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2 jul. 2013

Yukio Mishima: Los pañales

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El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido, momentos antes, con su marido en un night club y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente». Sentado allí, con su traje de estilo americano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

—Es un cuento increíble —decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta—, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... —hizo chasquear los dedos— «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse! —¿Y salió el gato encerrado? —preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.

—¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!

—No me cabe la menor duda —apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.

Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en diarios y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.

«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón...»

Se retiraron del night club y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.

—Lleve a esta señora a Ushigomé —ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de tweed no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.

Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se aya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje...»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo...»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre. No cabía duda de que aquellos sombríos pensamiemos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.

El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar. «Diarios...», recordó Toshiko, y su mente retomó el hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.

«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto... El secreto de una vida...» Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores. Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en diarios, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color kaki y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de diarios crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.


Trad.: Magdalena Ruiz Guiñazú, Antonio Cabezas
En La perla y otros cuentos
Madrid, Ediciones Siruela, 2008
Foto: YM en Japón 1979 © Elliott Erwitt/Magnum Photos

11 mar. 2013

Roald Dahl: Mi querida esposa

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Durante muchos años he tenido la costumbre de echar la siesta después de la comida. Me siento en un sillón en el cuarto de estar, apoyo la cabeza en un cojín y los pies en un pequeño taburete de piel y leo hasta quedar dormido.
Aquel viernes por la tarde yo estaba cómodamente en mi sillón con un libro en las manos: El género de los lepidópteros diurnos, cuando mi esposa, que nunca ha sido una persona silenciosa, comenzó a hablarme desde el sofá de enfrente...
—Estas dos personas. ¿A qué vienen?
No contesté, ella repitió la pregunta, esta vez más fuerte. Le dije cortésmente que lo ignoraba.
—No me gustan demasiado—dijo ella—, especialmente él.
—Sí, querida, tienes razón.
—Arthur, digo que no me gustan demasiado. Bajé mi libro y la miré. Estaba recostada en el sofá, hojeando las páginas de una revista de modas.
—Sólo les hemos visto una vez—dije. —Un hombre horrible; siempre gastando bromas, contando chistes y cosas por el estilo.
—Estoy seguro de que te llevarás muy bien con ellos, querida.
—Ella también es terrible. ¿Cuándo crees que llegarán?
—Hacia las seis, supongo.
—Pero ¿no te parecen horribles?—me volvió a preguntar.
—Pues...
—Son horribles, de veras.
—Ahora ya no podemos volvernos atrás, Pamela.
—Son de lo peor—dijo ella.
—Entonces, ¿por qué los invitaste?
La pregunta me salió espontáneamente y me arrepentí en seguida porque me he hecho el propósito de no provocar a mi esposa, sí puedo evitarlo. Hubo una pausa. Yo la observaba, esperando una respuesta.
