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22 nov. 2007

Leonardo Favio entrevistado por Rodolfo Braceli

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El director de Nazareno Cruz y el lobo se encuentra en pleno proceso de escritura de un guón y trabaja en la nueva versión de El romance de Aniceto y la Francisca. En este diálogo revela aspectos íntimos de su vida y, con cruda sinceridad , habla de los años difíciles de la infancia y la adolecencia, la relación con sus padres, los personajes y las anécdotas de la cárcel, la afanosa búsqueda de una espiritualidad satisfactoria, el sexo, las mujeres, el peronismo y la muerte


Aquel río nunca trae agua. Salvo cuando trae agua. Entonces es como un latigazo de mar que viene a morderle la espalda al verano. No es literatura, el verano lo sabe. Haber nacido, él y yo, tan cerca de ese río, en el Luján de Cuyo, hace que esto no sea ni entrevista, ni reportaje, ni nada semejante. Adiós al venerado distanciamiento. Con Leonardo somos amigos porque aprendimos a respirar en el mismo sitio, nos crió el mismo aire, vadeamos la misma tos convulsa que se curaba, justamente, con bocanadas de ese río que nunca trae agua.



Vamos, alumbraremos los misterios más menudos del vivir. Ser Favio, ¿en qué consiste?

Ahí está, siempre con su silueta de peso wélter. El bastón compensa su cadera afligida. Su matrimonio con Carola anda por las cuatro décadas, pero él vive solo, en un pequeño departamento de la calle Pasteur. Solo y acompañadísimo: el living contiene su mesa de trabajo y en las paredes abundan fotos de seres muy queridos, lejanos. Fotos con pulso, ellas regirán el azar de esta conversación.

-Mirame en esa, yo con tiradores. Tendría 16. ¿Te acordás del dique Cipolleti de Luján? Ahí estoy, con el Negro Cacerola, el Cacho Tamis y Bordón, el que me prestaba la bicicleta. Son lo más dulce que tuve en mi vida. Cómo los amo.

-Qué presente el Cacerola.

-Siempre me acompañan en los insomnios. Me voy a ellos porque me ponen contento. Nunca pude despegar. Ni quise Fijate en esa otra foto: cinco caritas mías, a los 4 años, con jopito Alcanzame la de al lado. No, esa no, la del marco plateado ¿Ves? Ese soy yo. Acordate, cuando pibito yo estuve en el Hogar El Alba, porque mi vieja vino un par de años a Buenos Aires. Un día nos llevaron para la filmación de Cuando en el cielo pasen lista , con Narciso Ibáñez Menta. En el final, un montón de pibitos cantábamos. Pasaron los años y ubiqué la película y saqué esta fotito. Se ve que alguien me indicó que me pusiera triste, y yo puse esos ojos Es mundial. Adoro ese instante.

-Decime, ¿esa que está ahí es tu abuela vasca navarra?

-Mi sabia abuela navarra, Pilar Garcés, hablaba con dichos: "Mientras más te agachas, más se te ve el culo". Ahora me acuerdo: a mi abuelita la frecuentaba la comadre Felisa, altísima y con marido cortito. Mi abuelo, un hijo de puta, cuando Felisa se lo presentó, le preguntó: "¿Y su otra mitad?" El criollo no le habló nunca más. Venía con la Felisa y se sentaba a tomar mate. Enculado, por años, solo decía "Buenas". Mi abuelo, Ibrahim Olivera Riquelme. Dios mío con el viejo.

-Esa foto, ¿la del casorio de tus viejos?

-¿Viste qué bonitos mi mamá y mi papá? Yo era muy pequeñito cuando se separaron y por eso fui al Patronato de Menores. Mi papá tenía 16 cuando llegó de Siria y fue a Tupungato. Intentaron que trabajara en una tiendita pero era muy atorrante. Murió a los 33. Una úlcera perforada, lo operaron, sintió sed y se tomó el agua de un florerito. Adiós. Una vez fui a su casa y estaba con cafishios . Era fiolo mi viejo, vivía con tres mujeres. Yo no me daba cuenta de nada. Y si huyó con tres minas, feliz de él. Qué querés que te diga, amo la poligamia

-Flor de facha tenía.

-Belleza de tipo, yo me quedaba mirándolo, hablaba con acento árabe, los fiolos le decían ¡El Maharajá!... Yo de chiquito me piantaba del Patronato y caía en canapor huevadas, raterío. Je, Rodolfo, vos tuviste la suerte de nunca caer en cana. O la desdicha.

-No pierdo la esperanza.

