócrifas.) De la crónica de esa legendaria amistad distraigo aquí uno de los muchos episodios dignos de consideración.

"La amistad une", dice Borges al comienzo de "La traducción de un incidente" (Inquisiciones), antes de pasar a ocuparse de la "fraternidad belicosa" que reinara entre Ramón Gómez de la Serna y Rafael Cansinos Assens. No sin melancolía, puede agregarse que la amistad no siempre alcanza a evitar malentendidos. Objeto de estas páginas es narrar un conflictivo episodio que alejara por un tiempo a Borges y Macedonio.(2)

Para comprender lo ocurrido, conviene repasar las actividades de ambos a mediados del año 1928.

Entre julio y agosto, Macedonio dio a luz, a instancias de Raúl Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez, No toda es vigilia la de los ojos abiertos, una suma de anotaciones sobre metafísica que lo dejaría descontento: apenas salido el libro de la imprenta, Macedonio se dedicará a corregir y ampliar el texto en los márgenes de su ejemplar personal.

Sobre el libro dirá Borges en 1970, en un resumen apenas compatible con su objeto, buena muestra de su proverbial "mala lectura" de Macedonio (Autobiografía 73):

[Vigilia] Era un extenso ensayo sobre el idealismo, escrito en un estilo deliberadamente intrincado e inextricable, supongo que para reflejar la naturaleza igualmente intrincada de la realidad.

Macedonio, como era costumbre entre autores de vanguardia, pagó los gastos de la exigua edición de Vigilia de su propio bolsillo: $ 240 por 200 ejemplares, según carta sin fecha a su hijo Adolfo, de la primera quincena de julio de 1928 (II: 213). Los primeros 30 ejemplares salieron hacia el 18-VII-28 de la imprenta; el resto, dos o tres semanas más tarde. Un centenar fue dedicado a amigos y conocidos en toda Latinoamérica. Macedonio envió también dos ejemplares del libro a España: uno a su amigo Ramón Gómez de la Serna y otro, quizás a sugerencia de Borges, a Miguel de Unamuno,(3) quien no respondió.

Paralelamente, Borges planea, con Bernárdez(4) y Marechal, resucitar la revista Proa, proyecto que, sin embargo, no se concretó, a pesar del anuncio en Criterio 16, 21-VI-28 (Borges tenía una buena relación con la revista, por intermedio de Ernesto Palacio).(5) El motivo de que el plan no prosperara puede verse en el conflicto que ocupará pocas semanas más tarde a Marechal, Borges, Macedonio, Guillermo de Torre, Xul Solar y otros, sobre el cual volveré más abajo.

Por la misma época, se esperaba el resurgimiento del periódico Martín Fierro, con un número especial, de homenaje a Güiraldes, que tampoco salió a luz (se conserva en la Academia Argentina de Letras gran parte del material que lo habría conformado, incluido un trabajo inédito de Borges; su aparición se prevé para el año 2005). En julio, aparece, como también anunciara Criterio, la revista La Vida Literaria, que cobijará a varios amigos comunes, pero también a ex-compañeros de ruta, tanto de Macedonio como de Borges.

No es casual que el mercado publicístico de "vanguardia" se encontrara tan inquieto, y que se hablara a menudo de la reapertura de viejos o de la fundación de nuevos órganos: a fines de la década, las condiciones del campo intelectual porteño ya no eran las de 1924; las "simpatías y diferencias" teóricas (y personales) habían dado paso a nuevas coaliciones, a constelaciones más diferenciadas, aunque aún en efervescencia.

