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11 jul. 2012

Walter Isaacson: Einstein. La búsqueda interminable

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Los problemas del mundo eran importantes para Einstein, pero los problemas del cosmos le ayudaban a tomar distancia de los asuntos terrenales. Aunque apenas producía nada de trascendencia científica, la física, antes que la política, seguiría siendo su empresa decisiva hasta el día de su muerte. Una mañana, mientras se dirigía andando al trabajo acompañado de su ayudante científico y colega en la defensa del control de armamento Ernst Straus, Einstein reflexionaba sobre su capacidad para repartir su tiempo entre los dos ámbitos. «Pero nuestras ecuaciones son mucho más importantes para mí —añadiría—. La política trata del presente, pero nuestras ecuaciones tratan de la eternidad».[1]

Einstein se había jubilado oficialmente de su puesto en el Instituto de Estudios Avanzados al acabar la guerra, cuando cumplió los sesenta y seis años. Pero seguía trabajando allí cada día en un pequeño despacho, y seguía contando con la ayuda de leales asistentes dispuestos a proseguir la que había pasado a verse como su pintoresca búsqueda de una teoría del campo unificado.

Todos los días laborables, Einstein se levantaba a una hora razonable, desayunaba y leía los periódicos, y luego, a eso de las diez, subía calle arriba por Mercer Street caminando lentamente hasta llegar al Instituto, dejando tras de sí un reguero de anécdotas tanto reales como apócrifas. Su colega Abraham Pais recordaría «una ocasión en la que un coche chocó contra un árbol después de que el conductor hubiera reconocido de repente el rostro del venerable anciano que caminaba por la calle, con su gorra de punto de lana negra firmemente plantada sobre su larga cabellera blanca».[2]

Poco después de que terminara la guerra, J. Robert Oppenheimer llegó de Los Álamos para asumir la dirección del Instituto. Este, un brillante físico teórico que filmaba como un poseso, se había revelado lo bastante carismático y competente como para convertirse en un estimulante líder para los científicos que habían construido la bomba atómica. Con su encanto y su ingenio mordaz, tendía a crearse tantos acólitos como enemigos, pero Einstein no encajaba en ninguna de ambas categorías. El y Oppenheimer se veían mutuamente con una mezcla de diversión y respeto, lo que les permitiría establecer una relación cordial, aunque no estrecha.[3]

Cuando Oppenheimer visitó por primera vez el Instituto, en 1935, lo calificó como una «casa de locos» llena de «solipsistas lumbreras que brillan en una triste y distanciada desolación». En cuanto a la mayor de aquellas lumbreras, Oppenheimer declaraba: «Einstein está completamente chiflado», aunque al parecer lo decía en un sentido cariñoso.[4]

Una vez se hicieron colegas, Oppenheimer demostraría tener más mano izquierda a la hora de tratar con sus «luminosos» subordinados, al tiempo que sus pullas se harían más sutiles. Einstein —declararía— representaba «un hito, pero no una guía», con lo que quería dar a entender que se le admiraba por sus grandes triunfos, pero que en sus actuales actividades atraía a muy pocos apóstoles, lo cual era cierto. Años después, Oppenheimer daría otra reveladora descripción de Einstein: «Siempre hubo en él una poderosa pureza a la vez infantil y profundamente obstinada».[5]

Einstein se haría íntimo amigo, y compañero de paseos, de otra de las grandes figuras del Instituto, el extremadamente introvertido Kurt Gödel, un lógico matemático de habla alemana que había nacido en Bmo y luego había dado clases en Viena. Gödel era famoso por su «teoría de la incompletud», integrada por un par de pruebas lógicas que tratan de mostrar que cualquier sistema matemático útil tendrá algunas proposiciones cuya verdad o falsedad no puede demostrarse basándose en los postulados de dicho sistema.

En el superpoblado mundo intelectual germanoparlante del siglo XX, en el que se entretejían la física, las matemáticas y la filosofía, destacaron tres teorías disonantes: la relatividad de Einstein, la incertidumbre de Heisenberg y la incompletud de Gödel. La aparente semejanza de los tres mundos, todos los cuales conjuran un cosmos tan tentador como sugerente, minimiza la importancia de las teorías y los vínculos existentes entre ellas. Pese a ello, todas parecían tener resonancias filosóficas, y ese precisamente sería el tema de conversación cuando Einstein y Gödel fueran andando juntos al trabajo.[6]

Eran dos personalidades muy distintas. Einstein estaba lleno de buen humor y de sagacidad, dos cualidades de las que carecía Gödel, cuya intensa lógica en ocasiones se imponía al sentido común. Esto se hizo especialmente manifiesto en 1947, cuando decidió convertirse en ciudadano estadounidense. Gödel se tomó muy en serio su preparación para el examen, estudió minuciosamente la Constitución, y (como cabría esperar de la persona que había formulado la teoría de la incompletud) descubrió en ella lo que él creía que era un error lógico. Había una incoherencia interna —insistía— que podía permitir que el gobierno entero degenerara en una tiranía.

Preocupado, Einstein decidió acompañar —o vigilar— a Gödel en su visita a Trenton para hacer el examen de ciudadanía, del que se encargaría el mismo juez que se lo había hecho al propio Einstein. En el camino, él y un tercer amigo trataron de distraer a Gödel y de disuadirle de que mencionara el supuesto defecto. Pero fue en vano. Cuando el juez le preguntó sobre la Constitución, Gödel se lanzó a demostrar que la incoherencia interna de esta hacía posible la dictadura. Por fortuna, el juez, que por entonces apreciaba especialmente su relación con Einstein, le cortó en seco:

—No hace falta que entre en detalles —le dijo, salvando así la ciudadanía de Gödel.[7]

Durante sus paseos, el matemático exploró algunas de las implicaciones de la teoría de la relatividad, e ideó un análisis que cuestionaba incluso que se pudiera decir que el tiempo, lejos de ser meramente relativo, existiera en absoluto. Las ecuaciones de Einstein —imaginaba— podían describir un universo que estuviera en rotación, en lugar de (o además de) en expansión. En tal caso, la relación entre espacio y tiempo podía hacerse matemáticamente confusa. «La existencia de un lapso objetivo de tiempo —escribió— significa que la realidad consiste en una infinidad de capas de “ahora” que pasan a existir sucesivamente. Pero si la simultaneidad es algo relativo, cada observador tiene su propio conjunto de “ahoras”, y ninguna de esas diversas capas puede atribuirse la prerrogativa el lapso de tiempo objetivo».[8]

Como resultado —sostenía Gödel—, era posible viajar en el tiempo. «Haciendo un viaje circular en un cohete que trazara una curva lo suficientemente amplia, es posible en esos mundos viajar a cualquier región del pasado, el presente y el futuro, y luego volver». Tal cosa resultaría absurda —señalaba—, ya que podíamos volver atrás y charlar con una versión más joven de nosotros mismos (o lo que resulta aún más molesto, que nuestra versión más vieja venga a charlar con nosotros). «Gödel había concebido una asombrosa demostración de que viajar en el tiempo, estrictamente hablando, era coherente con la teoría de la relatividad —escribe Palle Yourgrau, profesor de filosofía de la Universidad de Boston, en su libro sobre la relación de Gödel con Einstein, Mundo sin tiempo—. El principal resultado era un potente argumento en el sentido de que, si viajar en el tiempo es posible, el propio tiempo no lo es».[9]

Einstein respondió en un libro al ensayo de Gödel, junto con varios más que había recopilado, y pareció mostrarse relativamente impresionado por el argumento, aunque no del todo cautivado por él. En su breve evaluación, Einstein calificaba la de Gödel como «una importante contribución», pero señalaba que él ya había pensado en aquella cuestión hada tiempo, y que «ya me había preocupado del problema aquí abordado». Daba a entender que, por más que los viajes en el tiempo pudieran ser matemáticamente concebibles, puede que no resultaran posibles en la realidad. «Será interesante sopesar si van a ser o no excluidos sobre bases físicas», concluía.[10]

Por su parte, Einstein seguía centrado en su propia ballena blanca, a la que perseguía no con la diabólica obsesión del capitán Ahab, sino con la concienzuda serenidad de Ishmael. En su búsqueda de una teoría del campo unificado, carecía todavía de una idea física convincente —como lo habían sido la equivalencia de gravedad y aceleración o la relatividad de la simultaneidad— que le guiara en su camino; de modo que su tarea seguía consistiendo en un navegar a tientas entre una bruma de ecuaciones matemáticas abstractas sin ninguna luz que le orientara. «Es como ir en una aeronave en la que uno puede atravesar las nubes, pero no puede ver claramente el modo de volver a la realidad, es decir, a la tierra», se lamentaría a un amigo.[11]

Su objetivo, como había sido durante décadas, era idear una teoría que abarcara tanto el campo electromagnético como el gravitatorio, pero no tenía razón alguna para creer que de hecho ambos tuvieran que formar parte de la misma estructura unificada, aparte de su intuición de que la naturaleza gustaba de la belleza de la simplicidad.

