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18 feb. 2013

Jorge Edwards - Los clásicos del verano

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Jorge Edwards © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


Los clásicos, escribe Ítalo Calvino, son esos libros de los cuales la gente dice que los "está releyendo" y nunca que los "está leyendo". ¿Por qué? Porque la gente se avergüenza de confesar que no ha leído la Divina Comedia, el Quijote, la Odisea. Sin embargo, prosigue Calvino, que se ha convertido, él mismo, en un clásico del siglo XX, es imposible haber leído todas las obras clásicas de la literatura universal. Si no, que levante la mano el que conozca todo Heródoto, todo Tucídides. O el que haya leído, agrego yo, la totalidad de la obra de Cervantes, de Quevedo, de Benito Pérez Galdós, de Balzac y Stendhal.

Pongámonos, entonces, con desparpajo, sin el menor complejo, a leer a clásicos y modernos, según la tendencia de la hora o de la semana: un día una novela del género negro, otro, una prosa de Cicerón, o de Baltasar Gracián, o de Roland Barthes. ¿Por qué no? Convertimos la lectura, la cultura, el goce estético, en un asunto de fachada, y por lo tanto de simulación, de hipocresía, y destruimos la fuente del placer, de la diversión, del autentico aprendizaje. Reconozco, por ejemplo, que sólo leí el Quijote con gusto, con atención, sin perder una sola línea, hace pocos años, en Barcelona. En mi adolescencia lo había recorrido por obligación y sin mayor provecho, incluso, tengo que admitirlo, con escasa simpatía. En Barcelona, después de la presentación de una edición de bolsillo, cené con amigos alegremente, me fui a la casa y se me ocurrió comenzar a leer la segunda parte. Descubrí, encantado, que era la más fantasiosa, la más juguetona, la más imaginativa. La terminé y entré de inmediato en la primera, en ese "En un lugar de la Mancha..." al que todos, por lo menos, nos hemos asomado. Creo que entendí por primera vez los motivos de la admiración universal, más difundida en Inglaterra, en Rusia, en Alemania, que en el propio mundo hispánico, por esa novela. Comprendí lo que se pretende afirmar cuando se afirma que el Quijote es la primera novela moderna en la historia de la literatura.

He adquirido la costumbre, desde hace algún tiempo, de reservarme algún clásico voluminoso y substancioso para lectura del verano. El año pasado cogí Los miserables de Victor Hugo. Comencé en un cálido enero de nuestra costa central y despaché el tercer tomo en un frío invierno de la ciudad de Washington. Mientras Jean Valjean huía por las alcantarillas de Paris, vadeando agujeros de fango pestilente, yo miraba por mi ventana el revoloteo y los torbellinos de la nieve que caía sobre las calles de Georgetown. No se puede olvidar una lectura de esa especie. Una experiencia literaria así queda marcada en la historia personal, como un episodio familiar importante, una crisis, un amor, una aventura financiera o política. ¡Sí, señor lector! La batalla de Waterloo contada por Victor Hugo, como el desfile de la Edad Media inventado por Cervantes en la cueva de Montesinos, son cosas que enriquecen la conciencia. Uno es una persona diferente después de haber leído aquellas páginas.