Pulso, revista del arte de ahora, del poeta peruano Alberto Hidalgo, otro órgano mencionado en el mismo artículo de Criterio, sí apareció a partir de julio de 1928; alcanzaría 6 números, todos en el mismo año. En Pulso colaboraron, aparte de Macedonio, que lo hizo en las primeras tres entregas, Antonio R. Ardisono, Roberto Arlt, Alfredo Brandán Caraffa, Bernardo Canal Feijóo, Eduardo González Lanuza, Raúl González Tuñón, Homero M. Guglielmini, Ilka Krupkin, Carlos Mastronardi, Leopoldo Marechal, Ricardo E. Molinari, Nicolás Olivari, Roberto A. Ortelli, Manuel Rodeyro, Erwin F. Rubens, Scalabrini Ortiz, el uruguayo Fernán Silva Valdés, Amado Villar, Lisardo Zía, y otros. Nótese que falta Borges en la nómina, aunque varios de los colaboradores se contaban entre sus conocidos e incluso entre sus amistades. El motivo debe ser el desacuerdo entre él e Hidalgo surgido a mediados de 1926 (II: 261), a raíz de la publicación de la antología Índice de la nueva poesía americana, a la cual Borges contribuyó con un prólogo (Ia selección del material poético estuvo exclusivamente a cargo de Hidalgo y no, como a menudo se asevera, de los tres prologuistas. El enojo de Borges se debió, conjeturo, a la inclusión, en el volumen, de su poema "Rusia", que le trajo ciertas consecuencias desagradables, y/o a la adopción de Vicente Huidobro en el proyecto, contra quien Borges polemizara ya en 1921-1922). Pulso fue impresa por Sociedad de Publicaciones "El Inca", de Roberto A. Ortelli y J. E. Smith, que ya imprimiera Inquisiciones para Editorial Proa y, bajo sello propio, algún libro de Hidalgo.

Tras el mutuo entusiasmo inicial, surgido en 1921, cuando Borges regresa con su familia de su primer periplo europeo (comenzado en 1914), se enfrían un poco, hacia 1926, las relaciones entre Borges y Macedonio, a quien comienzan a acaparar, de allí en adelante, Scalabrini Ortiz, Marechal, Hidalgo y otros. Borges ha conseguido, gracias a su despliegue publicitario entre 1921-1923, y a la continua mención de Macedonio en sus obras, insertar a éste en el escenario de la vanguardia porteña. El antes solitario "pensador casero" se convierte así en bien común de los jóvenes "martinfierristas" y de algunas corrientes allegadas o afines, con lo cual se diluye un poco el trato personal.

En carta del 18-VII-28 (II: 110), por ejemplo, Macedonio escribe al uruguayo Ildefonso Pereda Valdés: "Con Borges me comunico poco." Es, precisamente, la época en que salen de la imprenta los primeros 30 ejemplares de Vigilia.

El 2-VIII-28 se da el primer banquete de Pulso, en homenaje al poeta español Gerardo Diego, en el restaurante "Tegernsee", con brindis de Marechal, alocuciones de Scalabrini Ortiz y de Macedonio (el brindis que éste dedicó a Diego figura en la contratapa de Pulso 2, agosto de 1928; IV: 56-57).

Gerardo Diego, que había zarpado de Barcelona el 1 de julio de 1928, visita y recorre Buenos Aires en compañía de Marechal, Borges, Bernárdez y Ricardo E. Molinari,(6) con quien más intimó. Diego mismo comentó la visita a Argentina en carta a un amigo español, en la que no menciona a Macedonio, pero sí a Borges:

He dado siete conferencias, 4 en B. Aires,7 2 en Montevideo y 1 en Tucumán. (...) Borges atento e interesante, pero un poco infatuado. Asistí a la boda Norah-Guillermo.(8)

Borges no participó en el homenaje a Diego, a pesar de que había trabado conocimiento con su obra ya al filo de los años 1919-1920, y con su persona en 1920 o, a más tardar, en 1924. El lapso fue suficiente para que Borges, quien primero apreciara la obra de Diego aun en su vertiente creacionista, terminara por desmerecerlo, como a los demás seguidores del chileno Huidobro, incluidos Adriano del Valle y Pedro Garfias, que se habían contado entre sus primeras amistades en la Península (1919 y 1920, respectivamente). El motivo de la ausencia de Borges en el banquete fue, imagino, tanto su mencionada ruptura con Hidalgo, como el enojo surgido, por esta época, entre él y Macedonio, que motiva esta glosa. En efecto, paralelamente a la impresión de Vigilia tiene lugar un grave incidente que alejará a ambos, siquiera de modo pasajero.