-Te dibujo la cárcel. Suponete, este es el patio. Acá hay un cuarto con rejas, para varones, y enfrente, otro para prostitutas y todo eso. En el medio, lindo patio... Cuando caí ahí yo tenía 14, y a los pendejitos nos ponían con las minas. Era lindo, hacíamos ranchadas, mate cocido Una vez ingresó un fiolo , era gitano y jugaba al truco con mi papá. Entra y le cuentan: "Che, ¿sabés quién está? ¡El hijo del Maharajá!" Me dicen: "Turquito, asomate a la reja". Y el fiolo grita: "Miralo, es el hijo del Maharajá de Capustala!" Cuando me largaron me dio algo de guita.

-¿Alguna frase de tu viejo te sigue sonando?

-Ninguna. Nebulosa. Ya grande, fui a buscar su tumba en el cementerio de Las Heras. Pregunté por Jorge Jury Atrach. ...l era Atrach, cuando llegó a la Argentina se puso Jury... Bueno, un cuidador me dijo: "No, m hijo, después de cinco años van al foso común, olvidate". El único pariente en el entierro fue mi abuelo. Hasta dijo un discurso: "Fue un sinvergüenza, pero lindo y bueno". Qué otra cosa pudo haber dicho de mi papá. Siempre uno es lindo a los 33.

-A tus 32, asegurabas que te morías a los 33.

-La edad de Cristo, de mi viejo, de Evita. Yo estaba convencido. Y con lo del tórax casi me voy a la mierda. ¿Querés que te diga la verdad, loco? La muerte me tiene sin cuidado.

-No te creo.

-Te lo juro. La veo como una hermana que ya va a venir Solo le temo a la humillación de la decrepitud. No pido ni un minuto más ni un minuto menos, que venga. Me creerías si me hubieras visto asistir a mis cirugías, inclusive a mi enfermedad. Eso sí, con dignidad quiero irme.

-Omitiendo féretro y soldadura y zaranda.

-Sí, sí, nada de eso. Hablé con mi abogado para evitar el manoseo. Tengo algo de musulmán: todo rapidito y chau y que se dejen de joder con coronas y aplausos. Respeto para mi cuerpo. Ternura quiero. Bah, no sé por qué hablamos de esto.

-Somos argentinos, Chiquito. Nos deleita el tema... Hubo otro tiempo en que me jurabas: "De los 40 no paso". Me hacés acordar a Indra Devi. Me recalcó que estaba escrito que iba a morir a los 98. Cumplió 100, la volví a entrevistar y ahí me dijo muerta, pero de risa: "No soy mujer de palabra".

-Yo también soy falluto Me han puesto anestesia total, y no hay nada más parecido a la muerte. Imaginate, te serruchan los huesos, te abren las tripas y cuando te despertás decís ¿a qué hora me operan? No te enterás de nada. Eso es la muerte.

-También tuviste una época fascinado con una religión hindú en la que a los 71 dejás de comer. Solo agua, agua, adiós y al paraíso sin aplausos y sin peaje. A casi dos años de tus 71, ¿qué me contursi?

-Nooo, ya nada que ver. Uno se tiene que ir cuando Dios lo ordena, si no, es un insulto. Loco, meta preguntarme, ¿y vos qué?

-Leonardo, yo vivo puteando. Por la muerte, por el tiempo. Y porque nos afanan, ¿te fijaste?, los años últimamente duran cinco meses. Desesperante.

-Así vas a perder, eh. En esto no hay trinchera. Tenés que hacer todo lo que puedas mientras tengas aliento. Yo en este cuartucho ¡tengo un mundo fabuloso! Música, libros, fotitos. Encerradito miro y leo y vuelo. Para mí viajar es una pérdida. Yo no quiero salir, la paso bárbaro conmigo. Siempre estás solo, me dicen. No, boludo, estoy conmigo.

-Te fuiste con la mirada a esa foto de adolescente. Y apretás el ceño.

-Será que me devuelve ciertos miedos.

-Siguen tus pesadillas de hace años.

-Recurrentes. Tengo metido en los huesos el miedo a que me humille la pobreza. Sueño con eso. Que me quedo sin plata y estoy lejos.. Que vuelvo a mi casa y no puedo entrar porque la vendieron... Sueño con mi mamá, vamos a comprar ropa y no tenemos ni para volver. ¡Angustiante, loco!... Subo a un tren, soy un pibe de 20, no tengo para el boleto y me hago el simpático para que no me agredan... Esto soñé anoche. Será porque estuve haciendo perfiles de un guión...

