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27 feb. 2015

Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

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Descarga: William Faulkner - El ruido y la furia

El ruido y la furia es una obra maestra de la literatura. Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseí­do por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo.

Novela influida por el Ulises de Joyce, narra la decadencia y destrucción final de un viejo linaje del tradicionalista sur de Estados Unidos (el famoso Deep South) o sur profundo, desde el punto de vista de los últimos sobrevivientes degenerados de dicha familia. Los Compson, protagonistas de la decadencia familiar son presentados en las voces de tres de sus miembros y de Dilsey, la sirvienta negra, considerada como de la familia por la cantidad de años que lleva al lado de ellos. De este modo, cada una de las secciones del libro son algo así­ como el testimonio de uno de los Compson.

21 feb. 2015

Harold Bloom - William Faulkner: Mientras agonizo

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Harold Bloom


El mejor comienzo de toda la novela norteamericana del siglo veinte pertenece a Mientras agonizo (1930), la obra maestra de William Faulkner. El libro consiste de cincuenta y nueve monólogos interiores, cincuenta y tres de ellos de miembros de la familia Bundren. Los Bundren son un orgulloso clan de blancos pobres que entre inundaciones y fuegos pugnan heroicamente por llevar el ataúd que contiene el cadáver de Addie, la madre, al cementerio de Jefferson, Mississippi, donde ella deseaba que la enterraran junto a su padre. Diecinueve secciones, incluida la primera, son habladas por el notable Darl Bundren, un visionario que finalmente cruza la frontera de la locura. Al comienzo de la novela oímos la conciencia de Darl mientras va con su hermano enemigo, Jewel, hasta la casa en donde está muriendo Addie:

Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila de uno. Aunque yo voy cinco metros por delante, cualquiera que nos mire desde la barraca del algodonal verá el raído y roto sombrero de paja de Jewel una cabeza por encima de la mía.

Al subir la cuesta, Darl oye a su hermano carpintero, Cash, serrando madera para el ataúd de la madre y hace esta observación desapasionada:

Buen carpintero. Imposible que Addie Bundren encuentre uno mejor ni una caja mejor donde estar. Le dará confianza y consuelo.

Sin el amor de Addie, el disociado Darl insiste en que él no tiene madre y su extraordinaria conciencia refleja la convicción. Severo, sencillo, digno, sugestivo, el comienzo de Mientras agonizo presagia la originalidad de la novela más sorprende del autor. Los rivales de Faulkner no escribieron nada parecido. El gran Gatsby de Scott Fitzgerald empieza con el padre de Nicle Carraway diciéndole: "Sólo recuerda que no todos en este mundo han tenido las ventajas que tuviste tú", admonición muy saludable de no criticar a los demás pero francamente lejana a la sublimidad de Faulkner. Por su pare, Hemingway empieza Fiesta con la siguiente ironía: "En un tiempo Robert Cohn había sido en Princeton campeón de boxeo peso mediano". Faulkner también está mucho más allá de esto. Creo que el único rival posible para el comienzo de Mientras agonizo, dentro de su tipo, es el de la pasmosa Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy, donde el narrador nos presenta al Chico, protagonista trágico a quien finalmente destruirá el siniestro y "yaguesco" juez Holden:

Vean al niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo delgada y harapienta. Alimenta el ruego de la cocina. Afuera se extienden campos ensombrecidos con jirones de nieve y más allá bosques oscuros que todavía albergan algunos de los últimos lobos. Viene de una familia de talladores de madera y constructores de acequias pero en verdad su padre ha sido maestro. Se apoya en la bebida, cita poetas que ya nadie conoce. Acuclillado frente al fuego el muchacho lo mira.

En esta gran prosa se funden los acentos de Hermán Melville y de William Faulkner. Pero, como me ocupo de Meridiano de sangre al final de esta serie, vuelvo de momento a Mientras agonizo. El título se refiere a Addie Bundren, que muere poco después de que empiece el libro — un deliberado tour-de-force —, pero Faulkner citaba de memoria las amargas palabras que el espectro de Agamenón dice a Ulises en la Odisea (libro XI, el Descenso a los muertos):

Y la cara de perra, enviándome al Hades, no se dignó siquiera cerrarme los ojos mientras agonizaba.

Asesinado por su mujer y el amante de ésta, tanto Agamenón como su destino tienen poco que ver con la novela. Faulkner quería más la frase que el contexto y la tomó, aunque acaso también haya querido sugerir que la falta de amor entre Addie Bundren y su hijo tiene alguna semejanza con la relación de Clitemnestra con Orestes y Electra. Clitemnestra es la "cara de perra" que envía a Agamenón al Hades sin cerrarle los ojos, y en todo caso Addie es más desagradable aún que ella.

Aunque Faulkner no numera los cincuenta y nueve monólogos interiores que constituyen el libro, sugiero al lector que por comodidad, y en bien de las referencias bibliográficas, lo haga en su ejemplar de bolsillo. Addie sólo dice una sección, la cuadragésima, pero le alcanza para enajenar a cualquiera:

Me acuerdo que mi padre siempre decía que la razón de vivir era prepararse a estar mucho tiempo muerto. Y como yo tenía que mirarlos un día tras otro, cada cual con su secreto y su pensamiento egoísta, y con la sangre extraña a la sangre del otro y a la mía, y pensaba que al parecer para mí ese era el único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haber tenido la idea de plantarme. No veía la hora de que cometieran una falta para poder azotarlos. Cuando caía el látigo lo sentía en mi carne; cuando abría y laceraba la que corría era mi sangre, y con cada latigazo pensaba: ¡Ahora os enteráis de que existo! Ya soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, ahora que os he marcado la sangre con mi sangre para siempre...

Uno empieza a comprender por qué esta mujer sádicamente perturbada quiere que la entierren junto al padre. Muerta, Addie es una maldición mayor aún que cuando vivía; esto vemos a medida que se nos cuenta la saga grotesca, heroica, a veces cómica y siempre atroz de los cinco hijos y el marido que cruzan fuegos y torrentes para llevar el cadáver hasta el deseado lugar de reposo. Farsa trágica, Mientras agonizo tiene, no obstante, inmensa dignidad estética y es una sostenida pesadilla de lo que, sombríamente, Freud llamó "novela familiar". Ciertos críticos píos han tratado de interpretarla como afirmación de los valores familiares cristianos, pero creo que semejante juicio dejará al lector perplejo. Como en otros momentos de su gran década (1929 — 1939), la visión novelística de Faulkner se basa en un horror de familias y comunidades y ofrece como valor único la paciencia estoica, que en este caso no basta para salvar al dotado Darl Bundren del loquero.

Las tonalidades de los monólogos interiores — sobre todo de los diecinueve de Darl — son tan irónicas, que al principio el lector puede sentir que Faulkner prescinde demasiado de guiarle la respuesta. No hay género que pueda asistirnos para comprender esta epopeya de blancos pobres de Mississippi cumpliendo el último deseo de una madre espantosa. Prácticamente el único principio que une a los Bundren es el honor familiar, ya que el padre, Anse, es a su modo tan destructivo como Addie. Los tres monólogos que se le dan a Anse — los número 9, 26 y 28 (si uno los numera) — lo establecen como un manipulador caprichoso, terco y taimado, tan egoísta como la mujer.

Dewey Dell, única hija, tiene su dignidad; pero no encuentra fuerzas para llorar a la madre porque, como blanca pobre soltera y embarazada, está obligada a buscar en vano un modo de abortar en secreto. El niño Vardaman simplemente niega la muerte de Addie; hace agujeros en el ataúd para que respire y al fin la identifica con un gran pez que atrapó mientras ella agonizaba: "Mi madre es un pez". Faulkner centra la novela en la conciencia de Darl Bundren y en los actos heroicos de los otros hijos, Cash el carpintero y Jewel el jinete (hijo natural de Addie, fruto de una relación adúltera con el reverendo Whitfield).

Jewel es feroz, temerario y sólo capaz de expresarse mediante la acción intensa. Su único monólogo (el 4), una protesta contra Cash por la confección del ataúd, concluye con una visión posesiva: él protegerá a la madre moribunda de la familia y el mundo entero:

... no será con todos los cabrones de la comarca viniendo a mirarla porque si hay un Dios para qué demonios está. Será con ella y yo solos en lo alto de una colina y yo tirándoles a la cara las piedras de la colina, levantando piedras y arrojándoselas colina abajo a la cara y los dientes y todo por Dios hasta que ella esté tranquila...

Jewel y Darl se odian con pasión mutua y entre Darl y Dewey Dell hay una hostilidad oscura, implícitamente incestuosa. Cash, que mantiene un vínculo cálido con todos los hermanos, es simple, directo y heroicamente resistente, y como Jewel un hombre de valor físico irreflexivo. Pero Darl es el corazón y la grandeza de Mientras agonizo, y claramente el narrador sustituto de Faulkner.

Darl acaba en algo parecido a la esquizofrenia, pero es de una singularidad y un poder visionario imposibles de reducir a la locura. Todos los monólogos interiores son notables. He aquí el final del décimo séptimo de los diecinueve:

...y como el sueño es no — es y la lluvia y el viento son era, eso no es. Pero la carreta es, porque cuando la carreta sea era, Addie Bundren no será. Y Jewel es, así que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces yo tengo que ser, si no no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Y entonces si todavía no me he vaciado es que soy es.

Cuántas veces me he acostado con lluvia bajo un techo extraño, pensando en casa.

Dudoso de su identidad, Darl tiene una percepción shakesperiana de la nada que es una versión del nihilismo de Faulkner (siempre en la gran etapa de 1929 — 1939), y de su experiencia durante la guerra, que consistió en entrenarse como piloto de la Fuerza Aérea Británica pero no volar nunca. A Darl, que estuvo en la Primera Guerra Mundial, la experiencia apenas le ha marcado la conciencia. Como le repugna la terrible odisea de llevar el cadáver en carreta hasta donde Addie nació, casi sabotea el esfuerzo prendiendo fuego a un granero; pero sólo consigue inspirar en Jewel un heroísmo renovado.

Faulkner hace continuo hincapié en que Darl es un sabedor. Sabe que su hermana está embarazada, que Jewel no es hijo de Anse, que en el verdadero sentido su madre no es su madre y que la actitud humana es una especie de desastre aborigen. Y sabe que hasta el paisaje es un vacío, una caída desde una realidad previa. Así en la sección 34:

... Sobre la superficie incesante se alzan — árboles, cañas, enredaderas — sin raíces, cercenadas de la tierra, espectrales sobre una escena de desolación inmensa pero circunscrita llena de la voz del agua yerma y doliente.

Poeta y metafísico intuitivo, Darl se encuentra peligrosamente cerca de un precipicio al cual debe caer. Las heridas psíquicas que lleva son el legado de la frialdad de Addie y el egoísmo de Anse; está destinado a la demencia. Para él no hay salida; sólo siente deseo sexual por la hermana y la familia es su condena.

En el último monólogo (57) que le oímos está tan disociado que todas sus percepciones, más anómalas que nunca, lo observan en tercera persona. Dos guardias lo escoltan en tren al manicomio del estado, y la voz interior nos hace añicos:

Uno se sentó a su lado y el otro se sentó enfrente de él de espaldas al viaje. Uno tenía que viajar de espaldas porque el dinero del estado tenía una cara para cada reverso y un reverso para cada cara y ellos viajan con el dinero del estado lo cual es incesto. Las monedas tienen una mujer de un lado y un búfalo del otro; dos caras y ninguna espalda.

Partido en dos, Darl conversa consigo mismo pero no deja de ver: "el dinero del estado lo cual es incesto". Acecha este pasaje la rabelesiana burla de Yago del amor heterosexual — el amor es una bestia de dos espaldas —, pero hay una consideración más profundamente shakesperiana en el dinero del estado visto como incesto; no estamos muy lejos de Medida por medida.

Puede que Mientras agonizo se le haga difícil al lector. Bien, es difícil; pero legítimamente. Faulkner, que tenía una aguda necesidad de ser su propio padre, exaspera a ciertas feministas con su identificación implícita pero obsesiva de la sexualidad femenina con la muerte. La cordura de Darl muere con la madre, y en cierto sentido su trastorno explícita lo que en los hermanos permanece mudo. En este libro la naturaleza es en sí misma una herida. André Gide hizo la extraña observación de que los personajes de Faulkner carecían de alma; lo que quería decir es que los Bundren, como los Compson de El ruido y la furia, no tenían esperanza, no podían creer que alguna vez fueran a levantarles la condena. Dios se niega a entablar alianza alguna con los Bundren o los Compson, tal vez porque vienen de un abismo y a él deben regresar. Quizá por eso Dewey Dell grite que cree en Dios con tanta desesperación. Mientras agonizo hace un retrato catastrófico de la condición humana, con la familia nuclear como la catástrofe más terrible.


En Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Imagen: © Nancy Kaszerman/ZUMA/Corbis

6 ago. 2014

William Faulkner: Un noviazgo

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Así es como eran las cosas en los viejos tiempos, cuando el viejo Issetibbeha aún era el Hombre e Ikkemotubbe, sobrino de Issetibbeha, y David Hogganbeck, el blanco que decía por qué trecho del agua tenía que ir paso a paso el vapor, cortejaron a la hermana de Herman Cesto.
Todos los de la Tribu vivían ya en la plantación. Issetibbeha y el general Jackson se reunieron y quemaron palos y firmaron un papel, y a partir de entonces una raya atravesó los bosques aunque no se pudiera ver. Era una línea recta, tan recta como vuela la abeja por el bosque, con la plantación a un lado, en donde Issetibbeha era el Hombre, y América al otro lado, en donde el general Jackson era el Hombre.[46] Así que ahora, cuando pasaba algo a un lado de la raya, era mala suerte para unos y buena suerte para otros, según qué fuese lo que estaba en poder de los blancos, como había sido siempre. Pero tan sólo por suceder al otro lado de una raya que ni siquiera era posible ver pasaba a ser eso que los blancos llamaban delito y que era punible incluso con la muerte, siempre y cuando los blancos atinasen a descubrir quién lo había hecho. Todo lo cual nos parecía una estupidez. Hubo un alboroto que duró una semana, con sus más y sus menos, no porque el blanco hubiese desaparecido, puesto que había sido uno de esos blancos a los que ni siquiera los demás blancos echan en falta, sino porque se les metió en la cabeza la falsa idea de que alguien lo había devorado, como si hubiese alguien, por más hambre que pudiera tener, capaz de arriesgarse a comer la carne de un cobarde o de un ladrón en estas tierras en las que incluso en lo más crudo del invierno se encuentra siempre algo que comer, estas tierras por las que, según nos contaba Issetibbeha después de haberse hecho tan viejo que ya nada se le exigía, además de que se pasara el rato sentado al sol y criticase la degeneración de la Tribu y la necedad y la codicia trapacera de los políticos, el Gran Espíritu ha hecho más y el hombre menos que por cualquier otra tierra de la que tuviera él conocimiento. Pero era un país libre, y si al hombre blanco le venía en gana sentar por norma algo tan necio en la mitad del país que ocupaba, a nosotros nos parecía perfecto.
Fue entonces cuando Ikkemotubbe y David Hogganbeck vieron a la hermana de Herman Cesto. Y quién no la vio tarde o temprano, fuese joven o viejo, fuese soltero o viudo, e incluso alguno que aún no había enviudado, y que por bastantes razones que guardaba en su propia cabaña no tenía por qué haber ido en busca de nada en ningún otro lugar, aunque quién va a decir cuál es la edad que ha de tener un hombre, o qué mala suerte ha tenido que sufrir por la debida obediencia en su juventud, para no detenerse a mirar a las hermanas de Herman Cesto que hay por este mundo ni a morderse los pulgares con reconcomio y con pena, ay. Porque ella era la belleza andante.[47] Mejor dicho, era la belleza sentada, puesto que no andaba nunca, jamás, a no ser que no le quedara más remedio. Una de las primeras cosas que se oían en la plantación al nacer el día era la voz de la tía de Herman Cesto, clamando deseosa de saber por qué no se había levantado la muchacha, por qué no había ido con las demás mozas a buscar agua al manantial, cosa que a veces no hacía hasta que el propio Herman Cesto se levantaba y la obligaba; por la tarde a la tía se la oía clamar deseosa de saber por qué no iba a lavar al río con las demás mozas y mujeres, cosa que tampoco hacía muy a menudo. Pero es que tampoco tenía necesidad. Quien tenga la planta que tenía la hermana de Herman Cesto a los diecisiete y a los diecinueve no tiene necesidad de ir a lavar al río.
Entonces un buen día la vio Ikkemotubbe, quien la conocía de toda la vida, excepción hecha de los dos primeros años. Era hijo de la hermana de Issetibbeha. Una noche subió al vapor con David Hogganbeck y se marchó. Y pasaron soles y pasaron lunas y llegaron y pasaron tres crecidas, y el viejo Issetibbeha llevaba un año entrado en tierra y su hijo Mokketubbe era el Hombre cuando regresó Ikkemotubbe, llamado entonces Doom,[48] con un amigo blanco y llamado el Chevalier Soeur Blonde de Vitry y con los ocho esclavos nuevos de los que tampoco teníamos necesidad ninguna, y un sombrero y un capote con encaje de hilo de oro y una cajita también de oro, llena de sales, y el cajón de mimbre que contenía los otros cuatro cachorros todavía vivos, y al cabo de dos días el hijo pequeño de Mokketubbe había muerto y al cabo de tres Ikkemotubbe, llamado entonces Doom, era ya el Hombre. Pero aún no era Doom. Aún era tan sólo Ikkemotubbe y era uno de los jóvenes, el mejor de ellos, el más veloz a caballo, el más fuerte al montar, el que más tiempo aguantaba bailando y más se emborrachaba y el más querido entre todos los jóvenes, entre todas las mozas y también entre todas las viejas, que mejor hubieran hecho en ponerse a pensar en otras cosas. Un buen día vio a la hermana de Herman Cesto, a la que conocía de toda la vida, excepción hecha de los dos primeros años.
Después de que Ikkemotubbe la mirase, mi padre y Búho de Noche y John de Sylvester miraron para otro lado. Porque él era el mejor de todos ellos y todos le querían cuando aún seguía siendo sólo Ikkemotubbe. Le sujetaban el otro caballo cuando, desnudo de cintura para arriba, con el cabello y el cuerpo embadurnados en grasa de oso, igual que cuando echaba una carrera (aunque esta vez con miel mezclada con la grasa de oso), sólo con una jáquima de cordel y sin silla, como cuando echaba una carrera, Ikkemotubbe pasaba al galope por delante de la veranda en que estaba sentada la hermana de Herman Cesto desgranando el maíz o pelando los guisantes para echarlos a la damajuana de plata que su tía había heredado de su prima segunda, que la tenía en su poder por el matrimonio de su tía segunda con David Colbert, mientras Leño en el Río (que también era uno de los jóvenes, aunque nadie le hacía ni caso; no montaba caballos veloces, no tenía un gallo que pelease en el reñidero; no jugaba a los dados y, cuando no le quedaba más remedio, porque se le obligaba, ni siquiera bailaba con la velocidad necesaria para no tropezar con el resto de los bailarines, y se deshonraba y deshonraba a los demás al ponerse fatal después de trasegar sólo cinco o seis cuernos de un whiskey que ni siquiera era suyo) se apoyaba contra uno de los postes de la veranda y tocaba la armónica. Uno de los jóvenes sujetaba entonces el potro de carreras y, montado ya en su yegua de paseo, con su chaleco de flores estampadas y su levita de color paloma y su gorro de piel de castor, con el que estaba más apuesto que un tahúr del Mississippi y parecía más rico incluso que el tratante que venía a vender whiskey, Ikkemotubbe pasaba por delante de la veranda en la que la hermana de Herman Cesto vaciaba otra vaina de guisantes en la damajuana y Leño en el Río permanecía apoyado, de espaldas contra uno de los postes, tocando la armónica. Otro de los jóvenes se llevaba también la yegua e Ikkemotubbe se acercaba a pie a Herman Cesto y tomaba asiento en su veranda, vestido con sus mejores galas, mientras la hermana de Herman Cesto acaso vaciaba otra vaina de guisantes en la damajuana y Leño en el Río estaba tumbado boca arriba, dale que te pego a la armónica. Llegó entonces el tratante que vendía whiskey y los jóvenes invitaron a Leño en el Río al bosque hasta que se cansaron de llevarlo a cuestas. Y aunque fuese mucho lo que se desperdició y no bebió Leño en el Río, como de costumbre se puso fatal y se durmió al cabo de seis o siete cuernos, e Ikkemotubbe regresó a la veranda de Herman Cesto, donde al menos durante un día o dos no tuvo que aguantar la murga de la armónica.
Al final, Búho de Noche hizo una propuesta: «Tú mándale un regalo a la tía de Herman Cesto».
Pero lo único que tenía Ikkemotubbe en su poder, lo único que no tuviera la tía de Herman Cesto, era su nuevo potro de carreras.
—A lo que parece —dijo Ikkemotubbe pasado un rato—, a esa moza la quiero yo más de lo que yo pensaba —y mandó a Owl-at-Night a que amarrase la jáquima del potro de carreras al pomo de la puerta de la cocina de Herman Cesto. Pensó entonces que la tía de Herman Cesto no siempre lograba que la hermana de Herman Cesto se levantase y fuese a buscar agua al manantial. Además, la moza era prima segunda, por matrimonio, de la mujer del viejo David Colbert, el Hombre principal de todos los chickasaw de nuestra comarca, la que delimitaba la raya, y tenía a toda la familia y al linaje de Issetibbeha en la misma estima que a un montón de setas recién brotadas de la podredumbre.
—Pero Herman Cesto lleva fama porque sí la hace levantarse para ir al manantial —dijo mi padre—. Y nunca le oí yo decir que ni la mujer del viejo David Colbert, ni la sobrina de su mujer, ni la mujer ni la sobrina ni la tía de nadie fuese mejor que ninguna otra. Dale a Herman el potro.
—Se me ocurre algo aún mejor —dijo Ikkemotubbe. Y es que no había en toda la plantación, ni en toda América, al menos entre Natchez y Nashville, un solo caballo al que el potro nuevo de Ikkemotubbe tuviese que mirar la cola—. Voy a echarle a Herman Cesto una carrera por ver de quedarme con su influencia —dijo—. Corre —dijo a mi padre—. Alcanza a Búho de Noche antes de que llegue a la casa.
Así que mi padre por poco logró traer al potro de vuelta. Pero por si acaso la tía de Herman Cesto hubiera estado mirando por la ventana de la cocina o algo así, Ikkemotubbe mandó a Búho de Noche y a John de Sylvester a que recogieran en su cabaña la caja en que guardaba los gallos de pelea, si bien de esto no esperaba gran cosa, puesto que la tía de Herman Cesto ya era dueña de los mejores gallos de la plantación, y todos los domingos por la mañana se embolsaba sus buenos dineros, que eran todos los apostados. Y Herman Cesto además rehusó aceptar el reto, por lo que una carrera de caballos habría sido sólo por el dinero y el placer. E Ikkemotubbe dijo que de nada le valdría el dinero, y sin quitarse de la cabeza a la dichosa moza, que se le había metido entre ceja y ceja y no le dejaba en paz ni de día ni de noche, su lengua olvidó a qué sabían los placeres. Pero el tratante que vendía whiskey siempre llegaba puntual, así que al menos durante un día o dos se ahorraba la murga de la armónica.
Entonces David Hogganbeck también se paró a mirar a la hermana de Herman Cesto, a la que también había visto una vez al año desde que llegó el barco de vapor caminando por el agua a la plantación. Al cabo de un tiempo incluso el invierno terminaba, y comenzábamos a ver la marca que había puesto David Hogganbeck en el embarcadero para mostrarnos cuándo habría crecido el caudal lo suficiente para que llegase el vapor caminando. Al tanto, el río alcanzaba la marca y, en efecto, en menos de dos soles llegaba el vapor con su silbato infernal a la plantación. Toda la Tribu —hombres y mujeres, niños y perros, e incluso la hermana de Herman Cesto, porque Ikkemotubbe se ocupaba de poner a su disposición un caballo que la llevase, y así sólo se quedaba Leño en el Río, y no en el interior de la cabaña, por más que aún apretaba el frío, porque la tía de Herman Cesto no permitía que estuviera en el interior de la cabaña, ya que tendría que pasar por encima de él cada vez que quisiera entrar o salir, sino sentado en cuclillas, en su manta, en la veranda, con una vieja cacerola dentro de la manta con la que se abrigaba— se acercaba al embarcadero en pleno, a ver el piso superior del barco y la chimenea desplazándose entre los árboles, a oír cómo resoplaba la chimenea, cómo caminaba cada vez más deprisa con sus pies por el agua del río cuando no se desgañitaba con el silbato. Entonces nos llegaba el violín de David Hogganbeck, y el vapor entonces se acercaba caminando por el último trecho del río como un caballo de carreras, despidiendo bocanadas de humo negro y desplazando el agua con los pies, a un lado y a otro, como levanta un caballo a la carrera una polvareda en el camino, y el capitán Studenmare, que era a la vez el dueño del vapor, mascaba tabaco en una ventana y David Hogganbeck tocaba el violín en otra, y entre ellos asomaba la cabeza del esclavo, un muchacho que manejaba la rueda del timón y que no era mucho más que la mitad de grande que el capitán Studenmare y que no llegaba a ser ni un tercio de lo que era David Hogganbeck. Y durante todo el día proseguía el comercio, aunque en esto David Hogganbeck apenas tomaba parte. Y durante toda la noche continuaban los bailes, en los que David Hogganbeck tomaba parte muy notable. Como era mucho más grandullón que cualquiera de los jóvenes, más incluso que dos de los jóvenes juntos, y aun cuando nadie hubiera dicho que fuese un hombre hecho para la danza, ni para las carreras, era como si por tener un tamaño que doblaba a cualquiera también pudiera aguantar bebiendo el doble de whiskey que el que más, y por eso también aguantaba bailando el doble que los otros, tanto que uno por uno los jóvenes se iban cayendo derrengados y sólo él quedaba en pie sin dejar de bailar. Y además había carreras de caballos y comida en abundancia, y aunque David Hogganbeck no tenía caballos y tampoco cabalgaba, ya que ningún caballo hubiera soportado su peso y además haber emprendido el galope, todos los años tomaba parte en una competición, por el dinero, contra dos jóvenes elegidos por la Tribu, consistente en ver quién era capaz de comer más, y siempre ganaba David Hogganbeck. Luego el agua del río volvía hasta la marca que había hecho en el embarcadero y llegaba la hora de que el vapor zarpase cuando aún disponía de agua suficiente, en el río, para caminar a su manera.