Del mismo modo, seguía confiando en explicar la existencia de partículas en términos de una teoría de campo hallando soluciones puntuales permisibles a sus ecuaciones de campo. «Él sostenía que si se creía firmemente en la idea básica de una teoría de campo, la materia había de entrar en ella no como un intruso, sino como una sencilla parte del propio campo —recordaría uno de sus colaboradores de Princeton, Banesh Hoffmann—. De hecho, podría decirse que quería crear la materia únicamente a partir de las circunvoluciones del espacio-tiempo». Para ello, Einstein empleaba toda clase de dispositivos matemáticos, al tiempo que seguía buscando constantemente otros nuevos. «Necesito más matemáticas», se lamentaría en un momento dado ante Hoffmann.[12]

¿Por qué perseveraba? Muy dentro de él, todas aquellas divergencias y dualidades —diferentes teorías de campo para la gravedad y el electromagnetismo, distinciones entre partículas y campos— siempre le habían incomodado. Creía intuitivamente que la simplicidad y la unidad eran rasgos distintivos de la obra del Anciano. «Una teoría resulta tanto más impresionante cuanto mayor es la simplicidad de sus premisas, cuantas más cosas distintas relaciona y cuanto más amplia es su área de aplicabilidad», escribiría.[13]

A comienzos de la década de 1940, Einstein volvió durante un tiempo al planteamiento matemático pentadimensional que había adoptado de Theodor Kaluza dos décadas antes. Incluso trabajó en él junto con Wolfgang Pauli, el pionero de la mecánica cuántica, que había pasado parte del período bélico en Princeton. Pero no pudo conseguir sus ecuaciones para describir las partículas.[14]

De modo que Einstein, que parecía que empezaba a estar algo desesperado, cambió a otra estrategia, denominada de «campos bivectoriales». El nuevo planteamiento —admitía— podría requerir la renuncia al principio de localidad que él mismo había santificado en algunos de los experimentos mentales con los que había atacado a la mecánica cuántica.[15] En cualquier caso, no tardaría en ser también abandonado.

La estrategia final de Einstein, que trataría de aplicar durante los últimos diez años de su vida, no sería sino la resurrección de una que había probado ya en la década de 1920. Esta estrategia empleaba una métrica de Riemann que no se presuponía simétrica, lo que abría el camino al uso de dieciséis magnitudes; se empleaban diez combinaciones de ellas para la gravedad y el resto, para el electromagnetismo.

Einstein envió las primeras versiones de este trabajo a su antiguo colega Schrödinger. «No se las envío a nadie más, puesto que usted es la única persona que conozco que no lleva anteojeras con respecto a las cuestiones fundamentales de nuestra ciencia —le escribió—. La tentativa depende de una idea que de entrada parece anticuada e improductiva, la introducción de un tensor asimétrico… Pauli se burló de mí cuando le hablé de ella».[16]

Schrödinger pasó tres días revisando el trabajo de Einstein y luego le escribió para decirle lo impresionado que estaba. «Anda usted tras una pieza de caza mayor», le dijo.

Einstein se mostró entusiasmado por aquel apoyo. «Esta correspondencia me llena de alegría —le respondió—, puesto que usted es mi hermano más cercano y su cerebro funciona de manera parecida al mío». Pero pronto empezó a ser consciente de que la telaraña de teorías que estaba tejiendo resultaban matemáticamente elegantes, pero no parecían estar relacionadas con nada físico. «Interiormente ya no estoy tan seguro como antes había afirmado —le confesaría a Schrödinger unos meses después—. Hemos desperdiciado un montón de tiempo en esto, y el resultado parece un regalo de la abuela del diablo».[17]

Y sin embargo siguió adelante, produciendo artículos como churros y generando algún que otro titular. En 1949, cuando se preparaba una nueva edición de su libro El significado de la relatividad, añadió como apéndice la última versión del artículo que había mostrado a Schrödinger. El New York Tintes reprodujo una página entera de complejas ecuaciones del manuscrito, junto con una noticia de portada titulada «Una nueva teoría de Einstein proporciona una llave maestra del universo: el científico, tras treinta años de trabajo, desarrolla un concepto que promete salvar la brecha entre la estrella y el átomo».[18]

Pero Einstein no tardó en darse cuenta de que seguía sin acertar. Durante las seis semanas que transcurrieron desde que envió el capítulo hasta que fue a la imprenta, tuvo sus dudas y volvió a revisarlo de nuevo.

De hecho, seguiría revisando la teoría repetidamente; aunque sería en vano. Su creciente pesimismo se haría visible en las lamentaciones que escribiría a su amigo de los días de la Academia Olimpia, Maurice Solovine, que por entonces era el editor de Einstein en París. «Jamás lo veré resuelto —escribió en 1948—. Se olvidará y habrá de ser redescubierto más tarde». Y luego, al año siguiente: «Dudo si alguna vez he estado en el camino correcto. La generación actual me ve a la vez como un hereje y un reaccionario, que, por así decirlo, se ha sobrevivido a sí mismo». Y en 1951, con cierta resignación: «He jubilado la teoría del campo unificado. Resulta tan difícil de emplear matemáticamente que no he sido capaz de verificarla. Ese estado de cosas durará muchos años más, sobre todo porque los físicos no comprenden los argumentos lógicos y filosóficos».[19]

La búsqueda de Einstein de una teoría del campo unificado estaba destinada a no producir ningún resultado tangible que pudiera incorporarse al marco de referencia de la física. No logró concebir grandes ideas o experimentos mentales, ni intuiciones de principios subyacentes, que le ayudaran a visualizar su objetivo. «No vino ninguna imagen en nuestra ayuda —se lamentaría su colaborador Hoffmann—. Fue intensamente matemático, y con los años, con ayudantes o solo, Einstein superó dificultad tras dificultad únicamente para descubrir que había otras nuevas aguardándole».[20]

Acaso fuera una búsqueda fútil. Y si dentro de un siglo resulta que en realidad no hay ninguna teoría unificada que encontrar, entonces parecerá también descabellada. Pero Einstein jamás lamentó su dedicación a ella. Cuando un colega le preguntó cierto día por qué dedicaba —o tal vez desperdiciaba— su tiempo en aquella solitaria empresa, Einstein respondió que, aunque la probabilidad de encontrar una teoría unificada era pequeña, el intento valía la pena. Al fin y al cabo —señalaba—, él ya se había hecho un nombre. Tenía una posición segura, y podía permitirse el lujo de asumir el riesgo y dedicar su tiempo a ello. Un teórico más joven, en cambio, no podía asumir ese riesgo, ya que ello podría suponerle sacrificar una carrera prometedora. En consecuencia —concluía Einstein—, era su obligación hacerlo.[21]

Los repetidos fracasos de Einstein a la hora de buscar una teoría unificada no debilitaron en nada su escepticismo con respecto a la mecánica cuántica. Niels Bohr, su frecuente adversario en la materia, fue al Instituto en 1948 para pasar una temporada, y allí dedicó parte del tiempo a escribir un ensayo sobre sus debates en los Congresos Solvay antes de la guerra.[22] Mientras luchaba con el artículo en su despacho, situado un piso por encima del de Einstein, en un momento dado se sintió bloqueado y recabó la ayuda de Abraham Pais. A partir de entonces, mientras Bohr andaba nerviosamente alrededor de una mesa rectangular, Pais se dedicaría a sonsacarle y tomar notas.

A veces, cuando se sentía frustrado, Bohr se limitaba a murmurar la misma palabra una y otra vez. Y no tardaba mucho en hacerlo con el nombre de Einstein. Se dirigía hacia la ventana y empezaba a murmurar, una y otra vez: «Einstein… Einstein… Einstein…».