Observaba su cara que era algo tan querido y fascinante para mí. Había ocasiones en las que no podía dejar de mirarla. A veces, por las noches, cuando ella bordaba o pintaba aquellos intrincados cuadros de flores, su cara resplandecía de tal manera que le daba una belleza incomparable y yo me sentaba frente a ella, mirándola, minuto a minuto, pretendiendo leer. En ese momento, en aquella mirada airada, la frente arrugada, tenía que admitir que había algo majestuoso en esta mujer, algo espléndido, magistral; era mucho más alta que yo, pero se la podría considerar más bien grande que alta.
—Sabes muy bien por qué los invité —contestó duramente—; sólo por el bridge. Juegan maravillosamente y son decentes apostando.
Levantó sus ojos y vio cómo la observaba.
—Bien—dijo—, tú también piensas así, ¿verdad?
—Bueno, claro, yo...
—No seas tonto, Arthur.
—La única vez que los he tratado me parecieron muy simpáticos.
—También el carnicero es simpático.
—Pamela, querida, por favor. No nos compliquemos la vida.
—Oye—dijo, dejando la revista en su regazo—, tú sabes igual que yo la clase de gente que son. Un par de estúpidos arribistas que creen poder ir a cualquier sitio porque saben jugar bien al bridge.
—Estoy seguro de que tienes razón, querida, pero no veo por qué...
—Te lo estoy diciendo, para jugar una buena partida. Ya estoy cansada de hacerlo con principiantes. Pero no veo por qué tenemos que tener a esa gente en casa.
—¡Claro que no, querida, pero ya es un poco tarde ahora...!
—¿Arthur?
—¿Sí?
—¿Por qué diablos tienes que discutir siempre conmigo? Tú sabes que te gustan tan poco como a mí.
—No te preocupes, Pamela, después de todo parecían gente bien educada.
—Arthur, no seas ridículo.
Me miraba duramente con sus grandes ojos grises y para evitarlos—a veces me hacían sentir desasosegado— me levanté y salí por la puerta que llevaba al jardín.
El césped que había frente a la casa había sido segado recientemente, rayado con diferentes tonos verdes. Al lado del césped, las flores daban un tinte de color que contrastaba con los árboles del fondo. También las rosas estaban en flor, y las begonias escarlata, y toda clase de flores de múltiples colores.
Uno de los jardineros volvía de comer por el sendero. A través de los árboles se veía el tejado de su casita y detrás, a un lado, continuaba el sendero que, después de atravesar las puertas de entrada de la mansión, desembocaba en la carretera de Canterbury.
La casa de mi esposa. Su jardín. ¡Qué bonito es todo! ¡Qué pacífico! Si Pamela no trastornara mi tranquilidad tantas veces, ni me hiciera hacer cosas que no me apetecen, esto sería el cielo. No quisiera dar la impresión de que no la quiero—venero el aire que respira—, o que no me llevo bien con ella, o que no soy yo quien manda en casa. Lo que quiero decir es que a veces es irritante con sus cosas. Por ejemplo, esos hábitos suyos que yo preferiría que olvidara, especialmente cuando me señala con el dedo para dar énfasis a una frase. Debo recordarles que soy un hombre más bien pequeño, y un gesto como éste, y más cuando proviene de la esposa, intimida un poco. A veces encuentro difícil convencerme a mí mismo de que no es una mujer insoportable.
—¡Arthur!—llamó—. ¡Ven aquí!
—¿Qué quieres?
—Acaba de ocurrírseme una idea maravillosa. Ven. Me volví para acercarme a ella, que seguía recostada en el sofá.
—Oye—me dijo—, ¿quieres que nos divirtamos un rato?
—¿Qué clase de diversión?
—Con los Snape.
—¿Quiénes son los Snape?
—Vamos, despierta. Henry y Sally Snape, nuestros invitados del fin de semana.
—¿Y bien?
—Oye, estaba pensando en lo horribles que son, en su manera de comportarse, él con sus bromas, ella como un alocado gorrión...—Vaciló unos instantes, sonriendo cautamente y no sé por qué me dio la impresión de que iba a decir algo raro—. Bien, si ellos se comportan de esa manera delante de nosotros, ¿cómo diablos serán cuando estén juntos y a solas?