-¿De qué guión?

-No, nada Yo siempre tuve un gran pudor para tener miedo. Obviamente que lo he tenido; sería un pelotudo si no. Pero en ciertos casos el miedo se vuelve humillante, entonces te hacés el simpático. En la realidad y en las pesadillas me pasa eso, hermanito. Trato de escapar, las piernas no me responden, cámara lenta, ah ah ah, querés ir más rápido y no podés, huevón. Lo peor, no sabés de qué mierda te escapás.

-Otro viejo miedo tuyo era ser abandonado.

-Un miedo real. Me dicen: "Che, qué minas has tenido " Ay, si supieran uno se dice: Esta hoy me quiere, pero se me va en cualquier momento Bueno, eso era hace años, ahora ya no. Sabés, se debería tener una llavecita cuando se es joven. Que te apague los deseos.

-Uno es deseodependiente.

-Eso. Allá por mis 20, yo sufría mucho cogiendo. Al contrario de mucha gente, a mí me quedaba un vacío. Terminaba de haber volcado todo un mundo de pasión, de haberme metido en el cuerpo y en el cerebro de otro ser y me daba un baño y me iba a caminar. Ahhh, qué sensación de fracaso, de haber dado todo sin devolución.

-¿Existirá la llavecita para cortar el deseo?

-Ya no la necesito. Aquello que me pasaba con el sexo era casi una enfermedad. Me gusta mirar como ahora, en la filmación ¡más bellas que esas pibas no puede haber!... Y las veo como cosas bellas de la naturaleza que hizo Dios. Ya no siento aquel fuego que me mataba acá y que por ahí me llevaba a ser una mierda de ser humano. Estoy liberado. Puta, si esto lo hubiera podido sentir de pendejo Claro, yo pretendía ser Buda.

-Buda y ladrón de gallinas. Buda con hormigas en el cuerpo. Difícil.

-Loco, te digo que no fui feliz en esa etapa. Quería otra cosa que nunca supe explicar. Quería coger, coger a toda hora y después ¡quedaba hecho pelota! Y a fumar en las plazas... Estaba tristísimo y no me daba cuenta.

-El sexo te vaciaba el alma. Pero fijate, Leonardo, en esa foto, niño, se te ve feliz.

-¿Un pibe feliz yo? ¡La poronga!

-No jodás, lo afirmaste muchas veces. Y sacando pecho.

-Me la inventé. Cuando corrés todo el tiempo, escapando, no estás feliz. Yo llegaba a mi casa y veía las carencias de afecto, sentía envidia por los pibes que tenían hogar... Sabés bien lo que es una casa con una mesa tendida. Yo quería esa casa: el pan ahí, el viejo acá, la vieja allá, los tallarines. Vos me entendés, sos poeta. Decímelo.

-La casa, la comida haciéndose, la emoción de la albahaca, la ristra de ajo, la mesa arriba de la espalda del mundo.

-Lo que dicen los Evangelios: dulce es el sueño del obrero coma mucho o coma poco.

-Tu amistad con Dios, ¿cómo anda?

-Eso nunca varió. ¿Y vos?

-Viene complicado. A veces lo escribo con minúscula, a veces con mayúscula, a veces, desesperado, con acento: Diós.

-Quien lo quiera buscar por el lado de la razón la va a perder. Clavado. No hay trinchera para eso. Te tenés que entregar, si no, es una locura. Imaginate lo más chiquitito, un átomo del culo de una lombriz. ¿Puede ese átomo querer entender dónde está habitando?

-Hace diez años me decías que el hombre crea a Dios y Dios termina creando al hombre.

-Era un poemita, una cabriola a pedido del público. Y me arrepiento. Decía: "Loado sea Dios que venido del sueño de algún hombre vino de sus sueños a crearlo" Había que ser original. Verónica, mi asistente, me suele decir: "Ah, pero usted es un Borocotó de las religiones: un día, musulmán; otro, cristiano; otro, judío, ¿qué carajo es usted?" Digamos que vivo la confusión de en qué oficina me voy a inscribir. Pero Dios siempre es el mismo.

-Indudablemente, no dudás.

-Cuando tuve dudas fue para hacer pinta. Pero nunca dudé de Dios. Ahora lo localicé más. O sea: trato de no localizarlo, porque es al pedo. Dejá, loco, que El sabe lo que hace.

-¿Te parece?

-Todo. Todo bien hecho está.

-¿Y cómo explicamos vidas enteras que no conocen otra cosa que hambre y sufrimiento?