En uno de aquellos momentos, Einstein abrió la puerta del despacho sin hacer ruido, entró de puntillas y le hizo una seña a Pais indicándole que no dijera nada. Había ido a coger un poco de tabaco, que su médico le había prohibido comprar. Bohr siguió murmurando, finalmente soltó un último «Einstein» en voz alta y luego se volvió, encontrándose frente a frente con la causa de sus inquietudes. «Decir que por un momento Bohr se quedó sin habla es decir poco», recordaría Pais. Luego, al cabo de un instante, todos rompieron a reír.[23]

Otro colega que trató sin éxito de convertir a Einstein fue John Wheeler, un renombrado físico teórico dé la Universidad de Princeton. Una tarde fue a Mercer Street a explicarle un nuevo enfoque de la teoría cuántica (conocido como el enfoque de la «suma de historias») que estaba desarrollando junto con un alumno suyo de posgrado, Richard Feynman. «Yo había acudido a Einstein con la esperanza de persuadirle de la naturalidad de la teoría cuántica cuando se contemplaba bajo esta nueva luz», recordaría Wheeler. Einstein le escuchó pacientemente durante veinte minutos, pero cuando hubo terminado, le repitió su ya conocida frase: «Sigo sin creer que el buen Dios juegue a los dados».

Wheeler le manifestó su decepción, y Einstein suavizó un poco su argumento: «Evidentemente puedo estar equivocado —le dijo despacio y en tono divertido; tras una pausa, añadió—: Pero quizá me he ganado el derecho a cometer mis errores». Posteriormente, Einstein le confesaría a una amiga: «No creo que viva para descubrir quién tiene razón».

Wheeler seguiría visitándole, a veces acompañado de sus alumnos, y Einstein admitiría que muchos de sus argumentos eran «sensatos». Pero jamás se dejaría convencer. Hacia el final de su vida, Einstein recibió un día a un grupo de alumnos de Wheeler. Cuando la charla pasó a girar en tomo a la mecánica cuántica, volvió a echar por tierra la idea de que nuestras observaciones puedan afectar y determinar las realidades. «Y cuando es un ratón el que observa —les preguntó Einstein—, ¿cambia eso el estado del universo?».[24]


Notas

[1] Seelig, 1956b, p. 71.
[2] Pais, 1982, p. 473.
[3] Véase Bird y Sherwin.
[4] J. Robert Oppenheimer a Frank Oppenheimer, 11 de enero de 1935, en Alice Smith y Charles Weiner, eds., Robert Oppenheimer: Letters and Recollections, Harvard University Press, Cambridge (MA), 1980, p. 190.
[5] Sayen, p. 225; J. Robert Oppenheimer, «On Albert Einstein», New York Review of Books, 17 de marzo de 1966.
[6] Jim Holt, «Time Bandits», New Yorker, 28 de febrero de 2005; Your grau, 1999, 2005; Goldstein. Yourgrau, 2005, p. 3, trata de las relaciones entre la incompletud, la relatividad y la incertidumbre con el Zeitgeist. El artículo de Holt explica las ideas que compartían.
[7] Goldstein, p. 232 n. 8, sostiene que, por desgracia, diversas investigaciones han fracasado a la hora de encontrar el defecto preciso que Gödel creía haber descubierto.
[8] Kurt Gödel, «Relativity and Idealistic Philosophy», en Schilpp, p. 558.
[9] Yourgrau, 2005, p. 116.
[10] Einstein, «Reply to Criticisms», en Schilpp, pp. 687-688.
[11] Einstein a Han Muehsam, 15 de junio de 1942, AEA 38-337.
[12] Hoffmann, 1972, p. 240.
[13] Einstein, 19496, p. 33.
[14] Einstein y Wolfgang Pauli, «La inexistencia de soluciones regulares a las ecuaciones de campo relativistas», 1943.
[15] Einstein y Valentine Bargmann, «Campos bivectoriales», 1944. En ocasiones se alude a Bargmann como «Valentin», pero en Estados Unidos firmaba con su verdadero nombre, «Valentine».
[16] Einstein a Erwin Schrödinger, 22 de enero de 1946, AEA 22-93.
[17] Erwin Schrödinger a Einstein, 19 de febrero de 1946, AEA 22-94; Einstein a Erwin Schrödinger, 7 de abril de 1946, AEA 22-103; Einstein a Erwin Schrödinger, 20 de mayo de 1946, AEA 22-106; Einstein, «Teoría de la gravitación generalizada», 1948, con posteriores apéndices.
[18] Einstein, El significado de la relatividad, ed. de 1950, apéndice 2 (nuevamente revisado para la ed. de 1954); William Laurence, «New Theory Gives a Master Key to the Universe», New York Times, 27 de diciembre de 1949; William Laurence, «Einstein Publishes His Master Theory: Long-Awaited Chapter to Relativity Volume Is Product of 30 Years of Labor; Revised at Last Minute», New York Times, 15 de febrero de 1950.
[19] Einstein a Maurice Solovine, 25 de noviembre de 1948, AEA 21-256; Einstein a Maurice Solovine, 28 de marzo de 1949, AEA 21-260; Einstein a Maurice Solovine, 12 de febrero de 1951, AEA 21-277.
[20] Tilman Sauer, «Dimensions of Einstein’s Unified Field Theory Program», cortesía del autor; Hoflmann, 1972, p. 239; agradezco la ayuda prestada a Sauer, que está investigando las teorías de campo en los últimos trabajos de Einstein.
[21] Whitrow, p. XII.
[22] Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, p. 199.
[23] Abraham Pais, en Rozental, 1967, p. 225; Clark, p. 742.
[24] John Wheeler, «Memoir»,, en French, p. 21; John Wheeler, «Mentor and Sounding Board», en Brockman, p. 31; cita de Einstein en el diario de Johanna Fantova, 11 de noviembre de 1953. En diversas cartas a Besso escritas en 1952, Einstein defendía su terquedad. Insistía en que una descripción completa de la naturaleza describiría la realidad, o un «estado real determinista», en lugar de limitarse a escribir meramente observaciones. «Los teóricos cuánticos ortodoxos generalmente se niegan a admitir el concepto de un estado real (basado en consideraciones positivistas). Se acaba, pues, en una situación parecida a la del buen arzobispo Berkeley»; Einstein a Michele Besso, 10 de septiembre de 1952, AEA 7-412. Un mes después señalaba que la teoría cuántica declaraba que «las leyes no se aplican a las cosas, sino únicamente a la información que la observación nos da de ellas… Ahora bien, yo no puedo aceptarlo»; Einstein a Michele Besso, 8 de octubre de 1952, AEA 7-414.


En Einstein: su vida y su universo
Título original: Einstein: His life and Universe
Walter Isaacson, 2007
Traducción: Francisco J. Ramos
Foto: WI - Aspen, Colorado, USA 2009 © Lynn Goldsmith/Corbis

17 jun. 2012

Roland Barthes - El cerebro de Einstein

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Roland Barthes - Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


El cerebro de Einstein es un objeto mítico: paradójicamente, la inteligencia más destacada forma la imagen de la mecánica mejor perfeccionada, al hombre demasiado poderoso se lo separa de la psicología, se lo introduce en un mundo de robots; en las novelas de ciencia-ficción, los superhombres siempre tienen algo de cosificado. Einstein también: comúnmente se lo expresa por su cerebro, órgano antológico, verdadera pieza de museo. Tal vez a causa de su especialización matemática, el superhombre está despojado de todo carácter mágico. En él no hay ninguna potencialidad difusa, ningún misterio que no sea mecánico; es un órgano superior, prodigioso, pero real, inclusive fisiológico. Mitológicamente, Einstein es materia, su poder no conduce espontáneamente a la espiritualidad, necesita del auxilio de una moral independiente, la evocación de la "conciencia" del sabio (Ciencia sin conciencia, como se dice). El mismo Einstein se ha prestado un poco a la leyenda al legar su cerebro, disputado por dos hospitales, como si se tratara de una maquinaria insólita que al fin se va a poder desmontar. Una imagen lo muestra tenso, la cabeza erizada dé hilos eléctricos: se registran las ondas de su cerebro mientras se le solicita que "piense en la relatividad". (Pero, en realidad, ¿qué quiere decir exactamente "pensar eh..."?) Sin duda se intenta hacernos sentir que los sismogramas serán más violentos cuanto más arduo sea el tema de la "relatividad". El pensamiento es representado como una materia energética, producto mensurable de un aparato complejo (poco menos que eléctrico) que transforma la sustancia cerebral en fuerza. La mitología de Einstein hace de él un genio tan poco mágico que se habla de su pensamiento como de un trabajo funcional análogo a la producción mecánica de las salchichas, a la molienda del grano o a la trituración del mineral: producía pensamiento, continuamente, como el molino de harina, y la muerte ha sido para él, ante todo, el detenimiento de una función localizada: "el más potente cerebro ha cesado de pensar".