—Espera un momento, Pamela...
—No seas tonto, Arthur. Vamos a divertirnos, a divertirnos de verdad, aunque sólo sea por esta noche.
Se había incorporado casi totalmente en el sofá, con el rostro brillante de ilusión, la boca ligeramente abierta y mirándome con sus redondos ojos grises, en cada uno de los cuales brillaba una chispita.
—¿Por qué no?
—¿Qué pretendes hacer?
—Está clarísimo. ¿No lo ves?
—No, no lo veo.
—Lo que vamos a hacer es poner un micrófono en su cuarto. Admito que esperaba algo peor, pero cuando lo dijo me quedé tan asombrado que no supe qué contestar.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer—dijo ella.
—Oye, no—grité yo—, no puedes hacer eso.
—¿Por qué no?
—Porque es la broma más pesada que he oído en mi vida.
Es como fisgar por las cerraduras o leer cartas, sólo que peor. No hablarás en serio, ¿verdad?
—Claro que sí.
Yo sabía cuánto le molestaba que la contradijesen, pero a veces era preciso hacerlo, aunque con riesgo considerable...
—Pamela—dije yo pronunciando las palabras cortantemente—, te prohíbo que lo hagas.
Ella bajó los pies del sofá y se sentó.
—¡Por el amor de Dios, Arthur! ¿Qué pretendes? Realmente no lo entiendo.
—Pues no resulta difícil.
—¡Caramba! Yo sé que antes has hecho cosas peores que ésta.
—¡Nunca!
—¡Sí! Lo sé. ¿Qué te ha hecho pensar de repente que tú eres mejor que yo?
—Yo nunca he hecho cosas así.
—¡Pero bueno!—dijo apuntándome con su dedo como si fuera una pistola—. ¿Y aquella vez en casa de los Milford, las Navidades pasadas? ¿Te acuerdas? Casi te morías de risa, y yo tuve que ponerte la mano en la boca para evitar que nos oyeran. ¿Qué te parece?
—Aquello era diferente—dije yo—. No era nuestra casa, ni ellos nuestros invitados.
—Eso no cambia las cosas.—Ella estaba sentada muy tiesa, mirándome con sus redondos ojos grises y al tiempo que su barbilla empezaba a moverse de una manera peculiar—. No seas hipócrita—continuó—. ¿Qué te pasa?
—Pienso que eso es jugar sucio, Pamela, te hablo en serio.
—Pero yo juego sucio, Arthur, y tú también, aunque no se note, por eso nos llevamos bien.
—Nunca oí tontería semejante.
—Bueno, si de repente has decidido cambiar tu carácter por completo, eso es distinto.
—Deja de hablar de ese modo, Pamela.
—¿Ves?—dijo ella—, si de veras has decidido reformarte, ¿qué voy a hacer yo?
—No sabes lo que dices.
—¿Cómo es posible que una persona tan magnífica como tú, quiera a alguien como yo?
Me fui a sentar en una silla frente a ella mientras me observaba todo el tiempo. Era una mujer grande y, cuando me miraba fijamente, como lo estaba haciendo en aquellos momentos, yo me sentía..., ¿cómo diría yo?: rodeado, envuelto en ella, como si Pamela fuese un gran tubo y yo hubiera caído dentro.
—No hablarás en serio respecto al micrófono, ¿verdad?
—¡Claro que sí! Ya es hora de que nos divirtamos un poco. Vamos, Arthur, no seas pesado.
—No está bien, Pamela.
—Está tan bien—levantó el dedo otra vez— como cuando tú encontraste aquellas cartas de Mary Probert en su bolso y las leíste desde el principio hasta el fin.
—No debimos hacer eso.
—¿Debimos?
—Tú las leíste después, Pamela.
—No hacía daño a nadie. Tú mismo dijiste eso aquella vez, y ahora no es peor.
—¿Te gustaría que alguien te lo hiciera?
—¿Cómo podría saber si me gustaba o no, ignorando que me lo hacían? Vamos, Arthur, no seas latoso.
—Tengo que pensarlo.
—Quizá el gran ingeniero no sabe cómo conectar el micrófono.
—Eso es lo más fácil.
—Bueno, pues hazlo.
—Lo pensaré y luego hablaremos.
—No hay tiempo para eso. Pueden llegar en cualquier momento.
—Pues entonces no lo hago. No quiero que me cojan con las manos en la masa.
—Si llegan antes de que termines, los entretendré aquí abajo. No hay peligro. Oye, ¿qué hora es?
—Son casi las tres.
—Vienen de Londres—dijo ella— y seguramente no saldrán de allí hasta después de comer. Eso te dará mucho tiempo.
—¿En qué habitación los vas a poner?
—En el cuarto amarillo del final del pasillo. No será demasiado lejos, ¿verdad?