En el origen visible del conflicto se encuentra una publicación de Guillermo de Torre: "Buenos Aires. Literatura" (La Gaceta Literaria, Madrid, 25-VI-1928). Allí, el inminente cuñado de Borges, radicado desde hacía unos nueve meses en Buenos Aires, aludió en forma un tanto despectiva a Macedonio.

Marechal, quien por esta época gozaba del aprecio de Macedonio (II: 91),(9) se sintió impelido a responder ásperamente a Torre, haciendo una apasionada defensa de aquél. Su brulote apareció en Pulso 2 (agosto de 1928, 4-5).

Puesto que la revista de Hidalgo no está muy difundida, reproduzco con generosidad pasajes del artículo de Marechal, que he podido ver gracias a la gentileza de "La librería de antaño" (Buenos Aires):

Leopoldo Marechal
Recriminó a De Torre. Ensalzó a Macedonio
Nombró, de paso, a Scalabrini Ortiz

Guillermo de Torre, súbdito español radicado en Buenos Aires, tiene la costumbre de escribir sobre literatura argentina, en un boletín bibliográfico que se llama La Gaceta Literaria. Sabe él que a nuestros muchachos se les da un ardite de la Gaceta, ya que todos, a pesar de las frecuentes solicitudes recibidas, se han negado tácitamente a colaborar en ese árido catálogo de las librerías españolas;(10) con todo, el De Torre insiste en sus correspondencias dirigidas a La Gaceta Literaria, y no se lo reprochamos, por tratarse de una afición tan inocente como la de la filatelia o la del ta-te-ti. (...)

Mas he aquí que, entre los adjetivos bien peinados y la jerga pintoresca de Guillermo, encontramos estas palabras con las que pretende definir a Don Macedonio Fernández: es 'hombre ya provecto, tipo de escritor semigenial frustrado, cuyas actitudes han ejercido una difusa influencia sobre escritores de la nueva generación'.

Esto es lo que no le perdonamos a De Torre: yo le acuso de ligereza, falta de respeto e incapacidad de juicio.

Guillermo De Torre no está autorizado para juzgar a nadie (...).

Veamos ahora por qué ha incurrido en delito de ligereza, calificando a Macedonio Fernández de tipo semigenial 'frustrado'. Ha cometido pecado de ligereza porque, aunque no ignoraba la próxima aparición, desconocía totalmente el libro de Macedonio, según me lo confesó el domingo 22 de julio, a las 3 horas del día (...).

Ahora, sin entrar a considerar si Macedonio es genio, no genio, o semigenio -que tal trabajo corresponde a la posteridad, porque Macedonio ha dicho la palabra que aman las posteridades- demostraré la injusticia /5/ que De Torre ha cometido al llamarle 'fracasado', 'de difusa influencia'... y 'provecto'. ¿Puede llamarse fracasado a un hombre que, despreciando la vanagloria del mundo, enfrentó con serenidad, mas no sin fuego, los problemas que hicieron tambalear a Kant, que convirtieron a Schopenhauer en un tristísimo filósofo de cabaret? ¿Puede llamarse fracasado a un hombre que en la madurez de su cuerpo y en la eternidad de su espíritu acaba de asignar a la Pasión una sublime categoría metafísica, en páginas dignas de figurar entre las mejores del idioma? ¿Puede llamarse fracasado a un hombre que en su edad 'provecta' vive y trabaja con el optimismo de la primera juventud?

En lo que atañe a la 'influencia difusa' que ejerce Macedonio sobre los escritores nuevos, yo pediría a De Torre que investigara a su alrededor: observaría entonces, que esa influencia es, a veces, algo más que influencia, y que alguno de nosotros se llamaría hijo espiritual de Macedonio, si estuviéramos en la edad en que los hijos honraban a sus padres.

La influencia de Macedonio no es difusa sino palpable; porque nos ha ofrecido ese ejemplo de honestidad, paciencia y alegría, ante el cual no sabemos si llorar de gratitud o reír de esperanza, en este claro amanecer de Buenos Aires en que todos vivimos.