-Vos me estás hablando de teología. Eso es un invento del hombre, una pelotudez. Yo estoy hablando de Dios. ¿Me vas a salir con el Papa? Ya te digo que no necesito interlocutor. Dios no puede habitar en la catedral En todo caso, dejémoslo a quienes quieren dar normas de conducta. No es malo que te digan amaos los unos a los otros... Pero eso es pura teología, aunque, bueno, hay gente ejemplar dentro de la teología, los profetas, que intentaron sacudir al ser humano Moisés sube a un cerro porque sabe que venía una tormenta de la concha de su madre, y eso asustaba a la gente. Después baja con las tablas de la ley. Y a nadie hacía daño, por supuesto.

-¿Cuál es el mandamiento más difícil de cumplir?

-No desearás la mujer de tu prójimo.

-¿Ahora que el tema deseo lo tenés resuelto ?

-Mirá, si hay algo difícil, casi una quimera, es imitar a Cristo. Amaos los unos a los otros, poner la otra mejilla... Cristo es un tipo admirado en todas las religiones ¿El mandamiento más difícil? A ver, estoy boludo, recordame los mandamientos.

-Si seguís por ahí te voy a preguntar cuántos son los diez mandamientos.

(Se queda en silencio. Hay dos botellas de agua sobre el escritorio y tres limones. Bebe como un recién nacido. Muy a mano, una foto de él con Perón, en Puerta de Hierro )

-Estamos en la Argentina, Leonardo. Aquí todo es posible.

-Sí.

-Se abre esa puerta y entra Evita. Ahí la tenés. ¿Qué le decís?

-Paralizado me quedo. Gracias le digo. No tengo estatura para decirle nada más. Vos porque sos un irreverente.

-Hace diez años, mientras me mostrabas fragmentos de Sinfonía de un sentimiento, hablabas de Evita enamoradísimo.

-Y sigo. Evita es la mina. Un genio. Y qué potra. Te lo repito: de Evita me gusta todo.

-Ella se fue. Entra Perón.

-Le acaricio las manos, nada más.



-Las manos...

-Sí, sí, las que le arrancaron para que no se siguiera hablando de la crisis.

-Justamente las manos, uno de sus fuertes.

-Los elementos de Perón son sus ejemplos y su corazón. Le quitaron lo menos importante. Podría haber manejado el mundo entero sin manos.

-Sigue aquí. ¿No le vas a preguntar nada a este hombre?

-Qué gorila que sos, ¡la concha de tu madre! Decís "a este hombre". ¡Ni por puta decís General!

-Decirle general no me parece importante.

-¿Sabés? En esto Perón se equivocó. Y te digo porqué: lindo hubiera sido que se mantuviera como Coronel; es más heroico, más digno.

-Coronel suena a víspera. Decime: en tu vida, ¿tuviste un minuto en que tu fe en Perón sufriera aunque sea un leve apagón?

-Lo mío es certeza. Antes era fe. Me llevó muchos años profundizar eso. Leí todo. Dudé para indagar. Pero nunca dudé de Perón.

-Es curioso que pensando tan diferente nunca nos hayamos peleado cuando sale el tema.

-La ternura nos protege de nosotros.

-Veo esa foto con tus hijos ya grandes y me acuerdo de cuando nació tu Nicolás. Dijiste que entraría al tercer milenio con menos de 30 años. Que iba a vivir en un mundo ideal, porque la humanidad habría arreglado muchas cosas. Hoy, ¿qué me contás?

-Me equivoqué en que todo iba a estar solucionado, pero no en lo de un mundo mejor. Este es mundo mejor. Hay que aprender a usarlo. Antes te morías por una boludez; hoy te sentás a la computadora y tenés todo al toque.

-Pero ahora hay cuatro clases sociales, Leonardo: los clase alta, los clase media, los pobres y los desgajados.

-Eso siempre estuvo. No teníamos información. Antes había gente que se moría de hambre, y ahora también, pero al instante lo vemos.

-Y eso que llamamos "condición humana", ¿avanza aunque sea un centímetro por siglo?

-Creo que no hay más perro que la gata. Vamos a mejorar pero no porque la gente se vuelva más buena sino por sus propios intereses. Llegará el momento en que los capos del mundo dirán, ponele: "Si vos me invadís con 500 mil soldados, yo te hago volar con un bombazo". Así que dialoguemos, loco La perfidia, la soreteada siempre van a existir... Aunque por ahí el hombre evoluciona y se transforma en espíritu. Yo qué sé, si yo cuánto podré vivir, ¿diez años más? Diez, y como un regalo de la naturaleza.