—Supongo que se podrá hacer.
—Oye, ¿dónde vas a poner el altavoz?
—Todavía no he dicho que lo vaya a hacer.
—¡Dios mío!—exclamó ella—. Me gustaría saber si hay alguien capaz de detenerte ahora. Deberías ver tu cara. Está roja y excitada. Pon el altavoz en nuestro cuarto. Date prisa.
Dudé unos momentos. Era algo que siempre hacía cuando ella me ordenaba las cosas en vez de pedirlas cortésmente.
—No me gusta, Pamela.
No dijo una palabra más; simplemente se quedó muy quieta, mirándome con una expresión resignada y de espera en su rostro, como si aguardara en alguna cola. Eso—lo sabía por experiencia—era señal de peligro. En aquellos momentos ella era como una bomba a la cual se le aprieta un botón y ya es sólo cuestión de tiempo, hasta que ¡boom! explota.
Me levanté silenciosamente y fui hacia el cuarto donde estaba el micrófono. Lo recogí, junto con cuatro metros y medio de cable. Ahora que estaba lejos de ella debo advertir que empecé a sentir la excitación dentro de mí mismo, una rara sensación bajo la piel, cerca de las puntas de los dedos. En realidad no era para tanto. Experimento lo mismo cada mañana cuando abro el periódico y veo los precios de las acciones más importantes de mi esposa. No me iba a intimidar un juego tan tonto como aquél. Al mismo tiempo, no podía evitar considerarlo divertido.
Subí las escaleras de dos en dos y entré en la habitación amarilla del final del pasillo. Tenía la límpida apariencia de todos los cuartos de huéspedes, con sus camas gemelas, las colchas de satén amarillo, las paredes de amarillo pálido y las cortinas doradas.
Miré a mi alrededor, buscando un buen sitio para esconder el micrófono. Esa era la parte más importante, porque, pasara lo que pasara, no debía ser descubierto. Primero pensé ponerlo bajo los troncos que había en la chimenea. No, no era muy seguro. ¿Detrás del radiador?, ¿encima del armario?, ¿debajo de la mesa del escritorio? Ninguno de estos sitios me parecía demasiado seguro. Todos podían ser objeto de inspección accidental a causa de la búsqueda de, por ejemplo, un botón de la camisa o algo parecido. Finalmente, con considerable astucia, decidí ponerlo en los muelles del sofá. Este estaba contra la pared, cerca del borde de la alfombra y así podría esconder el alambre del micrófono.
Ladeé el sofá y empecé a desmontarlo. Puse el micrófono entre los muelles, asegurándome de ponerlo cara a la habitación. Después fui tendiendo el cable bajo la alfombra hasta la puerta, haciendo una pequeña muesca en la madera para evitar que se viera.
Naturalmente, eso me llevó tiempo y cuando oí el sonido de neumáticos en la grava del patio, seguido de las puertas al cerrarse y las voces de nuestros invitados, yo todavía estaba en el pasillo, poniendo el cable. Paré y me incorporé con el martillo en la mano. Aquellos ruidos me enervaban, y sentí la misma sensación de miedo que cuando cayó una bomba en la otra parte del pueblo durante la guerra, mientras yo estaba trabajando tranquilamente en la biblioteca con mis mariposas.
«No te preocupes —me dije a mí mismo—. Pamela se encargará de esa gente.» Un tanto frenético, continué con mi tarea; pronto tuve todo el cable tendido a lo largo del pasillo hasta nuestra habitación. Aquí ya no tenía que esconderme, aunque no había que olvidar a los criados. Puse el cable por debajo de la alfombra y lo saqué detrás de la radio. Conectarlo fue una cuestión técnica tan fácil que me llevó muy poco tiempo hacerlo.
Bien, ya estaba hecho. Di un paso atrás y miré el pequeño receptor. Ahora parecía diferente: ya no era una simple caja de hacer ruido sino una endiablada criatura, una parte de cuyo cuerpo se extendía al otro extremo de la casa. Lo conecté. Se oían zumbidos, pero nada más.
Cogí mi reloj de la mesilla de noche y lo llevé al cuarto amarillo, colocándolo en el suelo, junto al sofá. Cuando volví, la radio hacía el mismo sonido que si el reloj estuviera en la habitación, quizá más fuerte.