Y luego no se marchó el barco. El río empezó a crecer un tanto, pero David Hogganbeck siguió tocando el violín en la veranda de Herman Cesto mientras la hermana de Herman Cesto revolvía algo para comer en la damajuana de plata e Ikkemotubbe se acomodaba sentado contra uno de los postes, vestido con sus mejores galas y con su gorro de piel de castor y Leño en el Río se tumbaba boca arriba en el suelo, con la armónica entre ambas manos, haciendo un cuenco, bien pegada a la boca, aunque no se le oía si estaba dando la murga o no. Entonces se alcanzaba a ver la marca que David Hogganbeck había hecho en el embarcadero, cuando él aún tocaba el violín en la veranda de Herman Cesto, adonde Ikkemotubbe había llevado una mecedora desde su cabaña, para mejor sentarse, hasta que David Hogganbeck tuviera que marcharse con el fin de indicar al vapor todo el camino que lo llevase hasta Natchez. Y durante toda esa tarde la Tribu permaneció reunida en torno al embarcadero y vio a los esclavos en el vapor lanzar la leña a la panza del barco, para alimentar el vapor con que caminaba; y durante la mayor parte de esa noche, mientras David Hogganbeck bebía el doble y aguantaba bailando el doble de lo que hasta David Hogganbeck era capaz de beber y de bailar, es decir, que bebió cuatro veces más y bailó cuatro veces más de lo que hubiera bebido y bailado Ikkemotubbe, incluso un Ikkemotubbe que se hubiera por fin fijado en la hermana de Herman Cesto o que al menos se hubiese fijado en que otro se había fijado en ella, los más viejos de la Tribu permanecieron en torno al embarcadero y vieron a los esclavos lanzar la leña a la panza del barco no para hacerlo caminar, sino para que su voz fuese bien sonora mientras el capitán Studenmare se asomaba en el piso de arriba del barco, con el cabo de la cuerda del silbato atado al pomo de la puerta. Y al día siguiente el capitán Studenmare en persona se plantó en la veranda y sujetó el violín de David Hogganbeck.
—Estás despedido —le dijo.
—Muy bien —dijo David Hogganbeck. El capitán Studenmare volvió a sujetar el violín de David Hogganbeck.
—Pero tendremos que volver a Natchez, donde recibiré dinero para pagarte el finiquito.
—Usted deje el dinero que me debe en el bar —dijo David Hogganbeck—. Yo devolveré el barco la primavera que viene.
Entonces se hizo de noche. Entonces salió la tía de Herman Cesto y dijo que si se iban a pasar toda la noche ahí fuera al fresco, David Hogganbeck al menos tendría que dejar de tocar el violín, para que los demás pudieran dormir. Luego salió otra vez y dijo a la hermana de Herman Cesto que entrase y que se acostara. Entonces salió Herman Cesto.
—Vamos, compañeros —dijo—. Seamos razonables.
Salió entonces la tía de Herman Cesto y dijo que a la próxima pensaba sacar la escopeta del difunto tío de Herman Cesto. Así pues, Ikkemotubbe y David Hogganbeck dejaron a Leño en el Río tendido en el suelo y bajaron de la veranda.
—Buenas noches —dijo David Hogganbeck.
—Voy contigo —dijo Ikkemotubbe. Así que atravesaron a pie la plantación, hasta llegar al barco de vapor. Se había hecho de noche y el barco ya no tenía fuego en las entrañas, porque el capitán Studenmare seguía dormido aún bajo el porche trasero de la cabaña de Issetibbeha—. Buenas noches —dijo Ikkemotubbe.
—Voy contigo —dijo David Hogganbeck. Así que atravesaron a pie la plantación en sentido inverso, hasta la cabaña de Ikkemotubbe. Pero David Hogganbeck no tuvo tiempo para darle las buenas noches, porque Ikkemotubbe se volvió sobre sus talones en cuanto llegaron a su cabaña, para emprender de nuevo el camino al barco. Echó entonces a correr, porque David Hogganbeck seguía sin dar la impresión de ser un hombre capaz de correr deprisa. Pero tampoco había dado la impresión de ser un hombre capaz de aguantar durante mucho tiempo bailando, de modo que cuando Ikkemotubbe llegó al barco y se volvió sobre sus talones y echó a correr de nuevo, seguía muy poco por delante de David Hogganbeck. Y cuando llegaron a la cabaña de Ikkemotubbe aún le sacaba muy poca ventaja a David Hogganbeck cuando se detuvo, respirando deprisa, aunque sólo un poco, y abrió la puerta para que entrase David Hogganbeck.
—No es que mi casa sea mucha casa —dijo—, pero es tuya.
Así pues, aquella noche los dos durmieron en la cama de Ikkemotubbe, en su casa. Y a la tarde siguiente, aunque Herman Cesto no hizo más que desearle que tuviera éxito, Ikkemotubbe mandó a mi padre y a John de Sylvester con la yegua ensillada para recoger a la tía de Herman Cesto, y él y Herman Cesto compitieron en la carrera de caballos. Y él cabalgó más veloz que nadie, más de lo que nadie cabalgó jamás en la plantación. Ganó por muchos cuerpos de ventaja y, como lo estaba viendo la tía de Herman Cesto, hizo que Herman Cesto se quedase con todo el dinero que había ganado, haciendo como que había ganado Herman Cesto la carrera, y esa noche mandó a Búho de Noche a que amarrase la jáquima del potro de carreras al pomo de la puerta de la cocina de Herman Cesto. Pero esa noche la tía de Herman Cesto ni siquiera les dio un aviso. Salió a la primera con la escopeta del difunto tío de Herman Cesto, y apenas transcurrió un instante cuando Ikkemotubbe descubrió que además de ir en serio también pensaba disparar contra él. Así que él y David Hogganbeck dejaron a Leño en el Río tendido en la veranda y se detuvieron un momento en casa de mi padre en su primer viaje entre la cabaña de Ikkemotubbe y el barco de vapor, aunque cuando mi padre y Búho de Noche por fin encontraron a Ikkemotubbe para decirle que la tía de Herman Cesto debía de haberse llevado al potro a lo más profundo del bosque y que allí debía de haberlo escondido, porque no lo habían encontrado aún, Ikkemotubbe y David Hogganbeck estaban los dos dormidos como dos troncos en la cama de David Hogganbeck, en el vapor.
Y a la mañana siguiente llegó el tratante que vendía whiskey, y esa misma tarde Ikkemotubbe y los jóvenes invitaron a Leño en el Río al bosque y mi padre y John de Sylvester volvieron en busca del carromato del tratante y, con mi padre y John de Sylvester en el pescante y Leño en el Río tendido boca abajo, encima de la toldilla donde llevaba las barricas de whiskey, e Ikkemotubbe en pie sobre la toldilla, vestido con la casaca de general, bien gastada, que el general Jackson obsequió a Issetibbeha, con los brazos cruzados y un pie adelantado, plantado sobre la espalda de Leño en el Río, pasaron despacio por delante de la veranda, en donde David Hogganbeck tocaba el violín mientras la hermana de Herman Cesto revolvía algo para comer en la damajuana de plata. Y cuando mi padre y Búho de Noche hallaron esa noche a Ikkemotubbe para decirle que aún no habían encontrado el paraje en que la tía de Herman Cesto pudiera haber escondido el potro, Ikkemotubbe y David Hogganbeck estaban en la cabaña de Ikkemotubbe. Y a la tarde siguiente Ikkemotubbe y los jóvenes invitaron a David Hogganbeck al bosque y esta vez mucho tiempo pasó, y cuando volvieron David Hogganbeck conducía el carromato, con las piernas de Ikkemotubbe y del resto de los jóvenes colgadas de cualquier manera por la portezuela abierta de la toldilla, como si fueran sarmientos de parra o ramas arrancadas de una vid, y la casaca de general que fue de Issetibbeha iba amarrada por las mangas al cuello de una de las mulas. Y esa noche nadie salió en busca del potro, y cuando despertó Ikkemotubbe no supo al principio ni siquiera en dónde estaba. Y nada más despertar ya oyó el violín de David Hogganbeck, lo oyó antes incluso de poder moverse y alejarse de los jóvenes y salir de la toldilla donde iban las barricas, porque esa noche ni la tía de Herman Cesto ni Herman Cesto ni, al final, tampoco la escopeta del difunto tío de Herman Cesto hubieran bastado para convencer a David Hogganbeck de que abandonase la veranda y se largara con viento fresco, ni tampoco para persuadirle de que no siguiera dando la murga con el violín.
Y a la mañana siguiente Ikkemotubbe y David Hogganbeck se sentaron en cuclillas en un sitio tranquilo, en el bosque, mientras los jóvenes, exceptuados John de Sylvester y Búho de Noche, que seguían en busca del potro, montaban guardia.
—Pues entonces podríamos pelearnos por ella —propuso David Hogganbeck.
—Podríamos pelearnos por ella, sí —dijo Ikkemotubbe—. Pero los hombres blancos y los de la Tribu no pelean de la misma manera. Nosotros peleamos a cuchillo, para hacer daño de verdad y hacerlo deprisa. Eso estaría bien si a mí me tocase perder. Porque de ser así yo querría salir de verdad dañado. Pero si he de ganar yo, no es mi deseo que tú salgas dañado de verdad. Si he de ganar de veras, será necesario que tú estés aquí y que lo veas. El día de la boda, mi deseo es que estés presente, o al menos presente en alguna parte, y no que estés tendido, envuelto en una manta, sobre unas maderas, en el bosque, a la espera de la hora de entrar en tierra —entonces mi padre dijo que Ikkemotubbe puso la mano en el hombro de David Hogganbeck y que le sonrió—. Si con eso me diera por satisfecho, no estaríamos aquí sentados, discutiendo qué es lo que se debe hacer. Creo que de eso te has dado cuenta.
—Creo que sí —dijo David Hogganbeck.
Mi padre dijo entonces que Ikkemotubbe retiró la mano que había puesto en el hombro de David Hogganbeck.
—Y con el whiskey ya hemos probado.
—Eso ya lo hemos probado —dijo David Hogganbeck.
—Ni siquiera el potro de carreras y la casaca del general me han servido de mucho —dijo Ikkemotubbe—. Los tenía en reserva, como dos cartas repartidas boca abajo.
—No diría yo que la casaca fallara del todo —dijo David Hogganbeck—. Se te veía muy bien con ella.
—Sí, señor —dijo Ikkemotubbe—. Y lo mismo la mula —mi padre dijo entonces que no sonreía allí sentado en cuclillas junto a David Hogganbeck, haciendo surcos pequeños con un palo en la tierra—. Así que no nos queda sino una sola cosa —dijo—. Y en eso estoy yo derrotado antes de empezar siquiera.
Así pues, durante todo el día no probaron bocado. Y de noche, cuando dejaron a Leño en el Río tendido en la veranda de Herman Cesto, en vez de caminar tan sólo durante un rato y luego correr otro rato, yendo y viniendo entre la cabaña de Ikkemotubbe y el barco de vapor, comenzaron a correr nada más ponerse en marcha al salir de la casa de Herman Cesto. Y cuando se tendieron a dormir en el bosque lo hicieron donde iban a verse no sólo libres de la tentación de comer algo, sino también impedidos de hacerlo, en un sitio desde el que les quedase un buen trecho a la carrera a modo de aperitivo, antes de llegar a la plantación para disputarse la carrera. Amaneció y volvieron corriendo a donde estaban mi padre y los jóvenes esperando a recibirlos a caballo y decir a Ikkemotubbe que no habían encontrado en qué sitio bajo el sol podía haber ocultado la tía de Herman Cesto el potro de carreras, y para escoltarlos de vuelta a la plantación, a donde tendría lugar la competición, pues allí esperaba la Tribu reunida en torno a la mesa, con la mecedora de Ikkemotubbe tomada de la veranda de Herman Cesto para que la ocupase Issetibbeha y un banco tras ella para que lo ocupasen los jueces. Primero hubo un receso, mientras un chiquillo de diez años daba la vuelta entera a la mesa del enfrentamiento y ellos recobraban el resuello. Luego, Ikkemotubbe y David Hogganbeck ocuparon sus puestos, uno a cada lado de la mesa, uno frente al otro, y Búho de Noche dio la señal de comenzar.
Primero, cada uno se zampó la cantidad de menudillos de pájaro estofados que pudo el otro servirle con ambas manos de la cacerola. Luego, cada uno comió tantos huevos de pavo silvestre como años tenía, Ikkemotubbe veintidós y David Hogganbeck veintitrés, aunque Ikkemotubbe rehusó esa ventaja que estaba de su parte y dijo que también él comería veintitrés. Después, David Hogganbeck dijo que él tenía derecho a comer uno más que Ikkemotubbe, de modo que se comió veinticuatro, hasta que Issetibbeha dijo a los dos que se callaran de una vez y que siguieran adelante, y Búho de Noche hizo la cuenta de las cáscaras de cada cual. Luego tuvieron que comer la lengua, las zarpas y el bazo de un oso, aunque Ikkemotubbe pasó un rato en pie, mirando su parte, y eso que David Hogganbeck ya se había puesto a comer la suya. Y a la mitad se detuvo y volvió a mirar como si no quisiera, y eso que David Hogganbeck ya estaba terminando su parte. Pero no pasó nada; esbozó una tenue sonrisa, como la que le habían visto esbozar los jóvenes al terminar una carrera a todo correr, presente en sus labios no por el hecho de estar vivo todavía, sino porque él era Ikkemotubbe. Siguió a lo suyo y Búho de Noche hizo la cuenta de los huesecillos, y las mujeres llevaron a la mesa el gorrín asado, e Ikkemotubbe y David Hogganbeck se situaron ante los cuartos traseros del animal y se miraron frente por frente, y Búho de Noche dio la señal de comenzar, pero luego dio la señal de que parasen.
—Traedme un poco de agua —dijo Ikkemotubbe. Así que mi padre le acercó la calabaza e incluso dio un sorbo. Pero el agua volvió fuera como si tan sólo le hubiese alcanzado al fondo del gaznate y allí hubiese rebotado, e Ikkemotubbe dejó la calabaza sobre la mesa y se secó la cara inclinándose, con el faldón de la camisa, antes de darse la vuelta y largarse. La Tribu se hizo a un lado y a otro para abrirle paso.
Y aquella tarde ni siquiera fueron al sitio tranquilo, en lo más profundo del bosque. Se quedaron en la cabaña de Ikkemotubbe, mientras mi padre y los demás esperaban en silencio, al fondo. Mi padre dijo que Ikkemotubbe ya no sonreía.
—Ayer estaba yo en lo cierto —dijo—. Si he de perder frente a ti, mejor habría sido servirnos de los cuchillos. Ya lo ves —dijo, y mi padre dijo que entonces sí volvió a sonreír, igual que sonreía al terminar una carrera a todo correr, no por el hecho de estar vivo todavía, sino porque él era Ikkemotubbe—. Ya lo ves. Aunque haya perdido, no me conformo.
—Te tenía vencido antes de empezar —dijo David Hogganbeck—. Eso lo sabíamos los dos.
—Sí —dijo Ikkemotubbe—. Pero fui yo quien lo propuso.
—Entonces, ¿ahora qué propones? —dijo David Hogganbeck. Y mi padre dijo entonces que todos apreciaron a David Hogganbeck en ese momento tanto como apreciaban a Ikkemotubbe; en ese momento los apreciaron a los dos, e Ikkemotubbe se puso en pie ante David Hogganbeck, con la misma sonrisa en el rostro y la mano plana sobre el pecho de David Hogganbeck, porque en aquel entonces había hombres.
—Una vez más, y ya nunca más —dijo Ikkemotubbe—. La Cueva.