-En definitiva, nos va a salvar el egoísmo.

-Por imperio de la propia mezquindad vendrá la equidad.

-La mezquindad elevada a instinto de conservación.

-Pensaremos así: Me van a chorear todo; antes de quedar en pelotas o que me maten, reparto.

-Chiquito, Perón se fue y mirá quien entró un poeta criatura, Locche.

-¡Nicolino! Lo quiero tanto

-Nicolino. Lo largaron a los leones y no los mató y no se dejó comer, se puso a conversar con ellos. No ganaba por nocaut ni por puntos, ganaba por persuasión Aquí lo tenés.

-Le digo que nuestra Mendoza lo trató muy mal, le debe un monumento Me pongo a charlar y a comer tallarines Sos único, Nicolino, sos un hermoso.

-Por el hecho de haber nacido quien más quien menos puede resucitar

-Algunos seres debieran resucitar.

-Pero para resucitar, cada uno necesita de palabras clave. Para Lázaro, levántate y anda.

-¿Y para Nicolino?

-¡Tallarines y anda!

(Mate cocido para mí, té de tilo para él. Me detengo en cartelitos enmarcados en su mesa de trabajo: "No seas vulgar"... "No obedezcas al impulso"... "Pasa por alto las ofensas"...)

-Cartelitos que me apunto. En otro tiempo tenía obsesiones. Cerca de mí ni tijeras, ni nada filoso. ¡Qué tara! Eso se esfumó a partir de una desilusión: a uno no lo quiere matar nadie.

-¿Cómo es tu rutina?

-Me acuesto a las doce de la noche, duermo hasta las dos, me tomo un tecito, leo hasta las siete, me pongo a trabajar, llega Ramona que atiende las cosas de la casa, otro desayunito, sigo trabajando, almuerzo, y ahí me apolillo una siesta de cuatro horas. En la noche no me jode nadie, estoy solito. Ah, y hago gimnasia, muchísima. Loco, yo te conté mis sueños ¿y vos con qué soñás?

-Sueño que me llevan unos tipos, policías o peor, sin uniforme, y nadie ve lo que me pasa... O que me pierdo en un país desconocido y no tengo documentos, nada... Muy seguido sueño que no me puedo dormir... Pero dejémonos de pesadillas. Antes mencionaste algo, un guión. Estás craneando otra película. Desembuchá.

-El lugar de esa película ahí lo tenés. Lo que se ve en esa foto.

-Luján de Cuyo, la calle de La Costa donde naciste, el río, el viejo puente de hierro.

-Ahí pasa todo. El mantel de hule, se va a llamar. Inclusive compré un mantel de hule. Primera vez que trabajo así: delineo un personaje y escribo aconteceres. Lindo el resultado. Toco el mantelito, imagino, el guión crece. La historia transcurre en un pueblo que puede ser nuestro Luján de los años 50... Los personajes el pibe que podría ser yo, la piba que estudiaba piano, el Negro Cacerola, una pensión en la que viven. Lejos, se supone, una plaza, farolitos, gente que pasa La cámara panea, ves el río, todo el pueblo en esa calle, el mundo entero.

-Por allí andaba nuestro viejo de la bolsa, el Canario.

-¡De él te quería hablar! Vos decís que el viejo era español y yo charlé con él ya de grande y tenía acento alemán, loco.

-No. Era español. Mi viejo se ofreció para escribirle a su familia, pero él no quiso. Chiquito, o vos estás en pedo o yo estoy mamao.

-Te digo: tenía acento alemán.

-Catalán o algo así. Alemán no. Lo que me acuerdo clarito del Canario es que un día de pleno invierno se desnudó por completo en la vereda. Se desnudó llorando en voz alta.

-Me dejás con la espina. Otro callejero era el Pancho Brondo. Ahí lo tenés, en esa fotito.

-El Pancho era cuñado de la Pierina, la partera de Luján, la que nos tiraba de las patas.

-¡Panchito! Todo el tiempo juntaba cartones, leña. Mis tías me habían enseñado a decirle: ¿Me vendés la leña, Pancho?

-Y él te contestaba: "La leña no. Se enoja el hombre".

-Qué felicidad. Yo con mis tías, peinadito, en una silla de totora, me vendés la leña El otro callejero era el Uva. Era muy rápido en las cosechas y yo quería sacarlo del chupi y asociarme: yo cortaba la uva, él cargaba con el tacho. ¡Fenómeno decía yo! Siempre soñando con poner un quiosquito. Pero con el Uva era inútil, no quería reformarse.