Esta mecánica genial tenía un objetivo: producir ecuaciones. A través de la mitología de Einstein, el mundo ha reencontrado con deleite la imagen de un saber convertido en fórmulas. Hecho paradójico: cuanto más el genio del hombre se materializaba en las formas de su cerebro y cuanto más el producto de su invención alcanzaba una condición mágica, más reencarnaba la vieja imagen esotérica de la ciencia encerrada en algunas letras. Existe un secreto único del mundo y ese secreto cabe en una palabra; el universo es una caja fuerte cuya clave es buscada por la humanidad. Einstein casi la encontró y ése es el mito de Einstein; todos los temas gnósticos vuelven a encontrarse en él: la unidad de la naturaleza, la posibilidad ideal de una reducción fundamental del mundo, el poder de apertura de la palabra, la lucha ancestral de un secreto y de un nombre, la idea de que el saber total sólo puede descubrirse de golpe, como una cerradura que cede bruscamente después de mil tanteos infructuosos. Por su simplicidad inesperada, la ecuación histórica E = me2 cumple casi totalmente la idea pura de la llave, desnuda, lineal, de un único metal, que abre con facilidad absolutamente mágica una puerta sobre la que nos obstinábamos desde hacía siglos. Las imágenes lo muestran: Einstein, fotografiado, está al lado de un pizarrón cubierto por signos matemáticos de visible complejidad; pero el Einstein dibujado, es decir el que entró en la leyenda, tiza en mano todavía, acaba de escribir sobre un pizarrón desnudo y como sin preparación, la fórmula mágica del mundo. De esta manera, la mitología respeta la naturaleza de las tareas: la investigación propiamente dicha moviliza engranajes mecánicos, tiene por sede un órgano totalmente material cuya única monstruosidad es su complicación cibernética; el descubrimiento, por el contrario, es de esencia mágica, simple como un cuerpo primordial, como una sustancia elemental, piedra filosofal de los herméticos, agua de alquitrán de Berkeley, oxígeno de Schelling.

Pero como el mundo continúa, como la investigación aumenta permanentemente, como es necesario reservar también un papel a Dios, algún fracaso de Einstein se hace imprescindible: Einstein ha muerto, se afirma, sin haber podido verificar "la ecuación donde tenía el secreto del mundo". Finalmente el mundo ha resistido; apenas penetrado, el secreto se ha vuelto a cerrar; la clave era incompleta. De este modo Einstein satisface plenamente al mito, que se burla de las contradicciones con tal de instalar una seguridad eufórica: mago y máquina a la vez, buscador permanente y descubridor insatisfecho, desencadenador de lo mejor y lo peor, cerebro y conciencia, Einstein cumple los sueños más contradictorios, reconcilia míticamente la potencia infinita del hombre sobre la naturaleza y la "fatalidad" de lo sagrado de la que aún no puede despojarse.


En Mitologías
Traducción: Héctor Schmucler
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

6 may. 2011

Albert Einstein - Un mensaje a los intelectuales

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Como intelectuales e investigadores de distintas nacionalidades, nos hallamos hoy enfrentados ante una profunda e histórica responsabilidad. Existen motivos que nos impulsan a estar agradecidos a nuestros colegas franceses y polacos, cuya iniciativa nos ha reunido aquí con un objetivo esencial: utilizar la influencia de los hombres sensatos para promover la paz y la seguridad en todo el mundo. Este es el antiguo problema mediante el cual Platón -uno de los primeros- luchó empeñosamente: aplicar la razón y la prudencia para lograr la solución de las dificultades del hombre en vez de apelar a los instintos atávicos y a las pasiones.

Una penosa experiencia nos enseña que el pensamiento racional no basta para resolver las cuestiones de nuestra vida social. La investigación y el trabajo científico serio han tenido a menudo trágicas proyecciones sobre la humanidad. Han producido, por una parte, los inventos que liberaron al hombre de un trabajo físico agotador y tornaron la vida más rica y fácil, mientras que, por otra parte, introducían una grave inquietud en la existencia, pues el hombre se convertía en esclavo de su ámbito tecnológico -y más catastrófico todavía- creaba los medios para su destrucción masiva. Sin duda nos hallamos frente a una tragedia de terrible alcance.

Por muy afligente que resulte este hecho es más trágico aún considerar que mientras la humanidad ha producido muchos investigadores de genio en el campo de la ciencia y la tecnología, sin embargo no hemos sido capaces de hallar soluciones adecuadas para los innumerables conflictos políticos y tensiones económicas que nos abruman. Por cierto el antagonismo de intereses económicos dentro y entre las naciones es en gran medida responsable de la situación peligrosa y amenazante que vive el mundo de nuestros días. El hombre no ha conseguido desarrollar formas de organización política y económica que garanticen la coexistencia pacífica de las naciones del mundo. No ha logrado edificar un sistema que elimine la posibilidad de la guerra y que rechace para siempre los criminales instrumentos de destrucción masiva.

Sumergidos como estamos en el trágico destino que nos ha llevado a colaborar en la elaboración de métodos de aniquilación más horribles y más eficaces cada vez, los científicos debemos considerar que nuestra solemne y esencial obligación es hacer cuanto esté a nuestro
alcance para impedir que esas armas sean utilizadas con la brutal finalidad para la que fueron inventadas. ¿Qué otra cosa podría ser más importante para nosotros? ¿Qué otro propósito social podría sernos más deseable? Debido a estas circunstancias este Congreso tiene ante sí una misión vital. Estamos aquí para brindarnos mutuos consejos. Hay que construir puentes espirituales y científicos que sirvan de enlace entre las naciones del mundo. Debemos superar los tremendos obstáculos de las fronteras nacionales.

Dentro de las instituciones menores de la vida comunitaria el hombre ha realizado algunos progresos en el intento de terminar con las soberanías antisociales. Esto es cierto en cuanto a la vida dentro de las ciudades, y en determinada manera, también de la sociedad dentro de los estados individuales. En esas comunidades la tradición y la educación han tenido una influencia moderadora y han contribuido al surgimiento de relaciones de tolerancia entre los pueblos que viven dentro de esos confines. Sin embargo en las relaciones entre estados independientes todavía se impone la anarquía. No creo que durante los últimos mil años hayamos logrado algún progreso verdadero en ese terreno. Los conflictos entre las naciones aún se resuelven, con mucha frecuencia, mediante el poder brutal, a través de la guerra. El deseo incontrolado de un poderío siempre mayor se ha convertido en un elemento activo y agresivo cada vez que se ha presentado la posibilidad de que sea así.

Durante el transcurso de los siglos este estado de anarquía en los problemas internacionales ha ocasionado sufrimientos y destrozos indescriptibles; siempre se ha impedido el desarrollo del hombre, de su espíritu y de su bienestar. En ocasiones se ha llegado casi al aniquilamiento
de países enteros.

Por otra parte, las naciones alimentan el designio de estar siempre preparadas para la guerra y esto añade nuevas repercusiones sobre la vida de los hombres. El poder de cada Estado sobre sus ciudadanos ha crecido sin pausa en los últimos siglos, tanto en los países en los que el poder estatal se ejerce con sensatez como en los que se utiliza para una tiranización brutal de la ciudadanía. La función estatal de mantener relaciones pacíficas y ordenadas entre los ciudadanos se ha convertido en un proceso cada vez más completo a causa de la concentración y centralización del moderno aparato industrial. A fin de proteger a sus ciudadanos de ataques externos, el Estado moderno necesita ejércitos cada vez más poderosos. Además, el Estado estima imprescindible educar a sus ciudadanos para la posibilidad de una guerra: una "educación" que no sólo corrompe el alma y el espíritu de los jóvenes, sino que también afecta la mentalidad de los adultos. Ningún país puede evitar esta corrupción que infecta a la ciudadanía hasta en países en los que no se profesan abiertas tendencias agresivas. Así el Estado se ha convertido en un ídolo moderno a cuyo poder de sugestión sólo pueden escapar algunos pocos hombres.

La educación para la guerra es un engaño, en efecto. El desarrollo tecnológico de los últimos años ha creado una situación militar por completo nueva. Se han inventado terribles armas, capaces de destruir en pocos segundos importantes masas de seres humanos y enormes áreas de territorio. Puesto que la ciencia no ha hallado todavía una protección adecuada, el Estado moderno ya no está en condiciones de brindar la seguridad necesaria a sus ciudadanos.

¿Cómo nos salvaremos, pues?