Entonces, David Hogganbeck y él se desnudaron, y mi padre y los demás los untaron de grasa, el cuerpo y el cabello, con una grasa de oso mezclada con hierbabuena, esta vez no sólo para que tuvieran mayor velocidad, sino también para resistir mejor, porque la Cueva se encontraba a ciento treinta millas de allí, en las tierras del viejo David Colbert: era una oquedad negra en un cerro, a la que el rastro de los animales salvajes se acercaba y se alejaba, y en la que era imposible convencer a un perro de que entrase ni siquiera moliéndolo a palos, en la que los chicos de toda la Tribu iban a pernoctar en su primera Noche-lejos-del-Fuego para demostrar si tenían o no la valentía que se precisa para ser hombres, porque entre toda la Tribu era sabido desde tiempo atrás que el mero sonido de un susurro, e incluso el aire alterado con un movimiento repentino, bastaba para que se cayera a pedazos el techo, por lo que todos creían que en algún momento ni siquiera iba a hacer falta un ruido, un movimiento brusco, nada, para que todo el cerro se desplomase sobre la Cueva. Ikkemotubbe tomó entonces las dos pistolas del baúl y les quitó la carga y las volvió a cargar.
—El primero que llegue a la Cueva tendrá que entrar y disparar su pistola —dijo—. Si sale con vida, habrá ganado.
—¿Y si no sale? —dijo David Hogganbeck.
—Entonces habrás ganado tú —dijo Ikkemotubbe.
—O tú —dijo David Hogganbeck.
Y mi padre dijo entonces que Ikkemotubbe volvió a sonreír ante David Hogganbeck.
—O yo —dijo—. Aunque me parece que ya te dije ayer que para mí una cosa así no será una victoria.
Ikkemotubbe colocó otra carga de pólvora con un relleno de guata y una bala en cada uno de los dos sacos medicinales, una para él y otra para David Hogganbeck, por si acaso el que entrase primero en la Cueva no perdiera pronto, y vestidos sólo con las camisas, y calzados, y salieron cada uno con su pistola y su saco medicinal sujeto de un cordel que se colgó del cuello, alejándose de la cabaña de Ikkemotubbe a la vez que echaban a correr.
Entonces anocheció. Luego fue noche cerrada, y como David Hogganbeck no conocía el camino fue Ikkemotubbe quien marcó el ritmo. Pero pasado un rato se hizo de día, y entonces sí fue capaz de correr David Hogganbeck gracias a la luz diurna, guiándose por las señales que le había descrito Ikkemotubbe cuando hicieron un alto a descansar junto a un arroyo, caso de que quisiera apretar el paso. Así que a veces era David Hogganbeck quien se adelantaba y a veces iba delante Ikkemotubbe, y David Hogganbeck adelantaba a Ikkemotubbe cuando éste se sentaba junto a un manantial o un arroyo a remojarse los pies, e Ikkemotubbe sonreía al ver pasar a David Hogganbeck y le saludaba agitando la mano. Luego, alcanzaba él a David Hogganbeck y lo adelantaba en campo abierto, y así atravesaron uno junto al otro las praderas, corriendo, Ikkemotubbe con la mano en el hombro de David Hogganbeck, no en el hombro del todo, sino apoyada levemente en su espalda, hasta que pasado un rato sonreía a David Hogganbeck y lo adelantaba. Pero entonces se puso el sol y volvió a ser noche cerrada, de modo que Ikkemotubbe resolvió ir más despacio e incluso detenerse hasta oír a David Hogganbeck y saber de cierto que David Hogganbeck le oía, y entonces apretó a correr de nuevo, de manera que David Hogganbeck pudiera guiarse por los ruidos que hacía en su carrera. Así pues, cuando David Hogganbeck cayó no dejó de oírlo Ikkemotubbe, que volvió sobre sus pasos y encontró a David Hogganbeck tendido en la oscuridad, y lo volvió boca arriba y encontró agua en la oscuridad y se empapó la camisa y regresó y la escurrió para que el agua de la camisa gotease en la boca de David Hogganbeck. Y al cabo amaneció, despertó Ikkemotubbe y también encontró un nido en el que había cinco pajarillos que no habían levantado el vuelo y comió dos y le llevó los otros tres a David Hogganbeck y siguió su camino hasta estar en un paraje en el que David Hogganbeck ya no era capaz de verle y se volvió a sentar hasta que David Hogganbeck fue capaz de ponerse de nuevo en pie.
Y dio a David Hogganbeck las indicaciones para que a lo largo de ese día se orientase, hablando con David Hogganbeck por encima del hombro y sin dejar de correr, aunque David Hogganbeck no necesitara de indicaciones, porque nunca llegó a adelantar otra vez a Ikkemotubbe. Nunca se le llegó a acercar más que a quince o veinte pasos, aunque una de las veces sí dio la impresión de que se acercaba más. Y es que esa vez fue Ikkemotubbe el que tuvo una caída. Y como de nuevo se encontraban en campo abierto, Ikkemotubbe pudo permanecer mucho tiempo tendido en tierra y vio llegar a David Hogganbeck. Se puso de nuevo el sol y de nuevo fue noche cerrada, y permaneció tendido, atento al ruido de David Hogganbeck, que se iba acercando, hasta que fue la hora de que Ikkemotubbe se levantase, y así lo hizo, y siguió avanzando despacio, a oscuras, mientras David Hogganbeck lo seguía acaso un centenar de pasos tras él, hasta que oyó caer otra vez a David Hogganbeck y tumbarse un rato. Amaneció un nuevo día y vio a David Hogganbeck ponerse en pie y acercarse despacio a él, y por fin quiso ponerse en pie y lo intentó, pero no lo hizo, y dio la impresión de que David Hogganbeck ya iba a alcanzarlo. Pero al fin sí se puso en pie, cuando David Hogganbeck se encontraba a cuatro o cinco pasos de distancia, y siguieron adelante hasta que David Hogganbeck volvió a caer, e Ikkemotubbe pensó entonces que vio caer a David Hogganbeck cuando en verdad resultó que también él había caído, sólo que se puso a cuatro patas y a gatas avanzó otros quince o veinte pasos hasta que también él quedó tendido. Y con el sol poniente ante sus ojos vio el cerro en el que estaba la Cueva, y lo siguió viendo a lo largo de la noche, y lo vio aún al alba.
Así que fue Ikkemotubbe quien entró antes en la Cueva, con la pistola amartillada en una mano. Contó que se detuvo tal vez un segundo a la entrada, acaso para mirar el sol que acababa de salir, o acaso para ver dónde se había detenido David Hogganbeck. Pero David Hogganbeck también había reanudado la carrera, y tan sólo le sacaba quince pasos de ventaja, veinte como mucho, además de que, por culpa de la maldita hermana de Herman Cesto, hacía lunas y más lunas que en ese sol no encontraba ni luz ni calor. Así pues, a la carrera entró en la Cueva y se volvió y vio a David Hogganbeck corriendo también al entrar en la Cueva.
—¡Atrás, imbécil! —le gritó, pero David Hogganbeck pese a todo entró corriendo en la Cueva ya cuando Ikkemotubbe apuntaba al techo y disparaba su arma. Y hubo un ruido, y un corrimiento, y una negrura, y una polvareda, e Ikkemotubbe contó que en ese momento pensó «Ay, ya viene». Pero no vino, y antes de que reinase del todo la negrura en la Cueva vio a David Hogganbeck precipitarse, abalanzarse, caer apoyado en las manos y las rodillas, y la negrura no fue una negrura completa, pues vio la luz del sol y el aire y el día al otro lado del túnel que formaban los brazos y las piernas de David Hogganbeck, que seguía a cuatro patas y que de ese modo soportaba la techumbre derruida sobre sus espaldas.
—Deprisa —dijo David Hogganbeck—. Entre mis piernas. Ya no puedo…
—No, hermano —dijo Ikkemotubbe—. Date prisa tú antes de que te aplaste. Retrocede.
—Deprisa —masculló David Hogganbeck entre dientes—. Deprisa, maldito seas.
E Ikkemotubbe hizo lo que le decía, y recordó las nalgas y las piernas sonrosadas de David Hogganbeck a la luz del día, y la laja de piedra que soportaba el peso de la techumbre derruida de un color también rosa a la luz del sol, sobre la espalda de David Hogganbeck. Pero no recordó dónde encontró el poste, no recordó de qué forma lo llevó él solo a la Cueva, ni cómo lo encajó en la oquedad, junto a David Hogganbeck, agachándose para situarse con la espalda debajo y levantarlo hasta saber de cierto que parte al menos del peso de la techumbre derruida se hallaba apoyada en el poste.
—Ahora, deprisa —le dijo.
—No —dijo David Hogganbeck.
—Deprisa, hermano —dijo Ikkemotubbe—. Ya no tienes todo el peso encima.
—Entonces no puedo moverme —dijo David Hogganbeck. Pero Ikkemotubbe tampoco podía moverse, porque tuvo que soportar entonces la techumbre derruida con la espalda y con las piernas. Así que alargó una mano y agarró a David Hogganbeck por la carne y lo arrastró para que retrocediera y saliera de la oquedad, hasta quedar tendido boca abajo en tierra. Y es posible que parte del peso de la techumbre reposara antes sobre el poste, pero entonces ya era todo el peso el que sostenía el poste, e Ikkemotubbe dijo que entonces pensó «Ay, esta vez sí que viene». Pero fue el poste y no su espalda lo que se quebró, cayendo de través sobre David Hogganbeck, como si fueran los dos unos palos tirados de cualquier manera, y de la boca de David Hogganbeck manó un hilo de sangre de color vivo, como mana el agua en un manantial.
Pero al segundo día David Hogganbeck ya no vomitaba sangre, aunque Ikkemotubbe había recorrido a toda la velocidad que pudo cuarenta millas en dirección a la plantación, en donde lo recibió mi padre con el caballo que había preparado para que lo montase David Hogganbeck.
—Tengo una noticia que darte —le dijo mi padre en ese momento.
—Entonces es que habéis encontrado el potro —dijo Ikkemotubbe—. Muy bien, adelante. Vamos a sacar a ese maldito imbécil, a ese blanco…
—No, mi hermano. Espera —dijo mi padre—. Tengo una noticia que darte.
—Muy bien, de acuerdo —dijo Ikkemotubbe entonces.
Pero cuando el capitán Studenmare tomó prestada la carreta de Issetibbeha para regresar a Natchez se llevó también a los esclavos del barco de vapor. Así que mi padre y los jóvenes prendieron una fogata en las entrañas del vapor para que tuviese fuerza y echase a caminar, mientras David Hogganbeck permanecía sentado en el puente y tiraba cada tanto de la cuerda del silbato por ver si el vapor tenía fuerza suficiente, y con cada alarido del silbato se iban congregando más y más de la Tribu, hasta que por fin estuvo quizás toda la plantación en el embarcadero, exceptuando al viejo Issetibbeha, resueltos a ver cómo lanzaban los jóvenes la leña a las entrañas del barco, cosa que nunca se había visto al menos en nuestra plantación. Entonces tuvo fuerza el vapor y el barco echó a caminar y la Tribu comenzó a caminar a la par del barco, viendo a los jóvenes durante un buen rato, y luego a Ikkemotubbe y a David Hogganbeck durante un buen rato, a la vez que el vapor caminaba y se alejaba de la plantación, en donde apenas siete soles antes Ikkemotubbe y David Hogganbeck se pasaban el día entero y la mitad de la noche sentados como si tal cosa, hasta que la tía de Herman Cesto salía a la veranda con la escopeta del difunto tío de Herman Cesto, mientras Leño en el Río seguía tendido en el suelo, con la armónica entre ambas manos, haciendo un cuenco, bien pegada a la boca, y la esposa de Leño en el Río desgranaba el maíz o pelaba los guisantes para echarlos a la damajuana que su tía había heredado de su prima segunda, que la tenía en su poder por el matrimonio de su tía segunda con David Colbert, una damajuana de plata que se empleaba antaño para servir el vino. Fue entonces cuando Ikkemotubbe se marchó del todo y pasó lejos mucho tiempo antes de volver llamándose Doom, con su nuevo amigo, el blanco al que nadie quería tener ningún afecto, como tampoco nadie se lo tenía a él, y con los ocho esclavos de más, a los que no tenía ocupación que darles, porque a veces alguien tendría que ponerse en pie e ir caminando a donde fuese sólo con tal de encontrar algo que pudieran hacer los esclavos que ya teníamos, y las prendas con encaje de hilo de oro y la cajita también de oro, llena de sales, con las que provocó la muerte de los otros cuatro cachorros, uno tras otro, y luego la de todo aquello que por casualidad se interpusiera entre Doom y aquello que le viniera en gana desear. Pero entonces aún no se había marchado. Entonces aún no era más que Ikkemotubbe, uno de los jóvenes, otro de los jóvenes a los que él tenía afecto, sin que ninguno le tuviera afecto, y entonces oyó las palabras y vio las cosas como eran, aun cuando, al igual que los jóvenes que fueron jóvenes antes de que él lo fuese y los que habían de ser jóvenes cuando él ya no lo fuese, siguiera sin acertar a entenderlas.
—¡Pero no son por ella! —dijo Ikkemotubbe—. Y ni siquiera son porque haya sido Leño en el Río. Tal vez sean por mí: que tal hijo de qué como es Leño en el Río haya sido capaz de provocar el deseo de que manen.
—No pienses más en ella —dijo David Hogganbeck.
—No pienso en ella. Ya no. ¿Lo ves? —dijo Ikkemotubbe cuando la luz del sol poniente le bañaba el rostro como si hubiera sido lluvia en vez de luz al entrar por la ventana—. Hubo un sabio, uno de los nuestros, que una vez dijo que el capricho de una mujer es como una mariposa que, revoloteando de flor en flor, se detiene al final justo en aquella sobre la que ya se ha detenido un caballo.
—Hubo un sabio, uno de los nuestros, llamado Salomón, que a menudo dijo algo muy semejante —dijo David Hogganbeck—. Tal vez la sabiduría sea una y la misma para todos los hombres, igual da quién la diga.
—Sí, señor. Ay. Al menos, para todos los hombres es igual el dolor que se tiene con el corazón partido —dijo Ikkemotubbe. Tiró entonces de la cuerda del silbato, porque el barco pasaba entonces por delante de la casa en que vivía Leño en el Río con su esposa, y el silbato del vapor fue idéntico al de la primera noche, aquella en que el capitán Studenmare aún pensaba que David Hogganbeck acudiría a su llamada y le indicaría el camino de regreso a Natchez, y siguió tirando de la cuerda hasta que David Hogganbeck impidió a Ikkemotubbe que siguiera tirando. Y es que iban a tener necesidad del vapor, porque el barco no siempre caminaba. A veces avanzaba a rastras, y cada vez que sacaba los pies del agua aparecían cubiertos de fango, y a veces ni siquiera avanzaba a rastras, al menos hasta que David Hogganbeck tiraba de la cuerda del silbato tal como habla el jinete con un caballo recalcitrante y le recuerda quién es el que ordena y manda. Luego volvió a avanzar a rastras y luego volvió a caminar, hasta que al fin la Tribu ya no pudo seguir a su paso, y aún dio un alarido más, tras la última curva, y ya no se volvieron a ver ni las negras siluetas de los jóvenes que saltaban al arrojar la leña a sus rojas entrañas ni se volvió a oír su voz en la plantación ni en la noche. Así eran las cosas en los viejos tiempos.[*]