-A ver, contame tus siestas de pendejito.

-Les tenía miedo. Un día mi bisabuela me contó, para asustarme, que ella estaba lavando en la batea, y escuchó una risa de pájaro que venía de un olivo centenario. Una vecina, doña Margarita, le dijo: "Cuando sienta la risa grite ¡volvé por sal! Así sabrá quién es la maligna que la quiere embrujar!". La risa se repitió, y mi bisabuela ¡volvé por sal! Al otro día una que le tenía rabia vino a pedir sal. Eso pasaba ¡y yo no salía ni por puta!

-A todo esto, ¿cuál era tu vocación?

-Ninguna vocación. Ni expectativas. ¿A qué podía aspirar yo? A tener un quiosco o entrar en la marina. Pero para eso exigían el tercer grado. Y yo fui hasta segundo. Quiero acordarme del nombre de la escuela y del de la señorita del tercero que nunca terminé. Fue divina conmigo, era un cielo.

-La Comandante Saturnino Torres. Ahí fui un par de años. Una de las maestras era la señorita Courbelo. No era linda pero estaba fuerte; fue una de las primeras que se divorció en voz alta en Luján. La vieja escuela está. Al lado construyeron la nueva.

-Ah, un día tengo que ir... Voy a ponerme a llorar como un hijo de puta ahí...

-Sin vocación ni expectativas, ¿cómo entraste en órbita?

-Acordate, mi mamá, Laura Favio, escribía radioteatro, era brillante. Y ella empezó: "Leeme esto que escribí". "No, me da vergüenza." Insistía. Al final: "Te lo leo pero atrás de la puerta". Así hasta que me llevó a su compañía. Yo tendría 17. Después me lleva a San Juan y se arma la compañía Liliana Dávila-Leonardo Jury. Largamos con La fiera acorralada, de mi mamá. Liliana era grande, tenía como 25 años; yo era muy lindo, le empecé a gustar a la gente.

-¿Y después?

-Gira de tres meses y mi mamá me dice: "Nos vamos a Buenos Aires". Mi tía Elcira Olivera Garcés ya estaba aquí. Me dejé arrastrar. Haciendo bolos en El Mundo, me ve Raúl Rossi y entro en Todo el año es Navidad. Ahí Salvador Salías me lleva para actuar en El secuestrador, con Torre Nilsson. Antes yo había hecho un papelito en El ángel de España, de Enrique Carreras, con Pedrito Rico. Veinte veces la vi para verme. Después hice películas, canciones, y ahora estoy aquí, con vos. Todo muy rápido, un vértigo.

-Hace diez años me confesaste que hubieras preferido otra vida. No te creí.

-Hiciste bien. Me gustó lo que fui encontrando, porque era una forma de vivir livianito. Pero nunca me sentí actor. ¿Actor? Bebán, Alcón. Lo mío era de pedo y para subsistir. Siempre me dio vergüenza actuar.

-¿Y tu sueño de terminar tus días en Tupungato? Querías vivir en una finca custodiada por un tipo con un rifle.

-Eso quería. El tipo para que bajara a cualquiera que viniera de Buenos Aires a hablar de cine. Ahora no cambio esa vida por esta, aquí, encerradito. Tengo todo. Fotitos, cositas, música de Mozart, de la Mona Giménez...

(Pausa de tres días. En el medio, una llamada telefónica de Leonardo, domingo a la noche. Hablamos de nuestros hijos, que andan por los treinta y pico. Recuerdo a Favio peleándose con Carola por adueñarse de su Nicolás. Le mordía el poto, los taloncitos, lo olía. Nos acordamos de los celos por el recién nacido. Uno de nosotros llegó al colmo de mearse en la cama. ¿Quién? Uno de nosotros. Y la charla vuelve a los mandamientos )

-Lo pensé: no hay ningún mandamiento que me inquiete. Desear la mujer de tu prójimo es algo que en el Islam está resuelto: somos humanos, no te tenés que sentir culpable.

-Ofensivo sería no desearla.

-Según cómo sobrelleves en tu conciencia un hecho, eso te pone en el regazo de Dios o lejos de Dios. Todos tenemos tentaciones. Si después sentís un dolor en el corazón muy hondo y te quedás mirando el techo, eso te hace ser un hombre bueno El hombre no es bueno ni malo, es hombre. No somos ángeles.

-Menos mal. Se me hace que los ángeles son medio huevones.