Volví por el reloj. Luego me aseé un poco en el cuarto de baño, devolví las herramientas a su sitio y me preparé para recibir a mis invitados. Pero primero, para calmarme y no tener que aparecer ante ellos inmediatamente, estuve cinco minutos en la biblioteca con mi colección. Me encontré mirando la maravillosa Vanessa Carduci —la dama pintada—y tomé algunas notas para un artículo que estaba preparando, titulado «Relación entre el color y el armazón de las alas», el cual iba a leer en la próxima conferencia de nuestra sociedad en Canterbury. De esa manera, pronto recobré mi actitud habitual, grave y atenta.
Cuando entré en el cuarto de estar, nuestros dos invitados, cuyos nombres nunca podía recordar, estaban sentados en el sofá. Mi esposa preparaba unas bebidas.
—¡Oh, aquí viene Arthur! —dijo—. ¿Dónde has estado? Consideré esta pregunta de muy mal gusto.
—Lo siento—dije a mis invitados, al estrecharles las manos—, estaba ocupado y se me olvidó la hora.
—Todos sabemos lo que estaba haciendo, pero le perdonamos. ¿Verdad, querido?
—Sí, creo que sería lo mejor—contestó él.
Tuve la terrible y fantástica visión de mí esposa contándoles entre risas lo que yo estaba haciendo arriba. ¡No podía..., no podía haber hecho eso! La miré. Ella también sonreía mientras servía la ginebra.
—Siento que le hayamos molestado—dijo la mujer. Decidí que si aquello era una broma lo mejor sería unirme a ellos cuanto antes, así que hice un esfuerzo y sonreí.
—Nos la tiene que enseñar—continuó la mujer.
—¿El qué?
—Su colección. Su esposa dice que es maravillosa. Me senté en una silla y respiré. Era ridículo ponerse tan nervioso.
—¿Le interesan las mariposas?—le pregunté.
—Me gustaría ver las suyas, señor Beauchamp. Los martinis fueron distribuidos y nos sentamos un par de horas a charlar y beber antes de la cena. Fue entonces cuando empezó a darme la impresión de que mis invitados eran una pareja encantadora. Mi esposa, procedente de una familia noble, es en todo momento consciente de su cuna y su clase, y a veces se precipita un poco en su juicio sobre las personas que son amables con ella, especialmente los hombres altos.
Casi siempre tiene razón, pero esa vez pensé que se había equivocado. En general a mí tampoco me gustan los hombres altos; suelen ser orgullosos y pedantes. Pero Henry Snape—mi esposa me había susurrado su nombre—me pareció un hombre amable y sencillo, cuya mayor preocupación era la señora Snape. Era guapo, tenía la cara alargada y sus ojos, de color castaño oscuro, eran suaves y apacibles. Le envidiaba su negra mata de pelo y me sorprendí a mí mismo pensando qué loción usaría para mantenerlo tan bien. Nos contó uno o dos chistes, pero no pude poner objeción a ninguno de los dos.
—En el colegio—dijo—me llamaban Scervix. ¿Adivinan por qué?
—No tengo la menor idea—contestó mi esposa.
—Porque cervix es el nombre latino de nuca.*
Eso era algo profundo y me costó algún tiempo comprenderlo.
—¿Qué colegio era, señor Snape?—preguntó mi esposa.
—Eton—dijo él, mientras mi esposa movía la cabeza con aprobación.
Ahora se pondrán a hablar, pensé, y me volví hacia Sally Snape. Era realmente atractiva. Si la hubiera conocido quince años antes me hubiera podido meter en un lío. Así me distraje hablándole de mis maravillosas mariposas. Mientras hablaba la observaba atentamente y al cabo de un rato llegué a sacar la conclusión de que no era en realidad tan alegre como yo había creído al principio. Parecía ensimismada. Sus profundos ojos azules se movían rápidamente por la habitación, sin pararse más de un segundo en la misma cosa, y en su rostro, aunque tan disimuladas que no parecían existir, había huellas de dolor.
—Estoy esperando con ansiedad nuestra partida de bridge—dije finalmente, cambiando de tema.
—Nosotros también—contestó ella—, solemos jugar casi todas las noches. Nos gusta mucho.
—Son muy expertos ustedes dos. ¿Cómo han llegado a ser tan buenos?