[*] Publicado en la muy prestigiosa Sewanee ReviewLVI (otoño de 1948), Faulkner obtuvo una cuantiosa compensación por tal honor. Al escribir a Robert Haas cuando negociaban el contenido de Cuentos reunidos, en 1948, Faulkner dijo de este cuento que «sí. Éste me gusta» (Selected Letters, p. 275). Al año siguiente obtuvo el codiciado premio O. Henry. Si es uno de los últimos relatos de su producción —el último de los que se contienen en este volumen—, y él mismo se dio cuenta, es porque ese mismo año vendió los derechos cinematográficos de Intruso en el polvo a la MGM, que le pagó religiosamente cuarenta mil dólares. Las aparentes incoherencias que se dan con respecto a los dos anteriores indican que a Faulkner le importaba más trabar una buena historia que referir históricamente una saga sobre los nativos americanos. 

[46] Probable referencia al Tratado de Fort Jackson (1814) o al Tratado de los Choctaw (1820); aunque la tribu amerindia del relato de Faulkner sea aparentemente la de los chickasaw, más bien se trata de una mezcla, en el tiempo, el espacio geográfico y los rasgos, entre los chickasaw, los choctaw y los natchez. 
No busca Faulkner la autenticidad del etnógrafo. En carta a Malcolm Cowley (Selected Letters, p. 197), Faulkner dice que «la línea divisoria entre las naciones chickasaw y choctaw pasaba cerca de mi casa. Sólo he desplazado a una tribu a mi antojo; a fin de cuentas, es ligeramente distinta en sus costumbres de la tribu que tuvo existencia real». El general Jackson, comisario de la delegación que en 1818 cerró un tratado de no agresión y de permuta territorial con los chickasaw —tratados que Estados Unidos incumplía rutinariamente—, llegó a ser el séptimo presidente de Estados Unidos (1829-1837). La frontera impuesta simboliza la tensión entre culturas basadas en las posesiones territoriales, según se aprecia más adelante. En cuanto al canibalismo que se atribuía a los indios, no existen pruebas de que la práctica ritual llegase a tener lugar entre las tribus del Sur. 
[47] Alusión cómica a lord Byron: «Ella es la belleza andante, es hermosa como la noche…». 
[48] Véase la primera nota a «Hojas rojas».


Título original: Collected Stories
William Faulkner, 1934
Traducción: Miguel Martínez-Lage




21 may. 2014

Descarga: William Faulkner - Las palmeras salvajes, traducción de Jorge Luis Borges

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Las palmeras salvajes reúne dos historias que van alternándose, Palmeras salvajes y El Viejo, para conformar una intensa novela sobre el enfrentamiento del ser humano con las fuerzas de la naturaleza y, sobre todo, con sus propias pasiones, sentimientos y ambiciones. El particular modo en que las dos historias van interrumpiéndose la una a la otra, en un alarde de imaginación y talento narrativo, dotan a la novela de una fuerza irresistible y van trazando la trayectoria de unos personajes a merced de terribles acontecimientos: uno que lo sacrifica todo por amor, y otro, un preso, que asiste al desbordamiento del río Misisipí y descubre aspectos inesperados de sí mismo.

16 ene. 2014

William Faulkner: La caza del zorro

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Tres horas faltaban para que amaneciera cuando los mozos de cuadra, negros los tres, se acercaron al establo. Llevaban un farol. Mientras uno abría el cerrojo y descorría el portón, el que portaba el farol lo alzó y proyectó el haz en la negrura, donde la linde del pinar frisaba la cerca del prado. En esa negrura, tres pares de ojos grandes y espaciados asomaron un instante con sendas miradas mansas y desaparecieron.
—¿Hola? —gritó el negro—. ¿Cace frío, o qué?
No hubo respuesta, nada se oyó en la negrura; los ojos de mula no volvieron a asomar. Los negros entraron al granero murmurando entre sí; desde el establo llegó una carcajada que parecía flotar, floja, sin ton ni son, idiota.
—¿Cuántos dices cas visto? —dijo el segundo de los negros.
—No son más que tres mulas —dijo el que portaba el farol—. Pero fijo que hay más. Tío Mose llegó a eso de las dos, a saber por dónde andó con ese caballo, Upité. Ha dicho que ya andaban dos esperando. Y encima son de los que comen barro. Ya te digo.
En los establos, los caballos empezaron a relinchar y a piafar. El morro alargado y alto de cada uno asomaba por encima de las puertas encaladas, lanzando sombras bruscas, ansiosas. El ambiente era denso, cálido, amoniacal, limpio. Los negros comenzaron a echar forraje en los pesebres de fábrica, pasando de cuadra en cuadra con la inteligente agilidad de los monos, soltando gritos flojos, sin ton ni son.
—Ea, ea. Aparta, guapo. Hoy sí que pillamos al dichoso zorro.
En la negrura, donde la linde del pinar frisaba la cerca del prado, se habían acuclillado once hombres rodeados por once mulas sujetas del ronzal. Era noviembre y el alba era fría, y los hombres permanecían agachados, sin forma, sin moverse, sin hablar. Del establo llegaba el ruido que hacían los caballos al comer; antes de que amaneciera apareció el duodécimo hombre montado en una mula, que desmontó y se acuclilló entre los demás sin decir palabra. Al hacerse de día y salir del establo el primero de los caballos ensillados, la escarcha pespunteaba la hierba y el tejado del establo parecía de plata en la plata de la luz.
Bien se vio entonces que los hombres acuclillados eran todos blancos y vestían sobretodos, y que todas las mulas, menos dos, iban sin ensillar. Se habían congregado procedentes de las cabañas de una sola estancia, con suelo de tierra batida, que había esparcidas por los pinares, y se acuclillaban con decoro, serios, pacientes, entre las mulas flacas que lucían costras de barro en los flancos y tenían abrojos apelotonados en el pelaje, atentos a los caballos ensillados, espléndidos, todos con un pedigrí más esclarecido que el de Harrison Blair, que era dueño de todos ellos, según salían uno a uno de un establo caldeado con vapor y subían por el camino de grava hacia la casa, a la entrada de la cual una jauría de perdigueros ya se agitaba, ladraba, aullaba, hasta llegar al porche, donde empezaban a juntarse hombres y mujeres con botas de caña, de buen cuero, y chaquetas rojas.
Desaliñados, sin prisas, apenas atentos a nada, vistos al menos de fuera, los hombres de los sobretodos vieron a Harrison Blair, dueño de la casa y de los perros, y acaso también de alguno de los invitados, montar un caballo negro, grande, de aire enconado, y vieron a otro hombre aupar a la esposa de Harrison Blair a lomos de una yegua castaña antes de montar a su vez en un caballo pinto.
Uno de los hombres de los sobretodos mascaba tabaco despacio. A su lado estaba un joven también con sobretodo, larguirucho, con un amago de barba blanda y rala. Hablaban sin mover la cabeza, sin mover los labios apenas.
—¿Es ése? —dijo el joven.
El hombre de más edad escupió con toda intención, sin moverse.
—¿Ése qué?
—El de su mujer.
—¿El de la mujer de quién?
—El de la mujer de Blair.
El otro contempló el grupo reunido ante la casa. Más bien pareció que lo contemplase. Su mirada era inescrutable, inexpresiva, sin apremio; nadie hubiera sabido con certeza si miraba o no al hombre y a la mujer.
—No des crédito a nada de lo que oigas, y no te vayas a creer ni la mitad de lo que veas —dijo.
—¿A ti qué te parece? —dijo el joven.
El otro escupió con intención, con cuidado.
—Nada —dijo—. No tiene nada que ver con mi mujer. Ese menda —dijo entonces sin alzar la voz, sin cambiar de inflexión, aunque ahora hablaba con un mozo de cuadra que parecía el encargado de los demás, que se le había acercado— no es dueño de ningún caballo.
—¿Quién dice que no es dueño de ningún caballo? —dijo el mozo. El blanco señaló al hombre que sujetaba el caballo pinto de modo que se pegara casi al flanco de la yegua castaña—. Ah —añadió—, el señó Gawtrey. Lástima daría el caballo si él fuera su dueño.
—Lástima da también el caballo del que sea dueño —dijo el blanco—. Lástima da todo lo que posea.
—¿Quiere decir el señor Harrison? —dijo el mozo—. ¿O es causté le parece que todos esos caballos andan pendientes de que se les tenga lástima?
—Pues claro —dijo el blanco—. Así es. Digo yo que a ese caballo negro le encanta que lo cabalguen como lo cabalga él.
—Ni se le ocurra a usté ir a compadecerse de ninguno de los caballos de Blair —dijo el mozo.
—Claro, claro —dijo el blanco. Parecía que contemplase los caballos de pura sangre que vivían en un edificio caldeado con vapor, a los que calzaban botas de caña y chaquetas rosas, al propio Blair a lomos del negro corcel que ya se impacientaba—. Se ha pasado ya tres años intentando dar caza a esa alimaña —dijo—. ¿Por qué no permite que uno de sus chicos le pegue un tiro o la envenene? —¿Pegarle un tiro? ¿Envenenarla? —dijo el mozo—. Pero ¿es que no sabe usté casí no se caza a un zorro?
—¿Y por qué no?
—Pues por queso no es justo —repuso—. Ya lleva tiempo de sobra por aquí, ya tendría que saber cómo cazan los cabasseros.
—Claro —dijo el blanco. No miraba al encargado de los mozos—. No entiendo yo cómo es que un hombre tan rico como se dice que es —volvió a escupir, y en el acto hubo algo precario, pero sin intención de insultar, como si hubiese señalado a Blair con el dedo índice— encuentra tiempo para odiar a una zorrita como ésa. Ni siquiera permite que los perros la apresen. Se empeña en galopar más veloz que los perros para poder matarla él a estacazos, como si fuera una serpiente. Aquí viene todos los años y se trae a toda esa gente, y les da alojamiento y comida, sólo por acosar a una zorra flaca y vieja que podría yo cazar en una sola noche, con una escopeta y un buen perdiguero.
—Ya lo ve usté, otra cosa de los cabasseros que no llegará usté a saber nunca —dijo el mozo.
—Claro —dijo el blanco.