La inquina que denota el artículo de Marechal está dirigida, en parte, a quien, poco menos de un año atrás, había desatado el infausto y ruidoso conflicto del "Meridiano", también con un artículo publicado en La Gaceta Literaria;11 por eso Marechal invierte casi media página en rebajar tanto el estilo de Torre como las publicaciones en que éste colaboraba, antes de entrar en materia.

Al final, mediante el giro "alguno de nosotros", Marechal alude a varios jóvenes "martinfierristas", pero también y especialmente a Borges, miembro descollante del entorno de Torre ("su alrededor"), en tanto casi-cuñado suyo, e "hijo espiritual" de Macedonio.

Torre había definido a Macedonio como "extraño paradojista" en 1925, en su libro Literaturas europeas de vanguardia, en una época en que sólo conocía, a lo sumo, sus trabajos aparecidos en ambas revistas Proa y en el periódico Martín Fierro. En una "Carta abierta a Evar Méndez", fechada en Madrid el 5-IV-1925, y reproducida en Martín Fierro 18, 26-VI-1925, Torre apostrofa a Macedonio como "extraño ajedrecista de la paradoja". En 1965 (1968: 116), lo tratará aún de "extraño humorista", "erigido al nivel de precursor o maestro". Como se ve, la opinión de Torre sobre Macedonio fue constante. Sin embargo, a comienzos de la década del 40 intercedió ante Editorial Losada para que publicara dos de sus libros.

El problema, surgido al principio entre Torre y Marechal, parece haberse agravado de manera oral, hasta convertirse en una disputa casi pública acerca de la originalidad de Macedonio y de Borges, que cada bando reclamaba para su protegido. Como consecuencia del vicario intercambio de insultos, éstos dejaron de tratarse.

Según diera a entender en una carta al artista y pensador Xul Solar, inédita y sin fecha, pero de agosto o septiembre de 1928, Macedonio se sintió dolorido por las evoluciones del entredicho (conservo la peculiar grafía del manuscrito, incluidas las tachaduras y los agregados):(12)

Mi situación con George no es grata para mí pero no hallo como componerla; es mejor dejar que el tiempo traiga un encuentro fortuito, despues que haya borradose esta impresion presente de la actitud de Torre, y de la de Pulso (que espero Jorge no lea). Yo quisiera escribirle al Dr. Borges y quiza lo haga muy luego. Insinuaciones que me dañan literariamente, provenidas de Jorge, se yo que no han nacido de designio de dañarme sino de necesidad de él de defenderse de insinuaciones, que se anunciaban {de denunciar} de imitacion de ideas mías por él - Yo debí impedirlas pero mas facil le era a él impedir que un cuñado y diario visitante de su casa me comenzara la rencilla, que impedir yo a amigos que defendieran mi calidad en arte y en Pensamiento.
Así son las cosas; yo siento espero que nos volveremos á frecuentar.

Ignoro si Macedonio llegó a solicitar al Dr. Borges, su antiguo compañero de estudios, que intercediera, si éste accedió a hacerlo, o cómo se alcanzó a superar el problema.

Más interesante es comprobar que, a mediados de 1928, un grupo innominado planeaba denunciar públicamente a Borges como plagiario de Macedonio. Éste no proporciona indicios acerca de los integrantes de ese grupo, pero creo discernir alusiones al ya mencionado Hidalgo. Véase, por ejemplo, el despecho con que Borges alude a él, por única vez en sus Obras Completas (1974e: 857; "Prólogo" a El otro, el mismo, 1964), también en un contexto relacionado con el plagio:

En su cenáculo de la calle Victoria, el escritor -llamémosle así- Alberto Hidalgo señaló mi costumbre de escribir la misma página dos veces, con variaciones mínimas. Lamento haberle contestado que él no era menos binario, salvo que en su caso particular la versión primera era de otro.(13) Tales eran los deplorables modales de aquella época, que muchos miran con nostalgia.