-Pertenecen al misterio. Yo no veo lo invisible pero existe. Sé que voy empujando materia a cada paso. Hay algo en que reflexiono mucho, y es que verdaderamente Dios amó, porque sin eso no habría sido posible semejante obra. Sí, Dios es un misterio, pero más misterioso es el amor. A veces pienso: ¿primero el amor y después Dios?

-¿Por teléfono queremos dilucidarlo? Cuánta alevosía y candor.

(La conversación se reanuda otro día en el departamento de Favio. Arranco con una pregunta peliaguda.)

-Si Evita vivía, ¿qué hubiera pasado en el 55?

-Qué incómodo opinar sobre un ser que no te puede responder. Su obra está, concreta. A veces los historiadores que hacen teatro narran intimidades supuestas, por ejemplo, de Rosas ponen que tuvo un amor morboso por su hija. No podemos meternos con la intimidad de nadie.

-Le ponés límites a la ficción.

-Admito la ficción si es para beneficio de ese que ya no te puede responder. Pero si es para denostarlo, eso es carroña.

-Vos te asomaste a la intimidad de Gatica.

-La mostré, pero hasta ahí. Yo trato con ternura a mis seres. ¡No soy un carroñero! El límite lo da la ternura. Hasta cuando un tipo es culpable hay que narrarlo desde la ternura. Guevara lo decía: ternura hasta con el enemigo.

-El canon argentino, solemne, acomplejado y estreñido de corazón, margina todo lo que se roce con la emoción y la ternura. Vos, Favio, como nadie, has sido consagrado pese a ir siempre por el lado más explícito de la ternura.

-Es lo que soy, lo que somos Me estoy acordando cuando venían los camiones del peronismo a Luján y repartían juguetes. Esto para mucha gente era denigrante.

-Juguetes, pan dulce, sidra peronista, ¿hoy qué te parece?


-Maravilloso me parece. Aquello ¡era muy lindo! ¿Sabés con qué alegría venía mi abuelo con la sidra y el pan que le daban en la municipalidad?


-Cambiando de asunto: ¿seguís con tu teoría de la mermelada?


-Sigo. En Mendoza, ¿qué se hace con la fruta que sobra? Mermelada. Yo creo que con el excedente de boludos que tenemos en la Argentina tendríamos que hacer mermelada. Vendiéndola podríamos pagar la deuda. Se lo propuse a Cavallo; no me hizo caso.


(Teléfono. Favio tiene que resolver detalles de la banda sonora de su Aniceto. Pide un grillo, pero "que sea uno solo y de verdad". Y después le pide al músico una baladita que desemboque en algo enorme, sinfónico. Lo alienta: "Mientras comés solito andá imaginándotela. Vas a hacer un quilombo muy bello. Dale, que no se te caiga el alma, te quiero, loco, te quiero ")


-Al final, este Aniceto resuelto como ballet, se va a titular


-Se va a titular Aniceto.


-No te veo muy convencido.


-También estoy pensando ponerle Aniceto, una película romántica a morir Sabés, la película está dedicada a mi vieja: "A Laura Favio, amiga, madre divina". Cuando vi la dedicatoria en la pantalla, ahhh me sentí tan mal... Dije, ¡mi mamá ya no está!


-Laura. La recuerdo altiva. No solo era bella, era hermosa ¿Qué estás pensando, Chiquito?


-Nada. Quise cambiar de tema y me acordé de Tomás de Aquino. El tipo analiza muy bien el asunto de la culpa y del castigo pero pensó como casi imprescindible la pena de muerte. Cuando uno quiere sacar del cuerpo social un tumor, ahí viene la cuestión. Y uno se pregunta, ¿a tipos como Videla, Massera, los dejo vivos? Pero si tenés la posibilidad de encajarlos en una prisión de por vida, es más piadoso. ¿Qué pensás vos de la pena de muerte?


-Pienso que aunque en su aplicación fuera infalible, aunque se hubiera demostrado que sirve para bajar los índices de criminalidad, es siempre una asesinación Qué paradójico, los más furiosos sostenedores de la pena de muerte proclaman la penalización del aborto y declaran agudamente su creencia en Dios. Afirmando la pena capital se toman atribuciones divinas, le arrebatan el trabajo al Dios que dicen venerar.


-Eso. La pena de muerte es un asesinato Lo otro bravo es el perdón... Hay que perdonar, pero ojo, no digo olvidar. Perdonar es recordar de otra manera.


-En tal caso la memoria no es, como se dice, retroceso: es semilla. Por otro lado, ¿cómo perdonar al que no se arrepiente, al que se empeña en confundir impunidad con heroísmo?