La loma era un largo bancal de pinares y arenales, quebrado por un flanco en brechas por las que se veía un arrozal en barbecho, de casi una milla de anchura, que iba a rematar en una represa asfixiada por las zarzas. Los dos hombres con sobretodos, el joven y el mayor, esperaban en sus mulas en una de esas brechas y escrutaban el campo. Más adelante, por la loma, a una media milla de distancia, los perros habían perdido el rastro. Los alaridos y ladridos rebotaban en la loma y volvían desconcertados, estridentes, con profunda urgencia.
—Cualquiera hubiese dicho que en tres años ha tenido tiempo de entender que no cazará a una zorra en Carolina con esos perros yanquis, tan de ciudad —dijo el joven.
—Eso ya lo sabe —dijo el otro—. No quiere que los perros la cacen. No soporta que un perro de raza le tome la delantera.
—Pues ahora van todos por delante.
—¿Te lo parece?
—¿Dónde está, si no?
—No lo sé. Pero sé que ahora mismo no está más cerca de esos perros bobos que de la zorra. Allí donde esté la zorra ahora asentada, riéndose de los perros, allí es adonde va él derecho.
—No me irás a decir que hay un solo hombre en el mundo capaz de olfatear el rastro de una zorra allí donde un perro de ciudad no es capaz de saber por dónde va.
—Aquellos perros de allá no son capaces de encontrar el rastro porque no odian a esa zorra. Un buen perro entrenado para el zorro, o para el mapache, o para la zarigüeya, es un buen perro porque odia al zorro, al mapache o a la zarigüeya, pero no porque tenga un olfato excepcional. No es el olfato lo que le guía; es el odio. Y, por eso, cuando vea por dónde cabalga ese menda, te diré por dónde se ha escapado la zorra.
El joven emitió un sonido que le salió entre la garganta y la nariz.
—Un hombre hecho y derecho. Mira que odiar a una maldita zorra sarnosa… Que me ahorquen si no cuesta quebraderos de cabeza eso de ser rico. Que me ahorquen si no.
Escrutaron el campo. De la falda de la loma, más abajo, llegaba la desconcertada algarabía de los perros. El último jinete con botas de caña y chaqueta rosa había pasado de largo, y los dos seguían en sus mulas, sumidos en un silencio profundo, soleado, vinoso, aguzando el oído, con expresiones idénticas, sombrías y sardónicas, en los semblantes demacrados, amarillentos. El joven entonces volvió la mula y miró de nuevo a la loma, en dirección al lugar del cual provino la carrera. En ese momento el otro también volvió la mula e, inmóviles, sin hacer ruido, vieron llegar y pasar de largo a otros dos jinetes. Eran la mujer de la yegua castaña y el hombre del caballo pinto. Pasaron como una sola bestia, como un centauro doble o hermafrodita, con dos cabezas y ocho patas. La mujer llevaba el sombrero en la mano; con el sol de soslayo resplandecía la nube fina y vaporosa de su cabello sin sujetar como los flancos castaños del animal, como un fuego suave, una masa que pareció demasiado pesada para su cuello esbelto. Montaba la yegua con una suerte de torpeza delicada, inclinándose hacia delante como si tratara de rebasarla, con aire de fugitiva dentro de una fuga, separada, distinta de la velocidad de la yegua.
El hombre sujetaba al caballo pinto de modo que se pegase al flanco de la yegua a galope tendido. Llevaba una mano sobre la mano con que la mujer sujetaba las riendas, y despacio, pero con firmeza, retenía a la vez a ambas monturas, frenando su carrera. Se inclinaba hacia la mujer; los dos hombres en sus mulas lo vieron de perfil, inclinado, pasar de largo con el aire de frialdad implacable que tiene un halcón cuando vuela en picado; vieron que hablaba con la mujer. Así pasaron, en un remedo del tordo y el halcón en un instante de aterradora inmovilidad en pleno vuelo, con algo tan repentino como hubiera sido una aparición espectral: el suave precipitarse de los cascos en las agujas resecas del pinar y el instante en que desaparecieron, la mujer inclinada como la viva imagen de una fuga y persecución a lomos de un relámpago.
Desaparecieron.
—A ése —dijo el joven al cabo— tampoco parece que le hagan falta los perros —seguía mirando hacia el lugar por donde se esfumaron los jinetes. El otro no dijo nada—. Sí, señor —dijo el joven—. Igualita que una zorra. Que me ahorquen si llego a ver cómo con ese cuello tan delgado que tiene… Es como cuando se ve un zorro y uno se pregunta cómo puede ese dichoso animalillo escabullirse entre la maleza. Y una vez le oí decir —indicó a su vez sin siquiera escupir que se refería al jinete del negro corcel, no al del caballo pinto—… le oí decirle algo a ella, algo que no dice un hombre a una mujer si no están solos, y a ella se le pusieron los ojos rojos como los de un zorro, y luego castaños como los de un zorro —no respondió el otro. El joven lo miró.
El de más edad estaba ligeramente inclinado en su mula, escrutando el campo.
—¿Qué es aquello? —dijo. El joven también miró. Desde la linde del bosque, debajo de donde estaban, llegó en una racha el precipitarse de los cascos en sordina y luego el estrépito en el sotobosque. Vieron entonces aparecer a galope tendido a Blair en el negro corcel. Se adentró por el arrozal llevado por la inercia de la carrera y comenzó a atravesarlo con la velocidad inquebrantable y la derechura con que vuela el cuervo, siguiendo un rumbo tan recto como la trazada de un agrimensor en dirección a la represa que cerraba el campo por el extremo opuesto—. ¿Qué te dije? —dijo el de más edad—. Esa zorra ha ido a esconderse allá, en la represa. En fin, no será la primera vez que se miren uno al otro a los ojos. Hace un par de años ya le anduvo muy cerca, tanto que poco le faltó para tirarle un fustazo.
—Claro —dijo el joven—. A esta gente no le hacen falta los perros.