—Es la práctica, eso es todo, práctica, práctica.
—¿Han participado en algún campeonato?
—Todavía no, pero Henry quiere que lo hagamos. Es difícil llegar a ese nivel, es muy difícil.
¿No había una nota de resignación en su voz? Probablemente era eso, él influía demasiado y la hacía tomarlo muy en serio. La pobre chica estaba cansada.
A las ocho, sin cambiarnos, pasamos a cenar. La comida transcurrió bien, Henry Snape nos contó algunas cosas graciosas. También alabó mi Richemburg 34, lo cual me agradó mucho. A la hora del café me parecieron francamente simpáticos aquellos jóvenes y empecé a sentirme desasosegado a causa del micrófono colocado en su habitación. Hubiera resultado estupendo hacerles eso a unas personas desagradables, pero siendo tan simpáticos no me producía la más mínima satisfacción. No quiero decir que pensase yo en deshacer la operación, pero me negaba a colaborar con mi esposa, que me cubría con sonrisas y movimientos disimulados de cabeza.
Hacia las nueve y media, sintiéndonos a gusto y bien alimentados, volvimos al cuarto de estar y empezamos a jugar al bridge. Hicimos apuestas sencillas—diez chelines los cien—y decidimos jugar cada uno con su esposa. Los cuatro tomamos el juego muy en serio, que es la única manera de tomarlo, y jugamos en silencio, con intensidad, sin hablar casi, excepto para subastar. No jugábamos por dinero; Dios sabe que mi esposa tenía demasiado y también los Snape parecían tenerlo, pero entre expertos es tradicional que se hagan apuestas importantes.
Aquella noche las cartas fueron equilibradamente repartidas, pero mi esposa jugó muy mal y perdimos. Observé que no estaba concentrada y al acercarse la media noche ni siquiera se molestó en aparentarlo. Me miraba todo el tiempo con sus grandes ojos grises, las cejas levantadas y una extraña sonrisa.
Nuestros oponentes jugaban muy bien. Subastaban acertadamente y en toda la noche sólo cometieron una equivocación. Fue cuando la chica sobrestimó a su compañero y cantó seis picas. Yo doblé y ellos tuvieron tres multas, lo cual les costó ochocientos puntos. Sólo fue un lapso momentáneo, pero recuerdo que Sally Snape estaba muy trastornada por esto, aunque su marido la perdonara en seguida, besando su mano y diciéndole que no se preocupara.
Hacia las doce y media mi esposa dijo que quería irse a la cama.
—¿Una mano más?—dijo Henry Snape.
—No, gracias, estoy muy cansada y Arthur también, lo estoy viendo. Vámonos a la cama.
Nos condujo fuera de la habitación y nos dirigimos arriba los cuatro. Al subir, surgió la consiguiente conversación sobre el desayuno; qué iban a tomar y cómo debían llamar a la doncella.
—Espero que les guste la habitación—dijo mi esposa—. Tiene una vista muy bonita sobre el valle y el sol les entrará por la mañana, hacia las diez.
Ahora estábamos en el pasillo frente a la puerta de nuestro dormitorio. Veía extenderse el cable que había puesto por la tarde a todo lo largo del pasillo. Aunque tenía casi el mismo color que la pintura, a mí me parecía muy distinto.
—Que duerman bien—dijo mi esposa—, que descanse, señora Snape. Buenas noches, señor Snape.
La seguí a nuestra habitación y cerré la puerta.
—¡Ahora!—dijo Pamela—. ¡Ya han entrado!
Estaba en el centro de la habitación con su vestido azul, con las manos y la cabeza echadas hacia adelante y escuchando atentamente, con la cara tensa como nunca la había visto.
Casi inmediatamente la voz de Henry salió de la radio, fuerte y clara.
—Estás loca—decía.
Su voz era tan diferente de la que yo recordaba, tan dura y desagradable, que me hizo dar un salto.
—¡Toda la noche perdida! ¡Ochocientos puntos son una libra entre los dos!
—Me hice un lío—contestó la chica—, no lo volveré a hacer, lo prometo.
—¿Qué es esto?—dijo mi esposa—. ¿Qué pasa?
Abrió la boca con incredulidad, sus cejas se levantaron y se fue hacía la radio, acercando el oído al receptor. Debo confesar que yo también me sentía muy excitado.