La humanidad sólo estará protegida del riesgo de una destrucción inimaginable y de una desenfrenada aniquilación si un organismo supranacional tiene el poder de producir y poseer esas armas. No puede pensarse, empero, que en los momentos actuales las naciones otorgarían dicho poder a un organismo supranacional, a menos que éste tuviera el derecho legal y el deber de resolver todos los conflictos que en el pasado han dado origen a la guerra. Las funciones de los estados individuales quedarán limitadas a sus problemas internos, digamos; en sus relaciones con los estados restantes sólo se ocuparán de proyectos y cuestiones que de ningún modo puedan conducir a provocar situaciones de peligro para la seguridad internacional.

Por desgracia no hay indicios de que los gobiernos hayan llegado a comprender que en las condiciones en que se encuentra la humanidad urge que se adopten las medidas revolucionarias ante tan apremiante necesidad. Nuestra situación no se puede comparar con ninguna otra del pasado. Por tanto resulta imposible aplicar métodos y medidas que en otro tiempo hubieran sido eficaces. Debemos revolucionar nuestro pensamiento, nuestras acciones y hemos de tener el valor de revolucionar las relaciones entre los países del mundo. Las soluciones de ayer carecen hoy de vigencia, y sin duda estarán fuera de lugar mañana.

Llevar esta convicción a todos los hombres del mundo es lo más importante y significativo que los intelectuales hayan tenido jamás que afrontar. ¿Tendrán el coraje indispensable para superar, hasta donde sea preciso, los resabios nacionalistas con el fin de inducir a los pueblos del mundo a cambiar sus arraigadas tradiciones de la manera más radical posible?

Es necesario realizar un supremo esfuerzo. Si ahora fracasamos la organización supranacional será erigida más adelante, pero entonces se levantará sobre las ruinas de una gran parte del mundo hoy existente. Conservamos la esperanza de que la abolición de la actual anarquía internacional no deba pagarse con una catástrofe general, cuyas dimensiones quizá nadie pueda imaginar. El tiempo es inexorablemente breve. Si deseamos hacer algo debe ser ahora.

(1948)


En Mis creencias
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2 dic. 2010

Albert Einstein - ¿Qué es en verdad un judío?

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La formación de grupos tiene un efecto fortaleciente en todas las esferas del esfuerzo humano, debido sin duda muy a menudo a la lucha entre las convicciones y los fines que representan los distintos sectores. Los judíos integran también reales agrupaciones con un carácter definido que les es propio, y el antisemitismo no es más que una actitud antagónica producida entre los no judíos por el grupo judío. Es ésta una reacción social normal. Sin el error político que es su consecuencia nunca habría sido designado con un nombre especial.

¿Cuáles son las características del pueblo judío? En primer lugar,¿qué es un judío? No existe una respuesta categórica a esta pregunta. La más clara sería la siguiente: un judío es una persona que profesa la religión judía. El carácter superficial de esta respuesta se reconoce en seguida mediante una simple comparación. Planteemos la pregunta: ¿qué es un caracol? Una respuesta semejante a la dada más arriba sería ésta: Un caracol es un animal que habita una pequeña concha. Tal respuesta no es del todo incorrecta ni tampoco exhaustiva, pues la pequeña concha no es más que uno de los productos materiales del caracol. De igual modo la religión judía sólo es una de las creaciones características de esta comunidad. Se sabe, además, que un caracol puede arrojar su caparazón sin dejar por eso de ser caracol. El judío que abandona su religión (en el sentido formal del término) se halla en una posición análoga. Sigue siendo judío.

Las dificultades de este género aparecen siempre que se trata de explicar el carácter esencial de un grupo.

El vínculo que ha unido a los judíos durante miles de años y que los une hoy es sobre todo el ideal democrático de justicia social, ligado a la concepción de ayuda mutua y de tolerancia entre los hombres. Hasta los escritos religiosos más antiguos de los judíos están impregnados
de estos ideales sociales, que han gravitado fuertemente sobre el cristianismo y el islamismo y han ejercido una influencia provechosa sobre la estructura social de gran parte de la humanidad. La introducción de un día de reposo semanal debe recordarse aquí como un profundo beneficio para todos los hombres. Personalidades tales como Moisés, Spinoza y Carlos Marx, por diferentes que sean, han vivido y se han sacrificado por el ideal de justicia social y la tradición de sus antecesores, es la que los ha condicionado sobre este riesgoso camino. Las realizaciones únicas de los judíos en el terreno de la filantropía nacen de la misma fuente.

El segundo rasgo característico de la tradición judía es la alta estima con que se considera toda forma de aspiración intelectual y el esfuerzo del espíritu. Estoy convencido de que este gran respeto por la tarea del intelecto es la razón decisiva de las contribuciones, por parte de los judíos, al progreso del conocimiento en el sentido más amplio del término. Si se tiene en cuenta su número reducido en cantidad y los enormes obstáculos exteriores colocados siempre en su camino en todos los aspectos, la extensión de esas contribuciones merece la admiración de los hombres sinceros. Me parece que esto no se debe a una riqueza de talento especial, sino al hecho de que el valor de que goza el trabajo intelectual entre los judíos crea una atmósfera favorable en particular al desarrollo de los talentos que puedan existir. Al mismo tiempo, un fuerte espíritu crítico impide la obediencia ciega a cualquier autoridad moral.

Me he limitado aquí a esos dos rasgos tradicionales que considero los decisivos. Estos modelos e ideales hallan su expresión tanto en las cosas insignificantes como en las grandes. Se transmiten de padres a hijos; animan la conversación y los juicios entre amigos, llenan los escritos religiosos y otorgan a la vida en comunidad del grupo su impronta inconfundible. En esos ideales distintivos advierto la esencia de la naturaleza judía. Que tales ideales resulten imperfectamente realizados en el grupo -en su vida rutinaria concreta- es algo natural. Sin embargo, si se quiere dar una ligera expresión del carácter del grupo, debe siempre formularse por vía del ideal.

En Este es mi pueblo


5 mar. 2007

José Ortega y Gasset - El sentido histórico de la teoría de Einstein

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La teoría de la relatividad, el hecho intelectual de más rango que el presente puede ostentar, es una teoría, y, por tanto, cabe discutir si es verdadera o errónea. Pero, aparte de su verdad o su error, una teoría es un cuerpo de pensamientos que nace en un alma, en un espíritu, en una conciencia, lo mismo que el fruto en el árbol. Ahora bien, un fruto nuevo indica una especie vegetal nueva que aparece en la flora. Podemos, pues, estudiar aquella teoría con la misma intención que el botánico cuando describe una planta: prescindiendo de sí el fruto es saludable o nocivo, verdadero o erróneo, atentos exclusivamente a filiar la nueva especie, el nuevo tipo de ser viviente que en él sorprendemos. Este análisis nos descubrirá el sentido histórico de la teoría de la relatividad, lo que ésta es como fenómeno histórico.

Sus peculiaridades acusan ciertas tendencias específicas en el alma que la ha creado. Y como un edificio científico de esta importancia no es obra de un solo hombre, sino resultado de la colaboración indeliberada de muchos, precisamente de los mejores, la orientación que revelen esas tendencias marcará el rumbo de la historia occidental. No quiero decir con esto que el triunfo de esta teoría influirá sobre los espíritus, imponiéndoles determinada ruta. Esto es evidente y banal. Lo interesante es lo inverso: porque los espíritus han tomado espontáneamente determinada ruta, ha podido nacer y triunfar la teoría de la relatividad. Las ideas, cuanto más sutiles y técnicas, cuanto más remotas parezcan de los afectos humanos, son síntomas más auténticos de las variaciones profundas que le producen en el alma histórica.

Basta con subrayar un poco las tendencias generales que han actuado en la invención de esta teoría, basta con prolongar brevemente sus líneas más allá del recinto de la física, para que aparezca a nuestros ojos el dibujo de una sensibilidad nueva, antagónica de la reinante en los últimos siglos.