-Sí. Tengamos cuidado con el perdón atolondrado.


-¿Cómo convivís con el asunto de las culpas y el perdón?


-¿Sabés las horas que yo me quedo mirando al techo por culpas? Muchas veces he llamado a mi hermano más chico, Horacito. Me lo como a besos y le digo: "Vos me tenés que asegurar que me has perdonado." Le jodí tanto la vida a Horacito.


-Joder con las culpas.


-Todos las tenemos. Pero hasta es lindo hacer cagadas para pedir después perdón. Muy lindo ¡y sano! Por ejemplo, llamar a tu hijo y decirle: "Mirá, te cagué en esto y en esto, mi amor perdoname..." Después te sentís un príncipe. El pedir perdón es uno de los inventos más grandes de la humanidad. No es cuestión de teología sino de psiquiatría.


-¿Sabés llorar todavía?


-Es lo más lindo del mundo. Yo me encierro, ahí, debajo de la ducha, y me pongo a llorar. Pero me gustaría poder llorar como los bebés, con la boca así, grandooota Me quedé enganchado con el asunto de la memoria. Siento que el infierno y el paraíso están en la memoria de cada uno.


-Al infierno y al paraíso solo los separa una medianera. ¿Tu memoria qué te trae de infierno o de paraíso?


-A ver te conté de doña Margarita Su hijo, el Lechuzo, era un poquito tonto y cuando muere ella dije: "Al Lechuzo me lo acampujo": iba a cobrar una pensión por su mamá. Ah, el Lechuzo para mí, dije. Lo volvía loco con el quiosco. Pero había una vieja hija de puta, mendocina mandona, de Unidad Básica. Ella le decía al Lechuzo: "¡Qué se anda juntando con ese atorrante!" Que era yo. Competía conmigo por la pensión. Dije: "Esta vieja me va a cagar; me voy a apolillar en la pieza del Lechuzo y no me lo va a afanar". Tendría yo unos 13 años, un pibe. ¿Viste esas noches de luna en Mendoza que son como pleno día? La luna hace pong y ves las sombras estiradas


-La luna, el sol de la noche.


-Un sol sí. No me podía dormir por el cagazo de que la difunta se me apareciera a decirme "¿Qué estás haciendo con mi hijo?..." Yo dormía en el suelo, sobre una mantita en eso escucho chist chist. Y para colmo el Lechuzo roncaba con un silbido. ¡Me van a agarrar del culo los demonios! Arrastrándome llegué a la puerta y me quedé sentadito ahí a esperar el alba. No me animaba a rajarme, había como quince metros hasta la calle. ¿Quién me iba a proteger? Ahí tenés la memoria, con el paraíso y el infierno. El caso es que yo me jugaba la vida para quedarme con la pensión del pobre Lechuzo. Me pienso en esas y me quiero tanto


-Pero si conseguías el quiosquito nos quedábamos sin Favio director de cine.


-Quién sabe Esperá, me tomo otro mate cocido: cuando cuento cosas de miedo se me seca la boca ¿Sabías que los árabes se bañan con arena?


-Ni la menor idea.


-El árabe en el desierto se limpia la cola con arena. Y no solo eso, cuando llega el momento de orar se lava las manos y la cara con arena. O sea: la arena suplanta al agua, saca la transpiración, queda la piel muy suave. Cuando leí eso recordé que de pibitos jugábamos en el río. Yo, el Negro Cacerola, hacíamos todo ahí y nos limpiábamos con arena. Era normal eso, mientras charlábamos golpeábamos fuerte la arena chiqui chiqui y al final nos pasábamos los dedos, la arena era finita. Impecables quedábamos. Después seguíamos caminando


-Lo más campantes.


-Campantes y felices Me pediste que le diera rienda a la memoria y ahora es buena, me lleva a una noche de sábado Me vienen a buscar los vagos "Mirá, en una finca de Perdriel se casa el gringo Felipelli. ¿Venís con nosotros?" Y salíamos y atravesábamos viñedos hasta que empezábamos a escuchar muuuy apenitas una música lejana La música era como una estrella, nos guiaba hasta el casorio. Cuando la música estaba grande, plena, ya nos encontrábamos en la puerta de la fiesta y nos colábamos, claro, ¡y a comer de todo!... ¡Qué pendejo divino, en todas las que anduve! Ah, cuando me veo en las que hice, me quiero como loco, te juro. ¡Qué lindo quererme así! ¡Me quiero como la puta que lo parió!


Por Rodolfo Braceli
Para LA NACION