Ahora escogí Ana Karenina. Había leído casi todo Tolstoi, La guerra y la paz, la trilogía autobiográfica, la Sonata a Kreutzer, La muerte de Ivan Ilitch, una de las mejores novelas cortas que se han escrito en este mundo, pero Ana Karenina, que es quizás su obra maestra, se me había quedado rezagada. Es diferente, explica Ítalo Calvino, leer un clásico en los años de formación a leerlo en la madurez. Es diferente, pero no es una experiencia menos interesante o inferior. Uno entra en Ana Karenina, avanza en algunos capítulos, y se da cuenta de que está entrando en una arquitectura monumental, una gran sinfonía, no una sonatina o un preludio cualquiera. Habría que llevar un diario de lectura, y después escribir un ensayo y quedarse tranquilo. La novela es polifónica, múltiple, cambiante, sorprendente. Tiene pasajes parecidos a un adagio profundo, dramático, y otros como un allegro con brío. Se percibe la sociedad compleja, rica, llena de jerarquías, de grupos y subgrupos, pero en el fondo, indiferente a esos devaneos, enigmática, se levanta la naturaleza, que Tolstoi parece mirar como una realidad misteriosa y sagrada. Se podría analizar el libro desde muchos puntos de vista, con muy diversas perspectivas. Ahora pienso en un solo aspecto: la relación, según León Tolstoi, del hombre de calidad con las cosas. El hombre de calidad es el que conserva y ama las cosas; el otro es el que las compra y las vende, el que las transforma en objetos de comercio. Oblonsky, ejemplo del falso aristócrata, cambia una parte de su herencia, un bosque extraordinario, por un plato de lentejas. Los comerciantes profesionales juegan con él. Constantine Levin, en cambio, el señor campesino, rechaza esa transacción indignado. Él siente que esos manejos, esos cambios bruscos, esa búsqueda de un dinero rápido y fácil, encierran un mal intrínseco. Son, quizás, la forma moderna del mal. ¿Crítica del mercado, del capitalismo naciente en la Rusia del siglo XIX? Tolstoi, al parecer, en lugar de optar por el colectivismo que ya se ponía de moda, optaba por formas de propiedad señorial y precapitalista. La razón la tenían los mujiks, los campesinos, y la raza en extinción de los señores verdaderos, amenazada por todos lados. Uno se acerca al corazón de la novela, conmovido, y sonríe, consciente de que Tolstoi entregaba y a la vez, a cada rato, como un prestidigitador, escamoteaba sus respuestas.


En El whisky de los poetas
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

23 ago. 2010

Jorge Edwars - Leyendas del Mississippi

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Estábamos en el pueblo de Oxford, Mississippi, en el sur de los Estados Unidos, reunidos en una conferencia internacional sobre Yoknapatawpha y William Faulkner. Yoknapatawpha es un condado que sólo existió en la imaginación de William Faulkner y que constituye el espacio ficticio de casi todos sus cuentos y novelas. Todas las regiones imaginarias de la narrativa moderna —la Santa Maria de Juan Carlos Onetti, por ejemplo, y el Macondo de García Márquez— provienen de esta idea faulkneriana, concebida un poco antes de 1930, en ese pueblo de Oxford, de inventar, además de un conjunto de personajes, toda una geografía novelesca. En la literatura, la capital del condado se transformó en Jefferson, pero Jefferson, el pueblo de Mientras yo agonizo, de Luz de Agosto, de Sartoris, se parece notablemente a Oxford. Tiene la misma corte de justicia en el centro de la plaza, el mismo banco en la esquina y un esbelto monumento al soldado de la Confederación, el bando sureño derrotado en la guerra civil de 1861. Los lugareños pronuncian "Yoknapatofa", y ocurre que éste era el nombre indígena de uno de los ríos vecinos, afluente del Mississippi. La presencia próxima del Mississippi es lo que domina el lugar. Mississippi: río grande, padre de las aguas. Por ahí se orientan las interpretaciones etimológicas de la palabra. El primer europeo que lo vio, y que se sintió deslumbrado por su caudal poderoso, fue el español Hernando de Soto. Iba en busca de oro y sólo encontró aguas ancestrales, plantaciones de maíz, tribus indígenas y ratas que amenazaban aquellas plantaciones. Su trato a los indios, según las crónicas, no fue precisamente benévolo. Dejó tras de si una leyenda de sangre y se retiró con las manos vacías. El oro lo descubrirían los plantadores norteamericanos de la década de 1830, en forma de copos de algodón. La riqueza algodonera produjo mansiones neogriegas, parques, muebles franceses, vajillas de plata y de oro macizo, a poca distancia de los barracones de los esclavos negros, y desembocó en los cuatro años cruentos, implacables, de la llamada Guerra de Secesión.