1. Absolutismo

El nervio de todo el sistema está en la idea de la relatividad. Todo depende, pues, de que se entienda bien la fisonomía que este pensamiento tiene en la obra genial de Einstein. No sería falto de toda mesura afirmar que éste es el punto en que la genialidad ha insertado su divina fuerza, su aventurero empujón, su audacia sublime de arcángel. Dado este punto, el resto de la teoría podía haberse encargado a la mera discreción. La mecánica clásica reconoce igualmente la relatividad de todas nuestras determinaciones sobre el movimiento, por tanto de toda posición en el espacio y en el, tiempo que sea observable por nosotros. ¿Cómo la teoría de Einstein, que, según oímos, trastorna todo el clásico edificio de la mecánica, destaca en su nombre propio, como su mayor característica, la relatividad? Este es el multiforme equívoco que conviene ante todo deshacer. El relativismo de Einstein es estrictamente inverso al de Galileo y Newton. Para éstos las determinaciones empíricas de duración, colocación y movimiento son relativas porque creen en la existencia de un espacio, un tiempo y un movimiento absolutos. Nosotros no podemos llegar a éstos; a lo sumo, tenemos de ellos noticias indirectas (por ejemplo, las fuerzas centrífugas). Pero sí se cree en su existencia, todas las determinaciones que efectivamente poseemos quedarán descalificadas como meras apariencias, como valores relativos al punto de comparación que el observador ocupa.

Relativismo aquí significa, en consecuencia, un defecto. La física de Galileo y Newton, diremos, es relativa. Supongamos que, por unas u otras razones, alguien cree forzoso negar la existencia de esos inasequibles absolutos en el espacio, el tiempo y la transferencia. En el mismo instante, las determinaciones concretas, que antes parecían relativas en el mal sentido de la palabra, libres de la comparación con lo absoluto, se convierten en las únicas que expresan la realidad. No habrá ya una realidad absoluta (inasequible) y otra relativa en comparación con aquélla. Habrá una sola realidad, y ésta será la que la física positiva aproximadamente describe. Ahora bien, esta realidad es la que el observador percibe desde el lugar que ocupa; por tanto, una realidad relativa. Pero como esta realidad relativa, en el supuesto, que hemos tomado, es la única que hay, resultará, a la vez que relativa, la realidad verdadera, o, lo que es igual, la realidad, absoluta. Relativismo aquí no se opone a absolutismo; al contrario, se funde con éste, y lejos de sugerir un defecto de nuestro conocimiento, le otorga una validez absoluta.

Tal es el caso de la mecánica de Einstein. Su física no es relativa, sino relativista, y merced a su relativismo consigue una significación absoluta. La más trivial tergiversación que puede sufrir la nueva mecánica es que se la interprete como un engendro más del viejo relativismo filosófico que precisamente viene ella a decapitar. Para el viejo relativismo, nuestro conocimiento es relativo, porque lo que aspiramos a conocer (la realidad tempo-espacial) es absoluto y no lo conseguimos. Para la física de Einstein nuestro conocimiento es absoluto; la realidad es la relativa.

Por consiguiente, conviene ante todo destacar como una de las facciones más genuinas de la nueva teoría su tendencia absolutista en el orden del conocimiento. Es, inconcebible que esto no haya sido desde luego subrayado por los que interpretan la significación filosófica de esta genial innovación. Y, sin embargo, está bien clara esa tendencia en la fórmula capital de toda la teoría: las leyes físicas son verdaderas, cualquiera que sea el sistema de referencia usado, es decir, cualquiera que sea el lugar de la observación. Hace cincuenta años preocupaba a los pensadores si, "desde el punto de vista de Sirio", las verdades humanas lo serían.

Esto equivalía a degradar la ciencia que el hombre hace, atribuyéndole un valor meramente doméstico. La mecánica de Einstein permite a nuestras leyes físicas armonizar con las que acaso circulan en las mentes de Sirio. Pero este nuevo absolutismo se diferencia radicalmente del que animó a los espíritus racionalistas en las postreras centurias. Creían éstos que al hombre era dado sorprender el secreto de las cosas, sin más que buscar en el seno del propio espíritu las verdaderas eternas de que está henchido.

Así, Descartes crea la física sacándola, no de la experiencia, sino de lo que él llama el trésor de mon esprit. Estas verdades, que no proceden de la observación, sino de la pura razón, tienen un valor universal, y en vez de aprenderlas nosotros de las cosas, en cierto modo las imponemos a ellas: son verdades a priori. En el propio Newton se encuentran frases reveladoras de ese espíritu racionalista. "En la filosofía de la naturaleza, dice, hay que hacer abstracción de los sentidos". Dicho en otras palabras: para averiguar lo que una cosa es, hay que volverse de espaldas a ella. Un ejemplo de estas mágicas verdades es la ley de inercia; según ella, un cuerpo libre de todo influjo, sí se mueve, se moverá indefinidamente en sentido rectilíneo y uniforme. Ahora bien: ese cuerpo exento de todo influjo nos es desconocido. ¿Por qué tal afirmación?

Sencillamente porque el espacio tiene una estructura rectilínea, euclidiana, y, en consecuencia, todo movimiento "espontáneo" que no esté desviado por alguna fuerza se acomodará a la ley del espacio. Pero esta índole euclidiana del espacio, ¿quién la garantiza? ¿La experiencia? En modo alguno; la pura razón es la que, previamente a toda experiencia, resuelve sobre la absoluta necesidad de que el espacio en que se mueven los cuerpos físicos sea euclidiano. El hombre no puede ver sino en el espacio euclidiano. Esta peculiaridad del habitante de la tierra es elevada por el racionalismo a ley de todo el cosmos. Los viejos absolutistas cometieron en todos los órdenes la misma ingenuidad. Parten de una excesiva estimación del hombre. Hacen de él un centro del universo, cuando es sólo un rincón. Y éste es el error más grave que la teoría de Einstein viene a corregir.


2. Perspectivismo

El espíritu provinciano ha sido siempre, y con plena razón, considerado como una torpeza. Consiste en un error de óptica. El provinciano no cae en la cuenta de que mira el mundo desde una posición excéntrica. Supone, por el contrario, que está en el centro del orbe, y juzga de todo como sí su visión fuese central. De aquí una deplorable suficiencia que produce efectos tan cómicos. Todas sus opiniones nacen falsificadas, porque parten de un pseudocentro. En cambio, el hombre de la capital sabe que su ciudad, por grande que sea, es sólo un punto del cosmos, un rincón excéntrico.

Sabe, además, que en el mundo no hay centro y que es, por tanto, necesario descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectiva que la realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por este motivo, al provinciano el vecino de la gran ciudad parece siempre escéptico, cuando sólo es más avisado. La teoría de Einstein ha venido a revelar que la ciencia moderna, en su disciplina ejemplar -la nuova scienza de Galileo, la gloriosa física de Occidente-, padecía un agudo provincianismo. La geometría euclidiana, que sólo es aplicable a lo cercano, era proyectada sobre el universo. Hoy se empieza en Alemania a llamar al sistema de Euclides "geometría de lo próximo", en oposición a otros cuerpos de axiomas que, como el de Riemann, son geometrías de largo alcance.

Como todo provincianismo, esta geometría provincial ha sido superada merced a una aparente limitación, a un ejercicio de modestia. Einstein se ha convencido de que hablar del espacio es una megalomanía que lleva inexorablemente al error. No conocemos más extensiones que las que medimos, y no podemos medir más que con nuestros instrumentos. Estos son nuestros órganos de visión científica; ellos determinan la estructura especial del mundo que conocemos. Pero, como lo mismo acontece a todo otro ser que desde otro lugar del orbe quiera construir una física, resulta que esa limitación no lo es en verdad.

No se trata, pues, de reincidir en una interpretación subjetivista del conocimiento, según la cual la verdad sólo es verdad para un determinado sujeto. Según la teoría de la relatividad, el suceso A, que desde el punto de vista terráqueo precede en el tiempo al suceso B, desde otro lugar del universo, Sirio por ejemplo, aparecerá sucediendo a B. No cabe inversión más completa de la realidad. ¿Quiere esto decir que o nuestra imaginación es falsa o la del avecindado en Sirio? De ninguna manera. Ni el sujeto humano ni el de Sirio deforman lo real. Lo que ocurre es que una de las cualidades propias a la realidad consiste en tener una perspectiva, esto es, en organizarse de diverso modo para ser vista desde uno u otro lugar.

Espacio y tiempo son los ingredientes objetivos de la perspectiva física, y es natural que varíen según el punto de vista. En la introducción al primer Espectador, aparecido en enero de 1916, cuando aún no se había publicado nada sobre la teoría general de la relatividad (1), exponía yo brevemente esta doctrina perspectivista, dándole una amplitud que trasciende de la física y abarca toda realidad. Hago esta advertencia para mostrar hasta qué punto es un signo de los tiempos pareja manera de pensar. Y lo que más me sorprende es que no haya reparado nadie todavía en este rasgo capital de la obra de Einstein. Sin una sola excepción -que yo sepa-, cuanto se ha escrito sobre ella interpreta el gran descubrimiento como un paso más en el camino del subjetivismo (2). En todas las lenguas y en todos los giros se ha repetido que Einstein viene a confirmar la doctrina kantiana, por lo menos en un punto: la subjetividad de espacio y tiempo. Me importa declarar taxativamente que esta creencia me parece la más cabal incomprensión del sentido que la teoría de la relatividad encierra.