—Te lo prometo, te lo prometo, no lo volveré a hacer—decía la chica.
—No vamos a arriesgarnos—habló el hombre secamente—, vamos a practicar otra vez.
—¡Oh, no, por favor, no lo puedo soportar!
—Oye—dijo el hombre—, todo el camino hasta aquí ensayando para sacarle el dinero a esa rica imbécil y ahora lo estropeas todo.
Ahora fue mi esposa quien dio un brinco.
—La segunda vez esta semana—continuó él.
—Te prometo que no lo volveré a hacer.
—Siéntate. Yo iré diciendo y tú contestas.
—¡No, Henry, por favor! ¡Las distribuciones no! Nos llevaría tres horas.
—Bien, entonces pasaremos por alto la posición de los dedos, creo que en eso estás bastante segura. Haremos solamente las posiciones básicas, señalando los honores.
—¡Oh, Henry!, ¿es preciso? Estoy muy cansada.
—Es absolutamente esencial que lo aprendas a la perfección—insistió él—, tenemos una partida diaria la semana próxima, lo sabes, y tenemos que comer.
—¿Qué diablos es esto?—susurró mi esposa.
—¡Chist!—dije yo—. Escucha.
—Bien—dijo la voz del hombre—, empezaremos desde el principio. ¿Preparada?
—¡Oh, Henry, por favor!
La chica parecía estar próxima a las lágrimas.
—¡Vamos, Sally, procura contenerte!
Luego, con una voz completamente diferente, la que habíamos oído en el cuarto de estar, Henry Snape dijo:
—Un trébol.
Observé que había un curioso énfasis en la palabra «un». La primera parte de la palabra ligeramente alargada.
—As, dama de tréboles—respondió la chica con tono cansado—, rey de picas. No hay corazones. As de diamantes.
—¿Y cuántas cartas de cada palo? Mira con atención las posiciones de mi dedo.
—Tú dijiste que eso no.
—Bueno. ¿Estás segura de que las sabes?
—Sí, las sé.
Siguió una pausa y luego:
—Un trébol.
—Rey de tréboles—recitó la chica—, as de picas, dama de corazones y el as y la dama de diamantes. Otra pausa y luego:
—Yo diría que un trébol.
—El as y el rey de tréboles...
—¡Dios mío!—exclamé yo—. ¡Es una trampa! ¡Señalan cada carta con la mano!
—¡Arthur, eso no puede ser!
—Es como esa gente que en un auditorio te piden algo prestado; hay una chica en el escenario que tiene los ojos vendados y por la forma en que él hace la pregunta, ella le dice al individuo exactamente lo que es, hasta un billete de tren y la estación en que ha sido comprado.
—¡Es imposible!
—No es imposible, pero es un trabajo muy pesado de aprender. Escúchalos.
—Un corazón—estaba diciendo el hombre.
—El rey, la dama y el diez de corazones. As de picas. No hay diamantes. Dama de tréboles...
—¿Ves? El dice el número de cartas que tiene de cada palo por la posición de los dedos.
—¿Corno?
—No lo sé. Tú lo estás oyendo lo mismo que yo.
—¡Dios mío, Arthur! ¿Estas seguro de que es eso lo que hacen?
—Me temo que sí.
La vi caminar aprisa hasta el otro lado de la cama y coger un cigarrillo. Lo encendió de espaldas a mí y luego se dio la vuelta, tirando el humo hacia el techo suavemente. Sabía que teníamos que hacer algo, pero no sabía qué, porque no podíamos acusarlos sin revelarles la fuente de nuestra información. Esperé la decisión de mi esposa.
—Pero Arthur —dijo lentamente mientras aspiraba el humo—, ésta es una idea maravillosa. ¿Crees que nosotros llegaríamos a aprender a hacerlo?
—¿Qué?
—¡Claro! ¿Por qué no?
—¡Oye, no! Espera un momento, Pamela...
Pero ella cruzó la habitación hasta llegar a mí, bajó la cabeza y me miró con esa sonrisa que no era tal sonrisa y sus grandes ojos grises mirándome fijamente. Cuando me miraba de esta forma me hacía sentirme como un ahogado.
—Sí. ¿Por qué no?
—Pero, Pamela... Santo Cielo... No... Después de todo...
—Arthur, me gustaría que no te pasaras el tiempo discutiendo conmigo. Eso es lo que vamos a hacer. Ahora ve a buscar una baraja; empezaremos en seguida.


(*) Juego de palabras. Nuca en inglés es nape, de ahí la comparación de Scervix con Snape. (N. del T.)

En Relatos de lo inesperado (1979)
Trad.: Antonio Samons García/Carmelina Payá (1981)
Foto: Roald Dahl 1953 NYC © Elliott Erwitt/Magnum Photos