Supongo que otro de los "conjurados" contra Borges fuese Pedro-Juan Vignale, compilador, con César Tiempo, de la Exposición de la actual poesía argentina (1927), de contradictoria y no estudiada actitud ante el "martinfierrismo". Aún años más tarde, Vignale se referirá, en la encuesta aparecida en Megáfono 11, agosto de 1933, a Borges como "inconfeso Platón" de Macedonio(14) - ligera ecuación que atribuye al mayor el papel de Sócrates y al joven el de vergonzante seguidor. Ello no es del todo correcto, ya que Borges voceó desde temprano su filiación (recién más tarde renegaría de Macedonio como escritor).

Acerca de Borges como "inconfeso Platón" de Macedonio cf. también el siguiente pasaje de la rúbrica "Crisol literario", aparecida en la ultra-católica revista Crisol bajo el título "Las colecciones" (Crisol 1, 1-II-32):(15)

Hay los que amontonan mariposas. Y no hablemos de los ingenuos filatélicos. Borges colecciona en sus libros las frases de Macedonio Fernández como Leónidas Barletta los cuentos de La Prensa" [...].

El incidente arriba relatado no deja de ser asombroso y grotesco: Macedonio, el paladín del plagio, y Borges, el futuro héroe de la intertextualidad, disputan mediante terceros acerca de quién ha copiado a quién o quién es el más original de los dos...

Ninguno de los involucrados ha mencionado el episodio en alguno de sus trabajos; tampoco figura en los textos póstumos salidos a luz hasta hoy, como si ambos hubieran convenido silenciarlo.(16)

En varios textos aparecidos tras la muerte de Macedonio, Borges reconocerá, sin embargo, haberlo admirado e imitado "hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio" (1952; similar en otros testimonios). Quizás deba verse aquí el pago de una deuda contraida en esa oscura época de 1928.

Como fuere, el alejamiento entre ambos concluyó, a más tardar, en febrero de 1929, mes en que consta una visita de Borges a Macedonio (II: 214). Creo advertir, empero, una cesura definitiva, y que entre ellos ya no volverá a existir la asiduidad en el trato y la comunión de ideas que imperara a comienzos de la década.(17)

Por cierto, a pesar de esa cesura, una provincia del amplio territorio de Borges dependerá para siempre de Macedonio y no es explicable sin recurso a él - aserto que no se deja revertir. Ello demuestra, a fortiori, la radical originalidad de Macedonio, así como la dependencia generacional y afectiva de Borges.

(Hamburg, 1998-2004)

Notas

1 Versión ligeramente actualizada y corregida del trabajo aparecido bajo el mismo título en Cuadernos Hispanoamericanos 585, Madrid, marzo de 1999, 59-66. Sobre el mismo tema, cf. cap. "1928" de mi edición de la Correspondencia entre Macedonio y Borges (C. García 2000).

2 Referencias a las Obras Completas de Macedonio Fernández figuran en el texto, con número de volumen y de página. La bibliografía final trae los datos pertinentes, así como todos los trabajos de Borges relacionados con Macedonio, incluida una amplia selección de entrevistas.

3 Borges había mantenido una breve correspondencia con don Miguel, en 1927, de la cual apenas se conocen dos respuestas de Unamuno.

4 Bernárdez había formado parte, con Borges y Brandán Caraffa, de la redacción a cuyo cuidado estuvieran los últimos tres números de la segunda Proa (números 13 a 15, 1925-1926).

5 Sobre la planeada revista, cf. mi artículo "Alfonso Reyes y Proa (1928)": Proa 45, enero-febrero 2000, 161-163.

6 El viaje de Diego coincidió con el de otras personalidades españolas más o menos encumbradas, como Ortega y Gasset, Américo Castro y Valbuena Prat. (cf. "Con rumbo a América": La Gaceta Literaria 40, Madrid, 15-VIII-28, 1). Cf. G. Diego: "Saludo a Marechal": La Tarde, Madrid, 18-XI-48; Alfredo Andrés: Palabras con Leopoldo Marechal. Buenos Aires: Carlos Pérez, 1968: 79. Subsiste una parte de la correspondencia entre Diego y Molinari: Héctor D. Cincotta [Ed.]: Cartas al poeta Ricardo Molinari. Corregidor, 1997).