Por la tenue senda de arena que seguía la cresta de la loma, y frente a otra brecha abierta entre los árboles, por la cual se veía un segmento del arrozal en forma de porción de un pastel, a cierta distancia, en la retaguardia de la partida de caza, se había detenido un Ford con trasera de camión ligero. Al volante se hallaba un chófer con uniforme. A su lado, envuelto en un abrigo negro, encorvado, un hombre con un bombín. Tenía un rostro suave, fláccido, con pinta de que nunca hubiera estado al aire libre, y fumaba un cigarrillo: un semblante sardónico, compuesto, aunque en esos instantes resultara un tanto fatigado, y feroz, como el de un hombre inclinado a no salir al aire libre, criado en interiores, contrariado por estar sujeto, y desvalido, ante una inclemencia natural, como podían ser el frío o la humedad. Estaba hablando.
—Desde luego. Todo esto es propiedad de ella. La casa y todo lo demás. Su señor padre era el dueño antes de que se trasladara a Nueva York y se enriqueciera. Y Blair nació aquí. Él volvió a comprar los terrenos y se los dio a ella como regalo de boda. Todo lo que conservó es eso que está empeñado en cazar, lo que sea.
—Y a eso no le podrá echar el guante —dijo el chófer.
—Desde luego. Aquí viene todos los años y se queda dos meses, sin nada que ver, sin otro sitio adonde ir, sin gente que frecuentar, quitando a esos que comen barro y a esos negros indecentes. Si lo que quiere es pasar dos meses al año viviendo en medio de un rebaño de negros, ¿por qué no se larga a pasar un rato en Lenox Avenue? No hay por qué beberse la ginebra. Pero él tenía que comprar este terreno y dárselo a ella de regalo porque ella es una de esas sureñas a las que les podría entrar la nostalgia o lo que sea. En fin, eso tampoco es mala cosa, digo yo. A mí, la calle Catorce ya me queda demasiado al sur. De todos modos, si no fuera esto sería Europa, o quién sabe. No sé yo qué sería peor.
—¿Y por qué se casó con ella? —preguntó el chófer.
—¿Tú quieres saber por qué se casó con ella? Pues no fue por la pasta, por más que tuvieran un montón de pasta gracias a todo ese petróleo indio de Oklahoma…
—¿Petróleo indio?
—Desde luego. El Gobierno cedió esa parte de Oklahoma a los indios porque nadie se la quiso quedar, y cuando allí se asentó el primer indio y se cayó muerto en redondo y lo quisieron enterrar, nada más hincar la pala en el suelo el chorro de petróleo le arrancó de la mano la pala al enterrador, así que empezaron a llegar los blancos en tropel. Aparecían con un Ford nuevecito y un mecánico que lo conducía, y se plantaban donde los indios y les decían… «A ver, John: ¿cuánta agua podrida mana en la puerta de tu casa?». Y el indio respondía que eran tres pozos, o trece, o los que fueran, y el blanco contestaba: «Es una pena. Es una verdadera pena cómo os ha hecho la vida imposible el Padre Blanco, chicos, una pena. Pero no os preocupéis. ¿Habéis visto ese coche nuevecito, que está a estrenar? Bueno, pues yo os lo regalo para que podáis montar todos y largaros a un sitio donde no salga de la tierra el agua podrida, donde el Padre Blanco no os pueda hacer la vida imposible nunca más». El indio montaba a toda la familia en el coche y el mecánico ponía rumbo al oeste, digo yo, y le enseñaba al indio dónde estaba el tapón del depósito de la gasolina y se bajaba del coche y se subía al primero que lo llevase de vuelta a la ciudad. ¿Lo ves?
—Vaya —dijo el chófer.
—Desde luego. Total, que en Inglaterra estábamos una vez, ocupándonos de nuestros propios asuntos, cuando la anciana dama de por aquí y su hija la pelirroja fueron a darse un garbeo por Europa, o donde fuera, y la pelirroja iba a estudiar allí, y no pasó ni una semana hasta que viene Blair y me dice: «Mira, Ernie: nos vamos a casar. ¿Qué cuernos te parece?». Y era un hombre que en toda su vida no había hecho más que ahuyentar las faldas para pasarse la noche entera bebiendo a su antojo y el día entero viendo si era capaz de reventar un caballo de tanto cabalgar, y de pronto le da la ventolera de casarse. En menos de una semana. Nada más ver yo a la anciana dama supe cuál de los dos, entre el marido y ella, era el que se había quedado con los pozos de petróleo de los indios.
—Muy buena tuvo que ser para echarle el lazo a Blair y además tan deprisa —dijo el chófer—. Y eso tuvo que ser duro para ella, eso sí. Mucho me fastidiaría a mí que mi hija fuera suya. Y no quiero decir nada contra él, claro.
—A mí me fastidiaría horrores que mi perro le perteneciera a él. Una vez le vi matar a un perro porque no le hacía caso. Lo mató con un bastón, de un golpe. Y va y me dice… «Ven acá. Dile a Andrews que se lleve esto de aquí».
—No entiendo cómo lo aguantas —dijo el chófer—. Una cosa es conducir sus coches. Pero tú te pasas el día y la noche con él en la casa…
—Eso lo tenemos zanjado. Antes me tomaba a mí por su caballo cuando se emborrachaba. Un día me puso la mano encima y le dije que lo iba a matar. «¿Cuándo?», me suelta. «¿Cuando vuelvas del hospital?» «A lo mejor, antes de ir», le digo. Tenía yo la mano en el bolsillo. «Te creo», me dice. Así que ahora nos entendemos. Yo guardé el arma y él ya no me toma por su caballo y nos entendemos.
—¿Por qué no lo dejas?
—Pues no sé. Es un buen trabajo, aunque no hagamos otra cosa que ir y venir. ¡Caramba! Si la mitad de las veces no sé si el tren siguiente va a Ty Juana o a Italia; la mitad de las veces no sé ni dónde estoy, ni si a la mañana siguiente podré leer el periódico. Y a mí él me cae bien, como yo a él.
—A lo mejor dejó de tomarte por su caballo porque tenía otra cosa que montar —dijo el chófer.
—Puede ser. De todos modos, cuando se casaron resultó que ella jamás había montado a caballo, nunca en su vida. Hasta que él le regaló ese caballo castaño que va a juego con su cabello. Hasta Kentucky nos fuimos a buscarlo, y volvió en el mismo vagón que él. No conmigo, ojo; yo por él haría lo que fuese siempre que fuese razonable, pero ni hablar de montarme en el mismo vagón para caballos, mucho menos con un caballo dentro. Así que yo volví en coche cama.
»Él no le dijo nada del caballo hasta que lo tuvo en el establo, “Pero si yo no quiero montar”, le dice ella.
»“De mi esposa se da por sentado que sepa montar”, dice él. “Esto no es Oklahoma.”
»“Pero si yo no sé montar”, dice ella.
»“Al menos te podrás sentar a lomos del caballo, para que los demás piensen que sabes”, dice él.
»Así que ella va a la escuela de Callaghan a montar con los animales de prácticas que tiene, caballos ya viejos y mansos, con las niñas y las coristas que han empezado a dar clases de equitación para que las lleven de los matorrales de Brooklyn o de Nueva Jersey hasta el Drive o Central Park. Y ella aborrece el caballo como si fuese una serpiente, lo odia desde que era niña. Se marea incluso en un caballito de tiovivo.
—¿Cómo es que sabes todo eso? —dice el chófer.
—Porque yo estaba allí. De vez en cuando nos pasábamos por allí alguna que otra tarde, por ver qué tal le iba a ella con las clases. A veces ni siquiera se enteraba de que estábamos, o puede que sí, que lo supiera. De todos modos, allá que iba ella, dando vueltas sin parar, entre los niños y una o dos cabezas de ganado de la cuadra especial de Ziegfeld, pasando por delante de nosotros sin mirarnos, Blair de pie con ese negro semblante que tiene, que parece un túnel del metro, como si en todo momento supiese que ella no podría montar siquiera en un caballito de tiovivo y a él le diera lo mismo que aprendiese o que no y sólo quisiera mirarla, ver que lo intentaba y que no podía. Así que al final el propio Callaghan viene y le dice que no hay manera. «De acuerdo», dice Blair. «Callaghan dice que a lo mejor sí eres capaz de permanecer sentada en un caballo pintado, así que te compraré un caballo de los que tiran de un carro de la basura y lo sujetaré al porche de casa para que al menos te vean sentada en un caballo cuando vengan las visitas.
»“Me volveré a casa de mi madre”, dice ella.
»“Ojalá pudieras”, dice Blair. “Mi viejo se pasó toda la vida intentando hacer de mí un banquero, pero tu vieja lo ha hecho en dos meses.”
—¿No has dicho que ellas tenían una pasta? —dijo el chófer—. ¿Por qué no recurrió ella a su dinero?
—No lo sé. Tal vez no encontrasen cambio en Nueva York para el dinero indio. De todos modos, cualquiera hubiera dicho que ella era la revisora de un tranvía en Broadway, pidiendo dinero a todas horas. A veces ni siquiera esperaba a que lograse yo meter a Blair en la ducha y ponerlo como un reloj antes del desayuno; no esperaba ni a que se tomara la primera para pedirle dinerillo. Total, que la pelirroja se marcha con la anciana señora, que vive en Park Avenue, y la chica…
—Pero ¿es que también estuviste allí? —dijo el chófer.
—Se echó a llorar. ¿Cómo? Ah, no. Esto fue por una criada, una irlandesita que se apellidaba Burke. De vez en cuando salíamos juntos. Fue ella la que me habló de ese tipo, del estudiante de Yale, ese novio indio.
—¿Novio indio?
—Habían ido a la misma escuela primaria en Oklahoma, o algo así. Cambiaron anillos masónicos o algo por el estilo antes de que el viejo de la chica encontrase tres pozos de petróleo en el gallinero y se muriese de golpe y la anciana dama se llevase a la chica a Europa, a seguir sus estudios. Y ese muchacho acabó yendo a Yale y el año pasado va y se le ocurre casarse con una chica de un espectáculo ambulante que por casualidad estaba en la ciudad. Total, cuando la chica se entera de que Callaghan la ha dado por imposible, va a ver a su vieja a Park Avenue. Se echó a llorar.
»“Ya empezaba a pensar que a lo mejor no quedaría en ridículo con sus amigos y entonces él va y se pone a mirarme. No dice nada”, dice, “sólo se planta allí y me mira”.
»“Después de todo lo que he hecho por ti…”, dice la anciana dama. “Te he encontrado un marido por el que cualquier chica de Nueva York habría dado lo que fuese. Y todo lo que él te pide es que aprendas a sentarte a lomos de un caballo para no hacerle quedar como un hazmerreír con sus amigos los elegantes. Después de todo lo que he hecho por ti…”, dice la anciana dama.
»“Yo no quise”, dice ella. “No quise casarme con él.”
»“¿Y con quién querías casarte?”, le dice la madre.
»“Yo no quería casarme con nadie”, dice la chica.
»Así que la anciana dama se pone a indagar sobre ese muchacho, el tal Allen, al que la chica…
—¿No dijiste que se llamaba Yale? —preguntó el chófer.
—No. Allen. Yale es la universidad donde fue a estudiar.
—¿Quieres decir Columbia?
—No, Yale. Es otra universidad.
—Pensaba que la otra se llamaba Cornell, o algo así —dijo el chófer.
—No. Es otra distinta. Es una de esas en las que juntan a los chicos que vienen de los peores antros y los atan en corto y los ponen firmes de camino a la ciudad. ¿Es que no lees los periódicos?
—No suelo —dijo el chófer—. A mí la política me importa un comino.
—Entiendo. Total, que el papi de este muchachito de Yale también había encontrado un pozo de petróleo y también se había forrado, y además la anciana dama estaba como loca porque Blair no le permitía vivir en la misma casa que ellos y no la llevaba de viaje cuando nos íbamos a donde fuese. Total, que la anciana dama los manda al cuerno a los tres, a la chica y a Blair y al universitario, hasta que la chica se arma de valor y decide que o aprende a montar a caballo o revienta, y Blair le dice que mejor lo intente y reviente si se propone montar en el caballo castaño que le trajimos desde Kentucky. «No quisiera que me arruines este caballo», dice Blair. «Es espléndido. Así que montarás el caballo que yo te diga.»
»Total, que a ella le dio por salir a hurtadillas de la casa para intentar a toda costa montar ese caballo, el espléndido, el de Kentucky, para aprender primero cómo y darle después una sorpresa. La primera vez no le hizo daño, pero a la segunda se partió la clavícula. Le dio miedo que Blair lo descubriese, hasta que se enteró de que Blair había estado en todo momento al corriente, había sabido que ella lo montaba. Así que cuando vinimos aquí por primera vez aquel año y a Blair le dio por ponerse a perseguir al león ese, o lo que sea…
—Un zorro —dijo el chófer.
—Eso es, es lo que dije. Así que cuando…
—Has dicho león —dijo el chófer.
—De acuerdo. Dejémoslo en un león. Total, que ella empezó a montar ese caballo castaño e intentó no perderlos de vista, y eso que Blair ya aventajaba a los perros, como aquella vez, hace dos años, en que se les adelantó y se acercó tanto al león ese que poco le faltó para tirarle un fustazo.
—Querrás decir un zorro —dijo el chófer—. Es un zorro, no un león. Digamos… —el otro, el ayuda de cámara, el secretario, lo que fuese, estaba encendiendo otro cigarrillo, encorvado, con el cuello del abrigo subido, el bombín inclinado sobre la frente.
—Digamos… ¿qué? —dijo.
—Me estaba preguntando… —dijo el chófer.
—¿El qué?
—Si de veras es tan difícil que él se largue al galope y la deje atrás, si es tan difícil como cree. Con tal de no ver cómo le echa a perder su espléndido caballo de Kentucky. Si necesita cabalgar tan veloz como él cree.
—¿Y qué tiene eso…?
—A lo mejor este año no tendría que cabalgar tan veloz como el año pasado, sólo por alejarse de ella. ¿A ti qué te parece?
—¿Qué me parece el qué?
—Me estaba preguntando…
—¿Qué te estabas preguntando?
—Si no se da cuenta de que este año no tiene que cabalgar tan veloz.
—Ah. Te refieres a Gawtrey.
—¿Así se llama? ¿Gawtrey?
—Eso es. Steve Gawtrey.
—¿Y qué pasa con él?
—Es un buen tipo. Se come lo que tú le des, se bebe tus licores y engaña a tus mujeres, y además deja que seas tú quien diga cuándo.
—¿Y eso qué tiene?
—Nada. Ya digo que es buen tipo. Por mí, excelente.
—¿Cómo que por ti?
—Excelente, ¿no lo ves? Una vez le hice un favorcito, y él me hizo un favorcito.
—Ah —dijo el chófer. No miró al otro—. ¿Hace cuánto que ella lo conoce?
—Seis meses y como mucho una semana. Estuvimos en Connecticut y él estaba allí. Aborrece los caballos tanto o más que ella, pero Callaghan y yo estamos en paz; una vez le hice un favorcito, así que a la semana de volver de Connecticut pedí a Callaghan que viniese y le contase a Blair algo sobre ese otro perro de campanillas, sin decirle a Blair quién era el dueño del animal. Total, que esa noche le digo a Blair:
»“Tengo entendido que el señor Van Dyming también quiere comprar el caballo que vende el señor Gawtrey.”
»“¿Qué caballo es ése?”, dice Blair.
»“Pues no lo sé”, le digo. “Es un caballo que para mí es como otro cualquiera, al menos mientras siga ahí fuera, que es donde tiene que estar.”
»“Lo mismo que hacen con Gawtrey”, dice Blair. “¿Se puede saber de qué caballo hablamos?”
»“Del caballo del que te habló Callaghan”, le digo. Y va y se pone a maldecir a Callaghan.
»“Me dijo el muy mentiroso que ese caballo me lo guardaba a mí”, dice.
»“Pero si no es de Callaghan”, le digo. “Es un caballo del señor Gawtrey.”
»Total, que al cabo de dos noches se trae a casa a Gawtrey y lo invita a cenar. Esa noche le dije:
»“Supongo que habrás comprado ese caballo…”
»Él había bebido bastante, e insultó a Gawtrey y también a Callaghan.
»“No lo piensa vender”, dice.
»“Y tú le vas a dar la lata”, le digo. “Un hombre al final vende lo que sea.”
»“¿Cómo le voy a dar la lata, si no hace caso de ningún precio?”, dice.
»“Pues deja que sea tu mujer la que negocie”, le digo. “A ella seguro que le hace caso.”
»En ese momento me dio un sopapo.
—Creí haber entendido que no te puso la mano encima —dijo el chófer.
—A ver si me explico. Más o menos soltó la mano mientras hablábamos, y resulta que yo sin querer volví la cara hacia él al mismo tiempo. Te aseguro que no quiso darme una, porque de sobra sabía que se la hubiera devuelto con creces. Así se lo dije. En la mano tenía el arma, la tenía en el bolsillo en todo momento.
»Total, que después de aquello Gawtrey empezó a volver de visita igual una vez por semana, porque le dije que tenía un buen trabajo y que ningunas ganas tenía de perderlo por liarme a tiros, cosa que no haría por nadie, salvo por mí, y no estoy seguro del todo. Venía una vez por semana. La primera vez ella no le dejó entrar. Un buen día estoy leyendo el periódico (hay que leer un periódico de vez en cuando) y me entero de que el tal Allen, el de Yale, se ha fugado con una chica de un espectáculo de cabaret y que lo han echado de la universidad por perder su categoría de amateur, digo yo. Digo yo que tuvo que ponerse furioso, al menos después de haberse saltado la universidad, claro. Recorto la noticia y esta chica, la irlandesita apellidada Burke (nos entendíamos bien los dos) se la pone en la bandeja del desayuno esa misma mañana. Y por la tarde, cuando Gawtrey vuelve a verla, ella le deja entrar, y la tal Burke entra en la habitación de repente por no me acuerdo qué y se los encuentra a Gawtrey y a ella como un fundido en negro en las pelis.
—Así que Blair se hizo con el caballo —dijo el chófer.
—¿Qué caballo?
—El caballo que Gawtrey no le quería vender.
—¿Cómo se iba a quedar con el caballo si Gawtrey no era dueño de ninguno, o lo era tanto como yo, a menos que fuese un jamelgo que hubiese terminado el último en la Selling Plate del año anterior, en el hipódromo de Baltimore? Además, Gawtrey no era dueño aún de ningún caballo.
—¿Aún?
—A ella no le cae bien, está claro. La primera vez que viene a la casa ella no le permite entrar por la puerta. Y la vez siguiente tampoco se lo hubiera permitido, de no ser porque la irlandesita, la tal Burke, le dejó el recorte del periódico con la noticia del universitario en la bandeja del desayuno. Y después de esa vez, a la siguiente, tampoco le hubiese permitido entrar. Era como si fuese él un caballo, a lo mejor, o incluso un perro, aun cuando no tuviera ella que empeñarse en montar un perro. De haber sido un perro, Blair nunca la hubiese obligado a que lo montase. Así que tengo que ir a ver a Callaghan otra vez y darle pisto, hasta que termino por no ser más que uno de esos droshkis de Rusia o qué sé yo.
—¿Un qué de Rusia?
—Uno de esos individuos que no pueden ni decir que su alma sea suya. Cada vez que salía de la casa tenía que ver a Gawtrey en cualquier rincón de mala muerte y luego tenía que ir a ver a Callaghan y darle cera, porque es uno de esos tipos que tiene ideas propias, ¿sabes?
—¿Qué ideas?
—Ideas. Sacadas de la hoja parroquial. Que todo aquello no estaba nada bien porque a él ella le gustaba y él le tenía lástima, y que por eso quería decirle a Blair que le había mentido, que Gawtrey nunca fue dueño de ningún caballo. Porque un tipo que no acepta una limosna aunque se la tiren a la cara no es ni mucho menos un bobo para nadie, aunque lo sea para el que tenga su propio concepto de la religión y siga sus reglas de oro, tomadas todas de la hoja parroquial, que es de donde vienen. Si no quiso el Señor que un hombre cortase su propio césped, ¿por qué puso el domingo en domingo, que es lo que hizo? A ver, dime.
—Supongo que tienes razón —dijo el chófer.
—¿Que si tengo razón? ¡Dios del Cielo, no jorobes! A Callaghan le dije que Blair le rebanaría el pescuezo por menos de lo que valga un cuarto de dólar para Rockefeller, igual que cualquiera que tenga dos dedos de frente, y le pregunté también si pensaba que lo de las chicas se había terminado con la mujer de Blair, si iba a ser la última que hicieran.
—Entonces él no… —dijo el chófer, y calló—. Mira eso —dijo.
El otro miró a donde indicaba. Por la brecha abierta entre los árboles, en el centro del segmento visible del arrozal, vieron una mancha negra y rosa. Estaría a casi una milla de distancia; no parecía que se moviese deprisa.
—¿Qué es eso? —dijo el otro—. ¿El zorro?
—Es Blair —dijo el chófer—. Va deprisa. A saber dónde andarán los demás —miraron la mancha negra y rosa seguir adelante y desaparecer.
—Si tienen dos dedos de frente, se habrán vuelto a casa —dijo el otro—. Lo mismo podríamos hacer nosotros.
—Seguramente —dijo el chófer—. Así que Gawtrey aún no le debe ningún caballo a Blair.
—Todavía no. A ella no le gusta. No quiso dejarle entrar en la casa tampoco después de aquel día, y la irlandesita, la tal Burke, dice que una noche se volvió de una fiesta en no sé dónde porque allí se encontró a Gawtrey. Y de no haber sido por mí, a Gawtrey tampoco se le hubiese invitado a venir, porque ella le dijo a Blair que si venía él no vendría ella. Por eso tuve que trabajarme a Callaghan otra vez, para que viniese de vez en cuando a calentarle la cabeza a Blair con lo del caballo y que Blair invitase a Gawtrey, porque Blair estaba empeñado en que ella viniese —el chófer salió del coche y fue a accionar el manubrio. El otro encendió un cigarrillo—. Pero Blair aún no tiene su caballo. Tú te casas con una mujer de cabello largo, largo como lo lleva ella, y todo va bien mientras lo lleve recogido. Pero en cuanto la pilles con el cabello suelto es que la cosa se ha torcido de mala manera.
El chófer accionó el manubrio. Se detuvo, se agachó, volvió la cabeza.
—Escucha —dijo.
—¿Qué?
—El corno —el sonido, de timbre argentino, les llegó de nuevo, tenue, distante, prolongado.
—¿Qué es eso? —dijo el otro—. ¿O es que aquí hay soldados acuartelados?
—Es el cuerno que tocan —dijo el chófer—. Eso significa que han cazado al zorro.
—¡Dios del Cielo, no jorobes! —dijo el otro—. Pues a lo mejor mañana mismo nos volvemos a la ciudad.