Precisemos la cuestión en pocas palabras, pero del modo más claro posible. La perspectiva es el orden y forma que la realidad toma para el que la contempla. Sí varía el lugar que el contemplador ocupa, varía también la perspectiva. En cambio, si el contemplador es sustituido por otro en el mismo lugar, la perspectiva permanece idéntica. Ciertamente, si no hay un sujeto que contemple, a quien la realidad aparezca, no hay perspectiva. ¿Quiere esto decir que sea subjetiva? Aquí está el equívoco que durante dos siglos, cuando menos, ha desviado toda la filosofía, y con ella la actitud del hombre ante el universo. Para evitarlo basta con hacer una sencilla distinción.

Cuando vemos quieta y solitaria una bola de billar, sólo percibimos sus cualidades de color y forma. Mas he aquí que otra bola de billar choca con la primera. Esta es despedida con una velocidad proporcionada al choque. Entonces notamos una nueva cualidad de la bola que antes permanecía oculta: su elasticidad. Pero alguien podría decirnos que la elasticidad no es una cualidad de la bola primera, puesto que sólo se presenta cuando otra choca con ella. Nosotros contestaríamos prontamente que no hay tal. La elasticidad es una cualidad de la bola primera, no menos que su color y su forma; pero es una cualidad reactiva o de respuesta a la acción de otro objeto. Así, en el hombre lo que solemos llamar su carácter es su manera de reaccionar ante lo exterior -cosas, personas, sucesos.

Pues bien: cuando una realidad entra en choque con ese otro objeto que denominamos "sujeto consciente", la realidad responde apareciéndole. La apariencia es una cualidad objetiva de lo real, es su respuesta a un sujeto. Esta respuesta es, además, diferente según la condición del contemplador; por ejemplo, según sea el lugar desde que mira. Véase cómo la perspectiva, el punto de vista, adquieren un valor objetivo, mientras hasta ahora se los consideraba como deformaciones que el sujeto imponía a la realidad. Tiempo y espacio vuelven, contra la tesis kantiana, a ser formas de lo real. Si hubiese entre los infinitos puntos de vista uno excepcional, al que cupiese atribuir una congruencia superior con las cosas, cabría considerar los demás como deformadores o "meramente subjetivos". Esto creían Galileo y Newton cuando hablaban del espacio absoluto, es decir, de un espacio contemplado desde un punto de vista que no es ninguno concreto. Newton llama al espacio absoluto sensorium Dei, el órgano visual de Dios; podríamos decir la perspectiva divina. Pero apenas se piensa hasta el final esta idea de una perspectiva que no está tomada desde ningún lugar determinado y exclusivo, se descubre su índole contradictoria y absurda.

No hay un espacio absoluto porque no hay una perspectiva absoluta. Para ser absoluto, el espacio tiene que dejar de ser real -espacio lleno de cosas-y convertirse en una abstracción. La teoría de Einstein es una maravillosa justificación de la multiplicidad armónica de todos los puntos de vista. Amplíese esta idea a lo moral y a lo estético y se tendrá una nueva manera de sentir la historia y la vida. El individuo, para conquistar el máximum posible de verdad, no deberá, como durante centurias se le ha predicado, suplantar su espontáneo punto de vista por otro ejemplar y normativo, que solía llamarse "visión de las cosas sub specie aeternitatis". El punto de vista de la eternidad es ciego, no ve nada, no existe. En vez de esto, procurará ser fiel al imperativo unipersonal que representa su individualidad. Lo propio acontece con los pueblos. En lugar de tener por bárbaras las culturas no europeas, empezaremos a respetarlas como estilos de enfrentamiento con el cosmos equivalente al nuestro. Hay una perspectiva china tan justificada como la perspectiva occidental.


3. Antiutopismo o antirracionalismo

La misma tendencia que en su forma positiva conduce al perspectivismo, en su forma negativa significa hostilidad al utopismo. La concepción utópica es la que se crea desde "ningún sitio" y que, sin embargo, pretende valer para todos. A una sensibilidad como ésta que transluce en la teoría de la relatividad, semejante indocilidad a la localización tiene que parecerle una avilantez. En el espectáculo cósmico no hay espectador sin localidad determinada. Querer ver algo y no querer verlo desde un preciso lugar es un absurdo. Esta pueril insumisión a las condiciones que la realidad nos impone; esa incapacidad de aceptar alegremente el destino; esa pretensión ingenua de creer que es fácil suplantarlo por nuestros estériles deseos, son rasgos de un espíritu que ahora fenece, dejando su puesto a otro completamente antagónico.

La propensión utópica ha dominado en la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte. Ha sido menester de todo el contrapeso que el enorme afán de dominar lo real, específico del europeo, oponía para que la civilización occidental no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo no es que dé soluciones falsas a los problemas -científicos o políticos-, sino algo peor: es que no acepta el problema -lo real-según se presenta; antes bien, desde luego a priori, le impone una caprichosa forma.

Si se compara la vida de Occidente con la de Asia -indos, chinos-, sorprende al punto la inestabilidad espiritual del europeo frente al profundo equilibrio del alma oriental. Este equilibrio revela que, al menos en los máximos problemas de la vida, el hombre de Oriente ha encontrado fórmulas de más perfecto ajuste con la realidad. En cambio, el europeo ha sido frívolo en la apreciación de los factores elementales de la vida, se ha fraguado de ellos interpretaciones caprichosas que es forzoso periódicamente sustituir.

La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia y se produce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura construye un mundo ejemplar -cosmos físico o cosmos político- con la creencia de que él es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar a la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que no puede evitarse el conflicto. Pero el racionalista no duda de que en él corresponde ceder a lo real. Esta convicción es la característica del temperamento racionalista. Claro es que la realidad posee dureza sobrada para resistir los embates de las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, por el momento, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en "un proceso infinito" (Leibniz, Kant). El utopismo toma la forma de ucronismo. Durante los dos siglos y medio últimos todo se arreglaba recurriendo al infinito, o por lo menos a períodos de una longitud indeterminada. (En el darwinismo una especie nace de otra, sin más que intercalar entre ambas algunos milenios). Como si el tiempo, espectral fluencia, simplemente corriendo, pudiese ser causa de nada y hacer verosímil lo que es en la actualidad inconcebible.

No se comprende que la ciencia, cuyo único placer es conseguir una imagen certera de las cosas, pueda alimentarse de ilusiones. Recuerdo que sobre mí pensamiento ejerció suma influencia un detalle. Hace muchos años leía yo una conferencia del fisiólogo Loeb sobre los tropismos. Es el tropismo un concepto con que se ha intentado describir y aclarar la ley que rige los movimientos elementales de los infusorios. Mal que bien, con correcciones y añadidos, este concepto sirve para comprender algunos de estos fenómenos. Pero al final de su conferencia, Loeb agrega: "Llegará el tiempo en que lo que hoy llamamos actos morales del hombre se expliquen sencillamente como tropismos. Esta audacia me inquietó sobremanera, porque me abrió los ojos sobre otros muchos juicios de la ciencia moderna, que, menos ostentosamente, cometen la misma falta. ¡De modo -pensaba yo-que un concepto como el tropismo, capaz apenas de penetrar el secreto de fenómenos tan sencillos como los brincos de los infusorios, puede bastar en un vago futuro para explicar cosa tan misteriosa y compleja como los actos éticos del hombre! ¿Qué sentido tiene esto? La ciencia ha de resolver hoy sus problemas, no transferimos a las calendas griegas. Sí sus métodos actuales no bastan para dominar hoy los enigmas del universo, lo discreto es sustituirlos por otros más eficaces. Pero la ciencia usada está llena de problemas que se dejan intactos por ser incompatibles con los métodos. ¡Como sí fuesen aquéllos los obligados a supeditarse a éstos, y no al revés! La ciencia está repleta de ucronismos, de calendas griegas. Cuando salimos de esta beatería científica que rinde idolátrico culto a los métodos preestablecidos y nos asomamos al pensamiento de Einstein, llega a nosotros como un fresco viento de mañana. La actitud de Einstein es completamente distinta de la tradicional. Con ademán de joven atleta le vemos avanzar recto a los problemas y, usando del medio más a mano, cogerlos por los cuernos. De lo que parecía defecto y limitación en la ciencia, hace él una virtud y una táctica eficaz.

