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18 mar. 2011

Ralph Waldo Emerson - Disciplina

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En vista de la significación de la naturaleza, llegamos de inmediato a este nuevo hecho: que ella constituye una disciplina, una manera de utilizar el mundo, en la cual están contenidas como partes, los usos precedentes.

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El espacio, el tiempo, la sociedad, el trabajo, el clima, la alimentación y la locomoción, los animales y las fuerzas mecánicas, nos brindan diariamente las enseñanzas más genuinas, cuyo significado no tiene límites. Ellas instruyen tanto al entendimiento como a la razón. Toda propiedad de la materia es una escuela para el entendimiento: su solidez o resistencia, su inercia, su extensión, su forma, su divisibilidad. El entendimiento suma, divide, combina, mide, y en este digno escenario encuentra alimento y espacio para su accionar. Entretanto, la razón traslada todas estas lecciones a su propio mundo de ideas, percibiendo la analogía que une a materia y mente en matrimonio.

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La naturaleza es una disciplina del entendimiento en las verdades intelectuales. Nuestro manejo de objetos materiales es una constante ejercitación en las indispensables lecciones de la diferencia y la similitud, del orden, del ser y el parecer, de la estructuración progresiva, del ascenso de lo particular a lo general, de la combinación de múltiples fuerzas con vistas a un fin. El extremo cuidado con que se provee a la instrucción de un órgano en formación es proporcional a su importancia, y en ningún caso se omite ese cuidado.

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¡Qué tedioso adiestramiento, día tras día, año tras año, interminablemente, para crear el sentido común; qué reproducción continua de molestias, inconvenientes, dilemas; qué algarabía de hombrecillos sobre nosotros, qué regateos de precios, qué cálculos de beneficios... todo para formar la mano de la mente, para enseñarnos que las bellas ideas no son mejores que los bellos sueños si no las ponemos en práctica! [...]

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Los primeros pasos dados en agricultura, astronomía, zoología (esos que da el granjero, él cazador, el marino) nos enseñan que los dados de la naturaleza siempre están cargados, que entre sus montones de escombros y hojarasca se ocultan resultados ciertos y provechosos.

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¡En qué forma apacible y afable capta la mente, una tras otra, las leyes de la física! ¡Qué nobles emociones dilatan al mortal que entra en los concilios de la creación y siente, gracias a su saber, en qué consiste el privilegio de SER! Su visión lo purifica; la belleza de la naturaleza resplandece en su propio pecho. Cuando el hombre ve esto se torna más grande, y más pequeño el universo, porque las relaciones del espacio y el tiempo se desvanecen a medida que las leyes son conocidas.

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También en este caso nos sentimos impresionados y hasta amilanados por el inmenso Universo que hay para explorar. "Lo que conocemos es apenas un punto de lo que no conocemos". Abrase cualquier revista científica reciente, sopésense los problemas concernientes a la luz, el calor, la electricidad, el magnetismo, la fisiología, la geología, y júzguese si es probable que se agote pronto el interés de la ciencia natural.

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Cada suceso es una lección en el ejercicio de la voluntad, la lección del poder. Desde que el niño entra sucesivamente en posesión de sus sentidos hasta el momento en que exclama: "¡Yo te haré!", aprende el secreto de que puede someter a su voluntad no sólo fenómenos particulares sino grandes clases de fenómenos, mas aún, la serie entera de los sucesos, y así acomodarlos todos a su propio carácter. La naturaleza es una mediadora cabal: está hecha para servir. Acoge el dominio que el hombre le impone, tan mansamente como el asno sobre el cual montó el Salvador. Le ofrece a él todos sus reinos, a modo de materia prima para que modele lo que pueda serle útil. El hombre nunca se cansa de trabajar ese material. Con el aire delicado y sutil, forja sabias y melodiosas palabras y les da alas, convirtiéndolas en ángeles de la persuasión y del mandato. Su pensamiento victorioso se enfrenta a todas las cosas y las reduce una tras otra, hasta que el mundo sólo se torna al fin una voluntad realizada: el doble del hombre.

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Los objetos materiales se ajustan a las premoniciones de la razón y reflejan la conciencia moral. Todas las cosas son morales, y en sus ilimitadas mudanzas hacen incesante referencia a la naturaleza espiritual. Glorificada ha sido la naturaleza en sus formas, colores y movimientos, para que todos los planetas de los cielos más remotos, todas las transformaciones químicas desde el cristal más rudo hasta las leyes mismas de la vida, todos los cambios vegetales -desde el inicio del crecimiento de una hoja hasta las selvas tropicales y las antediluvianas minas de carbón- todas las funciones animales -desde la esponja hasta Hércules- le susurren al hombre o le griten con voz de trueno, las leyes del bien y del mal, y se hagan eco de los Diez Mandamientos. Por ello, la naturaleza es siempre aliada de la religión y presta al sentimiento religioso todo su boato y sus riquezas. De este manantial han bebido profundamente profetas y sacerdotes, David, Isaías, Jesús. Este carácter ético penetra hasta tal punto los huesos y la médula de la naturaleza que parece ser el fin para el que fue creada. Sea cual fuere la finalidad particular a que responde uno cualquiera de sus miembros o partes, esa es su nunca omitida función pública y universal.