Faulkner nunca fue un escritor demasiado popular. No sé si los lectores de ahora saben o recuerdan algo de su literatura. Es una obra novelesca que oscila entre el mundo de las mansiones señoriales y las tradiciones heroicas, la dignidad contrariada en la guerra pero nunca vencida, y el mundo de las cabañas negras, de las canciones religiosas, de la intolerancia racial, del río y de los animales míticos que lo rodean: serpientes de cascabel y osos. Lo extraño del caso de Faulkner es que su estimación critica, pese a la relativa indiferencia del gran público, sube cada día. No llega a la masa, pero tiene una sólida y creciente minoría de lectores fanáticos. Los académicos, escritores y simples aficionados reunidos en Oxford, provenientes de los cuatro puntos cardinales, de Tokio, de Australia, de París, de Roma, de la Unión Soviética, de Santiago de Chile, coincidían en un punto esencial. Faulkner, a la distancia, sólo es comparable a creadores de la categoría de Franz Kafka o de Thomas Mann. Es el único de los contemporáneos que inventó un sistema novelesco completo, a la manera de La Comedia Humana de Honorato de Balzac. No se trata solamente de haber inventado un Yoknapatawpha o un Macondo. El inventó historias familiares completas, enemistades, rivalidades, crímenes, amores turbulentos, complejos de situaciones entrelazadas, que se desarrollan y se enriquecen entre un libro y otro. Es posible leer cada titulo en forma independiente, pero la lectura del conjunto proporciona descubrimientos, revelaciones, hallazgos extraordinarios de la imaginación. Por lo visto, esto funciona en las más diferentes latitudes. El especialista y traductor japonés, señor Kenzahuro Ohashi, contó que los viejos novelistas japoneses de hoy, escritores de la categoría de Yunichiro Tanizaki o de Yasunari Kawabata, empezaron a estudiar a Faulkner en 1931, en las traducciones de revistas francesas que llegaban en ferrocarril a través de Siberia.

William Faulkner estuvo en su juventud en Nueva Orleans, puerto fluvial y marítimo del Mississippi situado directamente al sur de Oxford. Ahí conoció a uno de los maestros literarios de esos años, Sherwood Anderson. Sherwood Anderson escribía toda la mañana y se dedicaba en las tardes a recorrer la región y a beber whisky de maíz, bourbón, en compañía del joven Faulkner. Una tarde Faulkner se atrevió a decirle que había escrito una novela y amenazó con leérsela. Respuesta inmediata de Sherwood Anderson: "Me comprometo a recomendar tu novela a mis editores, pero con una sola condición". "¿Cuál?" preguntó Faulkner, inquieto. "No tener que leerla nunca en mi vida", dijo Anderson.

Sherwood Anderson acertó medio a medio. La novela primeriza de Faulkner era mala, pero el joven tenia condiciones excepcionales, y el maestro, para saberlo, no había necesitado leer una sola línea. Fue la primera de las lecciones del maestro. La segunda lección sólo consistió en un consejo: apegarse a la aldea, escribir sobre Oxford y sus alrededores. Faulkner siguió el consejo toda la vida, con una salvedad importante: en lugar del condado real de Lafayette inventó Yoknapatawpha y en lugar del pueblo de Oxford puso el de Jefferson. Mantuvo, en cambio, el gran río, con toda su leyenda y su misterio. El río de los "blues", del jazz, de los "gospel songs", de las cacerías de osos y de patos salvajes, de las inundaciones temibles, de los barcos blancos a rueda y de las barcazas cargadas de algodón y manejadas por negros de espaldas sudorosas.

Dicen que Faulkner se sentaba en un lugar preciso del hotel "Peabody", en Memphis, paladeaba un poco de bourbon Jack Daniels en la variedad conocida como "sour mash", y decía, pensativo, con la imaginación ocupada por sus personajes y sus paisajes novelescos: "Aquí, en este punto exacto, comienza el Delta". Los trabajos de la conferencia de Oxford demostraron que Faulkner había seguido el consejo de Sherwood Anderson, pero no al pie de la letra. Describió su región, pero no permaneció clavado en ella. Salió con frecuencia a respirar a la superficie del mundo, sobre todo a tres lugares: París, Nueva York y Hollywood. Su pasión era Paris y su tortura era Hollywood, donde tenía que estrujarse el cerebro para producir guiones de cine de calidad mediocre. Pero en Oxford incluso había un profesor dedicado exclusivamente a estudiar sus mediocres guiones de cine.

En El Whisky de los poetas