7 Entre ellas: "La nueva arte poética española": Síntesis VII.20, 1929, 183-199 (reproducida parcialmente en Verbum 72, 1929, 21-23). Cf. también E. de Zuleta: Relaciones literarias entre España y la Argentina. Madrid: Ediciones de Cultura Hispánica, 1983, 102-103.

8 Cf. Gerardo Diego / José María de Cossío: Epistolario. Nuevas claves de la Generación del 27. Madrid: Ediciones de la Universidad / Fondo de Cultura Económica, 1996: carta N° 129, Gijón, 22-XI-28, 178. El editor (Rafael Gómez de Tudanca) no advierte que se trata del casamiento entre Norah Borges y Guillermo de Torre, que tuvo lugar en agosto.

9 La carta de Macedonio a Hidalgo carece de fecha; la dato 27-IV-27. Macedonio no explica en qué basa sus grandes expectativas relacionadas con Marechal. De hecho, no parecen haberse cumplido, ya que ambos se perderán de vista poco más tarde (cf. G. L. García 1996: 69, 72).

10 Marechal silencia que un libro suyo fue reseñado allí por Francisco Luis Bernárdez, seguramente para su beneplácito. Nótese, por lo demás, que la prosa de Marechal no excluye giros españoles, ni el enojoso "leísmo".

11 Cf. José Carlos González Boixo: "El meridiano intelectual de Hispanoamérica; polémica suscitada por La Gaceta Literaria": Cuadernos Hispanoamericanos 459, Madrid, Sep. 1988, 166-171. Carmen Alemany Bay: La polémica del meridiano intelectual de Hispanoamérica (1927). Estudio y textos. Alicante: Univ. de Alicante, 1998.

12 He accedido a la correspondencia (inédita) de Macedonio con Xul Solar gracias a la amabilidad de la Sra. Marta Lucía Rastelli de Caprotti (Pan-Klub, Buenos Aires). Los cuatro testimonios llegados a mi conocimiento son del periodo 1926-1928, aunque tres de ellos carecen de fecha. Preparo su edición comentada.

13 Borges utiliza aquí como "insulto" un rasgo con el que Macedonio (y él mismo) coqueteará.

14 Cf. Ulyses Petit de Murat: "Jorge Luis Borges y la revolución literaria de Martín Fierro": Correo Literario II.15, 1944, 13.

15 Hubo otros ataques de Crisol a Borges en el periodo 1930-1935; aparte del plagio, se le imputaba ser judío.

16 Un indicio de lo que puede haber sido el compromiso alcanzado entre Borges y Macedonio es que éste no publicará en los siguientes números de Pulso, a partir del cuarto, aunque mantuvo la amistad y la correspondencia con Hidalgo. Cf., sin embargo, su extraña actitud para con éste (carta a Ramón Gómez de la Serna, 3-XI-28; II: 48): "Yo lo trato [a Hidalgo] con gusto en privado, en público procedo con retraimiento, lo que él comprende y aprueba, en vista de haberse él declarado acerbamente contra argentinos benévolos y muchos, inteligentes." Uno de éstos puede haber sido Borges.

17 En contra de esa hipótesis podría aducirse el trabajo que Borges se tomará, en 1929, para dar a la imprenta el Recienvenido. Sin embargo, puede mostrarse que la versión "oficial" del origen de ese libro es falsa. Pero aún si se acepta la versión recibida, el proceso de selección y publicación puede ser leído como una ofrenda al amigo mayor, como una reparación - y una despedida.

Bibliografía

(Textos sin lugar de publicación aparecieron en Buenos Aires.)

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Borges, Jorge Luis (1922a). "Dos palabras de amigos del autor", firmadas "C.D. J.L.B. S.D." (César Dabove, Jorge Luis Borges, Santiago Dabove; c. 1922): Macedonio Fernández: O.C. V: 9-11.

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http://www.macedonio.net/critical/incidente.htm