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Nada en la naturaleza se agota después del primer uso. Cuando alguna cosa ha cumplido al máximo su cometido, vuelve a estar enteramente nueva para un servicio ulterior. En Dios, todo fin es convertido en un nuevo medio. Así, el uso de los bienes materiales -en sí mismo considerado- es vulgar y sórdido, pero para la mente representa una instrucción en la doctrina del Uso, a saber, que una cosa sólo es buena en la medida en que sirve para algo; que es esencial a todo ser, la confluencia de partes y de esfuerzos para la producción de un fin. La manifestación primera y grosera de esta verdad es nuestro inevitable y aborrecido adiestramiento en los valores materiales y las necesidades, en la carne y el cereal.

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Ya hemos ejemplificado de qué manera todo proceso natural es una traducción cíe una sentencia moral. La ley moral está en el centro de la naturaleza y desde allí, irradia hacia la circunferencia. Es el tuétano y meollo de toda sustancia, de toda relación, de todo proceso. Cada una de las cosas con las que tenemos trato nos predica. ¿Qué es una granja sino un mudo evangelio? La paja y el trigo, los yuyos y las plantas, las plagas, la lluvia, los insectos, el sol... he ahí un emblema sagrado desde el primer surco abierto en primavera hasta la última pila de leña alcanzada por la nieve invernal. Pero el marino, el pastor, el minero, el mercader, en sus diversos ámbitos, tienen todos una experiencia exactamente paralela y que lleva a la misma conclusión, pues todas las organizaciones son radicalmente iguales. Y es indudable que este sentimiento moral que así perfuma el aire, crece en el grano e impregna las aguas del mundo es captado por el hombre y penetra en su alma. La influencia moral de la naturaleza sobre un individuo es la cantidad de verdad que ella ilustra para él. ¿Quién puede evaluarla? ¿Quién puede conjeturar cuánta firmeza le ha sido enseñada al pescador, por la roca que las
olas fustigan?, ¿cuánta tranquilidad ha visto reflejada el hombre en el cielo azul celeste, sobre cuya tersa hondura los vientos arrastran y arrastran bandadas de nubes tormentosas sin dejar arruga ni mancha?, ¿cuánta laboriosidad y providencias y afecto hemos tomado de los gestos de las bestias? ¡Qué sagaz predicador de autodominio es el mudable fenómeno de la salud!


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En esto se percibe particularmente la unidad de la naturaleza -la unidad en la variedad- con la que nos encontramos por doquier. La infinita variedad de las cosas produce una impresión siempre idéntica.

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Jenófanes, en su vejez, se lamentaba de que, mirara donde mirase, todo cuanto lo rodeaba volvía velozmente a la Unidad. Estaba ahíto de ver la misma entidad en la tediosa variedad de las formas. La fábula de Proteo esconde una verdad vital. Una hoja, una gota de agua, un cristal, un instante del tiempo, están relacionados con la totalidad y participan de su perfección. Cada partícula es un microcosmos y traduce fielmente la similitud del mundo. [...]




En El espíritu de la Naturaleza


4 dic. 2010

Ralph Waldo Emerson - Lenguaje

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© Bettmann/CORBIS


El poder de un hombre para ligar cada uno de sus pensamientos con su símbolo apropiado y entonces proferirlo, depende de la simplicidad de su carácter, vale decir, de su amor a la verdad y de su anhelo de comunicarla sin menoscabo. A la corrupción del hombre le sigue la corrupción del lenguaje. Cuando la simplicidad del carácter y la soberanía de las ideas son quebradas por el predominio de deseos secundarios -el deseo de riquezas, de placeres, de poderío, de fama-, y la duplicidad y la falsedad toman el lugar de la simplicidad y la verdad, el poder adquirido sobre la naturaleza como intérprete de la voluntad se pierde en cierto grado; dejan de crearse nuevas imágenes, y las antiguas palabras son pervertidas para representar cosas que no lo han sido; se recurre a un papel moneda, aunque no hay lingotes que lo respalden en las arcas públicas. A su debido tiempo, el fraude se torna manifiesto, y las palabras pierden toda su facultad de estimular el entendimiento o las emociones. En toda nación civilizada mucho tiempo atrás, pueden encontrarse centenares de escritores que durante un breve lapso creen y hacen creer a otros que contemplan y enuncian verdades, cuando en realidad, no visten por sí mismos a un solo pensamiento con sus ropajes naturales, sino que se alimentan inconscientemente del lenguaje creado por los escritores primordiales del país, a saber, aquellos que se atienen fundamentalmente a la naturaleza.

En El espíritu de la naturaleza (Nature, 1836)