Un breve rodeo nos aclarará la cuestión. De la obra de Kant quedará imperecedero un gran descubrimiento: que la experiencia no es sólo el montón de datos transmitidos por los sentidos, sino un producto de dos factores. El dato sensible tiene que ser recogido, filiado, organizado en un sistema de ordenación. Este orden es aportado por el sujeto, es a priori. Dicho en otra forma: la experiencia física es un compuesto de observación y geometría. La geometría es una cuadrícula elaborada por la razón pura: la observación es faena de los sentidos. Toda ciencia explicativa de los fenómenos materiales ha contenido, contiene y contendrá estos dos ingredientes. Esta identidad de composición que a lo largo de su historia ha manifestado siempre la física moderna, no excluye, empero, las más profundas variaciones dentro de su espíritu. En efecto: la relación que guarden entre sí sus dos ingredientes da lugar a interpretaciones muy dispares. De ambos, ¿cuál ha de supeditarse al otro? ¿Debe ceder la observación a las exigencias de la geometría o la geometría a la observación? Decidirse por lo uno o lo otro significa pertenecer a dos tipos antagónicos de tendencia intelectual. Dentro de la misma y única física caben dos castas de hombres contrapuestas.

Sabido es que el experimento de Michelson tiene el rango de una experiencia crucial: en él se pone entre la espada y la pared al pensamiento del físico. La ley geométrica que proclama la homogeneidad inalterable del espacio, cualesquiera sean los procesos que en él se producen, entra en conflicto rigoroso con la observación, con el hecho, con la materia. Una de dos: o la materia cede a la geometría o ésta a aquélla. En este agudo dilema sorprendemos a dos temperamentos intelectuales y asistimos a su reacción. Lorentz y Einstein, situados ante el mismo experimento, toman resoluciones opuestas. Lorentz, representando en este punto el viejo racionalismo, cree forzoso admitir que es la materia quien cede y se contrae. La famosa "contracción de Lorentz" es un ejemplo admirable de utopismo. Es el juramento del Juego de Pelota transplantado a la física. Einstein adopta la solución contraría. La geometría debe ceder; el espacio puro tiene que inclinarse ante la observación, tiene que encorvarse.

Suponiendo una perfecta congruencia en el carácter, llevado Lorentz a la política, diría: perezcan las naciones y que se salven los principios. Einstein en cambio, sostendría: es preciso buscar principios para que se salven las naciones, porque para eso están los principios. No es fácil exagerar la importancia de este viraje a que Einstein somete la ciencia física. Hasta ahora, el papel de la geometría, de la pura razón, era ejercer una indiscutida dictadura. En el lenguaje vulgar queda la huella del sublime oficio que a la razón se atribuía: el vulgo habla de los "dictados de la razón". Para Einstein el papel de la razón es mucho más modesto: de dictadora pasa a ser humilde instrumento que ha de confirmar en cada caso su eficacia.

Galileo y Newton hicieron euclidiano al universo simplemente porque la razón lo dictaba así. Pero la razón pura no puede hacer otra cosa que inventar sistemas de ordenación. Estos pueden ser muy numerosos y diferentes. La geometría euclidiana es uno; otro, la de Riemann, la de Lobatchewski, etc. Más claro está que no son ellos, que no es la razón pura quien resuelve cómo es lo real. Por el contrario, la realidad selecciona entre esos órdenes posibles, entre esos esquemas, el que le es más afín. Esto es lo que significa la teoría de la relatividad. Frente al pasado racionalista de cuatro siglos se opone genialmente Einstein e invierte la relación inveterada que existía entre razón y observación. La razón deja de ser norma imperativa y se convierte en arsenal de instrumentos; la observación prueba éstos y decide sobre cuál es el oportuno. Resulta, pues, la ciencia de una mutua selección entre las ideas puras y los puros hechos.

Este es uno de los rasgos que más importa subrayar en el pensamiento de Einstein, porque en él se inicia toda una nueva actitud ante la vida. Deja la cultura de ser, como hasta aquí, una norma imperativa, a que nuestra existencia ha de amoldarse. Ahora entrevemos una relación entre ambas, más delicada y más justa. De entre las cosas de la vida son seleccionadas algunas como posibles formas de cultura; pero de entre estas posibles formas de cultura, selecciona a su vez la vida las únicas que deberán realizarse.


4. Finitismo

No quiero terminar esta filiación de las tendencias profundas que afloran en la teoría de la relatividad sin aludir a la más clara y patente. Mientras el pasado utopista lo arreglaba todo recurriendo al infinito en el espacio y en el tiempo, la física de Einstein -y la matemática reciente de Brouwer y Weyl lo mismo- acota el universo. El mundo de Einstein tiene curvatura, y, por tanto, es cerrado y finito (3).

Para quien crea que las doctrinas científicas nacen por generación espontánea, sin más que abrir los ojos y la mente sobre los hechos, esta innovación carece de importancia. Se reduce a una modificación de la forma que solía atribuirse al mundo. Pero el supuesto es falso: una doctrina científica no nace, por obvios que parezcan los hechos donde se funda, sin una clara predisposición del espíritu hacia ella. Es preciso entender la génesis de nuestros pensamientos con toda su delicada duplicidad. No se descubren más verdades que las que de antemano se buscan. Las demás, por muy evidentes que sean, encuentran ciego al espíritu.

Esto da un enorme alcance al hecho de que súbitamente, en la física y en la matemática, empiece una marcada preferencia por lo finito y un gran desamor a lo infinito. ¿Cabe diferencia más radical entre dos almas que propender una a la idea de que el universo es ilimitado y la otra a sentir en su derredor un mundo confinado? La infinitud del cosmos fue una de las grandes ideas excitantes que produjo el Renacimiento. Levantaba en los corazones patéticas marcas, y Giordano Bruno sufrió por ella muerte cruel.


Durante toda la época moderna, bajo los afanes del hombre occidental, ha latido como un fondo mágico esa infinitud del paisaje cósmico. Ahora, de pronto, el mundo se limita, es un huerto con muros confinantes, es un aposento, un interior. ¿No sugiere este nuevo escenario todo un estilo de vida opuesto al usado? Nuestros nietos entrarán en la existencia con esta noción, y sus gestos hacia el espacio tendrán un sentido contrarío a los nuestros. Hay evidentemente en esta propensión al finitismo una clara voluntad de limitación, de pulcritud serena, de antipatía a los vagos superlativos, de antirromanticismo. El hombre griego, el "clásico", vivía también en un universo limitado. Toda la cultura griega palpita de horror al infinito y busca el metron, la mesura.

Fuera, sin embargo, superficial creer que el alma humana se dirige hacia un nuevo clasicismo. No ha habido jamás neoclasicismo que no fuese una frivolidad. El clásico busca el límite, pero es porque no ha vivido nunca la ilimitación. Nuestro caso es inverso: el límite significa para nosotros una amputación, y el mundo cerrado y finito en que ahora vamos a respirar será irremediablemente un muñón de universo (4).


Notas

(1) La primera publicación de Einstein sobre su reciente descubrimiento, Die Grundlagen der allgemeinen Retativitätstheorie, se publicó dentro de ese año.

(2) Bastante tiempo después de publicado esto, se me ha hecho notar que simultáneamente había aparecido una conferencia del filósofo Geiger, donde se habla también del sentido absoluto que va anejo a la teoría de Einstein. Pero el caso es que la tesis de Geiger apenas tiene algún punto común con la sostenida en este ensayo.

(3) Por todas partes, en el sistema de Einstein se persigue al infinito. Así, por ejemplo, queda suprimida la posibilidad de velocidades infinitas.

(4) Otros dos puntos fuera necesario tocar para que las líneas generales de la mente que ha creado la teoría de la relatividad quedasen completas. Uno de ellos es el cuidado con que se subrayan las discontinuidades en lo real, frente al prurito de lo continuo que domina el pensamiento de los últimos siglos. Este discontinuismo triunfa a la par en biología y en historia. El otro punto, tal vez el más grave de todos, es la tendencia a suprimir la causalidad que opera en forma latente dentro de la teoría de Einstein. La física, que comenzó por ser mecánica y luego fue dinámica, tiende en Einstein a convertirse en mera cinemática. Sobre ambos puntos sólo puede hablarse recurriendo a difíciles cuestiones técnicas que en el texto he procurado eliminar.

1924
Se incluye en el de las Obras completas, volumen III y Apéndice en El tema de nuestro tiempo