Los dos hombres con sus mulas volvieron a atravesar el arrozal y subieron por la loma hacia los pinares.
—Bueno —dijo el joven—, pues ahora supongo que se dará por contento.
—¿Eso supones? —dijo el otro. Iba un poco por delante del joven. No volvió la cabeza al decírselo.
—Lleva tres años persiguiendo a esa zorra —dijo el joven—. Y ahora la ha matado. ¿Cómo no va a darse por satisfecho?
El de más edad no se volvió a mirarle. Iba encorvado en su mula flaca, astrosa, con las piernas colgando cubiertas por el sobretodo. Hablaba en un tono despectivo, perezoso, irónico.
—Supongo que hay algo sobre los caballeros que nunca llegarás a saber.
—Para mí, un zorro es un zorro, nada más —dijo el joven—. Un zorro no se come. Igual hubiera sido envenenarlo y no fatigar tanto a los caballos.
—Claro —dijo el otro—. Ésa es otra cosa que nunca llegarás a saber de ellos.
—¿De quiénes?
—De los caballeros —subieron por la loma hasta la tenue senda de arena—. En fin —dijo el de más edad—. Sean o no caballeros, me da que ése es el único zorro de toda Carolina al que han matado de esa forma. A lo mejor es que así se mata a los zorros allá en el Norte.
—Pues entonces que me ahorquen si no me alegro de no vivir allá arriba —dijo el joven.
—Eso digo yo —dijo el otro—. A mí al menos me va bien por aquí desde hace algún tiempo.
—Pero te diré que al menos una vez me gustaría ver cómo es aquello —dijo el joven.
—A mí me parece que no —dijo el otro—, si vivir allí es como para que uno se tome tantas molestias sólo por matar a un zorro.
Subían por la loma entre los pinos, las matas de acebo, los arándanos y los zarzales. De pronto el de más edad detuvo a la mula y extendió la mano hacia atrás.
—¿Qué? —dijo el joven—. ¿Qué ha sido?
La pausa apenas fue una pausa; el de más edad siguió su camino, aunque se puso a silbar en un tono claro, vivo, pero no demasiado fuerte, una melodía lúgubre como un himno; más allá de los arbustos que flanqueaban la senda, delante de ellos, les llegó el resoplido de un caballo.
—¿Quién es? —dijo el joven. El otro no dijo nada. Las dos mulas avanzaban en fila india—. Tiene el cabello suelto —dijo el joven en voz baja—. Parece el sol mismo cuando da en una enramada, en primavera —las mulas avanzaban por la senda de tierra liviana, siseante, las orejas gachas, los dos a horcajadas, con los pies colgando, sin estribos.
La mujer estaba montada en la yegua, el cabello una nube refulgente, una cascada cobriza al sol, derramado sobre los hombros, con los brazos alzados y las manos afanosas en el cabello. El hombre montaba el caballo pinto a escasa distancia. Estaba encendiendo un cigarrillo. Llegaron las dos mulas, incansables, arrastrando los cascos, la cabeza gacha, las orejas gachas. El joven dedicó a la mujer una mirada a la vez osada y con disimulo; el de más edad no dejó de silbar despacio, no muy fuerte, desafinando; no pareció que los mirase, sino que estaba resuelto a pasar de largo sin dar señal, hasta que el hombre del caballo pinto le dirigió la palabra.
—Lo han cazado, ¿verdad? —dijo—. Hemos oído el corno.
—Pues sí —dijo el hombre del sobretodo en un tono seco, arrastrado—. Pues sí, lo han cazado. No le quedaba más remedio que dejarse cazar.
El joven observó a la mujer, que miraba al de más edad con las manos detenidas un instante en el cabello.
—¿Cómo es eso? —dijo el hombre del caballo pinto.
—Lo persiguió con ese caballo negro —dijo el de más edad.
—¿Quieres decir que lo acosó sin perros?
—Creo que sí —dijo el otro—. No tenían los perros caballos negros que montar.
Las dos mulas se habían detenido; el hombre de más edad se puso de frente al hombre del caballo pinto, la cara oculta bajo el sombrero sin forma.
—Atravesó todo el campo y saltó la represa para esconderse, dejando que él saltara la represa con la idea de volver sobre sus pasos, o eso creo. Creo que los perros no le daban miedo. Creo que los había despistado tantas veces que no le preocupaban. Creo que uno y otro se conocían de sobra después de tantos años, que son tres, tal como conoce usted a su madre o a su esposa quizás, aunque no haya estado usted casado que yo sepa. Da igual: estaba en la represa y él sabía que allí estaba, así que atravesó el campo derecho, como si tuviese vista de halcón y olfato de perro. Y allí estaba el zorro, donde había despistado a los perros. Pero ni tiempo tuvo de pararse a recobrar el resuello, y cuando tuvo que huir de nuevo y saltó la represa cayó en las zarzas, creo yo, y estaba ya cansado y sin fuerzas para salir y echar a correr de nuevo. Y llegó él y saltó la represa, tal como quiso el zorro que hiciera. Sólo que el zorro seguía entre las zarzas, y según saltaba por el aire bajó la mirada y vio al zorro y desmontó nada más caer el caballo, o desmontó cuando el caballo aún saltaba por el aire, y cayó de pie en las zarzas, igual que había hecho el zorro. A lo mejor el zorro se escabulló un poco, no lo sé. Dice que se volvió en redondo y que le saltó a la cara y que lo abatió con los puños y lo pisoteó hasta matarlo. Los perros aún no habían llegado allá. Pero es que a él nunca le hicieron falta —calló y permaneció en silencio unos instantes, desgarbado e inerte a lomos de la mula astrosa, paciente, la cara en sombra bajo el sombrero—. En fin —dijo—, creo que nos vamos. Yo todavía no he tenido tiempo de desayunar. Buenos días tengan ustés —picó los talones contra los flancos de la mula y la otra la siguió. No se volvió a mirarlos.
Pero el joven sí. Miró al hombre del caballo pinto, el cigarrillo que ardía en su mano, el hilo de humo tenue, sin viento, en el silencio soleado, y a la mujer de la yegua castaña, los brazos alzados y las manos afanosas en el cabello luminoso, como una nube, proyectando, tratando de proyectarse como suelen los jóvenes, hacia esa remota e inaccesible ella, tratando de abarcar el vano e impenetrable instante de división, de desesperación, que al ser joven fue como la ira: ira por la mujer perdida, ira por el hombre en cuya silueta caminaba por la tierra la trágica e ineludible ruina de ella.
—Estaba llorando —dijo, y se puso a despotricar y a maldecir con rabia, sin motivo, sin objeto.
—Vamos —dijo el de más edad. No se volvió a mirar—. Digo yo que tendrán más o menos listos los panecillos para el desayuno del cazador cuando lleguemos a la casa.


Nota
Publicado en Harper’s Magazine, CLXIII (septiembre de 1931) y reimpreso en Doctor Martino

En Cuentos reunidos
Trad. Miguel Martínez Lage
Madrid, 2009
Foto: William Faulkner in front of an airplane ca. 1930 © Bettmann Corbis